20 de mayo de 2008

DE LEYES Y VENGANZAS 28

El hijo pródigo II

“Fue preciso algo siempre
y no fue porque tú
tenías lazos blancos en la piel
tú, tenías precio puesto desde ayer
tú, valías cuatro cuños de la ley
tú sentada sobre el miedo
de correr.”
“La familia, la propiedad privada y el amor”, Silvio Rodríguez


El auto cruzó las rejas de la residencia y el joven del asiento trasero suspiró de alivio, le día había sido una lata.

Los amigos de Harry lucían inquietos, la ausencia del moreno les había dejado sin guía. Todas las clases habían estado mirando a las ventanas, en tensión, como si esperasen ver aparecer a su amigo a cada minuto. Pero, en los pasillos, cuando se reunían con el resto de la pandilla para intercambiar noticias, había una persona con actitud de certeza. Ginebra no miraba a los rincones, lo miraba a él, con una mueca de molestia en su rostro pecoso que lo incomodaba profundamente.

Eso había hecho la jornada especialmente desagradable. Bueno, eso y saber que Harry estaba en su mansión, tal vez semidesnudo frente a la piscina, mientras él escuchaba la monótona voz de Binns hablando de las rebeliones irlandesas del siglo XIII. ¿A quién le importaba el destino de Irlanda? No a él, seguro. Él solo deseaba alejarse de la chica Weasley –¿cuándo se había teñido su roja y horrible cabellera de ese aún más horrible rubio platino?– y regresar a los brazos de Harry.

Bajó del auto con premura, seguro ya Jaime estaba cruzando el recibidor para abrirle. Se detuvo al sentir pasos a su espalda. Giró, pestañeó, abrió la boca.

–Es un placer verte, Draco –sonrió Sirius Black.

El rubio no dijo nada, estaba asustado, francamente asustado. Por lo que entendiera de las medias palabras de la jornada anterior, ese hombre era un… asesino. A Draco no le importaba que Black estuviera cazando a alguien que había dañado a su familia –aunque la manera en que amenazaba a Harry y Remus nadie se la había aclarado–, no era idiota. En su familia, salir de cacería significaba lo mismo hablando de zorros, que hablando de judíos en 1340. El padre adoptivo de su novio era eso, un asesino. Ni siquiera deseaba pensar en lo que podía ocultar la dulce sonrisa del lánguido Remus.

Draco dio un paso atrás, debía penar con racionalidad. No, no podía. Ese hombre mataba, matar estaba mal. Así de simple. Harry… ¿Harry sabía que su padre mataba? Por supuesto idiota, ¿no recuerdas cómo se conocieron? Salvador, dos disparos, dos yonquis muertos, ¿te conozco?, ve con Dios. ¿En qué se había metido? En un lío, vaya noticia.

–También es un placer verle de nuevo, señor Black –se obligó a decir con una sonrisa de presentador televisivo.
Luego volvió a andar hacia la entrada de la mansión, donde Jaime esperaba por ambos, sin mostrar sorpresa alguna.
–Señor Black, es un placer su visita –saludó el mayordomo cuando cruzaron el umbral.
Draco bufó, incómodo con la familiaridad. Sirius no había puesto pie en esa casa en veinte años y todo lo que Jaime decía era “Es un placer su visita”. Pero lo mejor estaba por llegar.
–El señor Malfoy lo espera en su despacho.
Black no se mostró sorprendido, solo sonrió, asintió y giró hacia Draco.
–No le digas a Harry que llegué ¿vale? Quiero darle una sorpresa. No te preocupes, Jaime, recuerdo el camino.
Y se perdió en los corredores de la mansión.
–El señor Potter está en el jardín –informó Jaime con voz neutra.
Pero Draco ya no quería correr a sus brazos. Prefería pensar por un rato, a ver si lograba conciliar de alguna manera el hecho de que se había enredado con un asesino a sangre fría, cuyo padre adoptivo era gay, y asesino también.
–Gracias –repuso distraído.
¿Qué hacer?
–Y el señor Severus en la biblioteca –agregó el mayordomo al punto porque, como buen mayordomo, sabía leer la mente de los adolescentes atormentados.
Si, era una buena idea.
&&&&&&&

Sirius tocó dos veces la puerta de madera oscura, luego giró el picaporte. Estaba abierto y avanzó para encontrarse de frente a un imponente buró de nogal tras el cual le esperaba Lucius Malfoy, con su sonrisa cínica de siempre.

–¿Fue buena la caza? –saludó el rubio cuando la puerta estuvo cerrada.
El recién llegado asintió en silencio, ocupado en observar la habitación.
–No ha cambiado nada –comentó cuando estuvo seguro del ambiente y fue a sentarse en una de las butacas ante la mesa.
–¿Por qué habría de cambiar? –Lucius se levantó y caminó hacia el mueble bar. –¿Whisky?
–Coñac.
El rubio sirvió una generosa cantidad en la copa, se escanció un whisky triple para él y regresó a la mesa.
–¿De qué quieres hablar? –preguntó Sirius tras el primer trago.
–De nuestros hijos.
–No te preocupes, ya tu delicado heredero está buscando otra manera de romper con Harry.
–No creo que logre espantarlo, los Potter son testarudos.
–No te voy a ayudar.
–¿Ni aunque te ofrezca dote?
Sirius frunció el ceño, ¿Lucius estaba insinuando que…? Decidió acercase tangencialmente.
–Creí que los Brocklehurst aún estaban interesados.
–Lo están, pero yo podría romper el contrato si recibiera… una oferta mejor.
–No suelo comprar personas –decidió aclarar el moreno.
A Lucius casi le pareció divertido que alguien como Sirius se ofendiera por semejante cosa.
–No ¡claro! Demasiado bien sabemos cuánto aprecias la vida humana –Sirius ni se inmutó. –Pero no me importa, no soy quien para dictar cátedras de moral, seguirá sin importarme, siempre y cuando incluyas a mi hijo en la escasa lista de personas a las que no matarías. A cambio, yo podría incluir al tuyo en la lista de los que están a la altura de la familia.

El último de los Black contempló atónito al último de los Malfoy. Hacia veinte años que no pisaba esa casa, ni ninguna de las propiedades de la familia, pero antes había pasado otros veinte años oyendo conversaciones como esta. Incluso, alguna vez, había fantaseado que sus padres y los de James negociaban su matrimonio. Creyó haber escapado de todo eso, pero no, nunca puedes correr tanto, tan rápido y por tanto tiempo: el pasado siempre te alcanza. Conocía la frase “está a la altura de la familia”, Lucius sabía que él sabía.

Trató de imaginarse la cena de esa noche. Lucius hacía algún comentario inane y mencionaba que, a pesar de los distanciamientos circunstanciales, un Potter siempre sería un Potter y que “estaba a la altura de la familia”. Draco dejaría caer el tenedor y miraría a su padre sorprendido; Harry lo miraría a él, tratando de saber si debía sentirse halagado u ofendido; Remus también lo miraría, pero como Remus sabía, su mirada probablemente sería de reclamo; Snape… como siempre, miraría el rubor de su hijo y arrugaría la nariz, fingiendo que nada le sorprendía o interesaba.

–Por supuesto que está a la altura de la familia –repuso al tiempo que alzaba la copa, invitando al brindis y sonreía a su primo.
Lucius imitó el gesto y terminó su whisky de un trago.
–Creo que tu esposo y tu hijo están en el jardín. La comida se sirve a las siete.

Sirius tomó nota mental de cómo Lucius llamaba a Remus, terminó su bebida y se marchó. Sería una cena divertida.

En algún lugar del infierno, Narcissa Black–Malfoy, Arcturus Black y Augustus Rookwood, sintieron que la intensidad de sus tormentos aumentaba.

TBC…

DE LEYES Y VENGANZAS 27

El hijo pródigo (I)

“Mi huerto de camelias
ya no me interesa.
Quiero ver el Fujiyama.”
Matsuo Báshó (1644-1694)


Percy se detuvo delante de la reja y respiró con fuerza el olor suave del jardín primaveral. Los barrotes –con muchas curvas y agujas, como para hacer feliz a Blaise– eran casi invisibles por la hiedra que había sembrado Ginny, de olor dulce y violento. El color oscuro de la hiedra era el complemento perfecto para esta casa beige y verde, brillante, ruidosa, amigable. La fachada parecía nueva, como renovada tras la restauración de dos años atrás, pero Percy sabía que los constructores habían hecho mucho más que “remozarla”.

Empeñada en mantener a los hijos cerca, su madre había reestructurado el interior para que albergara cuatro apartamentos independientes y algunos espacios comunes, de modo que Bill, Charlie y los siameses no se mudaran, pero tuvieran privacidad. Ron y Ginny eran los únicos que seguían viviendo en la casa principal, pero Percy podía apostar que la ingeniosa Molly tenía pensada alguna solución que los mantendría a menos de un tiro de piedra en cuanto mostraran ganas de vivir “por su cuenta.”

Percy torció el gesto y se preguntó si también habría espacio para él, por un rato al menos, durante las horas que tardara en decidir qué haría con Penélope. Si la casa era lo suficientemente amplia para no chocar con Ron, Charlie y, especialmente, Deacon. Bueno, ya estaba ahí ¿no? Avanzó despacio por el caminito del jardín, dejó atrás el garaje y sintió alivio al ver la puerta de la cocina abierta –como siempre– y a su madre picando cebollas con la misma estrambótica guillotina que le fascinaba cuando tenía cinco años y no tenía permiso para tocar nada con filo.

–Buenas tardes, Percy, querido –saludó Molly sin levantar los ojos, como si su tercer hijo llegara todos los días a esa hora.
–Buenas tardes, madre.

El joven se sentó en la mesa de las comidas familiares y estudió con cuidado su entorno. De algún modo, la cocina no había cambiado. Se preguntó si…

–Hay mouse de chocolate en la nevera –comentó la mujer, y él agradeció que adivinara su hambre, pero no preguntara las razones.

Estuvieron un rato en silencio. Percy se comió casi la mitad del dulce observando a su madre preparar la cena familiar con eficiencia, sin mancharse las manos o estropearse las uñas redondeadas y bien pulidas, con ese esmalte color carne claro que le recordaba de siempre.

–Y, dime –se le ocurrió decir al cabo–, ¿cómo van los preparativos para la fiesta de… Deacon?

Se arrepintió en cuanto la última sílaba salió de su boca, pero no podía tragarse sus palabras, ¿o si? Molly Weasley levantó los ojos –marrones, grandes, de pestañas cortas– de la carne que troceaba y lo observó por un momento. Luego volvió al cuchillo y las lonjas de pernil rojo, húmedo.

–Dice Charlie que van bien.
Percy hizo un gesto de desagrado ante la mención de su hermano, pero ella fingió ignorarlo y continuó hablando, como si a Percy de verdad le interesara saber de ellos.
–¿Sabes? Me gustaría que tu padre me hubiera organizado fiestas así cuando teníamos treinta. Ahora estoy muy vieja.
–No eres vieja, madre. Solo...
–No hablo de mi edad –le interrumpió Molly–, hablo del tiempo entre nosotros. Tu hermano tiene razón: esas cosas hay que hacerlas a cada rato, para que la relación no se vuelva rutina, grisura. ¿Sabes que a veces el amor de acaba y uno no se da cuenta? Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo. Pero si te mantienes activo notarás el cambio y sabrás cuándo decir basta, fuimos felices, conservemos el buen recuerdo.

La mujer se levantó para buscar una bandeja y empezó a acomodar carne, zanahorias, papas, coles y tomates. Siguió hablando sin mirarle, cuidando el espacio entre los ingredientes del asado con actitud maniática.

–Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo, por Dios, y un día miras para atrás y descubres que perdiste un cantidad absurda de cosas: renunciaste a unas costumbres y adquiriste otras; dejaste de ver a los amigos; transigiste con el jefe; aprendiste lo que parecía un galimatías porque te pasaste noches sin dormir y sin hacer el amor; tus hijos crecieron y no tienes idea de quiénes son, o como los educaste, siquiera si tu los educaste; tienes más canas que sonrisas y demasiadas ganas de gritarle a los empleados. ¡Hay Dios!, y sigues adelante porque ya estás en medio del desierto y la sed abrasa y no hay regreso, no hay regreso.
Molly levantó el rostro de pronto, sus ojos pedían perdón.
–Qué horror, ¿no Percy? Sueno como una vieja amargada. Es que en estos días ¿sabes?, a menudo trato de recordar cómo era yo cuándo todo esto empezó, cuando les perdí a Bill, Charlie y a ti.
–Madre, nunca me…
–Claro que si –le interrumpe ella. –Recuerdo perfectamente cuando regresaste aquel día de la escuela: fuiste derechito donde Charlie para mostrarle tu primer dibujo. Yo no existía para ti. Me sentí…

No llega a decir cómo: solo sacude la cabeza y lleva la bandeja al horno. Percy se queda mirándole incrédulo, inseguro de qué debe hacer. Acaba por levantarse. Camina con fuerza hacia ella para terminar esa charla horrible, que la mujer dilata con la excusa de programar el temporizador del horno.

–Tú eres mi madre. ¿Cómo se te ocurre decir…?
Pero la pelirroja gira y se le enfrenta. Es más baja, y bastante más ancha, pero sus ojos despiden chispas que lo intimidan.
–Lo único que Charlie no logró inculcarte fue respeto por tus mayores –resopla con fuerza. –Supongo que tiene que ver con una figura paterna tan cercana en edad ¿no? En fin, no importa –Molly lo aparta y regresa a la mesa, vuelve a hablar. –Tenías veinte meses cuando llegaron los siameses, Bill ocho años, Charlie cinco, ellos pueden recordarlo, tu no. Supongo que es una suerte que no puedas recordar los días de angustia, de tristeza que cayeron sobre esta casa. Arthur y yo estábamos tan asustados ante la idea de que iban a morir, o a vivir con sus cuerpos cercenados, que les perdimos de vista a ustedes. Suena irresponsable ¿verdad? Lo fue. Una semana después del parto, desperté de madrugada con el corazón en el puño: ¿dónde estaban mis hijos? Me di cuenta de que no sabía nada, nada de la casa, de la niñera, de la ropa para la escuela. Pensé, estúpidamente, que Lily los había llevado a su casa, pero no recordaba haberle pedido nada semejante. Por fin me decidí a llamar para acá y me salió Bill, soñoliento.

–Hola, residencia Weasley.
–¿Bill? Es mamá.
–Mmmm, ¿mami? ¿Qué pasa?
–Nada, querido, nada. Ponme a la niñera.
–Se fue.
–¿Se fue? ¿A qué hora?
–Mmmm… Creo que… si, a las 8:30.
–¿A las 8:30 de la noche?
–No mamá, a las 8:30 de la mañana del lunes. Nos llevó a la escuela y se fue.
Molly se detuvo, tratando de recordar qué día de la semana era ¿jueves? La voz de su hijo la interrumpió.
–¿Mamá?
–Si querido, dime.
–Está bien que comamos a la cuenta en lo de Luke ¿verdad? Le dije que vas a pagar todo cuando regreses del hospital.
Molly se quedó de piedra. Estaba a punto de preguntarle a Bill si comían bien con Lily y sus amigos. ¿Sus hijos estaban completamente solos?
–¿Mamá? –insistió Bill, con la voz inquieta.
–Fue una idea muy buena Bill –se obligó a decir. –Espero que la cuenta incluya bastantes vegetales.
–Si mamá.
–¿Han hecho las tareas?
–Si mamá.
–¿Y se bañaron?
–¡Mamá! –bufó Bill, y ello la hizo sonreír a su pesar. –Es imposible darle comida a Percy y no bañarse luego.
–De acuerdo.


–Cuando colgué, pensé que podría llamar a Lily por la mañana, o a tu tío Julian, pero hubo otra emergencia con los siameses y… Dios, es vergonzoso, es horrible. Fuimos unos padres horribles.
–No –le asegura Percy con miedo-, fuisteis unos padres maravillosos. Entiendo que los gemelos les mantuvieran ocupados, que no pudieran dedicarme todo el tiempo del mundo, pero yo sabía que…

¿Qué sabía? Era un niño, comprende de pronto, apenas intuía que sus padres lo habían abandonado y otras personas ocupaban su lugar, a ellos se aferró. Por supuesto, les siguió llamando papá y mamá, pero Molly y Arthur estaban demasiado absortos en los siameses, Ron y Ginny, como para recuperar a sus hijos mayores. Bill y Charlie eran en quienes buscaba apoyo y aprobación, a quienes celaba. Mientras llora junto a su madre biológica, Percy comprende también sus verdaderas razones para irse de casa.

No eran sus ruidosos hermanos menores, ni Penélope, ni la distancia de la oficina. Se trataba de su relación no resuelta con Charlie, de la decepción y los celos cuando dejó de ser el centro de atención de su hermano.

–¿Es que no pueden dejar de dar espectáculos en cada parte de la casa? –le reclamó un malhumorado Percy a la pareja que se acariciaba en una esquina del jardín.

Charlie lo miró desde el pasto, donde estaba tumbado entre los brazos de Deacon. Su propia incomodidad bien patente en el rostro congestionado y el cuello tenso. Desde que regresara de Rumania, su hermanito no dejaba de incordiarle. Se había gastado las neuronas tratando de descubrir por qué era Percy el único al que molestaba su nuevo novio. Que le gustaban los chicos no era noticia, que los trajera a casa tampoco. Pero a medida que el resto de los Weasley aceptaban su singular elección, Percy estaba más susceptible, más agresivo y no lograba entender por qué él, precisamente su favorito, no compartía su felicidad. Justo en ese momento estaba harto, en especial de las interrupciones constantes a su vida íntima. Así que respondió con amargura y conocimiento, o sea, donde más le iba a doler al otro.

–¿Es que no puedes buscar dónde meterla y dejarme tener una vida por fin?
–Si eso es lo que quieres –respondió el menor con tono reposado, tras unos instantes de incredulidad.

Nadie esperaba una reacción tan absoluta, seguro, por eso no se dieron cuenta hasta bien entrada la noche de que Percy se había marchado. Sin decirle una palabra a nadie, sin escándalos, y con la suficiente fuerza de voluntad como para no llamar en los siguientes seis meses.


Percy se apartó de Molly para soplarse la nariz. Ella tenía las mejillas y los ojos rojos, los labios hinchados, supuso que su imagen era similar. Se sentía a aliviado, como si un gran peso se le hubiera evaporado de los hombros. Ahora comprendía su incapacidad para aceptar a Deacon, el miedo irracional que lo dominaba en ese tiempo horrible, cuando pasó de temer a creer efectivo el abandono de su hermano; la actitud infantil y egoísta con que enfrentó la supuesta confirmación de que estaban hartos de él, a pesar de tener dieciocho años; la injusticia que había cometido con Charlie y toda la familia. Sobre todo, entendió por qué estaba deseando visitar la Madriguera desde la mañana, pero no hablar con su madre. Sacudió la cabeza, asombrado de sus propias máscaras interiores.

–¿Ya te sientes mejor? –inquirió Molly.

Él se limitó a asentir, no estaba muy seguro de si la voz se le quebraría por el cúmulo de emociones que lo atravesaban. La mujer fue a decir algo más, pero el ruido de un auto entrando en el garaje de la casa llamó la atención de ambos, poco después, Deacon y Charlie entraban a la cocina cargados de paquetes.

El pelirrojo se dirigió a uno de los estantes sin fijarse en los ocupantes de la habitación. Se notaba que la bolsa de supermercado pesaba y él solo pensaba en soltarla y poner orden en las compras. Detrás, con otras dos bolsas en precario equilibrio, llegó Deacon. A pesar de la carga, el rumano fue fiel a su costumbre de observar cuidadosamente los sitios a donde llegaba.

Vio a su cuñado en cuanto puso un pie en la cocina, así como la expresión anhelante con que esperaba a que su pareja volteara. Sonrió para sus adentros, seguro de que Percy, tan parecido como era a quien lo educara, no estaba ahí por una visita social.

–Charles –llamó sin poder ocultar algo de la alegría que lo desbordaba-, tienes visita.

El pelirrojo dejó una lata de anchoas en aceite sobre el mesón y giró, sorprendido. El silencio en la cocina era tal, que había asumido que eran los primeros en llegar. Vio a su madre, con signos claros de haber llorado, y junto a ella a Percy. Enseguida dedujo que, cual fuera la razón para que el insufrible de su hermano se apareciera en casa, la visita había acabado con la infinita paciencia de Molly.

–¿Qué le has hecho? –reclamó con la furia que solo el rencor bien alimentado permite y se plantó delante de Percy en dos zancadas. –Dime qué le haz hecho.

El hermano retrocedió, asustado ante aquella agresividad. Apenas recuperaba el control de sus emociones y se sentía agotado, era incapaz de repetir las confrontaciones que solía sostener casi diariamente ante de huir de la casa. La ayuda vino de quien menos lo esperaba.

–Charles, cálmate –y Deacon reafirmó el pedido al retener a su pareja por el hombro. –Cálmate y déjalo hablar.
–No tengo nada que hablar con él –repuso con amargura el otro, al tiempo que giraba para abandonar la cocina.
–¡Pero yo si tengo que hablar contigo! –admitió Percy juntando todo su valor.

Charlie no se detuvo, pero una mirada alentadora de Deacon y un empujón de Molly indicaron a Percy que no debía dejarlo escapar. Le siguió escaleras arriba, consciente de que esta breve carrera era un pago leve por todo lo que había hecho sufrir a su hermano.

-Charlie, por favor –llegaron al rellano del segundo piso. –Perdóname ¿si? Fui un idiota, estaba celoso y no sabía cómo expresarlo –alcanzaron el tercero. –Por favor, ya estuvimos peleados suficiente tiempo. –avanzaron por la galería hasta una puerta que Percy no se dejó cerrar en las narices. -¡Hermano escúchame! –el otro se inclinó sobre su buró y fingió buscar unos papeles. –Vale, no me mires, pero quiero que sepas que me arrepiento de lo que dije, de las veces que les ofendí a tu pareja y a ti, de todas las maneras posibles.

Finalmente, Charlie dejó de revolver su mesa de trabajo y se giró. Su rostro estaba rojo, y sus ojos verde claro destellaban de rabia. Percy dio un paso atrás de modo instintivo, conocía esa mirada desde niño, pero mantuvo la mirada firme. El hermano mayor tomó aire para hablar y ¡sonó el teléfono! Ambos se quedaron mirando el aparato con rabia, pero en el dueño del despacho se impuso el sentido del deber. Esta era su línea privada, solo lo llamaban los compañeros de trabajo, su pareja y –antes del desastre- su hermano favorito. Tras hacer a Percy un gesto de que esperara, Charlie respiró hondo varias veces para normalizar su voz y levantó el auricular.

–Weasley –quien estuviera al otro lado no era de su particular simpatía, a juzgar por la mueca que le deformó el rostro. –No, no se nada de eso –levantó los ojos hacia su hermano y lo miró con curiosidad. –Por supuesto, es una situación delicada –tamborileó sobre la superficie de la mesa con la mano libre. –Creo que es la mejor opción… Si, por favor.

Charlie colgó el teléfono muy despacio y se le quedó mirando. Era una mirada de extrañeza, como si lo que le acabaran de informar le descolocara en grado sumo.

–¿Algún problema en el trabajo? –se atrevió a preguntar Percy.
Charlie levantó la cara, con expresión sorprendida. Ya no había rastro de rencor o fastidio en sus ojos, solo curiosidad y cansancio.
–Nada que no pueda esperar hasta mañana. Ya acepté tus disculpas, pequeño, ¿algo más?

Aquel súbito cambio de actitud desconcertó al otro. ¿Debía hablarle de Penélope, de las peleas diarias, del anuncio de la mañana? Debía, pero no se sentía con ganas de estropear esa reconciliación hablando de su novia, en especial porque esos dos nunca habían congeniado –ahora sospechaba que Charlie, simplemente, había calado mejor en Penélope que él mismo. Negó suavemente.

–Solo quería –se detuvo inseguro. –¿Puedo quedarme a dormir hoy acá?

Charlie no dijo una palabra, sino que abrió sus brazos y sonrió de medio lado. Percy no tuvo que pensarlo para lanzarse contra ese pecho que lo había acunado desde que tenía memoria. Los brazos del mayor lo estrecharon con fuerza, luego las manos delgadas y suaves recorrieron su espalda y su cuello, le revolvieron el cabello.

–Mi pequeño, mi pequeñito –susurraba Charlie mientras dejaba que Percy le humedeciera el hombro de la camisa. –Ya todo pasó, todo va a estar bien, de verdad, no tengas miedo…

El llanto cedió a los pocos minutos, pero los dos hermanos se quedaron así, muy juntos, disfrutando la dimensión física de su reencuentro. Percy aún olía a magnolias y menta, comprobó divertido el mayor –solía burlarse diciéndole que su colonia era la menos masculina de la familia. Charlie seguía usando su aceite de eucalipto, y su hermanito estuvo más que feliz de reencontrar ese aroma que le inspiraba seguridad, calor, paz. Dos toques discretos en la puerta los hicieron separarse un poco.

–Adelante.
Deacon entró despacio, con una gran sonrisa en su rostro moreno.
–La comida está lista –anunció. –Y abajo mucha de gente se muere por ver al hijo pródigo.
Charlie asintió, Percy y él se separaron despacio.
–Señor Neagu –dijo Percy entonces, con la voz aún entrecortada. –A usted también le debo una disculpa. Se que es un poco tarde para ello, pero quiero que sepa que lo siento. Creo que fui el primero en comprender que usted no era como los otros novios de Charlie y… Actué como un niño celoso y me avergüenzo de ello, mucho.
El rumano sonrió, divertido ante este joven que se estrujaba las manos como un escolar. Miró por un instante a su pareja, que, detrás de Percy, no cabía en si del orgullo.
–No hay nada que disculpar. Charles es hombre maravilloso, si un extraño viniera robar mi hermano carísimo cuando yo quince años, yo también desagradable, mucho desagradable –tendió su mano grande y callosa, que el joven pelirrojo se apresuró a estrechar. –Deacon, puede llamar Deacon.

TBC…

28 de abril de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 42

Arreglos para el futuro


Imladris

Elladan movió un poco la persiana para ver mejor el patio, donde Glorfindel y un joven aprendiz de sanador ayudaban a los enfermos a ejercitarse. Amroth estaba entre ellos, haciendo flexiones muy despacio y mordiéndose los labios para no emitir ni un sonido. Sonrió un poco. Le gustaba ese joven, le había gustado antes de conocerlo.

Cuando Halladad hablaba de sus guardianes avaris, en los oscuros días de la muerte de Löne, la descripción de aquel niño soldado había cautivado su imaginación y aliviado en algo la tristeza. El príncipe heredero de Erys Lasgalen siempre había sido muy perceptivo, por lo que las primeras cartas intercambiadas incluían alguna mención, siquiera leve, al menor de los hijos de Maedros. Los elrondidas jamás hicieron comentario expreso sobre su interés –habría sido una falta de tacto imperdonable que los hijos de Elrond se interesaran por el ignoto servidor de un reino apenas amigo–, pero tampoco molestia, y Halladad comprendió. Al final las cartas solo hablaban de Legolas, él mismo y, casualmente, del sirviente favorito del Segundo Príncipe del Bosque.

Lo conocieron una tarde que se acercaron a la frontera en medio de la nevada. Sabían que no eran visitantes deseados, pero entre la hospitalidad de Thranduil y morir congelados… la elección estaba clara. En cuanto el joven se acercó con unas mantas calientes los hermanos–amantes tuvieron dos certezas: era mucho más bello de lo que Halladad contaba y un “elegido”. Lo segundo no fue un descubrimiento agradable. Ninguna persona debía trabajar a la intemperie durante su luna, menos a mitad del invierno –lo mandaba la tradición. Si acaso era posible, el desprecio que sentían los gemelos por el Rey del Bosque aumentó. Al amanecer, Ellohir intentó entablar una conversación sencilla con Amroth, pero solo obtuvo breves palabras marcadas por un acento bárbaro. Elladan, que se mantenía a prudencial distancia, se dio cuenta de que el chico estaba demasiado nervioso para hablar, dividido entre la emoción y el temor.

¿A qué temía Amroth? ¿Qué peligro podía encerrar una charla banal en la explanada de un puesto fronterizo? Tan singular comportamiento inquietó a la pareja, centró sus charlas íntimas antes de dormir y les motivó, finalmente, a escribir a Halladad.

La respuesta llegó mucho más rápido de lo usual y con abundante información, como si su amigo solo hubiera estado esperando una muestra explícita de interés para decirles todo lo que podía en una carta sin faltar a la decencia –visto en la distancia era evidente que, tras el fiasco del compromiso de Elladan y Legolas, Halladad buscaba cobijo para otro miembro vulnerable de su pequeña corte. Era asombrosa la cantidad de controles que la rígida moral de Maedros y Feanor –el hijo mayor– imponían al otro por ser el menor y único “elegido” de la familia, y el negativo efecto en la autoestima del chico que había generado todo esto.

Pero lo más inusitado resulto ser que Amroth era un gemelo, el gemelo sobreviviente, pues su hermana había sido arrebatada por los orcos y se la daba por muerta. Toda la preocupación y agresividad del clan alrededor del pequeño Amroth tomaban sentido de repente: Los gemelos eran muy poco frecuentes entre los elfos. Los gemelos de distinto sexo eran considerados un milagro.

Elladan y Ellohir comprendieron que estaban definitivamente enamorados, pero sin demasiadas esperanzas. Evidentemente, los valar no sembraban semillas fáciles de cosechar en sus corazones. Siguieron la vida del guardián de Legolas de lejos, y se las arreglaron para que algún obsequio llegara a sus manos de modo discreto. Todo habría estado bien, marcado por los cánones de la discreción y el honor que se habían impuesto, de no ser por la monumental borrachera que pescaran en la boda de Halladad y Maërys. Elladan todavía enrojecía al recordarlo y al mismo tiempo… ¿Qué derecho tenía Feanor a decidir sobre los sentimientos y acciones de su hermano? ¿A ofenderles por pretenderlo, por amarlo?

Ahora, tras largas horas de conversación con el nuevo Rey de Mirkwood, sabían mucho más de las razones para la posesiva actitud del avari mayor, pero la información no había mejorado sus opiniones. Amroth estaba muy dañado de espíritu y de cuerpo, que aceptara sus propios sentimientos sería una larga batalla. Solo entonces…

El ruido de papeles en movimiento en el interior de la estancia le hace interrumpir sus divagaciones y girar el asiento hacia la mesa. Al otro lado del suntuoso buró está sentado su hermano. Es apenas pasada la hora del desayuno, los habitantes mayores están en sus ocupaciones, los más pequeños en las aulas al otro lado del complejo: los pocos ruidos de la Última Morada llegan muy amortiguados al despacho del Señor del Valle. Están solos, es la misma habitación donde se enfrentaron por primera vez a su ada y comenzó el exilio, muchas cosas han cambiado, pero siguen estando esencialmente solos. Desde hoy, gracias a esa lectura, las cosas podrían cambiar.

Ellohir lo miraba con intensidad, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas, los documentos que le había pedido leer puestos a un lado. Elladan reconoce la pose: su pareja está profundamente conmocionado e intentaba guardar la compostura. Esperaba algo así. Dos días antes había hallado esos pergaminos –un juego viejo, ajado, en una lengua desconocida, otro reciente, en quenya moderno, obvia traducción del primero– en la mesa de trabajo con una nota “Tu padre me dejó esto antes de morir, creo que les pertenece”. Su primera reacción había sido el miedo, la segunda lectura había traído alegría y la tercera nueva zozobra. Prueba elocuente del impacto era que tardara tanto en compartir el descubrimiento con su pareja. Ahora que ambos saben está más tranquilo, pero el tipo de calma que se siente antes de la batalla.

–Es impresionante –dijo al fin el gemelo menor–, una traducción exquisita.
–Es lo que deseabas –repuso sin sombra de reproche, dejando en claro que esa mañana no hablarían en acertijos.
–Lo que deseábamos.
Una sonrisa triste apareció en el rostro del Señor del Valle de Rivendel.
–Yo no me atreví a desearlo, tú eres el valiente –luego suspiró y agregó en tono reflexivo. –Debí prestar más atención a las lecciones de historia.
Ellohir hizo un gesto de desestimación.
–Yo atendía, y te juro que nunca nos contaron esto. Aunque ahora algunas cosas que hallé por entonces tienen sentido…
–¿Sentido? –le interrumpe Elladan asombrado.
–¿Quieres decir que había algo que te hiciera sospechar… esto?

Ellohir frunce la frente y se muerde el interior de la mejilla, está recordando, reajustando sus lecturas en los archivos y bibliotecas de toda Arda a la luz del documento que acaba de leer. Comprendiendo qué era lo que le dejaba insatisfecho de aquellas lecturas.

–Tu sabes que los gemelos siempre hemos sido poco frecuentes entre los elfos. Todos los textos que leí hacían hincapié en eso, en que éramos especiales. También se referían a la estrecha unión entre los hermanos, al destino que compartían: al principio, los gemelos que se casaban morían pronto, aunque les tocara vivir en tiempos de paz. Apenas tenían descendencia morían ambos. Pero esos casos desaparecen tras la Guerra de las Joyas. No, no dejan de morir, dejan de casarse. En ese momento se empieza a hablar en los textos de personas enlazadas, pero no definían el lazo en el caso de los gemelos. Eso me extrañó porque… –Ellohir tamborilea sobre la mesa, buscando las palabras. –Era como si todos los autores dieran por sentado que ese era “el lazo”, el único que no necesitaba ser definido, aquel del cual todos los otros lazos nacían. Una carta que leí en Minas Tirith afirmaba incluso que lo que existía entre Stiren y Saren no podía haber sido forjado tras su concepción, sino de modo esencial, que eran una persona escindida.

Su hermano asintió, recordaba perfectamente la leyenda de Stiren y Saren, los edecanes de Isildur que peleaban de espaldas en total sincronía. Nada sorprendente, en su opinión, ellos también lo hacían.

–Lo otro que me llamaba la atención es que el cese de los matrimonios de gemelos coincide con algunos infanticidios, infanticidios de gemelos.

Eso sí que sorprendió a Elladan. ¿Infanticidio? Ese era el delito mayor entre su gente, comparable solo a la colaboración con los orcos. Un bebé era algo maravilloso, algo escaso entre ellos. ¿Cómo alguien podía…? El recuerdo de sus propios hijos muertos le golpeó y se le hizo un nudo en el estómago.

–¿Y luego? –preguntó con un hilo de voz.
–Luego nada –suspira Ellohir porque, como siempre, sabe qué está pensando su hermano. –No hubo castigo para los culpables, ni siquiera están sus nombres. Se sigue hablando de los gemelos como personas escindidas y hay referencias vagas a ceremonias especiales. Siempre creí que se trataba de algún ritual específico al presentarles o de la exaltación al honor de sus padres. Ahora –señala con un dedo los pergaminos– entiendo cuál era la ceremonia referida.

Se quedan en silencio por un rato, sopesando las implicaciones de este sorprendente legado de su padre. Ambos desean seguir adelante, pero una cosa es desear y otra hacer. No sería fácil. Esa tradición desapareció con la muerte de Stiren y Saren, la última pareja de elfos gemelos conocidos además de ellos mismos. Está claro que una o varias personas decidieron borrar hasta el recuerdo de esa Ley, su origen y la sanción pública que recibiera por los grandes reyes de antaño.

Por fin, Elladan rodea la mesa, se arrodilla junto a la silla que ocupa su gemelo y acaricia con suavidad su vientre plano, duro por constante ejercicio, que puede albergar un pedacito de ambos. Ellohir cierra los ojos y cubre esa mano con una suya. No desea llorar, pero demasiados sentimientos se agolpan en ese pecho de guerrero que es, a la vez, capaz de alimentar, de dar suave refugio a sus hijos.

–Quiero honrarte, Ellohir Elrondion –comienza su hermano con un susurro. –Quiero que compartas conmigo el cetro, como antes compartiste el frío y la espada, que seas mi igual ante los ojos del mundo, que nadie pueda pretender ignorancia o desprecio ante lo que sentimos. Quiero que dejes de llorar…–Calla, por favor –Ellohir nunca le deja hablar de eso claramente.–¡No! –y en la voz de Elladan ya no hay miedo, sino rabia.

Una rabia antigua, alimentada por la muerte de sus vástagos, los años de exilio, el secretismo forzado. Quiere decirlo en voz alta, que su pareja sepa que a él también le duele. Que están juntos en el placer y el dolor, que no es su culpa ser fértil. Por algún azar del destino nació antes y tiene una pequeña cuota de poder, usará ese poder ahora.

–Quiero que dejes de llorar por las noches, inquieto ante la posibilidad de que tu cuerpo de fruto, como si tu don fuera un castigo. Quiero que tus hijos tengan un atarince y un ada, un linaje y una heredad incuestionable. Eso quiero yo, Señor de Imladris, tu siervo. Ahora dime qué quieres, hermano.
Ellohir suspira al tiempo que estrecha con fuerza la mano de su amante, aún sobre su bajo vientre.
–Tengo miedo –admite en lugar de responder.
–Yo también, pero es ahora amor, esta será la última vez que tengamos miedo, o vergüenza. Haremos lo que tú quieras.
–Quiero que tengamos un bebé y… que viva –dice despacio Ellohir y el otro comprende.

Sin estar casados, sin presiones por su honor, sin atención médica, es muy difícil que el organismo del segundo gemelo soporte una quinta preñez. Esa es la respuesta: no se trata de cumplir una ceremonia vacía, o de exhibir el poder que ser Señor le da, sino de darse la oportunidad de ser plenos, de ser iguales.

Minas Tirith

Aragorn tamborileo con la yema de los dedos sobre la mesa de reuniones y lanzó una mirada furiosa al Consejo. A su izquierda, Faramir carraspeó, recordándole que debía mantener la compostura. Era difícil, teniendo en cuenta lo que le pedían.

–Ocho años –ofreció de nuevo con los dientes apretados. Hubo intercambio de miradas entre los solicitantes, supo de inmediato que no estaban satisfechos.
–Su Majestad debe entender…
–¡No me venga con figurines, Lord Sardin! –estalló el hombre y los que estaban sentados cerca se encogieron en sus asientos. –Llevamos una hora regateando, y la mayor parte del tiempo se fue en sus circunloquios, en su vergüenza a admitir que ahora en nada nos diferenciamos de vendedores de verduras. Ocho años, ¿lo toma?

Sardin no contestó, estaba verde de la rabia y, un poco, del miedo a que el Rey hiciera nueva gala de sus maneras de montaraz. En su lugar habló Dervorin, flamante Señor del Valle de Ringló –su padre había muerto de viejo en cama mientras caía la Puerta Negra, algo de lo más inusual entre los nobles de Gondor.

–Insistimos en cinco años –dijo simplemente.

Aragorn gruñó contrariado. Lo único bueno de todo esto era haber hallado algún noble sin verborragia. Volvió a pensar el Legolas, en cuánto deseaba acariciar su piel nívea y sus cabellos brillantes, en las ganas de que su elfo le desnudara despacio y… ¡Alto! Debía enfocarse en la reunión o nunca regresaría a sus habitaciones a intentar que su esposo fuera capaz de abrasarle. ¡Malditos fueran Ferebrim y su difunto suegro! Trató de razonar, una vez más.

–Seamos realistas: No habrá paz antes de cinco años, eso en el poco probable escenario de no perder ni una batalla y lidiando con bandas sin organización. Todos sabemos que no será tan fácil. No me comprometo por menos de siete.

Nuevo intercambio de opiniones –susurros y fragmentos de pergamino pasados de mano en mano– por varios minutos. Tiempo que Faramir aprovechó para deslizar una nota ante sus ojos: “Ya tengo un preceptor para Geniev. Debes aprobarlo en el despacho de la tarde.” Aragorn asintió, contento de que eso ya estuviera arreglado.

Su “hijo” había casi degollado a tres sirvientes esa misma mañana –por entrar sin permiso a servir el desayuno mientras él estaba en el baño–, seguía ocultando sus orejas bajo todo tipo de tocados, apenas podía caminar con el traje tradicional de Gondor –la vez que se dejó poner uno–, ignoraba las artes de la escritura, la lectura, el protocolo, la danza o la jerarquía cortesana, y comía con la sola ayuda de sus dedos. Los cinco días que llevaban en la ciudad se las habían arreglado manteniendo una vida “reservada” en sus habitaciones, pero Geniev debía aprender a convivir con sus súbditos. Ser aceptado como príncipe sería más fácil si era un bastardo educado, la aristocracia de su reino tenía en altísima estima los modales, aunque solo los Valar sabían por qué.

Silencio de nuevo, los nobles parecían haber llegado a un acuerdo.

–¿Entonces su Majestad se compromete a engendrar un heredero legítimo en el octavo año de su reinado? –preguntó Dervorin.

Aragorn sonrió. Seguro creían que el detallito de “legítimo” generaría otra hora de negociaciones, pero lo dejaría pasar. Sería un buen chiste que anduvieran siete años ilusionados con que alguna de su hijas ocuparía el trono negro. ¿Divorciarse él de Legolas? ¡Ja!

–Senescal, tome nota de un Acuerdo Secreto del Consejo –ordenó sin inmutarse. –Elessar I consagrará seis años de gobierno a pacificar las fronteras y aliviar la vida de sus súbditos, a contar desde el inicio de su segundo año de reinado. En el octavo año, engendrará un heredero legítimo, para que la sangre de Isildur se perpetúe en el reino doble de Gondor y Arnor y… todo lo demás.

Había inquietud en más de un rostro, pero ninguno se atrevió a preguntar qué planeaba hacer con su esposo cuando llegara la hora. Nadie quería perder un diente, como le ocurriera a Ingold al principio de la sesión por insinuar que el matrimonio era ilegítimo ante las leyes del Reino.
Faramir terminó de redactar el memorando y el Rey lo firmó. Luego sonrió con sorna, seguro iba a disfrutar de esta parte.

–Ahora, sobre la ceremonia de coronación de su Alteza Legolas como Príncipe Consorte… –el viejo Inglod se desmayó.

Edoras, Rohan

–¡Hastings! –gritó por tercera vez Eomer mientras corría por la galería de las habitaciones de los sirvientes. –¿Dónde te metes, viejo?

A su paso, mucamas y lacayos se apartaban. El joven Rey estaba furioso e intrigado por la desaparición de su paje, pero sus gritos no le habían granjeado respuestas. Al doblar una esquina, casi se lleva por delante a un chaval de menos de quince años.

–Silencio –le ordenó el chico en voz baja e imperiosa. Eomer se detuvo en seco. ¿Cómo le ordenaba algo ese renacuajo? –Le llevaré donde Hastings, pero en silencio.

El Rey estaba tan descolocado ante el valor del chico que se limitó a asentir.

El desconocido le tomó entonces de la mano y lo guió de regreso a la galería principal, luego por un pasillo estrecho y finalmente a un salón amplio, solo iluminado por la luz solar, donde algunas personas vestidas de negro rodeaban un objeto ubicado en el centro. Eomer sintió que lo empujaban al interior, varios voltearon hacia la puerta al sentir sus pisadas sobre el suelo de piedra. Se apartaron en abanico con marcadas reverencias y pudo ver lo que custodiaban. Había un banco de piedra y tendido en el banco, con los brazos doblados sobre el pecho y una manta cubriendo sus piernas, estaba Hastings.

Muerto.

–¿Cuándo ocurrió? –preguntó sin desviar sus ojos del rostro grisáceo, exangüe.

–A media noche –le informó el chico que lo llevara hasta allí.

Volvió a mirarlo con más cuidado. Era moreno –algo inusual entre los rohirrim–, llevaba el pelo a la altura de los hombros, tenía frente estrecha, ojos grises, nariz grande y labios delgados. No era bonito y por sus hombros estrechos y manos delicadas –recordaba el tacto de su palma mientras tiraba de él–, dedujo que no recibía entrenamiento en armas. De pronto lo supo, era un siervo como Hastings, tal vez…

–¿Era tu padre?

El muchacho hizo un asentimiento casi imperceptible, pero no se movió. Siguió mirando al Rey de frente, tal y como le había mirado su difunto paje. Eomer volvió a mirar el cuerpo tendido, con un extraño sentimiento de vergüenza. Hastings le había sido asignado veinte años atrás y no tenía idea de quién era esta gente a su alrededor. ¿Estaba casado? ¿Había engendrado más hijos? ¿Por qué había muerto?

–Tu gracia y tus años –inquirió de repente.

–Aleth, trece –la parquedad de la respuesta lo hizo sonreír, era digno hijo de Hastings.

Entonces recordó que no pertenecía a ese lugar. Que su paje, a pesar de haberle salvado la vida más de una vez, había preferido ser velado entre sus iguales. Debía respetar sus deseos.

–Cuando termine el funeral, te espero en mi despacho, Aleth hijo de Hastings.

Dio media vuelta y se alejó. Tendría que hallar por si mismo sus medias y sus guantes hasta que ese renacuajo descarado terminara de enterrar a su padre. ¡Maldición!

TBC…

22 de marzo de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 41

Un sitio al cual llamar hogar

El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas.
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca.
“Abdala”, José Martí


Imladris

Erestor revisó con la vista por enésima vez el orden de los elfos dispuestos en doble fila a lo largo del camino que conducía al salón de ceremonias. Glorfindel estrechó su mano con suavidad y él le dedicó una mirada de disculpa. En respuesta, los ojos azules le pidieron calma. Erestor sacudió la cabeza y se obligó a permanecer quieto. Estaba nervioso.

Hacia casi cincuenta años que no se realizaba un funeral en el valle, y ahora no se trataba de una muerte común, de la previsible muerte en combate que todos tomaban como posibilidad al traspasar las fronteras. Elrond había muerto durante los festejos de boda en un reino aliado, defendiendo a su bisnieto nonato. Una muerte digna de la familia, si se la miraba bien, pero inusual, inquietante. Además, el medio elfo había sido más que un señor para Erestor, el vínculo que compartieran era profundo, sutil, lleno de miradas cargadas de entendimientos y crepúsculos silenciosos.

Siendo sincero consigo mismo, Erestor debía reconocer que le preocupaban más los que se quedaban: los gemelos, los otros habitantes del valle, el estatus del valle mismo –demasiado rico y bien ubicado como para no provocar ambiciones. La estabilidad de ese sitio, de su hogar, estaba en sus manos ahora. ¿Estaba?

La aparición de una figura en el recodo interrumpió sus pensamientos.

El jinete vestía de negro, se aproximaba al paso. Tras él fue surgiendo la caravana mortuoria: seis elfos cargaban el ataúd de madera negra, la escolta llevando los corceles a los lados, el coche de dos caballos – esmalte negro, riendas y cortinas de sobrio morado– y, cerrando la marcha, la carreta con el equipaje. A medida que los portadores del féretro avanzaban, los súbditos de Rivendel se postraban en el suelo –mostrando la absoluta sumisión que jamás dieran en vida al Señor.

Cuando los seis elfos llegaron a su altura, a Erestor no le sorprendió reconocer a los gemelos al frente. Se arrodilló sin dudarlo. Vivo, Elrond había sido un gran estadista, un sabio estratega y un generoso amigo, pero un elfo como los demás, sensible al dolor, a los errores de juicio. Ahora estaba muerto, a salvo de envidias o resentimientos, era perfecto –del terrible modo en que son perfectos los que se van. A su nueva sabiduría insondable rendía pleitesía. No avergonzaba a ninguno de ellos posternarse.

El Segundo Consejero se irguió lentamente, las personas a su alrededor se dispersaban. Muchos seguían el féretro a la sala de ceremonias, donde permanecería expuesto hasta la mañana siguiente. Otros regresaban a la guardería, a abrazar a sus hijos demasiado pequeños para respetar el protocolo de la recepción. El mismo deseaba ir donde Idril, pero vio a su esposo junto al coche de los gemelos y, de golpe, recordó que no solo llegaba un cuerpo embalsamado esa tarde. Se acercó despacio.

Glorfindel estaba inclinado hacia el interior del carruaje, casi la mitad de su cuerpo era invisible. Erestor podía escuchar la sueva voz de su pareja en diálogo con otra, difícil de seguir por su duro acento. Sintió una repentina simpatía por el muchacho. ¿Cómo le sentaría haber sido regalado por su propio cuñado? Además, tenía entendido que el bello Amroth no había abandonado el Bosque Negro en 1 700 años. Demasiado tiempo, incluso para un elfo.

Su pareja debió reconocerle los pasos, porque extendió un brazo hacia atrás sin girarse y tiró de él.

–Este es mi esposo, el Erestor hijo de Entunin, Segundo Consejero del Valle –dijo cuando estuvo ante la puerta abierta.
–Es un gusto conocerlo –saludó el avari con su voz extraña.
–Lo mismo digo –repuso Erestor en lo que sus ojos se acostumbraban a la penumbra en el interior del coche, para poder detallarlo.

Amroth estaba tendido cuan largo era –habían extraído los asientos–, rodeado de mantas y cojines, como si viajara en un gran diván. El joven tenía el rostro encuadrado por un tupido pañuelo negro, que resaltaba la palidez de su rostro. Los rasgos afilados eran armoniosos y familiares –aunque no estaba seguro de la razón. Sus ojos, grandes y algo hundidos, se hallaban enmarcados por cejas pobladas, anchas, correctamente delineadas. El color de sus pupilas era, en efecto, inusual entre los elfos –negro, verdadera oscuridad apresada–, pero la manera etérea en que le tendió la mano –una mano delgada y fuerte, de palma suave– era privativa de los Primeros Nacidos.

–¿Puedes caminar? –preguntó Glorfindel.

Amroth se limitó a asentir y comenzó levantarse despacio. Los esposos intercambiaron miradas preocupadas: era evidente que el muchacho sufría, pero no pedía ayuda. Erestor no intervino hasta el final, cuando fue evidente que su equilibrio era precario porque la mano derecha no se afianzaba bien el en marco de la puerta. Creyó detectar un ligero sonrojo en las mejillas del recién llegado, pero lo dejó pasar.

El avari tardó unos minutos en ganar estabilidad, luego alzó el rostro al cielo y respiró hondo. Una brisa se levantó, con la cual las ramas cantaron su saludo al nuevo inquilino. La túnica ondeó, él abrió los brazos en gesto de agradecimiento y el pañuelo que le cubría salió volando. El joven soltó un gemido, se encogió sobre si mismo y alzó las manos, en inútil intento de cubrir con ellas toda su cabeza. Erestor abrió los ojos como platos y murmuró “Dulce Elbereth”. Glorfindel corrió a recuperar la prenda, y la colocó sobre el cráneo del tembloroso joven. Ninguno de los tres dijo nada más en lo que Amrtoh ataba con cuidado el velo para cubrir su cabellera corta, completamente blanca.

–Vamos a tu habitación –ordenó incómodo el Primer Consejero.

Los tres caminaron despacio, los dos anfitriones demasiado incómodos con el descubrimiento para ir explicando la distribución de la casa, el nuevo inquilino agradecido por el silencio. Llegaron a una estancia en el segundo piso de regulares dimensiones, paredes verde manzana con dibujos de flores y estrellas, amplios ventanales, una chimenea de piedra negra a la derecha, una cama individual de mantas color azul en el centro, un armario de madera clara a la izquierda y amplios ventanales en la pared trasera.

–Hemos puesto alguna ropa en el armario –explicó Glrofindel. –Espero que sean suficientes hasta que los sastres te tomen las medidas y preparen un guardarropa apropiado.

Ese comentario desconcertó al joven, que no pudo contener su curiosidad.

–¿Apropiado?

Erestor le clavó sus ojos en el rostro de Amrtoh, ¿acaso podía no saber? Aquella mirada volvió a intimidar al avari, que bajó los párpados y suspiró.

–Entiendo –susurró derrotado.

Los dos consejeros supieron al instante que, en realidad, no entendía nada. Sin embargo, tampoco les correspondía explicar.

–El baño es allí –el rubio señaló una puerta blanca a pocos metros del armario. –Una campana llamará a la comida de la tarde tras la puesta de sol. ¿Algo más?Amroth movió la cabeza de un lado a otro con fuerza, sin mirarles.

Los eldars se marcharon y el avari se dejó caer en la cama, totalmente agotado física y mentalmente.

–Si que viven bien los siervos de Rivendel –dijo en su propio idioma cuando se tranquilizó.

Luego se levantó –tuvo que contener un quejido al apoyar la rodilla dañada– y caminó hacia el armario, dispuesto a cumplir la orden de los consejeros. Tiró de la manilla y…

–¡Por Aule!

La frase “algunos juegos de ropa” le había sugerido dos, tal vez tres mudas sencillas. En cambio, seis trajes completos colgaban de sendos ganchos: tres azules –cielo, marino y medianoche–, dos verdes –hierba y oliva–, el último negro. Cada juego estaba compuesto de pantalón y túnica con bordados blancos en puños, ojales y faldones, así como una camisa blanca con cuello y pechera bordados en hilos del color de las otras dos piezas. Todos los bordados representaban hojas y estrellas.

El lado derecho del armario tenía cajones. Abrió el primero con mano temblorosa. Una buena cantidad de calzones y medias de color blanco y costuras en verde claro estaban prolijamente dobladas. El segundo contenía una pesada capa negra. El tercero estaba vacío.

Amroth suspiró, los uniformes aquí eran ciertamente elaborados, pero tampoco le extrañaba, siempre había oído decir que Rivendel era un valle muy rico. Seguro estos vestidos correspondían a pajes o camareros, pero ¿cómo iba a hacer tales cosas siendo cojo? Por supuesto, al ordenar su habitación nadie aquí sabía que ahora era un lisiado. Lo más probable era que en la cena le dijeran de alguna ocupación que podría desempeñar, de preferencia lejos de las miradas de sus señores, para no molestarles con su torpeza y fealdad. Sacudió la cabeza, eso no era algo que pudiera controlar, así que mejor ni pensarlo. Optó por el traje azul medianoche, tomó un calzón, un par de medias y se fue a bañar.

En lo que la tina se llenaba con un ingenioso sistema por gravedad, el chico luchó con los botones de sus ropas. El agua tibia y el jabón de hierbas la relajaron y, mientras se secaba y luchaba con los botones por segunda vez, se dijo que tenía suerte, que servir en Imladris no podía ser peor que todo lo anterior. Así que terminó de anudarse el pañuelo alrededor de la cabeza y salió a la recámara para calzarse las botas.

A los pocos minutos sonó la llamada a la comida y él salió, con paso lento pero silencioso, a enfrentarse a su destino.

Minas Tirith

Despertó empapado en sudor, resoplando y su cabeza giró a ambos lados de la cama, temeroso de hallar alguien cerca.

–Fue una pesadilla –se dijo para tranquilizarse, pero la certeza no mejoró su ánimo.

Consciente de que no podría dormir más, el joven apartó las cobijas, se calzó las zapatillas y caminó hasta la ventana. En oriente, el cielo cambiaba muy despacio de color.

–Hoy es el día…

No pudo evitar que un temblor recorriera su cuerpo, miedo, para qué negarlo. Faramir le había dicho que el miedo es bueno, porque nos mantiene alerta, es bueno mientras no nos controla. Faramir… Realmente, si el Rey no hubiese llegado la tarde anterior, Duilin dudaba de que hubiesen podido mantener la charada durante otra semana. El Senescal no podía negarse a tomar los refrescos envenenados de su secretario, porque descubriría el juego, pero vomitar cada tarde tampoco hacía favor a su organismo. Estaba pálido, desconcentrado, Arwen y él hacían casi todo su trabajo durante las noches para mantener funcionando la maquinaria del Estado.

Esa misma mañana, Duilin había estado a punto de irrumpir en la oficina del Senescal y reclamar a Liolas su infame comportamiento, su traición. ¿Cómo había estado enamorado de alguien así? “Haría cualquier cosa por ti” le había dicho miles de veces, pero él nunca imaginó que “cualquier cosa” incluyera un complot contra la corona. ¿Eso le había pedido su padre a cambio de hacerse el de la vista gorda? Aunque ya tenía pruebas de que su padre no le amaba, a Duilin se le hacía muy cuesta arriba imaginarlo negociando la amistad de un invertido con su heredero. Duinhir de Río Morthond era hombre de recios preceptos morales. ¿Entonces? El muchacho sacudió la cabeza, cansado de la misma situación sin salida ni explicación. Tampoco importaba. Dos horas después del amanecer, cuando el Rey se presentara a la audiencia y los conspiradores fueran apresados, todo acabaría, incluso su familia.

Y hablando de familia, si que la había hecho buena el Rey ¿no? Regresaba con un hijo, para que nadie pudiera quejarse de que sentara en el trono al elfo. Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar, el título aún sonaba extraño en su mente, pero tendría que acostumbrarse. No estaba seguro de qué caería peor al Consejo de Nobles –los que sobrevivieran a la siega–, si el Príncipe Consorte o el salvaje hijo del Rey, porque eso también se notaba, al tal Geniev no le gustaban ni los zapatos, ni las camas.

Mentalmente, volvió a repasar el plan que trazaran tras la llegada de sus majestades. Su papel era sencillo, solo debía guiar a la patrulla que detendría a Liolas y sus compinches cuando pusieran el veneno en la bebida del Senescal. Luego irían a la sala del trono, donde los otros complotados serían sometidos a juicio sumario, entonces… ¿Sería el Rey capaz de cumplir las leyes antiguas?

Una parte del corazón de Duilin deseaba que si, que el nuevo monarca fuera fiero, para que a nadie más se le ocurriera levantar la mirada, otra ansiaba la misericordia real, aunque fuera inmerecida. ¿Cómo podría permanecer impasible mientras Elessar I ejecutaba por su propia mano a los conspiradores? Eran enemigos del reino, si, pero también su padre, su amante, su tutor. Estar presente en la plaza durante la degollina era lo que se esperaba de él, pero no estaba seguro de poder resistirlo.

El sol se asomó por sobre el río Anduin y Duilin supo que ya no había marcha atrás, para el amanecer siguiente sería el señor de Río Morthond, o estaría muerto.

Imladris

Erestor contempló con ojos legañosos el féretro.

Había pasado la noche en vela, repasando los momentos vividos junto al difunto, pero ninguna visión vino a tranquilizar su conciencia. Se le ocurrió que Elrond llevaba demasiado tiempo muerto y su alma ya disfrutaba de los eternos y deliciosos banquetes más allá del mar. Tal vez todo fuera inútil, y la respuesta que tanto buscaba estuviera ante sus ojos, entre sus manos, solo que era demasiado cobarde para aceptarlo.

Al fin y al cabo, ¿dónde buscar sino en su interior? Elrond había confiado en él, en su delicadeza y sentido de la oportunidad. Nunca volvió a preguntar por el documento una vez que dejó claro cuáles eran sus deseos. Nunca dijo nada que lo comprometiera. En cambio, si Erestor actuaba, estaría tomando una posición y tendría que asumir las consecuencias.

“¡Ay! Qué oportuno de tu parte morir lejos de Rivendel, viejo amigo. Entre jovencitos ajenos a las tareas que nos dejaste.” Buena cosecha para una noche de meditación, sin duda: culpar al muerto de sus problemas. Aunque, por esta vez, fuera en verdad el muerto culpable, la cosa no cambiaba.

Casi quinientos años atrás, había jurado fidelidad al Valle. Luego Elrond le había honrado al nombrarlo su Consejero, pero sus acciones siempre habían estado orientadas al bienestar de la comunidad. No había sido un empleado complaciente, y sospechaba que por eso lo había elegido para tan amarga tarea. Una última –póstuma– prueba de su fidelidad a algo más que a una persona, a ese lugar mitad tierra y mitad sueño que se llama hogar.

Él sabía lo que era perder un hogar, los sitios donde había jugado de niño, donde estaban sus amigos y padres, la ventana adornada por el sicomoro que viera crecer… Todo había desaparecido bajo la negra marea de los orcos. Después no quedó más opción que recorrer las rutas de Arda, llevando mensajes y consejo a los belicosos reyes elfos, que se unían y separaban al ritmo de su soberbia. En ningún sitio se había quedado porque no sabía ser cortesano: adular, sonreír, intrigar eran incompatibles con su naturaleza.

Elrond lo había aceptado así, con su mirada aguda y su lengua afilada. Glorfindel lo había aceptado así, hosco y sincero. Los gemelos lo habían aceptado así, exigente y poco amable. Los habitantes del Valle lo habían aceptado, cobijado, hecho uno de los suyos, le habían devuelto el hogar. Comprendió al fin lo que esperaba Elrond al confiarle esa tarea: que pusiera en una balanza su sentido del honor –que le había permitido sobrevivir siglos de peregrinaje– y el amor por el Valle –donde había recuperado la sensación de pertenecer.

No sonrió, pero sintió que un peso abandonaba sus hombros y su corazón. Era hora de retribuir el amor de su Ultima Morada.

Minas Tirith

Aragorn estrechó con fuerza la mano de Legolas y luego le dejó ir. Estaban ante la puerta que comunicaba uno de los tantos pasadizos del palacio con la Sala del Trono, esperando la señal de Faramir para entrar y recuperar el reino. El hombre suspiró, y se arregló automáticamente el faldón de su túnica de gala, roja con bordados en negro y oro. Volvió a mira a su pareja –Legolas estaba imponente con su propio traje azul y oro, capa y botas negras con bordes de piel marrón– y se preguntó el sentido de todo aquello.

¿De qué le servía la Corona Doble, después de todo? Mientras se trataba de la guerra, la libertad de los pueblos libres, el fin de Saurón, y asuntos similares, todo estaba bien. Pero desde hacía casi un año que era Rey y no acababa de comprender la maravilla de ocupar el trono de sus ancestros. Solo había conseguido un montón de enemigos y casi perder a Legolas y Faramir a causa de intrigas y envidias. Eomer tampoco estaba muy contento con toda la parafernalia a su alrededor, y se le encogía el alma de pensar que el protocolo de la corte edain era mucho más complicado que el rohirrim.

Ahora mismo, estaba a punto de reaparecer para actuar como verdugo con la esperanza de imponer orden en la ciudad. ¿Era así como deseaba comenzar, efectivamente, su mandato? ¿Cómo deseaba que lo viera su esposo? Bueno, desde el asunto de Ferebrim, su elfo era un aficionado entusiasta de la sangre, pero esperaba con toda el alma que fuera algo pasajero. Además, estaba Geniev. No sabía mucho del pasado de su flamante hijo, pero confiaba en poder convertirse en un ejemplo para él, alguien a quien admirar, no en un tirano sanguinario al cual temiera.

–Todo va a estar bien –le susurró Legolas.

Aragorn sonrió inseguro. –Mientras no me dejes.

–Tu eres mi hogar –repuso el rubio con sencillez.

Aragorn suspiró. Legolas decía que su hogar estaba junto a él, perfecto. Pero ¿dónde estaba su propio hogar?

Sus primeros recuerdos eran del mágico valle de Imladris, pero siempre supo –tal vez por las miradas duras que le dedicaba Erestor o por la nostalgia de sus padres– que no pertenecía ahí. Luego había tenido una vida nómade en Eriador, aunque se había ganado a pulso el liderazgo de los montaraces, nunca dejó de sentir que se trataba de un papel, de lo que del hijo de Elladan y Elrohir se esperaba. Se fue al sur –tratando de huir de un fantasma rubio y simpático– y descubrió el brillo de las paredes de la ciudad de Isildur al amanecer le daba una extraña paz. ¿Sería eso? Varias veces regresó a la Ciudad Blanca a lo largo de cincuenta años, nunca hizo amistades duraderas, mucho menos tuvo una casa, pero era agradable volver a Minas Tirith, respirar su aroma singular –mármol, sudor y tierra–, apreciar el ritmo de sus habitantes, perderse entre las voces que negociaban en el mercado con sus acentos variados.

Si, pertenecía a Minas Tirith de un modo complicado, distinto a su pertenencia frente a Legolas –nada sorprendente, después de todo no se puede uno entregar a una ciudad como a un amante–, pero no por ello menos real. Había extrañado este sitio cuando, separado de su esposo y su hijo, vagaba por las Montañas Nubladas, también cuando creyó morir al ver esos ojos azules mirarle sin reconocerlo –por al poción de aquel sucio teleri. Minas Tirith no solo le pertenecía por derecho de heredad –había pasado sesenta años rehuyendo semejante título, bien podía esconderse otros cien–, sino porque él pertenecía a ella. Esa antigua urbe amurallada y orgullosa, madre de guerreros y poetas, era también su esposa, su hogar.

La puerta comenzó a abrirse, dejando pasar la luz al sombrío corredor, y las últimas palabras de Faramir le indicaron que era el momento.

–… ¡larga vida al Rey!

Aragorn tomó aire y salió a la amplia y luminosa estancia, justo al lado de la escalinata que conducía a su trono. Llevaba la mano izquierda apoyada en el puño de Andúril, y con la derecha estrechaba a su consorte. Miró con calma a su alrededor, desafiante.

Por pura costumbre, la mayoría de los presentes en el salón –nobles, secretarios, personas con audiencia– se inclinaron respetuosamente. Sin embargo, tenían las cabezas levantadas –de un modo que la etiqueta más estricta calificaría de insolente– y miraban con ojos muy abiertos a su monarca. En algunos ojos brillaba el asombro, en otros la mal contenida desazón.

–Es un placer volver a encontraros, mis amados súbditos –dijo de acuerdo al protocolo de la audiencia y comenzó a subir los escalones. A los pies de la escalinata permanecieron su esposo, Geniev y la guardia.

Nadie dijo nada, y Aragorn sonrió levemente. Había sido idea del Senescal que llegara como si solo faltara desde hacía siete días, para aprovechar el factor sorpresa. Ninguno de los conspiradores se atrevería a cuestionar las acciones del Rey en medio de la Sala del Trono, poniendo en evidencia su actitud desafecta. Además, las puertas estaban custodiadas por hombres de la guardia personal, que les impedirían salir para avisar a sus secuaces –los que no estuvieran ya presos– o huir.

Cuando el monarca estuvo sentado en el asiento izquierdo del elaborado y pulido trono doble de mármol negro y cojines de seda roja –el mismo que Aragorn había encargado al día siguiente de su matrimonio–, miró a Faramir con expresión casi aburrida y continuó con los parlamentos marcados siglos antes.

–¿Qué perturba a mi pueblo y debe ser traído ante mi criterio?

–Para no agotaros, Majestad, solo deberéis involucraros en un fratricidio y un complot contra la corona.

Un rumor horrorizado recorrió la estancia, los guardias alrededor del trono desenvainaron las espadas, varios nobles comenzaron a moverse –discretamente– hacia las puertas, los secretarios aceleraron el ritmo de sus plumas.

El Rey asintió, indicando así que el proceso podía proseguir. Faramir hizo un gesto con el brazo y una figura embozada salió de un costado.

–Yo acuso a Duinhir de Río Morthond de la tortura, encarcelamiento e intento de asesinato de su hijo mayor, Duilin.

Al mismo tiempo, varios guardias habían obligado al mencionado noble a acercarse al trono. Faramir procedió a interrogarlo como si el hombre estuviera allí por su propia voluntad.

–¿Cómo se declara de tales cargos?

–Inocente, ¡por supuesto! –señaló con gesto ofendido su túnica marrón. –Todos saben que mi hijo murió de fiebres hace menos de cuarenta días. Las fiebres no pueden ser provocadas por deseo de otros que los Valar.

Faramir asintió y se apartó de su mesa de trabajo, a los pies de la escalinata real, para avanzar hacia el acusado con las manos entrelazadas a la espalda.

–¿Y cree que algo podría inclinar a los Valar podrían reclamar a su heredero?

–Mi hijo era bueno y listo. La regente hizo un gran honor a mi casa al nombrarlo secretario. No puedo imaginar la razón, pero tampoco me corresponde saberlo.

El Senescal asintió. Luego se giró hacia el acusador.

–¿Por qué habría de matar este hombre a su heredero?

–Dos razones: era un invertido, por lo cual le odiaba, y supo que despreciaba al Rey, por lo cual le temía.

–¿De dónde saca esas cosas? –empezó a vociferar Duinhir con el rostro rojo y las venas del cuello a punto de reventar. –¡Mi hijo era un hombre!, nadie puede acusar a mi sangre de degeneración sin probar mi espada –ante su decidido intento de acercarse al encapuchado, los soldados le retuvieron por los brazos. –¡Mi hijo no era ningún amanerado sin virilidad buscador de varones!

De pronto, el hombre tomó conciencia de lo que acababa de decir y miró hacia el trono. El silencio en la sala era sepulcral.

–Me parece –opinó Aragorn con tono condescendiente–, que el cargo de desprecio al Rey ha sido confesado. Prosiga, Senescal.

Por toda respuesta, Faramir hizo un gesto y el acusador anónimo se quitó la capucha. Los ojos verdes de Duilin brillaron de satisfacción al tiempo que los de su padre se tornaban opacos y el duro rostro se desencajaba.

–Es… es… tu no eres mi hijo… tu…

–Claro que es tu hijo –saltó en ese momento Arctos, hermano de la difunta esposa de Duinhir–, esos son los cabellos y los ojos de mi hermana.

Arctos, un gigante de anchos hombros y cabeza totalmente calva, ahora roja de la emoción, se adelantó con clara intensión de tomar la justicia por su mano, pero los guardias le retuvieron y desarmaron.

–Así que –comentó imperturbable Faramir–, ¿su padre le torturó y encarceló?

–Si, mi señor.

–¿Y qué provocó semejante medida?

–Yo sorprendí una reunión, señor, en la que varios miembros del Consejo de Nobles decían injurias contra el Rey y planeaban impedir su regreso.

–¿Impedir? –insistió Faramir.

–Ellos… –Duilin miró por un instante a su padre, dudoso, pero solo vio en sus ojos el habitual desprecio. –Ellos deseaban envenenaros, mi señor, y hacer nombrar a otro Rey.

–Ya, ¿podéis decir los nombres de los invitados?

–Estaban…

A medida que el joven decía nombres, los mencionados eran presentados por la Guardia Real, maniatados y con sus insignias de nobleza arrancadas. El resto fue rápido: se presentaron las cartas que Hurin de las Llaves había enviado a su cuñado, comentando el desarrollo de las alianzas; se obligó a Liolas a explicar cómo ponía veneno en las diversas bebidas del Senescal; Felitar confesó su pacto con Forlong, para obligar a la Regente a casarse con alguno de ellos.
Diulin contemplaba todo, pero su mente estaba muy lejos, en los pocos recuerdos amables que conservaba de aquel hombre con el que, por azar, compartía la sangre. Sin embargo, no pudo evitar oír la voz profunda y recia del Rey al pronunciar su sentencia.

–Es más que evidente que estos –abarcó con un gesto a los diez cabecillas de la conspiración–, que se hacen llamar nobles de Gondor, unieron sus voluntades en un proyecto en contra del reino y la familia real. No necesito consultar a mi Senescal para saber cuál es la pena, pues la misma se aplica en toda al Tierra Media –Aragorn hizo una pausa, se puso de pie y comenzó a bajar la escalinata. –Si alguno de ustedes creyó que, tras ir a llamar a Saurón a la misma Puerta Negra, no sería capaz de ejecutar algunos traidores, me juzgó mal –ya estaba al nivel del piso, miró con intensidad a los conjurados, luego, brevemente, a su esposo, al fin alzó los ojos hacia los cortesanos reunidos. –Hoy he regresado a ocupar el trono de mis ancestros y lo haré con generosidad, pero con fuerza.

Aragorn tomó el cuchillo de piedra negra que le tendía un miembro de su guardia y probó el filo. Era una pieza antigua, tallada y pulida con el único objetivo de realizar de modo cómodo las ejecuciones de la nobleza –fuera cual fuera la talla del monarca encargado de la tarea. Antes de volver a moverse, sopesó el arma, dejó que se calentara en su mano. Los reos estaban ante él, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y huellas de sudor u orine marcando sus túnicas.

De repente estaba junto a Hurin, levantando de sus viejos mechones al anciano, un poco más bajo que él. El primer chorro de sangre salpicó las mangas de su elaborado jubón. Dejó caer el cuerpo aún convulsionante. Siguió adelante, sin pensarlo, con la habilidad largamente asimilada como prenda.

Al final, asqueado de todo, deseoso de un baño y una charla con su esposo –él deseaba mucho más, pero Legolas no estaba listo, por Eru, solo ver su cara de felicidad ante la masacre lo decía, nadie en sus cabales podía hallar agradable aquello– Aragorn se giró en dirección al Senescal.

–Que los cuerpos sean entregados a las familias.

–Si, Majestad.

–Y que lo que queda del Consejo sea convocado para mañana –a nadie escapó la implícita amenaza. –Legolas, vamos a descansar –ahora si, varios no pudieron contener expresiones de sorpresa.

Durante los meses de su primera etapa de gobierno, el Rey nunca había sido explícito en su relación con el elfo. Todos sabían, por supuesto, pero jamás traspaso el hombre la fina línea de lo que esa corte entendía por decoro. Más que las sumarias ejecuciones –que evocaban los años infames de la Guerra de Sucesión–, este era el verdadero reto a los nobles: ¿querían derrocarlo porque sospechaban que era un invertido?, pues ahora estaba claro, y ay de quien se opusiera.
Aragorn sonrió para sus adentros y aún dio un par de pasos en dirección al ala privada cuando fingió recordar.

–Otra cosa, Senescal. Hallad algunas ropas y un ayo para mi hijo –de nuevo ignoró deliberadamente las expresiones de sorpresa, esta vez felices. –Faramir cuidará de ti hasta la cena, ¿de acuerdo?

El muchacho asintió, y ellos se retiraron.

Mientras cruzaba los corredores en busca de sus nuevas habitaciones, Elessar I pensó, con fastidio, que definitivamente estaba en casa: intrigas de nobles ambiciosos, traiciones familiares, tensas negociaciones entre lo que desea el Rey y lo que quieren algunos del reino –un heredero, por ejemplo–, ejecuciones sumarias para demostrar que no es ningún remilgado y –la guinda del pastel– escoltas hasta para ir al baño.

Maldición, si no fuera por Legolas, como odiaría su hogar.

TBC…

7 de febrero de 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 18

Preguntas incómodas

“¿Cuándo nací? ¿Cuándo moriré?
Ningún hombre puede evocarel día de su nacimiento
ni designar el de su muerte.
Ven, mi grácil bienamada.
Quiero pedir a la embriaguez
que me haga olvidar que nunca sabremos nada”
Omar Khayyam

Michel despertó despacio, con dolor en el vientre y la desagradable sensación de los monitores cardio–respiratorios pegados a su piel como ventosas.

–Buenas noches.

El saludo lo hizo girar el rostro a la derecha y pestañear varias veces. Apenas podía distinguirla en la penumbra de la habitación, pero la voz de Gilraen era inconfundible.

–Mamá.

El joven extendió una mano y delineó su cara ovalada, se detuvo en la mejilla de pómulos algo salientes.

–¿Qué hora es? –preguntó cuando ya estaba seguro de que era, realmente, ella.

La mujer consultó su elegante reloj de pulsera adornado con brillantes.

–Las diez y media de la noche. ¿Te parece si aviso a los otros de que despertaste?

–¿Los otros?

Gilraen le tomó la mano con algo de tristeza. ¿Acaso su niño no llegaría a confiar nunca en las personas a su alrededor?

–Tu padre y Glorfindel están allá fuera, tratando de explicarle a la esposa de Alcar de que no vas a morir por pasar una noche en el hospital. Por supuesto, no hace más que alterar al resto de tus compañeros del edificio. ¡Ah! Y media facultad de medicina ha pasado a preguntar cómo estabas.


Michel sintió un golpe de calor subirle al rostro. Contaba con que su padre y su pareja estuvieran por allí, pero ¿los otros ocho “Caminantes”? ¿Sus compañeros de carrera? Aunque seguro esos lo hacían por congraciarse con Glorfindel.

–¿Qué le paso a la niña? –preguntó con ganas de cambiar de tema.

La mujer apretó los labios, sus ojos dejaron de ser cálidos, amables.

–Su nombre es Jennifer Keith, y los ortopedistas pasaron un buen rato con ella en el salón de operaciones. La verdad, es muy extraño que se rompiera el brazo de modo tan aparatoso.

Michel asintió, ya tranquilo por ese lado.

–¿Quieres que llame a los otros? –insistió su madre.

Él hizo un gesto de aceptación y la escuchó alejarse con pasos cortos y decididos. Tras el sonido de la puerta al ser abierta, un montón de personas se apresuró dentro de la estancia. Michel pronto tuvo el campo de visión lleno con su padre, su pareja y sus jóvenes vecinos. Estuvieron un rato revoloteando a su alrededor, pero lo cierto es que estaba cansado y su esposo no tardó en darse cuenta. Así que despidió a los muchachos con diplomacia. Ellos se apresuraron a partir –también estaban cansados– con la promesa de que regresarían en la tarde siguiente.

Michel suspiró, agotado y feliz.

Su esposo se sentó a su lado y le tomó una mano con afecto.

–Estoy bien –aseguró con voz soñolienta.

–Deja que el especialista decida eso –le regañó su madre.

–No es nada que un par de días de descanso no curen –aseguró el rubio. –Pero prefiero que te quedes aquí ese tiempo, ¿de acuerdo?

Michel asintió, consciente de que era inútil discutir. Su esposo no lo dejaría alejarse demasiado.

–Si está todo arreglado, nosotros también vamos a casa –anunció su padre.

Duncan y Gilraen besaron las mejillas de su hijo y salieron acompañados de su yerno. Mientras recorrían los corredores hacia el parqueo del hospital, la mujer volvió a tomar la palabra.

–Quiero levantar cargos –dijo con tono frío, exigente.

–Eso le corresponde a tu hijo –advirtió el doctor.

–Pero él es demasiado bueno –empezó a quejarse ella.

–Algo de lo que siempre has estado orgullosa –le recordó su esposo.

Ella resopló bajito, de modo increíblemente elegante, pero no cedería.

–Tiene derecho a levantar cargos –insistió.

–Y no te impediremos que le informes de ello, querida –aceptó con suavidad. –Pero tiene que decidirlo él.


Ya casi estaban junto al jaguar deportivo de color azul cielo. Duncan McCormick sacó el control remoto de la alarma, la desconectó, y se volvió hacia su yerno.


–¿Estás seguro de que nada puede complicarlo? –Glorfindel negó y el hombre pelirrojo le dedicó una ancha sonrisa. –De acuerdo entonces. Vendremos mañana en la tarde.

Gilraen se acercó a darle un último beso en la mejilla. La tensión que todavía la atenazaba era notable. Siempre había sido muy protectora de su único hijo, y –el doctor estaba seguro– apenas se estaba conteniendo para ir a obtener una satisfacción física por el ataque a Michel. Si se iba, era porque confiaba en su preocupación por el muchacho. Y no era fácil ganarse la confianza de Gilraen Valdran.

El auto partió y el hombre regresó despacio a los niveles superiores. Planeaba ir a Registros para revisar los ingresos de la primera parte de la noche y regresar donde su pareja, pero fue detenido en las escaleras del primer piso.

–Disculpe, doctor Valrugna –le detuvo la pelirroja Sandra. –Un par de policías desean verlo, los dejé en la sala de visitas.

El hombre asintió, en realidad era extraño que la aparición de los oficiales tardara tanto. Cambio de rumbo sin mayor preocupación, no se ejerce la medicina por veinte años sin cruzarse con policías.

La sala de visitas era pequeña y acogedora. Los oficiales estaban sentados en un sofá de color crema, con un servicio de café ante ellos, pero no se habían quitado los abrigos. Se levantaron al unísono al escuchar la puerta. El que parecía mayor, pelo castaño y de ojos verdes, se adelantó unos pasos.

–Soy Glorfindel Valrugna.

–Yo soy el detective Maldrion –informó el policía extendiendo la mano. –Este es mi compañero, Kapek –el segundo oficial tenía ojos y cabellos negros.

El rubio asintió y fue a sentarse en una butaca frente al sofá que eligieran los policías. Maldrion debía tener unos cuarenta años, llevaba el pelo a la altura de los hombros, camisa blanca, pantalón y chaqueta de pana marrón. Kapek andaba por los veinticinco, su pelo estaba cortado al cepillo, como un militar, vestía camisa gris y pantalones negros y cazadora del mismo color, pero la falta de corbata no lo hacía lucir informal: la ropa estaba muy planchada para ser las 10:50 de la noche.

–Queremos hablar de Michel McCormick y Joan Keith –anunció Maldrion.

Glorfindel asintió, lo esperaba.

–¿Necesito asesoría legal?

–No lo creo –afirma el detective. –Para empezar, podría decirnos la causa del ataque de pánico del señor McCormick esta tarde.

–No le gustan las armas –Maldrion sonríe, parece aburrido.

–¿Le importaría elaborar su respuesta?

–No puedo. Solo se que Michel no puede ver armas de fuego, las tolera en TV o fotografías, pero verlas frente a él, incluso enfundadas, es algo que no puede controlar.

–¿Si su miedo es tan cerval, por qué no dejó caer a la niña?

Glorfindel frunce el ceño ante el enfoque del detective.

–El señor McCormick está bajo tratamiento desde hace años, para lidiar con su fobia. Además, está su entrenamiento como sanador, no dejó caer a esa niña porque era una paciente.

Maldrion asiente, su rostro no deja traslucir si las respuestas le alegran o mortifican. A su lado, Kapek tiene el rostro desagradablemente impasible, como si contuviera algo.

–La señora Keith alega que creyó ver al señor McCormick en el acto de secuestrar a su hija, que su propio entrenamiento como policía se impuso. Lo que no logro entender es, ¿por qué si él pudo hablarle en inglés a la niña, no pudo hacerlo con ella?

El rubio se detuvo a meditar la pregunta, sirviéndose una taza de café, algo no estaba bien ahí, pero no podía descifrar el qué.

–¿Por qué estaba luchando contra los efectos de un ataque de pánico? –ofreció al cabo.

–Lo que usualmente ocurre bajo presión, es que las personas usan su idioma materno, doctor Valrugna.

–Creo que no lo sigo.

–Michel McCormick vivió en Norteamérica hasta los ocho años –dijo Kapek por primera vez.

–Un detalle técnico –desestimó el médico. –Creció en la embajada de Arda, y no creo tener que recordarle cómo terminó todo.

Maldrion y Kapek intercambiaron una mirada breve, interrogante. Luego el policía mayor se volvió hacia Glorfindel.

–De acuerdo. Pasemos entonces a la pequeña Jennifer Keith.

La entrevista acaba unos quince minutos después, sin mayores sobresaltos. Los detectives le aseguran que la nueva vecina está bastante avergonzada y desea disculparse personalmente, y que quisieran entrevistar a Michel, cuando esté recuperado, por supuesto, para poder archivar el caso. Glorfindel los deja en la puerta del hospital y va finalmente a Registros. Ha sido una noche tranquila: dos accidentes de auto, un incendio y tres peleas de bares, poco para una ciudad de cinco millones de habitantes, aunque sea lunes.

Llega a la habitación de Michel y se tumba en el sofá cercano a la cama. Su esposo duerme tranquilo, gracias a los sedantes que circulan por su sistema. No le pidió permiso para ello, pero sabe que, tras un episodio como el de esa tarde, al usualmente insomne joven le sería imposible conciliar el sueño. Muy despacio recrea el cuerpo que se adivina arrebujado entre las mantas en la agradable penumbra de la habitación. ¿Debería preocuparse por la insinuación de Maldrion? El confía en su pareja pero… Glorfindel arruga el seño, la conversación le ha dejado inquieto a su pesar. Hay cosas, espacios en la vida de la familia McCormick de las que sabe no puede hablar con Michel, y usualmente lo deja pasar, pero hoy… Simplemente, no entiende por qué se ponen tan incómodos cuando el tiempo en Estados Unidos sale a relucir.

Está seguro de que, si pudieran, Duncan y Gilraen negarían con todas sus fuerzas haber estado un solo día de sus vidas fuera de la isla. Pero es imposible, todo el país conoce la historia. Ella es nada más y nada menos que Gilraen “La Bella” Valdran: Reina de Belleza de la Tierra Media 1965, Mis Universo 1966, Embajadora de la República Federativa de Arda ante la ONU de 1975 a 1985. La protagonista de la toma de la sede diplomática de Washington por extremistas cristianos durante cinco días, de los cuales se libró a punta de AK-73, sin esperar la intervención de las fuerzas norteamericanas “Porque estaba cansada de oír a mi hijo llorar de miedo y de las miradas lascivas de esos fanáticos”.

A pesar de que, en teoría, nueve años y once meses de esa estancia habían sido maravillosos, los tres se mostraban renuentes a hablar de sus vidas personales. Al menos Duncan y Gilraen no eran reacios para comentar el desempeño profesional de ambos en las batallas diplomáticas de la ONU y en las siempre tensas relaciones bilaterales con los norteamericanos, pero era como si Michel no hubiera estado ahí –excepto para llorar entre los brazos de sus padres ante los amenazadores terroristas y desatar el apocalipsis.

¿Y por qué Maldrion había insinuado que el inglés debía ser la lengua base de su pareja? Era de público conocimiento que el estilo de vida de los representantes de Arda en el extranjero. Como los diplomáticos de naciones árabes, del lejano oriente o del antiguo bloque socialista, esas embajadas no eran edificios, sino grandes manzanas que contenían oficinas y residencias, donde ellos vivían sin demasiado contacto con el mundo exterior. Los ardences no solían hallar tentadora la integración con otras culturas, y reconstruían su isla tras los altos muros y el estatuto diplomático. Todo, desde personal de servicio hasta taquígrafas, era contratado por la cancillería en Tierra Media.

Si Michel había crecido tras esos muros, lo más probable es que recibiera clases particulares con los otros hijos de trabajadores de la sede diplomática o de los poquísimos inmigrantes ardenses, que su mundo infantil estuviera limitado a los altos muros de la embajada y los consulados de Nueva York, San Francisco y Chicago. No, no era probable que aprendiera inglés allí hasta que creciera y empezara a interactuar con otros chicos, acaso otros hijos y nietos del cuerpo diplomático acreditado en el país. Pero la pregunta de los oficiales no había sido ociosa, seguro.

Glorfindel sacudió la cabeza y se descalzó. Sin duda, dando vueltas a lo poco que sabía no hallaría una respuesta. Era mejor dormir, para la reunión de la mañana siguiente necesitaría sus cinco sentidos.

TBC…

30 de enero de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 40

EL LARGO CAMINO A CASA (II)

"... No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte...."
Ítaca, Konstantino Kavafis

Minas Tirith

La carreta avanzaba despacio, pues el caballo era viejo y la lluvia de la noche había dejado los adoquines de la calle resbaladizos. El guía, medio dormido en el pescante, dejaba al corcel recorrer la ruta que se sabía de memoria mientras intentaba olvidar el frío y la fetidez de su carga con una bota de vino negro –no demasiado agrio. Tras la Curva del Tenedor, el caballo se detuvo a dos metros del dintel del palacete de los señores de las mesetas del Río Morthond. El carretero tomó su báculo, golpeó tres veces la pared y esperó el golpe apagado del saco de basura que lanzarían desde la poterna.

Como estaba adormilado y borracho, el hombre solo escuchó lo que esperaba: un saco que caía sobre los otros muchos sacos de basura de las casas nobles –asquerosamente similar a la basura de las casas plebeyas y a la basura de los lupanares. El breve quejido que surgió de entre los desperdicios nunca fue escuchado, y el carretón siguió su ronda lenta por el segundo y tercer círculos, a esa hora en que el sueño es más profundo y la noche más oscura.

El sol salió, y ya la carreta estaba cerca de la puerta entre el tercer y cuarto círculo. El carretero se desperezó y bajó de un salto, para ir hasta la Taberna de Poltam a devolver el pellejo de vino –ya vacío. La carreta quedó a un costado de la calle que se animaba paulatinamente con el amanecer. Comerciantes, sirvientes, soldados, mendigos, artesanos se cruzaban ahí, en la puerta del anillo, y estaban demasiado ocupados –en sus negocios, en no chocar los unos con los otros y en no acercarse demasiado al fétido vehículo- como para reparar en la figura pequeña y envuelta en un manto marrón que se escurrió hacia el suelo de entre los sacos de basura.

Mezclado con las personas que iban de un lado a otro en la rutina de la bulliciosa ciudad, el ser avanzó muy despacio ciudad arriba, hacia la puerta que separaba el segundo y primer círculos, allí le detuvo un soldado.

–¿A dónde vas, escoria?

Los ojos verdes, rojizos y hundidos en sus cuencas, se fijaron en el fornido guardia de la ciudadela, pero el hombre no reconoció aquel rostro sucio y delgado.

–Busco al tío Elros –dijo el mendigo lamiéndose los labios agrietados, en un vano intento de humedecerlos.

El soldado abrió un poco los ojos, pero se controló enseguida. Asintió y le indicó una puerta muy pequeña, a la derecha de la posta. El pordiosero entró y avanzó a tientas por la galería totalmente oscura. Tras unos diez minutos de marcha tuvo que detenerse, le dolía todo el cuerpo, y la férrea voluntad que le permitiera escapar ya no podía imponerse a los días de ayuno, el dolor de los golpes y el cansancio del insomnio. Dejó escapar un ligero quejido y, como si de la compuerta rota se tratara, al quejido siguió un sollozo, y otro, y otro. El ser se dejó caer en el suelo del pasadizo y lloró.

Así lo encontró Faramir, cuando, ya harto de esperar al mensajero, desandaba el camino de las catacumbas del Palacio Real de Gondor. La figura colapsada en el suelo era irreconocible con la escasa luz de la antorcha que llevaba el guerrero a su lado, por lo que se tragó la nausea que su olor le provocaba y se acercó.

–Soy Tío Elros.
El ser se sacudió, reptó hacia atrás casi un metro y controló su llanto.
–Entiendo que tienes un mensaje para mi –exigió Faramir, deseoso de alejarse cuanto antes de aquella fetidez.
El otro sacó una mano sucia y con marcas de sangre seca de debajo de su manto, la apoyó en la pared y se irguió lentamente. Luego dejó caer el pliegue que cubría su cabeza y rostro.
–Buenos días, señor Príncipe de Ithilien.

El soldado dejó escapar un gemido de horror, Faramir se llevó la mano a la boca, tratando de conjurar alguna expresión semejante. El pelo, antes rojo, brillante, sedoso, era un moño sucio y opaco, con pegotes de color marrón que podían haber sido sangre o excremento. Los ojos ya no brillaban de alegría con ese fuego verde tan singular, pues estaban opacos y llenos de miedo. Los labios que tan bien conocía, rosados y carnosos, eran una línea agrietada y azulosa. La piel –por los Valar- aquella piel dorada y tersa, lucía anormalmente pálida, y un costurón rojizo, apenas cerrado, cruzaba desde el puente de la nariz hasta la mandíbula, deformando el lado derecho del rostro antaño casi femenino.

–¿Duilin?
El muchacho pareció encogerse y bajó los ojos.
–Lo lamento, mi señor, pero no pude escapar antes.
–¿Escapar? –le interrumpió Faramir. –Tu padre dijo que estabas enfermo, ¡estuve a visitarte hace dos días!
Una mueca surgió en el rostro del adolescente, y fue especialmente desagradable a causa de la herida de la mejilla.
–Con perdón, mi señor, pero no se quién ocupe mi recámara desde hace diez días.

Faramir asintió, de repente la penumbra de la habitación del enfermo y la insistencia del sanador en que no se acercara demasiado, por el peligro del contagio, adquirieron otro significado. La rabia crecía a pasos agigantados en el interior del Senescal, pero se obligó a retrasar eso. Ahora lo importante era el chico.

–Debes estar cansado y hambriento –dijo al tiempo que le tendía una mano, pero Duilin volvió a retroceder con miedo.
–Estoy sucio.
El hombre no discutió la violenta reacción, en especial porque era evidente que el muchacho se hallaba al límite de sus fuerzas.
–Entonces sígueme, un buen baño y un desayuno hacen milagros en un cuerpo agotado –se obligó a sonreír para darle ánimos. –Luego un sanador verá tu herida.
El joven asintió, y en silencio siguió a Faramir hacia los niveles superiores del palacio.

Un rato después, tras lavarse celosamente el pelo y tomar una comida completa y caliente por primera vez en diez días, Duilin estuvo listo para narrar sus descubrimientos a Faramir y Arwen. La trama de intrigas que se tejía en los salones del señor de las mesetas del Río Morthond no sorprendió a la pareja, aunque los detalles aportados por el muchacho aclaraban puntos hasta ese momento oscuros.

–… al retroceder choqué con un jarrón. No llegó a caerse, pero el ruido alertó a los perros, que se lanzaron sobre mi –delineó entonces la herida de su cara. –Luego me llevaron a una mazmorra. Mi nana me cosió las mordeduras más grandes y esta madrugada pude salir, metido en el carro de los desperdicios. Es por eso que vine en esa facha, mi señor –concluyó el muchacho con un suspiro.

Arwen sonrió con afecto y tristeza. Faramir contuvo un bufido de desagrado. Debían tomar medidas, pero con cuidado de no descubrir su fuente de información. Esperaba que la evasión del prisionero pasara desapercibida un tiempo más. En realidad, lo más probable era que su padre Duinhir ni imaginara que el chico tendría entereza para escapar. ¡Por el Ojo! Él mismo todavía no podía creer que el melifluo y delicado secretario de la regente estuviera ante él, con esos ojos oscuros, amargados.

–Es hora de que descanses, Duilin –ordenó Faramir al tiempo que se levantaba.
–Cuando estés despejado, un sanador vendrá a revisar tu herida.
–No se preocupe por eso. Solo necesito dormir un poco.
–Pero con tratamiento, podrían desaparecer esa cicatriz.
–La herida ha cerrado –repuso el joven con decisión. –Y esta marca me ayudará a recordar ¿entiende?–explicó con un dejo de amargura.

El Senescal quiso argumentar algo más, pero Arwen puso una mano sobre su hombro y le miró con intensidad. Faramir sacudió la cabeza, era cierto, ya Duilin no era un niño.

–Que duermas bien –fue todo lo que dijo antes de abandonar la estancia.

Carroca

Halladad tomó con la punta de los dedos el dulce y lo llevó a los labios de su esposa con cuidado. Ella rió bajito, pero se dejó poner la golosina en la boca, masticó despacio y sonrió.

–Me mimas demasiado –afirmó divertida.
–Tal vez –concedió el Rey-, pero no parece molestarte.
–Es que me parece mal contradecir al Rey –fingió disculparse ella.
–Yo creo que…

El rumor de caballos y voces airadas cortó su piropo. Los esposos intercambiaron una mirada de alegría, luego él se levantó del lecho, tomó una túnica ligera colgada de un gancho junto a la entrada de la tienda y salió.

No había luna, y las estrellas brillaban por sobre el campamento de los elfos silvanos con fuerza. Las figuras espigadas de los recién llegados apenas podían distinguirse, y eso gracias a las antorchas dispuestas delante de las tiendas y alrededor del área que ocupaban, pero Halladad no necesitaba la luz del sol para reconocer esa manera de cabalgar. Se acercó a la zona donde visitantes y sirvientes se arremolinaban entre corceles sudorosos, equipajes y armas.

–¿Fue bueno el viaje?
Dos elfos giraron hacia él, con sendas sonrisas en sus rostros.
–Imagínate –le respondió el de brillantes ojos verdes–, las aguas del deshielo aún no se calman, casi nos ahogamos un par de veces.

Halladad asintió, tal y como lo imaginara, ninguno de ellos deseaba posponer el encuentro más de lo imprescindible. Habían montado el campamento tres días antes, cuando el río apenas recuperaba su cauce tras los deshielos primaverales. Algunos consejeros creían que podía dar la desagradable impresión de que deseaba librarse de la deuda cuanto antes, pero aquí estaban los gemelos, para probar de nuevo que los conocía. ¡Vaya si los conocía!

–Los llevaré a su tienda –ofreció.

Ambos recién llegados tomaron el equipaje de la grupa de sus respectivos caballos y le siguieron a través del conjunto de tiendas y carpas hasta un pabellón de brillantes bordados en oro que refulgían bajo la suave luz de las estrellas. Dentro, el suelo estaba cubierto con una rica alfombra roja y negra, iluminado por numerosas lámparas de aceite aromático, amueblado con cojines y una cama al nivel del suelo. Una cortina ocultaba el extremo derecho de la carpa, pero el sonido de agua cayendo sobre metal permitía adivinar que un sirviente preparaba el baño.

Elladan hizo una reverencia ante su amigo.
–Nunca podré ser tan buen anfitrión como tu –aseguró.
–Ni yo tan buen estratega –devolvió el halago.
El gemelo asintió sonriente, demasiado cansado para involucrarse en un torneo de galanterías con su amigo.

Guardaron silencio hasta que el elfo que preparaba la bañadera abandonó la estancia. Una vez solos, las sonrisas desaparecieron: ya habían cumplido la comedia de los excelentes amigos que se reencuentran y saltan los protocolos, necesaria para que los más suspicaces confiaran en la positiva consideración de los soberanos de Imladris respecto al gobernante del bosque. Ahora, verdaderamente solos, los noldor dejaron ver todo su cansancio y el agobio. Ellohir se dejó caer en uno de los cojines y empezó a desatar sus botas, con claras intenciones de irse a lavar y dejar la enojosa e imprescindible charla a su gemelo. Elladan contuvo un mohín de alivio: su pareja estaba en la peor fase de la lunación, estado absolutamente incompatible con la diplomacia.

Hizo una seña a Halladad y fue a sentarse en unos cojines en el centro de la tienda, lejos de las traidoras paredes de tela y cerca del candelero que daba calor a la estancia.
–Deseamos oír tu versión –y ahora su voz no pudo, o quiso, ocultar la angustia largamente reprimida.

El joven Rey de Erys Lasgalen suspiró, esta iba a ser una charla difícil. ¿Cuándo es fácil narrarle a un hijo la muerte de su padre? Aún cuando no se llevaran bien, sabía que Elrond gozaba del respeto de sus tres hijos. Poco a poco desgranó la historia del torneo, la intervención del Medio Elfo para salvar a Legolas, la maldición inscrita en la daga, el suplicio que fueran sus últimos días, su petición de una muerte rápida. Elladan no le interrumpió, tan solo asentía despacio y miraba el fuego.

A medida que la narración avanzaba, Halladad escrutó a su amigo, tratando de hallar en el impasible rostro alguna señal que le permitiera adivinar qué sentimientos se debatían en su corazón. Evidentemente, nada de esto era noticia, los gemelos ya sabía las versiones de Aragorn y Legolas. ¿Por qué entonces dejarlo hablar? No lo sabía, pero cumpliría el pedido ya que nada más había podido hacer por su difunto padre.

–De acuerdo –aceptó Elladan cuando terminó de describir las medidas tomadas para embalsamar el cuerpo de su padre. –Ahora dime de dónde sacaron la idea de incluir a Amroth en el pago de desagravio.

El sinda bajó los ojos, tratando de ganar tiempo para organizar sus ideas, y maldijo a Feanor por su manía de tomarse la justicia por su mano y meterlo en semejante enredo. Al fin respiró hondo, y se lanzó de frente.

–Porque no puede quedarse en el bosque, fue hallado culpable de dejar escapar a un enemigo de la corona y regicida, si se quedara, aún con mi perdón, su vida allí sería imposible.
–Pero eso no significa que le entregues como parte de un botín de guerra –le recriminó Ellohir, que había aparecido de repente a su lado.
El gemelo mayor le hizo callar con una mirada, y volvió a mirar a Halladad, quien continuó.
–De acuerdo, no lo justifica, pero tenía que sacarlo sin provocar una guerra en el Clan de mi esposa. Feanor es un poco…, digamos que chapado a la antigua ¿vale?

Ellohir abrió la boca para decir algo más, pero su hermano le tomó una mano, en señal de advertencia. Ambos se miraron, y establecieron una de esas conversaciones de miradas y susurros comunes entre los gemelos. Tras lo que Halladad supuso una tensa negociación –por los rostros crispados y el destello de los ojos-, el hermano mayor volvió a dirigirse a él.

–Entiendo que tienes que sacarlo del reino, mantener contento a tu cuñado, y pagar la deuda del bosque simultáneamente –repasó en tono apacible. –Pero, querido Halladad –y los ojos marrones del Señor de Imladris se estrecharon–, ¿por qué tengo la impresión de que te estás saltando un detalle?

El sinda resopló para sus adentros, a veces le molestaba que ellos tuvieran un conocimiento tan basto de las leyes y costumbres de elfos y hombres. Recordó el pedido de Maerys, pero, tal y como había supuesto, era imposible hacer pasar por tontos a los hermanos en este tipo de asuntos.

–Supongo que ustedes nunca se tragaron la romántica historia de que Maedros les había prohibido dejar el bosque –los otros dos asintieron. –En realidad, mi padre obligó al viejo a jurar servicio a la familia a cambio de permitir su estadía en el reino, solo mi esposa fue declarada libre porque había nacido en el palacio. Son esclavos, mis esclavos –puntualizó.

Los gemelos intercambiaron miradas incómodas. Habían supuesto algún contrato de servicio, acaso un juramento de servidumbre pero ¿esclavitud? Eso era algo que practicaban los mortales, siempre violentos y deseosos de dominar, en la sociedad élfica aquello se consideraba una abominación, un recuerdo vergonzoso de la Segunda Edad y las perniciosas influencias de la cultura humana entre los primeros nacidos.

–Ustedes saben lo que eso implica – siguió después de un momento–, y Feanor tuvo el buen gusto de recordarme que no necesito el permiso de nadie para matar, o mandar a matar, a Amroth. Convencerle de que era beneficioso dejarlo vivir fue difícil, pero no puedo expulsarlo sin más, porque lo interpretaría como una ofensa a la familia –el joven Rey se detuvo un momento, no dudaba de la discreción de los hermanos, pero decir lo siguiente lo haría vulnerable, y odiaba saberse vulnerable. –Mi cuñado no es el único que cree que Amroth debe ser un escarmiento: mi trono no es seguro aún, y yo debo demostrar que puedo tener mano firme –ahora su voz se tiñó de amargura–, una firmeza mayor a la del Rey anterior.

Halladad volvió a detenerse, explicar sus razones para entregar –literalmente– al jovencito era difícil, porque implicaba hablar de la relación que ellos mantenían. Era consciente de la misma desde hacía siglos, pero nunca se había arriesgado a mencionarla, en parte porque los mismos gemelos jamás permitieron que el tema saliera a flote, en parte porque no estaba seguro de qué posición tomar al respecto. Suspiró.

–Recuerdo muy bien aquella noche, la manera en que miraban a Amroth y la reacción de Feanor. Se que nunca habrían sido tan atrevidos sin estar seguros de sus sentimientos. Una vez quise poner a Legolas bajo vuestra protección y, aunque no pudo ser, estoy seguro de que ustedes le habrían cuidado y protegido, que nunca lo habrían forzado a… a nada que él mismo no deseara.

Halladad se detuvo a mirar a Ellohir, cuya expresión se debatía entre el asombro y el ultraje, luego a Elladan, que había controlado su faz, pero cuyos ojos marrones brillaban peligrosamente. Continuó en voz muy baja, casi suplicante.

–Amroth es mi hermano ahora, es mi deber asegurar su futuro. A diferencia de lo que ocurrió con Legolas, no son indiferentes a él, y no puedo imaginar una familia más adecuada para él. ¡No me interrumpas Elladan! Nunca opiné sobre ustedes, ni voy a opinar, no creo que me corresponda, pero me precio saber leer en los gestos y miradas de las personas. Ustedes han sido buenos líderes y guerreros entre elfos y hombres, excelentes padres para Estel, son… la pareja mejor llevada que conozco. Amroth ha sufrido mucho, necesita apoyo, cariño, Maerys y yo no le podemos ofrecer nada de eso sin empeorar las relaciones de la familia.
–Nosotros tampoco podemos ofrecerle mucho –advirtió Ellohir.
Su amigo le dedicó una mirada asombrada.
–¿Acaso vuestro amor no es suficiente?
Los gemelos intercambiaron una mirada dubitativa. ¿Era suficiente? Había sido suficiente para ellos, pero ¿tenían derecho a seducir al jovencito para que fuera víctima del mismo prejuicio que ellos?
–Halladad –habló el mayor- ¿no te parece que Amroth tiene derecho a opinar?
El sinda puso los ojos en blanco.
–Créeme, no me habría metido a alcahuete sin escuchar personalmente a quién llama mi cuñadito en sus sueños –ahora los elróndidas enrojecieron de asombro. –Pero jamás lo admitirá estando consiente, porque no se cree con derecho a disponer de su corazón, porque les ve como algo inalcanzable.

Los hermanos volvieron a discutir en su lengua particular, pero Halladad estaba seguro de que aceptarían su propuesta, no solo porque era razonable, sino porque coincidía con los deseos de los tres involucrados. ¿Qué más se podía pedir? Tras varios minutos de negociación, Elladan se volvió a mirarle.

–De acuerdo, lo llevaremos a casa.

Rohan

Eomer contempló desde la ventana la amplia extensión de carpas blancas, al oeste de Edoras. El campamento donde los elfos del bosque dorado descansaban en su camino a Ithilien era amplio, limpio y ordenado. Una delicia para los ojos, sin duda, pero él estaba preocupado. Si bien a los rohirrim la presencia de los elfos les llenaba de alegría –nadie ignoraba su importancia en la batalla de Helm–, el joven Rey estaba seguro de que su llegada a la Ciudad Blanca no haría más que precipitar los planes de los que conspiraban contra Aragorn.

Como soldado, Eomer había reconocido la capacidad bélica del millar de elfos que se dirigían a Gondor. Otros verían lo mismo y, aunque el objetivo de los migrantes no fuera la guerra, sin duda serían un factor a considerar por las facciones políticas que se agitaban en el Sur. Aunque nominalmente neutrales, estos bellos ancianos eran fieles a Arwen, como nieta de Galadriel, y al clan de Elwe Singollo, cuyo último descendiente mortal era Elessar I, más conocido como “Aragorn, el Rey que se esfumó con su amante”.

El hombre frunció el ceño al recordar el apodo que corría de boca en boca por las calles de Minas Tirith, según le comentara su hermana en la última carta. Sin duda era un eslabón más en la campaña para desprestigiar a su amigo, pero él poco podía hacer. No temía por su hermana ni por Arwen –ambas eran demasiado importantes más allá de las fronteras para que se atrevieran a tocarles un pelo–, pero Faramir y sus aliados eran otro cantar. Eomer temía, con razón, que el arribo del contingente de inmortales disparara cualquier atentado que se planeara contra el Senescal, dejando a Eowyn viuda antes de casarse.

Las noticias que llegaban por correo ordinario de su hermana y por mensajes cifrados de parte de Faramir, le producían una sensación de impotencia constante. Lejos estaba Rohan de ser el reino poderoso de cincuenta años atrás, Eomer sabía que carecía del poder para intervenir en las peleas de la nobleza gondoriana. De hecho, enviar la guardia de honor de su hermana había sido un duro golpe para el ejército, pero nadie se había cuestionado la decisión: la nobleza obliga. Ahora, sin embargo, en la falda oeste de Edoras estaba su oportunidad de ganar tiempo para Faramir y Aragorn, incluso, mal que le pesara, para Legolas.

–Hastings, mi abrigo –pidió en voz baja al tiempo que se apartaba de la ventana.

El paje salió del rincón donde esperaba y presentó a su amo la pieza de piel sin curtir. Luego tomó al vuelo su propio abrigo, el neceser y corrió a abrir la puerta del despacho. En silencio atravesaron las salas frontales de Medusel y salieron las caballerizas. Eomer y Hastings tomaron dos caballos frescos, de los que siempre estaban ensillados para los mensajeros, y siguieron a trote suave hacia las puertas de la ciudad.

Llegaron al campamento élfico en poco tiempo, pero Eomer consideró poco educado irrumpir entre las albas carpas montado, y bajó de la silla. Siguió caminando, sabía que su paje y cinco soldados le flanqueaban, y que el sexto guardián esperaba con las riendas de los caballos y el cuerno de aviso presto. Sonrió levemente: esos protocolos no habían salvado la vida de su primo, ni facilitado las infidelidades de su tío, verdaderamente, si hallaba una mujer que no huyera de tal parafernalia, ella sería la indicada para compartir el trono de Rohan –así fuera coja, jorobada, narizona y morena.

Recorrió el camino hacia la tienda principal meditabundo: consciente de que la diplomacia no era su fuerte, Eomer trataba de elegir sus palabras, de modo que suavizaran el efecto de su duro acento rohirrim en los delicados oídos élficos. La tarde anterior se había presentado ante la corte Rúmil, el hermano menor de Haldir y vocero de los elfos viajeros. Esperaba que este elfo fuera tan cauto como su hermano y, en especial, que su ascendiente sobre el resto de la compañía bastara para retenerlos hasta la llegada de Aragorn y Legolas, donde quiera que se hubieran metido a fornicar.

En la puerta de la tienda estaba ese chico con pinta de salvaje que acompañara a la delegación la noche anterior. No parecía delicado o sofisticado, muchísimo menos impasible, y ello había llamado la atención del hombre, intrigado por ese elfo tan poco élfico. Al encontrarlo aquí, su curiosidad aumentó. Bueno, tal vez, si lograba impedirles la partida, pudiera conocer mejor a este raro ejemplar de ceño eternamente fruncido.

–El Rey de Rohan desea hablar con Rúmil, elfo del Bosque Dorado –anunció uno de sus guardianes con tono pomposo.
Geniev no contestó, en su lugar una cabeza rubia asomó desde el interior de la tienda.
–Lo estamos esperando, Majestad.

Eomer avanzó, seguido por el silencioso Hastings, sin extrañarse de que Rúmil ya supiera de su visita. Había notado las postas y el orden racional de las habitaciones: a él no lo engañaban: aunque no estuvieran en guerra, estos acampaban en formación militar. Y eso estaba bien, por supuesto, solo que no le iba a gustar a unos cuantos en Gondor. Definitivamente, debía detenerlos.

El interior de la tienda era sencillo: una alfombra gruesa, varios cojines alrededor de una estufa, lámparas de aceite sobre altos pies (ahora apagadas), una cama a nivel del suelo y un amplio biombo en un extremo que ocultaba el vestidor. El elfo –¿o elfa?– que le invitara a pasar, hizo un gesto señalando los asientos donde le esperaba ya Rúmil. Eomer fue a sentarse a su lado.

–Saludos, Majestad.
–Mis mejores deseos, Rúmil.

Eomer guardó silencio, mientras esa persona de sexo indescifrable presentaba una bandeja con pasteles e hidromiel. Fue a tomar un trago sonriente, pero… parpadeó confuso: había cuatro copas. Miró a su anfitrión, que sonreía solo con los labios, mientras sus ojos permanecían duros, examinando al Rey como a un insecto. Trató de no amedrentarse ante la mirada, cosa difícil. ¿Qué ocurría?

–No es correcto servirse antes de que lleguen todos los invitados –dijo una voz a su espalda.
Eomer giró con celeridad y se lanzó contra el pecho de su amigo, estrechó con fuerza el torso, al tiempo que sentía que un gran peso le abandonaba.
–Estás vivo –susurró.
No podía decirlo en voz alta, hasta pensarlo le había parecido traición todos esos meses.
–Claro que estoy vivo, y sigo gustando del hidromiel del Bosque Dorado –repuso el dunedain suavemente.

Eomer comprendió la insinuación y se apartó de él, avergonzado de su efusividad. Pudo ver de frente el rostro de Aragorn, y, detrás de él, al elfo culpable de todo. Era tal su felicidad, que no tuvo que fingir amabilidad con el otro.

–Es un gusto verte a ti también, Legolas.

El rubio asintió en silencio, y fue a sentarse junto a Rúmil, que había permanecido en su puesto, observando las reacciones del rohirrim. Los dos reyes se sentaron y Legolas sirvió bebidas para todos.

–¿Cuándo planeabas decirme que estabas aquí?
–Debes disculparme, amigo, pero la cautela era necesaria. Contábamos con que vendrías a ver a Rúmil en poco tiempo –se disculpó el moreno.
–En realidad tienes razón, precisamente venía a verle –señaló con un gesto del mentón al galadrim– para hablar de la situación en Gondor –eso ensombreció los rostros de sus interlocutores. –Pero ahora que estáis aquí, las cosas se facilitan.

Ante el gesto de invitación de Aragorn, Eomer comenzó a explicar lo que había ocurrido en Gondor durante su ausencia, tal y como le habían permitido reconocerlo los mensajes de Eowyn y Faramir.

–¿Y dónde han estado ustedes todo este tiempo? –preguntó el rohirrim cuando terminó su narración.
La pareja intercambio una mirada incómoda, y Eomer temió que sus peores sospechas fueran ciertas.
–Después de llegar a Mirkwood tuvimos unos problemas con Thranduil –explicó despacio Aragorn–, y nos vimos forzados a viajar hacia Rivendel de modo… apresurado. Luego Legolas enfermó y ningún sanador del valle pudo ayudarnos, así que viajamos hasta los Puertos Grises –el príncipe se removió incómodo y su esposo le tomó la mano de manera automática. –Círdan, señor de los Puertos, salvó a Legolas, como ves, pero él quedó muy debilitado, así que esperamos el fin del invierno en La Comarca antes de emprender el regreso.

El Rey de Rohan asintió en silencio. Estaba sorprendido. A partir de la desaparición de la pareja, lo que más le molestaba era la convicción de que Aragorn, simplemente, se había olvidado de todo y todos, ambos se habían entretenido fornicando en su secreto viaje de novios y el invierno los había aislado en algún territorio élfico. Por supuesto, la culpa era del elfo, que sería muy buen guerrero, pero también un egoísta de marca mayor al seducir y secuestrar a su amigo, sin contar que lo había convencido de casarse, otra tremenda irresponsabilidad en la cual no acababa de entender como había participado Faramir.

Levantó los ojos hacia Legolas, que, ahora que se fijaba, lucía mayor ¿no se suponía que los elfos no envejecen? Pero estaba seguro. El verano anterior el príncipe de Mirkwood aparentaba estar al final de la adolescencia y ahora era un joven de veintitantos. ¿Sería efecto de la enfermedad? Ni idea, pero la pareja de Aragorn no solo lucía mayor, sino melancólico. Apenas había despegado los labios en las dos horas largas que llevaban hablando.

–Espero que estés totalmente recuperado –dijo por no ser descortés.
Legolas asintió, pero en lugar de abrir la boca, tomó un trago de su copa.
–Ya está casi sano –respondió Aragorn en su lugar.

Este mutismo intrigó a Eomer, pero decidió dejarlo pasar, no que él tuviera muchas ganas de conversación tampoco. Prefería regresar a los problemas que les aguardaban.

–¿Qué piensas hacer ahora?
–Hemos estado demasiado tiempo lejos –afirmó el hombre, y se volvió directamente hacia su esposo. –¿Qué crees, Legolas?
El rubio irguió la cabeza y miró directamente a los ojos grises que tanto amaba.
–Que es hora de que Gondor por fin tenga Rey.

Casi puedo oler el aroma de nuestra casa.

TBC…