27 de septiembre de 2023

CINCO VECES MAS UNA 3

Cinco veces que el pasado regresó a fastidiarles y una vez que les dio felicidad

Parte 3 de: Las mentiras que nos dijimos

Fandoms:
Top Gun (Movies), Thunderheart (1992)

Relaciones:
Sarah Kazansky/Tom "Iceman" Kazansky, Tom "Iceman" Kazansky/Pete "Maverick" Mitchell, Sarah Kazansky/Tom "Iceman" Kazansky/Pete "Maverick" Mitchell

Personajes:
Sarah Kazansky, Tom "Iceman" Kazansky, William Dawes, Ray Levoi

Etiquetas adicionales:
Crossover, 5+1 Things 

ÍNDICE: https://palabraspulsares.blogspot.com/p/las-mentiras-que-nos-dijimos-3-cinco.html

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Capítulo 3: Cuando William Dawes conoció al matrimonio Kazansky 

Sumario:
Mientras almuerza en el Central Michel Richard, William Dawes, director del FBI, cree ver a Ray Levoi en compañía de una mujer de rasgos indígenas. No puede ser ese traidor, ¿verdad?
Tom y Sarah planearon un fin de semana romántico en DC, pero un viejo amigo del coronel Levoi les estropea el paseo. 

Restaurante Central Michel Richard

A Dawes le gusta el Central Michel Richard. Está lo suficientemente cerca del edificio Hoover que puede caminar sin importar la época del año. Es accesible a su salario, pero lo suficientemente refinado para sentir que disfruta algo exclusivo. Como aún no es muy conocido, el personal le da un trato personalizado sin esfuerzo.

-¿Qué desea hoy, director Dawes? -pregunta la camarera después de sentarlo en su mesa habitual.

Él mira el menú para asegurarse, pero tiene una idea bastante clara de sus planes. Hoy, Dawes necesita en verdad una de esas hamburguesas hechas a mano por el chef Michel: la primavera aún no aleja el frío de DC, pero el efecto de la masacre en Virginia Tech tiene ardiendo la ciudad.

-Gazpacho, Hamburguesa prime y un Berry Mule para beber, que debo regresar a la oficina.

-¿Nada de postre?

Niega con la cabeza.

-Mi esposa y mi médico se han aliado contra mi, Alice.

Ella ríe en lo que termina de anotar la orden y recoge el menú.

-Es por su bien, director. Ya regreso con su bebida.

La ve irse con pasos rápidos, y piensa, vagamente, que él se movía así hace treinta años. Ahora es apenas la una de la tarde del lunes, pero siente que no ha dormido en la semana desde que Seung-Hui Cho se inscribió en la historia como autor del tiroteo masivo más mortífero en la historia moderna de Estados Unidos. Dawes desea, con toda su alma, que el récord no se rompa en mucho, mucho tiempo.

Se recuesta y cierra los ojos.

Mientras más excavan en el pasado y las motivaciones del asesino, aparece más evidencia de que esto no fue terrorismo, sino locura. Esto es un problema de mal manejo de salud mental, le dijo al presidente y el gobernador de Virginia. Con la Guerra contra el Terrorismo consumiendo el presupuesto y los recursos humanos de la comunidad de inteligencia, el FBI simplemente no puede seguir a cada loco que clama ser Jesús reencarnado.

-Su bebida, director.

La voz de Alice lo obliga a erguirse y apartar la modorra. No estaría bien dormirse aquí. Mientras disfruta el fresco sabor de bayas, puré de coco, zumo de lima fresco y cerveza de jengibre, el hombre deja vagar sus ojos por el salón del restaurante, en pleno pico de almuerzo. Ansioso por pensar en algo distinto a la masacre, se permite usar su entrenamiento para catalogar a las personas a su alrededor.

Allí el asistente de un senador o representante, de familia con dinero viejo, intenta impresionar a una joven abogada.  

Allá un inversionista local, acaso vinculado a la mafia, come mientras mira su teléfono con ansias.

Ese trío de hombres discute la organización de un evento feliz, ¿una boda, una despedida de solteros?

Ese hombre de sesenta y tantos, solo como él, tiene pinta de científico, pero mira todo con intensidad. Quere recordar la experiencia. Acaso está en la ciudad para dar testimonio en uno de los tantos comités legislativos.

Esa pareja que acaba de llegar… ¡No puede ser!

Dawes deja el coctel sin alcohol en la mesa y por unos segundos deja los ojos fijos en la superficie color beige. Se obliga a respirar hondo y calmarse. Solo porque Seung-Hui Cho se autoproclamó apóstol de Jesús en sus diatribas, no puede dejar que su mente regrese a eso. El cansancio le juega trucos, por supuesto, la pareja a tres mesas está formada por dos personas desconocidas.

Seguro de que fue solo una ilusión, Dawes levanta la cara muy despacio y vuelve a mirar hacia la mesa donde Alice está tomando la orden.

¡Maldición! Sus ojos no lo engañaron.

¿Cómo se atreve Ray Levoi a visitar DC y sentarse en un restaurante a menos de cinco minutos de la sede del FBI?

Oscilando entre la furia y la incredulidad, William Dawes ve cómo Ray le dedica a Alice una sonrisa rompecorazones que nunca mostró en los diez años que trabajó para él. Viste de modo informal: vaqueros, camisa y chaqueta de cuero. Su rostro se ha redondeado desde la última vez que lo vio, en el otoño de 1987, pero el cabello en estilo militar y unas gafas de fina montura dorada le dan un aire de conocimiento reposado.

Ray nunca tuvo problemas para pasar por blanco, con su cabello rubio y ojos azules. Pero Dawes sabe, reconoce la herencia sioux en la forma de la cara y el arco de las cejas. Además, ahora su piel tiene un bronceado intenso, resultado de vivir en las planicies de Dakota del Sur. En cambio, la mujer que lo acompaña es claramente india. Sus pómulos salientes, frente amplia, cabello negro y lacio -peinado en dos trenzas-, el cuerpo ancho y de curvas exageradas no dejan lugar a dudas.

Alice termina de tomar la orden y se retira. Dawes se hunde en su asiento y por primera vez maldice el salón abierto y luminoso del Central Michel Richard. ¡Podrían verlo!

Pero Ray y ella solo tienen ojos para contemplarse mutuamente. Con eso y los dedos entrelazados, queda claro que son pareja. No es algo reciente, comprende al ver que no hay sorpresa en sus interacciones, sino la confianza que dan años de convivencia.

-Su gazpacho, director Dawes.

-Gracias Alice -se fuerza a decir. -Espera, por favor. Esa pareja -señala con la mano vagamente hacia Ray-, ¿ha estado aquí antes? Me parecen conocidos.

Ella sonríe.

-No creo señor. Me dijeron que están de visita en la ciudad.

-Ah, él tiene una de esas caras, entonces.

Ella asiente y se va.

Dawes pasa el resto de su almuerzo tenso como un alambre. Aunque el gazpacho amarillo y la hamburguesa son impecables, los sabores no le producen la alegría habitual. Cada dos bocados, mira hacia la mesa de Ray y su india, que parecen disfrutar sobremanera los pasteles de cangrejo, el pollo frito, y los macarrones con queso, regados con abundante vino blanco de California. El señor director no se da cuenta, pero una parte de su vigilancia está motivada por la envidia que le da semejante menú lleno de carbohidratos y grasas. Igual habría mirado al exagente especial Levoi si ordenaba ensalada, pero la furia habría sido menos intensa.

Alarga su comida todo lo que puede, pero igual termina antes que la pareja. A través de la ventana ve la lluvia caer y considera usarla como justificación para demorar su regreso y saber algo más. Desecha la idea enseguida. Una cosa es la curiosidad, otra la vigilancia injustificada. Si Ray Levoi está en la ciudad, no es asunto suyo. La división correspondiente le informará en caso de que sus acciones sean problemáticas.

El caso de Pine Ridges fue difícil de arreglar, pero la decisión de Levoi de dejar el FBI ciertamente facilitó las cosas. El golpe más duro había sido para su familia, por supuesto. El coronel Levoi era un hombre orgulloso de su servicio, y que su hijo le diera la espalda a la nación de modo tan radical lo hizo sufrir. Dejar el FBI para volverse chamán en una reserva. ¡Qué desperdicio! Pobre Finn, primero Rachel, diez años después, Ray.

Hace una seña para que Alice le traiga la cuenta y se promete que esta es la última mirada que les dedica. Olvida su resolución casi enseguida: Ray ha sacado su teléfono y lo que sea que lee le afecta profundamente. La actitud relajada y jovial desaparece, se le tensa la espalda y pasa le aparato a su pareja en lo que hace un gesto imperioso a Alice. Desde su ángulo, Dawes puede ver el rostro de ella. Ver el miedo aparecer en el rostro de una mujer nunca es agradable.

Alice viene de regreso con su cuenta. Se detiene en la mesa de Ray, seguramente a decirles que esperen. Él insiste con gestos contenidos y rostro duro, extiende su tarjeta de crédito. Ella lanza una mirada apenada en su dirección y Dawes hace un gesto conciliador con la mano para hacerle entender que está bien, que no tiene apuro. Ray también se gira, pero -extraño- no hay reacción de reconocimiento en sus ojos. Solo le da una mirada curiosa y luego asiente, agradeciendo que Dawes le permita priorizar su trámite.

Alice regresa hacia la caja para tramitar el pago de Ray.

Dawes se recuesta y pondera cómo aprovechar este giro de los acontecimientos. Llueve a cántaros, así que tendrán que esperar por un taxi en el portal. ¿Tal vez allí pueda averiguar algo más? Ahora que les cedió su turno con Alice, tiene una excusa para hablarles. Aunque… es extraño que Ray pretendiera no conocerlo, ¿tal vez ella no sabe de su pasado en DC?

Alice regresa, deja la cuenta en la mesa de Ray, luego se dirige a él.

-Lo siento tanto, director Dawes. Les avisaron de una emergencia y deben marcharse.

-No te preocupes -dice mientras firma el recibo y se guarda la copia. -Acepto cualquier excusa para pasar más tiempo aquí. Hasta la semana que viene.

Ella sonríe, pero Dawes ya no le presa atención. Se apresura para alcanzarles en la puerta.

Ray y su acompañante están pegados a la puerta, tratan de mojarse lo menos posible.

-¿Todo bien señor…?

Ray lo mira con sorpresa y algo de desconfianza. No hay ni rastro de reconocimiento en sus pupilas. Estrecha un poco más a la mujer entre sus brazos.

-Kazansky. Gracias por dejarnos pagar antes.

Dawes asiente. Ahora que lo ve de cerca nota la exquisita calidad de sus ropas y zapatos. No es lo que esperaría de dos habitantes de la reserva Oglala. Aunque, este restaurant también debería estar por encima de su presupuesto y no parecían preocupados. Disimula su incertidumbre subiéndose el cuello del abrigo para protegerse de la lluvia. Luego manda un texto rápido a su secretaria para que le envíe un auto y se queda ahí, con las manos en los bolsillos y mil preguntas en la garganta: ¿qué haces aquí?, ¿quién es ella?, ¿dejaste atrás tu locura mística? Ray está a un metro suyo, más cerca de lo que estuvo en veinte años, pero no se atreve a decir nada. En cambio, son prisioneros de ese silencio incómodo que surge cuando te encuentras en un especio pequeño con personas desconocidas. Dawes lo siente a veces cuando toma el elevador en el Pentágono. Nunca esperó que ocurriese en la entrada del Central Michel Richard, en una caja con tres lados de cristal y otro de lluvia intensa.

El teléfono de Ray suena, lo saca del bolsillo de su chaqueta muy despacio. La mujer separa la cara de su pecho para leer el mensaje. Tienen una de esas conversaciones en miradas que caracterizan a las relaciones largas y sólidas. Ray traga en seco, ella vuelve a hundir su cara en su pecho.

-¿Malas noticias?

Su pregunta parece sacarlo de un trance. Lo mira de nuevo con sorpresa, como si hubiera olvidado que Dawes estaba ahí.

-No estoy seguro -admite. -Pero debemos regresar a casa.

-¿A casa?

-San Diego, California -luego mira a la calle. -El taxi demora.

¿San Diego? Esto no tiene sentido: Ray Levoi vive en Allen, Dakota del Sur.

-Los taxis en DC no son confiables, ni siquiera aquí en el centro -miente rápido. -Y con este clima… -ve su propio auto doblar la esquina y se le ocurre algo -¿Tal vez puedo ayudarles?

Ray le da una mirada desconfiada.

-¿Ayudarnos?

-Mi auto está al llegar, los puedo llevar a su hotel.

-Ya lo molestamos lo suficiente.

-Para nada -el auto se detiene frente a ellos y su chofer se acerca con un paraguas. -Su esposa parece perturbada.

-Ni siquiera se su nombre.

Dawes contiene su exasperación y decide seguir el juego.

-William Dawes, Director del FBI.


Fred Thompson interpretó a William Dawes en Thunderheart (1992)

Ella gira un poco para estudiarlo con los ojos entrecerrados. Las pupilas de Ray se dilatan de la sorpresa, pero extiende la mano.

-Contralmirante Tomas Kazansky. Ella es mi esposa Sarah.

Dawes disimula su asombro al volverse hacia su chofer.

-Charlie, llevaremos a los Kazansky a…

-El Hamilton, en 14 y K -completa el hombre.

-Esperen aquí -instruye sin volverse, temeroso de que su rostro congestionado lo traicione-, mi chofer regresará con el paraguas.

Dawes se apresura a meterse en el auto y usa el margen de tiempo en lo que llegan los Kazansky para recuperar la compostura. ¿Cómo es posible esto? Han pasado veinte años, pero está seguro, podría reconocer a ese traidor en cualquier sitio. Sin embargo, hacerse pasar por un oficial de alto rango de la Marina no tiene sentido. Especialmente con él. Sabe de Kazansky, aunque de modo vago. Fue al que pusieron al frente de la Oficina de Inteligencia Naval tras la muerte repentina de Wilkes, hasta que confirmaron a Porterfield. Nunca coincidieron porque él llegó a director en 2004.

La puerta se abre de nuevo. Kazansky entra, seguido de su esposa. Le dan una sonrisa insegura en lo que el chofer cierra la puerta y rodea el auto.

-Serán cinco minutos hasta el hotel -anuncia Charlie en lo que se pone al timón y se ajusta el cinturón de seguridad.

El interior del sedán es amplio, pero de todas maneras la pareja sigue abrazada y casi pegada a la puerta.

Salen a la avenida Pennsylvania.

-¿Están en la ciudad de vacaciones?

Kazansky hace una mueca.

-Aniversario de bodas, atrasado -y sonríe con incomodidad. Entre sus brazos, Sarah resopla.

¡Oh! Buena razón para visitar el Central Michel Richard, sin dudas: apaciguar a la esposa.

-¿Puedo preguntar cuántos años?

-Trece -ahora sonríe sin reservas.

En su tono hay orgullo, y el director, que ya lleva tres divorcios, tiene que admitir que es una buena razón para enorgullecerse.

Pasan la calle 13 y la Plaza de la Libertad se abre a la derecha. Kazansky toca el hombro de su esposa.

-Mira, amor, la estatua de Kazimierz Pułaski.

Ella pega la cara al cristal, aunque la intensa lluvia hace casi invisible el exterior. El hombre se gira hacia el director.

-El plan era pasar aquí cuando camináramos de vuelta al hotel, pero… -se encoge de hombros.

Dawes asiente. Puede entender que un oficial de apellido polaco nacido en medio de la Guerra Fría se sienta interesado en Pułaski, un polaco que se enfrentó a la hegemonía rusa durante la primera parte de su vida y luego fuera fundamental en la independencia norteamericana.

Ya doblan por 14, el memorial al padre de la caballería norteamericana desaparece y, con él, la breve excusa para hablar.

Sin embargo, Dawes nota algo que parece confirmar que este no de Ray Levoi jugando con su sanidad. Kazansky no tiene lunares en la cara, a diferencia del desgraciado exagente que ahora se esconde en territorio indio con delirios y visiones. Ray tiene un lunar en el lado derecho de la cara, justo por encima del maxilar, lo recuerda bien. Pero entonces ¿cómo se explica su extraño parecido?

Una idea incómoda se abre paso: ¿serían tres y no dos bebés? Es repugnante, pero Lizzi Levoi no sería la primera en dar en adopción a un bebé de un embarazo múltiple. Después de todo, el padre de sus hijos era un indio borracho, tres bebés son mucho trabajo, incluso en familias funcionales. Con Finn Levoi eso no habría pasado. El coronel habría contratado ayuda mientras presumía frente a todo el mundo de su virilidad. Pero Lizzi no encontró a Levoi hasta mucho después, y ya el daño estaba hecho. Finn le habló de su hija en los últimos días, del dolor que le había causado perderla. Dawes sabe que fue una gran prueba de confianza.

El auto se detiene. La voz de Kazansky saca al director de sus tristes pensamientos.

-Gracias, director Dawes.

Se apresura a estrechar la mano que le ofrece.

-No fue nada. Espero que nada grave espere en casa.

Pero Kazansky ya cierra la puerta del auto. Charlie sale de la curva del portal, y sigue por 14 para regresar a la sede del FBI.

Tom y Sarah se quedan en el lobby del hotel. No respiran con tranquilidad hasta que el auto dobla por L y se pierde de vista.

-Con que ese es William Dawes -dice al fin ella.

Pero Tom hace un gesto de negación y mira a su alrededor con inquietud. Tras el encuentro con el viejo amigo del coronel, le parece que cualquier persona podría tomarlo por Ray. Angustiado por los recuerdos de su vida pasada, tira de su esposa y se dirigen al elevador. No habla hasta que llegan a su habitación.

-Este fin de semana en DC fue un error -dice en un suspiro mientras apoya la espalda en la puerta.

Sarah hace un ruido de disgusto mientras cuelga su abrigo en el armario.

-No digas tonterías. Los mensajes de Ray nos permitieron tomar control de la situación.

Tom resopla.

-¡Tremenda ayuda! “Un hombre ve a Ray Levoi en un restaurant de DC” y luego “Dile que debes regresar a casa”. A veces creo que mi hermano disfruta siendo críptico.

Sarah suelta una risita en lo que le quita la chaqueta a Tom, lo hace sentarse en la cama y se arrodilla entre sus piernas abiertas.

-¿Sabes? Creo que es mejor que Dawes te viera ahora y no en los pasillos de la Casa Blanca.

Él hace un puchero.

-Quería una foto junto a la estatua de Kazimierz Pułaski.

-Querías una foto imaginaria junto a Mav -rectifica ella.

-Bueno, si Pułaski y Pete se parecen, no es culpa mía.

Ice cree que los puntos de contacto entre su esposo y el polaco son evidentes: Como Mav, el polaco era ridículamente hermoso, a menudo actuaba de forma independiente, desobedeciendo órdenes, y tenía fama de bala perdida.

-Y tampoco pude comer mouse de chocolate -concluye con tono llorón.

Sarah le pone las manos en la nuca y lo obliga a inclinarse para poder besarlo en los labios.

-Tengo algo oscuro y dulce para ti.

Tom arquea las cejas y sonríe pícaro.

-¿De veras?

Ella asiente, suelta las cintas del vestido que cierran las piezas de los hombros, se levanta y deja que la tela caiga hasta sus pies. En la penumbra de la habitación donde la única fuente de luz es la que se cuela entre las gruesas nubes de lluvia, el color cobre de su piel es oscuro. Casi parece, en efecto, chocolate.

La cintura de Sarah está frente a Tom. Él le aguanta las caderas para que no pueda retroceder y le besa el ombligo con pasión. Hunde la lengua en la hendidura y succiona con los labios hasta que ella gime.

-¿Entonces soy tu postre? -pregunta entre jadeos.

Tom se pone de pie y le besa los labios. Luego se aparta para sacarse la camisa.

-Tu nunca eres postre, mujer. Tu siempre eres el plato fuerte.

Ella sonríe y se deja caer en la cama.

Nota: 

La masacre de Virginia Tech fue un asesinato masivo que ocurrió el 16 de abril de 2007 en el Instituto Politécnico y Universidad Estatal de Virginia (conocido como Virginia Tech), en Blacksburg, Virginia, Estados Unidos. En el incidente murieron 33 personas, incluyendo al único autor que inició el tiroteo, y 29 personas resultaron heridas. Es el peor ataque a una universidad en la historia de Estados Unidos.
El autor fue identificado por las autoridades como Seung-Hui Cho (23), un estudiante surcoreano de literatura inglesa, criado en Virginia y residente en la universidad.
https://es.wikipedia.org/wiki/Masacre_de_Virginia_Tech 


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