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8 de noviembre de 2024

CINCO VECES MAS UNA 6

Cinco veces que el pasado regresó a fastidiarles y una vez que les dio felicidad

Capítulo 6: 

Cuando Mike T. Barnow le pidió (otra vez) a Elizabeth McCord que fuera razonable


Sumario
En 2018, Sarah envió una solicitud de perdón presidencial póstumo para Duke Mitchell. En marzo de 2020, el expediente llega a la mesa de la presidenta Elizabeth McCord.

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 Parte 3 de: Las mentiras que nos dijimos

Fandoms: Top Gun (Movies), Madam Secretary

Relaciones:
Sarah Kazansky/Tom "Iceman" Kazansky/Pete "Maverick" Mitchell, Elizabeth McCord/Henry McCord

Personajes:
Tom "Iceman" Kazansky, Pete "Maverick" Mitchell,
Sarah Kazansky, Elizabeth McCord, Henry McCord, Jay Whitman, Mike Barnow, Ellen Hill, Olivia Mason, Gordon Becker, Ephraim Ware, Hugh Haymond, Hank Nolan  

Etiquetas adicionales: Crossover, 5+1 Things


28 de diciembre de 2023

CINCO VECES MAS UNA 5

Cinco veces que el pasado regresó a fastidiarles y una vez que les dio felicidad


Parte 3 de: Las mentiras que nos dijimos

Fandoms: Top Gun (Movies), House M.D.  

Relaciones:
Tom "Iceman" Kazansky/Pete "Maverick" Mitchell, Gregory House/James Wilson

Personajes:
Tom "Iceman" Kazansky, Pete "Maverick" Mitchell, Ron "Slider" Kerner, Gregory House, James Wilson (House M.D.)

Etiquetas adicionales:
Crossover, 5+1 Things 

ÍNDICE: https://palabraspulsares.blogspot.com/p/las-mentiras-que-nos-dijimos-3-cinco.html

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Cuando el Dr. James Wilson vio de cerca el tatuaje de un conejito asesino


Sumario
Otoño de 2015: cuando la tos de Ice no desaparece después de tres semanas, Sarah y Maverick llaman la atención sobre sus otros síntomas extraños durante casi seis meses. Preocupado, Kazansky contacta al único médico en el que confía: Gregory House.
House le pide a su colega Wilson una opinión experta.
Wilson sabe que ese pecho con un conejito asesino tatuado pertenece a...

 


Hospital Universitario Princeton-Plainsboro, Nueva Jersey, septiembre de 2015

 

-Necesito tu ayuda -anuncia House mientras se deja caer en el asiento lateral de la oficina de Wilson.

No es un asiento para pacientes o familiares, sino que lo reserva para cuando invita a otro miembro del equipo a dar su opinión. Está pegado a la pared, más cerca de su buró que los otros tres asientos de la oficina.

El oncólogo no despega los ojos de la pantalla de su computadora, donde transcribe las últimas notas de un caso.

-Buenos días a ti también, cariño. ¿Cómo amaneciste? Mi guardia fue excelente, gracias por preguntar.

House hace una mueca y golpea el buró con la punta de su bastón.

-Creí que esto de tener una relación estable incluía saltarse todas las mierdas de formalidades vacías -y sube su pierna dañada al brazo de la silla de Wilson.

El moreno mira el zapato deportivo de reojo y lo empuja con el codo.

-No incluye dejar de saludar a tu esposo cuando lo ves por primera vez en el día a las… -mira brevemente la esquina de la pantalla de su laptop- dos de la tarde.

-Te mandé un mensaje de texto a las ocho en punto.

-Me mandaste tres emojis -rectifica Wilson- una lengua, una berenjena y una carita sonriente.

-Evidencia de que mi pasión por ti no ha decaído en… ¿cuánto tiempo llevamos juntos de nuevo?

-A veces parece que demasiado, a veces que muy poco -se queja Wilson mientras salva el reporte y cierra el MyChart del hospital.

Se levanta y da la vuelta por el lado de la mesa opuesto a donde está House para buscar su abrigo.

-¿A dónde vas? -pregunta el otro en lo que se apresura a dejar la silla para acercarse.

-Quiero lo que me prometiste en ese mensaje de texto antes de ayudarte en nada.

House alza las cejas y sonríe.

-Encantado.

Un par de horas después, mientras Greg se ducha, Wilson siente la alarma de mensajes de texto de su esposo. Temiendo que sea alguna emergencia, toma el teléfono. Si no es del Princeton-Plainsboro, volverá el aparato a su lugar. Lo que ve le hace alzar las cejas y quedarse con el móvil entre los dedos.

-Cariño, -le sonríe a House cuando regresa a su habitación con una toalla atada a la cintura- ¿quién es Conejito Malo 1982? 

Pero su rostro no muestra ninguna de las emociones que esperaba: diversión, picardía, incluso incomodidad. House abre mucho los ojos y se lanza hacia la cama a quitarle el móvil con el rostro deformado por el miedo.

-¿¡Lo leíste!?

-Pero…

House le arrebata el aparato y lo inmoviliza sobre la cama. Sus caras están muy pegadas, pero no hay nada sensual en ello.

-¿Leíste el mensaje?

-No, no. Claro que no.

House suspira, se aparta y desbloquea el teléfono.

-¿Qué diablos pasa?

-Es un paciente -responde House mientras teclea algo.

-¿Un paciente? Tu nunca le das tu número personal a los pacientes.

-Es un paciente especial.

Deja el móvil sobre la mesa de noche y se gira despacio hacia Wilson. Lo mira con expresión calculadora.

-Mi paciente necesita una consulta privada, ese es el favor que quería pedirte.

-Una consulta privada… ¿conmigo?

-Bueno, solo tengo un oncólogo en casa. Podría llamar a Chase, los ausies son multipropósitos, ya sabes, pero como ya no me dejas chantajear a la gente para que me guarde secretos -se encoge de hombros.

-¿Quieres decir que necesita una consulta lo más rápido posible? -ya está revisando mentalmente su agenda.

-No. Cuando digo privada, quiero decir fuera del hospital. Ni enfermeras, ni registros. Solo tú y yo, en un lugar privado que el paciente elegiría.

Wilson lo mira con atención. Sabe que hay etapas oscuras en la vida de su pareja, de las que prefieren no hablar. La mayor parte del tiempo fingen que House se fue de sabático durante 2011. También fingen que en los años entre su expulsión de la John Hopkins y la escuela de medicina de la Universidad de Michigan no estuvo en California trabajando en clínicas ilegales -para personas sin acceso al sistema, insiste él-, enfrentando a la policía, y usando drogas suaves.

El problema, es que el pasado de House a veces regresa a morderles el trasero. Puede ser algo fácil de manejar, como un recuerdo doloroso repentino. Puede ser algo potencialmente criminal, como una pandillera exigiendo vicodina, sin receta, claro.

-Este paciente tuyo, ¿lo conoces bien?

-Desde 1982.

Wilson contiene el aliento, porque en 1982 House estaba en California. Nunca le ha dicho a qué se dedicaba la clínica donde fue asistente, pero entiende que la gente que iba allí no estaba… en buenas con la ley, por decirlo de modo amable.

-¿Paciente de clínica?

House niega con la cabeza mientras juega con el borde de la sábana.

-Cirugía. Traumatismo cardiotorácico. Se fue a los tres días.

-¿¡Qué!? ¿Lo dejaron ir?

House se encoge de hombros.

-Su hermano vino a buscarlo, él explicó que tenía negocios que atender. ¿Qué íbamos a hacer? ¿Llamar a la policía? ¿A su mamita? Además, sobrevivió ¿no?

Wilson hace una mueca y se levanta a buscar sus pantalones.

-Sin dudas, pero no gracias a ti.

Se siente incómodo con esta conversación. Un tipo al que le cosieron el pecho a balazos y tuvo que dejar la clínica ilegal donde le salvaron la vida a los tres días. ¡Por Dios!

-¡Ey! Me permito informarte, las costuras eran muy bonitas.

-Seguro que te lo agradeció -responde sarcástico mientras saca las medias de debajo de la cama.

-Si supieras que si. Incluso se reía de mis chistes.

-Es definitivo, el hombre estaba de morfina hasta las cejas.

-Fue uno de los tipos más cuerdos que vi pasar. Apenas mentía, pero cuando mentía lo hacía muy bien.

Eso hace pausar a Wilson, porque House no regala ese tipo de comentarios. Se sienta en el borde opuesto de la cama para ponerse los pantalones. Siente los ojos azules clavados en su nuca.

-¿Y se mantuvieron en contacto todos estos años? -es perturbador pensar en House resolviendo acertijos para la mafia.

-No, no. Fue más bien… como que me dejaba saber que estaba vivo. Me mandó una postal de felicitación cuando me gradué de Michigan. Otra que decía “Ponte bien, idiota” cuando lo de la pierna. Así ha sido por más de treinta años.

-¿Entonces cómo sabes que quien te manda los mensajes es él?

-¡Oh! Eso es fácil. En el primer mensaje me citó algo que le dije cuando le cambiamos las vendas por primera vez -alcanza su móvil, busca el mensaje y se lo muestra a Wilson.

“Me han dicho que tener el chasis de un Buick impreso en el pecho es muy sexy”

-¿El chasis de un Buick?

-Si, eso fue lo que le pasó, lo atropelló un auto.

Wilson resopla, incrédulo.

-Lo atropelló, si, claro.

Se mueve por la cama hasta quedar de nuevo frente a House. Lo mira a los ojos.

-El tal Conejito Malo, ¿cree que tiene cáncer?

Su esposo inclina la cabeza hacia un lado.

-Sabe que puede ser otra cosa, pero quiere empezar por descartar lo peor. Te digo, un tipo listo.

Wilson suspira, derrotado. Tiene la certeza de que se va a arrepentir, pero siempre es así con Gregory House.

-De acuerdo. Haz la cita.

Wilson siempre se preguntó cómo sería cruzar la línea, pero resulta que es difícil notar la diferencia. Después que acepta ver a este misterioso -y duro de matar- paciente especial de House, no pasa nada. Ni inmediatamente, ni al día siguiente, ni al otro. Se descubre ansioso.

-¿Todavía nada? -pregunta al final de la semana, mientras cenan en casa.

Greg, el muy cabrón, sólo tiene que mirarlo para saber que no se refiere a la más reciente compra de Amazon que compraron con la otra cuenta y mandaron a su apartado postal.

-No. Está coordinando el espacio.

-¿Sabes si vive en el área?

-No lo sé. No quiero saberlo. Y a ti no debería interesarte.

Wilson asiente, incómodo. Usualmente es él quien le recuerda a House que no debe meterse en la vida de las personas a su alrededor.

El martes siguiente, casi diez días después de conocer la existencia de Conejito Malo 1982, House va a almorzar en la oficina de Wilson. Lleva un paquete con el logo del sitio koreano que les gusta -les da rebaja porque House diagnosticó reuma al padre del dueño-, y sus ojos traen un brillo pícaro.

-¿Listo para pasarte al lado oscuro, amor? -inquiere mientras se sienta despacio.

Wilson se demora en responder con la excusa de despejar la mesa, abrir el estuche y sacar los contenedores de comida.

-Creo que eso ocurrió cuando dejé tu funeral para irnos en moto a recorrer el país.

-Y mira, te curó de tu sucio tinoma.

Wilson hace una mueca, no le gusta pensar en eso. Un día tenía solo cinco meses de vida, así que Greg se fingió muerto para poder estar con él ese tiempo. Dos meses después, su tumor había desaparecido misteriosamente. Tenía una vida por delante y un esposo -lo que ocurre en Las Vegas no se queda en Las Vegas- prófugo de la justicia y oficialmente muerto. El resultado económico, legal y social fue… intenso.

-¿Entonces?

-El sábado nos recogerán para ir a verlo. ¿Cuántos artefactos de diagnóstico podemos llevarnos sin que Foreman se entere?

Wilson alza una ceja, asombrado. Generalmente, el límite de House es poner en peligro su acceso al caso en el que trabaja o su empleo. Jamás lo ha visto interesado en ser discreto. Sin dudas, este Conejito es todo un personaje. No parece miedo, sino admiración y preocupación. Suspira.

-Déjame pensar. Unas cuantas cosas son portátiles y podemos llevárnoslas en el maletero del auto.

Durante el resto de la semana se quedan hasta tarde y aprovechan las horas muertas para sacar por el elevador de servicio lo que equivale a un equipo de chequeo oncológico no invasivo bastante completo.

-Sabes -comenta Wilson en viernes en la noche cuando terminan de empacar todo- esto es una buena idea.

House lo mira sin comprender desde el suelo, donde termina de pegar dos piezas de poliespuma con cinta para proteger el equipo de endoscopía.

-Tener un kit portátil de oncología -explica.

House termina de asegurar el estuche y se apoya en la pared para levantarse.

-Lamento despertarte de tu más reciente sueño de salvador blanco, cariño, pero la gente en África, a, tiene excelentes médicos y b, lo que necesita es paz y control sobre sus propios recursos naturales. -se limpia las manos en los pantalones- ¿Sobras de pizza y sexo antes de dormir?

-Oh, señor, eso es justo lo que me recetó el médico. 

 

A la mañana siguiente, se parquea delante de su puerta un SUV color beige del que se baja un tipo de unos cincuenta años, alto, de pelo rubio canoso, viste pantalones con bolsillos laterales, camiseta ajustada -que revela unos abdominales increíbles- y camisa a cuadros negros y rojos. Es un tipo promedio en un auto promedio, sin embargo sus modales y el modo en que mira alrededor -calculador, alerta-, gritan un pasado militar.

-Me dijeron que ustedes llevarán las cervezas a la reunión para ver el juego de fútbol.

House asiente e indica a Wilson que ayude a cargar los aparatos en el maletero del SUV mientras él se acomoda en el asiento del copiloto.

-Soy un pobre hombre enfermo, cariño -dice el muy descarado a modo de justificación.

El chofer dice llamarse Rick, pero no dice nada más de sí mismo. Pone música, y Wilson debe admitir que es una buena selección de rock de los ochenta. Después de casi una hora de viajar hacia el sur se detienen en una urbanización en las afueras de Allentown. Todas las casas son iguales, frente a la mayoría hay un SUV de color anodino y no hay nadie en la calle.

Es una pesadilla suburbana, el tipo de escenarios donde Wilson imagina que ocurren las sórdidas  historias de Stephen King o V. C. Andrews.

Rick abre la puerta del garaje con un mando, de modo que no se detienen en la parte exterior de la casa. Hay un auto deportivo dentro, pero Rick maniobra para meter el SUV en lo que queda de espacio sin problema. La puerta se cierra detrás de ellos inmediatamente.

Por la puerta que conecta el garaje con la casa entra un hombre de cabello negro entrecano y brillantes ojos verdes. Lleva jeans y camiseta blanca muy ajustada.

-Ey, Rick.

-Tommy -saluda el chofer.

En lo que Rick va a sacar el equipaje, Tommy les da una mirada calculadora.

-Supongo que tu eres el famoso House.

Para sorpresa de Wilson, Greg solo asiente.

-¿Y él?

-El oncólogo que prometí, James Wilson, mi esposo.

Tommy no disimula su sorpresa.

-¿Tenemos un problema? -pregunta Greg y da un paso atrás- Porque si ahora le da por hacer aspavientos con eso…

-No, no. -les asegura Tommy- Para nada.

A sus espaldas, Rick suelta una risita burlona.

-Sería el colmo de la hipocresía, a estas alturas.

¡Oh! Comprende Wilson. Esa es una razón adicional para preferir médicos de confianza, ¿no?

-Vamos -Tommy hace un gesto para que lo sigan hacia el interior de la casa.

Detrás de ellos pueden escuchar a Rick, que los sigue con el kit de oncología en un montacargas portátil.

-Los espera en el estudio. Dijo que vuestro equipo podía ser sensible y no debíamos arriesgarnos con las escaleras. Además, tiene un baño adjunto.

Es obvio que la casa fue rentada. Está deliberadamente decorada para no tener personalidad, con muebles escasos y sosos. No hay retratos ni tazas de café regadas, nada que indique que quieren hacerla propia. Todas las ventanas tienen las cubiertas interiores bajas, de modo que no se puede ver nada desde el exterior, aunque alguien se meta en el patio trasero. Para compensar, todas las luces están encendidas. La intensa luz alógena hace que los muebles de colores fríos y apagados luzcan aún más desvaídos.

Al estudio se entra por una puerta doble deslizante. Contiene un buró masivo, tres butacones anchos y tres libreros con cientos de tomos de enciclopedia encuadernados en rojo y oro -el tipo de cosa llamativa e inútil que va con una casa rentada.

Hay un hombre sentado en el borde del buró. Es alto, tiene cabello rubio, aún brillante, y eso que debe tener más de cincuenta años por lo que le dijo Hoouse. Su rostro es de pómulos anchos y labios carnosos, pero las mejillas están flácidas y el color de la piel es un poco grisáceo. Viste una sudadera verde con zipper al frente, pantalones de gimnasia grises y zapatillas. Las ropas lucen usadas, aunque no desgastadas, pero parecen quedarle grandes. Otra señal de que ha bajado de peso rápidamente.

Greg se detiene a unos pasos de su paciente y apoya su peso en el bastón. Wilson se queda a su lado. Tommy avanza un poco más, hasta quedar detrás del paciente, les deja espacio para permitirles trabajar, pero lo suficientemente cerca para intervenir.

Si, decide James, definitivamente un guardaespaldas.

Rick deja las cajas en un rincón del estudio, sale y cierra tras de sí. No puede oír pasos alejándose, por lo que asume que se quedó de guardia junto a la puerta.

-Greg -saluda Conejito Malo 1982 con voz ronca, y la tensión en el cuello le dice a Wilson que le duele hablar. Sus ojos permanecen serios y hay un leve destello de miedo en el fondo de sus irises azul grisáceos.

-Edward -Greg hace una leve inclinación de cabeza- ¿Cómo va el negocio? ¿La familia?

-Bien, ha sido un buen año. Los serbios no dieron muchos problemas.

El guardaespaldas suelta una risita burlona. Wilson siente que el estómago se le encoge.

-La familia bien, también. El hijo más pequeño está en el último año de la universidad -añade con claro orgullo.

-¡Oh! -su esposo suena genuinamente sorprendido- ¿Felicidades?

-A ti tampoco te va mal, por lo que veo -y hace un movimiento de barbilla hacia Wilson.

-No, nada mal. Te presento a mi esposo, James Wilson.

Edward lo mira de arriba abajo sin disimulo.

-Es bonito -dice con una sonrisa.

-También tiene las dos piernas sanas, así que sacará los instrumentos de sus cajas en lo que te hago algunas preguntas. ¿De acuerdo?

Tras el asentimiento de Edward, House se deja caer en uno de los butacones, saca libreta de notas y pluma del bolsillo interior de su chaqueta y se pone a trabajar.

Mientras abre las cajas y organiza los aparatos, Wilson escucha con atención la entrevista. En cierto punto la voz de Edward falla y su guardaespaldas empieza a responder en su lugar. Es un tipo callado, Tommy. Se expresa mayormente en monosílabos y números. Pero la seguridad con que habla indica que conoce bien a su jefe. Cuando Edward emite un gruñido de duda o incredulidad, Tommy responde “Eso dijo Sarah” y ahí terminan los cuestionamientos. Deduce que Sarah es su esposa.

¡Claro que tiene una esposa! Los jefes mafiosos no son gays. Y  se nota que este hombre está acostumbrado a ser obedecido, aunque la voz le falle ahora.

Por el panorama que pintan los síntomas, el oncólogo comprende por qué temen que sea cáncer de garganta.

-A ver si pillé bien la información entre tu excelente imitación de un motor de auto de carreras y los códigos de mini Terminator. -resume House- Hace seis meses, en marzo, empezaste a perder peso sin motivo aparente, acompañado de cansancio y migrañas. En mayo comenzaron los mareos y las náuseas. Finalmente, presenta tos persistente desde hace casi dos meses, que apareció sin ningún otro síntoma de resfriado. No tienes idea de si en tu familia hay antecedentes de cáncer. Estuviste expuesto a gases de escape de motores de combustión interna de modo casi diario entre 1982 y 1998. Haces una hora de ejercicio de alta intensidad cada día, excepto los domingos. Fuiste fumador social entre 1983 y 1990. Tomas alcohol una vez al mes, aproximadamente.

-Si. -confirma con su voz rasposa Edward.

Wilson intercambia una mirada con Greg. Ciertamente podría ser. Pero hay algo en la mirada de su esposo, como si dudara de las respuestas que recibió.

-¿Qué hay de tus… medicamentos?

-¿Mis medicamentos? -repite Edward con innegable burla en su voz.

-Si -insiste House con voz seca- Los que tomabas cada día y te ponían tan contento.

James no los ve, está en el baño anexo lavándose las manos, pero se queda muy quieto, tiene miedo hasta de respirar. ¿Por cuánto tiempo ha estado tomando drogas este hombre?

-Los tuve que dejar el año pasado. -informa Edward con claro tono de añoranza- ¿Crees que podría ser eso?

-Poco probable. Habrías notado las reacciones adversas mucho más rápido. ¿Y nada más ha cambiado recientemente en tu vida?

El paciente gruñe, reflexivo.

-La oficina cambió -le recuerda Tommy.

 -¿Cómo cambió? -pregunta Greg.

Edward tarda en responder. 

-Mi… mm… organización me cambió de lugar de operaciones. Hace dos meses que estoy en Washington DC. Antes estaba junto al mar, con un clima seco.

Wilson siente que el corazón se le encoge. ¡Esto es peor de lo que imaginaba! Se trata de una organización de alcance nacional. ¿Junto al mar y clima seco? ¿Qué sindicato del crimen tiene agentes en California y DC?

Respira hondo y regresa al despacho.

-El aire de DC apesta. -se queja Tommy con expresión de asco.

Edward le da una mirada divertida y exasperada.

-Déjalo ya -dice con el tono de quien continúa una discusión larga e inútil.

-Ciertamente, el nivel de contaminación del aire en DC podría haber desencadenado la tos -comenta James, aún con una toalla desechable entre las manos.

El jefe y su guardaespaldas lo miran con sorpresa. En la mirada de Tommy hay una leve satisfacción, como si la opinión de Wilson reivindicara su disgusto con la ciudad.

Greg frunce los labios, no parece muy convencido.

-Pasemos al examen clínico. ¿James?

Él se pone el estetoscopio al cuello y se acerca, pero Edward lo mira con expresión de pánico.

-¿Él?

-Por supuesto que él. -repone House con tono impaciente- ¿No querías un oncólogo? Ahí tienes. Le hice muchas cosas sexis para que accediera, no harás que mi talento oral se vaya a la basura.

-Pero…

-Señor Edward, le aseguro que todo lo que ocurra en este intercambio está protegido por la confidencialidad entre doctor y paciente.

El hombre sigue dudoso, pero Tommy le pone una mano en el hombro y se inclina hacia su oído. Wilson no intenta escuchar. Es suficiente con ver cómo la expresión del hombre pasa de ansiosa a culpable. Finalmente asiente.

-Quítese la sudadera y los zapatos, por favor.

Debajo lleva una camiseta henley gris cuya solapa llega hasta el esternón. Está completamente abotonada, pero es obvio que Edward se siente casi desnudo. Probablemente está acostumbrado a trajes formales, ¿acaso incluso a un chaleco antibalas?

Wilson comienza el ritual que se sabe de memoria. Pose, talla, peso (con una nota sobre su registro anterior), temperatura corporal. Está claro que este hombre no se quitará los pantalones, así que se conforma con estudiar la piel de sus cara, cuello, manos, brazos y pies. Tiene la seguridad de que, si tuviera algún hematoma u otra irregularidad en la piel, se lo habrían dicho.

-Ábrase la camiseta para auscultarlo.

Automáticamente se lleva una mano al pecho y estrecha la apertura. La poca relajación que sus acciones habituales habían conjurado se evapora.

-Tengo algunas cicatrices.

-Si, Greg me dijo que lo atropelló un auto.

Edward se gira hacia House con una ceja alzada y ojos curiosos.

-¿Me atropelló un auto?

House, que los observa con gran atención, asiente.

-Te clavaste contra el chasis de un buick, ¿no?

-Si -confirma el paciente.

Tommy deja escapar una risa burlona. James tuerce los ojos. Lo que sea que llevara a Edward a la mesa de operaciones en San Francisco hace más de treinta años no es relevante ahora. Además, ya le aseguró que está obligado por ley a guardar sus secretos y House responde él. ¿Qué más garantías puede pedir? El hombre parece llegar a la misma conclusión, porque aprieta los labios, suspira y empieza a abrir los botones.

Separa muy lentamente las solapas. Expira. Aparta las manos. Wilson observa la piel retorcida por las viejas cicatrices y las líneas gruesas de un tatuaje que las cubre. Como un relámpago recuerda una mañana, en el verano de 2008, cuando le dijo a un adolescente “Tu madre era sobreviviente del cáncer de mama”. Da un paso atrás, mira de nuevo los rasgos del hombre y puede ver…

-¡Oh, Dios! Usted es la ma… el padre de Jake Mitchell.

Los ojos azules se abren de sorpresa, luego se tiñen de pánico.

Wilson es arrastrado por una fuerza inesperada y de repente su espalda y cráneo chocan contra una de las paredes del despacho.

-¡Dime cómo sabes eso!

El guardaespaldas lo tiene inmovilizado con un antebrazo clavado en su cuello y una pistola contra su sien. Sus ojos verdes -como los de Jake, nota- destellan con un brillo asesino.

Por detrás del hombre, ve que Greg avanza hacia ellos con el bastón en alto, pero Edward no se ha quedado quieto. De un manotazo desarma a Greg y lo empuja de vuelta a su asiento.

-Mav.

¿Qué es Mav?

-¡Respóndeme! -insiste Tommy sin notar que la presión en su cuello impide a Wilson hablar.

-¡Maverick! -grita el jefe de nuevo- Deja ir al doctor Wilson, por favor.

Su voz es como una campana rota que repica con un badajo oxidado, pero que se yergue sobre una torre dura y alta.

Esta vez, el guardaespaldas reacciona.

-No hasta que me diga cómo sabe de Jake.

-Wilson conoce a Jake de cuando fue a esconderse en el apartamento de Bradley, Mav. -explica el jefe con calma- No lo puede decir él mismo porque lo estás asfixiando. Ahora ¡suéltalo!

Con un gruñido furioso, el hombre por fin lo deja ir. Wilson cae al suelo tosiendo. Tras una mirada cautelosa a Edward, Greg se le acerca.

-¿Estás bien, cariño?

Solo asiente, consciente de que no debe forzar sus cuerdas vocales. Lo abraza. ¿Qué diablos está pasando? Ese hombre sabe dónde vivía hace ocho años, ¿cómo? Más importante aún, si él es el padre de Jake… Bradley dijo que pertenecían a una familia militar. ¿Ese es el gran misterio? ¿Un hombre trans infiltrado en las galerías del poder? Si, puede entender el secretismo.

Edward está tosiendo por el esfuerzo. Es un sonido seco y agónico. Maverick (¿qué clase de nombre es ese?) le alcanza un vaso de agua. Cuando se recupera, vuelve a mirarlos.

-No se lo dijiste -reclama con tono acusador a House.

-No creí que fuera relevante. -se defiende su esposo aún desde el suelo.

El hombre bufa y se gira hacia su guardaespaldas, que le contempla tenso como un alambre.

-¿Qué significa eso? -pregunta suavemente Edward y señala el arma que todavía tiene en su mano. 

-Estamos en New Jersey. -y por el tono de su voz podría referirse al salvaje oeste- Estás débil. La cogí para sentirme tranquilo. -suspira- Me dejé llevar. -admite avergonzado, luego mira a Wilson- Lo siento, doctor.

Él fuerza una sonrisa conciliadora y se apoya en un librero para levantarse. Le tiende una mano a Greg para que haga lo mismo.

-Edward, me caes bien, pero intentar matar a mi esposo es donde trazo la línea.

El jefe asiente. Se gira hacia Mav y extiende una mano con gesto imperativo. El otro hombre hace un puchero, pero le entrega la pistola. Edward camina hacia el otro lado del buró. Con gestos deliberadamente amplios abre una gaveta, pone el arma dentro, la cierra. Luego regresa frente a ellos y vuelve a sentarse en el borde de la mesa, como cuando llegaron.

-¿Mejor?

Greg lo mira interrogante. James sabe que si dice “hasta aquí”, su esposo seguirá sus deseos. Pero ahora siente una curiosidad tremenda, además de su responsabilidad como médico. Ve a ambos hombres con nueva perspectiva. Tira de la mano de House y regresan a los butacones frente al buró.

-Ustedes son los padres de Jake -no se molesta en enunciarlo como una interrogante.

Edward cruza los brazos sobre el pecho, tuerce los labios y asiente.

-¿Cómo lo supo?

-Jake tenía una foto muy bella de cuando estaba recién nacido, durmiendo sobre su pecho. -señala en la dirección general del área con el dedo índice- El tatuaje es inconfundible. -mira a Maverick- Y heredó los ojos verdes de usted.

La pareja intercambia una mirada intensa y breve, que oscila entre el orgullo y la amargura. Cuando Edward vuelve a mirarlos, el sentimiento ha desaparecido y solo queda una oscura resolución.

-¿Hablaron de la foto?

-Si. Le dije… -se detiene para ordenar sus ideas, no quiere herirlo más- Lo que creí en ese momento, que usted era sobreviviente de cáncer. Que él era un bebé milagro.

Maverick emite una risa baja, burlona.

-Si, definitivamente fue un milagro.

-Nunca te tomé por el tipo maternal, Edward. -interviene Greg.

Wilson le da una patada.

-¡Ouch!

-No tengo un hueso maternal en mi cuerpo, House. -responde con acento duro- Jake fue un accidente, cosas que pasan cuando no tienes acceso regular a la testosterona.

Entonces Wilson comprende algo más.

-Esas medicinas a las que Greg se refirió antes, ¿eran sus inyecciones de reemplazo hormonal?

-Si. Se hizo muy difícil obtenerlas sin dejar un rastro. Pensé que los cincuenta y cuatro era una edad tan buena como cualquier otra para dejarlo.

-Pero entonces, ¿ha vuelto a menstruar?

-No, no. Me hice una histerectomía radical en el noventa y tres.

-Una carnicería, dirás -corrige Maverick.

-Si, bueno, no podía ir a mi médico de cabecera -responde irritado y explica a los doctores- Fue en una clínica ilegal que practicaba abortos y otros servicios. Él todavía está molesto porque no pudo acompañarme.

-¿No hubo complicaciones? -insiste Wilson.

-No. Me fui a los dos días, descansé una semana en casa. Regresé al trabajo. Reduje la dosis de testosterona de ahí en lo adelante.

-¿Por su cuenta? -se escandaliza James.

-Bien hecho -lo felicita Greg al mismo tiempo.

Se gana una mirada recriminatoria de su esposo.

-Debe entender, doctor Wilson, que he fingido ser un hombre biológico desde los diecisiete años. La última vez que mis médicos supieron mi verdadera identidad fue cuando tuve a Jake. Además, estoy aquí, ¿no?

Si, el hombre sobrevivió auto-dosificarse hormonas por décadas sin provocarse un ataque cardíaco, desarrollar diabetes, ni quedarse calvo. Aunque suena bárbaro y frustrante, debe admitir a regañadientes que Edward supo manejarse bien sin ayuda profesional.

Admite su error con un gruñido renuente.

-¡Oh! Mírate amor, todo rezongón y poco expresivo. Aún haremos un hombre de ti -se burla Greg.

-Mejor volvamos al examen -dice, y se levanta. 

Ahora, Wilson puede notar cuán tenso estuvo Edward durante la primera parte de la consulta. No es para menos, supone, si la última vez que estuvo en una cita médica sin tener que jugar al escondite con su propio doctor fue hace más de veinte años. Procede a auscultar, palpar y percutir sin más sorpresas. El hombre está, en verdad, en excelente forma física.

-Tuve que enfocarme en no enfermar nunca -explica un poco triste.

-Solo imaginar esa dieta me da ganas de morir -comenta House con voz horrorizada.

-Imagínate lo que ha sido vivir con él todos estos años -responde Maverick y se seca una lágrima imaginaria.

Edward y James intercambian miradas de exasperación.

Aunque el examen cuidadoso de cabeza y cuello, no revela áreas anormales ni ganglios linfáticos hinchados, Wilson decide ir hasta el final.

-Quiero tomarle una muestra de sangre y hacer una laringoscopia.

-¿Los resultados de su sangre estarán tan rápido? -se asombra el guardaespaldas.

-Para lo que buscamos, si.

Extrae la sangre y pone a funcionar el scanner láser. Luego House lo ayuda a poner el monitor en el buró y conectar los cables al endoscopio. Saca un frasco de spray y se lo muestra al paciente.

-Es lidocaína al 10%. Quiero adormecer ligeramente su lengua para que no se active el reflejo de vómito cuando esté observando.

Edward mira el medicamento con ligera desconfianza, pero al final asiente.

El examen transcurre sin problemas, aunque no revela nada que relacione los síntomas del hombre con el cáncer. La garganta está muy irritada, es cierto, pero las cuerdas vocales parecen más sobre explotadas que heridas.

Wilson deja el endoscopio en la mesa y se quita los guantes con el ceño fruncido. Ve que House también está desconcertado. Abre la boca para sugerir otro examen, pero la alarma del escáner hematológico lo interrumpe. La pequeña pantalla empieza a desplegar cifras. Fastidiado como siempre por el pequeño tamaño de las letras, oprime un botón para que la información aparezca en el monitor que tienen sobre el buró.

Maverick silva, admirado.

-¿Se robaron eso del hospital donde trabajan?

-Tomamos prestado -rectifica House sin dejar de estudiar los resultados.

-Quiero uno de esos -suplica a su jefe.

-¿Para qué? -le espeta Edward- No necesito un aparato para saber tus niveles de adrenalina. Siempre están por encima del techo.

A James le parece divertido ese intercambio inocente. Ahora que Edward y Maverick no tratan de disimular frente a ellos, se tratan como un viejo matrimonio. Aspira a tener eso con House, ahora que el espectro de su propio cáncer ha desaparecido. Cruzar la curva de la andropausia y…

¡Oh! Se gira hacia su paciente.

-¿Cuándo, exactamente, dejó la testosterona?

-Febrero.

-Pero dijo que no lo había planeado, ¿verdad? Decidió dejarlo porque era demasiado peligroso.

-Sí.

-¿Y cuándo se mudó a DC?

-Finales de julio.

-¿Y qué pasó hace cuatro meses? Alrededor de abril o mayo.

Edward lo mira sorprendido y enojado. ¡Diana!

-Nada importante.

-Es obvio que su cuerpo creyó que lo era.

-¿Amor?

Wilson se vuelve hacia su esposo.

-Creo que estamos viendo con la perspectiva equivocada. Nos complicamos mucho.

-Sabes que amo las complicaciones -admite Greg alzando las cejas.

-Si, pero la vida no siempre es compleja. Dime, si solo se tratara de la pérdida de peso, fatiga y jaquecas, sabiendo que cortó en seco su testosterona, ¿qué le habrías dicho?

-¡Ah! Si. Que no llorase porque la andropausia le pasaba por encima como un tren de carga.

-Exacto. -vuelve a mirar a Edward- Los problemas de garganta no empezaron hasta que vino a DC. Estamos en otoño. Estoy casi seguro de que se trata de una alergia estacional. Lo que no encaja es que hace cuatro meses usted empezó a tener mareos y náuseas. Así que repito mi pregunta, señor Edward, ¿qué pasó hace cuatro meses?

-Si, cariño -interviene Maverick con voz irritada- ¿Nos dices qué pasó?

Después de pensarlo un poco. El hombre empieza a hablar despacio, pero sin mirar a ninguno de sus interlocutores.

-Hace cuatro meses, me enteré de que eran necesarios ciertos ajustes en la asignación de recursos humanos de nuestra organización. Técnicamente, no es mi área de acción, pero sabía que mi solución sería mejor que la que se barajaba. Era un asunto urgente. Me costó mucho implementar mi idea de modo anónimo. Si, admito que me estresó.

-¿Era una situación de vida o muerte? -pregunta Maverick con voz suave.

Edward se muerde los labios. Cuando por fin mira a su pareja, la ansiedad es clara en sus ojos.

-Lo era.

-Ah -es todo lo que responde el otro.

Hay algo implícito en la pregunta y su respuesta. Wilson se da cuenta de que esos dos saben perfectamente de qué “recursos humanos” se trataba. Hay un aire de melancolía y cansancio entre ambos, como si ese fuera un tema que discuten habitualmente. La atmósfera se corta con la intervención de House.

-Pero si los mareos y las náuseas eran psicosomáticos, habrían desaparecido cuando se resolvió el problema.

-Bueno, -admite Edward- es que después me dio miedo de que se descubriese mi intervención. La mudanza a DC lo empeoró todo. Fue un estrés sobre otro.

-¡Oh! Nunca te tomé por el tipo sentimental, Edward. -apostilla Greg divertido- Entonces lo hemos resuelto. -empieza a teclear en su teléfono- Te estoy mandando los nombres de varios antihistamínicos que no tienden a producir somnolencia, ya que eres un tipo ocupado. Aunque creo que puedes ir con tu médico de cabecera sin peligro de que descubra tu secreto.

James se gira hacia Maverick.

-¿Me ayudas a desmontar todo esto?

Cuando ya Slider se llevó al extravagante dúo de doctores con sus fascinantes equipos de diagnóstico, Maverick regresa a la sala de estar, donde Ice se ha tirado en un sofá. Se tapa la cara con un brazo y parece, por primera vez en meses, relajado.

Se arrodilla a su lado.

-¿Quieres una infusión antes de irnos?

Los ojos azules lo observan con atención. Mav sabe que tiene miedo de su reacción, así que trata de proyectar la expresión más tranquilizadora posible. Su esposo asiente, pero no lo deja ir, sino que le toma la mano, se levanta y lo sigue a la cocina.

Deja a su esposo bebiendo y se apresura a borrar las últimas huellas de su presencia en el inmueble. Con la práctica que da manejar una casa con cuatro infantes, limpia el baño y recoge el despacho. Cuando regresa, Ice está lavando la taza y cuchara que usó.

No dicen nada hasta que su auto deportivo ha dejado atrás Allentown y se mezcla con el tráfico de la autopista Turnpike. El aire es denso entre ellos, con la enormidad de lo que Tom admitió con un tercer pasajero. Maverick decide que no puede pasar las próximas tres horas de viaje así.

-Respecto a lo que hiciste… -empieza.

-No me regañes, por favor. -lo frena Ice claramente a la defensiva- Ya bastante tengo con las vueltas que ha dado mi cabeza.

-No quiero regañarte -responde Mav en tono conciliador y le pone una mano en el muslo, para calmarlo- Solo explícame qué pasó, ¿si?

-Empezó en abril. Una de las tantas ceremonias para celebrar las nuevas instalaciones de la Base de Bahrein. Entre los invitados estaba el comandante del USS Eisenhower, el insufrible de Koehler. Sabes que la gente ya está hablando de Jake, ¿no?

-Si. Brad me dijo que la teoría más reciente es que es un producto de ingeniería genética. -se ríe.

Ice hace una mueca.

-En la recepción todo el mundo estaba alrededor de Koehler preguntándole por su aviador estrella. Noté que varios comandantes lo miraban con envidia. La verdad, sentía orgullo hasta que ese imbécil abrió la boca. Dijo que si, que el subteniente Seresin era bueno, pero sería mejor cuando terminara de endurecerse. Que entre el comandante de su escuadrón y él estaban trabajando en cortarle los hilos que traía de la USNA.

-¿Eso dijo? -conociendo la trayectoria de Jake, no es difícil darse cuenta de que se refiere a su relación con Brig.

-Pensé que era paranoia, así que me las arreglé para hablar directamente con él. Como me esperaba, empezó a quejarse de que Harvard no tenía ninguna vergüenza y estaba afectando la moral de su barco. Que en los tiempos de la DADT la habría sacado con la cabeza por delante por la mitad de las cosas que hacía y decía. Jugué mi carta de obsesivo por las reglas y pregunté si tenía algo concreto. Admitió que no, pero quiso apelar a mi lado de estratega. Tenía planes para Jake, me dijo, y Brig estaba en el medio siempre. Que lo protegía de los problemas con otros marineros cuando ese debía ser el trabajo del comandante del escuadrón.

-¡¿Ese tipo permite abusos en su barco para reforzar la importancia de sus oficiales?!

-Así parece. En fin, para Koehler la relación entre Jake y Brig era mariconería o infantilismo y no permitiría ninguna de las dos cosas en su barco. Esa noche decidí que tenía que sacarlo de ahí.

-Jake te advirtió…

-¡Jake es mi hijo! -lo corta Ice con fuerza- No iba a permitir que ese homofóbico de mierda jugara con su mente solo para cubrirse de gloria.

-Podría haberlo resuelto él mismo.

-Podría -admite-, pero solo de modo reactivo, tras perder a Brig. Disculpa si no quiero sentarme a ver cómo sufre -concluye sarcástico.

-También podrías habernos dicho algo.

Ice baja la cabeza, porque a pesar del tono conciliador de Maverick, ese es un reclamo razonable.

-Tenía miedo.

-¿Miedo?

-Dime, ¿qué habrías hecho tú al saberlo?

Maverick trata de pensar en un escenario donde no intentara confrontar a Stephen "Web"  Koehler o avisar del peligro a Brig a través de sus padres. Cualquiera de las dos movidas habrían provocado la ira de Jake.

-Si… -reconoce derrotado- La intriga no es lo mío.

-Así que me puse a trabajar. Pero tenía que hacerlo antes de asumir el cargo en Washington, o corría el peligro de que Jake sospechara y rechazara la oferta solo por principio. 

-Creí que Jake era feliz en el Eisenhower -comenta Maverick.

-Pues estaba mintiendo o no sabía que quería más hasta que lo tuvo delante de los ojos. Bastó una sola mención en el Boletín Informativo de la Marina de los espacios que se abrirían en el USS John C. Stennis para que Brig y él enviaran sus formularios de disponibilidad. Y claro que Gregory Huffman lo quería. ¿Quién no quiere a Jake Hangman Seresin en su barco? El problema fueron Koehler, y el comandante del VFA-32, Munchkin, que querían la gloria del nuevo Iceman sin la molestia de su niñera. Empezaron a posponer la documentación de Jake y tuve que enviarles una auditoría para que soltaran la presa.

-Pero entonces, ¿saben que fue por él?

-Nah. La auditoría les tocaba. Solo me aseguré de que el equipo tuviera a las personas más apegadas a las reglas y perfeccionistas de toda la Marina. No podían justificar retener a Jake. Fue agotador, usé unos cuantos favores, pero logré que nadie viera cuál era mi jugada final, así que mi prestigio ha crecido. Y Huffman se siente en deuda conmigo ahora.

-¿Final feliz?

Ice le da una sonrisa tímida.

-Algo así, si.


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23 de octubre de 2023

CINCO VECES MAS UNA 4

Cinco veces que el pasado regresó a fastidiarles y una vez que les dio felicidad 

Parte 3 de: Las mentiras que nos dijimos

Fandoms:
Top Gun (Movies), Hawaii Five-0 (2010)

Relaciones:
Tom "Iceman" Kazansky/Pete "Maverick" Mitchell, Steve McGarrett/Danny "Danno" Williams

Personajes:
Pete "Maverick" Mitchell, Tom "Iceman" Kazansky, Steve McGarrett, Danny "Danno" Williams, Chin Ho Kelly, Lori Weston

Etiquetas adicionales:
Crossover, 5+1 Things

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Capítulo 4: Cuando Steve McGarrett vio una vieja foto de Pete Mitchell 

Sumario:
Octubre de 2011. Mientras investigan el asesinato de Koi Kahale, el equipo de Hawái Cinco Cero descubre los archivos del primer viaje de Pete Mitchell a Honolulu, en 1976.

 

 “exuda una inocencia que es parte de su encanto.
Tal vez parte de su éxito es que cuando la gente lo ve en la pantalla,
en una fantasía, les gustaría corromper esa inocencia.”
Martin Scorsese sobre Tom Cruise

Martes 4 de octubre de 2011, 2 am, Bar “El Gemido”, Honolulu, Isla O´ahu

Bajó del camión y se acercó al bar con paso decidido. Saludó con la mano a un par de policías que cuidaban el perímetro y pasó por debajo de la cinta amarilla. En cuanto lo reconocieron, los periodistas empezaron a gritar preguntas. No giró la cabeza en su dirección, había aprendido pronto que podían tomar hasta sus expresiones faciales como “revelaciones” y ahora mismo su rostro solo reflejaba enfado por el sueño interrumpido.

Entró por la puerta abierta de par en par, observó con satisfacción que ya la policía había despejado el área y solo quedaba personal del bar, a juzgar por sus camisetas de rosa neón con “Gime” impreso en negro y pantalones súper apretados. Eran siete, les habían sentado en unas mesas y tenían caras de aburrimiento mientras un par de oficiales, con cara de sueño interrupto, les hacían la primera entrevista. Encima del bar había un maletín de recopilación de evidencias y Charlie Fong espolvoreaba la superficie para recuperar huellas. Al fondo del salón vio al sargento Lukela conversando en voz baja con otra policía de uniforme, se dirigió hacia allí.

-¡Ah!, McGarrett -saludó Duke- ya me extrañaba que el gobernador nos dejara esto.

Steve levantó las manos en gesto de paz. Mal empezaba la cosa si hasta Lukela creía que era mala idea la intervención de Cinco Cero.

-No tengo idea de nada, Duke. La secretaria de Denning me despertó hace media hora y dijo que trajera al equipo acá. Chin y la oficial Weston están en camino. ¿Me dices que pasó aquí?

El sargento Lukela intercambió una mirada preocupada con la oficial -Mako, decía su placa-. Ella resopló y dijo “Jodidos haoles” por lo bajo. No se suponía que McGarrett lo escuchara, así que él fue amable y no se dio por enterado.

-Este bar pertenecía a Koi Kahale.

¡Oh! Eso encendió sus alarmas enseguida.

-Okay. Por lo que recuerdo de ese tipo, no suele dejar ir nada por las buenas.

Luke asintió. En su mirada había una clara satisfacción por la rápida respuesta del comandante.

-Dije pertenecía porque está muerto -señaló con el pulgar a la galería a su espalda. -Lo ejecutaron en su despacho. Creemos que alrededor de la media noche. Su administrador fue a llevarle una factura, se lo encontró con tres tiros. Llamó a la policía. Llamamos a crimen organizado. Su jefe decidió llamar al gobernador. Denning te llamó a ti.

Steve asiente, puede ver cómo quitarle el caso a crimen organizado para entregarlo a la fuerza especial -los perros de ataque, les dicen por ahí- puede incomodar al departamento. Al mismo tiempo, después de los casos de corrupción que han sacudido a Hawái con el asesinato de Meka Hanamoa y la gobernadora Jameson, comprende que Denning quiera detectives sin vínculos con el bajo mundo de Hawái para este caso de alto perfil.

Hawái Cinco Cero es la única parte de la fuerza policial del estado que puede garantizarlo. 

Suspira.

-No es mi culpa, Duke.

-Lo sé, muchacho. ¿Quieres ver la escena?

Steve abre la boca para responder, pero escucha unos pasos conocidos a su espalda y se vuelve. Chin y Lori acaban de entrar al bar. Él lleva una bandeja con cuatro tazas de café en las manos. Ella solo trae su propio café, del que bebe mientras lo sigue con pasos torpes.

-Buenos días -dice Chin, afable.

Adelanta la bandeja de cafés.

-Tu latte, Duke, su mocha, oficial Mako. -se gira hacia el bar- ¡Charlie! Te traje un latte a ti también.

Steve adelanta la mano para tomar la cuarta taza, pero Chin aparta la bandeja.

-¿Qué crees que haces?

-¿No es para mí?

Chin lo mira sorprendido.

-¡Claro que no! Es para hacer la paz con el detective Gleason, a quien el gobernador le quitó el caso. ¿Está allá dentro? -le pregunta a Duke.

-Si.

Chin va a entrar a la galería, pero Steve lo detiene.

-¡Un momento! ¿Traes café para todo el equipo de la policía, pero no para mí?

-Tu ganas más que yo, McGarrett -responde Chin un poco impaciente. -Estoy tratando de mejorar las relaciones interdepartamentales, y ¿te pones celoso?

-Solo digo que yo también me desperté de madrugada y soy parte del equipo.

-No puedo creer esto -gruñe Chin. -¿Dónde está Danny?

Steve levanta las cejas, asombrado por el cambio.

-Está en casa.

Duke, Chin, Lori y Mako lo miran fijamente. Hasta Charlie detiene su trabajo en la barra y se gira hacia él. Se da cuenta de lo que dijo y rectifica.

-En su casa, digo. Grace está con él porque su madre tenía una fiesta o algo y pensé que al menos podía darle el despertar a su hija y llevarla a la escuela. ¿Qué tiene que ver?

Mako mira incrédula a Duke. El viejo sargento mira al cielo.

-Danny es quien compra tu café, McGarrett.

El comandante los mira sorprendido.

-¿De verdad?

-Tremendos perros de ataque -murmura Mako, de nuevo no lo suficientemente bajo.

Steve abre la boca, esta vez no puede ignorar el comentario, pero Chin lo toma por el brazo.

-Vamos a ver la escena y preguntarle al detective Gleason lo que sabe. Quédate aquí con Charlie, Lori.

La rubia solo gruñe y bebe otro trago de café.

 

Martes 3 de octubre, 8:30 am, Cuartel general de Hawaii 5-O, Honolulu, Isla O´ahu

-Bueno -comenta Lori mientras Chin prepara su presentación del caso-, por lo que aprendí anoche, esto es como el final de una era.

-Así es -confirma Chin.

Danny los mira incrédulo desde el otro de la mesa de conferencias.

-¿Qué es esto? ¿Otra tradición hawaiana de la que nadie me habló? ¿Guardamos luto por los chulos que lavan dinero en bares?

-¡Danny! -Chin lo mira sorprendido.

-Koi Kahale era mucho más que eso -dice Steve mientras se acerca.

Le pone delante una taza de café a Danny, mira significativamente a sus colegas y saca el pecho, orgulloso.

-¡Oh! ¿Voy a morir? ¿De eso se trata?

-¿Eh? ¿Por qué dices eso?

-Me trajiste café. ¡Nunca me traes café, McGarrett! Este es el tipo de gesto que tu consideras demasiado humano y amable para tu dura identidad militar. Ahora dime, ¿qué pasa?

Steve mira desesperado a Lori y Chin. Ella no puede ocultar su diversión. Él tiene algo como lástima en la mirada.

-McGarrett sabe que lo que viene te va a molestar, Danny.

El rubio se gira hacia Ho Kelly. Su escandaloso y falso asombro trocado por inquietud.

-Estoy escuchando.

El detective asiente y empieza su presentación.

-Koi Kahale, nacido en Molokai en 1942, conocido en el mundo criminal de Hawái desde finales de la década de 1950. Empezó proveyendo a los soldados estacionados de todo lo que el ejército o la marina no les querían dar: drogas, sexo o películas francesas. Luego se extendió al turismo. Tenía una red de bares, cabarets y, más recientemente, discotecas, que usaba para lavar su dinero. Mantuvo siempre una relación de tensa convivencia con las bandas locales y la mafia japonesa. Varias generaciones de oficiales de la policía de Hawái, la DEA, la Administración Federal de Aviación, y el FBI, trataron de detenerlo en repetidas ocasiones, pero nunca pudieron probar los cargos.

-Estaba bien conectado -asiente Williams. Eso explica por qué Denning nos quiere en el caso. Todavía no veo nada especial en su perfil. -toma un trago de su café- ¡Oh! Esto está realmente bueno, Steve. ¡Exactamente como me gusta! Gracias, bebé.

Steve asiente, pero no le sonríe.

Lori hace una mueca y sigue con la presentación.

-Por lo que aprendí esta madrugada, la teoría más aceptada para explicar por qué nadie quiso apoderarse del negocio de Kahale, es que explotaba un sector muy específico del mercado: prostitución de menores de edad. A poca gente le gusta la idea, pero da mucho, mucho dinero. Así que simplemente pagaba a las familias criminales para asegurar que no intervinieran. Es, además, un material de chantaje ideal, lo que le garantizaba protección de las fuerzas del orden.

Danny siente que el rastro de café en su boca se vuelve ceniza. Traga en seco.

-¡Oh! -es todo lo que dice.

Sus ojos pasan, nerviosos y asqueados, por el rostro de la pantalla. La cara no revela nada de su depravación interna. Cincuenta años destruyendo infancias y nadie... ¿Habrá visitado Nabokov alguno de los locales de Koi Kahale? La idea es ridícula, pero está oscilando entre el pánico y la rabia, claro que le asaltan ideas ridículas.

-Danny -Steve lo pone una mano en el hombro, la textura de sus dedos callosos a través de la delgada tela de la camisa lo calma un poco-, ¿necesitas un momento?

-No -sacude la cabeza y mira a Chin. -Sigue.

-La ejecución de anoche fue un trabajo profesional: los dos vigilantes que Kahale tenía en la puerta de la oficina fueron sedados con dardos y la víctima recibió tres disparos, dos en el pecho, el tercero en la frente con un arma corta, con silenciador. La hora estimada de la muerte está entre las 11:30 y la media noche.

-¿Ya tenemos los archivos de las cámaras de seguridad en “El Gemido”? -pregunta Danny.

-Me acaban de llegar -informa Steve-, pero solo cubren las zonas públicas y el perímetro exterior. El corredor de la oficina es el mismo que el del baño, solo hay una cámara a la entrada, pero por el ángulo no se puede saber quién entró al baño y quién siguió hacia la oficina.

-Ese gigantesco punto ciego no puede ser casual -opina Danny.

-Por supuesto -coincide Chin-, había que garantizar la privacidad a quienes venían al “otro” negocio.

-Okay, okay -el rubio respira hondo. -Entonces, ¿de quién sospechamos ahora mismo?

Steve se encoge de hombros.

-Tras casi medio siglo de operaciones en un negocio como ese, la pregunta es quién no lo quería muerto, excepto algunos de sus empleados y clientes -reflexiona el comandante. -Podría ser que las familias decidieron limpiar casa, por miedo a la agresiva política de moralización de Denning. Podría ser alguien de su red de chantaje que decidió terminar el arreglo. ¡Diablos! Podría ser incluso una de sus antiguas víctimas.

Danny se gira hacia Lori.

-¿Puedes hacer algo de tu magia de perfiles criminales para apuntarnos en una dirección específica?

Ella niega, sin dejar de mirar las fotos de la escena del crimen en la pantalla.

-No hay suficiente, Danny. Fue un trabajo meticuloso y limpio, sin daños colaterales, pero eso encaja en el perfil de un asesino a sueldo y de una persona con trastorno obsesivo compulsivo.

-En el campo de las evidencias materiales -interviene Chin-, el equipo de Charlie levantó muchos juegos de huellas en el bar y las están cruzando con las de la oficina de Kahale, pero eso sería circunstancial, en el mejor de los casos. Además, con un trabajo de esta calidad, es improbable que quien lo ejecutó dejara rastros anoche.

Miran a McGarrett en busca de orientación. El comandante suspira.

-Les tengo un trabajito divertido: revisar videos de vigilancia -entrega a cada cual una memoria USB. -Estos son los archivos de las cámaras de seguridad del bar en la noche del asesinato. Trataremos de identificar a todas las personas que entran y salen del pasillo que lleva a la oficina de Kahale durante la ventana que nos dieron. Nos reunimos de nuevo cuando alguien encuentre algo interesante en las imágenes, o hasta que Charlie y Max manden alguna actualización.

 

10:30 am, Cuartel general de Hawaii 5-O

-¿Qué tenemos de nuevo? -pregunta Danny mientras se restriega los ojos.

-Charlie mandó una actualización sobre las huellas digitales en el bar y tenemos un sospechoso -informa Chin, mientras manipula la mesa digital. -Les presento a Peter Mitchell -y con un gesto pasa a la pantalla la foto de registro militar de un hombre de mandíbula ancha, cabello negro y ojos verdes.

McGarrett hace un ruido de sorpresa. Se trata de un oficial de la Marina, capitán, según detalla el perfil básico que acompaña la foto.

-¿Y por qué es el capitán Mitchell nuestro sospechoso?

En cuanto hace la pregunta, Danny lo mira, curioso. En el tono de Steve hay algo, como si temiera la respuesta que dará Chin.

-Las huellas de Mitchell ya estaban en la base de datos de la Policía de Hawái. Ha sido multado por exceso de velocidad y conducción irresponsable las cuatro veces que ha visitado la isla en los últimos diez años.

-Bueno, es un piloto de la Marina, no me imagino que ir a menos de cien por hora lo satisfaga, siquiera para ir a comprar el pan -comenta Danny.

A su lado, McGarrett asiente en silencio, pero su postura es tensa.

-Eso no es importante en este caso. Lo importante es que sus huellas estaban en un registro mucho más viejo: fue una de las cien personas capturadas en una redada en el bar “El Gemido” en 1976. Uno de los tantos, e infructuosos, intentos de acusar de algo sólido a Koi Kahale.

MacGarrett masajea su entrecejo y se muerde los labios. Está claro que no le gusta a dónde va esto.

-Espera, espera -interrumpe Lori. -Su ficha dice que Mitchell nació en 1962, así que tenía catorce años. ¿Qué hacía…? -y se detiene, porque ha conectado los puntos en su mente. -¡Oh!

-Si -suspira con una sonrisa amarga Chin y pone una nueva imagen en la pantalla. -Esta es, probablemente, la primera ficha policial de Pete Mitchell.

La foto es en blanco y negro, y el rostro aún no pierde la redondez característica de la infancia, pero su barbilla y nariz son idénticas a su foto de adulto. Los ojos son pendencieros, como si retara al policía que tomó la foto a decirle algo sobre la situación en la que se encuentra.

-Pero esos registros deberían estar sellados -Danny no puede contener la sensación de que son cómplices de algún tipo de voyeurismo archivístico. -Él era un menor de edad, una víctima. ¿Por qué estamos viendo esto?

-Por la filtración Kato -susurra McGarrett.

-¡Oh! -Danny siente que sus pesadillas acaban de adquirir otro elemento más. Mira a Chin -¿Ustedes también?

El hawaiano asiente. Ahora es Lori la que les mira desorientada.

-¿Qué es la filtración Kato?

Danny y Chin intercambian miradas incómodas. Nunca es agradable reconocer los fallos del sistema policial. Aunque Lori es su colega ahora, es, en última instancia, una agente del Departamento de Seguridad Nacional. Si no supo del escándalo Kato en su momento, es porque no le correspondía. McGarrett los saca de su miseria al tomar la palabra.

-En 2001, el gobierno federal al fin dio dinero a todos los cuerpos de policía del país para digitalizar sus archivos sellados relativos a crímenes juveniles anteriores a la era de las computadoras. El objetivo era construir una base de datos que permitiera un mejor reconocimiento de los patrones de tráfico y explotación de menores a nivel local, estatal y nacional. El problema es que, como de costumbre, no invirtieron mucho en la seguridad. Cinco años después, cuando ya se había subido mucho material, un hacker, o grupo de hackers, entró a las intranets de varios departamentos de policía para robar específicamente esos datos. Todo lo que el FBI logró determinar fue la firma digital: Kato. Yo lo supe por mi padre, se quejó de que había advertido sobre la falta de seguridad de la intranet del departamento. Supongo, por la reacción de Danny, que la ciudad de New Jersey fue otra de las víctimas.

-Si -asiente el rubio. -Pero eso no explica que las huellas de Mitchell nos conecten con un caso de 1976. Si está sellado, debe permanecer sellado para la policía, aunque lo robaran.

Chin extiende los brazos en gesto de derrota.

-Porque el estado de Hawái, en su infinita sabiduría, creyó que la mejor manera de lidiar con la temida ola de chantajes era incorporar esos archivos en la base de datos de la policía con un marcador especial: solo aparecen cuando se relacionan directamente con el caso en cuestión. Fíjate que Mitchell ha sido registrado cuatro veces antes por la policía de tráfico y esto nunca salió a la luz.

Danny no oculta su incredulidad. Puede ver, por la expresión de Lori, que a ella tampoco le gusta la solución.

-Eso es revictimizar -afirma ella. -No se puede presuponer que, porque una persona fue víctima de un crimen sexual antes de cumplir los dieciocho años, es automáticamente sospechosa de lo que sea que le ocurre a su victimario treinta o cuarenta años después.

-No, -admite incómodo Chin- pero en este caso ha sido útil.

-¿Cómo? -espeta ella sin ocultar su escepticismo.

-Porque de acuerdo con los registros de su tarjeta de crédito, Mitchell nunca había estado en ese bar en sus cuatro visitas anteriores. ¿Por qué regresó a “El Gemido” ahora?

-Eso podría no tener nada que ver con Kahale -interviene McGarrett.

El resto del equipo lo mira extrañado. Él les devuelve una expresión sorprendida.

-Mitchell es un oficial de la Marina, “El Gemido” es un bar gay -extiende los brazos. -¿Debo decir más?

-¡Oh! -recuerda Lori. -La derogación de la DADT el mes pasado.

-Exacto.

-De todos modos creo que sería bueno comprobar la coartada de Mitchell -opina Chin.

-De acuerdo. Mándame los datos de su hotel al teléfono -accede el comandante. -Vamos, Danny.

 

Martes 3 de octubre, 11:30 am, Hilton Hawaiian Village, Honolulu, Isla O´ahu

Tocan a la puerta de la suite que ocupa Mitchell.

-¿Quién es? -pregunta una voz masculina.

-Hawái Cinco Cero, policía.

Les abre un hombre rubio y sonriente. Tiene altura similar a la de McGarrett, bigote onda retro y dos cicatrices pequeñas en la mejilla izquierda. Viste una horrible camisa hawaiana y pantalones de algodón color beige. Los mira de arriba a abajo y la sonrisa se le borra del rostro. Se vuelve hacia el interior de la suite.

-¡Papá! El par de estripers que me encargaste no son mi tipo.

Steve y Danny se miran asombrados. Antes de que puedan intervenir, aparece Mitchell, vestido con una camiseta blanca, jeans ajustados y una camisa de mangas largas de cuadros.

-No encargue ningún estriper, Brad -dice con expresión de asco. -Te quiero, pero no me interesa ayudarte a vaciar las tuberías. Ya eres adulto.

-Somos policías de verdad -interviene Danny, que definitivamente no quiere ver cómo termina este pequeño malentendido familiar. Muestra su insignia. -Somos los detectives Williams y McGarrett. Queremos hablar con usted, señor Mitchell.

Brad hace un gesto de exasperación.

-¿Otra vez? -se vuelve hacia su padre. -Quisiera que una vez, solo una vez, terminemos las vacaciones en Hawái sin que vengan a quejarse de cómo conduces.

Mitchell le sonríe a su hijo.

-No sería tu padre, entonces. Sabes que siento la necesidad…

-Si, claro, la necesidad por la velocidad -le interrumpe el joven con tono cansado.

-Y como no te interesa saber qué sensor de velocidad tiré al suelo esta vez, me iré con los detectives a su oficina -los mira con repentina autoridad- ¿verdad?

Danny pestañea, un poco desorientado. Definitivamente han perdido el control de esta conversación, si es que alguna vez lo tuvieron. ¿Mitchell les estaba esperando?

-Si, exactamente -apoya McGarrett sonriente. -No es nada grave, puro trámite. 

Pero ahora el joven los mira con sospecha.

-¿De qué departamento dijeron que eran?

La sonrisa del comandante se tensa un poco.

-Hawái Cinco Cero.

-No te preocupes, Brad -le corta Mitchell. -Regresaré en un rato. Tu diviértete con uno de los pepinos que hay en la cocina de la suite.

-¡Papá!

El capitán aprovecha que su hijo está todo sonrojado y mira a los dos detectives con tremendo bochorno para salir al pasillo y cerrar la puerta tras de sí.

-Solo quiero dejar claro que estas cosas solo pasan contigo -profiere Danny en cuanto se sientan en el auto.

-¿Conmigo? -se asombra Steve mientras maniobra para salir del parqueo del hotel.

-Cuando voy a entrevistar gente con Chin o Lori, nunca nadie cree que somos stripers, ni trabajadores sexuales de ningún tipo, McGarrett.

-Oye Danny, no es mi culpa que la gente proyecte cosas extrañas al verme, ¿okay?

-No, no es mi culpa, dice. Pero no deja de nadar todos los días en la madrugada para mantenerse como un maldito modelo de ropa interior.

-¿Estás diciendo que soy bonito, Danny?

-Debo admitir que la vida de retiro te sienta, McGarrett -opina Mitchell desde el asiento trasero con tono divertido. -Menos de dos años y ya te casaste.

-¿¡Ustedes se conocen!?

El comandante mira al capitán con expresión enfadada a través del retrovisor.

-No estoy retirado, sino en las reservas.

Mitchell hace un gesto con la mano como quien quita importancia a la distinción.

-¡Steve! Te hice una pregunta. ¿De dónde lo conoces?

-De San Diego -admite con tono culpable. -Estuve estacionado en la Base Naval de San Diego y coincidimos ahí.

-Es una comunidad pequeña, la Marina -explica Mitchell y se gira hacia la ventanilla del auto.

Danny se siente traicionado. Al mismo tiempo, no está seguro de por qué, pero que Steve no desmintiera que están “casados” le hace sentir algo raro en el estómago. Es la primera vez que lo deja pasar sin más.

No hablan durante el resto del viaje.

 

Mediodía, Cuartel general de Hawaii 5-O, Honolulu, Isla O´ahu

Antes de llegar, Steve envía a Lori y Chin en diversas misiones fuera del cuartel. Al llegar, lleva a Mitchell a su oficina, cierra la puerta y despliega las persianas verticales. Williams ve con sorpresa la atención que pone en la privacidad del sospechoso, pero no dice nada, solo se sienta a su lado, tras el buró. Su colega le da una mirada incómoda, carraspea y comienza la entrevista en tono inusualmente formal.

-Capitán Mitchell, queremos entrevistarlo en relación con la muerte de Koi Kahale. El señor Kahale fue asesinado hoy, entre la medianoche y la una de la mañana, en su oficina dentro del bar “El Gemido”.

-Ajá -dice Mitchell mientras se mira las manos.

-¿Sabe usted algo de ese bar o de ese hombre?

-Las margaritas son muy buenas. Espero que eso cambie con la nueva gerencia.

Danny bufa, pues comprende que la relación entre McGarrett y Mitchell impide que su colega sea tan agresivo como de costumbre. ¿Es capitán un grado superior a comandante en la Marina? No lo sabe, pero está claro que Steve no se siente capaz de acosar a este hombre hasta que confiese. Decide intervenir.

-Usted nos estaba esperando, Mitchell. ¿Puede explicar por qué?

-Vi la historia de la muerte de Kahale en las noticias locales esta mañana. Yo estuve en ese bar anoche -se encoge de hombros-, siempre estoy en la lista de sospechosos habituales -concluye con amargura.

-¿Pero conocía el bar de antes? ¿Sabía que era propiedad de Kahale? -insiste el rubio.

Mitchell mira a Williams con ojos entrecerrados, como si tratara de comprenderlo.

-Claro que conocía el bar. Uno no olvida la barra donde perdió la virginidad -dice sin entonación. McGarrett hace un sonido estrangulado, mitad resoplo sorprendido y mitad gruñido ultrajado. Williams abre mucho los ojos y, perturbado por la calma con que Mitchell habla de su propia violación, desvía la mirada hacia la pared.

-Aunque el olor es diferente, ya no se puede fumar en el salón. Y no sabía que aún pertenecía al viejo Koi, no.

-¿A qué hora se fue del bar? -pregunta Williams cuando logra recuperar la compostura.

-Poco después de las once, creo. No estoy seguro de eso porque, como le dije, las margaritas son muy buenas.

-¿Regresó al Hilton Hawaiian Village con su hijo?

-¡No! -el capitán parece casi asqueado por la idea. -Bradley había encontrado compañía para la noche. Nos separamos.

-¿Entonces usted fue a…? -Danny hace un movimiento giratorio con la mano, como tirando de un hilo de pescar.

-Fui al mar -concluye Mitchell mientras juguetea con un anillo de color gris acero en su mano derecha. -Los recuerdos me hicieron sentir mal, así que caminé a la costa. Estuve meditando ahí, con la ayuda de una botella de vodka. Desperté al amanecer y regresé al hotel.

Los detectives intercambian miradas preocupadas.

-¿Estás diciendo que no tienes coartada para la hora del asesinato?

Mitchell mira a McGarrett como si fuera una persona lenta de entendimiento.

-No necesito coartada porque no lo maté, comandante. Busque una prueba de pólvora o ADN o algo de eso.

-No tenemos… -el timbre de su celular interrumpe a Steve.

En la pantalla aparece la fotografía de Catherine. Extrañado, hace un gesto para disculparse con los otros dos hombres, se gira hacia la pared, y responde.

-¿Qué fue lo que hiciste? -el grito es tan alto que tiene que apartar el aparato de su oreja.

-Cate, ¿qué pasa?

-¿Por qué está Maverick en el cuartel de Hawái Cinco Cero, Steve?

-¿Cómo…? -pero lo piensa mejor, se levanta y sale de la oficina. -¿Cómo sabes eso?

-Porque me ordenaron triangular su teléfono.

-Eso no tiene sentido. Solo está aquí para responder unas preguntas. Se irá en cualquier momento -aunque mientras lo dice se da cuenta de que no será así.

Maverick no tiene coartada, pero sí motivo, y el entrenamiento para realizar una operación como la que le costó la vida a Koi Kahale. Es un sospechoso viable con los recursos para irse de Hawái, tienen que retenerlo.

-Mira, no sé qué te hizo creer que era buena idea llevarte a Maverick Mitchell de su hotel, pero hace quince minutos llegó la orden de localizarlo. Al fin pude escapar de la sala de procesamiento, y me encerré en el baño para decirte.

Él consulta su reloj.

-¿Quince minutos? Hace cuarenta que fuimos a recogerlo, eso significa que las alarmas sonaron a los veinte minutos de que saliera con nosotros. Voluntariamente, debo añadir. ¿Quién…?

-¿Quién mandó a localizar a Maverick con toda la capacidad de la Marina en cuanto desapareció? -lo interrumpe ella, sarcástica. -¿En serio tienes que preguntarme eso?

-¡Oh!

-Si, muy elocuente, marinero. Espero que tengas algo mejor que decirle a Kazansky.

Ahora sí que empieza a sentir pánico.

-¿Está en Hawái?

-Claro que está en Hawái. Kazansky está a cargo del Comando Central y Mitchell está en San Diego tras la desactivación de la Segunda Flota ¿Por qué otra razón estaría Mitchell aquí, sino para encontrarse con él?

-Pues…

-Me tengo que ir -le interrumpe ella de nuevo. -Ya llevo demasiado tiempo en el baño.

Cuelga.

McGarrett regresa a su oficina, donde Danny ríe por algo que le está diciendo Maverick. Levanta los ojos hacia él con expresión divertida.

-¿Así que “Perro Lindo”? Nunca imaginé que pudieras tener un apodo tan tierno, Steve.

-Vamos, ¿no te dan ganas de acariciarlo cada vez que lo ves? ¿Cómo fue que lo llamaste? -Mitchell se pone el índice contra los labios mientras finge que se esfuerza en recordar- ¡Ah! Si, modelo de ropa interior. Déjame decirte, estoy de acuerdo.

-Muy gracioso, Maverick. Usando información militar para poner a Danny de tu parte. Y no deberías hablar así.

-¿Por qué no? El presidente Obama me ha liberado -levanta los brazos por encima de su cabeza. -Casi podría votar demócrata de lo feliz que me siento. 

Steve hace una mueca de incomodidad y regresa a su asiento.

-La derogación de la DADT no significa el fin de la homofobia en las fuerzas armadas.

-No, pero por primera vez en mi vida puedo dormir sin el temor de perder mi trabajo por ser quien soy.

-Hablando de ser quien eres. Esa botella de vodka que dices te acompañó anoche, ¿estará en la playa? Podemos localizarla y probar que…

El capitán hace un gesto de negación.

-La tiré al agua.

-¡Mav, tienes que ayudarme aquí! Sin coartada y sin evidencia de que estabas en otro sitio estoy obligado a detenerte.

Los ojos verdes reflejan tristeza y los labios se tuercen en una sonrisa cansada. No deja de jugar con su anillo.

-Estuve solo en la playa toda la noche, lo siento.

A Danny se le ocurre que toda esta discusión es ridícula. Este hombre pasó treinta años en el armario dentro de la Marina, pero una sola noche en el bar equivocado destruirá su carrera. Abre la boca para decir que podrían inventar algo, tal vez dejar que se quede a dormir en una de las oficinas hasta que resuelvan el caso, pero el sonido de un tropel de pasos fuera hace que cambie su foco.

-¿Qué pasa ahí fuera?

Antes de que llegue a la puerta de la oficina, esta se abre y entra un hombre alto, rubio, su rostro ancho tiene una expresión turbulenta. Lleva el uniforme blanco de la Marina y tres estrellas plateadas en las charreteras.

McGarrett y Mitchell se levantan enseguida.

-¡Vicealmirante Kazansky!

-¡Ice! ¿Qué haces aquí?

Kazansky mira de arriba abajo a Mitchell.

-Bradley me llamó, por supuesto.

Luego se gira hacia McGarrett. Sus ojos se endurecen.

-Tienes valor, perro, pero no mucho juicio.

Solo la consciencia de que ese es el apodo de Steve en la Marina, impide que Danny salte ante el epíteto. De todos modos interviene. 

-Disculpen. No que verles en este concurso de miradas macho versus machísimo no es divertido y todo eso, pero, el infeliz civil aquí quisiera saber qué le da derecho a irrumpir en nuestra oficina señor…

-Vicealmirante -le rectifica Steve.

-Si, eso mismo, ¿qué lo trae por acá Vicealmirante Kazansky?

-Buscando a mi compañero.

Hay algo en la manera en que dice “compañero” que confunde a Williams. La entonación es un poco más profunda que el resto de la frase. Nota, por el rabillo del ojo, que Steve se tensa más aún. Supone que, como los apodos, es una clave de la Marina, pero esta indica peligro.

-Si, eso es comprensible, pero el señor, ¡perdón!, el capitán Mitchell, no ha podido darnos una coartada para el periodo entre las once treinta de la noche y la una de la madrugada. Sin eso, no podemos dejarlo ir. Es persona de interés en un caso de asesinato, ¿entiende?

Kazansky mira curioso a Mitchell.

-¿Qué les dijiste?

-Que me fui a la playa con una botella de vodka -responde el moreno mientras juguetea con su anillo y mira al suelo.

-¿De veras? -Kazansky hace un gesto de negación con la cabeza y pone una mano en el hombro del capitán. Mitchell levanta los ojos con expresión retadora.

-De veras.

Kazansky le sonríe, pero es un gesto triste. Inspira profundamente y se vuelve hacia McGarrett y Williams.

-Deben disculpar a Pete, las repetidas eyecciones le han causado problemas con la memoria. Obviamente, les habló de alguna otra noche hace muchos años. Ayer, cuando salimos de “El Gemido” -Mitchell gime al escuchar el “salimos”-, Bradley se fue al hotel con un acompañante y nosotros…

-Ice, no -el tono de Maverick es una plegaria. Kazansky lo ignora.

-... nos marchamos a la casa que la Marina me asignó durante mi visita. Bebimos un poco más y nos fuimos a dormir.

Danny pestañea, inseguro de lo que puede deducir de esa afirmación. Un hombre puede ir a dormir a casa de su amigo, claro. Pero el modo en que Kazansky dijo “compañero” y el empeño de Mitchell en excluir al vicealmirante de su testimonio sugieren otra cosa. 

-Eso está muy bien. Sin embargo…

-Danny -ahora es McGarrett el que trata de frenar a su compañero, pero Williams lo ignora, tiene que llegar hasta el final.

-Sin embargo -repite-, Mitchell pudo marcharse después de que usted se durmiera.

Algo violento sacude a Kazansky. Sus pupilas se contraen y el azul de sus iris casi hace desaparecer el negro de los ojos. Es tan breve que Danny no lo habría notado de no haber estado muy atento a todas las reacciones del oficial. El vicealmirante pestañea y sus ojos vuelven a estar serenos. Sonríe, y es como un depredador que enseña los dientes.

-Seré más claro, detective Daniel Williams -el uso de su nombre completo hace reaccionar a McGarrett, que se pone al lado de su compañero en actitud defensiva. -Pete Mitchell y yo dormimos juntos anoche. Además, la casa tiene asignado un equipo de seguridad de la Marina. Puede entrevistarles, darán testimonio de que entramos a las once y cuarenta y cinco de la noche, y nadie salió hasta esta mañana.

-¡Oh!

-Ahora, si nos disculpan. Solo tengo tres días más de descanso.

Kazansky pasa su brazo por encima de los hombros de Mitchell y lo hace girar para salir de la oficina. Steve reacciona cuando ya agarra el tirador de la puerta.

-Señor -ambos lo miran por encima del hombro. -Felicidades.

Kazansky resuma orgullo. Mitchell sonríe con timidez.

-Gracias -dice el capitán.

Una semana después, no hay progresos con el caso y Cinco Cero tiene que dedicar sus esfuerzos a la triste historia de Blake Spencer. Después de eso, por fin recuperan a Kono, pero ni siquiera con una persona más en el equipo logran avanzar en el caso. El trabajo fue casi perfecto y nadie lamenta la muerte de Koi Kahale lo suficiente como para proveer pistas.

Mientras, la familia Noshimuri se apodera de las propiedades de Kahale, pero de un modo que sorprende a muchos -no a Kono-. Adam, a quien el viejo Hiro Noshimuri está entrenando como heredero, establece un pequeño programa de rehabilitación para las víctimas, con ayuda psicológica y recursos para reubicarse fuera de Hawái, si así lo desean. Los lugartenientes de Kahale aparecen muertos por todo el archipiélago de modo especialmente sangriento durante todo octubre. Incluso los que huyen de Hawái al darse cuenta de que los están cazando. La policía trata de probar que las ejecuciones son obra de Michael Noshimuri, el brutal hijo menor de Hiro, pero no hay suficientes pruebas y, por una vez, el chico parece estar haciendo verdadero servicio social.

 

Lunes 31 de octubre, 4:30 pm, Cuartel general de Hawaii 5-O, Honolulu, Isla Oahu

Danny termina de ordenar los materiales del caso Kahale. El gobernador ha dado la orden de cerrar la investigación y declarar el asunto “caso frío”. Debe cerrar la carpeta y mandarla a archivos. Relee con atención los documentos, pues la manera en que encontraron a su único sospechoso le sigue pareciendo altamente cuestionable. Lo menos que puede hacer es asegurarse de que la privacidad de Mitchell esté protegida en los archivos que controla Cinco Cero.

Al volver sobre sus notas, recuerda un detalle que, en su momento le pareció extraño, pero nunca confirmó. Decidido, va a la oficina de McGarrett.

-Oye, Steve, respecto al caso Kahale.

-¿Si? -responde el comandante sin apartar la mirada de la pantalla de su computadora.

-Kazansky nunca nos preguntó por qué habíamos ido a buscar a Mitchell. Le dije que era persona de interés en una investigación de asesinato y ni siquiera preguntó quién había muerto. ¿No te parece extraño?

McGarret deja de teclear, se aparta de la mesa y mira a Danny con intensidad. El rubio conoce esa mirada. Steve está decidiendo cuánto de su vida en la Marina puede revelarle.

-¿Mitchell te dijo por qué le dicen Maverick?

-Si, porque vuela como un loco.

-A mí me pusieron Perro Lindo porque podía colarme en cualquier sitio con mis encantos, soy fiel y muerdo duro.

-No lo dudo, bebé.

-A Kazansky le dicen Iceman, porque lo planifica todo a la perfección y no comete errores. Es una de las mentes estratégicas más grandes de la segunda mitad del siglo XX. Él y Maverick han sido inseparables desde 1986, cuando se salvaron la vida mutuamente en el Océano Índico. Son una leyenda en la Marina. ¿Recuerdas que Cate me llamó a mitad de la entrevista? -Danny asiente– Fue para decirme que Kazansky había ordenado triangular la señal del celular de Mitchell. Así que cuando entró a este edificio ya había leído nuestros expedientes y sabía perfectamente qué investigábamos.

-Espera, ¿nuestros expedientes no están clasificados? ¡Somos la fuerza especial del gobernador!

McGarrett enarca las cejas.

-Kazansky fue director de Inteligencia Naval y está al frente del Comando Central de la Marina. Muy pocas bases de datos están cerradas para ese hombre.

-Vale -otras cosas le siguen molestando, pero sabe que es mejor no hablar de ello en este lugar. -Termino en cinco minutos y nos vamos, ¿si? Hay que recoger a Grace para el paseo de Halloween.

Ya en el auto, Danny trata de sacarse la espina final. 

-Steve, ¿no te parece extraño que Kazansky llevara a Mitchell precisamente a ese bar?

-Si, yo también pensé en eso. No me encajaba con lo que sé de Iceman. Pero luego me puse a pensar en la hora del crimen. Iceman y Maverick estaban bebiendo, probablemente brindando, por la libertad que les da la derogación de la DADT, justo cuando ejecutaban a Koi Kahale. Mientras más lo pienso, más me convenzo de que no fue una visita casual. Kazansky quería que Mitchell supiera que sabía de su visita a Hawái en 1976. Además, están los anillos.

-¿Los anillos?

-Maverick tenía un anillo con el que jugaba constantemente.

-Si.

-¿Qué recuerdas del anillo?

-Pues… era de color gris acero, tenía textura, como una filigrana muy fina, y era nuevo. El dedo no tenía decoloración a su alrededor.

-Muy bien. Ahora trata de recordar las manos de Kazansky.

El detective Williams cierra los ojos para concentrarse en el recuerdo. No se fijó mucho en las manos del vicealmirante, la verdad. Solo cuando le puso la mano en el hombro a Mitchell pudo ver que... Se gira hacia Steve, sorprendido.

-Su anillo era idéntico. ¡Oh! -comprende de repente- Por eso los felicitaste.

-Si. Creo que se comprometieron esa noche.

Danny no puede sino sentir escepticismo hacia la extraña alineación de eventos.

-¿El responsable principal del abuso sexual de Mitchell muere casualmente en la noche que su compañero de veinticinco años le propone matrimonio?

Steve lo mira de reojo, sin dejar de prestar atención al timón porque es la tarde de Halloween y hay mucha gente que empieza a celebrar temprano. Ninguno de los dos cree en coincidencias, es algo imposible cuando trabajas como investigador, ya sea en contraterrorismo o robo.

Están doblando en la calle de la mansión de los Edwards cuando Danny decide cerrar el asunto.

-Fue un regalo de compromiso endemoniadamente personalizado.

 

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