7 de julio de 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 27

Geometría imaginaria

Solsticio de verano, año 5 de la Cuarta Edad de Sol. Palacio Real de Gondor

Ecthelion se aleja violentamente y escapa por una puerta lateral. Barahir voltea hacia Geniev, su expresión de asombro y molestia le confunde más.

–Pero… ¿a dónde va?

La gemela solo ríe, y de repente el rubio siente que la mano con que estrecha a su prometida le quema. La suelta violentamente y corre a la puerta también.
Accede a una larga galería en penumbras, reconoce la silueta de su amigo e intenta alcanzarle.

–Ecthelion, espera. –pero el otro aprieta el paso.

Poco a poco la marcha se convierte en trote, en una persecución pausada y constante por pasillos en penumbras, cada vez más lejos de los salones de fiesta. Al fin, al doblar al azar, acaban en una pequeña sala vacía, donde el sonido de la música está muy amortiguado.

Ecthelion se detuvo, desorientado, pero esos instantes bastaron a Barahir para tomarlo por el hombro y obligarlo a mirarle.
–Ya basta. Di de frente lo que tengas que decirme.
–No.
–¿No qué?
–No seré el padrino de tu estúpida boda.
–¿Cómo puedes negarte? –pretende halar al escudero de Geniev hacia sí. –Eres mi mejor amigo.
–¡Aléjate! Estas borracho Barahir, y lo único que logras es herirme.
–¿Herirte? ¡Ah! Estás celoso. No hay problema, tú te casarás con la otra gemela, nuestros hijos serán primos. ¿No es genial?
–No. Es repugnante que unas tu vida con alguien que apenas conoces. ¡Encima me propones hacer lo mismo!
Entre los vapores del alcohol, la mente de Barahir percibe que la conversación es mucho más que el conocido asco de Ecthelion a los beodos.
–Ya he rechazado seis propuestas. Mamá quiere que anuncie algún compromiso antes de la Fiesta de la Nevada.
–Deja de ser un cobarde por un día. Enfrenta a tu madre y dile que no quieres casarte.
La risa vacía del campesino resuena entre los muros.
–¿Para que seamos dos los amantes del Príncipe? No, gracias.
–¿Con que de eso se trata todo? ¿De lo que digan los otros?
–¡Por supuesto! Siempre se trata de lo que digan los otros. ¿Crees que no he visto cuánto te importa lo que él diga? –se detiene y respira trabajosamente, como si recién su cuerpo le recordara que ha corrido bastante. –Sí, me casaré y seguiré adelante con la vida que me toca.
La mirada de Ecthelion es triste y sorprendida. 
–¿Qué sabes tú lo que te toca?
–Me toca seguir adelante con mi familia y mi honor. Así ha sido siempre y así será. ¿Unir mi vida a alguien que conozco? Solo conozco a guerreros y funcionarios ¡¿Pretendes que me case con uno?! –ahora Barahir retrocede y lo mira asustado. –Me obligas a decir cosas que no quiero, cosas que ni siquiera me permito pensar. Tú lo elegiste a él ¿no? ¿A qué estos estúpidos reclamos ahora?
–Lo has confundido todo, Geniev y yo nunca…
–Lo he visto comprarte regalos carísimos, entrenar junto a ti, llevarte de paseo –articula con dificultad las últimas palabras. –Lo he visto salir de tu habitación de madrugada. ¿Es que no tienes honor?  
–¡No hay nada entre nosotros! –pero la desesperada negación parece romper el último dique en el corazón de Barahir.
–¡NO MIENTAS! Tú me dejaste  solo. Yo me equivoqué porque estaba molesto y me dejaste en aquella explanada donde había frío y oscuridad. Te fuiste con él esa noche, ¿y para qué? Para que no pudiera defenderte como es debido. Y pensar que hasta eso le perdonaste… A él le perdonaste que te dejara solo, a mi no fuiste capaz de perdonarme que la rabia me cegara. Lo mataría, pero es el Príncipe Geniev Telcontar, Gran Capitán de los Espadachines del Ejército, y yo no soy más que un triste campesino que juega a ser cortesano para estar cerca de ti… ¿Nunca me perdonarás?

Ecthelion no puede hacer más que asombrarse de lo lejos que han ido las cosas ante sus ojos. ¿Acaso Geniev supo esto todo el tiempo? Respira hondo y trata de serenarse. De pronto Barahir parece muy cansado, debe razonar con él en este breve instante que sus barreras han caído.

–¿No pasó jamás por tu mente acercarte y preguntar qué había pasado?
–¡No quiero oírlo! Ya es suficiente saber que te sedujo. Porque eso hizo, te sedujo y te convirtió en su amante. Yo lo habría dado todo por ti y preferiste ser amante del bastardo del Rey. –ahora se pone las manos sobre las sienes para conjurar el dolor de cabeza. 
–¡Esto es una maldita conspiración! El Rey, el Príncipe, Geniev, hasta el Senescal, todos nos miran como si fuéramos los niños de la Academia que jugaban a ser soldados, pero ya no lo somos. ¿Verdad, pequeño intrigante? –vuelve a mirarlo, sus ojos están arrasados de lágrimas, da unos pasos ciegos hacia atrás.
–Te quiero tanto, tanto... Por eso quería matar a Geniev aquella mañana. Te usó y te dejó solo, desprotegido, ¡a expensas de Dolment o cualquier otro! Yo jamás te dejaría solo, ni de noche, ni de día, ni en los combates, ni en la paz. Por ti sembraría la tierra como un plebeyo o vendería mi espada al mejor postor. Pero ya no importa ¿verdad? Fuiste suyo y piensas en eso cada maldita hora desde hace cuatro años. Ahora déjame seguir con mi destino, ¡maldita sea!
–¿Qué sabes tú del destino? –logra articular Ecthelion con voz ajena, sus emociones ruedan por caminos intransitados desde aquella horrible noche en el campamento.
–Nada, en efecto. Creí que mi destino era estar a tu lado, pero me equivoqué. Uno hace su destino cada día, con sus elecciones y a los Valar poco les importa el resto. Tú elegiste, pequeño intrigante. Elegiste el hijo de Elessar Telcontar para asegurar tu posición en esta corte, así que déjame casarme y llenarme de hijos, porque ese destino prefiero a verte cada día riendo apoyado en su brazo.

Y el recio campesino, el escudero del Príncipe Consorte, el mejor arquero del ejército, rompe a llorar. Ecthelion se le queda mirando, ya no hay asombro en su corazón, ni lástima, tan solo un dolor sordo al saber que Barahir le cree capaz de tantas bajezas por un poco de poder. Su voz es fría y reposada cuando responde.

–Es cierto, nada sabemos del destino y nada sabemos de los hombres y su valor, Barahir hijo de Bertonin. Ahora estas ante mi y me acusas de usar mi cuerpo para mantener una posición política. ¡Esa es tu estima! ¿Por un hombre que se prostituye harías todo lo que clamabas hace un momento? Mientes, como le mentirás a ella en tus votos.

Da unos pasos oscilantes, mira a un lado y otro hasta que localiza la puerta del salón y se dirige allí. A escasos metros de la salida, la voz dura de Barahir le hace voltear de nuevo.

–Deberías casarte ¿sabes? Dentro de diez primaveras serás un viejo y él…
–Cuando tenía catorce años, decidí que me iba a casar por amor.
Barahir vuelve a reír, es una risa cascada, vieja, incoherente con su edad.
–¿Ya le dijiste a tu Príncipe? Pero supongo que no tienes valor para exigirlo, ni siquiera le exiges que te sea fiel.
Ecthelion vuelve sobre sus pasos, hay en sus ojos un brillo poco frecuente.
–¡Te odio! Ya que tanto me desprecias entérate de que te odio. –Barahir quiere retroceder, alejarse de esos ojos afiebrados, pero Ecthelion le toma por las solapas del traje. –¿Quieres que te cuente un secreto? Esa noche el Príncipe no cedió ante mis encantos, ¡y Varda sabe que lo intenté!, sino que se fue a nadar a río. ¿Sabes por qué lo hizo? Porque te aprecia, y siempre supo a quién llamaba yo en mis sueños. Pero supongo que ambos esperamos demasiado de ti. ¿Tú dices que me amas? Solo quieres poseerme, eres igual que Dolment. ¡Igual!

Y dicho esto vuelve a correr por los pasadizos de la ciudadela. Barahir se recupera a los pocos instantes e intenta seguirlo, pero los pasos del escudero de Geniev ya se han perdido en el eterno murmullo de músicas, voces, calderos, órdenes y bestias.

–Todo es una insensatez. –murmura y anda con pasos torpes, como de una persona que ha sido golpeada duro en la cabeza, en busca de las caballerizas. 

Ecthelion se detuvo tras doblar en la primera esquina y contuvo la respiración. Se quedó quieto por varios minutos hasta que estuvo seguro de haber despistado definitivamente a Barahir. Giró la cabeza y reparó por primera vez en las extrañas figuras que la luz de la luna dibujaba en el suelo de la estancia.

Se movió hacia las ventanas y comprobó que, a la vieja usanza de la Torre, estaban abiertas al vacío. Era tal la altura que la posibilidad de que algún ladrón accediera a las habitaciones reales estaba descartada. Se acomodó en el antepecho y dejó que sus piernas fueran movidas por la fuerte brisa de la noche. Miró hacia abajo: las cabezas de los vigías eran manzanas oscuras.

–Tienes razón –musitó–, yo soy un pequeño y cobarde cortesano sin valor para las grandes acciones.

Con gran calma acomodó el cuello de la túnica y se aseguró  de que no hubiera ningún balcón debajo, se sacó los anillos y la cadena de oro de Eowyn, los puso el bolsillo interior, se puso de pie con cuidado, y calculó la distancia.

Por un instante sus pensamientos volvieron a Igrania.
“Perdóname hermanita”
Y a Geniev
“Espero que comprendas.”
Sopesó las posibilidades y sintió como una lágrima rebelde escapaba de sus ojos, se limpió de un manotazo.

–Campesino tonto…

Los versos que a veces cantaba Legolas le parecieron proféticos:
Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.

Tragó en seco y adelantó el pie derecho hacia el vacío.
“Que lugar común matarse por amor” –alcanzó a pensar antes de que la oscuridad le rodeara.

TBC…

EN BUSCA DE UN SUEÑO 26

26 Y la noticia del día es…

Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
Igor regresó a casa todavía conmocionado por su nuevo y sorprendente empleo. Cuando sus compañeros llegaron, estaba frente al televisor, tratando de sacarse el asombro con las noticias de un presentador cuyas duras facciones veía por primera vez.

Silvia y los gemelos siguieron por el corredor hacia sus cuartos. Alcar y Eothain llevaron una caja de herramientas y materiales al extremo de la sala que hacia las veces de taller. Boris se dejó caer junto a Igor, y contempló extrañado la pantalla.

–¿Qué canal es ese?
–CHS –Igor tomó el control para evitar que Boris se pusiera a buscar fútbol. 
–¿Es extranjero? No entiendo mucho –inquirió Eothain.
–Es el Canal de Harad del Sur –explicó Igor sin prestarles atención, claramente interesado en lo que fuera que le pasaba a la Reina de Belleza de Umbar.

Si, en efecto, el locutor hablaba en haradrim, solo que era una lengua tan poco usada en la casa que no la habían reconocido de golpe. Boris, Eothain y Alcar miraron a Igor extrañados e inseguros de qué decir. Por un rato predominó la voz del desconocido presentador:

–... Y en las nacionales: El gobierno federal anula una deuda entre Harad y Brasil de casi dos siglos de antigüedad.
En un gesto de liberalidad que poco respeta los aprietos económicos que exige a sus ciudadanos, el gobierno central anuló este jueves una deuda de Brasil de más de dos siglos de antigüedad, correspondiente a un valor actual de 10 millones de dólares (unos 17,2 millones de aranis). La decisión fue confirmada por el primer ministro, Adanedhel Arthedain, tras un almuerzo con el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso.
La deuda databa de 1800 y representaba un derecho de paso exigido por aquel entonces por la República Cristiana de Harad a todos los barcos que navegaban por delante del castillo de Kronborg para cruzar el estrecho de Khand. Este tipo impuesto fue eliminado en las cuencas del Atlántico y el Mediterráneo en 1810, en negociaciones entre las potencias internacionales del momento, a las que asistieron representantes de la República Cristiana de Harad y Nueva Númenor. Se acordó que cada nación que renunciaba a tal práctica tenía que recibir una compensación por parte de las principales diez naciones marítimas en términos de una cantidad única. Sólo Brasil no había satisfecho dicha cantidad hasta la fecha.
El Ministro de Finanzas, honorable Maggot Pelargir, insistía en que Brasil pagase lo que debía a los haradrims, pero el jefe del gobierno ha preferido cerrar el caso. "Declaro oficialmente que anulamos nuestra exigencia", señaló Arthedain a la salida del almuerzo
con Henrique Cardoso, citado por la agencia AFP. El primer ministro precisó que Arda y Brasil son "actualmente partidarios de la supresión de las barreras aduaneras para aprovechar totalmente la globalización".
Fernando Henrique Cardoso terminó este domingo una visita de Estado de dos días en Arda, la primera de un presidente de Brasil desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre la República Cristiana de Harad y el Imperio de Brasil, en 1822.


Sin dudas la noticia era interesante –teniendo en cuenta las tensiones del gobierno minoritario de Arthedain–, pero ellos estaban acostumbrados a ver el noticiero de las ocho en ArdaVisión, en oestron, por cierto.

Boris fue el primero en reaccionar.
–¿Y esa locura de mirar las noticias de los cristianos? –y trató de quitarle el control del TV a Igor.
El rubio apartó la mano con rapidez. –Estoy practicando el idioma.
Esa era una razón sorprendente, cuando menos. ¿Planeaba Igor irse a trabajar en el sur? Alcar dio voz a la inquietud de los otros tres, pero a modo de chiste, para aminorar la tensión.
–¿Conseguiste trabajo de gerente en una empresa de camiones de basura?

Eothain y Boris rieron, pero Igor les miró molesto y los otros tres se quedaron extrañados.

¿Qué otra razón sería verosímil? Aunque Igor estudiaba idiomas, era ridículo que le dedicara al haradrim horas de TV. Lo suyo era la Cuarta Edad, los bellos elfos y el misterioso Geniev ¿no? Nadie que no fuera cristiano –o que padeciera complejo de culpa y se dedicara a la lucha por sus derechos– tenía que aprender el idioma del sur. Los sureños tenían que aprender oestron, porque habían perdido la Segunda Guerra de Unificación, por muchas leyes de discriminación positiva que obtuvieran tras la Rebelión de 1958. “Mala suerte beatos, eso pasa cuando matas rohirrims”, se burlaban los niños edains cuando estudiaban la conquista de Nurmen y la abdicación de Lemev XXVIII. Ahora enseñaban su idioma en las escuelas de todo el país, pero fuera de Harad y Rhun solo eran buenos para sacar la basura, fregar los platos, dirigir la mafia y... todo lo que implicaba ser ciudadanos de segunda categoría. Eso eran los descendientes de los guerreros de Harad y los Corsarios de Umbar. ¿Y la minoría que había logrado ascender, colarse en las universidades, fundar empresas, hacer política, ser invitada a las recepciones del Ejército del Oeste? Esa minoría estaba en el juego del poder, no lo cambiaba.

El silencio en la sala era ahora desagradable, pero la charla dio un giro inesperado.
–¿Cuál es el menú? –preguntó Silvia al regresar de su habitación ya sin el uniforme. 
–¿Menú? –repitió el rubio extrañado.
–¡Yo te diré! –gritó Theódred desde la cocina. –Pizza congelada y... jugo de naranja.
El gemelo de pelo largo salió de la cocina y se acercó al grupo con expresión intrigada.
–¿Acaso se te olvidó que debías cocinar?
Igor le miró extrañado y luego hizo un gesto de sorpresa.
–¿Igor? –la voz de Alcar ahora sonaba inquieta.
Pero el rubio se repuso sin demora.
–¿Creen que voy a cocinar para ustedes ahora que soy –carraspeó para darse importancia– el Secretario de su Señoría Gorland Telcontar Thrandulion, Hermano Mayor del Heredero de los Telcontar, Príncipe de Mirkwood y Rivendel, Señor de Anfalas, Protector de Harad, Señor de los Puertos de la Tierra Media y Bienhechor de Moria? Nos vamos a comer a la calle. ¡Elijan el lugar!

Un valle en el lado occidental de las Montañas Nubladas

Mardil se dirigió despacio al patio central del complejo. Del otro lado del edificio que ocultaba la explanada se oía el ruido de descarga de las provisiones, pero él no estaba muy entusiasmado: la llegada de los abastecimientos desde Rauros solo le iba a recordar a Lindir. El jaleo con Hai le había dejado muy cansado, física y emocionalmente, como para ayudar en la descarga de los abastecimientos y la posterior carga de los productos que enviarían al mercado esa semana. Tras ponderarlo unos instantes, el joven moreno dio un suspiro y dobló la esquina del edificio con resignación.

–Que los Valar decidan...

Tal como previera, el patio era un hervidero de acción. No solo se trataba de gente encargada de la estiba, sino de perros ladrando, pequeñines oteando desde las esquinas, relinchos alterados desde las caballerizas por el ruido. Fastidiado, Mardil sacudió la cabeza y dio un rodeo para alcanzar la puerta del almacén principal, a fin de ponerse a las órdenes de Eärcaraxë. Era preferible reventar de cansancio, acaso así dormiría sin sueños más tarde.

Al acercarse a la plataforma desde donde se controlaba la estiba, notó que Eärcaraxë lucía excitado. Eso era extraño. Primero porque los camiones de provisiones no eran novedad ni alegría para él. Segundo porque el pelirrojo era famoso por su inconmovible semblante, tan bello como hierático –la verdad sea dicha, tras una juventud como la de Eärcaraxë Delagua, era difícil hallar emoción en una colonia agrícola montañesa, razón por la cual había pedido a su Señoría la residencia permanente en este rincón de las Montañas Nubladas. Ahora su expresión tampoco era elocuente, pero Mardil le conocía tiempo ha. Algo más que conservas de tomate y aspirinas había llegado. 

Mardil se detuvo ante la puerta de la oficina, esperando que el pelirrojo contramaestre le orientara:
–Te esperan en la Casa Grande.
El moreno pestañeó desorientado.
–¿Cómo?
Eärcaraxë no era paciente, en especial con sus subalternos. Levantó sus ojos azul oscuro ya teñidos de enfado y reformuló la orden.
–Bolg Osgiliath te espera en la Casa Grande –y añadió para acabar de intrigar al joven. –No le estropees el buen día al viejo con tu lengua.
Bueno, esto era para escribir en el periódico, Eärcaraxë Delagua preocupado por alguien.

En lo que se acercaba al complejo habitacional de la comunidad, Mardil trató de poner en orden sus sentimientos. Tras la partida de Lindir, había dejado la habitación que compartían, seguro de que su pareja no regresaría hasta cumplir la palabra dada a Su Señoría. Pero ello había hecho tensas sus relaciones con el viejo Bolg, cuya satisfacción cuando solicitaron una habitación común solo era comparable con el honor dispensado por Su Señoría al elegir a Lindir para acompañarle al sur. Si se hubieran separado en buenos términos, Mardil se habría animado a decirle a Bolg que ambos lo habían discutido ya: la Comunidad crecía por primera vez tras casi dos siglos, pero el espacio no, de ahí que decidieran ceder su departamento hasta que se reunieran. ¿Acaso iba a estar menos solo en tres habitaciones?

Pero no, Lindir se había llevado sus bártulos de vuelta a la casita de Bolg la noche antes de partir, tras una pelea a gritos donde ambos dijeran cosas feas, de las que no tuvieron oportunidad de perdonarse... Con ese panorama, entregar el apartamento e irse a vivir como soltero parecía decir “He renunciado a mis votos. Estoy disponible”, pero ¿quién se atreve a piropear al yerno de Bolg Osgiliath, guardaespaldas de Su Señoría y domador de wuargos? El mismo Mardil no tenía valor para ir donde el viejo y narrar su arrepentimiento, y Bolg –el muchacho no lograba saber si por enfado o discreción– le evitaba.

Bueno, lo que fuera que había llegado del sur había hecho que el viejo cambiara de idea. ¿Acaso su esposo había enviado un paquete o algún detalle que indicaba su deseo de arreglar las cosas? Esta idea alivió un poco la tensión dentro de Mardil y le permitió sonreír levemente al cruzar el umbral de la Casa Grande y divisar la imponente figura de Blog. Avanzó hacia él sin mirar nada más, y por eso casi saltó al sentir que tomaban su brazo izquierdo y le obligaban a detener la marcha y girarse. No apartó al atrevido de un manotazo porque reconoció el toque.

–¡Dulce Elbereth! ¡Qué susto me haz dado, Lindir! –solo entonces reparó en lo ilógico de la situación. –¿¡Lindir!? Pero ¿qué…?, ¿tu no…?, ¿ha pasado algo?
Lindir lo contempló con expresión crítica, Mardil recordó la aventura con Hai y bajó los ojos, avergonzado. Sus ropas estaban sucias de trajín, seguro apestaba a sangre y sudor.
–No sabía que llegabas –se disculpó. –Hai ha tenido su camada hace menos de una hora y Eärcaraxë me ha mandado subir a la Casa Grande sin explicaciones. Pensé que tenía que estibar algo de la colección privada de Su Señoría, no que…

Se calló, porque al menos podía darse cuenta de que balbuceaba. Lindir seguía callado, mirándole con sus intensos ojos lavanda. No había enfado en sus ojos, lo cual tranquilizó a Mardil, pero tampoco alegría.

–Espero un hijo.

Mardil se desmayó.

TBC… 
Notas
Noticia original de la deuda brasilera “Dinamarca anula una deuda brasileña de más de dos siglos de antigüedad” en Rebelion.org (15-09-2007): URL: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56180.

1 de julio de 2010

AVISO DE PAUSA POR MATERNIDAD

La publicación estará en pausa por tiempo indefinido. Tengo que dedicar más tiempo a mi bebé y al trabajo, pues ahora alguien más depende de mi. No abandono, pero advierto que las actualizaciones serán espaciadas e irregulares. 

Lo siento...

8 de septiembre de 2009

EN BUSCA DE UN SUEÑO 25

Al encuentro de la familia Real de Gondor

"A ponderosa, solitary and thirsty, grows from a
rock into the smog cloaking the barren hillside. It
watches men and women cross the studio parking
lot with drunken dreams under their arms."
Universal, Viggo Mortensen

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

La cabalgata por los campos hacia el nortoeste de la ciudad había sido muy agradable. Barahir estaba en su elemento, en especial tras haber pasado tantas jornadas encerrado.

Mientras avanzaban rodeados de los guardias de la ciudadela, cuyos cascos de plumas el chico admiraba en silencio, tuvo oportunidad de comprobar que Geniev controlaba muy bien su caballo sin necesidad de silla, apenas con una rienda elemental y una manta sobre la espalda de la bestia. Este modo de montar contrastaba con el sofisticado traje de la ocasión.

Era un atavío maravilloso: mantenía el obligatorio color gris que anunciaba el rango de su portador, pero de un tono perlado brillante. La trama variaba su textura con patrones abstractos que no dejaban vacíos. Por encima de la camisa, la túnica estaba bordada en hilos de oro, reproduciendo objetos de diverso uso en la batalla, desde una catapulta hasta una daga. Los cabellos estaban peinados hacia atrás en un moño bajo. Su brillante color negro no lucía –ni necesitaba– más realce que la sencilla insignia de filigrana a pocos centímetros del inicio de la línea del cabello. Era una insignia finamente tejida con metal y cintas grises, que mantenía despejada la augusta frente de los pocos mechones cortos no contenidos por el moño.

Todo el cuerpo del príncipe quedaba cubierto con el mayor recato: el diseño apenas dejaba a la vista manos, cuello y rostro. Y este recato, pensaban ambos amigos con extrañeza, estaba en consonancia con el humor sombrío que mostraba Geniev desde que partieran de Minas Tirith. El Príncipe no había dicho palabras fuera de las necesarias para ordenar la disposición de la comitiva. Ecthelion y Barahir habían optado por respetar su silencio y tan solo intercambiaban miradas y gestos mínimos, pero elocuentes, como solían en sus clases.

Ambos lucían sus mejores galas. El traje azul y marrón de Ecthelion le daba un aire severo, a juego con su amplia frente y sus ojos oscuros, los rizos estaban esmeradamente ordenados en numerosas trenzas. Barahir usaba colores verdes y blancos, los cuales –según su madre y su amigo– resaltaban sus ojos gris verdosos, el cabello estaba libre, suave y despedía un leve perfume a bosque –por una esencia que le prestara el Príncipe la noche anterior. Gracias a que los trajes de gala que se hicieran para asistir a la boda del Rey aún les quedaban bien, casi parecían sacados de un cuento.

Avanzaban a buen paso hacia el noroeste. Esta zona no había tardado en recuperarse tras la Guerra del Anillo, pues antes de la Cabalgata de los Rohirrim apenas había allí casas o granjas. Tan solo pastores excepcionalmente valientes se aproximaban al Bosque Druadan, y Ecthelion le había contado en años anteriores a Barahir lo que se contaba de sus habitantes, los woses: enfrentados a lobos y orcos en combates que ganaban por medios mágicos. Barahir desconfiaba de la magia –como la mayoría de los gondorianos tras siglos de guerrear con espectros y ojos de fuego.

Los dos jovencitos calculaban unas buenas dos horas cabalgando por los pastizales cuando avistaron el campamento del Rey. Era un conjunto de tiendas y construcciones auxiliares justo al final de la llanura, flaqueada por los primeros árboles del centenario y misterioso bosque de los woses, cuyos sombríos colores hacían más alegres, por contraste, el estallido polícromo de las tiendas.

Numerosos guardias estaban dispuestos alrededor del perímetro, en clara alerta, pero no les detuvieron. Cruzaron tres postas donde los uniformados se inclinaron profundamente al reconocer a Geniev. Cuando ya se distinguían los rostros quienes estaban en el interior del campamento atareados en diversas tareas, torcieron rumbo para bordear la zona hasta llegar a una lujosa caballeriza donde los animales descansaban bajo toldos de tela blanca, con abundante heno y agua.

El Príncipe desmontó y ellos lo imitaron. Unos palafreneros vinieron prestos a ocuparse de los caballos y detrás de ellos apareció un pelirrojo de ojos verdes que los jóvenes no dudaron en identificar. Barahir fue a dar un paso atrás por instinto, pero Ecthelion lo tomó del brazo y le lanzó una mirada recriminatoria. El campesino se mordió los labios por haber sido cogido en falta.

Acaso fuera que el secretario del Senescal estaba acostumbrado a todo tipo de reacciones. El hecho es que no les dedicó ni una mirada, tan solo hizo una profunda reverencia ante el Príncipe. Geniev cortó la formalidad al acercarse y abrazarle con ternura. Duilin –el parricida, el invertido, el del rostro marcado– no pareció sorprendido por el gesto: le aceptó en sus brazos y le besó la mejilla. Luego susurró algo al oído del Príncipe que logró arrancarle una risa corta, intensa.

Cuando se separaron, el rostro de Geniev había perdido parte de su tensión. Extendió una mano señalando a sus dos acompañantes.
–Duilin, ellos son Barahir, hijo de Bertonin y Ecthelion, hijo de Igram, mis compañeros de la Academia. Caballeros, él es Duilin, secretario del Senescal y mi perceptor cuando vivo en Palacio.
–No tienen idea de lo difícil que fue enseñarle a usar medias –comentó el otro en tono ligero.
–¡Oye! Eso es daño a la dignidad real.
–Pues denúnciame con tu padre. Ya tiemblo al pensar en los platos de verduras.
–A ti no te asustan las verduras –reconvino Geniev con voz intencionada.
–No, al contrario. Pero esta no es conversación para las caballerizas –se acercó a los dos adolescentes y les hizo una leve reverencia. –Ecthelion, tuve el gusto de conocer a tu padre y debo decir que sus informes siempre han sido pulcros y fieles a la realidad. Barahir, lamento la caída de Lord Bertonin ante la Puerta Negra, pero su nombre es ahora imperecedero, como la gloria que trae a su clan habernos librado del Ojo. Por favor, síganme.

Los cuatro se adentraron en el campamento. Duilin y Geniev delante, el pelirrojo seguía hablando en voz baja al Príncipe, al parecer con la intensión de relajarlo. Los dos estudiantes a unos pocos pasos, devorando con los ojos la actividad febril de la servidumbre, las voces de trovadores que templaban sus instrumentos, las personas de noble porte que con paso apresurado se ajustaban los trajes o galanteaban en los portales de sus albergues. Todo era color, ruido, olores, movimiento. Aquel despliegue les aturdía de tal manera que acabaron andando pegados el uno al otro, por temor a perderse entre la muchedumbre, que se hacía más densa en la medida que se acercaban al centro del campamento.

Por instinto se tomaron de las manos, y eso salvó a Ecthelion de caer al suelo cuando –entretenido por el tocado multicolor de una dama– chocó con una silla de montar dejada en el suelo cerca de una tienda de color verde dorado. Barahir reaccionó a tiempo y lo retuvo entre sus brazos.

–¿Estás bien?
–Si, si –respondió el de trenzas en cuanto normalizó su respiración.

Se irguió lentamente y allí mismo repasó con cuidado sus pantalones y los bajos de la túnica, los que no habían sufrido ningún daño. Pero Barahir notó que habían perdido de vista a Geniev y Duilin, y su mal humor estalló contra lo que más a mano tenía.

–¿Quién habrá sido el genio que dejó esta basura en mitad del camino? ¿Acaso no hay cloaca en el campamento?
–Esa basura es una silla de montar de cuero de wuargos, repujada y bordada con una habilidad que tu raza no llegará a imaginar –repuso una voz enfadada a sus espaldas.

Barahir se giró sin perder el aplomo. De la tienda había salido un elfo de cabellos castaños, ojos azules y anchos hombros, pero no le sobrepasaba demasiado en altura. Ya el chico estaba acostumbrado a mandar a los hombres de su granja, hombres que podían ser sus abuelos, así que simplemente mantuvo el reto en su mirada.

–Pues debería cuidarla mejor. Mi amigo casi se va de narices al fango por ella.
El rostro del elfo se distendió en una sonrisa burlona.
–Agradece que te di la oportunidad de tocar la cintura de tan bello tasarë.
Barahir no tenía idea de qué significaba eso de “tasarë”, pero el tono en que fuera dicho le calentó aún más la sangre.
–No necesito de tu ayuda para tocar nada, ¿entiendes?
El elfo abrió la boca para contestarle, pero una voz autoritaria le detuvo.
–¡Olórin! ¿Es que no puedes vivir sin provocar a los humanos?

De inmediato el castaño bajó los párpados y se mordió los labios. Los dos chicos observaron al elfo rubio que se les acercaba a grandes zancadas. Debía ser alguien importante, porque las personas se apartaban para darle paso sin pensarlo.

–Mis disculpas, artaher Rúmil. Estos niños patearon la montura que traes de regalo y perdí los estribos.
El rubio observó al enrojecido Barahir, apenas contenido por Ecthelion tras la afrenta de ser llamado “niño”.
–¿Están perdidos? –preguntó Rúmil con acento amable.
Barahir iba a decir una buena grosería de las aprendidas con sus peones, pero Ecthelion le tiró del brazo y tomó la palabra.
–Llegamos de Minas Tirith con el Príncipe Geniev. El se adelantó en una conversación privada con el señor Duilin y le hemos perdido de vista tras el malentendido con su montura. Créame que no deseábamos…
–¡El Ojo queme a ese presumido! –estalló el campesino señalando a Olórin. –Dejó la montura en el suelo para que cualquiera chocara con ella. Mi amigo casi si enfanga el traje de gala a unos instantes de conocer a su Majestad.
–¡Anlissë! –escupió Olórin con desprecio.
Barahir quiso tomar satisfacción física de lo que le sonaba a ofensa, pero Rúmil se adelantó al lanzar a Olórin al suelo de una bofetada.

Lo siguiente fue una parrafada en élfico por parte del capitán Rúmil, de la que Olórin se defendía débilmente, aunque sin levantarse. Ecthelion pudo entender solo palabras sueltas del discurso: “meldielto”, Geniev y “ancalima”. El argumento defensivo del castaño era tan repetitivo que comprendió las palabras claves sin problemas: “tasarë”, “indis” –¿o “indil”?– y “herven”. La rabia de Rúmil pareció aumentar ante esto, “artaher” y “huinë” salieron en una oración de duros acentos. Repitió varias veces “herven” y “avaquétima”. Al fin, Olórin movió la cabeza dubitativo y dijo “aiquen” en tono derrotado. Se levantó, tomó la montura y desapareció en el interior de la tienda.

Rúmil se giró hacia ellos con el rostro totalmente calmado, como si acabara de despachar un asunto de importancia menor.
–Seguramente el príncipe Geniev desea verlos. Los conduciré hasta la tienda de la familia real –ofreció.
Ambos amigos se miraron inseguros. ¿Así pedían disculpas los elfos?
–Se lo agradeceremos.
Rúmil avanzó despacio junto a ellos y no volvió a hablar hasta que se encontraron con Duilin, cuyo rostro acalorado competía con el color de su cabello.
–Barahir, Ecthelion, ¡su señoría quedó muy preocupado al notar que no nos seguíais!
–No te preocupes, indilinke –le dijo Rúmil. –Ya ves que están sanos y salvos. ¿Qué les podría pasar dentro del perímetro?
La mirada verde de Duilin se endureció de golpe.
–Si chocan con alguno de tus buscapleitos, seguro sacamos argumento para un poema.
–Pero no fue así. Solo chocaron con una bella silla de montar, se quedaron a admirarla y os perdieron de vista. Yo pasaba por ahí y me ofrecí a guiarlos hasta las habitaciones de Aragorn y Legolas.
–No debes hablar de sus majestades con tales términos –le amonestó Duilin en tono cansado, como si fuera punto obligado de sus encuentros.
–Es de público conocimiento que cambié los culeros de Elessar I, entonces llamado Estel –y añadió divertido. –Muchachos, os aseguro que sus deposiciones eran todo lo regias y perfumadas que se puede esperar del heredero de Isildur.
–¡Ya deja de escandalizarlos!
–Lo que tú quieras, indilinke. Solo asegúrate de que Geniev quiera bailar esta noche. No cabalgué tanto para soportar los pisotones de la hija de Golasgil de Anfalas.
Dicho esto, Rúmil se escurrió entre la multitud como una gota de agua en la lluvia. Duilin soltó un gruñido exasperado y examinó a los dos jóvenes.
–¿Fue como él dijo?
–Era una bella montura –adujo Barahir con expresión culpable.
Duilin no preguntó más.

Caminaron hasta el corazón del campamento. Allí se alzaba una amplia tienda verde decorada con pinturas de animales y personas en colores alegres. Alrededor se afanaban soldados y sirvientes, numerosos nobles esperaban licencia para ser vistos. Callados y con los ojos bajos, los dos jovencitos siguieron al secretario al interior sin detenerse, conscientes de las miradas de envidia que recibían de quienes estaban obligados a esperar turno.

El interior de la tienda estaba dividido en estancias por cortinas de fino tejido que colgaban del techo. En esa primera estancia los muebles eran ligeros: cojines, divanes de piel y mesas bajas. Geniev estaba echado en un reclinatorio de pieles moteadas leyendo un pergamino cuando los tres jóvenes se acercaron. Su rostro se iluminó al verles.

–Es una suerte que Duilin les hallara –dijo mientras hacía un gesto de invitación para que Barahir y Ecthelion se sentaran en unos cojines.
–Voy a avisar a tus padres que ya están aquí –informó el secretario del Senescal con una leve reverencia y desapareció entre los cortinajes.

En la mesa frente a ellos había un servicio de bebidas y frutos secos. Hambrientos tras la cabalgata, los dos chicos apenas necesitaron un asentimiento del Príncipe para hincar el diente.

–¿Qué los detuvo?
–Nada del otro mundo –se apresuró a decir el de cabello largo –El campesino y yo nos fijamos en una bella silla de montar, nos quedamos a admirarla y os perdimos de vista. Topamos entonces con el artaher Rúmil quien se ofreció a guiarnos.
Ecthelion creía haber sido muy discreto, no deseaba narrar el conato de pelea entre Barahir y Olórin por temor a que Geniev se enfadara. Incluso pensó que decir una palabra en élfico podría desviar el tema a sus conocimientos de lenguas antiguas, pero el rostro del moreno volvió a ser sombrío al escuchar el nombre del elfo.
–¿Rúmil?... ¿Estaba solo?
Los dos rubios intercambiaron miradas interrogantes.
–Lo acompañaba un tal Olórin –dijo Barahir despacio.

Tal información hizo el ceño de Geniev aún más oscuro. Después miró el pergamino que había dejado a un lado con fastidio rayano en el odio. No dijo una palabra más. Se adueñaron del ambiente los sonidos del campamento que se filtraban hasta ellos. Los dos amigos se miraban las manos o daban sorbos breves a sus bebidas, inseguros de cómo proceder. Por suerte, Duilin regresó a anunciarles que sus majestades deseaban verles.

Los tres jóvenes se levantaron presurosos, alisaron sus trajes y siguieron al perceptor a través de las galerías. El rostro de Geniev se suavizó.

Los guardias estaban en los rincones de la estancia, cubriendo las salidas, silenciosos y quietos como estatuas vivas. Elessar I disponía una bandeja de frutas en conserva sobre una mesa, Legolas acomodaba su tocado frente a una jofaina donde al parecer se había refrescado el rostro y las manos. Ambos se volvieron en dirección a la entrada cuando Duilin levantó la cortina y sonrieron con afecto a su hijo.

Geniev fue a abrasar al Rey. Legolas se acercó a ellos y le acaricio la mejilla. Luego el príncipe giró hacia la entrada, donde Ecthelion y Barahir permanecían con los rostros bajos en espera de recibir licencia para hacerse notar por los soberanos.

–Con que estas son tus conquistas –comentó Aragorn y de una zancada estuvo junto a ellos. –Bien, bien. Buenos huesos, hermosas cabelleras... –levantó la cabeza de Ecthelion empujando su mentón con un dedo y rió al ver las mejillas arreboladas y los ojos verdes, oscuros de rabia e impotencia. –Y espíritu, mucho espíritu.
–Baste de rigores, mi bien –reconvino Legolas con voz cantarina.

Aragorn asintió. Se apartó, caminó hacia el centro de la estancia con ademán ligero y se dejó caer a la izquierda de su esposo en un sofá amarillo imperial dispuesto frente a una mesa con viandas frías y bebidas. Alrededor había seis asientos más, pero el diván de los soberanos de Gondor y Arnor estaba ligeramente elevado. Una vez que se acomodó, Geniev y Duilin ocuparon sus asientos: el hijo a la derecha del príncipe consorte, el secretario a la izquierda del Rey, pero con un asiento entre ambos: el del Senescal.

Aragorn hizo un gesto de invitación a los muchachos y volvió a hablarles, pero ahora sin rastro de burla en la voz.
–Es un gusto conoceros, Barahir, hijo de Bertonin y Ecthelion, hijo de Igram. Los invito a compartir la carne y al agua clara.
Ambos rubios hicieron una profunda reverencia y se acercaron a la mesa, donde ocuparon los asientos a la derecha de Geniev.

La merienda transcurrió en un ambiente agradable: Duilin y Aragorn hicieron numerosas preguntas a Geniev sobre su estancia en la Academia, y el joven se las arregló para ceder la palabra sobre este o aquel tema a sus condiscípulos. Poco a poco Barahir y Ecthelion se relajaron y empezaron a disfrutar de la charla. El único que no participaba era Legolas. El elfo solo asentía o negaba a los comentarios de los otros, reía discretamente y se ocupaba de mantener el plato de su esposo surtido, así como la copa escanciada con un licor suave y perfumado.

Sin embargo, Ecthelion notó que el Príncipe Consorte estaba muy atento a las acciones de cada persona de la habitación: era él quien llamaba a los sirvientes con señas para que retirasen fuentes o repusieran frutos, así como para que los platos de cada invitado tuvieran el alimento por el que mostrase mayor interés o gusto. Pero lo que más le extrañó fue que nadie del servicio pasara por detrás de los soberanos o se inclinara junto al oído de su Alteza. Una barrera física parecía alzarse entre el rubio y el mundo, y el enlace entre ambos era, paradójicamente, el Rey, la única persona a quien tocaba. Al resto les aceptaba: Geniev, Duilin; o vigilaba: el servicio, los guardias, Barahir y él mismo –aunque la vigilancia sobre ellos dos fuera mucho más discreta.

No que esto extrañara al joven. Barahir y Ecthelion sabían que estaban siendo cuidadosamente inspeccionados. Que toda la jornada sería un largo examen de comportamiento y habilidad. Después de todo, la investidura de “compañero del hijo adoptivo del Rey” –donde “hijo adoptivo del Rey” es un eufemismo para “bastardo con posibilidades para el trono”– no era una posición despreciable en la corte.

Casi una hora más tarde, un gong lejano señaló el fin de las colaciones de la media mañana. Fueron presentadas jarras y jofainas a los soberanos. Los invitados se pusieron de pie de inmediato.

–De nuevo a oír pleitos por ofensas de doscientos años de antigüedad y sofisticados modos de evadir los impuestos –se quejó Aragorn. –Ve hijo, diviértete mientras puedas, que los estudios no te van a durar toda la vida. Nos vemos en el baile de la noche.
–Los conduciré a su tienda –anunció Duilin, y los tres adolescentes lo siguieron.

Legolas y Aragorn se dirigieron al trono y aprovecharon que los sirvientes se afanaban transformando el sitio de habitación familiar en sala de audiencias para intercambiar opiniones:
–Dicen los susurros de la corte que Geniev los ha seducido, tengo la impresión de que fue al contrario –opinó el dunedain atusando la corta barba oscura.
Legolas asintió despacio y dejó caer los párpados.
–Son fieles, inteligentes e inocentes.
Apoyó el mentón en la palma de su mano derecha y concluyó sin abrir los ojos.
–Son perfectos.

TBC...

Palabras quenya utilizadas:

Aiquen "si alguno, sea quien sea" (WJ:372)
Ancalima "de mayor brillo, el más brillante", sc. calima "brillo" con el prefijo an- superlativo o intensivo (LotR2:IV cap. 9; ver Letters:385 para su traducción).
Aran Meletyalda "vuestra majestad, mi rey"
Artaher (Artahér-) "Señor Noble"
Avaquétima "no para ser mencionado, eso no debe ser dicho". Compuesto de ava- prefijo que indica algo prohibido (WJ:370)
Huinë "penumbra, oscuridad"
Indil "azucena, lirio blanco"
Indis "esposa"
Anlissë de lissë "dulce" con el prefijo an- superlativo o intensivo
Meldielto "ellos son amados"
Tasarë "sauce"

13 de febrero de 2009

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 7 final

VII ¿Para qué quiero más?


Elladan se dejó llevar en el beso.

Aturdido y agotado como estaba, nada coherente podía generar su cerebro. Su cuerpo, débil por casi tres semanas de ayuno, tampoco podría defenderse de los avances de Legolas, si deseara defenderse en algún remoto escenario.

Las manos del rubio se colaron por debajo de su foja camisa, buscando el pecho, esto hizo reaccionar al moreno y se apartó reluctante de la boca.

–… detente… -suplicó con voz ronca, pero ya los ágiles dedos reconocían su flácida piel.
–Estás delgado, tan delgado… –había preocupación en la voz del rubio.

Apenas tuvo tiempo para procesar la ternura en las palabras antes de ser levantado en brazos y transportado a su cama. Agradeció mentalmente que Aleth fuera una obsesiva de la limpieza y hubiera hecho cambiar las sábanas en el corto tiempo que llevaba fuera. Las manos de Legolas fueron a desatar las cintas de su camisa, pero las detuvo otra vez.

–No. Tenemos que hablar antes.
–De acuerdo –resopló el rubio. –Hablemos.
Elladan se movió con dificultad entre los almohadones hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama.
–Quisiera saber ¿por qué viniste ahora?, ¿por qué tu hijo me esperaba a mí y no a su padre?, ¿por qué…?
–¿Qué has dicho? –le interrumpe Legolas con acento peligroso y ante el silencio del confundido Elladan, le toma por las solapas de su túnica y lo sacude. –¿Qué has dicho de Hísiërion, desgraciado?
–Yo pregunté por su padre. ¿Qué tiene de extraño? No me parece lógico que vengas hasta Imladris por un reclamo de paternidad y lo siguiente sea que me besas como si el valle fuera a hundirse en el mar. No te entiendo, Legolas.

El agarre alrededor de su cuello cambia de violento a tierno. De repente Elladan siente su rostro envuelto en la cabellera de Legolas: los labios del rubio reparten besos de mariposa por sus mejillas, mentón, nariz, frente y labios.

–Tonto… noldor tonto… los orcos te comieron el cerebro… preguntar por el padre… aunque también yo… pero ya no importa ¿verdad?... ya no importa… te lo diré todo… ya no tendré miedo… seremos felices…

Por muy agradables que fueran los besos, Elladan estaba decidido a saber la verdad. No le importaba que Hísiërion fuera hijo de Estel o de algún guardia del Bosque Dorado, pero necesitaba certezas. Que Legolas le dijera con claridad qué deseaba. Así que con un supremo esfuerzo de voluntad lo separó de su rostro y trató de que su voz sonara lo más razonable posible.

–No seremos felices si no me dices con claridad las cosas.
–¡Ay Elladan! –suspiró Legolas, un poco molesto porque su amado no acabara de entender.
– Hísiërion te esperaba, yo te esperaba, mi padre te esperaba. Solo que eres demasiado lento como para comprender que diez días de amor no pueden dejar otro fruto que un hijo.
–¿Amor? –repite el moreno incrédulo.

Él nunca se atrevió a decir esa palabra. Le parecía demasiado grande, demasiado comprometedora para dejarla deslizarse de sus labios. La había escrito en esas cartas que nunca envió. La había puesto en hechos de sangre. La había ocultado, comprendió en estas semanas de angustia, de puro miedo.

–¿Amor? –vuelve a decir. –Amor –confirma Legolas.

Despacio, Elladan se esforzó por enfocar sus ojos por primera vez en meses. Aunque no estaba seguro de qué recordaba y qué veía, reconoció ante sí la figura esbelta, ya desnuda de la cintura para arriba –¿en qué momento se había sacado la camisa?–, el vientre liso, los músculos del pecho un poco marcados, los hombros redondeados, los brazos fibrosos. Ya no era el jovencito de la Montaña Solitaria, sino un guerrero, un adulto y, sobre todo, el padre de su hijo. Adelantó una mano para tocar las tersas mejillas.

–Acércate, quiero ver tus ojos.

Legolas se recogió el pelo hacia atrás en una coleta que sostuvo con sus manos y se inclinó, sonriente. Sus ojos azules, como el alto cielo del verano, brillaron de anticipación cuando las manos delgadas, pero amorosas de Elladan movieron su rostro hasta que la luz le dio de lleno. Un dedo delineó sus párpados, sus tupidas cejas…

–Me amas –reconoció Elladan en un gruñido ronco– y nunca me di cuenta. Estaba demasiado ocupado temiendo perderte.
–No podías perderme –aseguró el rubio. –Nunca nadie más me tuvo, ni me tendrá.
–¿Por qué…? –pero no llega a terminar la pregunta.

Son demasiados “¿por qué?” para hoy, para esta noche, para todo el otoño. Comprende que por primera vez que en siglos se siente tranquilo, seguro. No quiere nada más que dormir entre los brazos del elfo de su corazón.

Sabe que Legolas lo está llamando, pero su voz llega de lejos, deformada. Elladan está muy cansado….

&&&&&&&&&&&&&&&&&&

Enfocó los ojos despacio, molesto por los rayos de sol que daban directamente en su cara.

–¡Cierra la cortina! –gruñe a quien ha abierto las ventanas.

Pero la figura apoyada en el balcón no le obedece, sino que avanza hacia la cama despacio, de modo que el sol dibuja su sensual silueta y los rayos dorados aparecen y desaparecen con cada movimiento de caderas.

El moreno se yergue un poco un poco entre las almohadas para disfrutar la caminata de su pareja. El cuerpo desnudo y firme apenas es cubierto por la abundante cabellera que ahora le llega a las rodillas.

–¿Otra vez interrumpiste la clase de esgrima de Erestor?

Legolas hace un ruido despectivo con los labios y se sienta a su lado. Elladan siente el calor de las primeras luces en su piel y absorbe el aroma afrodisiaco de su cabello.

–Tengo derecho a tomar el sol –se queja el rubio.

Y el otro no dice nada porque no está muy molesto por la tendencia exhibicionista que desarrolló el sinda desde hace siete años, a él le pone de maravilla. Pero seguirle la corriente a esta discusión pactada es excitante.

–¿Qué hay de tu recato?

Legolas lo mira divertido y abre las piernas por toda respuesta. Su erección atrae las manos de Elladan como el primer día, y al sentirse acariciado el rubio se inclina para retribuirle con un beso. Luego mueve las caderas, generando fricción entre su pene y la mano del amante y le contesta burlón.

–Tal vez si me casara considerase el recato, pero… un matrimonio se vería raro a estas alturas ¿no?

Es el turno de Elladan de sonreír contra su voluntad. ¿Casarse ellos?

Han pasado diez años desde su último intento de suicidio y de que pusieran las cosas en claro. Ahora tienen un segundo hijo, Céler, y una existencia más tranquila en Rivendel –hasta donde puede ser tranquilo el mundo con cuatro elfitos corriendo por toda la casa: Hísiërion, Céler, Elwing y Alia –las dos nenas de Ellohir–, y la creciente amenaza de la oscuridad en las fronteras.
Pero se le ocurre un buen argumento.

–Serías el único miembro casado de la Compañía del Anillo, todo un ejemplo para esos alocados hobbits y mi hermanito. Legolas chasquea los labios.
–¿Acaso Estel necesita incentivos para casarse? Si por él fuera ya estaríamos en marcha, sin plan o mapas, alimentados de su puro amor por Arwen.

Elladan se ríe ante la imagen y piensa que, en verdad, su padre ha sido un poco cruel al prohibir ese matrimonio hasta que Estel ocupe el trono de sus ancestros. Acaso sea que Lord Elrond quiere demostrar que controla a la mayor parte de sus vástagos y que la escandalosa relación que su heredero mantiene con Legolas es culpa de Thranduil, que no puede meter en cintura a los suyos. El caso es que, a pesar de las mayestáticas indirectas que recorren los caminos de Arda desde el Bosque Negro y el Bosque Dorado, así como de las pullas que una noche si y otra también se intercambian en la mesa familiar, ninguno de los dos quiere enredar su vida con el complicado ceremonial de una boda real. Son felices así: amándose y amando a sus hijos. Ya perdieron mucho tiempo por la cortesía debida, y ambos lo saben.

Legolas termina de meterse entre las mantas y se ubica a orcajadas sobre el ardiente cuerpo de su pareja.
–Tengo ganas de sentirte –aclara con voz ya ronca el moreno.
Las cejas del rubio se alzan divertidas y advierte.
–Tendrás que llevar un cojín contigo en las reuniones de hoy.

Y solo esa advertencia eriza la nuca de Elladan. Dulces Valar, qué maravilla sentir las manos de Legolas en sus flancos, los labios de Legolas en su cuello, los dedos de Legolas en su…

–¡Atar!, ¡atar! –la voz de Hísiërion es demandante al otro lado de la puerta. –Prometiste llevarnos a cabalgar en la mañana.
El rostro del rubio cambia del lúbrico arrebato a la rabia, contrae las manos para obligarse a no estallar y gruñe bajito.
–¿Atar?
Ambos se quedan quietos, con la esperanza de que su hijo desista por un rato y ellos puedan…
–¡Se que estás ahí! Erestor me dijo que te había visto en la ventana.

Legolas pone los ojos en blanco y Elladan susurra un “Te lo dije” compungido. No es la primera vez que su entrepierna paga la pendencia entre esos dos. Pero el rubio no le mira, sino que toma con gestos bruscos un albornoz del piso –no importa de quién es– y va a abrir un poquito la puerta. Se enfrenta de muy mal humor a sus hijos, ambos con rostros ansiosos y trajes completos de montar.

En otra ocasión la imagen lo habría ablandado, pero su entrepierna duele y no olvida ni por un momento que se los ha mandado el insufrible de Erestor. Como si Legolas tuviera la culpa de que sus alumnos no se concentren lo suficiente en el filo de las espadas.

–Niños, su ada y yo estamos… errr… discutiendo algo y demoraremos un poco esa cabalgata ¿de acuerdo?
–¿Discutiendo? –la voz de Hísiërion revela su repentina angustia y Legolas recuerda, un segundo demasiado tarde, que esa era la palabra equivocada.

Para su hijo mayor Elladan sigue siendo algo que le pueden arrebatar, como un tesoro robado. Ninguno de los adultos a su alrededor ha logrado convencerle de que su ada no volverá a dejarlo por voluntad propia, así que Hísiërion siempre está ansioso por las altas y bajas de su relación. Sabe que en unos días Legolas partirá lejos con el tío Estel y eso lo tiene más vigilante que de costumbre.

–Discutíamos un plan, hijo, no estuvimos peleando –aclara con su voz más razonable.
–¿Lo de la hermanita? –interrumpió Céler con un tono de esperanza inconfundible.

Legolas parpadea atónito ante la salida. ¿Dé dónde sale esa idea? Un vistazo a la expresión rabiosa de Hísiërion le deja comprender que el menor de sus vástagos –rubio como él, impetuoso como el adar– ha traicionado un secreto. Pero los elfitos de siete años no suelen ser los seres más discretos del mundo, Hísiërion debería recordarlo.

El sinda suspira, esto pinta para largo y no es el tipo de charla que se mantiene en un corredor. Bien, parece que esta vez Erestor tiene su venganza, admite resignado ya a dejarles pasar y sacar a los tres involucrados –sabe que Elladan está en esto– hasta la última palabra. Cuando abre la boca para ordenarles pasar, una mano se posa sobre la suya y su pareja asoma por sobre su hombro con expresión divertida.

–Hísiërion, te dije que era una sorpresa –reclama suavemente a su primogénito.
–Es que… –empieza a disculparse el elfito con expresión herida.
–Si, si –le interrumpe suavemente el padre. –Ya se que quieres mucho a Céler y no podías dejar de compartir la alegría. Bueno, su atar y yo debemos seguir, ¡ejem!, discutiendo cómo haremos a la hermanita. ¿Qué tal si buscan a sus primas y cabalgamos dentro de un rato?
Ambos infantes lucen satisfechos con la propuesta, pero Céler no puede contener su curiosidad.
–¿Tardarán mucho?
Elladan alza las cejas con toda seriedad.
–No estoy seguro hijo –y lanza una mirada lateral a su ya rojo amante, seguro que va a tardar en calmarlo. –Tú nos llevaste tres años.

Céler abre muchos sus asombrados ojos marrones. Tres años es una cantidad infinita de tiempo para él. Este momento es aprovechado por su hermano mayor para tomarlo de la mano y conducirlo corredor abajo.

–Vamos, podemos cabalgar más tarde.
Y los niños se alejan al tiempo que Elladan cierra la puerta y se enfrenta a un muy enfadado Legolas.
–¿Una hermanita? –sisea y empieza a dar vueltas por la habitación para no golpear al moreno. –¿Estoy a punto de partir a la guerra y le prometes a Hísiërion ¡una hermanita!? ¿Tienes idea de lo que significan tus palabras para ese niño? Él vive con el miedo constante de perderte y tu…
Pero Elladan se le planta enfrente con dos zancadas y le envuelve en sus brazos, quedan con sus rostros muy cercanos. En los ojos del moreno hay un poco de resentimiento.
–¿De dónde sacas que lo inventé para consolar a Hísiërion por tu partida?
Legolas se queda con el resto de los insultos a mitad de la garganta. ¿Está insinuando qué…? Baja los ojos presa de un repentino rubor que no es rabia, sino vergüenza.
–¿Tú…? ¿Tú quieres tener otro bebé?

El moreno no responde: rompe el abrazo y camina hacia el lecho al tiempo que deja caer su bata. Legolas se queda –como siempre– hipnotizado por el movimiento de esas caderas y da un par de pasos para seguirlo. Elladan se sienta en la cama y palmea el colchón en gesto de invitación. El rubio se acomoda a su lado.

–Te lo iba a decir esta tarde, de veras. La idea fue de Hísiërion, que quiere una hermanita para bajarle los humos a las hijas de Ellohir. Mis razones tampoco son demasiado altruistas: creo que te pones increíblemente sexi embarazado. Pero se que es algo que no podemos hacer ahora mismo y traté de explicárselo a nuestro hijo. Mucho menos es algo que pueda ocurrir sin discutirlo contigo. Yo se que la guerra es ahora el deber de todos, pero cuando Estel y Arwen por fin se casen ¿querrías…?

Legolas no contesta a la pregunta, sino que corre a las ventanas y las cierra con premura para regresar junto a su pareja. Entonces, en la penumbra de la fresca mañana del valle, lo besa despacio y le empuja para hacerle caer en el lecho. Empieza a acariciar su cuerpo y encender su deseo con la seguridad y el cuidado de quien conoce cada resquicio de ese cuerpo, cada herida, cada punto de placer.

La oscuridad podría ser completa, ellos no necesitan de sus ojos ahora. Los dos “ven” con la piel y los dedos, hablan con la ondulación de sus cuerpos y el flujo de sus fluidos.

De un giro el rubio está entre las piernas abiertas, ansiosas, y penetra de un golpe en el pasaje estrecho y húmedo que –ahora sabe– fue esculpido por los Valar solo para él. Elladan gruñe regodeado en la presión de sus paredes, empuja las caderas incitándole a moverse en un ritmo único, en su propia versión de la música de los Ainur. Una música de besos, caricias, arañazos, mordidas y lamidas. Una música que se toca con la carne y en la carne se recibe.

Estallan a la par.

Legolas sale despacio del cuerpo de su amante, al tiempo que reparte besos de mariposa sobre el pecho sudoroso de Elladan. Ambos están agotados y somnolientos, pero el moreno alcanza a oír la concesión se esta jornada.

–Tal vez un poco de recato no sea tan mala idea.
El noldor ríe. Sabe que un elfo pudoroso y hogareño no sería su Legolas. Le besa de nuevo los labios hinchados.
–¿Para qué quiero más?

FIN

27 de diciembre de 2008

SECRETOS DE FAMILIA 19

Cosas que queremos o no ver

“Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé
hallarla. Y quizá mejor sea así.
Quizá esa luz fuese para mi otra tortura.
Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría”
Ventanas, K. Kavafis


John y Alex subieron la escalera con calma, intercambiando comentarios sobre la clase de Encantamientos. El moreno iba relajado, tan feliz de haber logrado una genuina sonrisa de Alex que los hechos que alteraban la seguridad de su familia en los últimos días habían sido relegados a un rinconcito de su mente. Sin embargo, no estaba totalmente ajeno a los olores y sonidos de la zona que abandonan del castillo, ni a los que esperan delante: rosas y tierra húmeda. Al doblar la esquina que conduce al Club Selenita el olor se hace claro, y el asombro de Alex al ver a Dafne salir de detrás de una columna casi provoca al risa de John.

–¿Esperas a alguien? –le pregunta al tiempo que muestra los dientes, y es que el olor de la chica ha cambiado, ahora también hay violencia.
–A ustedes –ella duda un poco, pero al cabo toma aire y sigue con su plan. –Quiero que me lleven ahí –y señala con gesto decidido la puerta del Club, desde donde Víctor Hugo les observa.
–Ya te dije que son cosas de Griffindors…
–¡No es cierto! Vi entrar a chicos de diferentes casas y a un profesor. Nada tienen en común aparte de sus ojos dorados –terminó acusadora.
–Entonces ya sabes por qué no puedes entrar –repuso John con voz calmada.

Pero era una calma aparente. Alex había empezado a temblar a su lado y Fantasma se agitaba en su interior al oler el miedo.

–No, no lo sé. Dime la razón John, dime que Parkinson y los suyos te temen solo porque eres el hijo postizo del Ministro, no por tus ojos.

El miedo de Alex pasó del olor a un temblor continuo que molestó muchísimo a John –¿cuándo entendería que ser licántropo no era una vergüenza?– e hizo saltar los instintos protectores de Fantasma a la superficie. Con un gesto rápido, movió al chico hacia su espalda, donde al menos los ojos de Dafne no lo taladraban. Así los temblores disminuyeron y él pudo recuperar la capacidad de negociación.

–Deberías hablar con tus primos.
Ella parpadeó confusa.
–¿Con mis primos? –el tono en la voz de Dafne le indicó que el movimiento era adecuado.

Si claro, reconoció ella mentalmente, podía acudir a su familia mágica y averiguar sin tener que enfrentarles, sin correr peligros innecesarios. ¿Por qué no lo había hecho? Con dolor recordó que estaba acostumbrada a estar sola, que le costaba aún acercarse a personas de su edad sin temor a que la consideraran un fenómeno –lo que los adultos pensaban también, pero eran más discretos. Apenas llevaba dos semanas en Hogwarts, el primer lugar donde todo el mundo era como ella, y hasta tenía familia, un montón de primos y primas deseosos de conocerla. Pero aún le costaba confiar, la primera noche había confiado en John y Alex, solo para que ellos le ocultaran cosas y ahora él la mandaba con Joshua…

–¿Por qué no me lo dices tú?
John suspiró satisfecho, al menos ya estaba dispuesta a consultar otra fuente.
–Porque es una historia larga y nosotros tenemos que entrar ahí. Ve a tu sala común y habla con Joshua, estoy seguro de que le encantará hablar de mi padre.

Dafne le dedicó todavía otra mirada escrutadora y sopesó su propuesta. Remus Lupin era un héroe de la Segunda Guerra y Joshua –ya lo sabía– sentía verdadera debilidad por los relatos heroicos. Además, había sido el más interesado en ella de los primos de Slytherin –Zoe se la pasaba vigilando al novio de Tomas, y se ponía verde espinaca ante cada beso que intercambiaban, mientras que Fabian estaba planificando un Baby Shower y presumiendo de lo bien que se le daban los bebés con las compañeras de estudio, repartiendo caricias subidas de tono cada vez que podía. Joshua, en cambio, le ayudaba con las tareas y preguntaba por su familia. No se cansaba de repetir que Harry Potter estaba muy feliz de que su papá estuviera con buena salud, y que, aunque los sucesos de los últimos días le tenían muy ocupado con la seguridad, deseaba conocerla y hasta visitar a su madre.

–Está bien, hablaré con él –aceptó.

John asintió, satisfecho. Se alejó sin decir una palabra más hacia la puerta del extraño gato. Alex le siguió, pero mirando hacia Dafne con sus grandes ojos clavados en ella. Había en su mirada algo de súplica que la niña no supo interpretar.

&&&&&&&&&&&&


El director Snape se sentó en su sillón favorito, entrelazó los dedos de ambas manos y dejó caer la cabeza hacia atrás con los párpados cerrados. Nada se movió en la habitación, y apenas se oía el crepitar del fuego en su chimenea, convenientemente desconectada de la red flu.

Severus Snape meditaba.

Tenía bastantes cosas de las que ocuparse este septiembre: el embarazo de Draco, la reaparición de la marca y la llegada de Alexander Smith a la escuela. Aunque los dos primeros acontecimientos eran bastante graves, y acaso estuvieran vinculados, el tercero era el no se apartaba de su mente y lo mantenía en desagradable distracción. ¿Por qué?

Trató de despejar el misterio enumerando las características de sus problemas: De nada valía preocuparse por Draco, esa era una tarea que Potter hacía con gusto y bien –mal que le costara admitirlo–; ¿La marca y los ataques mortifagos? Como espía de dos guerras, había Snape aprendido a esperar y cumplir su papel en un juego amplio de fuerzas que casi nunca eran totalmente perceptibles para los que peleaban. Todo lo que estaba en manos de la Orden del Fénix para evitar el renacimiento del Oscuro se había considerado, discutido, rediseñado, desechado, rescatado o previsto. El Plan estaba en marcha y –a diferencia de las veces anteriores– veía el balance de fuerzas favorable a su bando. En cambio, su posición ante el asunto del Smith era privilegiada: tenía control del marco general y los detalles –los sabía casi todos, de hecho–, pero lo que le perturbaba día y noche era el papel y destino de dos personajes del drama: John, inevitablemente involucrado por su lazo con Alexander y el actor inesperado cuyas intensiones no lograba determinar: Adrian Ross Duncan.

¡Ah!, el señor Duncan. Snape repasó mentalmente lo que sus diversas fuentes le informaran: joven funcionario de veintisiete años, graduado del exclusivo colegio de Saint Patrick en Irlanda. Luego estudios universitarios en Nueva York, donde había convivido como muggle por cinco años para sacar una licenciatura en Trabajo Social, al tiempo que viajaba por el continente en visitas a bosques y complejos subterráneos. Al regresar, fue aceptado en el Ministerio en la Oficina de Relaciones con el Mundo Muggle, Comisión de Infancia y Adolescencia y de ahí trasladado a la Oficina de Atención a Licántropos, a causa de varios ensayos sobre la historia de los hombres-bestias muy bien recibidos en la comunidad académica. En su trabajo para el Consejo Licano había demostrado afabilidad y gran capacidad de negociación, seguro por eso le habían asignado el Caso Smith.

Sus relaciones personales, además, no lo vinculaban con ninguno de los numerosos enemigos del Clan Potter–Malfoy–Snape, pues los Duncan eran de la antigua nobleza céltica, asentados en un feudo misérrimo, en una laguna roja rodeada de pantanos, fantasmas y grindilows, carentes de tesoros, profecías, reliquias de misterioso poder o libros de magia oscura que Voldemort o el Ministerio desearan. Hasta ahí nada, ninguna relación comprometedora o comentario casual permitía ubicar a Duncan en un lado u otro de las alineaciones políticas de su mundo –aunque ser un sangre pura dispuesto a trabajar a favor de los derechos de otras razas lo ubicaba inicialmente con “la luz”. Sin embargo, Severus había aprendido a desconfiar de las personas demasiado transparentes.

Se daba cuenta de que lo que le impedía olvidarle era esa innatural corrección que encantaba a casi todos a su alrededor y el contradictorio empeño del joven en acercarse a él, cuando no estaba cerca de nadie más que su familia –vía lechuza, claro, porque su clan no daba señales de querer abandonar el arruinado castillo lacustre. Adrian se las había arreglado para que cada paso alrededor del caso Smith fuera una excusa para mantenerse en su rango de visión, para hacer más complicado ignorarlo. De nuevo, no era lo que decía en los encuentros, sino la “intensidad” que emanaba del chico, contadas veces traicionada por sus vivaces ojos negros. Eso mantenía alerta a Severus.

¿Qué buscaba Adrian Ross Duncan? ¿Por qué solo con él perdía el estricto control de sus sentidos? ¿Era consciente de lo que hacía? Por supuesto, resolver tales incógnitas sin interrogarle frontalmente era imposible, y eso era algo que no podía permitirse con las fuerzas que les rodeaban todavía inciertas en sus posiciones.

Un leve crujido le hizo abrir los ojos y erguirse sonriente.
–¿Ya es la hora del te?
En la pared frente a su sillón, dentro de un retrato de marco azul marino, se terminaba de preparar un elegante servicio de plata.
–Casi –respondió el habitante del cuadro.
–Lamento haberme entretenido, tengo demasiadas cosas en al cabeza.

Severus dio dos golpes de varita en su mesa de centro y un juego de te idéntico al del cuadro apareció, había pastelillos de carne, biscochos de chocolate, galletas y azúcar dispuestos en pequeños platos –los elfos ya sabían que el director no ponía leche en su te.

–Deberías meditar menos, no veo que llegues a ningún lugar con lo que pretendes saber ahora.
Snape arrugó la frente ante el comentario, había ahí una referencia implícita que no le agradaba. Él no estaba en fase de negación ¿cierto?
–Es mi modo de trabajar, y no te molestó nunca.
–Antes no… -el retratado se detuvo, como si lo que iba a decir le incomodara profundamente, al final dio un suspiro resignado y levantó sus ojos color miel para enfrentar al Snape. –Antes no te dedicabas a meditar todo el santo día para huir de lo que está delante de tus narices. No haces más que darle vueltas y vueltas al asunto de Duncan, cuando es claro lo que ocurre con él. La cara de Severus se había puesto más pálida que de costumbre y reflejaba una rabia profunda.
–¡Cállate! –puedo tolerar esas insinuaciones de Albus, pero ¡de ti!
–Soy el único con derecho a hacerlas, me parece –repuso el otro sin dejarse impresionar por la mirada.
–Al contrario, eres la última persona a quien le corresponde el papel de mi celestino.
Los ojos dorados se entrecerraron burlones.
–¿Vas a decir que me debes fidelidad? ¡Estoy muerto!
–Muerto o vivo, incinerado o en pintura, eres mi esposo Remus.
–Y no dejaré de serlo porque ames a alguien más.

Snape no contestó, porque no tenía respuesta. Empezó a dar vueltas por la habitación, sin saber qué responder o como cortar los razonamientos de Remus. No podía abandonar la estancia, nunca había dejado a su esposo con la palabra en al boca, no iba a empezar ahora.

–Severus –le dijo suavemente el retrato tras la cuarta vuelta–, no puedes sustituir lo que tuvimos por esto – y señaló la habitación reproducida en el interior de su pintura. –Tienes sesenta años, estás a la mitad de la esperanza de vida de los magos. ¿Vas a pasar los próximos sesenta tomando el te frente a un cuadro?
El aludido se dejó caer en su butacón, derrotado.
–Esto es irracional –se quejó. –Ni en el mundo mágico es normal que el retrato de mi difunto esposo me empuje a enredarme con un chico que puede ser mi hijo y cuyas intenciones desconocemos.
–Tú y yo nunca fuimos muy convencionales –sonrió Remus, obviamente satisfecho de que Severus aceptara su plan.
–¿Y qué le digo a John?
–Que aún eres capaz de amar y ser amado, que esa noche en Bedale no te lo quitó todo.

Severus suspiró, derrotado. Nunca había podido resistirse a los deseos de Remus, aun cuando fueran los planes más descabellados del mundo, tipo finjamos que me odias mientras voy a dar clases a Hogwarts o tengamos un hijo a los cuarenta y tantos años.

–Lo dices con una certeza, yo mismo no se qué pensar de Duncan.
–Su nombre es Adrian, Sev, vete acostumbrando. Y lo que planea… digamos que son las ventajas de mirar a las personas desde las paredes, cuando creen que nadie nota sus miradas o sonrojos.

TBC…

21 de diciembre de 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 24

Aprender a confiar en ti

“It's not easy love, but you've got friends you can trust,
Friends will be friends,
When you're in need of love they give you care and attention,
Friends will be friends,
When you're through with life and all hope is lost,
Hold out your hand cos friends will be friends right till the end.”
Friends Will Be Friends, Queen

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

Barahir se quedó en la habitación de Geniev por dos semanas, casi todo el tiempo en cama y solo, porque que Ecthelion entrara fuera allí solo destruiría su reputación, y el Príncipe debía ser visto en aulas y corredores para no despertar sospechas.

Cuando Geniev regresaba, atendía con cuidado y habilidad. La primera vez, para Barahir fue enojoso dejarse desnudar, cargar y asear como un niño pequeño.

–Relájate –le dijo el Príncipe antes de sacarle la ropa al notarlo tenso. –¿Crees que si te hieren en batalla tendrás una matrona para tu sola atención?

Ese comentario hizo pensar al joven, por supuesto: él nunca antes había considerado cómo se las arreglaban los heridos. Razonó que, incluso cuando algunas mujeres asistieran a los sanadores, heridas de menor gravedad, como la suya, eran asunto de los mismos soldados. Tendría que confiar en sus compañeros de armas también fuera del combate. Entretenido en tales ideas, se dejó hacer sin protestar.

Más tarde, Geniev lo acomodó a un lado de la cama y se dispuso a descanzar, pero el rubio no tenía sueño, y lo sugerido por el príncipe seguía dando vueltas en su cabeza.

–¿Habéis cuidado de un herido antes?
–He hecho muchas cosas –contestó Geniev sin mirarlo.
–¿En la guerra?, ¿junto a vuestro padre?
–No. En esa época él estaba muy lejos.
Barahir asintió, creía comprender: Él también había crecido con su madre en al granja, mientras su padre y los hombres del feudo protegían las fronteras.
–Vuestra madre debe haber sido una dama muy bella.
–¿Y tú qué sabes? –le espetó Geniev un poco agresivo.
Pero él contesto con una lógica básica: –Era la esposa de mi Rey.
–No era su esposa –le respondió el moreno con amargura. Tras una pausa, le cortó toda posibilidad de conversación con un seco: –y que tengas buenas noches.

La respiración del medio elfo se hizo reposada al poco tiempo, pero Barahir seguía sin sueño, en parte por haber pasado casi toda la jornada en la cama. Así que permaneció quieto, observando el lento juego del fuego en la chimenea, pensando en el asunto de la confianza entre los soldados.

Si no hubiera estado despierto, un sonido tan leve no lo habría sacado de la modorra, pero en el silencio solo interrumpido por los chasquidos de la madera los apagados gemidos fueron claros.

–¿Geniev? –susurró.

El cuerpo junto a él se agitó, sin responderle. Los gemidos se repitieron, aumentando la preocupación de Barahir. Finalmente Geniev giró hasta quedar sobre su espalda. Su rostro era visible ahora: congestionado por lo que sea que perturbaba su sueño, debajo de los párpados se filtraban abundantes lágrimas, que la luz de la hoguera tornaba rojizas, desagradables. A duras penas era audible, pero el joven decía algo entre dientes en un idioma que supuso Barahir sería élfico. Pero eso no importaba mucho ahora, deseaba fervientemente saber qué hacer. No estaría mal que… No era como si fuera a perder su honor con el príncipe ¿verdad? Solo quería ¡eso!, consolarle.

Muy despacio, Barahir adelantó una mano y tocó el rostro de Geniev. Como una fiera, el medio elfo se agarró de su brazo.
–Ata –dijo aliviado.
–Está bien pequeño –se descubrió el rubio diciendo muy bajito, como cuando había tormenta y él temía el ruido del viento. –Ya va a pasar. Tranquilo. Todo estará bien.

Barahir repitió esas palabras una y otra vez, hasta que Geniev dejó de llorar. Lo miró dormir por largo rato: el Príncipe lucía aún más joven ahora, como de trece o catorce años. Era porque sus ojos estaban cerrados y el pelo le caía en mechones desordenados, libres. Apartó con cuidado uno que amenazaba con colarse en la naricita respingona y rozó su piel. Una piel tan suave como los vestidos de fiesta ocultos en los arcones de su madre, y mechones tersos y flexibles, como la hierba primaveral.

–¿Mi desposada tendrá el cabello así?

Barahir no sabía si las mujeres humanas se parecían en algo a los elfos, si podían ser tan fascinantes como la imagen que contemplaba. Deseó conocer alguna tan suave y fiera como su Príncipe. Un madero crujió y se partió en la chimenea, y entonces se quedó dormido.

Cuando despertó, estaba solo en la cama y Geniev se lavaba la cara en una jofaina. Ya amanecía.

–¿Dormiste bien? –preguntó el medio elfo sin volverse a mirarlo.
Barahir no contestó enseguida. Aún estaba amodorrado por el sueño, pero sabía que no debía ser imprudente con su anfitrión.
–Tan bien como se podría con la mitad del cuerpo inmóvil –respondió al fin.
Geniev gruñó algo y tomó un paño para secarse el rostro antes de tomar una camisa limpia y la túnica.
–¿Y vos? –se atrevió a preguntar el muchacho, incómodo ante la imposibilidad de hablar de los sucesos de la noche.
Geniev también demoró en contestar, parecía muy concentrado en abotonarse hasta el cuello con desesperante lentitud con la vista en la ventana. Cuando estuvo perfectamente vestido se giró hacia la cama, la imagen perfecta del joven noble, gallardo y viril.
–Como un bendito –dijo con voz preñada de advertencias y expresión vacía.

Barahir no era un prodigio en los sobreentendidos, pero ese tono y esa expresión la hicieron saber en un instante que todo –su breve amistad, la naciente confianza, el mundo que empezaba a descubrir a través de Geniev–, todo lo ganado en esos días de colaboración por los pasillos de la Academia podía derrumbarse con una palabra dicha de más. Sorpresivamente, no una palabra que rebelara las innaturales perversiones de su anfitrión. Sabía que su próximo gesto era como elegir un camino entre dos bifurcaciones en medio de un bosque ignoto. En nada más podía confiar salvo su intuición de cuál derrotero le llevaría al calor de los brazos humanos.

Barahir asintió, dando por buena la afirmación del Príncipe –y supo que a partir de ahora era “su” Príncipe.

–¿Me alcanzas la bacinilla? -pidió de inmediato, zanjando el asunto.

§ § § § § § §§ § § § § § § § § § §§ § § § §

Dicen que el ocio cansa, pero Barahir siempre creyó esa afirmación una idea ridícula, imposible. Tras un día y medio en cama empezaba a creerla.

Ya había pasado el medio día, el chico estaba harto de contarse a sí mismo chistes de borregos y orcos. Miró de refilón los textos que Geniev dejara a su alcance. En verdad, lo suyo nunca había sido leer, apenas sacaba cuentas y aprobada los envíos de grano a la ciudad, pero… mirar no le iba a hacer daño ¿cierto?

Con gesto inseguro, Barahir tomó el más pequeño, un tomito empastado en rojo poco más grande que la palma de su mano.
–Po… e… mas de a… ni…ma… les –deletreo despacio y sonrió satisfecho de su elección.

Sin dudas, razonó, nada mejor para un campesino que esto. Con cuidado, el chico desató la cinta que mantenía cerrado el códice y lo desplegó.

–¡Wow!

Era un manuscrito de lujo, con los breves textos enmarcados en fantásticas y multicolores miniaturas de bestias y hombres. La piel había sido tratada con mucho esmero, se sentía suave y flexible entre sus dedos.

El primer pliego fue fácil: –Poemas de animales –pudo leer de corrido esta vez. –¿Por qué repetirán eso?

Sin idea de los protocolos de los copistas, Barahir siguió estudiando los símbolos. Debajo del título había una línea que no supo identificar y supuso el blasón del copista. El segundo pliego estaba ocupado por el complicado dibujo de un remolino de animales. Los vivos colores y hábiles trazos le fascinaron por largo rato, pero al fin se decidió a apartar sus ojos de la absorbente imagen y pasar al tercer folio.

Allí había un nuevo texto, que leyó en voz baja y trabajosa
–Un ter… ne… ro no po…día na… cer.
Pestañeó confundido al comprender el sentido del primer verso.

¿Ese era el inicio de un poema? Más bien sonaba como el llamado de ayuda de un pastor o el tipo de cosas que se cuentan junto a la chimenea mientras ruge la ventisca y se recuerdan las aventuras del verano. Un poema, creía él, debía tratar sobre cosas elevadas y nobles, el deber, el castigo a las faltas, el sacrificio. A pesar de tales razonamientos, la curiosidad tiraba de Barahir. El Rey no permitiría que su hijo tuviera lecturas inadecuadas en la Academia y, si Geniev las tenía de contrabando, no se las mostraría a la segunda jornada de amistad. Si, este códice no entrañaba ningún peligro, decidió y volvió a leer.

–Un ternero no podía nacer…

Estuvo enfrascado en los relatos de animales durante horas, en los últimos pliegos casi leía algunas palabras de corrido. Le eran cercanas estas historias y no tardó en descubrir la musicalidad en sus absurdas decripciones, en sus íntimos detalles.

Barahir no sintió llegar a Geniev. El Príncipe entró con su habitual paso de sigilo, cerró la puerta y se le quedó viendo, sorprendido de que su huésped hubiera accedido a leer algunos de los materiales que dejara a su alcance en la mañana. Debía admitir que el joven era hermoso. La luz llegaba de la ventana desde detrás de Barahir, y él había echado su cabello a un lado, para que no hiciera sombra. Desde la puerta, los mechones rizados caían sobre el hombro y la espalda aún redondeada –adolescente–, ocultando un poco su rostro. El sol daba a su pelo rubio oscuro un tono metálico, como de cobre bruñido, un aura bélica que combinaba perfectamente con el rostro concentrado por el esfuerzo de la lectura.

Realmente era una lástima interrumpirle.

§ § § § § § §§ § § § § § § § § § §§ § § § §

Establecieron una rutina fácil en esos días, de cuidado, respeto, conversaciones agradables y silencios cómplices.

En sus días solo, Barahir aprendió palabras nuevas en los códices de la colección personal de su Príncipe, luego regresó sobre los rollos que les servían para estudiar en la Academia. Se sintió satisfecho de poder entender las palabras con mayor fluidez, incluso ensayó a escribir unas notas para mejorar su caligrafía. De noche, calmaba al lloroso Geniev. No se hacía preguntas, ni intentaba sonsacarle información de sus sueños, solo lo abrazaba y acariciaba su cabello –un tacto sedoso al que se sentía muy afín. Llegó a preguntarse, con el paso de los días, cuánto descanzaba el Príncipe cuando estaba solo, y si no sería esa la verdadera razón para darle una recámara independiente, a la que todos tenían prohibido el acceso.

Pero no compartió sus inquietas meditaciones. En parte porque no había con quién hacerlo. En parte porque era la primera vez que participaba de una amistad “adulta” y deseaba conservar la sensación de exclusividad. Se sentía también temeroso de que si intentaba ponerlo en palabras –contarle a Ecthelion, por ejemplo– todo está aventura le superaría. Y en medio de todas sus dudas estaba Geniev: empezaba a sentir que dejar solo al Príncipe tras esas noches de camaradería sería una especie de traición.

Así llegó el décimo día de su reclusión.
–Estaba pensando en mi regreso. ¿Cómo voy a entrar en la Academia, si nunca he salido?
Geniev no levantó los ojos del pergamino donde dibujaba un plano, pero contestó al punto.
–Te sacaremos sin ser visto y regresarás con pompa y boato –explicó sin dudar.
–¿Sacaremos? –repitió él sin comprender.

Geniev fue a su escritorio y rescató de allí un pergamino con el sello real roto, se lo tendió a Barahir, quien –merced de tantas jornadas de ejercicio– reconoció las palabras con rapidez y alzó los ojos asombrados hacia el medio elfo.

–¿Idea tuya?
Geniev hizo una mueca de incomodidad.
–Digamos que tengo una familia algo aficionada a las intrigas.

Barahir se preguntó si estaba incómodo porque no era idea suya la ingeniosa solución o porque su familia le fastidiaba. De todos modos, sabía que no debía ahondar ahí, así que releyó emocionada la nota enviada por el Senescal.

“Tus padres están muy interesados en esos dos jóvenes que te siguen a todos lados, según los chismes de la corte. Darán una merienda campestre para conocerlos en siete días. No intentes matar a nadie más en lo que resta hasta el encuentro, o Legolas cortará lo que queda de tus orejas. Faramir”

Era una nota tan íntima, que casi se sintió un invasor. No, Geniev se la había tendido con toda confianza. Además, llevaban diez días durmiendo juntos. Aunque nada poco honorable hubiera ocurrido, era un grado de intimidad que les acercaba. Era agradable estar tan cerca de su Príncipe, pensó.

–De acuerdo, regresaré con pompa y boato tras ver a su Majestades comer pan y queso. Todo un honor, sin dudas –Geniev casi no pudo contener la risa ante la seriedad del chico.
–Y la tía Arwen tomará cantidades ingentes de vino sin embriagarse –acotó.
Pero ahora Barahir se dio cuenta de la burla en su tono y lo ignoró.
–Todavía no me dices cómo saldré.
Geniev saltó sobre uno de sus arcones y se volvió hacia su amigo con una sonrisa perversa en el rostro.
–Espero que no temas a la oscuridad.

TBC…

4 de noviembre de 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 23

Entrando en el territorio de mis sueños

“Lo primero, amábamos leal y firmemente,
incluso sin saber qué amábamos, ni por qué”
La Reliquia, Jhon Donne (1572-1631)

Una sala de espera en el Edificio de la Sociedad Moriquendi

Peter tamborileo sobre su portafolio y se obligó a permanecer callado. A diez metros, la secretaria lo miró con desagrado, como si ese mínimo sonido la desconcentrara –no que ella estuviera haciendo algo más que leer, pero… El hombre detuvo una línea de pensamiento negativa para su presión y siguió estudiando las molduras del techo.

Casi había contado todos los pliegues de la túnica del segundo ángel de la tercera columna cuando varias personas acercándose llamaron su atención: los cuatro directores de la Sociedad Moriquendi llegaban cargados de papeles y con rostros tensos. Pestañeó confundido ¿no le habían dado cita con uno de ellos?, ¿frente a la oficina de quién estaba?

La secretaria se apresuró a abrir la puerta del local identificado como “1” por la placa negra en el centro, los cuatro entraron sin mirarlo. Alcanzó a escuchar un comentario amargo y admonitorio del más alto a otro de escaso pelo castaño:
–Ni menciones a Katz y Bellisario.
La puerta de color rojo vino se cerró y la secretaria volteó a verlo con ojos entrecerrados.
–No me gusta NCIS –se apresuró a aclarar en oestron.

Ella aflojó un poco el rostro, tal vez satisfecha de su buen manejo de la lengua, y regresó la mesa. Cinco minutos después volvió a mirarlo, ahora con esa expresión ilegible tan común entre los ardences que él llamaba “élfica”.

–Pase.

La habitación era grande y el amplio ventanal que sustituía la pared del fondo la hacía dolorosamente luminosa. Se deslumbró.

–Mae govaenon –dijo inseguro de a quién debía dirigirse.
–Buenas tardes, señor Jackson –le respondió en inglés una voz andrógina que, como las voces de media Arda meridional, le enervó.

Los ojos de Peter se acostumbraron de a poco al derroche de luz y pudo reconocer el espacio en que se hallaba: la estancia era imponente con sus paredes recubiertas de madera rojo oscuro y dibujos dorados apenas brillantes por el barniz que los recubría, el piso era también de madera, pero café. La distribución de los muebles dividía en dos ambientes el local, un despacho y un salón para reuniones, estaban en el último. El salón de reuniones consistía en una mesa rectangular con diez asientos a cada lado, una pantalla plegable y un estante con bebidas.

–Siéntese –le casi ordenaron y comprendió que el vaso de agua en un extremo de la mesa de juntas indicaba su puesto.

En el lado contrario de la mesa, los cuatro directores de la Sociedad Moriquendi le observaban con expresiones absolutamente élficas –el que tuvieran orejas puntiagudas no ayudaba a tranquilizarlo–, y había una quinta persona, de cabello oscuro y largo, cuyas facciones quedaban en la penumbra porque estaba totalmente de espaldas a la única fuente de luz, el ventanal.

Se sentó donde le ordenaran y sacó su proyecto del portafolio.
–La idea es…
–Conocemos su idea –le interrumpió el director alto. –No por qué se cree capaz de hacerlo.
Esa pregunta no le tomó por sorpresa: él mismo se lo había preguntado cada mañana desde que la idea llegara, unos diez años atrás. Trató de ser breve y sincero.
–Puedo distanciarme lo suficiente, ser crítico con la historia y los personajes.
–¿Quiere decir –y el fastidio era evidente en la voz del director pelirrojo– interpretar como un extraño la historia de nuestro país?
–Quiero decir narrar una aventura, una historia épica sobre un Anillo mágico que seduce a las personas a su alrededor, recrear un tiempo pleno de magia en que los elfos y orcos caminaban por esta tierra.
–Los elfos aún caminan por el mundo, señor Jackson –le corrigió suavemente la voz andrógina, que venía del quinto personaje, el desconocido dueño de la oficina “1”.
Peter bajó los ojos, aceptando su error de modo humilde, como mandaba la etiqueta de Arda.
–Debo confesar mi escepticismo inicial por su origen –continuó la persona del extremo de la mesa–, pero su propuesta es muy… perspicaz. No es una visión común sobre nuestra historia, ni siquiera entre la gente de esta casa.

Lo estaban probando, seguro. Las manos le sudaban de los nervios, pero no dijo nada, solo asintió en agradecimiento por el comentario y esperó a que el misterioso “1” terminara de exponer su idea.

–Y los chistes son buenos.
–Son de mi esposa –admitió, aunque de inmediato se preguntó qué le parecería a sus anfitriones.
–Está bien que una pareja colabore –se apresuró a decir el de pelo castaño, como si disculpara la torpeza de Jackson.
–Si, es muy bueno –repitió en tono divertido “1”. –Es por eso que ella está ahora en California, con la gente de New Line Cinema.
–Ellos no darán ni mil dólares si la Sociedad Moriquendi no nos asesora.
–¿Será porque la arena y la sangre aún le duelen a Hollywood? –comentó con voz divertida el más alto de ellos y tres risas le respondieron.

Peter tampoco contestó ahora. Esa era una frase hecha, una pregunta retórica respecto a las dos megaproducciones de cine norteamericano sobre Arda: “Desierto Blanco” de 1970 y “Sangre Negra” de 1986, ambas habían sido filmadas en inglés, con actores norteamericanos y sin contar con asesores ardances, ni siquiera de Harad. Fracasos absolutos, ambas, y muchos comentaban que el gobierno norteamericano había ignorado deliberadamente el boicot internacional contra las dos. A él le parecía apenas justo, por atreverse a juntar Maedros y Glorfindel en una borrachera de cosacos la noche en que se robaban los silmariles. Hollywood solo reacciona ante el dinero –ya se sabe– así que Arda había sido borrada de la lista de “países exóticos donde ambientar aventuras ilógicas” y ahora las referencias se trataban con sumo cuidado. En suma, que no podría filmar ni “¿Cómo se ensilla un meara?” sin el permiso expreso de esta gente.

Luego de las risas cortas y duras de los cuatro directores, “1” retomó la palabra.
–Su plan es razonable, los diseños buenos y el guión inteligente. Le daremos nuestro apoyo, señor Jackson, bajo dos condiciones.
–¿Si? –enseguida comprendió que su respuesta no había sido muy inteligente, pero estaba tan emocionado que la elocuencia lo eludía.
De modo muy amable, “1” le ignoró.
–Cada parte se estrenará con las efemérides solares a partir del solsticio de verano dentro de cuatro años. Lo diré claramente: La comunidad del Anillo se estrenará el 21 o 22 de junio de 2001, Las dos torres, el 21 o 22 de junio de 2002 y El regreso del Rey el 21 o 22 de junio de 2003. Los cambios en estas fechas solo serán admisibles por causas de fuerza mayor y bajo nuestro consentimiento. Esa es la primera condición.
–Entiendo –de verdad le gustaba lo de estrenar en verano en Arda.
–La segunda condición es que nos reservamos el derecho a asignar un productor ejecutivo en todo el proceso.

Peter Jackson tragó en seco. Más que seria, esta petición era inesperada. Contaba con que New Line Cinema enviara representantes, después de todo era su dinero, pero esto… Un productor ejecutivo tenía poder sobre el casting, los escenarios y vestuarios, el marketing, los efectos especiales. Trató de negociar.

–Es que el productor es una figura económica que…
–Pondremos dinero, no se preocupe, señor Jackson –le cortó el cuarto director, un rubio casi calvo que no había hablado hasta entonces. –El Consejo de Audiovisuales termina el papeleo en este momento.
–No nos creía tan tacaños como para dejarles pagar todo el pastel por el aniversario dos mil del reino ¿verdad? –sugirió “1” con un leve toque de burla en su voz.
–No, por supuesto que no –balbuceó. –Y, ¿ya decidieron quién será el productor delegado de Arda?
–No –repuso “1”. –Le informaremos en una semana, para la segunda ronda de negociaciones. Nos gustaría conocer a su esposa para entonces.

Círculo Sagrado de Tirith Osto

Igor bajó del ómnibus y caminó hacia la puerta del Círculo con un leve nerviosismo. Esa mañana había revuelto su habitación en busca de algún texto sencillo de ruso para el Príncipe, infructuosamente, por lo que cargaba un manual bilingüe sacado de la Biblioteca de la Facultad de Letras. No era gran cosa, pero funcionaría para el diagnóstico del primer día.

Ya estaba resuelto lo del texto, pero no tenía idea de cómo entrar al Círculo sin invitación. Así que apretó con fuerza la correa de su mochila y se dirigió a la caseta de seguridad, donde un guardia de mediana edad leía distraído una revista de farándula.

–Para visitar la Mansión del Príncipe Telcontar.
El guardia levantó los ojos y, tras calibrarlo por un momento, dejó su lectura a un lado y adoptó una pose marcial.
–¿Igor Fedorov?
–Si –respondió el joven algo asombrado.
–Su tarjeta de acceso ya fue tramitada. Por favor, déjeme ver su cédula de identidad para completar el proceso.
–Claro, claro.

Igor buscó su billetera sin salir del asombro y esperó a que el oficial rellenara datos en su PC, luego el hombre imprimió un formulario que le pasó por el semicírculo en la parte inferior del cristal antibalas que protegía la caseta, y un rectángulo del tamaño de la palma de la mano de Igor, con superficie de cristal líquido.

–Firme aquí para los archivos –señaló el guardia el papel–, y aquí con su dedo índice para personalizar la tarjeta de acceso –indicó al accesorio electrónico...

Igor se apresuró a estampar su firma en los dos lugares y casi enseguida oyó el zumbido de la impresora de seguridad transfiriendo su información al rectángulo plástico con banda magnética que le tendió el oficial junto a su cédula. Luego de que el chico tuvo ambos objetos en su mano, el hombre empezó a recitar las instrucciones con acento académico, impostado.

–Esta tarjeta le permite acceso a todas las áreas patrimoniales de Arda. Debe protegerla de la luz solar directa, inmersiones en agua y otros líquidos, campos magnéticos, sustancias abrasivas y fuego. En caso de pérdida, reporte de inmediato el 1234567, sin costo en toda Arda y con pago diferido desde cualquier lugar del mundo tras identificarse. Debe renovarla en cinco años o antes si le es solicitado. ¿Alguna pregunta?
–No, no creo –repuso Igor automáticamente.
En realidad, estaba muy impresionado por el discurso como para indagar. Solo miraba la tarjeta de acceso entre sus manos un poco temblorosas.
–Bien, que disfrute su empleo en el Círculo Sagrado, señor Fedorov.

Igor asintió de modo ausente y caminó a la puerta jugueteando con su nueva posesión: era negra, de caracteres en relieve, su firma estaba a todo lo largo en marrón claro. ¿Así de simple? ¿Por un curso no calificado de ruso le daban acceso libre durante cinco años? Seguro el salario sería una basura.

Cruzó el umbral de piedra despacio, un poco entretenido, pero no tanto como para que la suave voz de Midhiel lo tomara por sorpresa.

–Llega tarde –el tono no era amigable.
–¿Perdón?
–Son las cuatro y todavía no está en la casa –dijo cortante.

Igor se fijó en que ella usaba la palabra casa con una entonación íntima, como si realmente fuera su hogar y no un palacete sin habitantes permanentes en los últimos cuatro siglos. Eso, junto al acento duro en las “L” y flojo en las “R”, típico del norte, produjo en el joven una sensación de extrañeza que demoró su respuesta.

–No esperaba la demora en la caseta –dijo al tiempo que mostraba la flamante tarjeta.
Ella murmuró algo ininteligible en quenya y echó a andar.
–Vamos, él todavía no llega.

La siguió por las calles empedradas, irregulares. La caminata era incómoda para Igor, pero que en nada afectaba el paso elástico de Midhiel, a pesar de sus zapatos de severo corte escolar. El modo en que se movía generaba un ritmo singular en su oscura cabellera, la cual estaba libre ahora y saltaba en alegres rizos que llegaban hasta el borde superior de sus caderas.

Ya ante la puerta, ella giró para verlo, el rostro severo, inexpresivo, contradecía la juventud de su semblante.
–Nunca toque la puerta. Hay una cerradura electrónica en este buzón. Ponga su mano izquierda en él, vamos.

Obedeció. El buzón imitaba la cabeza de un león con la boca abierta y la lengua extendida. A pesar de estar pintado con colores vivos y detalles realistas, lucía anacrónico en la pared. El tacto del metal de la lengua era frío bajo su palma. Midhiel tocó en rápida sucesión y con un orden desconocido para él las orejas, los ojos y el hocico de la imagen, una luz verde surgió de la garganta del felino y la puerta se abrió en silencio.

–Ya está usted en la base de acceso. Adelante.
El joven siguió su paso rápido a lo largo del zaguán y hasta el primer patio.
–Por allí –ella señaló el arco que conducía al segundo patio– se va a las perreras, al leñera y otros almacenes. No tiene permitido el acceso.
Cruzaron el patio y subieron la escalera de la derecha hacia el primer piso, luego avanzaron por el corredor hacia el frente del edificio.
–Estas son las oficinas y la biblioteca. Tienen acceso completo a los libros, no así a las oficinas. Solo puede entrar a la suya y a la del Príncipe.
–¿Mi oficina?

Ella lo ignoró, sin inmutarse por su pregunta abrió una puerta de madera, pintada de verde. La oficina era pequeña pero cómoda, las paredes y piso estaban forrados de madera de color claro, los muebles eran pocos, pero de estilo ancho y sólido: un buró junto a la ventana trasera, un sofá cerca del librero –aún vacío– una alacena y un dispensador de agua.

–Esa puerta le lleva a la oficina de él, esa otra al excusado, espero que no las confunda.
–Pero…
–Sígame.
Cruzaron a la oficina del dueño de la casa, amplia, luminosa, imponente. Midhiel se dirigió a una mesa pequeña en la esquina, tomó un fajo de cartas y se volvió hacia Igor.
–¿Qué idiomas domina?
–Oestron, élfico, ruso, inglés y francés.
Ella asintió, pero no había sorpresa ni admiración en sus ojos. Sus ojos, como su cara, eran ilegibles.
–Como secretario del Príncipe, su primer deber de cada día será clasificar la correspondencia por temáticas. Su Alteza habla fluidamente diez idiomas y lee otros seis, no se preocupe por elaborar resúmenes de contenido. Solo sepárelas de este modo –se acercó a la mesa principal, que tenía una de sus esquinas ocupada por un organizador de cuatro bandejas–: política, negocios, medios de comunicación, admiradores menores de quince años o con enfermedades terminales. Las propuestas de matrimonio, predicciones apocalípticas y relatos eróticos al fuego –señaló una estufa al otro lado del buró. –Las amenazas de muerte irán a su oficina, donde seguridad las recuperará y revisará. Su Alteza no debe ver ninguna, es lo único en lo que no puede equivocarse –insistió.
–¡Un momento, un momento! –le interrumpió al fin. –¿Cómo que secretario? Yo solo voy a repasarle ruso.
Ella lo miró con una mezcla de superioridad y burla.
–¿Cree que cuatro clases de ruso pagan un acceso de cinco años a las áreas patrimoniales y a nuestra biblioteca?
Igor tragó en seco.
–Pero tengo clases…
–Ya hablamos con la secretaría de la Casa del Saber. Desde mañana tiene usted clases entre las diez y las quince horas, se espera que trabaje con nosotros de las ocho a las nueve treinta y de las quince a las diecisiete. Tendrá transporte para los cinco viajes que ello implica.
–¿Y si quiero estudiar en la biblioteca de tarde?
Ella asintió, como si esperara tal exigencia.
–La hora del quinto vieja es en cualquier momento entre las diecisiete y las veintiún horas.
–De acuerdo.
–También se espera que acompañe a su Alteza en algunos eventos sociales, especialmente los relacionados con Europa del Este y América Latina. Se le informará con antelación y sus honorarios serán duplicados en esas horas. Ahora vamos arriba.

Igor ya se había resignado a que esa muchacha lo tratara como su inferior –y probablemente lo era en la jerarquía de esa casa–, así que la siguió fuera del despacho al piso principal, a través de una escalera de servicio. Cuando salieron al corredor central del otro piso, ella volvió a hablar. Lo hacía sin volverse, con su acento extraño y una entonación aleccionadora que dejaba a las claras que no repetiría una palabra.

–Somos pocos en la casa, solo usamos el comedor, la sala de música, el salón de té y cinco recámaras. No tiene permitido traer invitados sin la aprobación de su Alteza. No curiosee por las zonas abandonadas ni intente llevarse suvenires. El desayuno se sirve a las siete quince, el almuerzo a las doce y la cena a las diecisiete treinta, todos los días. Si tiene hambre fuera de esas horas, llámeme por alguno de los tubos acústicos. ¿Es vegetariano?
–No.
–¿Alérgico a comidas?
–No.
–¿Diabético?
–No.
–¿Tiene presión o colesterol alto?
–No.
–¿Toma café?
–Si.
–¿Americano, griego, colombiano, cubano, descafeinado, cappuccino, moka, irlandés?
–Cubano, gracias.
Midhiel se detuvo bruscamente ante otra puerta verde.
–Esta es su habitación.

Era una estancia amplia y luminosa, ya que la madera del piso era clara y el empapelado de las paredes de un azul muy tierno, casi infantil. Al fondo había amplios ventanales con dobles batientes –garantizaban buena luz de día y protección contra las heladas de noche. Había un escritorio pequeño entre el ventanal y la pared derecha, así como un armario gigantesco del lado izquierdo, ambos muebles eran de estilo art nouveau. Una enorme cama presidía la habitación, con doseles y cobertor también azules, pero con un tono de gris que recordaba al mar del norte, el estilo era sobrio y resistente, una hermosa imitación del siglo XV ardense. Un camino de pieles moteadas comunicaba al lecho con la chimenea de piedra, pesada, lisa, esa si debía ser una pieza original de la casa.

–¿Sabe encenderla? –inquirió Midhiel al seguir la dirección de su mirada.
–No creo… –y se dio cuenta de que jamás había estado en un sitio donde las chimeneas fueran el único mecanismo de calefacción.
–Alguien lo hará por usted –concluyó la chica. –Allá está el cuarto de baño.

Esta segunda habitación era mucho más pequeña. Tenía suelo de mármol rosa y blanco. El lavamanos se alzaba orgulloso sobre una base ancha, que imitaba el casco de un caballo, las llaves eran retoños plateados de flores y el toallero salía de su costado como el brazo de un animal imaginario. La bañera, en cambio, estaba al nivel del suelo, con grifos del mismo estilo vegetal. No había ventanas aquí, sino tres lámparas de petróleo, una junto al lavamanos y dos a cada lado de la bañera. Las pantallas eran de estilo art nouveau.

–Le recuerdo que en esta casa no hay electricidad –advirtió Midhiel con voz especialmente severa. –El agua caliente es un bien caro, escaso.
Igor asintió en silencio, y la siguió de vuelta a la recámara.
–Ahora necesito tomarle medidas para su nuevo guardarropa. Quítese la chaqueta y los zapatos –ordenó.
–De acuerdo –repuso el joven, ya resignado a que ella no malgastaba “por favor” en sus inferiores.

TBC…