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5 de junio de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 44 final

Epílogo

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.
“Poema 1”, Pablo Neruda


La Tercera Edad terminó con victoria y esperanza. Cuando el Gran Anillo fue destruido, y los Tres quedaron despojados de todo poder, Galadriel, Celeborn, Gandalf, Radagast y Cirdan, cansados al fin, abandonaron la Tierra Media para nunca más regresar. Pero muchos eldar más jóvenes habían elegido permanecer junto a los hombres.

Florecieron entonces los reinos de Rohan y Espagaroth, el reino doble de Góndor y Arnor recuperó su esplendor. Los elfos bajaron de Rhovanion hacia Ithilien, a vivir en la colonia que fundara Arwen Undómiel con la ayuda del Rey de Góndor. Allí llegaron, desde Lorien y Erys Lasgalen, los que deseaban unir su destino a los mortales y terminar con las plagas de orcos y criaturas oscuras que aún merodeaban alrededor de Mordor.

Como Reyes de los Elfos y de los Hombres, vivieron Aragorn Telcontar y su esposo Legolas Thrandulion durante ciento veinte años de gloria y de ventura; pero al fin Aragorn sintió que se acercaba a la vejez, y supo que los días de aquella larga vida estaban terminando. Entonces llamó a su hermana Arwen y le habló mientras estrechaba la mano siempre joven de su consorte:

–Al fin, Dama Estrella de la Tarde, mi mundo empieza a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar.

Legolas y Arwen sabían muy bien lo que él pensaba hacer, pues lo habían presentido hacía largo tiempo; y a pesar de todo, el dolor les abrumó. El Príncipe nada dijo, estaba dispuesto a seguir a su esposo, en la vigilia y el sueño, pero Arwen argumentó con dolor.

–Di Esperanza a los dúnedain, y no he conservado ninguna para mí. ¿Quieres, entonces, mi señor, abandonar antes de tiempo a los tuyos que viven de tu palabra?

–Si no parto ahora, pronto tendré que hacerlo por la fuerza.

Entonces, fueron a la Casa de los Reyes en la Calle del Silencio. Aragorn se tendió en el largo lecho que le habían preparado, y a su lado se acomodó Legolas, con el cabello suelto, como si fuese a dormir una siesta. Allí dijo el edain adiós a Eldarion y le puso en las manos la corona alada de Góndor y el cetro de Arnor; y el elfo besó en la frente a su hijo y sus hijas. Abrazaron fuerte a Geniev y Rúmil, últimos testigos vivos de sus aventuras, y bendijeron a Beren, hijo de Barahir, Senescal del Reino. Luego todos se retiraron, excepto Arwen.

No obstante la gran sabiduría de su linaje, ella no pudo dejar de suplicarle que se quedaran todavía por algún tiempo. Aún no estaba cansada de los días y ahora sentía el sabor amargo de la mortalidad que ella misma había elegido por acompañar a su hermano querido y al elfo más bello de la Tierra Media.

–Dama Undómiel –dijo Aragorn–, dura es la hora sin duda, pero ya estaba señalada el día en que nos encontramos bajo los abedules blancos en el jardín de Elrond, donde ya nadie pasea. Y en la Colina de Cerin Amroth cuando tú y yo rechazamos la Sombra y renunciamos al Crepúsculo, aceptamos este destino. Reflexiona un momento, y pregúntate si en verdad preferirías que esperara a la muerte, verme caer del trono achacoso y decrépito, arrastrando en mi debilidad a Legolas. Soy el último de los Númenóreanos y el último Rey de los Días Antiguos; y a mí me ha sido concedida no sólo una vida tres veces más larga que la de los hombres de la Tierra Media, sino también la gracia de abandonarla voluntariamente, y de restituir el don. Ahora, por lo tanto, me voy a dormir.

Legolas tuvo pena de Arwen, que llevaba tanto tiempo perdiendo a los que amaba. La muerte no se había cebado en ellos durante un siglo, pero eso era un suspiro para los inmortales. Le tocaba el amargo deber de contemplar a su familia prepararse para el sueño eterno y sobrevivir. Le tomó las manos y se las besó con reverencia, porque gracias a ella había soportado muchas pruebas en su rol de gobernante, guerrero y padre.

–Hermana, no te diré palabras de consuelo, porque para semejante dolor no hay consuelo dentro de los confines de este mundo; a ti te toca una última elección: arrepentirte y partir hacia los Puertos llevándote contigo hacia el oeste el recuerdo de los días que hemos vivido juntos, un recuerdo que allí será siempre verde, pero sólo un recuerdo; o de lo contrario esperar el Destino de los Hombres.

Ella exhaló un suspiro triste, pero no se detuvo a meditar su respuesta, pues hacía mucho que había renunciado a reencontrarse con Celebrian y Galadriel en Valinor.

–No, esa elección ya no existe desde hace largo tiempo. No hay más navíos que puedan conducirme hasta allí, y tendré en verdad que esperar el Destino de los Hombres, lo quiera o no lo quiera. Pero una cosa he de decirte Príncipe: hasta ahora no había comprendido la historia de los edain y la de su caída. Allá en la colonia, entre cantos y risas, protegidos por las costumbres ancestrales de nuestro pueblo, alguna vez les consideré tontos y malvados, mas ahora los compadezco al fin. Porque si en verdad éste es, como dicen los Eldar, el don que el Uno concede a los hombres, es en verdad un don amargo.

–Así parece –convino el Príncipe, esa misma opinión de los hombres y su devenir estaba arraigada en su alma tras largos años gobernando los destinos del Oeste junto a su esposo.

Legolas logró sonreír, sin embargo, al contemplar los grises ojos del Rey, que reflejaban el mismo amor que ciento veinte años antes, durante su noche de bodas. Ocultó el rostro en el pecho aún ancho y fuerte. El rubio cabello cayó hacia delante y Aragorn lo acomodó tras de su oreja, en un gesto tan antiguo como el mar. Habló por última vez a su hermana, último recuerdo, junto a Halladad, Rúmil y Legolas, del Poder de los Elfos en la Tierra Media.

–No nos dejemos abatir en la prueba final, nosotros que otrora renunciamos a la Sombra y al Anillo. Con tristeza hemos de separarnos, mas no con desesperación. Sabes bien que no estamos sujetos para siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos.

Se tendió cuan largo era y abrazó al elfo suavemente. La última palabra fue un dulce susurro entre sus labios.

–¡Adiós!

–¡Estel, Estel! —exclamó Arwen, y mientras le tomaba la mano y se la besaba, Aragorn y Legolas se quedaron dormidos.

Y de pronto, se reveló en la pareja una gran belleza, una belleza que todos los que más tarde fueron a verlos contemplaron maravillados, porque eran el hombre y su elfo una pareja perfecta, en ellos se veían unidas la gracia de la juventud y el valor de la madurez, y la sabiduría y la majestad de la vejez.

Los enanos de las Cavernas Centelleantes trajeron entonces una fina sábana de mithril, y les cubrieron. El tejido eran tan fino que se notaba el largo cabello del Príncipe extendido sobre sus hombros, pero ninguna espada podía atravesarlo, luego tallaron una cubierta de piedra que encajaba exactamente sobre los dos y permitía a los herederos conocer el perfil de los grandes amantes que renovaron el esplendor del Oeste, y abrieron camino al Tiempo de los Hombres. Por siglos, el primer acto del Rey al ser coronado, era peregrinar a la Casa de los Reyes en la Calle del Silencio, en Minas Tirith, y presentar su respeto a los patriarcas dormidos, una imagen del esplendor de los Reyes de los Hombres en la gloria radiante anterior al desgarramiento del mundo. Dicen que incluso se podía sentir su leve respiración, bajo la capa de fina piedra y metal hilado.

Pero Arwen estaba ajena a todas aquellas maravillas. Salió de la Casa de los Reyes y la luz se le había extinguido en los ojos, y a los suyos les pareció que se había vuelto fría y gris como un anochecer de invierno que llega sin una estrella. Entonces escribió una larga carta a los reyes de Erys Lasgalen, Halladad y Maërys, y a sus guardianes, los hijos de Maedros, para que llevaran algunas de sus cosas al norte; otra a sus hermanos, que gobernaban Arnor a nombre de su nieto Eldarion y criaban a sus hijos junto al bello Amroth. Puestos en orden sus asuntos, Arwen dijo adiós a Eldarion, y a sus hermanas Eruana, Alia y Melian, a aquellos a quienes había amado en la ciudad: Geniev y Rúmil, Beren y su esposa.

Arwen abandonó la Ciudad de Minas Tirith y se encaminó al país de Lorien, y allí vivió sola bajo los árboles que amarilleaban hasta que llegó el invierno. El país estaba silencioso, solo Geniev y Rúmil, antiguo guardián de la Dama Galadriel, seguían sus pasos.

Y allí por fin, cuando caían las hojas de mallorn pero no había llegado aún la primavera, se acostó Arwen a descansar en lo alto de Cerin Amroth. Geniev y Rúmil construyeron la tumba a su alrededor, sin moverla, porque era su voluntad descansar en el sitio donde había elegido unir su destino al de los hombres. Luego ellos regresaron a Minas Tirith, llenos de dolor, pero con el consuelo de que la Dama Undómiel había cumplido su destino. Allí estará la tumba verde, hasta que el mundo cambie, y los días de la vida de la Familia Real se hayan borrado para siempre de la memoria de los hombres que vendrán luego, y la elanor y la niphredil no florezcan más al este del Mar.

Aquí termina esta historia, tal como ha llegado a nosotros desde el sur; y después de la desaparición de Estrella de la Tarde nada más se dice en este libro acerca de los Días Antiguos.

FIN

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 43

Hay tiempo más que suficiente

Imladris, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, una tarde de mayo

Tiempo es una palabra
que empieza y que se acaba
que se bebe y se termina
que corre despacio y que pasa deprisa.


Elladan se dejó caer en el suave pasto y suspiró con fuerza. Se sacó luego el cinturón, la túnica y la ligera diadema que mantenía su frente despejada. Los oscuros mechones se derramaron a los lados de su rostro afilado, pero él los apartó de un gesto y gateó unos metros hacia la derecha, donde Ellohir yacía en un improvisado diván de mantas y cojines entre las raíces de un sauce, y se acomodó en el regazo de su hermano.

Permanecieron en silencio, disfrutando de la vista que la pequeña quebrada donde descansaban les ofrecía, protegidos de la luz directa del sol por las ramas del árbol. El valle era completamente visible desde allí, como un extraño dibujo café, rojo, negro y verde donde se alternaban las líneas rectas de los campos sembrados y las sinuosas de comunidades y edificaciones.

–La cosecha será buena este año –dijo Ellohir al rato.

Con esa breve frase informaba que había terminado de supervisar la siembra de los campos recién arados. Eso era importante: la tierra de Rivendel era fértil, pero el clima alrededor de ellos duro y el calor que alimentaba las plantas efímero.

–Y el periodo de sesiones del Consejo largo –respondió Elladan.

El gemelo menor asintió en silencio. Eso implicaba que el Consejo aceptaba discutir no solo las medidas administrativas, sino también la rehabilitación de la antigua ley sobre los gemelos que descubrieran días atrás. Era una pequeña victoria.

La brisa de la tarde hizo ondear los cabellos de Elladan, su hermano levantó la mano derecha y dejó que los sedosos mechones acariciaran su palma al ritmo del cielo al tiempo que cerraba los ojos de puro placer y suspiraba suavecito.

–Odio a mi nuevo Primer Consejero –se quejó el mayor con voz aniñada.
Ellohir dejó caer la mano y rodó los ojos. Si hubiera imaginado que su hermano haría tanto drama por el cambio en el Consejo, habría votado en contra.
–Tranquilo, el sentimiento es mutuo.
–Pues no debería –siguió refunfuñando Elladan. –Su esposo volverá a entrar en los Anales por nosotros.
–Suena como su Amroth fuera de nuestra propiedad –le reprochó al punto.
Elladan le dio una palmada en la pierna, ofendido.
–Tu sabes lo que quiero decir: Glorfindel es muy buen sanador, el mejor. Si alguien puede hacer que su mano deje de doler, es él. Pero la manera de ser de ese chico…

Ellohir volvió a asentir, en eso Dan tenía razón. Había tomado horas convencer al avari de que aceptara a Glorfindel –ya libre del Consejo y ocupado solo de Idril y sus pacientes– como sanador personal para tratar de mejorar la condición de su mano lisiada. Amroth había aceptado al final, pero los gemelos estaban seguros de que no había sido por persuasión, sino porque se sentía obligado a obedecerles. Las implicaciones que tal criterio podía traer en el futuro era algo que incomodaba profundamente al gemelo.

–Lo importante es que estará bien ¿no? –dijo en tono acaso demasiado brusco, lo que no pasó desapercibido a Elladan.

El gemelo mayor giró sobre si mismo, de modo que todo su campo visual quedara ocupado por ese rostro tan parecido al suyo –pocas personas podían reconocer las diferencias excepto la del color de los ojos, pero él sabía–, y tan amado.

–Claro que si, amor. De su alma también nos ocuparemos, hay tiempo más que suficiente para los dos elfos más tozudos de Arda.
Ante eso, Ellohir tomó a su hermano por las solapas y lo levantó, dejando sus rostros a escasos centímetros de distancia.
–¿A quién llamas tozudo? –siseó.

Elladan no respondió, solo adelantó los labios y se apoderó de la boca de su esposo.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Minas Tirith, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, 17 de junio

Legolas se contempló en el gran espejo y suspiró con pesadumbre. La imagen del reflejo era la de una belleza mítica: el cabello dorado y lacio tejido por encima de la nuca en una complicada diadema, la túnica dorada, con bordados en verde y negro, las joyas ceremoniales en mitril, plata y madreperla, las armas llegadas con toda pompa desde Mirkwood con sus dibujos en lapislázuli.

Si. Perfecta para los ojos de los mortales que ya se agolpaban en las galerías del palacio y las principales calles para ver la ceremonia. Casi perfecta para quienes le conocían. Adorable para su esposo –no lo dudaba–, pero en absoluto satisfactoria desde su punto de vista.

No era el peinado que la peluquera tardara casi dos hora en componer, ni las armas que pertenecieran a su abuelo. No era el olor acaso demasiado dulzón de la lavanda con que perfumaran el traje. No era la fecha de la ceremonia, ni el fastidio de tener que casarse de nuevo con Aragorn para darle el gusto a esos estirados de la corte –los mismos que rezaban por una “accidental” caída de un caballo o de la ventana más alta de la Torre de Ecthelion.

No era el clima, que prometía un día espléndido, a despecho de las plegarias de los mismos estirados. No era el menú cuyo olor tendría que soportar durante la recepción, basado en carnes y salsas demasiado condimentadas. No era el rostro ajado y desagradable del anciano encargado de oficiar su ceremonia de coronación como Príncipe Consorte de Góndor y Arnor.

Era él.

Para Legolas, las ceremonias de esa jornada no valían tanto por lo que decían al resto de los habitantes del reino, como por lo que Aragorn le decía personalmente, pero el príncipe no estaba seguro de poder responder a la altura de las circunstancias. Apenas soportaba abrazos leves, caricias tiernas ¿cómo podría…? Sentía que le debía a su esposo una segunda noche de bodas, porque, aunque pocos de los presentes lo supieran, para la ley élfica su matrimonio estaba en suspenso a partir del ultraje a que fuera sometido. No había vuelto a intimar con Aragorn, ni siquiera dormían en la misma cama desde que despertara junto al mar, pero esta noche…

La sola idea le asustaba. ¿Sentiría Aragorn el olor del teleri en su piel? ¿Vería las marcas del forcejeo? A Legolas aún le parecía verlas al desnudar sus brazos y torso, aunque hubieran pasado casi seis meses.

A sus espaldas, la puerta de la habitación se abrió. El príncipe no necesitaba voltear para reconocer los pasos suaves de su cuñada. Permaneció quieto, a la espera de que ella se acercara con el último de los accesorios: una guirnalda de lissuin y elanor. La corona había sido elaborada por Arwen y una elfa de la delegación de Mirkwood, en señal de la aceptación de las dos familias ante el enlace. Que los desposados lucieran estos trabajos florales era una costumbre de los primeros nacidos asimilada en Góndor, hecho por el cual Legolas estaba feliz: sin dudas era mejor esa diadema, de perfumadas flores blancas y doradas corolas semejantes a estrellas, que la pesada corona real.

Arwen dejó la caja que contenía la guirnalda sobre la cama y se acercó. Tenía el rostro impasible, como de costumbre, y mientras Legolas la veía acercarse a través del espejo, pensó que acaso fuera esa actitud etérea la que fascinara a su esposo cincuenta años atrás.

–Tienes razón –dijo ella cuando estuvo a su lado, como de costumbre la había leído el pensamiento–, pero lo mismo que le atrajo le apartó de mí.
Legolas no dijo nada. Ya sabía que para Arwen el rompimiento del compromiso había resultado un alivio, ningún rencor quedaba entre ambos.
–Y sin embargo –continuó ella–, pareces creer que fingir que eres yo te allanará el camino.
Ese comentario si que desconcertó al rubio, por lo que se giró para verla de frente, la inquietud clara en sus ojos. Una sonrisa surgió en el rostro impasible de la elfa.
–En instantes como este comprendo por qué se enamoró de ti, eres tan… intenso. Como un mortal, pero poseedor de la fuerza y experiencia de los inmortales. ¿Por qué te avergüenza lo que eres, Legolas?
¿Lo que era? Una mueca amarga comenzó a formarse en sus labios, pero Legolas se contuvo y dejó su rostro vacío. Arwen sacudió la cabeza.
–No te queda fingir que no sientes nada. Tu esposo desea vivir con aquel que conoció, pero dudo que alguna vez vuelvas a ser tú sin confiar en él.

Legolas se le quedó mirando sin saber qué contestar. Nadie, en los meses que llevaban en Góndor, se había atrevido a hablarle acerca de su lejanía, de su repentina impasibilidad. Arwen no esperaba respuesta, dio media vuelta y se dirigió a la puerta, para dejarle terminar de prepararse.

–No estoy listo –alcanzó a decirle cuando ella ya tocaba el tirador.
La Estrella de la Tarde se detuvo a mitad del gesto y él podría jurar que había un toque de diversión en su respuesta.
–Somos elfos, Legolas, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo es una palabra
que se enciende y que se apaga
ni se tiene ni se atrapa
no se gira ni se para.


Eomer está en la habitación donde su hermana espera el momento de salir a la ceremonia de coronación que precede a su propia boda. Las sirvientas ya se han marchado, y solo Aleth, su nuevo edecán, espera junto a la puerta con la corona real de Rohan entre sus manos. Están solos y él siente que es el momento de “la charla” aunque no esté muy seguro de cómo llevarla adelante. Carraspea, tratando de poner en orden sus ideas, y Eowyn gira a verle, aunque sin apartarse de la ventana donde intenta conjurar los nervios y al calor.

–¿Si?
–Yo… mira… quería preguntarte… ¿en verdad quieres hacer esto?
Eowyn pestañea confusa.
–¿Qué clase de pregunta es esa?

Eomer vuelve a carraspear, es difícil dejar de balbucear bajo la dura mirada de su hermana menor. No desea atraer su ira, pero muchísimo menos verse en la obligación de abrirle la garganta a Faramir en unos años. Es mejor dejar las cosas claras ahora.

–La clase de pregunta que hace un hermano preocupado antes de que su hermana de un paso irreversible. No, no me interrumpas. Mira: cabalgaste Góndor, en contra de las órdenes expresas de tío Theoden, porque querías morir tras el rechazo de Aragorn. Como siempre te sales con la tuya, te dimos por muerta y si no llega a ser por Imrahil… ¡Bueno! El caso es que te dejo convaleciente y al regresar de la Puerta Negra ya tienes al Senescal a tus pies. Casi tuve que enlazarte para que fueras a Edoras hasta que se oficializara la petición, y a los pocos meses te las arreglas para regresar acá con esa tonta excusa del batallón de apoyo. En fin, que te he perdido de vista, hermana, y no se qué o quiénes han influido sobre ti en los últimos meses. Yo no quiero que te cases solo por la alianza entre nuestros reinos, has sufrido demasiado para condenarte así, menos porque tu corazón aliente aún alguna pasión respecto a Aragorn, ¿entiendes?

Eowyn asiente despacio, y se acerca a su hermano para estrechar sus manos bronceadas por los años de vida a la intemperie. Las manos de ella son más pequeñas, pero igual de recias, manos que saben amar y atacar.

–Entiendo –dice con suavidad–, pero no tienes por qué preocuparte. Estos meses me han servido para conocer bien a Faramir, y para que él me conozca. Hemos tenido largas charlas, peleas, reconciliaciones. Ahora se que no somos iguales, sino complementarios. Te juro, hermano, que cerca de mi prometido apenas pienso en tu amigo Aragorn.

Eomer no puede contener una mueca de desagrado ante la mención del hombre y su hermana lo nota.

–¿Qué pasa? ¿No es tu amigo? –inquiere con repentino desasosiego.
–Bueno, si –Eomer maldijo interiormente su gran expresividad. –Creo que aún lo somos.
–¿Aún?
El Rey de Rohan se aparta de su hermana con un gesto brusco y gruñe su desagrado.
–La verdad, era más simpático cuando guardaba las formas.

Eowyn se le queda mirando con los ojos entrecerrados, insegura de qué respuesta dar. De pronto se da cuenta de que al vivir y trabajar con los elfos de la colonia de Ithilien ya no le extraña que dos personas se amen, tengan el sexo que tengan.

–¿Llamas “guardar las formas” a condenar a Legolas al vergonzoso papel de amante?
–¿Y tu llamas “guardar las formas” al espectáculo que están a punto de dar? –repone Eomer molesto.
–Ay Hermano, es una boda, el pacto entre dos personas que se aman y que han pasado mucho para estar juntas.
–Tú lo has dicho, una boda. ¿Dónde se ha visto que se casen dos varones? Y no vengas a invocar a los elfos.
–¿Y por qué no? No me pareció que hicieras ascos a los elfos cuando lucharon junto a nosotros contra Sauron.
–¡Era distinto!
–¿Cómo distinto? ¿En qué son distintos Aragorn y Legolas ahora? ¿Son peores guerreros, menos valientes, menos dignos?
–Son…

Eomer bufó, molesto de no tener palabras para expresar qué le desagradaba de todo el asunto. Se limitó a dar vueltas por la habitación bajo la mirada inquisitiva y paciente de su hermana.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–Estás pensando en Theodred, ¿verdad? –dijo ella al fin con calma.
El Rey de Rohan se detuvo a mitad de un paso y giró hacia ella con celeridad. Había sorpresa y dolor en sus ojos.
–No merecía morir así –admitió en un susurro que Eowyn apenas pudo oír.

Hablar de su primo dolía, mucho. No importaba que Theodred fuera un talentoso estratega y excelente orador, que pudiera calibrar a los hombres de una mirada y reconocer sus errores, nunca sería tan bueno como Eomer a los ojos del difunto Theoden. Lo peor era que no podía culpar a Grima de ello: su tío había dejado bien claro cuáles eran las reglas de la casa, pero no estaba en las manos de Theodred amar a las mujeres. Así que Theodred y Eomer habían sido sombra y luz: mientras el príncipe heredero se opacaba más y más, el joven mariscal ganaba favores y gloria. Premios con sabor a hiel, porque los debía al poco cariño de Theoden por su propio hijo. Su final había sido un duro golpe para los que le apreciaban. No solo por la horrible muerte que los orcos le depararan, sino porque sabían que el príncipe había cabalgado a esa misión para complacer a su padre, un padre nunca satisfecho de sus logros.

–No –admitió ella, y se acercó para tomarle las manos–, pero debes recordar que murió con honor. Y muchos más que sufren desprecio se mantienen de pie, sin dejar que la amargura envenene sus corazones. ¿Acaso te odiaba Theodred porque eras el favorito?
–Nunca, su corazón era grande. Habría sido mejor Rey que yo.
–Es posible, tú te dejas llevar por las costumbres demasiado a menudo –reprochó su hermana con cuidado.
Eomer la miró sorprendido y luego la risa alcanzó sus labios y sus ojos azules.
–¡Debes tener razón, como siempre! No soy más que un prejuiciado –se puso repentinamente serio–, pero no soy el único.
–Eomer, ¿crees que Aragorn ignora que la mitad de la corte está en desacuerdo?
–¿Y si lo sabe por qué persiste?
–¡Porque se aman! Por eso, y porque como Rey debe ser digno y honesto. Aragorn es más grande aún reconociendo que es Legolas el único a quien desea entregar su vida ¿no puedes verlo? Cuánto valor es necesario para romper con las reglas y seguir el dictado de nuestros corazones. Tú y yo sabemos de eso, hermano.

Eomer sabía que ella tenía razón, defender a su primo ante la corte, enfrentar a Grima, partir hacia la Puerta Negra sin esperanza de sobrevivencia. Ninguna de estas acciones habían sido demasiado razonables, pero si correctas. Sin embargo…

–Lo se, se que tienes razón. Pero una cosa es saber y otra muy distinta aceptar.
Eowyn fue a decir algo más, pero hubo tres toques en la puerta.
–Vienen por nosotros –le interrumpió su hermano.

Aleth se acercó a presentar la corona y ella repasó por última vez su atuendo ante el gran espejo de metal bruñido. Salieron tomados de la mano a ocupar sus puestos entre los invitados de honor en tenso silencio.

Al contemplar los estandartes de Mirkwood, el altar ceremonial y la imponente figura del árbol blanco, delgado y joven, pero erguido hacia el sol, Eomer recordó los duros momentos compartidos con esos dos. La fidelidad a toda prueba de Legolas, las valientes decisiones de Aragorn, su innegable complementariedad. De repente le asaltó la idea de que no estaba siendo fiel a su primo al cuestionar el derecho del edain y el elfo a ser felices. ¿Qué diferenciaba a Theodred, Aragorn y Legolas? Nada. ¿Qué había diferenciado a Theodred, Eomer y Eowyn? Nada.

Sonaron las trompetas y los invitados giraron sus cabezas en dirección a la puerta principal de la ciudadela. Los amplios batientes se abrieron y contrayentes avanzaron despacio por la galería de asientos, precedidos del Senescal y seguidos por representantes de la casa real de Mirkwood. El duro rostro de Aragorn resplandecía de paz, Legolas era una figura de belleza preternatural, sus trajes ceremoniales y armas no dejaban dudas acerca de su capacidad bélica.

Eomer no estaba demasiado contento de estar ahí, pero si contento por sus amigos. Si su primo hubiese vivido un poco más… Pero no era momento para recuerdos tristes, sino para hacer la paz. Se inclinó sobre el hombro de su hermana y susurró.

–Solo dame tiempo, ¿si?
Ella no apartó los ojos de la deslumbrante procesión que se acercaba al altar, pero deslizó su mano para estrechar la del monarca.
–Hay tiempo más que suficiente –le aseguró muy bajito.

Unos minutos después, la ceremonia de coronación del Príncipe Consorte comenzaba.

El tiempo no se detiene
ni se compra ni se vende
no se coge ni se agarra
se le odia o se le quiere.


A pesar de lo inusual del enlace –tras mucho rebuscar en los archivos, Faramir había hallado un caso quinientos treinta y tres años antes, entre dos mujeres de la nobleza de Ithilien– los asientos estaban colmados por la más rancia aristocracia del reino, muchos de los cuales habían viajado para “confirmar la afrenta” con sus propios ojos. Sin embargo, los espías de Faramir aseguraban que muchos jóvenes veían con entusiasmo la boda. Algunos como señal del cambio político que ¡por fin! apartaría a sus padres del poder, espacio que ellos planeaban llenar; otros porque habían sufrido la represión de sus deseos y veían en el gesto del monarca el ejemplo para rebelarse frente a sus familias.

Luego de las formalidades estaba previsto un desfile por las principales calles de la ciudad, y la multitud allí era mayor aún que la del día de la coronación del Rey, exactamente un año antes. Esa multitud no tenía una actitud violenta. Según las mismas fuentes del Senescal, el asunto de que Elessar I se casaba con otro varón era de poca importancia para la mayoría de los habitantes plebeyos de la ciudad. Las antiguas leyendas aseguraban que los elfos eran aún más antiguos que los hombres y las mujeres, luego no tenían sexo, luego… A Legolas no acababa de hacerle feliz esa deducción.

El desfile acabó al fin, y se dirigieron al salón de fiestas, donde les esperaban el banquete, un impaciente Eomer y una sonrojada Eowyn. Aragorn, Legolas y Geniev ocuparon sus asientos en la mesa real y, de acuerdo al protocolo, esperaron a que todos los presentes tuvieran su copa de vino servida antes de que el Rey se levantara y hablara a la multitud.

–Escuchad, todos mis invitados, noble y hermosa gente de numerosos reinos: ¡Faramir, Senescal de Góndor y Príncipe de Ithilien pide la mano de Eowyn Dama de Rohan, y ella se la concede de buen grado! Aquí mismo celebrarán la boda, a la sencilla y honesta usanza de los rohirrim.
Faramir y Eowyn se adelantaron y se tomaron de la mano, y todos los presentes brindaron por ellos. Entonces Eowyn miró a Aragorn a los ojos, y dijo:
—Deséame ventura, mi Señor y Curador.
Y él respondió:
—Siempre te deseé ventura desde el día en que te conocí.
Luego ella miró a Legolas a los ojos, y dijo:
–Deséame ventura, sabio guerrero, y dame tu perdón.
El príncipe le dedicó una de sus escasas sonrisas y repuso:
–Bienaventurada seas, valiente doncella. Afirmo aquí ante todos que nunca hubo agravios entre nosotros, porque siempre actuaste como mujer honorable.

Eowyn sonrió y fue al centro del salón de la mano de su hermano, donde bailó una pieza alegre, al ritmo del tamboril. En medio de la danza ella se alejó girando en dirección a su nuevo esposo, que la recibió y, para asombro de la corte, se incorporó al baile extranjero sin demora. Eomer les dejó disfrutar y regresó a su puesto en la mesa real, junto a Arwen, su amplia sonrisa no dejaba dudas sobre su satisfacción sobre el enlace.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–¿Feliz, majestad? –bromeó Aragorn.

El Rey de los Rohirrim tuvo que contener una mueca de desagrado, todavía no se sentía de humor como para bromear con alguien que acababa de hacer… lo que Aragorn acababa de hacer. Pero tampoco olvidaba ni por un minuto la promesa hecha a su hermana, dónde estaba, o el carácter de su anfitrión, así que optó por contestar con inesperada seriedad.

—De este modo la amistad entre la Marca y Góndor queda sellada con un nuevo vínculo, y esto me regocija.
A Aragorn le pareció extraño que Eomer invocara razones de Estado para su alegría ante el enlace, pero decidió seguir el juego.
—No eres avaro por cierto, Eomer, al dar así a Góndor lo más hermoso de tu reino.

Eomer apenas hizo un gesto de asentimiento amable, y se refugió tras su copa. Aragorn fue a decir algo más, pero la suave mano de Arwen en su muslo le indicó que no debía insistir. Sin embargo, para el ex–montaraz estaba claro que la frialdad de su amigo se debía al gesto de hacer pública su relación con Legolas, y eso le dolió. A Aragorn aún le dolían las acusaciones de irresponsabilidad que le espetaran en Rohan, cuando recién despertara tras el ataque de los wuargos. Todos esos recuerdos le demudaron el rostro y casi apagaron la alegría que le daba haber proclamado su amor a todo el reino, pero la ayuda vino de sitio más inesperado.

–Mira la pista de baile, majestad –le susurró su esposo en tono divertido.

Al tiempo no se le habla
ni se escucha ni se calla
pasa y nunca se repite
ni se duerme y nunca engaña.


Aragorn obedeció, y casi se va para atrás en su puesto: entre las parejas que seguían el ritmo de las flautas y cuerdas destacaban varias… inusuales. Eran los elfos del Bosque Dorado, que sin ningún temor disfrutaban de la música con la misma libertad que lo hicieran en su antiguo hogar. Sin embargo, al mirar más despacio, el Rey notó que varias de las parejas no estaban integradas solo por elfos o elfas. Varios inmortales habían sacado a bailar a jóvenes gondorianos de ambos sexos, los cuales seguían los pasos con decisión, aunque el rubor cubría sus mejillas. En los laterales, los rostros de unos cuantos ancianos estaban rojos –y no de felicidad. Aragorn supuso que, sabedores de que esos guerreros eran parte de la guardia de la Dama Galadriel, no se habían atrevido a negar permiso a sus vástagos. Tuvo que hacer serios esfuerzos para contener la carcajada.

–Majestad ¿me concede una pieza de la mano del Príncipe Geniev? –Aragorn miró a Rúmil con cuidado.

El hermano de Haldir lucía espléndido con su elegante uniforme gris de gala, pero los entrenados ojos del Rey reconocían las señales de nerviosismo que se apoderaban del elfo al estar cerca de su hijo adoptivo. Sonrió antes de volverse hacia su izquierda, donde Geniev aguardaba su respuesta con los ojos clavados en el plato. Recordaba muy bien el reporte que esa misma mañana le rindiera su perceptor, el joven Duilin: Geniev había aprendido algunas rutinas que le permitirían pasar airoso el evento de esta tarde, pero su nerviosismo estaba apenas controlado. Sin embargo, se dijo, tal vez fuera bueno darle al chico la oportunidad de elegir.

–Hijo, ¿deseas bailar con el capitán Rúmil?

Geniev levantó sus grandes ojos negros con sorpresa, miró a su padre, a la pista de baile y al gallardo elfo que le tendía una mano y sonreía levemente. Tragó en seco y volvió a bajar la cara al tiempo que negaba en silencio y apretaba en su mano una servilleta con fuerza.

Rúmil no se dejó amilanar y repitió su invitación a Arwen, la cual se puso en pie sin dudar. Pero antes de apartarse de la mesa real, el elfo se detuvo una vez más ante el aturdido principito.

–No temas, Geniev, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


La familia real se retiró temprano, poco después de la puesta de sol. Sin embargo, el baile siguió hasta bien entrada la noche, porque los nobles no querían quedar antes las damas como menos que los elfos, los cuales seguían bailando, charlando y bebiendo como solo pueden hacerlo los inmortales. Mientras, en lo alto de la Torre de Ecthelion, una historia llegaba a su fin.

Arwen, Geniev, Aragorn y Legolas fueron escoltados por los taciturnos soldados de la Guardia de la Ciudadela a lo largo de los corredores del antiguo palacio. La elfa y el niño se despidieron en la puerta de sus respectivos departamentos y los esposos continuaron el camino a sus habitaciones en silencio. Iban tomados de la mano, pero a medida que se aproximaban a su destino, el hombre sentía como el cuero cercano se tensaba.

Al fin alcanzaron las escaleras hacia su habitación, un poco más allá las puertas dobles y el recibidor de sus departamentos privados. El elfo casi corrió al interior, lejos de la escolta, y correspondió al hombre el segundo postigo. Se recostó y lanzó un suspiro mitad cansado mitad temeroso. Fuera quedaban todos, por fin un espacio para él y su elfo, aunque solo por unas horas. ¿Sería suficiente? Avanzó hacia la recámara.

Antes siquiera de mirar al interior, cerró la tercera puerta. Cuando la seguridad de que nadie podría interrumpirles fue absoluta, se volvió y… casi llora de emoción.

Como aquella noche, un año y una muerte atrás, todas las lámparas estaban apagadas y la luna iluminaba oblicuamente la estancia a través de las ventanas totalmente abiertas. Sentado en una de ellas –su figura, su pelo y la seda de la cortina vueltos uno con el viento y la luna– Legolas miraba las estrellas. Pero ya su apariencia no era el de un adolescente humano, emocionado ante la perspectiva de llevar hasta el final su entrega. Ahora el príncipe lucía mayor, la cercanía de al muerte había dejado líneas de expresión, unos rasgos más duros y unos ojos más calculadores.

El hombre se sacó las suaves botas de piel, los collares, pulsos y anillos ceremoniales, la diadema real, la túnica. Quedó con los pantalones y una ligera camisa interior, no quería aumentar el nerviosismo de su pareja con recordatorios del mundo exterior. Fue hacia la ventana. Legolas no se movió.

–Príncipe… Legolas Telcontar… amor mío –llegó frente a él y tomó su barbilla para hacerlo girar el rostro. –Amor mío –repitió, feliz de que su esposo no temblara ante el contacto.
–Majestad –contestó el elfo al cabo de un instante.
–No, por favor. Somos Aragorn y Legolas, nada más somos aquí, estamos solos –y se inclinó para besarle.

Un beso dura lo que dura un beso
un sueño dura lo que dura un sueño
el tiempo dura lo que dura el tiempo
curioso elemento el tiempo.


El miedo hizo que Legolas perdiera su máscara de impasibilidad. Cerró los ojos y dejó que el hombre acariciara sus labios, pero era incapaz de responder. Aragorn no se dejó amilanar. Sabía que esta vez sería muy diferente a su primera noche, pero siguió adelante con sumo cuidado.

–Es nuestra noche de bodas ¿recuerdas?
Legolas asintió.
–Nuestra noche de bodas… volveré seré tuyo Rey Elessar.
–Somos el uno del otro desde hace tiempo, Legolas –le corrigió con suavidad. –Incluso probamos con sangre nuestra fidelidad. Luego, soy tan tuyo como tú mío.
El elfo se refugió en sus brazos: temblaba.
–No se si sea capaz –admitió con rabia. –¡Maldición! He peleado en batallas que ni siquiera recuerdas… pero ahora…
–Yo también tengo miedo –musitó el Rey.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Con un gesto lo tomó en brazos y lo llevó hasta el alto lecho de cubiertas azules y aves marinas talladas en el cabezal. Allí lo depositó y el ligero –engañosamente suave– cuerpo se ovilló sobre sí mismo. El hombre esperó, sabía que toda la tensión de la ceremonia había alterado a su esposo, que si apresuraba las cosas ahora, la confianza del elfo podía volver a deteriorarse.

Tras unos minutos, el rubio pudo ganar control sobre sus emociones y habló.
–Se supone que esta noche, renovemos el lazo entre nuestros cuerpos, para…
Pero el hombre movió la cabeza en gesto de negación, se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de pelo del rostro.
–Legolas, no estás obligado a nada ¿entiendes? Esta noche no ocurrirá nada que no desees.
–¡Pero es que sí lo deseo!
–No. Deseas probar que eres capaz de entregarte a mí, pero eso equivaldría a forzarte. Soy tu esposo ¿recuerdas? No un vulgar secuestrador.

Ante la mención a Ferebrim, el elfo enterró el rostro en una almohada, pero el convulsivo movimiento de sus hombros no dejaba lugar a dudas. Aragorn se tendió junto a él y lo abrazó por detrás. Ante el contacto, los temblores de Legolas aumentaron su fuerza, pero el hombre no lo dejó apartarse. Poco a poco los sollozos remitieron y el cuerpo se aquietó. Yacieron laxos por un largo periodo, hasta que el rubio reunió valor para acomodarse y dejó que toda su espalda rozara con el pecho del hombre. Suspiró.

–Así que ¿nos damos un tiempo?

El Rey no contestó enseguida. Primero, con movimientos pausados, se sacó el pantalón, quedando con la breve camisa que apenas llegaba hasta sus caderas. Luego tironeó de las mantas para cubrirlos. Se acomodó a la espalda de su esposo, dejando que sus cuerpos volvieran a amoldarse. El cuerpo entre sus brazos tembló una vez más, pero esto duró poco. Cuando ambos estuvieron tranquilos, Aragorn habló.

–Nos daremos todo el tiempo que quieras. Hay tiempo más que suficiente.

El tiempo sopla cuando sopla el viento
el tiempo ladra cuando ladra el perro
el tiempo ríe si tú estás riendo
curioso elemento el tiempo.


Notas finales:
1) Las historias de Númenor cuentan que los elfos de Tol Eressëa llevaron la flor lissuin y la flor dorada en forma de estrella, elanor, a las tierras de los mortales. Las dos flores -una debido a su fragancia, la otra por su color- se tejían en guirnaldas y se llevaban como coronas durante las fiestas de boda. (Fuente: Enciclopedia Tolkien Digital)
2) Canción "Tiempo" de Jarabe De Palo, álbum: De vuelta y vuelta, 2001

28 de abril de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 42

Arreglos para el futuro


Imladris

Elladan movió un poco la persiana para ver mejor el patio, donde Glorfindel y un joven aprendiz de sanador ayudaban a los enfermos a ejercitarse. Amroth estaba entre ellos, haciendo flexiones muy despacio y mordiéndose los labios para no emitir ni un sonido. Sonrió un poco. Le gustaba ese joven, le había gustado antes de conocerlo.

Cuando Halladad hablaba de sus guardianes avaris, en los oscuros días de la muerte de Löne, la descripción de aquel niño soldado había cautivado su imaginación y aliviado en algo la tristeza. El príncipe heredero de Erys Lasgalen siempre había sido muy perceptivo, por lo que las primeras cartas intercambiadas incluían alguna mención, siquiera leve, al menor de los hijos de Maedros. Los elrondidas jamás hicieron comentario expreso sobre su interés –habría sido una falta de tacto imperdonable que los hijos de Elrond se interesaran por el ignoto servidor de un reino apenas amigo–, pero tampoco molestia, y Halladad comprendió. Al final las cartas solo hablaban de Legolas, él mismo y, casualmente, del sirviente favorito del Segundo Príncipe del Bosque.

Lo conocieron una tarde que se acercaron a la frontera en medio de la nevada. Sabían que no eran visitantes deseados, pero entre la hospitalidad de Thranduil y morir congelados… la elección estaba clara. En cuanto el joven se acercó con unas mantas calientes los hermanos–amantes tuvieron dos certezas: era mucho más bello de lo que Halladad contaba y un “elegido”. Lo segundo no fue un descubrimiento agradable. Ninguna persona debía trabajar a la intemperie durante su luna, menos a mitad del invierno –lo mandaba la tradición. Si acaso era posible, el desprecio que sentían los gemelos por el Rey del Bosque aumentó. Al amanecer, Ellohir intentó entablar una conversación sencilla con Amroth, pero solo obtuvo breves palabras marcadas por un acento bárbaro. Elladan, que se mantenía a prudencial distancia, se dio cuenta de que el chico estaba demasiado nervioso para hablar, dividido entre la emoción y el temor.

¿A qué temía Amroth? ¿Qué peligro podía encerrar una charla banal en la explanada de un puesto fronterizo? Tan singular comportamiento inquietó a la pareja, centró sus charlas íntimas antes de dormir y les motivó, finalmente, a escribir a Halladad.

La respuesta llegó mucho más rápido de lo usual y con abundante información, como si su amigo solo hubiera estado esperando una muestra explícita de interés para decirles todo lo que podía en una carta sin faltar a la decencia –visto en la distancia era evidente que, tras el fiasco del compromiso de Elladan y Legolas, Halladad buscaba cobijo para otro miembro vulnerable de su pequeña corte. Era asombrosa la cantidad de controles que la rígida moral de Maedros y Feanor –el hijo mayor– imponían al otro por ser el menor y único “elegido” de la familia, y el negativo efecto en la autoestima del chico que había generado todo esto.

Pero lo más inusitado resulto ser que Amroth era un gemelo, el gemelo sobreviviente, pues su hermana había sido arrebatada por los orcos y se la daba por muerta. Toda la preocupación y agresividad del clan alrededor del pequeño Amroth tomaban sentido de repente: Los gemelos eran muy poco frecuentes entre los elfos. Los gemelos de distinto sexo eran considerados un milagro.

Elladan y Ellohir comprendieron que estaban definitivamente enamorados, pero sin demasiadas esperanzas. Evidentemente, los valar no sembraban semillas fáciles de cosechar en sus corazones. Siguieron la vida del guardián de Legolas de lejos, y se las arreglaron para que algún obsequio llegara a sus manos de modo discreto. Todo habría estado bien, marcado por los cánones de la discreción y el honor que se habían impuesto, de no ser por la monumental borrachera que pescaran en la boda de Halladad y Maërys. Elladan todavía enrojecía al recordarlo y al mismo tiempo… ¿Qué derecho tenía Feanor a decidir sobre los sentimientos y acciones de su hermano? ¿A ofenderles por pretenderlo, por amarlo?

Ahora, tras largas horas de conversación con el nuevo Rey de Mirkwood, sabían mucho más de las razones para la posesiva actitud del avari mayor, pero la información no había mejorado sus opiniones. Amroth estaba muy dañado de espíritu y de cuerpo, que aceptara sus propios sentimientos sería una larga batalla. Solo entonces…

El ruido de papeles en movimiento en el interior de la estancia le hace interrumpir sus divagaciones y girar el asiento hacia la mesa. Al otro lado del suntuoso buró está sentado su hermano. Es apenas pasada la hora del desayuno, los habitantes mayores están en sus ocupaciones, los más pequeños en las aulas al otro lado del complejo: los pocos ruidos de la Última Morada llegan muy amortiguados al despacho del Señor del Valle. Están solos, es la misma habitación donde se enfrentaron por primera vez a su ada y comenzó el exilio, muchas cosas han cambiado, pero siguen estando esencialmente solos. Desde hoy, gracias a esa lectura, las cosas podrían cambiar.

Ellohir lo miraba con intensidad, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas, los documentos que le había pedido leer puestos a un lado. Elladan reconoce la pose: su pareja está profundamente conmocionado e intentaba guardar la compostura. Esperaba algo así. Dos días antes había hallado esos pergaminos –un juego viejo, ajado, en una lengua desconocida, otro reciente, en quenya moderno, obvia traducción del primero– en la mesa de trabajo con una nota “Tu padre me dejó esto antes de morir, creo que les pertenece”. Su primera reacción había sido el miedo, la segunda lectura había traído alegría y la tercera nueva zozobra. Prueba elocuente del impacto era que tardara tanto en compartir el descubrimiento con su pareja. Ahora que ambos saben está más tranquilo, pero el tipo de calma que se siente antes de la batalla.

–Es impresionante –dijo al fin el gemelo menor–, una traducción exquisita.
–Es lo que deseabas –repuso sin sombra de reproche, dejando en claro que esa mañana no hablarían en acertijos.
–Lo que deseábamos.
Una sonrisa triste apareció en el rostro del Señor del Valle de Rivendel.
–Yo no me atreví a desearlo, tú eres el valiente –luego suspiró y agregó en tono reflexivo. –Debí prestar más atención a las lecciones de historia.
Ellohir hizo un gesto de desestimación.
–Yo atendía, y te juro que nunca nos contaron esto. Aunque ahora algunas cosas que hallé por entonces tienen sentido…
–¿Sentido? –le interrumpe Elladan asombrado.
–¿Quieres decir que había algo que te hiciera sospechar… esto?

Ellohir frunce la frente y se muerde el interior de la mejilla, está recordando, reajustando sus lecturas en los archivos y bibliotecas de toda Arda a la luz del documento que acaba de leer. Comprendiendo qué era lo que le dejaba insatisfecho de aquellas lecturas.

–Tu sabes que los gemelos siempre hemos sido poco frecuentes entre los elfos. Todos los textos que leí hacían hincapié en eso, en que éramos especiales. También se referían a la estrecha unión entre los hermanos, al destino que compartían: al principio, los gemelos que se casaban morían pronto, aunque les tocara vivir en tiempos de paz. Apenas tenían descendencia morían ambos. Pero esos casos desaparecen tras la Guerra de las Joyas. No, no dejan de morir, dejan de casarse. En ese momento se empieza a hablar en los textos de personas enlazadas, pero no definían el lazo en el caso de los gemelos. Eso me extrañó porque… –Ellohir tamborilea sobre la mesa, buscando las palabras. –Era como si todos los autores dieran por sentado que ese era “el lazo”, el único que no necesitaba ser definido, aquel del cual todos los otros lazos nacían. Una carta que leí en Minas Tirith afirmaba incluso que lo que existía entre Stiren y Saren no podía haber sido forjado tras su concepción, sino de modo esencial, que eran una persona escindida.

Su hermano asintió, recordaba perfectamente la leyenda de Stiren y Saren, los edecanes de Isildur que peleaban de espaldas en total sincronía. Nada sorprendente, en su opinión, ellos también lo hacían.

–Lo otro que me llamaba la atención es que el cese de los matrimonios de gemelos coincide con algunos infanticidios, infanticidios de gemelos.

Eso sí que sorprendió a Elladan. ¿Infanticidio? Ese era el delito mayor entre su gente, comparable solo a la colaboración con los orcos. Un bebé era algo maravilloso, algo escaso entre ellos. ¿Cómo alguien podía…? El recuerdo de sus propios hijos muertos le golpeó y se le hizo un nudo en el estómago.

–¿Y luego? –preguntó con un hilo de voz.
–Luego nada –suspira Ellohir porque, como siempre, sabe qué está pensando su hermano. –No hubo castigo para los culpables, ni siquiera están sus nombres. Se sigue hablando de los gemelos como personas escindidas y hay referencias vagas a ceremonias especiales. Siempre creí que se trataba de algún ritual específico al presentarles o de la exaltación al honor de sus padres. Ahora –señala con un dedo los pergaminos– entiendo cuál era la ceremonia referida.

Se quedan en silencio por un rato, sopesando las implicaciones de este sorprendente legado de su padre. Ambos desean seguir adelante, pero una cosa es desear y otra hacer. No sería fácil. Esa tradición desapareció con la muerte de Stiren y Saren, la última pareja de elfos gemelos conocidos además de ellos mismos. Está claro que una o varias personas decidieron borrar hasta el recuerdo de esa Ley, su origen y la sanción pública que recibiera por los grandes reyes de antaño.

Por fin, Elladan rodea la mesa, se arrodilla junto a la silla que ocupa su gemelo y acaricia con suavidad su vientre plano, duro por constante ejercicio, que puede albergar un pedacito de ambos. Ellohir cierra los ojos y cubre esa mano con una suya. No desea llorar, pero demasiados sentimientos se agolpan en ese pecho de guerrero que es, a la vez, capaz de alimentar, de dar suave refugio a sus hijos.

–Quiero honrarte, Ellohir Elrondion –comienza su hermano con un susurro. –Quiero que compartas conmigo el cetro, como antes compartiste el frío y la espada, que seas mi igual ante los ojos del mundo, que nadie pueda pretender ignorancia o desprecio ante lo que sentimos. Quiero que dejes de llorar…–Calla, por favor –Ellohir nunca le deja hablar de eso claramente.–¡No! –y en la voz de Elladan ya no hay miedo, sino rabia.

Una rabia antigua, alimentada por la muerte de sus vástagos, los años de exilio, el secretismo forzado. Quiere decirlo en voz alta, que su pareja sepa que a él también le duele. Que están juntos en el placer y el dolor, que no es su culpa ser fértil. Por algún azar del destino nació antes y tiene una pequeña cuota de poder, usará ese poder ahora.

–Quiero que dejes de llorar por las noches, inquieto ante la posibilidad de que tu cuerpo de fruto, como si tu don fuera un castigo. Quiero que tus hijos tengan un atarince y un ada, un linaje y una heredad incuestionable. Eso quiero yo, Señor de Imladris, tu siervo. Ahora dime qué quieres, hermano.
Ellohir suspira al tiempo que estrecha con fuerza la mano de su amante, aún sobre su bajo vientre.
–Tengo miedo –admite en lugar de responder.
–Yo también, pero es ahora amor, esta será la última vez que tengamos miedo, o vergüenza. Haremos lo que tú quieras.
–Quiero que tengamos un bebé y… que viva –dice despacio Ellohir y el otro comprende.

Sin estar casados, sin presiones por su honor, sin atención médica, es muy difícil que el organismo del segundo gemelo soporte una quinta preñez. Esa es la respuesta: no se trata de cumplir una ceremonia vacía, o de exhibir el poder que ser Señor le da, sino de darse la oportunidad de ser plenos, de ser iguales.

Minas Tirith

Aragorn tamborileo con la yema de los dedos sobre la mesa de reuniones y lanzó una mirada furiosa al Consejo. A su izquierda, Faramir carraspeó, recordándole que debía mantener la compostura. Era difícil, teniendo en cuenta lo que le pedían.

–Ocho años –ofreció de nuevo con los dientes apretados. Hubo intercambio de miradas entre los solicitantes, supo de inmediato que no estaban satisfechos.
–Su Majestad debe entender…
–¡No me venga con figurines, Lord Sardin! –estalló el hombre y los que estaban sentados cerca se encogieron en sus asientos. –Llevamos una hora regateando, y la mayor parte del tiempo se fue en sus circunloquios, en su vergüenza a admitir que ahora en nada nos diferenciamos de vendedores de verduras. Ocho años, ¿lo toma?

Sardin no contestó, estaba verde de la rabia y, un poco, del miedo a que el Rey hiciera nueva gala de sus maneras de montaraz. En su lugar habló Dervorin, flamante Señor del Valle de Ringló –su padre había muerto de viejo en cama mientras caía la Puerta Negra, algo de lo más inusual entre los nobles de Gondor.

–Insistimos en cinco años –dijo simplemente.

Aragorn gruñó contrariado. Lo único bueno de todo esto era haber hallado algún noble sin verborragia. Volvió a pensar el Legolas, en cuánto deseaba acariciar su piel nívea y sus cabellos brillantes, en las ganas de que su elfo le desnudara despacio y… ¡Alto! Debía enfocarse en la reunión o nunca regresaría a sus habitaciones a intentar que su esposo fuera capaz de abrasarle. ¡Malditos fueran Ferebrim y su difunto suegro! Trató de razonar, una vez más.

–Seamos realistas: No habrá paz antes de cinco años, eso en el poco probable escenario de no perder ni una batalla y lidiando con bandas sin organización. Todos sabemos que no será tan fácil. No me comprometo por menos de siete.

Nuevo intercambio de opiniones –susurros y fragmentos de pergamino pasados de mano en mano– por varios minutos. Tiempo que Faramir aprovechó para deslizar una nota ante sus ojos: “Ya tengo un preceptor para Geniev. Debes aprobarlo en el despacho de la tarde.” Aragorn asintió, contento de que eso ya estuviera arreglado.

Su “hijo” había casi degollado a tres sirvientes esa misma mañana –por entrar sin permiso a servir el desayuno mientras él estaba en el baño–, seguía ocultando sus orejas bajo todo tipo de tocados, apenas podía caminar con el traje tradicional de Gondor –la vez que se dejó poner uno–, ignoraba las artes de la escritura, la lectura, el protocolo, la danza o la jerarquía cortesana, y comía con la sola ayuda de sus dedos. Los cinco días que llevaban en la ciudad se las habían arreglado manteniendo una vida “reservada” en sus habitaciones, pero Geniev debía aprender a convivir con sus súbditos. Ser aceptado como príncipe sería más fácil si era un bastardo educado, la aristocracia de su reino tenía en altísima estima los modales, aunque solo los Valar sabían por qué.

Silencio de nuevo, los nobles parecían haber llegado a un acuerdo.

–¿Entonces su Majestad se compromete a engendrar un heredero legítimo en el octavo año de su reinado? –preguntó Dervorin.

Aragorn sonrió. Seguro creían que el detallito de “legítimo” generaría otra hora de negociaciones, pero lo dejaría pasar. Sería un buen chiste que anduvieran siete años ilusionados con que alguna de su hijas ocuparía el trono negro. ¿Divorciarse él de Legolas? ¡Ja!

–Senescal, tome nota de un Acuerdo Secreto del Consejo –ordenó sin inmutarse. –Elessar I consagrará seis años de gobierno a pacificar las fronteras y aliviar la vida de sus súbditos, a contar desde el inicio de su segundo año de reinado. En el octavo año, engendrará un heredero legítimo, para que la sangre de Isildur se perpetúe en el reino doble de Gondor y Arnor y… todo lo demás.

Había inquietud en más de un rostro, pero ninguno se atrevió a preguntar qué planeaba hacer con su esposo cuando llegara la hora. Nadie quería perder un diente, como le ocurriera a Ingold al principio de la sesión por insinuar que el matrimonio era ilegítimo ante las leyes del Reino.
Faramir terminó de redactar el memorando y el Rey lo firmó. Luego sonrió con sorna, seguro iba a disfrutar de esta parte.

–Ahora, sobre la ceremonia de coronación de su Alteza Legolas como Príncipe Consorte… –el viejo Inglod se desmayó.

Edoras, Rohan

–¡Hastings! –gritó por tercera vez Eomer mientras corría por la galería de las habitaciones de los sirvientes. –¿Dónde te metes, viejo?

A su paso, mucamas y lacayos se apartaban. El joven Rey estaba furioso e intrigado por la desaparición de su paje, pero sus gritos no le habían granjeado respuestas. Al doblar una esquina, casi se lleva por delante a un chaval de menos de quince años.

–Silencio –le ordenó el chico en voz baja e imperiosa. Eomer se detuvo en seco. ¿Cómo le ordenaba algo ese renacuajo? –Le llevaré donde Hastings, pero en silencio.

El Rey estaba tan descolocado ante el valor del chico que se limitó a asentir.

El desconocido le tomó entonces de la mano y lo guió de regreso a la galería principal, luego por un pasillo estrecho y finalmente a un salón amplio, solo iluminado por la luz solar, donde algunas personas vestidas de negro rodeaban un objeto ubicado en el centro. Eomer sintió que lo empujaban al interior, varios voltearon hacia la puerta al sentir sus pisadas sobre el suelo de piedra. Se apartaron en abanico con marcadas reverencias y pudo ver lo que custodiaban. Había un banco de piedra y tendido en el banco, con los brazos doblados sobre el pecho y una manta cubriendo sus piernas, estaba Hastings.

Muerto.

–¿Cuándo ocurrió? –preguntó sin desviar sus ojos del rostro grisáceo, exangüe.

–A media noche –le informó el chico que lo llevara hasta allí.

Volvió a mirarlo con más cuidado. Era moreno –algo inusual entre los rohirrim–, llevaba el pelo a la altura de los hombros, tenía frente estrecha, ojos grises, nariz grande y labios delgados. No era bonito y por sus hombros estrechos y manos delicadas –recordaba el tacto de su palma mientras tiraba de él–, dedujo que no recibía entrenamiento en armas. De pronto lo supo, era un siervo como Hastings, tal vez…

–¿Era tu padre?

El muchacho hizo un asentimiento casi imperceptible, pero no se movió. Siguió mirando al Rey de frente, tal y como le había mirado su difunto paje. Eomer volvió a mirar el cuerpo tendido, con un extraño sentimiento de vergüenza. Hastings le había sido asignado veinte años atrás y no tenía idea de quién era esta gente a su alrededor. ¿Estaba casado? ¿Había engendrado más hijos? ¿Por qué había muerto?

–Tu gracia y tus años –inquirió de repente.

–Aleth, trece –la parquedad de la respuesta lo hizo sonreír, era digno hijo de Hastings.

Entonces recordó que no pertenecía a ese lugar. Que su paje, a pesar de haberle salvado la vida más de una vez, había preferido ser velado entre sus iguales. Debía respetar sus deseos.

–Cuando termine el funeral, te espero en mi despacho, Aleth hijo de Hastings.

Dio media vuelta y se alejó. Tendría que hallar por si mismo sus medias y sus guantes hasta que ese renacuajo descarado terminara de enterrar a su padre. ¡Maldición!

TBC…

22 de marzo de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 41

Un sitio al cual llamar hogar

El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas.
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca.
“Abdala”, José Martí


Imladris

Erestor revisó con la vista por enésima vez el orden de los elfos dispuestos en doble fila a lo largo del camino que conducía al salón de ceremonias. Glorfindel estrechó su mano con suavidad y él le dedicó una mirada de disculpa. En respuesta, los ojos azules le pidieron calma. Erestor sacudió la cabeza y se obligó a permanecer quieto. Estaba nervioso.

Hacia casi cincuenta años que no se realizaba un funeral en el valle, y ahora no se trataba de una muerte común, de la previsible muerte en combate que todos tomaban como posibilidad al traspasar las fronteras. Elrond había muerto durante los festejos de boda en un reino aliado, defendiendo a su bisnieto nonato. Una muerte digna de la familia, si se la miraba bien, pero inusual, inquietante. Además, el medio elfo había sido más que un señor para Erestor, el vínculo que compartieran era profundo, sutil, lleno de miradas cargadas de entendimientos y crepúsculos silenciosos.

Siendo sincero consigo mismo, Erestor debía reconocer que le preocupaban más los que se quedaban: los gemelos, los otros habitantes del valle, el estatus del valle mismo –demasiado rico y bien ubicado como para no provocar ambiciones. La estabilidad de ese sitio, de su hogar, estaba en sus manos ahora. ¿Estaba?

La aparición de una figura en el recodo interrumpió sus pensamientos.

El jinete vestía de negro, se aproximaba al paso. Tras él fue surgiendo la caravana mortuoria: seis elfos cargaban el ataúd de madera negra, la escolta llevando los corceles a los lados, el coche de dos caballos – esmalte negro, riendas y cortinas de sobrio morado– y, cerrando la marcha, la carreta con el equipaje. A medida que los portadores del féretro avanzaban, los súbditos de Rivendel se postraban en el suelo –mostrando la absoluta sumisión que jamás dieran en vida al Señor.

Cuando los seis elfos llegaron a su altura, a Erestor no le sorprendió reconocer a los gemelos al frente. Se arrodilló sin dudarlo. Vivo, Elrond había sido un gran estadista, un sabio estratega y un generoso amigo, pero un elfo como los demás, sensible al dolor, a los errores de juicio. Ahora estaba muerto, a salvo de envidias o resentimientos, era perfecto –del terrible modo en que son perfectos los que se van. A su nueva sabiduría insondable rendía pleitesía. No avergonzaba a ninguno de ellos posternarse.

El Segundo Consejero se irguió lentamente, las personas a su alrededor se dispersaban. Muchos seguían el féretro a la sala de ceremonias, donde permanecería expuesto hasta la mañana siguiente. Otros regresaban a la guardería, a abrazar a sus hijos demasiado pequeños para respetar el protocolo de la recepción. El mismo deseaba ir donde Idril, pero vio a su esposo junto al coche de los gemelos y, de golpe, recordó que no solo llegaba un cuerpo embalsamado esa tarde. Se acercó despacio.

Glorfindel estaba inclinado hacia el interior del carruaje, casi la mitad de su cuerpo era invisible. Erestor podía escuchar la sueva voz de su pareja en diálogo con otra, difícil de seguir por su duro acento. Sintió una repentina simpatía por el muchacho. ¿Cómo le sentaría haber sido regalado por su propio cuñado? Además, tenía entendido que el bello Amroth no había abandonado el Bosque Negro en 1 700 años. Demasiado tiempo, incluso para un elfo.

Su pareja debió reconocerle los pasos, porque extendió un brazo hacia atrás sin girarse y tiró de él.

–Este es mi esposo, el Erestor hijo de Entunin, Segundo Consejero del Valle –dijo cuando estuvo ante la puerta abierta.
–Es un gusto conocerlo –saludó el avari con su voz extraña.
–Lo mismo digo –repuso Erestor en lo que sus ojos se acostumbraban a la penumbra en el interior del coche, para poder detallarlo.

Amroth estaba tendido cuan largo era –habían extraído los asientos–, rodeado de mantas y cojines, como si viajara en un gran diván. El joven tenía el rostro encuadrado por un tupido pañuelo negro, que resaltaba la palidez de su rostro. Los rasgos afilados eran armoniosos y familiares –aunque no estaba seguro de la razón. Sus ojos, grandes y algo hundidos, se hallaban enmarcados por cejas pobladas, anchas, correctamente delineadas. El color de sus pupilas era, en efecto, inusual entre los elfos –negro, verdadera oscuridad apresada–, pero la manera etérea en que le tendió la mano –una mano delgada y fuerte, de palma suave– era privativa de los Primeros Nacidos.

–¿Puedes caminar? –preguntó Glorfindel.

Amroth se limitó a asentir y comenzó levantarse despacio. Los esposos intercambiaron miradas preocupadas: era evidente que el muchacho sufría, pero no pedía ayuda. Erestor no intervino hasta el final, cuando fue evidente que su equilibrio era precario porque la mano derecha no se afianzaba bien el en marco de la puerta. Creyó detectar un ligero sonrojo en las mejillas del recién llegado, pero lo dejó pasar.

El avari tardó unos minutos en ganar estabilidad, luego alzó el rostro al cielo y respiró hondo. Una brisa se levantó, con la cual las ramas cantaron su saludo al nuevo inquilino. La túnica ondeó, él abrió los brazos en gesto de agradecimiento y el pañuelo que le cubría salió volando. El joven soltó un gemido, se encogió sobre si mismo y alzó las manos, en inútil intento de cubrir con ellas toda su cabeza. Erestor abrió los ojos como platos y murmuró “Dulce Elbereth”. Glorfindel corrió a recuperar la prenda, y la colocó sobre el cráneo del tembloroso joven. Ninguno de los tres dijo nada más en lo que Amrtoh ataba con cuidado el velo para cubrir su cabellera corta, completamente blanca.

–Vamos a tu habitación –ordenó incómodo el Primer Consejero.

Los tres caminaron despacio, los dos anfitriones demasiado incómodos con el descubrimiento para ir explicando la distribución de la casa, el nuevo inquilino agradecido por el silencio. Llegaron a una estancia en el segundo piso de regulares dimensiones, paredes verde manzana con dibujos de flores y estrellas, amplios ventanales, una chimenea de piedra negra a la derecha, una cama individual de mantas color azul en el centro, un armario de madera clara a la izquierda y amplios ventanales en la pared trasera.

–Hemos puesto alguna ropa en el armario –explicó Glrofindel. –Espero que sean suficientes hasta que los sastres te tomen las medidas y preparen un guardarropa apropiado.

Ese comentario desconcertó al joven, que no pudo contener su curiosidad.

–¿Apropiado?

Erestor le clavó sus ojos en el rostro de Amrtoh, ¿acaso podía no saber? Aquella mirada volvió a intimidar al avari, que bajó los párpados y suspiró.

–Entiendo –susurró derrotado.

Los dos consejeros supieron al instante que, en realidad, no entendía nada. Sin embargo, tampoco les correspondía explicar.

–El baño es allí –el rubio señaló una puerta blanca a pocos metros del armario. –Una campana llamará a la comida de la tarde tras la puesta de sol. ¿Algo más?Amroth movió la cabeza de un lado a otro con fuerza, sin mirarles.

Los eldars se marcharon y el avari se dejó caer en la cama, totalmente agotado física y mentalmente.

–Si que viven bien los siervos de Rivendel –dijo en su propio idioma cuando se tranquilizó.

Luego se levantó –tuvo que contener un quejido al apoyar la rodilla dañada– y caminó hacia el armario, dispuesto a cumplir la orden de los consejeros. Tiró de la manilla y…

–¡Por Aule!

La frase “algunos juegos de ropa” le había sugerido dos, tal vez tres mudas sencillas. En cambio, seis trajes completos colgaban de sendos ganchos: tres azules –cielo, marino y medianoche–, dos verdes –hierba y oliva–, el último negro. Cada juego estaba compuesto de pantalón y túnica con bordados blancos en puños, ojales y faldones, así como una camisa blanca con cuello y pechera bordados en hilos del color de las otras dos piezas. Todos los bordados representaban hojas y estrellas.

El lado derecho del armario tenía cajones. Abrió el primero con mano temblorosa. Una buena cantidad de calzones y medias de color blanco y costuras en verde claro estaban prolijamente dobladas. El segundo contenía una pesada capa negra. El tercero estaba vacío.

Amroth suspiró, los uniformes aquí eran ciertamente elaborados, pero tampoco le extrañaba, siempre había oído decir que Rivendel era un valle muy rico. Seguro estos vestidos correspondían a pajes o camareros, pero ¿cómo iba a hacer tales cosas siendo cojo? Por supuesto, al ordenar su habitación nadie aquí sabía que ahora era un lisiado. Lo más probable era que en la cena le dijeran de alguna ocupación que podría desempeñar, de preferencia lejos de las miradas de sus señores, para no molestarles con su torpeza y fealdad. Sacudió la cabeza, eso no era algo que pudiera controlar, así que mejor ni pensarlo. Optó por el traje azul medianoche, tomó un calzón, un par de medias y se fue a bañar.

En lo que la tina se llenaba con un ingenioso sistema por gravedad, el chico luchó con los botones de sus ropas. El agua tibia y el jabón de hierbas la relajaron y, mientras se secaba y luchaba con los botones por segunda vez, se dijo que tenía suerte, que servir en Imladris no podía ser peor que todo lo anterior. Así que terminó de anudarse el pañuelo alrededor de la cabeza y salió a la recámara para calzarse las botas.

A los pocos minutos sonó la llamada a la comida y él salió, con paso lento pero silencioso, a enfrentarse a su destino.

Minas Tirith

Despertó empapado en sudor, resoplando y su cabeza giró a ambos lados de la cama, temeroso de hallar alguien cerca.

–Fue una pesadilla –se dijo para tranquilizarse, pero la certeza no mejoró su ánimo.

Consciente de que no podría dormir más, el joven apartó las cobijas, se calzó las zapatillas y caminó hasta la ventana. En oriente, el cielo cambiaba muy despacio de color.

–Hoy es el día…

No pudo evitar que un temblor recorriera su cuerpo, miedo, para qué negarlo. Faramir le había dicho que el miedo es bueno, porque nos mantiene alerta, es bueno mientras no nos controla. Faramir… Realmente, si el Rey no hubiese llegado la tarde anterior, Duilin dudaba de que hubiesen podido mantener la charada durante otra semana. El Senescal no podía negarse a tomar los refrescos envenenados de su secretario, porque descubriría el juego, pero vomitar cada tarde tampoco hacía favor a su organismo. Estaba pálido, desconcentrado, Arwen y él hacían casi todo su trabajo durante las noches para mantener funcionando la maquinaria del Estado.

Esa misma mañana, Duilin había estado a punto de irrumpir en la oficina del Senescal y reclamar a Liolas su infame comportamiento, su traición. ¿Cómo había estado enamorado de alguien así? “Haría cualquier cosa por ti” le había dicho miles de veces, pero él nunca imaginó que “cualquier cosa” incluyera un complot contra la corona. ¿Eso le había pedido su padre a cambio de hacerse el de la vista gorda? Aunque ya tenía pruebas de que su padre no le amaba, a Duilin se le hacía muy cuesta arriba imaginarlo negociando la amistad de un invertido con su heredero. Duinhir de Río Morthond era hombre de recios preceptos morales. ¿Entonces? El muchacho sacudió la cabeza, cansado de la misma situación sin salida ni explicación. Tampoco importaba. Dos horas después del amanecer, cuando el Rey se presentara a la audiencia y los conspiradores fueran apresados, todo acabaría, incluso su familia.

Y hablando de familia, si que la había hecho buena el Rey ¿no? Regresaba con un hijo, para que nadie pudiera quejarse de que sentara en el trono al elfo. Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar, el título aún sonaba extraño en su mente, pero tendría que acostumbrarse. No estaba seguro de qué caería peor al Consejo de Nobles –los que sobrevivieran a la siega–, si el Príncipe Consorte o el salvaje hijo del Rey, porque eso también se notaba, al tal Geniev no le gustaban ni los zapatos, ni las camas.

Mentalmente, volvió a repasar el plan que trazaran tras la llegada de sus majestades. Su papel era sencillo, solo debía guiar a la patrulla que detendría a Liolas y sus compinches cuando pusieran el veneno en la bebida del Senescal. Luego irían a la sala del trono, donde los otros complotados serían sometidos a juicio sumario, entonces… ¿Sería el Rey capaz de cumplir las leyes antiguas?

Una parte del corazón de Duilin deseaba que si, que el nuevo monarca fuera fiero, para que a nadie más se le ocurriera levantar la mirada, otra ansiaba la misericordia real, aunque fuera inmerecida. ¿Cómo podría permanecer impasible mientras Elessar I ejecutaba por su propia mano a los conspiradores? Eran enemigos del reino, si, pero también su padre, su amante, su tutor. Estar presente en la plaza durante la degollina era lo que se esperaba de él, pero no estaba seguro de poder resistirlo.

El sol se asomó por sobre el río Anduin y Duilin supo que ya no había marcha atrás, para el amanecer siguiente sería el señor de Río Morthond, o estaría muerto.

Imladris

Erestor contempló con ojos legañosos el féretro.

Había pasado la noche en vela, repasando los momentos vividos junto al difunto, pero ninguna visión vino a tranquilizar su conciencia. Se le ocurrió que Elrond llevaba demasiado tiempo muerto y su alma ya disfrutaba de los eternos y deliciosos banquetes más allá del mar. Tal vez todo fuera inútil, y la respuesta que tanto buscaba estuviera ante sus ojos, entre sus manos, solo que era demasiado cobarde para aceptarlo.

Al fin y al cabo, ¿dónde buscar sino en su interior? Elrond había confiado en él, en su delicadeza y sentido de la oportunidad. Nunca volvió a preguntar por el documento una vez que dejó claro cuáles eran sus deseos. Nunca dijo nada que lo comprometiera. En cambio, si Erestor actuaba, estaría tomando una posición y tendría que asumir las consecuencias.

“¡Ay! Qué oportuno de tu parte morir lejos de Rivendel, viejo amigo. Entre jovencitos ajenos a las tareas que nos dejaste.” Buena cosecha para una noche de meditación, sin duda: culpar al muerto de sus problemas. Aunque, por esta vez, fuera en verdad el muerto culpable, la cosa no cambiaba.

Casi quinientos años atrás, había jurado fidelidad al Valle. Luego Elrond le había honrado al nombrarlo su Consejero, pero sus acciones siempre habían estado orientadas al bienestar de la comunidad. No había sido un empleado complaciente, y sospechaba que por eso lo había elegido para tan amarga tarea. Una última –póstuma– prueba de su fidelidad a algo más que a una persona, a ese lugar mitad tierra y mitad sueño que se llama hogar.

Él sabía lo que era perder un hogar, los sitios donde había jugado de niño, donde estaban sus amigos y padres, la ventana adornada por el sicomoro que viera crecer… Todo había desaparecido bajo la negra marea de los orcos. Después no quedó más opción que recorrer las rutas de Arda, llevando mensajes y consejo a los belicosos reyes elfos, que se unían y separaban al ritmo de su soberbia. En ningún sitio se había quedado porque no sabía ser cortesano: adular, sonreír, intrigar eran incompatibles con su naturaleza.

Elrond lo había aceptado así, con su mirada aguda y su lengua afilada. Glorfindel lo había aceptado así, hosco y sincero. Los gemelos lo habían aceptado así, exigente y poco amable. Los habitantes del Valle lo habían aceptado, cobijado, hecho uno de los suyos, le habían devuelto el hogar. Comprendió al fin lo que esperaba Elrond al confiarle esa tarea: que pusiera en una balanza su sentido del honor –que le había permitido sobrevivir siglos de peregrinaje– y el amor por el Valle –donde había recuperado la sensación de pertenecer.

No sonrió, pero sintió que un peso abandonaba sus hombros y su corazón. Era hora de retribuir el amor de su Ultima Morada.

Minas Tirith

Aragorn estrechó con fuerza la mano de Legolas y luego le dejó ir. Estaban ante la puerta que comunicaba uno de los tantos pasadizos del palacio con la Sala del Trono, esperando la señal de Faramir para entrar y recuperar el reino. El hombre suspiró, y se arregló automáticamente el faldón de su túnica de gala, roja con bordados en negro y oro. Volvió a mira a su pareja –Legolas estaba imponente con su propio traje azul y oro, capa y botas negras con bordes de piel marrón– y se preguntó el sentido de todo aquello.

¿De qué le servía la Corona Doble, después de todo? Mientras se trataba de la guerra, la libertad de los pueblos libres, el fin de Saurón, y asuntos similares, todo estaba bien. Pero desde hacía casi un año que era Rey y no acababa de comprender la maravilla de ocupar el trono de sus ancestros. Solo había conseguido un montón de enemigos y casi perder a Legolas y Faramir a causa de intrigas y envidias. Eomer tampoco estaba muy contento con toda la parafernalia a su alrededor, y se le encogía el alma de pensar que el protocolo de la corte edain era mucho más complicado que el rohirrim.

Ahora mismo, estaba a punto de reaparecer para actuar como verdugo con la esperanza de imponer orden en la ciudad. ¿Era así como deseaba comenzar, efectivamente, su mandato? ¿Cómo deseaba que lo viera su esposo? Bueno, desde el asunto de Ferebrim, su elfo era un aficionado entusiasta de la sangre, pero esperaba con toda el alma que fuera algo pasajero. Además, estaba Geniev. No sabía mucho del pasado de su flamante hijo, pero confiaba en poder convertirse en un ejemplo para él, alguien a quien admirar, no en un tirano sanguinario al cual temiera.

–Todo va a estar bien –le susurró Legolas.

Aragorn sonrió inseguro. –Mientras no me dejes.

–Tu eres mi hogar –repuso el rubio con sencillez.

Aragorn suspiró. Legolas decía que su hogar estaba junto a él, perfecto. Pero ¿dónde estaba su propio hogar?

Sus primeros recuerdos eran del mágico valle de Imladris, pero siempre supo –tal vez por las miradas duras que le dedicaba Erestor o por la nostalgia de sus padres– que no pertenecía ahí. Luego había tenido una vida nómade en Eriador, aunque se había ganado a pulso el liderazgo de los montaraces, nunca dejó de sentir que se trataba de un papel, de lo que del hijo de Elladan y Elrohir se esperaba. Se fue al sur –tratando de huir de un fantasma rubio y simpático– y descubrió el brillo de las paredes de la ciudad de Isildur al amanecer le daba una extraña paz. ¿Sería eso? Varias veces regresó a la Ciudad Blanca a lo largo de cincuenta años, nunca hizo amistades duraderas, mucho menos tuvo una casa, pero era agradable volver a Minas Tirith, respirar su aroma singular –mármol, sudor y tierra–, apreciar el ritmo de sus habitantes, perderse entre las voces que negociaban en el mercado con sus acentos variados.

Si, pertenecía a Minas Tirith de un modo complicado, distinto a su pertenencia frente a Legolas –nada sorprendente, después de todo no se puede uno entregar a una ciudad como a un amante–, pero no por ello menos real. Había extrañado este sitio cuando, separado de su esposo y su hijo, vagaba por las Montañas Nubladas, también cuando creyó morir al ver esos ojos azules mirarle sin reconocerlo –por al poción de aquel sucio teleri. Minas Tirith no solo le pertenecía por derecho de heredad –había pasado sesenta años rehuyendo semejante título, bien podía esconderse otros cien–, sino porque él pertenecía a ella. Esa antigua urbe amurallada y orgullosa, madre de guerreros y poetas, era también su esposa, su hogar.

La puerta comenzó a abrirse, dejando pasar la luz al sombrío corredor, y las últimas palabras de Faramir le indicaron que era el momento.

–… ¡larga vida al Rey!

Aragorn tomó aire y salió a la amplia y luminosa estancia, justo al lado de la escalinata que conducía a su trono. Llevaba la mano izquierda apoyada en el puño de Andúril, y con la derecha estrechaba a su consorte. Miró con calma a su alrededor, desafiante.

Por pura costumbre, la mayoría de los presentes en el salón –nobles, secretarios, personas con audiencia– se inclinaron respetuosamente. Sin embargo, tenían las cabezas levantadas –de un modo que la etiqueta más estricta calificaría de insolente– y miraban con ojos muy abiertos a su monarca. En algunos ojos brillaba el asombro, en otros la mal contenida desazón.

–Es un placer volver a encontraros, mis amados súbditos –dijo de acuerdo al protocolo de la audiencia y comenzó a subir los escalones. A los pies de la escalinata permanecieron su esposo, Geniev y la guardia.

Nadie dijo nada, y Aragorn sonrió levemente. Había sido idea del Senescal que llegara como si solo faltara desde hacía siete días, para aprovechar el factor sorpresa. Ninguno de los conspiradores se atrevería a cuestionar las acciones del Rey en medio de la Sala del Trono, poniendo en evidencia su actitud desafecta. Además, las puertas estaban custodiadas por hombres de la guardia personal, que les impedirían salir para avisar a sus secuaces –los que no estuvieran ya presos– o huir.

Cuando el monarca estuvo sentado en el asiento izquierdo del elaborado y pulido trono doble de mármol negro y cojines de seda roja –el mismo que Aragorn había encargado al día siguiente de su matrimonio–, miró a Faramir con expresión casi aburrida y continuó con los parlamentos marcados siglos antes.

–¿Qué perturba a mi pueblo y debe ser traído ante mi criterio?

–Para no agotaros, Majestad, solo deberéis involucraros en un fratricidio y un complot contra la corona.

Un rumor horrorizado recorrió la estancia, los guardias alrededor del trono desenvainaron las espadas, varios nobles comenzaron a moverse –discretamente– hacia las puertas, los secretarios aceleraron el ritmo de sus plumas.

El Rey asintió, indicando así que el proceso podía proseguir. Faramir hizo un gesto con el brazo y una figura embozada salió de un costado.

–Yo acuso a Duinhir de Río Morthond de la tortura, encarcelamiento e intento de asesinato de su hijo mayor, Duilin.

Al mismo tiempo, varios guardias habían obligado al mencionado noble a acercarse al trono. Faramir procedió a interrogarlo como si el hombre estuviera allí por su propia voluntad.

–¿Cómo se declara de tales cargos?

–Inocente, ¡por supuesto! –señaló con gesto ofendido su túnica marrón. –Todos saben que mi hijo murió de fiebres hace menos de cuarenta días. Las fiebres no pueden ser provocadas por deseo de otros que los Valar.

Faramir asintió y se apartó de su mesa de trabajo, a los pies de la escalinata real, para avanzar hacia el acusado con las manos entrelazadas a la espalda.

–¿Y cree que algo podría inclinar a los Valar podrían reclamar a su heredero?

–Mi hijo era bueno y listo. La regente hizo un gran honor a mi casa al nombrarlo secretario. No puedo imaginar la razón, pero tampoco me corresponde saberlo.

El Senescal asintió. Luego se giró hacia el acusador.

–¿Por qué habría de matar este hombre a su heredero?

–Dos razones: era un invertido, por lo cual le odiaba, y supo que despreciaba al Rey, por lo cual le temía.

–¿De dónde saca esas cosas? –empezó a vociferar Duinhir con el rostro rojo y las venas del cuello a punto de reventar. –¡Mi hijo era un hombre!, nadie puede acusar a mi sangre de degeneración sin probar mi espada –ante su decidido intento de acercarse al encapuchado, los soldados le retuvieron por los brazos. –¡Mi hijo no era ningún amanerado sin virilidad buscador de varones!

De pronto, el hombre tomó conciencia de lo que acababa de decir y miró hacia el trono. El silencio en la sala era sepulcral.

–Me parece –opinó Aragorn con tono condescendiente–, que el cargo de desprecio al Rey ha sido confesado. Prosiga, Senescal.

Por toda respuesta, Faramir hizo un gesto y el acusador anónimo se quitó la capucha. Los ojos verdes de Duilin brillaron de satisfacción al tiempo que los de su padre se tornaban opacos y el duro rostro se desencajaba.

–Es… es… tu no eres mi hijo… tu…

–Claro que es tu hijo –saltó en ese momento Arctos, hermano de la difunta esposa de Duinhir–, esos son los cabellos y los ojos de mi hermana.

Arctos, un gigante de anchos hombros y cabeza totalmente calva, ahora roja de la emoción, se adelantó con clara intensión de tomar la justicia por su mano, pero los guardias le retuvieron y desarmaron.

–Así que –comentó imperturbable Faramir–, ¿su padre le torturó y encarceló?

–Si, mi señor.

–¿Y qué provocó semejante medida?

–Yo sorprendí una reunión, señor, en la que varios miembros del Consejo de Nobles decían injurias contra el Rey y planeaban impedir su regreso.

–¿Impedir? –insistió Faramir.

–Ellos… –Duilin miró por un instante a su padre, dudoso, pero solo vio en sus ojos el habitual desprecio. –Ellos deseaban envenenaros, mi señor, y hacer nombrar a otro Rey.

–Ya, ¿podéis decir los nombres de los invitados?

–Estaban…

A medida que el joven decía nombres, los mencionados eran presentados por la Guardia Real, maniatados y con sus insignias de nobleza arrancadas. El resto fue rápido: se presentaron las cartas que Hurin de las Llaves había enviado a su cuñado, comentando el desarrollo de las alianzas; se obligó a Liolas a explicar cómo ponía veneno en las diversas bebidas del Senescal; Felitar confesó su pacto con Forlong, para obligar a la Regente a casarse con alguno de ellos.
Diulin contemplaba todo, pero su mente estaba muy lejos, en los pocos recuerdos amables que conservaba de aquel hombre con el que, por azar, compartía la sangre. Sin embargo, no pudo evitar oír la voz profunda y recia del Rey al pronunciar su sentencia.

–Es más que evidente que estos –abarcó con un gesto a los diez cabecillas de la conspiración–, que se hacen llamar nobles de Gondor, unieron sus voluntades en un proyecto en contra del reino y la familia real. No necesito consultar a mi Senescal para saber cuál es la pena, pues la misma se aplica en toda al Tierra Media –Aragorn hizo una pausa, se puso de pie y comenzó a bajar la escalinata. –Si alguno de ustedes creyó que, tras ir a llamar a Saurón a la misma Puerta Negra, no sería capaz de ejecutar algunos traidores, me juzgó mal –ya estaba al nivel del piso, miró con intensidad a los conjurados, luego, brevemente, a su esposo, al fin alzó los ojos hacia los cortesanos reunidos. –Hoy he regresado a ocupar el trono de mis ancestros y lo haré con generosidad, pero con fuerza.

Aragorn tomó el cuchillo de piedra negra que le tendía un miembro de su guardia y probó el filo. Era una pieza antigua, tallada y pulida con el único objetivo de realizar de modo cómodo las ejecuciones de la nobleza –fuera cual fuera la talla del monarca encargado de la tarea. Antes de volver a moverse, sopesó el arma, dejó que se calentara en su mano. Los reos estaban ante él, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y huellas de sudor u orine marcando sus túnicas.

De repente estaba junto a Hurin, levantando de sus viejos mechones al anciano, un poco más bajo que él. El primer chorro de sangre salpicó las mangas de su elaborado jubón. Dejó caer el cuerpo aún convulsionante. Siguió adelante, sin pensarlo, con la habilidad largamente asimilada como prenda.

Al final, asqueado de todo, deseoso de un baño y una charla con su esposo –él deseaba mucho más, pero Legolas no estaba listo, por Eru, solo ver su cara de felicidad ante la masacre lo decía, nadie en sus cabales podía hallar agradable aquello– Aragorn se giró en dirección al Senescal.

–Que los cuerpos sean entregados a las familias.

–Si, Majestad.

–Y que lo que queda del Consejo sea convocado para mañana –a nadie escapó la implícita amenaza. –Legolas, vamos a descansar –ahora si, varios no pudieron contener expresiones de sorpresa.

Durante los meses de su primera etapa de gobierno, el Rey nunca había sido explícito en su relación con el elfo. Todos sabían, por supuesto, pero jamás traspaso el hombre la fina línea de lo que esa corte entendía por decoro. Más que las sumarias ejecuciones –que evocaban los años infames de la Guerra de Sucesión–, este era el verdadero reto a los nobles: ¿querían derrocarlo porque sospechaban que era un invertido?, pues ahora estaba claro, y ay de quien se opusiera.
Aragorn sonrió para sus adentros y aún dio un par de pasos en dirección al ala privada cuando fingió recordar.

–Otra cosa, Senescal. Hallad algunas ropas y un ayo para mi hijo –de nuevo ignoró deliberadamente las expresiones de sorpresa, esta vez felices. –Faramir cuidará de ti hasta la cena, ¿de acuerdo?

El muchacho asintió, y ellos se retiraron.

Mientras cruzaba los corredores en busca de sus nuevas habitaciones, Elessar I pensó, con fastidio, que definitivamente estaba en casa: intrigas de nobles ambiciosos, traiciones familiares, tensas negociaciones entre lo que desea el Rey y lo que quieren algunos del reino –un heredero, por ejemplo–, ejecuciones sumarias para demostrar que no es ningún remilgado y –la guinda del pastel– escoltas hasta para ir al baño.

Maldición, si no fuera por Legolas, como odiaría su hogar.

TBC…

30 de enero de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 40

EL LARGO CAMINO A CASA (II)

"... No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte...."
Ítaca, Konstantino Kavafis

Minas Tirith

La carreta avanzaba despacio, pues el caballo era viejo y la lluvia de la noche había dejado los adoquines de la calle resbaladizos. El guía, medio dormido en el pescante, dejaba al corcel recorrer la ruta que se sabía de memoria mientras intentaba olvidar el frío y la fetidez de su carga con una bota de vino negro –no demasiado agrio. Tras la Curva del Tenedor, el caballo se detuvo a dos metros del dintel del palacete de los señores de las mesetas del Río Morthond. El carretero tomó su báculo, golpeó tres veces la pared y esperó el golpe apagado del saco de basura que lanzarían desde la poterna.

Como estaba adormilado y borracho, el hombre solo escuchó lo que esperaba: un saco que caía sobre los otros muchos sacos de basura de las casas nobles –asquerosamente similar a la basura de las casas plebeyas y a la basura de los lupanares. El breve quejido que surgió de entre los desperdicios nunca fue escuchado, y el carretón siguió su ronda lenta por el segundo y tercer círculos, a esa hora en que el sueño es más profundo y la noche más oscura.

El sol salió, y ya la carreta estaba cerca de la puerta entre el tercer y cuarto círculo. El carretero se desperezó y bajó de un salto, para ir hasta la Taberna de Poltam a devolver el pellejo de vino –ya vacío. La carreta quedó a un costado de la calle que se animaba paulatinamente con el amanecer. Comerciantes, sirvientes, soldados, mendigos, artesanos se cruzaban ahí, en la puerta del anillo, y estaban demasiado ocupados –en sus negocios, en no chocar los unos con los otros y en no acercarse demasiado al fétido vehículo- como para reparar en la figura pequeña y envuelta en un manto marrón que se escurrió hacia el suelo de entre los sacos de basura.

Mezclado con las personas que iban de un lado a otro en la rutina de la bulliciosa ciudad, el ser avanzó muy despacio ciudad arriba, hacia la puerta que separaba el segundo y primer círculos, allí le detuvo un soldado.

–¿A dónde vas, escoria?

Los ojos verdes, rojizos y hundidos en sus cuencas, se fijaron en el fornido guardia de la ciudadela, pero el hombre no reconoció aquel rostro sucio y delgado.

–Busco al tío Elros –dijo el mendigo lamiéndose los labios agrietados, en un vano intento de humedecerlos.

El soldado abrió un poco los ojos, pero se controló enseguida. Asintió y le indicó una puerta muy pequeña, a la derecha de la posta. El pordiosero entró y avanzó a tientas por la galería totalmente oscura. Tras unos diez minutos de marcha tuvo que detenerse, le dolía todo el cuerpo, y la férrea voluntad que le permitiera escapar ya no podía imponerse a los días de ayuno, el dolor de los golpes y el cansancio del insomnio. Dejó escapar un ligero quejido y, como si de la compuerta rota se tratara, al quejido siguió un sollozo, y otro, y otro. El ser se dejó caer en el suelo del pasadizo y lloró.

Así lo encontró Faramir, cuando, ya harto de esperar al mensajero, desandaba el camino de las catacumbas del Palacio Real de Gondor. La figura colapsada en el suelo era irreconocible con la escasa luz de la antorcha que llevaba el guerrero a su lado, por lo que se tragó la nausea que su olor le provocaba y se acercó.

–Soy Tío Elros.
El ser se sacudió, reptó hacia atrás casi un metro y controló su llanto.
–Entiendo que tienes un mensaje para mi –exigió Faramir, deseoso de alejarse cuanto antes de aquella fetidez.
El otro sacó una mano sucia y con marcas de sangre seca de debajo de su manto, la apoyó en la pared y se irguió lentamente. Luego dejó caer el pliegue que cubría su cabeza y rostro.
–Buenos días, señor Príncipe de Ithilien.

El soldado dejó escapar un gemido de horror, Faramir se llevó la mano a la boca, tratando de conjurar alguna expresión semejante. El pelo, antes rojo, brillante, sedoso, era un moño sucio y opaco, con pegotes de color marrón que podían haber sido sangre o excremento. Los ojos ya no brillaban de alegría con ese fuego verde tan singular, pues estaban opacos y llenos de miedo. Los labios que tan bien conocía, rosados y carnosos, eran una línea agrietada y azulosa. La piel –por los Valar- aquella piel dorada y tersa, lucía anormalmente pálida, y un costurón rojizo, apenas cerrado, cruzaba desde el puente de la nariz hasta la mandíbula, deformando el lado derecho del rostro antaño casi femenino.

–¿Duilin?
El muchacho pareció encogerse y bajó los ojos.
–Lo lamento, mi señor, pero no pude escapar antes.
–¿Escapar? –le interrumpió Faramir. –Tu padre dijo que estabas enfermo, ¡estuve a visitarte hace dos días!
Una mueca surgió en el rostro del adolescente, y fue especialmente desagradable a causa de la herida de la mejilla.
–Con perdón, mi señor, pero no se quién ocupe mi recámara desde hace diez días.

Faramir asintió, de repente la penumbra de la habitación del enfermo y la insistencia del sanador en que no se acercara demasiado, por el peligro del contagio, adquirieron otro significado. La rabia crecía a pasos agigantados en el interior del Senescal, pero se obligó a retrasar eso. Ahora lo importante era el chico.

–Debes estar cansado y hambriento –dijo al tiempo que le tendía una mano, pero Duilin volvió a retroceder con miedo.
–Estoy sucio.
El hombre no discutió la violenta reacción, en especial porque era evidente que el muchacho se hallaba al límite de sus fuerzas.
–Entonces sígueme, un buen baño y un desayuno hacen milagros en un cuerpo agotado –se obligó a sonreír para darle ánimos. –Luego un sanador verá tu herida.
El joven asintió, y en silencio siguió a Faramir hacia los niveles superiores del palacio.

Un rato después, tras lavarse celosamente el pelo y tomar una comida completa y caliente por primera vez en diez días, Duilin estuvo listo para narrar sus descubrimientos a Faramir y Arwen. La trama de intrigas que se tejía en los salones del señor de las mesetas del Río Morthond no sorprendió a la pareja, aunque los detalles aportados por el muchacho aclaraban puntos hasta ese momento oscuros.

–… al retroceder choqué con un jarrón. No llegó a caerse, pero el ruido alertó a los perros, que se lanzaron sobre mi –delineó entonces la herida de su cara. –Luego me llevaron a una mazmorra. Mi nana me cosió las mordeduras más grandes y esta madrugada pude salir, metido en el carro de los desperdicios. Es por eso que vine en esa facha, mi señor –concluyó el muchacho con un suspiro.

Arwen sonrió con afecto y tristeza. Faramir contuvo un bufido de desagrado. Debían tomar medidas, pero con cuidado de no descubrir su fuente de información. Esperaba que la evasión del prisionero pasara desapercibida un tiempo más. En realidad, lo más probable era que su padre Duinhir ni imaginara que el chico tendría entereza para escapar. ¡Por el Ojo! Él mismo todavía no podía creer que el melifluo y delicado secretario de la regente estuviera ante él, con esos ojos oscuros, amargados.

–Es hora de que descanses, Duilin –ordenó Faramir al tiempo que se levantaba.
–Cuando estés despejado, un sanador vendrá a revisar tu herida.
–No se preocupe por eso. Solo necesito dormir un poco.
–Pero con tratamiento, podrían desaparecer esa cicatriz.
–La herida ha cerrado –repuso el joven con decisión. –Y esta marca me ayudará a recordar ¿entiende?–explicó con un dejo de amargura.

El Senescal quiso argumentar algo más, pero Arwen puso una mano sobre su hombro y le miró con intensidad. Faramir sacudió la cabeza, era cierto, ya Duilin no era un niño.

–Que duermas bien –fue todo lo que dijo antes de abandonar la estancia.

Carroca

Halladad tomó con la punta de los dedos el dulce y lo llevó a los labios de su esposa con cuidado. Ella rió bajito, pero se dejó poner la golosina en la boca, masticó despacio y sonrió.

–Me mimas demasiado –afirmó divertida.
–Tal vez –concedió el Rey-, pero no parece molestarte.
–Es que me parece mal contradecir al Rey –fingió disculparse ella.
–Yo creo que…

El rumor de caballos y voces airadas cortó su piropo. Los esposos intercambiaron una mirada de alegría, luego él se levantó del lecho, tomó una túnica ligera colgada de un gancho junto a la entrada de la tienda y salió.

No había luna, y las estrellas brillaban por sobre el campamento de los elfos silvanos con fuerza. Las figuras espigadas de los recién llegados apenas podían distinguirse, y eso gracias a las antorchas dispuestas delante de las tiendas y alrededor del área que ocupaban, pero Halladad no necesitaba la luz del sol para reconocer esa manera de cabalgar. Se acercó a la zona donde visitantes y sirvientes se arremolinaban entre corceles sudorosos, equipajes y armas.

–¿Fue bueno el viaje?
Dos elfos giraron hacia él, con sendas sonrisas en sus rostros.
–Imagínate –le respondió el de brillantes ojos verdes–, las aguas del deshielo aún no se calman, casi nos ahogamos un par de veces.

Halladad asintió, tal y como lo imaginara, ninguno de ellos deseaba posponer el encuentro más de lo imprescindible. Habían montado el campamento tres días antes, cuando el río apenas recuperaba su cauce tras los deshielos primaverales. Algunos consejeros creían que podía dar la desagradable impresión de que deseaba librarse de la deuda cuanto antes, pero aquí estaban los gemelos, para probar de nuevo que los conocía. ¡Vaya si los conocía!

–Los llevaré a su tienda –ofreció.

Ambos recién llegados tomaron el equipaje de la grupa de sus respectivos caballos y le siguieron a través del conjunto de tiendas y carpas hasta un pabellón de brillantes bordados en oro que refulgían bajo la suave luz de las estrellas. Dentro, el suelo estaba cubierto con una rica alfombra roja y negra, iluminado por numerosas lámparas de aceite aromático, amueblado con cojines y una cama al nivel del suelo. Una cortina ocultaba el extremo derecho de la carpa, pero el sonido de agua cayendo sobre metal permitía adivinar que un sirviente preparaba el baño.

Elladan hizo una reverencia ante su amigo.
–Nunca podré ser tan buen anfitrión como tu –aseguró.
–Ni yo tan buen estratega –devolvió el halago.
El gemelo asintió sonriente, demasiado cansado para involucrarse en un torneo de galanterías con su amigo.

Guardaron silencio hasta que el elfo que preparaba la bañadera abandonó la estancia. Una vez solos, las sonrisas desaparecieron: ya habían cumplido la comedia de los excelentes amigos que se reencuentran y saltan los protocolos, necesaria para que los más suspicaces confiaran en la positiva consideración de los soberanos de Imladris respecto al gobernante del bosque. Ahora, verdaderamente solos, los noldor dejaron ver todo su cansancio y el agobio. Ellohir se dejó caer en uno de los cojines y empezó a desatar sus botas, con claras intenciones de irse a lavar y dejar la enojosa e imprescindible charla a su gemelo. Elladan contuvo un mohín de alivio: su pareja estaba en la peor fase de la lunación, estado absolutamente incompatible con la diplomacia.

Hizo una seña a Halladad y fue a sentarse en unos cojines en el centro de la tienda, lejos de las traidoras paredes de tela y cerca del candelero que daba calor a la estancia.
–Deseamos oír tu versión –y ahora su voz no pudo, o quiso, ocultar la angustia largamente reprimida.

El joven Rey de Erys Lasgalen suspiró, esta iba a ser una charla difícil. ¿Cuándo es fácil narrarle a un hijo la muerte de su padre? Aún cuando no se llevaran bien, sabía que Elrond gozaba del respeto de sus tres hijos. Poco a poco desgranó la historia del torneo, la intervención del Medio Elfo para salvar a Legolas, la maldición inscrita en la daga, el suplicio que fueran sus últimos días, su petición de una muerte rápida. Elladan no le interrumpió, tan solo asentía despacio y miraba el fuego.

A medida que la narración avanzaba, Halladad escrutó a su amigo, tratando de hallar en el impasible rostro alguna señal que le permitiera adivinar qué sentimientos se debatían en su corazón. Evidentemente, nada de esto era noticia, los gemelos ya sabía las versiones de Aragorn y Legolas. ¿Por qué entonces dejarlo hablar? No lo sabía, pero cumpliría el pedido ya que nada más había podido hacer por su difunto padre.

–De acuerdo –aceptó Elladan cuando terminó de describir las medidas tomadas para embalsamar el cuerpo de su padre. –Ahora dime de dónde sacaron la idea de incluir a Amroth en el pago de desagravio.

El sinda bajó los ojos, tratando de ganar tiempo para organizar sus ideas, y maldijo a Feanor por su manía de tomarse la justicia por su mano y meterlo en semejante enredo. Al fin respiró hondo, y se lanzó de frente.

–Porque no puede quedarse en el bosque, fue hallado culpable de dejar escapar a un enemigo de la corona y regicida, si se quedara, aún con mi perdón, su vida allí sería imposible.
–Pero eso no significa que le entregues como parte de un botín de guerra –le recriminó Ellohir, que había aparecido de repente a su lado.
El gemelo mayor le hizo callar con una mirada, y volvió a mirar a Halladad, quien continuó.
–De acuerdo, no lo justifica, pero tenía que sacarlo sin provocar una guerra en el Clan de mi esposa. Feanor es un poco…, digamos que chapado a la antigua ¿vale?

Ellohir abrió la boca para decir algo más, pero su hermano le tomó una mano, en señal de advertencia. Ambos se miraron, y establecieron una de esas conversaciones de miradas y susurros comunes entre los gemelos. Tras lo que Halladad supuso una tensa negociación –por los rostros crispados y el destello de los ojos-, el hermano mayor volvió a dirigirse a él.

–Entiendo que tienes que sacarlo del reino, mantener contento a tu cuñado, y pagar la deuda del bosque simultáneamente –repasó en tono apacible. –Pero, querido Halladad –y los ojos marrones del Señor de Imladris se estrecharon–, ¿por qué tengo la impresión de que te estás saltando un detalle?

El sinda resopló para sus adentros, a veces le molestaba que ellos tuvieran un conocimiento tan basto de las leyes y costumbres de elfos y hombres. Recordó el pedido de Maerys, pero, tal y como había supuesto, era imposible hacer pasar por tontos a los hermanos en este tipo de asuntos.

–Supongo que ustedes nunca se tragaron la romántica historia de que Maedros les había prohibido dejar el bosque –los otros dos asintieron. –En realidad, mi padre obligó al viejo a jurar servicio a la familia a cambio de permitir su estadía en el reino, solo mi esposa fue declarada libre porque había nacido en el palacio. Son esclavos, mis esclavos –puntualizó.

Los gemelos intercambiaron miradas incómodas. Habían supuesto algún contrato de servicio, acaso un juramento de servidumbre pero ¿esclavitud? Eso era algo que practicaban los mortales, siempre violentos y deseosos de dominar, en la sociedad élfica aquello se consideraba una abominación, un recuerdo vergonzoso de la Segunda Edad y las perniciosas influencias de la cultura humana entre los primeros nacidos.

–Ustedes saben lo que eso implica – siguió después de un momento–, y Feanor tuvo el buen gusto de recordarme que no necesito el permiso de nadie para matar, o mandar a matar, a Amroth. Convencerle de que era beneficioso dejarlo vivir fue difícil, pero no puedo expulsarlo sin más, porque lo interpretaría como una ofensa a la familia –el joven Rey se detuvo un momento, no dudaba de la discreción de los hermanos, pero decir lo siguiente lo haría vulnerable, y odiaba saberse vulnerable. –Mi cuñado no es el único que cree que Amroth debe ser un escarmiento: mi trono no es seguro aún, y yo debo demostrar que puedo tener mano firme –ahora su voz se tiñó de amargura–, una firmeza mayor a la del Rey anterior.

Halladad volvió a detenerse, explicar sus razones para entregar –literalmente– al jovencito era difícil, porque implicaba hablar de la relación que ellos mantenían. Era consciente de la misma desde hacía siglos, pero nunca se había arriesgado a mencionarla, en parte porque los mismos gemelos jamás permitieron que el tema saliera a flote, en parte porque no estaba seguro de qué posición tomar al respecto. Suspiró.

–Recuerdo muy bien aquella noche, la manera en que miraban a Amroth y la reacción de Feanor. Se que nunca habrían sido tan atrevidos sin estar seguros de sus sentimientos. Una vez quise poner a Legolas bajo vuestra protección y, aunque no pudo ser, estoy seguro de que ustedes le habrían cuidado y protegido, que nunca lo habrían forzado a… a nada que él mismo no deseara.

Halladad se detuvo a mirar a Ellohir, cuya expresión se debatía entre el asombro y el ultraje, luego a Elladan, que había controlado su faz, pero cuyos ojos marrones brillaban peligrosamente. Continuó en voz muy baja, casi suplicante.

–Amroth es mi hermano ahora, es mi deber asegurar su futuro. A diferencia de lo que ocurrió con Legolas, no son indiferentes a él, y no puedo imaginar una familia más adecuada para él. ¡No me interrumpas Elladan! Nunca opiné sobre ustedes, ni voy a opinar, no creo que me corresponda, pero me precio saber leer en los gestos y miradas de las personas. Ustedes han sido buenos líderes y guerreros entre elfos y hombres, excelentes padres para Estel, son… la pareja mejor llevada que conozco. Amroth ha sufrido mucho, necesita apoyo, cariño, Maerys y yo no le podemos ofrecer nada de eso sin empeorar las relaciones de la familia.
–Nosotros tampoco podemos ofrecerle mucho –advirtió Ellohir.
Su amigo le dedicó una mirada asombrada.
–¿Acaso vuestro amor no es suficiente?
Los gemelos intercambiaron una mirada dubitativa. ¿Era suficiente? Había sido suficiente para ellos, pero ¿tenían derecho a seducir al jovencito para que fuera víctima del mismo prejuicio que ellos?
–Halladad –habló el mayor- ¿no te parece que Amroth tiene derecho a opinar?
El sinda puso los ojos en blanco.
–Créeme, no me habría metido a alcahuete sin escuchar personalmente a quién llama mi cuñadito en sus sueños –ahora los elróndidas enrojecieron de asombro. –Pero jamás lo admitirá estando consiente, porque no se cree con derecho a disponer de su corazón, porque les ve como algo inalcanzable.

Los hermanos volvieron a discutir en su lengua particular, pero Halladad estaba seguro de que aceptarían su propuesta, no solo porque era razonable, sino porque coincidía con los deseos de los tres involucrados. ¿Qué más se podía pedir? Tras varios minutos de negociación, Elladan se volvió a mirarle.

–De acuerdo, lo llevaremos a casa.

Rohan

Eomer contempló desde la ventana la amplia extensión de carpas blancas, al oeste de Edoras. El campamento donde los elfos del bosque dorado descansaban en su camino a Ithilien era amplio, limpio y ordenado. Una delicia para los ojos, sin duda, pero él estaba preocupado. Si bien a los rohirrim la presencia de los elfos les llenaba de alegría –nadie ignoraba su importancia en la batalla de Helm–, el joven Rey estaba seguro de que su llegada a la Ciudad Blanca no haría más que precipitar los planes de los que conspiraban contra Aragorn.

Como soldado, Eomer había reconocido la capacidad bélica del millar de elfos que se dirigían a Gondor. Otros verían lo mismo y, aunque el objetivo de los migrantes no fuera la guerra, sin duda serían un factor a considerar por las facciones políticas que se agitaban en el Sur. Aunque nominalmente neutrales, estos bellos ancianos eran fieles a Arwen, como nieta de Galadriel, y al clan de Elwe Singollo, cuyo último descendiente mortal era Elessar I, más conocido como “Aragorn, el Rey que se esfumó con su amante”.

El hombre frunció el ceño al recordar el apodo que corría de boca en boca por las calles de Minas Tirith, según le comentara su hermana en la última carta. Sin duda era un eslabón más en la campaña para desprestigiar a su amigo, pero él poco podía hacer. No temía por su hermana ni por Arwen –ambas eran demasiado importantes más allá de las fronteras para que se atrevieran a tocarles un pelo–, pero Faramir y sus aliados eran otro cantar. Eomer temía, con razón, que el arribo del contingente de inmortales disparara cualquier atentado que se planeara contra el Senescal, dejando a Eowyn viuda antes de casarse.

Las noticias que llegaban por correo ordinario de su hermana y por mensajes cifrados de parte de Faramir, le producían una sensación de impotencia constante. Lejos estaba Rohan de ser el reino poderoso de cincuenta años atrás, Eomer sabía que carecía del poder para intervenir en las peleas de la nobleza gondoriana. De hecho, enviar la guardia de honor de su hermana había sido un duro golpe para el ejército, pero nadie se había cuestionado la decisión: la nobleza obliga. Ahora, sin embargo, en la falda oeste de Edoras estaba su oportunidad de ganar tiempo para Faramir y Aragorn, incluso, mal que le pesara, para Legolas.

–Hastings, mi abrigo –pidió en voz baja al tiempo que se apartaba de la ventana.

El paje salió del rincón donde esperaba y presentó a su amo la pieza de piel sin curtir. Luego tomó al vuelo su propio abrigo, el neceser y corrió a abrir la puerta del despacho. En silencio atravesaron las salas frontales de Medusel y salieron las caballerizas. Eomer y Hastings tomaron dos caballos frescos, de los que siempre estaban ensillados para los mensajeros, y siguieron a trote suave hacia las puertas de la ciudad.

Llegaron al campamento élfico en poco tiempo, pero Eomer consideró poco educado irrumpir entre las albas carpas montado, y bajó de la silla. Siguió caminando, sabía que su paje y cinco soldados le flanqueaban, y que el sexto guardián esperaba con las riendas de los caballos y el cuerno de aviso presto. Sonrió levemente: esos protocolos no habían salvado la vida de su primo, ni facilitado las infidelidades de su tío, verdaderamente, si hallaba una mujer que no huyera de tal parafernalia, ella sería la indicada para compartir el trono de Rohan –así fuera coja, jorobada, narizona y morena.

Recorrió el camino hacia la tienda principal meditabundo: consciente de que la diplomacia no era su fuerte, Eomer trataba de elegir sus palabras, de modo que suavizaran el efecto de su duro acento rohirrim en los delicados oídos élficos. La tarde anterior se había presentado ante la corte Rúmil, el hermano menor de Haldir y vocero de los elfos viajeros. Esperaba que este elfo fuera tan cauto como su hermano y, en especial, que su ascendiente sobre el resto de la compañía bastara para retenerlos hasta la llegada de Aragorn y Legolas, donde quiera que se hubieran metido a fornicar.

En la puerta de la tienda estaba ese chico con pinta de salvaje que acompañara a la delegación la noche anterior. No parecía delicado o sofisticado, muchísimo menos impasible, y ello había llamado la atención del hombre, intrigado por ese elfo tan poco élfico. Al encontrarlo aquí, su curiosidad aumentó. Bueno, tal vez, si lograba impedirles la partida, pudiera conocer mejor a este raro ejemplar de ceño eternamente fruncido.

–El Rey de Rohan desea hablar con Rúmil, elfo del Bosque Dorado –anunció uno de sus guardianes con tono pomposo.
Geniev no contestó, en su lugar una cabeza rubia asomó desde el interior de la tienda.
–Lo estamos esperando, Majestad.

Eomer avanzó, seguido por el silencioso Hastings, sin extrañarse de que Rúmil ya supiera de su visita. Había notado las postas y el orden racional de las habitaciones: a él no lo engañaban: aunque no estuvieran en guerra, estos acampaban en formación militar. Y eso estaba bien, por supuesto, solo que no le iba a gustar a unos cuantos en Gondor. Definitivamente, debía detenerlos.

El interior de la tienda era sencillo: una alfombra gruesa, varios cojines alrededor de una estufa, lámparas de aceite sobre altos pies (ahora apagadas), una cama a nivel del suelo y un amplio biombo en un extremo que ocultaba el vestidor. El elfo –¿o elfa?– que le invitara a pasar, hizo un gesto señalando los asientos donde le esperaba ya Rúmil. Eomer fue a sentarse a su lado.

–Saludos, Majestad.
–Mis mejores deseos, Rúmil.

Eomer guardó silencio, mientras esa persona de sexo indescifrable presentaba una bandeja con pasteles e hidromiel. Fue a tomar un trago sonriente, pero… parpadeó confuso: había cuatro copas. Miró a su anfitrión, que sonreía solo con los labios, mientras sus ojos permanecían duros, examinando al Rey como a un insecto. Trató de no amedrentarse ante la mirada, cosa difícil. ¿Qué ocurría?

–No es correcto servirse antes de que lleguen todos los invitados –dijo una voz a su espalda.
Eomer giró con celeridad y se lanzó contra el pecho de su amigo, estrechó con fuerza el torso, al tiempo que sentía que un gran peso le abandonaba.
–Estás vivo –susurró.
No podía decirlo en voz alta, hasta pensarlo le había parecido traición todos esos meses.
–Claro que estoy vivo, y sigo gustando del hidromiel del Bosque Dorado –repuso el dunedain suavemente.

Eomer comprendió la insinuación y se apartó de él, avergonzado de su efusividad. Pudo ver de frente el rostro de Aragorn, y, detrás de él, al elfo culpable de todo. Era tal su felicidad, que no tuvo que fingir amabilidad con el otro.

–Es un gusto verte a ti también, Legolas.

El rubio asintió en silencio, y fue a sentarse junto a Rúmil, que había permanecido en su puesto, observando las reacciones del rohirrim. Los dos reyes se sentaron y Legolas sirvió bebidas para todos.

–¿Cuándo planeabas decirme que estabas aquí?
–Debes disculparme, amigo, pero la cautela era necesaria. Contábamos con que vendrías a ver a Rúmil en poco tiempo –se disculpó el moreno.
–En realidad tienes razón, precisamente venía a verle –señaló con un gesto del mentón al galadrim– para hablar de la situación en Gondor –eso ensombreció los rostros de sus interlocutores. –Pero ahora que estáis aquí, las cosas se facilitan.

Ante el gesto de invitación de Aragorn, Eomer comenzó a explicar lo que había ocurrido en Gondor durante su ausencia, tal y como le habían permitido reconocerlo los mensajes de Eowyn y Faramir.

–¿Y dónde han estado ustedes todo este tiempo? –preguntó el rohirrim cuando terminó su narración.
La pareja intercambio una mirada incómoda, y Eomer temió que sus peores sospechas fueran ciertas.
–Después de llegar a Mirkwood tuvimos unos problemas con Thranduil –explicó despacio Aragorn–, y nos vimos forzados a viajar hacia Rivendel de modo… apresurado. Luego Legolas enfermó y ningún sanador del valle pudo ayudarnos, así que viajamos hasta los Puertos Grises –el príncipe se removió incómodo y su esposo le tomó la mano de manera automática. –Círdan, señor de los Puertos, salvó a Legolas, como ves, pero él quedó muy debilitado, así que esperamos el fin del invierno en La Comarca antes de emprender el regreso.

El Rey de Rohan asintió en silencio. Estaba sorprendido. A partir de la desaparición de la pareja, lo que más le molestaba era la convicción de que Aragorn, simplemente, se había olvidado de todo y todos, ambos se habían entretenido fornicando en su secreto viaje de novios y el invierno los había aislado en algún territorio élfico. Por supuesto, la culpa era del elfo, que sería muy buen guerrero, pero también un egoísta de marca mayor al seducir y secuestrar a su amigo, sin contar que lo había convencido de casarse, otra tremenda irresponsabilidad en la cual no acababa de entender como había participado Faramir.

Levantó los ojos hacia Legolas, que, ahora que se fijaba, lucía mayor ¿no se suponía que los elfos no envejecen? Pero estaba seguro. El verano anterior el príncipe de Mirkwood aparentaba estar al final de la adolescencia y ahora era un joven de veintitantos. ¿Sería efecto de la enfermedad? Ni idea, pero la pareja de Aragorn no solo lucía mayor, sino melancólico. Apenas había despegado los labios en las dos horas largas que llevaban hablando.

–Espero que estés totalmente recuperado –dijo por no ser descortés.
Legolas asintió, pero en lugar de abrir la boca, tomó un trago de su copa.
–Ya está casi sano –respondió Aragorn en su lugar.

Este mutismo intrigó a Eomer, pero decidió dejarlo pasar, no que él tuviera muchas ganas de conversación tampoco. Prefería regresar a los problemas que les aguardaban.

–¿Qué piensas hacer ahora?
–Hemos estado demasiado tiempo lejos –afirmó el hombre, y se volvió directamente hacia su esposo. –¿Qué crees, Legolas?
El rubio irguió la cabeza y miró directamente a los ojos grises que tanto amaba.
–Que es hora de que Gondor por fin tenga Rey.

Casi puedo oler el aroma de nuestra casa.

TBC…