5 de abril de 2025

Tengo derecho a esto 5

Capítulo 5: Descubrimientos 1

Sumario:

-Pero el miedo pasará, te lo prometo. Ahora, tu abuelo Leo te dará una galleta. -Leonard abre los ojos, asombrado. En efecto, tiene una galleta dulce en el bolsillo, el postre del almuerzo que olvidó comerse con la prisa entre trámites y compras. Se la pasa sin decir nada- Te prometo que, cuando termines de comerla, empezarás a sentirte mejor. En cuanto bajes del auto para ir a la casa de tu amigo Zack, te sentirás de maravilla. Recordarás que no crees en ninguna de las tonterías con que te asustó Jenny. Todo eso son inventos, ¿recuerdas?

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Parte 6 de: Las mentiras que nos dijimos

Fandoms: Top Gun (Movies), Thunderheart (1992), Suits (US TV 2011)

Relaciones: Brigham "Harvard" Lennox/Jake "Hangman" Seresin, Sarah Kazansky/Tom "Iceman" Kazansky/Pete "Maverick" Mitchell, Rick "Hollywood" Neven/Leonard "Wolfman" Wolfe

Personajes: Brigham "Harvard" Lennox, Jake "Hangman" Seresin, Sarah Kazansky, Tom "Iceman" Kazansky, Pete "Maverick" Mitchell, Leonard "Wolfman" Wolfe, Rick "Hollywood" Neven, Ray Levoi, Harvey Specter, Mike Ross, Personajes Infantiles Originales, Personajes Originales

Etiquetas adicionales: poliamor, transfobia, incesto, relación secreta, Personaje trans masculino, Abuso infantil implícito/referenciado, Personaje asexual, Sarah Kazansky es la hermana de Tom "Iceman" Kazansky, Jake "Hangman" Seresin es el hijo biológico de Iceman, Jake "Hangman" Seresin Needs a Hug, Drama familiar, Tom "Iceman" Kazansky vive, sexo telefónico, Homofobia Implícita/Referenciada, Adopción

ÍNDICE: https://palabraspulsares.blogspot.com/p/tengo-derecho-esto-las-mentiras-que-nos.htm

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Miércoles 1 de abril de 2020

Brig sigue dándole vueltas a los dibujos de Dunia durante la tarde: tienen mucho rojo, algo de negro y extrañas pinceladas de azul metálico. Mientras, va de un lado a otro por Salt Lake City, completando trámites. El mundo de la paternidad está lleno de retos burocráticos. 

Uno de los momentos más confusos es en la tienda de accesorios de autos. ¿Cómo va a elegir entre modelos de asientos infantiles? ¿Quién iba a saber que hay tantas opciones? ¡Es solo un asiento de seguridad! Leonard, acostumbrado a manejar proveedores ambiciosos por su negocio de aviones de recreación, le pone una mano en el hombro y le da una sonrisa tranquilizadora. Empieza a preguntar por las estadísticas de rendimiento y doma efectivamente al vendedor. Al final, eligen un asiento sólido y grande. Llevado por una corazonada, Brig selecciona un forro con un tono muy particular de azul metálico. Su padre no dice nada, por suerte. Si esto falla espectacularmente, al menos quiere su dignidad intacta.  

Igual tendrán que comprar varios asientos más en San Diego, pues con el entusiasmo que tiene la futura familia, habrá que poner un asiento infantil en cada carro del garage. Parece que hasta Maverick está considerando renunciar a las motos, si Jake está en lo cierto. 

¡Diablos! Se le ocurre que Kazansky debe tener a un asistente investigando sobre asientos infantiles en Honolulu, para su auto oficial. 

En la tarde van a Rowland Hall, para solicitar el expediente escolar de Dunia y demás documentos pertinentes. Allí, Brig se da cuenta de que no tiene idea sobre las escuelas de San Diego. Después de quedarse en blanco por diez segundos, decide que la mejor parte del valor es la cautela y apela a Sarah. Simplemente pone a la suegra en el altavoz y ella toma control de la entrevista con la funcionaria de Registros. Al final, mientras esperan a que el sistema procese la transferencia y se imprimen los comprobantes pertinentes, las dos discuten sobre recetas de cocina. Hay muchos “¿Recuerdas que antes…?” 

Ahora solo queda ir a la casa de Christian a recoger a su hija. Constanza quería que se la llevara de la escuela. Una idea frente a la que Tyler no pudo controlar su expresión de horror. Por suerte el abogado de la familia Lennox, Balard, le explicó sin inmutarse a su clienta que el personal de la Rowland Hall no conocía a Brig ni Leonard, y por tanto no iban a entregársela, especialmente después de la confusión del día anterior. Su cuñada puso cara de vinagre, pero accedió a que la niña regresara a la casa al final del día para despedirse de su familia y recoger sus objetos personales. 

La demanda de que nunca regresen a Utah le pareció más fácil de cumplir después de eso. 

La casa está en uno de los suburbios más ricos de Salt Lake City y es grande, pero -Brig sonríe para sí- no tan grande como la mansión de University City. Bajan del carro con pasos deliberadamente cuidadosos. No saben qué encontrarán y están de acuerdo en que deben hacer la partida lo menos dolorosa posible. 

La puerta se abre antes de que alcancen a tocar. Se encuentran con un adolescente de cabello castaño y ojos azul oscuro, asustados. Brig fuerza la memoria, tratando de conectar la cara alargada, aún lampiña, con los recuerdos de la última vez que vio a su familia. ¿Este es Abraham? Abre la boca, pero el chico se lleva un dedo a los labios. 

-No tenemos mucho tiempo -informa en voz muy baja, casi un susurro-. Toma y que no lo vea mi madre -le da un sobre postal muy abultado y cierra la puerta suavemente. 

Padre e hijo se miran, desconcertados. 

-¿Qué acaba de pasar? -pregunta Leonard.

-No lo sé -admite Brig mientras se guarda el sobre en uno de los bolsillos de la chaqueta-, pero me parece que no todo el mundo en esta casa odia a Dunia. ¿Tocamos?

Leonard hace un gesto de aceptación, será una teoría tan buena como cualquier otra hasta que puedan ver qué hay en el sobre. Pulsa el timbre eléctrico con fuerza. 

Esta vez les abre Constanza. Detrás de ella pueden ver un recibidor decorado -¿cómo no?- en beige y verde, con una escalera a la derecha y que se abre al fondo hacia una sala de estar sospechosamente vacía.  

-Al fin llegaron -es todo el saludo que les da. No los invita a entrar, sino que gira la cabeza hacia el interior de la casa y dice en voz alta. -Dunia, vinieron por ti. 

No hay respuesta. Luego de unos segundos, el rostro de Constanza Lennox se deforma en un rictus de impaciencia y rabia. De algunos pasos cortos atrás, hasta que el brazo con el que agarra el pomo de la puerta está totalmente estirado. Gira el cuerpo hacia el interior de la casa hasta quedar casi de espaldas a la puerta de la calle. Emite una sola palabra como un latigazo. 

-¡Christian! 

La respuesta es casi inmediata: primero unos pasos rápidos, luego el sonido de sollozos, finalmente su hermano, que baja las escaleras con una maleta de mano en la mano derecha y una niña bajo el brazo izquierdo. Dunia es delgada, tiene el pelo castaño reunido en una trenza bastante deshilachada que le cae por delante del hombro, su cara está deformada por el llanto. Se agarra desesperadamente de la camisa de su padre con ambas manos. 

-No, por favor -gimotea-. Seré buena. Por favor.

Christian llega hasta la puerta, la pone en el suelo. Ella se deja caer de rodillas, agarrada ahora una pata de su pantalón.

-Lo prometo papá.  

-El tiempo de las promesas incumplidas pasó, señorita. -responde su madre, inflexible- Levántate -la toma por un brazo y la separa de un solo tirón de su esposo, luego la lleva hacia la puerta- Brigham, aquí tienes a tu hija. 

Brigham está viendo rojo, no se sentía así desde el funeral de Viper, cuando Sean empezó a escupirle veneno a Jake. Solo que hay una gran diferencia, en aquella circunstancia sabía qué hacer y decir. ¿Ahora? Ahora la impotencia se lo come porque, ¿qué puede hacer que no lo empeore todo?

-Déjala al menos despedirse de sus hermanos y hermanas, ¿no? -propone. 

Su cuñada le da una mirada de desprecio absoluto. Christian carraspea. Ella controla su expresión hasta lograr presentar una máscara fría, desinteresada. 

-Le dimos tiempo para recoger sus cosas y para despedirse. No sirve de nada posponer lo inevitable. 

Si, eso es verdad. La odia, les odia, pero es la verdad. Se agacha hasta quedar a la altura de la niña, que está tirada sobre sus rodillas, prácticamente colgando por el fiero agarre que Constanza tiene de su antebrazo. Ha dejado de suplicar -Brig recuerda haber aprendido temprano a callarse cuando sus mayores hablaban-, solo llora y gimotea, mientras se limpia los mocos con el dorso de su mano libre.

-Hola Dunia -dice en el tono más suave que puede, unos ojos azul grisáceos, extrañamente similares a los de Iceman Kazansky, le contemplan con miedo-. Soy tu papá. 

-No, yo sé quién es mi papá. Yo soy buena. -hipa- De verdad, soy buena. No quiero irme. 

-Tu... -Brig hace callar a Constanza con una sola mirada. 

Suspira y vuelve a enfocarse en la niña. 

-Yo sé que eres muy buena, Dunia, yo lo sé. Por eso vine a buscarte. Lamento no haber llegado antes, pero estoy aquí ahora. Soy tu papá y te llevaré a casa. 

La niña lo mira confundida y desconfiada, pero curiosa.  

-¿Viniste a buscarme? 

Él asiente. 

-Hace mucho tiempo, cariño, que estoy buscándote. En California hay una casa grande, en esa casa hay una familia que está esperando por ti. Tu abuela, tus abuelos -¿cómo es posible que esta niña tenga los ojos de Iceman?-, tus tías -piensa en Sam, Elia, y María Celeste-, tíos -no duda que Bradley, Sean y Coyote se van a pelear por ella-, y primas -las nenas de Javier y María Celeste estarán encantadas, lo sabe- están esperando por ti.  

-¿California? -repite la niña, y se restriega los ojos, agotada. 

-Si, California, donde siempre hay calor y el mar hace cosquillas en los dedos de los pies. 

-Nunca he visto el mar. 

-Esta bien, yo tampoco vi el mar hasta que tenía diez años. ¿Quieres ver el mar? 

Ella asiente. Brig le extiende una mano con los dedos extendidos, la palma hacia arriba. 

-Vamos a ver el mar, ¿si? 

Dunia se arrastra hacia él, Constanza, segura de que no intentará regresar al interior de la casa, la suelta. Brig la recibe en su pecho y cierra los brazos alrededor del torso pequeño, delicado. No quiere averiguar cuánto durará el hechizo, así que se levanta con la niña en brazos. Dunia, instintivamente, se le agarra del  cuello. Brig le pasa un brazo por debajo de las nalgas para estabilizarla y mira a su padre. 

-Agarra la maleta, por favor. 

Luego le da una última mirada a su hermano mayor. 

-Adios.  

Abre la puerta trasera del auto y empieza a maniobrar para ponerla en el asiento para infantes. Dunia se deja hacer, mientras mira alrededor. Sus ojos se detienen en los brazos del asiento, de un brillante azul eléctrico muy similar al que aparece en sus sangrientos dibujos. Su expresión cambia, de temerosa a reflexiva. Levanta la cara hacia Brig, con un destello de esperanza en el fondo de las pupilas. 

-Es un color muy bonito. 

Leonard, que ya puso la maleta en el cajón del auto y está dando la vuelta para subir al asiento de copiloto, se detiene. Los hombres cruzan una mirada de asombro. Brig sonríe, pero decide ser cauteloso. 

-Si, lo es. 

Ella asiente, con una sonrisa triste, pero no dice nada más. La intensidad de las emociones que sintió en las últimas horas parece estar pasándole factura, porque trata de disimular un bostezo. Brig se permite ser optimista. Tal vez puedan marcharse sin más llanto. Termina de asegurar el arnés, cierra la puerta y se pone al timón. 

En cuanto enciende el motor, la niña despierta de su estupor. 

-¡No! ¡Espere! -empieza a luchar contra sus ataduras- ¡Mis hermanos! -renuncia a tratar de abrir las hebillas y simplemente estira los brazos hacia la ventanilla- ¡No quiero irme! ¡Mamá! ¡Papá! No lo haré más, por favor. No me mandes lejos. ¡Jenny! ¡Abraham! ¡Audrey! -los mira, el rostro deformado por el miedo- Esa es mi casa, es mi familia. Déjeme salir, por favor, señor. Esto es un error. Mi nombre es Dunia Lennox. Lo siento mucho. Yo no soy su hija. ¡Déjeme salir! 

Brig le da una mirada de impotencia a su padre. 

-Solo maneja -ordena Leonard. 

-Pero... 

-Brig, tenemos que sacarla de aquí. ¡Muévete! 

Le cuesta toda su fuerza de voluntad, pero ignora las súplicas, los brazos y piernas que se sacuden, el llanto. Pone primera y sale de la calle. Han avanzado unos cinco minutos cuando suena su móvil. Quiere ignorarlo, pero es un tono específico, que le advirtieron nunca, jamás, ignorar. Responde y pone el altavoz, para poder seguir manejando. 

-¿Si?

-Deten el auto. 

En el asiento de copiloto, Leonard mira el teléfono sin comprender.  

-Ray -trata de razonar Brig-, no sé lo que… 

-¡Deten el auto! -ordena impaciente. 

Brig obedece. Leonard mira alternativamente al aparato y a su hijo. 

-¿Qué está pasando?

-No tenemos tiempo -le interrumpe Ray. -Brig, acerca el teléfono al asiento trasero, necesito que me oiga. 

Esto es absurdo, pero este es el hombre que predijo cuánto tiempo tardaría Jake en regresar a casa. Brig saca el móvil del portavasos entre los dos asientos y se gira para acercarlo a su rebelde viajera, que no ha parado de llorar.

-Iremos a ver a Zack -casi grita Ray. 

Increíblemente, el anuncio la hace callar y sus ojos desesperados se clavan en el aparato.

-¿Zack? ¿Me voy a quedar con Zack?

-No, dije que tu papá te va a llevar a ver a Zack, para que te despidas. 

-Pero él no es mi papá. ¡Es un error! 

-Es tu papá ahora. 

-¡Tú no sabes nada! -y la frase termina en un tono agudo que anuncia el regreso de las lágrimas. 

-Puedes llamarme Shazam. 

Eso frena las intenciones de Dunia de empezar a patalear de nuevo. Mira de nuevo el móvil con atención y respeto. 

-¿Shazam el mago?

Los dos adultos intercambian miradas interrogantes, ninguno de los dos sabe qué está pasando. Eso sí, ambos notan que Ray no confirma su identidad cuando vuelve a hablar.

-Tu papá te llevará a despedirte de Zack. Después, irás con él a California. 

Dunia aprieta los labios y respira con trabajo, probablemente por todos los modos que se le salen de la nariz. Mira brevemente a Brig, con miedo y esperanza mezclados en sus ojitos, luego de nuevo al teléfono. 

-Él dijo que en California veré el mar. Dijo que hay una casa.  

-Es una casa muy bonita -le asegura Ray.

Brig se pregunta si sabe eso por sus poderes o porque le han mandado fotos. ¿Tal vez intervino de alguna forma en la compra? El siguiente giro de la conversación para en seco sus divagaciones. 

-Cuando llegues a tu nueva casa, podrás usar tu nombre verdadero. 

Dunia parece horrorizada por la idea. 

-¡Noooo! ¡No puedo! ¡Él también me va a mandar lejos!

-No -refuta Ray, y su voz transmite una seguridad que ninguna de las personas en el auto siente-, él no te mandará lejos. Hace mucho tiempo que estaba buscándote, te lo dijo. 

Brig da un respingo al oír como Ray repite lo que inventó sobre la marcha, como si fueran parte de alguna historia medio mágica, medio épica. 

-Te preguntará qué nombre quieres, y le dirás la verdad. 

-Tengo miedo -admite Dunia, con voz temblorosa. 

-Lo sé. 

Eso parece tranquilizarla.

-Claro -asiente-, porque eres el mago Shazam.

Ray ignora de nuevo el apelativo. 

-Pero el miedo pasará, te lo prometo. Ahora, tu abuelo Leo te dará una galleta. -Leonard abre los ojos, asombrado. En efecto, tiene una galleta dulce en el bolsillo, el postre del almuerzo que olvidó comerse con la prisa entre trámites y compras. Se la pasa sin decir nada- Te prometo que, cuando termines de comerla, empezarás a sentirte mejor. En cuanto bajes del auto para ir a la casa de tu amigo Zack, te sentirás de maravilla. Recordarás que no crees en ninguna de las tonterías con que te asustó Jenny. Todo eso son inventos, ¿recuerdas? 

Dunia asiente con la cabeza mientras mastica un pedacito de galleta. Traga. 

-Verdad. 

-Así que irás a California y serás feliz. 

-¿Lo prometes? 

-Nadie puede prometer el futuro -niega Ray, con voz dulce-. Te puedo prometer que el miedo pasará. El resto, depende de ti. Ahora debo irme. Come tu galleta despacio.

-¡Adios Shazam!

La llamada se desconecta. Cuando Brig mira de nuevo la pantalla, ve que hay un mensaje. Es un link de google maps. Muestra la ruta hacia una casa a unos cinco minutos. Debe ser donde vive el tal Zack. 

Llegan, como prometió Ray, justo cuando se acaba la galleta. 

Brig se gira hacia el asiento trasero.

-¿Esta es la casa? 

Dunia asiente, feliz. Su cara es un churrero adorable de mocos, lágrimas medio secas y migas de galleta de chocolate. Leonard resopla. Todo ha sido alucinante y su hijo tiene muchas explicaciones que darle, pero hay algo más urgente. Sale del auto, abre la puerta trasera y blande las servilletas húmedas como un arma.

-Hay que limpiarte esa cara, o tu amigo va a creer que te transformaste en trol. 

Sólo después que logra sacar la mayor parte de la dulce mugre de la cara y manitas, el abuelo abre el arnés para ponerla en el suelo. Brig la toma de la mano de Dunia. 

-Vamos a ver  a Zack. 

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