18 de mayo de 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 28

SOLUCIONES DRASTICAS: DINERO, PODER, INFORMACION

Dinero

Minas Tirith, Gondor

El heraldo terminó su trabajo y fue en busca del siguiente mural. Apenas había caminado dos o tres metros cuando la multitud ya cerraba filas frente al edicto. El pergamino era largo, inusualmente largo para ser otoño, y eso había atraído a espectadores que, en otras circunstancias, preferirían esperar a que alguna copia llegara a sus casas.

Los que se apiñaban en la calle eran, en su mayoría, esclavos y sirvientes, muchos iletrados, por lo que urgían a los que comprendían el significado de las elegantes runas de los copistas reales para que leyeran las noticias en alta voz. Un poco más atrás, había nobles y soldados en ruta al tercer o segundo anillo, comerciantes en camino a una venta de domicilio. Leían estos las nuevas desde sus cabalgaduras, en sorprendido silencio, unos, intercambiando opiniones en susurros, otros.

El Decreto había sido emitido esa mañana y llevaba la tinta aún fresca, elocuente indicador sobre la prisa con que había sido copiado y mandado a publicar.

A TODOS LOS HABITANTES DEL REINO DE GONDOR capaces de ejercer su voluntad y libres de contratos, deudas o deberes que comprometan sus acciones frente a otros hombres:

POR CUANTO: Su Majestad Elessar Telcontar I se encuentra de visita en el reino élfico de Bosque Negro en Rhovanion.

POR CUANTO: El Rey no anunció antes de su partida el nombre de otra persona que, por enlace matrimonial o vínculo de sangre, pueda tomar decisiones en su lugar.

POR CUANTO: Como Senescal del Reino me es dado escuchar las quejas y elaborar recursos que mantengan la satisfacción de las partes, hasta que el Rey decida en los asuntos privados y públicos.

POR CUANTO: Ha llegado a mí noticia de que muchos hombres, que heredaron de su linaje el deber de proteger las tierras donde habitan, así como a sus pobladores, y de reclutar, entrenar y conducir hombres al combate en defensa de la tierra donde viven o cualquier otra que el Rey y el Senescal ordenen, han agotado las arcas de sus ancestros en el empeño de su honor y acudieron a diversos comerciantes y prestamistas para seguir adelante en su deber.

POR CUANTO: La Guerra del Anillo destruyó extensas haciendas y fábricas a lo largo de los feudos que forman el reino y que son fuente de bienes y recursos para sus habitantes.

POR CUANTO: Aún tras la caída definitiva de El Señor de los Anillos, los hombres de a caballo y de a pie, armados y sanos, fueron retenidos por el Rey en la eliminación del enemigo y los merodeadores sin ley que le seguían, impidiéndoles regresar a sembrar y pastorear en la época que es propicia para ello.

POR CUANTO: Caen ya las hojas, y es imposible que las haciendas y fábricas sean reconstruidas y puestas a funcionar y procuren los bienes y servicios imprescindibles a cada comunidad para cubrir sus necesidades y deudas hasta la próxima cosecha.

POR CUANTO: Hacer honor a las órdenes del Rey y su Senescal ha puesto a muchos en el predicamento de perder sus propiedades o ser deshonrados antes sus deudores.

DECIDO:

1. Que las deudas contraídas por jefes de feudos, y otros dominios hereditarios, para poder reclutar, entrenar y conducir hombres al combate bajo las órdenes del Rey y/o su Senescal deben ser pagadas con productos, servicios o monedas de curso legal obtenidos de su tierra.

2. Que ningún hombre, obligado frente a sus iguales con una deuda de tal naturaleza, podrá ser despojado de sus bienes raíces, los muebles o inmuebles imprescindibles para una vida decorosa o miembros de su familia de sangre, con el objetivo de responder a la deuda, si esta llegara a término.

3. Que ningún señor de feudo, u otro dominio hereditario que comprenda una porción de tierra habitada, siendo él, por contrato escrito o tradición aceptada, responsable y juez entre esos lugareños, podrá entregar su heredad como medio de pago sin la autorización del Rey u otra persona que, por enlace matrimonial o vínculo de sangre, pueda tomar decisiones en su lugar.

4. Que todo feudo, o dominio hereditario similar, cuyo señor hubiese muerto durante la Guerra del Anillo y cuya herencia descanse ahora en mujeres de su familia o varones en minoría de edad, obligado por deudas contraídas por su difunto señor, deberá presentar sus Estados de Cuenta y Planes de Amortización en una Audiencia Real cuya fecha será anunciada a los propietarios y acreedores con antelación suficiente, quedando prohibidos hasta entonces los cobros de plazos.

5. Que todas estas medidas son tomadas como recurso para mantener la satisfacción de las partes, hasta que su Majestad tome la justicia en su mano.

6. Remitir este Edicto del Senescal a la Sala de Copias, para que el original sea archivado en las memorias del Reino, y las reproducciones fieles de sus palabras enviadas a todas partes del Reino de Gondor para público conocimiento de sus habitantes.

7. Que será culpable de desobediencia y deberá comparecer ante en juez quien intentare contradecir estos mandatos a partir de tres días de su publico conocimiento.

Faramir, hijo de Denethor II
Senescal del Reino de Gondor
por decisión expresa de
Elessar Telcontar I
Heredero de Elendil el Numenoreano

Poder

Recámara Real, Bosque Negro

Thranduil sintió cerrarse la puerta y dejó escapar un suspiro de satisfacción. Estaba solo ahora, podía dejar de lado su impasible máscara facial y sus reposados modales de sabio y antiguo monarca. Se sentó en uno de los butacones y echó la cabeza hacia atrás, sus ojos vagaron por los dibujos que alegraban el techo de madera y piedra, su mente por los progresos del Plan.

Aunque no había visto a Legolas, sabía que estaba regular de ánimo, mientras su salud decaía. Culpaba de ello al vínculo que unía a su hijo con el mortal, pero estaba tranquilo, nada es irremediable para un buen Rey, ni siquiera la tozudez de un hijo pequeño. Era ya el medio día de la segunda jornada desde que Aragorn partiera en busca de la cura para su padre. El mortal cabalgaba hacia las tierras de Radagast el Pardo sin idea de lo que le esperaba, ¡insensato! Para un jinete élfico, el viaje de ida y vuelta no tomaba menos de diez días, el montaraz no podría mejorar esa marca, sin contar que debía convencer al Viejo Ermitaño de salvar a Elrond. Calculaba que, con suerte, estaría de regreso en doce días. En doce días pueden pasar tantas cosas... incluso romperse un enlace.

Una mano se posó en su pierna y comenzó a desatar los cordones de la bota con parsimonia. Tranduil se relajó y cerró los ojos, levemente excitado. La bota fue retirada con suavidad y una marea de besos cubrió su pie. Cuando estuvo satisfecho, alejó la extremidad en un gesto brusco. Su amante comprendió y repitió el ritual con la segunda bota. La mano del Rey bajó hasta la cabellera y tiró de ella, el amante comprendió la nueva señal y empezó a desatar las cintas de su pantalón.

La virilidad del Rey ya estaba despierta por completo, se alzó de un golpe al ser retiradas las telas. Apenas tuvo tiempo el elfo de sentir su libertad cuando una boca juguetona la cubrió. Jadeó satisfecho.

Oh, si, como disfrutaba aquellos labios carnosos que se cerraban sobre él como una dulce cárcel. La húmeda boca era el mejor anticipo para su cálido interior, el estrecho pasaje que inaugurara apenas cinco días atrás y que le hacía soñar despierto. Deseaba ese cuerpo fibroso y dócil, ese cabello oscuro y largo, esos ojos verdes y anhelantes, suyos.

Nada extrañaba Thranduil de su esposa tanto como la entrega incondicional. Había sido complicado, pero tras cinco años de entrenamiento ella había aprendido a ceder a sus más mínimos deseos, a ser para él, desde él y con él, a anularse. Pero la había perdido. Por un tiempo consideró tomar al pequeño Amroth como amante, pero los avari eran demasiado orgullosos y no accederían a nada sin enlaces de por medio. Ahora este jovencito se ofrecía de manera espontánea, deseoso de ser tomado más allá de los límites del cuerpo, deseoso de ser dominado hasta las últimas consecuencias.

Al borde del orgasmo, Thranduil separó la cabeza de su regazo. El amante permaneció quieto, con los ojos bajos y el semblante impasible, esperando sus órdenes. Lo miró feliz, nada le hacía más feliz que reconocer la entrega total, por esa entrega podía dar todo su reino, lo más valioso de su reino. Sabía que su vida sería igualmente plena en una humilde cabaña, disfrutando de dos o tres jovencitos así de sumisos.

–Levántate. –el elfo se puso en pie y retrocedió un metro.

Comprobó satisfecho que llevaba la túnica de seda transparente que le obsequiara el día de su entrega. Era un traje largo y vaporoso, permitía detallar el dibujo de las firmes caderas y los enhiestos pezones como entre una dulce neblina. Se abría por el frente con numerosos botones.

–Desnúdate.

El elfo comenzó a desabotonar la túnica lentamente, con movimientos oscilantes y lentos. Thranduil, mientras, se levantó y fue hasta una gaveta secreta de donde extrajo una cadena con pinzas en sus puntas y una anilla. Regresó junto el joven que ya tenía el pecho expuesto y le colocó las pinzas en los pezones. Un relámpago de dolor cruzó el rostro.

–¿Te duele? –el placer de su voz era evidente.
–Nada de lo que mi señor me haga duele. –la voz era baja y satisfecha.
–Creo que mientes... Creo que te vi contraer la mejilla. –atrapó el duro sexo de su amante y lo apretó un poco– ¿Crees que me equivoqué?
–Mi señor nunca se equivoca.
–Entonces mereces un castigo.

Sin esperar respuesta, levantó la túnica y colocó la anilla alrededor del hinchado pene, esta vez el gemido fue claramente audible y provocó oleadas de placer en su espalda. Volvió a acomodarse en la butaca.

–Sigue con lo que te ordené.

El elfo de cabellos negros continuó abriendo su vestido lentamente, ligeras lágrimas se deslizaban por sus mejillas, mudas pruebas del dolor que anilla y pinzas le generaban.

Thranduil sonrió satisfecho. Había ajustado el artículo para que fuera un poco más estrecho que el órgano que debía envolver, solo así podría desarrollar el umbral de dolor de su amante e introducirlo, poco a poco, en juegos más ardientes. Sus recuerdos volvieron a Ilmarin, su dulce esposa, hija de Círdan.

¡Cómo había chillado en su noche de bodas! No tenía más que mil cuatrocientos años, sus pechos eran botones en promesa, sus caderas un estrecho puerto donde introducirse era un reto húmedo y maravilloso. Al día siguiente escapó hasta la casa de su padre para quejarse. Cirdan la llevó de regreso sin una palabra. Thranduil estaba furioso y la golpeó por largo rato, luego la sostuvo mientras un sanador la arreglaba para que no pudiera concebir en unos años. "Este es tu castigo por escapar al deber. Si no aprendes a comportarte, deberé tomar una segunda esposa y caerá sobre ti la infamia de la esterilidad". Ilmarin aprendió y, eventualmente, Thranduil le permitió tener a Halladad y Legolas.

Regresó a la imagen frente a él. La túnica yacía en el suelo, apenas un montoncito de nube blanca alrededor de los pequeños pies. Sin dudas, era una ventaja tener un amante varón, no debía preocuparse de embarazos y asuntos semejantes.

–¿Qué deseas?
–Lo que mi señor desee.
–Al suelo.

El joven se puso en cuatro y esperó, Tranduil fue hacia él, las manos hambrientas, el sexo ansioso. Movió la negra y larga mata de pelo hacia delante, de modo que cubrió su rostro. Se situó entre sus piernas, lo agarró por las caderas y con un solo gesto lo penetró. Sintió la sangre escurrir entre sus piernas, el cálido y dulce aroma lo llenó de placer. Con dedos temblorosos buscó la anilla y la abrió, dejando libre el sexo de su pareja. Solo entonces empezó a moverse con ritmo febril, apasionado, demandante.

Se derramó en un estertor y cubrió la espalda llena de arañazos con besos suaves.

–Lo haz hecho muy bien, muy bien amor mío.
–Gracias mi señor. No lo merezco.
–Eres un chiquillo muy dulce, muy dulce. Eso me recuerda algo.

Fue hacia uno de sus arcones y extrajo un collar de oro, plata y esmeraldas. Era parte del botín de Smaug y en verdad una pieza muy bella. Su muchacho no merecía nada inferior. Regresó al sitio frente a la butaca donde su amante había colapsado y lo colocó en su cuello.

–Esto es para ti.
–Mi señor yo... Si hoy no pude contener las lágrimas.
–Un poquito de llanto es lindo, mi pequeño –repuso Thranduil con voz tierna. –Además, ese collar es por haber logrado que Aragorn se marchara –le acarició las mejillas–, por sacar al mugroso mortal de mi castillo.

Ferebrim sonrió halagado y Thranduil se concentró en beber la mezcla de sangre y semen que le escurría entre las piernas.

Mientras gemía por la irrupción de los dedos del Rey en su lastimada entrada, los ojos del teleri estaban iluminados de placer. Legolas estaba a unas cuantas movidas, podía sentirlo, casi tocarlo. Thranduil podía exigirle cualquier loca fantasía de dominación, él lo haría todo por la mano del Príncipe. Halladad nunca cruzaría el mar, estaba atado a la Tierra Media con la recalcitrante de su esposa, así que, una vez en Valinor, Legolas sería el heredero de los elfos silvanos. ¿Cuánto tiempo faltaba para ello? Cien, doscientos años, un suspiro en todo caso. Tras desposar al rubio heredero se libraría de Thranduil y embarazaría a su esposo, para asegurar su posición, el resto sería una inmortal y regalada vida en los jardines de Aman. Como corresponde a un elfo con poder.

Rhosgobel, en la cuenca del Anduin

El viejo se acercó a la estufa y retiró con cuidado la tetera del fuego. Giró hacia la mesa donde estaba dispuesto el servicio de te y vertió el agua caliente en el recipiente de plata. Las ondas de vapor subieron, perfumando el aire, y se perdieron en su barba. Puso la tetera a un lado, junto al atizador, y se sentó a esperar que la infusión se asentara. Sus ojos vagaron por las paredes, recargadas de tapices historiados, u ocultas por estantes llenos de pergaminos, pomos, atados de yerbas y flores secas.

Un pájaro entró por la ventana y se posó en su rodilla. Trinó y él le respondió en su mismo lenguaje. La conversación fue interrumpida por la llegada de un elfo alto, de cabellos rubios muy claros, casi color plata, llevaba una túnica gris y capa de viaje. El ave le miró un instante y alzó el vuelo.

–No le gustas demasiado a Tinúviel. –comentó el anciano.
–Tal vez lo que no le gusta es el olor a mar –comentó el elfo mientras se sentaba.
–Es posible. ¿Té?
El elfo asintió y procedió a servirse. El barbudo solo tomó un pedazo de pastel esponjoso.
–Esta receta me la trajo Gandalf de la Comarca.
–Buen lugar la Comarca –comentó evocativo el elfo–, si no existiera Aman...
–... siempre nos quedaría la Comarca.

Ambos sonrieron, era una sonrisa de alivio, la sonrisa relajada y un poco triste que comparten los sobrevivientes de una guerra.

El anciano se sirvió te y dos cucharadas de azúcar. Guardaron silencio hasta que un ligero galope llegó a sus oídos. El elfo miró al anfitrión interrogante.

–Aragorn.
–¿No debería estar junto a Elrond?
–Los hombres no son los seres más perspicaces de Arda, hacen lo que sienten, no lo que deben, ni siquiera lo que pueden.
–Eso también encaja a los eldar.
–Ya sabes por qué me dedico a los olvar y kelvar, entonces.
El elfo miró hacia fuera por una ventana orientada al norte, entrecerró los ojos.
–Estuve atento a otras cosas mientras cruzaba las montañas, dista aún de ser seguras, pero sentí la herida del hijo de Eärendil. Fue como regresar por un instante a la Primera Edad.
–El joven Aragorn viene en busca de un retoño de oiolairë.
–¿Servirá?
El mago negó despacio.
–Elrond está más allá de nuestros poderes.
–Lo extrañaré.
–¿Te quedarás a saludar al muchacho?

Antes de contestar, al elfo volvió a prestar atención a los sonidos del bosque, apenas atenuados por las leves paredes de piedra y magia.

–Está a un día de camino, y mis hombres necesitan reposo. Creo que es una buena idea. –volvió sus ojos profundos hacia el istari– Mientras, me puedes contar a quién debe aplicarle las hojas de oiolairë.

Radagast le dedicó una sonrisa cómplice.

–Siempre supe que Galadriel había elegido bien al casarse contigo.

Información

Ala de invitados, Bosque Negro

Los brazos se tensaron una vez más, todas su fuerzas en juego para contener en la cama el cuerpo convulsionado de Elrond. Finarfin, Fingon y Fingolfin tenían sus brazos y piernas atrapados en un fiero abrazo, mientras Finwe intentaba hacerle beber una poción sedante. Los dientes del Señor de Imladris estaban tan apretados que rechinaban. Al cabo, el mismo esfuerzo por liberarse dejó el elfo exhausto, dejó de luchar y sus labios se abrieron en busca de aire fresco, momento que el joven avari aprovechó para hacerle tragar la medicina. Elrond le dedicó una mirada sorprendida y luego sus ojos se desenfocaron. Estaba dormido.

Los hijos de Maedros se apartaron del lecho y caminaron hacia la estufa que caldeaba la habitación, allí, sentado sobre una alfombra, Legolas se enjugaba las lágrimas. Finwe le puso una mano en el hombro:

–¿Quieres un poco de te?

Legolas negó en silencio y miró la palma de su mano izquierda con intensidad.

Los hermanos se sentaron a su alrededor. Finarfin habló por los cuatro.

–¿Cuánto tiempo más?
–Ya está en camino hacia acá, si no hay ningún tropiezo, cinco días.
–No soportaré tanto.

Desde la cama, Elrond les miraba con ojos cansados, su piel estaba grisácea y ajada. Legolas se levantó despacio y fue hasta su lado.

–No diga eso, debemos conservar la esperanza.
–Tengo la esperanza de que mi nieto y tú escapen de aquí. He vivido tanto Legolas, tal vez demasiado. Hace mucho, cuando Elros sintió que su tiempo acababa, me pidió que cuidara de sus hijos. Me prometí hallar alguien que les guiara antes de permitirme desfallecer –apretó la mano del Príncipe afectuoso–, le he hallado.
–Yo... mi Lord...
–Hay tanto en ti, Hoja Verde. Prométeme que cuidarás de Aragorn. ¡Promételo!
–Es una promesa sin sentido mi Lord. Le cuidará usted, aún discutirá muchas cosas con los tozudos de sus hijos.
–Mi cuerpo cambia Legolas, puedo sentirlo, los poderes oscuros me asaltan, es como estar atrapado en una pesadilla. No quiero seguir así.
–Aragorn llegará a tiempo.
–No llegará a tiempo.

Elrod dejó caer la cabeza en las almohadas, agotado por la vehemente discusión. Se sentía demasiado débil para explicar todo lo que pesaba sobre sus hombros. Su respiración era un silbido doloroso, su voz una herida.

–Promete, Príncipe Legolas.

El elfo rubio miró contempló el cuerpo del otrora arrogante lugarteniente de Gid–Galad, ahora delgado y tembloroso. Desde hacía tres días, la enfermedad ganaba fuerza con progresión geométrica. ¿Querría él vivir de esa manera? Terminar con el suplicio podía ser misericordioso, pero...

–Solo deseo un final digno. –la voz del gran señor era una súplica agonizante.
Legolas tomó las manos de su suegro y las llevó a la altura del pecho.
–Prometo estar junto a los descendientes de Elros, hijo de Eärendil y Elwing, y protegerlos con mi mejor saber y fuerza. Puede usted descansar, Elrond de Rivendel.

El enfermó sonrió, satisfecho. Luego movió sus ojos hacia los hijos de Maedros, ellos asintieron en silencio y Finwe extrajo de un bolsillo en su cinturón una botellita de cristal de roca. Legolas acomodó a Elrond sobre su pecho, ¡estaba tan delgado!, y tomó en sus manos el recipiente. El señor de Imladris habló de nuevo.

–Debes huir de inmediato. En cuanto se sepa esto, tu padre querrá enviarte a los Puertos Grises, escoltado por Ferebrim. Ve a mi casa, Aragorn te encontrará allí.
–De acuerdo.
–Dile a Arwen que lamento haber estado tan ocupado cuando me preguntaba por Celebrian, era el dolor. A los gemelos, que sí son amados –ante ese comentario, los avari dieron un respingo. A Glorfindel y Erestor, que fueron los mejores amigos del mundo.

El joven elfo asintió entre lágrimas. En sus brazos, Elrond, había recuperado parte de la antigua apostura, por la tranquilidad renovada del espíritu.

–Estoy listo.

Legolas destapó entonces el frasco y dejó caer su contenido en los labios entreabiertos. Fueron apenas unas gotas que el enfermo bebió con fruición. Luego se giró un poco, tal si buscara una postura mejor para dormir, y cerró los ojos.

Despacho del Senescal del Reino, Minas Tirith, Gondor

Faramir releyó por enésima vez la carta de Aragorn, la extraña mezcla de buenas y malas noticias hacía del documento un objeto ardiente entre sus manos, casi deseó destruirla. Por mucho que en las breves líneas se respiraba optimismo, el Senescal no olvidaba la predicción de Arwen. Según la nota, la herida de Elrond no era mortal, implicaría un retrazo de tres semanas, acaso cuatro, pero el señor elfo había muerto.

Arwen Undómiel había ido en su busca cuatro días atrás, envuelta en llanto, para comunicarle la infausta nueva. El estaba en vela, esperando a la luz de la chimenea en su vieja habitación. Faramir vio en los ojos de la elfa el mismo dolor que reflejaban los ojos de su madre cuando la visión la golpeaba, y dudó sobre la misericordia de los Valar. ¿Era mejor ver la muerte de los seres queridos con nitidez espantosa, o pasar la noche sintiendo en los huesos que la desgracia venía en camino? No lo sabía, nunca podría saberlo.

Entonces: Aragorn creía que Elrond habría de vivir, pero estaba muerto. Aragorn creía que la tardanza sería de cuatro semanas, ¿qué significaba eso?, ¿cuatro meses? En ocho semanas llegaría el invierno y los caminos desde el norte se tornarían impracticables, nadie más llegaría hasta bien entrada la primavera. Por último, Aragorn informaba que su esposo estaba embarazado –esto era entre líneas, solo Arwen había comprendido la alusión–, una bomba que bien desencadenaría otra Guerra de Sucesión, si no jugaban bien sus cartas.

Suspiró. Para colmo, Eowyn había cocinado un horrible pastel esponjoso que más parecía piel de orco recién nacido –si es que tales seres tenían infancia. Los retortijones de estómago apenas le permitieron recibir a los escolta del Rey y tomar la carta. Su discusión con la hija de Elrond a propósito de la epístola, había transcurrido entre carreras al escusado, y repetidas disculpas por su poco decoroso estómago. Ella asentía, ajena y meditabunda, un poco curiosa por el asunto de la indigestión, la piel de orco y el decoro de los escusados.

Sintió una sed intensa y tomó una copa dejada en la mesa de servicio. Con la penumbra de las velas, no estaba seguro de su contenido, pero debía ser el te frío que enviara la mucama al saber de su quebranto. Apuró un trago. ¡Era vino! La reacción no se hizo esperar. Con manos temblorosas, trató de poner la carta en el archivo, lo logró, pero las fuerzas no le alcanzaron para sacar la llave de su cinturón y sellar el anaquel. Sus piernas flaquearían en cualquier instante, tenía que ir AHORA y regresar luego a cerrar correctamente el casillero.

Corrió hasta la puerta y dobló por el pasillo hacia la derecha.

No se fijó en que su secretario venía por el otro extremo de la galería. El hombre llegó a la puerta del despacho e interrogó a los guardias.

–¿El Senescal se ha marchado definitivamente?
–No dijo nada señor, pero lleva todo el día con cólicos.
–En ese caso le esperaré, debo copiar unos documentos aún. –entró al despacho y volvió a salir casi de inmediato– Si pasa alguien de limpieza, que entre, se ha derramado vino y te en el suelo.

Los soldados asintieron.

Dentro de la oficina, el secretario se acercó al archivo privado del Senescal y tiró suavemente de la puerta. Tal y como esperaba, no tenía cerrojo. Y allí, puesta a toda prisa, estaba la carta privada de su Majestad al Senescal. Sonrió y extendió la mano.

TBC...

SECRETOS DE FAMILIA 17

Nos alineamos, probamos fuerzas…

Mas los bambúes de mi seto han echado nuevos brotes.
Wang Nanche


Sábado. Isla Man

La luz de la luna daba a las paredes y el suelo de la capilla una apariencia pura, pensó Blaise, pura y atemporal. ¿Había pensado Adriano en ello al pedirla a sus arquitectos? Tal vez… En todo caso los diseñadores romanos habían captado mucho del deseo de insinuar con sus regalos que alentaba al emperador en este presente a los magos británicos. Un centro ceremonial para británicos en la Isla Man ¡realmente gracioso! Pero la ofensa no fue tomada como tal, ellos simplemente le profetizaron la verdad y esculpieron el rostro de Antinoo en una de sus paredes el mismo día que naciera el infeliz bitinio. La Capilla del Amante de Sangre, le llamaron desde entonces, aunque su nombre oficial era Casa del Tynwald o Consejo Superior de Bretaña, Escocia e Irlanda, hasta que el sitio pasara de moda en el siglo XII y fuera abandonado.

Por supuesto, el que ella los citara aquí solo hablaba de su mal gusto, de su falta de sentido histórico. ¿Era necesaria otra prueba de que este movimiento estaba dedicado al fracaso? Bueno, el sitio y la falta de asientos, menos mal que los bastones eran considerados de buen tono. ¿Debía agradecerlo a la memoria de Lucius?

–Blaise, ¡querido!

La voz le sacó de sus meditaciones. El mago detuvo su lento andar y ensayó una leve reverencia. Miriam Edgcombe sonrió y ajustó su paso al lento de él para poder secretearle, como si estuvieran en la antesala de la ópera.

–Que bueno que llega, ese viejo verde de Cauldwell lleva diez minutos –y bufó, exasperada, como si se tratara de la décima parte de su vida– ponderando mi hechizo de confusión.
Blaise rió bajo y palmeó la mano de la chica, que se apoyaba en el puño de su bastón.
–No puede resistirse a tus encantos.
Ella sacudió su rizada cabellera caoba y se mordió el labio.
–Es un viejo verde –repitió, pero ahora con dureza. –Sigo sin entender por qué tío me trae a estas desagradables reuniones.
–¿Para que conozcas personas respetables y emprendedoras? –propuso él con fingida inocencia.
Miriam gruñó por lo bajo, un sonido muy poco sofisticado que seguramente Cauldwell desaprobaría. Luego se acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja y volvió a hablar.
–Después de todo no es tan malo, puedo hablar con usted de cosas interesantes, y ver algo más que los jardines de la mansión, los talleres del tío y la sonrisa idiota de mi prometido… Vamos señor Zabini, usted no tiene que fingirse escandalizado, sabe bien que es un idiota y que por eso no pudo entrar en la Escuela de Contabilidad y Comercio. Admito que el ministerio está lleno de enemigos de las buenas y viejas familias, pero el Cararrajada, el Traidor y la Sangre Sucia tienen mejores cosas que hacer que acosar recién graduados ¿no cree?
–Creo que necesitas una amiga de tu edad.
Miriam alzó las cejas, como si la sola idea le pareciera estrafalaria.

–Nimerya Baddock estuvo en casa a tomar el te, su noticia del día era que podía obligar a un gatito a destriparse a si mismo con una combinación de hechizos totalmente legales. Quería pedirme libros, para ajustar el hechizo y aplicarlo en bebés mugles. René Cauldwell, ya sabe usted que es diseñadora de ropa ¿no?, impondrá una nueva moda de sombreros este invierno: forrados con piel de mugle africano. Brillan en la oscuridad y su importación es totalmente segura por medio de no se qué artilugios legales. ¿Quiere que siga?

Blaise hizo un gesto de negación y estudió con cuidado el corro de donde escapara su interlocutora. Las chicas mencionadas y otros jóvenes estaban allí, charlando y riendo sus proyectos de bebés muertos y personas convertidas en sombreros. ¿Qué cosas le enseñaban las "buenas y viejas familias" a sus hijas? Deseaba tanto regresar donde Charlie…

–Por eso me gusta usted, señor Zabini, usted cree que las mujeres podemos ir a Hogwarts ¿verdad? Incluso –Miriam se detuvo un momento y miró a los lados, como si temiera lo que iba a decir–, incluso podemos amar a quien se nos antoje.
–Siempre que no me cites como autoridad al respecto… –repuso él tratando de dar un tono frívolo a la respuesta.
Ella asintió despacio.
–Gracias –le dijo muy seria.

Algo se agitó en el corazón de Blaise. ¿Sería…?

Tras la muerte en combate de su segunda madre, la custodia del la única hija de Cho Chang y Marieta Edgcombe pasó a Martin Edgcombe, sin que nadie cuestionara el asunto. Años más tarde, el tío había regado el rumor de que, en realidad, Miriam no era enteramente normal. Era difícil tener criterios propios en el tema, pues la chica había recibido clases en casa, como casi todas las jovencitas de las antiguas familias que sobrevivieran a la Segunda Guerra. Pero ahora, con esa manera de convertir una conversación frívola en algo muy serio, a la vez que dejaba caer información de primera mano, Blaise creyó reconocer a la antigua auror. ¿Sería una trampa?

–¡Miriam! –Pierre Burgoa se acercó a ellos, entrecerró sus ojitos pequeños y negros, de cerdo, y al reconocer a Blaise inclinó su cabeza cuadrada y peluda en señal de respeto. –Señor Zabini, siempre es un gusto verlo.
–Lo mismo digo –pero no extendió la mano para dejar que el otro la estrechara, en cambio volvió a mirar a Miriam, que no había dado un paso para acercarse a él. –Su prometida y yo charlábamos un poco idos del mundo.
–No es extraño, ella siempre habla de usted. Me ha convencido de contratarle para construir nuestra casa.
Miriam bajó los ojos, como si hablar de la boda le avergonzara.
–Ya ve para qué sirve ser amable con las damas, joven –repuso Zabini con voz átona.

Burgoa tuvo el suficiente sentido común de no responder al velado reproche. Frunció la frente, tratando de inventarse un tema de conversación, pero los suaves tañidos de la campana central les indicaron que le reunión comenzaba.

Domingo. Hogwarts

Alex dio vuelta y se arrebujó en la sábana, el olor a manzanilla y limpieza le parecía excesivo, pero agradable. Un momento ¿manzanilla? El chico se sentó de golpe en la cama y miró con ojos bien abiertos a su alrededor.

–Buenos días.
John estaba en la cama de la derecha, con un montón de almohadas en la espalda, un libro entre las piernas y una fuente de galletas de chocolate en la mesa de noche. Le sonreía.
–Bue… buenos días. ¿Qué haces aquí?
John arrugó la nariz, alzó el brazo izquierdo y se levantó la manga del pijama, había un vendaje fresco en su antebrazo.
–¿Recuerdas que el ciervo saltó y yo quise impresionar? –Alex asintió con suavidad. –Eso es lo que ganas por no seguir las reglas del equipo.
–Oh –fue todo lo que pudo decir el rubio. –¿Y los otros?
John se encogió de hombros.
–Por ahí, supongo. Dijeron que vendrían a verte después de almuerzo.

Alex lo miró sin comprender. ¿No debían odiarlo? Estuvo a punto de preguntar, pero el sonido de pasos en su dirección le hizo girar el rostro. La enfermera Higgs y el doctor Clagg se acercaban.

–Al fin despierta, señor Smith –comentó Clagg.

Alex le dedicó una sonrisa insegura. Clagg se sentó en el borde de la cama y empezó a auscultarlo e interrogarlo de manera metódica, tal como hiciera la tarde anterior, antes de la luna. A medida que el examen avanzaba Alex descubrió, asombrado, que esta era, por mucho, la mejor transformación de su vida. No tenía hambre, ni heridas en los brazos y la cara. Solo agotamiento general, y un poco de dolor en el estómago. Ante esa información, el medimago arrugó la frente y llamó a la enfermera con una seña.

–Cortinas, por favor.

Alex giró para mirar a John, pero esté solo sonrió de forma alentadora. Cuando la Higgs hubo desplegado las cortinas blancas, Clagg apartó las cobijas.

–Alex, por favor, súbete la camisa.
El niño obedeció, y el hombre tocó toda su barriga, haciendo presión en un lado y otro de sus intestinos.
–No parece indigestión –comentó. –Aunque ese ciervo debía ser duro.
Levantó los ojos a la enfermera.
–Señora Higgs.

La mujer asintió y, con mucha suavidad, bajó sus pantalones, dejando visible la ingle y el nacimiento de los muslos. Alex cerró los ojos, avergonzado, el tacto tibio de las manos del facultativo le asustó. Hizo un amago de encoger las piernas, pero la enfermera la retuvo las rodillas. Alex jadeó, aquello estaba… mal. No se trataba de que Clagg lo tocara de modo impropio sino de que… No lo sabía, no tenía palabras, pero la queja estaba ahí, en el fondo de su cráneo.

–Imago testis –susurró Clagg y una sensación helada se extendió por su piel. –Interesante, muy interesante. Conservare pergaminum. Finite encantarem.

Las ropas volvieron a su lugar, las cobijas lo envolvieron y el biombo fue retirado. Solo entonces Alex se permitió abrir los ojos y se encontró la cara concentrada del médico fija en él.

–Todo está muy bien, pequeño. Mejor de lo que se podría esperar. Ahora, quiero que me prometas que comerás mucho, saldrás al aire libre y dejarás de contener tus sentidos.
Alex asintió, inseguro de lo que significaba eso último.
–Estoy seguro de que el señor Lupin te dará una mano con todo eso –continuó Clagg. –Te veré en ocho semanas, ¿de acuerdo?
–De acuerdo, doctor Clagg –dijo Alex bajito.

Lunes. Londres

Draco se miró con cuidado en el espejo y ajustó con cuidado el nudo de su corbata azul medianoche.
–Eres bello.
Sonriente, el rubio se volvió hacia la cama. Harry ya estaba perfectamente vestido con su túnica negra de diario y guardaba su varita en el bolsillo interior de su chaqueta.
–¿Nos vamos?

El asintió y ambos bajaron con cuidado las escaleras de la antigua y noble casa de los Black. Delante de la puerta les esperaba una limosina con la puerta abierta.

–¿Almorzamos hoy? –preguntó Harry cuando el auto ya casi llegaba al hotel donde Catherine se hospedaba.
–No podré librarme de mis ejecutivos. ¿Te molestaría mucho si…?
–¿Qué es lo que se supone que soy? –preguntó el moreno de inmediato.
No le molestaba fingirse mugle con tal de estar cerca de Draco, pero casi siempre olvidaba su cobertura.
–Eres agente especial, del MI6 –Harry asintió, ese era un papel que le permitía actitudes "paranoicas", y ahorraba preguntas. –Asignado a la oficina de coordinación de acciones en Europa.
–Vale…

La limo se detuvo, por la ventana se reconocía la forma ovoide y brillante del On Line Palace, pero el cuerpo de Harry se tensó y sus dedos fueron enseguida al bolsillo de la chaqueta. La puerta se abrió y Catherine entró despacio –había aprendido con dolor que al jefe y su esposo no le gustaban las entradas bruscas–, cargada de documentos, PC portátil, teléfono celular, agenda, y neceser.

–Buenos días, señor Malfoy.
–Catherine –respondió el rubio con un movimiento de cabeza.
–Buenos días, señor Potter.
–Buenos días –dijo el otro mientras la examinaba con cuidado.

El auto en que viajaban resudaba hechizos de protección, pero Harry nunca estaba seguro de las personas hasta mirarles a los ojos. Catherine lo sabía –la parte de que gustaba de mirar a los ojos a los empleados–, así que siguió con su rutina mañanera y tendió a Draco un grueso legajo.

–Los faxes de la mañana, el orden del día, los titulares de prensa que mencionan a Malfoy Corporation o a su familia, el cierre de las bolsas, los estimados de movimientos de bolsa para hoy, las fichas de los que asistirán a la reunión y el nuevo borrador del comunicado de prensa para el final de las reuniones –enumeró rápidamente.
En lo que el jefe revisaba el material, ella se acomodó la saya, sacó su agenda y la pluma digital.
–¿Ya decidió con quién va almorzar?

Draco no contestó, sino que arrugó la nariz en la página siete. Catherine repasó mentalmente la compilación. Eso era el resumen de prensa, no lo recolectaba ella, sino la oficina de relaciones públicas, pero siempre echaba una ojeada. No recordaba nada extraordinario, pero, a juzgar por el rostro del señor Malfoy, se había equivocado.

El rubio pasó la carpeta a su pareja.

–¡Mierda! –soltó Harry. Luego sacó su teléfono y marcó un número de memoria. –¿Mione?... ¿Es portada?... No, estoy en el auto con Draco, vimos una nota en el Daily Telegraph… ¡Los voy a…! Ya se, ya se… Si, te veo allí –el moreno cerró su teléfono y miró a su esposo. –Voy a encargarme personalmente –tomó sus manos y las frotó.

Draco temblaba, y sus ojos estaban anegados de lágrimas que, se notaba, le costaba contener.

El auto se detuvo delante del edificio central de Malfoy Corporation. A través de los cristales, Catherine vio acercarse a los guardias, rodear la limosina y asegurar el perímetro hasta el elevador privado. Cuando el jefe de seguridad se inclinaba para abrir la puerta, el rubio logró poner bajo control sus sentimientos. Tuvo que suspirar profundamente antes de recuperar su habitual expresión fría, pero los de seguridad no notaron nada extraño en el siempre distante y exigente señor Malfoy.

Harry devolvió la carpeta a Catherine, ella siguió a su jefe sin comentar el incidente. Pero en cuanto se quedó sola buscó el artículo para tratar de entender. Era una nota pequeña, sobre una cierva blanca y tres cervatos, hallados muertos en el norte de Yorkshire, cerca del pueblo de Bedale. Las autoridades sanitarias estaban inquietas ante la posibilidad de que alguna fuente de contaminación o enfermedad que amenazara la fauna de la región. ¿Y dónde estaba el nombre del jefe? Casi al final. Mencionaban el hecho de que Malfoy Corporation era dueña de un importante sector del bosque, donde se realizaban experimentos sobre reciclaje de materias orgánicas.

El pomo de la puerta del baño giró y ella se apresuró a tomar los documentos de la reunión que tenían por delante. Malfoy se le acercó despacio y casi le arrebató los papeles antes de seguir en busca de la puerta. Catherine lo siguió galería abajo, al salón donde los otros actores del imperio esperaban.

–Almorzaré solo –susurró Malfoy antes de entrar al salón.

Lunes. Belfast

La casa pedía a gritos una nueva capa de pintura, y el césped del frente una poda. Además de que sus hechizos de protección estaban desagradablemente flojos. Por un instante, Harry ponderó la posibilidad de no entrar, pero desechó la idea de inmediato: le necesitaba, así de fácil. Avanzó, seguido por Hermione y Tony Rivers, su guardaespaldas personal.

Dentro, todo lucía muy maltratado. Humedad, polvo acumulado, whisky barato, y vómitos mal limpiados eran los olores predominantes. Sin detenerse en la decoración de la sala –o ausencia de la misma–, subieron las escaleras. El piso superior era una larga galería con más de veinte puertas de diferente color.

Harry chasqueó los labios. –Odio cuando hace eso…
–No podemos deshacer la ilusión desde aquí –informó Hermione tras agitar su varita un par de veces. –Tendremos que jugar.
–Vete tú a saber… –refunfuñó Rivers.
Portter le miro divertido.
–¿Conoces el juego?
–Lo usó una vez, en los entrenamientos –asintió el auror. –Tardamos cuatro horas en asegurar diez metros cuadrados –miró con desconfianza el piso y las paredes, luego hizo un gesto a su jefe para que se moviera un poco a la derecha y desactivó un pequeño clavo con un hechizo quemante. –Debí imaginarlo.
–¿Qué cosa? –preguntó la castaña en lo que se acercaba a la primera puerta.
–Que las débiles barreras exteriores eran una trampa –explicó Rivers.

Ella no habló más, concentrada en detectar el sucio hechizo que contenía el picaporte. Rivers estaba entre su jefe y la bruja, listo para cubrir la retirada del ministro de magia. Harry se dedicó a observar cuidadosamente su entorno, buscando pequeños objetos como el clavo que Tony desactivara antes, hechizados para desviar la atención más que para dañar.

Había sido uno de los peores lunes de su vida, ni los lunes de pociones dobles con los Slytherings en tercer año, ni la gimnasia cruciatas de Bellatrix para divertimento de su señor, nada se comparaba al miedo que reflejaran los ojos de su esposo al leer del sacrificio de la cierva casi en la puerta de Severus. Potter se alegró una vez más de o tener suscripción doméstica de prensa mágica.

En el ministerio, el zafarrancho había comenzado en la madrugada, cuando las alarmas del departamento de modificadores de memoria movilizaron a la guardia hacia Bedale. Antes de que el equipo reportara de vuelta, los de protección de animales mágicos vieron alterarse sus sistemas, señalando también a Bedale. Cuando el desgarrado aullido de la alarma de rituales oscuros de sangre terminó con la poca paz que quedaba a los aurores, nadie tuvo que mirar el mapa para saber que se trataba de Bedale. Entonces Gordon, el jefe de guardia, decidió lavarse las manos: llamó a Lisa Turpin, la flamante Jefa de Aurores de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y –por si acaso– a Hermione Granger–Weasley, vice ministra de Justicia, Asesora del Departamento de Misterios y mano derecha de Harry Potter.

A Mione debía agradecer que nadie osara llamarle en medio a la noche, pero no se pudo evitar que los periodistas supieran. Al llegar a su oficina, Harry halló un montón de tabloides, incluso varias ediciones especiales, con titulares que competían en puntaje y ridiculez: "Amenazan al Ministro de Magia con Ritual Prohibido", anunciaba El Profeta; "Sacrificio Sangriento Junto a la Tumba de Remus Lupin", decía El Quisquilloso; "El Clan Potter objeto de Amenazas Oscuras", era la portada de Pluma de Aguila; "Los Cinco Magos más Bellos Víctimas de Ritual Sangriento", anunciaba el apresurado especial de Corazón de Bruja; "Oscura Ceremonia contra Familia del Ministro", resumía Correo Mágico .

Sin tiempo para comunicarse con Severus o sus hijos, Harry se apareció en el interior de Snape Manor, para levantar las barreras de acceso al bosque y permitir al equipo de aurores investigar toda el área. Luego se incorporó al levantamiento de evidencias, respondió preguntas indiscretas de los miembros del CSI –¡maldito nombre!– mágico, firmo permisos para abrir archivos secretos, evadió periodistas, calmó a su secretaria, habló por teléfono con Draco y vía flu con Tomas, volvió a evadir periodistas –sin mucha suerte esta vez. Y se preparó mentalmente para el flujo de prensa extranjera que llegaría al medio día.

"Gran Bretaña vive repunte de Actividad Oscura", era el discreto comentario en la página 6 del Blody News, en Transilvania, pero el resto del mundo parecía tener corresponsales mortifagos: "Ritual de Sangre contra Ministro Mestizo", anunciaba Comercio Mágico (Nueva York); "Las Gárgolas no Defienden al Ministro Británico", era el imaginativo titular de Anuncios de Los Ángeles; "Sus siervos no están Muertos", advertía Mirada Eterna (El Cairo); "Ya Saben Quién lo Intenta de Nuevo", era el cauto comentario de Visiones (Bulgaria); "Los Rituales de Nuevo a Debate", reflexionaba la izquierdista Unión (Bélgica); "¿Quién es el objetivo: el Ministro, el Millonario o los Licántropos?", preguntaba La voz del Apu (Perú); "Violan la Tumba de Remus Lupin", denunciaba El Aullido (del Consejo Superior Licano); "Los Aurores Ingleses no Defienden ni al Ministro", se burlaba Todos los Ojos (India) y, ¡ese era el mejor! "Potter recibe Amenazas de un Mago ¿Muerto?" relataba Noticias de Gévaudan (Francia).

Todos esos recuerdos se agolparon en Harry mientras veía a su amiga Hermione deshacer el hechizo de la puerta. ¿Por qué, dulce Merlín, tenía que perder el tiempo con los acertijos de esa mente alcoholizada? Le necesitaba. ¡Necesitaba a todos los sobrevivientes de la Orden! Pero no iba a seguirle el juego, decidió.

Se acercó a la puerta y apartó a Hermione con firmeza.
–Harry no he… –ella se calló en cuanto le vio los ojos: conocía esa mirada.

El observó la puerta por un momento y respiró hondo. Mione retrocedió hasta quedar junto a Rivers e invocó un escudo. Harry levantó las dos manos a la altura de su pecho, unió las palmas, expiró y empezó a separarlas muy suavemente. Tony se tragó una maldición y se dijo que tenía el pago del mes en esta visión de magia pura, controlada, vital. El núcleo mágico flotaba entre las manos del Ministro como una pequeña esfera brillante, de color verde claro. Potter la apartó unos diez centímetros de sí, miró la puerta y dijo:

–Evanesco.

Fue como derramar agua caliente si un telón hecho a tempera. Las paredes, puertas y alfombras se regaron manchas de color y textura diversa, giraron alrededor de los tres y, finalmente, desaparecieron. Solo quedaron una galería con papel sucio, una alfombra roja llena de barro, una habitación cuya puerta colgaba de un solo gozne y, al fondo, un sofá donde, rodeado de la mayor colección conocida de botellas de licor, estaba sentado un ser de cabello rojo, con un ojo azul y otro marrón, nariz ganchuda y larga barba blanca.

–¿Estas de mal humor, chico?
El Ministro de Magia se adelantó sin ocultar el asco que la imagen de la estancia le causaba.
–Eres el menor de mis problemas, Tonks.

TBC…

14 de mayo de 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 27

NO MIRES ATRAS, POR FAVOR

Los pasos resonaron en la alta estancia de piedra y madera, hombre y elfo avanzaban seguros hacia el negro trono donde Thranduil les esperaba, su rostro impasible, el corazón desecho por la rabia.

Habían pasado tres horas desde que terminara el duelo por la mano de Legolas. Ferebrim había "aparecido" en su habitación con moretones uniformemente repartidos y muy pocas ganas de hablar. El Rey mandó llamar en repetidas ocasiones a sus hijos, pero ni Halladad ni Legolas acudieron al llamado. Sin previo aviso, diez minutos antes, el heredero y su esposa fueron a ocupar sus sitios en el salón del trono con sus trajes ceremoniales sin dirigirle la palabra. Ahora el Rey de Gondor llegaba, cubierto con un traje cargado de símbolos sobre su antigua y poderosa prosapia y tras él, como obediente falderito, iba el esposo, que no se dignó a levantar los ojos hacia el trono donde su padre le contemplaba, asombrado.

¿Es que deseaban burlarse todos de él? ¿Cómo fingir que nada ocurría cuando su pequeño Hoja Verde andaba dos pasos detrás de un mugroso mortal sin levantar la mirada del suelo? ¿Dónde era cosa de todos los días que un Señor de los Elfos fuera atacado por otro inmortal usando magia de Saurón? ¿Dónde que un hijo llegara a la misma habitación que su padre sin dirigirle una mirada de afecto?

Deseó lanzar a un lado las ricas telas que lo adornaban, y mostrar a sus vástagos el corazón sangrante en su lucha por recuperar al mejor arquero de la Tierra Media para los suyos. Tanto lo deseó que empezó a meditar las palabras que usaría para declarar su amor y su tristeza, pero la voz de Aragorn le interrumpió.

–Un saludo al Rey de los Elfos Grises –dijo en el más cuidadoso telerín mientras se inclinaba levemente.
Tras él, en gesto de manifiesta sujeción, Legolas hizo una profunda reverencia.
–Un saludo al Rey de los Hombres del Oeste –contestó con voz fría Thranduil, sus dedos se clavaron la negra piedra del trono para no saltar sobre su hijo y abofetearle.

Hizo un gesto para que acercaran asientos a los visitantes –¡ahora su hijo era un visitante!– y esperó a que se acomodaran. Como exige la etiqueta de un consorte ganado en batalla, Legolas declinó el escabel, esperó a que Aragorn tomara asiento y fue a posarse en el suelo a su izquierda, puso las famosas dagas gemelas sobre el regazo y reclinó la cabeza en las rodillas del hombre.

Hubo cierta conmoción entre los guardias. Cada gesto del Príncipe confirmaba el carácter de las ataduras a las cuales su padre la había condenado: ahora Legolas era una propiedad. Las manos del ex–montaraz se posaron en la cabeza apoyada sobre sus muslos, enredó sus dedos en el rubio y sedoso cabello y él volvió a dirigirse al Rey Elfo con rostro impasible, como si el soberbio guerrero a sus pies fuera un adorno.

Thranduil buscó sosiego en los ojos de su heredero, pero fue inútil. Desde su puesto, Halladad acariciaba la mano de su esposa y le miraba acusador. Los grises orbes parecían decir "Era esto lo que deseabas ¿no?". Se sintió tremendamente solo.

–Lamento haber tardado en reunirme con su Majestad para celebrar la unión de nuestras familias, pero la repentina indisposición de mi padre nos retrazó.
–No hay nada que celebrar, Rey del Oeste. La herida de Lord Elrond pone sombras en esta jornada. ¿Cómo se encuentra mi viejo compañero de armas?
– Se mantiene lúcido y medita ya sobre el regreso a Rivendel y el muy retrazado matrimonio de mis hermanos gemelos. Duerme ahora, el veneno corre más lentamente por las venas de un elfo dormido.
–Me alegra que su alma se mantenga inmune.
–Se mantiene a salvo, en efecto, pero es imperativo curarle. Los hijos de Maedros, sanadores expertos en las heridas de la Sombra, creen que su arte no detendrá por mucho tiempo la magia de Enemigo.
–¡Cuánta contrariedad! Por favor, si hay en mi mano, mi mente o mi reino, algún recurso para conjurar su dolor, no demores en revelarlo.
–Creo, honorable Rey de los Elfos, que con alguno de tus profundos y extensos conocimientos sobre los olvar de Arda, dejarás zanjado tu deber de anfitrión.
–Los deberes de un anfitrión son interminables, Elessar, pero, por favor, dime qué deseas saber.
–Deseo saber si queda algún árbol sagrado de oiolairë en la Tierra Media.

El elfo casi deseó saltar de alegría. Después de todo, su plan se completaba satisfactoriamente. Se prometió a sí mismo regalarle un buen collar de esmeraldas a Ferebrim. Pero nada de tales emociones y proyectos se reveló en su voz.

–De todo lo que los Valar crearon, nada admiro más que los árboles y las flores. A pesar de los peligros de esta Tercera Edad, marcada por la desgraciada Batalla de los Campos Gladios, he mantenido correspondencia sistemática con diversos amantes de los olvar, quienes viajaban miles de millas por un fruto o semilla de algún arbusto o la raíz de un antiguo árbol. Les envidio profundamente, pues la carga de un reino impide, a un soberano responsable, apartarse de él por cuestiones de placer. Precisamente, en una carta del Istari Radagast, hermano de tu poderoso amigo Gandalf, este me comentaba que había hallado un retoño desconocido en su jardín. Tras confrontar sus características con las descripciones de un antiguo volumen rescatado del desastre de Oesternesse me informó, lleno de satisfacción, que se trataba de un ejemplar de oiolairë.
–Es hermoso comprobar cómo las artes contemplativas pueden adquirir repentina importancia. –respondió el hombre sin que un solo músculo de su rostro revelara conmoción por las solapadas ofensas del elfo– Sin duda, los cronistas del futuro hallarán asombroso el hecho de que tres mil años fuera el margen para enderezar los errores cometidos en el Monte del Destino y los Campos Gladios o que un dunedain ganara por consorte a un Príncipe elfo en un combate a primera sangre. Son extraños en verdad los designios de los Valar, sabio Rey.
–En efecto. Entonces, ¿partirás al encuentro del Mago Pardo para obtener el fragmento de oiolairë?
–Lo haré, si, en cuanto despeje una segunda duda que corroe mi alma. ¿Dónde está Ferebrim?
–¿Mi primo y huésped, Ferebrim? –inquirió el elfo.
–Ferebrim de los Puertos Grises, el eldar a quien vencí. –aclaró el firimar.
–Cuando acabó el combate y comprendió que había herido accidentalmente a Lord Elrond, corrió hasta perderse en las más solitarias galerías de la Fortaleza. Allí torturó su bella carne, presa del pánico por las posibles consecuencias de su descuido. Ahora descansa, al cuidado de sus primos.

El hombre asintió despacio, dejó que los rumores se apoderasen de la estancia y no despegó los labios hasta que el silencio regresó por si mismo.

–El Príncipe Legolas hizo una promesa a Ferebrim hace unos días, durante una partida de caza –ante la mención de su nombre, el esposo levantó la cabeza y fijó sus ojos en el rostro del hombre–, como ganador de su mano, tengo derecho a relevarle de esta obligación. –por primera vez miró directamente a quien yacía a sus pies– Esposo mío, ¿puedes repetir tu promesa ante nuestro anfitrión?
La voz del elfo rubio se alzó fría y serena.
–Soy el Príncipe Consorte de Gondor y Arnor, Ferebrim de los Puertos Grises. Tú atentaste contra la vida del Rey, mi esposo ante las leyes de los hombres y los eldar. Haremos un juramento: dirás solo lo que ya admitiste acerca de esta partida de caza, y renunciaré a mi derecho a matarte, u ordenar a mis súbditos que lo hagan.

La tensión era palpable en el alto salón de recepciones, entre los dignatarios y guardias presentes pugnaba el dolor ante la predecible pérdida del gran Elrond, la sorpresa ante la revelación de Legolas y sus implicaciones –¡¿Había sido Ferebrim tan tonto como para intentar matar al Rey de los Hombres dentro de Mirkwood?!– Y, por último, la vergüenza por ver al Príncipe tan sumiso.

¡Era increíble! Aunque sus labios pronunciaron palabras de muerte, nada perturbó los ojos azules del pequeño elfo, como si hablara de un hecho lejano en el tiempo, carente de relevancia. Y así debía ser. Un consorte ganado en batalla hacía dejación de sus propiedades y derechos en favor del vencedor, ya nada le pertenecía, ni las armas que portara, ni la heredad de sus padres, ni sus hijos, ni sus emociones. Era un yugo demasiado pesado, en opinión de los eldar modernos, semejante tipo de contrato matrimonial solo podía haber surgido de los malditos noldor, siempre obsesionados con el poder y la posesión. Pero Thranduil había dicho las fatales palabras "deberemos retomar las antiguas tradiciones" sellando un pacto al que Aragorn, ansioso de recordar a todos su linaje élfico, hacía honor con el trato dado a su esposo.
–He decidido que ya no estás atado a ese pacto, Legolas –dijo el hombre mirándole a los ojos, pero de modo audible para todos los presentes–. Te devuelvo el derecho a vengarte de Ferebrim como prefieras, en retribución por el atentado contra mi padre.

El rubio solo asintió, sin romper el contacto con los ojos de su esposo. La mano del dúnedain llevó suavemente su cabeza a reposar sobre el regazo y él permaneció quieto de nuevo. Aragorn se detuvo aún en la contemplación de su cabellera, parecía meditar. Levantó la mirada al fin y se dirigió al Heredero.

–Príncipe Halladad, deseo pediros una gracia.

El hermano de Legolas se levantó en señal de respeto –después de todo quien le hablaba era un Rey–, mientras Maërys permanecía sentada. Para nadie pasó desapercibido el contraste entre ambas parejas: Elessar I y Legolas, un dúnedain que tenía a sus pies a uno de los más bellos y nobles elfos de Arda; Halladad y Maërys, un Príncipe que había elevado a la simple hija de un guardia a futura Reina de Eryn Lasgalen.

–Haré cuanto esté en mi mano para compensar el dolor que vos, y vuestra familia, puedan haber sufrido dentro de las fronteras de mi reino.
–Viejo amigo, nada me debes, pues todo el dolor posible ha sido reparado con la belleza que yace ante mí. –Tranduil deseó atravesar al hombre con alguna de las lanzas que le rodeaban, ¡su hijo no era un objeto!– Sin embargo, debo seguir los consejos del sabio Rey de los Elfos Grises y partir en busca de Radagast. Mi esposo permanecerá en las habitaciones que ocupara en su infancia, hará visitas de una hora a su nuevo padre y evitará agotarse. ¿Tú cuidarás de él?
Halladad asintió.
–Será un placer, para mi esposa y para mí, proteger al Príncipe Consorte de Gondor y Arnor hasta tu regreso. –repitió luego a fórmula tradicional con que los amigos de un esposo se comprometían a proteger al consorte ganado en batalla, ya que su mismo estatus legal les impedía sobrevivir por su cuenta– Nos aseguraremos de que tus órdenes sean cumplidas, su salud de preserve y su cuerpo te ansíe.

Ese pacto era también una orden directa para Legolas: no podría abandonar la Fortaleza del Bosque hasta el regreso de su esposo, a menos que le llegaran órdenes expresas o Halladad mismo debiera partir. De quebrantar tales líneas de conducta, quedaba convertido en un prófugo automáticamente, todos los reinos élficos le negarían ayuda y sus enemigos no deberían temer a la venganza.

–Me retiro –declaró Aragorn satisfecho–, debo partir antes de que el sol nos abandone y ganar toda la distancia posible hasta el retiro del Mago Pardo.

Cuando los esposos dejaron la estancia, Thranduil soltó un largo suspiro dolorido y cerró los ojos. Jamás esperó recibir semejante humillación en su propio palacio.

Siempre seguido por su elfo, Aragorn pasó por su recámara para mudar sus lujosas túnicas por las oscuras ropas de montaraz, fue a despedirse de su padre y bajó presto a las caballerizas. Ya su escolta le esperaba montada. Los contempló evaluativo, eran hombres de probada dureza, pero crecidos en Minas Tirith, sin idea de lo diverso que puede ser el poder de las entidades que comparten Arda junto a los mortales. Renunció de antemano a explicarles el tipo de vínculo que lo unía con el rubio elfo que le seguía los pasos como una sombra cálida. Les habló en términos que sabía podrían comprender.

–Partirán de regreso a Minas Tirith, sin escalas. –tendió un sobre lacrado al jefe de la partida– Entregarás esta nota a Faramir hijo de Denethor, en su mano o a la dama Arwen Undómiel. ¿Está claro? Ni una palabra de lo que aquí ocurrió saldrá de sus bocas hasta que el Rey regrese.

Los soldados se inclinaron profundamente y partieron en ordenada formación por la puerta de las caballerizas. Una vez fuera del edificio, tomaron un trote medio que los hizo desaparecer entre la penumbra del bosque en pocos minutos. El hombre regresó sin decir palabra a las galerías en penumbras, su paso raudo lo condujo hasta la puerta de los departamentos de Legolas. En el interior, varias elfas aseaban la estancia y retiraban algunos objetos y vestidos que la tradición negaba a su nueva categoría. Al ver al Rey en la puerta, las criadas se quedaron estáticas, inseguras entre el leve desprecio que les inculcaran por los mortales y la obediencia debida al esposo de su Príncipe.

–Fuera –dijo el hombre muy bajo, con un acento cruel que las obligó a marchar y temer por el destino del pobrecito Hoja Verde.

Una vez solos, ambos se relajaron ostensiblemente. El elfo corrió a refugiarse entre los brazos de su esposo y le buscó con labios cálidos. Aragorn lo estrechó contra su cuerpo, las manos vagaron ansiosas por su espalda y cintura.

–Está hecho. –musitó junto a la oreja puntiaguda y su pareja tembló al contacto de sus labios en sitio tan sensible.
–Si. Solo espero que Radagast no te demore mucho. No se cuánto tiempo podamos mantener la comedia.
–Nadie tiene que saber si te mantienes encerrado y sales tan solo hasta la recámara de mi padre. Tu cambio de dieta lo atribuirán a la contrariedad de verte casado y abandonado, todo en un día.
–Auril y yo te extrañaremos sobremanera.
–Y yo a ustedes.
Se restregó contra rubio maldiciendo las telas que le impedían contemplar a su gusto esa piel que adoraba.
–Legolas... –articuló con voz ronca.
El elfo comprendió la demanda contenida y se dejó llevar hasta la habitación siguiente. No pudo evitar cierto sonrojo al imaginarse siendo amado en la misma estancia donde jugara a los soldaditos o dibujara barcos de camino a Valinor. Sus ojos se detuvieron asombrados en el lecho, donde las níveas sábanas de su infancia habían sido ya cambiadas por otras de color azul.

–¿Qué te ocurre? –preguntó el esposo al notar su mirada lejana.
–Cambiaron las sábanas –señaló.

El hombre asintió, comprendía. El azul era el color tradicional para los lechos nupciales de elfos ganados en batalla, pero el que las mucamas ya se hubieran ocupado del detalle, expresaba la opinión que tenían sobre las demandas físicas del vencedor. No que fuera de asombrarse: la comedia que habían actuado ante la corte les haría pensar de ese modo, pero –y ahí Aragorn comprendió a cabalidad el dolor de Legolas– ¿por qué tenían listas sábanas azules en una corte tradicionalmente opuesta a ese tipo de enlace? Era evidente que Thranduil las había encargado con antelación para su hijo. Para sellar la entrega de Legolas a Ferebrim.

–Lo iba a hacer de todos modos –musitó dolorido el rubio–. Yo nunca fui nada más que la "joya mayor de la corona".
Aragorn lo abrazó con ternura, le obligó a girar suavemente el rostro, fijó su mirada gris en el azul húmedo de su esposo.
–No importa mi amor, somos nosotros los que estamos aquí.

El otro admitió el hecho en silencio y dedicó sus esfuerzos a desatar las ropas. El hombre sintió su deseo tomar fuerzas, y le imitó. Cuando las túnicas y camisas cayeron, emitió un rugido leve, alzó al elfo de un gesto y lo lanzó sobre las azules cubiertas. Legolas se levantó sobre sus codos y le observó expectante, sus ojos eran pozos de lujuria infinita. El hombre supo entonces que nunca podría sentir tanta pasión por otro cuerpo, estar tan enamorado dos veces en la vida no podía ser saludable.

Sin meditar más, dejó que sus instintos tomaran el control y besó fieramente al rubio, sus manos buscaban un camino hacia la parte baja de su vientre y lo hicieron rasgando la fina seda de los pantalones. El elfo lanzó un chillido asombrado.

–Si sigues usando ropa tan ajustada te dejaré sin guardarropas –advirtió y se dedicó a acariciar la sensible zona mientras chupaba los rozados pezones.
–¡Eso duele! –se quejó el elfo y apartó el torso violentamente.
Aragorn lo miró sin comprender por un instante y luego sacudió la cabeza, vergonzado de su propia irreflexión.
–Por supuesto, estas en la quinta semana ya, y tu cuerpo cambia.
Notó los pezones oscurecidos y los músculos a su alrededor hinchados. El milagro de la paternidad le permitía ver al cuerpo del guerrero adaptarse a su nuevo rol. Aunque los pechos del Príncipe nunca crecerían como los de una elfa o una mujer mortal, serían capaces de alimentar a la criatura que habían creado juntos. El hombre sintió que la ternura lo embargaba. Todo su violento deseo de poseer fue sustituido por una dolorosa necesidad de fundirse en el otro suavemente, disfrutado cada instante de la entrega.

Legolas se había quedado muy quieto, leyendo en el rostro del esposo sus variantes sentimientos. El deseo no había disminuido en su interior, pero esperaba un nuevo acercamiento. Aragorn adelantó una mano.

–¿Puedo?

Asintió, le dejó acariciar la tensa piel con la punta de los dedos. Una sonrisa satisfecha suavizó sus facciones. El hombre tiró suavemente de sus manos, entonces, para conducirle al centro de la cama y besó con reverencia los oscuros botones de placer. Bajó repartiendo besos hasta el vientre. Aquí los cambios aún no eran perceptibles, pero ambos sabían. El elfo se giró entonces con celeridad y tomó la virilidad de su esposo en los labios. El Rey calló sobre su espalda y soltó una carcajada divertida.
La caricia le hizo llegar casi a la cúspide en poco tiempo.

–Detente, casi no puedo contenerme...

Le apartó gentilmente y volvió a cubrir el cuerpo delgado y alabastrino con el suyo. Con los ojos fijos en los de su esposo deslizó un dedo cerca de la entrada trasera. La piel estaba caliente y el anillo muscular relajado, pero no lo suficiente como para penetrarlo sin lubricante. Se maldijo internamente por tal descuido.

Era lógico que los servidores sacaran de la habitación todo lo que pudiera facilitar la culminación del encuentro, pues, de acuerdo a la tradición, esa era la última batalla para someter al consorte. Si el vencido se mantenía pasivo, el dolor de la penetración forzada le obligaría a gritar su sujeción. Si optaba por resistirse, la noche de bodas devenía una violación autorizada. Recordó entonces que, en los clanes noldor, era costumbre llevar a los pequeñas elfas y los elfitos fértiles junto a la puerta o ventanas de las recámaras donde tan violentos enlaces se consumaban, para que fueran ganando experiencia. Había leído alguna vez de noches de boda que acabaron con huesos rotos. Se decía que los Elegidos ganados en batalla, a menudo eran tan dañados que no podían concebir hasta un año después.

Pero Legolas estaba embarazado ahora, y lo amaba. Todo el asunto del enlace ganado en batalla era un montaje para mantener en secreto su estado. No podía tomarlo en seco. Se apartó reticente, sin ninguna idea de cómo salir de tan frustrante circunstancia. Los ojos azules le enfocaron interrogantes.

–No podemos –explicó–, no sin lubricante para ti.
–Te deseo –demandó el elfo y frotó su redondo trasero contra la hinchada virilidad del mortal.
–No quiero dañarte –argumentó todavía, pero sus manos pellizcaron las suaves caderas.
–Te deseo –repitió. Sus dedos se colaron por entre las piernas y tiraron de los testículos del hombre, retrasando su orgasmo.

Legolas se puso en cuatro, ensalivó su dedo índice y se penetró sin demoras, se quejó bajito y le llamó entre jadeos. Aragorn gimió, su erección empezaba a doler y ver al ser más bello de la Tierra Media preparándose a sí mismo no ayudaba. El elfo llevó ahora dos dedos a su boca y los introdujo en su interior, no pudo contener el gesto dolorido, pero se obligó a mover las caderas profundizando la entrada. Retirar esos invasores fue más difícil de lo que pensaba, al acercar los dedos a su cara, vio manchas marrones y pegajosas en sus uñas. Dudo antes de volver a ensalivarlos, pero en eso debió arquearse para compensar el dolor que surgía de su trasero.

Entre la niebla de tan intensa herida, reconoció a su esposo ubicado muy cerca de sus nalgas: con una mano mantenía separados los cachetes y con la otra le preparaba. Reconoció en su interior tres dedos. Sí, eran tres los que ahora correspondían, pero entre dos dedos de elfo y tres de montaraz la distancia era bastante notable. Sus ojos coincidieron con los del hombre.

–Duele –jadeó, pero su queja carecía de convicción.
–¿No era esto lo que deseabas, elfito? –la voz de Aragorn era gruesa y lasciva.
Legolas no pudo menos que asentir.
–Mi bebé...
–Nada le pasará a tu bebé si te portas bien, elfito. –hizo girar sus dedos en el estrecho canal y el joven sintió que su estómago se removía.
–Creo que voy a...
–Todavía no –le interrumpió el hombre y dio un segundo giro.
Legolas dejó caer la cabeza, violentas contracciones se apoderaron de su estómago.

Aragorn lo hizo recostarse sobre su brazo izquierdo y sacó los dedos de su interior, fue como liberar una fuente. El cuerpo dejó salir todo lo consumido en los últimos días con fuerza arrolladora, Legolas permanecía ajeno, como si el manantial marrón que manchaba su lecho le fuera extraño.

En verdad estaba extrañado. El tono de voz de su esposo, su mirada posesiva y las manipulaciones a su cuerpo, todo era novedoso e inquietante. Sin embargo, su confianza en el hombre que lo sostenía no diminuyó, tampoco el deseo. El deseo se mantenía también gracias a las atenciones que su pareja dedicaba a su virilidad.

El manantial se agotó, el hombre limpió sus muslos con un paño y recogió todo doblando la sábana sobre si misma. Solo entonces reparó en que se trataba de un cobertor impermeable y se sonrojó violentamente. ¿Todo eso estaba previsto? No se imaginaba vaciando su estómago ante Ferebrim.

El hombre volvió a besarlo y le abrió las piernas suavemente. Comprobó, satisfecho, que la entrada estaba totalmente relajada y penetró de un empellón. Legolas aulló sorprendido y tuvo que sellar sus labios con los propios. Embistió una y otra vez con gran velocidad. Su esposo se debatía tratando de separarse.

–Quédate quieto o dañaremos al bebé.

El elfo se calmó automáticamente, sus manos pudieron al fin buscar su sexo y acariciarlo con ternura. Poco a poco el rubio dejó llevar por el ritmo y sus gemidos de placer llenaron la estancia. Se corrió violentamente entre sus dedos unos quince minutos después, el hombre se derramó en su interior con un estertor animal.

El mortal fue el primero en recuperar la lucidez, rozó la cabellera esparcida en desorden por la cama. Besó algunos mechones. Se levantó y empezó a vestirse para partir. Legolas giró entonces y lo miró en silencio algunos instantes.

–¿Ya?
–Es tarde. Sabes que desearía quedarme hasta el fin de los tiempos junto a ti.
–No lo dudo.
–Será mejor que te quedes aquí, saldré solo de la fortaleza. Te prometo que miraré a tu ventana antes de salir del claro.
–No.
Giró sorprendido, el cinto a medio anudar.
–¿Cómo?
–Vete pronto Aragorn, y no mires atrás. No lo soportaré.
–Pero, amor mío... –quiso acercarse, pero la mirada dura del elfo lo contuvo.
–Vete. Ya bastante es que te vayas de mi lado, así que no lo alargues. –el hombre aún dudo y pareció querer acercarse al lecho para una última caricia. Su voz fue un grito de guerra– ¡Que te largues! ¡Fuera de mi habitación!

Aragorn asintió en silencio y dejó la estancia a prisa. Corrió por las galerías chocando con sirvientes y soldados hasta que el familiar relincho de Brego le trajo de regreso a la realidad. Estaba en las cuadras, listo para buscar a Radagast. Montó a tientas y dejó que el corcel eligiera su rumbo.

En su recámara, Legolas se movió despacio hacia el borde de la cama. Logró ponerse en pie a pesar del terrible dolor que tenía en el trasero y la extraña laxitud que lo embargaba –supuso que tenía que ver con su vientre vacío. Caminó despacito hasta la ventana y esperó, luchando con los mensajes del viento, que le susurraba terribles predicciones.

"Estará bien" se repetía a si mismo "Si logro que me obedezca estará bien".

El jinete salió como una flecha y Legolas contuvo el aliento. Ya en el borde del claro, Brego pateó el suelo y trato de girar. El elfo sintió como las lágrimas empapaban sus mejillas y se estrechó el vientre. "No lo hagas. No mires atrás, solo podré ser fuerte si tu lo eres". El corcel se encabritó, pero los brazos firmes de Aragorn le obligaron a retomar la carrera. Desapareció en la penumbra hechizada del bosque como un suspiro. El elfo rubio se deslizó hasta el suelo y liberó el aire. Tal vez, después de todo, tenían esperanza.

TBC...

DE LEYES Y VENGANZAS 26

Se solicitan cantantes

...Woman needs man
and man must have his mate
that no one can deny
it's still the same old story...
"As Time Goes By", Louis Armstrong


Percy saltó por sobre el charco y levantó los ojos. Se preguntó si allí vendieran todo lo que necesitaba. Antes de empujar la puerta de cristales notó que su celular emitía el tono de las llamadas de Penélope, con un gesto hábil lo puso en silencio. Salió quince minutos después, con la merienda de todo el equipo en una bolsa de papel king–size y su "encargo" en el bolsillo interior del abrigo.

Al llegar a la entrada del estudio, se fijó en un jovencito de palidez casi vampírica, que recibía el modelo de datos personales de la recepcionista. Estaba vestido con unas ropas anchas y oscuras, como sacadas de los almacenes del Ejército de Salvación. Sin dudas hacía un gran contraste con las chiquillas disfrazadas de Spice Girls y Madonna repartidas por los sofás de la recepción. Percy siguió su camino hacia la sala de sonido.

–Gracias, le llamaremos –cortó con voz seca Sam a la rubia de turno.

La chica se quedó mirando al cristal que separaba la cabina de la sala de grabaciones con expresión estúpida y Percy sintió un poquito de pena. No tuvo tiempo para que la pena se transformara en algo coherente, porque Mary, la siempre diligente secretaria de Sam, entró y la sacó del brazo.

El hombre se volvió entonces hacia el interior de la cabina –Percy ya ponía los almuerzos en la mesa de juntas– y soltó un gruñido alegre al reconocer su caja de canelones de carne. El equipo se sentó a la mesa y comenzó a devorar el almuerzo en silencio. Percy se apartó un poco y les contempló con ojo crítico: lucían hartos y no era para menos. Llevaban una semana buscando a alguien para la nueva grabación de God Save the Queen y aún no aparecía nadie que, por lo menos, diera una nota afinada. Claro, el que el Principe hubiera solicitado un cantante amateur menor de veinte años dificultaba las cosas, pero ¡diablos! ¿Es que nadie tomaba ya lecciones de piano en Londres?

Sin decir una palabra, el pelirrojo empezó a retroceder hacia la puerta, pero Sam lo notó.
–¿A dónde vas?
–Le diré a Cristal que entre a comer y me quedaré en la recepción un rato.
Sam le observó con extrañeza.
–¿Y tu almuerzo?
–Comí un sándwich en lo que preparaban el paquete –mintió Percy.

Sintió que los ojitos calculadores de Sam le taladraban, pero no pestañeo. El jefe dio un gruñido de aceptación tras lo que parecía una eternidad.

En la recepción, apenas reparó en la mirada agradecida de Cristal, solo se sentó y empezó a chequear mecánicamente los nombres de las audiciones siguientes, pero en realidad no veía los rostros y firmas, sino a Penélope. Su novia, su compañera de cama, la posible madre de su hijo.

¿Cómo habían llegado a ese punto? Percibal Martín Weasley no lo sabía. Desde hacía una semana solo sabían pelear y ahora Penélope le salía con lo del atraso... En el diminuto apartamento que compartían él no había sabido cómo reaccionar, solo pudo repetir muy despacio la frase "Creo que vamos a tener un bebé" y salir corriendo en busca del metro. No fue hasta tres horas después –quince llamadas de celular, doce chiquillas desafinadas y trece muchachos más gays que Freddy Mercury– que logró empezar a razonar.

–Disculpe...
Levantó los ojos, desorientado. El chico de ropas viejas estaba ante él.
–¿Si? –se obligó a decir.
–La muchacha que estaba aquí antes...
–¿Cristal?
El jovencito asintió. –Ella, ¿volverá pronto?
–Está almorzando –respondió Percy como un autómata.
Esa respuesta pareció desalentarle. Percy se pateó mentalmente por ser tan cruel con un desconocido.
–¿Puedo ayudarte en algo?

El otro le contempló por un largo instante, como calibrando su ofrecimiento y el pelirrojo se extrañó. El estaba ahí para decir exactamente eso ¿no? Al fin, la mano que sostenía el modelo dejó de temblar y se acercó a él.

–Ella, la muchacha...
–Cristal –completó Percy.
El jovencito asintió. –Ella dijo que le mostrara mi modelo para ver si lo rellenaba correctamente.

Percy asintió, tomó el papel con rapidez y sacó una pluma de su bolsillo interior. La letra con que habían rellenado el formulario era limpia y regular, la perfección de las curvas y delgadez de los trazos sugería a un amanuense femenino.

DATOS PERSONALES CONCURSANTE GRABACIÓN

NOMBRE COMPLETO Blaise Pierre Zabinny
EDAD 16

Levantó la vista para estudiar su rostro ¿16? Tenía estatura regular, pero carecía de barba o nuez de adán, a primera vista parecía un muchacho de doce o trece, demasiado alto.

NUMERO DE IDENTIDAD 80072499065
NACIONALIDAD Francesa
CIUDADANIA Británica

NOMBRE DE PERSONA CON CUSTODIA LEGAL Lucius Tiberius Malfoy

Esta vez no levantó los ojos, sino que se quedó muy quieto, procesando la información. ¿Malfoy? ¿Ese Malfoy? ¿Cómo encajaba la ropa de basurero en esa historia?

DIRECCION POSTAL Grimauld Place n. 12, segundo piso, apartamento 4, Londres
TELEFONO 472-86687
DIRECCIÓN ELECTRÓNICA no tengo

ESCOLARIDAD Profesores particulares

¿Particulares? Tratándose de Malfoy...

NIVEL DE ESTUDIOS MUSICALES Informal
EXPERIENCIA PREVIA Fiestas privadas
REPERTORIO Arias de operas románticas, algunas piezas pop del siglo XX

Esta afirmación dejó frío al pelirrojo. ¿Arias? De los numerosos adolescentes que habían pasado por ahí, seguro que ninguno conocía semejante palabra. Para todos ellos la música parecía empezar en Madonna o Michael Jackson, cuando no en los Baskstreet Boys.

COMPROMISO DE AMATEURISMO Nunca me dieron dinero por cantar

Bueno, sin dudas sabía qué significaba la palabra y eso le hizo sonreír (a los del equipo todavía le dolían las orejas por una madre ofendida que les acusó de corruptores de menores). La sonrisa no abandonó su rostro cuando devolvió el modelo al nervioso Blaise.

–Está bien –dictaminó amablemente. –¿Trajiste la música para tu audición?

Blaise asintió enérgicamente y empezó a buscar algo en una bolsa hecha de retazos que colgaba de su hombro. Sus manos temblaban de nuevo cuando extendió el montón de CDs sobre la mesa.

–Traje todas las de Verdi, son las que más me gustan, y un par de Puccini. Y, como el anuncio decía canción ligera, también traje "As Time Goes By", de Armstrong. Esto es lo más ligero –puso el dedo delgado y de uñas mordidas sobre un disco verde–: se llama "Piano Man" ¿la conoces? La aprendí en la radio y es...
Percy levantó una mano para detener la avalancha que preveía.
–Creo que "Piano Man" estará bien.
El jovencito le miró incrédulo.
–Pero...
–¡Ni una palabra! –le detuvo el pelirrojo y, para dar más autoridad a su orden, empezó a llenar un fragmento del modelo que corría por los del equipo de grabación. –Aquí he puesto que interpretas "Piano Man", de Billy Joel. Mi jefe no tendrá paciencia para escuchar de tus gustos por la ópera. ¿Entendido?

El tono autoritario debió quebrar algo dentro del joven. Sus ojos marrones se pusieron borrosos y el rostro se volvió gris por un instante, Blaise tragó en seco y apretó las manos contra su cadera antes de meter todos sus discos de vuelta al bolso e ir a sentarse. Percy juraría que, con una palabra más, se desplomaría envuelto en llanto.

Se encogió de hombros y palpó el paquete en su bolsillo, eso le devolvió algo de tranquilidad. Entonces buscó con los ojos a Blaise. Estaba en el fondo del salón, con los ojos cerrados y las manos apretadas sobre el bolso. Sus labios gruesos y rosados se movían a gran velocidad, ¿estaría repitiendo un mantra? Tal vez, no parecía tener mucho aplomo.

Las llamadas se sucedieron sin que Percy prestara mucha atención. Nadie más vino a inscribirse, así que de repente eran las tres de la tarde y estaba solo en el salón con Blaise. El teléfono interno sonó y lo levantó sin demora.

–Trae al último –ladró Sam y colgó.

Percy se levantó despacio y buscó a Blaise. El jovencito estaba sentado en el fondo de la salita con una revista de costura entre las manos.

–Tu turno Zabinni.
El chico le miró, luego sus ojos se desviaron a la galería con el membrete de "Estudio", parecía asustado.
–¿No vas a hacerlo?
Pero el moreno no respondió, solo resopló audiblemente y se adelantó con pasos cortos, moviendo demasiado las caderas. Percy contuvo la mueca a duras penas
"Estos maricones…"

Percy lo guió hasta la puerta de cristales que llevaba al estudio.
–Dame el CD de Billy Joel –Blaise obedeció en silencio. –Esta es tu puerta y esa es la mía –señaló a la entrada forrada en cuero azul de la cabina de audio–, nos podrás ver por el cristal, ponte los audífonos que están junto al micrófono para seguir las instrucciones –se detuvo para asegurarse de que no se le quedaba nada por decir. –¿Alguna pregunta?
–¿Pagan en efectivo?

El pelirrojo parpadeó varias veces, confundido por la inesperada seguridad que reflejaba la frase. Blaise no le dio tiempo a responder, ya se había colado en la sala de grabaciones. La confusión era evidente en su rostro, y Sam, cansado de otro día sin resultados, no pudo evitar burlarse.

–¿Amor a primera vista?

Weasley tampoco tenía energías para el combate verbal que su gordo jefe deseaba. La palabra amor le había recordado a Penélope y todo lo otro. Solo se dejó caer en una de las sillas y esperó a que el amanerado francesito se alistara. Quería alejarse de ahí, pero no quería ir a su departamento. Eso le dejaba solo una opción...

De repente, sus sentidos fueron inundados por algo suave, una voz que casi susurraba palabras ininteligibles a su oído, pero definitivamente confortantes. Percy sacudió la cabeza y tardó varios segundos en comprender que esa era la extraña voz da Zabinni a través de los altoparlantes. A pesar de que habían pasado años desde la última fiesta de "Amo los setenta" a la que le arrastraran Charlie y Hill, pudo recordar la melodía.

Como en respuesta a su recuerdo, la voz adquirió un tono bajo y duro, casi ronco, exactamente como imaginaba él a ese borracho que pide la primera canción de la noche:

"Son, can you play me a memory
I'm not really sure how it goes
But it's sad and it's sweet and I knew it complete
When I wore a younger man's clothes"


El susurro aterciopelado volvió, y la vocalización trajo de regreso esa extraña paz. Blaise no cantaba como hombre, o como mujer, cantaba como… ¿Cómo qué?

Giró en su asiento para verle: El muchachito estaba erguido, las manos aferradas a los audífonos y expresión concentrada. Sus ojos cerrados y frente arrugada hacían evidente que, dentro de su cabeza, el estudio y las paredes de cristal habían sido sustituidos por otra cosa.

Las palabras del mesero brotaron de sus labios con acento del bajo Londres y todo:

"Bill, I believe this is killing me."
As the smile ran away from his face
"Well I'm sure that I could be a movie star
If I could get out of this place"


Y de nuevo la caricia de la voz andrógina, profunda.

Oh, la la la, de de da
La la, de de da da dum


Los próximos versos fueron dichos sin detenerse, con toda la picardía necesaria para aligerar el ambiente y preparar el auditorio para la coda final, pero también sin tomar aire. Al terminar el But it's better than drinkin' alone, Blaise retrocedió un paso y se dobló sobre si mismo.

Percy recordó vagamente que en la recepción lucía débil, pálido y enfermizo. ¿De dónde sacaba las energías para todos esos detalles dramáticos?

Los compases del coro terminaron. Blaise se adelantó de nuevo y abrió sus luminosos ojos marrones hacia la pared de la cabina, donde se todo el equipo le contemplaba en asombrado silencio. Casi sonrió al atacar la penúltima estrofa y su voz regresó con dolor, un dolor tan íntimo que a Percy se le antojo demasiado personal para diez y seis años de vida:

It's a pretty good crowd for a Saturday
And the manager gives me a smile
Cause he knows that it's me they've been comin' to see
To forget about life for a while


Se detuvo. Los siguientes versos fueron cañonazos, llenos de ira, como si cada declaración fuera a romper un objeto, o peor, una persona:

And the piano, sounds like a carnival
And the microphone smells like a beer
And they sit at the bar and put bread in my jar
And say, "Man, what are you doin' here."


¡Dioses! ¿Cómo podía cambiar de actitud a esa velocidad? Ahora ¿lloraba?

Oh, la la la, de de da
La la, de de da da dum


Zabinni volvió a cerrar los ojos y se apartó del micrófono. Se volteó de espaldas mientras separaba los audífonos de su cabeza y Percy tuvo la impresión de que se encorvaba. Tomo su bolso de retazos y giró hacia Sam al tiempo que la expresión asustada volvía a su rostro. Esperó.

El gordo estaba pegado a la pared de cristales, quieto, tratando de ganar control de sus emociones. Percy aprovechó la demora para mirar a su alrededor y descubrió que todos permanecían inmóviles, como presos de un hechizo.

Por suerte, la voz del cantante los hizo despertar.
–Señor, disculpe… ¿tengo el trabajo?

Para cuando el tercer hijo de Arthur y Molly alcanzó la calle, le hechizo de la voz de Blaise Zabinni había perdido bastante fuerza. En la acera, mientras intentaba decidir a dónde iba, Percy sintió que la angustia de la situación volvía a envolverlo. No era capaz de ir a su piso ahora, así que tendría que tomar un taxi hacía la Madriguera. Podría decirle a su madre que deseaba saber cómo iba todo para el cumpleaños de su cuñado… Sacudió la cabeza, era la peor de las excusas que había inventado en años. Bueno, en lo que llegaba tal vez se le ocurriera otra…

Levantó los ojos para buscar un coche cuando reconoció la torpe figura de Zabinni en la acera del frente. Sus ojos tenían una expresión de miedo que… No lo pensó, cruzó la calle en pocas zancadas.

–¿Puedo ayudarte?
El chico casi pega un salto al oírle.
–¿Me conoces? –preguntó inseguro.
–Eres Blaise Zabinni ¿no? Cantante como un ángel allá dentro –señaló el edificio frente a ellos.
El otro no dijo nada, pero su expresión pareció aliviada.
–Perdí mi mapa –dijo de pronto con los párpados bajos.
–¿Tu qué?
–Mi mapa –repitió–, no puedo volver sin mi mapa.
–¿No conoces el camino? –inquirió extrañado.
–No lo recuerdo. Tampoco recuerdo dónde dejé el mapa –parecía al borde de las lágrimas.
–No hace falta, dile a taxista que…
–¡No puedo tomar un taxi!

El moreno pareció horrorizado por la idea y Percy desistió de preguntarle si era por el dinero o porque olvidaría cómo había llegado al interior del taxi, en primer lugar. Entonces recordó la tienda.

–Ven –señaló el toldo dos puertas más allá–, vamos a comprar un mapa.

La tarde fue rara.

Blaise no podía tomar un taxi o usar ropa de su talla, pero pagó el mapa y una botella de agua con una tarjeta de crédito dorada que surgió del fondo de su extraño bolso. Luego sacó unos comprimidos y se los tomó en seco, sonrió agradecido cuando el pelirrojo le acercó su propia botella para aplacar el sabor. Estaba loco de remate, ¿no?

A Percy no le fue difícil barajar la idea de que debía acompañarle a casa. En el mapa descubrió que Grimauld Place n. 12 estaba en camino a la Madriguera y eso lo decidió.

Hablaron mucho durante esos cuarenta minutos de marcha:

Blaise señaló que Oscar Wilde, gran poeta inglés, era irlandés, mientras que Joyce, el cronista de Dublín, había pasado mucho de su vida lejos de la isla.
Percy recordó que un francés había escrito sobre unas "Flores del Mal" que el creyó ver en los vestidos de Madame Sprout.
Blaise gustaba de las películas de Dysney, Percy de las canciones de Elvis Presley
Percy era bueno en química, Blaise en biología.
A Blaise le gustaba el chocolate, a Percy la vainilla.
Percy consideraba intolerable la pasta alemana, Blaise asintió, la leche iba mejor con las galletas.

–Las galletas de antes, decoradas con motivos de flores y pájaros eran más lindas que las de ahora –continuó el moreno. –Hay quien cree que se trataba solo de las cajas, pero no, la misma masa era prensada con modelos que hoy parecen alucinantes.
–Lo mismo pienso de las casas. ¿Te has fijado cuán iguales son los edificios modernos? En este barrio no, pero muchos sectores del Londres moderno son repugnantes. Oye, este edificio es bello…
Dejó de hablar porque Blaise se había detenido y lo miraba fijamente.
–Gracias.
El pelirrojo parpadeo desorientado.
–Gracias por traerme –explicó el otro y señaló hacia arriba. –Es aquí.
Percy asintió sin muchas ganas. No deseaba regresar a su vida.
–¿Estarás bien?
–Si, Pansy llegará en unos minutos y…
–¿Panzy?
–Mi… ¡hermana!
–Entonces supongo que… ¿puedo llamarte?
La idea pareció asombrar a Blaise.
–¿Llamarme? –repitió.
–Si, tú sabes, por teléfono, para hablar de los irlandeses que honran a Inglaterra.
–Pues –Blaise pareció ponderar la idea por varios larguísimos segundos. –Solo no llames después de las seis, ¿de acuerdo? Tendría que explicar dónde te conocí y…
Pero la demanda inquietó al pelirrojo.
–¿No vas a la escuela?
–Estudio en casa –de pronto el joven estaba muy apurado. –Bueno, me tengo que ir.

El muchacho se metió en el edificio casi corriendo y Percy suspiró, cansado. Ya tenía la excusa perfecta para ir a casa de su madre: dolor en los pies.

Pero no le molestaba…

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 26

LA LIMPIEZA DE LA COMARCA (II)

Frodo había estado presente en la batalla, pero no desenvainó el espada, preocupado sobre todo en impedir que los hobbits, exacerbados por las pérdidas, matasen a aquellos adversarios que ya habían depuesto las armas. Una vez la batalla concluida, y encomendadas las tareas que seguirían, Merry y Sam se reunieron con él, y cabalgaron de regreso en compañía de los Coto. Comieron un almuerzo tardío, y entonces Frodo dijo con un suspiro:

—Bueno, supongo que es hora de que nos ocupemos del «Jefe».
—Sí, y cuanto antes mejor —dijo Merry—. ¡Y no seas demasiado blando! El es el responsable de haber traído a la Comarca a esos rufianes, y de todos los males que han causado. El granjero Coto reunió una escolta de unas dos docenas de hobbits fornidos. Se pusieron en camino, a pie. Frodo, Sam, Merry y Pippin encabezaban la marcha.

Fue una de las horas más tristes en la vida de los hobbits. A medida que se acercaban a la vieja aldea en la margen opuesta del Delagua, entre la doble hilera de sórdidas casas nuevas que flanqueaban el camino, veían las cicatrices de los árboles que habían sido talados a lo largo del camino.

— ¡Lo han derribado! —gritó Sam de repente—. ¡Han derribado el Árbol de la Fiesta!

Señaló conmovido a Frodo el lugar donde estaba el árbol a cuya sombra Bilbo había pronunciado su Discurso de Despedida. Un pedazo del tronco yacía en la tierra, seco y triste, acentuando la desolación. Como si aquello fuera la gota que colmaba el cáliz, Sam se echó a llorar. Una risa acabó con las lágrimas. Un hobbit de expresión hosca holgazaneaba recostado contra el muro del patio del molino.

—¿No te gusta, Sam? —dijo, burlón—. Pero tú siempre fuiste un corazón tierno. Creía que te habías ido en uno de esos barcos de los que tanto hablabas, a navegar, a navegar. ¿A qué has vuelto? Ahora tenemos mucho que hacer en la Comarca.
—Ya lo veo —dijo Sam—.Escuche, señor Arenas, yo tengo una cuenta que ajustar en esta aldea, y no venga a alargarla con burlas, o le resultará demasiado salada para su bolsillo.
Ted Arenas escupió por encima del muro.
—No puedes tocarme. Soy amigo del Jefe. Pero él te tocará a ti, te lo aseguro, si te atreves a abrir la boca otra vez.
Sam fue a lanzarse contra él, pero Frodo le detuvo por la muñeca.
—¡No pierdas más tiempo con ese tonto, Sam! —y en su voz había más dolor que odio—. Espero que no sean muchos los hobbits que se han convertido en esto. Sería una desgracia mucho mayor que todos los males que han causado los hombres.

Siguieron hasta Bolson Cerrado, en lo alto del sendero todos se detuvieron, y Frodo y sus amigos siguieron solos: por fin llegaban a aquel lugar en un tiempo tan querido. Por todas partes había pilas de inmundicias. La puerta estaba cubierta de grietas y de cicatrices; la cadena de la campanilla se bamboleaba, suelta, y la campanilla no sonaba. Golpearon, pero no hubo respuesta. Por último empujaron, y la puerta cedió. La casa apestaba, había suciedad y desorden por doquier, como si hiciera algún tiempo que nadie vivía en ella.

— ¡Esto es peor que Mordor! dijo Sam—. Mucho peor. Duele en carne viva, como quien dice; pues es parte de nosotros y la recordamos como era antes.
—Sí, esto es Mordor —admitió Frodo—. Una de sus obras. Saruman creía estar trabajando para él mismo, pero en realidad no hacía más que servir a Mordor. Y lo mismo hacieron aquellos a quienes Saruman engañó, como Otho.
Merry echó en torno una mirada de consternación y repugnancia.
—¡Salgamos de aquí! –dijo—. De haber sabido todo el mal que ha causado, le habría cerrado el gaznate con mi tabaquera.
—¡No lo dudo, no lo dudo! Pero no lo hiciste, de modo que ahora puedo darte la bienvenida.
De pie, en la puerta, estaba Saruman en persona, bien alimentado y satisfecho de sí mismo. Los ojos le chisporroteaban, divertidos y maliciosos. La luz se hizo de súbito en la mente de Frodo.
— ¡Zarquino! —exclamó.
Saruman se echó a reír.
—De modo que ya has oído mi nombre ¿eh? Así, creo, me llamaban en Isengard todos mis súbditos. Una prueba de afecto, sin duda. Pero parece que no esperabas verme aquí.
—No por cierto. Pero podía haberlo imaginado. Un poco de maldad mezquina...
Gandalf me advirtió que aún eras capaz de eso. Bueno. ¡Márchate de aquí inmediatamente y no vuelvas nunca más!
Los hobbits de la aldea, al ver salir a Saruman de una de las cabañas, se habían amontonado junto a la puerta de Bolson Cerrado. Cuando oyeron la orden de Frodo, murmuraron con furia:

–¡No lo deje ir!
–¡Mátelo!
–Es un malvado y un asesino.
–¡Mátelo!
Saruman miró el círculo de caras hostiles y sonrió.
–¡Mátelo! –repitió, burlón—. ¡Matadme vosotros, si creéis ser bastante numerosos, mis valientes hobbits! –se irguió, y los ojos negros se clavaron en ellos con una mirada sombría– ¡Mas no penséis que al perder todos mis bienes perdí también todo mi poder! Aquel que se atreva a golpearme será maldecido. Y si mi sangre mancha la Comarca, la tierra se marchitará, y nadie jamás podrá curarla.
Los hobbits retrocedieron. Pero Frodo dijo:
–¡No lo creáis! Ha perdido todo su poder, menos la voz que aún puede intimidaros y engañaros, si le prestáis atención. Pero no quiero que lo matéis. Es inútil pagar venganza con venganza. –volteó hacia el viejo mago– ¡Márchate de aquí, Saruman y por el camino más corto!
–¡Serpiente! ¡Serpiente! —gritó entonces Saruman; y de una de las cabañas vecinas, arrastrándose como un perro, salió Lengua de Serpiente—. ¡De nuevo a los caminos, Serpiente! Estos delicados amigos y señoritos nos echan otra vez a los caminos. ¡Sigúeme! –luego clavó los ojos en Frodo. Tenía una mirada extraña, mezcla de admiración, de respeto y de odio— Has crecido, mediano. Sí, has crecido mucho. Eres sabio y cruel. Me has privado de la dulzura de mi venganza, y en adelante mi vida será un camino de amargura, sabiendo que la debo a tu clemencia. ¡La odio tanto como te odio a ti! Bien, me voy, y no te atormentaré más. Mas no esperes de mí que te desee salud y una vida larga. No tendrás ni una ni otra.

Se alejó, mientras los hobbits se apartaban para que pasase; pero los nudillos les palidecían al apretarlos sobre las armas. Lengua de Serpiente titubeó y luego siguió a su amo.

— ¡Lengua de Serpiente! —llamó Frodo—. No es preciso que lo sigas. Que yo sepa, tú no me has hecho ningún mal. Podrás tener reposo y alimento aquí, por algún tiempo, hasta que estés más fuerte y puedas seguir tu verdadero camino.
Grima se detuvo y se volvió a mirarlo, casi decidido a quedarse. Saruman dio media vuelta y soltó su risa cruel.
—¿Ningún mal? —graznó—. ¡Qué esperanza! Cuando sale de noche furtivamente, es sólo para contemplar las estrellas. Pero ¿no oí preguntar a alguien dónde estaba escondido el pobre Otho? Tú lo sabes ¿no es verdad, Serpiente? ¿Se lo vas a decir?

Los cuatro amigos se quedaron mudos de asombro y dolor, habían comprendido demasiado bien el comentario. Los hobbits avanzaron hacia el antiguo Consejero del Reino, pero él se irguió de pronto, los labios pálidos y los ojos desorbitados de locura, sacó un puñal que llevaba escondido y, gruñendo como un perro, saltó sobre la espalda de Saruman. Tiró cabeza la desgreñada cabeza hacia atrás, para hundir la hoja en la garganta; luego, con un aullido, echó a correr sendero abajo. Antes que Frodo pudiera recobrarse ni pronunciar una sola palabra, tres arcos silbaron en el aire, y Lengua de Serpiente se desplomó sin vida.

Ante el espanto de todos, alrededor del cadáver de Saruman se formó una niebla gris, que subió lentamente a gran altura como el humo de una hoguera, mientras una figura pálida y amortajada asomaba sobre la colina. Vaciló un instante, de cara al poniente; pero una ráfaga de viento sopló desde el oeste, la figura se dobló, y con un suspiro se deshizo en nada. Frodo miró el cadáver con horror y piedad, de pronto le pareció ver en él largos años de muerte. El rostro marchito se contrajo, y se transformó en jirones de piel sobre una calavera horrenda. Levantando los faldones del manto sucio que se extendía junto al cadáver, Frodo lo cubrió, y se alejó un poco.

–Y he aquí el final –dijo Sam mientras contemplaba al tambaleante Frodo–. Un final horrible, y no desearía haberlo visto; pero es una liberación.
—Y el final definitivo de la guerra, espero —dijo Merry.
Frodo se volvió entonces, sus ojos mucho más claros que a lo largo de todo el viaje.
—También yo lo espero –dijo en un suspiro– El golpe definitivo, pero pensar que ha caído aquí, a las puertas mismas de Bolson Cerrado. En medio de todas mis esperanzas y todos mis temores, jamás imaginé nada semejante.

Poner orden en el desbarajuste les costó mucho trabajo, pero llevó menos tiempo del que había temido.

El cometido de echar del país a los últimos rufianes fue confiado a Merry y a Pippin, y cumplido rápidamente. Las pandillas que se habían refugiado en el sur, al tener noticias de la Batalla de Delagua, huyeron ofreciendo poca resistencia al Thain. Antes de Fin de Año los contados sobrevivientes quedaron cercados en los bosques, y aquellos que se rindieron fueron puestos en las fronteras.

Los trabajos de restauración a lo largo de la Comarca mantenían Sam estaba siempre ocupado. Los hobbits son laboriosos como las abejas, cuando la situación lo requiere y si se sienten bien dispuestos. Ahora había millares de manos voluntarias de todas las edades. Para el Año Nuevo no quedaba en pie ni un solo ladrillo de las Casas de los Oficiales, ni de ningún edificio construido por los «Hombres de Zarquino»; pero los ladrillos fueron todos empleados en reparar numerosas cavernas antiguas, a fin de hacerlas más secas y confortables. Se encontraron grandes cantidades de provisiones, y víveres, y cerveza que los rufianes habían escondido en cobertizos y graneros y en cavernas abandonadas, especialmente en los túneles de Cavada Grande y en las viejas canteras de Scary. Y así, en las fiestas de aquel Fin de Año hubo una alegría que nadie había esperado.

La pérdida más grave y dolorosa eran los árboles, pues por orden de Zarquino todos habían sido talados sin piedad a lo largo y a lo ancho de la Comarca; y eso era lo que más afligía a Sam. Sobre todo porque llevaría largo tiempo curar las heridas, y sólo sus bisnietos verían alguna vez la Comarca como había sido en los buenos tiempos.
De pronto un día, se acordó del don de Galadriel. Sacó la cajita y la mostró a los otros Viajeros y les pidió consejo.

—Me preguntaba cuándo lo recordarías —dijo Frodo– ¡Ábrela!
La cajita estaba llena de un polvo gris, suave y fino, y en el medio había una semilla, como una almendra pequeña de cápsula plateada.
—¿Qué puedo hacer con esto? —dijo Sam.
— ¡Echa el polvo al aire en un día de viento y deja que él haga el trabajo! —dijo Pippin.
—¿Dónde? —dijo Sam.
—Escoge un sitio como vivero y observa qué les sucede a las plantas que están en él —propuso Merry.
—Pero estoy seguro de que a la Dama no le gustaría que me lo quedara yo solo, para mi propio jardín, habiendo tanta gente que ha sufrido y lo necesita —meditó Sam.
—Recurre a tu sagacidad y tus conocimientos Sam —dijo Frodo–, y luego usa el regalo para ayudarte en tu trabajo y mejorarlo. Pero úsalo con parsimonia, no hay mucho y me imagino que todas las partículas tienen valor.

Entonces Sam plantó retoños en todos aquellos lugares en donde antes había árboles especialmente hermosos o queridos, y puso un grano del precioso polvo en la tierra, junto a la raíz. Recorrió la Comarca, a lo largo y a lo ancho, haciendo este trabajo, y si prestaba mayor cuidado a Delagua y a Hobbiton nadie se lo reprochaba. Y al terminar, descubrió que aún le quedaba un poco del polvo, y fue a la Piedra de las Tres Cuadernas, que es por así decir el centro de la Comarca, y lo arrojó al aire con su bendición. Y la pequeña almendra de plata, la plantó en el Campo de la Fiesta, allí donde antes se erguía el árbol; y se preguntó qué planta crecería.

Frodo no había olvidado la advertencia de Legolas, así que puso todo su empeño para que los trabajos de limpieza en Bolson Cerrado concluyeran pronto. Merry y Pippin llegaron desde Cricava con el antiguo mobiliario y todos los enseres de la casa, y la vieja cueva volvió a ser la misma de antes. Al fin todo estuvo en su sitio, pero vacío y una tarde que se reunieron a tomar el té Frodo dijo.

—¿Cuándo piensas venir a vivir conmigo, Sam? –Sam pareció un poco turbado.
—No es necesario que vengas en seguida, si no quieres —retrocedió cauteloso.
—No es eso, Frodo —dijo Sam, y se puso muy rojo.
—Y bien ¿qué es entonces?
—Es Rosita, Rosita Coto —dijo Sam—. Estuve tan ocupado estas semanas entre canteros y semillas que aún le debo una conversación. Cuando la vi en Los Gamos, la tarde de la llegada, dijo que luego hablaríamos, pero... Me preguntó si debo ir por ella.
—Comprendo —dijo Frodo—: ¿Quieres que vayamos a buscarla ahora?

Sam contempló al Portador del Anillo con ojos muy abiertos y alegres. Fue a decir algo, pero los labios de su pareja se lo impidieron. Después de un largo beso, ambos ensillaron y fueron en busca de Rosita a los Grandes Smials.

El padre de Merry, Saradoc Brandigamo, estuvo más que feliz por la visita, y les dejó un saloncito luminoso y fresco para que conversaran a su gusto los tres. Rosita se sentó en un ancho butacón, con su bebé en los brazos. Era una niña llamada Eleanor, de seis meses. Al ver a la bella Rosita con su tercer hijo en los brazos Frodo sintió que todas las grandes batallas de las que regresaba eran una terrible broma ante el valor cotidiano de esa mujer. Se hizo un silencio pesado en la estancia, ninguno de los tres sabía muy bien por dónde empezar. Al fin Rosita dio un suspiro y enfrentó a Frodo.

–Lo trajiste de vuelta. Te lo agradezco.
–No podía regresar sin él –admitió Frodo calmado–, le debo la vida.
Ella asintió y volteó hacia Sam.
–¿Y bien? –su expresión era demandante.
–Bueno, tú sabes. Cuando vine con el señor Merry dejamos una conversación pendiente. Ahora las reparaciones en Bolson Cerrado lo han dejado como nuevo, y Frodo me ha pedido que vaya a vivir con él.
–Eso está muy bien. –dijo Rosita, que sabía de la larga pasión de su primo por el sobrino de Bilbo.
–Si, pero no puedo. No puedo antes de que las cosas queden claras entre nosotros.
–Todo está claro entre nosotros desde hace años Sam –respondió ella con una sencillez exasperante– Somos amigos, nos divertimos a veces, no hay secretos entre nosotros. Me alegro de que te vayas a vivir con Frodo. Como ves, me va bien aquí, la señora Brandigamo está encantada con mis niños, dice que la recuerdan a Merry de pequeño.
Sam se estrujó las manos, nervioso, se esforzó porque su voz no mostrara su creciente nerviosismo.
–Si no hay secretos entre nosotros, me dirás el nombre del padre de Eleanor ¿verdad? Como siempre, para evitar malos entendidos y desgracias.
–No. –dijo ella y dio un paso hacia la ventana.
–Rosita, por favor. ¡No puedes dejarme así! Ya bastante me costó no bajarle un puñetazo a tu padre cuando me dijo, muy ufano, que te había golpeado para descubrir al responsable. Yo no soy como el resto de los idiotas de la taberna. No podría ser feliz con esa duda en mi interior.
–No podríamos ser felices –intervino Frodo y Sam le miró agradecido.
–¿Para qué quieren saberlo? –la voz de la hobbit sonaba temerosa.

Sam se quedó sin argumentos de repente. ¿Para qué quería saberlo? ¿Para dejar a Frodo y casarse como un correcto hobbit, para que los tres fueran infelices y miserables? ¿Para acariciar la cabeza de la ignorante Eleanor cuando fuera de visita a Los Gamos y empañar el resto de su vida junto a Frodo? Pero la solución llegó por boca del más razonable de los tres.

–Lo sepamos o no, queremos protegerte Rosita. Esto no se trata de Eleanor, sino de nosotros. Sam no será feliz lejos de ti, lo sabemos. Estoy muy orgulloso que un hobbit tan valiente me acompañara en mi largo viaje, pero cuando creímos estar ante la última puerta, fue tu nombre el que lo obligó a luchar por la vida. Todo mi dinero no cambiará eso.

Ambos lo contemplaban llenos de asombro, sus ojos arrasados de lágrimas. Sam se abrasó al Portador del Anillo y luego fue hacia Rosita, pero el cuerpo del bebé le impedía abarcar su cuerpo como lo deseaba. El jardinero tuvo una idea providencial: separó a Eleanor de su madre y la puso en brazos de Frodo. Los primos se fundieron en un largo beso.

Frodo se quedó pasmado ante su nuevo papel de niñero, pero se dijo que una bebé hobbit no sería más complicada que los acertijos de Gollum o las garras de Ella Araña. Fue a sentarse y acomodó en su regazo al bultico de pañales y carnitas rosadas. Se hundió en sus ojos color avellana, revolvió la suave pelusa castaña. No había dudas para él: Eleanor era hija de su Sam.

En ese momento, la señora Brandigamo entró con un servicio de té y se encontró a la Coto en brazos de Gamyi y a Frodo extasiado en silenciosa contemplación de su ¿hija? Carraspeó levemente, pero los amantes no la escucharon. El joven Bolson se levantó sonriente y avanzó hacia ella.

–Pero bueno, señor Frodo ¿qué significa esto? –preguntó divertida.
–Creo que deberá usted buscar una nueva empleada, señora –explicó el aludido.
–Es lástima, voy a extrañar a esos pillines hijos de Rosita.
Fue entonces que los enamorados repararon en que alguien más que Frodo les contemplaba.
–¿No te dije Rosita que tu primo te quería? Me alegro por ti, hija, ya era hora. –la doña de Los Gamos se puso en plan práctico enseguida, no deseaba perder con el matrimonio– ¿Dónde vivirán? En Bolson de Tirada no caben ustedes cinco, lo sé. ¿Sabes Sam? Mis jardines están muy poco cuidados, tal vez desees venirte para acá. Espacio hay.

Gamyi se quedó sin palabras de nuevo. Menos de tres horas antes, planeaba envejecer y morir junto a Frodo. Ahora... Pero Rosita le lanzó una mirada rápida a Frodo, él asintió y estrechó contra su pecho a Eleanor. ¡Se entendían a la perfección!

–Creo que no va a ser así, señora. Sam tiene mucho trabajo allá en Hobbiton y el Tío no puede pasarse mucho tiempo sin él, por supuesto. En mi casa es imperativa una buena ama de llaves. Yo estoy gruñón, me la paso oculto entre las notas de mi libro, creo que tres pequeños hobbits son lo ideal para mantenerme vivaz. Así que, mí querido Sam, cásate lo más pronto posible, y te vienes a casa con Rosita. Hay espacio suficiente en Bolson Cerrado para la familia más numerosa que puedas desear.

Y así todo quedó arreglado. Sam Gamyi se casó con Rosa Coto en enero de 1420, y fueron a vivir a Bolson Cerrado. Si Sam se creía favorecido por la suerte, Frodo sabía que él lo era todavía más: no había en la Comarca un hobbit que fuera cuidado con tanto celo y amor como él. Una tarde de enero, cuando todo estuvo en su sitio, se sentó a la puerta de su agujero, como Bilbo Bolson, solo que él no esperaba aun mago y a trece enanos, sino a un Rey.

TBC...