15 de julio de 2014

EN BUSCA DE UN SUEÑO 42

–Cariño, ¿por qué no vas a buscar una bebida?

Igor sigue la mirada de Geniev, y comprende que Theodred espera para hablar con el príncipe. El joven asiente y se aparta.

 

Las personas le abren paso y hacen leves reverencias mientras sale de la pista de baile. Siente cómo la turbación le calienta la cara. Debe practicar su expresión facial, definitivamente.

 

Llega a la mesa de bebidas justo al mismo tiempo que su hermana y Jhon. También tiene que practicar su visión periférica.

 

–¿Qué quieres, amor? –pregunta solícito el novio.

–Vodka con naranja.

 

Igor les ignora, se concentra en reconocer los variados contenidos de las elaboradas jarras de cristal soplado. Igual siente la mirada de Ivana sobre su cuerpo: puro odio. No es difícil fingir que ella no es nadie, lleva años jugando ese juego en recepciones parecidas a esta, donde él iba con Boris, e Ivana con alguna de las hermanas de Jhon.

 

Finalmente descubre cuál es el jugo de manzana entre la docena de líquidos dispuestos y se sirve una copa. El gesto la hace explotar.

 

–¿Ya asimilaste todos los gustos de la corte? –comentó mientras revolvía su trago sin delicadeza.

–Estoy trabajando –dos palabras ¿se le estaban pegando las costumbres de la Mansión?

–¿Trabajando? –el tono es que dice la palabra resuma desprecio. –Tenías una invitación como hermano de la novia.

-Él no… -Ivana hace callar a Jhon de una mirada.

 

“Este nunca será Senescal” comprende Igor de golpe. Pero no tiene tiempo para pensar en las implicaciones, porque su hermana lo ataca en ruso.

 

–Marica de mierda, ¿por qué tenías que arruinar la felicidad de papaíto y mamaíta? Venir a exhibirte con el Zarevich, ¡bailar con él! ¿Cómo va a poder papaíto hablar a ese hombre si sabe que tú y él…?

–No pretendas que te interesa papá, él está bien versado en hipocresía –y responde en oestron sin perder la expresión neutra. – Estoy aquí como portador del Anillo de Rúmil, por derecho propio.

–Por abrirte de piernas –acusa Ivana.

–Siempre has querido que te imite –ella se pone pálida, él no le deja recomponerse. –Además, tú y la Senescal quieren que pague la boda, hay que interesarlo en alguna de las dos partes.

–Ese traje debía llevarlo el inútil de Boris, no convertirse en una vergüenza para mi familia –escupe Ivana.

 

¡Oh! Esta confesión tomó por sorpresa a Igor. ¿Ella sabía que Finduilas había ordenado a su sobrino coquetear con Geniev? ¿El inútil de Boris? Esa frase no era de Ivana, no, sino de la Senescal. Se lo habían explicado…

 

A esta deducción siguió otra. Igor comprendió qué veía Jhon en Ivana: el reflejo de su propia madre. ¡Ah! Qué delicia sicoanalítica: el infeliz se había sacado de la competencia por la Silla de los Senescales por buscar a una mujer demasiado parecida a Lady Finduilas. ¿Jhon el Edípico? Sonaba fatal, pero a Geniev le gustaría, estaba seguro.

 

Al mismo tiempo… “una vergüenza para mi familia”, dice. Ahora. Después de las burlas, los maltratos, las exigencias, de seis años de fingir que no existía. Ahora que estaban a un palmo del poder esperaban de él que ¿se comportarse? Debía reírse de semejante pretensión, pero solo sintió tristeza. “El inútil de Igor”, ¿así le llamaban en la casa? Se le ocurrió incluso que la Senescal esperaba que Boris y él se casaran para cerrar el “asunto ruso”. ¡Qué decepcionada debía sentirse la maldita vieja!

 

No podía dejarse llevar por la rabia, así que solo tomó un sorbo de su bebida y sonrió un poco, como si supiera algo de los planes de su amante.

 

–Sabe, señorita Ivana Sergueievich, creo que su Alteza Real Geniev Telcontar Trandulion tiene otros planes para el Príncipe Boris Vorondion.

 

Ella gruñó, un sonido bajo y vicioso que casi le hizo dar un paso atrás. Jhon le puso una mano en el hombro para contenerla. Ivana miró a su prometido, asintió, dio media vuelta y comenzó a bajar hacia la pista de baile.

 

–Honorable Igor –Jhon hizo una leve reverencia.

–Príncipe Jhon –Igor reciprocó el gesto.

 

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Silvia sabía que la conversación no era nada divertida. Por los retazos que entendía en el apresurado oestron de Igor y porque la expresión de Boris se había tornado hermética primero, luego molesta. Como ella, Boris no sabía ocultar sus sentimientos de modo automático. El gruñido final de Ivana le indicó que había perdido la confrontación, de algún modo, pero no renunció a su plan. La cara de su amigo le daba más razones.

 

Cuando la rusa pasó a su lado, ella agitó su abanico. Ivana se detuvo, su rostro aún estaba rosado por la confrontación con Igor, pero no había olvidado las reglas del buen  comportamiento.

 

–Honorable Silvia –hizo una reverencia profunda.

–Señorita Ivana Sergueievich, mis suegros, los señores del Condado de Tarannon, me pidieron le transmitiera la felicitación por sus logros –señaló con el abanico el salón–, y que extendiera a su familia una  cordial invitación a pasarse algunos días en la palacete de la familia, junto al río Lefnui.

Ivana lució convenientemente impresionada y agradecida.

–Eso es muy generoso de su parte. Nunca he sido presentada a su suegro y su suegra.

–No es necesario –sonrió Silvia. –Su hermano, Igor Sergueievich, ha pasado dos veranos con nosotros. El Clan Tarannon está convencido de que un muchacho tan bien educado debe proceder de una familia excelente.

Silvia no le quitó los ojos de encima, disfrutó a fondo el brevísimo instante en que la rabia fue visible en su rostro. Ivana se recompuso enseguida.

–Se lo diré a mis padres. ¿Me permite…?

Silvia asintió y cerró el abanico con un chasquido.

–Por supuesto.

 

Ivana se apartó. Silvia giró un poco, para retomar su charla con Boris y deslizó el tacón derecho por entre los pliegues del vestido de Ivana. La rubia avanzó un par de pasos antes de que la resistencia de su traje la detuviera. Haló la falda, Silvia, que esperaba eso, soltó su presa. Ivana avanzó de nuevo y Silvia volvió a bajar el zapato. Ahora Ivana no pudo evitar el traspié y tuvo que apoyarse en su novio.

 

Silvia ocultó la risa detrás del abanico y subió un par de escalones, al encuentro de Igor. Pero la hebilla de su zapato rozó de nuevo el vestido de Ivana. Esta vez las dos avanzaban con ímpetu, y las dos cayeron al suelo.

 

–¡Coño! –soltó la caribeña en español.

–¿Estas bien cariño? –Jhon se arrodilló junto a su prometida.

 

Ivana solo podía mirar a Silvia, que se había sentado en uno de los escalones con desenfado y zafaba la hebilla de su zapato mientras soltaba quejas y palabrotas en español.

 

–Ivana –la voz de Tatiana Borichina la devolvió a la realidad.

Levantó la cabeza, sus padres y los Yermilov estaban junto a ella. Sintió ganas de llorar.

–Lamento lo sucedido –el acento occidental de Alcar Tarannon de Lefnui era resaltado por su voz de bajo. –Mi esposa también lo lamenta –miró hacia Silvia–, mucho.

–¿Qué? –ella tenía el zapato en una mano y se masajeaba el tobillo. Miró a su esposo y tardó un segundo en comprender lo que le exigía –Claro, claro. No quería que te cayeras Ivana, es muy desagradable, sin dudas. Qué porquería de zapato –les mostró la hebilla deformada por el tirón. –Lo bueno es que no se te rompió el vestido –estudió por un momento sus pies y comenzó a sacarse el otro zapato.  –Creo que sigo la fiesta descalza, total, todo el mundo sabe aquí que soy bajita.

Alcar emitió un gruñido exasperado ante la falta de elegancia de su esposa y trató de cerrar el asunto.

–Señorita Ivana Sergueievich, ¿acepta usted nuestras disculpas?

Ivana miró de nuevo a Silvia, que ya se había levantado y buscaba dónde tirar los zapatos. Detrás de ella, Igor y Boris (mal) fingían completo desinterés en su desgracia.

–Acepto sus disculpas –musitó.

–Príncipe Jhon, ¿acepta usted nuestras disculpas? –porque Alcar era un caballero perfecto.

–Acepto sus disculpas –asintió.

 

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Bailaron en silencio algunos minutos. Inseguro sobre el modo de enfrentar el asunto, los ojos de Theodred buscaron a Eothain, que conversaba con el Ministro de Deportes y el embajador norteamericano. Cosa rara, Theoden no estaba a su lado.

 

–No se va a romper porque lo pierdas de vista –el tono burlón era claro en la voz de Geniev.

–Lo se –suspiró. –Es que los últimos días han sido duros.

–La paranoia es mala para el desempeño deportivo y sexual.

El rohirrim rio, un poco. Se relajó.

–¿Crees que otra boda real en menos de un año sea demasiado para el país?

Geniev dejó pasar un compás completo del vals antes de responder.

–¿Y él será capaz de aceptar sus obligaciones de esposo? –preguntó de vuelta.

 

A Theodred no le sorprendió de que Geniev supiera <i>todo</i> sobre Eothain. ¿Qué no sabía su primo Geniev? Si le sorprendió darse cuenta de que no había pensado en esa implicación del matrimonio: tener descendencia. Como esposo del heredero de Rohan, Eothain debería…, pero la experiencia de tener a Elenya había sido a todas luces traumática.

 

¡Por los Valar! El Ejército del Oeste llevaba ya quinientos años de trabajo en convencer al universo de que toda referencia sobre embarazos masculinos, aparatos voladores y artefactos de telecomunicaciones en el pasado de Arda eran solo mitología, metáfora y magia. Para su novio, aquel embarazo tenía que haber sido como despertar dentro de un libro de Midhiel o Abysm, y desde entonces su hija le mantenía con un pie en el mundo de lo absurdo.

 

–No lo se –admitió.

–Entonces dedícate al asunto de Adanost, que tu hermano también merece ser feliz.

–Pero…

–Nadie va tocar las puntas del cabello a tu prometido o a su hija, tranquilo. Después de todo, él es uno de los nuestros.

Esa afirmación tranquilizó al joven.

–Debes regresar a la casa de la familia –y supo que Geniev no lo sugería. –Vivir allí será bueno para Elenya y Eothain, hará más fácil la transición. Después de que él de su consentimiento, puedes mudarte a donde quieras.

 

Theodred hizo un leve asentimiento, para indicar que aceptaba las condiciones. Pero dudaba que, una vez que regresara a la casa familiar tuviera fuerzas para escapar de nuevo. Geniev le prometía algo que no podría usar. Típico de su primo.

 

Ambos voltearon por el grito de Silvia al caer al suelo y detuvieron el baile para ver el desarrollo de los acontecimientos.

 

–Silvia no debería fingirse tan tonta –se quejó el rohirrim. –Un día de estos la van a descubrir.

–Y Alcar no debería fingirse tan serio –ripostó Geniev. –Imita muy mal a su padre, a quien debo agradecer su ausencia en esta reunión. ¿Crees que Jhon podría conseguir algo mejor que ella?

Theodred no tenía dudas hacía mucho sobre ese particular.

–Tal vez, pero no lo merece –y se atrevió a ir un poco más allá, pues el permiso para su matrimonio lo había puesto excepcionalmente feliz. –Solo hay un candidato serio para la Silla de los Senescales en esta generación.

Geniev dejó de sonreír y asintió.

–Debe dejarme tratar un problema a la vez, su Majestad.

 

TBC…

27 de enero de 2014

EN BUSCA DE UN SUEÑO 41

Lecciones y elecciones dolorosas

 

“lo personal es político”

Carol Hanisch, 1969

 

En medio del asombro al oír su nombre en voz del heraldo invisible, Igor sintió algo de seguridad con el tacto de los dedos de G, que acariciaban la palma de su mano. “Como si fuéramos novios”, pensó. La ilusión duró un instante, apenas miró a la gente del salón recordó por qué estaba ahí: porque G quería exhibir a su más reciente conquista y humillar a su hermana.

 

Bajó los escalones con estupor.

 

Pero superó esa idea también: ¿no estaba ahí por sus propios méritos? Si, los méritos en la cama no son menos valiosos. G, el hombre más poderoso de la Tierra Media, lo había elegido a él.

 

Las invitaciones anunciaron el baile de presentación de la prometida de John Vorondion. Gracias al particular sentido del humor de G, esta noche se había transformado en la presentación de los Fedorov ante Arda. Bueno, él no haría mal papel. Si Ivana no era capaz de poner su eterna rivalidad a un lado ahora, quedaría solo un Fedorov en el juego de la política nacional.

 

Igor sabía que no la extrañaría.

 

Mientras avanzaban a través del salón, el Príncipe hizo saludos con inclinaciones leves de cabeza y moviendo su mano izquierda, mientras llevaba a Igor a su lado derecho.

 

Ya resuelto a sacar lo mejor de la noche, Igor también saludaba. Aunque nunca esperó verles aquí, tenía a sus propias amistades entre el público. Después de todo, el nivel económico del clan Fedorov había permitido que sus retoños fueran a las escuelas más exclusivas de Arda. No era un extraño, de algo tenía que servirle haber pasado los últimos diez años a caballo entre el credo ortodoxo-reaccionario del barrio ruso y la ociosa soberbia de la nueva generación del Ejército del Oeste.

 

Excepto Boris y Silvia, nadie esperaba que su llegada contara en el tablero del poder. Claro, él es la oveja negra de los Fedorov, como Boris era la oveja negra de los Vorondion. No es una pieza significativa. Podían prever que llegara separado de su familia, pero nada más.

 

Algunas de las expresiones dejan traslucir más de lo debido.

 

A Tatiana Borichina Yermilova parece que le va a dar un infarto de lo salidos que tiene los ojos. Debe estar recordando cuántas veces lo humilló, o hizo comentarios homofóbicos en su presencia.

 

Hay orgullo en Eothain y los gemelos Theoden y Theodred.

 

Los padres de Michel tienen una un brillo divertido en sus ojos. ¿Se trata de él o de G?

 

Alcar tiene su habitual expresión absorta, probablemente no se ha enterado de que el final feliz de la fiesta de su primo segundo –¿o tercero?– pende de un hilo.

 

Ya han cruzado la estancia. Se detienen ante quienes compartirán la mesa con ellos.

 

La familia Arthedain hace una profunda reverencia.

 

–Alteza –el que saluda es Belegund, pues sus cónyuges no son nobles.

-Un placer verles, en especial porque se encuentran en la dulce espera. ¿El cuarto?

-El quinto Alteza –aclaró Adanedhel con claro orgullo en la voz.

-¡Quieren tener una familia como la de Feanor! Bien por ustedes. Tendremos mucho de qué hablar esta noche.

 

G movió la cabeza acaso un milímetro a la derecha, y los Arthedain retrocedieron.

 

Igor sintió miedo, ¿a qué escuela debías ir para saber que tus minutos de atención habían terminado? No una a la que él asistiera, seguro. Entonces lo vio, la Senescal Finduilas hizo un gesto mínimo, y el trio Fedorov hizo su reverencia.

 

-Alteza –dijo Serguei Vladimirovich Fedorov.

G respondió en ruso.

–Es un gusto conocerles al fin. Estimado Serguei Vladimirovich, su esposa Olga Ivanovich es una mujer de gusto exquisito. El morado es la mejor elección para su color de cabello.

-Gracias Alteza –respondió Olga, también en ruso. –Estamos muy felices de estar en su presencia.

-Trato de ser presentado en situaciones venturosas, señora, así las personas disculpan mis excentricidades. Por ejemplo, hoy tenemos buena música, excelente selección de aperitivos y hermosos trajes de época. ¿Qué puede salir mal cuando se lleva un traje hecho para Ludmila Savelyeva en el filme más caro de la historia soviética?

-Gracias Alteza –Ivana sonrió suavemente. –Su traje también es hermoso.

-Tendremos tiempo para discutir de modas, Ivana Sergueievich, tu hermano me ha dicho que eres una gran conocedora.

Los ojos de ella van, por una fracción de segundo, hacia Igor. Luego vuelve a concentrarse en G.

-Esteré encantada de abordar cualquier tema que pueda interesar a su Alteza.

 

Los Fedorov retroceden y ¡finalmente!, G mira de frente al príncipe John Vorondion.

 

-Luces bien John –G vuelve a usar el oestron-, la vida de ciudad te sienta.

 

Igor ha detectado un –levísimo- toque de amargura en la voz de su amante. La palidez del príncipe le confirma que hay una historia previa, y poco amable, entre ambos. ¿No dice Boris a todo el que quiera oírle que John es su único primo heterosexual?

 

También es, recuerda mientras suben los escalones hacia la mesa, el único varón de Finduilas, y ella siempre ha tenido ambición por dos, ¿o tres?, personas muy ambiciosas. ¡Qué divertido! Su hermana se casa con el amante desechado por G.

 

La imagen le hace sonreír.

 

–¿Vino? –Midhiel llegó a la mesa sin ser vista, presta a servir con esa expresión vacía y atenta a la que Igor no acaba de acostumbrarse -porque le sugiere la idea incongruente, y atemorizante, de un arma bien aceitada, cargada y puesta en una esquina de la mesa de un comedor familiar.

–Prefiero jugo, gracias –sabe que la noche será larga y no puede dar un solo paso en falso.

G aspira el aroma de su tinto favorito y sonríe.

–Los jóvenes de hoy no aguantan al alcohol.

Igor le sigue el juego, esta es una provocación cotidiana en el Palacete, donde es el único que no riega las comidas con algún licor.

–Ya sabías que no me gusta intoxicarme cuando me besaste por primera vez.

-Y tus besos abstemios son muy agradables –admite G. –Pero nos haces quedar a quienes te acompañamos como menos virtuosos.

-¿En dónde radica la virtud de este reino sino en el Príncipe de Telcontar?

-En el Rey, señorita Ivana, que está enterrado en la Calle del Silencio.

-Por supuesto, estamos muy felices de vivir en una república –el Primer Ministro eleva su copa en gesto de convite y evita un bache tras el desplante dado a Ivana.

El resto de la mesa lo imita.

-Gracias por recordarme un día bello, señor Adanedhel. No tiene idea de lo feliz que me sentí la tarde del 17 de junio de 1961, cuando firmamos la abdicación de todas las monarquías.

-Es una de las mejores fechas de nuestra historia –apostilla Krasnaya. –Solo que nos deja con la pregunta que enfrenta toda nación de pasado monárquico: ¿qué objetivo tiene la nobleza en una república?

–No te oí quejarte de mi familia, ¿cierto? -Belegund da un golpecito en el hombro a su esposa. -Porque estoy embarazado y muy sensible.

G se ríe, Igor alcanza a ver un brillo de diversión en sus ojos y se alegra. No quiere que Ivana amargue la reunión tan temprano.

-Yo no busco respuesta a eso, señora Arthedain. Es una pregunta para jóvenes. Estoy trabajando por la gloria del reino y el honor de los Valar desde la toma de poder de Eldarión I, y antes era Capitán de los Espadachines del Reino. Ahora estoy desempleado, tengo una buena pensión y soy feliz. Su esposo hace un buen trabajo al frente del barco, o eso dice el electorado.

–La democracia es lo que nos reúne esta noche.

-Lady Finduilas tiene razón, por supuesto –G asiente. –Sin la constitución de 1961, esta fiesta no sería posible. Sin el boom turístico de la década del setenta, tampoco, claro –gira el cuerpo hacia el lado de la mesa donde los Fedorov han permanecido callados. –Serguei Vladimirovich, me dice Igor que abrirán el segundo hotel en Rusia este verano.

El hombre deja su copa de vino en la mesa y asiente.

–En Sochi, Alteza, una ciudad bella en todas las épocas del año. Abriremos en verano, probaremos la maquinaria. En noviembre, una vez que estemos seguros de que el personal y el inmueble están a la altura, haremos una gran inauguración. Será bello, con las primeras nevadas. ¡Ya lo verá!

-La doceava estrella de la cadena de hoteles Hada de las Nieves –agregó su esposa. –Estamos muy orgullosos. Una expansión lenta, pero sin retrocesos.

-Es, sin dudas, un logro tremendo haber hecho todo esto en dos décadas –reconoce G–, además de educar a un hijo y una hija tan bien. Debe estar muy orgullosa de su descendencia, Olga Ivanovich.

 

Es solo un parpadeo, pero Igor ve con claridad la sorpresa en los ojos de su madre.

 

¡Claro! Olga y Serguei no acostumbran a pensar en Igor como un logro, sino como un fallo personal, una vergüenza familiar y, lo más terrible, un lastre social. Todas las apuestas del Clan Fedorov están desde hace más de cinco años en Ivana, la buena, trabajadora, ambiciosa y responsable hijita que Dios les mandó para que se hicieran defensores de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres de piel blanca, fe cristiana y deseos heterosexuales –porque la igualdad no se puede llevar demasiado lejos.

 

Igor lo sabe. De eso se trata ser una oveja negra, después de todo. Solo que hay una diferencia entre saber, cuando estás lejos, y ver a tu madre extrañarse de que alguien te elogie. Duele, por los Valar que duele.

 

–Por supuesto, creo que son personas de provecho. ¿Qué más puede pedir una madre?

–¿Cree? Señora, le aseguro que Igor es un excelente muchacho, mejor compañero no quiero en lo que queda de siglo. Por cierto, me parece que los gemelos miran para acá con demasiada insistencia.

– Theodred quiere sacar a bailar a su novio –explica Midhiel.

–Ya –G deja la copa en la mesa y se limpia la boca. –Bueno, no debemos privar al heredero de Rohan del placer de lucir las habilidades de Eothain en la pista de baile.

Se levanta y tiende la mano a Igor.

–¿Un tango?

 

De nuevo las miradas. Las miradas acusadoras de sus padres. La mirada de odio y reto de Ivana. La desinteresada de John. La mirada expectante de Lady Finduilas. La mirada curiosa de la familia Arthedain.

 

A estas alturas (han pasado veinte segundos) todo el salón les observa, porque es evidente que G espera por él para abrir el baile.

 

Es ahora cuando rompe las cadenas ¿cierto? Una simple pieza de baile y no habrá vuelta atrás: será el Amante de G el resto del siglo XX. Tampoco es tan difícil, comprende que no hay dolor, no hay vacío repentino en su corazón. No hay nada para él en ese barrio definido por la sombra de la cúpula dorada de la catedral de San Metodio.

 

Toma la mano de G y se levanta.

–Un tango, por supuesto.

 

Bajan los escalones. Avanzan hasta el centro de la pista. El rasgueo de una guitarra anuncia una melodía. Igor siente cómo G toma su cadera izquierda y levanta la mano derecha. Gira un poco, y vuelve a ver los rostros pálidos de la que, hasta hoy, fue su familia.

 

Tantas veces soñó, de niño, que le confesaban que  era adoptado, que en realidad era ardense y sus padres habían regresado de Rumanía –donde Drácula les tenía prisioneros–, para reclamarlo. Igor siente lástima de sí mismo, de las mentiras que tuvo que decirse y decir a otras personas para llegar hasta donde está.

 

Las mentiras no han terminado, lo sabe –es joven, pero no tan ingenuo. Esta noche solo dejará tirada y bien rota una mentira tremenda: que es un Fedorov. A partir de mañana, el Presidente del Consejo y Accionista Principal de la cadena de hoteles Reina de las Nieves tendrá solo una heredera.

 

Todo eso piensa en lo que baja los párpados, traga, alza su mirada hacia G. Su amante le sonríe, y sabe –no por primera vez– que decirle lo que siente será redundante. En cambio, es la primera vez que esa capacidad de G para leerle la da paz.

 

–No tengas miedo, Melda. Solo déjame llevarte.

 

La melodía avanza, G les conduce por la sala con habilidad. Sus cuerpos, acostumbrados ya al contacto estrecho del sexo, se acoplan perfectamente en el tango. Igor se relaja entre esos brazos delgados, fibrosos, de endeblez aparente. La mente se le embota entre el ritornelo de la pieza y las vueltas del baile. ¿Está ebrio? No lo sabe, pero todo fuera del rostro de G está perdiendo nitidez. Apoya el mentón en el hombro de su compañero. El olor a madera del cabello de G aumenta aún más su ofuscación.

 

–No tengo miedo, para nada –susurra. –Lo único que tengo que hacer mañana es cambiarme el nombre. ¿Cuál apellido crees que me quede mejor, uno rohirrim o uno gondoriano?

 

G ríe suavecito, y su aliento hace cosquillas en la barbilla del muchacho. Es un sonido cálido, reconfortante. Igor comprende de golpe que esa risa es para él, solo para él, que  es casi como hacer el amor, como apartarlo del mundo por un instante y besarlo muy hondo.

 

-Veremos.

 

¿Veremos? Igor se separó para volver a mirarle los ojos, esos ojos oscuros que siempre lo observan con seriedad, curiosidad y un toque de espanto que no logra explicarse. El estupor provocado por la música, los giros y el olor a madera, deja paso al asombro.

 

Ya sabe que G es directo en sus negativas y sinuoso en sus anuencias. Ha dicho una locura, ha dado voz a un impulso provocado por la euforia de haber roto con su familia biológica y G dice ¿“veremos”? O sea ¿no ha dicho una estupidez total?

 

La música se detiene. Igor mira alrededor: varias parejas ya se alistan para la próxima pieza, pero nadie está a menos de tres metros.

 

-¿Siempre ha sido así? –inquirió sin poder contener su curiosidad.

-¿Así?

-Con el resto de las personas lejos.

G observó el salón con expresión neutra.

-Desde 1597, cuando Eldarion VI abdicó al fin. Me quedé en Minas Tirith para arreglar el desastre que dejó en la administración y acompañar a… -se interrumpió, Igor se dio cuenta de que había estado al borde de la indiscreción. –Es así porque se supone que ocupamos el lugar del Príncipe Heredero. Al Duque de Anfalas le divertía mucho ¿sabes?

 

Igor suspiró incómodo. Era bastante difícil seguir la lógica de G en cuanto empezaba a hablar de si mismo como si fuera Geniev el Bastardo y tuviera casi dos milenios de edad.

 

G lo miró con expresión burlona.

-Podemos hacer un baile de figuras…

La mera idea de improvisar los lanceros o una polka reconcilió a Igor con el tango y los tres metros de separación. Al menos así estará seguro de que su hermana no le ponía un traspié.

-Si al Duque le gustaba –acepta, y siguen bailando.

 

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–No permitiré que me estropees la fiesta ¿entiendes? –le dijo en tono duro Silvia. –Si tienes algo que decirle, ve allí y hazlo, actúa como un adulto ¡para variar!

 

Boris carraspeó, incómodo. No acababa de estar seguro sobre el sentimiento correcto en este caso ¿enfado?, ¿alegría?, ¿traición? Pero Silvia tenía razón en que debía arreglarlo con ella, con nadie más. Así que caminó por entre las parejas que ya disfrutaban de la segunda pieza de la noche.

 

Se acercó despacio, tampoco sabía cómo debía dirigirse a la Heredera de Harad, aunque se llamara Liv y hubiera pedaleado a su lado por tres años ida y vuelta en la ruta de su casa a la Casa del Saber. Ni siquiera estaba seguro de qué idioma y modales usar, pues ya no eran Boris y Liv, sino el Príncipe Boris Vorondion, del Clan de los Senescales de Gondor, y la Princesa Heredera Liv, del Reino Perdido de Harad.

 

–Saludos, hermano Gustav, Princesa Liv.

Pero ella lo desarmó con una sonrisa, como siempre.

–Hola Boris, creí que tendría que mandar a mi primo a buscarte.

–Silvia es intransigente con la gente gruñona, lo sabes. Me ha dicho que, si me sentía traicionado porque nunca me dijiste quién eras, debía venir y quejarme contigo. Porque ella estará muy ocupada acosando al Embajador de Cuba.

 

Lo ha dicho con una fina sonrisa en los labios, bajito, para que solo ellos tres lo escuchen, pero lo ha dicho y ¡por los Valar!, se siente muy bien. Gustav, impasible, les da la espalda y finge que mira el baile. Silvia se ha quedado pálida. Boris casi siente pena por ella, casi, porque los ojos duros que le devuelven la mirada no piden clemencia.

 

–¿Qué derecho tengo a divulgar secretos que no son solo míos?

 

El rubio recuerda entonces a la pareja Shev, viviendo al día en su tiendecita, ocultos a la vista. ¿Será posible que comprase pan y manzanas de las manos de uno de los arquitectos de la reconstrucción de Harad? Todo es irreal, y la verdad, ningún escenario más propicio que el baile de presentación de Igor e Ivana.

 

–Me hubiera gustado saberlo antes –dice al fin, en clara disculpa.

Ella le toma una mano con suavidad.

–Y a mi decírtelo, pero… -Gustav carraspea, y Liv se separa con rapidez. –Pero no estamos solos en el mundo, Boris.

 

Él sonríe, por ahora le basta saber que ella confiaba lo suficiente en su discreción. Así que decide tomar un tema seguro, dejarla tranquila.

 

–Entonces, ¿qué harás en el otoño?

–Me he inscrito en la Maestría de Proyectos de Integración.

Boris alzó las cejas. Liv tenía un desempeño académico excelente, la aceptarían, pero no se imaginaba cómo podrían los Shev, con esa tiendecita, pagarle semejante curso.

-Vas a estar pagando cuotas hasta que tengas cuarenta años.

–Tengo financiamiento.

–¿Una beca?

 

Aquello era incongruente. Liv y su familia vivían casi en la clandestinidad, y el escrutinio de una beca implicaba que media Casa del Saber explorase tus antecedentes familiares.

 

–El financiamiento no es… académico. Los requisitos son más bien sociales –la mirada interrogante de Boris la obligó a ser más explícita. –Debo asistir a este tipo de eventos, con este tipo de ropa, y fingir que no me importa que la descendencia del Ejército del Oeste se crea virtuosa solo por su sangre.

 

Lo ha dicho con suave sonrisa y los ojos fijos en la pista de baile. Su expresión es tan frívola que cualquiera creería que comenta con él algún detalle inane del salón. Pero Boris está ahí, la oye perfectamente, ve incluso los ojos húmedos, furiosos.

 

La felicidad le inunda: Sigue siendo ella, seguro, dispuesta a humillarse por lo que quiere, sin importar el fango en sus rodillas. Es ella, la Liv de la cual se enamoró.

 

Epifanía y dolor llegan casi de la mano: ¿cómo pueden unirse los destinos el Príncipe Boris Vorondion, del Clan de los Senescales de Gondor, y la Princesa Heredera Liv, del Reino Perdido de Harad? Aunque él dejara atrás a su familia, ¿tiene derecho a pedirle tal cosa a ella? Es evidente que alguien le pagará por hacer ese papel de Princesa que odia, que la quieren en el juego político de Arda. Entonces, ¿debe quedarse a su lado?

 

-Tiene usted mi espada y mi escudo, Princesa Liv –dice en antiguo oestron con una leve inclinación de cabeza, antes de que el miedo le haga retroceder.

Liv traga en seco. Gustav se vira y deja de pretender que no le importa lo que pasa.

-¿Tienes idea de lo que acabas de decir, muchacho?

-Si, hermano Gustav. No eres el único por aquí con lealtades compartidas y demasiados libros a cuestas.

La mira y repite la fórmula completa, con el exquisito acento de noble que tantas horas le llevara perfeccionar y siempre odió, hasta hoy.

–Juro, por mi honor, que la Princesa Heredera Liv, del Reino Perdido de Harad no recibirá afrenta que me deje impasible. ¿Acepta mi ofrenda, Princesa? –esa pregunta la hace con miedo, ¿qué hará si descubre que ella no lo ama?, ¿si le dice que fue un juego de niños?

–Desde la oscuridad, Príncipe Boris, sin gloria y sin sol, será su guardia –advierte ella en haradrim.

 

Boris sabe que la elección de palabras no es casual. Él habló en el idioma de sus ancestros, ella lo hace en la lengua de los suyos. Ninguno dejará de ser quien es, quiere decir. Ya no jugarán a ser otra pareja, de otro tiempo u otro sitio donde las diferencias fueran superables.

 

-Entonces llevaré una antorcha conmigo.

-Sácame a bailar, Gustav, o voy a dar un espectáculo y todo será inútil –dice ella mientras asiente.

 

Gustav, como el excelente chaperón que es, pone cara de ofendido y se la lleva a rastras a la pista. Tardan un poco en comprender que se trata de un vals, pero alcanzan el paso. Boris se sienta en el escalón y espera con calma a que Silvia llegue a su lado.

 

–Así que ahora se supone que la odias –comenta ella mientras le pasa una copa de sidra.

–Si.

 

La mujer hace una mueca. Boris, que la conoce, sabe que es su equivalente de risa, para circunstancias en las que sabe que no puede reírse –porque la risa de Silvia es alta y diáfana, absolutamente indiscreta. Se queda serio.

 

–Me encanta esta fiesta, las cosas están mejores que la mejor telenovela brasileña imaginable. Ven, sácame a bailar y vamos para allá –señala un punto a la izquierda–, creo que Ivana va a fajarse con Igor.

 

Boris obedece. Nada mejor para olvidarse de sus problemas que la vocación de Silvia por el reality show. Mientras danzan con pasos genéricos recuerda algo.

 

-Creí que no hablabas ruso.

Ella le guiña el ojo.

–Tengo una grabadora en el sostén, me traduces después, ¿verdad? Por ahora me conformo con la cara de esa rubia cuando limpiemos el piso con ella.

–¿Todavía quieres pisarle el vestido?

Ella pone carita de niña triste.

–¿Pero no son para eso las colas de los vestidos de las señoritas blancas, para pisarlas?

–Silvia, te guste o no, eres la esposa del heredero del Condado de Tarannon, no puedes comportarte como mulata liberta de la primera mitad del XIX en Cuba, aunque estés vestida como una de ellas.

Silvia bufó.

-Eres un aguafiestas. Si no le piso el vestido ¿qué gracia tendrá la foto que quiere sacarle Alcar?

–¿¡Pero Alcar también…!?

-¡Calladito! Estamos llegando y, por la cara de perro apaleado de tu primo John, esto está a punto de caramelo.

 

Continuará…

30 de noviembre de 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 40

La familia Fedorov y la realeza de Gondor

 

¿Quién ha dicho el primer insulto?

¿Quién tiró la primera piedra?

¿Quién sintió el primer miedo?

“Frio”, Raúl Torres

 

Igor sintió cerrarse la puerta a su espalda y dejó escapar un suspiro. No era tan ingenuo como para creer que había pasado lo peor, pero el trance de las cámaras, en espacial la pregunta de Langbardur Esgaroth, le habían puesto al borde.

 

-Alteza.

Las hermanas Vorondion se habían inclinado profundamente y, comprendió Igor sorprendido, esperaban el permiso de G para levantarse.

-Un placer verle, Senescal Finduilas, Princesa Lothiriel –dijo el moreno y las mujeres se irguieron. -¿Puedo confiar en la discreción de estas paredes?

La Senescal asintió.

-Midhiel –llamó el Príncipe, la sirvienta salió de entre las sombras y comenzó a desmontar el velo con cuidado. –Supongo que ya conocen a Igor Vladimirovich Fedorov.

-Si, claro –repuso Finduilas con tono neutral. –Es el hermano de…

-No lo traje porque fuera el hermano de nadie –le interrumpió G. –Tiene el Anillo de Rúmil desde hace dos semanas. Es  –y dijo eso mirando de frente a Lothiriel– el rubio más atractivo que he visto desde que llegué a Minas Tirith.

Ella tuvo el decoro de enrojecer levemente, Igor bajó los ojos y carraspeó. G puso los ojos en blanco.

–Eres demasiado bueno querido, todavía. Bueno, vamos a la fiesta, tengo ganas de bailar tango.

Las dos princesas avanzaron por la galería, G e Igor les siguieron.

 

Mientras se adentraban en la mansión, Igor se esforzó por mirar atento cada detalle. Nunca había pasado de la puerta de esta casa que Boris odiaba y su hermana ambicionaba, pero presentía que pronto sería habitual por allí, incluso después de que G –aún no se acostumbraba a llamarle Geniev–, regresara a su retiro en Rivendel.

 

Estaban en la parte moderna de la casa. La arquitectura le indicó que debía ser obra de los años 1940 o 1950, pero sabía que el edificio estaba ahí desde finales del siglo XVIII, cuando se hizo imposible seguir modernizando el palacete que los Senescales tenían dentro del Círculo. De hecho, el salón de baile, con sus monstruosas proporciones, se remontaba a esa época.

 

¡Cuántos tapices decoraban la galería! Todos aquellos hechos de sangre, todas esas bodas, todos esos tratados de paz y comercio nada tenían que ver con él, pero si con su buen amigo Boris, con el idiota de su futuro cuñado, con G… ¿Para qué engañarse? Él quería, desesperadamente, conocer a su amado.

 

El corredor tenía varias curvas y numerosas puertas se abrían a un lado y otro. Poco a poco la textura de las paredes cambió y el joven dedujo que estaban en la parte más antigua del palacete. Se detuvieron antes de un giro abrupto. Del otro lado llegaba luz y el sonido confuso de numerosas personas. El salón de fiestas, comprendió Igor.

 

Finduilas y Lothiriel siguieron andando, sin mirar atrás.

 

G se alzó hacia Igor y le dio un beso leve en los labios.

–¿Listo?

–Pues…

Nunca pudo terminar. La voz de un ¿heraldo? anunció

–Ha llegado su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad.

G lo tomó de la mano y doblaron la última curva, Igor fue deslumbrado por el cambio repentino de iluminación.

-Le acompaña el Portador del Anillo de Rúmil, su Señoría Igor Sergueievich Fedorov.

 

&&&&&&&&&&&&&&&

 

Ivana y sus padres llegaron ante las hermanas Vorondion y les saludaron con una profunda reverencia.

 

–Honorables Fedorov, Honorable Ivana –saludó la Senescal. –Bienvenidos sean a la Mansión de la Familia de los Senescales de Gondor –dijo con una leve reverencia y la mano derecha sobre el corazón.

–A tu casa llegamos, que estos muros sean refugio, no prisión –respondió la hija con exquisito acento y el trio se irguió.

-Falta Igor Sergueievich –dijo Lothiriel con voz neutra.

–Lo lamentamos tanto, sus Señorías –respondió la madre. –Igor está preparando un examen muy importante, ya saben que el talento no lo es todo en esta vida.

-Un hijo estudioso jamás da vergüenza, Olga Ivanovich –respondió Lothiriel sin cambiar su expresión. –Los Valar saben cuánto recé para que mi vástago se contagiase con el suyo.

 

La Senescal hizo entonces un gesto leve y avanzaron hacia el interior del palacete.

 

Recorrieron el camino con calma, en parte por los nervios, en parte porque a las dos mujeres aún les costaba un poco avanzar sin pisar los bajos de sus trajes de fiesta.

 

Se detuvieron en el recodo y esperaron a que el heraldo les anunciara.

–Han llegado Ivana Sergueievich Fedorova, Olga Ivanovich Fedorova, y Serguei Vladimirovich Fedorov, honorables invitados del Príncipe John Vorondion.

 

Al entrar al salón, Ivana sintió muchas miradas clavadas en su traje, evaluando la calidad, el ajuste, la naturalidad con que llevaba su vestido y el reto de entrar al pleno de la crema y nata de Arda. También vio ojos que buscaban más allá, que buscaban… ¿Acaso nunca podría librarse del fantasma de Igor?

 

Consciente de que no debía vagar como una tonta, y ya que el entretenido de John no había acudido a su lado, Ivana buscó veloz algún aliado en la multitud. El primer rostro que reconoció fue el del primer ministro, Adanedhel Arthedain, estaba a pocos metros de la entrada, charlando con el embajador británico.

 

¡Horror! Tenía a una esposa colgando de cada brazo. Pero Ivana no se dejaría amedrentar por semejante desfachatez. Arthedain siempre había sido amable con ella, creía que los orígenes humildes de ambos les unían. ¡Imbécil pomposo! Si todavía estuvieran en el siglo XVII, ella fuera Reina y él Primer Ministro… no, imposible, uno de los dos no cabía en el gabinete de gobierno. Pero estaban en el siglo XX y ella aún no era la esposa del Senescal, paciencia.

 

Los políticos la vieron avanzar y se apartaron para saludarle.

–Honorable Señorita Fedorova –saludó Sir Richard.

-Embajador –respondió ella con sencillez. –Es un gusto verles, Primer Ministro, Señor Belegund, Señora Krasnaya.

-Justo le decía a mi esposo que el vestuario femenino ruso de 1810 es muy atinado para realzar la figura femenina. Usted y la embajadora Tatiana Borichina Yermilova están deslumbrantes –comentó la de pelo azul.

Ivana tardó unos segundos en comprender que Krasnaya no se refería a Adanedhel, sino a Belegund el chiflado. Eso sí tenía sentido, pues había notado que la charla entre el Primer Ministro y el representante de Gran Bretaña no era ligera.

-Gracias, Sra. Arthedain. Es un modelo de la versión de La Guerra y la Paz de Sergei Bondarchuk.

-Te lo dije –exclamó Belegund y comenzó a abanicarse con expresión triunfal. –Disculpe Ivana Sergueievich, pero este bebé me tiene con tremendos calores. Apenas es primavera y la espalda me suda como si escalase las Montañas Azules.

Con un movimiento rápido, que Ivana reconoció ensayado, el heredero de Ered Nimrais pasó del brazo de Adanedhel Arthedain al de Kransnaya y se acercó a ella, dejando a los hombres a su espalda.

-Los sanadores me han ordenado todo el reposo físico posible, ¿sabe? Tengo más de cuarenta años y este –se pasó la mano por el vientre– es un revoltoso. Así que he visto muchas películas en las últimas semanas.

-Belegund es parte del Comité de Apoyo a la Cinemateca, están organizando una muestra de cine histórico –aclaró su esposa, como para dejar en claro que en su familia nadie holgazaneaba.

El del abanico asintió levemente y retomó la palabra.

-El caso es que he visto mucho cine soviético, ruso y filmes basados en la historia rusa, ya imagina usted por qué –Ivana asintió, lo cierto es que le molestaba que esta travesti dominara su lengua, y ni hablar de su vasto conocimiento sobre tradiciones eslavas. –Apenas hace una semana vi la versión de 1966 de La Guerra y la Paz, que considero infinitamente superior a la de King Vidor, por supuesto. Pero en la Cinemateca queremos algo singular, único, como la primera versión de esa novela, la que hizo en 1915 Vladimir Gardin, ¿recuerda?

No, Ivana no lo recordaba, pero no admitiría ignorar algo sobre la mayor novela de Rusia ante este remedo de Primera Dama.

-¿Desea usted que hable con el embajador al respecto?

Belegund y Krasnaya sonrieron con conmiseración, e Ivana se clavó las uñas en las palmas por el error. ¿Acaso necesitaba el esposo del Primer Ministro intermediarios para contactar a cualquier embajada?

-Deseo que, en su próxima visita a Rusia, vaya a la sede de Mosfilm, como ciudadana privada, y averigüe por esa joya. ¿Está perdida o extraviada? Eso es lo que no saben en la Cinemateca ni en su embajada.

Ivana no estaba segura de si este encargo era un honor o una humillación, así que optó por asentir.

-Cuando toque Moscú –declaró sin comprometerse en plazos.

La vaguedad no pareció molestar a la pareja Arthedain. Belegund desplegó su abanico de nuevo y suspiró adolorido.

-Espero que su Alteza Real no tarde mucho más, los pies me están matando –luego fijó los ojos en un punto más allá del hombro de su interlocutora. – Ivana Sergueievich, creo que su embajador desea hablarle, y yo debo regresar a proteger a mi esposo de Sir Richard.

 

La rubia hizo una leve reverencia y se dirigió hacia donde sus padres se habían reunido con Vasili Vasilievich Yermilov y su mujer, Tatiana Borichina. La Yermilova en verdad lucía bella con su traje blanco de ribetes de oro y capa corta dorada, los brazos de la embajadora lucían fuertes y el escote revelaba un pecho de piel aún tersa y blanca. Querría lucir así a los cuarenta, definitivamente.

 

–Señorita Fedorova –el embajador, todo formal, le dio un beso levísimo en el dorso de la mano.

-Querida Ivana –saludó la embajadora y le dio un beso en cada mejilla.

-¿Qué quería el esposo del Primer Ministro? –demandó Serguei Fedorov.

-Nada serio, papá. Están preparando una muestra de cine histórico en la cinemateca y desea mi consejo respecto a los filmes sobre nuestra patria.

-Me permito recordarle, Ivana Sergueievich, que no es usted rusa, sino ardense –rectificó en voz baja el embajador. –Esa expresión suya es potencialmente peligrosa, especialmente en este salón.

-Estoy nerviosa –admitió Ivana.

-¿Acaso no lo estamos todos? –le tranquilizó Tatiana. –Ninguna persona de sangre rusa ha estado tan cerca como tú de emparentar con una monarquía europea desde que María Vladímirovna, Gran Duquesa en el exilio, se casó con el Príncipe Francisco Guillermo de Prusia en 1976, este es un gran día. Por lo mismo, no puede dejar que el pánico le gane, querida –la embajadora le tomó ambas manos con fuerza. –Mañana podrá llorar, bailar, o dormir, hoy no. ¿De acuerdo?

-La Senescal y su hermana han llegado –advirtió Olga Fedorova.

 

Era la señal: el Príncipe G ya había sido recibido e iniciaría la fiesta en cualquier instante. Ivana notó cómo todo el salón se movilizaba para ocupar sus puestos en la ceremonia de recepción al regente. Se despidió de los embajadores con un gesto de la mano y fue a su lugar.

 

Mientras cruza la estancia, Ivana alcanza a ver un intercambio de miradas entre Boris Vorondion y Silvia, la trepadora que cazó al heredero del Condado de Tarannon. ¿Por qué están estos dos tan felices, si son los mejores amigos de Igor? Pero no tiene tiempo ahora, ya está lista para su gran prueba, tiene que serenarse.

 

Todas las personas han formado una galería que cruza el salón, desde la entrada hasta el inicio de la plataforma donde estaba la mesa principal. Casi junto a la puerta se encuentra el gabinete ministerial, seis integrantes del gobierno a cada lado, junto a sus parejas. Por la derecha, siguen a la clase política la nobleza de Rohan, Esgaroth, Gondor y Arnor, cerraba la fila el Clan Vorondion. A la izquierda están los embajadores de Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Cuba, con sus respectivas parejas, después la heredera del Trono Perdido de Harad –con un cura como chaperón–, los señores enanos y el liderazgo de la Sociedad Moriquendi, con representaciones de los cuatro reinos míticos: Lorien, Rivendel, Rhovanion y los Puertos Grises. Al final del salón, casi junto a la escalinata, están los Fedorov, Adanedhel Arthedain con sus dos cónyuges, la Senescal y su hijo, el Príncipe John.

 

Se escucha un suave toque de madera.

–Ha llegado su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad.

La figura menuda entra al salón, saluda con una mano y tira de un hombre alto, rubio, vestido como un guardia de Lorien. Ivana siente que le tiemblan las rodillas al ver el rostro del acompañante del Príncipe G.

El siguiente, y último, anuncio del heraldo le llega desde lejos, como el eco de una pesadilla recurrente.

-Le acompaña el Portador del Anillo de Rúmil, su Señoría Igor Sergueievich Fedorov.

 

Ivana siente ¿intuye? el gemido estrangulado de su madre y la pisa con fuerza. No, no, no, repite en su cabeza. Entonces su mirada se cruza con la de Silvia, la morena sonríe como el gato que se comió el canario. ¡Puta!, lo supo todo el tiempo.

 

Continuará

28 de noviembre de 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 39

El evento social del año en la TV (III)

 

Calm voices give whispered

instructions and hands

flutter

in the streetlight

hiding animal faces

that glisten

with swollen

red tongues.

Quietly,

they devour

each other.

“Embrace”, Viggo Mortensen

 

Por un momento, fue difícil mirar a las pantallas sintonizadas con Arda Visión: la imagen subía y bajaba por el veloz avance de camarógrafo, y apenas podía verse la espalda de Langbardur Esgaroth, que corría con sus taconazos hacia la limosina Meara De Luxe del Príncipe G.

 

Al llegar a la acera, la lente se enfocó en la puerta trasera, que ya abría un agente de seguridad.

 

Primero salió un hombre vestido como los guardianes del Bosque de Lorien. Antes de que alguien pudiera reconocerle, se giró para ayudar a emerger a una persona totalmente vestida de gris, y no hizo falta más información.

 

La cámara regresó al rostro Langbardur, la periodista no pudo contener un leve temblor en su voz:

 

-Querida teleaudiencia, estamos transmitiendo a ustedes, en vivo, la llegada de su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad, a la fiesta de compromiso del Príncipe John Vorondion, Hijo de la Senescal del Reino, y la joven Ivana Vladimirovich Fedorov  –ella giró hacia el auto y se inclinó en profunda reverencia. –Su Señoría.

 

Como manda la tradición en Arda, la pantalla no mostró el rostro del Príncipe, sino su cuerpo, del cuello para abajo.

 

Un edicto, emitido a mediados del siglo XIX, prohibía cualquier imagen de su cara sin autorización expresa de su Alteza. Todos lo sabían, y lo tomaban con calma, como una de las singularidades de su patria. De todos modos, el Príncipe G era casi una leyenda, nadie estaba en verdad interesado en conocer su rostro, sino sus posiciones políticas.

 

Entonces ocurrió lo inesperado: Primero, el Meara De Luxe se fue, dejando el porche  completamente visible, luego la pareja más esperada de la noche se giró hacía la calle y la figura de gris hizo un gesto de invitación.

 

Quien primero reaccionó fue la corresponsal del semanario Sin Lluvia o sin Sol. Saltó la valla, se detuvo a unos respetuosos cinco metros y accionó su cámara. Como ningún guardia le detuvo, el resto comprendió que ¡el Príncipe G estaba posando por primera vez desde la invención de la fotografía! A partir de ese momento, la luz de cientos de flash detuvo a la penumbra del crepúsculo.

 

Tras casi tres minutos, G hizo una señal de despedida, y se volvió hacia Langbardur Esgaroth y las pantallas de TV de medio mundo. El encuadre era perfecto, y la rubia estaba segura de que la teleaudiencia se había duplicado ¿o triplicado?

 

-Su Señoría –repitió.

-Buenas tardes, Langbardur –dijo el joven con acento fuerte, norteño. –Un gusto conocerte al fin.

-Lo mismo digo. ¡No! Quiero decir, es un honor conocerle y poder… eh… filmarle.

-Si bueno, creo que ya está un poco ridículo eso de esconderse de las cámaras. En Arda tenemos libertad de prensa, como no se cansa de repetir el director de esa emisora republicanista, ¿cómo se llama tu emisora favorita Igor?

-AMHW, Radio Dagorland –repuso el aludido con voz un poco cortada.

-Si, esa misma. Y, dígame, Srta. Esgaroth, ¿ya llegó todo el mundo?

Ahora fue el turno de la periodista para quedarse cortada. ¿El príncipe le pedía información a ella?

-Si, si, acabo de saludar a Ivana y al matrimonio Fedorov. Solo faltaba Igor, pero ya veo que nos lo trae usted.

G hizo un mohín divertido.

-Decidí robármelo. ¿Verdad que le queda bien el traje de galadhrim?

-Le queda perfecto –asegura la periodista. -¿Te sientes cómodo con ese traje, Igor?

El joven la miró con asombro, ¿qué se suponía que respondiese a pregunta tan idiota?

-Yo no me pongo nada que no me guste, querida. No soy un niño.

-¿Viste cuánta pasión? –interrumpió el Príncipe. –De los nueve amantes que he tenido, a este es al que mejor le queda el Anillo de Rúmil.

-Si usted lo dice, Alteza –asintió ella.

-Bueno, vamos entrando, ya sabes que la fiesta no puede empezar sin nosotros.

Ella repitió la reverencia.

-Por supuesto.

 

La cámara siguió a la pareja hasta que las puertas de la Casa de los Senescales se cerraron.

 

-Hoy han visto ustedes historia, mis televidentes, porque a Aiya Arda, donde todo se sabe, no podía perdérselo, ni dejar que ustedes se lo perdieran. Buenas noches.

 

Continuará

8 de septiembre de 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 38

El evento social del año entre telones y en TV
 
 "Qué problema hay con andar en cueros,
quiero decir...
con el alma en cueros, pero
qué problema hay por ser sincero
y parecerte a lo que sientes en verdad."
En cueros, Duo Buena Fe
 
El Círculo Sagrado
 
G apagó la radio: el comentario sobre la naturaleza obsoleta de la nobleza era irritante, cuando menos. ¿Por qué Igor se empeñaba en escuchar esa estúpida emisora republicanista? Dio varias vueltas por la habitación en lo que se frotaba el cabello con una toalla y terminó ante el traje para la fiesta de la noche.
 
Está recién bañado y desnudo, con el grado exacto de humedad en la piel. Habitualmente, este es un "momento perfecto" de su día: después del sexo y antes del trabajo, pero...
 
Un suspiro escapa de los labios oscuros y delgados del Príncipe: la visión del traje le recuerda que lo de esta noche no es simple "trabajo" -destituye a este, intriga con aquella, financia lo otro- sino el último eslabón de su regreso al mundo. Aunque no lo siente como un regreso, más bien es el ingreso al Nuevo Mundo, el mundo de las imágenes digitales.
 
Un mundo donde no se puede escapar de las cámaras, donde las imágenes incluso pueden matarte: que le pregunten sino a Lady D. [1]
 
G lo sospechaba, y las terribles circunstancias que llevaron a la muerte de la princesa convencieron al resto de la corte de que su aprensión frente a las nuevas tecnologías no era pura resistencia. Ya no se puede hurtar el rostro, detener a las cámaras con miedo o dinero. Las miradas indiscretas de todo el mundo están sobre la gente VIP, y sus vidas, que eran privadas merced del oro, ahora son un circo donde elegantes especialistas en "la alta sociedad" cobran por compartir las intimidades de quienes, antes de la "democracia" y los "reality shows", eran algo sagrado, incuestionable.
 
No regresar estaba descartado: Las espaciadas visitas a la ciudad son parte de la leyenda que rodea al linaje de los G de Telcontar. Consiste en una aparición cada quince o veinte años, un matrimonio arreglado, el retiro y posterior anuncio del nacimiento del nuevo Príncipe.
 
Al cabo, una de sus pesadillas recurrentes le dio la respuesta: la casa maldita de adolescentes de rostro velado, brazos amables y piernas complacientes. Fue precisamente el rostro velado de su pubertad, lo que le permitió regresar de adulto y vengarse.
 
Pasó días en Rivendel dando vueltas a la visión -detestable por todo lo demás-, consciente de que esta vez no era solo un asunto freudiano. Hasta que Midhiel reconoció el paralelo entre el poder que le daba el velo en el sueño, y el miedo a que su rostro fuera capturado por las cámaras de la prensa. G casi se cae de la risa ante lo sencillo de la idea: sus acciones en Minas Tirith podrán ser seguidas, publicadas y comentadas, pero los reporteros no tendrían ningún rostro que mostrar.
 
Claro, tras la idea llegó la primera pregunta, ¿alguna vez se cubrieron el rostro en público las etnias edain, rohirrim o élficas? Ahí hubo que acudir a Eärcaraxë Delagua. Resultó que el pelirrojo recordaba (¿habría algo que ese no recordara?) el relato de cierto príncipe extremadamente celoso y desagradable de Beleriand, que cubría a su esposa de la cabeza a los pies al salir de sus habitaciones.
 
Entonces Midhiel y su equipo reconstruyeron la leyenda con algo de sentido práctico. El resultado estaba ante él, listo para ser usado en la fiesta de presentación de Ivana.
 
G volvió a pensar que se habían lucido: el color negro reglamentario de toda su ropa formal está matizado por bordados en rojo y oro. El tacto de la tela es agradable, suave y no demasiado cálido -ya es casi es primavera. Capucha y máscara están perfectamente integradas. El espacio de los ojos es amplio y el borde ha sido cuidadosamente bordado con delicada seda blanca, de modo que la luz se concentre allí. Por detrás, una abertura discreta deja salir la trenza, su mítica trenza negra.
 
Pero, a pesar de que se ha probado el conjunto varias veces, y de que la idea fuera suya, G no acaba de estar feliz con la opción. Le recuerda esa época en que miraba el mundo desde una ventana.
 
En realidad es solo una figuración, claro. Esto no se parece en nada a los días en que no tenía más nombre que "Hermoso" y era una propiedad más de la casa maldita de adolescentes de rostro velado, brazos amables y piernas complacientes. Fue obligado a estar ahí, a hacer... lo que hacía. Nada de su vida pudo elegir en ese tiempo que le pareció eterno.
 
Nada sabía de la eternidad entonces.
 
Ahora se cubre el rostro para proteger su intimidad, no porque sea un pedazo de carne de gran valor. Ahora el velo es una herramienta de su poder, de su voluntad.
 
Ahora él decide cuándo, dónde, cómo, si habrá dolor, cosquillas, lágrimas de placer, brevedad.
 
Esa ventana, ese edificio donde lo aprisionaron, ya no existen (regresó a quemar el lugar personalmente). La gente que abusó de aquel niño desvalido ni siquiera está en la listas de muertos del más cuidadoso archivo. Ninguna persona viva puede levantar el dedo en su dirección. Así que nadie comprende su miedo.
 
Tampoco él va a revelarlo.
 
Ahora hacen fiestas en su honor y todas estas personitas se inclinan, se sorprenden de su vasto conocimiento, que es poder casi en estado puro. ¡Y sienten envidia! Bien, ese era el plan ¿no?
 
G acaricia la tela del traje despacio y sonríe con tristeza. Ha cumplido, pero desde hace mucho comprendió la trampa suprema del poder: la soledad.
 
Ahora él decide, pero sus amantes nunca son valiosos por sí mismos. Cada uno apenas retazo de ese magnífico recuerdo, un fragmento que se deteriora casi ante sus ojos. Después de un tiempo, incluso esa versión incompleta le hastía. Está condenado a reiniciar la búsqueda una y otra vez.
 
G hunde el rostro en la tela y aspira el aroma suave de lissuin con que Midhiel perfuma toda la ropa de la casa. ¿Quiere llorar? Si, quiere, pero no va a permitírselo. No puede dejar que se le irriten los ojos justo antes del baile.
 
Solo respira hondo y se aparta del maniquí al tiempo que recompone su expresión.
 
Igor no percibe nada cuando sale del baño, con una toalla alrededor de las caderas y otra en la cabeza. Ya está acostumbrado al nudismo de G, así que no se detiene demasiado en la visión de su cuerpo, fibroso y deseable, pero de acceso estrictamente controlado.
 
–Ya casi es la hora –comenta el joven mientras se sienta en el borde de la cama para empezar a ponerse las medias.
 
A G se le detiene el corazón por un instante. Esa voz…
 
¡No! Se fuerza a regresar a la realidad. Es Igor quien le da la espalda con descuido, nadie más importante, nadie más querido.
 
Puede que esta vez el parecido sea tremendo –inquietante a ratos–, pero es parte del juego ¿no? Su amante es un jovencito tierno y vulnerable, su vida nada tiene que ver con la de ellos. Y debe trabajar porque siga así. En lo que definitivamente Igor si se parece a el otro es en su curiosidad. Es mejor deleitarse enseñándole a amar mientras evita que sepa más de lo debido, antes que dejarle explorar por su cuenta.
 
Hay cosas que jóvenes tan inocentes no deberían saber nunca. Hay cosas que él mismo no debería saber, pero ya no puede borrar de su interior. 
 
Sabe, por ejemplo, que de la muerte no hay regreso.
 
Y como lo sabe y está vivo para contarlo –para arrastrar por la tierra este cuerpo suyo, vacío de dulzura, cargado de memoria y amargura–, respira hondo y controla la voz, el temblor breve de las manos.
 
-Ya casi, en efecto.
Toma el calzón interior, de blanco inmaculado, y lo ajusta.
-¿Príncipe?
 
Midhiel está en la puerta, él la autoriza a pasar con un gesto mientras ignora deliberadamente el ruido incómodo de Igor. En esto es el joven quien tiene que aprender: Midhiel es  su asistente de cámara, el pudor sobra.
 
Ella le ayuda a vestirse desde hace mucho, jamás hubo tensión sexual, o un gesto equívoco. Jamás la irrespetó cuando era joven e impulsivo. Ahora es imposible.
 
La morena ajusta cordones, nudos y lazos, alinea las costuras de medias y calzas, dobla  los bordes de las mangas y, finalmente, pone el corset en su lugar, con la presión exacta para marcar torso y cintura sin hacerle perder el aliento.
 
G se sienta y ella le calza las ya tradicionales zapatillas de suela delgada. El negro brillante del cuero bien lustrado le satisface sobremanera.
 
Midhiel gira el asiento, de modo que el Príncipe queda frente al espejo del tocador, y comienza a alinear los potes y lápices para el maquillaje.
 
G mira a Igor  a través del espejo. El muchacho camina sin  rumbo mientras se acomoda los cordones del cuello de la blusa. Luego regresa a la cama, para tomar la túnica y empezar a cerrar los botones con dedos lentos, cuidadosos. Ya no hay nerviosismo en su amante, solo una fría y firme determinación.
 
G sonríe, doblemente satisfecho.
 
Primero, porque el traje ardense que le mandó a hacer sienta mucho mejor a la figura de su amante que cualquier variación del esmoquin, por muy antigua que sea.
 
Como hermano de la prometida, se suponía que asistiera a la fiesta vestido como un caballero ruso de la década de 1800, pero su familia no aseguró la calidad del traje o la fecha de entrega. Todo el mundo sabe que los Fedorov preferían que Igor desapareciera del mapa, pues bien, el jovencito ruso que todo esperan no aparecerá.
 
G baja los párpados para que Midhiel le resalte los ojos, y sonríe un poco. La segunda razón para estar contento es que Igor ya se hizo a la idea de que llegará al evento social del año como protagonista, no para hacer de pariente incómodo -como había planeado la insufrible de Ivana.
 
Casi puede imaginar la reacción de los Fedorov al ver a su hijo del brazo de G, y una fría satisfacción anticipada le suaviza los rasgos. Si: esta será la prueba final para Ivana, enterarse junto al resto del mundo de que su hermano le ha ganado la mano y se metió en la cama del mismísimo del Príncipe G de Telcontar.
 
El moreno abre los ojos y evalúa el resultado. Sus rasgos están un poco envejecidos gracias a las sutiles líneas de expresión que Midhiel ha dibujado. Los ojos resaltan, enmarcados en pestañas perfectamente delineadas con máscara de color violeta. Los labios pintados de rosa parecen más delgados aún. Si, casi se cree él mismo se cree que tiene treinta y cinco.
 
-Sigo sin entender por qué te maquillas para lucir viejo.
 
Midhiel se envara, está claro que el modo en que este joven se dirige al Señor es "impertinente" a sus ojos. No importa que sea su amante, nadie sin noble sangre puede dirigirse a G de esa manera.
Pero el príncipe solo mira a Igor a través de su reflejo en el tocador y le sonríe.
 
-Mi edad es un asunto personal, querido.
El joven bufa, y G casi se pierde de nuevo las evocaciones que la frente arrugada despierta. Pero su voluntad se impone.
-Ven tu ahora –ordena mientras se levanta para tomar los últimos accesorios de su traje. –Quiero que Midhiel te haga lucir más joven.
Igor le mira extrañado, pero obedece.
-Quieres decir, más joven que mi hermana –aclara antes de que la rubia comience a extender la base de maquillaje sobre sus mejillas.
 
G no despega los labios, solo le dedica una sonrisa discreta antes de concentrarse en los complicados cierres de su túnica. ¡Oh! Igor es el amante más divertido que ha tenido en mucho tiempo.  
 
Una vez que todo el maquillaje está a punto, Midhiel fija con cuidado la capucha y cierra el velo.
 
Ya en el recibidor, mientras esperan a que la asistente ajuste los últimos detalles de su propio traje, G vuelve a mirarse en un espejo de cuerpo entero.
 
La luz oscilante de las lámparas es cálida y suave, y la figura de Igor a su lado es imponente, casi heroica -si no fuera porque ningún héroe de Arda llevó el pelo tan corto. Viste el traje de gala de los soldados galadhrim: gris y dorado, con botas altas negras de tacón bajo y ancho.
 
Sus trajes difieren en color y texturas, pero los bordados son idénticos, para que no quede duda de que la complementariedad fue premeditada.
 
Entonces algo encaja en la mente de G y comprende la razón de su incomodidad general: luce delicado y frágil junto a este joven soldado de Bosque Dorado.
 
-¿Te parezco femenino? -pregunta sin preámbulos.
Igor arruga la frente, extrañado, y G tiene que morderse los labios para no sonreír por lo familiar del gesto.
-¿Puede un hombre como tu lucir débil? -y G sabe que ha cambiado la palabra para dejar en claro que comprendió el sentido de su inquietud. Luego Igor suaviza el rostro y agrega -Espero recordaras poner un juego de cuchillos en algún pliegue de tu ropa, para defenderme de mi hermana.
 
G sonríe y casi va a responder, pero los pasos de Midhiel le hacen cambiar de idea.
 
Van en agradable silencio hasta la salida del Círculo, donde Bill espera con el Meara dorado de las grandes ocasiones.
 
-¿Listo para entrar al cielo de Arda, Igor Vladimirovich Fedorov? -bromea G cuando ya el auto ha fijado rumbo al Sector 1.
-No -y la claridad de la palabra hace que G lo mire con asombro, hace mucho que nadie le sorprende.
 
Igor ignora las intensas miradas que llegan a través del espejo desde la cabina y se concentra en su amante: toma la barbilla del Príncipe entre sus dedos y le mira directamente a los ojos.
 
-Listo para seguirte.
 
Residencia de los Fedorov
 
-Ya no podemos esperar más, Ivana.
 
La joven asintió, apagó el televisor y se puso en pie. Levantó con las manos la falda, que caía desde el plexo solar, para no pisar los bajos del vestido y avanzó despacio. Se detuvo ante la mujer vestida de morado.
 
-¿Crees que mi andadura es lo suficientemente natural?
-Creo que si, además, Jhon es un excelente bailarín. Tu estás preciosa, nadie tendrá nada que reprocharnos.
Ivana miró a su madre con rabia. ¿Cómo podía intentar siquiera minimizar la ausencia de Igor?
-Esto es un desastre, pero Igor me las va a pagar.
 
Con gesto decidido, Ivana se dirigió al elevador. Su rabia era tanta que no fue consciente de que, por primera vez, no titubeaba dentro del traje de Natasha Rostova que había encargado para la fiesta.
 
Olga si lo vio, y pensó que eso era lo único bueno que les diera su hijo en los últimos seis meses.
 
Vladimir Ivanovich Fedorov las esperaba en el parqueo. El traje de tres piezas, con bastón y sombrero de copa, le quedaba perfecto. Su figura de caballero de 1810, apoyado en una limusina último modelo, era anacrónica y divertida.
 
-Justo a tiempo -saludó- y abrió la puerta para que su hija y esposa abordaran.
 
Ya en la calle, Ivana cerró los ojos y se concentró para buscar calma interior. La ausencia de su hermano no estropearía su fiesta. No podía permitirlo. Después de todo, Igor no era importante, nunca lo había sido. Era Ivana quien se casaría con el hijo de la Senescal, ¿no?
 
Su hermano, después de tanto dinero invertido y oportunidades a la puerta, solo estaba a punto de recibir un título que lo declararía como políglota inútil. No tenía un buen empleo, o un amante prometedor -eso habría calmado un poco los resabios de sus padres-. Igor solo había servido para algo al presentarla con Boris, quien a su vez le había presentado a Jhon.
 
"Este es mi único primo heterosexual", había bromeado Boris aquel día en el campamento, y eso le permitió enfocarse. Ella siempre sabía qué hacer, después de definir el objetivo.
 
Tres años después, ella estaba a punto de casarse con uno de los mejores candidatos a la Silla de los Senescales, mientras que su hermano compartía apartamento con la oveja negra de la familia de los Senescales, y se había quedado sin novio por culpa de una becaria de Utah -Ivana aún sentía la rabia de aquello subirle la presión.
 
Tras repasar mentalmente las razones por las cuales Igor no era nada más que una espina en su costado, Ivana sintió relajarse los músculos de la espalda. Inspiró y expiró profundamente. Abrió los  ojos y miró a sus padres con expresión decidida.
 
-Diremos que está muy ocupado... preparando un examen -y sonrió.
Los Fedorov asintieron. Semejante desplante ofendería muchísimo a Lady Finduilas Vorondion: sería el fin de la vida social de Igor.
-No creo que a él le moleste -le advirtió su padre.
Ivana hizo una mueca.
-Ya me encargaré de molestarlo después -prometió.
 
La perspectiva de planear una venganza contra su hermano iluminó el rostro de Ivana. Fue esa sonrisa, depredadora y sensual, la que capturaron las cámaras cuando descendió del auto ante el palacete de los Senescales.
 
La ubicua Langbardur Esgaroth se materializó a su lado.
-¡Y aquí está la penúltima llegada de la noche! Saludos, Señorita Ivana Vladimirovich Fedorov.
-Buenas noches, Arda -Ivana hizo una leve reverencia ante la cámara, sin inclinar la cabeza. -Espero  que estén disfrutando el desfile.
-Sin dudas -asintió la rubia Langbardur-, tu sabes que Aiya Arda no se pierde nada. Nuestras cámaras mostraron al mundo la llegada de las ciento cuarenta y cuatro personas más aristocráticas, o políticamente más significativas del momento en Arda. Allá dentro te espera el Ejército del Oeste, aunque tendrás el formidable apoyo de tu familia, por cierto ¿dónde está tu hermano?
 
Ivana estuvo a punto de decirlo, que él era un mal hermano, un egoísta, pero se contuvo. Una cosa era enemistar a Igor con Lady Finduilas y otra ser humillada por televisión ante todo el planeta. Ajustó con cuidado sus facciones para que dijeran "se algo que tu no" y respondió con una frase casual cargada de amenazas.
 
-Querida, ¿acaso soy la guardiana de mi hermano? No te preocupes por él.
Langbardur asintió -entendiera o no, tenía que fingir que estaba al tanto de todo- y la despidió con un gesto.
-Bueno, pasa y acomódate. Ya solo falta por llegar su Alteza Real.
 
Los Fedorov avanzaron por la alfombra roja, seguidos de los vitores y los destellos de las cámaras.
 
La conductora se giró y habló directamente a la cámara de ArdaTV.
 
-La noche casi termina acá afuera. Solo estamos esperando la llegada de su Alteza Real, el Príncipe G de Telcontar, quien dirá si la bella Ivana deberá abandonar la religión de sus ancestros para enlazarse a Jhon Vorondion, segundo hijo de la Senescal Lady Finduilas. Les recuerdo que en el interior de la Sala de Fiestas no hay cámaras, y todo transcurrirá en la más estricta discreción. Mañana temprano, la Casa de los Senescales emitirá una nota de prensa con el resultado de la fiesta.
 
La mujer se llevó la mano al audífono tras la oreja y asintió.
 
-Me informan que el auto de su Alteza Real ha sido avistado. Hagamos un rápido repaso a lo que ha ocurrido esta noche, antes de rendirle respeto.
Les recuerdo que recibimos al Primer Ministro, ¡con sus dos esposas!; el simpático Gaedheal, próximo Príncipe de Tolfalas; los gemelos Theoden y Theodred, con el bello Eothain, que nunca se sabe de cuál de los dos es novio; los embajadores de Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Cuba; a Boris Vorondion, la oveja negra de la Familia de los Senescales, con  Alcar, heredero del Condado de Tarannon y su exótica esposa Silvia; la heredera del Trono Perdido de Harad, toda enjoyada y con un chaperón llegado desde el Vaticano, el atractivo hermano Gustav;  Gilraen "La Bella" Valdran, con su esposo; y a mi autor favorito: el honorable Aldaben Lómendil, Señor del Cauce de Plata, junto al más bello modelo que pisa justo ahora la isla, Yordan Oliva.
Bueno, este es el momento que espera todo el gremio desde hace quince años, ya se ve el Meara De Luxe que trae al Príncipe G. ¡Vamos a verlo!
 
TBC...
 
Nota:
 
[1] Lady D, Diana de Gales, murió en 1997, pero he adelantado el hecho un año por razones dramáticas, total, esto es un universo alternativo.