8 de agosto de 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 30

Planes y temores
 
"Wise men say, only fools rush in.
But I can't help falling in love with you
Shall I stay? Would it be a sin?
I can't help falling in love with you "
Can't Help Falling in Love (No puedo evitar enamorarme), Luigi Creatore
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Lunes
 
Fred se detuvo delante de la habitación de Aralqua y tocó con fuerza la puerta.
-Despierta, dormilón, nos vamos en cuarenta minutos.
Un gruñido desde el interior le hizo sonreír.
-Aralqua, quiero verte la cara.
La puerta se abrió un poco y le despeinada cabeza del chico apareció.
-Ya estaba despierto ¿sabes?
El padre hizo un ruido de incredulidad.
-Lávate y ve a desayunar.
 
Ya seguro de que su hijo estaba en marcha, Fred regresó a su baño para afeitarse. Anariel lo siguió hasta allí con expresión preocupada.
 
-¿Llevarás a Aralqua a la escuela?
Él la observó a través del espejo mientras se esparcía crema de afeitar la cara.
-¿Qué tiene de extraño?
-La semana pasada prefirió caminar.
Fred se encogió de hombros y mojó la maquinilla en el grifo.
-Hablamos de eso, está arreglado.
Anariel se puso pálida, pero siguió adelante con todo el aplomo que pudo conseguir.
-¿Hablaron? ¿Eso quiere decir que te explicó por qué caminaba hasta la escuela?
Fred volvió a sonreír, esta vez verdaderamente divertido por las vueltas que se esposa daba al asunto.
-¿Acaso no es evidente? Tiene trece años y está enamorado por primera vez. Quería abrir su corazón sin adultos cerca, porque a los trece años los adultos solo existen para estropearlo todo. Bueno, ya tuvo una semana para eso, creo que es suficiente.
-¿Pero te dijo quién era? -insistió Anariel con miedo en la voz.
-Es ese chico de sexto piso, el hijo del escritor, Aranwe Lómendil.
-¿El señor Lómendil es escritor? -ese detalle no lo sabía.
-Ajá. Le he preguntado a Katilina, dice que lloró mucho con su libro "Casa de cristal". ¿Crees que eso es una recomendación?
 
Anariel hizo una mueca incrédula. Katilina Vasilievna tenía un gusto muy "ruso" en narrativa: si los protagonistas no acababan muertos, o algo peor, el relato era poco realista y carente de emociones verdaderas. Pero Anariel tenía la impresión de que el asunto tomaba un derrotero demasiado ligero. Respondió lo mejor que pudo.
 
-Tal vez deberíamos preguntarle a mi amil sobre sus libros.
-Tal vez -asintió él. -Aunque...
-¿Si? -ella se irguió levemente, lista para el ataque.
-Bueno, ese chico debe estar cansado de que le digan lo buen escritor que es su padre, podríamos dejarlo pasar.
 
Anariel volvió a asentir, descolocada. ¿No se suponía que Fred estaría molesto? La mujer guardó silencio durante unos minutos, tratando de ajustar sus expectativas y temores a la nueva información. Sabía que su esposo estaba esperando mientras se afeitaba con tanta lentitud como un joven a punto de ir a su primera cita. No quería ofenderlo, Vana sabía que no, pero tampoco podía quedarse con esa espina en el pecho.
 
Tomó aire y trató de enfrentar el problema.
-No pareces sorprendido.
Él alzó una ceja, interrogante.
-¿No es eso lo que se supone que hacen los chicos de trece años, enamorarse? -volvió a concentrarse en el espejo. -Eso y faltar al colegio para hacer gamberradas, cierto. Tenemos suerte con el nuestro.
Ella bufó, su esposo le estaba dando una lección de evasión coloquial.
-Fred, lo que quiero saber es si estás contento.
 
El pelirrojo dejó la maquinilla en el borde del lavamanos y apretó los labios. Había estado esperando la pregunta desde el inicio de esa torpe conversación, y que Anariel se lo dijera así, por lo claro, dolía. ¿Cuándo se habían transformado en dos extraños? Después de lo de Río, por supuesto. Después de eso, ella nunca volvió a confiar en su capacidad para aceptar la poca importancia que daba su cultura a la orientación sexual. Él creyó que dejar pasar todos los amaneramientos del hijo sería señal de paz suficiente, pero Anariel estaba ciega a la patente homosexualidad de Aralqua porque solo lo veía a él. Suspiró y se giró para hablarle de frente.
 
-Mujer, nunca se está satisfecho con las parejas de los hijos, siempre te parece que no están a la altura, que no son tan inteligentes, tan amables, tan generosos y bellos como tu retoño. Pero ¿qué va a hacer uno? Además, tiene trece años, apenas llevamos seis meses en Arda, y no lo va a dejar embarazado, ¿qué probabilidades hay de que se case con Aranwe? Conocerá un montón de personas más antes de los veinte.
Anariel asintió, y lo abrazó con fuerza.
-Perdóname, Fred -dijo bajito.
Él la separó con suavidad, para poder verle la cara, y secó con sus pulgares un par de lágrimas.
-Tu y yo debimos hablar de esto antes.
Ella asintió y fue a decir algo, pero los golpes en la puerta del baño le interrumpieron.
-¡Papá son las siete veinte! Deja de besarte con mami.
Anariel soltó una carcajada y Fred pusó los ojos en blanco, pero se separaron.
-Le voy a regalar una moto en cuanto tenga licencia -gruñó el hombre antes de abrir la puerta. -La frecuencia con que bese a tu madre no es de tu incumbencia, jovencito.
Aralqua no se amedrentó.
-Lo es cuando me impide llegar a tiempo a la escuela. Voy llamando al elevador. Hasta luego mami -dijo el chico por encima de su hombro.
Fred se giró divertido hacia su esposa.
-¿Te veo para almorzar?
Ella asintió, y se dejó besar con suavidad. El beso se volvió húmedo, demandante, Fred deslizó una mano por la espalda de Anariel y...
-¡Papá, el ascensor!
Se separaron insatisfechos, pero con un brillo alegre en los ojos.
 
Fred Williams tomó el portafolios de pasada y corrió hacia fuera.
 
Anariel caminó despacio hasta la cocina y se sentó en la mesa. Sus sus ojos soñadores fueron indicio más que suficiente para Amil Eala.
 
-¿Se estaban besando en el baño? -inquirió divertida.
Anariel suspiró, su sonrisa podía iluminar toda la estancia.
-Habríamos hecho mucho más si no nos detienen.
La anciana asintió, contenta, y regresó a su desayuno, pero la siguiente frase de su cuarta nossëhini la dejó helada.
-Estoy embarazada.
 
TBC...

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