28 de diciembre de 2023

CINCO VECES MAS UNA 5

Cinco veces que el pasado regresó a fastidiarles y una vez que les dio felicidad


Parte 3 de: Las mentiras que nos dijimos

Fandoms: Top Gun (Movies), House M.D.  

Relaciones:
Tom "Iceman" Kazansky/Pete "Maverick" Mitchell, Gregory House/James Wilson

Personajes:
Tom "Iceman" Kazansky, Pete "Maverick" Mitchell, Ron "Slider" Kerner, Gregory House, James Wilson (House M.D.)

Etiquetas adicionales:
Crossover, 5+1 Things 

ÍNDICE: https://palabraspulsares.blogspot.com/p/las-mentiras-que-nos-dijimos-3-cinco.html

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Cuando el Dr. James Wilson vio de cerca el tatuaje de un conejito asesino


Sumario
Otoño de 2015: cuando la tos de Ice no desaparece después de tres semanas, Sarah y Maverick llaman la atención sobre sus otros síntomas extraños durante casi seis meses. Preocupado, Kazansky contacta al único médico en el que confía: Gregory House.
House le pide a su colega Wilson una opinión experta.
Wilson sabe que ese pecho con un conejito asesino tatuado pertenece a...

 


Hospital Universitario Princeton-Plainsboro, Nueva Jersey, septiembre de 2015

 

-Necesito tu ayuda -anuncia House mientras se deja caer en el asiento lateral de la oficina de Wilson.

No es un asiento para pacientes o familiares, sino que lo reserva para cuando invita a otro miembro del equipo a dar su opinión. Está pegado a la pared, más cerca de su buró que los otros tres asientos de la oficina.

El oncólogo no despega los ojos de la pantalla de su computadora, donde transcribe las últimas notas de un caso.

-Buenos días a ti también, cariño. ¿Cómo amaneciste? Mi guardia fue excelente, gracias por preguntar.

House hace una mueca y golpea el buró con la punta de su bastón.

-Creí que esto de tener una relación estable incluía saltarse todas las mierdas de formalidades vacías -y sube su pierna dañada al brazo de la silla de Wilson.

El moreno mira el zapato deportivo de reojo y lo empuja con el codo.

-No incluye dejar de saludar a tu esposo cuando lo ves por primera vez en el día a las… -mira brevemente la esquina de la pantalla de su laptop- dos de la tarde.

-Te mandé un mensaje de texto a las ocho en punto.

-Me mandaste tres emojis -rectifica Wilson- una lengua, una berenjena y una carita sonriente.

-Evidencia de que mi pasión por ti no ha decaído en… ¿cuánto tiempo llevamos juntos de nuevo?

-A veces parece que demasiado, a veces que muy poco -se queja Wilson mientras salva el reporte y cierra el MyChart del hospital.

Se levanta y da la vuelta por el lado de la mesa opuesto a donde está House para buscar su abrigo.

-¿A dónde vas? -pregunta el otro en lo que se apresura a dejar la silla para acercarse.

-Quiero lo que me prometiste en ese mensaje de texto antes de ayudarte en nada.

House alza las cejas y sonríe.

-Encantado.

Un par de horas después, mientras Greg se ducha, Wilson siente la alarma de mensajes de texto de su esposo. Temiendo que sea alguna emergencia, toma el teléfono. Si no es del Princeton-Plainsboro, volverá el aparato a su lugar. Lo que ve le hace alzar las cejas y quedarse con el móvil entre los dedos.

-Cariño, -le sonríe a House cuando regresa a su habitación con una toalla atada a la cintura- ¿quién es Conejito Malo 1982? 

Pero su rostro no muestra ninguna de las emociones que esperaba: diversión, picardía, incluso incomodidad. House abre mucho los ojos y se lanza hacia la cama a quitarle el móvil con el rostro deformado por el miedo.

-¿¡Lo leíste!?

-Pero…

House le arrebata el aparato y lo inmoviliza sobre la cama. Sus caras están muy pegadas, pero no hay nada sensual en ello.

-¿Leíste el mensaje?

-No, no. Claro que no.

House suspira, se aparta y desbloquea el teléfono.

-¿Qué diablos pasa?

-Es un paciente -responde House mientras teclea algo.

-¿Un paciente? Tu nunca le das tu número personal a los pacientes.

-Es un paciente especial.

Deja el móvil sobre la mesa de noche y se gira despacio hacia Wilson. Lo mira con expresión calculadora.

-Mi paciente necesita una consulta privada, ese es el favor que quería pedirte.

-Una consulta privada… ¿conmigo?

-Bueno, solo tengo un oncólogo en casa. Podría llamar a Chase, los ausies son multipropósitos, ya sabes, pero como ya no me dejas chantajear a la gente para que me guarde secretos -se encoge de hombros.

-¿Quieres decir que necesita una consulta lo más rápido posible? -ya está revisando mentalmente su agenda.

-No. Cuando digo privada, quiero decir fuera del hospital. Ni enfermeras, ni registros. Solo tú y yo, en un lugar privado que el paciente elegiría.

Wilson lo mira con atención. Sabe que hay etapas oscuras en la vida de su pareja, de las que prefieren no hablar. La mayor parte del tiempo fingen que House se fue de sabático durante 2011. También fingen que en los años entre su expulsión de la John Hopkins y la escuela de medicina de la Universidad de Michigan no estuvo en California trabajando en clínicas ilegales -para personas sin acceso al sistema, insiste él-, enfrentando a la policía, y usando drogas suaves.

El problema, es que el pasado de House a veces regresa a morderles el trasero. Puede ser algo fácil de manejar, como un recuerdo doloroso repentino. Puede ser algo potencialmente criminal, como una pandillera exigiendo vicodina, sin receta, claro.

-Este paciente tuyo, ¿lo conoces bien?

-Desde 1982.

Wilson contiene el aliento, porque en 1982 House estaba en California. Nunca le ha dicho a qué se dedicaba la clínica donde fue asistente, pero entiende que la gente que iba allí no estaba… en buenas con la ley, por decirlo de modo amable.

-¿Paciente de clínica?

House niega con la cabeza mientras juega con el borde de la sábana.

-Cirugía. Traumatismo cardiotorácico. Se fue a los tres días.

-¿¡Qué!? ¿Lo dejaron ir?

House se encoge de hombros.

-Su hermano vino a buscarlo, él explicó que tenía negocios que atender. ¿Qué íbamos a hacer? ¿Llamar a la policía? ¿A su mamita? Además, sobrevivió ¿no?

Wilson hace una mueca y se levanta a buscar sus pantalones.

-Sin dudas, pero no gracias a ti.

Se siente incómodo con esta conversación. Un tipo al que le cosieron el pecho a balazos y tuvo que dejar la clínica ilegal donde le salvaron la vida a los tres días. ¡Por Dios!

-¡Ey! Me permito informarte, las costuras eran muy bonitas.

-Seguro que te lo agradeció -responde sarcástico mientras saca las medias de debajo de la cama.

-Si supieras que si. Incluso se reía de mis chistes.

-Es definitivo, el hombre estaba de morfina hasta las cejas.

-Fue uno de los tipos más cuerdos que vi pasar. Apenas mentía, pero cuando mentía lo hacía muy bien.

Eso hace pausar a Wilson, porque House no regala ese tipo de comentarios. Se sienta en el borde opuesto de la cama para ponerse los pantalones. Siente los ojos azules clavados en su nuca.

-¿Y se mantuvieron en contacto todos estos años? -es perturbador pensar en House resolviendo acertijos para la mafia.

-No, no. Fue más bien… como que me dejaba saber que estaba vivo. Me mandó una postal de felicitación cuando me gradué de Michigan. Otra que decía “Ponte bien, idiota” cuando lo de la pierna. Así ha sido por más de treinta años.

-¿Entonces cómo sabes que quien te manda los mensajes es él?

-¡Oh! Eso es fácil. En el primer mensaje me citó algo que le dije cuando le cambiamos las vendas por primera vez -alcanza su móvil, busca el mensaje y se lo muestra a Wilson.

“Me han dicho que tener el chasis de un Buick impreso en el pecho es muy sexy”

-¿El chasis de un Buick?

-Si, eso fue lo que le pasó, lo atropelló un auto.

Wilson resopla, incrédulo.

-Lo atropelló, si, claro.

Se mueve por la cama hasta quedar de nuevo frente a House. Lo mira a los ojos.

-El tal Conejito Malo, ¿cree que tiene cáncer?

Su esposo inclina la cabeza hacia un lado.

-Sabe que puede ser otra cosa, pero quiere empezar por descartar lo peor. Te digo, un tipo listo.

Wilson suspira, derrotado. Tiene la certeza de que se va a arrepentir, pero siempre es así con Gregory House.

-De acuerdo. Haz la cita.

Wilson siempre se preguntó cómo sería cruzar la línea, pero resulta que es difícil notar la diferencia. Después que acepta ver a este misterioso -y duro de matar- paciente especial de House, no pasa nada. Ni inmediatamente, ni al día siguiente, ni al otro. Se descubre ansioso.

-¿Todavía nada? -pregunta al final de la semana, mientras cenan en casa.

Greg, el muy cabrón, sólo tiene que mirarlo para saber que no se refiere a la más reciente compra de Amazon que compraron con la otra cuenta y mandaron a su apartado postal.

-No. Está coordinando el espacio.

-¿Sabes si vive en el área?

-No lo sé. No quiero saberlo. Y a ti no debería interesarte.

Wilson asiente, incómodo. Usualmente es él quien le recuerda a House que no debe meterse en la vida de las personas a su alrededor.

El martes siguiente, casi diez días después de conocer la existencia de Conejito Malo 1982, House va a almorzar en la oficina de Wilson. Lleva un paquete con el logo del sitio koreano que les gusta -les da rebaja porque House diagnosticó reuma al padre del dueño-, y sus ojos traen un brillo pícaro.

-¿Listo para pasarte al lado oscuro, amor? -inquiere mientras se sienta despacio.

Wilson se demora en responder con la excusa de despejar la mesa, abrir el estuche y sacar los contenedores de comida.

-Creo que eso ocurrió cuando dejé tu funeral para irnos en moto a recorrer el país.

-Y mira, te curó de tu sucio tinoma.

Wilson hace una mueca, no le gusta pensar en eso. Un día tenía solo cinco meses de vida, así que Greg se fingió muerto para poder estar con él ese tiempo. Dos meses después, su tumor había desaparecido misteriosamente. Tenía una vida por delante y un esposo -lo que ocurre en Las Vegas no se queda en Las Vegas- prófugo de la justicia y oficialmente muerto. El resultado económico, legal y social fue… intenso.

-¿Entonces?

-El sábado nos recogerán para ir a verlo. ¿Cuántos artefactos de diagnóstico podemos llevarnos sin que Foreman se entere?

Wilson alza una ceja, asombrado. Generalmente, el límite de House es poner en peligro su acceso al caso en el que trabaja o su empleo. Jamás lo ha visto interesado en ser discreto. Sin dudas, este Conejito es todo un personaje. No parece miedo, sino admiración y preocupación. Suspira.

-Déjame pensar. Unas cuantas cosas son portátiles y podemos llevárnoslas en el maletero del auto.

Durante el resto de la semana se quedan hasta tarde y aprovechan las horas muertas para sacar por el elevador de servicio lo que equivale a un equipo de chequeo oncológico no invasivo bastante completo.

-Sabes -comenta Wilson en viernes en la noche cuando terminan de empacar todo- esto es una buena idea.

House lo mira sin comprender desde el suelo, donde termina de pegar dos piezas de poliespuma con cinta para proteger el equipo de endoscopía.

-Tener un kit portátil de oncología -explica.

House termina de asegurar el estuche y se apoya en la pared para levantarse.

-Lamento despertarte de tu más reciente sueño de salvador blanco, cariño, pero la gente en África, a, tiene excelentes médicos y b, lo que necesita es paz y control sobre sus propios recursos naturales. -se limpia las manos en los pantalones- ¿Sobras de pizza y sexo antes de dormir?

-Oh, señor, eso es justo lo que me recetó el médico. 

 

A la mañana siguiente, se parquea delante de su puerta un SUV color beige del que se baja un tipo de unos cincuenta años, alto, de pelo rubio canoso, viste pantalones con bolsillos laterales, camiseta ajustada -que revela unos abdominales increíbles- y camisa a cuadros negros y rojos. Es un tipo promedio en un auto promedio, sin embargo sus modales y el modo en que mira alrededor -calculador, alerta-, gritan un pasado militar.

-Me dijeron que ustedes llevarán las cervezas a la reunión para ver el juego de fútbol.

House asiente e indica a Wilson que ayude a cargar los aparatos en el maletero del SUV mientras él se acomoda en el asiento del copiloto.

-Soy un pobre hombre enfermo, cariño -dice el muy descarado a modo de justificación.

El chofer dice llamarse Rick, pero no dice nada más de sí mismo. Pone música, y Wilson debe admitir que es una buena selección de rock de los ochenta. Después de casi una hora de viajar hacia el sur se detienen en una urbanización en las afueras de Allentown. Todas las casas son iguales, frente a la mayoría hay un SUV de color anodino y no hay nadie en la calle.

Es una pesadilla suburbana, el tipo de escenarios donde Wilson imagina que ocurren las sórdidas  historias de Stephen King o V. C. Andrews.

Rick abre la puerta del garaje con un mando, de modo que no se detienen en la parte exterior de la casa. Hay un auto deportivo dentro, pero Rick maniobra para meter el SUV en lo que queda de espacio sin problema. La puerta se cierra detrás de ellos inmediatamente.

Por la puerta que conecta el garaje con la casa entra un hombre de cabello negro entrecano y brillantes ojos verdes. Lleva jeans y camiseta blanca muy ajustada.

-Ey, Rick.

-Tommy -saluda el chofer.

En lo que Rick va a sacar el equipaje, Tommy les da una mirada calculadora.

-Supongo que tu eres el famoso House.

Para sorpresa de Wilson, Greg solo asiente.

-¿Y él?

-El oncólogo que prometí, James Wilson, mi esposo.

Tommy no disimula su sorpresa.

-¿Tenemos un problema? -pregunta Greg y da un paso atrás- Porque si ahora le da por hacer aspavientos con eso…

-No, no. -les asegura Tommy- Para nada.

A sus espaldas, Rick suelta una risita burlona.

-Sería el colmo de la hipocresía, a estas alturas.

¡Oh! Comprende Wilson. Esa es una razón adicional para preferir médicos de confianza, ¿no?

-Vamos -Tommy hace un gesto para que lo sigan hacia el interior de la casa.

Detrás de ellos pueden escuchar a Rick, que los sigue con el kit de oncología en un montacargas portátil.

-Los espera en el estudio. Dijo que vuestro equipo podía ser sensible y no debíamos arriesgarnos con las escaleras. Además, tiene un baño adjunto.

Es obvio que la casa fue rentada. Está deliberadamente decorada para no tener personalidad, con muebles escasos y sosos. No hay retratos ni tazas de café regadas, nada que indique que quieren hacerla propia. Todas las ventanas tienen las cubiertas interiores bajas, de modo que no se puede ver nada desde el exterior, aunque alguien se meta en el patio trasero. Para compensar, todas las luces están encendidas. La intensa luz alógena hace que los muebles de colores fríos y apagados luzcan aún más desvaídos.

Al estudio se entra por una puerta doble deslizante. Contiene un buró masivo, tres butacones anchos y tres libreros con cientos de tomos de enciclopedia encuadernados en rojo y oro -el tipo de cosa llamativa e inútil que va con una casa rentada.

Hay un hombre sentado en el borde del buró. Es alto, tiene cabello rubio, aún brillante, y eso que debe tener más de cincuenta años por lo que le dijo Hoouse. Su rostro es de pómulos anchos y labios carnosos, pero las mejillas están flácidas y el color de la piel es un poco grisáceo. Viste una sudadera verde con zipper al frente, pantalones de gimnasia grises y zapatillas. Las ropas lucen usadas, aunque no desgastadas, pero parecen quedarle grandes. Otra señal de que ha bajado de peso rápidamente.

Greg se detiene a unos pasos de su paciente y apoya su peso en el bastón. Wilson se queda a su lado. Tommy avanza un poco más, hasta quedar detrás del paciente, les deja espacio para permitirles trabajar, pero lo suficientemente cerca para intervenir.

Si, decide James, definitivamente un guardaespaldas.

Rick deja las cajas en un rincón del estudio, sale y cierra tras de sí. No puede oír pasos alejándose, por lo que asume que se quedó de guardia junto a la puerta.

-Greg -saluda Conejito Malo 1982 con voz ronca, y la tensión en el cuello le dice a Wilson que le duele hablar. Sus ojos permanecen serios y hay un leve destello de miedo en el fondo de sus irises azul grisáceos.

-Edward -Greg hace una leve inclinación de cabeza- ¿Cómo va el negocio? ¿La familia?

-Bien, ha sido un buen año. Los serbios no dieron muchos problemas.

El guardaespaldas suelta una risita burlona. Wilson siente que el estómago se le encoge.

-La familia bien, también. El hijo más pequeño está en el último año de la universidad -añade con claro orgullo.

-¡Oh! -su esposo suena genuinamente sorprendido- ¿Felicidades?

-A ti tampoco te va mal, por lo que veo -y hace un movimiento de barbilla hacia Wilson.

-No, nada mal. Te presento a mi esposo, James Wilson.

Edward lo mira de arriba abajo sin disimulo.

-Es bonito -dice con una sonrisa.

-También tiene las dos piernas sanas, así que sacará los instrumentos de sus cajas en lo que te hago algunas preguntas. ¿De acuerdo?

Tras el asentimiento de Edward, House se deja caer en uno de los butacones, saca libreta de notas y pluma del bolsillo interior de su chaqueta y se pone a trabajar.

Mientras abre las cajas y organiza los aparatos, Wilson escucha con atención la entrevista. En cierto punto la voz de Edward falla y su guardaespaldas empieza a responder en su lugar. Es un tipo callado, Tommy. Se expresa mayormente en monosílabos y números. Pero la seguridad con que habla indica que conoce bien a su jefe. Cuando Edward emite un gruñido de duda o incredulidad, Tommy responde “Eso dijo Sarah” y ahí terminan los cuestionamientos. Deduce que Sarah es su esposa.

¡Claro que tiene una esposa! Los jefes mafiosos no son gays. Y  se nota que este hombre está acostumbrado a ser obedecido, aunque la voz le falle ahora.

Por el panorama que pintan los síntomas, el oncólogo comprende por qué temen que sea cáncer de garganta.

-A ver si pillé bien la información entre tu excelente imitación de un motor de auto de carreras y los códigos de mini Terminator. -resume House- Hace seis meses, en marzo, empezaste a perder peso sin motivo aparente, acompañado de cansancio y migrañas. En mayo comenzaron los mareos y las náuseas. Finalmente, presenta tos persistente desde hace casi dos meses, que apareció sin ningún otro síntoma de resfriado. No tienes idea de si en tu familia hay antecedentes de cáncer. Estuviste expuesto a gases de escape de motores de combustión interna de modo casi diario entre 1982 y 1998. Haces una hora de ejercicio de alta intensidad cada día, excepto los domingos. Fuiste fumador social entre 1983 y 1990. Tomas alcohol una vez al mes, aproximadamente.

-Si. -confirma con su voz rasposa Edward.

Wilson intercambia una mirada con Greg. Ciertamente podría ser. Pero hay algo en la mirada de su esposo, como si dudara de las respuestas que recibió.

-¿Qué hay de tus… medicamentos?

-¿Mis medicamentos? -repite Edward con innegable burla en su voz.

-Si -insiste House con voz seca- Los que tomabas cada día y te ponían tan contento.

James no los ve, está en el baño anexo lavándose las manos, pero se queda muy quieto, tiene miedo hasta de respirar. ¿Por cuánto tiempo ha estado tomando drogas este hombre?

-Los tuve que dejar el año pasado. -informa Edward con claro tono de añoranza- ¿Crees que podría ser eso?

-Poco probable. Habrías notado las reacciones adversas mucho más rápido. ¿Y nada más ha cambiado recientemente en tu vida?

El paciente gruñe, reflexivo.

-La oficina cambió -le recuerda Tommy.

 -¿Cómo cambió? -pregunta Greg.

Edward tarda en responder. 

-Mi… mm… organización me cambió de lugar de operaciones. Hace dos meses que estoy en Washington DC. Antes estaba junto al mar, con un clima seco.

Wilson siente que el corazón se le encoge. ¡Esto es peor de lo que imaginaba! Se trata de una organización de alcance nacional. ¿Junto al mar y clima seco? ¿Qué sindicato del crimen tiene agentes en California y DC?

Respira hondo y regresa al despacho.

-El aire de DC apesta. -se queja Tommy con expresión de asco.

Edward le da una mirada divertida y exasperada.

-Déjalo ya -dice con el tono de quien continúa una discusión larga e inútil.

-Ciertamente, el nivel de contaminación del aire en DC podría haber desencadenado la tos -comenta James, aún con una toalla desechable entre las manos.

El jefe y su guardaespaldas lo miran con sorpresa. En la mirada de Tommy hay una leve satisfacción, como si la opinión de Wilson reivindicara su disgusto con la ciudad.

Greg frunce los labios, no parece muy convencido.

-Pasemos al examen clínico. ¿James?

Él se pone el estetoscopio al cuello y se acerca, pero Edward lo mira con expresión de pánico.

-¿Él?

-Por supuesto que él. -repone House con tono impaciente- ¿No querías un oncólogo? Ahí tienes. Le hice muchas cosas sexis para que accediera, no harás que mi talento oral se vaya a la basura.

-Pero…

-Señor Edward, le aseguro que todo lo que ocurra en este intercambio está protegido por la confidencialidad entre doctor y paciente.

El hombre sigue dudoso, pero Tommy le pone una mano en el hombro y se inclina hacia su oído. Wilson no intenta escuchar. Es suficiente con ver cómo la expresión del hombre pasa de ansiosa a culpable. Finalmente asiente.

-Quítese la sudadera y los zapatos, por favor.

Debajo lleva una camiseta henley gris cuya solapa llega hasta el esternón. Está completamente abotonada, pero es obvio que Edward se siente casi desnudo. Probablemente está acostumbrado a trajes formales, ¿acaso incluso a un chaleco antibalas?

Wilson comienza el ritual que se sabe de memoria. Pose, talla, peso (con una nota sobre su registro anterior), temperatura corporal. Está claro que este hombre no se quitará los pantalones, así que se conforma con estudiar la piel de sus cara, cuello, manos, brazos y pies. Tiene la seguridad de que, si tuviera algún hematoma u otra irregularidad en la piel, se lo habrían dicho.

-Ábrase la camiseta para auscultarlo.

Automáticamente se lleva una mano al pecho y estrecha la apertura. La poca relajación que sus acciones habituales habían conjurado se evapora.

-Tengo algunas cicatrices.

-Si, Greg me dijo que lo atropelló un auto.

Edward se gira hacia House con una ceja alzada y ojos curiosos.

-¿Me atropelló un auto?

House, que los observa con gran atención, asiente.

-Te clavaste contra el chasis de un buick, ¿no?

-Si -confirma el paciente.

Tommy deja escapar una risa burlona. James tuerce los ojos. Lo que sea que llevara a Edward a la mesa de operaciones en San Francisco hace más de treinta años no es relevante ahora. Además, ya le aseguró que está obligado por ley a guardar sus secretos y House responde él. ¿Qué más garantías puede pedir? El hombre parece llegar a la misma conclusión, porque aprieta los labios, suspira y empieza a abrir los botones.

Separa muy lentamente las solapas. Expira. Aparta las manos. Wilson observa la piel retorcida por las viejas cicatrices y las líneas gruesas de un tatuaje que las cubre. Como un relámpago recuerda una mañana, en el verano de 2008, cuando le dijo a un adolescente “Tu madre era sobreviviente del cáncer de mama”. Da un paso atrás, mira de nuevo los rasgos del hombre y puede ver…

-¡Oh, Dios! Usted es la ma… el padre de Jake Mitchell.

Los ojos azules se abren de sorpresa, luego se tiñen de pánico.

Wilson es arrastrado por una fuerza inesperada y de repente su espalda y cráneo chocan contra una de las paredes del despacho.

-¡Dime cómo sabes eso!

El guardaespaldas lo tiene inmovilizado con un antebrazo clavado en su cuello y una pistola contra su sien. Sus ojos verdes -como los de Jake, nota- destellan con un brillo asesino.

Por detrás del hombre, ve que Greg avanza hacia ellos con el bastón en alto, pero Edward no se ha quedado quieto. De un manotazo desarma a Greg y lo empuja de vuelta a su asiento.

-Mav.

¿Qué es Mav?

-¡Respóndeme! -insiste Tommy sin notar que la presión en su cuello impide a Wilson hablar.

-¡Maverick! -grita el jefe de nuevo- Deja ir al doctor Wilson, por favor.

Su voz es como una campana rota que repica con un badajo oxidado, pero que se yergue sobre una torre dura y alta.

Esta vez, el guardaespaldas reacciona.

-No hasta que me diga cómo sabe de Jake.

-Wilson conoce a Jake de cuando fue a esconderse en el apartamento de Bradley, Mav. -explica el jefe con calma- No lo puede decir él mismo porque lo estás asfixiando. Ahora ¡suéltalo!

Con un gruñido furioso, el hombre por fin lo deja ir. Wilson cae al suelo tosiendo. Tras una mirada cautelosa a Edward, Greg se le acerca.

-¿Estás bien, cariño?

Solo asiente, consciente de que no debe forzar sus cuerdas vocales. Lo abraza. ¿Qué diablos está pasando? Ese hombre sabe dónde vivía hace ocho años, ¿cómo? Más importante aún, si él es el padre de Jake… Bradley dijo que pertenecían a una familia militar. ¿Ese es el gran misterio? ¿Un hombre trans infiltrado en las galerías del poder? Si, puede entender el secretismo.

Edward está tosiendo por el esfuerzo. Es un sonido seco y agónico. Maverick (¿qué clase de nombre es ese?) le alcanza un vaso de agua. Cuando se recupera, vuelve a mirarlos.

-No se lo dijiste -reclama con tono acusador a House.

-No creí que fuera relevante. -se defiende su esposo aún desde el suelo.

El hombre bufa y se gira hacia su guardaespaldas, que le contempla tenso como un alambre.

-¿Qué significa eso? -pregunta suavemente Edward y señala el arma que todavía tiene en su mano. 

-Estamos en New Jersey. -y por el tono de su voz podría referirse al salvaje oeste- Estás débil. La cogí para sentirme tranquilo. -suspira- Me dejé llevar. -admite avergonzado, luego mira a Wilson- Lo siento, doctor.

Él fuerza una sonrisa conciliadora y se apoya en un librero para levantarse. Le tiende una mano a Greg para que haga lo mismo.

-Edward, me caes bien, pero intentar matar a mi esposo es donde trazo la línea.

El jefe asiente. Se gira hacia Mav y extiende una mano con gesto imperativo. El otro hombre hace un puchero, pero le entrega la pistola. Edward camina hacia el otro lado del buró. Con gestos deliberadamente amplios abre una gaveta, pone el arma dentro, la cierra. Luego regresa frente a ellos y vuelve a sentarse en el borde de la mesa, como cuando llegaron.

-¿Mejor?

Greg lo mira interrogante. James sabe que si dice “hasta aquí”, su esposo seguirá sus deseos. Pero ahora siente una curiosidad tremenda, además de su responsabilidad como médico. Ve a ambos hombres con nueva perspectiva. Tira de la mano de House y regresan a los butacones frente al buró.

-Ustedes son los padres de Jake -no se molesta en enunciarlo como una interrogante.

Edward cruza los brazos sobre el pecho, tuerce los labios y asiente.

-¿Cómo lo supo?

-Jake tenía una foto muy bella de cuando estaba recién nacido, durmiendo sobre su pecho. -señala en la dirección general del área con el dedo índice- El tatuaje es inconfundible. -mira a Maverick- Y heredó los ojos verdes de usted.

La pareja intercambia una mirada intensa y breve, que oscila entre el orgullo y la amargura. Cuando Edward vuelve a mirarlos, el sentimiento ha desaparecido y solo queda una oscura resolución.

-¿Hablaron de la foto?

-Si. Le dije… -se detiene para ordenar sus ideas, no quiere herirlo más- Lo que creí en ese momento, que usted era sobreviviente de cáncer. Que él era un bebé milagro.

Maverick emite una risa baja, burlona.

-Si, definitivamente fue un milagro.

-Nunca te tomé por el tipo maternal, Edward. -interviene Greg.

Wilson le da una patada.

-¡Ouch!

-No tengo un hueso maternal en mi cuerpo, House. -responde con acento duro- Jake fue un accidente, cosas que pasan cuando no tienes acceso regular a la testosterona.

Entonces Wilson comprende algo más.

-Esas medicinas a las que Greg se refirió antes, ¿eran sus inyecciones de reemplazo hormonal?

-Si. Se hizo muy difícil obtenerlas sin dejar un rastro. Pensé que los cincuenta y cuatro era una edad tan buena como cualquier otra para dejarlo.

-Pero entonces, ¿ha vuelto a menstruar?

-No, no. Me hice una histerectomía radical en el noventa y tres.

-Una carnicería, dirás -corrige Maverick.

-Si, bueno, no podía ir a mi médico de cabecera -responde irritado y explica a los doctores- Fue en una clínica ilegal que practicaba abortos y otros servicios. Él todavía está molesto porque no pudo acompañarme.

-¿No hubo complicaciones? -insiste Wilson.

-No. Me fui a los dos días, descansé una semana en casa. Regresé al trabajo. Reduje la dosis de testosterona de ahí en lo adelante.

-¿Por su cuenta? -se escandaliza James.

-Bien hecho -lo felicita Greg al mismo tiempo.

Se gana una mirada recriminatoria de su esposo.

-Debe entender, doctor Wilson, que he fingido ser un hombre biológico desde los diecisiete años. La última vez que mis médicos supieron mi verdadera identidad fue cuando tuve a Jake. Además, estoy aquí, ¿no?

Si, el hombre sobrevivió auto-dosificarse hormonas por décadas sin provocarse un ataque cardíaco, desarrollar diabetes, ni quedarse calvo. Aunque suena bárbaro y frustrante, debe admitir a regañadientes que Edward supo manejarse bien sin ayuda profesional.

Admite su error con un gruñido renuente.

-¡Oh! Mírate amor, todo rezongón y poco expresivo. Aún haremos un hombre de ti -se burla Greg.

-Mejor volvamos al examen -dice, y se levanta. 

Ahora, Wilson puede notar cuán tenso estuvo Edward durante la primera parte de la consulta. No es para menos, supone, si la última vez que estuvo en una cita médica sin tener que jugar al escondite con su propio doctor fue hace más de veinte años. Procede a auscultar, palpar y percutir sin más sorpresas. El hombre está, en verdad, en excelente forma física.

-Tuve que enfocarme en no enfermar nunca -explica un poco triste.

-Solo imaginar esa dieta me da ganas de morir -comenta House con voz horrorizada.

-Imagínate lo que ha sido vivir con él todos estos años -responde Maverick y se seca una lágrima imaginaria.

Edward y James intercambian miradas de exasperación.

Aunque el examen cuidadoso de cabeza y cuello, no revela áreas anormales ni ganglios linfáticos hinchados, Wilson decide ir hasta el final.

-Quiero tomarle una muestra de sangre y hacer una laringoscopia.

-¿Los resultados de su sangre estarán tan rápido? -se asombra el guardaespaldas.

-Para lo que buscamos, si.

Extrae la sangre y pone a funcionar el scanner láser. Luego House lo ayuda a poner el monitor en el buró y conectar los cables al endoscopio. Saca un frasco de spray y se lo muestra al paciente.

-Es lidocaína al 10%. Quiero adormecer ligeramente su lengua para que no se active el reflejo de vómito cuando esté observando.

Edward mira el medicamento con ligera desconfianza, pero al final asiente.

El examen transcurre sin problemas, aunque no revela nada que relacione los síntomas del hombre con el cáncer. La garganta está muy irritada, es cierto, pero las cuerdas vocales parecen más sobre explotadas que heridas.

Wilson deja el endoscopio en la mesa y se quita los guantes con el ceño fruncido. Ve que House también está desconcertado. Abre la boca para sugerir otro examen, pero la alarma del escáner hematológico lo interrumpe. La pequeña pantalla empieza a desplegar cifras. Fastidiado como siempre por el pequeño tamaño de las letras, oprime un botón para que la información aparezca en el monitor que tienen sobre el buró.

Maverick silva, admirado.

-¿Se robaron eso del hospital donde trabajan?

-Tomamos prestado -rectifica House sin dejar de estudiar los resultados.

-Quiero uno de esos -suplica a su jefe.

-¿Para qué? -le espeta Edward- No necesito un aparato para saber tus niveles de adrenalina. Siempre están por encima del techo.

A James le parece divertido ese intercambio inocente. Ahora que Edward y Maverick no tratan de disimular frente a ellos, se tratan como un viejo matrimonio. Aspira a tener eso con House, ahora que el espectro de su propio cáncer ha desaparecido. Cruzar la curva de la andropausia y…

¡Oh! Se gira hacia su paciente.

-¿Cuándo, exactamente, dejó la testosterona?

-Febrero.

-Pero dijo que no lo había planeado, ¿verdad? Decidió dejarlo porque era demasiado peligroso.

-Sí.

-¿Y cuándo se mudó a DC?

-Finales de julio.

-¿Y qué pasó hace cuatro meses? Alrededor de abril o mayo.

Edward lo mira sorprendido y enojado. ¡Diana!

-Nada importante.

-Es obvio que su cuerpo creyó que lo era.

-¿Amor?

Wilson se vuelve hacia su esposo.

-Creo que estamos viendo con la perspectiva equivocada. Nos complicamos mucho.

-Sabes que amo las complicaciones -admite Greg alzando las cejas.

-Si, pero la vida no siempre es compleja. Dime, si solo se tratara de la pérdida de peso, fatiga y jaquecas, sabiendo que cortó en seco su testosterona, ¿qué le habrías dicho?

-¡Ah! Si. Que no llorase porque la andropausia le pasaba por encima como un tren de carga.

-Exacto. -vuelve a mirar a Edward- Los problemas de garganta no empezaron hasta que vino a DC. Estamos en otoño. Estoy casi seguro de que se trata de una alergia estacional. Lo que no encaja es que hace cuatro meses usted empezó a tener mareos y náuseas. Así que repito mi pregunta, señor Edward, ¿qué pasó hace cuatro meses?

-Si, cariño -interviene Maverick con voz irritada- ¿Nos dices qué pasó?

Después de pensarlo un poco. El hombre empieza a hablar despacio, pero sin mirar a ninguno de sus interlocutores.

-Hace cuatro meses, me enteré de que eran necesarios ciertos ajustes en la asignación de recursos humanos de nuestra organización. Técnicamente, no es mi área de acción, pero sabía que mi solución sería mejor que la que se barajaba. Era un asunto urgente. Me costó mucho implementar mi idea de modo anónimo. Si, admito que me estresó.

-¿Era una situación de vida o muerte? -pregunta Maverick con voz suave.

Edward se muerde los labios. Cuando por fin mira a su pareja, la ansiedad es clara en sus ojos.

-Lo era.

-Ah -es todo lo que responde el otro.

Hay algo implícito en la pregunta y su respuesta. Wilson se da cuenta de que esos dos saben perfectamente de qué “recursos humanos” se trataba. Hay un aire de melancolía y cansancio entre ambos, como si ese fuera un tema que discuten habitualmente. La atmósfera se corta con la intervención de House.

-Pero si los mareos y las náuseas eran psicosomáticos, habrían desaparecido cuando se resolvió el problema.

-Bueno, -admite Edward- es que después me dio miedo de que se descubriese mi intervención. La mudanza a DC lo empeoró todo. Fue un estrés sobre otro.

-¡Oh! Nunca te tomé por el tipo sentimental, Edward. -apostilla Greg divertido- Entonces lo hemos resuelto. -empieza a teclear en su teléfono- Te estoy mandando los nombres de varios antihistamínicos que no tienden a producir somnolencia, ya que eres un tipo ocupado. Aunque creo que puedes ir con tu médico de cabecera sin peligro de que descubra tu secreto.

James se gira hacia Maverick.

-¿Me ayudas a desmontar todo esto?

Cuando ya Slider se llevó al extravagante dúo de doctores con sus fascinantes equipos de diagnóstico, Maverick regresa a la sala de estar, donde Ice se ha tirado en un sofá. Se tapa la cara con un brazo y parece, por primera vez en meses, relajado.

Se arrodilla a su lado.

-¿Quieres una infusión antes de irnos?

Los ojos azules lo observan con atención. Mav sabe que tiene miedo de su reacción, así que trata de proyectar la expresión más tranquilizadora posible. Su esposo asiente, pero no lo deja ir, sino que le toma la mano, se levanta y lo sigue a la cocina.

Deja a su esposo bebiendo y se apresura a borrar las últimas huellas de su presencia en el inmueble. Con la práctica que da manejar una casa con cuatro infantes, limpia el baño y recoge el despacho. Cuando regresa, Ice está lavando la taza y cuchara que usó.

No dicen nada hasta que su auto deportivo ha dejado atrás Allentown y se mezcla con el tráfico de la autopista Turnpike. El aire es denso entre ellos, con la enormidad de lo que Tom admitió con un tercer pasajero. Maverick decide que no puede pasar las próximas tres horas de viaje así.

-Respecto a lo que hiciste… -empieza.

-No me regañes, por favor. -lo frena Ice claramente a la defensiva- Ya bastante tengo con las vueltas que ha dado mi cabeza.

-No quiero regañarte -responde Mav en tono conciliador y le pone una mano en el muslo, para calmarlo- Solo explícame qué pasó, ¿si?

-Empezó en abril. Una de las tantas ceremonias para celebrar las nuevas instalaciones de la Base de Bahrein. Entre los invitados estaba el comandante del USS Eisenhower, el insufrible de Koehler. Sabes que la gente ya está hablando de Jake, ¿no?

-Si. Brad me dijo que la teoría más reciente es que es un producto de ingeniería genética. -se ríe.

Ice hace una mueca.

-En la recepción todo el mundo estaba alrededor de Koehler preguntándole por su aviador estrella. Noté que varios comandantes lo miraban con envidia. La verdad, sentía orgullo hasta que ese imbécil abrió la boca. Dijo que si, que el subteniente Seresin era bueno, pero sería mejor cuando terminara de endurecerse. Que entre el comandante de su escuadrón y él estaban trabajando en cortarle los hilos que traía de la USNA.

-¿Eso dijo? -conociendo la trayectoria de Jake, no es difícil darse cuenta de que se refiere a su relación con Brig.

-Pensé que era paranoia, así que me las arreglé para hablar directamente con él. Como me esperaba, empezó a quejarse de que Harvard no tenía ninguna vergüenza y estaba afectando la moral de su barco. Que en los tiempos de la DADT la habría sacado con la cabeza por delante por la mitad de las cosas que hacía y decía. Jugué mi carta de obsesivo por las reglas y pregunté si tenía algo concreto. Admitió que no, pero quiso apelar a mi lado de estratega. Tenía planes para Jake, me dijo, y Brig estaba en el medio siempre. Que lo protegía de los problemas con otros marineros cuando ese debía ser el trabajo del comandante del escuadrón.

-¡¿Ese tipo permite abusos en su barco para reforzar la importancia de sus oficiales?!

-Así parece. En fin, para Koehler la relación entre Jake y Brig era mariconería o infantilismo y no permitiría ninguna de las dos cosas en su barco. Esa noche decidí que tenía que sacarlo de ahí.

-Jake te advirtió…

-¡Jake es mi hijo! -lo corta Ice con fuerza- No iba a permitir que ese homofóbico de mierda jugara con su mente solo para cubrirse de gloria.

-Podría haberlo resuelto él mismo.

-Podría -admite-, pero solo de modo reactivo, tras perder a Brig. Disculpa si no quiero sentarme a ver cómo sufre -concluye sarcástico.

-También podrías habernos dicho algo.

Ice baja la cabeza, porque a pesar del tono conciliador de Maverick, ese es un reclamo razonable.

-Tenía miedo.

-¿Miedo?

-Dime, ¿qué habrías hecho tú al saberlo?

Maverick trata de pensar en un escenario donde no intentara confrontar a Stephen "Web"  Koehler o avisar del peligro a Brig a través de sus padres. Cualquiera de las dos movidas habrían provocado la ira de Jake.

-Si… -reconoce derrotado- La intriga no es lo mío.

-Así que me puse a trabajar. Pero tenía que hacerlo antes de asumir el cargo en Washington, o corría el peligro de que Jake sospechara y rechazara la oferta solo por principio. 

-Creí que Jake era feliz en el Eisenhower -comenta Maverick.

-Pues estaba mintiendo o no sabía que quería más hasta que lo tuvo delante de los ojos. Bastó una sola mención en el Boletín Informativo de la Marina de los espacios que se abrirían en el USS John C. Stennis para que Brig y él enviaran sus formularios de disponibilidad. Y claro que Gregory Huffman lo quería. ¿Quién no quiere a Jake Hangman Seresin en su barco? El problema fueron Koehler, y el comandante del VFA-32, Munchkin, que querían la gloria del nuevo Iceman sin la molestia de su niñera. Empezaron a posponer la documentación de Jake y tuve que enviarles una auditoría para que soltaran la presa.

-Pero entonces, ¿saben que fue por él?

-Nah. La auditoría les tocaba. Solo me aseguré de que el equipo tuviera a las personas más apegadas a las reglas y perfeccionistas de toda la Marina. No podían justificar retener a Jake. Fue agotador, usé unos cuantos favores, pero logré que nadie viera cuál era mi jugada final, así que mi prestigio ha crecido. Y Huffman se siente en deuda conmigo ahora.

-¿Final feliz?

Ice le da una sonrisa tímida.

-Algo así, si.


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