8 de agosto de 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 31

Tres no es multitud
 
Imladris, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Ellohir contuvo un bostezo y Elladan le sonrió desde el otro lado de la mesa. La celebración del equinoccio era agotadora, pero imprescindible en el calendario festivo de Rivendel. Celebraban el fin de la cosecha y los trabajos de almacenamiento. A partir de ahora, y hasta la primavera, los brazos estarían volcados en las imprescindibles reparaciones de los edificios de la comunidad y la defensa de las fronteras. No que fuese menos agotador -y sin dudas era más peligroso-, solo que tras escardar tantas hierbas de rodillas en los surcos y palear tanto grano en el interior de los silos, cada habitante  estaba ansioso por el cambio.
 
Pero Ellohir estaba agotado, había paleado granos, supervisado cuentas, recuperado aperos de labranza en el campo, y ahora estaba de nuevo en su luna. Todo lo que quería era una cama, una bolsa de agua caliente entre las piernas y los brazos de su esposo alrededor de su torso. Aún así, se obligó a sonreír cuando le preguntaron cierto detalle intrascendente del ya desaparecido Palacio Real de Fornost.
 
-Era una combinación ingeniosa de tonos verde y morado, lo recuerdo bien. Representaba la victoria de la vida sobre el hechizo del Rey Brujo. Un tapiz un poco pesado en mi opinión, pero colgó hasta el último día de la pared norte de la sala de fiestas principal.
 
Lindorië asintió en agradecimiento y siguió charlando con su esposo acerca de los estilos y técnicas de tejido del norte de la Tierra Media. Para ella, se le ocurrió al gemelo, los Valar crearían un gigantesco taller de tejido en las Tierras Imperecederas. De vuelta a su apagado humor, el elfo de ojos color chocolate miró distraído la estancia.
 
Como se trataba de una reunión festiva, Elladan había dispuesto que se despejara el espacio central del gran salón de fiestas de la Casa Grande. Allí estaba la mayoría de la gente joven, para quienes la Fiesta de la Cosecha era aún novedad. Algunas parejas danzaban lentamente -mejor decir que se abrazaban con la melodía como excusa-, otros conversaban mientras bebían hidromel. Para que pajes y cocineros pudieran disfrutar del convite, la comida había sido presentada en grandes mesas a un lado, bajo un fuego suave que mantenía los alimentos a temperatura agradable. De allí cada cual tomaba lo que deseaba. Las mesas eran pequeñas, para seis u ocho comensales, y estaban dispuestas a lo largo de las paredes. Solo la mesa de ellos era de doce sillas, para el Señor de Rivendel, su hermano y los Consejeros principales. Para alivio de los gemelos, su mesa solo estuvo llena hasta que terminaron la oración de agradecimiento, tras lo cual la mayoría se había ido a conversar o bailar.
 
La organización era todo lo informal que podía ser, pero había reglas tácitas, y una de ellas era que el Señor de Rivendel presidía la fiesta hasta la medianoche, así que ahí estaban, charlando y aguantando el sueño. Mientras los jóvenes se manoseaban, como esas chicas de la derecha, o alguien exponía encendidas palabras de amor a un amado renuente, como... Ellohir parpadeó de sorpresa. ¿Ese era...? El sopor se le fue de golpe y tragó en seco.
 
-Voy a buscar cuajada de leche -dijo y se levantó de la mesa.
 
Elladan se sorprendió por el tono en que su esposo hablara, además de que la velocidad a la que se alejaba de la mesa no era nada educada. ¿Se habría molestado por algo? Le siguió con la mirada y, para su asombro e inquietud, vio que no se dirigía a la mesa de las comidas, sino al extremo norte del salón, donde un elfo de cabello castaño tenía acorralado entre sus brazos a...
 
-Necesito un panecillo salado -se excusó, y siguió los pasos de su gemelo.
 
******************
 
Amroth respiró hondo y dedicó una sonrisa forzada a Eruntalon. No sabía cómo actuar y el miedo avanzaba piernas arriba en su cuerpo. ¿Es que este elfo no entendía de sutilezas? Si por lo menos se alejara un poquito.
 
-Creo que eres el elfito más bello de Rivendel. Lo digo en serio, lo sabes ¿verdad? Cuando era más joven, conocí a Lady Arwen y a Legolas, pero tu tienes un perfil exótico, singular. De verdad que no se cómo los elfos de Mirkwood te dejaron escapar. Quiero decir, eres hermano de Maërys. ¿A quién se le ocurre mandarte a cuidar los jardines de Rivendel?
 
¡Oh! Era la tercera variación del mismo argumento en lo que iba de noche. Y Amroth ya no recordaba cuántas veces la había oído desde la primavera. Eruntalon le rondaba desde que se mudara de Mithlond, junto con un contingente de elfos marineros que habían recuperado el interés por la tierra firme tras la toma de poder de los gemelos.
 
Al principio, el avari creyó que sus preguntas sobre el modo de hacer crecer las flores eran parte de las exploraciones del elfo de cabello castaño, pero pronto se dio cuenta de que solo le interesaba estar cerca y hacerse notar con sus desagradables historias de conquistas entre jovencitas mortales a las que dejaba preñadas o elegantes elfitos a los que "les hacía descubrir flexibilidades insospechadas en sus cuerpos". Eruntalon le recordaba a Thranduil, incluso porque algo de ascendencia tenía entre la comunidad, aunque era un recién llegado.
 
El joven avari lo sabía porque, al darse cuenta de lo que el teleri deseaba, se dedicó a escuchar con atención lo que en las cocinas y establos se decía. Resultó ser que era un guerrero valiente y famoso, al cual el Señor de Rivendel había invitado especialmente, para reforzar las fronteras y el entrenamiento de los jóvenes reclutas. Ante tal prospecto, a Amroth ni le pasaba por la mente quejarse, así que, apelando a su entrenamiento como servidor del difunto Thranduil, cerró los labios, dejó correr sus requiebros como lluvia y evitó quedarse a solas con el teleri Eruntalon. Había funcionado por tres estaciones, hasta hoy.
 
No dejaba de ser triste que, justo en un salón lleno de gente, Eruntalon estuviera a punto de lograr sus propósitos. En esta fiesta cada cual estaba en lo suyo y Amroth no veía salidas que pudieran tomarse como amables. Un par de veces había mirado hacia la mesa del Señor, pero los gemelos estaban muy ocupados para fijarse en el sirviente del Jardín de Celebrian.
 
-¿Estás de acuerdo?
Amroth le miró confundido. ¿Con qué se suponía que debía coincidir? Pero los ojos de su pretendiente eran fieros y supo qué respuesta era la correcta aún ignorando por completo la pregunta. Asintió levemente y se ganó una sonrisa satisfecha, lobuna.
-Perfecto, vámonos.
El joven avari se dejó arrastrar hacia una puerta lateral del salón, creyó que nadie se fijaba en ellos.
 
*************
 
Ellohir paró en seco al ver que Eruntalon tomaba de la mano a Amroth para llevarle fuera de la sala de fiestas. Las dos expresiones no podían ser más dispares, el teleri feliz, el avari aterrorizado, pero Amroth no se había resistido y era habitual que las celebraciones de la cosecha terminaran con encuentros sexuales que en nada comprometían. ¿Qué hacer ahora?
 
Elladan llegó a su altura y le puso una mano sobre el hombro.
-Es ahora o nunca.
Ellohir sintió como todo el cuerpo se le envaraba.
-Ahora.
 
Ambos salieron por la puerta más cercana y corrieron a sus habitaciones. Aunque Eruntalon era normalmente razonable, estaría borracho y excitado en su propio territorio, no podían correr riesgos.  Así que los gemelos tomaron un sus dagas y espadas, para mostrar una imagen lo suficientemente clara, que disuadiera al teleri de cualquier intento de resistencia.
 
-Esto es culpa nuestra -rezongó el gemelo mayor mientras se ceñía el cinto. -Si hubiéramos escuchado a Glorfindel...
-Los hubiera no sirven ahora. Fuimos respetuosos, ese teleri no. Es claro que no entendimos los deseos de Amroth, pero vamos a arreglarlo.
 
Se movieron rápidos por las galerías en busca de la recámara de Eruntalon. No podían oír voces, pero si los gemidos llorosos de Amrroth al otro lado. Tras encomendarse a los Valar, Elladan golpeó la puerta con fuerza.
-¿Qué pasa? -la voz era ronca, mezcla de deseo y fastidio.
-Eruntalon, soy Elladan. Hay una partida de orcos atacando, vamos.
 
Se escuchó un golpe fuerte, como de un objeto ¿o cuerpo? lanzado al suelo, y luego pasos apresurados hacia la puerta. Los gemelos respiraron hondo y cuando escucharon al elfo castaño quitar la traba, empujaron al unísono.
 
-¿Qué...?
Pero Eruntalon no tenía su fama por nada, enseguida reaccionó, dio un salto hacia atrás y paró la estocada de Elladan.
-¿Mi señor?
-¿Ahora te acuerdas de que soy tu señor? La Casa del Señor debe ser respetada.
Una sonrisa torcida apareció entonces en los labios del teleri.
-¿Se trata de él? Solo teníais que haberme hablado. Yo lo habría llevado dócilmente a vuestra cama. Es como una oveja, le teme al perro pastor, y obedece. Vino aquí por voluntad propia, ¿sabéis?
Elladan lanzó un golpe de especial fuerza y lo hizo retroceder, lo suficiente como para que Ellohir se colara sin peligro y corriera a donde Amroth gemía hecho un ovillo, en el suelo, junto a la cama.
-No me interesan tus argumentos, ese elfito, hermano de la reina Maërys de Mirkwood, está casi desnudo y con el peinado deshecho, pero no parece molesto por la interrupción. ¿Cómo lo explicas?
-¿Y cómo explicas las ataduras en sus manos? -demandó Ellohir con voz de tormenta.
Pero el teleri tenía suficiente experiencia como para saber que no debía dejarse desconcertar, así que ignoró la demanda del gemelo menor y se concentró en el que le atacaba.
-Mi Señor, os juro que no sabía que deseabais al elfito, nunca me habría puesto en vuestro camino de saberlo.
Elladan sonrió, pero el gesto no le llegó a los ojos.
-Tu no entiendes, orco disfrazado, no se trata de que yo desee a alguien, sino de que tu no puedes tener a nadie contra su voluntad.
 
Elladan dio otro través y Eruntalon levantó la espada para rechazarlo, Ellohir apareció entonces tras él y le rodeó el cuello con una banda de cuero. Por reflejo, el teleri se sacudió, pero su enemigo estaba bien plantado. Eruntalon empezó a toser, soltó el arma y finalmente calló de rodillas. Solo entonces liberaron su garganta. El elfo era lo suficientemente cauteloso como para no intentar moverse mientras sentía el efecto de la asfixia en sus miembros, en su mente.
 
El Señor de Rivendel se dirigió a la cama, donde Amroth lloraba en silencio mientras se cubría el  pecho con los brazos cruzados.
-¿Puedes caminar?
El chico asintió, pero siguió encogido, sin dar señales de querer moverse. Fue Ellohir quien entendió la razón de su inmovilidad y le pasó por encima de los hombros su túnica de gala.
-Gracias -musitó el avari, que se apresuró a meter los brazos y cerrarla.
-Vamos -y el gemelo mayor le ofreció una mano para ayudarle a ponerse en pie.
Aunque se irguió, los temblores no abandonaban su cuerpo, así que Ellohir, le ofreció sus brazos.
-¿Me permites?
 
Por primera vez en la noche, el miedo de los ojos de Amroth cedió paso al asombro. Pero asintió. Cobijado en los fuertes brazos del gemelo menor se permitió sentirse, incluso, seguro, y dejó caer la cabeza en el hombro de su protector.
 
Casi en la galería, Elladan recordó que debía decir algo más al elfo que les contemplaba desde el suelo.
 
-He revocado tu contrato, Eruntalon hijo de Fairë. Ya no te necesito en el Ejército de Rivendel. Puedes quedarte como agricultor o marchar de vuelta al puerto de Mithlond. Has con tu miserable vida lo que quieras, lejos de nosotros.
 
Llegaron sin cruzarse con nadie al cuarto de Amroth. Ellohir fue a dejar el avari en la cama, pero este no quiso soltarlo, así que optó por sentarse y acunarle. Elladan cerró la puerta, se liberó del cinto y sus armas antes de acercarse. Los pasos parecieron alterar al joven, que levantó la cara de prisa, pero al reconocerle su cuerpo se aflojó. Amroth tomó aire, se deshizo del abrazo y quedó sentado en el borde de la cama. Miró alrededor, los objetos familiares de la habitación que le habían asignado desde su llegada le dieron un poco de aplomo. Empezó a hablar en su modo lento y de acentuaciones sorprendentes.
 
-Mi señor, lamento profundamente que discutiera con el capitán Eruntalon por mi.
Elladan rechazó la idea con un gesto.
-No digas tonterías, esto no fue tu culpa. Mi hermano y yo somos los responsables de que el asunto llegara tan lejos, por guardar las formas permitimos que te sacara del salón.
 
Eso descolocó a Amroth. ¿Los gemelos le habían observado en la fiesta? Elladan aprovechó la pausa para acercar una silla y sentarse frente a él.
 
-¿Desde cuando te acosaba?
Amroth enrojeció, pero fue sincero.
-El capitán Eruntalon me dedicó requiebros desde la primavera.
 
Los gemelos intercambiaron miradas de asombro. ¿Desde la primavera? Pero Eruntalon ya había tenido por lo menos tres amantes en Rivendel. Era pura suerte que no se atreviera a atacarle antes.
 
-¡Ay, Amroth! Si tu no querías... -Elladan se detiene y respira hondo, no tenía sentido agredir al chico. Si tu no correspondías a sus deseos, ¿por qué dejaste que te siguiera cortejando?
-Yo soy un criado, él un capitán. No podía quejarme de que me prestara atención.
-No -interviene Ellohir con voz suave. -No es así como funciona, querido Amroth. Él es un elfo y tu también, no tenía ningún derecho a forzar tu compañía.
-Yo no quería... -el avari se muerde los labios.
 
Elladan está a punto de insistir, pero el gemelo menor le hace callar con los ojos y estrecha un poco los hombros del joven. Este se relaja ante el toque y vuelve a hablar con los ojos cerrados. El discurso es apresurado, y alterna palabras del sindarín con el quenya.
 
-Yo no quiero irme de aquí, no puedo. ¿Cómo iba a denunciarle si es más importante que yo, más necesario? Es un capitán de espadas, yo el jardinero tullido de un jardín al que no va nadie. Ustedes me recogieron porque Halladad lo pidió, soy una carga. Nunca osaría molestar al Señor de Rivendel o su hermano con lloriqueos. Es así, yo conozco mi lugar.
Ellohir acarició con la punta de los dedos la mejilla del avari.
-Mírame Amroth -el joven obedeció, y por un instante el elróndida se perdió en sus orbes negras, singulares. -Ahora mira a mi hermano, ¿acaso crees que, por un espadachín más en los cuarteles, alguno de los dos consentiría tu deshonra?
-Yo no tengo honra -responde mecánicamente y los gemelos comprenden que es una frase aprendida. -Soy un sirviente, un tullido. Yo no merezco que ustedes me vigilen desde las ventanas, o que Lord Glorfindel trate de arreglar mi mano. Total, ¿para qué la voy a usar?
-Para cargar a tus bebés -propone Elladan con un hilo de voz.
-De su boca podría creer eso, pero... ¿quién va a querer a un avari usado, tullido y con el pelo de nieve?
Los gemelos responden a coro, sin detenerse a intercambiar una mirada.
-Nosotros.
 
Amroth levanta la cara asombrado, temeroso, pero ve en los ojos verde oscuro de su Señor y en los marrones de Ellohir que el deseo es sincero. Se queda quieto por unos minutos, procesando la información. Luego se mueve un poco y sube los pies a la cama, suspira y se saca la túnica que le prestara el Ellohir para sustituir sus ropas desgarradas. Abre los brazos en gesto de entrega y deja ver el cuerpo hermoso, apenas cubierto por un calzón corto: su piel color marfil -una gota más oscura que los blancos eldars- brilla bajo las bujías como si fuera una estatua animada, el pecho está ligeramente abultado, de un modo que solo alguien con siglos de intimidad junto a un Elegido puede comprender en toda su dimensión. Todo en el gesto de Amroth invita a tomar, pero el Señor de Rivendel sabe muy bien cómo contener el deseo.
 
-No queremos un amante, Amroth.
El chico les mira sin comprender.
-Queremos un esposo -completa Ellohir.
-Pero la Ley Antigua fue olvidada, mi Señor.
Lo gemelos alzan las cejas ante la frase.
-¿Qué sabes tu de la Ley Antigua?
Amroth frunce el ceño, le es difícil explicarse en el idioma de Rivendel, le es difícil hablar de las diferencias entre ellos y él.
-Los avari sabemos que los gemelos no debe separarse. Los eldars lo han olvidado.
-¿Entonces para ti...?
Ellohir se detiene, le cuesta formular esa pregunta sin sentirse vulnerable, pero es un poco tarde para pensar en la vulnerabilidad frente a Amroth ¿cierto?
-Entonces para ti es natural que estemos enlazados.
Amroth se encoje de hombros y les mira sin comprender que se detengan tanto en el asunto.
-Mis Señores son gemelos -y es evidente que, desde su punto de vista, el asunto carece de importancia.
 
Para él, su atarince y sus hermanos era obvio. ¿Qué otra cosa son los gemelos sino una persona en dos cuerpos? ¿A quién se le ocurre que una persona puede casarse con dos personas? Si guardaron silencio fue porque pronto comprendieron que las costumbres de los eldars se habían contaminado demasiado con las de los firimar. Le parecía simplemente triste que los elróndidas tuvieran que ocultar su naturaleza.
 
-Ada nos llamó avaris una vez -rememora Ellohir, pensativo.
 
Y el recuerdo golpea a Elladan de forma casi física, aquel reclamo de Elrond una fría tarde de noviembre del año 1520 de la Tercera Edad del Sol. "¡¿Acaso están locos?! No somos salvajes ni avaris, sino eldars, príncipes entre los primeros nacidos." Luego viene la comprensión:
 
-¿Saben? Creo que ya se por qué se borró toda mención a la Ley Antigua, fue para poder forjar alianzas con los hombres. Incluso creo que Ada y el tío Elros fueron separados para demostrar que era posible vivir... así -y hay un dejo de terror en la voz del gemelo mayor. Es que de repente se le ocurre algo: si su padre hubiera estado más alerta, podría haberles separado de pequeños y entonces...
-Lord Elrond era un medio elfo, y hallar a su indis le mantuvo a flote, pero vuestro segundo Ada...
 
Amroth deja la frase sin terminar, no está bien hablar mal de los muertos. Pero los tres comprenden que, acaso, las desgracias de la parte humana del clan de Elwe Singollo se podrían haber conjurado si sus abuelos no hubieran sacrificado el amor de sus hijos en el altar de la guerra.
 
-Pero entonces mi Estel no existiría -advierte Ellohir, y los gemelos saben no cambiarían por nada haber criado a ese niño que ya es Rey.
-Somos prisioneros de Vaire -asiente el de cabellos de nieve.
-Eso ya no importa -concluye Elladan. -Estamos aquí, los tres, y es muy inapropiado que tengas el pecho descubierto.
El joven acata la orden y empieza a vestirse, pero sus gestos son tristes.
-¿Mis señores no me desean? -se atreve a preguntar cuando aún no se sube las mangas.
 
Por respuesta, Elladan se lanza sobre él. Es un beso violento, un manifiesto de la pasión apenas contenida que late en su interior. Amroth cae hacia atrás y abre la boca sin resistencia, cede y reconoce el poder total del Señor de Rivendel sobre su alma y su cuerpo. Les ama, por supuesto, ese amor nació una mañana de invierno especialmente fría, en un puesto de la frontera occidental de Mirwood, casi setecientos años atrás y ya nada se sintió correcto, justo o verdaderamente hermoso.
 
Elladan abandona sus labios y le sustituye su hermano. Esta caricia es menos agresiva, pero exige de todos modos la rendición. Amroth se deja llevar, su cuerpo reacciona excitado a las fuertes demandas y supone que los gemelos se sienten igual. Ellohir deja sus labios y su lengua delinea las sensibles orejas para dejar una húmeda huella en el cuello.
 
-Soy vuestro -balbucea casi sin aire el avari.
-Sois tan bellos -la voz de Elladan es ronca, es la voz de un animal en celo, y Amroth teme esa voz, teme lo mucho que le gusta. -Podría preñarlos a los dos esta noche.
Amroth levanta la mano derecha en gesto de invitación, pero la visión de sus dedos apenas móviles saca a Elladan del trance.
-Apártate -y une a la orden un brusco tirón del cuerpo de su gemelo. -No va a ser así. ¿Me oyen? -y la fiereza de su mirada intimida incluso a Ellohir. -Amroth merece ser tratado con honor, con respeto.
 
Pero la tentación del cuerpo de marfil que yace ante él es mucha, y se levanta para poder hablar en lugar de desgarrar sus calzones y hacerle gritar. Da unos pasos hasta la ventana de la habitación y cuando se vuelve a mirarles está casi calmado.
 
-Escuchen, el Consejo está considerando la recuperación de la Ley Antigua y reconocer el valor de nuestro enlace. Se que lo aceptarán. Entonces, Amroth, pediremos tu mano a Halladad y Feanor, una vez que acepten, los sanadores certificarán tu virtud y tu fertilidad. Fijaremos una fecha en que puedan venir los reyes de Erys Lasgalen, Lorien y Gondor a ser testigos de nuestra unión. Mientras esperamos, serás cortejado como pocos elfos desde el Primer Despertar -Elladan se acerca con expresión soñadora y vuelve a sentarse en el borde de la cama, entre sus amados. -Un día de verano, serás bañado con esencia de lissuin al amanecer, y caminarás desde tu habitación hasta la  capilla de nuestra casa con el rostro velado y los ojos bajos. Ellohir y yo habremos pronunciado nuestros votos de hermanamiento, estaremos esperando por ti. Yo retiraré el velo de tu rostro y pondré un collar de perlas y mytril en tu cuello: serás nuestro indis, y esa noche pondré mi semilla en vuestros vientres, pero no antes. Esperemos un poco más -y los abraza con ternura, con miedo.
 
De nuevo Amroth está sobrepasado por los acontecimientos. No sabe qué hacer, cómo responder o comportarse. Desde que llegó a la sombra de Mirkwood y Thranduil puso sus ojos en él, aprendió a obedecer. Como el rey conocía los límites del decoro, él solo debía dejarse usar. Desde aquel encuentro en el puesto fronterizo, cuando posó sus ojos en los gemelos, fantaseó con que los noldor le llevaran lejos, a conocer el resto de la Tierra Media y escaparía del Rey silvano. Nunca como un igual, por supuesto: Amroth se sabía esclavo, pero amando a sus señores, supuso, las cosas que debía cumplir ya no serían odiosas.
 
-Mi Señor, yo no necesito un collar de indis a cambio de lo que ya es tuyo -reclama Amroth con ojos ofendidos.
Ellohir sonríe, reconoce en el reclamo del joven la misma pasión ingenua que les moviera siglos atrás.
Pero Elladan sabe que tiene la razón. Deben usar su poder para cuidarle, o no serán muy diferentes de quienes quisieron abusar de él antes.
-¿Acaso yo dudo de tu amor? -se ríe y le acaricia el pelo. -Es que no solo te amo a ti, también amo a Ellohir y a los hijos que me darán, por eso haremos las cosas con cautela.  
Amroth asiente, incapaz de cuestionar a su señor. Pero allí, en lo profundo de sus ojos grandes y negros, hay un chispazo de tristeza. Ellohir lo ve y sabe que no avanzarán en su relación si todas las diferencias se solucionan por la sumisión del joven a las órdenes de ambos. Por eso gatea por el lecho hasta sentarse junto al elfo de cabellos de nieve y levanta su mentón, de modo que al hablarle  se miran de frente.
-Amroth, ¿estás consciente de que no somos elfos simples del campo, sino principales, dadores de la justicia ante nuestro pueblo? Aún cuando nuestros votos sean puros y tu confíes en ello, sembrar tu vientre, siquiera entrar en tu cuerpo antes de que nuestra unión sea consagrada ante los valar, pondrá en entredicho el linaje de tus bebés. Tu no quieres eso, ¿verdad?
 
El avari se sonroja, lo que hace que su piel tome un tono de canela absolutamente inusual entre los primeros nacidos. Al negar con la cabeza, se muerde los labios y vuelve a bajar los ojos. El gesto es tan tierno que los gemelos sienten cómo el deseo renace en sus cuerpos, y ambos reprimen la idea con la misma velocidad.
 
-Mis señores quieren que los bebés del sirviente tengan linaje. Yo obedeceré, mi bebés serán hijos de Elladan y Ellohir, los Señores del Valle de Imladris.
–Quiero honrarte, Amroth, hijo de Maedros y Curufinwë –dice Elladan con un susurro. –Quiero que compartas con nosotros el trono, que seas nuestro compañero ante los ojos del mundo. Quiero que tus hijos tengan un atarincë y un atar, un linaje y una heredad incuestionable, nadie te acusará de ser una lótëima hrávëllo, nadie llamará bastardos a mis hijos. Eso quiero yo, Señor de Imladris.
 
Ellohir se inclina entonces y deposita un beso breve en el vientre de su amado.
 
TBC...
 
Palabras quenya utilizadas:
 
Atar: "padre" (SA; WJ:402, UT:193); Atarinya "mi padre" (LR:70). Diminutivo Atarincë /Atarinkë/ "Papaíto" (PM:353)
Hrávëllo: "de la carne" > {Hrávë "carne" (MR:349)} + {-llo terminación de ablativo, "de"} + Lótëima: "como una flor" > {lótë "flor"} + {-ima sufijo adjetival} = Flor de la Carne
Indis: "esposa" (UT:8)
 

EN BUSCA DE UN SUEÑO 30

Planes y temores
 
"Wise men say, only fools rush in.
But I can't help falling in love with you
Shall I stay? Would it be a sin?
I can't help falling in love with you "
Can't Help Falling in Love (No puedo evitar enamorarme), Luigi Creatore
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Lunes
 
Fred se detuvo delante de la habitación de Aralqua y tocó con fuerza la puerta.
-Despierta, dormilón, nos vamos en cuarenta minutos.
Un gruñido desde el interior le hizo sonreír.
-Aralqua, quiero verte la cara.
La puerta se abrió un poco y le despeinada cabeza del chico apareció.
-Ya estaba despierto ¿sabes?
El padre hizo un ruido de incredulidad.
-Lávate y ve a desayunar.
 
Ya seguro de que su hijo estaba en marcha, Fred regresó a su baño para afeitarse. Anariel lo siguió hasta allí con expresión preocupada.
 
-¿Llevarás a Aralqua a la escuela?
Él la observó a través del espejo mientras se esparcía crema de afeitar la cara.
-¿Qué tiene de extraño?
-La semana pasada prefirió caminar.
Fred se encogió de hombros y mojó la maquinilla en el grifo.
-Hablamos de eso, está arreglado.
Anariel se puso pálida, pero siguió adelante con todo el aplomo que pudo conseguir.
-¿Hablaron? ¿Eso quiere decir que te explicó por qué caminaba hasta la escuela?
Fred volvió a sonreír, esta vez verdaderamente divertido por las vueltas que se esposa daba al asunto.
-¿Acaso no es evidente? Tiene trece años y está enamorado por primera vez. Quería abrir su corazón sin adultos cerca, porque a los trece años los adultos solo existen para estropearlo todo. Bueno, ya tuvo una semana para eso, creo que es suficiente.
-¿Pero te dijo quién era? -insistió Anariel con miedo en la voz.
-Es ese chico de sexto piso, el hijo del escritor, Aranwe Lómendil.
-¿El señor Lómendil es escritor? -ese detalle no lo sabía.
-Ajá. Le he preguntado a Katilina, dice que lloró mucho con su libro "Casa de cristal". ¿Crees que eso es una recomendación?
 
Anariel hizo una mueca incrédula. Katilina Vasilievna tenía un gusto muy "ruso" en narrativa: si los protagonistas no acababan muertos, o algo peor, el relato era poco realista y carente de emociones verdaderas. Pero Anariel tenía la impresión de que el asunto tomaba un derrotero demasiado ligero. Respondió lo mejor que pudo.
 
-Tal vez deberíamos preguntarle a mi amil sobre sus libros.
-Tal vez -asintió él. -Aunque...
-¿Si? -ella se irguió levemente, lista para el ataque.
-Bueno, ese chico debe estar cansado de que le digan lo buen escritor que es su padre, podríamos dejarlo pasar.
 
Anariel volvió a asentir, descolocada. ¿No se suponía que Fred estaría molesto? La mujer guardó silencio durante unos minutos, tratando de ajustar sus expectativas y temores a la nueva información. Sabía que su esposo estaba esperando mientras se afeitaba con tanta lentitud como un joven a punto de ir a su primera cita. No quería ofenderlo, Vana sabía que no, pero tampoco podía quedarse con esa espina en el pecho.
 
Tomó aire y trató de enfrentar el problema.
-No pareces sorprendido.
Él alzó una ceja, interrogante.
-¿No es eso lo que se supone que hacen los chicos de trece años, enamorarse? -volvió a concentrarse en el espejo. -Eso y faltar al colegio para hacer gamberradas, cierto. Tenemos suerte con el nuestro.
Ella bufó, su esposo le estaba dando una lección de evasión coloquial.
-Fred, lo que quiero saber es si estás contento.
 
El pelirrojo dejó la maquinilla en el borde del lavamanos y apretó los labios. Había estado esperando la pregunta desde el inicio de esa torpe conversación, y que Anariel se lo dijera así, por lo claro, dolía. ¿Cuándo se habían transformado en dos extraños? Después de lo de Río, por supuesto. Después de eso, ella nunca volvió a confiar en su capacidad para aceptar la poca importancia que daba su cultura a la orientación sexual. Él creyó que dejar pasar todos los amaneramientos del hijo sería señal de paz suficiente, pero Anariel estaba ciega a la patente homosexualidad de Aralqua porque solo lo veía a él. Suspiró y se giró para hablarle de frente.
 
-Mujer, nunca se está satisfecho con las parejas de los hijos, siempre te parece que no están a la altura, que no son tan inteligentes, tan amables, tan generosos y bellos como tu retoño. Pero ¿qué va a hacer uno? Además, tiene trece años, apenas llevamos seis meses en Arda, y no lo va a dejar embarazado, ¿qué probabilidades hay de que se case con Aranwe? Conocerá un montón de personas más antes de los veinte.
Anariel asintió, y lo abrazó con fuerza.
-Perdóname, Fred -dijo bajito.
Él la separó con suavidad, para poder verle la cara, y secó con sus pulgares un par de lágrimas.
-Tu y yo debimos hablar de esto antes.
Ella asintió y fue a decir algo, pero los golpes en la puerta del baño le interrumpieron.
-¡Papá son las siete veinte! Deja de besarte con mami.
Anariel soltó una carcajada y Fred pusó los ojos en blanco, pero se separaron.
-Le voy a regalar una moto en cuanto tenga licencia -gruñó el hombre antes de abrir la puerta. -La frecuencia con que bese a tu madre no es de tu incumbencia, jovencito.
Aralqua no se amedrentó.
-Lo es cuando me impide llegar a tiempo a la escuela. Voy llamando al elevador. Hasta luego mami -dijo el chico por encima de su hombro.
Fred se giró divertido hacia su esposa.
-¿Te veo para almorzar?
Ella asintió, y se dejó besar con suavidad. El beso se volvió húmedo, demandante, Fred deslizó una mano por la espalda de Anariel y...
-¡Papá, el ascensor!
Se separaron insatisfechos, pero con un brillo alegre en los ojos.
 
Fred Williams tomó el portafolios de pasada y corrió hacia fuera.
 
Anariel caminó despacio hasta la cocina y se sentó en la mesa. Sus sus ojos soñadores fueron indicio más que suficiente para Amil Eala.
 
-¿Se estaban besando en el baño? -inquirió divertida.
Anariel suspiró, su sonrisa podía iluminar toda la estancia.
-Habríamos hecho mucho más si no nos detienen.
La anciana asintió, contenta, y regresó a su desayuno, pero la siguiente frase de su cuarta nossëhini la dejó helada.
-Estoy embarazada.
 
TBC...

29 de junio de 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 29

Un banquete con danzas élficas

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Cuando Geniev salió de la tienda, no guardaba esperanzas de pasarla bien, ni aunque estuviera acompañado por Ecthelion y Barahir. Era ya de noche, y el olor del campamento le llegó como una mezcla de comidas y resina de antorchas que le repugnaba. Además, ni siquiera la presencia de sus rubios amigos iba  impedir que Rúmil insistiera en sacarle a bailar. Legolas le había dicho que aceptar, solo una pieza, en nada le comprometía, pero Geniev temía dos cosas: darle esperanzas al elfo ante su concesión, porque él no pensaba corresponder a sus deseos ni en mil años, y alejar de si a los nuevos amigos, que estarían encantados de ser los favoritos del bastardo del Rey, pero no habían olvidado sus suspicacias.
 
Además, Geniev no entendía que Rúmil, quien podía tener a el que quisiera entre mortales e inmortales desde las riberas del río Gilrain hasta las del Poros, le cortejara a él, Geniev el Fantasma de Fornost. El elfo del Bosque Dorado conocía lo suficiente a Trancos para saber que Geniev no era su hijo. Y estaba entre los pocos que sabían del don del Príncipe Legolas, lo que descartaba un plan a largo plazo de control sobre el trono. ¿Qué otra cosa podía interesarle? Vestido con el sobrio traje gris que correspondía a su rango y cazado de zapatillas con suela delgada, Geniev se sintió casi como una dama y se preguntó -otra vez- si no se habría apresurado al aceptar la oferta de Trancos.
 
Cierto era que no le obligaban a estar así a menudo, que se esperaba también que fuera a la guerra y liderara hombres, pero primero -el Ojo sabría por qué- debía aprender a ser amable con los nobles, incluso con los jovencitos que tendría que arrear en combate. La razón de esta contradictoria actitud  estaba relacionada con que, en Gondor, los nobles no solo se dedicaban a la guerra y se consideraba  una actitud bárbara no poder discutir de poesía o historia en las noches de campamento. Estaba claro para Geniev que, quienes así hablaban, nunca estaban encargados de las guardias o los heridos, o de las trincheras. Planeaba hacer callos en algunas manos en cuanto saliera de la Academia. Pero por ahora no podía decepcionar a sus padres.
 
-Ya estoy listo -anunció a sus amigos, que lo esperaban delante de la tienda.
Ecthelion y Barahir se volvieron y sus ojos se abrieron con asombro. El gesto lo hizo inquietarse.
-¿Algún problema? -no creía haber transgredido la etiqueta, pues el traje lo había mandado a confeccionar Faramir, y Duilin le había vestido personalmente, pero...
-Su Señoría está deslumbrante -explicó Ecthelion y agarró un tirabuzón de su rubio cabello para ponerlo detrás de la oreja. -Disculpe a estos torpes servidores suyos, que no estamos acostumbrados  a ver tanta elegancia.
Geniev se asustó, si estaba demasiado bonito, alguien más que Rúmil podría reunir valor para invitarle a bailar. Suspiró y se preparó para lo inevitable.
-Vamos.
 
Avisado con tiempo del plan de esta merienda campestre, Ecthelion había leído de las antiguas costumbres de la corte de Gondor, cuando todavía tenían familia real que custodiar. El tiempo que pasara a solas con Barahir en el campamento, mientras Duilin vestía al príncipe -ese no tenía reputación que perder-, lo había invertido en instruir a su amigo el campesino en las obligaciones que debían cumplir a partir de ahora. Una de ellas era convertirse en su guardia personal más íntima.
 
A partir de la aceptación tácita de los monarcas en la reunión de la tarde, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin serían las sombras de Geniev hijo de Halabard, el "hijo adoptivo" de Elessar I. En la guerra o la paz, en la cacería o el palacio, uno de los dos estaría siempre a menos de diez pasos de Geniev. Solo le dejarían para asuntos que implicasen intimidad física, y eso tras comprobar la seguridad de las habitaciones donde permanecería el príncipe. En palacio se les asignarían recámaras anexas a las de su señor; en el campamento, se esperaba que durmieran en la tienda contigua; en caso de pernoctar en posadas o edificios donde el séquito estuviera apretado, su lecho estaría a los pies de la cama de Geniev, o delante de la puerta, si él tenía otra compañía. Probarían su comida, sujetarían la rienda de sus caballos o guardarían su correspondencia, según fuera necesario.
 
Mientras Ecthelion le informaba de sus nuevas obligaciones, Barahir se asustaba. Lo de él nunca había sido la elegancia de la corte, poco o nada tenía que ver con los requiebros del lenguaje que desplegaban sus condiscípulos de origen urbano en la Academia. Claro, tenía la suerte de que Geniev tampoco estaba muy hecho a la vida sofisticada de la corte, pero la misma gente que reiría con "las excentricidades" al bastardo real, no dudaría en señalarle con el dedo. Al mismo tiempo, Barahir era consciente de que una persona con sueños tan atormentados como los de Geniev necesitaba amigos. El recuerdo del cuerpo delgado y tembloroso del medio elfo entre sus brazos le decidió.
 
Y con paso decidido caminaron los tres jóvenes hacia el centro del campamento, donde se reunía ya la corte para ver el espectáculo y disfrutar de la cena. Ninguno dijo una palabra, pero Geniev se movía sin mirar el camino, saludando a un lado y otro a las familias nobles que se inclinaban al reconocerle. Los dos rubios le flaqueaban y mantenían el espacio personal del príncipe perfectamente delimitado. Un par de pajes fueron limpiamente empujados por Barahir. Cierto noble que intentó reverenciar a Geniev en mitad del camino recibió un torvo "Dejad paso" de Ecthelion. Llegaron así a la explanada donde se cocían los alimentos de la noche.
 
El fuego estaba repartido en numerosas hogueras de mediano tamaño, sobre ellas se asaban carnes o hervían los calderos. Muchos sirvientes se afanaban de un lado a otro. Alrededor se habían dispuesto los asientos de la corte, de modo que la luz y el calor de los fuegos llegara a todos por igual. En el extremo norte del perímetro, un estrado marcaba el sitio para la familia real y su guardia, el escenario estaba justo al frente, también elevado para que se pudiera ver todo por encima de las cabezas de cocineros, pinches y pajes.
 
Al llegar a la mesa de los reyes, Geniev se sentó al lado del Príncipe Consorte. Para sus edecanes habían dispuesto una mesa más baja delante de la mesa grande. Los tres jóvenes se acomodaron con gestos tensos y sonrisas congeladas. Lo que pareció divertir a Legolas.
 
-Es un placer verles de nuevo, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin. -fueron a levantarse, pero el elfo les detuvo con un gesto. -Como acompañantes de Geniev, están excusados de algunas formalidades, nos veremos a menudo en lo adelante.
Los rubios intercambiaron una mirada, esa era la confirmación de su estatus. Ambos sabían que debían decir algo, pero el miedo y la emoción les ataban la lengua. Geniev intervino en su lugar.
-Ada, estoy muy feliz de que aceptaras mis elecciones. Ahora que ya son mis compañeros oficiales, ¿puedo regresar con ustedes? Seguro aprenden igual con Duilin, en el palacio.
Esa perspectiva asustó un poco a Barahir ¿tener por tutor privado al Caracortada? A su madre no le iba a gustar eso...
-Tu padre ha decidido que te relaciones con tus iguales en la Academia. Les llevarás al combate en poco tiempo y para entonces es necesario que se conozcan. ¿Cómo sino podrás ser estratega?
-Ya se todo lo que necesito de ellos.
-Pero ellos no lo saben todo de ti -repuso Legolas con voz que no admitía réplica. -No te reconocen como su señor. Cuando te obedezcan sin chistar, estarás listo.
Geniev apretó los labios, se notaba que no le hacía feliz la idea, pero asintió.
 
Barahir se sintió aliviado, estaba ya asustado ante la idea de quedarse a vivir en el Palacio y tener por tutor a Duilin. Sin embargo el sentido del decoro, o la simple certeza de que aquella era una discusión inútil, conducían a su Príncipe a dejar el asunto. Debía convencer a Geniev de que la Academia, donde podría imponerse y disfrutar sin la vigilancia estricta de sus Majestades, era el lugar ideal para esos meses. ¿Estaría Ecthelion de su parte? Esperaba que si. No que a su amigo le tentara mucho la vida en campaña, pero dudaba de que le interesara más verse relacionado tan rápido con Duilin y la vida interna de la ciudadela.
 
Un sirviente con librea amarilla le puso delante un cuenco de sopa y Barahir miró a su alrededor para saber cómo debía tomarla. Pero en la mesa nadie estaba prestando atención a la comida, pues sobre el escenario aparecieron los primeros danzantes.
 
Ecthelion lo miraba todo con ojos asombrados: El mantel, la vajilla, las copas, los cuchillos y las cucharas marcados con el árbol. Los sirvientes de alegres libreas amarillas y las gentes que se afanaban junto al fuego, casi desnudos y sudorosos. El modo en que estaban sentados los nobles, con sus tocados y colores distintivos. El orden de los soldados alrededor de las mesas. Quién llevaba armas en su atuendo y quién no. Dónde estaban los catadores y dónde las barricas de vino. La explanada era una fuente de información sobre la corte a la que Geniev lo había lanzado de bruces, no quería dejar escapar nada.
 
Permaneció en silencio durante el intercambio de el Príncipe Consorte y su Príncipe -debía adaptarse pronto a la idea de que tenía un Príncipe directamente sobre su cabeza- porque estaba seguro de que luego, con la ayuda de Barahir, le harían ver que la relativa libertad de la Academia era mucho más ventajosa. Como el ambiente quedo algo tenso, se le ocurrió que elogiar el menú podía ayudar a disipar tensiones -eso hacia la insufrible esposa de su padre, al menos.
 
Entonces se iluminaron las lámparas alineadas a lo largo del escenario y empezó la danza.
 
Pocos de los invitados de esa noche habían visto bailar a los elfos. Aislados y ocupados en la guerra, como habían estado los habitantes de Gondor, ni siquiera sus nobles tenían mucho tiempo para las diversiones. Así que las antiguas costumbres de ocio sofisticado habían caído en desuso. Cuando se hablaba de danzas, en general se pensaba en jigas y lanceros, en bailes de máscaras o algún verso pícaro declamado al ritmo del tamboril mientras la declamadora mostraba sus esbeltas piernas. Nada más sofisticado, nada que no se pudiera aprender de vista mientras se crecía. Esto era otra cosa:
 
Dos seres vestidos de muselina se movían muy despacio, cada uno desde un lado del tablado. Sus claras pieles y trajes blancos tenían un tinte de oro con las luces de las lámparas y las hogueras. Solo se diferenciaban en que una cabellera era oscura y la otra rubia. La pareja parecía flotar en el aire, de lo gráciles que eran sus saltos, estaban hechos acaso de aire, por lo suave de sus encuentros y separaciones. Era una danza de amor, eso todo el mundo podía entenderlo, de un amor vigilado, acaso prohibido. Un ser vestido de rojo y negro irrumpió de pronto en escena y tomó a la figura de rubios cabellos en sus brazos ¿cómo podía alzarle con tal facilidad? Su amante tomo una espada del suelo y se lanzó al rescate, pero el ser alzó la mano y lo detuvo. ¿Un maleficio? Tres veces el héroe se lanzó al ataque, y tres veces fue rechazado por el gesto poderoso. Calló al fin y el de rojo celebró con saltos y pasos complejos mientras mantenía a la figura rubia sobre su cabeza. Entonces ocurrió inaudito: el ser rubio profirió un quejido y escapó de un salto. Abrazó a su amante inerme y, con rostro arrebatado por la locura, se enterró la espada. Pero el dolor no le afectó, sino que fue el malvado quien sintió el filo y calló sin fuerzas. Luego, con un gesto de amor, la persona rubia despertó a la morena y se marcharon.
 
El estallido de un tronco en el fuego hizo despertar a lo espectadores. Todos -soldados, pinches, pajes, nobles- estaban tan asombrados que no sabían como reaccionar. Entonces miraron al Rey, pues si él había encargado esta diversión, él sabría la manera apropiada de responder. Aragorn tardó un poco en darse cuenta de esto, pues estaba consolando a Legolas, que había empezado a llorar en cuanto vio representado el secuestro. Pero decidió usarlo como oportunidad para afianzar la autoridad del Príncipe Consorte.
 
-Esposo, nuestros súbditos quieren saber cómo se responde a una buena danza élfica.
Legolas levantó los ojos, asombrado, y vio a la corte a la espera. Sin dudar, se levantó junto a Aragorn.
-Ha sido un espectáculo magnífico, mis parabienes a los intérpretes -y aplaudió.
 
La mesa real le secundó, y de inmediato la corte imitó la acción, porque no sabían cómo se llamaba esa danza o quién podía moverse así sin apelar a la magia, pero sin dudas era muy bello.
 
El resto de las danzas fueron de naturaleza menos dramática, pero la semilla estaba sembrada. Arwen y Eowyn sonrieron cómplices, pronto tendrían en marcha una Escuela de Danzas en la Colonia de Ithilien y no faltarían fondos para mantenerla.
 
Continuará

25 de agosto de 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 28

Aspirante a narrador es interrumpido por la realidad

"El hambre, el miedo y la libido son los tres motores de la conducta, las pulsiones más básicas e irreductibles de todos los animales, incluidos los racionales. Y en consecuencia, todas las sociedades, todas las culturas, se articulan alrededor de estos tres polos. Conseguir comida, protección y sexo son nuestros objetivos prioritarios, y una organización social es, ante todo, un intento de garantizar y regular la satisfacción de estas necesidades primordiales."
Carlo Frabetti


Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol

1


G  dejó a un lado la pluma y releyó el fragmento con cuidado. ¿Había sido así? Sus recuerdos de esa noche no eran, en verdad, suyos, sino el pastiche de las sucesivas versiones que los dos protagonistas dieran a lo largo de los años. Había revisado las cartas y el Diario para estar seguro, pero mucho del diálogo se lo había inventado. La elección de las palabras estaba hecha considerando los talantes de ambos jóvenes, el modo hábil que tenían de herirse en lo hondo a la primera estocada. Después de pensarlo un poco, decidió que si, que esa versión se quedaría, al menos para esta primera vuelta, por lo que dobló el pliego de papel con cuidado y lo tituló “Geometría imaginaria” antes de ocultarlo en una de las gavetas del secreter.

Regresó a su mesa de trabajo y revisó la correspondencia con desgana. Había asuntos acumulados, pero la inquietud no le permitía concentrarse… y esa punzada en el bajo vientre. Conocía esa punzada, mala señal… ¿o buena? Llevaba un tiempo demasiado largo esperando que su organismo se recuperase y ahora solo podía pensar en los inconvenientes. Curvó los labios en una sonrisa triste mientras evocaba.

–¿Por qué tuviste que ordenarme vivir? –susurró en haradrim, y continuó alternando el oestron y el élfico. –Melda, guardián de mi espíritu, debí seguirles a lo profundo. Ananta eres anarinya en el cielo de mis ojos y juré obediencia.

Una lágrima se escurrió por su mejilla y cerró los ojos. No le sentaba recordar, reconoció por milésima vez. Todo esto no era más que una polvareda que amenazaba con asfixiarle. Pero debía hacerse, lo sabía, lo sentía, lo olía. Respiró fuerte, limpió el surco húmedo y se irguió.

Ante él estaba el informe del departamento legal sobre el proyecto de coproducción con New Line Cinema. ¡El Ojo quemara la simiente de los banqueros! Canalizar por medios legales los fondos de la nobleza –joyas, armaduras, manuscritos iluminados– y mantener la intimidad era un problema desde que los capitalistas se dedicaban a fingirse honestos a costa de los ahorristas. Muchos estaban dispuestos a poner oro –literalmente– en la idea de Jackson, pero cómo  hacer legal ese oro sin perder dinero o descubrir secretos era un laberinto. Por suerte, la Sociedad Moriquendi tenía una abasta red de miembros en el orbe. Las piezas del tesoro que se usarían para que el Consejo de Audiovisuales de Arda financiara el cincuenta por ciento de las tres películas de “El señor de los Anillos” aparecerían poco a poco en distintos lugares del mundo, debidamente tazadas y documentadas.

Una de las posibles complicaciones sería crear una saturación en el mercado de antigüedades y joyas ardenses que desplomara los precios. Pero no, ese era un escenario remoto en un sector de carencia crónica, carencia con la que se beneficiaban coleccionistas, investigadores, casas de subasta, especuladores y propietarios de viejos tesoros. Aunque aparecieran las copas con que intentaron envenenar a Eldarión VI  y seis meses después el sudario de San Félix, los precios seguirían por el cielo, por el simple hecho de que el mercado estaba lejos de saturarse tras veinte años sin que aparecieran piezas nuevas de valor significativo.

Después estaba el escueto informe de Bolg Osgiliath sobre la llegada de la caravana a la Comunidad. Lindir estaba sano, gracias a los sanadores y a Mardil. A G le llamó la atención que el viejo dedicara a Mardil tanto espacio, obviamente trataba de compensar ante si mismo las duras recriminaciones que antes dedicara al yerno. G sonrío, divertido, a Bolg nunca se le habían dado las sutilezas.

Lo siguiente era la lista de invitados a la fiesta que organizaba Lothiriel para que conociera oficialmente a Ivana, la prometida del príncipe John. Solo la familia, había sido la consigna, pero cuando se habla en el lenguaje de clanes nobles… Las cuatro casas reales de Arda estarían presentes: Gondor y Rohan porque no se puede excluir a los primos, Rhovanion porque la amabilidad es imprescindible y Harad, para tener a quién humillar si la fiesta se pone demasiado aburrida. Pero Boris estaría allí, y en ese caso…

Hizo una nota:

Encargar vestido de gala para la Princesa de Ered Lithui. Mandar a limpiar las joyas de la Corona de Harad.

Después se detuvo a pensar en su propia presencia allí. Como siempre, Lady Finduilas y sus compinches tratarían de meter en su cama a alguno de los miembros de la nueva generación. Por lo menos, después del episodio de Gunter siempre eran nobles de conocida trayectoria, no advenedizos de oportuna aparición. Pero enredarse con los miembros del ejército del Oeste siempre había  generado en G la impresión de que cometía incesto.

¿Acaso alguno de ellos podría decirle que no había heredado este lunar de Igrania, la forma del mentón de Beren, o el pulgar demasiado largo de Eumud? Al principio tenía gracia: buscar en esas variaciones sistemáticas la única cara que nunca regresaría. Pero poco a poco la diversión dio paso al hastío y el hastío al aburrimiento. Estaba demasiado ocupado este año para jugar a no-te-seduzco-por-mucho-que-insista-tu-madre, así que entraría con el cañón de lo obvio.

Escribió la segunda orden del día:

Igor debe concurrir a la fiesta en traje a juego con el mío, pero de color azul cielo.

Eso debía bastar.

Luego se le ocurrió que la familia de su secretario podría ofenderse… bueno, eso era problema de Igor. Él solo le preocuparía si el mismo Igor se negara a usarlo.


2

–… Entonces el caballero levantó su espada y la clavó en el cuello del dragón. La bestia, al sentir el pinchazo, sacudió la cabeza. El caballero soportó colgado del pomo de su espada hasta que un tirón especialmente fuerte le permitió saltar…
–Papá.

Fred miró a su hijo con sorpresa. Aralqua le había interrumpido en la mejor parte del relato. Cierto que un niño de casi trece años no necesitaba cuentos para dormir, pero él aprovechaba cualquier oportunidad para que conversaran y repasar el inglés.

–Dime hijo.
–Papá, ¿tu crees que el caballero era norteamericano?
El hombre pestañeó asombrado, pero se sintió un tanto orgulloso también.
–¿Norteamericano? No. Los Estados Unidos no existían en esa época, Aralqua. Los caballeros andantes son personas del medioevo, y tú sabes que América fue descubierta en 1492.
El chico meditó la respuesta, con expresión contrariada. Y volvió a la carga.
–¿Entonces podría haber sido ardense?
–Supongo… tendrías que preguntarle a tu abuela o buscar en la biblioteca de la escuela. Después me puedes contar si había caballeros ardenses.

Fred sonrió satisfecho de cómo había resuelto el asunto. Era firme su convicción de que no se debe fingir conocimiento de todo ante los hijos, sino animarles a buscar por si mismos y compartir sus descubrimientos.

Observó con atención a su hijo. Sabía que esa interrupción tenía razones más profundas porque desde hacía varios días –en concreto, desde el día del fracaso en la presentación de las recomendaciones sobre la educación– estaba inquieto, y evitaba quedarse a solas con él. Una semana llevaba ya que hacía las tareas con Aranwe en su cuarto y se iba a la escuela caminando. No que Fred temiera por la seguridad del chico, la zona de Tirith Osto donde vivían era muy segura y, en general, los cacos ardenses respetaban a los menores de edad. Pero era inusual por la naturaleza presumida de Aralqua, que siempre había disfrutado la leve envidia que generaran los hermosos autos que le asignaba el Banco Mundial.

–Bueno, ya basta de cuentos por hoy. Son casi las diez, es hora de dormir.
Fred extendió la mano hacia la lamparita de noche, pero su hijo le detuvo con un gesto.
–Papá, ¿yo soy norteamericano?
–Claro, eres mi hijo.
Los ojos de Aralqua se tiñeron de angustia.
–¿Entonces no soy ardense?
–Tranquilo, Aralqua. Eres norteamericano y ardense, porque yo soy norteamericano y tu mamá es ardense. No tienes que elegir hasta que seas mayor de edad y quieras, no se, votar, o postularte a algún cargo político.
–¿Y si no quiero elegir nunca?
–Entonces tendrás que pagar impuestos a tus dos países, pero aparte de eso, no creo que tenga demasiada importancia.
–¿Entonces nos quedaremos a vivir mucho tiempo en esta ciudad? ¿Ya no tendremos que viajar?
–Eso es diferente hijo. Tu sabes que yo debo ir donde el Banco Mundial quiera. Siempre te gustó viajar.
–Si, pero…

El niño bajó los ojos y dibujó patrones aleatorios con la punta del dedo sobre su manta. Fred Williams podía reconocer la tensión en el brazo, en la cabeza tan hundida en el pecho que los mechones de pelo rojo caían hacia delante. ¿Qué pasaba? Tantas cosas habían ido mal en la última semana que jugaba con la idea de mandar todo al diablo y regresar a Minnesota, no podía darse el lujo de perder la confianza de su hijo. Y si para eso debía aclarar las reglas del juego una vez más…

–Aralqua –el muchacho levantó la mirada. –Sabes que tu madre y yo siempre consideramos tus puntos de vista antes de tomar una decisión, ¿verdad? –el pelirrojo asintió débilmente. –Pero si no nos dices qué deseas, no podremos tomar las decisiones correctas. Puede que mañana me digan que soy necesario en Burundi y si hasta donde se te da lo mismo vivir aquí que en la selva… –se detuvo, el horror en los ojos de su hijo era tan intenso que temió haberse pasado. –¿Me dirás que pasa?
Aralqua apretó los puños y suspiró. Por fin habló en oestron  y de prisa, apenas sin articular ni despegar los labios.
–Menamoradoynoquieroiraningunlugardemundosinesapersona.
Tenía demasiado miedo para enfrentarle, así que ladeó la cabeza para espiar la reacción de su padre a través del cerquillo.

Fred Williams no se movió, sabía que un paso en falso lo derribaría todo.

Lo había dicho. En la lengua de su madre y de prisa, con el miedo en cada músculo. Pero lo había dicho. Él había preguntado y su hijo Aralqua Richard Williams, su único hijo –se repitió– había contestado. ¿Cómo, dónde, de qué esconderse ahora?

Por eso Anariel llevaba días asustada. Ahora comprendía que, como Aralqua, esperaba su reacción. Todos daban por sentado que el yanqui puritano estallaría y acusaría a su mujer y a Nornorë de pervertir al niño. Pero ¿por qué iba él a estallar? Al parecer era el único que lo sabía desde  siempre. Solo por su hijo había accedido a instalarse en Arda, para que no sufriera esos ridículos rituales de “salir del armario” que se estilaban en América. De hecho, la sensación de alivio que invadía su ser era lo más reconfortante desde su descalabro con el Príncipe G. Al fin algo salía bien y la pequeña comedia que su familia representaba había dejado de tener sentido.

La sonrisa le salió del fondo del pecho, sin dificultad.

–¿Y no me vas a decir su nombre?
Aralqua lo miró de frente, tan asombrado por la afable reacción que olvidó su miedo.
–¿Su nombre?
–Si, el nombre de la persona por quien te bañas dos veces al día.
–Aranwe –el brillo retador de sus ojos era hermoso y llenó de orgullo al padre. –Se llama Aranwe Lómendil y estudia conmigo ciencias, lengua y matemáticas.
Fred asintió. El chico rubio había sido tema de conversación constante en las cenas en los últimos dos meses.
–Vive en el sexto piso ¿no? y estudia contigo casi todas las tardes. ¿Se lo has dicho?
–Pues…

Las mejillas del chico se podían confundir con su cabello en la penumbra de la habitación. Fred resopló divertido, pero se dijo que no debía llevarlo demasiado tenso. Después de todo, para su hijo la noche estaba patas arriba al encontrar tranquila aceptación donde esperaba rechazo.

–Para mi tampoco fue fácil la primera vez –y el comentario captó la atención del pelirrojo. –Ella era del equipo de animadoras de la secundaria y yo solo era capaz de ir a verlas ensayar todas las tardes. Un día, al regresar a casa tarde tras contemplarla, se desató una tormenta y pesqué una neumonía. Estuve una semana sin ir a clases y cuando regresé ella se había puesto de novia con el pasador del equipo de básquet.
–A Aranwe no le gusta el básquet –adujo su hijo.
–No, pero es bonito, inteligente y honesto. Seguro no eres el único de la escuela que quiere besarlo.
–¡Papá! –se escandalizó Aralqua.
–Tu solo piénsalo, ¿si? Después de todo viene a estudiar contigo,  mal no le caes. Y ahora si es hora de dormir.

Fred levantó las mantas y puso el libro de cuentos en la mesita de noche. Dio un beso a su hijo, pero el chico no lo dejó apartarse, sino que le abrazó. Él respondió al gesto y envolvió el delgado cuerpo entre sus brazos.

–Gracias.


3

Yordan giró un poco la cara y sonrió con estudiada cortesía. La mujer de ojos verdes y cabello castaño, tan bellamente castaño que tenía que ser teñido, apretó el bloc de notas y miró a la cámara. Por encima del aparato, los dedos del coordinador marcaron la cuenta regresiva para ir al aire.

Cinco, Yordan movió un poco las caderas para lucir más delgado. Cuatro, ella se arregló el bucle para que cayera al descuido por detrás de la oreja. Tres, Janice le hizo un gesto alentador con el pulgar levantado y salió de su vista, confiada en su habilidad para ser adorable. Dos, la periodista amplió su sonrisa y sus ojos brillaron con entusiasmo contagioso. Uno, ¿cómo diablos se llamaba aquella mujer?

–Buenas tardes, gente. ¿Cómo les ha ido? Pues si, ya es viernes y ustedes sintonizan Arda Visión para saber qué hay de bueno para pasar el fin de semana ¡bien arriba! Porque vivimos en Arda, tan sofisticada como Europa y tan divertida como América. Soy su anfitriona Langbardur Esgaroth, y esta es la inconfundible sala de Aiya Arda, donde todo se sabe.
Ella tomó un respiró y giró la cabeza para mirar a la otra cámara. Al mismo tiempo levantó una mano y la posó con actitud familiar en el muslo de Yordan.
–Y hoy me acompaña en el estudio el hermoso Yordan Oliva, supermodelo al cual todos conocen gracias a sus campañas para Nike, Lancome, Lacoste y en especial como protagonista de uno de los cuatro escalofriantes anuncios de la UNICEF en su lucha contra el maltrato infantil intrafamiliar.
Ante esta última mención, Yordan asintió con gesto de agradecida modestia.
Langbardur le miró de frente y redujo un poco la envergadura de su alegre gesto, para alivio del rubio.
–Hola Yordan. Es un placer que accedieras a compartir tu primera tarde en público desde que llegaste con el equipo de Aiya Arda, donde todo se sabe.
Él sonrió cómplice.
–Hola. Es un gusto estar contigo y con la audiencia de este maravilloso programa.
–¡Veamos! ¿Por dónde empezar contigo? ¿Acaso sabes que en Arda casi el 60% del público joven y adolescente tiene, por lo menos, una imagen tuya en su habitación, taquillero, útiles escolares o ropas?
–Wow. Creo que me conocen más que en mi país de origen. Me siento halagado.
–Es comprensible. Después de todo, tu carrera ha sido meteórica: empezaste a los quince ¿no?
–A los quince, si, en el concurso American Next Top Male Model de 1992. En el que entré por error.
Ella se fingió sorprendida. –Explica eso, por favor.
–Bueno, yo era estudiante en La Habana, pero no muy aplicado. Mi director recibió al mismo tiempo una solicitud de la Cancillería de fotos de alumnos y alumnas lindas porque Cuba iba a participar en el concurso, y un reclamo del Ministerio de Educación sobre los peores expedientes académicos. La secretaria era la mujer más amable y despistada del mundo y mi ficha calló en un sobre con el membrete de Relaciones Exteriores. Dos meses después me llamaban desde New York porque era uno de los cuatro representantes de Cuba.
–Ganaste el trofeo.
El asintió. –Y mi vida cambió.
–¿Para bien?
Esta era la parte en que se fingía un ciervo herido.
–Para nadie es un secreto que estos cinco años estuve en un sube y baja emocional constante.
–¿No es buena la fama cuando se es tan joven?
El suspiró.
–Es un tema complicado. Ser tan conocido implica mucha  responsabilidad.
Ella sonrió comprensiva.
–Y tendremos tiempo en el programa para hablar de eso –se volvió de frente a las cámaras. –Cuando regrese, Yordan Oliva nos hablará de sus problemas como superestrella adolescente de las pasarelas. Esto es Aiya Arda, donde todo se sabe. ¡Ya volvemos!

La luz se apagó y Yordan se relajó en su asiento. Estiró la mano y Janice le puso un vaso de jugo de mango bien frío envuelto en tres servilletas de papel rosado sin olor.

–Maravilloso. El rating está por los cielos.
–¿Cuánto tiempo antes de volver al aire? –preguntó con los ojos cerrados.
–Diez minutos. Justo lo necesario para que confirmes la agenda de esta semana.

La obedeció sin chistar, ajustando las sesiones de preparación de la campaña con los compromisos sociales que UNICEF le estaba gestionando. No podía dejar a su mente divagar o se notaría tenso al regresar a la entrevista –él no era actor, después de todo. Janice logró su objetivo y a los nueve minutos su rostro era todo lo alegre que se puede desear en un modelo para imaginarlo feliz, pero sin sospechar del uso de drogas.

–Buenas tardes, gente. Ya estamos de vuelta después de este interesante reportaje de Derrilyn sobre las discotecas de moda. Ustedes sintonizan Arda Visión para saberlo todo del fin de semana que se viene. Soy su anfitriona Langbardur Esgaroth, y esta es la inconfundible sala de Aiya Arda, donde todo se sabe. Me acompaña el adorable Yordan Oliva quien hablará de sus problemas como superestrella adolescente de las pasarelas. ¿No es así?
–Estoy dispuesto.
Ella miró sus notas.
–¿Consideras que la industria de la moda daña el desarrollo de sus estrellas al reclutar modelos más jóvenes cada día?
–Mira, es un asunto de aristas diversas. Es mejor que los adolescentes se identifiquen con modelos de su edad, creo, porque los conflictos de la adultez son distintos, y convertir el embarazo de Demmi Moore en portada de Seventeen es inapropiado. Al mismo tiempo, antes de los veinte años muy pocas personas pueden lidiar con el hecho de que cada gesto que haces será diseccionado y cuestionado por la prensa y el público.
–¿Pudiste tu?
–Los primeros dos años creí que podía, pero en realidad estaba complaciendo a mi compañía y perdiendo personalidad. El 1994 se dio ese escándalo en la entrega de los Premios Verona, la explosión adquirió proporciones de diferendo diplomático entre Italia y Cuba. No he podido regresar a mi país desde entonces.
–¿Ya no eres ciudadano cubano?
–No. Poca gente sabe esto, pero para la legislación italiana yo era menor de edad y pasé a la tutela del Estado porque mis representantes fueron acusados de explotación infantil. El gobierno de La Habana no reconoce esas medidas y para regresar a Cuba tendría que solicitar un nuevo pasaporte en alguna de sus embajadas, algo que no haré.
–Entonces conociste a Janice, tu representante actual.
–Si. Janice fue recomendada por la firma L´Oreal al gobierno de Italia y me ha mantenido a flote desde entonces. Gracias a ella, mis problemas emocionales no detuvieron mi carrera.
–Y qué carrera. Ese mismo año, a pesar de asunto de los Premios Verona, Vanity Fair te definió como “el modelo más prometedor del mundo occidental”. En 1995 Nike te pagó casi la mitad que a todo el Real Madrid porque anunciaras su nueva línea de ropa para nadar en mar abierto. En 1996 posaste junto a Schumacher para anunciar la mascarilla de Lancome para pieles masculinas. Este año te vestiste de Lacoste en nuestras pantallas. Durante todo ese tiempo has sido un exitoso embajador de buena voluntad de la UNICEF, el más joven de su historia. Se dice que no cobraste un centavo por la serie contra el maltrato infantil intrafamiliar.
–Así es. Hay cosas que no se hacen por dinero.
–Y hace pocos meses cumpliste veinte años, pero Vogue se adelantó y en su edición de enero fuiste elegido el hombre blanco más sexi del mundo entre los veinte y los cuarenta años.
Yordan sonrió. –Keanu Reeves es más sexi.
Langbardur miró a la cámara y guiñó un ojo al público.
–¿No es el chico más adorable del mundo? Cuando regrese con él, sabremos hasta el último detalle sentimental de este joven modelo soltero que ahora vive en Arda. No cambien el canal, permanezcan con Arda Visión y su programa Aiya Arda, donde todo se sabe.

Esta vez la pausa la permitía irse al camerino, pues no volverían a entrevistarlo hasta el final de la transmisión.

Yordan avanzó de la mano de Janice –en la otra llevaba un nuevo vaso de jugo de mango bien frío envuelto en tres servilletas de papel rosado sin olor. Y se desplomó en el sofá de la habitación en cuanto sintió serrarse la puerta.

–¿Todo bien? –estaba muy desesperado, porque la voz de ella casi sonó cariñosa.
–Me pone nervioso esto de hablar en inglés y que un traductor simultáneo se superponga a mi voz.

Ella asintió, pero no comentó nada. Se fue a la mesa ratona del centro de la estancia donde los regalos se acumulaban y se sentó a chequear la agenda. Yordan la miró por unos minutos, tratando de ordenar sus pensamientos.

–¿Pierre está libre?
–Si, pero no podrá salir de Francia en seis meses, ni acercarse a ti hasta después del juicio.
–¿Juicio?
Janice hizo una mueca de felicidad.
–La inmobiliaria lo demanda a él por daños materiales. No iba a permitir que nos cobraran los destrozos en el apartamento.
Yordan sintió que el vació volvía a su estómago. –¿Regresaremos a declarar?
–¡Por supuesto que no! Vas a hacer una declaración jurada por video conferencia como parte de la documentación del juicio. Si no hay arreglo y llega a cortes, consideraremos ir siempre que nos garanticen que tu seguridad física y sicológica no será comprometida.

El rubio asintió y bebió más de su jugo de mango.

–Hay un vecino muy simpático en el edificio –dijo de pronto. –Lo conocí esta mañana en el elevador.
–¿Te pidió un autógrafo de manera singular?
–No me conoce. Me gusta porque no me conoce.
–¿Cómo puede pretender que no te conoce? –la expresión de la mujer era escéptica.
–Porque es ciego. Parece un personaje de cuentos con ese cabello blanco, aunque no parece tener más de treinta años.
–Eso es interesante –admitió la mujer, dejando la agenda en la mesa. –Alguien a quien podrás creerle que no te admira por como te queda la ropa. ¿Sabes su nombre?
–Se lo que le dijo el portero, Sr. Lómedil, le llamó. Me gusta ese apellido, tiene fuerza. Me gustan los hombres con fuerza.

TBC…

20 de julio de 2010

DE LEYES Y VENGANZAS 30

Se solicita un cantante

Aclaración: Se muy bien que el Blaise Zabinny de JK Rowling es de piel oscura, pero ya lo presenté con color vampírico y seguiré adelante.

You must remember this
A kiss is still a kiss, a sigh is just a sigh
The fundamental things apply
As time goes by…
"As Time Goes By", Louis Armstrong


Al llegar a las puertas del edificio, Percy no pudo contener cierto nerviosismo. Había elegido con cuidado sus palabras por teléfono y Blaise –con esa voz aniñada que te dejaba dudando sobre su género biológico– aceptó verle esa misma tarde para coordinar unas sesiones de grabación y recibir los papeles de autorizo. Todo normal, profesional, racional ¿no? Entonces ¿por qué estos nervios al ver acercarse al portero?

“No te apresures” recordó la voz de Charlie en su cabeza “Estás dolido por lo de Penélope, debes tomar tiempo para decidir tus próximas acciones.” Si, si, claro, calma. No podía ponerse a explorar su sexualidad con menores de edad. ¿Qué diría Charlie? Respiró con fuerza y encaró al portero.

–Al apartamento 4, para ver al señor Zabini.
El hombre lo estudio por unos minutos. Percy se fijó en el nombre grabado sobre su corazón, Bateson, también en sus ojos verde turbio, inquisitivos y malvados. Finalmente la puerta –de cristales azulados con diseños de flores de lis en estilo art decó en nevado– se abrió.
–El elevador está allá –señaló Bateson al corredor de la izquierda. –El cuatro es el apartamento de la izquierda.

Percy avanzó despacio, pensando en la frase “el apartamento de la izquierda” en lo que manipulaba los controles. ¿Solo tenían dos viviendas por piso? Las puertas se abrieron a un corredor de color beige, con amplios ventanales y solo dos puertas. ¿De qué tamaño eran esas casas?

Apenas tocó el timbre con forma de flor de lis y la puerta se abrió. Blaise le sonreía con timidez, su rostro pálido arrebolado contrastaba con el cabello oscuro y rizado.

–El portero me advirtió que subías –explicó. –Pasa.

Cruzaron el recibidor y avanzaron por un corredor. El apartamento estaba decorado al estilo de los años cuarenta. Todo era muy elegante y antiguo, acorde con la conversación que sostuvieran y lo que esperaba de un pupilo de Malfoy, pero el pelirrojo percibía todo ese lujo vagamente.

Percy estaba prendido de la figura andrógina de Blaise. La ropa de segunda mano de la audición había desaparecido y ahora llevaba jeans ajustados a la cadera y una camiseta blanca de mangas largas y torso corto, de modo que la pálida piel del vientre gritaba su belleza en cada paso. Blaise era tanto más bello porque no parecía estar ostentando su cuerpo. El muchacho se movía despacio, contoneando las caderas como una mujercita delgada y elegante. Pero no era, no podía ser confundido con una mujer, porque sus hombros eran angulosos bajo la delgada tela de la camiseta y la espalda era dura, sin pizca de grasa y con leves líneas de músculos –huellas, dedujo, de un entrenamiento estable, aunque no excesivo.

Se detuvieron literalmente al final, en el balcón del fondo de la vivienda. Allí esperaba un servicio de te de plata con la infusión humeante, leche, pastas y galletas. El sol llegaba indirectamente merced de un toldo con flores de lis y el ruido de la calle apenas molestaba en esta fachada trasera del edificio, que se abría a un parque desierto.

–Siéntese –invitó el jovencito.
Percy le obedeció y, en lo que su anfitrión servía el te, sacó los modelos de su bolsa-bandolera. Los puso en la mesa, al otro lado de la tetera.
–Es necesario que su tutor los firme para seguir adelante con las grabaciones.
–¿Azúcar?
Ante el asentimiento, Blaise empujó en su dirección la azucarera.

El silencio mientras tomaban te y galletas no era incómodo, descubrió el pelirrojo con asombro. Blaise actuaba como si estuviera solo: miraba hacia el parque mientras masticaba una galleta y tomaba sorbitos de te. Percy aprovechó para contemplarlo despacio y confirmar la belleza pura, casi innatural, del adolescente: La clave estaba, confirmó, en la falta de rasgos masculinos. Era como si Blaise  no hubiera pasado por la pubertad, por lo que sus rasgos afilados tenían una tersura andrógina que congeniaba con sus andares y sus uñas arregladas con esmalte transparente.

–¿Te interesaría cantar en una fiesta privada?
El muchacho giró el rostro y entrecerró los ojos.
–¿Qué tipo de fiesta?
–Es el cumpleaños de cuñado y queremos… –Percy se detuvo y pensó que este era el momento en que en verdad probaría que se había reconciliado con Charlie y consigo mismo. –Mi hermano quiere que un cantante interprete canciones rumanas tradicionales  durante la fiesta, porque su pareja es de allá.
Esperaba alguna reacción, ¿escándalo, asombro, curiosidad?, pero Blaise permaneció quieto. Solo sus ojos oscuros, verdaderamente negros, se movieron del rostro de su interlocutor a un punto de la pared y luego  quedaron ocultos por sus largas pestañas rizadas.
–¿Pagan en efectivo?
Esto parecía un imperativo entre los intereses del moreno.
–Si lo deseas… –la verdad es que era la última pregunta que esperaba. –¿Cincuenta libras la ahora te parece bien? –el jovencito asintió– ¿Entonces, el 10 de mayo en la tarde?
–Si vienes por mi… –solicitó Blaise con las mejillas arreboladas de vergüenza y Percy recordó cómo habían trabado amistad.
–Claro. No deseo que te pierdas en el camino.
Entonces recordó algo más de la conversación de ese día, dio un vistazo a su reloj.
–Son las cinco, ¿tal vez sea mejor que me valla?
Blaise se puso aún más rojo, si eso era posible.
–Es que tendría que explicarte cómo te conocí y no se supone que saliera de casa…
“Yo tampoco te dejaría salir de casa, ni vestirte” se descubrió pensando Percy, pero enseguida desechó tal idea. 
–De acuerdo. Te veré más adelante en la semana con las partituras.
–De acuerdo.

Regresaron a la puerta del apartamento despacio. Estaban contagiados de esa felicidad pueril de los niños que ocultan un secreto a sus mayores –aunque sea un pequeño secreto– y reían con risas alegres, cómplices. Antes de mover el cerrojo, el moreno miró a los ojos del otro con repentina seriedad.

–Puedes besarme. No se lo diré a nadie.
Percy supo que decía la verdad, pero no era eso lo que le impedía besar lo labios carnosos y rosados del chico. No podía besar a nadie –hombre o mujer– tan pronto.
–Tal vez en la fiesta podamos charlar más –la mirada de Blaise se apagó, y él se apresuró a ofrecer un compromiso–, y volveremos a discutir lo del beso.

TBC…

7 de julio de 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 27

Geometría imaginaria

Solsticio de verano, año 5 de la Cuarta Edad de Sol. Palacio Real de Gondor

Ecthelion se aleja violentamente y escapa por una puerta lateral. Barahir voltea hacia Geniev, su expresión de asombro y molestia le confunde más.

–Pero… ¿a dónde va?

La gemela solo ríe, y de repente el rubio siente que la mano con que estrecha a su prometida le quema. La suelta violentamente y corre a la puerta también.
Accede a una larga galería en penumbras, reconoce la silueta de su amigo e intenta alcanzarle.

–Ecthelion, espera. –pero el otro aprieta el paso.

Poco a poco la marcha se convierte en trote, en una persecución pausada y constante por pasillos en penumbras, cada vez más lejos de los salones de fiesta. Al fin, al doblar al azar, acaban en una pequeña sala vacía, donde el sonido de la música está muy amortiguado.

Ecthelion se detuvo, desorientado, pero esos instantes bastaron a Barahir para tomarlo por el hombro y obligarlo a mirarle.
–Ya basta. Di de frente lo que tengas que decirme.
–No.
–¿No qué?
–No seré el padrino de tu estúpida boda.
–¿Cómo puedes negarte? –pretende halar al escudero de Geniev hacia sí. –Eres mi mejor amigo.
–¡Aléjate! Estas borracho Barahir, y lo único que logras es herirme.
–¿Herirte? ¡Ah! Estás celoso. No hay problema, tú te casarás con la otra gemela, nuestros hijos serán primos. ¿No es genial?
–No. Es repugnante que unas tu vida con alguien que apenas conoces. ¡Encima me propones hacer lo mismo!
Entre los vapores del alcohol, la mente de Barahir percibe que la conversación es mucho más que el conocido asco de Ecthelion a los beodos.
–Ya he rechazado seis propuestas. Mamá quiere que anuncie algún compromiso antes de la Fiesta de la Nevada.
–Deja de ser un cobarde por un día. Enfrenta a tu madre y dile que no quieres casarte.
La risa vacía del campesino resuena entre los muros.
–¿Para que seamos dos los amantes del Príncipe? No, gracias.
–¿Con que de eso se trata todo? ¿De lo que digan los otros?
–¡Por supuesto! Siempre se trata de lo que digan los otros. ¿Crees que no he visto cuánto te importa lo que él diga? –se detiene y respira trabajosamente, como si recién su cuerpo le recordara que ha corrido bastante. –Sí, me casaré y seguiré adelante con la vida que me toca.
La mirada de Ecthelion es triste y sorprendida. 
–¿Qué sabes tú lo que te toca?
–Me toca seguir adelante con mi familia y mi honor. Así ha sido siempre y así será. ¿Unir mi vida a alguien que conozco? Solo conozco a guerreros y funcionarios ¡¿Pretendes que me case con uno?! –ahora Barahir retrocede y lo mira asustado. –Me obligas a decir cosas que no quiero, cosas que ni siquiera me permito pensar. Tú lo elegiste a él ¿no? ¿A qué estos estúpidos reclamos ahora?
–Lo has confundido todo, Geniev y yo nunca…
–Lo he visto comprarte regalos carísimos, entrenar junto a ti, llevarte de paseo –articula con dificultad las últimas palabras. –Lo he visto salir de tu habitación de madrugada. ¿Es que no tienes honor?  
–¡No hay nada entre nosotros! –pero la desesperada negación parece romper el último dique en el corazón de Barahir.
–¡NO MIENTAS! Tú me dejaste  solo. Yo me equivoqué porque estaba molesto y me dejaste en aquella explanada donde había frío y oscuridad. Te fuiste con él esa noche, ¿y para qué? Para que no pudiera defenderte como es debido. Y pensar que hasta eso le perdonaste… A él le perdonaste que te dejara solo, a mi no fuiste capaz de perdonarme que la rabia me cegara. Lo mataría, pero es el Príncipe Geniev Telcontar, Gran Capitán de los Espadachines del Ejército, y yo no soy más que un triste campesino que juega a ser cortesano para estar cerca de ti… ¿Nunca me perdonarás?

Ecthelion no puede hacer más que asombrarse de lo lejos que han ido las cosas ante sus ojos. ¿Acaso Geniev supo esto todo el tiempo? Respira hondo y trata de serenarse. De pronto Barahir parece muy cansado, debe razonar con él en este breve instante que sus barreras han caído.

–¿No pasó jamás por tu mente acercarte y preguntar qué había pasado?
–¡No quiero oírlo! Ya es suficiente saber que te sedujo. Porque eso hizo, te sedujo y te convirtió en su amante. Yo lo habría dado todo por ti y preferiste ser amante del bastardo del Rey. –ahora se pone las manos sobre las sienes para conjurar el dolor de cabeza. 
–¡Esto es una maldita conspiración! El Rey, el Príncipe, Geniev, hasta el Senescal, todos nos miran como si fuéramos los niños de la Academia que jugaban a ser soldados, pero ya no lo somos. ¿Verdad, pequeño intrigante? –vuelve a mirarlo, sus ojos están arrasados de lágrimas, da unos pasos ciegos hacia atrás.
–Te quiero tanto, tanto... Por eso quería matar a Geniev aquella mañana. Te usó y te dejó solo, desprotegido, ¡a expensas de Dolment o cualquier otro! Yo jamás te dejaría solo, ni de noche, ni de día, ni en los combates, ni en la paz. Por ti sembraría la tierra como un plebeyo o vendería mi espada al mejor postor. Pero ya no importa ¿verdad? Fuiste suyo y piensas en eso cada maldita hora desde hace cuatro años. Ahora déjame seguir con mi destino, ¡maldita sea!
–¿Qué sabes tú del destino? –logra articular Ecthelion con voz ajena, sus emociones ruedan por caminos intransitados desde aquella horrible noche en el campamento.
–Nada, en efecto. Creí que mi destino era estar a tu lado, pero me equivoqué. Uno hace su destino cada día, con sus elecciones y a los Valar poco les importa el resto. Tú elegiste, pequeño intrigante. Elegiste el hijo de Elessar Telcontar para asegurar tu posición en esta corte, así que déjame casarme y llenarme de hijos, porque ese destino prefiero a verte cada día riendo apoyado en su brazo.

Y el recio campesino, el escudero del Príncipe Consorte, el mejor arquero del ejército, rompe a llorar. Ecthelion se le queda mirando, ya no hay asombro en su corazón, ni lástima, tan solo un dolor sordo al saber que Barahir le cree capaz de tantas bajezas por un poco de poder. Su voz es fría y reposada cuando responde.

–Es cierto, nada sabemos del destino y nada sabemos de los hombres y su valor, Barahir hijo de Bertonin. Ahora estas ante mi y me acusas de usar mi cuerpo para mantener una posición política. ¡Esa es tu estima! ¿Por un hombre que se prostituye harías todo lo que clamabas hace un momento? Mientes, como le mentirás a ella en tus votos.

Da unos pasos oscilantes, mira a un lado y otro hasta que localiza la puerta del salón y se dirige allí. A escasos metros de la salida, la voz dura de Barahir le hace voltear de nuevo.

–Deberías casarte ¿sabes? Dentro de diez primaveras serás un viejo y él…
–Cuando tenía catorce años, decidí que me iba a casar por amor.
Barahir vuelve a reír, es una risa cascada, vieja, incoherente con su edad.
–¿Ya le dijiste a tu Príncipe? Pero supongo que no tienes valor para exigirlo, ni siquiera le exiges que te sea fiel.
Ecthelion vuelve sobre sus pasos, hay en sus ojos un brillo poco frecuente.
–¡Te odio! Ya que tanto me desprecias entérate de que te odio. –Barahir quiere retroceder, alejarse de esos ojos afiebrados, pero Ecthelion le toma por las solapas del traje. –¿Quieres que te cuente un secreto? Esa noche el Príncipe no cedió ante mis encantos, ¡y Varda sabe que lo intenté!, sino que se fue a nadar a río. ¿Sabes por qué lo hizo? Porque te aprecia, y siempre supo a quién llamaba yo en mis sueños. Pero supongo que ambos esperamos demasiado de ti. ¿Tú dices que me amas? Solo quieres poseerme, eres igual que Dolment. ¡Igual!

Y dicho esto vuelve a correr por los pasadizos de la ciudadela. Barahir se recupera a los pocos instantes e intenta seguirlo, pero los pasos del escudero de Geniev ya se han perdido en el eterno murmullo de músicas, voces, calderos, órdenes y bestias.

–Todo es una insensatez. –murmura y anda con pasos torpes, como de una persona que ha sido golpeada duro en la cabeza, en busca de las caballerizas. 

Ecthelion se detuvo tras doblar en la primera esquina y contuvo la respiración. Se quedó quieto por varios minutos hasta que estuvo seguro de haber despistado definitivamente a Barahir. Giró la cabeza y reparó por primera vez en las extrañas figuras que la luz de la luna dibujaba en el suelo de la estancia.

Se movió hacia las ventanas y comprobó que, a la vieja usanza de la Torre, estaban abiertas al vacío. Era tal la altura que la posibilidad de que algún ladrón accediera a las habitaciones reales estaba descartada. Se acomodó en el antepecho y dejó que sus piernas fueran movidas por la fuerte brisa de la noche. Miró hacia abajo: las cabezas de los vigías eran manzanas oscuras.

–Tienes razón –musitó–, yo soy un pequeño y cobarde cortesano sin valor para las grandes acciones.

Con gran calma acomodó el cuello de la túnica y se aseguró  de que no hubiera ningún balcón debajo, se sacó los anillos y la cadena de oro de Eowyn, los puso el bolsillo interior, se puso de pie con cuidado, y calculó la distancia.

Por un instante sus pensamientos volvieron a Igrania.
“Perdóname hermanita”
Y a Geniev
“Espero que comprendas.”
Sopesó las posibilidades y sintió como una lágrima rebelde escapaba de sus ojos, se limpió de un manotazo.

–Campesino tonto…

Los versos que a veces cantaba Legolas le parecieron proféticos:
Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.

Tragó en seco y adelantó el pie derecho hacia el vacío.
“Que lugar común matarse por amor” –alcanzó a pensar antes de que la oscuridad le rodeara.

TBC…

EN BUSCA DE UN SUEÑO 26

26 Y la noticia del día es…

Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
Igor regresó a casa todavía conmocionado por su nuevo y sorprendente empleo. Cuando sus compañeros llegaron, estaba frente al televisor, tratando de sacarse el asombro con las noticias de un presentador cuyas duras facciones veía por primera vez.

Silvia y los gemelos siguieron por el corredor hacia sus cuartos. Alcar y Eothain llevaron una caja de herramientas y materiales al extremo de la sala que hacia las veces de taller. Boris se dejó caer junto a Igor, y contempló extrañado la pantalla.

–¿Qué canal es ese?
–CHS –Igor tomó el control para evitar que Boris se pusiera a buscar fútbol. 
–¿Es extranjero? No entiendo mucho –inquirió Eothain.
–Es el Canal de Harad del Sur –explicó Igor sin prestarles atención, claramente interesado en lo que fuera que le pasaba a la Reina de Belleza de Umbar.

Si, en efecto, el locutor hablaba en haradrim, solo que era una lengua tan poco usada en la casa que no la habían reconocido de golpe. Boris, Eothain y Alcar miraron a Igor extrañados e inseguros de qué decir. Por un rato predominó la voz del desconocido presentador:

–... Y en las nacionales: El gobierno federal anula una deuda entre Harad y Brasil de casi dos siglos de antigüedad.
En un gesto de liberalidad que poco respeta los aprietos económicos que exige a sus ciudadanos, el gobierno central anuló este jueves una deuda de Brasil de más de dos siglos de antigüedad, correspondiente a un valor actual de 10 millones de dólares (unos 17,2 millones de aranis). La decisión fue confirmada por el primer ministro, Adanedhel Arthedain, tras un almuerzo con el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso.
La deuda databa de 1800 y representaba un derecho de paso exigido por aquel entonces por la República Cristiana de Harad a todos los barcos que navegaban por delante del castillo de Kronborg para cruzar el estrecho de Khand. Este tipo impuesto fue eliminado en las cuencas del Atlántico y el Mediterráneo en 1810, en negociaciones entre las potencias internacionales del momento, a las que asistieron representantes de la República Cristiana de Harad y Nueva Númenor. Se acordó que cada nación que renunciaba a tal práctica tenía que recibir una compensación por parte de las principales diez naciones marítimas en términos de una cantidad única. Sólo Brasil no había satisfecho dicha cantidad hasta la fecha.
El Ministro de Finanzas, honorable Maggot Pelargir, insistía en que Brasil pagase lo que debía a los haradrims, pero el jefe del gobierno ha preferido cerrar el caso. "Declaro oficialmente que anulamos nuestra exigencia", señaló Arthedain a la salida del almuerzo
con Henrique Cardoso, citado por la agencia AFP. El primer ministro precisó que Arda y Brasil son "actualmente partidarios de la supresión de las barreras aduaneras para aprovechar totalmente la globalización".
Fernando Henrique Cardoso terminó este domingo una visita de Estado de dos días en Arda, la primera de un presidente de Brasil desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre la República Cristiana de Harad y el Imperio de Brasil, en 1822.


Sin dudas la noticia era interesante –teniendo en cuenta las tensiones del gobierno minoritario de Arthedain–, pero ellos estaban acostumbrados a ver el noticiero de las ocho en ArdaVisión, en oestron, por cierto.

Boris fue el primero en reaccionar.
–¿Y esa locura de mirar las noticias de los cristianos? –y trató de quitarle el control del TV a Igor.
El rubio apartó la mano con rapidez. –Estoy practicando el idioma.
Esa era una razón sorprendente, cuando menos. ¿Planeaba Igor irse a trabajar en el sur? Alcar dio voz a la inquietud de los otros tres, pero a modo de chiste, para aminorar la tensión.
–¿Conseguiste trabajo de gerente en una empresa de camiones de basura?

Eothain y Boris rieron, pero Igor les miró molesto y los otros tres se quedaron extrañados.

¿Qué otra razón sería verosímil? Aunque Igor estudiaba idiomas, era ridículo que le dedicara al haradrim horas de TV. Lo suyo era la Cuarta Edad, los bellos elfos y el misterioso Geniev ¿no? Nadie que no fuera cristiano –o que padeciera complejo de culpa y se dedicara a la lucha por sus derechos– tenía que aprender el idioma del sur. Los sureños tenían que aprender oestron, porque habían perdido la Segunda Guerra de Unificación, por muchas leyes de discriminación positiva que obtuvieran tras la Rebelión de 1958. “Mala suerte beatos, eso pasa cuando matas rohirrims”, se burlaban los niños edains cuando estudiaban la conquista de Nurmen y la abdicación de Lemev XXVIII. Ahora enseñaban su idioma en las escuelas de todo el país, pero fuera de Harad y Rhun solo eran buenos para sacar la basura, fregar los platos, dirigir la mafia y... todo lo que implicaba ser ciudadanos de segunda categoría. Eso eran los descendientes de los guerreros de Harad y los Corsarios de Umbar. ¿Y la minoría que había logrado ascender, colarse en las universidades, fundar empresas, hacer política, ser invitada a las recepciones del Ejército del Oeste? Esa minoría estaba en el juego del poder, no lo cambiaba.

El silencio en la sala era ahora desagradable, pero la charla dio un giro inesperado.
–¿Cuál es el menú? –preguntó Silvia al regresar de su habitación ya sin el uniforme. 
–¿Menú? –repitió el rubio extrañado.
–¡Yo te diré! –gritó Theódred desde la cocina. –Pizza congelada y... jugo de naranja.
El gemelo de pelo largo salió de la cocina y se acercó al grupo con expresión intrigada.
–¿Acaso se te olvidó que debías cocinar?
Igor le miró extrañado y luego hizo un gesto de sorpresa.
–¿Igor? –la voz de Alcar ahora sonaba inquieta.
Pero el rubio se repuso sin demora.
–¿Creen que voy a cocinar para ustedes ahora que soy –carraspeó para darse importancia– el Secretario de su Señoría Gorland Telcontar Thrandulion, Hermano Mayor del Heredero de los Telcontar, Príncipe de Mirkwood y Rivendel, Señor de Anfalas, Protector de Harad, Señor de los Puertos de la Tierra Media y Bienhechor de Moria? Nos vamos a comer a la calle. ¡Elijan el lugar!

Un valle en el lado occidental de las Montañas Nubladas

Mardil se dirigió despacio al patio central del complejo. Del otro lado del edificio que ocultaba la explanada se oía el ruido de descarga de las provisiones, pero él no estaba muy entusiasmado: la llegada de los abastecimientos desde Rauros solo le iba a recordar a Lindir. El jaleo con Hai le había dejado muy cansado, física y emocionalmente, como para ayudar en la descarga de los abastecimientos y la posterior carga de los productos que enviarían al mercado esa semana. Tras ponderarlo unos instantes, el joven moreno dio un suspiro y dobló la esquina del edificio con resignación.

–Que los Valar decidan...

Tal como previera, el patio era un hervidero de acción. No solo se trataba de gente encargada de la estiba, sino de perros ladrando, pequeñines oteando desde las esquinas, relinchos alterados desde las caballerizas por el ruido. Fastidiado, Mardil sacudió la cabeza y dio un rodeo para alcanzar la puerta del almacén principal, a fin de ponerse a las órdenes de Eärcaraxë. Era preferible reventar de cansancio, acaso así dormiría sin sueños más tarde.

Al acercarse a la plataforma desde donde se controlaba la estiba, notó que Eärcaraxë lucía excitado. Eso era extraño. Primero porque los camiones de provisiones no eran novedad ni alegría para él. Segundo porque el pelirrojo era famoso por su inconmovible semblante, tan bello como hierático –la verdad sea dicha, tras una juventud como la de Eärcaraxë Delagua, era difícil hallar emoción en una colonia agrícola montañesa, razón por la cual había pedido a su Señoría la residencia permanente en este rincón de las Montañas Nubladas. Ahora su expresión tampoco era elocuente, pero Mardil le conocía tiempo ha. Algo más que conservas de tomate y aspirinas había llegado. 

Mardil se detuvo ante la puerta de la oficina, esperando que el pelirrojo contramaestre le orientara:
–Te esperan en la Casa Grande.
El moreno pestañeó desorientado.
–¿Cómo?
Eärcaraxë no era paciente, en especial con sus subalternos. Levantó sus ojos azul oscuro ya teñidos de enfado y reformuló la orden.
–Bolg Osgiliath te espera en la Casa Grande –y añadió para acabar de intrigar al joven. –No le estropees el buen día al viejo con tu lengua.
Bueno, esto era para escribir en el periódico, Eärcaraxë Delagua preocupado por alguien.

En lo que se acercaba al complejo habitacional de la comunidad, Mardil trató de poner en orden sus sentimientos. Tras la partida de Lindir, había dejado la habitación que compartían, seguro de que su pareja no regresaría hasta cumplir la palabra dada a Su Señoría. Pero ello había hecho tensas sus relaciones con el viejo Bolg, cuya satisfacción cuando solicitaron una habitación común solo era comparable con el honor dispensado por Su Señoría al elegir a Lindir para acompañarle al sur. Si se hubieran separado en buenos términos, Mardil se habría animado a decirle a Bolg que ambos lo habían discutido ya: la Comunidad crecía por primera vez tras casi dos siglos, pero el espacio no, de ahí que decidieran ceder su departamento hasta que se reunieran. ¿Acaso iba a estar menos solo en tres habitaciones?

Pero no, Lindir se había llevado sus bártulos de vuelta a la casita de Bolg la noche antes de partir, tras una pelea a gritos donde ambos dijeran cosas feas, de las que no tuvieron oportunidad de perdonarse... Con ese panorama, entregar el apartamento e irse a vivir como soltero parecía decir “He renunciado a mis votos. Estoy disponible”, pero ¿quién se atreve a piropear al yerno de Bolg Osgiliath, guardaespaldas de Su Señoría y domador de wuargos? El mismo Mardil no tenía valor para ir donde el viejo y narrar su arrepentimiento, y Bolg –el muchacho no lograba saber si por enfado o discreción– le evitaba.

Bueno, lo que fuera que había llegado del sur había hecho que el viejo cambiara de idea. ¿Acaso su esposo había enviado un paquete o algún detalle que indicaba su deseo de arreglar las cosas? Esta idea alivió un poco la tensión dentro de Mardil y le permitió sonreír levemente al cruzar el umbral de la Casa Grande y divisar la imponente figura de Blog. Avanzó hacia él sin mirar nada más, y por eso casi saltó al sentir que tomaban su brazo izquierdo y le obligaban a detener la marcha y girarse. No apartó al atrevido de un manotazo porque reconoció el toque.

–¡Dulce Elbereth! ¡Qué susto me haz dado, Lindir! –solo entonces reparó en lo ilógico de la situación. –¿¡Lindir!? Pero ¿qué…?, ¿tu no…?, ¿ha pasado algo?
Lindir lo contempló con expresión crítica, Mardil recordó la aventura con Hai y bajó los ojos, avergonzado. Sus ropas estaban sucias de trajín, seguro apestaba a sangre y sudor.
–No sabía que llegabas –se disculpó. –Hai ha tenido su camada hace menos de una hora y Eärcaraxë me ha mandado subir a la Casa Grande sin explicaciones. Pensé que tenía que estibar algo de la colección privada de Su Señoría, no que…

Se calló, porque al menos podía darse cuenta de que balbuceaba. Lindir seguía callado, mirándole con sus intensos ojos lavanda. No había enfado en sus ojos, lo cual tranquilizó a Mardil, pero tampoco alegría.

–Espero un hijo.

Mardil se desmayó.

TBC… 
Notas
Noticia original de la deuda brasilera “Dinamarca anula una deuda brasileña de más de dos siglos de antigüedad” en Rebelion.org (15-09-2007): URL: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56180.

1 de julio de 2010

AVISO DE PAUSA POR MATERNIDAD

La publicación estará en pausa por tiempo indefinido. Tengo que dedicar más tiempo a mi bebé y al trabajo, pues ahora alguien más depende de mi. No abandono, pero advierto que las actualizaciones serán espaciadas e irregulares. 

Lo siento...