2 de septiembre de 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 34

Sobre la persistencia de la maldad y la falta de discreción
 
White legs
One or two birthmarks.
Crossed, left over right.
Picking up the thick evening light....
"Unlisted", Viggo Mortensen
 

Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Barahir había aprendido a vivir con muchas cosas sin darle vueltas: al llegar a la academia, cinco estaciones atrás, se acostumbró a usar cucharas y cuchillos en lugar de sus dedos, y elaborados trajes de cuatro y cinco piezas, cuando había crecido apenas con pantalones y camisas raídas. Del mismo modo, tras tres meses como escolta de Geniev ya no le importaba el murmullo tenso que su llegada generaba y el cuidado que debía poner en cómo se movían ellos tres –vueltos uno en el protocolo– o hacia dónde oscilaba la masa de alumnos y sirvientes. Estaba en guardia todo el tiempo, si, y daba gracias a los Valar cada noche.
 
Para el joven estaba claro que ese era el camino que Ellos habían elegido para educarle, y era mil veces mejor que repetir textos antiguos con palabras pedantes o transcribir lecciones con esas plumas que manchaban sus dedos. Seguía haciendo tales cosas, por supuesto, pero gracias a Geniev habían adquirido sentido: Ahora podía usar la caligrafía para luchar, la historia para burlarse de sus condiscípulos, la descripción de los animales para planear batallas, los árboles genealógicos para comprender las razones de antiguos enconos o recientes arreglos matrimoniales, aplicar su comprensión de las finanzas para predecir coaliciones políticas.
 
Geniev deseaba saber al dedillo todo lo que al reino afectaba y tiraba de él en la senda de los saberes sin descanso, sin piedad. "No me harás pasar una vergüenza", advertía. Barahir, consciente de que era un honor sentarse junto al Príncipe en el aula y protegerle las espaldas en el entrenamiento, ni se planteaba flaquear.
 
Lo que aún no podía ignorar eran las miradas. La primera mañana, tras regresar de la merienda campestre con el Rey, las miradas eran de asombro.
 
Estaban en la mesa del comedor común. Geniev solo devoraba su fruta, Ecthelion y él respondían a la curiosidad de los otros estudiantes. Le parecía divertido responder preguntas –algunas perspicaces, las más ridículas– sobre el evento, la comida, la danza élfica, el baile de figuras que le siguió. Ante algunas cuestiones, Geniev le rozaba la pierna por debajo de la mesa y movía un poco la cabeza. Con eso Barahir sabía que el asunto era algo íntimo, que no podía compartirlo.
 
–¿Crees que soy camarero del Rey? ¡Claro que  no se si usa cota de mallas bajo la camisa!
 
Era agradable ser centro, y no porque te calleras de culo sobre un tintero, pensó el chico, pero la ilusión de que la curiosidad era amable le duró poco. Por el rabillo del ojo vio como Ecthelion contraía el pómulo y prestó atención al un joven castaño que se inclinaba sobre su hombro.
 
No pudo oír, pues ya concluían de hablar y el otro apenas había levantado la voz, de modo que el jaleo general del comedor impedía discernir sus palabras, pero la sonrisa burlona en los labios y los ojos teñidos de desprecio no eran buena señal.
 
Barahir, no sabía qué hacer. Ignoraba si las palabras habían sido claramente ofensivas o sutilmente degradantes. En cambio, sabía que en torneos verbales, él era inferior a todos en la Academia, que ningún caballero agradecería que saliera en su defensa como si de una doncella se tratase, y que su honor se debía ahora a Geniev.  Pero Ecthelion estaba claramente alterado y Barahir no soportaba la idea de que alguien lo ofendiera o maltratara. Ante la falta de repuesta de Ecthelion, dos de los acólitos del castaño soltaron risitas burlonas. El campesino empezó a ver en rojo. ¿Qué hacer, por los Valar?
 
–Tu eres  el heredero de Isla Tolfalas –intervino entonces Geniev.
–Si, Alteza –respondió con una reverencia el castaño. –Soy Gaedheal de Tolfalas.
–Ajá, si –Geniev masticó un trozo de fruta con expresión distraída–, conocí a tu tío ¿no?, el tercer hermano de tu padre.
Se hizo silencio en todo el comedor, y el rostro de Gaedheal se puso gris.
–Yo no le llamaría conocer, claro –continuó el Príncipe mientras limpiaba sus manos con una servilleta-, apenas vi como le arrastraban los guardias a la sala del trono. Luego mi padre, el Rey, lo degolló.
Hubo un gemido colectivo, y quienes estaban alrededor de Gaedheal de Tolfalas se hicieron hacia atrás, como si de repente recordaran que era portador de alguna enfermedad contagiosa.
 
Geniev se levantó, trepó al banco, saltó a la mesa y bajó por el otro lado. La multitud retrocedió automáticamente y él quedó frente a Gaedheal de Tolfalas, que estaba encogido y grisáceo, como una fruta seca tras el invierno, aunque le llevaba más de una cabeza al Príncipe.
 
–Creo que es hora de que pidas disculpas, pequeño Gaedheal.
El muchacho asintió, y se volvió hacia Ecthelion.
–Lamento que…
–¡A mi! –exclamó Geniev con impaciencia.
–¿Alteza?
–Me debes las disculpas a mí, ¿no lo sabes? –miró alrededor y sonrió con suficiencia. –Os lo voy a explicar a todos una sola vez: vuestros mayores trataron de matar al Senescal y apoderarse del Reino, y varios se quedaron, los pobrecitos, sin cabeza de familia. –volvió a mirar al heredero de Tolfalas– Ahora, Gaedheal, repite bien alto lo que le susurraste a Ecthelion.
–Alteza, yo…
–Repítelo, te lo ordeno.
Gaedheal osciló sobre sus pies, pasó sus manos temblorosas por los costados de su falda y tragó saliva. Luego repitió sus palabras:
-¡Bien por ti, Ecthelion, haber sido recibido en la tienda del Rey! Bueno es ser bello y hábil, ¿no? Pero ten cuidado no te sea la belleza traidora un día, pues dicen los ancianos que tiende la belleza a transformar la virtud, en impureza.
Barahir jadeó y llevó la mano al pomo de su espada automáticamente. A su lado, Ecthelion estaba tieso como una estaca, con los ojos ajenos y el rostro vacío de expresión.
–¿Sabes, Gaedheal? Coincido contigo en que Ecthelion es bello, pero no es el tipo de belleza que me atrae. ¿Y a ti?
Ante el silencio del atemorizado chico, Geniev insistió: –Te hice una pregunta, pequeño Gaedheal.
–A mi tampoco, Alteza.
–Es bueno saberlo –asintió el medio elfo. –Ahora, regresemos al asunto que te perturba: belleza y virtud –adoptó una pose meditabunda y camino alrededor del muchacho. –¿Corrompe la belleza a la virtud? En tiempos idos, cuando Gondor se encogía bajo la sombra de Sauron, puede que no fuera la belleza un atributo confiable, pues sabido es que el malvado usaba el disfraz de Annatar, con el que era bello aun entre los elfos, y así engañó a muchos. Pero el Rey ha vuelto, bien que lo sabéis todos, y el Rey es depositario de toda la virtud, porque los Valar lo han bendecido. Y Elessar I, que es todo él virtud, no se dejará corromper ahora, que ya terminó la guerra y los traidores fueron exterminados, ¿cierto?
–Muertos están los traidores, Alteza –respondió Gaedheal.
Geniev asintió, satisfecho de la respuesta, pero no se detuvo ahí.
–Ninguno de ustedes ignora que el Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar es el elfo más bello de la Tierra Media, por tanto, podemos deducir que el Rey tiene toda la belleza que desea en sus habitaciones. Ser admitido en la tienda del Rey, la mesa del Rey, la escolta del Rey, como han sido admitidos Barahir y Ecthelion, no se logra con belleza, Gaedheal, porque el Rey es virtuoso, y fiel. ¿Recuerdas esa lección, Gaedheal?
–El Rey es honorable, su honor es el honor de todo noble –recitó el isleño el viejo poema gondoriano.
–Entonces, concluyamos con esta inquietud tuya: ¿Pudiera la belleza tener mejor comercio que con la virtud? En presencia de nuestro Rey, no hay comercio más natural y estable. ¿Tienes algo que objetar a mi razonamiento, pequeño Gaedheal?
–No, Alteza, la lógica es perfecta, irreprochable.
–¿Tiene alguien algo que objetar sobre la virtud del Rey Elessar I?
–¡Gloria al Rey! –respondieron a coro todos temerosos de que recordara a sus parientes muertos en la Conjura de los Perros, como se había dado en llamar a la degollina de la primavera anterior y fascinados por la retórica de Geniev.
–Gaedheal, heredero de Isla Tolfalas, es hora de que pidas disculpas.
El muchacho hincó una rodilla en el suelo, bajó la cabeza hasta dejar expuesta la nuca y tomó con su mano derecha la izquierda del hijo del Rey.
–Príncipe Geniev, hijo de Elessar I, pido perdón por haber ofendido a tu padre, mi soberano, al dudar de su virtud y honor.
–Si, bueno –respondió el otro en tono ligero–, todos cometemos errores. ¿Una manzana?
 
Desde entonces, en la Academia dejaron de mirar a Geniev con esa mezcla de curiosidad y desprecio de los primeros días, la misma que alentara a Barahir y Ecthelion. Fue porque reconocieron la capacidad del Príncipe Bastardo, y tomaron conciencia de que, aún cuando naciera por medios sorprendentes un heredero legítimo, Geniev no se dejaría arrebatar el poder que como hijo del Rey le correspondía. Mientras tan hipotético escenario llegaba, los jóvenes nobles del reino meridional de los dúnedain de la Tierra Media decidieron que Geniev era su mejor opción, pues nadie quería entrar a los Anales del gobierno de Elessar I por ser hallado culpable de traición y "justamente castigado" en la sala del trono.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe Lómendil suspiró inseguro de qué debía hacer. El resto de la clase estaba en el agua, salpicando o charlando; un par ya calentaba, con ganas de congraciarse frente al profesor. No podía quedarse entre las taquillas y esperar que no reportasen su falta ¿o si?, pero tampoco podía sumarse al grupo y pretender que nada pasaba. No quería llamar la atención por ser el único que llevaba el traje de natación reglamentario. Pero,  ¿por qué todo el mundo había entendido la nueva clase como una oportunidad para quedarse sin ropas?
 
–¿No vas a entrar?
Aranwe brincó del susto y se giró, su amor lo contemplaba con expresión intrigada y ¡el traje reglamentario puesto!
–Te esperaba –balbuceó al tiempo que se sonrojaba.
–Gracias –esa palabra, y la sonrisa de suprema felicidad con que la acompañara de Aralqua, le dio fuerzas para casi querer acercarse al agua.
 
Aralqua miró un poco más allá, y vio al grupo bullicioso de adolescentes que se empujaban entre si o modelaban sus bikinis, un montón de cuerpos húmedos y semidesnudos. Luego contempló con expresión crítica el traje de licra negra que cubría desde cuello hasta las rodillas de su enamorado. No estaba seguro de qué era más llamativo, si los metros de piel expuesta o la maravillosa silueta que torneaba el traje reglamentario. El pelirrojo estaba consciente de que no era muy sutil, pero sabía que su novio no se sentía cómodo al llamar la atención.
 
–¿Seguro que prefieres seguir el reglamento en esto?
Aranwe asintió con fuerza, de modo que sus rizos rubios se agitaron.
–Entonces vamos, que no me viene bien otro reporte en el expediente.
 
Se acercaron a la piscina, y de inmediato las miradas de todo el grupo de posaron sobre ellos. Aralqua se puso mentalmente en guardia, a la espera de alguna burla o ataque. Antes de que empezaran a salir juntos, Aranwe era tratado como un ser invisible en la escuela, ahora tenía que dejar claro a cada rato que estaba con él, así que ninguno de los "populares" del colegio tenía que mirarle de arriba abajo como quien mira carne expuesta. Su conocimiento del oestron había aumentado, aunque no de un modo que su padre aprobaría: "sureño tonto" -que venía a ser lo que "latino ignorante" o "indio sucio" en su país-, era lo que más le gritaban, pero también cosas peores, cosas relacionadas con su madre.
 
Gaedheal Tolfalion fue a abrir la boca, pero la llegada del profesor le hizo cambiar de idea. Por si acaso, ambos se quedaron todo el tiempo que les fue posible en el extremo contrario de la piscina. El entrenador les dispuso por parejas, integradas por un nadador y un aprendiz. Por suerte, Aralqua había tomado clases antes, así que se quedó ayudando a su novio a familiarizarse con el agua y asimilando las reglas básicas de seguridad.
 
La clase duró unos treinta minutos, y luego el profesor se retiró a su oficina al fondo, desde donde podría acudir en caso de cualquier emergencia. Enseguida volvieron las charlas relajadas, las comparaciones de bikinis, traseros y pectorales. Los enamorados se quedaron en la parte baja, jugando entre el agua espumosa por el cloro.
 
–De verdad que no entiendo qué le ves, Lómendil.
Levantaron la cabeza: el castaño Gaedheal y otros tres chicos se habían parado en el borde de la piscina y les miraban con expresión despectiva.
–¡Piérdete! –resopló Aralqua.
–Yo no hablo con firkaielos, yanqui, me dirijo a mi compatriota. 
El aludido giró dentro del área de los brazos de su novio para mirar a sus interlocutores.
–Vete, Gaedheal, no tenemos nada de qué hablar.
–Te equivocas. –el castaño hizo un gesto hacia un chico de cabellos tan rubios que casi parecían blancos– Acá mi compañero de hermandad quiere llevarte al baile que ofrece Lady Finduilas por el compromiso de su hijo.
 
Aralqua Williams estaba sinceramente asombrado de lo lejos que llegaban los de la hermandad élfica por terminar su noviazgo. Esa era la mayor pega de este colegio, como todos eran ricos, y la mayoría nobles, estaban bastante convencidos de que el mundo se movía a su alrededor. Lo más chiflado entre este alumnado chiflado era el grupo de Aspirantes a la Sociedad Moriquendi, que andaban siempre leyendo libritos en élfico, discutiendo las ventajas de la dieta vegetariana, poniéndose protector solar para estar blancos como el papel y restregando al resto del mundo su casi seguro pasaporte a la elite de la nación.  No que fuera fácil conseguir el grado de Aspirante, pero qué grado de soberbia, ¡por los Valar! ¿Es que su dinero no valía igual que cualquier otro?
 
De haber sido más pequeño o menos errabundo, no habría comprendido nada, pero la vida de Aralqua estaba marcada por el trabajo itinerante de su padre para el FMI: había estado en decenas de colegios, y aunque sus padres preferían que se codeara con "la realidad", a veces no había más opción que matricularse en exclusivos colegios "internacionales", con los hijos de la elite nacional y del cuerpo diplomático. Allí, Aralqua se sorprendía por el empeño de sus compañeros norteamericanos de imaginarse y actuar como una raza aparte, superior. Eran niños y adolescentes que solo sabían sentir desprecio por el país que les hospedaba. Aquí, quienes lograban ser reconocidos como Aspirantes a la Moriquendi actuaban así, pretendían ser una raza superior, ¿no se habrían enterado de que los elfos habían partido en sus barcos voladores?
 
Aunque, tuvo que admitir el pelirrojo, sin dudas la oferta era increíble: una invitación a la Casa de los Senescales, nada menos. Todas las revistas, programas de TV, emisoras de radio y webs, hablaban de la próxima fiesta de compromiso entre John, futuro Senescal del Reino, e Ivanna Fedorov, considerada la mujer más bella de Arda desde Gilraen la Bella. Se trataba de la presentación de la novia ante de las familias reales de Arda, el Primer Ministro y su gabinete, el cuerpo diplomático y personalidades relevantes de todo el país. Sería el evento social del año, en especial porque la boda no se celebraría hasta la primavera siguiente.
 
Además, estaba el asunto dramático: ella, que era una plebeya de apellido ruso, sería presentada al mismísimo Príncipe G para que este diera su aprobación al enlace.
 
Aranwe miró al supuesto pretendiente, que no había abierto la boca, ¿por timidez o porque en realidad todo era idea de Gaedheal?
–Muchas gracias, pero ya estoy comprometido para esa fecha.
Los cuatro muchachos abrieron los ojos como platos y Aralqua soltó una risita divertida.
–Este es el evento social del año –balbuceó el rubio.
–Y yo deseo que la pases bien allí. Ahora, si me disculpan -se giró hacia su novio– ¿nos vamos?
Aralqua asintió y lo ayudó a alcanzar la escalerilla.
 
Como aún debían quedarse en el área de natación, el pelirrojo trajo de su taquilla una toalla gigantesca, se sentaron en el piso cerca de las gradas y los envolvió a ambos. Por debajo de la tela, rodeó el torso de su rubio con los brazos y las caderas con sus piernas. Aranwe sonrió con timidez al percibir la cercanía de sus cuerpos, pero no intentó separarse, sino que echó la cabeza hacia atrás y estiró las piernas.
 
Aralqua observó fascinado como la dura luz del local hacía casi brillar la blanca piel de las piernas de su novio -Aranwe parecía un elfo sin necesidad de protector solar. El rubio había cruzado una pierna sobre la otra, dejando ver dos pequeñas manchas oscuras en el pliegue interior de su rodilla izquierda.
 
–¿Son marcas de nacimiento?
–¿De qué hablas?
–Esas manchitas –rozó levemente el sitio por detrás de la rodilla, y Aranwe tembló entre sus brazos. –¿Son marcas de nacimiento?
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Legolas suspiró tratando de serenarse. No le gustaba la idea de quedarse a solas con un montón de desconocidos en su despacho, por mucho que tales desconocidos fueran una muchacha, un adolescente y diez niños. No, no le gustaba, pero ella había insistido en que los pequeños no se alejaran de sus ojos durante la entrevista y Faramir había insinuado que era importante. Y, en último caso, ¿acaso tenía algo más que hacer? Mientras antes se incorporase a su parte del gobierno, antes sabría que quería cambiar de esta sociedad decadente y conservadora, y acaso podría comenzar a reconciliarse con el precio que habían pagado por el trono...
 
La luz de la tarde agonizante era anaranjada, y resaltaba los rasgos afilados de Lady Felyandariel. No parecía tener escasos 18 años cumplidos, más bien lucía como una cansada matrona en su treintena. Estar vestida de luto influía en eso: un traje de color marrón, ajustado por cintas de un tono algo más oscuro en mangas, cuello, pecho y cintura. La parte superior estaba apretada a la delgada figura por un corsé negro, de modo que lucía más delgada  y pálida de lo que cualquiera consideraría sano. El velo que le cubría cabello y cuello resaltaba su blanco cutis. Además, no se trataba solo del vestuario, sino de que las ojeras y la piel tirante revelaban su agotamiento. Pero en modo alguno podía Legolas percibir debilidad o dolor, lo que esperaría de una joven que acaba de perder a su padre, a su único familiar consanguíneo.
 
Repasó mentalmente lo que sabía del caso: Felyandariel era la única hija y heredera de Entre Ríos, un feudo llamado así porque ocupaba un sector considerable de la cuña de tierra fértil que separa las corrientes del Gilrain y el Serni, al occidente de Minas Tirith. Su padre, Lord Felyand, había muerto dos meses atrás, víctima de una enfermedad fulminante. A instancias de los vecinos del feudo Nenya Lebennin, del cual solo les separan las revueltas aguas del Serni, un juez había levantado inquisiciones respecto al asunto.
 
Antes de que el expediente y  la sentencia alcanzaran Minas Tirith para su sanción real, ella había llegado, causando revuelo por la atropellada violación de las reglas del luto filial y el recogimiento femenino. Faramir le había advertido que no oiría una historia agradable, pero que si deseaba salir de la sombra de Aragorn, esta era una entrada inmejorable, ya que, al solicitar su arbitraje, la joven Felyandariel reforzaba su posición como fuente de poder y criterio sobre los asuntos del reino.
 
Una vez que los niños estuvieron acomodados en el fondo de la estancia, Lady Felyandariel se acercó a la mesa del Príncipe.
-Majestad –e hizo una profunda reverencia, de hecho casi quedó en cuclillas, que fue imitada por el muchacho. -Gracias por recibirnos.
-Lord Faramir consideró que era pertinente -repuso Legolas sin querer comprometerse. -Siéntese.
Ella lo miró sorprendida. -Pero usted está de pie -adujo.
Legolas recordó apenas esa parte del protocolo, ¡debía concentrarse! Se sentó en su muy decorada silla detrás de un buró tallado en una sola pieza de granito jaspeado. Lady Felyandariel lo imitó.
-¿Y tu? -dijo el elfo al jovencito.
-Él es un esclavo, Majestad -aclaró ella con voz carente de emoción.
 
Legolas arrugó el seño ante tal hecho: el joven no solo mostraba un marcado parecido  con Lady Felyandariel, sus ropas eran de exquisita calidad y ella no había actuado a su alrededor con superioridad, más bien parecían dos primos ocupados con su montón de pupilos revoltosos. No, no solo parecen, seguro comparten la sangre, rectificó mentalmente. Pues, es el Príncipe Consorte para algo, ¿no?
 
-Te ordeno que te sientes en esa silla. -volvió a mirar a Lady Felyandariel - Entonces ¿qué desea pedirme?
-Permiso para hablar libremente, Majestad.
 
Eso tomó al elfo por sorpresa. ¿En qué extraña trama había muerto el Señor de Entre Ríos? Si ella pedía permiso para hablar libremente, lo que dijera allí no podría ser rebelado a otra persona más que al Rey -o un juez por él designado. Significaba, además, que las decisiones que tomara respecto a su petición no podrían ser argumentadas con la información, sino obedecidas por su poder como Consorte Real. ¿Por qué Faramir le había pedido que tomara precisamente este caso?
 
-Permiso concedido -dice casi en un suspiro.
Así que los guardias salen y cierran la puerta. Ella asiente, respira hondo y comienza.
-Yo mandé a matar a mi padre. Lo hice porque era un ser cruel, despreciable, que maltrataba a los braceros, esquilmaba a siervos y comerciantes de paso, que tomaba sin preguntar a nadie lo que quería, o qué sentían las personas a su alrededor. Así nacieron estos niños, sus bastardos. Y después de eso llegué a la edad de merecer y empezó a mirarme -ella tembló ante el recuerdo- "así". La situación era tan descarada que los caballeros del señorío se turnaban para escoltarme. Hombres libres, sirvientes y esclavos me buscaron marido por todo Gondor, hasta que comprendimos que no podría casarme, que él no me dejaría escapar. Creímos que moriría en la Guerra del Anillo, pero regresó sano, ¡sin un rasguño! Y yo era la heredera, la única heredera. Si me iba, les estaría traicionando, ¿entiende? Tenía que irse él.
 
La chica contiene con dificultad un sollozo. El muchacho a su lado le toma una mano y se la aprieta con afecto. Legolas pestañea ante el gesto, le recuerda a... Pero eso no importa, porque Lady Felyandariel recupera la calma y sigue.
 
-Para que un caballero matara a mi padre tendría que retarlo a duelo, luchar con él, y no queríamos correr riesgos, ¿entiende? Envenenar su comida, dejarle agonizar sin llamar a nadie, enterrarlo, guardar las apariencias de luto y seguir adelante. Ese era el plan, y eso solo podía hacerlo un esclavo, creímos que era el único modo de mantener el asunto bajo control.
-¿Creímos? -le interrumpe Legolas.
Ella le mira a los ojos, es evidente que no está segura de cuánto revelar, incluso bajo la protección del juramento del elfo.
-No creerá que era la única que deseaba verle muerto, Majestad.
Legolas asiente. -Siga.
-Todo salió de acuerdo al plan, pero no contamos con los señores de Nenya Lebennin. Son tan déspotas como mi difunto padre, y los Valar saben que sintieron miedo al enterarse de su muerte, que sospecharon porque temen la rebelión campesina cómo los orcos la luz de Eru.
Fueron ellos quienes armaron toda una algazara en los funerales. Quienes tuvieron el atrevimiento de llamar a los jueces de la ciudad para exigir que investigaran mi casa y cuántos esclavos había en la conjura. Y ahora claman que se cumpla la Ley, que esto sirva como escarmiento. Yo, yo no puedo hacer nada sin ponerme en evidencia y llevar la deshonra a los caballeros que me sirven y los libertos que habitan mi feudo. Usted tiene que ayudarnos, Majestad, ayude a mi familia.
 
Legolas parpadeó, incómodo: escarmiento y ley en la misma oración no le dan buena espina.
 
-Lady Felyandariel, soy nuevo en Gondor y los elfos no tenemos esclavos. Dígame, por favor, cuál es el castigo previsto, el que sus vecinos desean y usted teme.
 
Ella lo mira incrédula, y va a responder, solo que las facciones se le deforman y emite un ruido ronco, dolorido. Felyandariel se cubre la boca con las manos y se dobla sobre si misma. El joven esclavo se arrodilla a su lado y le abraza, susurra algo que pretende calmarla, pero el llanto es ya indetenible.
 
El joven se vuelve a mirar a Legolas, con expresión avergonzada.
-Disculpe, su Señoría, pero Lady Felyandariel ha pasado mucho en estas semanas y...
-¿Era tu padre? -le interrumpe el elfo, que desea comprender ese modo de tocarse, esa confianza de la joven con el esclavo, en este reino donde hasta los niños saben reconocer las distancias entre las castas.
Él alza una ceja, parece inseguro de qué debe responder.
-¿Quién?
-El difunto Lord, ¿era tu padre?
-No. Violó a mi madre el día de su boda, y yo nací nueve meses después, pero no era mi padre.
-¿Es costumbre en vuestra región? -inquiere el elfo, y le toma el control de mil años no revelar lo que esa información evoca en él.
El joven asiente.
-Decía que para mejorar la sangre de la hacienda, como si alguien quisiera tener esa sangre envenenada dentro.
-Pero no vistes ni actúas como un esclavo.
-Uno de los caballeros me tomó como pupilo. Antes de llegar a conocer al Lord, pensó que, como no tenía herederos varones, yo sería reconocido como Bastardo eventualmente y tendría que saber qué hacer para cuidar de ella y del feudo. Por eso no me compró.
 
Legolas asintió, como habían presentado a Geniev como hijo bastardo de Aragorn, se había familiarizado con la legislación al respecto. Los frutos de uniones casuales o ilegítimas podían aspirar a mucho en Gondor, si sus padres decidían reconocerles. Había señores que llegaban a tener hasta una docena de bastardos a propósito, de donde reclutaban lugartenientes militares, administradores o guardaespaldas. Las mujeres bastardas eran buenos partidos, pues recibían dotes, nunca menos de la mitad que las hijas legítimas. Si un bastardo nacía de una esclava, heredaba la casta de su madre hasta que su padre le reconociera. En caso de que pasara a ser propiedad de otra persona, perdía todos los derechos a incorporarse a su familia consanguínea.
 
-¿Y tu nombre es?
-Fucik, Señoría.
-Ese no es un nombre del oeste -inquirió.
-Mi madre era del sur -explicó el chico. -Pero nunca guardó en su corazón fe por el Ojo y sus secuaces. Fui educado en el temor y respeto a los Valar y el poder de la luz -se apresuró a aclarar.
Legolas hizo un gesto para quitar importancia al asunto. Había aprendido por si mismo cuán poco importaba la fe de las personas en cuanto al honor con que se comportaban.
-Me dirás cuál es el castigo -ordenó con suavidad.
Fucik asintió.
-La Ley dice que si un esclavo mata a su amo, toda la dotación debe morir. Hombres, mujeres y niños, sean esclavos por nacimiento, deudas o botín. Todos los esclavos -y con un gesto de su brazo señaló a los niños amontonados el final de la habitación- seremos quemados en la hoguera, a menos que usted intervenga.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe apartó la pierna con fuerza y carraspeó.
–Tuve un accidente de pequeño y me manché la piel.
 
Aralqua asintió y se dedicó a acariciar el torso de su novio, sin pensar más en el asunto. La clase terminó, y el grupo se movió hacia los vestidores. Hembras y varones se desnudaron sin pudor, lo que incomodó mucho al pelirrojo. ¿Acaso nadie comprendía el concepto de recato? Le habían dicho que en el sur era diferente, y su padre le había preguntado si deseaba irse a un internado allá, pero él se negó. Aranwe no se iría lejos de su papá, y él no se iría lejos de Aranwe. Solo que, cuando estaban en los vestidores, añoraba su secundaria de Washington.
 
Sin embargo, no todos eran exhibicionistas a su alrededor. Cuando se giró para preguntar a su novio qué harían después, descubrió que este se había escurrido en silencio al área de las duchas cerradas. ¿Cómo se había enamorado del único adolescente pudoroso de la ciudad?
 
A la salida del colegio les esperaba el chofer del Banco Mundial, que Fred Williams mandaba siempre que podía desde que su hijo tenía novio. Caminaron hacia el vehículo de prisa, conscientes de las miradas de despecho que les dedicaban los Aspirantes, amontonados en un rincón del patio y ya enterados del desplante de Aranwe a su líder. Aralqua casi sintió pena por el rubio ese al que habían usado, pero el sentimiento se le evaporó cuando vio que Gaedheal de Tolfalas se acercaba con cara de pocos amigos. ¿Pelearían por fin hoy?
 
El castaño de detuvo a menos de un metro de ellos.
–Aiya –resopló más que dijo y el patio quedó en silencio.
El rubio suspiró, consciente de que las cosas ya estaban lo suficientemente tensas.
–Aiya –y acompañó el saludo con una leve inclinación de cabeza.
–Aranwe hijo de Aldaben, deseo que vengas vestido como yo a la fiesta de Lady Findulas, a la que he sido invitado por la pureza de mi estirpe y lo honorable de mis actos.
El rubio nunca tuvo tiempo para responder, pues Aralqua dio un paso al frente y asestó un puñetazo en la cara a Gaedheal que lo lanzó al piso.
–¡Es mi novio, vegetariano imbécil!
 
Continuará…

17 de junio de 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 32

De la ley y otros demonios
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Eothain terminó de archivar el último de los expedientes y suspiró. Sus pensamientos vagaron, libres de la tediosa tarea de reunir, clasificar, ordenar alfabéticamente, sub-ordenar cronológicamente y levantar registros. Miró el reloj, inseguro entre la posibilidad de telefonear a Theódred o salir a comer solo.
 
No. Debía estar a mitad del entrenamiento y las llamadas a destiempo siempre ponían ansioso a Theódred. Recordar eso le puso de un humor sombrío, por lo que caminó aprisa hacia su cubículo, deseoso de abandonar el Edificio Principal de Archivos y Antigüedades de la Casa del Saber de Ithilien y ver el cielo. Mientras avanzaba entre estantes y gentes cargadas de documentos, el joven se sacó la máscara con filtro de aire y el gorro de plástico que cubría su cabeza, también los ganchos que le mantenían enrollado el pelo sobre la coronilla. La trenza rubia se desplegó hasta el nacimiento de sus nalgas.
 
El alivio de respirar directamente y dejar de cargar el peso de su larga cabellera fue notable, por lo que se permitió una leve sonrisa. Después de todo, cada persona tiene sus manías y las su compañero eran pocas considerando... ¡No! Se regañó a si mismo. Theódred no le tenía lástima. Si empezaba a valorar sus gestos a través de la lástima acabaría su relación.
 
Además, el pasado no tiene las palabras del futuro -dicen los viejos-, lo que Theódred y él tenían ahora se debía a su propio esfuerzo, a que era jodidamente bueno en la cama y fuera de ella. Su novio era uno de los dos jugadores de football más prometedores de Arda. En un año, al terminar sus estudios, los clubes se disputarían el contrato de los mejores delanteros de la década como huargos hambrientos un venado y entonces...
 
Eothain nunca imaginaba su vida con Theódred más allá de ese punto. Le atacaba un miedo supersticioso, irracional. No había muchas ciudades en Arda con laboratorios de restauración de documentos, al menos no tantas como las que tenían buenos clubes de football. Además, podía llegar una oferta desde el extranjero y él no podría irse, no por otros cinco años, al menos. Como siempre, el joven decidió dejar de lado el asunto. "El viento puede soplar, pero la montaña no se inclina" repitió un par de veces para serenarse.
 
Salió del edificio decidido a buscar su almuerzo en algún sitio discreto, pero un hombre se detuvo a su lado y le tomó del brazo.
–Queremos hablar contigo –le susurró en khuzdul una voz dura.
Eothain sintió que el corazón se le aceleraba y asintió débilmente. No le pasó por la mente intentar alejarse, ¿para qué?
–¡Taxi! –llamó su captor, y un auto azul con rayones se detuvo en la acera.
 
Abordaron en silencio.
 
Imladris, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
-Elladan, ¿un pase?
El elfo moreno alza los ojos para enfrentarse a Glorfindel, que le ofrece una espada roma.
-¿No te agotan lo suficiente tus pacientes? -inquiere jovial al tiempo que se levanta para aceptar el reto.
El rubio niega suavemente, con expresión de leve nostalgia.
-Es otro tipo de cansancio. A ti tampoco te agota el despacho, al parecer.
 
El Señor asiente. Aunque bendice la paz que disfrutan desde hace poco, el tedio de las minucias legales le calienta la sangre lentamente. Es por eso que, cada dos o tres jornadas, viene al campo de entrenamiento y se esfuerza con el más reciente grupo de reclutas, ese con al cual la instrucción se enfoca en desarrollar la resistencia a partir del agotamiento extremo. Luego se sientan bajo los árboles, comparten la bota de vino, el pan, el linimiento para las magulladuras, las bromas.
 
Y el Soberano siente la cabeza más clara.
 
Alguna que otra vez, incluso, su esposo Ellohir o su prometido Amroth -así les considera en su mente y les llama en la intimidad- bajan también desde la Casa Grande y practican esgrima contra el Señor ante la muchachada, que grita, toma partido y comenta las técnicas y las trampas. A Elladan le gusta eso:
 
Ha crecido junto a su esposo. Enfrentarse a Ellohir es enfrentarse a si mismo, buscar grietas en la estilizada técnica que le mantuvo con vida por mil quinientos años. Adelantar una finta o resistir un revés de su gemelo provoca la misma tensión dulce de cuando hacen el amor o danzan: un juego de entregas y complicidad.
 
En cambio, Amroth es un misterio. Aunque recibió entrenamiento como Guardia del Reino del Bosqueverde -cuyas técnicas y rutinas son más o menos conocidas en todos los dominios de los eldars-, ahora que combate sin reglas y con una mano de menos, Amroth se hace escurridizo y cauto, dado a ataques laterales y estocadas de engaño en las que desvía la fuerza de su oponente. Elladan reconoce las huellas del viaje agónico desde el Mar de Rhun hasta el reino de Thranduil: su prometido combate sin estilo ni honor, como un niño que quiere sobrevivir y a fuerza aprendió a ocultar sus muchos miedos y sacar el máximo a las escasas fuerzas. Y es bueno (Elladan lo sabe porque en cada combate le cuesta más la victoria), bueno para combatir  y para saber cuándo rendirse.
 
Con Amroth, cruzar espadas es como cortejar: un juego de seducción y descubrimientos.
 
-¿Listo?
La voz de Glorfindel le regresa de sus fantasías bélico-afectivas. Debe concentrarse, porque están solos y se ve que su maestro se quiere sacar el calor de la sangre.
-Listo.
 
Empiezan con amagos y ataques laterales. Elladan sabe que Glorfindel está midiendo fuerzas al tiempo que se calienta. Debe observar a su maestro ahora, ¿alguna vez llegó a derrotarlo? Pero el gemelo no puede pensar mucho en cómo desarmar al vencedor del balrog, pronto se ve apabullado por la andanada de golpes que le caen en caótica sucesión de arriba, por la derecha y la izquierda sin que pueda descifrar su orden. Así que retrocede dos pasos para equilibrarse.
 
El rubio sonríe con maldad y avanza. Elladan mantiene una defensa tan torpe que, por primera vez desde que se convirtiera en soldado de fortuna para el Ejército de Fornost, debe retroceder en la dirección que su maestro le impone.
 
-¿Ya fijaste la fecha?
Lo incongruente del tema descoloca al moreno y deja pasar un golpe.
-¡Maestro!
-Eso es por no pensar mientras combates.
Glorfindel vuelve al ataque discordante e insiste.
-¿Y bien?
Elladan toma aire entre parada y parada.
-Amroth quiere que sea entre el Día de la Victoria de Anar [Solsticio de Invierno, 21 de diciembre] y el Día de la Llegada de Yavanna [Equinoccio de Primavera, 21 de marzo]. Porque es de buen augurio casarse poco antes de las siembras.
-¿Su Señoría practicará rituales de fertilidad en los campos arados?
 
Elladan sabe que se ha sonrojado, y eso que el tono de Glorfindel es de burla evidente. Es que la sola mención de una fiesta como la del Fuego de Mayo que involucre a sus esposos le provoca sentimientos encontrados. Prefiere no contestar y su maestro vuelve a ser serio.
 
-¿Una boda blanca entonces, el río helado y un hoyo abierto por espada para derramar la sangre en el torrente?
El gemelo niega.
-Tiene que ser después del deshielo, o la familia no podrá estar presente.
Glorfindel asiente. Es razonable que los gemelos quieran  compartir la ceremonia con quienes les apoyaron por tanto tiempo. Y, desde luego, invitar al Clan de Maedros es demostrar que Amroth les importa, que Feanor estaba equivocado con ellos.
 
Ahora Elladan inicia un ataque impetuoso, trata de que el rubio retroceda y acorralarlo. Glorfindel mantiene la sangre fría, pero apoya un pie en cierta zona de grava suelta y se desequilibra. El moreno cree llegada su oportunidad, levanta la espada para el golpe de gracia y sonríe.
 
Un arma se interpone a la de Elladan de la nada y la expresión de Glorfindel se torna socarrona. Avanza y marca dos veces a su contrincante con la ayuda de Erestor.
 
-¡Maestro! -se queja el discípulo ante la inesperada intervención.
-Eso es para que aprendas a mirar alrededor. ¿Qué? -se burla al notar que Elladan está indeciso sobre la continuación de la justa- ¿No puedes con dos viejitos?
El hijo mayor de Elrond gira y queda frente a la pareja.
-Listo.
Intercambian nuevas fintas antes de volver a hablar.
-Entonces, ¿una boda verde? -insiste Glorfindel.
Pero ahora Elladan tuerce el gesto: no le agrada hablar del asunto frente al Primer Consejero.
-Verde, si, y discreta. Solo para la familia.
-La boda de un soberano nunca es discreta -advierte Erestor entre dientes mientras intenta forzar la guardia por arriba.
 
Elladan traba el golpe y usa de apoyo de su segundo atacante para saltar, con lo que el golpe de Glorfindel destinado a su vientre solo corta el aire. Retrocede, recompone la guardia y ataca.
 
-Será discreta: una vieja costumbre de eldars, celebrada entre eldars, con testigos eldars -y en su tono hay desafío.
-Muy discretos tus testigos -repone Erestor-: los soberanos de tres reinos. Sabes que al reconocer la boda reconocerán la ley.
-¿Y? -es evidente que el gemelo no ve el sentido de la acusación.
-Que el Consejo aprobó reconocer el valor de la Ley Antigua dentro de los límites del valle, si alguien considera que pretendes extenderla, podríamos tener que discutirlo de nuevo.
Elladan endurece la mirada y devuelve un golpe con especial fuerza. ¿Qué vio Glorfindel en este elfo atravesado?
-¿Me amenazas, Consejero? -y pone especial énfasis en el cargo.
Erestor esquiva con gracia la finta y resopla.
-Es mi deber advertirte del sendero que tomas, mi Señor -y casi escupe el título.
-¿Advertirme de que ahora votarás en contra?
Pero el moreno no se deja provocar.
-Mi voto es secreto, pero te recuerdo que la Ley Antigua fue reconocida como base de tu enlace para no dejar al Valle sin soberanos. Eso es muy distinto a reinstaurar su valor en toda Arda. Habrá quienes no quieran llegar tan lejos.
 
Elladan se detiene a mitad del gesto y Erestor marca su vientre -con lo que gana el combate-, pero el gemelo no siente el dolor ni da importancia al hecho. ¿Esos perros del Consejo planean...?
 
-Yo... -se calla. Es que tiene un remolino en la cabeza y no soporta la idea de balbucear frente a Erestor.
 
¿Dónde están? Le han hecho adentrarse en el Parque, un bosque artificial lleno de trampas y caminos engañosos donde se entrena a la Guardia. No hay nadie cerca, lo sabe porque el tamaño de las sombras indica que es hora del almuerzo; lo siente porque ser cauto se ha hecho parte de su naturaleza. De hecho están solos. ¿Por qué hablan de esto aquí y no en el despacho?
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Eothain no dijo nada mientras el auto tomaba el túnel para pasar a la orilla norte del Anduin y torcía al este, en busca del empobrecido Distrito Trece. Ya sabía que de nada valdría tratar de razonar con estos. Se detuvieron en el parqueo subterráneo de uno de los tantos edificios de vivienda de la zona obrera y lo llevaron al elevador. Mejor eso que las escaleras, se dijo. Salieron en el quinto piso, y recorrieron un par de metros antes de entrar a uno de los apartamentos.
 
La sala estaba casi vacía: una pantalla gigante, una mesa con cajas de pizza y comida china, varias sillas y un teléfono era más de lo que necesitaba una oficina ilegal de apuestas. Pero el local parecía estar lleno, porque el volumen de la TV permitía que se oyeran los comentarios del narrador del juego de football, los gritos de la hinchada en el estadio de Rhovanion y hasta las interjecciones u ofensas ocasionales de los equipos contendientes. El joven reparó en que antes de abrir la puerta no había sentido ruido alguno, y la comprensión de que el local tenía un excelente aislamiento le provocó un breve momento de temor.
 
"No van a golpearme" se tranquilizó a si mismo "porque no quieren que Theódred sepa."
 
En la sala había dos hombres, con la pinta repugnante de los woses, ocupados con un libro de cuentas, y un enano pelirrojo que se volvió hacia los tres recién llegados con gran alegría.
 
–¡Eothain, muchacho, cuánto tiempo sin verte! Pasa, pasa.
 
Los dos tipos que le había traído empujaron al joven dentro y cerraron la puerta. La voz del narrador era imposible de superar, por lo que el hombrecito les indicó por señas que le siguieran. Avanzaron por el pasillo hasta el baño. Uno de los tipos se quedó fuera.
 
–Bueno, aquí podremos conversar –dijo el pelirrojo tras sentarse trabajosamente sobre la tapa del inodoro. –¿Cómo has estado, chico?
–Bien, gracias por preguntar.
–¿Y los estudios?
Eothain sintió que un trago amargo le subía por la garganta, pero reprimió la sensación con habilidad.
–Bien, gracias.
El otro sonrió con la mitad de la boca y su diente de oro resplandeció bajo la luz artificial.
–Tu madre tiene ganas de verte. Le he dicho que, si se mantiene limpia hasta el Día de Arda, tal vez te pague un viaje a casa. ¿No tienes ganas de ver nuestro hogar?
 
El joven mantuvo su expresión cuidadosamente vacía. Los dos sabían que él no tenía ningún deseo de regresar a esa cueva apestosa en los niveles inferiores de la Montaña Solitaria. ¿Hogar? Tal vez lo había sido antes de que su padre muriera, pero todo lo que Eothain podía recordar eran los golpes, el hambre y la oscuridad que le regalaba su padrastro Dori, bajo la mirada alcohólica y extraviada de su madre. Era una suerte que el tipo fuera un khazâd chapado a la antigua en todos los sentidos porque, de haber querido, el enano lo habría metido en su cama a la semana de aparecer por la cueva.
 
Mirado en retrospectiva, tal vez habría sido mejor ¿no?, el repugnante y rechoncho marido de su madre tenía la mano suelta, pero no permitía que nadie más tocara a su familia. Si a Dori le hubiera interesado el cuerpo de su hijastro con la misma fuerza que le interesaba el de su esposa… muchas cosas habrían sido diferentes en su adolescencia.
 
Eothain permaneció en silencio el tiempo suficiente como para que Dori comprendiera que no le interesaba fingir interés por los detalles de la enésima recuperación de su madre. Así que el anfitrión pasó a otro tema.
 
–¿Y los gemelos?
Mejor sería decir, el verdadero tema.
–Bien.
–Me han dicho que uno de ellos está un poco triste. ¿No los mantienes contentos?
El joven chasqueó los labios. Si, había notado al mayor un poco ajeno, como si la mitad del tiempo mirara su vida desde fuera, pero no podía sacarle de sus malos humores así como así.
–No es mi responsabilidad tener contento a Théoden, es mi cuñado –recalcó.
–Son gemelos –desestimó el enano–, ¿no se supone que les gusten las mismas cosas?
–Les gusta el football, el cine sentimental, la comida baja en grasa, la música tradicional; les gustan muchas cosas a ambos, Dori, pero yo solo le gusto a Theódred.
El enano sonrió burlón.
–Y te llena de orgullo llevarte el mismo hombre a la cama desde hace casi dos años, ¿verdad? Qué vida tan linda y limpia tienes ahora. Como el cristal soplado de Erebor ¿cierto? –Dori se adelantó y atrapo entre sus dedos regordetes la barbilla del joven–. Creo que empiezas a olvidarte de nuevo de tu pasado, hijito. Por ejemplo:
El khazâd sacó de un bolsillo un fajo de papeles que le tendió. Eothain los fue leyendo con creciente inquietud.
–Qué cara se ha vuelto la atención hospitalaria, ¿verdad? Este gobierno nos llevará a la ruina porque nadie podrá pagar sus cuentas de salud, ¿no te parece? Quiero decir, ¿a quién se le ocurre que debemos probar la filiación de un menor para poder darle cobertura médica? Se lo he dicho a mis gentes: nada de votar por quien no quiere a los inmigrantes, todos esos discursos de proteger nuestra cultura solo son excusas para vigilarnos. Ahora mismo, un niño juega en la lluvia, se enferma, y si no puedes explicar quiénes son su padre y su madre ¡olvídate de ir al hospital! Y en las consultas privadas te comprueban la tarjeta de crédito antes de ponerte la mano en el pecho, una desvergüenza total.
–¿Ya regresó a clases? –le interrumpió el muchacho con voz estrangulada.
–Si, si. No fue nada grave. Solo una semana en la clínica y un poco de rehabilitación. Pero es muy inteligente, ya se puso al día con las tareas. Claro, el gasto fue tremendo por lo que te explico, quien único te atiende ahora sin preguntar dónde están los padres es el sector privado. Este Adanedhel Arthedain, con su cuento de defender a la infancia, ¡solo cierra puertas! No pensarás votar por él de nuevo, ¿cierto?
 
Pero la mente de Eothain está muy lejos de los avatares políticos del Primer Ministro. Por los Valar, ¿cómo va a salir de esta trampa? Una cosa sabe, no podrá pensar nada medianamente razonable con el parloteo incesante de su padrastro. Tiene que salir de ahí, alejarse, buscar un lugar tranquilo donde pueda llorar, maldecir, repensarse.
 
Se pone de pie.
 
–Tengo que regresar, o notaran mi falta. ¿Qué quieres?
 
Dori ya no sonríe. Está sentado en el inodoro, pero su rostro sus gestos tienen una parsimonia que enerva al rubio. Dori es conciente de su poder: de que el joven ante él está completamente aterrorizado. Dori no tiene que erguirse para imponer respeto, y lo sabe.
 
–Quiero que tu cuñado siga jugando, ¿acaso es algo demasiado complicado? Es hasta patriótico: yo cuido que tu deshonra no se conozca y tú mantienes felices a dos estrellas de la selección nacional de fútbol.
Eothain asiente. Parece fácil, si, pero sabe que pronto no podrá cumplir su parte del trato.
–Bien. Puedes irte hijo, –el enano se levanta y alza la tapa del retrete– yo todavía tengo que hacer algo por aquí.
 
El "puedes irte" funciona como un código de activación al matón que estuvo con ellos todo el tiempo. El hombre toma por el hombro al rubio estudiante de restauración y lo saca al infierno sonoro del corredor, luego al claustrofóbico edificio y lo deja delante de un restaurante de la zona de la universidad donde suele almorzar.
 
El joven entra sin mirar mucho, absorto en las posibles salidas al chantaje de Dori y no se fija en el ruido del local hasta que un grito lo hace regresar a la realidad.
 
–¡Amor! – Theódred viene hacia él con los brazos abiertos, los ojos alegres, los mechones de pelo rubio escapando de una trenza bastante descuidada. –Te traje con el pensamiento.
Eothain no tiene que fingir la sonrisa, porque el abrazo de oso de su pareja le quita el aire.
–Cariño –se queja.
–Lo siento, lo siento –se disculpa juguetón el futbolista y lo toma de la mano para guiarle. –Ven, apenas empezamos a comer.
–¿Empezamos…?
 
El joven sospecha de qué se trata, aunque guarda la esperanza de que todavía pueda tener un almuerzo tranquilo. Después de todo, si Theódred está ahí con su gemelo ¿no es plural? Pero sus ilusiones se evaporan al doblar el recodo y encontrarse a los veintidós integrantes de los Guerreros del Puente, el equipo de fútbol de la Casa del Saber de Ithilien.
 
Los jóvenes están apretujados alrededor de una mesa, y ocupados en servirse un poco de cada fuente dispuesta. Eothain pestañea, hay tantas bandejas y jarras que pareciera han pedido cada uno de los platos del menú.
 
–¡Miren! –exclama Theódred para llamar la atención del grupo. –Ahora si que estamos completos. Haz espacio, hermano.
 
La mesa es redonda, y alrededor tiene un banco de la misma forma, ambas estructuras están unidas por debajo, de modo que se debe pasar por sobre el banco para sentarse a comer. Eothain ya está incómodo: La mesa debe estar diseñada para unas dieciséis o dieciocho personas, así que ya están bastante apiñados y con él serán veintitrés. Además, la perspectiva de tener que seguir la charla ligera de los jugadores de la universidad –comentarios técnicos sobre el entrenamiento y sueños de grandes victorias– no le seduce tras el encuentro con Dori. Él quiere silencio para pensar, ¿es mucho pedir a los Valar?
 
–Ven –la voz de Theoden lo emplaza.
Acepta con una sonrisa divertida la mano que le tiende su cuñado para ayudarle a cruzar.
–No soy una chica ¿recuerdas? –le dice al oído, porque no quiere competir con el jaleo de media docena de conversaciones simultáneas.
 
Justo en ese momento Theódred se sienta y con el gesto lo empuja sobre su gemelo. Eothain engulle la oreja y, por puro instinto, la muerde. Siente entre sus manos como la piel de Theoden se calienta de golpe y un par de brazos le agarran. Eothain está a punto de dejarse ir, solo que los aplausos y silbidos alrededor le hacen reaccionar. Se aparta y busca el rostro de su pareja con temor, pero Theódred no lo mira a él, sino que se esfuerza por hacer callar al equipo.
 
–¿Quieren que nos echen antes de almorzar? –se queja.
–Es que no sabíamos que fueras taaaan tradicional, jefe –se ríe el pelirrojo Karel.
El rubio pone los ojos en blanco.
–Están tan obsesionados con el sexo que confunden un choque con un beso, ¡degenerados! Mañana van a correr el doble y todo el mundo a un prostíbulo el sábado. No quiero que se consuelen pensando en MI prometido.
 
Imladris, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Glorfindel y Erestor no dicen nada, solo esperan mirándole a los ojos. Conoce esa mirada: esto es un examen. Elladan asiente, acepta el reto. Bien, si tuvieron esta charla larga y dolorosa –en el sentido literal del término– para jugar ahora a las miradas, significa que los hechos están a la vista, solo debe unir las piezas en su mente. De acuerdo, si, puede hacer eso. Paso a paso, como cuando Glorfindel les llevaba a buscar rastros por el bosque y debían construir una historia.
 
¿Dónde están? Le han hecho adentrarse en el Parque, no hay nadie cerca, porque quieren que esto sea solo para sus oídos, no para su esposo o su prometido. Hablaron de la boda, ¿cierto?, de la fecha, del ritual y de los invitados. Es de la boda, ¿pero no deben saberlo sus esposos? No, espera, el Consejo podría volver a reunirse si creyeran que sus pretensiones son muy grandes, porque aceptar una invitación es aceptar la ceremonia, y aceptar la ceremonia es aceptar la ley. Los invitados, el problema son los invitados. "Muy discretos tus testigos" dijo Erector "los soberanos de tres reinos." Si, bueno, es el Señor del Valle, ¿quiénes van a ser sus parientes? Veamos: el Consejo resuma adoración por la abuela, Lady Galadriel podría decretar mañana mismo que cada elfo debe comer carne y aprobarían los diseños de una chiquera en menos de un día. No, el problema no es Bosque Dorado. ¿Halladad? Saben que está casado con la hermana de su prometido, y parte importante de su política interna es el regreso de muchas de las costumbres antiguas. Están revisando toda su legislación ahora mismo para expurgar las contaminaciones de tanto roce con mortales y enanos. Es probable que, a la larga, los sindar recuperen aún más leyes antiguas y pongan en un aprieto a los otros reinos élficos. No, Bosque Verde tampoco es el problema. Solo queda…
 
–¡Es mi hijo! –y la deducción se ve confirmada por la mirada culpable de Glorfindel y levemente incómoda de Erestor. –¿Están locos? No puedo casarme sin mi hijo.
–Ya no es un niño, Elladan –le recuerda el vencedor del balrog. –Hace décadas que dejó de ponerse cáscaras de papa sobre las orejas para fingirse un elfito.
–Es mi hijo –repite el Señor del Valle con fiereza. –Fue amamantado por Elrohir, le enseñé a andar y cabalgar…
Pero la voz del Primer Consejero le interrumpe.
–Nunca fue tu hijo ante la Ley, ni siquiera se asentó Estel como su nombre legal. Nos esforzamos mucho porque no olvidara su legado, porque aceptara ir a reclamar el derecho de su linaje de sangre. Es Aragorn, hijo de Arathorn, fue coronado rey Elessar Telcontar, el heredero verdadero y único de Isildur y soberano de los reinos gemelos de Gondor y Arnor. Es el Rey de los Hombres.
 
Elladan traga en seco. Sabe que los argumentos son válidos. Sabe, incluso, que los enemigos de Estel en Gondor podrían usar esta boda en su contra.
 
–Lo educaste para Rey, Elladan –le recuerda Glorfindel.
–Lo hice –admite con los dientes apretados.
–Y si es un buen Rey entenderá que no puede venir ausentarse de Gondor de nuevo, esta vez para celebrar un incesto.
 
Elladan mira a Erestor con rabia. Nadie como él para escoger las palabras más desagradables. Pero no responde, ¿qué va a decir? Da un par de pasos para alejarse de ellos y mira el cielo.
 
Es una mierda ser soberano, fue lo que pensó al comprender que amaba a su hermano. Uno no puede amar a su gemelo y detentar un señorío. Elrohir le hizo verlo de otra manera: solo al gobernar un señorío puedes ponerte por encima de la ley, incluso permitirte amar a tu hermano. Persistió por eso, porque tenía la esperanza de que las cosas serían mejores si alcanzaba su cuota de poder. Buscaron y obtuvieron poder en la corte de Fornost y en las comunidades nómadas del Reino Perdido, poder suficiente para que sus actos no fueran cuestionados, siempre que la discreción marcara sus acciones.
 
Ahora no se esconde, y es porque nadie le disputa el poder en el Valle. Esta es una parte del poder que por herencia le corresponde: ser Señor del Valle y rescribir la Ley. Es posible que llegue a gobernar Bosque Dorado, si los abuelos se aburren algún día de tal belleza, no lo sabe. Además, él o alguno de sus hijos serán la elección natural para ejercer la regencia de Arnor, pero esto solo es así porque Aragorn es Rey en el sur. Será regente porque Aragorn ha crecido para redimir a su estirpe, para ser Rey. No puede tenerle en su boda porque lo educó bien.
 
Los Valar aman la ironía.
 
Elladan vuelve a mirar a los dos elfos con rostro ya controlado, impasible. Ese es el tipo de expresión que se cultiva y aprecia entre los Primeros Nacidos, aunque él nunca ha comprendido bien para qué sirve, excepto para complicar las relaciones.
 
–Ha sido una práctica muy agradable, Primer Consejero, Sanador Mayor. Ahora, si me permiten, debo escribir una carta a mi hermana.
 
Continuará…
 
Anexos:
 
Incesto entre gemelos (trad de Wiki en inglés http://en.wikipedia.org/wiki/Incest_between_twins)
 
El incesto entre gemelos, también conocido  como "twincest" (inglés), es una subclase de incesto entre hermanos e incluye relaciones heterosexuales y homosexuales. Aunque en la cultura moderna de Europa Occidental este comportamiento se considera tabú y es muy raro, el incesto entre gemelos es un elemento común en las mitologías indoeuropeas, de Indonesia y Oceanía, y hay algunas sociedades en las cuales la prohibición sobre el mismo está limitada o el fenómeno es parcialmente aceptado.
 
En la sociedad de Bali
 
En la cultura tradicional de Bali era común que dos gemelos de distinto sexo se casaran entre si, ya que se asumía que habían tenido sexo en el útero. La explicación antropológica usual de esta costumbre está basada en explicaciones de los conflictos entre descendencia y afinidad en la sociedad balinesa. El incesto entre gemelos era un elemento común en la mitología de Bali -numerosos mitos de la creación del sudeste asiático presentan en papel preponderante una pareja de gemelos o hermanos. En una de las historias más comunes, el hermano se casa con su hermana y ella concibe un hijo, pero al descubrir que son hermanos, son forzados a separarse. Como en muchas otras mitologías, las deidades de Bali frecuentemente se casan con sus hermanos sin ninguno de los problemas que enfrentan las parejas incestuosas humanas.
 
Incesto en el folclor (trad de Wiki en inglés http://en.wikipedia.org/wiki/Incest_in_folklore)
 
Islandia
 
En el folclor de Islandia un argumento común incluye un hermano y una hermana que conciben (ilegalmente) un bebé. Inmediatamente deben escapar de la justicia al irse a vivir a un valle remoto. Allí tienen varios hijos más. El varón tiene habilidades mágicas que usa para dirigir a los viajeros en dirección al valle o lejos del mismo, según decida. La pareja de hermanos siempre tiene una hija y cualquier cantidad de hijos. Eventualmente el padre permite que un joven (usualmente en busca de una oveja perdida) entre al valle y le pide que se case con la hija y de a él y su hermana-esposa un funeral civilizado tras su muerte.
 
Bretaña / Irlanda
 
En la antigua saga irlandesa "Tochmarc Étaíne", Eochaid Airem, el rey de Irlanda, es engañado para dormir con su hija, a la cual confunde con su madre Étaín. La hija de su unión será la madre del legendario rey Conaire Mor.
 
En algunas versiones de la leyenda británica medieval del Rey Arturo, Arturo accidentalmente engendra un hijo con su media hermana Morgana en una noche de lujuria ciega, y, cuando oye en una profecía que traerá la destrucción de la Mesa Redonda, intenta matar al niño. El niño sobrevive y se llama Mordred, su último némesis.
 
Endogamia (trad de wiki en inglés http://en.wikipedia.org/wiki/Incest)
 
El incesto que resulta en descendencia es una forma de endogamia cercana (reproducción entre dos personas con ancestro común). La endogamia lleva a una mayor probabilidad de defectos congénitos porque incrementa la proporción de cigotos homocigóticos, en particular de alelos recesivos perjudiciales, que producen desordenes. Como tales alelos son raros en las poblaciones, es improbable que dos cónyuges sin parentesco sean ambos portadores heterocigóticos. Sin embargo, como los parientes cercanos comparten una gran parte de sus alelos, la probabilidad de que cualquier alelo recesivo perjudicial presente en el ancestro común sea heredado de ambos padres se incrementa dramáticamente con respecto a las parejas exogámicas. Contrario a la creencia común, la endogamia no altera por si misma la frecuencia de los alelos, sino que incrementa la proporción relativa entre homocigóticos y heterocigóticos. Sin embargo, como la mayor proporción de homocigóticos recesivos perjudiciales expone a los  alelos a la selección natural, a la larga su frecuencia disminuye más rápido en la población endogámica. A corto plazo, la reproducción incestuosa debe producir aumento de los abortos espontáneos, muertes perinatales y descendencia con defectos de nacimiento. También puede haber otros efectos perjudiciales además de los causados por enfermedades recesivas, como el hecho de que un sistema inmune similar puede ser más vulnerable a enfermedades infecciosas.
 
Un estudio de 29 nacimientos resultantes de incestos entre hermanos o padre-hija encontró que 20 tenían anormalidades congénitas, incluyendo cuatro directamente atribuibles a alelos autosómicos recesivos.

8 de agosto de 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 31

Tres no es multitud
 
Imladris, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Ellohir contuvo un bostezo y Elladan le sonrió desde el otro lado de la mesa. La celebración del equinoccio era agotadora, pero imprescindible en el calendario festivo de Rivendel. Celebraban el fin de la cosecha y los trabajos de almacenamiento. A partir de ahora, y hasta la primavera, los brazos estarían volcados en las imprescindibles reparaciones de los edificios de la comunidad y la defensa de las fronteras. No que fuese menos agotador -y sin dudas era más peligroso-, solo que tras escardar tantas hierbas de rodillas en los surcos y palear tanto grano en el interior de los silos, cada habitante  estaba ansioso por el cambio.
 
Pero Ellohir estaba agotado, había paleado granos, supervisado cuentas, recuperado aperos de labranza en el campo, y ahora estaba de nuevo en su luna. Todo lo que quería era una cama, una bolsa de agua caliente entre las piernas y los brazos de su esposo alrededor de su torso. Aún así, se obligó a sonreír cuando le preguntaron cierto detalle intrascendente del ya desaparecido Palacio Real de Fornost.
 
-Era una combinación ingeniosa de tonos verde y morado, lo recuerdo bien. Representaba la victoria de la vida sobre el hechizo del Rey Brujo. Un tapiz un poco pesado en mi opinión, pero colgó hasta el último día de la pared norte de la sala de fiestas principal.
 
Lindorië asintió en agradecimiento y siguió charlando con su esposo acerca de los estilos y técnicas de tejido del norte de la Tierra Media. Para ella, se le ocurrió al gemelo, los Valar crearían un gigantesco taller de tejido en las Tierras Imperecederas. De vuelta a su apagado humor, el elfo de ojos color chocolate miró distraído la estancia.
 
Como se trataba de una reunión festiva, Elladan había dispuesto que se despejara el espacio central del gran salón de fiestas de la Casa Grande. Allí estaba la mayoría de la gente joven, para quienes la Fiesta de la Cosecha era aún novedad. Algunas parejas danzaban lentamente -mejor decir que se abrazaban con la melodía como excusa-, otros conversaban mientras bebían hidromel. Para que pajes y cocineros pudieran disfrutar del convite, la comida había sido presentada en grandes mesas a un lado, bajo un fuego suave que mantenía los alimentos a temperatura agradable. De allí cada cual tomaba lo que deseaba. Las mesas eran pequeñas, para seis u ocho comensales, y estaban dispuestas a lo largo de las paredes. Solo la mesa de ellos era de doce sillas, para el Señor de Rivendel, su hermano y los Consejeros principales. Para alivio de los gemelos, su mesa solo estuvo llena hasta que terminaron la oración de agradecimiento, tras lo cual la mayoría se había ido a conversar o bailar.
 
La organización era todo lo informal que podía ser, pero había reglas tácitas, y una de ellas era que el Señor de Rivendel presidía la fiesta hasta la medianoche, así que ahí estaban, charlando y aguantando el sueño. Mientras los jóvenes se manoseaban, como esas chicas de la derecha, o alguien exponía encendidas palabras de amor a un amado renuente, como... Ellohir parpadeó de sorpresa. ¿Ese era...? El sopor se le fue de golpe y tragó en seco.
 
-Voy a buscar cuajada de leche -dijo y se levantó de la mesa.
 
Elladan se sorprendió por el tono en que su esposo hablara, además de que la velocidad a la que se alejaba de la mesa no era nada educada. ¿Se habría molestado por algo? Le siguió con la mirada y, para su asombro e inquietud, vio que no se dirigía a la mesa de las comidas, sino al extremo norte del salón, donde un elfo de cabello castaño tenía acorralado entre sus brazos a...
 
-Necesito un panecillo salado -se excusó, y siguió los pasos de su gemelo.
 
******************
 
Amroth respiró hondo y dedicó una sonrisa forzada a Eruntalon. No sabía cómo actuar y el miedo avanzaba piernas arriba en su cuerpo. ¿Es que este elfo no entendía de sutilezas? Si por lo menos se alejara un poquito.
 
-Creo que eres el elfito más bello de Rivendel. Lo digo en serio, lo sabes ¿verdad? Cuando era más joven, conocí a Lady Arwen y a Legolas, pero tu tienes un perfil exótico, singular. De verdad que no se cómo los elfos de Mirkwood te dejaron escapar. Quiero decir, eres hermano de Maërys. ¿A quién se le ocurre mandarte a cuidar los jardines de Rivendel?
 
¡Oh! Era la tercera variación del mismo argumento en lo que iba de noche. Y Amroth ya no recordaba cuántas veces la había oído desde la primavera. Eruntalon le rondaba desde que se mudara de Mithlond, junto con un contingente de elfos marineros que habían recuperado el interés por la tierra firme tras la toma de poder de los gemelos.
 
Al principio, el avari creyó que sus preguntas sobre el modo de hacer crecer las flores eran parte de las exploraciones del elfo de cabello castaño, pero pronto se dio cuenta de que solo le interesaba estar cerca y hacerse notar con sus desagradables historias de conquistas entre jovencitas mortales a las que dejaba preñadas o elegantes elfitos a los que "les hacía descubrir flexibilidades insospechadas en sus cuerpos". Eruntalon le recordaba a Thranduil, incluso porque algo de ascendencia tenía entre la comunidad, aunque era un recién llegado.
 
El joven avari lo sabía porque, al darse cuenta de lo que el teleri deseaba, se dedicó a escuchar con atención lo que en las cocinas y establos se decía. Resultó ser que era un guerrero valiente y famoso, al cual el Señor de Rivendel había invitado especialmente, para reforzar las fronteras y el entrenamiento de los jóvenes reclutas. Ante tal prospecto, a Amroth ni le pasaba por la mente quejarse, así que, apelando a su entrenamiento como servidor del difunto Thranduil, cerró los labios, dejó correr sus requiebros como lluvia y evitó quedarse a solas con el teleri Eruntalon. Había funcionado por tres estaciones, hasta hoy.
 
No dejaba de ser triste que, justo en un salón lleno de gente, Eruntalon estuviera a punto de lograr sus propósitos. En esta fiesta cada cual estaba en lo suyo y Amroth no veía salidas que pudieran tomarse como amables. Un par de veces había mirado hacia la mesa del Señor, pero los gemelos estaban muy ocupados para fijarse en el sirviente del Jardín de Celebrian.
 
-¿Estás de acuerdo?
Amroth le miró confundido. ¿Con qué se suponía que debía coincidir? Pero los ojos de su pretendiente eran fieros y supo qué respuesta era la correcta aún ignorando por completo la pregunta. Asintió levemente y se ganó una sonrisa satisfecha, lobuna.
-Perfecto, vámonos.
El joven avari se dejó arrastrar hacia una puerta lateral del salón, creyó que nadie se fijaba en ellos.
 
*************
 
Ellohir paró en seco al ver que Eruntalon tomaba de la mano a Amroth para llevarle fuera de la sala de fiestas. Las dos expresiones no podían ser más dispares, el teleri feliz, el avari aterrorizado, pero Amroth no se había resistido y era habitual que las celebraciones de la cosecha terminaran con encuentros sexuales que en nada comprometían. ¿Qué hacer ahora?
 
Elladan llegó a su altura y le puso una mano sobre el hombro.
-Es ahora o nunca.
Ellohir sintió como todo el cuerpo se le envaraba.
-Ahora.
 
Ambos salieron por la puerta más cercana y corrieron a sus habitaciones. Aunque Eruntalon era normalmente razonable, estaría borracho y excitado en su propio territorio, no podían correr riesgos.  Así que los gemelos tomaron un sus dagas y espadas, para mostrar una imagen lo suficientemente clara, que disuadiera al teleri de cualquier intento de resistencia.
 
-Esto es culpa nuestra -rezongó el gemelo mayor mientras se ceñía el cinto. -Si hubiéramos escuchado a Glorfindel...
-Los hubiera no sirven ahora. Fuimos respetuosos, ese teleri no. Es claro que no entendimos los deseos de Amroth, pero vamos a arreglarlo.
 
Se movieron rápidos por las galerías en busca de la recámara de Eruntalon. No podían oír voces, pero si los gemidos llorosos de Amrroth al otro lado. Tras encomendarse a los Valar, Elladan golpeó la puerta con fuerza.
-¿Qué pasa? -la voz era ronca, mezcla de deseo y fastidio.
-Eruntalon, soy Elladan. Hay una partida de orcos atacando, vamos.
 
Se escuchó un golpe fuerte, como de un objeto ¿o cuerpo? lanzado al suelo, y luego pasos apresurados hacia la puerta. Los gemelos respiraron hondo y cuando escucharon al elfo castaño quitar la traba, empujaron al unísono.
 
-¿Qué...?
Pero Eruntalon no tenía su fama por nada, enseguida reaccionó, dio un salto hacia atrás y paró la estocada de Elladan.
-¿Mi señor?
-¿Ahora te acuerdas de que soy tu señor? La Casa del Señor debe ser respetada.
Una sonrisa torcida apareció entonces en los labios del teleri.
-¿Se trata de él? Solo teníais que haberme hablado. Yo lo habría llevado dócilmente a vuestra cama. Es como una oveja, le teme al perro pastor, y obedece. Vino aquí por voluntad propia, ¿sabéis?
Elladan lanzó un golpe de especial fuerza y lo hizo retroceder, lo suficiente como para que Ellohir se colara sin peligro y corriera a donde Amroth gemía hecho un ovillo, en el suelo, junto a la cama.
-No me interesan tus argumentos, ese elfito, hermano de la reina Maërys de Mirkwood, está casi desnudo y con el peinado deshecho, pero no parece molesto por la interrupción. ¿Cómo lo explicas?
-¿Y cómo explicas las ataduras en sus manos? -demandó Ellohir con voz de tormenta.
Pero el teleri tenía suficiente experiencia como para saber que no debía dejarse desconcertar, así que ignoró la demanda del gemelo menor y se concentró en el que le atacaba.
-Mi Señor, os juro que no sabía que deseabais al elfito, nunca me habría puesto en vuestro camino de saberlo.
Elladan sonrió, pero el gesto no le llegó a los ojos.
-Tu no entiendes, orco disfrazado, no se trata de que yo desee a alguien, sino de que tu no puedes tener a nadie contra su voluntad.
 
Elladan dio otro través y Eruntalon levantó la espada para rechazarlo, Ellohir apareció entonces tras él y le rodeó el cuello con una banda de cuero. Por reflejo, el teleri se sacudió, pero su enemigo estaba bien plantado. Eruntalon empezó a toser, soltó el arma y finalmente calló de rodillas. Solo entonces liberaron su garganta. El elfo era lo suficientemente cauteloso como para no intentar moverse mientras sentía el efecto de la asfixia en sus miembros, en su mente.
 
El Señor de Rivendel se dirigió a la cama, donde Amroth lloraba en silencio mientras se cubría el  pecho con los brazos cruzados.
-¿Puedes caminar?
El chico asintió, pero siguió encogido, sin dar señales de querer moverse. Fue Ellohir quien entendió la razón de su inmovilidad y le pasó por encima de los hombros su túnica de gala.
-Gracias -musitó el avari, que se apresuró a meter los brazos y cerrarla.
-Vamos -y el gemelo mayor le ofreció una mano para ayudarle a ponerse en pie.
Aunque se irguió, los temblores no abandonaban su cuerpo, así que Ellohir, le ofreció sus brazos.
-¿Me permites?
 
Por primera vez en la noche, el miedo de los ojos de Amroth cedió paso al asombro. Pero asintió. Cobijado en los fuertes brazos del gemelo menor se permitió sentirse, incluso, seguro, y dejó caer la cabeza en el hombro de su protector.
 
Casi en la galería, Elladan recordó que debía decir algo más al elfo que les contemplaba desde el suelo.
 
-He revocado tu contrato, Eruntalon hijo de Fairë. Ya no te necesito en el Ejército de Rivendel. Puedes quedarte como agricultor o marchar de vuelta al puerto de Mithlond. Has con tu miserable vida lo que quieras, lejos de nosotros.
 
Llegaron sin cruzarse con nadie al cuarto de Amroth. Ellohir fue a dejar el avari en la cama, pero este no quiso soltarlo, así que optó por sentarse y acunarle. Elladan cerró la puerta, se liberó del cinto y sus armas antes de acercarse. Los pasos parecieron alterar al joven, que levantó la cara de prisa, pero al reconocerle su cuerpo se aflojó. Amroth tomó aire, se deshizo del abrazo y quedó sentado en el borde de la cama. Miró alrededor, los objetos familiares de la habitación que le habían asignado desde su llegada le dieron un poco de aplomo. Empezó a hablar en su modo lento y de acentuaciones sorprendentes.
 
-Mi señor, lamento profundamente que discutiera con el capitán Eruntalon por mi.
Elladan rechazó la idea con un gesto.
-No digas tonterías, esto no fue tu culpa. Mi hermano y yo somos los responsables de que el asunto llegara tan lejos, por guardar las formas permitimos que te sacara del salón.
 
Eso descolocó a Amroth. ¿Los gemelos le habían observado en la fiesta? Elladan aprovechó la pausa para acercar una silla y sentarse frente a él.
 
-¿Desde cuando te acosaba?
Amroth enrojeció, pero fue sincero.
-El capitán Eruntalon me dedicó requiebros desde la primavera.
 
Los gemelos intercambiaron miradas de asombro. ¿Desde la primavera? Pero Eruntalon ya había tenido por lo menos tres amantes en Rivendel. Era pura suerte que no se atreviera a atacarle antes.
 
-¡Ay, Amroth! Si tu no querías... -Elladan se detiene y respira hondo, no tenía sentido agredir al chico. Si tu no correspondías a sus deseos, ¿por qué dejaste que te siguiera cortejando?
-Yo soy un criado, él un capitán. No podía quejarme de que me prestara atención.
-No -interviene Ellohir con voz suave. -No es así como funciona, querido Amroth. Él es un elfo y tu también, no tenía ningún derecho a forzar tu compañía.
-Yo no quería... -el avari se muerde los labios.
 
Elladan está a punto de insistir, pero el gemelo menor le hace callar con los ojos y estrecha un poco los hombros del joven. Este se relaja ante el toque y vuelve a hablar con los ojos cerrados. El discurso es apresurado, y alterna palabras del sindarín con el quenya.
 
-Yo no quiero irme de aquí, no puedo. ¿Cómo iba a denunciarle si es más importante que yo, más necesario? Es un capitán de espadas, yo el jardinero tullido de un jardín al que no va nadie. Ustedes me recogieron porque Halladad lo pidió, soy una carga. Nunca osaría molestar al Señor de Rivendel o su hermano con lloriqueos. Es así, yo conozco mi lugar.
Ellohir acarició con la punta de los dedos la mejilla del avari.
-Mírame Amroth -el joven obedeció, y por un instante el elróndida se perdió en sus orbes negras, singulares. -Ahora mira a mi hermano, ¿acaso crees que, por un espadachín más en los cuarteles, alguno de los dos consentiría tu deshonra?
-Yo no tengo honra -responde mecánicamente y los gemelos comprenden que es una frase aprendida. -Soy un sirviente, un tullido. Yo no merezco que ustedes me vigilen desde las ventanas, o que Lord Glorfindel trate de arreglar mi mano. Total, ¿para qué la voy a usar?
-Para cargar a tus bebés -propone Elladan con un hilo de voz.
-De su boca podría creer eso, pero... ¿quién va a querer a un avari usado, tullido y con el pelo de nieve?
Los gemelos responden a coro, sin detenerse a intercambiar una mirada.
-Nosotros.
 
Amroth levanta la cara asombrado, temeroso, pero ve en los ojos verde oscuro de su Señor y en los marrones de Ellohir que el deseo es sincero. Se queda quieto por unos minutos, procesando la información. Luego se mueve un poco y sube los pies a la cama, suspira y se saca la túnica que le prestara el Ellohir para sustituir sus ropas desgarradas. Abre los brazos en gesto de entrega y deja ver el cuerpo hermoso, apenas cubierto por un calzón corto: su piel color marfil -una gota más oscura que los blancos eldars- brilla bajo las bujías como si fuera una estatua animada, el pecho está ligeramente abultado, de un modo que solo alguien con siglos de intimidad junto a un Elegido puede comprender en toda su dimensión. Todo en el gesto de Amroth invita a tomar, pero el Señor de Rivendel sabe muy bien cómo contener el deseo.
 
-No queremos un amante, Amroth.
El chico les mira sin comprender.
-Queremos un esposo -completa Ellohir.
-Pero la Ley Antigua fue olvidada, mi Señor.
Lo gemelos alzan las cejas ante la frase.
-¿Qué sabes tu de la Ley Antigua?
Amroth frunce el ceño, le es difícil explicarse en el idioma de Rivendel, le es difícil hablar de las diferencias entre ellos y él.
-Los avari sabemos que los gemelos no debe separarse. Los eldars lo han olvidado.
-¿Entonces para ti...?
Ellohir se detiene, le cuesta formular esa pregunta sin sentirse vulnerable, pero es un poco tarde para pensar en la vulnerabilidad frente a Amroth ¿cierto?
-Entonces para ti es natural que estemos enlazados.
Amroth se encoje de hombros y les mira sin comprender que se detengan tanto en el asunto.
-Mis Señores son gemelos -y es evidente que, desde su punto de vista, el asunto carece de importancia.
 
Para él, su atarince y sus hermanos era obvio. ¿Qué otra cosa son los gemelos sino una persona en dos cuerpos? ¿A quién se le ocurre que una persona puede casarse con dos personas? Si guardaron silencio fue porque pronto comprendieron que las costumbres de los eldars se habían contaminado demasiado con las de los firimar. Le parecía simplemente triste que los elróndidas tuvieran que ocultar su naturaleza.
 
-Ada nos llamó avaris una vez -rememora Ellohir, pensativo.
 
Y el recuerdo golpea a Elladan de forma casi física, aquel reclamo de Elrond una fría tarde de noviembre del año 1520 de la Tercera Edad del Sol. "¡¿Acaso están locos?! No somos salvajes ni avaris, sino eldars, príncipes entre los primeros nacidos." Luego viene la comprensión:
 
-¿Saben? Creo que ya se por qué se borró toda mención a la Ley Antigua, fue para poder forjar alianzas con los hombres. Incluso creo que Ada y el tío Elros fueron separados para demostrar que era posible vivir... así -y hay un dejo de terror en la voz del gemelo mayor. Es que de repente se le ocurre algo: si su padre hubiera estado más alerta, podría haberles separado de pequeños y entonces...
-Lord Elrond era un medio elfo, y hallar a su indis le mantuvo a flote, pero vuestro segundo Ada...
 
Amroth deja la frase sin terminar, no está bien hablar mal de los muertos. Pero los tres comprenden que, acaso, las desgracias de la parte humana del clan de Elwe Singollo se podrían haber conjurado si sus abuelos no hubieran sacrificado el amor de sus hijos en el altar de la guerra.
 
-Pero entonces mi Estel no existiría -advierte Ellohir, y los gemelos saben no cambiarían por nada haber criado a ese niño que ya es Rey.
-Somos prisioneros de Vaire -asiente el de cabellos de nieve.
-Eso ya no importa -concluye Elladan. -Estamos aquí, los tres, y es muy inapropiado que tengas el pecho descubierto.
El joven acata la orden y empieza a vestirse, pero sus gestos son tristes.
-¿Mis señores no me desean? -se atreve a preguntar cuando aún no se sube las mangas.
 
Por respuesta, Elladan se lanza sobre él. Es un beso violento, un manifiesto de la pasión apenas contenida que late en su interior. Amroth cae hacia atrás y abre la boca sin resistencia, cede y reconoce el poder total del Señor de Rivendel sobre su alma y su cuerpo. Les ama, por supuesto, ese amor nació una mañana de invierno especialmente fría, en un puesto de la frontera occidental de Mirwood, casi setecientos años atrás y ya nada se sintió correcto, justo o verdaderamente hermoso.
 
Elladan abandona sus labios y le sustituye su hermano. Esta caricia es menos agresiva, pero exige de todos modos la rendición. Amroth se deja llevar, su cuerpo reacciona excitado a las fuertes demandas y supone que los gemelos se sienten igual. Ellohir deja sus labios y su lengua delinea las sensibles orejas para dejar una húmeda huella en el cuello.
 
-Soy vuestro -balbucea casi sin aire el avari.
-Sois tan bellos -la voz de Elladan es ronca, es la voz de un animal en celo, y Amroth teme esa voz, teme lo mucho que le gusta. -Podría preñarlos a los dos esta noche.
Amroth levanta la mano derecha en gesto de invitación, pero la visión de sus dedos apenas móviles saca a Elladan del trance.
-Apártate -y une a la orden un brusco tirón del cuerpo de su gemelo. -No va a ser así. ¿Me oyen? -y la fiereza de su mirada intimida incluso a Ellohir. -Amroth merece ser tratado con honor, con respeto.
 
Pero la tentación del cuerpo de marfil que yace ante él es mucha, y se levanta para poder hablar en lugar de desgarrar sus calzones y hacerle gritar. Da unos pasos hasta la ventana de la habitación y cuando se vuelve a mirarles está casi calmado.
 
-Escuchen, el Consejo está considerando la recuperación de la Ley Antigua y reconocer el valor de nuestro enlace. Se que lo aceptarán. Entonces, Amroth, pediremos tu mano a Halladad y Feanor, una vez que acepten, los sanadores certificarán tu virtud y tu fertilidad. Fijaremos una fecha en que puedan venir los reyes de Erys Lasgalen, Lorien y Gondor a ser testigos de nuestra unión. Mientras esperamos, serás cortejado como pocos elfos desde el Primer Despertar -Elladan se acerca con expresión soñadora y vuelve a sentarse en el borde de la cama, entre sus amados. -Un día de verano, serás bañado con esencia de lissuin al amanecer, y caminarás desde tu habitación hasta la  capilla de nuestra casa con el rostro velado y los ojos bajos. Ellohir y yo habremos pronunciado nuestros votos de hermanamiento, estaremos esperando por ti. Yo retiraré el velo de tu rostro y pondré un collar de perlas y mytril en tu cuello: serás nuestro indis, y esa noche pondré mi semilla en vuestros vientres, pero no antes. Esperemos un poco más -y los abraza con ternura, con miedo.
 
De nuevo Amroth está sobrepasado por los acontecimientos. No sabe qué hacer, cómo responder o comportarse. Desde que llegó a la sombra de Mirkwood y Thranduil puso sus ojos en él, aprendió a obedecer. Como el rey conocía los límites del decoro, él solo debía dejarse usar. Desde aquel encuentro en el puesto fronterizo, cuando posó sus ojos en los gemelos, fantaseó con que los noldor le llevaran lejos, a conocer el resto de la Tierra Media y escaparía del Rey silvano. Nunca como un igual, por supuesto: Amroth se sabía esclavo, pero amando a sus señores, supuso, las cosas que debía cumplir ya no serían odiosas.
 
-Mi Señor, yo no necesito un collar de indis a cambio de lo que ya es tuyo -reclama Amroth con ojos ofendidos.
Ellohir sonríe, reconoce en el reclamo del joven la misma pasión ingenua que les moviera siglos atrás.
Pero Elladan sabe que tiene la razón. Deben usar su poder para cuidarle, o no serán muy diferentes de quienes quisieron abusar de él antes.
-¿Acaso yo dudo de tu amor? -se ríe y le acaricia el pelo. -Es que no solo te amo a ti, también amo a Ellohir y a los hijos que me darán, por eso haremos las cosas con cautela.  
Amroth asiente, incapaz de cuestionar a su señor. Pero allí, en lo profundo de sus ojos grandes y negros, hay un chispazo de tristeza. Ellohir lo ve y sabe que no avanzarán en su relación si todas las diferencias se solucionan por la sumisión del joven a las órdenes de ambos. Por eso gatea por el lecho hasta sentarse junto al elfo de cabellos de nieve y levanta su mentón, de modo que al hablarle  se miran de frente.
-Amroth, ¿estás consciente de que no somos elfos simples del campo, sino principales, dadores de la justicia ante nuestro pueblo? Aún cuando nuestros votos sean puros y tu confíes en ello, sembrar tu vientre, siquiera entrar en tu cuerpo antes de que nuestra unión sea consagrada ante los valar, pondrá en entredicho el linaje de tus bebés. Tu no quieres eso, ¿verdad?
 
El avari se sonroja, lo que hace que su piel tome un tono de canela absolutamente inusual entre los primeros nacidos. Al negar con la cabeza, se muerde los labios y vuelve a bajar los ojos. El gesto es tan tierno que los gemelos sienten cómo el deseo renace en sus cuerpos, y ambos reprimen la idea con la misma velocidad.
 
-Mis señores quieren que los bebés del sirviente tengan linaje. Yo obedeceré, mi bebés serán hijos de Elladan y Ellohir, los Señores del Valle de Imladris.
–Quiero honrarte, Amroth, hijo de Maedros y Curufinwë –dice Elladan con un susurro. –Quiero que compartas con nosotros el trono, que seas nuestro compañero ante los ojos del mundo. Quiero que tus hijos tengan un atarincë y un atar, un linaje y una heredad incuestionable, nadie te acusará de ser una lótëima hrávëllo, nadie llamará bastardos a mis hijos. Eso quiero yo, Señor de Imladris.
 
Ellohir se inclina entonces y deposita un beso breve en el vientre de su amado.
 
TBC...
 
Palabras quenya utilizadas:
 
Atar: "padre" (SA; WJ:402, UT:193); Atarinya "mi padre" (LR:70). Diminutivo Atarincë /Atarinkë/ "Papaíto" (PM:353)
Hrávëllo: "de la carne" > {Hrávë "carne" (MR:349)} + {-llo terminación de ablativo, "de"} + Lótëima: "como una flor" > {lótë "flor"} + {-ima sufijo adjetival} = Flor de la Carne
Indis: "esposa" (UT:8)
 

EN BUSCA DE UN SUEÑO 30

Planes y temores
 
"Wise men say, only fools rush in.
But I can't help falling in love with you
Shall I stay? Would it be a sin?
I can't help falling in love with you "
Can't Help Falling in Love (No puedo evitar enamorarme), Luigi Creatore
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Lunes
 
Fred se detuvo delante de la habitación de Aralqua y tocó con fuerza la puerta.
-Despierta, dormilón, nos vamos en cuarenta minutos.
Un gruñido desde el interior le hizo sonreír.
-Aralqua, quiero verte la cara.
La puerta se abrió un poco y le despeinada cabeza del chico apareció.
-Ya estaba despierto ¿sabes?
El padre hizo un ruido de incredulidad.
-Lávate y ve a desayunar.
 
Ya seguro de que su hijo estaba en marcha, Fred regresó a su baño para afeitarse. Anariel lo siguió hasta allí con expresión preocupada.
 
-¿Llevarás a Aralqua a la escuela?
Él la observó a través del espejo mientras se esparcía crema de afeitar la cara.
-¿Qué tiene de extraño?
-La semana pasada prefirió caminar.
Fred se encogió de hombros y mojó la maquinilla en el grifo.
-Hablamos de eso, está arreglado.
Anariel se puso pálida, pero siguió adelante con todo el aplomo que pudo conseguir.
-¿Hablaron? ¿Eso quiere decir que te explicó por qué caminaba hasta la escuela?
Fred volvió a sonreír, esta vez verdaderamente divertido por las vueltas que se esposa daba al asunto.
-¿Acaso no es evidente? Tiene trece años y está enamorado por primera vez. Quería abrir su corazón sin adultos cerca, porque a los trece años los adultos solo existen para estropearlo todo. Bueno, ya tuvo una semana para eso, creo que es suficiente.
-¿Pero te dijo quién era? -insistió Anariel con miedo en la voz.
-Es ese chico de sexto piso, el hijo del escritor, Aranwe Lómendil.
-¿El señor Lómendil es escritor? -ese detalle no lo sabía.
-Ajá. Le he preguntado a Katilina, dice que lloró mucho con su libro "Casa de cristal". ¿Crees que eso es una recomendación?
 
Anariel hizo una mueca incrédula. Katilina Vasilievna tenía un gusto muy "ruso" en narrativa: si los protagonistas no acababan muertos, o algo peor, el relato era poco realista y carente de emociones verdaderas. Pero Anariel tenía la impresión de que el asunto tomaba un derrotero demasiado ligero. Respondió lo mejor que pudo.
 
-Tal vez deberíamos preguntarle a mi amil sobre sus libros.
-Tal vez -asintió él. -Aunque...
-¿Si? -ella se irguió levemente, lista para el ataque.
-Bueno, ese chico debe estar cansado de que le digan lo buen escritor que es su padre, podríamos dejarlo pasar.
 
Anariel volvió a asentir, descolocada. ¿No se suponía que Fred estaría molesto? La mujer guardó silencio durante unos minutos, tratando de ajustar sus expectativas y temores a la nueva información. Sabía que su esposo estaba esperando mientras se afeitaba con tanta lentitud como un joven a punto de ir a su primera cita. No quería ofenderlo, Vana sabía que no, pero tampoco podía quedarse con esa espina en el pecho.
 
Tomó aire y trató de enfrentar el problema.
-No pareces sorprendido.
Él alzó una ceja, interrogante.
-¿No es eso lo que se supone que hacen los chicos de trece años, enamorarse? -volvió a concentrarse en el espejo. -Eso y faltar al colegio para hacer gamberradas, cierto. Tenemos suerte con el nuestro.
Ella bufó, su esposo le estaba dando una lección de evasión coloquial.
-Fred, lo que quiero saber es si estás contento.
 
El pelirrojo dejó la maquinilla en el borde del lavamanos y apretó los labios. Había estado esperando la pregunta desde el inicio de esa torpe conversación, y que Anariel se lo dijera así, por lo claro, dolía. ¿Cuándo se habían transformado en dos extraños? Después de lo de Río, por supuesto. Después de eso, ella nunca volvió a confiar en su capacidad para aceptar la poca importancia que daba su cultura a la orientación sexual. Él creyó que dejar pasar todos los amaneramientos del hijo sería señal de paz suficiente, pero Anariel estaba ciega a la patente homosexualidad de Aralqua porque solo lo veía a él. Suspiró y se giró para hablarle de frente.
 
-Mujer, nunca se está satisfecho con las parejas de los hijos, siempre te parece que no están a la altura, que no son tan inteligentes, tan amables, tan generosos y bellos como tu retoño. Pero ¿qué va a hacer uno? Además, tiene trece años, apenas llevamos seis meses en Arda, y no lo va a dejar embarazado, ¿qué probabilidades hay de que se case con Aranwe? Conocerá un montón de personas más antes de los veinte.
Anariel asintió, y lo abrazó con fuerza.
-Perdóname, Fred -dijo bajito.
Él la separó con suavidad, para poder verle la cara, y secó con sus pulgares un par de lágrimas.
-Tu y yo debimos hablar de esto antes.
Ella asintió y fue a decir algo, pero los golpes en la puerta del baño le interrumpieron.
-¡Papá son las siete veinte! Deja de besarte con mami.
Anariel soltó una carcajada y Fred pusó los ojos en blanco, pero se separaron.
-Le voy a regalar una moto en cuanto tenga licencia -gruñó el hombre antes de abrir la puerta. -La frecuencia con que bese a tu madre no es de tu incumbencia, jovencito.
Aralqua no se amedrentó.
-Lo es cuando me impide llegar a tiempo a la escuela. Voy llamando al elevador. Hasta luego mami -dijo el chico por encima de su hombro.
Fred se giró divertido hacia su esposa.
-¿Te veo para almorzar?
Ella asintió, y se dejó besar con suavidad. El beso se volvió húmedo, demandante, Fred deslizó una mano por la espalda de Anariel y...
-¡Papá, el ascensor!
Se separaron insatisfechos, pero con un brillo alegre en los ojos.
 
Fred Williams tomó el portafolios de pasada y corrió hacia fuera.
 
Anariel caminó despacio hasta la cocina y se sentó en la mesa. Sus sus ojos soñadores fueron indicio más que suficiente para Amil Eala.
 
-¿Se estaban besando en el baño? -inquirió divertida.
Anariel suspiró, su sonrisa podía iluminar toda la estancia.
-Habríamos hecho mucho más si no nos detienen.
La anciana asintió, contenta, y regresó a su desayuno, pero la siguiente frase de su cuarta nossëhini la dejó helada.
-Estoy embarazada.
 
TBC...

29 de junio de 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 29

Un banquete con danzas élficas

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Cuando Geniev salió de la tienda, no guardaba esperanzas de pasarla bien, ni aunque estuviera acompañado por Ecthelion y Barahir. Era ya de noche, y el olor del campamento le llegó como una mezcla de comidas y resina de antorchas que le repugnaba. Además, ni siquiera la presencia de sus rubios amigos iba  impedir que Rúmil insistiera en sacarle a bailar. Legolas le había dicho que aceptar, solo una pieza, en nada le comprometía, pero Geniev temía dos cosas: darle esperanzas al elfo ante su concesión, porque él no pensaba corresponder a sus deseos ni en mil años, y alejar de si a los nuevos amigos, que estarían encantados de ser los favoritos del bastardo del Rey, pero no habían olvidado sus suspicacias.
 
Además, Geniev no entendía que Rúmil, quien podía tener a el que quisiera entre mortales e inmortales desde las riberas del río Gilrain hasta las del Poros, le cortejara a él, Geniev el Fantasma de Fornost. El elfo del Bosque Dorado conocía lo suficiente a Trancos para saber que Geniev no era su hijo. Y estaba entre los pocos que sabían del don del Príncipe Legolas, lo que descartaba un plan a largo plazo de control sobre el trono. ¿Qué otra cosa podía interesarle? Vestido con el sobrio traje gris que correspondía a su rango y cazado de zapatillas con suela delgada, Geniev se sintió casi como una dama y se preguntó -otra vez- si no se habría apresurado al aceptar la oferta de Trancos.
 
Cierto era que no le obligaban a estar así a menudo, que se esperaba también que fuera a la guerra y liderara hombres, pero primero -el Ojo sabría por qué- debía aprender a ser amable con los nobles, incluso con los jovencitos que tendría que arrear en combate. La razón de esta contradictoria actitud  estaba relacionada con que, en Gondor, los nobles no solo se dedicaban a la guerra y se consideraba  una actitud bárbara no poder discutir de poesía o historia en las noches de campamento. Estaba claro para Geniev que, quienes así hablaban, nunca estaban encargados de las guardias o los heridos, o de las trincheras. Planeaba hacer callos en algunas manos en cuanto saliera de la Academia. Pero por ahora no podía decepcionar a sus padres.
 
-Ya estoy listo -anunció a sus amigos, que lo esperaban delante de la tienda.
Ecthelion y Barahir se volvieron y sus ojos se abrieron con asombro. El gesto lo hizo inquietarse.
-¿Algún problema? -no creía haber transgredido la etiqueta, pues el traje lo había mandado a confeccionar Faramir, y Duilin le había vestido personalmente, pero...
-Su Señoría está deslumbrante -explicó Ecthelion y agarró un tirabuzón de su rubio cabello para ponerlo detrás de la oreja. -Disculpe a estos torpes servidores suyos, que no estamos acostumbrados  a ver tanta elegancia.
Geniev se asustó, si estaba demasiado bonito, alguien más que Rúmil podría reunir valor para invitarle a bailar. Suspiró y se preparó para lo inevitable.
-Vamos.
 
Avisado con tiempo del plan de esta merienda campestre, Ecthelion había leído de las antiguas costumbres de la corte de Gondor, cuando todavía tenían familia real que custodiar. El tiempo que pasara a solas con Barahir en el campamento, mientras Duilin vestía al príncipe -ese no tenía reputación que perder-, lo había invertido en instruir a su amigo el campesino en las obligaciones que debían cumplir a partir de ahora. Una de ellas era convertirse en su guardia personal más íntima.
 
A partir de la aceptación tácita de los monarcas en la reunión de la tarde, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin serían las sombras de Geniev hijo de Halabard, el "hijo adoptivo" de Elessar I. En la guerra o la paz, en la cacería o el palacio, uno de los dos estaría siempre a menos de diez pasos de Geniev. Solo le dejarían para asuntos que implicasen intimidad física, y eso tras comprobar la seguridad de las habitaciones donde permanecería el príncipe. En palacio se les asignarían recámaras anexas a las de su señor; en el campamento, se esperaba que durmieran en la tienda contigua; en caso de pernoctar en posadas o edificios donde el séquito estuviera apretado, su lecho estaría a los pies de la cama de Geniev, o delante de la puerta, si él tenía otra compañía. Probarían su comida, sujetarían la rienda de sus caballos o guardarían su correspondencia, según fuera necesario.
 
Mientras Ecthelion le informaba de sus nuevas obligaciones, Barahir se asustaba. Lo de él nunca había sido la elegancia de la corte, poco o nada tenía que ver con los requiebros del lenguaje que desplegaban sus condiscípulos de origen urbano en la Academia. Claro, tenía la suerte de que Geniev tampoco estaba muy hecho a la vida sofisticada de la corte, pero la misma gente que reiría con "las excentricidades" al bastardo real, no dudaría en señalarle con el dedo. Al mismo tiempo, Barahir era consciente de que una persona con sueños tan atormentados como los de Geniev necesitaba amigos. El recuerdo del cuerpo delgado y tembloroso del medio elfo entre sus brazos le decidió.
 
Y con paso decidido caminaron los tres jóvenes hacia el centro del campamento, donde se reunía ya la corte para ver el espectáculo y disfrutar de la cena. Ninguno dijo una palabra, pero Geniev se movía sin mirar el camino, saludando a un lado y otro a las familias nobles que se inclinaban al reconocerle. Los dos rubios le flaqueaban y mantenían el espacio personal del príncipe perfectamente delimitado. Un par de pajes fueron limpiamente empujados por Barahir. Cierto noble que intentó reverenciar a Geniev en mitad del camino recibió un torvo "Dejad paso" de Ecthelion. Llegaron así a la explanada donde se cocían los alimentos de la noche.
 
El fuego estaba repartido en numerosas hogueras de mediano tamaño, sobre ellas se asaban carnes o hervían los calderos. Muchos sirvientes se afanaban de un lado a otro. Alrededor se habían dispuesto los asientos de la corte, de modo que la luz y el calor de los fuegos llegara a todos por igual. En el extremo norte del perímetro, un estrado marcaba el sitio para la familia real y su guardia, el escenario estaba justo al frente, también elevado para que se pudiera ver todo por encima de las cabezas de cocineros, pinches y pajes.
 
Al llegar a la mesa de los reyes, Geniev se sentó al lado del Príncipe Consorte. Para sus edecanes habían dispuesto una mesa más baja delante de la mesa grande. Los tres jóvenes se acomodaron con gestos tensos y sonrisas congeladas. Lo que pareció divertir a Legolas.
 
-Es un placer verles de nuevo, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin. -fueron a levantarse, pero el elfo les detuvo con un gesto. -Como acompañantes de Geniev, están excusados de algunas formalidades, nos veremos a menudo en lo adelante.
Los rubios intercambiaron una mirada, esa era la confirmación de su estatus. Ambos sabían que debían decir algo, pero el miedo y la emoción les ataban la lengua. Geniev intervino en su lugar.
-Ada, estoy muy feliz de que aceptaras mis elecciones. Ahora que ya son mis compañeros oficiales, ¿puedo regresar con ustedes? Seguro aprenden igual con Duilin, en el palacio.
Esa perspectiva asustó un poco a Barahir ¿tener por tutor privado al Caracortada? A su madre no le iba a gustar eso...
-Tu padre ha decidido que te relaciones con tus iguales en la Academia. Les llevarás al combate en poco tiempo y para entonces es necesario que se conozcan. ¿Cómo sino podrás ser estratega?
-Ya se todo lo que necesito de ellos.
-Pero ellos no lo saben todo de ti -repuso Legolas con voz que no admitía réplica. -No te reconocen como su señor. Cuando te obedezcan sin chistar, estarás listo.
Geniev apretó los labios, se notaba que no le hacía feliz la idea, pero asintió.
 
Barahir se sintió aliviado, estaba ya asustado ante la idea de quedarse a vivir en el Palacio y tener por tutor a Duilin. Sin embargo el sentido del decoro, o la simple certeza de que aquella era una discusión inútil, conducían a su Príncipe a dejar el asunto. Debía convencer a Geniev de que la Academia, donde podría imponerse y disfrutar sin la vigilancia estricta de sus Majestades, era el lugar ideal para esos meses. ¿Estaría Ecthelion de su parte? Esperaba que si. No que a su amigo le tentara mucho la vida en campaña, pero dudaba de que le interesara más verse relacionado tan rápido con Duilin y la vida interna de la ciudadela.
 
Un sirviente con librea amarilla le puso delante un cuenco de sopa y Barahir miró a su alrededor para saber cómo debía tomarla. Pero en la mesa nadie estaba prestando atención a la comida, pues sobre el escenario aparecieron los primeros danzantes.
 
Ecthelion lo miraba todo con ojos asombrados: El mantel, la vajilla, las copas, los cuchillos y las cucharas marcados con el árbol. Los sirvientes de alegres libreas amarillas y las gentes que se afanaban junto al fuego, casi desnudos y sudorosos. El modo en que estaban sentados los nobles, con sus tocados y colores distintivos. El orden de los soldados alrededor de las mesas. Quién llevaba armas en su atuendo y quién no. Dónde estaban los catadores y dónde las barricas de vino. La explanada era una fuente de información sobre la corte a la que Geniev lo había lanzado de bruces, no quería dejar escapar nada.
 
Permaneció en silencio durante el intercambio de el Príncipe Consorte y su Príncipe -debía adaptarse pronto a la idea de que tenía un Príncipe directamente sobre su cabeza- porque estaba seguro de que luego, con la ayuda de Barahir, le harían ver que la relativa libertad de la Academia era mucho más ventajosa. Como el ambiente quedo algo tenso, se le ocurrió que elogiar el menú podía ayudar a disipar tensiones -eso hacia la insufrible esposa de su padre, al menos.
 
Entonces se iluminaron las lámparas alineadas a lo largo del escenario y empezó la danza.
 
Pocos de los invitados de esa noche habían visto bailar a los elfos. Aislados y ocupados en la guerra, como habían estado los habitantes de Gondor, ni siquiera sus nobles tenían mucho tiempo para las diversiones. Así que las antiguas costumbres de ocio sofisticado habían caído en desuso. Cuando se hablaba de danzas, en general se pensaba en jigas y lanceros, en bailes de máscaras o algún verso pícaro declamado al ritmo del tamboril mientras la declamadora mostraba sus esbeltas piernas. Nada más sofisticado, nada que no se pudiera aprender de vista mientras se crecía. Esto era otra cosa:
 
Dos seres vestidos de muselina se movían muy despacio, cada uno desde un lado del tablado. Sus claras pieles y trajes blancos tenían un tinte de oro con las luces de las lámparas y las hogueras. Solo se diferenciaban en que una cabellera era oscura y la otra rubia. La pareja parecía flotar en el aire, de lo gráciles que eran sus saltos, estaban hechos acaso de aire, por lo suave de sus encuentros y separaciones. Era una danza de amor, eso todo el mundo podía entenderlo, de un amor vigilado, acaso prohibido. Un ser vestido de rojo y negro irrumpió de pronto en escena y tomó a la figura de rubios cabellos en sus brazos ¿cómo podía alzarle con tal facilidad? Su amante tomo una espada del suelo y se lanzó al rescate, pero el ser alzó la mano y lo detuvo. ¿Un maleficio? Tres veces el héroe se lanzó al ataque, y tres veces fue rechazado por el gesto poderoso. Calló al fin y el de rojo celebró con saltos y pasos complejos mientras mantenía a la figura rubia sobre su cabeza. Entonces ocurrió inaudito: el ser rubio profirió un quejido y escapó de un salto. Abrazó a su amante inerme y, con rostro arrebatado por la locura, se enterró la espada. Pero el dolor no le afectó, sino que fue el malvado quien sintió el filo y calló sin fuerzas. Luego, con un gesto de amor, la persona rubia despertó a la morena y se marcharon.
 
El estallido de un tronco en el fuego hizo despertar a lo espectadores. Todos -soldados, pinches, pajes, nobles- estaban tan asombrados que no sabían como reaccionar. Entonces miraron al Rey, pues si él había encargado esta diversión, él sabría la manera apropiada de responder. Aragorn tardó un poco en darse cuenta de esto, pues estaba consolando a Legolas, que había empezado a llorar en cuanto vio representado el secuestro. Pero decidió usarlo como oportunidad para afianzar la autoridad del Príncipe Consorte.
 
-Esposo, nuestros súbditos quieren saber cómo se responde a una buena danza élfica.
Legolas levantó los ojos, asombrado, y vio a la corte a la espera. Sin dudar, se levantó junto a Aragorn.
-Ha sido un espectáculo magnífico, mis parabienes a los intérpretes -y aplaudió.
 
La mesa real le secundó, y de inmediato la corte imitó la acción, porque no sabían cómo se llamaba esa danza o quién podía moverse así sin apelar a la magia, pero sin dudas era muy bello.
 
El resto de las danzas fueron de naturaleza menos dramática, pero la semilla estaba sembrada. Arwen y Eowyn sonrieron cómplices, pronto tendrían en marcha una Escuela de Danzas en la Colonia de Ithilien y no faltarían fondos para mantenerla.
 
Continuará