30 de enero de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 40

EL LARGO CAMINO A CASA (II)

"... No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte...."
Ítaca, Konstantino Kavafis

Minas Tirith

La carreta avanzaba despacio, pues el caballo era viejo y la lluvia de la noche había dejado los adoquines de la calle resbaladizos. El guía, medio dormido en el pescante, dejaba al corcel recorrer la ruta que se sabía de memoria mientras intentaba olvidar el frío y la fetidez de su carga con una bota de vino negro –no demasiado agrio. Tras la Curva del Tenedor, el caballo se detuvo a dos metros del dintel del palacete de los señores de las mesetas del Río Morthond. El carretero tomó su báculo, golpeó tres veces la pared y esperó el golpe apagado del saco de basura que lanzarían desde la poterna.

Como estaba adormilado y borracho, el hombre solo escuchó lo que esperaba: un saco que caía sobre los otros muchos sacos de basura de las casas nobles –asquerosamente similar a la basura de las casas plebeyas y a la basura de los lupanares. El breve quejido que surgió de entre los desperdicios nunca fue escuchado, y el carretón siguió su ronda lenta por el segundo y tercer círculos, a esa hora en que el sueño es más profundo y la noche más oscura.

El sol salió, y ya la carreta estaba cerca de la puerta entre el tercer y cuarto círculo. El carretero se desperezó y bajó de un salto, para ir hasta la Taberna de Poltam a devolver el pellejo de vino –ya vacío. La carreta quedó a un costado de la calle que se animaba paulatinamente con el amanecer. Comerciantes, sirvientes, soldados, mendigos, artesanos se cruzaban ahí, en la puerta del anillo, y estaban demasiado ocupados –en sus negocios, en no chocar los unos con los otros y en no acercarse demasiado al fétido vehículo- como para reparar en la figura pequeña y envuelta en un manto marrón que se escurrió hacia el suelo de entre los sacos de basura.

Mezclado con las personas que iban de un lado a otro en la rutina de la bulliciosa ciudad, el ser avanzó muy despacio ciudad arriba, hacia la puerta que separaba el segundo y primer círculos, allí le detuvo un soldado.

–¿A dónde vas, escoria?

Los ojos verdes, rojizos y hundidos en sus cuencas, se fijaron en el fornido guardia de la ciudadela, pero el hombre no reconoció aquel rostro sucio y delgado.

–Busco al tío Elros –dijo el mendigo lamiéndose los labios agrietados, en un vano intento de humedecerlos.

El soldado abrió un poco los ojos, pero se controló enseguida. Asintió y le indicó una puerta muy pequeña, a la derecha de la posta. El pordiosero entró y avanzó a tientas por la galería totalmente oscura. Tras unos diez minutos de marcha tuvo que detenerse, le dolía todo el cuerpo, y la férrea voluntad que le permitiera escapar ya no podía imponerse a los días de ayuno, el dolor de los golpes y el cansancio del insomnio. Dejó escapar un ligero quejido y, como si de la compuerta rota se tratara, al quejido siguió un sollozo, y otro, y otro. El ser se dejó caer en el suelo del pasadizo y lloró.

Así lo encontró Faramir, cuando, ya harto de esperar al mensajero, desandaba el camino de las catacumbas del Palacio Real de Gondor. La figura colapsada en el suelo era irreconocible con la escasa luz de la antorcha que llevaba el guerrero a su lado, por lo que se tragó la nausea que su olor le provocaba y se acercó.

–Soy Tío Elros.
El ser se sacudió, reptó hacia atrás casi un metro y controló su llanto.
–Entiendo que tienes un mensaje para mi –exigió Faramir, deseoso de alejarse cuanto antes de aquella fetidez.
El otro sacó una mano sucia y con marcas de sangre seca de debajo de su manto, la apoyó en la pared y se irguió lentamente. Luego dejó caer el pliegue que cubría su cabeza y rostro.
–Buenos días, señor Príncipe de Ithilien.

El soldado dejó escapar un gemido de horror, Faramir se llevó la mano a la boca, tratando de conjurar alguna expresión semejante. El pelo, antes rojo, brillante, sedoso, era un moño sucio y opaco, con pegotes de color marrón que podían haber sido sangre o excremento. Los ojos ya no brillaban de alegría con ese fuego verde tan singular, pues estaban opacos y llenos de miedo. Los labios que tan bien conocía, rosados y carnosos, eran una línea agrietada y azulosa. La piel –por los Valar- aquella piel dorada y tersa, lucía anormalmente pálida, y un costurón rojizo, apenas cerrado, cruzaba desde el puente de la nariz hasta la mandíbula, deformando el lado derecho del rostro antaño casi femenino.

–¿Duilin?
El muchacho pareció encogerse y bajó los ojos.
–Lo lamento, mi señor, pero no pude escapar antes.
–¿Escapar? –le interrumpió Faramir. –Tu padre dijo que estabas enfermo, ¡estuve a visitarte hace dos días!
Una mueca surgió en el rostro del adolescente, y fue especialmente desagradable a causa de la herida de la mejilla.
–Con perdón, mi señor, pero no se quién ocupe mi recámara desde hace diez días.

Faramir asintió, de repente la penumbra de la habitación del enfermo y la insistencia del sanador en que no se acercara demasiado, por el peligro del contagio, adquirieron otro significado. La rabia crecía a pasos agigantados en el interior del Senescal, pero se obligó a retrasar eso. Ahora lo importante era el chico.

–Debes estar cansado y hambriento –dijo al tiempo que le tendía una mano, pero Duilin volvió a retroceder con miedo.
–Estoy sucio.
El hombre no discutió la violenta reacción, en especial porque era evidente que el muchacho se hallaba al límite de sus fuerzas.
–Entonces sígueme, un buen baño y un desayuno hacen milagros en un cuerpo agotado –se obligó a sonreír para darle ánimos. –Luego un sanador verá tu herida.
El joven asintió, y en silencio siguió a Faramir hacia los niveles superiores del palacio.

Un rato después, tras lavarse celosamente el pelo y tomar una comida completa y caliente por primera vez en diez días, Duilin estuvo listo para narrar sus descubrimientos a Faramir y Arwen. La trama de intrigas que se tejía en los salones del señor de las mesetas del Río Morthond no sorprendió a la pareja, aunque los detalles aportados por el muchacho aclaraban puntos hasta ese momento oscuros.

–… al retroceder choqué con un jarrón. No llegó a caerse, pero el ruido alertó a los perros, que se lanzaron sobre mi –delineó entonces la herida de su cara. –Luego me llevaron a una mazmorra. Mi nana me cosió las mordeduras más grandes y esta madrugada pude salir, metido en el carro de los desperdicios. Es por eso que vine en esa facha, mi señor –concluyó el muchacho con un suspiro.

Arwen sonrió con afecto y tristeza. Faramir contuvo un bufido de desagrado. Debían tomar medidas, pero con cuidado de no descubrir su fuente de información. Esperaba que la evasión del prisionero pasara desapercibida un tiempo más. En realidad, lo más probable era que su padre Duinhir ni imaginara que el chico tendría entereza para escapar. ¡Por el Ojo! Él mismo todavía no podía creer que el melifluo y delicado secretario de la regente estuviera ante él, con esos ojos oscuros, amargados.

–Es hora de que descanses, Duilin –ordenó Faramir al tiempo que se levantaba.
–Cuando estés despejado, un sanador vendrá a revisar tu herida.
–No se preocupe por eso. Solo necesito dormir un poco.
–Pero con tratamiento, podrían desaparecer esa cicatriz.
–La herida ha cerrado –repuso el joven con decisión. –Y esta marca me ayudará a recordar ¿entiende?–explicó con un dejo de amargura.

El Senescal quiso argumentar algo más, pero Arwen puso una mano sobre su hombro y le miró con intensidad. Faramir sacudió la cabeza, era cierto, ya Duilin no era un niño.

–Que duermas bien –fue todo lo que dijo antes de abandonar la estancia.

Carroca

Halladad tomó con la punta de los dedos el dulce y lo llevó a los labios de su esposa con cuidado. Ella rió bajito, pero se dejó poner la golosina en la boca, masticó despacio y sonrió.

–Me mimas demasiado –afirmó divertida.
–Tal vez –concedió el Rey-, pero no parece molestarte.
–Es que me parece mal contradecir al Rey –fingió disculparse ella.
–Yo creo que…

El rumor de caballos y voces airadas cortó su piropo. Los esposos intercambiaron una mirada de alegría, luego él se levantó del lecho, tomó una túnica ligera colgada de un gancho junto a la entrada de la tienda y salió.

No había luna, y las estrellas brillaban por sobre el campamento de los elfos silvanos con fuerza. Las figuras espigadas de los recién llegados apenas podían distinguirse, y eso gracias a las antorchas dispuestas delante de las tiendas y alrededor del área que ocupaban, pero Halladad no necesitaba la luz del sol para reconocer esa manera de cabalgar. Se acercó a la zona donde visitantes y sirvientes se arremolinaban entre corceles sudorosos, equipajes y armas.

–¿Fue bueno el viaje?
Dos elfos giraron hacia él, con sendas sonrisas en sus rostros.
–Imagínate –le respondió el de brillantes ojos verdes–, las aguas del deshielo aún no se calman, casi nos ahogamos un par de veces.

Halladad asintió, tal y como lo imaginara, ninguno de ellos deseaba posponer el encuentro más de lo imprescindible. Habían montado el campamento tres días antes, cuando el río apenas recuperaba su cauce tras los deshielos primaverales. Algunos consejeros creían que podía dar la desagradable impresión de que deseaba librarse de la deuda cuanto antes, pero aquí estaban los gemelos, para probar de nuevo que los conocía. ¡Vaya si los conocía!

–Los llevaré a su tienda –ofreció.

Ambos recién llegados tomaron el equipaje de la grupa de sus respectivos caballos y le siguieron a través del conjunto de tiendas y carpas hasta un pabellón de brillantes bordados en oro que refulgían bajo la suave luz de las estrellas. Dentro, el suelo estaba cubierto con una rica alfombra roja y negra, iluminado por numerosas lámparas de aceite aromático, amueblado con cojines y una cama al nivel del suelo. Una cortina ocultaba el extremo derecho de la carpa, pero el sonido de agua cayendo sobre metal permitía adivinar que un sirviente preparaba el baño.

Elladan hizo una reverencia ante su amigo.
–Nunca podré ser tan buen anfitrión como tu –aseguró.
–Ni yo tan buen estratega –devolvió el halago.
El gemelo asintió sonriente, demasiado cansado para involucrarse en un torneo de galanterías con su amigo.

Guardaron silencio hasta que el elfo que preparaba la bañadera abandonó la estancia. Una vez solos, las sonrisas desaparecieron: ya habían cumplido la comedia de los excelentes amigos que se reencuentran y saltan los protocolos, necesaria para que los más suspicaces confiaran en la positiva consideración de los soberanos de Imladris respecto al gobernante del bosque. Ahora, verdaderamente solos, los noldor dejaron ver todo su cansancio y el agobio. Ellohir se dejó caer en uno de los cojines y empezó a desatar sus botas, con claras intenciones de irse a lavar y dejar la enojosa e imprescindible charla a su gemelo. Elladan contuvo un mohín de alivio: su pareja estaba en la peor fase de la lunación, estado absolutamente incompatible con la diplomacia.

Hizo una seña a Halladad y fue a sentarse en unos cojines en el centro de la tienda, lejos de las traidoras paredes de tela y cerca del candelero que daba calor a la estancia.
–Deseamos oír tu versión –y ahora su voz no pudo, o quiso, ocultar la angustia largamente reprimida.

El joven Rey de Erys Lasgalen suspiró, esta iba a ser una charla difícil. ¿Cuándo es fácil narrarle a un hijo la muerte de su padre? Aún cuando no se llevaran bien, sabía que Elrond gozaba del respeto de sus tres hijos. Poco a poco desgranó la historia del torneo, la intervención del Medio Elfo para salvar a Legolas, la maldición inscrita en la daga, el suplicio que fueran sus últimos días, su petición de una muerte rápida. Elladan no le interrumpió, tan solo asentía despacio y miraba el fuego.

A medida que la narración avanzaba, Halladad escrutó a su amigo, tratando de hallar en el impasible rostro alguna señal que le permitiera adivinar qué sentimientos se debatían en su corazón. Evidentemente, nada de esto era noticia, los gemelos ya sabía las versiones de Aragorn y Legolas. ¿Por qué entonces dejarlo hablar? No lo sabía, pero cumpliría el pedido ya que nada más había podido hacer por su difunto padre.

–De acuerdo –aceptó Elladan cuando terminó de describir las medidas tomadas para embalsamar el cuerpo de su padre. –Ahora dime de dónde sacaron la idea de incluir a Amroth en el pago de desagravio.

El sinda bajó los ojos, tratando de ganar tiempo para organizar sus ideas, y maldijo a Feanor por su manía de tomarse la justicia por su mano y meterlo en semejante enredo. Al fin respiró hondo, y se lanzó de frente.

–Porque no puede quedarse en el bosque, fue hallado culpable de dejar escapar a un enemigo de la corona y regicida, si se quedara, aún con mi perdón, su vida allí sería imposible.
–Pero eso no significa que le entregues como parte de un botín de guerra –le recriminó Ellohir, que había aparecido de repente a su lado.
El gemelo mayor le hizo callar con una mirada, y volvió a mirar a Halladad, quien continuó.
–De acuerdo, no lo justifica, pero tenía que sacarlo sin provocar una guerra en el Clan de mi esposa. Feanor es un poco…, digamos que chapado a la antigua ¿vale?

Ellohir abrió la boca para decir algo más, pero su hermano le tomó una mano, en señal de advertencia. Ambos se miraron, y establecieron una de esas conversaciones de miradas y susurros comunes entre los gemelos. Tras lo que Halladad supuso una tensa negociación –por los rostros crispados y el destello de los ojos-, el hermano mayor volvió a dirigirse a él.

–Entiendo que tienes que sacarlo del reino, mantener contento a tu cuñado, y pagar la deuda del bosque simultáneamente –repasó en tono apacible. –Pero, querido Halladad –y los ojos marrones del Señor de Imladris se estrecharon–, ¿por qué tengo la impresión de que te estás saltando un detalle?

El sinda resopló para sus adentros, a veces le molestaba que ellos tuvieran un conocimiento tan basto de las leyes y costumbres de elfos y hombres. Recordó el pedido de Maerys, pero, tal y como había supuesto, era imposible hacer pasar por tontos a los hermanos en este tipo de asuntos.

–Supongo que ustedes nunca se tragaron la romántica historia de que Maedros les había prohibido dejar el bosque –los otros dos asintieron. –En realidad, mi padre obligó al viejo a jurar servicio a la familia a cambio de permitir su estadía en el reino, solo mi esposa fue declarada libre porque había nacido en el palacio. Son esclavos, mis esclavos –puntualizó.

Los gemelos intercambiaron miradas incómodas. Habían supuesto algún contrato de servicio, acaso un juramento de servidumbre pero ¿esclavitud? Eso era algo que practicaban los mortales, siempre violentos y deseosos de dominar, en la sociedad élfica aquello se consideraba una abominación, un recuerdo vergonzoso de la Segunda Edad y las perniciosas influencias de la cultura humana entre los primeros nacidos.

–Ustedes saben lo que eso implica – siguió después de un momento–, y Feanor tuvo el buen gusto de recordarme que no necesito el permiso de nadie para matar, o mandar a matar, a Amroth. Convencerle de que era beneficioso dejarlo vivir fue difícil, pero no puedo expulsarlo sin más, porque lo interpretaría como una ofensa a la familia –el joven Rey se detuvo un momento, no dudaba de la discreción de los hermanos, pero decir lo siguiente lo haría vulnerable, y odiaba saberse vulnerable. –Mi cuñado no es el único que cree que Amroth debe ser un escarmiento: mi trono no es seguro aún, y yo debo demostrar que puedo tener mano firme –ahora su voz se tiñó de amargura–, una firmeza mayor a la del Rey anterior.

Halladad volvió a detenerse, explicar sus razones para entregar –literalmente– al jovencito era difícil, porque implicaba hablar de la relación que ellos mantenían. Era consciente de la misma desde hacía siglos, pero nunca se había arriesgado a mencionarla, en parte porque los mismos gemelos jamás permitieron que el tema saliera a flote, en parte porque no estaba seguro de qué posición tomar al respecto. Suspiró.

–Recuerdo muy bien aquella noche, la manera en que miraban a Amroth y la reacción de Feanor. Se que nunca habrían sido tan atrevidos sin estar seguros de sus sentimientos. Una vez quise poner a Legolas bajo vuestra protección y, aunque no pudo ser, estoy seguro de que ustedes le habrían cuidado y protegido, que nunca lo habrían forzado a… a nada que él mismo no deseara.

Halladad se detuvo a mirar a Ellohir, cuya expresión se debatía entre el asombro y el ultraje, luego a Elladan, que había controlado su faz, pero cuyos ojos marrones brillaban peligrosamente. Continuó en voz muy baja, casi suplicante.

–Amroth es mi hermano ahora, es mi deber asegurar su futuro. A diferencia de lo que ocurrió con Legolas, no son indiferentes a él, y no puedo imaginar una familia más adecuada para él. ¡No me interrumpas Elladan! Nunca opiné sobre ustedes, ni voy a opinar, no creo que me corresponda, pero me precio saber leer en los gestos y miradas de las personas. Ustedes han sido buenos líderes y guerreros entre elfos y hombres, excelentes padres para Estel, son… la pareja mejor llevada que conozco. Amroth ha sufrido mucho, necesita apoyo, cariño, Maerys y yo no le podemos ofrecer nada de eso sin empeorar las relaciones de la familia.
–Nosotros tampoco podemos ofrecerle mucho –advirtió Ellohir.
Su amigo le dedicó una mirada asombrada.
–¿Acaso vuestro amor no es suficiente?
Los gemelos intercambiaron una mirada dubitativa. ¿Era suficiente? Había sido suficiente para ellos, pero ¿tenían derecho a seducir al jovencito para que fuera víctima del mismo prejuicio que ellos?
–Halladad –habló el mayor- ¿no te parece que Amroth tiene derecho a opinar?
El sinda puso los ojos en blanco.
–Créeme, no me habría metido a alcahuete sin escuchar personalmente a quién llama mi cuñadito en sus sueños –ahora los elróndidas enrojecieron de asombro. –Pero jamás lo admitirá estando consiente, porque no se cree con derecho a disponer de su corazón, porque les ve como algo inalcanzable.

Los hermanos volvieron a discutir en su lengua particular, pero Halladad estaba seguro de que aceptarían su propuesta, no solo porque era razonable, sino porque coincidía con los deseos de los tres involucrados. ¿Qué más se podía pedir? Tras varios minutos de negociación, Elladan se volvió a mirarle.

–De acuerdo, lo llevaremos a casa.

Rohan

Eomer contempló desde la ventana la amplia extensión de carpas blancas, al oeste de Edoras. El campamento donde los elfos del bosque dorado descansaban en su camino a Ithilien era amplio, limpio y ordenado. Una delicia para los ojos, sin duda, pero él estaba preocupado. Si bien a los rohirrim la presencia de los elfos les llenaba de alegría –nadie ignoraba su importancia en la batalla de Helm–, el joven Rey estaba seguro de que su llegada a la Ciudad Blanca no haría más que precipitar los planes de los que conspiraban contra Aragorn.

Como soldado, Eomer había reconocido la capacidad bélica del millar de elfos que se dirigían a Gondor. Otros verían lo mismo y, aunque el objetivo de los migrantes no fuera la guerra, sin duda serían un factor a considerar por las facciones políticas que se agitaban en el Sur. Aunque nominalmente neutrales, estos bellos ancianos eran fieles a Arwen, como nieta de Galadriel, y al clan de Elwe Singollo, cuyo último descendiente mortal era Elessar I, más conocido como “Aragorn, el Rey que se esfumó con su amante”.

El hombre frunció el ceño al recordar el apodo que corría de boca en boca por las calles de Minas Tirith, según le comentara su hermana en la última carta. Sin duda era un eslabón más en la campaña para desprestigiar a su amigo, pero él poco podía hacer. No temía por su hermana ni por Arwen –ambas eran demasiado importantes más allá de las fronteras para que se atrevieran a tocarles un pelo–, pero Faramir y sus aliados eran otro cantar. Eomer temía, con razón, que el arribo del contingente de inmortales disparara cualquier atentado que se planeara contra el Senescal, dejando a Eowyn viuda antes de casarse.

Las noticias que llegaban por correo ordinario de su hermana y por mensajes cifrados de parte de Faramir, le producían una sensación de impotencia constante. Lejos estaba Rohan de ser el reino poderoso de cincuenta años atrás, Eomer sabía que carecía del poder para intervenir en las peleas de la nobleza gondoriana. De hecho, enviar la guardia de honor de su hermana había sido un duro golpe para el ejército, pero nadie se había cuestionado la decisión: la nobleza obliga. Ahora, sin embargo, en la falda oeste de Edoras estaba su oportunidad de ganar tiempo para Faramir y Aragorn, incluso, mal que le pesara, para Legolas.

–Hastings, mi abrigo –pidió en voz baja al tiempo que se apartaba de la ventana.

El paje salió del rincón donde esperaba y presentó a su amo la pieza de piel sin curtir. Luego tomó al vuelo su propio abrigo, el neceser y corrió a abrir la puerta del despacho. En silencio atravesaron las salas frontales de Medusel y salieron las caballerizas. Eomer y Hastings tomaron dos caballos frescos, de los que siempre estaban ensillados para los mensajeros, y siguieron a trote suave hacia las puertas de la ciudad.

Llegaron al campamento élfico en poco tiempo, pero Eomer consideró poco educado irrumpir entre las albas carpas montado, y bajó de la silla. Siguió caminando, sabía que su paje y cinco soldados le flanqueaban, y que el sexto guardián esperaba con las riendas de los caballos y el cuerno de aviso presto. Sonrió levemente: esos protocolos no habían salvado la vida de su primo, ni facilitado las infidelidades de su tío, verdaderamente, si hallaba una mujer que no huyera de tal parafernalia, ella sería la indicada para compartir el trono de Rohan –así fuera coja, jorobada, narizona y morena.

Recorrió el camino hacia la tienda principal meditabundo: consciente de que la diplomacia no era su fuerte, Eomer trataba de elegir sus palabras, de modo que suavizaran el efecto de su duro acento rohirrim en los delicados oídos élficos. La tarde anterior se había presentado ante la corte Rúmil, el hermano menor de Haldir y vocero de los elfos viajeros. Esperaba que este elfo fuera tan cauto como su hermano y, en especial, que su ascendiente sobre el resto de la compañía bastara para retenerlos hasta la llegada de Aragorn y Legolas, donde quiera que se hubieran metido a fornicar.

En la puerta de la tienda estaba ese chico con pinta de salvaje que acompañara a la delegación la noche anterior. No parecía delicado o sofisticado, muchísimo menos impasible, y ello había llamado la atención del hombre, intrigado por ese elfo tan poco élfico. Al encontrarlo aquí, su curiosidad aumentó. Bueno, tal vez, si lograba impedirles la partida, pudiera conocer mejor a este raro ejemplar de ceño eternamente fruncido.

–El Rey de Rohan desea hablar con Rúmil, elfo del Bosque Dorado –anunció uno de sus guardianes con tono pomposo.
Geniev no contestó, en su lugar una cabeza rubia asomó desde el interior de la tienda.
–Lo estamos esperando, Majestad.

Eomer avanzó, seguido por el silencioso Hastings, sin extrañarse de que Rúmil ya supiera de su visita. Había notado las postas y el orden racional de las habitaciones: a él no lo engañaban: aunque no estuvieran en guerra, estos acampaban en formación militar. Y eso estaba bien, por supuesto, solo que no le iba a gustar a unos cuantos en Gondor. Definitivamente, debía detenerlos.

El interior de la tienda era sencillo: una alfombra gruesa, varios cojines alrededor de una estufa, lámparas de aceite sobre altos pies (ahora apagadas), una cama a nivel del suelo y un amplio biombo en un extremo que ocultaba el vestidor. El elfo –¿o elfa?– que le invitara a pasar, hizo un gesto señalando los asientos donde le esperaba ya Rúmil. Eomer fue a sentarse a su lado.

–Saludos, Majestad.
–Mis mejores deseos, Rúmil.

Eomer guardó silencio, mientras esa persona de sexo indescifrable presentaba una bandeja con pasteles e hidromiel. Fue a tomar un trago sonriente, pero… parpadeó confuso: había cuatro copas. Miró a su anfitrión, que sonreía solo con los labios, mientras sus ojos permanecían duros, examinando al Rey como a un insecto. Trató de no amedrentarse ante la mirada, cosa difícil. ¿Qué ocurría?

–No es correcto servirse antes de que lleguen todos los invitados –dijo una voz a su espalda.
Eomer giró con celeridad y se lanzó contra el pecho de su amigo, estrechó con fuerza el torso, al tiempo que sentía que un gran peso le abandonaba.
–Estás vivo –susurró.
No podía decirlo en voz alta, hasta pensarlo le había parecido traición todos esos meses.
–Claro que estoy vivo, y sigo gustando del hidromiel del Bosque Dorado –repuso el dunedain suavemente.

Eomer comprendió la insinuación y se apartó de él, avergonzado de su efusividad. Pudo ver de frente el rostro de Aragorn, y, detrás de él, al elfo culpable de todo. Era tal su felicidad, que no tuvo que fingir amabilidad con el otro.

–Es un gusto verte a ti también, Legolas.

El rubio asintió en silencio, y fue a sentarse junto a Rúmil, que había permanecido en su puesto, observando las reacciones del rohirrim. Los dos reyes se sentaron y Legolas sirvió bebidas para todos.

–¿Cuándo planeabas decirme que estabas aquí?
–Debes disculparme, amigo, pero la cautela era necesaria. Contábamos con que vendrías a ver a Rúmil en poco tiempo –se disculpó el moreno.
–En realidad tienes razón, precisamente venía a verle –señaló con un gesto del mentón al galadrim– para hablar de la situación en Gondor –eso ensombreció los rostros de sus interlocutores. –Pero ahora que estáis aquí, las cosas se facilitan.

Ante el gesto de invitación de Aragorn, Eomer comenzó a explicar lo que había ocurrido en Gondor durante su ausencia, tal y como le habían permitido reconocerlo los mensajes de Eowyn y Faramir.

–¿Y dónde han estado ustedes todo este tiempo? –preguntó el rohirrim cuando terminó su narración.
La pareja intercambio una mirada incómoda, y Eomer temió que sus peores sospechas fueran ciertas.
–Después de llegar a Mirkwood tuvimos unos problemas con Thranduil –explicó despacio Aragorn–, y nos vimos forzados a viajar hacia Rivendel de modo… apresurado. Luego Legolas enfermó y ningún sanador del valle pudo ayudarnos, así que viajamos hasta los Puertos Grises –el príncipe se removió incómodo y su esposo le tomó la mano de manera automática. –Círdan, señor de los Puertos, salvó a Legolas, como ves, pero él quedó muy debilitado, así que esperamos el fin del invierno en La Comarca antes de emprender el regreso.

El Rey de Rohan asintió en silencio. Estaba sorprendido. A partir de la desaparición de la pareja, lo que más le molestaba era la convicción de que Aragorn, simplemente, se había olvidado de todo y todos, ambos se habían entretenido fornicando en su secreto viaje de novios y el invierno los había aislado en algún territorio élfico. Por supuesto, la culpa era del elfo, que sería muy buen guerrero, pero también un egoísta de marca mayor al seducir y secuestrar a su amigo, sin contar que lo había convencido de casarse, otra tremenda irresponsabilidad en la cual no acababa de entender como había participado Faramir.

Levantó los ojos hacia Legolas, que, ahora que se fijaba, lucía mayor ¿no se suponía que los elfos no envejecen? Pero estaba seguro. El verano anterior el príncipe de Mirkwood aparentaba estar al final de la adolescencia y ahora era un joven de veintitantos. ¿Sería efecto de la enfermedad? Ni idea, pero la pareja de Aragorn no solo lucía mayor, sino melancólico. Apenas había despegado los labios en las dos horas largas que llevaban hablando.

–Espero que estés totalmente recuperado –dijo por no ser descortés.
Legolas asintió, pero en lugar de abrir la boca, tomó un trago de su copa.
–Ya está casi sano –respondió Aragorn en su lugar.

Este mutismo intrigó a Eomer, pero decidió dejarlo pasar, no que él tuviera muchas ganas de conversación tampoco. Prefería regresar a los problemas que les aguardaban.

–¿Qué piensas hacer ahora?
–Hemos estado demasiado tiempo lejos –afirmó el hombre, y se volvió directamente hacia su esposo. –¿Qué crees, Legolas?
El rubio irguió la cabeza y miró directamente a los ojos grises que tanto amaba.
–Que es hora de que Gondor por fin tenga Rey.

Casi puedo oler el aroma de nuestra casa.

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 39

EL LARGO CAMINO A CASA (I)

"... Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas...."

Ítaca, Konstantino Kavafis

Imladris

Glorfindel terminó de acomodar el pañal de su hija y suspiró con satisfacción, junto a la ventana, su esposo dejó escapar una exclamación. El rubio levantó la mirada, intrigado.

–Han regresado –anunció Erestor con expresión impasible.

Se dirigieron a las puertas de la casa en silencio y, durante la caminata, el Consejero no puso dejar de sentirse un poco inquieto: simplemente, no tenía energías para lidiar entre Erestor y los gemelos.

Por supuesto, su esposo sabía -¿quién no sabía en Imladris?- de la relación entre los hijos de Elrond, pero en vez de mantenerse neutral al respecto, había dejado en claro su profundo desagrado por el hecho. Ahora que Elladan era el nuevo Señor, Glorfindel se preguntaba cómo podrían trabajar juntos, si el día menos pensado no se encontraría con la disyuntiva de elegir entre sus pupilos y su pareja. Por suerte o por desgracia, los gemelos no habían tenido tiempo para renovar el Consejo de Imladris, a causa de la noticia del secuestro de Legolas. Ahora el único tema en que le era imposible contemporizar con su pareja estaba a las puertas de su hogar, y el vencedor del baldrog se descubrió lleno de ansiedad, estrechando a Idril un poco más de lo necesario.

Al llegar a la gran escalera de mármol y madera finamente tallada, se encontraron a los gemelos casi dentro de la casa. Ambos consejeros hicieron una leve reverencia.

–Bienvenidos a su hogar sean los señores –dijo el Primer Consejero en su más exquisito sindarín. Casi al instante estaba dentro del fuerte abrazo de Elrohir.
–¡Ha nacido! –fue el emocionado saludo del gemelo.
–Si, mi señor –explicó sin poder ocultar el orgullo. –Nació la noche a partir de la cual los días empiezan a alargarse (21 de diciembre, solsticio de invierno).
–Eso es un excelente augurio –comentó Elladan a unos pasos de distancia, siempre más controlado en sus expresiones públicas de afecto.
–¿Cuál es su gracia? –preguntó volviéndose en dirección al Segundo Consejero.
–Idril –respondió Erestor con el rostro inexpresivo, lo suficientemente diplomático como para callarse lo incómodo que estaba con la cercanía de los gemelos y su bebé, pero incapaz de fingir felicidad.

Hubo un carraspeo incómodo, que les recordó que los únicos recién llegados no eran Elladan y Elrohir. Glorfindel giró el rostro con una amplia sonrisa… que se le congeló en el rostro al reconocer la delgada figura de Legolas, y su mirada borrosa, húmeda.

–Bien hallados sean los consejeros Glorfindel y Erestor, así como su retoño –saludó el rubio príncipe con voz estrangulada.
El Primer Consejero de Imladris dio un paso para acercarse, pero el sinda le detuvo alzando una mano. El comprendió –¿cómo no comprender?
–Bien hallados sean los soberanos de Gondor y Arnor –respondió con la mayor formalidad.
–Es un placer volver a los jardines de Celebrian y comprobar que la magia del amor sigue…
Legolas no pudo continuar, la voz se le quebró y bajó corriendo las escaleras para luego perderse en los jardines. Su esposo se disculpó con la mirada y lo siguió.
–Así de mal salieron las cosas –comentó el rubio consejero.
–Podría haber sido peor –repuso Elrohir, incluso parecía que el gemelo menor iba a decir algo más, pero la mirada del Segundo Consejero le detuvo.
–Creo que este no es lugar para ponernos al día –explicó Erestor. –Los señores necesitan descanso y alimento. ¿Puedo sugerir un encuentro en el despacho tras la comida de la tarde, Señor?
Elladan asintió con un gesto vago, sus ojos seguían fijos en el recodo por donde se marchara la joven pareja. De repente recordó que su única preocupación no eran Estel y Legolas.
–¡Geniev! –llamó sin preocuparse de buscarlo con la mirada, ya se había acostumbrado a la capacidad de camuflaje del chico.

El medio elfo salió a cuatro patas de detrás de unos arbustos, con sus ojos oscuros oscilando entre los dos desconocidos y los guardias que intuía en los alrededores. Alarmado por su evidente sigilo, Erestor dio un paso para ponerse delante de Glorfindel y su hija, al tiempo que llevaba la mano al puño de su espada corta, profusamente decorada, pero no por eso menos funcional. Geniev se congeló al ver el gesto y gruñó de modo amenazador.

–¡No!–intervino Elrohir.
El gemelo bajó la escalera y se acercó al temeroso chico con gestos pausados, las manos a la vista.
–Son amigos –dijo muy despacio en lengua común, y tendió una mano.

Geniev luchó unos instantes entre el instinto y la razón. No estaban en la Comarca, donde los medianos eran fáciles de evadir. Este sitio estaba lleno de elfos, guerreros de excelente puntería que lo matarían en medio de la noche. Lo sabía. Pero ellos le habían traído ¿no?, dos de ellos vivían aquí, debía ser seguro, siempre que no ofendiera a nadie. Finalmente tomó la mano del gemelo y se irguió. Se ganó una amplia sonrisa y la evidente relajación de los desconocidos de la escalera.

–Ven –Elrohir lo condujo suavemente en dirección a los escalones y se detuvo ante los consejeros. –Les presento a Geniev, el famoso Fantasma de Fornost, quien encontró a Legolas.
–Es… un gusto –saludó el chico con pésimo acento.

Ni Glorfindel ni Erestor estaban muy seguros de cómo reaccionar, en parte por la actitud sigilosa del desconocido, en parte porque su frase indicaba que no entendía mucho del lenguaje élfico. Por suerte, Elladan cortó la incómoda situación.

–Ro, busca una habitación para Geniev, yo voy a dejar el equipaje de Estel y Legolas –se volvió luego hacia los esposos. –Consejeros, los veré a la hora acordada en el despacho.

Y, para fastidio de Erestor, se marchó sin esperar respuesta.

Esa noche, el Segundo Consejero de Imladris no pudo dormir. Después de dar vueltas durante un par de horas en la cama, decidió ir a sentarse en la biblioteca, para poner en orden sus ideas sin molestar a su esposo. Demasiadas cosas, y muy pocas de ellas agradables, les había revelado su Señor en la reunión de la tarde. Toda la aventura del matrimonio secreto de Estel y Legolas, así como la cadena de desgracias que les llevaran a perder a su primer hijo se le antojaban familiares, terriblemente familiares. La historia de la familia de Elrond tenía constantes inevitables, al parecer.

De golpe recordó “El Proyecto”. Erestor frunció el ceño, Elrond le había hecho ese último encargo en calidad de amigo, confiando en su habilidad con los idiomas y su discreción, pero no había dejado instrucciones claras de cómo usarlo. Bueno, siendo honesto consigo mismo, tenía una idea bastante clara de para qué deseaba Elrond esa traducción, más bien, para quién, pero… Si hacía lo que sabía que su amigo deseaba, estaría traicionándose a sí mismo, y si no, la última oportunidad de salvar el legado de los elróndidas se perdería.

¡Por el Ojo! ¿Por qué todo empezaba y acababa en ese par de aberrados? El elfo repasó de memoria las líneas generales del documento, cuya traducción le había llevado casi treinta años y mucho debate ético. Al principio había pensado en el asunto como un simple ejercicio patrimonial, pero en la medida que comprendía el texto, sus detalles, entendió también la emoción y el secretismo de su Señor para con el material. Y ahora… estaba en una situación absolutamente inesperada: con su empleador muerto, gobernado por un elfo al que despreciaba y con las llaves para normalizar la sucesión del trono en sus manos. ¡Oh! Por supuesto, Erestor no había llegado tan lejos infravalorando a sus semejantes. Podía considerar a Elladan un inmoral, pero nunca dudaría de su valor: elegiría a su hermano antes que al valle y, ¿qué sería entonces de la Última Morada?

La luna iluminó totalmente la estancia, y Erestor supo que era casi hora de alimentar a Idril. De regreso a sus habitaciones, pasó por delante de la ancha puerta que conducía a la recámara de sus señores, la conciencia de lo que podía estar ocurriendo ahí le llenó de asco. Guardaría silencio, decidió ya ocupado en ayudar a su esposo en el proceso de darle el pecho a la pequeña. Mientras nadie le preguntara, él no tenía que responder.

Para cuando los primeros rayos del sol tocaron el valle de Rivendel, ya Geniev estaba despierto, tratando de descifrar los ruidos de la nueva y gran casa a donde lo habían traído. Él conocía el valle siempre verde, por supuesto, pero jamás había soñado con entrar a sus límites, menos al interior de los elegantes edificios de color claro que se alzaban como agujas entre el follaje. Y ahora estaba aquí, aunque que no por mucho tiempo.

A Geniev le era muy difícil volver a hablar, no digamos hablar con fluidez un idioma completamente nuevo, pero ya comprendía suficiente élfico como para saber que esta era una escala, que el destino de Legolas y Aragorn estaba en el sur, junto al poderoso Anduin. Eso lo llenaba de zozobra.

La verdad sea dicha, cuando Legolas le hablara de llevarlo a casa, Geniev no había creído en su promesa. Esperaba un poco de comida, tal vez una muda de ropa nueva y de nuevo al camino. Pero, tanto el Lindon como en la Comarca le habían tratado con cuidado y deferencia, hasta con respeto. Trancos estaba lleno de agradecimiento, y los gemelos le hablaban despacio, para que aprendiera la lengua de los elfos. En esos meses nadie le había mirado con fijeza, muchísimo menos habían intentado tocarlo, nadie le consideraba un bicho y, después de todo, ¿por qué iban a hacerlo? Ellos eran elfos, él un medio elfo, ninguna extrañeza podía esperar.

Pero en el sur no había elfos, a menos que las cosas hubieran cambiado enormemente con la guerra. En el sur todos eran hombres, hombres rudos –bien que lo recordaba en la piel- y burlones. ¡Claro! Trancos era Rey en el Sur, como su protegido nadie se reiría, y hasta podría vengarse de quienes antes…

El muchacho cerró los ojos con fuerza, tratando de conjurar el dolor que esos recuerdos le traían siempre. Volver al Sur sería también revivir esos recuerdos, la humillación, el dolor, la vergüenza. ¿Estaba dispuesto? No tuvo tiempo de ponderar eso, alguien se acercaba a su habitación –reconoció los pasos de Trancos- y hubo tres toques discretos en la puerta.

–Adelante.
El hombre entró despacio y cerró la puerta tras de si, lo cual disparó las alarmas del chico. Pero su rostro permaneció impasible.
–Buenos días, Geniev. ¿Dormiste bien? –saludó Aragorn en la lengua común.
–Una cama suave –respondió, al tiempo que calculaba la distancia hasta la ventana.

Aragorn sonrió, a veces le costaba seguir el sentido de las respuestas del jovencito. Por supuesto, alguien que llevaba demasiado tiempo hablando solo consigo mismo no necesitaba ser demasiado coherente. Pensó de repente en Gollum, ¿eran así los diálogos de Frodo y el atormentado ser? No importaba, ahora, por suerte ya no importaba. Trató de concentrarse en Geniev.

–Seguiremos viaje al sur mañana temprano –le informó.
–¿A caballo?
–Llevaremos caballos, pero podrás caminar si lo prefieres –ya había notado que al chico no le sentaban las largas cabalgatas.
No hubo respuesta vocal, solo un leve asentimiento, Geniev parecía interesado en los árboles del jardín de Celebrían.
–Hay algo más, cuando lleguemos a Gondor…
–¿Anduin?
–Si, el poderoso Anduin riega una parte de las tierras de Gondor. Entiendo que eres del sur, ¿tienes familia a la cual buscar?

Esto si que asustó a Geniev. ¿Cómo sabía Trancos que era del sur? ¿Qué decirle? Si el hombre supiera su verdadero origen, lo echaría, estaba seguro. Sin embargo, muchas estaciones habían pasado desde que remontara el rio en busca de la gente hermosa, lo más probable era que…

–Muertos –respondió sin valor para mirarle a los ojos.

Aragorn asintió en silencio, había previsto algo similar. Uno no encuentra a un medio elfo ermitaño sin razones verdaderas, sin razones de sangre. ¿Sería capaz de decirles el muchacho alguna vez qué había pasado con el resto de su familia? ¿Si la sangre humana le venía por línea materna o paterna? No importaba, lo importante era fabricar una filiación medianamente creíble para que no sufriera en Minas Tirith, más de lo estrictamente necesario.

–De acuerdo –dijo al fin–, pero cuando lleguemos a la Ciudad Blanca, tendremos que justificar tu existencia. Varios de mis primos eran montaraces, los conociste en los alrededores de Fornost.
–Muros oscuros, hombres pardos –asintió el muchacho, más relajado.
–Exacto, uno de ellos se llamaba Halabard, su esposa y sus hijos murieron hace años y él murió hace unos meses, en la batalla del Pelennor. ¿Te molestaría si yo dijera que eres su hijo, y que regresas conmigo porque he decidido adoptarte?
Geniev trató de sopesar la idea: Trancos hablaba de presentarlo como el hijo de su primo, y adoptarlo. Debía haber entendido mal la última parte.
–¿Adoptarme?
–Convertirte en mi hijo ante la ley –trató de explicar el hombre. –Legolas prometió cuidarte, ¿recuerdas? Te cuidaremos como a un hijo, nuestro hijo –dijo con incontenible tristeza.

El joven lo observó con cuidado. ¿Su hijo? Este hombre y su elfo habían perdido un hijo –todavía le parecía bastante raro, pero el elfo rubio había estado embarazado– y deseaban… ¿Qué él ocupara su lugar?

“Bueno, aquí está tu oportunidad, Geniev. Regresarás a la Ciudad Blanca y nadie te pondrá un dedo encima si no lo deseas. Y los gondorianos solo tienen un deporte permanente: cazar haradrims.” Esa idea le agradaba, definitivamente le agradaba. Si, era un buen plan. Se acercó inseguro a Trancos y le tendió la mano.

–Seré tu hijo –aceptó. –Geniev hijo de Trancos.
–Geniev hijo de Elessar –le rectificó el otro, al tiempo que tomaba la mano extendida y sellaba el pacto.

Lorien

Los tres jinetes llegaron a los límites del Bosque Dorado una tarde cálida, tres semanas después, tras un viaje lento –para no agotar a Legolas- y pacífico. De distinta manera, cada uno sintió la mirada de los guardianes, pero fingieron ignorancia y se adentraron en el camino de Caras Galadhon en silencio. Entonces, a la vuelta de un recodo, apareció un elfo de cabellos platinados y ojos oscuros, que vestía la túnica gris de los guardianes de Lorien. Estaba recostado a un árbol, con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión alegre.

Legolas saltó de su montura en un rapto de emoción pura y se lanzó a sus brazos.
–¡Haldir!
El capitán de la guardia le acarició la cabeza al tiempo que retenía el estrecho cuerpo del príncipe sinda junto a su pecho.
–Hola Hojita –levantó luego el rostro hacia Aragorn. –Hacía mucho, mucho tiempo que no nos encontrábamos entre los árboles o las piedras. ¡Ay, hinanya! Es triste que sólo ahora, al final, hayamos vuelto a vernos –dijo con amargura.

Pasaron casi dos semanas entre las hojas doradas. En parte porque Legolas necesitaba charlar con un amigo como Haldir, que podía escuchar toda la historia desde su punto de vista, que tenía varios siglos más que él, pero que nunca lo había visto, quién sabe por qué, como a un niño; y en parte porque, para sorpresa de los esposos, un contingente de elfos se preparaba para acompañarlos al sur y unirse a la colonia que fomentaba Arwen en Ithilien, eso hizo feliz a Aragorn.

Sin embargo, la idea de la partida al sur, desató también la nostalgia del mar en otros, y los señores del bosque dorado anunciaron que partirían en pocos años, junto a todos aquellos que desearan ver las Tierras Imperecederas. A los esposos les dio algo de tristeza, en especial a Legolas, pero en la familia del capitán de la guardia eso provocó una simple y clara disyuntiva.

Rúmil, el hermano menor, estaba entusiasmado con la idea de viajar al sur y sembrar árboles nuevos en una tierra arrasada por siglos de guerra. Sin embargo, una cosa era irse, sabiendo que Haldir y Orophin estaban a unos días de cabalgata, y otra muy distinta verlos abordar un barco volador. No hubo más que una conversación al respecto, la noche antes de la partida –en general, eran de pocas palabras–, y, aunque presentía la inutilidad del ruego, el joven elfo comprendió que no podía dejar esa pregunta sin formular.

–¿Por qué no te quedas? –preguntó tras la última cena que iban a compartir, al tiempo que tomaba la mano de su hermano mayor.
Haldir suspiró y miró a los ojos verdes y ansiosos de su hermanito con orgullo y tristeza mesclados.
–Porque el mundo está cambiando, creo que para bien. Sin embargo, este no es mi tiempo, sino de Legolas y Geniev, incluso tuyo.
–Hay tanto que hacer en el sur… –insistió el menor.
–Por eso parto –repuso Haldir y el otro comprendió de pronto lo que quedaba sin decir “Porque ya no tengo ganas de seguir luchando”.

Y Rúmil asintió, el tiempo de su hermano mayor en la Tierra Media estaba marcado por la sombra de la Dama Galadriel. Lo sabía desde mucho antes, pero no dejaba de afectarle.

–No creo que nos encontremos de nuevo –susurró al cabo de un tiempo. –Y tampoco sé si seré capaz de ser juicioso sin tus regaños.
Pero Haldir le sonrió, porque podía ver más lejos que su hermano.
–No en la Tierra Media, ni antes que las tierras que están bajo las aguas emerjan otra vez. Entonces volveremos a encontrarnos en los saucedales de Tasarinan, en la primavera, y me contarás de la doma de animales salvajes.

Rúmil se sonrojó ante esta insinuación, pero no se atrevió a decir nada. Esas eran las cosas que iba a extrañar: que alguien pusiera en palabras lo que su corazón sentía y su mente negaba. Y, al mismo tiempo, se sintió feliz, porque partir era la manera que sus hermanos tenían de decirle que ya era capaz de valerse por si mismo.

Con un rapto de ternura inusual en ellos, Rúmil rodeó la mesa y fue a acurrucarse entre los fibrosos brazos de su hermano mayor, como cuando era un elfito que temía a la oscuridad, porque le recordaba la terrible caverna al principio de su vida.

–Cántala de nuevo, hermano, por favor. Canta la canción del viajero.

Haldir sonrió con ternura ante el pedido. Había escrito esa canción hacía siglos, en la lengua común, para divertir a sus hermanitos. Sin embargo, acabó significando mucho para sus pupilos, a los que arrullaba con las palabras de dolor y llamado, de exigencia y consuelo. Para Rúmil, Orophin, Legolas, Estel, y los ignotos niños hobits a los que Bilbo y Frodo enseñaran la canción, “El corazón de las tinieblas” era la posibilidad de la una verdad mayor que ellos, cifrada en ella estaba el eterno reto entre vida y muerte, luz y oscuridad, esperanza y miseria, generosidad y perdón, un reto del que se sospechaban partícipes.

La voz aguda y limpia del capitán de la guardia subió entre las ramas de los mallorns y dio forma por un instante a la fe de todos en el Bosque Dorado.

Home is behind. / El hogar quedó atrás
The world ahead. / El mundo está ante ti
And there are many paths to tread / Y hay muchos caminos que recorrer
Thru shadow to the edge of night / A través de las sombras hacia el corazón de la noche
Until the stars are all alight / Hasta que todas las estrellas brillen
Mist and shadows, cloud and shade. / Niebla y penumbras, nube y sombras
All shall fade. / Todo se desvanece
All shall... fade. / Todo ha de... morir

Haldir repitió varias veces la letra, hasta que notó la respiración reposada de su hermano. Se limitó a acariciarle el cabello y esperar la señal de partida.

Cuando el sol se coló entre las altas ramas, la amplia partida de elfos estaba lista para el camino a Gondor. No había llanto entre los familiares que se despedían, pues tenían la certeza de que todos, tarde o temprano, sentirían el llamado del mar.

Aragorn se despidió con todo respeto de Celeborn y de Galadriel, y la Dama le dijo:

–Piedra de Elfo, a través de las tinieblas llegaste a tu esperanza, y ahora tienes todo tu deseo. ¡Emplea bien tus días!

Por su parte, Haldir y Legolas estaban junto al corcel del príncipe, compartiendo el último abrazo. El capitán de la guardia se sentía muy contento porque su amiguito estaba definitivamente recuperado, y porque adivinaba un futuro pleno para Rúmil, hasta ahora opacado por los logros de sus mayores. Se despidió con estas palabras.

–¡Amigo, adiós! ¡Ojalá tu destino sea distinto del mío, y tu tesoro te acompañe hasta el fin!

Y con estas palabras de sabiduría y esperanza, partieron los esposos.

Era la hora del amanecer, y la marcha del Rey del Oeste y sus acompañantes era un bello espectáculo, porque el sol naciente los iluminaba desde detrás del bosque. Los arneses resplandecían como oro rojo, el manto blanco de Aragorn parecía una llama y el morado de Legolas era un fragmento del cielo de la tarde que corría libre, mientras que el traje gris de Geniev era una pequeña nube de lluvia en busca de vida.

Antes de perder de vista, tal vez para siempre a los señores del Bosque Dorado, Aragorn se volvió y alzó su puño al cielo, una llama verde le brotó de la mano y envolvió a su familia. Galadriel supo entonces que había leído correctamente las señales del espejo y dio un paso atrás, en busca del pecho ancho y duro de Haldir.

¡Era libre!

TBC...

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 38

¿YA SOMOS TRES? EN MARCHA

“La entristecida rama
de los albaricoques
no tiembla más de frío,
pues sonríe de flores.”
Li Taipo


Elladan dejó caer la brazada de leña en el rincón junto a la estufa y suspiró satisfecho. Las señales eran claras fuera: la primavera se acercaba y, con ella, su regreso a casa, a Imladris.

Al pensar en su hogar, no pudo evitar cierto desasosiego. Ahora él era el Señor y, aunque dudaba que alguien tratara de impugnar sus derechos, se le hacía muy cuesta arriba seguir mintiendo, permanecer sin hijos solo porque… El gemelo cortó esa línea de pensamiento con un resoplido molesto. Sabía hasta dónde tensar las leyes y nombrar heredero de Imladris a un bastardo de Ellohir era imposible. Además, de que no podría condenar a su propio hijo a semejante destino ¿o si? ¡Por Elbereth que no sabía!

Estaba en el punto muerto de siempre.

El quería, no, necesitaba salir de las sombras, darle a su esposo todos los derechos, honores y comodidades, solo así estaría seguro de que el nuevo fruto de su amor no sería malogrado. Ellohir no resistiría perder otro bebé. No estaba seguro de que él mismo pudiera enfrentar una quinta pérdida. Lleno de impotencia, Elladan descargó su puño contra la pared.

–¿Estás loco?Elladan se volvió, sorprendido por el reclamo. ¿Cuánto tiempo llevaba Ellohir observándolo? No pudo preguntar, su gemelo ya estaba revisando los nudillos lesionados.
–Eres bruto como un orco –rezongó al comprobar que la piel se había levantado en algunas partes.
–Yo también te quiero –repuso Elladan bajito.

Ellohir levantó los ojos, asombrado por la respuesta. ¿Qué ocurría? Su pareja no solía ser tan clara en sus expresiones de amor sin estar absolutamente seguro de quién y dónde escuchaba –mil quinientos años de sigilo tienen su afecto. Frunció el seño, tratando de rehacer la línea de pensamiento del otro. Usualmente, lo único que ponía a Elladan tan expresivo era…

Ellohir dejó caer la mano herida y caminó hacia la ventana del salón. Ahora era él quien deseaba golpear las paredes, gritar su rabia, su odio por su propia naturaleza traidora.

–Creí que lo había disimulado bien –dijo bajito, sin volverse y al instante comprendió lo fútil del intento: dos personas no viven juntas por quince siglos sin llegar a conocerse.
–Sabía que no querías hablar de ello –explicó Elladan. –Pero no puedo dejar de sentir que…
–¡Ni se te ocurra! –le cortó el menor girándose de prisa. –No me gusta que pienses semejantes cosas, menos aún que las digas.
El mayor asintió. Aunque el asunto le inquietaba, su esposo tenía razón en que la sala de Bolson Cerrado no era el mejor lugar para discutirlo.
–Ya casi es primavera –dijo para pasar a un tema más frívolo, pero Ellohir le dedicó una mirada todavía preocupada.–¿Haz pensado que en cualquier momento nos hacen abuelos? –le preguntó, dejando claro que sus pensamientos seguían senderos similares, pero que tendía a alcanzar el extremo de las cosas.
Elladan se le quedó mirando, sin respuesta. No, no había pensado en eso. Todo el asunto de Auril había tenido un desarrollo tan breve y violento que jamás se detuvo en el detalle de que…
–Los abuelos más guapos de la Tierra Media –repuso mecánicamente, por no quedarse sin defensa.
–Pero abuelos –insistió el menor y no había humor en sus palabras. Evidentemente, ninguno de los dos podía hacerse a la idea, y de nuevo fue Ellohir quien puso en claro todo lo que le perturbaba del asunto. –Abuelos de los hijos de Legolas.

Elladan arrugó la frente, incómodo a su vez. Él también recordaba el compromiso que propusiera Halladad en el verano de 1 603, durante un período especialmente tenso con Thranduil. Lor Elrond estaba muy entusiasmado con la idea, pero el mismo Rey de Mirkwood se había ocupado de desautorizar a su heredero. Los tres jóvenes involucrados estaban más que satisfechos de que el proyecto nunca hubiera llegado a oídos del rubio príncipe. No solo porque a ellos les pareciera mal que intentaran casar a Legolas sin su conocimiento o autorización, sino porque, siendo honestos, el pequeño sinda era quien más profundo espacio tenía en el corazón de ambos hasta la llegada de Estel, pero nunca de una manera sensual. Y ahora Legolas era parte de la familia, aunque no de la manera que Elrond ni los gemelos desearan o imaginaran, definitivamente, el clan tenía cierta tendencia a salirse de la línea.

–Somos prisioneros de Vairë –concluyó.
–¿Y te molesta el modo en que tejió su red?

Los gemelos se giraron, sorprendidos por la dureza de la pregunta. Legolas estaba recostado en la puerta que daba a la galería central del agujero hobbit, los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos reflejaban decisión, dureza, la fuerza que recuperaba a pasos agigantados desde su ruidosa reconciliación con Estel. Pero no era tranquilizador ver esa fuerza enfocada sobre ellos dos.

–Para nada –repuso al fin Elladan, optando por la parquedad ante la beligerante actitud del rubio.
Legolas se acercó y les miró alternativamente, luego habló despacio, como quien teme equivocar las palabras.
–Aquella tarde, cuando llegaron a Rohan con los dunedain, creí que todo estaría bien, pero cuando descubrieron lo que ocurría entre Estel y yo, inmediatamente sentí como vuestras miradas se endurecían. Estoy consciente de que nos vigilaban cuando vagábamos solos y no volvimos a tener una charla civilizada hasta el regreso a Mirkwood. Se que mucho ha pasado desde entonces, pero necesito saber ¿por qué?
Los elróndidas intercambiaron una mirada que era mitad duda, mitad vergüenza, pero el valor se impuso, al fin y al cabo, los tres eran amigos. Ellohir se acercó a Legolas y le sonrió con afecto.
–Debes perdonarnos, Hojita, actuamos como un par de viejos cascarrabias entonces. Solo vimos que Estel faltaba a su compromiso, a la palabra dada ante la familia. Inmediatamente pensamos en el honor, no en el amor, y te culpamos.
–¿Creyeron que yo le había seducido? –pregunta incrédulo Legolas y Elladan asiente.
A unos metros de él, su pareja tiene los brazos cruzados y mira la estufa, avergonzado.
–No fue hasta que nuestro padre habló con nosotros de vuestro matrimonio que comprendimos que había bastante más que lujuria entre los dos, que Estel actuaba tal y como lo habíamos enseñado.–
¡Pero hemos sido amigos desde hace más de mil años! –les reclamó el sinda. –Podrían haberme preguntado, reclamado. Todo era preferible al muro de silencio que levantaron a nuestro alrededor. Estel y yo nos sentimos tan sorprendidos y decepcionados. Con ustedes contamos desde el principio, fue un golpe duro para él, ¿saben?
Elladan suspiró, estaba realmente avergonzado de aquella actuación, pero Legolas era ya adulto, por edad y sufrimiento, sabría comprender.
–¡Oh! Dejemos de dar vueltas –dijo interrumpiendo la disculpa de su pareja. –Mira Legolas, la verdad es que estábamos celosos.
–¿Celosos?
–Si, celosos de que nos quitaras a nuestro niño. Cuando surgió su compromiso con Arwen nos costó trabajo aceptarlo, pero transamos al cabo porque nunca hubo demasiada pasión entre ellos y nosotros…

Elladan se detuvo, era la primera vez que decía todo esto en voz alta, y no estaba seguro de poder decirlo de nuevo. Durante los días en Lindon, había comprendido que su actitud no difería mucho de la del mismo Elrond años atrás, no estaba seguro de qué le avergonzaba más, haber repetido los errores de la familia o haber sido vencido por su hijo. Tomo una profunda inspiración antes de continuar.

–Nosotros razonábamos de una manera tan posesiva que preferíamos verlo casado con alguien a quien realmente no amaba mientras no se alejara. Entonces descubrimos su romance. Era demasiado, después de todo, Estel es nuestro único hijo y una relación contigo era peligrosa ¿entiendes?

Legolas asintió de manera mecánica, demasiado asombrado para decir palabra. Entendía, si, entendía muy bien la fiera defensa de lo que sus amigos consideraban una extensión de si mismos, carne de su carne, sangre de su sangre. Desde su secuestro ya no le sorprendía descubrir el lado oscuro de las personas.

–Sin embargo, fueron a cazar elfos por mí –señaló. Los gemelos no pudieron dejar de sonreír ante el hecho.
Ellohir volvió a tomar la palabra.
–Y eso es lo que nos gustaría que le contaras a nuestros nietos. Que rectificamos.
–De acuerdo –aceptó el rubio con una gran sonrisa, feliz de tener a sus amigos definitivamente de vuelta.
–¿Amigos? –trató de concluir Ellohir.
–Amigos –asintió Legolas. –No puedo estar enemistado con tan lindos abuelitos –agregó y corrió por su vida con una gran carcajada.

La primavera colmó con creces las más locas esperanzas de Sam. En su propio jardín los árboles comenzaron a brotar y a crecer como si el tiempo mismo tuviese prisa y quisiera vivir veinte años en uno. En el Campo de la Fiesta despuntó un hermoso retoño: tenía la corteza plateada y hojas largas y, aseguró Elladan, se cubriría de flores doradas en abril: era en verdad un mallorn, y la admiración de todos los vecinos.

Pero con el impetuoso crecimiento del árbol dorado, llegó también la hora de las despedidas. La guerra había terminado, y su paso había dejado largas cicatrices en la tierra y las personas –bien lo sabían los hobbits. Frodo, Sam, Merry y Pippin estaban conscientes de que Aragorn y Legolas debían regresar al sur, donde muchos años de reconstrucción les esperaban. Sin embargo, los amigos no estaban melancólicos esta vez, porque ahora todos gozaban de salud y, al menos en la Comarca, la cosecha sería buena.

Una mañana fresca de marzo, con el sol reflejándose en los charcos de la última nieve, los gemelos, Aragorn, Legolas y Geniev enjaezaron sus monturas y abrazaron muy fuerte a sus amigos y a los niños de Rosita. No hubo demasiadas palabras, porque un montón de vecinos se habían reunido para despedir al Rey. Y es que la que la idea de un soberano que abriera nuevos caminos y promoviera el comercio de yerba de pipa estaba entusiasmando de veras a los hobbits, al punto de que el Thain ya preparaba un nuevo calendario de fiestas (banquetes) en su honor.
Aragorn miró despacio a Frodo, buscando palabras para agradecer todo lo hecho por Legolas y por él en las últimas semanas, sentía que la estancia en aquel bello agujero hobbit era más valiosa que toda la Guerra del Anillo. Al fin dijo.

–Y bien, entrañable amigo, el árbol crece mejor en la tierra de sus antepasados; pero siempre serás bienvenido en todos los países del Oeste. Y aunque en las antiguas gestas de los grandes tu pueblo haya conquistado poca fama, de ahora en adelante tendrá más renombre que muchos vastos reinos hoy desaparecidos –y quitándose un anillo con una gema blanca que llevaba en el dedo del centro, lo puso en la palma de Frodo. –Cuando temas por los tuyos, manda este objeto en señal de ayuda y nada me detendrá para ayudarte.

Frodo asintió, agradecido, y se guardó el anillo en un bolsillo del chaleco con parsimonia. Luego los cinco jinetes tomaron el camino de Bree y trotaron hacia sus hogares.

TBC...

20 de diciembre de 2007

EN BUSCA DE UN SUEÑO 17

¡Así no hay quien viva! (II)

“Una ciudad es un enigma, un juego de naipes,
una infinita acumulación de rumores,
de gente diversa que añora, ama, sufre,
sueña, implora, escapa, apuesta y lucha.”
“Amantes en La Catedral”, Jaime Gómez Triana 

4:30 p.m. 

El soldado asomó la cabeza entre las almenas con precaución, pero no fue capaz de evadir al francotirador que le marcaba desde hacía quince minutos. 

–¡Pum! –dijo Hirunatan. 

El cuerpo de Niggle calló desde la muralla sobre el pasto, sonó “Pggg” y permaneció quieto. Comprobar su puntería (una vez más) hizo sonreír a la guerrera, y a sus correligionarios. El capitán Malcom se volvió entonces hacia sus compañeros y, en pose heroica, les arengó antes del combate final. 

–¡Hermanos! El vigía de la torre fue eliminado, podemos atacar este flanco de la fortaleza y… –se quedó sin saber qué decir (la verdad es que, a él, eso de los discursos no se le daba mucho). Optó por sonreír con coquetería a la bella Hirunatan y, sacar la pistola plateada de su cinturón. –¡Adelante, mis valientes! 

La tropa le siguió, emocionada, y comenzó a golpear las paredes del castillo que protegía a los últimos orcos del mundo. Aunque desde arriba les lanzaban proyectiles de tempera, bolsas con agua y pañales usados (tener una hermanita pequeña es una ventaja táctica innegable), los valientes edains de Malcom se las estaban arreglando para desmontar los bloques de la pared y trepar la muralla. Al fin, mojado y con el cabello apelmazado de pintura naranja, Malcom ganó el parapeto de la muralla y se lanzó al patio, donde le esperaba el jefe de los orcos para el duelo final. 

–Capitán Malcom –le saludó el orco burlón–, es usted tan imprudente como esperaba. 

–Capitán Gorthol –repuso él–, es usted más pequeño de lo que cabría esperar. 

 Gorthol gruñó su molestia y se lanzó contra Malcom con la espada en alto. El joven edain resistió la envestida y devolvió los golpes con su bella espada de puño azul. Sin perder la elegancia, ni la sonrisa, ni el horrible color naranja de la cabeza, Malcom lanzó mandobles a diestra y siniestra, bloqueando los ataques del ruin, feo, sucio y rudo líder de los orcos. Poco a poco lo condujo a una esquina del patio y pronunció las palabras que tanto le gustaban a su amada Hirunatan: 

 –La luz se ha impuesto. ¡Ríndete! 

Los malvados ojos de Gorthol brillaron de rabia, pero dejó caer su espada.

–Me… 

Un grito desgarrado –inconfundiblemente real– cortó el parlamento del orco, y todo el combate en el patio de juegos. Malcom y Gorthol intercambiaron una mirada preocupada, el jefe edain soltó su espada de juguete y buscó por entre las torres al reportero, encaramado (como siempre) en el techo del castillo para tener buenos ángulos del combate que documentaba. 

 –¿Viste algo, Aina? El pelirrojo asintió, y señaló al extremo del patio, más allá del sicomoro. 

–Una niña se calló entre los tanques, jefe. Gorthol no perdió tiempo ante semejante información. 

–¡Niggle, Andreth, corran a ver qué pasó! –ambos chicos le obedecieron sin demora, y Malcom, por su parte, fue a la bodega donde todos ponían sus bolsas escolares para extraer un intercomunicador. –¿Mamá? Aunque estuviera al otro lado del edificio, la voz de la señora Galadwen tranquilizó a todos. 

–La puedo ver por una de las cámaras, hijo, no parece nada grave. 

–¡La hemos encontrado! –se oyó la voz de Niggle en el extremo del patio. –Pero no entiendo lo que dice… Según Andreth es inglés… está llorando jefe. 

–Mamá –y los morenos dedos de Malcom se apretaron alrededor del intercomunicador–, dice Niggle que está llorando. ¡¿Qué hacemos?! 

–¡Calma! Michael está en la lavandería, ve a buscarlo. Voy a llamar una ambulancia y tratar de averiguar de qué apartamento es la niña. ¿Comprendido? 

Gorthol, Malcom e Hirunatan intercambiaron una mirada de comprensión. El moreno sonrió, aliviado de tener un plan de acción claro. 

–Comprendido, cambio y fuera. 

4:50 p.m. 

Michael estaba terminando de poner la ropa limpia en el cesto cuando sintió los pasos breves y apresurados a su espalda. Curioso, se giró hacia la puerta, para ver al famoso Malcom, acercarse en plena carrera. 

–¿Doctor Michael? 

–Si, ¿que…? 

–Lo necesitamos en el patio de juegos –le interrumpió el chico, al tiempo que lo tomaba de la mano y tiraba de él. –Una niña se calló entre los tanques, está en el pasto y no para de llorar. Mi madre me dijo que viniera a buscarlo. 

Sin pensarlo, Michael siguió al mensajero en dirección al entresuelo. Seguro ya una ambulancia estaba en camino, pero la señora Galadwen, madre ella misma, deseaba cubrir todas las posibilidades y estaba de acuerdo. A esa hora en el patio de juegos del edificio los mayores tenían, si acaso, 13 años, por supuesto, era mejor que un adulto se hiciera cargo. 

Al doblar la última curva, calló en cuenta de que Malcom no había mencionado en nombre de la accidentada. 

–¿Quién es la herida? 

–No lo se, señor –respondió el chico con toda formalidad a pesar de que resoplaba por la larga carrera. Niggle y Andreth fueron los que la vieron de cerca, dijeron que lloraba y hablaba en inglés. Es todo lo que se, señor. 

Michael no respondió, pero aquello le asustó. ¿Había angloparlantes en el edificio? ¿Ella era de la familia que se mudaba o, simplemente, la niña estaba de visita? La idea de más extranjeros en su comunidad incomodaba ligeramente al joven estudiante, pero se dijo que, no importaba su idioma materno, ella ahora era un paciente. 

Al cruzar el umbral del patio de juegos, Malcom volvió a actuar como guía del adulto. Michael siguió al chico de pelo naranja entre el pasto y los árboles, hacia el fondo del amplio patio interior del edificio. Casi en el extremo, ya no había más que escombros, viejos objetos de origen inclasificable que los muchachos mayores usaban para construir sus fortalezas y laberintos. Los más pequeños sabían que era terreno vedado, para ellos estaban los toboganes y columpios del extremo sur. Definitivamente, la accidentada no podía vivir en el edificio. 

“Hasta ahora” acotó mentalmente el joven. “Es posible que se halla mudado hoy.” La idea volvió a agitar algo (¿miedo?) en su interior. Pero, gracias al entrenamiento que recibiera en la facultad, fingió perfecta seguridad. 

–¿Dónde se encuentra la paciente? 

 Hirunatan, que los esperaba con el rostro ceñudo, señaló con enfado unos metros más allá, junto a la pared, donde una rubiecita de siete u ocho años lloraba sentada en el pasto. Se apretaba el hombro con desesperación y Michael dedujo, por el brazo que colgaba flácido y el trozo de hueso que asomaba por debajo del codo, que estaba transida de dolor. 

–No nos deja acercarnos –informó con rabia la rubia. –Un centímetro más y grita como un orco el día que ardió el Anillo. Dice Andreth, que llama a su madre y nos ofende… Con palabras feas, doctor.

Michael hizo un gesto de desestimación con la mano. 

–No creo que sea relevante para el diagnóstico, Hirunatan, creo que lo han hecho muy bien –ante eso los dos niños sonrieron de oreja a oreja. –Intentaré acercarme. Michael se volvió hacia la pequeña y levantó las manos, con las palmas abiertas, en señal de paz y dio un paso hacia la herida. 

La reacción fue inmediata. 

Don´t came one step closer, you, faking fagot… My mom is a police officer, New York Police… My mom will came for my…don´t you dare to… 

It´s OK –articuló Michael lo más despacio que pudo. –I´m a doctor, I´m here to help you

Pero la niña lo miraba con horror. 

No! You’re lying. My mom will come. 

Your mother dons´t know you´re hurt, did she? Tell my where do you live and I will call your mother

Hubo un breve momento de silencio, la niña parecía estar considerando las palabras. 

No! My mom said I shouldn’t say anybody my address

But you live here, rigth? Because you can´t came to the playard if your a stranger

Yes –admitió dudosa la niña. 

See? –Michael se permitió sonreír, aunque por dentro ardía de rabia. –I live here too, they –señaló a la tropa unos metros más detrás de él– live here too, in this building. We are your neighbors. It´s you mother in some place inside this building

Un brillo de comprensión animó los ojos de la niña, pero no en el sentido que deseaba el médico. 

-My mom said I shouldn´t talk to strangers. You want information about me. Go away! 

Esto terminó con la poca paciencia de Michael. Mientras decidía internamente que la pediatría no era lo suyo, el joven se acercó, levantó a la niña en peso y, haciendo oídos sordos de su florido vocabulario –New York no había cambiado nada, evidentemente– se dirigió a la salida del área de juegos, seguido por Malcom 

–Supongo que eso es lo que llaman “cortar por lo sano” –comentó Gorthol en lo que se acercaba a Hirunatan, ya seguro de que ningún adulto le vería. Ella movió la cabeza de un lado a otro, insegura. Apenas había entendido la entrecortada conversación, pero esa niña ya le caía gorda. 

 Michael caminaba por el pasillo en busca del ascensor. Calculaba que el equipo de paramédicos debía estar llegando a las puertas del edificio, pero maldito si iba a esperar sentado a que ella se cansara de insultarle. Mantenerse en movimiento le daba la sensación de que hacía algo más que soportar las quejas de esta desagradable pequeña. 

¡Freeze! –el joven se detuvo en seco, había reconocido, junto al grito casi gutural, el sonido de una pistola al ser martillada. “Esto no puede estar pasando” pensó estúpidamente en lo que sentía su espalda empaparse de sudor frío.  

5:10 p.m. 

Galadwen vio con horror a través de la cámara de seguridad cómo la nueva inquilina encañonaba a Michael y su hijo Malcom a unos metros de la puerta del ascensor. 

–¡Por el Ojo! –maldijo, al tiempo que apretaba el botón de alarma del edificio.  

5:12 p.m. 

Boris casi fue atrapado por la cortina de hierro que descendía para sellar las puertas de cristal del edificio. Tras adentrarse en al hall, contempló con horror el eficiente despliegue de las fuerza de choque de la Guardia de la Ciudadela. 

–¿Qué ha pasado? –preguntó al aire, pero el eficiente Cintras, el portero, se les acercó enseguida. 

–Hay un problema de seguridad en el entresuelo –les explicó. –Por favor –señaló con una mano el lado derecho del hall–, siéntense allá hasta que los elevadores vuelvan a circular. 

Los dos amigos asintieron, conscientes de que el portero no les daría más detalles de lo que ocurría en el piso de arriba. Así que ambos fueron a sentarse en los sofás de la recepción, junto a dos obreros de mudanzas, un repartidor de pizza y el vecino yanqui del noveno piso, el señor Wiliams, que hablaba muy apurado por su carísimo celular. 

 5: 15 p.m. 

Anariel se acercó a la puerta del despacho con el corazón en un puño. No sabía qué la asustaba más: que Fred hubiera llegado antes de su reunión y casi pillara a Aralqua teñido, o que el edificio estuviera congelado hasta que la seguridad arreglara el “asunto” del entresuelo. 

–Tu padre está en la recepción –anunció sin demora, pero decidió que los chicos no necesitaban saber de las armas desplegadas ocho pisos más abajo. –Tardará en subir porque los elevadores están bloqueados, algo que ver con las mudanzas de la mañana –explicó con premura. –Creo que deberías… –y señaló con un dedo la flamante melena caoba. 

Aralqua se llevó una mano a la cabeza con repentino temor y asintió. Cuando la mujer los dejó solos de nuevo, se enfrentó a los ojos interrogantes de Aranwe. 

–Yo… –se calló, inseguro. Su amado parecía estar especialmente sensible hoy, pero tampoco podía huir al baño sin ninguna explicación. Gruñó internamente, ¿acaso no era un hombre? –Mi padre no sabe que no me gusta ser pelirrojo –explicó avergonzado. –Debo quitarme el tinte antes de que llegue. 

Miró por fin al frente, donde un par de ojos azules brillaban con, ¿agradecimiento? La sonrisa que le dedicaban casi lo hizo volar. 

–Entiendo –respondió Aranwe bajito, con su tono sedoso, andrógino. –Mejor vamos a quitarte eso. 

El pelirrojo abrió los ojos como platos ¿“Vamos” había dicho su amor? “¡No pienses en eso!” se ordenó a si mismo al tiempo que cerraba el libro de matemáticas con demasiada fuerza. Se dio cuenta de que no podía hablar, así que optó por asentir y caminar en busca del baño. Sentía los pasos de Arnwe tras él, y no pudo evitar sonreír. 

5:16 p.m.  

Michael sentía los latidos de su corazón muy altos, cada vez más altos desde que esa mujer le había detenido a punta de pistola. ¿Cuánto tiempo hacía? Ni idea, pero cada pulso de su corazón sonaba ahora en el pecho, en los oídos, en las sienes. Dolía, por la Virgen, como dolía. Al mismo tiempo, podía sentir, pegado a su cadera, el sollozo contenido de Malcom, y, a unos metros, los repetitivos reclamos de la rubia armada y peligrosa. 

Deseó dejarse llevar por la oscuridad, pero su entrenamiento se impuso, otra vez. ¿Cuánto más podría controlar el pánico que le trepaba por las piernas? No lo sabía, no quería saberlo. 

–La niña está herida… –repitió despacio, mirando de frente a la mujer con toda su voluntad en juego. 

I repeat: release the child and step back –le interrumpió ella. 

El joven resopló, la madre estaba resultando tan fastidiosa como la hija, e igual de ignorante en el idioma de su nuevo país. ¿Cómo podían mudarse sin saber una palabra de oestron? “Valla manera de conocer a la nueva vecina.” De nuevo miró a su alrededor, buscando un medio para hacerse entender o escapar, pero nada se le ocurría. Sus pensamientos, ya bastante confusos, fueron interrumpidos por el ruido de pasos apresurados en dirección a ellos. 

En menos de un minuto diez guardias de la ciudadela los habían rodeado, sus armas largas apuntaban claramente a la rubia. 

–¡Suelte el arma, señora Keith! Está rodeada. 

Ella los contempló incrédula, sin abandonar su pose ofensiva. 

What the fuck…? This man was trying to kidnap my baby. 

Hubo unos segundos de intercambio entre los guardias, hasta que otra voz se alzó. Hablaba un inglés correcto, aunque de acento duro. 

Mrs Keith, this man is a doctor, he was sent to give take care of your kid when she get injured in the playard. He is also a resident of this building. Please, kindly remove your gun and allow doctor Michael take her to the ambulance. 

Ella los estudió, dudosa, pero finalmente bajó el arma. De inmediato dos guardias se lanzaron a inmovilizarla contra la pared. Michael no tuvo tiempo de ver la pelea: con sus últimas fuerzas entregó la niña a los camilleros y se dejó caer de rodillas en el suelo. Apenas registró el llanto de alegría de Malcom al ser abrazado por su madre antes de ser engullido por la oscuridad. 

 5:20 p.m. 

Las cortinas de metal subieron con la misma celeridad con que habían caído, y la recepción del edificio volvió a parecer tranquila, casi bucólica. 

El equipo médico pasó primero, conduciendo una camilla que introdujeron en la ambulancia detenida en frente. Luego salieron del elevador dos guardias: conducían a una mujer rubia, que maldecía con florida amplitud en inglés. Por último apareció una silla de ruedas, donde yacía desmadejado el cuerpo de Michael. 

Al ver esto, Boris e Igor se acercaron y detuvieron al guardia que pretendía llevar al joven hacia una patrulla. 

–¿Está herido? –preguntó Boris con su mejor tono de dueño del mundo. 

El soldado no pareció reconocerlo, pero intuyó que, si ellos eran residentes del edificio, podían ser ricos y, hasta nobles. Se obligó a ser amable. 

–Fue amenazado por una madre alterada y perdió el conocimiento. Lo llevamos a la estación para tomarle declaraciones. 

Igor se arrodilló ante la silla y palmeó suavemente la mejilla sudorosa de Michael. El joven levantó el rostro, pero sus ojos permanecieron desenfocados. 

–¿Hubo armas de fuego? –insistió Boris, preocupado por el estado de su amigo. 

El soldado lo miró inseguro, pero un capitán que se acercaba no lo dejó contestar. 

–¿A qué viene la pregunta? –Lo conozco desde hace tiempo, tiene temple para todo, excepto para las armas de fuego. Creo que tendrán que llevarlo al hospital antes de interrogarlo. 

El capitán fue a decir algo más, por su expresión era algún equivalente educado de “Los civiles no deben meterse en los asuntos de la Guardia”, pero Michael decidió confirmar la advertencia de sus compañeros y vomitó de manera instintiva, sobre sus propias piernas. El tono de Boris se volvió perentorio. 

–Quiero una ambulancia para mi amigo, ¡ahora! –y reforzó la orden al agitar su identificación de banda negra ante el oficial, luego se volvió hacia Igor. –Llama a Glorfindel y dile que vamos en camino.  

TBC…

SECRETOS DE FAMILIA 18

“El hombre o la mujer que consulten a los muertos o a otros espíritus, serán castigados con la muerte: los matarán a pedradas, y su sangre caerá sobre ellos.”
Levítico 20:27

Lunes, 7:15 am, Howgarts

Tomas parpadeó para ocultar su asombro, inseguro acerca de la razón para que el pequeño elfo lo detuviera a mitad del camino al comedor.

–El director Snape quiere verlo, señor Potter –dijo restregándose las manos, nunca antes había sido tan evidente el miedo que le causaba este joven a la servidumbre del castillo. –Quiere verlo con urgencia –y desapareció con un “plop”.

Tomas cambió de dirección en busca de la gárgola al tiempo que su cerebro barajaba miles de posibilidades. Al llegar al corredor de la dirección, vio que sus dos hermanos, John y Elihaj –un lindo gesto de parte del abuelo Severus– llegaban desde el otro lado del castillo. Su novio se adelantó, tenía los ojos algo desenfocados.

–¿Sabes qué ocurre?–Ni idea –repuso el moreno, pero le apretó la mano de modo afectuoso para tranquilizarle un poco.

La gárgola se movió entonces, dejando acceso a la escalera de la dirección. Ya en el despecho, los cinco adolescentes se encontraron a Severus Snape sentado tras su amplio escritorio de malaquita, con una taza de café humeante entre las manos y los ojos enrojecidos.

–¿Le pasó algo a papá? –preguntó Louis apenas hubo puesto pie en la oficina.
Severus los miró despacio, como si buscara tiempo para elegir las palabras con que debía enfrentarles. Las alarmas en la cabeza de Tomas duplicaron su volumen.
–No –dijo al fin, y ellos suspiraron aliviados. –No se atrevieron a atacar Grimauld Place –volvieron a tensarse. –Esta madrugada, alguien ejecutó a una cierva y tres cervatos blancos delante de la tumba de Remus.

Louis y Joshua lanzaron un “¿Qué?” simultáneo, John gruñó con fuerza, Elihaj dio dos pasos hacia atrás y chocó con la antigua percha del fénix del Dumbledore. Tomas se dobló sobre si mismo, a su alrededor estallaron varios objetos, pero no le importó, su mente era un remolino de ideas.

“Lo saben, por Merlín. Esos bastardos mortifagos lo saben. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué van a hacer mis padres? ¿Cómo voy a proteger a Elihaj de ellos y de mí? Malditos, malditos sean. Quiero volar hasta las sucias madrigueras de cada uno de ellos. Quiero sacar a cada estúpido sangre limpia de su cubil y torturarle por haber molestado a mi familia. ¿Cocerlos a cruciatus? ¿Despellejarlos lentamente? ¿Desmembrarlos? En todo caso prolongar su sufrimiento hasta el límite, nada será castigo suficiente por ser tan ineficaces, tan torpes. ¡¿Es que todo tengo que hacerlo YO?!”

–Tomas –la voz sonaba lejana. –Tomas –pero insistente. –¡Tomas! –y preocupada.

Abrió los ojos despacio, estaba en el suelo, hecho un ovillo, la frente y el pecho sudados. Elihaj estaba de rodillas a su lado, no había miedo en su rostro –eso le alegró–, solo preocupación. El sonrió con temor, inseguro de qué decir y se dio cuenta de que, en general, no sabía qué decirle a su novio cuando estaban en situaciones íntimas. Por suerte, el abuelo Severus la tendió una mano para ayudarlo a erguirse y le ahorró las explicaciones. Tomas se dejó conducir a una silla y los otros se acomodaron a su alrededor.

Entonces el chico recordó la línea de pensamiento que acompañara su estallido. Eso era totalmente nuevo. Desde el día de la pelea con su papá, Tomas sentía que algo –o alguien– estaba despierto en su cabeza, buscando maneras de darse a conocer, de ¿secuestrarlo? Pero nunca había tenido una pista acerca del origen de La Voz, como había llegado a llamar esos comentarios, la mayoría de las veces le agradaban. Ahora estaba asustado, pero, digno heredero de los Malfoy, se quedó quieto, con el rostro impasible.

–Lo peor ya ha pasado –les aseguró Severus, pero el gruñido de John demostró que no era totalmente creído. –No hubo daños en el lugar, ni personas heridas. Esto es solo para darle titulares a El profeta.
–Y a Pluma de Águila –apostilló Joshua.
–¡Es una declaración de guerra! –exclamó el gemelo Griffindor, que miro a su alrededor como sino pudiera creer que los demás no se dieran cuenta.
–Es una provocación –le cortó su abuelo, con una mirada que recordaba sus tiempos de mortifago. –Quieren hacer quedar a tu padre como un tonto y generar tensiones con el Consejo Licano.
–Pero ¿se sabe si fueron mortifagos? –quiso precisar Joshua.
–La marca no estaba. Si fueron ellos, no tienen suficiente confianza en sus fuerzas o desean jugar con la incertidumbre del público.
–Hay algo que no entiendo –dijo con timidez Elihaj. –¿Por qué solo una cierva, no debería ser un ataque a toda la familia?
Tomas sintió que se le apretaba al pecho. “Ay amor, tu no sabes…” No quería mentirle, pero tampoco decirle la verdad, no ahora, no delante de sus hermanos y de John.
–Papá no cuenta –explicó cortante.
–¿Cómo? –Eli lucía desorientado.
–Que papá Draco no cuenta –siguió mintiendoTomas, y no tenía que fingir la rabia porque la verdad era peor, mucho peor. –Es un traidor a la sangre, la puta de Potter ¿o no sabes que le llaman así? Para esos asesinos él no vale ni un sacrificio, ni una amenaza de muerte.

Todos se quedaron callados, los más jóvenes procesando las palabras, Severus estudiando a su nieto con renovado interés. Si, el chico había improvisado bien, sin dudas, y salido del paso con una explicación satisfactoria que no revelaba nada indebido, pero había algo en su postura… El ex–espía se sobó el antebrazo por sobre la manga de manera instintiva y decidió que era el momento para despedirlos.

–Es hora de que se incorporen al desayuno, chicos. Los cité para que la noticia no les tome desprevenidos y eviten cualquier reacción violenta en público –dedicó una mirada especial a John y Tomas. –¿He sido claro?
–Si señor –se apresuraron a corear los gemelos.
–Bien.

Los cinco dejaron el despacho en silencio, con humor sombrío. Tomas, en especial, sentía que Eli y él debería tener una charla aclaratoria.

–Eh, ustedes, buscapleitos –dijo a los tres menores–, creo que es mejor que nosotros vayamos directo a Herbología. Nos vemos en el almuerzo, ¿si?
A pesar del tono ligero, los otros comprendieron que estaban sobrando, y no discutieron la sutil orden de desaparecer. Tomas arrastró a su novio a un aula vacía –¿cuántos alumnos era capaz de albergar esa escuela?– y, tras sellar la puerta con varios conjuros de confidencialidad –uno de ellos no muy ortodoxo–, se sentó encima de una de las mesas, tratando de organizar sus ideas. Pero no tuvo tiempo, las palabras de su novio le sorprendieron.

–No me gustó oírte decir que tu papá es una puta –le regañó.
–De acuerdo –aceptó él. No que le gustara la frase, simplemente estaba citando a otros.
–Y quiero que me expliques por qué fui citado al despacho del director.
Tomas alzó una ceja en el más puro estilo Malfoy y cruzó una pierna sobre otra antes de responder.
–Eres mi novio, los ataques a la familia también te afectan.Elihaj sacudió los hombros ante la simple explicación, la idea le molestaba de forma evidente.
–Me llamó a mi y no a tus primos, es –agitó una mano, inseguro de cómo formular su inquietud. –No me parece justo –casi suspiró al cabo.
–Eli –repuso Tomas con calma–, si el abuelo te llama a ti antes que a los hijos de un ex–mortifago, una metamórfica alcohólica, un hombre que lleva ocho años en el pabellón de endemoniados de San Mungo y un casa fortunas que casi nos mata a mi papá y a mi, no debes sentirte incómodo, sino feliz.
–¿Cómo puedes hablar así de ellos? –le reclamó el castaño con el rostro rojo de rabia. –¡Son tu familia!

Tomas se mordió la lengua, siempre se le olvidaba que Eli le envidiaba su gran y maravillosa familia mágica, en especial la parte de lobos, metamorfos y demonios, cuánta ingenuidad. “Por supuesto, sus padres lo tratan como a un enfermo, ¿qué esperabas, alguna actitud crítica acerca del acoso de Zoe?” Decidió que sería mejor aprovechar el filón sugerido por el castaño y llegar al asunto que le interesaba.

–Si tanto te molestó esta sesión familiar, podemos dejarlo ahí.
Elihaj se le acercó de un salto, sus ojos azules estaban repentinamente húmedos.
–No estoy seguro de entender.
El moreno se revolvió incómodo sobre el polvoriento pupitre. No tenía valor para mirarle de frente. “El valor es cosa de los Griffindor” se justificó a si mismo, y siguió hablando con los ojos fijos en la punta de su zapato protésico.
–Digo que entrar a la familia Potter–Malfoy puede ser complicado, hasta peligroso. Puedes salirte, yo entiendo que no soy el mejor partido ahora, de verdad.
Elihaj se puso pálido, luego rojo, y pálido de nuevo.
–¿Tienes miedo de no poder defender a tu puta, Potter? –siseó.
Sin pensarlo, Tomas lo atrajo por los hombros y le sacudió.
–¡Tú no eres una puta!
–¡Entonces no esperes que actúe como una! –le gritó a su vez el Griffindor en lo que se deshacía del agarre.
Elihaj se alejó unos pasos y quedó de espaldas a él, su respiración irregular indicaba que trataba de ganar control sobre sus emociones. Al volver a hablar lo hizo desde allí, sin voltear.
–Seré hijo de muggles, pero entiendo lo suficiente de tradiciones mágicas como para comprender lo que intentas.

“No tienes ni idea de lo que se te viene encima” gimió mentalmente Tomas. “Aléjate cuando estás a tiempo, por favor, ponte a salvo. No podré ir hasta el final si tu…”

Elihaj giró al fin. Sus ojos azules estaban brillantes de lágrimas contenidas y el moreno comprendió que había elegido las palabras equivocadas para apartarlo, para ponerlo a salvo de si mismo en la batalla que se acercaba. ¿Tal vez, en verdad, ellos estaban destinados el uno para el otro? Cuando el castaño volvió a hablar, ya no había rastro de dolor en su voz, tan solo una convicción profunda, acerada.

–Me pediste un año de cortejo, Tomas Potter–Malfoy. Soy un Griffindor, ¿recuerdas? No faltaré a mi palabra porque una docena de viejos racistas degollen una cabra en algún ritual oscuro. Soy una puta –y no había rastro de dolor en su voz por el hecho–, pero soy tu puta, al menos hasta el verano.

Tomas deseó golpearlo, gritarle que no lo amaba, alejarlo a través del dolor y no descansar hasta asegurarse de que nadie, absolutamente nadie, pensara en causar daño a ese bello hombre frente a él para alcanzarlo, pero era inútil. Lo supo. Era tan imposible alejar a Elihaj, como imposible dejar de pensar en él.

“¿Será que de verdad me ama?”
La Voz resopló ante la idea.
“Nadie más que tus padres te ama, idiota. Tal vez le gustes, tal vez le caigas simpático y hasta le agrade que no le hayas quitado la ropa en la primera cita…”
“Ni en la primera, ni en la segunda” aclaró Tomas.
“¡No me interrumpas! El caso es que no te ama, y todo el amor que le des no va a cambiar eso. Es solo un Griffindor, permanecerá junto a ti porque es fiel. ¿Qué tiene que ver el amor con esto?”
“Todo.”
La Voz no supo qué responder, por lo que Tomas decidió que ya estaba bien de charla mental y debía encarar a su malhumorado novio.

–De acuerdo –le dijo en tono conciliador a Eli. –No lo tomes a mal, ¿vale? Solo quería recordarte que puedes romper el contrato cuando quieras.
Algo brilló en los ojos azules del otro, ¿sorpresa, inquietud?
–¿Estás convencido de que fueron mortifagos?
–Yo lo se, Eli. Lo se porque esta no es la primera señal –el moreno suspiró, inseguro de cuánto podía decirle a su novio. –Eso fue un ritual mortifago, o sea, una declaración de guerra, pero, antes que todo, es una amenaza de muerte.
–¿A ti y tus hermanos? –ahora Elihaj sonaba preocupado.
–No, para mi papá Draco.

Bristol, 10:40 am

Blaise se enjabonó las manos con cuidado y, con un cepillo de cerdas muy finas, procedió a restregar sus uñas una por una. ¿Estaban ya limpias? No estaba seguro, ¿tal vez, aunque no lo viera, alguna partícula de sangre seguía oculta? Tras enjuagarse, el moreno movió la varita y efectuó un hechizo detector por quinta ocasión: negativo, pero los hechizos podían fallar, ¿cierto? Tras pensarlo un poco, Blaise decidió que un nuevo baño estaba era conveniente. Si, tal vez con un baño completo se sintiera por fin menos…

–¿Blaise? –la voz de su esposo cortó el hilo de sus pensamientos.

Los pasos de Charlie se acercaban desde la recámara y pronto la esbelta figura era reconocible a través de los paneles de la ducha.

–¿Qué haces, amor?
–Me baño –repuso algo turbado el moreno.
La ducha fue abierta de inmediato, Charlie sostenía una toalla, su expresión era dura.

Sin decir palabra, el moreno se dejó envolver y conducir a la habitación, donde fue sentado en la cama y, en un tenso silencio, su pareja se dedicó a secarle el cabello y los pies. Estaba molesto, Blaise lo supo por la forma en que apretaba los labios, por su respiración ruidosa.

Cuando el pelirrojo consideró a su esposo lo suficientemente seco, convocó un par de tazas de chocolate tibio y se sentó a su lado.

–Creo que debes dejarlo –dijo al fin.
–Pero…
–¡No me interrumpas! –gruñó el otro. –Creo que deberías dejarlo –repitió algo más calmado Charlie-, porque estás demasiado alterado para haber participado en un simple sacrificio.
Blaise suspiró, derrotado. Su esposo no le había preguntado de lo ocurrido la noche anterior, nunca lo hacía, así que su fuente de información debía haber sido El Profeta.
–No es tan grave, de verdad puedo manejarlo.
Charlie le contempló con incredulidad.
–¿Sabes qué hora es?
El moreno hizo un gesto de negación con la cabeza, sin entender a qué venía la pregunta.
–Casi las once. Te dije que regresaba para las diez treinta, ¿recuerdas?

Blaise abrió la boca para decir algo, pero cambió de idea. ¿Las once? ¿¡Había estado en el baño por tres horas y media!? Hubo un “plop” frente a la cama, ante Blaise estaba su elfina personal con una bandeja de desayuno.

–Amo, usted ordenó que le trajeran el desayuno cuando saliera del baño. Aquí está el desayuno.
El moreno contempló con ojos ajenos a la criatura, pero Charlie se hizo cargo de la situación.
–Gracias Mika, es todo por ahora.
Un segundo “plop” señaló la partida de la elfina, el pelirrojo puso la bandeja en el regazo de su descolocado esposo con una mirada triste.
–Come –ordenó con voz suave, y el otro obedeció.
Cuando la bandeja estuvo vacía, Blaise se deshizo de la toalla y reptó, desnudo, debajo de las cobijas.
–Charlie –le llamó al ver que el pelirrojo se dirigía a la puerta de la habitación–, no me dejes solo.

Su esposo le hizo un gesto tranquilizador, fue al baño y, al poco tiempo, Blaise sintió el colchón hundirse a sus espaldas y unos brazos firmes acariciando su deforme cadera. Permanecieron en silencio por varios minutos.

–¿Me vas a contar?
Blaise suspiró con fuerza y empezó a contar la macabra aventura de la noche anterior.
–Ella dio uno de esos estúpidos discursos, y luego algunos “elegidos” fuimos a Bedale. Nada más ver la tumba de Remus quise irme, te lo juro. Yo nunca había estado de madrugada es… impresionante. Ella degolló a la cierva. No se a quién vio, pero parecía satisfecha. Le tendió el cuchillo a Gibons. La visión de él… pareció impresionarle para mal, porque no sonreía. Entonces…
Blaise tragó en seco, sobrepasado por el recuerdo. Charlie reanudó sus caricias en el flanco de su esposo. Podía adivinar lo que seguía, pero el moreno debía ser capaz de contarlo, por su salud mental.
–Me dio el cuchillo –continuó Blaise al cabo de un par de minutos. –Era de obsidiana muy pulida, estaba tibio de la sangre derramada y la magia alrededor nuestro. Miré al animal, eran los ojos de Joshua, ¡lo juro! Eran los ojos de mi ahijado en el cervato y yo…
Otra pausa, Charlie beso el cabello ya entrecano, el cuello todavía firme. El cuerpo junto a él se sacudía levemente por los sollozos contenidos.
–Creo –comenzó de nuevo Blaise–, creo que no sufrió. Le clavé la hoja en el corazón y él parpadeó como ¿sorprendido? Calló de rodillas, despacio, con la elegancia de un Malfoy. La sangre se veía negra entre la yerba, y yo sumergí las manos casi con prisa.
“Revelare”, dije: la figura apareció ante mi pequeña, pero nítida, la oí decir “Te perdono” y ya no estaba. No se… No tengo idea de quién mató al tercer cervato, ni de cómo seguí con ellos hasta el final, sin que me descubrieran. De repente estaba aquí, casi amanecía, te besaba la frente, deseaba un baño, un buen baño.
Blaise ya no lloraba, pero Charlie siguió moviendo sus manos a lo largo de la espalda y el pecho, ayudando a relajar los músculos tensos, dándole seguridad y consuelo.
–¿Crees que…? –otra pausa, el moreno parecía estar acumulando fuerzas para la pregunta. –¿Crees que en verdad fuera ella?

El pelirrojo no supo qué contestar. Poco sabía él de sacrificios y rituales invocatorios, pero dudaba que los mortifagos organizaran una ceremonia falsa en semejante lugar. De cualquier modo, razonó, debía usar las palabras con cuidado, ya que ese era un tema muy sensible para su pareja.

–Tal vez fuera ella, si. Y eso significaría que es hora de que te perdones a ti mismo, amor.Blaise giró a una velocidad que le hizo crujir la cadera de modo desagradable, pero decidió ignorarlo.
–¿Y tú, me has perdonado?

Charlie le besó los párpados, la nariz, los labios. ¿Cuándo entendería Blaise que ella nunca había significado nada, que era solo un poco de sexo sin compromiso? Su muerte la había dolido, si, pero porque era una compañera de la Orden, nada más.

–Te juro por nuestros hijos que nunca hubo nada que perdonar.
Blaise le contempló extrañado.
–Solo tenemos un hijo.
–No –el pelirrojo sonrió feliz, y guió una mano hacia su bajo vientre. –Hace cinco semanas que el hermanito o hermanita de Fabián crece aquí.

Blaise volvió moverse con mucha mayor velocidad de la recomendada por su medimago, para besar con reverencia el sitio donde la nueva vida latía. Lloraba de nuevo, pero de felicidad. Ahora si estaba seguro de que ella lo había perdonado pues hacía exactamente cinco semanas del veinte aniversario del único asesinato de sus años de mortifago que aún le dolía: Gabrielle Delacour.

TBC…

7 de octubre de 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 37

Para volver a vivir

Sea desde la raíz el amor despertado
y haga el capullo abrir
“Crecimiento del amor”, John Donne

Mithlond, Plaza de Ejecuciones

La explanada, Legolas lo recordaba bien, se usaba lo mismo para duelos que para funciones de títeres. Hoy habían montado un estrado en el extremo sur, con asientos para los jueces y las partes interesadas, y un perímetro de unos cincuenta metros cuadrados se prolongaba en forma oval frente al juez, definido por mamparas de color rojo sangre, con un solo acceso fuertemente custodiado. Alrededor del perímetro, y pesar de que el sol apenas asomaba tras las Colinas de la Torre, se había congregado una gran multitud, pero si deseaban a muerte de Ferebrim o la de su esposo, era algo que el príncipe no podía deducir de sus rostros inexpresivos.

“No importa lo que ellos crean” pensó mientras se arrebujaba en su manta añil y oro. “Aragorn dará su merecido a ese teleri y, aún cuando Círdan no quede satisfecho, mucho se cuidará de ofender de nuevo a los nietos de Galadriel.”

–Legolas –levantó los ojos hacia Elrohir. –¿Quieres otra manta?

–No –repuso suavemente, y aflojó el agarre sobre el cierre de la capa. –Son los nervios.

El noldor sonrió con seguridad y le palmeó el hombro.

–No te preocupes. Durará poco.

El rubio asintió, pero nada más dijo. Se mantuvo en silencio mientras la multitud se congregaba, con los ojos lejanos, opacos, tristes. Legolas estaba tan ensimismado en su melancolía, que no se dio cuenta de que Elladan le miraba con preocupación evidente.

–¿Sigue en su mundo?

La pregunta había sido apenas un susurro, pero reconoció la voz, y el calor del cuerpo a su espalda.

–No está aquí –afirmó con dolor. –Solo trata de cumplir su papel.

Tras él, Elladan suspiró con fuerza. Había sido el primero en percibir la creciente melancolía de Legolas. El príncipe era gentil, razonable, hasta cariñoso con su esposo –hasta donde su estado físico lo permitía–, pero Elladan llevaba demasiado tiempo mintiendo como para no reconocer las señales. Legolas no estaba con ellos la mitad del tiempo –así de simple–, sino recordando una y otra vez los días del rapto. Por horrible que sonara, el gemelo podía comprender el mecanismo mental del rubio: tras perder a Auril, deseaba recrear cada momento de su breve vida, por lo que recordaría con cuidado su estancia en la llanura de Orome aunque eso trajera de vuelta el dolor y la humillación.

Elladan y Elrohir habían tratado de darle pequeñas alegrías –la nueva imagen de Geniev, la noche anterior, casi había logrado que su sonrisa fuera verdadera. Pero ninguna idea le conmovía de modo permanente: apenas la novedad pasaba, Legolas regresaba a su propia miseria y se abstraía del mundo. Por supuesto, recordar unas cinco o seis veces al día como te arrancaban de los brazos a tu hijo para ser violado no contribuía a la recuperación de su autoestima.

Habían tratado de apoyarse en Estel, pero su hijo estaba tan abrumado por la culpa que apenas podía pensar en lo cotidiano. El embotado cerebro del hombre –y debían admitir que había sido un año duro, incluso para sus normas– no daba para más que un proyecto: matar a Ferebrim y regresar a casa. Explicarle a Estel el peligro que se cernía sobre su esposo a mediano plazo, el peligro de que ese estado de melancolía lo llevara a la tristeza irremediable, no sería útil, incluso podría precipitar su propia crisis emocional. De modo que los gemelos no tenían más que esperar, y confiar en que el holocausto de sangre que Legolas exigía, a cambio de su honor y su hijo, fuera suficiente para los fantasmas que le asediaban.

Con todas esas ideas en la cabeza, el Señor de Imladris se apartó de su pareja para dirigirse a uno de los asientos dedicados a los demandantes, a la derecha del juez. Podía sentir sobre su cuerpo las miradas acusadoras de muchos dignatarios de la corte, que, aunque no aprobaban las acciones de Ferebrim, tampoco veían con buenos ojos sus sentimientos por Elrohir y Estel.

“Malditos hipócritas. Condenan el incesto, pero permiten que un elfito como Mardil sea sistemáticamente abusado por sus patrones. Al menos Ro y yo nos respetamos, nos damos voluntariamente. ¿Acaso enseñé yo a mi hijo a secuestrar esposos ajenos? ¿A violarlos y envenenarlos?”

Elladan apretó los labios al recordar el primero de los crímenes del teleri, el que desencadenara aquella desafortunada aventura.

“Ada…”

Desde la muerte de Löne, Elrohir no podía querer a Elrond como a un padre, sino como a un Señor, y solo les había unido la obediencia que debía al último de los reyes noldor en asuntos de política y guerra. La confianza ciega en sus juicios y valores había desaparecido aún antes –cuando supo que, sin importar las enseñanzas de todos los antiguos, él y su hermano se querían. Pero desde su regreso a Rivendel, ochenta y seis años atrás –con el pequeño Estel y el cadáver de su cuarto hijo–, habían construido algo… un pacto de respeto y convivencia. Al punto de que, al viajar al sur en refuerzo de las tropas de Gondor, se había descubierto añorando al severo Lord Elrond (mucho menos severo tras esos inviernos lidiando con las travesuras del nieto) y con ganas de regresar a las largas partidas de ajedrez y los torneos de flauta.

Ochenta y seis años –menos de un siglo–, y lo había perdido de nuevo. No, no lo había perdido: Ferebrim se lo había arrebatado.

“Ferebrim es vuestra criatura, partida de vergonzantes mojigatos. Y si os molesta que mi hijo lo despache, regresaré con las tropas del abuelo y arrasaré hasta los cimientos toda esta corte decadente.”

Para intentar serenarse, Elrohir miró al cielo, cubierto de nubes bajas y oscuras, de nieve. Eso le hizo recordar que, aunque faltaban quince días para la Muerte de Anar (21 de diciembre, solsticio de invierno), aún los copos no habían bendecido la tierra con su frescura.

“Será un invierno corto” dedujo. Y eso le alegró, porque mientras menos nieve cayera, antes partirían Estel y Legolas al sur, a su nuevo hogar.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el repiqueteo de los cascabeles que, colgados en los bordes de la carreta, anunciaban que su viajero estaba acusado de un crimen de lesa majestad (contra el Estado y los Valar). Como un animal de miles de cabezas, la muchedumbre giró hacia el camino de la cárcel, desde donde se acercaba la jaula con ruedas. A pesar de la distancia, la figura de Ferebrim era reconocible, erguida en el centro, con una apostura arrogante y desdeñosa, bastante anacrónica para alguien que vestía la túnica blanca de los prisioneros y la diadema roja del infanticida.

En el palco del juez, se hizo un prudente silencio. Nadie estaba tan loco como para apoyarle abiertamente con semejantes pruebas y tan vigorosos enemigos. Solo Círdan se puso en pie, cuando la jaula cruzó el límite del terreno de lucha y esperó así a que los guardias ayudaran a Ferebrim a pisar tierra.

“Lo tratan con demasiada suavidad” pensó Legolas en su sitio, y los dedos se le contrajeron de nuevo alrededor de la manta.

–Ferebrim hijo de Fimbrethil, de la tribu de los Falmari, se te acusa de regicidio, rapto, estupro e infanticidio. ¿Cómo te declaras?

El teleri echó la cabeza hacia atrás, para apartar de la frente los oscuros mechones que escapaban de su trenza. Sus ojos brillaban, sin sombra de temor.

–¿Acaso importa? Nada soy, más que el objeto de expiación para evitar un ataque de noldors y sindas. Este es un juicio pactado. ¡Todos lo saben!

Ante sus palabras, un rumor ofendido se alzó en la multitud. Elladan apretó el brazo de su silla y reprimió el deseo de clavarle una daga en la garganta. Legolas bajó la cabeza y se mordió los labios. Elrohir puso una mano en el hombro de su amigo y le susurró palabras reconfortantes. Geniev, que apenas intuía la contrariedad que produjeran las palabras del elfo malo, hizo crujir sus nudillos. Mardil, al lado del drug, cubrió las callosas manos con las suyas, delgadas y blancas, tratando de calmarle.

Círdan alzó el brazo, y su voluntad acalló los comentarios.

–Este juicio tiene un solo pacto, Ferebrim hijo de Fimbrethil, de la tribu de los Falmari, y es con los Valar. Los que te acusan son miembros honorables de las casas reales de Imladris, Erys Lasgalen, Lothlórien y el Reino Unificado de Gondor y Arnor. Te quiero bien, muchacho, y para que la duda no ensombrezca las razones e intensiones de este juicio, estamos aquí, en el campo del honor.

¡Ahora si! Elladan había visto un destello de temor en los ojos del teleri.

“¿Creíste que te daría la oportunidad de usa la lengua, miserable? Pues no, para nada. Prueba con tu sangre que mi padre y mi nieto no están con Mandos por tu culpa.” sonrió con satisfacción. “Solo podrás jadear mientras huyes del filo de Anduril.”

Círdan seguía hablando, ahora sostenía ante si un pergamino para leer las condiciones del duelo.

–… y para que así conste, él declaró ante un escriba que tendrá por erróneo su juicio si tu llegaras a mutilar un dedo, una oreja o la nariz del cuerpo de su campeón…

Ante las ventajosas condiciones iniciales, el rostro del acusado perdió tensión, pero la multitud se desanimaba a ojos vistas. Todos en Mithlond sabían de su habilidad como guerrero, y no esperaban le tomase mucho tiempo cortarle un dedo al humano que lo retaba.

“Si, hazte ilusiones, cerdo.” pensaba Legolas. “Poco te va a durar la alegría.”

–… y el campeón se comprometió a obligarte a derramar en la tierra una cierta cantidad de sangre como holocausto. Las cuales son: un tercio de tu sangre, para satisfacción de los señores de Imladris; un segundo tercio de tu sangre, para satisfacción de los señores de Erys Lasgalen; y un sexto de tu sangre para satisfacción del Consejo de Nobles del Reino de Gondor. Derramados los ya dichos cinco sextos de tu sangre, el campeón habrá cumplido su deber y las partes acusadoras tendrán por satisfecho su honor y tu quedarás libre de obligaciones ante ellos –el elfo levantó los ojos del documento y miró al acusado. –¿Comprendes? –Ferebrim asintió, aunque ya sus ojos no brillaban con socarronería. –¿Aceptas el reto?

“¿Qué otra cosa puede hacer?” meditó Elrohir, sin mover un músculo del rostro. “Si renuncia al duelo, su honor quedará comprometido y los jueces no serán tan receptivos a sus sofismas” observó entre sus pestañas el rostro congestionado del teleri. “Lo hemos acorralado.”

–Acepto –dijo al fin, y el clamor de alegría ante la inminente batalla singular se extendió entre el público.

Entonces entraron los cargadores, que le dieron a elegir entre diez espadas largas y diez escudos pequeños de madera reforzada con cuero, y los vestidores, que le sacaron la diadema roja y la túnica de los presos para dejarlo solo con unos calzones ajustados, que cubrían todo el muslo. Cuando los otros elfos se retiraron y Ferebrim se vio solo en el campo, extendió los brazos al sol y dio varios molinetes con la espada, que, al tiempo que desentumecían sus músculos, provocaban gritos de excitación entre la parte más joven del público. El elfo dio incluso un par de saltos bastante decorativos, que los verdaderos guerreros de la audiencia –en realidad muy pocos además de los gemelos y Legolas– reconocieron como acrobacias inútiles en batalla campal.

Círdan volvió a alzar la mano pidiendo silencio.

–Que venga el campeón de los demandantes.

Aragorn apareció por la pequeña puerta, y su aspecto no pareció impresionar a los espectadores, aunque Ferebrim –y Legolas sintió un delicioso calor en el pecho al notarlo– le dedicó una mirada calculadora, casi cautelosa.

“Tu sí sabes de lo que es capaz” pensó el rubio, y casi sonrió. “Puede que esta chusma racista e ignorante crea que es poco más que un animal peludo y grueso, torpe y frágil. Es lo que creen los elfos de los hombres en general, lo que yo creía antes de conocerlos. Pero tu, mi querido Ferebrim, sabes que mi esposo no es un hábil espadachín, o un arquero de increíble puntería, o un practicante del, más físico, pugilato. No. Mi esposo es un guerrero de verdad, en él, la más depurada técnica de combinar armas y recursos físicos se unen al fiero instinto del depredador. Tú y los tuyos os acostumbrasteis a usar la espada como un juguete, y creísteis que ese juguete asustaría a un hombre de verdad.”

Aragorn se adelantó en silencio, con el escudo redondo fijo en el antebrazo izquierdo y Anduril apenas sostenida por su mano derecha. La extremidad que sostenía la espada era, a simple vista, poderosa, pero la hermosa hoja avanzaba tras su dueño, con la punta arañando la tierra, diríase que perezosa. El rostro del hombre era una máscara inexpresiva.

“A veces incluso me pregunto por qué te embarcaste en este juego. Si de veras tu ceguera te llevó creer que podrías humillarlo y robarlo solo porque tu raza se dice más cercana a Manwe y los Ainur, más culta y bella, elegida. Aunque acaso fuera solo un juego de poder (mi padre decía que él no es digno de mi mano y tu si, etc.) que se te fue de las manos.”

Aragorn se detuvo a unos cinco metros de su enemigo. Ferebrim sonrió y levantó la espada, pero su sonrisa, como la calma del hombre, era falsa. En la empalizada, la gente gritaba palabras obscenas, apuestas apresuradas, burlas, pero ninguno de los dos escuchaba.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Tu raza… Una vez te dije que no eres un elfo. ¿Lo eres? Entonces, ¿qué soy yo? ¿Cuál de los dos no pertenece a “la más hermosa y la más sabia de las razas que jamás existieron”? No. Ya yo no quiero ser un elfo. Amo a Aragorn, no a Estel, al hombre, al montaraz, no al aprendiz de eldar. No me importará morir, si he sido feliz su lado.”

Ferebrim dio un paso a la derecha, que Aragorn imitó; luego dos pasos a la izquierda, que Aragorn reprodujo también. Siguieron tejiendo pasos gratuitos, sin acercarse ni alejarse del límite que el hombre marcara al inicio. ¿Bailaban? Si, pero con estilos diferentes. El elfo era grácil, etéreo: la espada le seguía con hermosos dibujos en el aire claro de la mañana invernal. El hombre daba sus pasos con reposada firmeza, como una máquina bien ajustada cuya fuerza no es necesario invocar: Anduril seguía con la punta en el suelo, colgante de un brazo laxo, casi ridículo a lo largo del poderoso torso.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Y tú, ¿en qué haz sido digno de la inmortalidad? ¿Acaso por ello te haz comportado de manera más digna, más sabia? Solo dolor y traición hallé junto a ti, aunque eres mi hermano de raza. Tu codicia de poder –quiero creer que fue eso, porque le maldad pura niega la sensatez–, trajo muerte a los míos, y nada pudiste ofrecer para compensarlo más que embustes. ¿Tanto me deseabas? ¿Tanto valía a tus ojos el poder que mi mano carga?”

Ferebrim fue el primero en aburrirse de los tanteos, y saltó hacia delante con la espada alzada. Aragorn recibió el golpe en el centro del escudo, hurtó el cuerpo girando por detrás de él y le hizo un corte en la pantorrilla antes de alejarse. El elfo giró un segundo demasiado tarde para alcanzarlo. El rostro se le deformó en una mueca dolorida.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Y pensar que me tuviste en tus manos, que yo todo lo hubiera dado –todo mi poder, toda mi fuerza, toda mi dignidad–, a cambio de él. Tomaste de mí lo más valioso, Ferebrim, pero no podías reconocerlo, mucho menos usarlo. Mi Auril, mi criaturita, mi fruto sublime. El era lo más querido entre lo más querido, y tu lo rompiste en mil pedazos pequeñitos, bestia parlante, en millones de gotas de sangre que se me salieron del cuerpo como un río amargo, títere de carne y odio, en incontables noches que se ciernen sobre mi teñidas de muerte y llanto.”

Intentó atacar nuevamente, ahora con un movimiento lateral. Aragorn lo rechazó con el filo de su arma y le obligó a alzar el brazo con un molinete. Luego Anduril cayó como un rayo, dejando herida su redondeada cadera. Ferebrim cojeo, su lado derecho casi inutilizado, tratando de alejarse.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que mueras, pero a la vez no quiero. ¿Qué haré cuando hayas muerto? ¿Acaso podré matar a mi dolor contigo? Demasiado bien se que no, que el malestar se me va a quedar adentro, como una espina, como un pozo de hiel infinito, como un humor pesado que quietará el perfume al pan y la frescura a la leche.”

El hombre se alejó, mientras el charco de sangre empezaba a dibujarse a los pies del elfo. Dio un par de vueltas alrededor de su presa y se permitió sonreír. Inició su propio baile, su danza de crueldad, montada con saltos de acercamiento, cortes pequeños –en zonas donde la sangre corre casi a flor de piel–, y saltos para alejarse. Siempre fugaz, siempre en el límite del alcance del arma de su oponente, que se debilitaba a ojos vista.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que sufras, pero a la vez no quiero. ¿Puedes tu sufrir como lo hago yo, como lo haré? ¿Y de qué me servirá? Mi sufrimiento es mío, no es el de los gemelos ante su roble, ni el de Glorfindel recordando a Voronwe. Ni siquiera es igual al sufrimiento de Aragorn. Es el mío, el que marcará mis gestos, mis pesadillas, mis sonrisas. Nada podrá llevar mi sufrimiento a tu corazón, si es que lo tienes. Nada podrá poner mi sufrimiento en tu cuerpo, para que se muera junto a ti.”

Aragorn se acercaba y alejaba con un ritmo propio, castigando los hombros, la espalda, los muslos, el cuello. No sonreía, ni hacía muecas, su rostro permanecía impasible, como cuando saliera a la arena. No bajó la guardia ni se dejó seducir por los gemidos de dolor e impotencia que emitía su enemigo. Ferebrim calló de rodillas, debilitado por la pérdida de sangre.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que vivas, pero a la vez no quiero. ¿No dicen las leyes antiguas que debes morir si has matado? Si, lo dicen las mismas leyes que yo desafío, que desafían los gemelos y los hermanos de Maerys. ¿Es legítimo que invoque yo esas leyes, si niego su poder sobre mí? ¿Podría dormir si estuvieras por ahí, arrastrando tu odio y rencor por sobre Arda? ¿Podré dormir cuando mueras? ¿Qué diferencia hay?, si el daño que me haz hecho no puedes, en realidad, pagarlo. Si tu muerte no hace que Mandos retire su mano de mi hijo, ¿para qué quiero tu sangre? ¿Habrá una diferencia, una certeza de que la justicia tras la muerte de alguien que no llegó a nacer está en matar?”

Aragorn estuvo muy quieto por un instante, mirando con intensidad a su oponente, como si calibrara la posibilidad de una trampa. Al cabo decidió que era seguro acercase.

–¡Yulma! –gritó, y un sirviente se apresuró a través del campo a presentarle un cáliz de madera negra y pulida.

El hombre se acercó al elfo y recogió un poco de la sangre que manaba de su brazo en la vasija. Luego se dirigió a la tribuna.

–Sercë –dijo al tiempo que presentaba el licor carmesí a Elladan.

El gemelo asintió con gravedad.

–Sérë –respondió.

El hombre caminó un poco y se detuvo ante Legolas.

–Sercë –repitió y le ofreció la copa.

“No, no hay certeza de la justicia cuando se construye un mundo nuevo. Pero aún recuerdo lo que te dije. Tal vez yo sea elfo, hombre o extraño híbrido por explicar, pero te hice una promesa, Ferebrim de los Puertos Grises.”

–Sérë –respondió el rubio, y añadió. –Sinomë sercë.

Si Aragorn se sorprendió de su petición, tuvo buen cuidado de ocultarlo. Regresó donde Ferebrim, y lo remolcó hacia la tribuna por el pelo, de modo que un sendero oscuro y débiles quejidos le seguían. Legolas bajó del podio a la hierba, ligeramente mareado, pero seguro de sus deseos.

Aragorn obligó a Ferebrim a ponerse en pie, frente a su esposo.

–¿Sinomë sercë? –preguntó Aragorn, como si no estuviera seguro de que Legolas deseara realmente esto.

El rubio lo miró con fastidio.

–¡Sinomë sercë! –confirmó y volvió a concentrarse en Ferebrim.

“Mírame a los ojos, maldito. Quiero que sepas que pude cumplir mi promesa. Si, soy yo quien te envía a Mandos, dale mis saludos a Lord Elrond, a mis cuatro cuñados, a mi hijo.”

Aragorn se colocó detrás del teleri, levantó su espada y lo decapitó de un solo tajo. Un chorro de sangre salió disparado del cuello, al tiempo que la cabeza volaba unos cinco metros a la derecha, con los ojos abiertos de horror. Su cuerpo, el duro cuerpo del que fuera el petimetre más admirado de Mithlond, calló muy despacio –primero de rodillas, luego de lado.

El hombre se sentó en la hierba sin muchas ceremonias, extremadamente agotado.

Solo Legolas permaneció de pie. Estaba ahí, en medio de la Plaza de Ejecuciones, con los brazos abiertos y la cabeza echada hacia atrás, el rostro, el cabello, el cuello y la camisa apelmazados por la sangre que se le secaba rápidamente encima. Lanzó una carcajada amarga con su voz alta y fuerte, de guerrero, su voz de antes.

–Sérë.

Y se desmayó.

–Creo que ya podemos volver a casa –anunció Elrohir a su pareja en lo que se acercaban para auxiliar al rubio.

Hobbiton

Frodo se acarició el hombro por encima del abrigo y suspiró.

–¿Te duele, tío Frodo?

El hobbit levantó los ojos, sorprendido, y se esforzó por sonreír a Teddy, el hijo mayor de Rosita.

–No pequeño, solo fue un gesto. Me había caído un poco de nieve encima.

Pero la excusa alarmó al chico.

–¿Nieve? ¿Y si te resfrías, tío?

Enseguida se puso a acomodarle las mantas para asegurarse de que estaba completamente cubierto.

–Este viento es terrible –refunfuñaba–, cuando bajamos, parecía que las frazadas te iban a cubrir bien, pero resulta que te calló nieve en el hombro de la herida. Si mamá se entera…

–¿Por qué eres tan serio? –le interrumpió Frodo.

Teddy se quedó muy quieto, luego retrocedió un par de pasos, y sus boticas se hundieron en la nieve suave alrededor del refugio de Frodo.

–No creí que te molestara…

–No dije que me molestara. Pero tienes diez años Teddy, deberías estar allá –y Frodo señaló la base de la colina, donde algunos chicos construían con nieve y otros se enfrentaban con pequeños proyectiles helados–, no cuidando de mí.

El chico sacudió la cabeza, las orejeras de su gorro se agitaron, de modo que parecía que sus mechones eran marrones, cuando, en realidad, Ted era todo rubio, tan rubio que se confundiría con la nieve de no llevar abrigo.

–Son tontos, todos ellos –admitió al fin–: chillan y se caen, lloran. Pelean por tonterías y se la pasan hablando de sus papás. No me interesan. En cambio tu sabes muchas cosas –Teddy blandió su libro con dibujos de animales–, y te las puedo preguntar. Además –añadió en tono bajo, secreto–, cuando lleguen tus amigos alguien tendrá que ayudarte a salir al camino y correr para buscar a Sam ¿no?

Frodo suspiró y asintió con desgana. Sus amigos… ni siquiera a Sam le había dicho que esperaba a Aragorn y Legolas, Teddy apenas sabía que esperaba a gente que conociera más allá de Bree. En realidad, no había planeado compartir la espera con nadie, Sam estaba corriendo con la reconstrucción de la Comarca, Rosita cuidaba de Eleanor, Merry y Pippin estaban ocupados en Los Gamos. Había sido fácil inventarse una excusa para pasarse largas horas en una silla, junto a su puerta redonda como un ojo de buey... hasta que empezó a soplar el viento y llegaron las primeras nieves. Bolsón Cerrado no era el agujero más lujoso bajo la colina, sobre la colina y más allá del Delagua por la mera cantidad de habitaciones – comprendió entonces Frodo– sino porque su orientación había sido cuidadosamente calculada para que los nortes invernales golpearan el lado de la casa que no tenía ventanas y barrieran el breve jardín frontal, orientado al oeste.

Había estado encerrado unos días, sin saber qué hacer, hasta que se le ocurrió sentarse en la falda de la colina, desde donde podría controlar la suave pendiente que hacía el camino antes de curvarse para alcanzar la puerta verde de Bolsón Cerrado. Era un buen plan, pero la pendiente estaba llena de nieve ahora, y excavar un refugio era imposible para su brazo malo. Entonces, le pidió ayuda a Ted para bajar un sillón con las patas forradas de latón y poder sentarse. La nieve estaba dura ya: resistió al pesado mueble, y al delgado hobbit, sin problemas.

Lo que no esperaba Frodo era que el chico se quedara a su lado, para, con un poco de ansiedad, pedirle una historia “cortica” sobre el viaje y las maravillas de más allá de Bree. Accedió y descubrió al rato que se ponía el sol y Ted estaba embobado con su “cuento” del páramo y el misterioso hombre salvaje. Siguieron así varios días, y Frodo acabó bastante intrigado por la persistente soledad de Ted, de ese muchachito rubio cuyos ojos brillaban al evocar la mística belleza de Arwen, pero incapaz de decir “Gracias” cuando su madre le servía la cena.

El hombro volvió a latir, Frodo se mordió la lengua y renunció a comprender las razones del pequeño: tenía bastante con sus propios problemas.

–Anda, ayúdame a subir a la casa –dijo en lo que empezaba a separar las cobijas. –Hemos esperado suficiente por hoy.

Ted asintió y se aplicó a retirar y doblar con cuidado las mantas. Un gesto algo maniático, en opinión de Frodo, pero Rosita era igual. Mientras, él tomó el cuaderno de Ted y sus propias notas para ponerlas en un morral. Sintió un ruido a sus espaldas como de pasos y resoplidos. Se volteó a medias, ¿tal vez Sam hubiera llegado antes de lo habitual?, y… calló sentado en la nieve de la impresión.

–¡Tío Frodo! –Ted se apresuró junto a él, pero ya uno de los jinetes había desmontado y levantaba al pálido, y húmedo, hobbit.

–Vaya manera de recibir a los amigos, Señor Bolsón. Creí que no volverías a tomarme por un villano.

Pero el mediano recuperó el aplomo enseguida.

–Tengo que tomarte por un villano si llegas entre la hora del te y la de la merienda, Majestad, porque eso significa que te quedarás a comer.

Las risas estallaron entre Frodo, Aragorn, Legolas, Elladan y Elrohir, mientras Ted y Geniev les observaban asombrados.

–Venga, vamos a Bolsón Cerrado –propuso Frodo en lo que se sobaba el hombro. –Estoy seguro de que Rosita tendrá algo de te, y galletas, dos o tres coles ácidas, un pastel esponjoso…

–¿Piensas comerte todo eso? –le interrumpió Elladan.

–No –le contestó Frodo sin inmutarse. –Es que he aprendido que las leyendas de elfos alimentados de ambrosía son eso, leyendas.

En ese momento, Frodo recordó a Ted, y lo descubrió oculto tras el butacón, con ojos espantados.

–Ven acá, Ted, quiero presentarte a mis amigos de más allá de Bree.

El muchacho se acercó, con pasos inseguros y torpes, entre la nieve sucia por los caballos y se detuvo detrás de Frodo.

–No hay nada que temer –le aseguró el hobbit. –Te presentó a Aragorn, a quien llaman también Trancos, Rey del Oeste.

Ted miró desde sus ochenta centímetros la imponente figura, de barba tupida y perspicaces ojos grises, y comprendió de golpe todo el miedo de Frodo, y todo el valor de Sam aquella noche en El Pony Pisador.

–El es Legolas, príncipe de Mirkwood –continuó Frodo, y al niño se le pusieron los ojos como platos cuando el joven elfo dejó caer su capucha y el suave sol de enero iluminó sus rasgos y su clara melena.

–Ellos son Elladan y Elrohir, los príncipes de Rivendel, al pie de las Montañas Nubladas y él…

Frodo miró interrogante al hombre, ¿quién era el quinto de la comitiva?

–El es mi sobrino Geniev –se apresuró a explicar el hombre–, guardián de Norburgo hasta hace poco. Viene con nosotros al sur.

Hechas las presentaciones, todos subieron la suave cuesta. Ted tomando de la mano, muy orgulloso, a su tío Frodo. Había encontrado un adulto que cumple su palabra y eso es algo para recordar.

Cuando llegó Sam, a poco de ocultarse el sol, ya los cinco visitantes estaban limpios del viaje y reposaban cerca de la estufa de Bolsón Cerrado. Aragorn fumaba una pipa de buena hierba de la Cuaderna Sur, con Legolas sentado a sus pies; los gemelos discutían unas notas del Libro Rojo con Frodo; y Geniev miraba todo como quien por primera vez ve una casa por dentro. Solo le esperaban para comenzar la cena, y el antiguo jardinero no tuvo tiempo ni de asombrarse al comprender para qué quería Frodo todas aquellas mantas tan largas que encargara durante la restauración de la casa. Lo que quedaba del invierno sería movido y, pensó, los gemelos podrían ayudarle a comprender mejor el misterioso regalo de la Dama.

Días después. Cuando ya la emoción por la llegada se había calmado y las visitas de todos los parientes y personas importantes se completaron, con promesas de devolver la cortesía que ni los elfos ni el hombre pensaban honrar. Pudieron hablar con calma del obsequio que Radagast había enviado al Portador del Anillo.

Grande fue la sorpresa de Elladan, Elrohir y Legolas al enterarse de que, increíblemente, sí quedaba un ejemplar de Oiolairë en la Tierra Media. El mago pardo había entregado sus hojas muy gustoso al Rey, con la advertencia de que no estaban destinadas a curar a Elrond, sino a Frodo Bolsón, para que cumpliese su deber de escriba y padre de familia.

–Bueno –admitió el hombre en esa parte del relato–, casi me río del viejo cuando dijo tal cosa. Pero los magos son gente muy enterada, ya lo puedo ver otra vez –y lanzó una mirada elocuente a Rosita que, con la pequeña Eleanor en brazos, vigilaba el juego de tabas de sus otros hijos en el suelo del comedor de Bolsón Cerrado.

–Si –comentó Frodo sin poder evitar el sarcasmo. –Deber como padre de familia, pase, pero como cabeza, lo dudo mucho. Me siento bien siendo mimado, amigo. ¿Qué te puedo decir?

Por supuesto que no había nada que decir a eso, pero todos se alegraron para sus adentros de que Frodo tuviera, por fin, un rincón seguro y cálido donde envejecer. Y envejecer con alegría, decidió en cuanto los emplastos de las hojas del «verano eterno» cerraron la fea llaga de los Espectros del Anillo definitivamente.

Aunque seguía soplando un aire frío y seco del norte, los días eran cada vez más largos, y una mañana los gemelos se descubrieron calculando cuánto tardaría la nieve en dejar pasar el sol a través de las ventanas del agujero de su amigo Frodo. Ese sería el momento para partir. Siempre y cuando, por supuesto, que Legolas y Aragorn se arreglaran.

Aragorn salió de su cuarto ajustándose los guantes, había quedado con su esposo en pasear por la orilla del camino, donde estuvieran antes los grandes árboles de la Comarca. Legolas deseaba poner sus manos en la nieve y sentir a los pequeños retoños, latentes, esperando el calor de la primavera. No era, en realidad, su idea de cómo pasar una helada tarde de febrero, pero él haría cualquier cosa por mejorar al taciturno humor de su pareja y, tal vez, hacerle hablar de ellos dos, del futuro.

Llegó a la salita de lectura, donde el elfo ya le esperaba completamente vestido, apoyado en el amplio ventanal que ocupaba casi la mitad de la pared norte de la habitación. Tras mucho palear, Teddy y Sam habían logrado quitar la nieve del jardín frontal, de modo que el sol de invierno iluminaba las tertulias vespertinas de la familia, aún cuando la estufa estuviera encendida dentro.

–Estoy listo –anunció, pero el elfo no pareció haberle escuchado. –¿Legolas?

Ya bastante acostumbrado al ensimismamiento de su pareja, Aragorn se acercó despacio y lo abrazó por la espalda. Legolas permaneció absorto, con la mirada fija en la ventana. Al seguir la dirección de sus ojos el Rey comprendió: los niños de Rosita Coto jugaban en el jardín entre gritos y saltos.

–Son hermosos –explicó el elfo. –A veces me quedo mirándolos largo tiempo, pienso en... –se interrumpió de pronto y su reticencia sembró de melancolía el corazón del hombre.

–Piensas en Auril.

Legolas asintió.

–Ahora tendría seis meses de concebido, daría patadas y a mi vientre se le formarían pelotitas –se vuelve para mirar los ojos grises y dolidos. –Hable con él Aragorn ¿entiendes? Ese mes que pasé atravesando las montañas fue mi única compañía.

–Lo imaginaste, amor.

Legolas empezó a soltar las palabras rápido, como si temiera perder el valor para decirlas.

–¡No lo imaginé! Leí en los Puertos Grises de ello, es un vínculo que se establece entre los gestantes y sus hijos en momentos de extremo peligro. Mientras ocurría yo creí que lo imaginaba, que era efecto de la soledad o de esa poción maldita que me hicieron beber, pero fue real.

–Lo haz dicho, “fue”. Ahora solo estamos tú y yo, y debemos seguir adelante.

–No puedo seguir adelante con esa muerte a mis espaldas.

–¿Olvidas quién fue responsable de tu secuestro? No podías hacer nada.

–Si yo no hubiera aceptado beber esa cosa –su rostro dibuja una mueca de asco solo con recordar su sabor e implicaciones–, acaso, acaso estaría vivo. Es una idea que me ronda la cabeza.

–De negarte ellos te habrían controlado a golpes, y habrías abortado en medio de Angmar para morir poco después. ¿Suena brutal? Pues cada día de aquella persecución temí hallarte en una curva del camino, desangrado. No tenía idea de cómo evitaban tu huída sin violencia física. –agita la cabeza para apartar tales recuerdos– No fue agradable, por suerte eres muy fuerte.

Legolas sonríe tristemente.

–No lo bastante fuerte para salvar a nuestro hijo.

Entonces Aragorn comprendió que su momento de ser absolutamente sincero había llegado. Temió la reacción del elfo, pero, si alguna vez Legolas llegaba a enterarse por otros medios, jamás se lo perdonaría. Se alejó un poco y dejó caer su cuerpo en un sofá.

–Eso no es cierto.

El Príncipe lo miró sin comprender.

–¿Cómo?

–Cuando llegamos a los Puertos estabas inconsciente y débil, sospechosamente débil. Círdan te examinó, interrogó a Ferebrim, hizo estudiar el brebaje maldito y luego se encerró conmigo en su despacho para explicarme lo que te ocurría. ¿Dices que hablaste con Auril? ¿Nunca te dijo que estaba enfermo?

Legolas está sentado frente a su esposo ahora, mirando sus manos nerviosas y sus ojos inquietos.

–Los dos estábamos enfermos.

–No se si ese teleri maldito creó el plan desde antes de secuestrarte, si decidió hacernos más daño luego, o si fue pura estupidez suya, el caso es que te había dado demasiada bebida y eso, unido al ayuno, los puso al borde de la muerte. –estrecha las manos del elfo y busca sus ojos. –Teóricamente podías haberlo soportado, pero no con Auril dentro de ti, estaba creciendo y toda tu energía se dirigía a ese punto. –respiró hondo, lo que seguía era duro. –Círdan me dijo esa noche que era demasiado tarde para uno de los dos, me correspondía elegir como esposo, y como Rey, entre el Príncipe Consorte y el Príncipe Heredero. Fue mi decisión.

Los siguientes acontecimientos transcurrieron demasiado aprisa para el hombre: de repente el elfo saltó sobre él y le llevó hacia el piso con sofá y todo.

–¡Mataste a mi hijo! –gritaba Legolas con todo el aire de sus pulmones. –¿Cómo puedes estar orgulloso de ello?

El elfo estaba sentado sobre su pecho, propinando puñetazos a los hombros, el cuello, el rostro y la cabeza sin fijar el blanco, tan solo tratando de descargar su furia. Aragorn ni siquiera intentó defenderse. Al cabo Legolas cambió de idea: las delgadas y blancas manos pugnaron por rodear su garganta.

Por suerte Geniev y los gemelos, asustados por tanto escándalo, entraron corriendo y apartaron al Príncipe. Pero este siguió debatiéndose y gritando mientras lo aguantaban.

–¡Maldito! Lo dejaste morir y ¿quieres que te agradezca? Mataste a mi elfito Aragorn, nada deshará tal crimen.

Geniev y Frodo, que esperaba a que los ánimos se calmaran desde la entrada, quedaron impactados por aquello, miraron interrogantes al ex–montaraz. El Rey de Gondor tenía el rostro cubierto de sangre y lágrimas, era la viva imagen de la desesperación. A pesar del peligro se acercó a Legolas y habló con voz firme.

–No dejé morir a tu elfito Legolas, elegí entre nuestro hijo y tu vida. ¿O haz olvidado que también era parte de mi sangre y de mi carne? ¿Qué sería mi hijo, mi primer y único hijo? ¿Quieres saber cómo planeaba Círdan salvarle? Te mantendría dormido los siguientes diez meses, hasta que le embarazo llegase a término, y tú ibas a morir en el parto. Así, con sangre fría absoluta, ibas a morir tras alimentar a mi hijo de ti cual si fuera un parásito. Si, porque en ese caso sería solo mi hijo, ni siquiera tendría recuerdos de su Ada. En cambio, al optar por tu vida me arriesgaba a no tener descendencia, porque Círdan no podía garantizar tu fertilidad tras esa operación, y yo no podía estar seguro de que quisieras intentarlo de nuevo, aún cuando pudieras. Tomé una decisión de hombre al elegir la vida de mi esposo, tomé una decisión de Rey al renunciar a mi heredero, la misma que tomé al casarme contigo en Gondor, hace seis meses.

Hace rato que Legolas dejó de intentar escapar del abrazo de Ellohir, la voz le sale ronca por el llanto y los gritos.

–Dije que ese niño era más importante que tú y que yo, dijiste que era el futuro.

–Lo dije, pero tuve que elegir entre su futuro y nuestro presente. Yo hice mis elecciones Legolas, aposté por ti, por tu fortaleza. Pero llevas tres meses viviendo en el pasado, buscando culpables, cuando solo nuestro presente permitirá que el futuro traiga nuevos Auril. Mientras seguía a Ferebrim, descubrí que mi cariño podía ser algo destructivo, que, por preservarte del más mínimo daño, mataría a quien fuera y empecé por mi propio hijo. En ese instante tú estabas a salvo de las elecciones, pero ya no lo estás. No me arrepiento, soy lo bastante hombre para aceptar el peso de mis errores, seré lo bastante hombre para entender que desees dar por terminado nuestro enlace.

Ante esa declaración Frodo ya no pudo contenerse.

–¡No puedes hacer eso!

–Sí que puede –intervino Elladan. –El enlace es una unión voluntaria.

Todos quedaron en tensión, esperando la respuesta del Príncipe.

–¿Te avergüenzas de mi, Aragorn? ¿De este ser patético en que me he convertido?

–Nunca me podría avergonzar de elegirte, porque te amo. Pero hace unos instantes fui honesto contigo e intentaste matarme, me acusaste de asesinar a “tu elfito” como si yo no tuviera nada que ver, como si no lo hubiéramos creado los dos en Minas Tirith –calló de rodillas ante el Príncipe. –Puedes deshacer tu parte del enlace esposo mío, yo me sentiré atado a él por el resto de mi vida.

Legolas estaba apoyado en Ellohir, y miraba al Rey con los ojos nublados, como ciegos.

–Si ese es el sentir de tu corazón... –extendió la mano izquierda hasta depositarla sobre la cabeza del hombre, con la clara intención de dar su aprobación a tan singulares votos.

Geniev dio un quejido, Frodo mal contuvo un sollozo, los gemelos permanecieron presas del horror y el silencio.

–Yo, Legolas hijo de Thranduil, Segundo Príncipe del Reino de Bosque Negro, recibo con honor la renovación de los votos matrimoniales de Aragorn hijo de Arathon, Rey de Gondor y Anor, y persisto en mi elección de unirme a la Casa Telcontar en calidad de Príncipe Consorte.

TBC…

Notas

Las palabras del juicio/ejecución son:

Sercë /serkë/ "sangre" (SA:sereg)

Sérë "descanso, paz" sustantivo (cf. SED en las Etimologías); ver úyë concerniendo a la frase úyë sérë indo-ninya símen en La Canción de Fíriel

Sinomë "en este lugar" (EO)

Yulma "copa" (Nam, RGEO: 67), "vasija" (WJ:416)

Fuente: Diccionario Quenya–Castellano (como siempre)