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2 de marzo de 2023

SECRETOS DE FAMILIA 3 QUIENES

 

Capítulo 3 QUIÉNES

Retrocedieron por los corredores en penumbras hacia zonas más frecuentadas. Fred guiaba Harry sin palabras, lo conocía lo suficiente como para saber que el moreno deseaba reunirse con Lupin. Se detuvieron frente a una habitación individual en una zona preparada especialmente para los aurores sin heridas graves, pero que se encontraban agotados por la batalla. El lugar se distinguía por la ausencia de parientes con ojos expectantes clavados en las puertas, aquí había genuina paz, un lujo extraño dentro de un hospital. El pelirrojo abrió la puerta y se apartó para que Potter pasara. El joven le dio una mirada agradecida y ordenó en tono cansado.

–Dame diez minutos con Remus, por favor. Entretanto busca a Hermione, Tonks, Mundungus, Bill y Hestia, nos reuniremos aquí para discutir lo de Malfoy y ver qué política seguimos dentro del Ministerio. ¿Claro?
–Perfecto. –Fred fue a moverse en busca de los otros miembros de la Orden, pero Harry lo retuvo.
–Ten cuidado Fred. No comentes nada en los pasillos, esto es...
–No te preocupes amigo, yo inventé las orejas extensibles ¿recuerdas?
Weasley se alejó con paso rápido y Potter entró a la habitación.

El local estaba decorado con blanco y azules muy pálidos. Era pequeño, pero cálido y agradable. Tomas sintió que el corazón le daba un vuelco al ver tendido en la cama a Lupin. Tenía un brazo en cabestrillo, la túnica rasgada, el pelo castaño revuelto y los mismos ojos dulces de siempre. Al verlo así, ajeno y joven, deseó saltar a sus brazos y gritarle cuánto lo extrañaba. Bendijo al pensadero solo por esa visión, que le permitía conocer al último de los Merodeadores antes de que la soledad y el desgaste de las transformaciones mensuales lo mataran, cuando él contaba diez años. Tenía dulces recuerdos de Lupin, y atesoraba en su memoria las anécdotas que sus padres le narraban sobre el licántropo y su difícil amor por Severus Snape, el adusto profesor de pociones. Lleno de envidia, vio cómo su padre se derrumbaba en los cálidos y fuertes brazos del licántropo, sus lágrimas corriendo a raudales.

–¿Qué ocurre Harry? –pero el joven no dejaba de gemir– Lo de Draco no es tan grave.
–Remus, vengo de hablar con el sanador... es horrible, Remus... por Merlín, mi Draco.
–Cálmate, serán felices ahora. Ya todo acabó Harry.
–No acabó... no acabará nunca...
–¿Qué manera de pensar es esa? El tiempo sana todas las heridas.
–Él me lo dijo Remus, me lo dijo, y yo reí como un tonto. Eso es lo que soy, un estúpido Gryffindor.
–Harry –le obligó a levantar la cara y mirarlo a los ojos– Nada es irreparable, en especial con el amor que Malfoy y tu se tienen. Ahora te vas a calmar y me explicarás qué te puso en ese estado.

Harry suspiró y le contó a Remus todo. El rostro del licántropo se iba endureciendo ante la descripción de los abusos a que fuera sometido el rubio. Cuando acabó de hablar, se dejó caer sobre su pecho y se ovilló como un niño pequeño. Lupin estrechó sus brazos, intentando confortarlo.

–Hay algo más, ¿no? Al entrar dijiste que él te lo había dicho. ¿A qué te referías?
El menor dudó, se veía que le costaba seguir adelante.
–En la batalla, cuando me enfrenté a Voldemort, hubo un momento, cuando ya estaba en el suelo y sangrante, en que empezó a reír como loco. Decía cosas que me parecieron ilógicas en ese instante, pero... Dijo que yo no podía ganar, que su heredero acabaría la partida, que esto era solo una tregua. También dijo que Draco ya no me pertenecía. En ese momento me reí de él. Nada podrá separarme de Draco, contesté, él es un veela y soy su elegido, ni un imperius logrará borrarme de su corazón. El se revolvió en el suelo, su risa era estrepitosa, inhumana. Rió tan fuerte que se ahogó en su propia sangre, luego lo decapité y reduje a cenizas, como habíamos planeado. Me sentía ligero hasta que llegué ante esa puerta y el sanador me dijo... ¿Entiendes?
La respuesta fue queda, dolida.
–Entiendo.

Tomas pensó que, de poder caminar, habría caído sentado en ese mismo instante. Se apartó con un empujón de la cama donde ambos magos permanecían abrazados. Eso no podía ser, era una broma, alguien había manipulado el pensadero, estaba en una pesadilla de su padre. Todas esas descabelladas ideas se agolparon en su mente y fueron desechadas a igual velocidad. Respiró en busca de serenidad, su saliva tenía el sabor de la hiel. Deseó salir de allí, y casi rompe el hechizo, pero la voz de su padre le detuvo.

–Lo peor es saber que Draco lo quiere, que quiere a esa vida sin forma que late en su interior. Su magia está en mínimo por haber protegido a su bebé. No puedo dañarlo Remus. Aunque sea el hijo de Riddle, es hijo de Draco también. La maldita serpiente me ganó, me lo ha quitado.
–Nadie pierde nada que no está dispuesto a dejar ir. –afirmó con voz dura Lupin– ¿Vas a dejar que esto te separe de Draco? –le obligó a levantar la cabeza– ¿Es que ya no lo amas?
–Pero... –la voz del Gryffindor era casi un balbuceo– el niño... es el hijo de Riddle... no puedo criar al hijo Lord Voldemort, el Ministerio le quitará ese bebé a Draco, estoy seguro... y él se morirá de pena o perderá la razón.
–¡Casi me da vergüenza oírte! Es el hijo de Draco, de tu esposo ¿recuerdas? Dentro de unos minutos llegarán otros miembros de la Orden y debes decidir si te quedas con Draco, o si lo abandonarás a su suerte. Es ahora cuando te enfrentas con Voldemort en realidad Harry Potter. ¡Ahora!

Ambos hombres quedaron en silencio, sus miradas enfrentadas, el hombre lobo estaba erguido en el lecho, sus manos sujetaban al joven por los brazos. Potter parecía al borde de sus fuerzas, su rostro estaba gris y desencajado. Poco a poco, los ojos recuperaron el brillo asesino que vieran sus enemigos en el campo de batalla. Sus labios se curvaron en una sonrisa decidida.

–Lo amo, Remus. Ningún mago demoníaco nos va a separar.

Tomas soltó el aire que había estado reteniendo y sintió que alguien le tocaba el hombro. Para su horror, descubrió a Draco a su lado, su rostro lívido y sus ojos chispeantes. Solo una palabra salió de sus labios.

–¡Vámonos!

Lo tomó del brazo y la oscuridad se adueñó de sus sentidos.

El regreso fue tan violento que casi cae de su silla. Por instinto, lanzó sus manos adelante, tratando de alcanzar el borde de la mesa de estudios. Su equilibrio era precario y sintió que el ligero mueble no lo sostendría mucho más, un rápido vistazo le reveló que su silla estaba ladeada y por eso tendía a lanzarlo. Decidió dejarse caer y arreglar las cosas desde el suelo, tomó aire y aflojó los dedos, pero nunca tocó el piso.

Unas manos delgadas y fuertes le sostuvieron por la espalda y, con un gesto que denotaba gran fuerza muscular, lo alzaron varios centímetros. Libre de cargas, la silla recuperó su posición de equilibrio, y entonces lo pusieron sobre ella de nuevo. El chico intentó girar y enfrentar a su padre, pero Draco fue más ágil y hurtó el cuerpo yendo hacia el pensadero. Lo tomó y salió sin decir una palabra.

Tomas se quedó solo en la gran estancia llena de sus viejos amigos de papel, ahora ninguno de sus arcanos secretos podría confortarlo. La biblioteca nunca le pareció más hostil y ajena. Se dirigió a su habitación y saltó a la cama. Lloró hasta que el sueño y el cansancio se apiadaron de su alma.

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Harry Potter salió de la chimenea con un claro gesto de inquietud, a medias feliz por librarse de la insoportable recepción que el Ministerio preparara por sus cuarenta y dos años, a medias inquieto por la repentina llamada de su esposo. Draco le había solicitado desde el fuego para pedirle que regresara, alegó no se sentía bien y le era imposible asistir a la recepción. Amparado con tal demanda, había sido fácil decir un breve discurso y desaparecer. Sin embargo, estaba seguro de que algo grave esperaba en casa. Llevaba mucho tiempo a su lado y la sutil tensión en sus finos labios era más que elocuente para él. El rubio salió de la cocina al oírle y se detuvo a unos metros, extremadamente tenso. El ojiverde decidió aclarar las cosas pronto.

–¿Qué te ocurre?
–¿A mí? Nada. El problema es Tomas.
–¿Otra vez con eso? –se apartó de las llamas y dirigió sus pasos a la cocina– Hoy es mi cumpleaños, por favor, deja tus temores por un día.
Draco le dedicó una mirada fría y el hombre se tensó.
–No te burles, Harry. Soy un veela, pero no un juguete. Te llamé por una razón real, me encontré a Tomas en la biblioteca, mirando el pensadero. Creo, creo que lo sabe.

La luz se hizo de repente en el cerebro del hombre. Miró lleno de asombro a su pareja y se lanzó escaleras arriba, sentía tras sí los pasos del esposo. Por un instante deseó increparlo por no decirle antes, pero desistió, consciente de que su primera prioridad era Tomas. Alcanzó la puerta en pocos saltos, respiró hondo, y trató de hallar dentro en su interior calma para la conversación que le esperaba.

La habitación estaba silenciosa, Tomas estaba frente a la chimenea y giró al sentir la puerta abrirse. Harry alcanzó a reconocer sorpresa en su rostro, antes de que las emociones fueran escondidas en la máscara de fría impasibilidad que aprendiera de Draco. Notó que, de la parte trasera de la silla, colgaba una abultada mochila, así que puso un hechizo para que la puerta no se abriera si no era por su mano. Luego arrastró una silla hasta quedar cerca del muchacho.

–Buenas tardes.
–Buenas tardes –pareció que el chico deseaba decir algo más.
Señaló el equipaje en su espalda.
–¿Y esa bolsa?
–Me voy –pareció dudar antes de darle más información–. Me voy a Hogwarts.

El hombre negó lentamente y quedó a la espera. Tomas sintió que la dulzura de sus ojos era intoxicante. Se sentía tan culpable, tan arrepentido. Su voz tembló, pero halló fortaleza para usar las palabras que tenía planeadas.

–Por favor, señor Potter, déjeme ir.
–Hasta hace unas horas era, simplemente, papá.
Tomas bajó los ojos ante el leve reclamo.
–No puedo ahora que sé... –el hombre hizo un gesto de entendimiento.
–Draco me dijo que miraste el pensadero. ¿Puedo saber, qué viste exactamente?
Tomas tragó en seco, le costaba trabajo hablar de su reciente experiencia.
–Desde que sacudiste a Pravus por burlarse de mi papá, hasta tu conversación con Remus, cuando él te preguntó si dejarías a Draco.

Harry resopló de asombro. Si bien creía que, eventualmente, Tomas podría saber la verdad, ninguno de los posibles escenarios que imaginó incluía tantos detalles escabrosos.

–¿Y ahora quieres irte? –el chico asintió– ¿Te parece una solución?
–¿Hay alguna otra? –puso su mano pequeña y delgada sobre la grande del adulto– Yo no quiero que papá sufra viéndome cada día. Déjame ir, por favor.
–No Tomas. ¡Somos tu familia!
El chico negó con expresión decidida.
–Sé quién era Riddle, tengo varios compañeros cuyas familias desaparecieron bajo La Marca. Por su culpa, papá se quedó sin familia, tú te quedaste sin familia. ¿Cómo puedes pedirme que me quede?
El moreno atrapó la manita entre las suyas y acercó su cara a la del joven.
–Porque eres mi hijo.
–¡No! Soy hijo del hombre que mató a tus padres.
–Eres mi hijo –repitió en tono amenazante el adulto–, y mataré a quien se atreva a negarlo. –sus ojos adquirieron el mismo brillo bélico que Tomas viera en el pensadero, cuando la guerra y el dolor eran moneda corriente– Al principio, no, lo admito. En los primeros meses no pude tocarte ni mirarte demasiado, pero luego te colaste en mi corazón con tus manías para comer, tu curiosidad, tu inteligencia. Fueron horas viéndote dormir entre las mantitas: tu piel pálida, las piernas deformes y la respiración trabajosa. El odio que debía sentir luchando con el cariño que se me instalaba, sin entender de sangres o guerras. El amor no respeta ninguna de esas divisiones, aprendí mi lección dos veces, primero con Draco, luego contigo. Eres mi hijo Tomas, nadie cambiará eso.

El chico lo miró lleno de asombro, todos los argumentos que urdiera en sus horas de soledad se derrumbaban ante la confesión de aquel hombre tan poderoso y débil a un tiempo. Recordó que la infancia de Potter distaba mucho de haber sido feliz, para él la familia era el más caro sueño ¿y ahora le pagaba con el abandono? Intentó un último recurso.

–¿Y papá Draco? Dice que me parezco demasiado a Ya–Sabes-Quien.
El adulto lo miró con ojos cansados.
–Se llamaba Voldemort, y si, la verdad es que eres idéntico a él, cuando tenía tu edad. ¿Sabías que cometió su primer asesinato a los quince años? Pocos lo saben. Creo que ahora que comprendes sus temores, podrás ser paciente, ¿no? A Draco le perturbaba sobre todo la posibilidad de que lo supieras y lo odiaras de alguna forma por ello.
–¿Odiarlo? –se asombró profundamente ante tal idea– Pero... ¡él no tuvo la culpa!
–No y tú tampoco, sin embargo, planeabas abandonarnos.

Tomas quedó mudo ante tal análisis. Ambas posiciones eran igual de insostenibles, en efecto, pero él había estado tan seguro de que debía huir. Se sintió terriblemente triste por Draco, acosado por el miedo a ser descubierto durante diez y seis años.

–Entiendo –comentó–. Ahora que ya no teme descubrirse. ¿Estará mejor?
–Podemos trabajar en eso, los dos ¿no? Sería un excelente regalo de cumpleaños que me prometieras semejante ayuda.
–Pero, para no parecerme a Voldemort, tendré que saber cómo era. ¿Te molestaría...?
–No inventes trucos para hacerme hablar de tu padre, Tomas –las mejillas del chico se colorearon de vergüenza–. Hablando francamente, yo lo veía en las batallas o en las sesiones de tortura. El que sabe cómo era el día a día es Draco, pero nunca habla de esa época. Lograr algunos comentarios al respecto, puede ser tu próximo proyecto de espionaje –sonrió afectuoso y le acarició la mejilla, su voz se tornó evocadora–. Te pareces tanto a Draco.
–¿De veras? Yo siempre desee parecerme a ti: ser un héroe.
–Odio ser héroe, y lo sabes. A mi me parece que en eso eres todo un Malfoy, paciente, sutil, discreto y no te arriesgas si no hay ganancia asegurada.
Tomas rió ante semejante descripción de su carácter.
–Yo me he arriesgado sin estar seguro de nada –opinó una voz desde la puerta de la habitación.

Padre e hijo contemplaron con asombro a Draco Malfoy. El rubio estaba apoyado en el vano de la puerta con esa estudiada dejadez que parecía natural en él. Sin embargo, pocas personas le habían visto así: con el cabello revuelto, los ojos rojos, rodeados de sombras, las manos temblorosas, apretando el picaporte como si en ello le fuera la vida. Por su rostro agotado y las arrugas de su túnica, Harry dedujo que había escuchado toda la conversación sentado en el suelo, junto a la puerta. Draco intentaba recomponer su máscara de fría tranquilidad, pero la inquietud de cómo sería recibida su intervención era evidente. Ante la ausencia de respuestas, se atrevió a dar un paso hacia el interior, hablo con una voz ronca y extrañamente sensual.

–Ahora no recuerdo ningún riesgo así, pero estoy seguro de haberlo hecho –fingió meditar al respecto–, alguna vez.

Harry se le quedó mirando asombrado, Tomas rodó en su dirección lentamente. Al ver la distancia disminuir, Draco dejó escapar un ligero quejido y dio un paso atrás. Tomas se detuvo y volteó en demanda de ayuda. Harry se levantó y fue donde su esposo, deslizó un brazo alrededor de la cintura en dulce y férreo abrazo. Tomas volvió a moverse, y esta vez Draco no pudo retroceder. Su rostro se crispó un tanto, pero Potter le besó el cuello y murmuró palabras en su oído para confortarlo. Tomas se detuvo a medio metro de sus padres. Los esposos empezaron entonces a flexionar las piernas, hasta que sus rodillas tocaron el suelo y las tres cabezas quedaron a similar altura. La respiración de Draco era trabajosa, su cuello rígido indicaba a las claras todo el esfuerzo que le costaba permanecer tan cerca de su hijo. Tomas levantó una mano para acariciar los cabellos casi blancos.

–¡No! –la voz revelaba un miedo antiquísimo, pero Tomas no se detuvo y dejó las suaves yemas de sus dedos vagar por la suave cabellera de su padre.
–Es nuestro Tomas ¿ves? –susurró Harry.
Draco asintió, con un brillo de sorpresa en sus ojos grises.
–¿Todavía soy tu Tomas?
Sus miradas se encontraron. Por mucho que Draco se esforzó, no descubrió en esos ojos la furia y el odio que esperaba, en su lugar había ternura, inteligencia, respeto y, mucho temor al rechazo.
–Tomas –alcanzó a decir–, te extrañaba.
–¡Papá! –había tanta gratitud en esa palabra– Yo, yo también te extrañé.

27 de diciembre de 2008

SECRETOS DE FAMILIA 19

Cosas que queremos o no ver

“Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé
hallarla. Y quizá mejor sea así.
Quizá esa luz fuese para mi otra tortura.
Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría”
Ventanas, K. Kavafis


John y Alex subieron la escalera con calma, intercambiando comentarios sobre la clase de Encantamientos. El moreno iba relajado, tan feliz de haber logrado una genuina sonrisa de Alex que los hechos que alteraban la seguridad de su familia en los últimos días habían sido relegados a un rinconcito de su mente. Sin embargo, no estaba totalmente ajeno a los olores y sonidos de la zona que abandonan del castillo, ni a los que esperan delante: rosas y tierra húmeda. Al doblar la esquina que conduce al Club Selenita el olor se hace claro, y el asombro de Alex al ver a Dafne salir de detrás de una columna casi provoca al risa de John.

–¿Esperas a alguien? –le pregunta al tiempo que muestra los dientes, y es que el olor de la chica ha cambiado, ahora también hay violencia.
–A ustedes –ella duda un poco, pero al cabo toma aire y sigue con su plan. –Quiero que me lleven ahí –y señala con gesto decidido la puerta del Club, desde donde Víctor Hugo les observa.
–Ya te dije que son cosas de Griffindors…
–¡No es cierto! Vi entrar a chicos de diferentes casas y a un profesor. Nada tienen en común aparte de sus ojos dorados –terminó acusadora.
–Entonces ya sabes por qué no puedes entrar –repuso John con voz calmada.

Pero era una calma aparente. Alex había empezado a temblar a su lado y Fantasma se agitaba en su interior al oler el miedo.

–No, no lo sé. Dime la razón John, dime que Parkinson y los suyos te temen solo porque eres el hijo postizo del Ministro, no por tus ojos.

El miedo de Alex pasó del olor a un temblor continuo que molestó muchísimo a John –¿cuándo entendería que ser licántropo no era una vergüenza?– e hizo saltar los instintos protectores de Fantasma a la superficie. Con un gesto rápido, movió al chico hacia su espalda, donde al menos los ojos de Dafne no lo taladraban. Así los temblores disminuyeron y él pudo recuperar la capacidad de negociación.

–Deberías hablar con tus primos.
Ella parpadeó confusa.
–¿Con mis primos? –el tono en la voz de Dafne le indicó que el movimiento era adecuado.

Si claro, reconoció ella mentalmente, podía acudir a su familia mágica y averiguar sin tener que enfrentarles, sin correr peligros innecesarios. ¿Por qué no lo había hecho? Con dolor recordó que estaba acostumbrada a estar sola, que le costaba aún acercarse a personas de su edad sin temor a que la consideraran un fenómeno –lo que los adultos pensaban también, pero eran más discretos. Apenas llevaba dos semanas en Hogwarts, el primer lugar donde todo el mundo era como ella, y hasta tenía familia, un montón de primos y primas deseosos de conocerla. Pero aún le costaba confiar, la primera noche había confiado en John y Alex, solo para que ellos le ocultaran cosas y ahora él la mandaba con Joshua…

–¿Por qué no me lo dices tú?
John suspiró satisfecho, al menos ya estaba dispuesta a consultar otra fuente.
–Porque es una historia larga y nosotros tenemos que entrar ahí. Ve a tu sala común y habla con Joshua, estoy seguro de que le encantará hablar de mi padre.

Dafne le dedicó todavía otra mirada escrutadora y sopesó su propuesta. Remus Lupin era un héroe de la Segunda Guerra y Joshua –ya lo sabía– sentía verdadera debilidad por los relatos heroicos. Además, había sido el más interesado en ella de los primos de Slytherin –Zoe se la pasaba vigilando al novio de Tomas, y se ponía verde espinaca ante cada beso que intercambiaban, mientras que Fabian estaba planificando un Baby Shower y presumiendo de lo bien que se le daban los bebés con las compañeras de estudio, repartiendo caricias subidas de tono cada vez que podía. Joshua, en cambio, le ayudaba con las tareas y preguntaba por su familia. No se cansaba de repetir que Harry Potter estaba muy feliz de que su papá estuviera con buena salud, y que, aunque los sucesos de los últimos días le tenían muy ocupado con la seguridad, deseaba conocerla y hasta visitar a su madre.

–Está bien, hablaré con él –aceptó.

John asintió, satisfecho. Se alejó sin decir una palabra más hacia la puerta del extraño gato. Alex le siguió, pero mirando hacia Dafne con sus grandes ojos clavados en ella. Había en su mirada algo de súplica que la niña no supo interpretar.

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El director Snape se sentó en su sillón favorito, entrelazó los dedos de ambas manos y dejó caer la cabeza hacia atrás con los párpados cerrados. Nada se movió en la habitación, y apenas se oía el crepitar del fuego en su chimenea, convenientemente desconectada de la red flu.

Severus Snape meditaba.

Tenía bastantes cosas de las que ocuparse este septiembre: el embarazo de Draco, la reaparición de la marca y la llegada de Alexander Smith a la escuela. Aunque los dos primeros acontecimientos eran bastante graves, y acaso estuvieran vinculados, el tercero era el no se apartaba de su mente y lo mantenía en desagradable distracción. ¿Por qué?

Trató de despejar el misterio enumerando las características de sus problemas: De nada valía preocuparse por Draco, esa era una tarea que Potter hacía con gusto y bien –mal que le costara admitirlo–; ¿La marca y los ataques mortifagos? Como espía de dos guerras, había Snape aprendido a esperar y cumplir su papel en un juego amplio de fuerzas que casi nunca eran totalmente perceptibles para los que peleaban. Todo lo que estaba en manos de la Orden del Fénix para evitar el renacimiento del Oscuro se había considerado, discutido, rediseñado, desechado, rescatado o previsto. El Plan estaba en marcha y –a diferencia de las veces anteriores– veía el balance de fuerzas favorable a su bando. En cambio, su posición ante el asunto del Smith era privilegiada: tenía control del marco general y los detalles –los sabía casi todos, de hecho–, pero lo que le perturbaba día y noche era el papel y destino de dos personajes del drama: John, inevitablemente involucrado por su lazo con Alexander y el actor inesperado cuyas intensiones no lograba determinar: Adrian Ross Duncan.

¡Ah!, el señor Duncan. Snape repasó mentalmente lo que sus diversas fuentes le informaran: joven funcionario de veintisiete años, graduado del exclusivo colegio de Saint Patrick en Irlanda. Luego estudios universitarios en Nueva York, donde había convivido como muggle por cinco años para sacar una licenciatura en Trabajo Social, al tiempo que viajaba por el continente en visitas a bosques y complejos subterráneos. Al regresar, fue aceptado en el Ministerio en la Oficina de Relaciones con el Mundo Muggle, Comisión de Infancia y Adolescencia y de ahí trasladado a la Oficina de Atención a Licántropos, a causa de varios ensayos sobre la historia de los hombres-bestias muy bien recibidos en la comunidad académica. En su trabajo para el Consejo Licano había demostrado afabilidad y gran capacidad de negociación, seguro por eso le habían asignado el Caso Smith.

Sus relaciones personales, además, no lo vinculaban con ninguno de los numerosos enemigos del Clan Potter–Malfoy–Snape, pues los Duncan eran de la antigua nobleza céltica, asentados en un feudo misérrimo, en una laguna roja rodeada de pantanos, fantasmas y grindilows, carentes de tesoros, profecías, reliquias de misterioso poder o libros de magia oscura que Voldemort o el Ministerio desearan. Hasta ahí nada, ninguna relación comprometedora o comentario casual permitía ubicar a Duncan en un lado u otro de las alineaciones políticas de su mundo –aunque ser un sangre pura dispuesto a trabajar a favor de los derechos de otras razas lo ubicaba inicialmente con “la luz”. Sin embargo, Severus había aprendido a desconfiar de las personas demasiado transparentes.

Se daba cuenta de que lo que le impedía olvidarle era esa innatural corrección que encantaba a casi todos a su alrededor y el contradictorio empeño del joven en acercarse a él, cuando no estaba cerca de nadie más que su familia –vía lechuza, claro, porque su clan no daba señales de querer abandonar el arruinado castillo lacustre. Adrian se las había arreglado para que cada paso alrededor del caso Smith fuera una excusa para mantenerse en su rango de visión, para hacer más complicado ignorarlo. De nuevo, no era lo que decía en los encuentros, sino la “intensidad” que emanaba del chico, contadas veces traicionada por sus vivaces ojos negros. Eso mantenía alerta a Severus.

¿Qué buscaba Adrian Ross Duncan? ¿Por qué solo con él perdía el estricto control de sus sentidos? ¿Era consciente de lo que hacía? Por supuesto, resolver tales incógnitas sin interrogarle frontalmente era imposible, y eso era algo que no podía permitirse con las fuerzas que les rodeaban todavía inciertas en sus posiciones.

Un leve crujido le hizo abrir los ojos y erguirse sonriente.
–¿Ya es la hora del te?
En la pared frente a su sillón, dentro de un retrato de marco azul marino, se terminaba de preparar un elegante servicio de plata.
–Casi –respondió el habitante del cuadro.
–Lamento haberme entretenido, tengo demasiadas cosas en al cabeza.

Severus dio dos golpes de varita en su mesa de centro y un juego de te idéntico al del cuadro apareció, había pastelillos de carne, biscochos de chocolate, galletas y azúcar dispuestos en pequeños platos –los elfos ya sabían que el director no ponía leche en su te.

–Deberías meditar menos, no veo que llegues a ningún lugar con lo que pretendes saber ahora.
Snape arrugó la frente ante el comentario, había ahí una referencia implícita que no le agradaba. Él no estaba en fase de negación ¿cierto?
–Es mi modo de trabajar, y no te molestó nunca.
–Antes no… -el retratado se detuvo, como si lo que iba a decir le incomodara profundamente, al final dio un suspiro resignado y levantó sus ojos color miel para enfrentar al Snape. –Antes no te dedicabas a meditar todo el santo día para huir de lo que está delante de tus narices. No haces más que darle vueltas y vueltas al asunto de Duncan, cuando es claro lo que ocurre con él. La cara de Severus se había puesto más pálida que de costumbre y reflejaba una rabia profunda.
–¡Cállate! –puedo tolerar esas insinuaciones de Albus, pero ¡de ti!
–Soy el único con derecho a hacerlas, me parece –repuso el otro sin dejarse impresionar por la mirada.
–Al contrario, eres la última persona a quien le corresponde el papel de mi celestino.
Los ojos dorados se entrecerraron burlones.
–¿Vas a decir que me debes fidelidad? ¡Estoy muerto!
–Muerto o vivo, incinerado o en pintura, eres mi esposo Remus.
–Y no dejaré de serlo porque ames a alguien más.

Snape no contestó, porque no tenía respuesta. Empezó a dar vueltas por la habitación, sin saber qué responder o como cortar los razonamientos de Remus. No podía abandonar la estancia, nunca había dejado a su esposo con la palabra en al boca, no iba a empezar ahora.

–Severus –le dijo suavemente el retrato tras la cuarta vuelta–, no puedes sustituir lo que tuvimos por esto – y señaló la habitación reproducida en el interior de su pintura. –Tienes sesenta años, estás a la mitad de la esperanza de vida de los magos. ¿Vas a pasar los próximos sesenta tomando el te frente a un cuadro?
El aludido se dejó caer en su butacón, derrotado.
–Esto es irracional –se quejó. –Ni en el mundo mágico es normal que el retrato de mi difunto esposo me empuje a enredarme con un chico que puede ser mi hijo y cuyas intenciones desconocemos.
–Tú y yo nunca fuimos muy convencionales –sonrió Remus, obviamente satisfecho de que Severus aceptara su plan.
–¿Y qué le digo a John?
–Que aún eres capaz de amar y ser amado, que esa noche en Bedale no te lo quitó todo.

Severus suspiró, derrotado. Nunca había podido resistirse a los deseos de Remus, aun cuando fueran los planes más descabellados del mundo, tipo finjamos que me odias mientras voy a dar clases a Hogwarts o tengamos un hijo a los cuarenta y tantos años.

–Lo dices con una certeza, yo mismo no se qué pensar de Duncan.
–Su nombre es Adrian, Sev, vete acostumbrando. Y lo que planea… digamos que son las ventajas de mirar a las personas desde las paredes, cuando creen que nadie nota sus miradas o sonrojos.

TBC…

20 de diciembre de 2007

SECRETOS DE FAMILIA 18

“El hombre o la mujer que consulten a los muertos o a otros espíritus, serán castigados con la muerte: los matarán a pedradas, y su sangre caerá sobre ellos.”
Levítico 20:27

Lunes, 7:15 am, Howgarts

Tomas parpadeó para ocultar su asombro, inseguro acerca de la razón para que el pequeño elfo lo detuviera a mitad del camino al comedor.

–El director Snape quiere verlo, señor Potter –dijo restregándose las manos, nunca antes había sido tan evidente el miedo que le causaba este joven a la servidumbre del castillo. –Quiere verlo con urgencia –y desapareció con un “plop”.

Tomas cambió de dirección en busca de la gárgola al tiempo que su cerebro barajaba miles de posibilidades. Al llegar al corredor de la dirección, vio que sus dos hermanos, John y Elihaj –un lindo gesto de parte del abuelo Severus– llegaban desde el otro lado del castillo. Su novio se adelantó, tenía los ojos algo desenfocados.

–¿Sabes qué ocurre?–Ni idea –repuso el moreno, pero le apretó la mano de modo afectuoso para tranquilizarle un poco.

La gárgola se movió entonces, dejando acceso a la escalera de la dirección. Ya en el despecho, los cinco adolescentes se encontraron a Severus Snape sentado tras su amplio escritorio de malaquita, con una taza de café humeante entre las manos y los ojos enrojecidos.

–¿Le pasó algo a papá? –preguntó Louis apenas hubo puesto pie en la oficina.
Severus los miró despacio, como si buscara tiempo para elegir las palabras con que debía enfrentarles. Las alarmas en la cabeza de Tomas duplicaron su volumen.
–No –dijo al fin, y ellos suspiraron aliviados. –No se atrevieron a atacar Grimauld Place –volvieron a tensarse. –Esta madrugada, alguien ejecutó a una cierva y tres cervatos blancos delante de la tumba de Remus.

Louis y Joshua lanzaron un “¿Qué?” simultáneo, John gruñó con fuerza, Elihaj dio dos pasos hacia atrás y chocó con la antigua percha del fénix del Dumbledore. Tomas se dobló sobre si mismo, a su alrededor estallaron varios objetos, pero no le importó, su mente era un remolino de ideas.

“Lo saben, por Merlín. Esos bastardos mortifagos lo saben. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Qué van a hacer mis padres? ¿Cómo voy a proteger a Elihaj de ellos y de mí? Malditos, malditos sean. Quiero volar hasta las sucias madrigueras de cada uno de ellos. Quiero sacar a cada estúpido sangre limpia de su cubil y torturarle por haber molestado a mi familia. ¿Cocerlos a cruciatus? ¿Despellejarlos lentamente? ¿Desmembrarlos? En todo caso prolongar su sufrimiento hasta el límite, nada será castigo suficiente por ser tan ineficaces, tan torpes. ¡¿Es que todo tengo que hacerlo YO?!”

–Tomas –la voz sonaba lejana. –Tomas –pero insistente. –¡Tomas! –y preocupada.

Abrió los ojos despacio, estaba en el suelo, hecho un ovillo, la frente y el pecho sudados. Elihaj estaba de rodillas a su lado, no había miedo en su rostro –eso le alegró–, solo preocupación. El sonrió con temor, inseguro de qué decir y se dio cuenta de que, en general, no sabía qué decirle a su novio cuando estaban en situaciones íntimas. Por suerte, el abuelo Severus la tendió una mano para ayudarlo a erguirse y le ahorró las explicaciones. Tomas se dejó conducir a una silla y los otros se acomodaron a su alrededor.

Entonces el chico recordó la línea de pensamiento que acompañara su estallido. Eso era totalmente nuevo. Desde el día de la pelea con su papá, Tomas sentía que algo –o alguien– estaba despierto en su cabeza, buscando maneras de darse a conocer, de ¿secuestrarlo? Pero nunca había tenido una pista acerca del origen de La Voz, como había llegado a llamar esos comentarios, la mayoría de las veces le agradaban. Ahora estaba asustado, pero, digno heredero de los Malfoy, se quedó quieto, con el rostro impasible.

–Lo peor ya ha pasado –les aseguró Severus, pero el gruñido de John demostró que no era totalmente creído. –No hubo daños en el lugar, ni personas heridas. Esto es solo para darle titulares a El profeta.
–Y a Pluma de Águila –apostilló Joshua.
–¡Es una declaración de guerra! –exclamó el gemelo Griffindor, que miro a su alrededor como sino pudiera creer que los demás no se dieran cuenta.
–Es una provocación –le cortó su abuelo, con una mirada que recordaba sus tiempos de mortifago. –Quieren hacer quedar a tu padre como un tonto y generar tensiones con el Consejo Licano.
–Pero ¿se sabe si fueron mortifagos? –quiso precisar Joshua.
–La marca no estaba. Si fueron ellos, no tienen suficiente confianza en sus fuerzas o desean jugar con la incertidumbre del público.
–Hay algo que no entiendo –dijo con timidez Elihaj. –¿Por qué solo una cierva, no debería ser un ataque a toda la familia?
Tomas sintió que se le apretaba al pecho. “Ay amor, tu no sabes…” No quería mentirle, pero tampoco decirle la verdad, no ahora, no delante de sus hermanos y de John.
–Papá no cuenta –explicó cortante.
–¿Cómo? –Eli lucía desorientado.
–Que papá Draco no cuenta –siguió mintiendoTomas, y no tenía que fingir la rabia porque la verdad era peor, mucho peor. –Es un traidor a la sangre, la puta de Potter ¿o no sabes que le llaman así? Para esos asesinos él no vale ni un sacrificio, ni una amenaza de muerte.

Todos se quedaron callados, los más jóvenes procesando las palabras, Severus estudiando a su nieto con renovado interés. Si, el chico había improvisado bien, sin dudas, y salido del paso con una explicación satisfactoria que no revelaba nada indebido, pero había algo en su postura… El ex–espía se sobó el antebrazo por sobre la manga de manera instintiva y decidió que era el momento para despedirlos.

–Es hora de que se incorporen al desayuno, chicos. Los cité para que la noticia no les tome desprevenidos y eviten cualquier reacción violenta en público –dedicó una mirada especial a John y Tomas. –¿He sido claro?
–Si señor –se apresuraron a corear los gemelos.
–Bien.

Los cinco dejaron el despacho en silencio, con humor sombrío. Tomas, en especial, sentía que Eli y él debería tener una charla aclaratoria.

–Eh, ustedes, buscapleitos –dijo a los tres menores–, creo que es mejor que nosotros vayamos directo a Herbología. Nos vemos en el almuerzo, ¿si?
A pesar del tono ligero, los otros comprendieron que estaban sobrando, y no discutieron la sutil orden de desaparecer. Tomas arrastró a su novio a un aula vacía –¿cuántos alumnos era capaz de albergar esa escuela?– y, tras sellar la puerta con varios conjuros de confidencialidad –uno de ellos no muy ortodoxo–, se sentó encima de una de las mesas, tratando de organizar sus ideas. Pero no tuvo tiempo, las palabras de su novio le sorprendieron.

–No me gustó oírte decir que tu papá es una puta –le regañó.
–De acuerdo –aceptó él. No que le gustara la frase, simplemente estaba citando a otros.
–Y quiero que me expliques por qué fui citado al despacho del director.
Tomas alzó una ceja en el más puro estilo Malfoy y cruzó una pierna sobre otra antes de responder.
–Eres mi novio, los ataques a la familia también te afectan.Elihaj sacudió los hombros ante la simple explicación, la idea le molestaba de forma evidente.
–Me llamó a mi y no a tus primos, es –agitó una mano, inseguro de cómo formular su inquietud. –No me parece justo –casi suspiró al cabo.
–Eli –repuso Tomas con calma–, si el abuelo te llama a ti antes que a los hijos de un ex–mortifago, una metamórfica alcohólica, un hombre que lleva ocho años en el pabellón de endemoniados de San Mungo y un casa fortunas que casi nos mata a mi papá y a mi, no debes sentirte incómodo, sino feliz.
–¿Cómo puedes hablar así de ellos? –le reclamó el castaño con el rostro rojo de rabia. –¡Son tu familia!

Tomas se mordió la lengua, siempre se le olvidaba que Eli le envidiaba su gran y maravillosa familia mágica, en especial la parte de lobos, metamorfos y demonios, cuánta ingenuidad. “Por supuesto, sus padres lo tratan como a un enfermo, ¿qué esperabas, alguna actitud crítica acerca del acoso de Zoe?” Decidió que sería mejor aprovechar el filón sugerido por el castaño y llegar al asunto que le interesaba.

–Si tanto te molestó esta sesión familiar, podemos dejarlo ahí.
Elihaj se le acercó de un salto, sus ojos azules estaban repentinamente húmedos.
–No estoy seguro de entender.
El moreno se revolvió incómodo sobre el polvoriento pupitre. No tenía valor para mirarle de frente. “El valor es cosa de los Griffindor” se justificó a si mismo, y siguió hablando con los ojos fijos en la punta de su zapato protésico.
–Digo que entrar a la familia Potter–Malfoy puede ser complicado, hasta peligroso. Puedes salirte, yo entiendo que no soy el mejor partido ahora, de verdad.
Elihaj se puso pálido, luego rojo, y pálido de nuevo.
–¿Tienes miedo de no poder defender a tu puta, Potter? –siseó.
Sin pensarlo, Tomas lo atrajo por los hombros y le sacudió.
–¡Tú no eres una puta!
–¡Entonces no esperes que actúe como una! –le gritó a su vez el Griffindor en lo que se deshacía del agarre.
Elihaj se alejó unos pasos y quedó de espaldas a él, su respiración irregular indicaba que trataba de ganar control sobre sus emociones. Al volver a hablar lo hizo desde allí, sin voltear.
–Seré hijo de muggles, pero entiendo lo suficiente de tradiciones mágicas como para comprender lo que intentas.

“No tienes ni idea de lo que se te viene encima” gimió mentalmente Tomas. “Aléjate cuando estás a tiempo, por favor, ponte a salvo. No podré ir hasta el final si tu…”

Elihaj giró al fin. Sus ojos azules estaban brillantes de lágrimas contenidas y el moreno comprendió que había elegido las palabras equivocadas para apartarlo, para ponerlo a salvo de si mismo en la batalla que se acercaba. ¿Tal vez, en verdad, ellos estaban destinados el uno para el otro? Cuando el castaño volvió a hablar, ya no había rastro de dolor en su voz, tan solo una convicción profunda, acerada.

–Me pediste un año de cortejo, Tomas Potter–Malfoy. Soy un Griffindor, ¿recuerdas? No faltaré a mi palabra porque una docena de viejos racistas degollen una cabra en algún ritual oscuro. Soy una puta –y no había rastro de dolor en su voz por el hecho–, pero soy tu puta, al menos hasta el verano.

Tomas deseó golpearlo, gritarle que no lo amaba, alejarlo a través del dolor y no descansar hasta asegurarse de que nadie, absolutamente nadie, pensara en causar daño a ese bello hombre frente a él para alcanzarlo, pero era inútil. Lo supo. Era tan imposible alejar a Elihaj, como imposible dejar de pensar en él.

“¿Será que de verdad me ama?”
La Voz resopló ante la idea.
“Nadie más que tus padres te ama, idiota. Tal vez le gustes, tal vez le caigas simpático y hasta le agrade que no le hayas quitado la ropa en la primera cita…”
“Ni en la primera, ni en la segunda” aclaró Tomas.
“¡No me interrumpas! El caso es que no te ama, y todo el amor que le des no va a cambiar eso. Es solo un Griffindor, permanecerá junto a ti porque es fiel. ¿Qué tiene que ver el amor con esto?”
“Todo.”
La Voz no supo qué responder, por lo que Tomas decidió que ya estaba bien de charla mental y debía encarar a su malhumorado novio.

–De acuerdo –le dijo en tono conciliador a Eli. –No lo tomes a mal, ¿vale? Solo quería recordarte que puedes romper el contrato cuando quieras.
Algo brilló en los ojos azules del otro, ¿sorpresa, inquietud?
–¿Estás convencido de que fueron mortifagos?
–Yo lo se, Eli. Lo se porque esta no es la primera señal –el moreno suspiró, inseguro de cuánto podía decirle a su novio. –Eso fue un ritual mortifago, o sea, una declaración de guerra, pero, antes que todo, es una amenaza de muerte.
–¿A ti y tus hermanos? –ahora Elihaj sonaba preocupado.
–No, para mi papá Draco.

Bristol, 10:40 am

Blaise se enjabonó las manos con cuidado y, con un cepillo de cerdas muy finas, procedió a restregar sus uñas una por una. ¿Estaban ya limpias? No estaba seguro, ¿tal vez, aunque no lo viera, alguna partícula de sangre seguía oculta? Tras enjuagarse, el moreno movió la varita y efectuó un hechizo detector por quinta ocasión: negativo, pero los hechizos podían fallar, ¿cierto? Tras pensarlo un poco, Blaise decidió que un nuevo baño estaba era conveniente. Si, tal vez con un baño completo se sintiera por fin menos…

–¿Blaise? –la voz de su esposo cortó el hilo de sus pensamientos.

Los pasos de Charlie se acercaban desde la recámara y pronto la esbelta figura era reconocible a través de los paneles de la ducha.

–¿Qué haces, amor?
–Me baño –repuso algo turbado el moreno.
La ducha fue abierta de inmediato, Charlie sostenía una toalla, su expresión era dura.

Sin decir palabra, el moreno se dejó envolver y conducir a la habitación, donde fue sentado en la cama y, en un tenso silencio, su pareja se dedicó a secarle el cabello y los pies. Estaba molesto, Blaise lo supo por la forma en que apretaba los labios, por su respiración ruidosa.

Cuando el pelirrojo consideró a su esposo lo suficientemente seco, convocó un par de tazas de chocolate tibio y se sentó a su lado.

–Creo que debes dejarlo –dijo al fin.
–Pero…
–¡No me interrumpas! –gruñó el otro. –Creo que deberías dejarlo –repitió algo más calmado Charlie-, porque estás demasiado alterado para haber participado en un simple sacrificio.
Blaise suspiró, derrotado. Su esposo no le había preguntado de lo ocurrido la noche anterior, nunca lo hacía, así que su fuente de información debía haber sido El Profeta.
–No es tan grave, de verdad puedo manejarlo.
Charlie le contempló con incredulidad.
–¿Sabes qué hora es?
El moreno hizo un gesto de negación con la cabeza, sin entender a qué venía la pregunta.
–Casi las once. Te dije que regresaba para las diez treinta, ¿recuerdas?

Blaise abrió la boca para decir algo, pero cambió de idea. ¿Las once? ¿¡Había estado en el baño por tres horas y media!? Hubo un “plop” frente a la cama, ante Blaise estaba su elfina personal con una bandeja de desayuno.

–Amo, usted ordenó que le trajeran el desayuno cuando saliera del baño. Aquí está el desayuno.
El moreno contempló con ojos ajenos a la criatura, pero Charlie se hizo cargo de la situación.
–Gracias Mika, es todo por ahora.
Un segundo “plop” señaló la partida de la elfina, el pelirrojo puso la bandeja en el regazo de su descolocado esposo con una mirada triste.
–Come –ordenó con voz suave, y el otro obedeció.
Cuando la bandeja estuvo vacía, Blaise se deshizo de la toalla y reptó, desnudo, debajo de las cobijas.
–Charlie –le llamó al ver que el pelirrojo se dirigía a la puerta de la habitación–, no me dejes solo.

Su esposo le hizo un gesto tranquilizador, fue al baño y, al poco tiempo, Blaise sintió el colchón hundirse a sus espaldas y unos brazos firmes acariciando su deforme cadera. Permanecieron en silencio por varios minutos.

–¿Me vas a contar?
Blaise suspiró con fuerza y empezó a contar la macabra aventura de la noche anterior.
–Ella dio uno de esos estúpidos discursos, y luego algunos “elegidos” fuimos a Bedale. Nada más ver la tumba de Remus quise irme, te lo juro. Yo nunca había estado de madrugada es… impresionante. Ella degolló a la cierva. No se a quién vio, pero parecía satisfecha. Le tendió el cuchillo a Gibons. La visión de él… pareció impresionarle para mal, porque no sonreía. Entonces…
Blaise tragó en seco, sobrepasado por el recuerdo. Charlie reanudó sus caricias en el flanco de su esposo. Podía adivinar lo que seguía, pero el moreno debía ser capaz de contarlo, por su salud mental.
–Me dio el cuchillo –continuó Blaise al cabo de un par de minutos. –Era de obsidiana muy pulida, estaba tibio de la sangre derramada y la magia alrededor nuestro. Miré al animal, eran los ojos de Joshua, ¡lo juro! Eran los ojos de mi ahijado en el cervato y yo…
Otra pausa, Charlie beso el cabello ya entrecano, el cuello todavía firme. El cuerpo junto a él se sacudía levemente por los sollozos contenidos.
–Creo –comenzó de nuevo Blaise–, creo que no sufrió. Le clavé la hoja en el corazón y él parpadeó como ¿sorprendido? Calló de rodillas, despacio, con la elegancia de un Malfoy. La sangre se veía negra entre la yerba, y yo sumergí las manos casi con prisa.
“Revelare”, dije: la figura apareció ante mi pequeña, pero nítida, la oí decir “Te perdono” y ya no estaba. No se… No tengo idea de quién mató al tercer cervato, ni de cómo seguí con ellos hasta el final, sin que me descubrieran. De repente estaba aquí, casi amanecía, te besaba la frente, deseaba un baño, un buen baño.
Blaise ya no lloraba, pero Charlie siguió moviendo sus manos a lo largo de la espalda y el pecho, ayudando a relajar los músculos tensos, dándole seguridad y consuelo.
–¿Crees que…? –otra pausa, el moreno parecía estar acumulando fuerzas para la pregunta. –¿Crees que en verdad fuera ella?

El pelirrojo no supo qué contestar. Poco sabía él de sacrificios y rituales invocatorios, pero dudaba que los mortifagos organizaran una ceremonia falsa en semejante lugar. De cualquier modo, razonó, debía usar las palabras con cuidado, ya que ese era un tema muy sensible para su pareja.

–Tal vez fuera ella, si. Y eso significaría que es hora de que te perdones a ti mismo, amor.Blaise giró a una velocidad que le hizo crujir la cadera de modo desagradable, pero decidió ignorarlo.
–¿Y tú, me has perdonado?

Charlie le besó los párpados, la nariz, los labios. ¿Cuándo entendería Blaise que ella nunca había significado nada, que era solo un poco de sexo sin compromiso? Su muerte la había dolido, si, pero porque era una compañera de la Orden, nada más.

–Te juro por nuestros hijos que nunca hubo nada que perdonar.
Blaise le contempló extrañado.
–Solo tenemos un hijo.
–No –el pelirrojo sonrió feliz, y guió una mano hacia su bajo vientre. –Hace cinco semanas que el hermanito o hermanita de Fabián crece aquí.

Blaise volvió moverse con mucha mayor velocidad de la recomendada por su medimago, para besar con reverencia el sitio donde la nueva vida latía. Lloraba de nuevo, pero de felicidad. Ahora si estaba seguro de que ella lo había perdonado pues hacía exactamente cinco semanas del veinte aniversario del único asesinato de sus años de mortifago que aún le dolía: Gabrielle Delacour.

TBC…

18 de mayo de 2007

SECRETOS DE FAMILIA 17

Nos alineamos, probamos fuerzas…

Mas los bambúes de mi seto han echado nuevos brotes.
Wang Nanche


Sábado. Isla Man

La luz de la luna daba a las paredes y el suelo de la capilla una apariencia pura, pensó Blaise, pura y atemporal. ¿Había pensado Adriano en ello al pedirla a sus arquitectos? Tal vez… En todo caso los diseñadores romanos habían captado mucho del deseo de insinuar con sus regalos que alentaba al emperador en este presente a los magos británicos. Un centro ceremonial para británicos en la Isla Man ¡realmente gracioso! Pero la ofensa no fue tomada como tal, ellos simplemente le profetizaron la verdad y esculpieron el rostro de Antinoo en una de sus paredes el mismo día que naciera el infeliz bitinio. La Capilla del Amante de Sangre, le llamaron desde entonces, aunque su nombre oficial era Casa del Tynwald o Consejo Superior de Bretaña, Escocia e Irlanda, hasta que el sitio pasara de moda en el siglo XII y fuera abandonado.

Por supuesto, el que ella los citara aquí solo hablaba de su mal gusto, de su falta de sentido histórico. ¿Era necesaria otra prueba de que este movimiento estaba dedicado al fracaso? Bueno, el sitio y la falta de asientos, menos mal que los bastones eran considerados de buen tono. ¿Debía agradecerlo a la memoria de Lucius?

–Blaise, ¡querido!

La voz le sacó de sus meditaciones. El mago detuvo su lento andar y ensayó una leve reverencia. Miriam Edgcombe sonrió y ajustó su paso al lento de él para poder secretearle, como si estuvieran en la antesala de la ópera.

–Que bueno que llega, ese viejo verde de Cauldwell lleva diez minutos –y bufó, exasperada, como si se tratara de la décima parte de su vida– ponderando mi hechizo de confusión.
Blaise rió bajo y palmeó la mano de la chica, que se apoyaba en el puño de su bastón.
–No puede resistirse a tus encantos.
Ella sacudió su rizada cabellera caoba y se mordió el labio.
–Es un viejo verde –repitió, pero ahora con dureza. –Sigo sin entender por qué tío me trae a estas desagradables reuniones.
–¿Para que conozcas personas respetables y emprendedoras? –propuso él con fingida inocencia.
Miriam gruñó por lo bajo, un sonido muy poco sofisticado que seguramente Cauldwell desaprobaría. Luego se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y volvió a hablar.
–Después de todo no es tan malo, puedo hablar con usted de cosas interesantes, y ver algo más que los jardines de la mansión, los talleres del tío y la sonrisa idiota de mi prometido… Vamos señor Zabini, usted no tiene que fingirse escandalizado, sabe bien que es un idiota y que por eso no pudo entrar en la Escuela de Contabilidad y Comercio. Admito que el ministerio está lleno de enemigos de las buenas y viejas familias, pero el Cararrajada, el Traidor y la Sangre Sucia tienen mejores cosas que hacer que acosar recién graduados ¿no cree?
–Creo que necesitas una amiga de tu edad.
Miriam alzó las cejas, como si la sola idea le pareciera estrafalaria.

–Nimerya Baddock estuvo en casa a tomar el te, su noticia del día era que podía obligar a un gatito a destriparse a si mismo con una combinación de hechizos totalmente legales. Quería pedirme libros, para ajustar el hechizo y aplicarlo en bebés mugles. René Cauldwell, ya sabe usted que es diseñadora de ropa ¿no?, impondrá una nueva moda de sombreros este invierno: forrados con piel de mugle africano. Brillan en la oscuridad y su importación es totalmente segura por medio de no se qué artilugios legales. ¿Quiere que siga?

Blaise hizo un gesto de negación y estudió con cuidado el corro de donde escapara su interlocutora. Las chicas mencionadas y otros jóvenes estaban allí, charlando y riendo sus proyectos de bebés muertos y personas convertidas en sombreros. ¿Qué cosas le enseñaban las "buenas y viejas familias" a sus hijas? Deseaba tanto regresar donde Charlie…

–Por eso me gusta usted, señor Zabini, usted cree que las mujeres podemos ir a Hogwarts ¿verdad? Incluso –Miriam se detuvo un momento y miró a los lados, como si temiera lo que iba a decir–, incluso podemos amar a quien se nos antoje.
–Siempre que no me cites como autoridad al respecto… –repuso él tratando de dar un tono frívolo a la respuesta.
Ella asintió despacio.
–Gracias –le dijo muy seria.

Algo se agitó en el corazón de Blaise. ¿Sería…?

Tras la muerte en combate de su segunda madre, la custodia del la única hija de Cho Chang y Marieta Edgcombe pasó a Martin Edgcombe, sin que nadie cuestionara el asunto. Años más tarde, el tío había regado el rumor de que, en realidad, Miriam no era enteramente normal. Era difícil tener criterios propios en el tema, pues la chica había recibido clases en casa, como casi todas las jovencitas de las antiguas familias que sobrevivieran a la Segunda Guerra. Pero ahora, con esa manera de convertir una conversación frívola en algo muy serio, a la vez que dejaba caer información de primera mano, Blaise creyó reconocer a la antigua auror. ¿Sería una trampa?

–¡Miriam! –Pierre Burgoa se acercó a ellos, entrecerró sus ojitos pequeños y negros, de cerdo, y al reconocer a Blaise inclinó su cabeza cuadrada y peluda en señal de respeto. –Señor Zabini, siempre es un gusto verlo.
–Lo mismo digo –pero no extendió la mano para dejar que el otro la estrechara, en cambio volvió a mirar a Miriam, que no había dado un paso para acercarse a él. –Su prometida y yo charlábamos un poco idos del mundo.
–No es extraño, ella siempre habla de usted. Me ha convencido de contratarle para construir nuestra casa.
Miriam bajó los ojos, como si hablar de la boda le avergonzara.
–Ya ve para qué sirve ser amable con las damas, joven –repuso Zabini con voz átona.

Burgoa tuvo el suficiente sentido común de no responder al velado reproche. Frunció la frente, tratando de inventarse un tema de conversación, pero los suaves tañidos de la campana central les indicaron que le reunión comenzaba.

Domingo. Hogwarts

Alex dio vuelta y se arrebujó en la sábana, el olor a manzanilla y limpieza le parecía excesivo, pero agradable. Un momento ¿manzanilla? El chico se sentó de golpe en la cama y miró con ojos bien abiertos a su alrededor.

–Buenos días.
John estaba en la cama de la derecha, con un montón de almohadas en la espalda, un libro entre las piernas y una fuente de galletas de chocolate en la mesa de noche. Le sonreía.
–Bue… buenos días. ¿Qué haces aquí?
John arrugó la nariz, alzó el brazo izquierdo y se levantó la manga del pijama, había un vendaje fresco en su antebrazo.
–¿Recuerdas que el ciervo saltó y yo quise impresionar? –Alex asintió con suavidad. –Eso es lo que ganas por no seguir las reglas del equipo.
–Oh –fue todo lo que pudo decir el rubio. –¿Y los otros?
John se encogió de hombros.
–Por ahí, supongo. Dijeron que vendrían a verte después de almuerzo.

Alex lo miró sin comprender. ¿No debían odiarlo? Estuvo a punto de preguntar, pero el sonido de pasos en su dirección le hizo girar el rostro. La enfermera Higgs y el doctor Clagg se acercaban.

–Al fin despierta, señor Smith –comentó Clagg.

Alex le dedicó una sonrisa insegura. Clagg se sentó en el borde de la cama y empezó a auscultarlo e interrogarlo de manera metódica, tal como hiciera la tarde anterior, antes de la luna. A medida que el examen avanzaba Alex descubrió, asombrado, que esta era, por mucho, la mejor transformación de su vida. No tenía hambre, ni heridas en los brazos y la cara. Solo agotamiento general, y un poco de dolor en el estómago. Ante esa información, el medimago arrugó la frente y llamó a la enfermera con una seña.

–Cortinas, por favor.

Alex giró para mirar a John, pero esté solo sonrió de forma alentadora. Cuando la Higgs hubo desplegado las cortinas blancas, Clagg apartó las cobijas.

–Alex, por favor, súbete la camisa.
El niño obedeció, y el hombre tocó toda su barriga, haciendo presión en un lado y otro de sus intestinos.
–No parece indigestión –comentó. –Aunque ese ciervo debía ser duro.
Levantó los ojos a la enfermera.
–Señora Higgs.

La mujer asintió y, con mucha suavidad, bajó sus pantalones, dejando visible la ingle y el nacimiento de los muslos. Alex cerró los ojos, avergonzado, el tacto tibio de las manos del facultativo le asustó. Hizo un amago de encoger las piernas, pero la enfermera la retuvo las rodillas. Alex jadeó, aquello estaba… mal. No se trataba de que Clagg lo tocara de modo impropio sino de que… No lo sabía, no tenía palabras, pero la queja estaba ahí, en el fondo de su cráneo.

–Imago testis –susurró Clagg y una sensación helada se extendió por su piel. –Interesante, muy interesante. Conservare pergaminum. Finite encantarem.

Las ropas volvieron a su lugar, las cobijas lo envolvieron y el biombo fue retirado. Solo entonces Alex se permitió abrir los ojos y se encontró la cara concentrada del médico fija en él.

–Todo está muy bien, pequeño. Mejor de lo que se podría esperar. Ahora, quiero que me prometas que comerás mucho, saldrás al aire libre y dejarás de contener tus sentidos.
Alex asintió, inseguro de lo que significaba eso último.
–Estoy seguro de que el señor Lupin te dará una mano con todo eso –continuó Clagg. –Te veré en ocho semanas, ¿de acuerdo?
–De acuerdo, doctor Clagg –dijo Alex bajito.

Lunes. Londres

Draco se miró con cuidado en el espejo y ajustó con cuidado el nudo de su corbata azul medianoche.
–Eres bello.
Sonriente, el rubio se volvió hacia la cama. Harry ya estaba perfectamente vestido con su túnica negra de diario y guardaba su varita en el bolsillo interior de su chaqueta.
–¿Nos vamos?

El asintió y ambos bajaron con cuidado las escaleras de la antigua y noble casa de los Black. Delante de la puerta les esperaba una limosina con la puerta abierta.

–¿Almorzamos hoy? –preguntó Harry cuando el auto ya casi llegaba al hotel donde Catherine se hospedaba.
–No podré librarme de mis ejecutivos. ¿Te molestaría mucho si…?
–¿Qué es lo que se supone que soy? –preguntó el moreno de inmediato.
No le molestaba fingirse mugle con tal de estar cerca de Draco, pero casi siempre olvidaba su cobertura.
–Eres agente especial, del MI6 –Harry asintió, ese era un papel que le permitía actitudes "paranoicas", y ahorraba preguntas. –Asignado a la oficina de coordinación de acciones en Europa.
–Vale…

La limo se detuvo, por la ventana se reconocía la forma ovoide y brillante del On Line Palace, pero el cuerpo de Harry se tensó y sus dedos fueron enseguida al bolsillo de la chaqueta. La puerta se abrió y Catherine entró despacio –había aprendido con dolor que al jefe y su esposo no le gustaban las entradas bruscas–, cargada de documentos, PC portátil, teléfono celular, agenda, y neceser.

–Buenos días, señor Malfoy.
–Catherine –respondió el rubio con un movimiento de cabeza.
–Buenos días, señor Potter.
–Buenos días –dijo el otro mientras la examinaba con cuidado.

El auto en que viajaban resudaba hechizos de protección, pero Harry nunca estaba seguro de las personas hasta mirarles a los ojos. Catherine lo sabía –la parte de que gustaba de mirar a los ojos a los empleados–, así que siguió con su rutina mañanera y tendió a Draco un grueso legajo.

–Los faxes de la mañana, el orden del día, los titulares de prensa que mencionan a Malfoy Corporation o a su familia, el cierre de las bolsas, los estimados de movimientos de bolsa para hoy, las fichas de los que asistirán a la reunión y el nuevo borrador del comunicado de prensa para el final de las reuniones –enumeró rápidamente.
En lo que el jefe revisaba el material, ella se acomodó la saya, sacó su agenda y la pluma digital.
–¿Ya decidió con quién va almorzar?

Draco no contestó, sino que arrugó la nariz en la página siete. Catherine repasó mentalmente la compilación. Eso era el resumen de prensa, no lo recolectaba ella, sino la oficina de relaciones públicas, pero siempre echaba una ojeada. No recordaba nada extraordinario, pero, a juzgar por el rostro del señor Malfoy, se había equivocado.

El rubio pasó la carpeta a su pareja.

–¡Mierda! –soltó Harry. Luego sacó su teléfono y marcó un número de memoria. –¿Mione?... ¿Es portada?... No, estoy en el auto con Draco, vimos una nota en el Daily Telegraph… ¡Los voy a…! Ya se, ya se… Si, te veo allí –el moreno cerró su teléfono y miró a su esposo. –Voy a encargarme personalmente –tomó sus manos y las frotó.

Draco temblaba, y sus ojos estaban anegados de lágrimas que, se notaba, le costaba contener.

El auto se detuvo delante del edificio central de Malfoy Corporation. A través de los cristales, Catherine vio acercarse a los guardias, rodear la limosina y asegurar el perímetro hasta el elevador privado. Cuando el jefe de seguridad se inclinaba para abrir la puerta, el rubio logró poner bajo control sus sentimientos. Tuvo que suspirar profundamente antes de recuperar su habitual expresión fría, pero los de seguridad no notaron nada extraño en el siempre distante y exigente señor Malfoy.

Harry devolvió la carpeta a Catherine, ella siguió a su jefe sin comentar el incidente. Pero en cuanto se quedó sola buscó el artículo para tratar de entender. Era una nota pequeña, sobre una cierva blanca y tres cervatos, hallados muertos en el norte de Yorkshire, cerca del pueblo de Bedale. Las autoridades sanitarias estaban inquietas ante la posibilidad de que alguna fuente de contaminación o enfermedad que amenazara la fauna de la región. ¿Y dónde estaba el nombre del jefe? Casi al final. Mencionaban el hecho de que Malfoy Corporation era dueña de un importante sector del bosque, donde se realizaban experimentos sobre reciclaje de materias orgánicas.

El pomo de la puerta del baño giró y ella se apresuró a tomar los documentos de la reunión que tenían por delante. Malfoy se le acercó despacio y casi le arrebató los papeles antes de seguir en busca de la puerta. Catherine lo siguió galería abajo, al salón donde los otros actores del imperio esperaban.

–Almorzaré solo –susurró Malfoy antes de entrar al salón.

Lunes. Belfast

La casa pedía a gritos una nueva capa de pintura, y el césped del frente una poda. Además de que sus hechizos de protección estaban desagradablemente flojos. Por un instante, Harry ponderó la posibilidad de no entrar, pero desechó la idea de inmediato: le necesitaba, así de fácil. Avanzó, seguido por Hermione y Tony Rivers, su guardaespaldas personal.

Dentro, todo lucía muy maltratado. Humedad, polvo acumulado, whisky barato, y vómitos mal limpiados eran los olores predominantes. Sin detenerse en la decoración de la sala –o ausencia de la misma–, subieron las escaleras. El piso superior era una larga galería con más de veinte puertas de diferente color.

Harry chasqueó los labios. –Odio cuando hace eso…
–No podemos deshacer la ilusión desde aquí –informó Hermione tras agitar su varita un par de veces. –Tendremos que jugar.
–Vete tú a saber… –refunfuñó Rivers.
Portter le miro divertido.
–¿Conoces el juego?
–Lo usó una vez, en los entrenamientos –asintió el auror. –Tardamos cuatro horas en asegurar diez metros cuadrados –miró con desconfianza el piso y las paredes, luego hizo un gesto a su jefe para que se moviera un poco a la derecha y desactivó un pequeño clavo con un hechizo quemante. –Debí imaginarlo.
–¿Qué cosa? –preguntó la castaña en lo que se acercaba a la primera puerta.
–Que las débiles barreras exteriores eran una trampa –explicó Rivers.

Ella no habló más, concentrada en detectar el sucio hechizo que contenía el picaporte. Rivers estaba entre su jefe y la bruja, listo para cubrir la retirada del ministro de magia. Harry se dedicó a observar cuidadosamente su entorno, buscando pequeños objetos como el clavo que Tony desactivara antes, hechizados para desviar la atención más que para dañar.

Había sido uno de los peores lunes de su vida, ni los lunes de pociones dobles con los Slytherings en tercer año, ni la gimnasia cruciatas de Bellatrix para divertimento de su señor, nada se comparaba al miedo que reflejaran los ojos de su esposo al leer del sacrificio de la cierva casi en la puerta de Severus. Potter se alegró una vez más de o tener suscripción doméstica de prensa mágica.

En el ministerio, el zafarrancho había comenzado en la madrugada, cuando las alarmas del departamento de modificadores de memoria movilizaron a la guardia hacia Bedale. Antes de que el equipo reportara de vuelta, los de protección de animales mágicos vieron alterarse sus sistemas, señalando también a Bedale. Cuando el desgarrado aullido de la alarma de rituales oscuros de sangre terminó con la poca paz que quedaba a los aurores, nadie tuvo que mirar el mapa para saber que se trataba de Bedale. Entonces Gordon, el jefe de guardia, decidió lavarse las manos: llamó a Lisa Turpin, la flamante Jefa de Aurores de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y –por si acaso– a Hermione Granger–Weasley, vice ministra de Justicia, Asesora del Departamento de Misterios y mano derecha de Harry Potter.

A Mione debía agradecer que nadie osara llamarle en medio a la noche, pero no se pudo evitar que los periodistas supieran. Al llegar a su oficina, Harry halló un montón de tabloides, incluso varias ediciones especiales, con titulares que competían en puntaje y ridiculez: "Amenazan al Ministro de Magia con Ritual Prohibido", anunciaba El Profeta; "Sacrificio Sangriento Junto a la Tumba de Remus Lupin", decía El Quisquilloso; "El Clan Potter objeto de Amenazas Oscuras", era la portada de Pluma de Aguila; "Los Cinco Magos más Bellos Víctimas de Ritual Sangriento", anunciaba el apresurado especial de Corazón de Bruja; "Oscura Ceremonia contra Familia del Ministro", resumía Correo Mágico .

Sin tiempo para comunicarse con Severus o sus hijos, Harry se apareció en el interior de Snape Manor, para levantar las barreras de acceso al bosque y permitir al equipo de aurores investigar toda el área. Luego se incorporó al levantamiento de evidencias, respondió preguntas indiscretas de los miembros del CSI –¡maldito nombre!– mágico, firmo permisos para abrir archivos secretos, evadió periodistas, calmó a su secretaria, habló por teléfono con Draco y vía flu con Tomas, volvió a evadir periodistas –sin mucha suerte esta vez. Y se preparó mentalmente para el flujo de prensa extranjera que llegaría al medio día.

"Gran Bretaña vive repunte de Actividad Oscura", era el discreto comentario en la página 6 del Blody News, en Transilvania, pero el resto del mundo parecía tener corresponsales mortifagos: "Ritual de Sangre contra Ministro Mestizo", anunciaba Comercio Mágico (Nueva York); "Las Gárgolas no Defienden al Ministro Británico", era el imaginativo titular de Anuncios de Los Ángeles; "Sus siervos no están Muertos", advertía Mirada Eterna (El Cairo); "Ya Saben Quién lo Intenta de Nuevo", era el cauto comentario de Visiones (Bulgaria); "Los Rituales de Nuevo a Debate", reflexionaba la izquierdista Unión (Bélgica); "¿Quién es el objetivo: el Ministro, el Millonario o los Licántropos?", preguntaba La voz del Apu (Perú); "Violan la Tumba de Remus Lupin", denunciaba El Aullido (del Consejo Superior Licano); "Los Aurores Ingleses no Defienden ni al Ministro", se burlaba Todos los Ojos (India) y, ¡ese era el mejor! "Potter recibe Amenazas de un Mago ¿Muerto?" relataba Noticias de Gévaudan (Francia).

Todos esos recuerdos se agolparon en Harry mientras veía a su amiga Hermione deshacer el hechizo de la puerta. ¿Por qué, dulce Merlín, tenía que perder el tiempo con los acertijos de esa mente alcoholizada? Le necesitaba. ¡Necesitaba a todos los sobrevivientes de la Orden! Pero no iba a seguirle el juego, decidió.

Se acercó a la puerta y apartó a Hermione con firmeza.
–Harry no he… –ella se calló en cuanto le vio los ojos: conocía esa mirada.

El observó la puerta por un momento y respiró hondo. Mione retrocedió hasta quedar junto a Rivers e invocó un escudo. Harry levantó las dos manos a la altura de su pecho, unió las palmas, expiró y empezó a separarlas muy suavemente. Tony se tragó una maldición y se dijo que tenía el pago del mes en esta visión de magia pura, controlada, vital. El núcleo mágico flotaba entre las manos del Ministro como una pequeña esfera brillante, de color verde claro. Potter la apartó unos diez centímetros de sí, miró la puerta y dijo:

–Evanesco.

Fue como derramar agua caliente si un telón hecho a tempera. Las paredes, puertas y alfombras se regaron manchas de color y textura diversa, giraron alrededor de los tres y, finalmente, desaparecieron. Solo quedaron una galería con papel sucio, una alfombra roja llena de barro, una habitación cuya puerta colgaba de un solo gozne y, al fondo, un sofá donde, rodeado de la mayor colección conocida de botellas de licor, estaba sentado un ser de cabello rojo, con un ojo azul y otro marrón, nariz ganchuda y larga barba blanca.

–¿Estas de mal humor, chico?
El Ministro de Magia se adelantó sin ocultar el asco que la imagen de la estancia le causaba.
–Eres el menor de mis problemas, Tonks.

TBC…

30 de abril de 2007

SECRETOS DE FAMILIA 16

Tu no debes saber

"La espada con la hoja más fina
no puede cortar el agua del río en dos
para que deje de correr."
Li Po


Jueves

John subía de prisa las escaleras. A Alex le costaba seguir el paso, pero no se quejaba.

"Debo agradecer que me tolere. Si me quejo, es capaz de dejarme para que encuentre el club por mi cuenta."

Así que, resoplando por lo bajo, se obstinó en ignorar sus muslos adoloridos y llegó todo sudoroso al segundo piso de la torre oeste. La puerta, de color verde claro, tenía una discreta inscripción "Club Selenita" en esmalte negro y, pintado directamente en la madera, un gato siamés al que John saludó con respeto.

–Buenas tardes, Víctor Hugo.
El felino detuvo su aseo y los miró de frente. A Alex, sus ojos se le antojaron burlones.
–¿Contraseña?
–Argento –pronuncio el moreno con seguridad.
Víctor Hugo movió su pequeña cabeza arriba y abajo, sonriente.
–Pasen.

La puerta giró, revelando una habitación amplia, de no menos de quince por diez metros, con la pared más alejada de cristales, a través de los que se adivinaba un balcón. Estaba oscura, la luz del vitral cegaba a Alex, pero pudo oír respiraciones jadeantes, garras que chocaban contra la piedra, gañidos bajos.

–No, no quiero –dijo de pronto con voz fina, de niña.
–¡No seas idiota! –le increpó John y lo empujó.

Alex dio tres pasos desequilibrados y calló sobre sus rodillas y manos. Tenía los ojos fuertemente cerrados, pero oyó claramente el sonido de la puerta a sus espaldas y el movimiento a su alrededor.

–Mamá ayúdame –susurró a la vez que abrazaba sus piernas y esperaba el golpe.

Alguien lo levantó en peso. Alex movió brazos y piernas tratando de escapar, pero no lo dejaron ir. En cambio, le sacaron la correa de su bolsa escolar y lo pusieron en un lecho de pieles. Los olores llenaron su cerebro de imágenes confusas de oscuridad, tierra húmeda y luz de plata.

–¡Mamá! –gritó desesperado. –Mamá enciende la luz, que vienen los lobos. ¡Mamá!
–¡Lumus! –dijeron cinco voces a su alrededor y el tuvo que entrecerrar los párpados.

A través de las pestañas, Alex reconoció los rostros de los alumnos que le aplaudieran el primer día. Lucían preocupados.

–¿John?
–Estoy aquí.
Con la tenue luz de las varitas, la nariz del moreno proyectaba una gran sombra sobre su mejilla. Alex deseó llorar.
–Lo siento, yo…
–No pasa nada –la voz a su espalda era baja y dura, pero cariñosa.

Alex giró un poco la cara y reconoció el rostro cuadrado de Kruger, que aún lo tenía pegado a su pecho. Se sonrojó al darse cuenta de que lo tenía cargado como a un bebé. Quería disculparse de todos modos.

–Yo…
–Dije que no pasa nada –repitió Kruger. –¿Puedes levantarte?

El niño asintió y se irguió despacio, aunque las rodillas le temblaban un poco. Kruger se separó y gateó en dirección a un círculo de piedras renegridas al otro lado de la estancia. Forzando los ojos, Alex reconoció dentro un montón de cenizas y maderas semicarbonizadas.

–Incendio –dijo Kruger, unas chispas saltaron de la punta de su varita y las llamas bailaron en el hogar.
–Nox –dijeron los otros cinco lobos y gatearon en dirección a la hoguera.
Kruger giró entonces y lo miró.
–¿No temías la oscuridad?

Alex caminó de prisa donde el fuego. Deseaba sentarse, pero no vio muebles a su alrededor. Los otros estaban acomodados en el suelo.

–¿Pasa algo? –le interrogó el Alfa.
–Mi uniforme…
Kruger sacudió la cabeza y sonrió.
–Quítatelo.
–Pero…
–¿Tengo que quitártelo? –Alex advirtió en seguida la amenaza en su tono duro.

Alguien había puesto su cartera dentro de uno de los nichos de la pared, que carecía de empapelado o pintura. Con la cara vuelta al muro y manos temblorosas, Alex se sacó túnica, corbata, camisa, zapatos y medias. Cuando se vio, en pantlones y con su pecho lleno de cicatrices, ya no pudo contener las lágrimas. Entonces ocurrió de nuevo: Alex se dejó abrazar por ese olor que le daba paz y borraba sus temores, por la sensación de pertenecer, de ser pleno. Dos manos suaves lo envolvieron en una manta de piel. Se quedó muy quieto, tratando de comprender lo que pasaba.

–Alex.

El muchacho giró despacio, John estaba junto a él, esperándole, con una mezcla de miedo y tristeza en sus ojos dorados. A Alex se le hizo un nudo en la garganta. ¿Qué pasaba? El aroma seguía ahí, y solo su cualidad sedante impedía que saliera corriendo.

–Alex –llamó Kruger y él apartó sus ojos de John para mirar más allá, al círculo de fuego donde los otros esperaban.

Enseguida comprendió la orden, pasó por el lado de su amigo y se sentó con cuidado, a la izquierda de Kruger.

–¿John?
El moreno dio un salto y se acomodó al otro lado de Alex.
–Bueno, ya estamos todos –hizo un gesto con el brazo que los abarcaba–, la Manada de Hogwarts. Esta es nuestra primera reunión del otoño, y en ella damos la bienvenida a los cachorros John y Alex. Yo soy Freke, Alfa, para los magos soy Max Kruger, de séptimo año de Griffindor.
–Yo soy Verano, Beta –se presentó el muchacho rubio y musculoso sentado a su derecha. –Para los magos soy Brandon Rollet, quinto año de Slytherin.
–Yo soy Peludo –continuó su gemelo, diferente solo porque su cabello era tan largo que le rozaba las caderas. –Para los magos soy Rickon Rollet, quinto año de Slytherin.
–Soy Gere –anunció el cuarto lobo, tenía los ojos casi ocultos tras grandes y oscuras pestañas y espesos rizos color arena sucia le caían sobre el cuello. –Para los magos soy Joffrey Ulfhednar, sexto año de Hufflepuff.
–Viento Gris –dijo el siguiente con una leve inclinación de cabeza, su cara estaba medio oculta por mechones de un pelo castaño y sin brillo. –Para los magos soy Robb Verdun, cuarto año de Ravenclaw.
–Me llamo Tormenta –la hembra era hermana de Viento Gris, su cabello era igual, así como el perfil de su cara, alargada y solemne. –Para los magos soy Nymeria Verdun, cuarto año de Ravenclaw.
–Fantasma –dijo el séptimo–, para los magos soy John Lupin, primero de Griffindor.
Las miradas se enfocaron entonces en el octavo miembro.
–Yo… –tragó en seco. –Yo soy Alex, Alexander Smith, primero de Griffindor. No tengo ningún otro nombre. Lo siento.
–No hay por qué disculparse –aseguró Freke al tiempo que le ponía una mano sobre el hombro. Sonrió con sus dientes grandes y filosos. –Pocos obtienen su nombre en su primera carrera bajo la luna, mañana saldremos a cazar y empezarás a buscar nombre. John puede ayudarte.
–Pero mi mamá no me deja salir durante la transformación –le advirtió Alex moviendo la cabeza de un lado a otro–, dice que puedo morder a alguien.

Hubo un par de jadeos de asombro alrededor del fuego. Verano fue a levantarse, pero Freke lo contuvo con un gesto sin apartar sus ojos de Alex.

–¿Recuerdas la charla que tuviste con Duncan el martes? –Alex asintió atemorizado. El tono del Alfa ya no era amigable. –Duncan te explicó que tu madre estaba equivocada –Max hizo una pequeña pausa, tratando de elegir bien las palabras, no deseaba dañar más al cachorro. –Ella te quiere, pero se equivocó. A partir de ahora aprenderás nuevas reglas. Primera regla: No contradecir al Alfa. ¡Nunca! Segunda regla: El día de Luna Llena salimos de caza, sino…

Kruger tomó el brazo derecho de Alex y lo acercó a la hoguera. Las cicatrices, recuerdo de sus solitarias noches de plenilunio en el sótano, destacaban sobre la pálida piel. Alex creyó que moriría de vergüenza, pero Freke no lo dejó ocultar el rostro. Tomó la delgada barbilla entre dos dedos gruesos y le obligó a mirarle, sus pupilas doradas eran tiernas de nuevo, pero con una calidez distinta a la de su madre.

–¿Entiendes?

Viernes

Lo seguían. No estaba seguro de cuántos o por qué, pero lo seguían. Resopló, con algún bromista siguiendo sus pasos no podría colarse en el baño de perfectos a tirar fotos, así que optó por doblar a la derecha y buscar los amplios corredores de la torre este, allí sería más fácil perderlos.

Un idiota de primer año pasó corriendo y le obligó a dar un paso atrás, chocó contra la persona que le seguía. Lo empujaron. Fue a girar para partirle la cara al atrevido, hubo un relámpago de luz…

Alistair Pucey, quinto año de Slytherin, calló desmayado. Sus perseguidores se acercaron despacio.

–Fue fácil –comentó un chico rubio en lo que se acomodaba un mechón de pelo tras la oreja.
–Esto no ha terminado –le advirtió un pelirrojo de ojos verde musgo.
–¡Vamos ya! –exigió otro rubio, le parecía oír pasos en su dirección.

El pelirrojo asintió, levantó con facilidad a Pucey y se dirigió a la escalera más cercana. Los gemelos se aseguraron de que nada los delatara y le siguieron. Los tres se detuvieron en un aula abandonada del quinto piso.

–Aquí está –anunció George, y dejó caer el cuerpo sobre una mesa.
–Enervate.

El rayo verde lo sacudió, Alistair pestañeó confundido. ¿Qué había pasado? Su último recuerdo era de un corredor, pero ahora estaba en un aula. Sin moverse, el muchacho trató de reconocer su entorno y captores.

Alguien se acercó, tenía el cuerpo encorvado y una larga melena negra que caía a los lados de sus hombros dispares. Alistair tragó en seco. Estaba en problemas.

–Buenas tardes, señor Pucey.
–Buenas tardes, señor...
–¡Nada de nombres! –le interrumpió el otro.
–Como usted diga –concedió Pucey al tiempo que asentía con fuerza.
–Solo tengo una pregunta para ti: ¿cuánto?
–Creo que no entiendo…
–¡Diffindo!

Pucey calló hacia atrás, pero fue capaz de callar su dolor. El hombre cojeó alrededor del pupitre y esperó, con una pequeña y cruel sonrisa, a que el joven sacara un pañuelo de su túnica y restañara la sangre que le manaba del brazo.

–¿Quieres otra lección de hechizos útiles en la defensa?
–No, no –jadeó.
–Bien. A lo que iba: no me rebajaré a negociar contigo. Dime cuánto te debe y no te acercas más en lo que nos queda de vida.
–Son trescientos galeones –se apresuró a informar.
–Bien.
El jorobado sacó un talonario de cheques, lo llenó, y se lo tendió.
–Lo que vas a hacer en el paseo a Hogsmeade es cobrar el dinero. ¿He sido claro?

Pucey tuvo el buen sentido de no ofenderlo al intentar leer la cantidad. Solo lo guardó en un bolsillo de su túnica y asintió.

–Adiós.

El Slytherin se quedó en el suelo, no intentó moverse hasta que pasaron sus buenos quince minutos de la partida de sus captores. Solo entonces se puso de rodillas con mucho cuidado y se levantó. Soportando a duras penas el dolor que le provocaba el brazo, Pucey caminó en dirección a la enfermería. No podía pensar ahora en las posibles venganzas contra Elihaj Suchowljansky, debía inventar una buena historia para la señorita Higgs.

Sábado

Albus desenvolvió con cuidado su caramelo de limón y miró divertido a Severus, que fingía leer la sección literaria de "El Profeta".

–Es un lindo día ¿verdad?
Severus solo gruñó. Albus rió bajito y siguió con el monólogo.
–Estuve hablando con el retrato de Sinistra, dice que la noche estará muy despejada. Eso es bueno, lo digo por lo que me comentaste del hechizo de monitoreo que quiere lanzar ese jovencito… ¿Duncan?
–Sabes muy bien cómo se llama –resopló Snape. –Te haz pasado la semana hablando de él.
Albus contuvo la sonrisa, estaba orgulloso de no haber perdido la capacidad de alterar a su querido Severus ni después de muerto.
–Eso no es cierto –reclamó con tono ofendido. –Comenté su visita el martes, y las reacciones de su visita el miércoles, lo mencioné casualmente el jueves y el viernes, bueno…
–¡Ya se que estuvo aquí ayer! Yo resistí sus miradas ¿recuerdas?
–Es lógico que te mirara, mi muchacho, estaba hablando contigo.
Severus apartó por fin la revista y se encaró con el retrato de su mentor.
–No me miraba de una manera normal, y lo sabes. Era… –el Maestro de Pociones movió la mano delante de su rostro– ¡enervante!
Dumbledore cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con repentina seriedad.
–Lo que te molesta es que no sabes qué quiere de ti.
–Lo mismo que todos esos burócratas ¡por supuesto!
–Si, claro –Albus suspiró. –Creo que llevas demasiado tiempo solo Severus.
Snape alzó los ojos y miró de frente al retrato de su antiguo mentor con dolor.
–¿Cómo puedes…?

No pudo terminar la frase, se escucharon unos toques discretos en la puerta del despacho y Severus casi corrió a recibir a John.

–Buenos días
–Buenos días, papá.
El chico se adentró en el despacho con una gran sonrisa y saludó al retrato del antiguo director.
–Buenos días, abuelito.
–Buenos días, mi muchacho. ¿Dormiste bien?
–No.
Con esta simple palabra, John tuvo a Severus a su lado de inmediato.
–¿Te pasó algo?
–Estoy bien papá, de verdad. Es que Alex esta nervioso, lleva menos de una semana aquí y ya es luna llena.

Severus asintió, el asunto de Alex también le preocupaba. Con un gesto, invitó al chico a sentarse frente a una mesita baja, tocó tres veces la superficie con su varita y el desayuno apareció. John soltó un gruñido de satisfacción y se apoderó de una salchicha mientras el adulto se servía café.

–Duncan vendrá a las seis con un medimago especializado, quiere monitorear de cerca esta primera noche de la manada.
John asintió y se apresuró a tragar su bocado.
–Kruger nos lo dijo. Me alegra ver a Duncan de nuevo.
–¿Te alegra? –repitió su padre incrédulo.
–¡Claro! Es la mar de simpático, y sabe muchos chistes de muggles, pero no entiendo para qué el medimago. Ahora que Alex está con nosotros no tendrá problemas con la transformación, ¿verdad?

Severus apartó la taza de café y miró a su hijo, como una ráfaga pasaron por su memoria sus años de vida junto a Remus, la vana esperanza de que "algún día" la noche de luna llena sería menos terrible.

–John, tienes que entender que Alex fue mordido, sus transformaciones siempre serán dolorosas, y potencialmente dañinas para su organismo.
–Pero tú me contaste que cuando papá Remus estaba acompañado no intentaba golpearse ni morderse.
–Es cierto, pero nunca dejó de dolerle.
John le miró sin comprender.
–¿Por qué iba a doler? Es solo…
Severus se levantó y fue a arrodillarse frente a su hijo.
–Tu naciste siendo un licántropo. La magia del lobo está en ti desde que Remus y yo te concebimos. Pero la magia de Alex tiene que cambiarlo por completo dos veces en menos de doce horas. No es fácil para él, nunca lo será.

A John se le nublaron los ojos y apretó los puños. Severus lo abrazó y empezó a acariciarle la espalda muy despacio. John dejó que su padre lo cargara hasta un sofá en el extremo del despacho y no tuvo vergüenza de llorar.

Esperó con paciencia a que el pequeño se controlara. Sabía, desde aquella maldita noche en Bedale, que esta charla llegaría y le dolía, pero prefería que John llorara en su regazo a que no resistiera la horrible visión que le esperaba cuando saliera la luna. Después de todo, también debían pensar en Alex, John tendría que ser fuerte para el pequeño licántropo rubio.

Poco a poco los sollozos remitieron, la espalda del chico dejó de agitarse y su respiración se regularizó. John levantó sus ojos dorados y enrojecidos hacia su padre.

–¿Duele mucho?
El asintió.
–Una vez, robé una memoria de tu padre durante su transformación. No es como las maldiciones de tortura, sino… ¿Recuerdas la vez que te rompiste el brazo? –John asintió. –Imagina ese dolor simultáneamente en cada hueso, por unos cinco minutos, que es lo que tarda una transformación regular.
A John se le puso la cara gris.
–No en balde tiene pesadillas –murmuró. –¿Y qué puedo hacer?
–No dejar que esos diez minutos de cada mes secuestren el resto de su vida.

Severus se preguntó si su joven hijo podría entender esa frase, pero el brillo alegre en sus ojos dorados le dijo que no lo había subestimado. John se levantó y sacudió su túnica.

–Quedé con Dafne y Alex en la biblioteca –arrugó la nariz–: tarea.
Severus asintió y lo dejó ir, pero volvió a llamarlo antes de que el chico cruzara la puerta de la dirección.
–Ten paciencia John, recuerda que les queda un largo camino juntos.

El sábado fue cálido, despejado y aburrido.

Dafne, Alex y John terminaron su composición sobre el asfódelo antes de la hora del almuerzo.

El equipo de Quidditch de Slytherin, que no tenía que renovar su plantilla, entrenó toda la tarde, para desagrado de cierto buscador rubio.

Durante el te de las cinco, Severus y Albus discutieron acerca de la naturaleza de los venenos que Madame Zabini usara en sus muchos e incautos maridos.

A las seis en punto arribaron, vía trasladador, Adrian Duncan y el medimago Marcel Clagg.

A las siete comenzó la cena en el Gran Comedor. Nadie se fijó en los visitantes, porque la comidilla del día era el nuevo capítulo de la historia por entregas en El Profeta sabatino. "Sam" se titulaba el relato, y narraba las aventuras de un mago que, trabajando encubierto entre muggles, se enamoraba de uno de ellos. Era un tópico varias veces visitado, pero el misterioso abogado muggle estaba muy bien descrito y muchas personas comprendían la atracción de Joshua Leibitz. La historia estaba ambientada en la Nueva York de diciembre de 2001, con la tensión del asunto de las Torres Gemelas alrededor. Leibitz debía descubrir a los que movían los hilos tras el horrible atentado, mantener su fachada y seducir al escurridizo Sam Dickens.

A las ocho, la manada de Hogwarts salió en dirección al Bosque. Las puertas del castillo se cerraron tras ellos y no se abrirían hasta el amanecer. Los ocho trotaron en busca del claro donde esperarían el ascenso de la luna. Uno de los árboles más viejos alrededor del claro tenía un hueco en el tronco, a suficiente altura para que ningún cánido lo alcanzara. Los chicos se quitaron las ropas y las ocultaron allí, luego Kruger selló el escondite con un pase de varita.

Alex estaba muy nervioso. Por primera vez en su vida pasaría la luna llena lejos de su mamá. Claro, todos habían sido muy amables, Duncan y el sanador Clagg le esperaban en el castillo, pero él no podía vencer el desasosiego. ¿Qué pasaría luego, cuando John, Kruger y los otros le vieran llorar y temblar? Ellos eran lobos verdaderos, él, un niño que se había dejado morder por no obedecer a su madre. Un rayo de luz plateada apareció, al tiempo que la maldición le golpeaba. Alex se dobló sobre si mismo y, por instinto, buscó la mano de John.

A casi dos kilómetros de allí, en la oficina del director, Duncan hechizó un espejo para seguir el desarrollo de la jornada sin interrumpir a los lobos. Luego fue a sentarse junto a Severus Snape. Cerca de ellos, los elfos habían preparado una mesa con viandas frías y abundante café.

Los licántropos estaban de pie, en círculo alrededor de un dolmen. El claro fue rápidamente iluminado por la luna y Alexander Smith se dobló por el primer golpe de dolor. Lupin lo sostuvo a duras penas y se inclinó para dejarlo yacer sobre el césped. Smith gritó y agitó las manos, pero sus compañeros se limitaron a mirarle, solo Lupin se quedó junto a él, abrazado a su torso y evitando que azotara la cabeza contra el suelo.

Duncan tragó en seco y se alegró de que el hechizo fuera mudo. A su lado, Snape parecía querer romper los brazos de su asiento, y todos los retratos de los antiguos directores se habían marchado.

En el bosque, John contenía a duras penas las lágrimas. La transformación ya estaba tan avanzada que Alex no podía articular palabras, pero gemía–aullaba de modo desgarrador. Le sostuvo la cabeza, tratando de que su cuello y mandíbula sufrieran un poco menos, pero era inútil, el instinto llevaba a Alex a luchar contra el dolor, alargando el proceso. Sintió el pelaje de la espalda crecer contra su pecho y la larga cola golpear sus muslos.

–Ya falta poco, ya falta poco –aunque no creía que Alex pudiera escucharle.

El cambio acabó, pero la mente de Alex aún necesitaría unos segundos para tomar control de su cuerpo transformado. John aprovechó ese margen para aflojar su agarre y mudar de piel.

Para cuando Alex pudo ponerse en pie, a su lado había un bello cachorro de pelaje blanco.
"¿John?"
"Ahora soy Fantasma"
Sacudió la cabeza. "Lo siento"
"Está bien."

Fantasma le rodeó, curioso. Pegó el hocico a los flancos dorados de la loba (¿?) en que se transformara Alex y aspiró su aroma de tinta china, flores de naranjo y corteza de avellano.

"Ven."
Con algo de miedo, Alex dio una vuelta alrededor de Fantasma. Algo similar a la risa escapó de la garganta del lobo polar.
"No me oliste"
"Yo…"
"No te voy a morder, lo prometo."

Alex estiró el cuello lo más que pudo y olisqueó el fuerte perfume del macho, era un poco de orégano y mucho de roble. Giró de prisa, asustada por un ladrido.

"¿Acaso quieres convertirte en jirafa?" se burló un lobo de patas cortas y abundante pelaje marrón.
"¿Peludo?" dudó Alex.
"Te dije que era inteligente." Intervino una loba negra con una franja casi blanca en una de las patas.
"Pero nadie dijo que era hembra." Advirtió Peludo con una mirada calculadora.
Alex dio un paso atrás, asustado, pero Fantasma se metió entre el/ella y Peludo enseguida.
"¿Tienes algún problema con eso?"

Peludo gruñó y descubrió sus colmillos, Fantasma arañó el suelo y ladeó un poco la cabeza, como midiéndolo. Su olor cambio, y Alex comprendió, supo, que era una orden para el/ella: se acurrucó entre las patas del macho y gruñó a Peludo desde allí abajo.

La expresión del lobo marrón cambio de inmediato, algo similar a la sorpresa brilló en sus ojos dorados.
"No tengo ningún problema con ella." Declaró simplemente.

Peludo y Tormenta dieron media vuelta y fueron hacia el dolmen, donde los otros esperaban con calma el desenlace del conato. Alex salio de su escondite.

"¿Qué fue eso?"
"Parece que, hasta ahora, Tormenta fue la única hembra de la manada. Estos chicos deben estar acostumbrados a presumir para llamar su atención."

Alex asintió, deseaba saber por qué sabía lo que significaba el olor de Fantasma, pero prefirió callar. Trotaron para acercarse a los otros.

"Ya era hora" refunfuñó un lobo de cráneo dorado y cuerpo casi negro cuando se acercaron al grupo. Volvió la cabeza hacia el Alfa "Hace hambre, jefe."
"Este siempre tiene hambre." Se quejó Tormenta.
"La próxima vez no te doy de mi conejo, muñeca."

Viento Gris –Alex dedujo quién era por su pelaje idéntico al de la hembra– le enseñó los dientes a Gere –solo unos centímetros menor que el Alfa, debía ser el Hufflepuff de sexto año–, pero un cabezazo de Verano lo calmó.

"Primero hay que conocerse" dijo al Alfa sin moverse de su lugar. "Fantasma."

El lobo polar avanzó con pasos cortos, cuando estuvo a un metro del Alfa, se tendió en la tierra y giró, dejando el vientre expuesto. Freke se levantó y dio una vuelta a su alrededor, bajó el hocico y olió al joven macho, luego le puso una pata en la garganta y aulló. El resto de la manada le hizo coro.

Alex miraba todo con ojos asombrados. ¿Sería capaz de…? Recordó el refrán "Allí donde fueres, haz lo que vieres". Estaba obligado a dejarse pisar por el Alfa, parecía claro que se trataba de algún acto de rendición ante el jefe de la manada.

Fantasma se levantó de un salto, regresó junto a Alex y le dio un tope suave en el flanco, para que se acercara al centro. A medida que se avanzaba, el/ella comprendió por qué Freke era el jefe. No se trataba de tamaño o de fuerza, sino de poder. Alex se tendió ante el gran lobo gris y casi se desmaya cuando el olor del Alfa le rodeo. Era sangre y musgo, tierra y fuego, un poder reposado y real. Cuando la pata del Alfa se posó en su garganta y Freke aulló, Alex se unió al gañido general sin miedo. Estaba en buenas manos.

Freke le liberó y el/ella volvió junto a Fantasma.

"Lo hiciste bien" le aseguró el de pelaje blanco con un roce de hocico en su cuello.
El Alfa giró hacia Gere y le guiñó un ojo.
"Hoy se me antoja ciervo."
Gere y Peludo aullaron de alegría y corrieron al borde del claro.
"Glotones" bufó Tormenta, pero les siguió.
"Alex, quédate detrás de Viento Gris y junto a Fantasma" ordenó Freke.

Alex asintió a la orden y trotó junto a su amigo. La manada se internó en la espesura.

TBC…

SECRETOS DE FAMILIA 15

Adaptándose 3

Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.
Federico García Lorca


Martes

Severus Snape odiaba leer informes, pero odiaba todavía más no enterarse de las cosas que se relacionaban con su escuela. Desde que tenía 11 años, Hogwarts era su hogar, y de mil maneras defendía al viejo castillo, como todo lo que consideraba su responsabilidad. Al apartar su mirada del pergamino con el membrete de la Oficina de Atención a Licántropos y estudiar al mago que le habían mandado, ponderó la posibilidad de que, en realidad, fuera un espía del Consejo Escolar.

Aunque era poco probable que, si tenían un agente infiltrado en el puente entre el Ministerio y el Consejo Licano, lo expusieran a sus ojos y los del Castillo. Sin embargo, había algo en Adrian Ross Duncan que lo inquietaba.

–¿Dice usted que desea entrevistarse con Alexander Smith?
–Después de que usted y el señor Kruger den su autorización, por supuesto –se apresuró a aclarar el joven.

Snape resopló y volvió a mirar el informe sobre la visita que Duncan realizara el día anterior a Marcia Smith, la madre de su alumno. El investigador había descubierto que la muggle maltrataba al cachorro y ahora deseaba obtener elementos testimoniales de Alex, para completar el reporte que debía elevar a varios comités del Ministerio y al Consejo Licano.

Si, así debía ser, pero no era lógica la premura con que se daban las cosas. Kruger había mandado su queja sobre el estado de salud de Alex el domingo, con la esperanza de que la investigación se pusiera en marcha el martes, con buen tiempo, y… ¿Por qué le miraba Duncan con esa fijeza?

–Kruger tarda –comentó Snape sin saber por qué.
Duncan lo miró con miedo, pero asintió despacio.
–El colegio es grande –argumentó con una sonrisa forzada.
Volvieron a caer en un incómodo silencio.

Snape no entendía su comportamiento. Jamás se le habían dado las conversaciones banales y nunca antes le importó que un funcionario del Ministerio esperara en su oficina, ¡era especialista en ignorar! Con todo, decidió que, si Duncan era espía, era muy malo, porque le seguía mirando con intensidad, pero tampoco era un simple burócrata, ¡se olía a millas!

La puerta del despacho giró para dejar pasar, ¡por fin!, a Kruger, y Snape dio gracias a los dioses por ello.

–Lamentó la demora profesor –se disculpó al Alfa–, su mensaje me alcanzó en el bosque.
–No hay problema –aseguró Snape y señaló con un gesto al visitante. –El es Adrian Ross Duncan, de la Oficina de Atención a Licántropos. Vino por el informe sobre Alex.
El licántropo rubio ofreció su ancha mano al joven y este sonrió.
–Es un placer conocerle, Sr. Kruger.
El Alfa le dedicó una sonrisa amable, ocupó una butaca casi de frente a Duncan y cruzó una pierna sobre la otra en gesto relajado.
–Usted dirá.
–Ayer lunes temprano recibimos su queja sobre el estado de salud de Alexander Smith. Tras una breve consulta con los representantes del Consejo Licano, me ordenaron viajar a Exeter y entrevistarme con su madre. Se que a ustedes les parecerá raro que una orden de intervención en el mundo muggle se diera así, con menos de dos horas de debate, pero es que nosotros vigilamos a los Smith desde el incidente en Bedale –Snape hizo un gesto de incomodidad, Duncan se pateó por su falta de tacto. –Entre el Consejo y el Ministerio surgió una profunda división respecto a cómo manejar el caso Smith, que actualmente es el único menor de edad con Licantropía por contagio en Europa. Hasta ahora, los que opinaban que Alex debía crecer con su familia se impusieron, pero sus quejas revivieron el debate.
Duncan se detuvo para buscar en su carpeta un largo pergamino. Tendió el documento a Kruger.
–Este es el reporte de mi entrevista con Marcia Smith, me pareció adecuado traerle una copia.
El lobo observó con cautela el sello de la Oficina y luego fijó sus ojos ambarinos en el investigador.
–¿Me da un resumen?
Duncan carraspeó incómodo.
–El libro de referencia para tratar a Alex todos estos años fue Paseos con los hombres lobo, de Gilderoy Lockhart, la madre cree que los Licántropos son animales de los cuales su hijo debe ser protegido, justificaron sus desapariciones mensuales con ataques de esquizofrenia y ahora todos creen que está en una institución educativa para niños con problemas siquiátricos. De hecho, la señora Smith creyó que llegaba a anunciarle el regreso de Alex, dio por sentado que no se adaptaría.
–Si –comentó Kruger–, a mí también me preguntó si lo mandaría de regreso.

El Alfa dejó con cuidado su ejemplar del reporte sobre la mesa del director y se frotó las sienes. En su interior, Freke deseaba lanzarse a correr y no parar hasta que la sangre de Marcia Smith le mojara las encías. "La luna tiene un polizón de nardos…" repitió tontamente por un par de segundos. Alex, Alex era lo importante. Freke se calmó un poco y él pudo volver a dirigirse a Duncan.

–¿Cuál es el próximo paso?
–Los Smith están en evaluación. Antes del viernes recibirán bibliografía actualizada y un cronograma para incorporarse al Grupo de Familiares. Le advertí a ella que, si no coopera, Alex pasará las Navidades aquí, o en Taunton, y luego iremos a juicio.

Kruger asintió, el Grupo de Familiares de Licántropos había ayudado a muchas personas a lidiar con la condición de sus seres queridos.

–Respecto a Alex –continuó el mago–, me ordenaron entrevistarme con él y determinar con ayuda de su Alfa y el director Snape, si necesita encuentros regulares con un sicomago, alojamiento especial, cualquier cosa.
Kruger asintió despacio.
–Estoy de acuerdo. ¿Qué cree, director?
Detrás de su buró, Snape tamborileó con las yemas de sus dedos por un instante.
–No puede estar solo con usted, las normas del colegio lo prohíben.
Duncan lo miró sin comprender. ¿Estaba aprobando o no la entrevista?
–John estará encantado de ayudar –aseguró Kruger–, tomó a Alex bajo su protección desde el cruce del lago.
–¿John? –inquirió Duncan con cautela, no podía creer que su suerte fuera tanta.
–John Lupin –aclaró el Alfa–, está en primero de Griffindor, como Alex.

Snape resopló, Duncan tuvo la impresión de que el hecho no le agradaba. Comprendió de golpe que el extraño silencio del director durante la reunión se debía a que todo esto le regresaba a los bosques de Bedale. Parecía no estar recuperado.

–Entonces está arreglado –decidió Snape con un golpe en la mesa. –Yo debo irme a la clase de Duelo. Max, lleva al señor Duncan a una de las salas de visita y encárgate de que Lupin y Smith se reúnan con él. ¿Necesita algo más? –preguntó al joven mientras se levantaba.
–Por ahora, no. Ha sido usted muy amable –Duncan extendió su mano y una sonrisa ¿feliz? se le instaló en el rostro. –Espero volver a verle.
–Por supuesto. Presiento que el caso Smith no termina aún.

Snape observó con cuidado a Duncan, notó enseguida que el joven perdía algo de su aplomo al recordarle su única razón para visitar el colegio. Acompañó al visitante y a su Alfa escaleras abajo y se separaron frente a la gárgola.

"Así que le intereso yo" pensaba en su camino al salón de duelos. "¿Qué están tramando ahora esos desgraciados del Consejo? ¿O serán otros?" El no carecía de enemigos en el Ministerio y la reaparición de la marca… "Bueno, jugaré su juego un par de semanas. Solo espero que sea lo suficientemente listo como para mantenerse alejado de John."

Miércoles

El murmullo del gran comedor apenas se detuvo con la llegada del correo. Solo aquellos que esperaban noticias –como los Potter Malfoy– levantaron las cabezas cuando el rumor de alas se mezcló con el de comida y charlas.

Tomas vio al gran halcón planear sin decidirse por ninguna de las tres mesas. Siempre era así: sus padres escribían para los tres y el pájaro no era capaz de elegir. El acuerdo tácito hasta entonces era que él, el mayor, llamaría al ave y los gemelos se le juntaban luego. Pero hoy no alzó el brazo. De repente se le ocurrió que la carta no era para él, sino para los hijos de Harry Potter. ¿Qué pasaría si no llamaba al estúpido pájaro?

"Dará más vueltas, hasta que Snape lo note, y no quieres llamar su atención, ¿verdad?" advirtió una voz en su interior.

No, no quería llamar más la atención. Con ser el tullido hijo del mortifago traidor prometido del bello sangre sucia tenía suficiente. ¿Sangre Sucia? ¿Desde cuándo era Eli un sangre sucia? ¿Desde cuándo pensaba en términos de pureza de sangre?

"Desde que sabes quién eres en realidad: un Glaunt, el último de ellos."

Levantó el brazo con gesto imperioso y dejó de preguntarse cosas. Su voz interior había hablado suficiente por una semana. El ligero peso del mensajero familiar nunca fue tan agradable. Se concentró en desatar el mensaje y darle de comer algo de salchicha al animal. No podía abrir el sobre sin las otras personas a quien iba dirigido, así que apuró el vaso de leche y se dirigió a la mesa Griffindor.

–Louis, Eli –llamó con brusquedad. –Vamos fuera.

No esperó respuesta, sino que avanzó con su paso lento y falsamente solemne a la puerta, donde ya les esperaba Josh.

"Tengo suerte de tenerlo por hermano" pensó por milésima vez. "Es tan observador que podría descubrirme y entonces..."

¿Descubrirle? Tomas sacudió la cabeza ante la extravagante idea. No había nada que descubrir. El era quien era: Tomas el Tullido. Desde agosto, las investigaciones y los secretos ajenos carecían de fascinación.

"Se puede vivir con algunas ignorancias…" Eso lo sabía, pero ¿cuánto tardaría Joshua en entenderlo? "Siempre será demasiado tarde…" ¿De dónde le llegaban esas ideas de viejo amargado esta mañana? Estrujó el sobre entre sus dedos. "Es el miedo" comprendió de pronto ", tengo miedo de lo que diga esta carta."

Ya estaba frente a Joshua. Reconoció a su espalda los pasos ligeros de Louis y los apresurados de Eli, pero no se detuvo (detenerse con sus piernas de madera y magia era gastar energías). Siguió adelante, y el Slytherin se incorporó a la comitiva sin palabras. No se detuvieron hasta un aula vacía del segundo piso.

–¿Qué dice papá? –inquirió el gemelo Griffindor cuando el local estuvo sellado e insonorizado.
–Antes debemos explicarle a Eli qué hace aquí –le contuvo el mayor y extendió el sobre a su novio. –Mira.
El muchacho alcanzó el objeto y leyó en voz alta.
–A Tomas Sirius, Louis Julius y Joshua Lewis Potter Malfoy. A Elihaj Suchowljansky –alzó los ojos son comprender. –¿Por qué…?
–Eres mi prometido –explicó Tomas. –Pronuncié lo votos ¿recuerdas? Draco Malfoy es un mago a la antigua usanza por ese lado.
–Si, aunque los votos se prenuncien desde el suelo de una limosina voladora –se burló Louis.
–Espero que tú encuentres alguien que los acepte fuera de una cueva de ratones.
–¿Cueva de ratones? –Eli no sabía si reírse o reprender a su novio.
–La forma animaga de Louis es un ratón –intervino el segundo gemelo. –Por favor, Tomas, la carta –rogó con mal contenida inquietud.

Joshua deseaba que acabaran de leer el maldito pergamino. Saber era preferible, mil veces preferible a la inquietud y algo ocurría, sentía el mal sobre su piel, como un soplo de brisa fría y suave.

El moreno rompió el lacre y separó dos piezas de pergamino: una breve y decorada en los bordes, que pasó a Elihaj, y otra un poco más extensa y escrita con letra apretada, para él y sus hermanos.

De un vistazo lo supo: nada nuevo, ni bueno. Wilson Tackeray era el medimago a cargo de Draco, y anunciaba que los siguientes meses serían tan complicados como tranquila había sido la espera por los gemelos, trece años atrás. El resto era bastante doméstico: Ya estaban en la vieja mansión de los Black (era una suerte que el retrato de la madre del tío Sirius ardiera gracias a la ira de Vlad Tepes). Draco se retiraría del ojo público a más tardar en noviembre. Para el cumpleaños de Tomas organizarían una pequeña cena con todo el Clan para anunciar el embarazo y el noviazgo (el hermano mayor sintió que sus rodillas flaqueaban ante la idea). Su padre había decidido no postularse a un nuevo período como Ministro (los ojos de los gemelos brillaron con alegría, ya no tenían que ser "tan" ejemplares). Y, por último, advertían a Tomas de que pronto recibiría correo oficial de Gringotts respecto a una cuenta que Draco consideraba oportuno abrir, para que cortejara a Eli de la manera tan correcta, amorosa y cara como desease.

El moreno levantó los ojos y se encontró con la mirada incrédula de su novio.

–Es… Yo… tus padres, dicen que… quieren conocerme en una reunión familiar que… para la fiesta de Halloween… Tomas yo no se…
Tomas se acercó despacio al joven de cabellos castaños.
–¿Hay algún problema?
Los ojos azul oscuro de Eli eran casi negros.
–¡Es en dos meses! –casi chilló. –¿Cómo saben que en dos meses tu y yo…?
Tomas le tomó la mano libre con afecto y tiró de él con suavidad.
–Babosos –gruñó Louis, que todavía no se recuperaba del beso de torniquete en el salón de duelo el día anterior.
–Tonto –regañó el mayor de los Potter a su tembloroso novio. –Debería comprarte unas gafas hechizadas para ver el amor. Dos meses, tres, un siglo. Te seguiré amando.

Eli murmuró algo con los labios pegados a su clavícula, el roce de su aliento bastaba para erizarle la nuca. ¡Merlin y Lycaon fueran malditos! ¿Sangre sucia? La única sangre impura allí era la de él.

"¿Y tú me seguirás queriendo cuando sepas…?" Se le ocurrió de pronto. Quería casarse con Eli, pero ¿podían unir su vida con un secreto así entre los dos? "El admira a mis padres, se ríe con las tonterías de los gemelos, incluso le simpatiza Dafne. Si ya no soy un Potter, ¿qué voy a ser?" Si, decidió mientras acariciaba la larga cabellera de su prometido. "No hay nada más que Tomas el Tullido. El último Glaunt fue Tom Sorvolo Riddle. Yo soy Tomas Sirius Potter Malfoy, de la casa de Ravenclaw, y tú serás mi esposo: Elihaj Potter Malfoy, de la casa Gryffindor, un poco de sangre judía es justo lo que necesita ese viejo de lengua bífida para acabar de hundirse en el infierno a donde lo mandó mi padre."

Y el pensamiento fue tan tranquilizador que tuvo fuerzas para oscilar a un lado y otro y calmar a su chico en tiempo record "La sangre vela ayuda, a veces". Cuando se separaron, lo besó en la frente y se dio media vuelta para salir, las miradas burlonas de sus hermanitos no le calentaron la sangre "Estos lo que necesitan es empezar a pensar menos en bombas fétidas y más en traseros", sino que contuvo las ganas de correr a besarlos "Eso de correr no se me da" y se fue con su falsa mesura en el andar "Mierda de prótesis, debí usarlas durante el verano para poder llegar a tiempo a Aritmancia".

Louis y Josh les vieron salir tomados de la mano, tan ensimismados en su amor que no notaban el abatimiento de los rubios.

–¿Eso es amor? –preguntó el Gryffidor cuando volvieron a estar solos.

Josh le miró extrañado. Louis casi nunca le hablaba en frases completas, eran gemelos, gemelos idénticos, una persona con la posibilidad de dos cuerpos simultáneos. Así que solo eran "literales" en público, o cuando la aflicción atenazaba la garganta, como esa mañana. Sacudió la cabeza y levantó la nota del padre ante sus ojos.

–Si.

Louis le miró sin comprender, pero nada más dijo. Comprendía que su hermano mayor era distinto a ellos dos, pero le costaba asimilar el violento cambio en el carácter de Tomas. Elihaj hacía cambiar el discreto carácter de su hermano de un modo tan violento que asustaba. ¿Le ocurriría eso a ellos al cumplir los 16?

–Ya sabes –advirtió Josh en lo que incineraba la carta con un giro de varita.

Louis asintió, ya sabía. Callar, callar, todo en su familia era secreto. Tocó el hombro de Josh para que sus ojos verdes volvieran a cruzarse.

–¿Lo sabe?
–¡Claro que no! –la sola idea parecía asustar a Josh. –Y vamos a ayudarlo.
Louis asintió con fuerza, si su gemelo decía que ayudaran eso era lo correcto. Sin embargo…
–¿No lo ama?
–¡El cerebro Griffindor! –se quejó Josh. Decidió ser excepcionalmente claro en sus órdenes (a Louis se le daba bien lo de seguir órdenes) –Solo trata de que crean que no está pensativo, sino triste. ¿Entiendes? El resto es cosa suya.
–De ellos –rectificó Louis.
–Si, de ellos.

Josh suspiró quedo, en esos momentos pensaba que la teoría de que eran una persona en dos cuerpos estaba errada. Eran una persona, en efecto, pero partida en dos. Siempre estaba incompleto sin su gemelo, pero hacerle entender los planes era complicado. "El heredó la parte del perro guardián y yo la del coyote tramposo. Entonces ¿qué coño somos?" ¿Qué era? "Bonita pregunta para iniciar el curso, imbécil" ¡Suficiente! Apretó el hombro de Louis con afecto y se forzó a sonreír.

–Ahora vamos a clase. Espero que Fleur nos de algo de diversión antes del almuerzo.

Jueves

El invernadero era un sitio bello, pensó Dafne, y casi tan agradable como la sala común de Slytherin. Lo mejor de todo era que Lonbotton, el profesor de Herbología, los ponía a trabajar en tríos, y podía estar cerca de John y Alex sin problema. En las otras clases que compartía con los Griffindor, los bancos eran para dos, y tenía que sentarse delante o detrás de ellos, con Melian Capote, que se fingía insoportablemente estirada fuera de la sala común porque –según ella– así actuaban los verdadero Sly.

Pero eso no importaba ahora, sentía un agradable calor entre sus dos amigos Griffindor, mientras dibujaba con cuidado la planta de hojas moradas que les asignaran.

–Espero que el dibujo que nos den durante la segunda parte sea mejor que el tuyo –refunfuñó Lupin.
–Y yo espero que nadie recuerde tu muy personal forma de escribir "lanceolada" en el futuro –repuso la niña tras un breve vistazo a la descripción escrita de su compañero de equipo. –¿No te enseñaron ortografía en primaria?
–Es una palabra muy larga –se quejó el moreno.
–Ya… –Dafne se quedó callada, de nuevo deseaba preguntarle a John qué clase de asignaturas impartían en su misteriosa escuela de Alemania, pero se contuvo.

Aparte de un envidiable físico, excelente memoria para ingredientes de pociones, nombres de plantas y animales, su amigo parecía tan desorientado como Alex y ella. Eso la intrigaba, no había olvidado su amenaza del primer día, y sospechaba que esas extrañas ignorancias en un hijo de magos, junto a su color de ojos, era la clave del misterio. Pero las tareas no le daban tiempo para dedicarse a la investigación.

"¿Y si le pregunto a Joshua?" su primo era extremadamente amable y desde la primera noche hallaba siempre tiempo para preguntarle cómo iban las cosas. "No. Es mi misterio." Para refrescar, se volvió en dirección a Alex, que, como ella, debía dibujar la planta. Los ojos se la abrieron como platos.

–Alex, eso es… ¡maravilloso!
El rubio levantó la mirada y sonrió con timidez.
–¿Te gusta?
En vez de contestar, Dafne le dio un codazo a John y él gruñó, desorientado. La chica señaló la cartulina del otro Griffindor.
–¡Wow! El que coja esta muestra no tendrá problemas para identificar la planta. ¡Es excelente!
–¿Tomaste clases de dibujo en primaria, ¿verdad? –dedujo Dafne.
La pequeña sonrisa de Alex murió.
–No. Mi mamá me enseñó.

Dafne y John se pusieron serios de golpe. Su amigo aún no se recuperaba de la entrevista que sostuviera, dos días atrás, con el tal Duncan. Dafne sabía que le estaban ocultando una parte de la historia, pero el caso era que los padres de Alex estaban acusados de maltrato infantil (la verdad es que Alex estaba bastante flaco y todo lleno de cicatrices) que era un crimen muy serio, porque los magos tienen muy pocos hijos.

John carraspeó incómodo y miró su reloj de pulsera.
–Todavía no describo el tallo de esta cosa –dijo con voz apurada y se inclinó sobre su pergamino.

No hablaron más. Cinco minutos después, el profesor dio una palmada para advertir que el tiempo se acababa y recogió los dibujos y descripciones con un movimiento de varita.

–Bueno, ahora pasaremos a la parte más divertida de la clase – Lonbotton sonrió con su media boca. –Voy a mezclar sus pergaminos y cartulinas, y entregaré a cada trío un dibujo y una descripción. En esta hora que les queda deberán descubrir a qué planta corresponden. Para el próximo encuentro quiero un pergamino de sesenta centímetros sobre las características de la planta, sus propiedades y las pociones en las que se usa.

Dafne trató en balde de descubrir el hechizo que Lonbotton aplicó a los materiales para que se mezclaran. Luego el hombre avanzó por el invernadero y entregó a cada grupo un dibujo y una composición. Su paso renqueante no era lento, y ella se preguntó si su pierna izquierda, tan machacada, le dolía.

Joshua le había contado que, durante la guerra, los mortifagos capturaron a los Lonbotton y les torturaron con la esperanza de obtener la ubicación de la base de Harry Potter. Ellos se mantuvieron firmes hasta que Remus Lupin le rescató. Para entonces el veneno de serpiente, los crucios, los golpes y las maldiciones rompe-huesos, habían dejado la bóveda craneana de Luna hecha pasta, por eso la profe de Adivinación usaba un casco de acero inoxidable por debajo del cual escapaban escasos mechones de pelo color arena. A Neville lo estaban amenazando con una plancha de metal al rojo cuando los aurores irrumpieron en la fortaleza, y casi quinientos quilos de plomo aplastaron su brazo y pierna, y le quemaron la cara.

No eran los únicos. Su primo le advirtió que casi todos los adultos del mundo mágico tenían alguna cicatriz de la guerra, que no tenía que avergonzarse ni dejarse asustar, pero era difícil. Así que cuando el profesor se acercó a su mesa, abrió su ejemplar de Mil hierbas mágicas y hongos y fingió leer.

Por suerte, el material que les asignaran estaba mejor dibujado y redactado que el de ellos. No tardaron en determinar que se trataba del asfódelo.

–¿Vamos a la biblioteca? –propuso Dafne cuando cruzaban los terrenos hacia las puertas del castillo.
–No –repuso John. –Alex y yo tenemos que ir a otro lado. –¿Nos vemos después de la cena?
Dafne los observó con cuidado. John había tomado la mano de Alex y solo esperaba una respuesta de ella para correr escaleras arriba.
–¿Qué cosa?
–Cosas de Griffindor.
La niña suspiró. ¿Por qué le ocultaban cosas?
–De acuerdo, a las 8 en la biblioteca.
–¡Perfecto!

Lupin se llevó a Smith casi a remolque y ella se quedó en el enorme recibidor, con su mochila y sus dedos manchados de tempera. Miró los relojes que marcaban los puntos de cada casa: Slytherin iba delante, seguido de Ravenclaw y Griffindor. Algunos los había aportado ella en Pociones y Herbología.

"De hoy no pasa que sepa el secreto de John y Alex."

TBC…