18 de junio de 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 19

¿Quién es ese chico?

“Amor… ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana…”
La balada del amor tardío, Dulce Ma. Loynaz

G terminó de ajustarse la corbata negra ante el espejo y suspiró, realmente odiaba las corbatas, razón por la que había perfeccionado su arte hasta poder atarlas sin un pensamiento. Si le dedicara un pensamiento a sus corbatas, sería para lanzarlas al horno.

Sonrió al reflejo de Midhiel, que esperaba su permiso para entrar a la habitación apoyada en el marco de la puerta. La sonrisa era falsa.

–Pasa.

La joven se acercó, llevaba un traje de falda y chaqueta color plomo, a juego con el de su señor, y el pelo atado en una cebolla a la altura de la nuca. Lucía sobria, mucho mayor que con el alegre uniforme de diario.

El rostro de G era de nuevo una máscara inexpresiva. Se sentó en el taburete ubicado frente a su tocador y la dejó hacer. No movió un músculo en lo que las manos suaves y experimentadas de Midhiel aplicaban una leve base de maquillaje, retocaban sus labios y delineaban sus párpados. Volvió a mirarse al espejo, el cabello oscuro caía libremente a los lados de una cara pálida y relativamente joven. Ajustó el cuello de su camisa azul cielo y suspiró.

A unos pasos, ella esperaba en silencio, con las manos entrelazadas a la espalda y la cabeza baja. G estuvo tentado de soltar una carcajada, burlarse de sus brillantes zapatos negros, hacer algo para volver a sentirla cerca. Fue solo un instante.

–Vamos –dijo tras tomar su portafolio de la mesita auxiliar.

Fuera, el sol arrancaba reflejos multicolores de las piedras aún húmedas por la lluvia de la madrugada. Pensó que ello podía haber complicado los viajes por carretera.

–Lindir llamó desde el Gap –informó en ese momento Midhiel, como si adivinara su inquietud. –Han llegado bien.

G apenas asintió, ya estaban cruzando las puertas del Círculo y se dirigían a un Mercedes Bens negro, de placas grises. Bill los esperaba junto a la puerta trasera.

–Buenos días, señor –saludó el chofer al tiempo que abría la puerta.

–Buenas –respondió.

–Buenos días, señorita Midhiel –saludó también a la asistente.

–Que Eru bendiga su jornada –fue la respuesta.

G no pudo dejar de notar que el saludo dedicado a la mujer era mucho más cálido, y que el rostro de ella cambiaba levemente, esbozando una sonrisa. Las posibles consecuencias le aligeraron un poco el humor durante el viaje hasta el centro del Sector Ocho.

El edifico de las Naciones Unidas en Arda era pomposo, hasta el punto de repugnarle. Inspirado en la Torre Eiffel, el arquitecto había diseñado una mole de flancos diagonales que se unían en el piso 30, reproduciendo la silueta del famoso monumento. Por suerte, era tan grande que todas las agencias internacionales cabían allí, elemento que permitía a las autoridades mantener bajo estricto control las acciones de todos esos firyarekaiellos.

Personalmente, G no recordaba una sola visita a la “Torre del 8” –como se llamaba coloquialmente al inmueble– que no implicara enfrentamientos. Hoy no sería distinto, lo sabía, pero apenas había dormido y la perspectiva de una tensa negociación no le animaba demasiado.

Dejó a su asistente lidiar con la seguridad en lo que observaba a las personas que recorrían el lobby. La mayoría eran funcionarios extranjeros, por supuesto, pero un par de mujeres que cargaban pesadas bolsas de manos y tres hombres de trajes rojos, hablaban oestron, seguramente eran secretarios o personal de aseguramiento.

Midhiel se acercó con los distintivos de pase. Chequeó su reloj en lo que entraban al ascensor: 9:05 am.

–Al quince –informó ella al ascensorista, por lo que se ganaron un par de miradas curiosas, que ambos ignoraron.

En el piso del Banco Mundial les esperaba un guardia.

–Por aquí, por favor.

Cruzaron un par de corredores de paredes color manzana, pisos alfombrados en negro y puertas marrones. El guardia se adelantó a abrirles las puertas dobles del salón de conferencias del piso. No le sorprendió el hecho de que la sosa decoración con paisajes lacustres siguiera ahí. La gente del Banco Mundial era increíblemente tacaña en lo que a estas instalaciones se refería.

G avanzó hacia su puesto sin mirar a nadie.

–Lamento la demora –dijo a modo de saludo.

–Siempre es un placer esperarle, alteza –repuso el hipócrita de Miller, al otro lado de la mesa de conferencias.

G no movió un músculo, pero vio cómo Beldrim, el mariscal, se tapaba la boca para disimular la risa: conservaba el buen humor a pesar de los años. Los otros rostros de la mesa, tanto ardenses como extranjeros, estaban tensos. La mayoría lo miraba con curiosidad mal disimulada.

Williams, el jefe del equipo de investigadores, carraspeó incómodo y empezó su exposición tras una señal de Miller.

–Como ustedes saben, durante el último año la comisión conjunta de la UNESCO y el Banco Mundial estuvieron investigando el sistema educativo de nivel superior de Arda…

G lo oía a medias, ni siquiera se había puesto el audífono de traducción simultánea. En parte porque manejaba perfectamente el inglés, en parte porque la noche anterior había leído el texto que ahora el pelirrojo presentaba con voz de bajo. Prefirió concentrarse en los gráficos, que su equipo no había podido facilitarle, y en las reacciones de las personas.

A su derecha, el viejo mariscal ya no sonreía, sino que escuchaba atentamente, con la mano izquierda presionada sobre su audífono, y tomaba notas. Beldrim no parecía contento, aunque apenas estaban en los preliminares. Por suerte, aquella mole de casi dos metros de alto tenía un temperamento de lo más razonable.

Más allá, el doctor Valrugna tenía el rostro cuidadosamente inexpresivo. Su libreta de notas permanecía en blanco, pero sus ojos no perdían detalle de los cuadros. El hombre tenía marcas oscuras alrededor de los ojos y una taza de café humeante ante si, pero –temperamental como siempre– no había ocultado las señales de la mala noche con maquillaje. G no estaba seguro de si tal gesto le divertía o molestaba.

Luego estaba Mikelin, absorto en su propio mundo. El pelirrojo se había echado hacia atrás en su asiento, mirando por encima de las cabezas hacia la ventana que dejaba ver las cumbres de los Jardines de Namo. Así permanecería hasta que dijeran “Educación Politécnica” o su vecina, Mai, le pateara por debajo de la mesa para señalar un punto de importancia común con las carreras humanísticas.

Después de Mai se sentaba el Cardenal Hurim. El hombre seguía el discurso con el rostro traspuesto de alegría, casi extático. Probablemente le habían filtrado parte de las conclusiones. A su lado, Sor Margaret mantenía mayor compostura, tomando notas y asintiendo. La superiora de las clarisas, recordó con desagrado G, no necesitaba la traducción simultánea pues era irlandesa.

En el otro extremo de la mesa estaba Miller, con el cual cruzó una mirada breve, antes de ponerse, como Mikelin, a mirar el paisaje. Sentía los ojos sobre su cuerpo, interrogantes, pero permaneció impasible durante los veinte minutos que faltaban del informe, sin dejar traslucir su posición el respecto. Claro, ellos querían saber más que su opinión, pero no le iba a poner las cosas fáciles a la CIA, por Elbereth.

Williams terminó y quedó el silencio. Un silencio poco agradable. Miller miró a Mai –la corrección política ante todo–; Mai tamborileó sobre la mesa con sus uñas pintadas de rojo sangre y miró a Katilina, la especialista rusa; Katilina pestañeó como si le hubiera caído una basura en el ojo y se giró a Marinetti; el italiano carraspeó y dedicó una mirada interrogante a Valrugna; el mejor sanador de Arda tomó su taza de café con demasiada fuerza y derramó unas gotas en el uniforme de su vecino; Midhiel se levantó corriendo en busca de un paño húmedo para limpiar la manga.

–Gracias, pequeña –dijo el anciano mariscal con una sonrisa.

Miller carraspeó por segunda vez y, desesperado, miró directamente a G.

–Ha sido interesante –respondió el príncipe en inglés a la muda pregunta. –Pero el que estemos siendo comparados con los Estados Unidos de América no me hace… –fingió buscar un término adecuado– ¿feliz?

Fue como dar orden de ataque a una batería artillera: Mai reclamó acerca de la crítica al sistema de becas, Valrugna la propuesta de reducir gastos a costa de la formación humanística de los estudiantes, Sor Margaret el derecho a la libre asociación escolar, Beldrim la recomendación de separar dormitorios y duchas por sexo u orientación sexual. G sonrió tras su taza de café, divertido con los esfuerzos del equipo del Banco Mundial por defenderse con la misma retórica liberal y sexista que tan poca acogida tuviera en Arda a mediados del siglo XIX. Los anglosajones eran tan poco imaginativos…

Aunque lo del acoso sexual era relativamente nuevo y, a juzgar por las chispas verdes en los ojos de Beldrim, igual de retorcido para los oídos de la aristocracia de la isla. Debía darle cierto crédito a Williams, quien permaneció inmutable ante la mirada asesina del viejo. Era un gesto valiente.

–Las infraestructuras de las academias militares, así como de la mayoría de las escuelas de Arda –continuó impertérrito Williams–, dejan mucho que desear en la protección de la intimidad de los estudiantes. Las entrevistas arrojaron numerosas situaciones de estrés y exposición involuntaria. Aunque las víctimas no lo percibieran, estaban en situaciones de acoso.

–¿De acuerdo a qué normas? –inquirió G con voz falsamente desinteresada.

El pelirrojo se volvió directamente hacia él, con claro desdén en sus ojos.

–Las definiciones de acoso sexual están relacionadas con el control de la intimidad y las relaciones de poder. Claro, que si usted no lo sabe, no se para qué lo mandó el Primer Ministro.

No, comprendió G, era idiota.

Se hizo un silencio sepulcral. Los secretarios habían detenido su labor. Los traductores no se atrevieron a reproducir la frase, aunque, por desgracia, todos la habían comprendido. Mikelin y Mai se apartaron de la mesa, como si alguna bomba hubiera estallado ante ellos. Glorfindel retuvo al mariscal en su asiento, con bastante esfuerzo, a pesar de la diferencia de años. Los dos religiosos miraron con horror a Miller, como si este último pudiera arreglar el desastre, pero el norteamericano tenía la mandíbula desencajada y miraba al frente, al príncipe, con algo muy cercano a la súplica en sus ojos marrones.

La voz de G calma y casi risueña, no hizo más que incrementar la tensión:

–La idea del acoso sexual es un producto del pensamiento feminista, Williams, pero como en Arda no tenemos feministas…Bueno, usted entiende, ¿verdad? –el joven de cabellos oscuros se irguió en su asiento y miró por primera vez directamente a Miller y sonrió, era una sonrisa lobuna. –Midhiel, por favor, redacta una nota de queja para el Banco Mundial, acerca del comportamiento poco diplomático de uno de sus representantes conmigo y de sus comentarios despectivos acerca de nuestra nación, en términos generales, razón por la cual el gobierno de Arda se retira de las negociaciones hasta recibir satisfacción por la ofensa y este… –empujó su ejemplar del informe lejos de si con una uña, como si su solo contacto pudiera contaminarle– documento sea medianamente respetuoso de nuestros usos y costumbres. Hemos terminado.

G salió sin mirar a nadie, con Midhiel pisándole los talones. Todos los ardenses de la sala obedecieron la muda orden y le siguieron. Ni siquiera Hurim se atrevió a despedirse.

Cuando la última secretaria cerró la puerta, Miller sacó la cabeza de entre las manos, se levantó y fue a apoyarse en el amplio ventanal, tratando de hallar en el verde brillante de los Jardines de Namo algo de calma.

–¿Estás contento? –no había girado para verles, pero fue claro a quién se dirigía la frase llena de rabia.

Williams no se dejó amedrentar. Llevaba demasiados años en las instituciones internacionales de desarrollo para dejarse llevar por el pánico. Prefirió tratar de entender la exasperación de su habitualmente racional jefe.

–¿Quién es ese chico? –preguntó, y sabía que no era el único allí con esa inquietud.

–¡¿Chico?! –Miller se giró hacia ellos con el rostro congestionado y las pupilas reducidas a cabezas de alfiler. –¡Acaba de dejar en suspenso un proyecto de ciento veinte millones de dólares y le llamas chico!

–Es un bluf, Sid –afirmó Williams tratando de clamar a su compañero. –Es el gesto soberbio de un noble ignorante.

Aquello enfureció aún más a Miller.

–¿Chico? ¿Noble ignorante? ¿Ese es todo tu conocimiento político? –señaló la sala desierta con un gesto de su mano– ¿A esto se reduce tu muy ponderado conocimiento multicultural?

–¿Vas a decirnos algo, Sid? –interrumpió Katilina.

El llamado de la rusa hizo recordar al castaño que no estaba solo con la causa de sus desgracias, así que hizo un esfuerzo por controlarse. Miller volvió a su silla, se masajeó las sienes en un vano intento por calmarse. Suspiró.

–El “chico” que ha tirado a la basura estos dieciséis meses de trabajo se llama Gorland de Telcontar, pero normalmente le llaman G o el Príncipe, es un miembro de la familia real.

–Creí que Arda no tenía monarquía –comentó Marinetti.

Miller le dedicó una mirada exasperada.

–Que no reinen no significa que hallan muerto, Daniel. Las últimas monarquías de Arda estaban en Rohan y Arnor, ambas familias se aburrieron del trono en 1860, después de la caída de Nurmen en la Guerra de Unificación, pero retuvieron las propiedades, el dinero, el poder político. Además, estamos hablando de G Telcontar ¿les suena?

Ante las miradas de incomprensión de sus compañeros, Miller gruñó. Su jaqueca no iba a remitir.

–El Príncipe Guntalem Telcontar fundó la Sociedad Moriquendi en 1605, ese es el segundo título más importante de la familia, desde entonces sus descendientes ponen o quitan cancilleres y presidentes, expulsan firkaielos indeseables o negocian tratados. En corto, Williams, acabas de llamar “recadero del Primer Ministro” al único hombre con auténtico poder de Arda.

Un pesado silencio se instala. Los otros tres especialistas están tratando de procesar la escalofriante información y acomodarla con sus conocimientos anteriores. Williams, en especial, se siente derrotado. ¿Cómo pudo dejarse llevar por el mal humor de la mañana y no mirar? Esto puede costarle la carrera, hasta el matrimonio, teniendo en cuenta cómo se la gastan su esposa y sus cuñados en lo del honor patrio.

–¿Por qué nadie nos dijo nada de él? ¿Por qué no nos advertiste quién era? –pregunta Katilina con voz suave.

–No tenía idea de que aparecería acá hoy, para cuando me lo informaron ya estaba cruzando el lobby y los representantes de las universidades no se perdían gesto, Beldrim es un moriquendi declarado, no tengo idea de para quién trabaja Mikelin –Miller hizo una pausa, meditando la cantidad de información que debía rebelar para poner a cubierto a sus colegas. –Los movimientos de G son difíciles de seguir, aunque nos interesa mucho –hubo un gesto de comprensión en los otros tres, “nos interesa” significaba, claro está, la CIA. –Me informaron hace una semana de su llegada, pero a qué vino es un enigma. Puede que a torpedear este proyecto, puede que a la boda del futuro Senescal con esa rusita arribista, puede que a buscarse un amante en la universidad, es… –el hombre dejó la frase en suspenso, ya la ira se había disipado, dejando paso a una aplastante frustración.

Entonces Williams se pone de pie con expresión decidida.

–Fue un placer trabajar con ustedes. Miller, tendrás mi renuncia mañana en la mañana.

El otro le mira extrañado.

–¿De qué hablas?

–Pues, obviamente, todo será más fácil de arreglar si mi –arguye el norteamericano.

–No –le interrumpe Miller. –No sabes nada del sentido del honor de esta gente. Nosotros debemos rehacer ese proyecto, nadie más. En cuanto a tu malentendido con el Príncipe, relájate, estás a punto de convertirte en la nueva supernova del cielo de Arda.

TBC…

5 de junio de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 44 final

Epílogo

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.
“Poema 1”, Pablo Neruda


La Tercera Edad terminó con victoria y esperanza. Cuando el Gran Anillo fue destruido, y los Tres quedaron despojados de todo poder, Galadriel, Celeborn, Gandalf, Radagast y Cirdan, cansados al fin, abandonaron la Tierra Media para nunca más regresar. Pero muchos eldar más jóvenes habían elegido permanecer junto a los hombres.

Florecieron entonces los reinos de Rohan y Espagaroth, el reino doble de Góndor y Arnor recuperó su esplendor. Los elfos bajaron de Rhovanion hacia Ithilien, a vivir en la colonia que fundara Arwen Undómiel con la ayuda del Rey de Góndor. Allí llegaron, desde Lorien y Erys Lasgalen, los que deseaban unir su destino a los mortales y terminar con las plagas de orcos y criaturas oscuras que aún merodeaban alrededor de Mordor.

Como Reyes de los Elfos y de los Hombres, vivieron Aragorn Telcontar y su esposo Legolas Thrandulion durante ciento veinte años de gloria y de ventura; pero al fin Aragorn sintió que se acercaba a la vejez, y supo que los días de aquella larga vida estaban terminando. Entonces llamó a su hermana Arwen y le habló mientras estrechaba la mano siempre joven de su consorte:

–Al fin, Dama Estrella de la Tarde, mi mundo empieza a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar.

Legolas y Arwen sabían muy bien lo que él pensaba hacer, pues lo habían presentido hacía largo tiempo; y a pesar de todo, el dolor les abrumó. El Príncipe nada dijo, estaba dispuesto a seguir a su esposo, en la vigilia y el sueño, pero Arwen argumentó con dolor.

–Di Esperanza a los dúnedain, y no he conservado ninguna para mí. ¿Quieres, entonces, mi señor, abandonar antes de tiempo a los tuyos que viven de tu palabra?

–Si no parto ahora, pronto tendré que hacerlo por la fuerza.

Entonces, fueron a la Casa de los Reyes en la Calle del Silencio. Aragorn se tendió en el largo lecho que le habían preparado, y a su lado se acomodó Legolas, con el cabello suelto, como si fuese a dormir una siesta. Allí dijo el edain adiós a Eldarion y le puso en las manos la corona alada de Góndor y el cetro de Arnor; y el elfo besó en la frente a su hijo y sus hijas. Abrazaron fuerte a Geniev y Rúmil, últimos testigos vivos de sus aventuras, y bendijeron a Beren, hijo de Barahir, Senescal del Reino. Luego todos se retiraron, excepto Arwen.

No obstante la gran sabiduría de su linaje, ella no pudo dejar de suplicarle que se quedaran todavía por algún tiempo. Aún no estaba cansada de los días y ahora sentía el sabor amargo de la mortalidad que ella misma había elegido por acompañar a su hermano querido y al elfo más bello de la Tierra Media.

–Dama Undómiel –dijo Aragorn–, dura es la hora sin duda, pero ya estaba señalada el día en que nos encontramos bajo los abedules blancos en el jardín de Elrond, donde ya nadie pasea. Y en la Colina de Cerin Amroth cuando tú y yo rechazamos la Sombra y renunciamos al Crepúsculo, aceptamos este destino. Reflexiona un momento, y pregúntate si en verdad preferirías que esperara a la muerte, verme caer del trono achacoso y decrépito, arrastrando en mi debilidad a Legolas. Soy el último de los Númenóreanos y el último Rey de los Días Antiguos; y a mí me ha sido concedida no sólo una vida tres veces más larga que la de los hombres de la Tierra Media, sino también la gracia de abandonarla voluntariamente, y de restituir el don. Ahora, por lo tanto, me voy a dormir.

Legolas tuvo pena de Arwen, que llevaba tanto tiempo perdiendo a los que amaba. La muerte no se había cebado en ellos durante un siglo, pero eso era un suspiro para los inmortales. Le tocaba el amargo deber de contemplar a su familia prepararse para el sueño eterno y sobrevivir. Le tomó las manos y se las besó con reverencia, porque gracias a ella había soportado muchas pruebas en su rol de gobernante, guerrero y padre.

–Hermana, no te diré palabras de consuelo, porque para semejante dolor no hay consuelo dentro de los confines de este mundo; a ti te toca una última elección: arrepentirte y partir hacia los Puertos llevándote contigo hacia el oeste el recuerdo de los días que hemos vivido juntos, un recuerdo que allí será siempre verde, pero sólo un recuerdo; o de lo contrario esperar el Destino de los Hombres.

Ella exhaló un suspiro triste, pero no se detuvo a meditar su respuesta, pues hacía mucho que había renunciado a reencontrarse con Celebrian y Galadriel en Valinor.

–No, esa elección ya no existe desde hace largo tiempo. No hay más navíos que puedan conducirme hasta allí, y tendré en verdad que esperar el Destino de los Hombres, lo quiera o no lo quiera. Pero una cosa he de decirte Príncipe: hasta ahora no había comprendido la historia de los edain y la de su caída. Allá en la colonia, entre cantos y risas, protegidos por las costumbres ancestrales de nuestro pueblo, alguna vez les consideré tontos y malvados, mas ahora los compadezco al fin. Porque si en verdad éste es, como dicen los Eldar, el don que el Uno concede a los hombres, es en verdad un don amargo.

–Así parece –convino el Príncipe, esa misma opinión de los hombres y su devenir estaba arraigada en su alma tras largos años gobernando los destinos del Oeste junto a su esposo.

Legolas logró sonreír, sin embargo, al contemplar los grises ojos del Rey, que reflejaban el mismo amor que ciento veinte años antes, durante su noche de bodas. Ocultó el rostro en el pecho aún ancho y fuerte. El rubio cabello cayó hacia delante y Aragorn lo acomodó tras de su oreja, en un gesto tan antiguo como el mar. Habló por última vez a su hermana, último recuerdo, junto a Halladad, Rúmil y Legolas, del Poder de los Elfos en la Tierra Media.

–No nos dejemos abatir en la prueba final, nosotros que otrora renunciamos a la Sombra y al Anillo. Con tristeza hemos de separarnos, mas no con desesperación. Sabes bien que no estamos sujetos para siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos.

Se tendió cuan largo era y abrazó al elfo suavemente. La última palabra fue un dulce susurro entre sus labios.

–¡Adiós!

–¡Estel, Estel! —exclamó Arwen, y mientras le tomaba la mano y se la besaba, Aragorn y Legolas se quedaron dormidos.

Y de pronto, se reveló en la pareja una gran belleza, una belleza que todos los que más tarde fueron a verlos contemplaron maravillados, porque eran el hombre y su elfo una pareja perfecta, en ellos se veían unidas la gracia de la juventud y el valor de la madurez, y la sabiduría y la majestad de la vejez.

Los enanos de las Cavernas Centelleantes trajeron entonces una fina sábana de mithril, y les cubrieron. El tejido eran tan fino que se notaba el largo cabello del Príncipe extendido sobre sus hombros, pero ninguna espada podía atravesarlo, luego tallaron una cubierta de piedra que encajaba exactamente sobre los dos y permitía a los herederos conocer el perfil de los grandes amantes que renovaron el esplendor del Oeste, y abrieron camino al Tiempo de los Hombres. Por siglos, el primer acto del Rey al ser coronado, era peregrinar a la Casa de los Reyes en la Calle del Silencio, en Minas Tirith, y presentar su respeto a los patriarcas dormidos, una imagen del esplendor de los Reyes de los Hombres en la gloria radiante anterior al desgarramiento del mundo. Dicen que incluso se podía sentir su leve respiración, bajo la capa de fina piedra y metal hilado.

Pero Arwen estaba ajena a todas aquellas maravillas. Salió de la Casa de los Reyes y la luz se le había extinguido en los ojos, y a los suyos les pareció que se había vuelto fría y gris como un anochecer de invierno que llega sin una estrella. Entonces escribió una larga carta a los reyes de Erys Lasgalen, Halladad y Maërys, y a sus guardianes, los hijos de Maedros, para que llevaran algunas de sus cosas al norte; otra a sus hermanos, que gobernaban Arnor a nombre de su nieto Eldarion y criaban a sus hijos junto al bello Amroth. Puestos en orden sus asuntos, Arwen dijo adiós a Eldarion, y a sus hermanas Eruana, Alia y Melian, a aquellos a quienes había amado en la ciudad: Geniev y Rúmil, Beren y su esposa.

Arwen abandonó la Ciudad de Minas Tirith y se encaminó al país de Lorien, y allí vivió sola bajo los árboles que amarilleaban hasta que llegó el invierno. El país estaba silencioso, solo Geniev y Rúmil, antiguo guardián de la Dama Galadriel, seguían sus pasos.

Y allí por fin, cuando caían las hojas de mallorn pero no había llegado aún la primavera, se acostó Arwen a descansar en lo alto de Cerin Amroth. Geniev y Rúmil construyeron la tumba a su alrededor, sin moverla, porque era su voluntad descansar en el sitio donde había elegido unir su destino al de los hombres. Luego ellos regresaron a Minas Tirith, llenos de dolor, pero con el consuelo de que la Dama Undómiel había cumplido su destino. Allí estará la tumba verde, hasta que el mundo cambie, y los días de la vida de la Familia Real se hayan borrado para siempre de la memoria de los hombres que vendrán luego, y la elanor y la niphredil no florezcan más al este del Mar.

Aquí termina esta historia, tal como ha llegado a nosotros desde el sur; y después de la desaparición de Estrella de la Tarde nada más se dice en este libro acerca de los Días Antiguos.

FIN

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 43

Hay tiempo más que suficiente

Imladris, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, una tarde de mayo

Tiempo es una palabra
que empieza y que se acaba
que se bebe y se termina
que corre despacio y que pasa deprisa.


Elladan se dejó caer en el suave pasto y suspiró con fuerza. Se sacó luego el cinturón, la túnica y la ligera diadema que mantenía su frente despejada. Los oscuros mechones se derramaron a los lados de su rostro afilado, pero él los apartó de un gesto y gateó unos metros hacia la derecha, donde Ellohir yacía en un improvisado diván de mantas y cojines entre las raíces de un sauce, y se acomodó en el regazo de su hermano.

Permanecieron en silencio, disfrutando de la vista que la pequeña quebrada donde descansaban les ofrecía, protegidos de la luz directa del sol por las ramas del árbol. El valle era completamente visible desde allí, como un extraño dibujo café, rojo, negro y verde donde se alternaban las líneas rectas de los campos sembrados y las sinuosas de comunidades y edificaciones.

–La cosecha será buena este año –dijo Ellohir al rato.

Con esa breve frase informaba que había terminado de supervisar la siembra de los campos recién arados. Eso era importante: la tierra de Rivendel era fértil, pero el clima alrededor de ellos duro y el calor que alimentaba las plantas efímero.

–Y el periodo de sesiones del Consejo largo –respondió Elladan.

El gemelo menor asintió en silencio. Eso implicaba que el Consejo aceptaba discutir no solo las medidas administrativas, sino también la rehabilitación de la antigua ley sobre los gemelos que descubrieran días atrás. Era una pequeña victoria.

La brisa de la tarde hizo ondear los cabellos de Elladan, su hermano levantó la mano derecha y dejó que los sedosos mechones acariciaran su palma al ritmo del cielo al tiempo que cerraba los ojos de puro placer y suspiraba suavecito.

–Odio a mi nuevo Primer Consejero –se quejó el mayor con voz aniñada.
Ellohir dejó caer la mano y rodó los ojos. Si hubiera imaginado que su hermano haría tanto drama por el cambio en el Consejo, habría votado en contra.
–Tranquilo, el sentimiento es mutuo.
–Pues no debería –siguió refunfuñando Elladan. –Su esposo volverá a entrar en los Anales por nosotros.
–Suena como su Amroth fuera de nuestra propiedad –le reprochó al punto.
Elladan le dio una palmada en la pierna, ofendido.
–Tu sabes lo que quiero decir: Glorfindel es muy buen sanador, el mejor. Si alguien puede hacer que su mano deje de doler, es él. Pero la manera de ser de ese chico…

Ellohir volvió a asentir, en eso Dan tenía razón. Había tomado horas convencer al avari de que aceptara a Glorfindel –ya libre del Consejo y ocupado solo de Idril y sus pacientes– como sanador personal para tratar de mejorar la condición de su mano lisiada. Amroth había aceptado al final, pero los gemelos estaban seguros de que no había sido por persuasión, sino porque se sentía obligado a obedecerles. Las implicaciones que tal criterio podía traer en el futuro era algo que incomodaba profundamente al gemelo.

–Lo importante es que estará bien ¿no? –dijo en tono acaso demasiado brusco, lo que no pasó desapercibido a Elladan.

El gemelo mayor giró sobre si mismo, de modo que todo su campo visual quedara ocupado por ese rostro tan parecido al suyo –pocas personas podían reconocer las diferencias excepto la del color de los ojos, pero él sabía–, y tan amado.

–Claro que si, amor. De su alma también nos ocuparemos, hay tiempo más que suficiente para los dos elfos más tozudos de Arda.
Ante eso, Ellohir tomó a su hermano por las solapas y lo levantó, dejando sus rostros a escasos centímetros de distancia.
–¿A quién llamas tozudo? –siseó.

Elladan no respondió, solo adelantó los labios y se apoderó de la boca de su esposo.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Minas Tirith, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, 17 de junio

Legolas se contempló en el gran espejo y suspiró con pesadumbre. La imagen del reflejo era la de una belleza mítica: el cabello dorado y lacio tejido por encima de la nuca en una complicada diadema, la túnica dorada, con bordados en verde y negro, las joyas ceremoniales en mitril, plata y madreperla, las armas llegadas con toda pompa desde Mirkwood con sus dibujos en lapislázuli.

Si. Perfecta para los ojos de los mortales que ya se agolpaban en las galerías del palacio y las principales calles para ver la ceremonia. Casi perfecta para quienes le conocían. Adorable para su esposo –no lo dudaba–, pero en absoluto satisfactoria desde su punto de vista.

No era el peinado que la peluquera tardara casi dos hora en componer, ni las armas que pertenecieran a su abuelo. No era el olor acaso demasiado dulzón de la lavanda con que perfumaran el traje. No era la fecha de la ceremonia, ni el fastidio de tener que casarse de nuevo con Aragorn para darle el gusto a esos estirados de la corte –los mismos que rezaban por una “accidental” caída de un caballo o de la ventana más alta de la Torre de Ecthelion.

No era el clima, que prometía un día espléndido, a despecho de las plegarias de los mismos estirados. No era el menú cuyo olor tendría que soportar durante la recepción, basado en carnes y salsas demasiado condimentadas. No era el rostro ajado y desagradable del anciano encargado de oficiar su ceremonia de coronación como Príncipe Consorte de Góndor y Arnor.

Era él.

Para Legolas, las ceremonias de esa jornada no valían tanto por lo que decían al resto de los habitantes del reino, como por lo que Aragorn le decía personalmente, pero el príncipe no estaba seguro de poder responder a la altura de las circunstancias. Apenas soportaba abrazos leves, caricias tiernas ¿cómo podría…? Sentía que le debía a su esposo una segunda noche de bodas, porque, aunque pocos de los presentes lo supieran, para la ley élfica su matrimonio estaba en suspenso a partir del ultraje a que fuera sometido. No había vuelto a intimar con Aragorn, ni siquiera dormían en la misma cama desde que despertara junto al mar, pero esta noche…

La sola idea le asustaba. ¿Sentiría Aragorn el olor del teleri en su piel? ¿Vería las marcas del forcejeo? A Legolas aún le parecía verlas al desnudar sus brazos y torso, aunque hubieran pasado casi seis meses.

A sus espaldas, la puerta de la habitación se abrió. El príncipe no necesitaba voltear para reconocer los pasos suaves de su cuñada. Permaneció quieto, a la espera de que ella se acercara con el último de los accesorios: una guirnalda de lissuin y elanor. La corona había sido elaborada por Arwen y una elfa de la delegación de Mirkwood, en señal de la aceptación de las dos familias ante el enlace. Que los desposados lucieran estos trabajos florales era una costumbre de los primeros nacidos asimilada en Góndor, hecho por el cual Legolas estaba feliz: sin dudas era mejor esa diadema, de perfumadas flores blancas y doradas corolas semejantes a estrellas, que la pesada corona real.

Arwen dejó la caja que contenía la guirnalda sobre la cama y se acercó. Tenía el rostro impasible, como de costumbre, y mientras Legolas la veía acercarse a través del espejo, pensó que acaso fuera esa actitud etérea la que fascinara a su esposo cincuenta años atrás.

–Tienes razón –dijo ella cuando estuvo a su lado, como de costumbre la había leído el pensamiento–, pero lo mismo que le atrajo le apartó de mí.
Legolas no dijo nada. Ya sabía que para Arwen el rompimiento del compromiso había resultado un alivio, ningún rencor quedaba entre ambos.
–Y sin embargo –continuó ella–, pareces creer que fingir que eres yo te allanará el camino.
Ese comentario si que desconcertó al rubio, por lo que se giró para verla de frente, la inquietud clara en sus ojos. Una sonrisa surgió en el rostro impasible de la elfa.
–En instantes como este comprendo por qué se enamoró de ti, eres tan… intenso. Como un mortal, pero poseedor de la fuerza y experiencia de los inmortales. ¿Por qué te avergüenza lo que eres, Legolas?
¿Lo que era? Una mueca amarga comenzó a formarse en sus labios, pero Legolas se contuvo y dejó su rostro vacío. Arwen sacudió la cabeza.
–No te queda fingir que no sientes nada. Tu esposo desea vivir con aquel que conoció, pero dudo que alguna vez vuelvas a ser tú sin confiar en él.

Legolas se le quedó mirando sin saber qué contestar. Nadie, en los meses que llevaban en Góndor, se había atrevido a hablarle acerca de su lejanía, de su repentina impasibilidad. Arwen no esperaba respuesta, dio media vuelta y se dirigió a la puerta, para dejarle terminar de prepararse.

–No estoy listo –alcanzó a decirle cuando ella ya tocaba el tirador.
La Estrella de la Tarde se detuvo a mitad del gesto y él podría jurar que había un toque de diversión en su respuesta.
–Somos elfos, Legolas, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo es una palabra
que se enciende y que se apaga
ni se tiene ni se atrapa
no se gira ni se para.


Eomer está en la habitación donde su hermana espera el momento de salir a la ceremonia de coronación que precede a su propia boda. Las sirvientas ya se han marchado, y solo Aleth, su nuevo edecán, espera junto a la puerta con la corona real de Rohan entre sus manos. Están solos y él siente que es el momento de “la charla” aunque no esté muy seguro de cómo llevarla adelante. Carraspea, tratando de poner en orden sus ideas, y Eowyn gira a verle, aunque sin apartarse de la ventana donde intenta conjurar los nervios y al calor.

–¿Si?
–Yo… mira… quería preguntarte… ¿en verdad quieres hacer esto?
Eowyn pestañea confusa.
–¿Qué clase de pregunta es esa?

Eomer vuelve a carraspear, es difícil dejar de balbucear bajo la dura mirada de su hermana menor. No desea atraer su ira, pero muchísimo menos verse en la obligación de abrirle la garganta a Faramir en unos años. Es mejor dejar las cosas claras ahora.

–La clase de pregunta que hace un hermano preocupado antes de que su hermana de un paso irreversible. No, no me interrumpas. Mira: cabalgaste Góndor, en contra de las órdenes expresas de tío Theoden, porque querías morir tras el rechazo de Aragorn. Como siempre te sales con la tuya, te dimos por muerta y si no llega a ser por Imrahil… ¡Bueno! El caso es que te dejo convaleciente y al regresar de la Puerta Negra ya tienes al Senescal a tus pies. Casi tuve que enlazarte para que fueras a Edoras hasta que se oficializara la petición, y a los pocos meses te las arreglas para regresar acá con esa tonta excusa del batallón de apoyo. En fin, que te he perdido de vista, hermana, y no se qué o quiénes han influido sobre ti en los últimos meses. Yo no quiero que te cases solo por la alianza entre nuestros reinos, has sufrido demasiado para condenarte así, menos porque tu corazón aliente aún alguna pasión respecto a Aragorn, ¿entiendes?

Eowyn asiente despacio, y se acerca a su hermano para estrechar sus manos bronceadas por los años de vida a la intemperie. Las manos de ella son más pequeñas, pero igual de recias, manos que saben amar y atacar.

–Entiendo –dice con suavidad–, pero no tienes por qué preocuparte. Estos meses me han servido para conocer bien a Faramir, y para que él me conozca. Hemos tenido largas charlas, peleas, reconciliaciones. Ahora se que no somos iguales, sino complementarios. Te juro, hermano, que cerca de mi prometido apenas pienso en tu amigo Aragorn.

Eomer no puede contener una mueca de desagrado ante la mención del hombre y su hermana lo nota.

–¿Qué pasa? ¿No es tu amigo? –inquiere con repentino desasosiego.
–Bueno, si –Eomer maldijo interiormente su gran expresividad. –Creo que aún lo somos.
–¿Aún?
El Rey de Rohan se aparta de su hermana con un gesto brusco y gruñe su desagrado.
–La verdad, era más simpático cuando guardaba las formas.

Eowyn se le queda mirando con los ojos entrecerrados, insegura de qué respuesta dar. De pronto se da cuenta de que al vivir y trabajar con los elfos de la colonia de Ithilien ya no le extraña que dos personas se amen, tengan el sexo que tengan.

–¿Llamas “guardar las formas” a condenar a Legolas al vergonzoso papel de amante?
–¿Y tu llamas “guardar las formas” al espectáculo que están a punto de dar? –repone Eomer molesto.
–Ay Hermano, es una boda, el pacto entre dos personas que se aman y que han pasado mucho para estar juntas.
–Tú lo has dicho, una boda. ¿Dónde se ha visto que se casen dos varones? Y no vengas a invocar a los elfos.
–¿Y por qué no? No me pareció que hicieras ascos a los elfos cuando lucharon junto a nosotros contra Sauron.
–¡Era distinto!
–¿Cómo distinto? ¿En qué son distintos Aragorn y Legolas ahora? ¿Son peores guerreros, menos valientes, menos dignos?
–Son…

Eomer bufó, molesto de no tener palabras para expresar qué le desagradaba de todo el asunto. Se limitó a dar vueltas por la habitación bajo la mirada inquisitiva y paciente de su hermana.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–Estás pensando en Theodred, ¿verdad? –dijo ella al fin con calma.
El Rey de Rohan se detuvo a mitad de un paso y giró hacia ella con celeridad. Había sorpresa y dolor en sus ojos.
–No merecía morir así –admitió en un susurro que Eowyn apenas pudo oír.

Hablar de su primo dolía, mucho. No importaba que Theodred fuera un talentoso estratega y excelente orador, que pudiera calibrar a los hombres de una mirada y reconocer sus errores, nunca sería tan bueno como Eomer a los ojos del difunto Theoden. Lo peor era que no podía culpar a Grima de ello: su tío había dejado bien claro cuáles eran las reglas de la casa, pero no estaba en las manos de Theodred amar a las mujeres. Así que Theodred y Eomer habían sido sombra y luz: mientras el príncipe heredero se opacaba más y más, el joven mariscal ganaba favores y gloria. Premios con sabor a hiel, porque los debía al poco cariño de Theoden por su propio hijo. Su final había sido un duro golpe para los que le apreciaban. No solo por la horrible muerte que los orcos le depararan, sino porque sabían que el príncipe había cabalgado a esa misión para complacer a su padre, un padre nunca satisfecho de sus logros.

–No –admitió ella, y se acercó para tomarle las manos–, pero debes recordar que murió con honor. Y muchos más que sufren desprecio se mantienen de pie, sin dejar que la amargura envenene sus corazones. ¿Acaso te odiaba Theodred porque eras el favorito?
–Nunca, su corazón era grande. Habría sido mejor Rey que yo.
–Es posible, tú te dejas llevar por las costumbres demasiado a menudo –reprochó su hermana con cuidado.
Eomer la miró sorprendido y luego la risa alcanzó sus labios y sus ojos azules.
–¡Debes tener razón, como siempre! No soy más que un prejuiciado –se puso repentinamente serio–, pero no soy el único.
–Eomer, ¿crees que Aragorn ignora que la mitad de la corte está en desacuerdo?
–¿Y si lo sabe por qué persiste?
–¡Porque se aman! Por eso, y porque como Rey debe ser digno y honesto. Aragorn es más grande aún reconociendo que es Legolas el único a quien desea entregar su vida ¿no puedes verlo? Cuánto valor es necesario para romper con las reglas y seguir el dictado de nuestros corazones. Tú y yo sabemos de eso, hermano.

Eomer sabía que ella tenía razón, defender a su primo ante la corte, enfrentar a Grima, partir hacia la Puerta Negra sin esperanza de sobrevivencia. Ninguna de estas acciones habían sido demasiado razonables, pero si correctas. Sin embargo…

–Lo se, se que tienes razón. Pero una cosa es saber y otra muy distinta aceptar.
Eowyn fue a decir algo más, pero hubo tres toques en la puerta.
–Vienen por nosotros –le interrumpió su hermano.

Aleth se acercó a presentar la corona y ella repasó por última vez su atuendo ante el gran espejo de metal bruñido. Salieron tomados de la mano a ocupar sus puestos entre los invitados de honor en tenso silencio.

Al contemplar los estandartes de Mirkwood, el altar ceremonial y la imponente figura del árbol blanco, delgado y joven, pero erguido hacia el sol, Eomer recordó los duros momentos compartidos con esos dos. La fidelidad a toda prueba de Legolas, las valientes decisiones de Aragorn, su innegable complementariedad. De repente le asaltó la idea de que no estaba siendo fiel a su primo al cuestionar el derecho del edain y el elfo a ser felices. ¿Qué diferenciaba a Theodred, Aragorn y Legolas? Nada. ¿Qué había diferenciado a Theodred, Eomer y Eowyn? Nada.

Sonaron las trompetas y los invitados giraron sus cabezas en dirección a la puerta principal de la ciudadela. Los amplios batientes se abrieron y contrayentes avanzaron despacio por la galería de asientos, precedidos del Senescal y seguidos por representantes de la casa real de Mirkwood. El duro rostro de Aragorn resplandecía de paz, Legolas era una figura de belleza preternatural, sus trajes ceremoniales y armas no dejaban dudas acerca de su capacidad bélica.

Eomer no estaba demasiado contento de estar ahí, pero si contento por sus amigos. Si su primo hubiese vivido un poco más… Pero no era momento para recuerdos tristes, sino para hacer la paz. Se inclinó sobre el hombro de su hermana y susurró.

–Solo dame tiempo, ¿si?
Ella no apartó los ojos de la deslumbrante procesión que se acercaba al altar, pero deslizó su mano para estrechar la del monarca.
–Hay tiempo más que suficiente –le aseguró muy bajito.

Unos minutos después, la ceremonia de coronación del Príncipe Consorte comenzaba.

El tiempo no se detiene
ni se compra ni se vende
no se coge ni se agarra
se le odia o se le quiere.


A pesar de lo inusual del enlace –tras mucho rebuscar en los archivos, Faramir había hallado un caso quinientos treinta y tres años antes, entre dos mujeres de la nobleza de Ithilien– los asientos estaban colmados por la más rancia aristocracia del reino, muchos de los cuales habían viajado para “confirmar la afrenta” con sus propios ojos. Sin embargo, los espías de Faramir aseguraban que muchos jóvenes veían con entusiasmo la boda. Algunos como señal del cambio político que ¡por fin! apartaría a sus padres del poder, espacio que ellos planeaban llenar; otros porque habían sufrido la represión de sus deseos y veían en el gesto del monarca el ejemplo para rebelarse frente a sus familias.

Luego de las formalidades estaba previsto un desfile por las principales calles de la ciudad, y la multitud allí era mayor aún que la del día de la coronación del Rey, exactamente un año antes. Esa multitud no tenía una actitud violenta. Según las mismas fuentes del Senescal, el asunto de que Elessar I se casaba con otro varón era de poca importancia para la mayoría de los habitantes plebeyos de la ciudad. Las antiguas leyendas aseguraban que los elfos eran aún más antiguos que los hombres y las mujeres, luego no tenían sexo, luego… A Legolas no acababa de hacerle feliz esa deducción.

El desfile acabó al fin, y se dirigieron al salón de fiestas, donde les esperaban el banquete, un impaciente Eomer y una sonrojada Eowyn. Aragorn, Legolas y Geniev ocuparon sus asientos en la mesa real y, de acuerdo al protocolo, esperaron a que todos los presentes tuvieran su copa de vino servida antes de que el Rey se levantara y hablara a la multitud.

–Escuchad, todos mis invitados, noble y hermosa gente de numerosos reinos: ¡Faramir, Senescal de Góndor y Príncipe de Ithilien pide la mano de Eowyn Dama de Rohan, y ella se la concede de buen grado! Aquí mismo celebrarán la boda, a la sencilla y honesta usanza de los rohirrim.
Faramir y Eowyn se adelantaron y se tomaron de la mano, y todos los presentes brindaron por ellos. Entonces Eowyn miró a Aragorn a los ojos, y dijo:
—Deséame ventura, mi Señor y Curador.
Y él respondió:
—Siempre te deseé ventura desde el día en que te conocí.
Luego ella miró a Legolas a los ojos, y dijo:
–Deséame ventura, sabio guerrero, y dame tu perdón.
El príncipe le dedicó una de sus escasas sonrisas y repuso:
–Bienaventurada seas, valiente doncella. Afirmo aquí ante todos que nunca hubo agravios entre nosotros, porque siempre actuaste como mujer honorable.

Eowyn sonrió y fue al centro del salón de la mano de su hermano, donde bailó una pieza alegre, al ritmo del tamboril. En medio de la danza ella se alejó girando en dirección a su nuevo esposo, que la recibió y, para asombro de la corte, se incorporó al baile extranjero sin demora. Eomer les dejó disfrutar y regresó a su puesto en la mesa real, junto a Arwen, su amplia sonrisa no dejaba dudas sobre su satisfacción sobre el enlace.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–¿Feliz, majestad? –bromeó Aragorn.

El Rey de los Rohirrim tuvo que contener una mueca de desagrado, todavía no se sentía de humor como para bromear con alguien que acababa de hacer… lo que Aragorn acababa de hacer. Pero tampoco olvidaba ni por un minuto la promesa hecha a su hermana, dónde estaba, o el carácter de su anfitrión, así que optó por contestar con inesperada seriedad.

—De este modo la amistad entre la Marca y Góndor queda sellada con un nuevo vínculo, y esto me regocija.
A Aragorn le pareció extraño que Eomer invocara razones de Estado para su alegría ante el enlace, pero decidió seguir el juego.
—No eres avaro por cierto, Eomer, al dar así a Góndor lo más hermoso de tu reino.

Eomer apenas hizo un gesto de asentimiento amable, y se refugió tras su copa. Aragorn fue a decir algo más, pero la suave mano de Arwen en su muslo le indicó que no debía insistir. Sin embargo, para el ex–montaraz estaba claro que la frialdad de su amigo se debía al gesto de hacer pública su relación con Legolas, y eso le dolió. A Aragorn aún le dolían las acusaciones de irresponsabilidad que le espetaran en Rohan, cuando recién despertara tras el ataque de los wuargos. Todos esos recuerdos le demudaron el rostro y casi apagaron la alegría que le daba haber proclamado su amor a todo el reino, pero la ayuda vino de sitio más inesperado.

–Mira la pista de baile, majestad –le susurró su esposo en tono divertido.

Al tiempo no se le habla
ni se escucha ni se calla
pasa y nunca se repite
ni se duerme y nunca engaña.


Aragorn obedeció, y casi se va para atrás en su puesto: entre las parejas que seguían el ritmo de las flautas y cuerdas destacaban varias… inusuales. Eran los elfos del Bosque Dorado, que sin ningún temor disfrutaban de la música con la misma libertad que lo hicieran en su antiguo hogar. Sin embargo, al mirar más despacio, el Rey notó que varias de las parejas no estaban integradas solo por elfos o elfas. Varios inmortales habían sacado a bailar a jóvenes gondorianos de ambos sexos, los cuales seguían los pasos con decisión, aunque el rubor cubría sus mejillas. En los laterales, los rostros de unos cuantos ancianos estaban rojos –y no de felicidad. Aragorn supuso que, sabedores de que esos guerreros eran parte de la guardia de la Dama Galadriel, no se habían atrevido a negar permiso a sus vástagos. Tuvo que hacer serios esfuerzos para contener la carcajada.

–Majestad ¿me concede una pieza de la mano del Príncipe Geniev? –Aragorn miró a Rúmil con cuidado.

El hermano de Haldir lucía espléndido con su elegante uniforme gris de gala, pero los entrenados ojos del Rey reconocían las señales de nerviosismo que se apoderaban del elfo al estar cerca de su hijo adoptivo. Sonrió antes de volverse hacia su izquierda, donde Geniev aguardaba su respuesta con los ojos clavados en el plato. Recordaba muy bien el reporte que esa misma mañana le rindiera su perceptor, el joven Duilin: Geniev había aprendido algunas rutinas que le permitirían pasar airoso el evento de esta tarde, pero su nerviosismo estaba apenas controlado. Sin embargo, se dijo, tal vez fuera bueno darle al chico la oportunidad de elegir.

–Hijo, ¿deseas bailar con el capitán Rúmil?

Geniev levantó sus grandes ojos negros con sorpresa, miró a su padre, a la pista de baile y al gallardo elfo que le tendía una mano y sonreía levemente. Tragó en seco y volvió a bajar la cara al tiempo que negaba en silencio y apretaba en su mano una servilleta con fuerza.

Rúmil no se dejó amilanar y repitió su invitación a Arwen, la cual se puso en pie sin dudar. Pero antes de apartarse de la mesa real, el elfo se detuvo una vez más ante el aturdido principito.

–No temas, Geniev, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


La familia real se retiró temprano, poco después de la puesta de sol. Sin embargo, el baile siguió hasta bien entrada la noche, porque los nobles no querían quedar antes las damas como menos que los elfos, los cuales seguían bailando, charlando y bebiendo como solo pueden hacerlo los inmortales. Mientras, en lo alto de la Torre de Ecthelion, una historia llegaba a su fin.

Arwen, Geniev, Aragorn y Legolas fueron escoltados por los taciturnos soldados de la Guardia de la Ciudadela a lo largo de los corredores del antiguo palacio. La elfa y el niño se despidieron en la puerta de sus respectivos departamentos y los esposos continuaron el camino a sus habitaciones en silencio. Iban tomados de la mano, pero a medida que se aproximaban a su destino, el hombre sentía como el cuero cercano se tensaba.

Al fin alcanzaron las escaleras hacia su habitación, un poco más allá las puertas dobles y el recibidor de sus departamentos privados. El elfo casi corrió al interior, lejos de la escolta, y correspondió al hombre el segundo postigo. Se recostó y lanzó un suspiro mitad cansado mitad temeroso. Fuera quedaban todos, por fin un espacio para él y su elfo, aunque solo por unas horas. ¿Sería suficiente? Avanzó hacia la recámara.

Antes siquiera de mirar al interior, cerró la tercera puerta. Cuando la seguridad de que nadie podría interrumpirles fue absoluta, se volvió y… casi llora de emoción.

Como aquella noche, un año y una muerte atrás, todas las lámparas estaban apagadas y la luna iluminaba oblicuamente la estancia a través de las ventanas totalmente abiertas. Sentado en una de ellas –su figura, su pelo y la seda de la cortina vueltos uno con el viento y la luna– Legolas miraba las estrellas. Pero ya su apariencia no era el de un adolescente humano, emocionado ante la perspectiva de llevar hasta el final su entrega. Ahora el príncipe lucía mayor, la cercanía de al muerte había dejado líneas de expresión, unos rasgos más duros y unos ojos más calculadores.

El hombre se sacó las suaves botas de piel, los collares, pulsos y anillos ceremoniales, la diadema real, la túnica. Quedó con los pantalones y una ligera camisa interior, no quería aumentar el nerviosismo de su pareja con recordatorios del mundo exterior. Fue hacia la ventana. Legolas no se movió.

–Príncipe… Legolas Telcontar… amor mío –llegó frente a él y tomó su barbilla para hacerlo girar el rostro. –Amor mío –repitió, feliz de que su esposo no temblara ante el contacto.
–Majestad –contestó el elfo al cabo de un instante.
–No, por favor. Somos Aragorn y Legolas, nada más somos aquí, estamos solos –y se inclinó para besarle.

Un beso dura lo que dura un beso
un sueño dura lo que dura un sueño
el tiempo dura lo que dura el tiempo
curioso elemento el tiempo.


El miedo hizo que Legolas perdiera su máscara de impasibilidad. Cerró los ojos y dejó que el hombre acariciara sus labios, pero era incapaz de responder. Aragorn no se dejó amilanar. Sabía que esta vez sería muy diferente a su primera noche, pero siguió adelante con sumo cuidado.

–Es nuestra noche de bodas ¿recuerdas?
Legolas asintió.
–Nuestra noche de bodas… volveré seré tuyo Rey Elessar.
–Somos el uno del otro desde hace tiempo, Legolas –le corrigió con suavidad. –Incluso probamos con sangre nuestra fidelidad. Luego, soy tan tuyo como tú mío.
El elfo se refugió en sus brazos: temblaba.
–No se si sea capaz –admitió con rabia. –¡Maldición! He peleado en batallas que ni siquiera recuerdas… pero ahora…
–Yo también tengo miedo –musitó el Rey.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Con un gesto lo tomó en brazos y lo llevó hasta el alto lecho de cubiertas azules y aves marinas talladas en el cabezal. Allí lo depositó y el ligero –engañosamente suave– cuerpo se ovilló sobre sí mismo. El hombre esperó, sabía que toda la tensión de la ceremonia había alterado a su esposo, que si apresuraba las cosas ahora, la confianza del elfo podía volver a deteriorarse.

Tras unos minutos, el rubio pudo ganar control sobre sus emociones y habló.
–Se supone que esta noche, renovemos el lazo entre nuestros cuerpos, para…
Pero el hombre movió la cabeza en gesto de negación, se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de pelo del rostro.
–Legolas, no estás obligado a nada ¿entiendes? Esta noche no ocurrirá nada que no desees.
–¡Pero es que sí lo deseo!
–No. Deseas probar que eres capaz de entregarte a mí, pero eso equivaldría a forzarte. Soy tu esposo ¿recuerdas? No un vulgar secuestrador.

Ante la mención a Ferebrim, el elfo enterró el rostro en una almohada, pero el convulsivo movimiento de sus hombros no dejaba lugar a dudas. Aragorn se tendió junto a él y lo abrazó por detrás. Ante el contacto, los temblores de Legolas aumentaron su fuerza, pero el hombre no lo dejó apartarse. Poco a poco los sollozos remitieron y el cuerpo se aquietó. Yacieron laxos por un largo periodo, hasta que el rubio reunió valor para acomodarse y dejó que toda su espalda rozara con el pecho del hombre. Suspiró.

–Así que ¿nos damos un tiempo?

El Rey no contestó enseguida. Primero, con movimientos pausados, se sacó el pantalón, quedando con la breve camisa que apenas llegaba hasta sus caderas. Luego tironeó de las mantas para cubrirlos. Se acomodó a la espalda de su esposo, dejando que sus cuerpos volvieran a amoldarse. El cuerpo entre sus brazos tembló una vez más, pero esto duró poco. Cuando ambos estuvieron tranquilos, Aragorn habló.

–Nos daremos todo el tiempo que quieras. Hay tiempo más que suficiente.

El tiempo sopla cuando sopla el viento
el tiempo ladra cuando ladra el perro
el tiempo ríe si tú estás riendo
curioso elemento el tiempo.


Notas finales:
1) Las historias de Númenor cuentan que los elfos de Tol Eressëa llevaron la flor lissuin y la flor dorada en forma de estrella, elanor, a las tierras de los mortales. Las dos flores -una debido a su fragancia, la otra por su color- se tejían en guirnaldas y se llevaban como coronas durante las fiestas de boda. (Fuente: Enciclopedia Tolkien Digital)
2) Canción "Tiempo" de Jarabe De Palo, álbum: De vuelta y vuelta, 2001

20 de mayo de 2008

DE LEYES Y VENGANZAS 28

El hijo pródigo II

“Fue preciso algo siempre
y no fue porque tú
tenías lazos blancos en la piel
tú, tenías precio puesto desde ayer
tú, valías cuatro cuños de la ley
tú sentada sobre el miedo
de correr.”
“La familia, la propiedad privada y el amor”, Silvio Rodríguez


El auto cruzó las rejas de la residencia y el joven del asiento trasero suspiró de alivio, le día había sido una lata.

Los amigos de Harry lucían inquietos, la ausencia del moreno les había dejado sin guía. Todas las clases habían estado mirando a las ventanas, en tensión, como si esperasen ver aparecer a su amigo a cada minuto. Pero, en los pasillos, cuando se reunían con el resto de la pandilla para intercambiar noticias, había una persona con actitud de certeza. Ginebra no miraba a los rincones, lo miraba a él, con una mueca de molestia en su rostro pecoso que lo incomodaba profundamente.

Eso había hecho la jornada especialmente desagradable. Bueno, eso y saber que Harry estaba en su mansión, tal vez semidesnudo frente a la piscina, mientras él escuchaba la monótona voz de Binns hablando de las rebeliones irlandesas del siglo XIII. ¿A quién le importaba el destino de Irlanda? No a él, seguro. Él solo deseaba alejarse de la chica Weasley –¿cuándo se había teñido su roja y horrible cabellera de ese aún más horrible rubio platino?– y regresar a los brazos de Harry.

Bajó del auto con premura, seguro ya Jaime estaba cruzando el recibidor para abrirle. Se detuvo al sentir pasos a su espalda. Giró, pestañeó, abrió la boca.

–Es un placer verte, Draco –sonrió Sirius Black.

El rubio no dijo nada, estaba asustado, francamente asustado. Por lo que entendiera de las medias palabras de la jornada anterior, ese hombre era un… asesino. A Draco no le importaba que Black estuviera cazando a alguien que había dañado a su familia –aunque la manera en que amenazaba a Harry y Remus nadie se la había aclarado–, no era idiota. En su familia, salir de cacería significaba lo mismo hablando de zorros, que hablando de judíos en 1340. El padre adoptivo de su novio era eso, un asesino. Ni siquiera deseaba pensar en lo que podía ocultar la dulce sonrisa del lánguido Remus.

Draco dio un paso atrás, debía penar con racionalidad. No, no podía. Ese hombre mataba, matar estaba mal. Así de simple. Harry… ¿Harry sabía que su padre mataba? Por supuesto idiota, ¿no recuerdas cómo se conocieron? Salvador, dos disparos, dos yonquis muertos, ¿te conozco?, ve con Dios. ¿En qué se había metido? En un lío, vaya noticia.

–También es un placer verle de nuevo, señor Black –se obligó a decir con una sonrisa de presentador televisivo.
Luego volvió a andar hacia la entrada de la mansión, donde Jaime esperaba por ambos, sin mostrar sorpresa alguna.
–Señor Black, es un placer su visita –saludó el mayordomo cuando cruzaron el umbral.
Draco bufó, incómodo con la familiaridad. Sirius no había puesto pie en esa casa en veinte años y todo lo que Jaime decía era “Es un placer su visita”. Pero lo mejor estaba por llegar.
–El señor Malfoy lo espera en su despacho.
Black no se mostró sorprendido, solo sonrió, asintió y giró hacia Draco.
–No le digas a Harry que llegué ¿vale? Quiero darle una sorpresa. No te preocupes, Jaime, recuerdo el camino.
Y se perdió en los corredores de la mansión.
–El señor Potter está en el jardín –informó Jaime con voz neutra.
Pero Draco ya no quería correr a sus brazos. Prefería pensar por un rato, a ver si lograba conciliar de alguna manera el hecho de que se había enredado con un asesino a sangre fría, cuyo padre adoptivo era gay, y asesino también.
–Gracias –repuso distraído.
¿Qué hacer?
–Y el señor Severus en la biblioteca –agregó el mayordomo al punto porque, como buen mayordomo, sabía leer la mente de los adolescentes atormentados.
Si, era una buena idea.
&&&&&&&

Sirius tocó dos veces la puerta de madera oscura, luego giró el picaporte. Estaba abierto y avanzó para encontrarse de frente a un imponente buró de nogal tras el cual le esperaba Lucius Malfoy, con su sonrisa cínica de siempre.

–¿Fue buena la caza? –saludó el rubio cuando la puerta estuvo cerrada.
El recién llegado asintió en silencio, ocupado en observar la habitación.
–No ha cambiado nada –comentó cuando estuvo seguro del ambiente y fue a sentarse en una de las butacas ante la mesa.
–¿Por qué habría de cambiar? –Lucius se levantó y caminó hacia el mueble bar. –¿Whisky?
–Coñac.
El rubio sirvió una generosa cantidad en la copa, se escanció un whisky triple para él y regresó a la mesa.
–¿De qué quieres hablar? –preguntó Sirius tras el primer trago.
–De nuestros hijos.
–No te preocupes, ya tu delicado heredero está buscando otra manera de romper con Harry.
–No creo que logre espantarlo, los Potter son testarudos.
–No te voy a ayudar.
–¿Ni aunque te ofrezca dote?
Sirius frunció el ceño, ¿Lucius estaba insinuando que…? Decidió acercase tangencialmente.
–Creí que los Brocklehurst aún estaban interesados.
–Lo están, pero yo podría romper el contrato si recibiera… una oferta mejor.
–No suelo comprar personas –decidió aclarar el moreno.
A Lucius casi le pareció divertido que alguien como Sirius se ofendiera por semejante cosa.
–No ¡claro! Demasiado bien sabemos cuánto aprecias la vida humana –Sirius ni se inmutó. –Pero no me importa, no soy quien para dictar cátedras de moral, seguirá sin importarme, siempre y cuando incluyas a mi hijo en la escasa lista de personas a las que no matarías. A cambio, yo podría incluir al tuyo en la lista de los que están a la altura de la familia.

El último de los Black contempló atónito al último de los Malfoy. Hacia veinte años que no pisaba esa casa, ni ninguna de las propiedades de la familia, pero antes había pasado otros veinte años oyendo conversaciones como esta. Incluso, alguna vez, había fantaseado que sus padres y los de James negociaban su matrimonio. Creyó haber escapado de todo eso, pero no, nunca puedes correr tanto, tan rápido y por tanto tiempo: el pasado siempre te alcanza. Conocía la frase “está a la altura de la familia”, Lucius sabía que él sabía.

Trató de imaginarse la cena de esa noche. Lucius hacía algún comentario inane y mencionaba que, a pesar de los distanciamientos circunstanciales, un Potter siempre sería un Potter y que “estaba a la altura de la familia”. Draco dejaría caer el tenedor y miraría a su padre sorprendido; Harry lo miraría a él, tratando de saber si debía sentirse halagado u ofendido; Remus también lo miraría, pero como Remus sabía, su mirada probablemente sería de reclamo; Snape… como siempre, miraría el rubor de su hijo y arrugaría la nariz, fingiendo que nada le sorprendía o interesaba.

–Por supuesto que está a la altura de la familia –repuso al tiempo que alzaba la copa, invitando al brindis y sonreía a su primo.
Lucius imitó el gesto y terminó su whisky de un trago.
–Creo que tu esposo y tu hijo están en el jardín. La comida se sirve a las siete.

Sirius tomó nota mental de cómo Lucius llamaba a Remus, terminó su bebida y se marchó. Sería una cena divertida.

En algún lugar del infierno, Narcissa Black–Malfoy, Arcturus Black y Augustus Rookwood, sintieron que la intensidad de sus tormentos aumentaba.

TBC…

DE LEYES Y VENGANZAS 27

El hijo pródigo (I)

“Mi huerto de camelias
ya no me interesa.
Quiero ver el Fujiyama.”
Matsuo Báshó (1644-1694)


Percy se detuvo delante de la reja y respiró con fuerza el olor suave del jardín primaveral. Los barrotes –con muchas curvas y agujas, como para hacer feliz a Blaise– eran casi invisibles por la hiedra que había sembrado Ginny, de olor dulce y violento. El color oscuro de la hiedra era el complemento perfecto para esta casa beige y verde, brillante, ruidosa, amigable. La fachada parecía nueva, como renovada tras la restauración de dos años atrás, pero Percy sabía que los constructores habían hecho mucho más que “remozarla”.

Empeñada en mantener a los hijos cerca, su madre había reestructurado el interior para que albergara cuatro apartamentos independientes y algunos espacios comunes, de modo que Bill, Charlie y los siameses no se mudaran, pero tuvieran privacidad. Ron y Ginny eran los únicos que seguían viviendo en la casa principal, pero Percy podía apostar que la ingeniosa Molly tenía pensada alguna solución que los mantendría a menos de un tiro de piedra en cuanto mostraran ganas de vivir “por su cuenta.”

Percy torció el gesto y se preguntó si también habría espacio para él, por un rato al menos, durante las horas que tardara en decidir qué haría con Penélope. Si la casa era lo suficientemente amplia para no chocar con Ron, Charlie y, especialmente, Deacon. Bueno, ya estaba ahí ¿no? Avanzó despacio por el caminito del jardín, dejó atrás el garaje y sintió alivio al ver la puerta de la cocina abierta –como siempre– y a su madre picando cebollas con la misma estrambótica guillotina que le fascinaba cuando tenía cinco años y no tenía permiso para tocar nada con filo.

–Buenas tardes, Percy, querido –saludó Molly sin levantar los ojos, como si su tercer hijo llegara todos los días a esa hora.
–Buenas tardes, madre.

El joven se sentó en la mesa de las comidas familiares y estudió con cuidado su entorno. De algún modo, la cocina no había cambiado. Se preguntó si…

–Hay mouse de chocolate en la nevera –comentó la mujer, y él agradeció que adivinara su hambre, pero no preguntara las razones.

Estuvieron un rato en silencio. Percy se comió casi la mitad del dulce observando a su madre preparar la cena familiar con eficiencia, sin mancharse las manos o estropearse las uñas redondeadas y bien pulidas, con ese esmalte color carne claro que le recordaba de siempre.

–Y, dime –se le ocurrió decir al cabo–, ¿cómo van los preparativos para la fiesta de… Deacon?

Se arrepintió en cuanto la última sílaba salió de su boca, pero no podía tragarse sus palabras, ¿o si? Molly Weasley levantó los ojos –marrones, grandes, de pestañas cortas– de la carne que troceaba y lo observó por un momento. Luego volvió al cuchillo y las lonjas de pernil rojo, húmedo.

–Dice Charlie que van bien.
Percy hizo un gesto de desagrado ante la mención de su hermano, pero ella fingió ignorarlo y continuó hablando, como si a Percy de verdad le interesara saber de ellos.
–¿Sabes? Me gustaría que tu padre me hubiera organizado fiestas así cuando teníamos treinta. Ahora estoy muy vieja.
–No eres vieja, madre. Solo...
–No hablo de mi edad –le interrumpió Molly–, hablo del tiempo entre nosotros. Tu hermano tiene razón: esas cosas hay que hacerlas a cada rato, para que la relación no se vuelva rutina, grisura. ¿Sabes que a veces el amor de acaba y uno no se da cuenta? Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo. Pero si te mantienes activo notarás el cambio y sabrás cuándo decir basta, fuimos felices, conservemos el buen recuerdo.

La mujer se levantó para buscar una bandeja y empezó a acomodar carne, zanahorias, papas, coles y tomates. Siguió hablando sin mirarle, cuidando el espacio entre los ingredientes del asado con actitud maniática.

–Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo, por Dios, y un día miras para atrás y descubres que perdiste un cantidad absurda de cosas: renunciaste a unas costumbres y adquiriste otras; dejaste de ver a los amigos; transigiste con el jefe; aprendiste lo que parecía un galimatías porque te pasaste noches sin dormir y sin hacer el amor; tus hijos crecieron y no tienes idea de quiénes son, o como los educaste, siquiera si tu los educaste; tienes más canas que sonrisas y demasiadas ganas de gritarle a los empleados. ¡Hay Dios!, y sigues adelante porque ya estás en medio del desierto y la sed abrasa y no hay regreso, no hay regreso.
Molly levantó el rostro de pronto, sus ojos pedían perdón.
–Qué horror, ¿no Percy? Sueno como una vieja amargada. Es que en estos días ¿sabes?, a menudo trato de recordar cómo era yo cuándo todo esto empezó, cuando les perdí a Bill, Charlie y a ti.
–Madre, nunca me…
–Claro que si –le interrumpe ella. –Recuerdo perfectamente cuando regresaste aquel día de la escuela: fuiste derechito donde Charlie para mostrarle tu primer dibujo. Yo no existía para ti. Me sentí…

No llega a decir cómo: solo sacude la cabeza y lleva la bandeja al horno. Percy se queda mirándole incrédulo, inseguro de qué debe hacer. Acaba por levantarse. Camina con fuerza hacia ella para terminar esa charla horrible, que la mujer dilata con la excusa de programar el temporizador del horno.

–Tú eres mi madre. ¿Cómo se te ocurre decir…?
Pero la pelirroja gira y se le enfrenta. Es más baja, y bastante más ancha, pero sus ojos despiden chispas que lo intimidan.
–Lo único que Charlie no logró inculcarte fue respeto por tus mayores –resopla con fuerza. –Supongo que tiene que ver con una figura paterna tan cercana en edad ¿no? En fin, no importa –Molly lo aparta y regresa a la mesa, vuelve a hablar. –Tenías veinte meses cuando llegaron los siameses, Bill ocho años, Charlie cinco, ellos pueden recordarlo, tu no. Supongo que es una suerte que no puedas recordar los días de angustia, de tristeza que cayeron sobre esta casa. Arthur y yo estábamos tan asustados ante la idea de que iban a morir, o a vivir con sus cuerpos cercenados, que les perdimos de vista a ustedes. Suena irresponsable ¿verdad? Lo fue. Una semana después del parto, desperté de madrugada con el corazón en el puño: ¿dónde estaban mis hijos? Me di cuenta de que no sabía nada, nada de la casa, de la niñera, de la ropa para la escuela. Pensé, estúpidamente, que Lily los había llevado a su casa, pero no recordaba haberle pedido nada semejante. Por fin me decidí a llamar para acá y me salió Bill, soñoliento.

–Hola, residencia Weasley.
–¿Bill? Es mamá.
–Mmmm, ¿mami? ¿Qué pasa?
–Nada, querido, nada. Ponme a la niñera.
–Se fue.
–¿Se fue? ¿A qué hora?
–Mmmm… Creo que… si, a las 8:30.
–¿A las 8:30 de la noche?
–No mamá, a las 8:30 de la mañana del lunes. Nos llevó a la escuela y se fue.
Molly se detuvo, tratando de recordar qué día de la semana era ¿jueves? La voz de su hijo la interrumpió.
–¿Mamá?
–Si querido, dime.
–Está bien que comamos a la cuenta en lo de Luke ¿verdad? Le dije que vas a pagar todo cuando regreses del hospital.
Molly se quedó de piedra. Estaba a punto de preguntarle a Bill si comían bien con Lily y sus amigos. ¿Sus hijos estaban completamente solos?
–¿Mamá? –insistió Bill, con la voz inquieta.
–Fue una idea muy buena Bill –se obligó a decir. –Espero que la cuenta incluya bastantes vegetales.
–Si mamá.
–¿Han hecho las tareas?
–Si mamá.
–¿Y se bañaron?
–¡Mamá! –bufó Bill, y ello la hizo sonreír a su pesar. –Es imposible darle comida a Percy y no bañarse luego.
–De acuerdo.


–Cuando colgué, pensé que podría llamar a Lily por la mañana, o a tu tío Julian, pero hubo otra emergencia con los siameses y… Dios, es vergonzoso, es horrible. Fuimos unos padres horribles.
–No –le asegura Percy con miedo-, fuisteis unos padres maravillosos. Entiendo que los gemelos les mantuvieran ocupados, que no pudieran dedicarme todo el tiempo del mundo, pero yo sabía que…

¿Qué sabía? Era un niño, comprende de pronto, apenas intuía que sus padres lo habían abandonado y otras personas ocupaban su lugar, a ellos se aferró. Por supuesto, les siguió llamando papá y mamá, pero Molly y Arthur estaban demasiado absortos en los siameses, Ron y Ginny, como para recuperar a sus hijos mayores. Bill y Charlie eran en quienes buscaba apoyo y aprobación, a quienes celaba. Mientras llora junto a su madre biológica, Percy comprende también sus verdaderas razones para irse de casa.

No eran sus ruidosos hermanos menores, ni Penélope, ni la distancia de la oficina. Se trataba de su relación no resuelta con Charlie, de la decepción y los celos cuando dejó de ser el centro de atención de su hermano.

–¿Es que no pueden dejar de dar espectáculos en cada parte de la casa? –le reclamó un malhumorado Percy a la pareja que se acariciaba en una esquina del jardín.

Charlie lo miró desde el pasto, donde estaba tumbado entre los brazos de Deacon. Su propia incomodidad bien patente en el rostro congestionado y el cuello tenso. Desde que regresara de Rumania, su hermanito no dejaba de incordiarle. Se había gastado las neuronas tratando de descubrir por qué era Percy el único al que molestaba su nuevo novio. Que le gustaban los chicos no era noticia, que los trajera a casa tampoco. Pero a medida que el resto de los Weasley aceptaban su singular elección, Percy estaba más susceptible, más agresivo y no lograba entender por qué él, precisamente su favorito, no compartía su felicidad. Justo en ese momento estaba harto, en especial de las interrupciones constantes a su vida íntima. Así que respondió con amargura y conocimiento, o sea, donde más le iba a doler al otro.

–¿Es que no puedes buscar dónde meterla y dejarme tener una vida por fin?
–Si eso es lo que quieres –respondió el menor con tono reposado, tras unos instantes de incredulidad.

Nadie esperaba una reacción tan absoluta, seguro, por eso no se dieron cuenta hasta bien entrada la noche de que Percy se había marchado. Sin decirle una palabra a nadie, sin escándalos, y con la suficiente fuerza de voluntad como para no llamar en los siguientes seis meses.


Percy se apartó de Molly para soplarse la nariz. Ella tenía las mejillas y los ojos rojos, los labios hinchados, supuso que su imagen era similar. Se sentía a aliviado, como si un gran peso se le hubiera evaporado de los hombros. Ahora comprendía su incapacidad para aceptar a Deacon, el miedo irracional que lo dominaba en ese tiempo horrible, cuando pasó de temer a creer efectivo el abandono de su hermano; la actitud infantil y egoísta con que enfrentó la supuesta confirmación de que estaban hartos de él, a pesar de tener dieciocho años; la injusticia que había cometido con Charlie y toda la familia. Sobre todo, entendió por qué estaba deseando visitar la Madriguera desde la mañana, pero no hablar con su madre. Sacudió la cabeza, asombrado de sus propias máscaras interiores.

–¿Ya te sientes mejor? –inquirió Molly.

Él se limitó a asentir, no estaba muy seguro de si la voz se le quebraría por el cúmulo de emociones que lo atravesaban. La mujer fue a decir algo más, pero el ruido de un auto entrando en el garaje de la casa llamó la atención de ambos, poco después, Deacon y Charlie entraban a la cocina cargados de paquetes.

El pelirrojo se dirigió a uno de los estantes sin fijarse en los ocupantes de la habitación. Se notaba que la bolsa de supermercado pesaba y él solo pensaba en soltarla y poner orden en las compras. Detrás, con otras dos bolsas en precario equilibrio, llegó Deacon. A pesar de la carga, el rumano fue fiel a su costumbre de observar cuidadosamente los sitios a donde llegaba.

Vio a su cuñado en cuanto puso un pie en la cocina, así como la expresión anhelante con que esperaba a que su pareja volteara. Sonrió para sus adentros, seguro de que Percy, tan parecido como era a quien lo educara, no estaba ahí por una visita social.

–Charles –llamó sin poder ocultar algo de la alegría que lo desbordaba-, tienes visita.

El pelirrojo dejó una lata de anchoas en aceite sobre el mesón y giró, sorprendido. El silencio en la cocina era tal, que había asumido que eran los primeros en llegar. Vio a su madre, con signos claros de haber llorado, y junto a ella a Percy. Enseguida dedujo que, cual fuera la razón para que el insufrible de su hermano se apareciera en casa, la visita había acabado con la infinita paciencia de Molly.

–¿Qué le has hecho? –reclamó con la furia que solo el rencor bien alimentado permite y se plantó delante de Percy en dos zancadas. –Dime qué le haz hecho.

El hermano retrocedió, asustado ante aquella agresividad. Apenas recuperaba el control de sus emociones y se sentía agotado, era incapaz de repetir las confrontaciones que solía sostener casi diariamente ante de huir de la casa. La ayuda vino de quien menos lo esperaba.

–Charles, cálmate –y Deacon reafirmó el pedido al retener a su pareja por el hombro. –Cálmate y déjalo hablar.
–No tengo nada que hablar con él –repuso con amargura el otro, al tiempo que giraba para abandonar la cocina.
–¡Pero yo si tengo que hablar contigo! –admitió Percy juntando todo su valor.

Charlie no se detuvo, pero una mirada alentadora de Deacon y un empujón de Molly indicaron a Percy que no debía dejarlo escapar. Le siguió escaleras arriba, consciente de que esta breve carrera era un pago leve por todo lo que había hecho sufrir a su hermano.

-Charlie, por favor –llegaron al rellano del segundo piso. –Perdóname ¿si? Fui un idiota, estaba celoso y no sabía cómo expresarlo –alcanzaron el tercero. –Por favor, ya estuvimos peleados suficiente tiempo. –avanzaron por la galería hasta una puerta que Percy no se dejó cerrar en las narices. -¡Hermano escúchame! –el otro se inclinó sobre su buró y fingió buscar unos papeles. –Vale, no me mires, pero quiero que sepas que me arrepiento de lo que dije, de las veces que les ofendí a tu pareja y a ti, de todas las maneras posibles.

Finalmente, Charlie dejó de revolver su mesa de trabajo y se giró. Su rostro estaba rojo, y sus ojos verde claro destellaban de rabia. Percy dio un paso atrás de modo instintivo, conocía esa mirada desde niño, pero mantuvo la mirada firme. El hermano mayor tomó aire para hablar y ¡sonó el teléfono! Ambos se quedaron mirando el aparato con rabia, pero en el dueño del despacho se impuso el sentido del deber. Esta era su línea privada, solo lo llamaban los compañeros de trabajo, su pareja y –antes del desastre- su hermano favorito. Tras hacer a Percy un gesto de que esperara, Charlie respiró hondo varias veces para normalizar su voz y levantó el auricular.

–Weasley –quien estuviera al otro lado no era de su particular simpatía, a juzgar por la mueca que le deformó el rostro. –No, no se nada de eso –levantó los ojos hacia su hermano y lo miró con curiosidad. –Por supuesto, es una situación delicada –tamborileó sobre la superficie de la mesa con la mano libre. –Creo que es la mejor opción… Si, por favor.

Charlie colgó el teléfono muy despacio y se le quedó mirando. Era una mirada de extrañeza, como si lo que le acabaran de informar le descolocara en grado sumo.

–¿Algún problema en el trabajo? –se atrevió a preguntar Percy.
Charlie levantó la cara, con expresión sorprendida. Ya no había rastro de rencor o fastidio en sus ojos, solo curiosidad y cansancio.
–Nada que no pueda esperar hasta mañana. Ya acepté tus disculpas, pequeño, ¿algo más?

Aquel súbito cambio de actitud desconcertó al otro. ¿Debía hablarle de Penélope, de las peleas diarias, del anuncio de la mañana? Debía, pero no se sentía con ganas de estropear esa reconciliación hablando de su novia, en especial porque esos dos nunca habían congeniado –ahora sospechaba que Charlie, simplemente, había calado mejor en Penélope que él mismo. Negó suavemente.

–Solo quería –se detuvo inseguro. –¿Puedo quedarme a dormir hoy acá?

Charlie no dijo una palabra, sino que abrió sus brazos y sonrió de medio lado. Percy no tuvo que pensarlo para lanzarse contra ese pecho que lo había acunado desde que tenía memoria. Los brazos del mayor lo estrecharon con fuerza, luego las manos delgadas y suaves recorrieron su espalda y su cuello, le revolvieron el cabello.

–Mi pequeño, mi pequeñito –susurraba Charlie mientras dejaba que Percy le humedeciera el hombro de la camisa. –Ya todo pasó, todo va a estar bien, de verdad, no tengas miedo…

El llanto cedió a los pocos minutos, pero los dos hermanos se quedaron así, muy juntos, disfrutando la dimensión física de su reencuentro. Percy aún olía a magnolias y menta, comprobó divertido el mayor –solía burlarse diciéndole que su colonia era la menos masculina de la familia. Charlie seguía usando su aceite de eucalipto, y su hermanito estuvo más que feliz de reencontrar ese aroma que le inspiraba seguridad, calor, paz. Dos toques discretos en la puerta los hicieron separarse un poco.

–Adelante.
Deacon entró despacio, con una gran sonrisa en su rostro moreno.
–La comida está lista –anunció. –Y abajo mucha de gente se muere por ver al hijo pródigo.
Charlie asintió, Percy y él se separaron despacio.
–Señor Neagu –dijo Percy entonces, con la voz aún entrecortada. –A usted también le debo una disculpa. Se que es un poco tarde para ello, pero quiero que sepa que lo siento. Creo que fui el primero en comprender que usted no era como los otros novios de Charlie y… Actué como un niño celoso y me avergüenzo de ello, mucho.
El rumano sonrió, divertido ante este joven que se estrujaba las manos como un escolar. Miró por un instante a su pareja, que, detrás de Percy, no cabía en si del orgullo.
–No hay nada que disculpar. Charles es hombre maravilloso, si un extraño viniera robar mi hermano carísimo cuando yo quince años, yo también desagradable, mucho desagradable –tendió su mano grande y callosa, que el joven pelirrojo se apresuró a estrechar. –Deacon, puede llamar Deacon.

TBC…

28 de abril de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 42

Arreglos para el futuro


Imladris

Elladan movió un poco la persiana para ver mejor el patio, donde Glorfindel y un joven aprendiz de sanador ayudaban a los enfermos a ejercitarse. Amroth estaba entre ellos, haciendo flexiones muy despacio y mordiéndose los labios para no emitir ni un sonido. Sonrió un poco. Le gustaba ese joven, le había gustado antes de conocerlo.

Cuando Halladad hablaba de sus guardianes avaris, en los oscuros días de la muerte de Löne, la descripción de aquel niño soldado había cautivado su imaginación y aliviado en algo la tristeza. El príncipe heredero de Erys Lasgalen siempre había sido muy perceptivo, por lo que las primeras cartas intercambiadas incluían alguna mención, siquiera leve, al menor de los hijos de Maedros. Los elrondidas jamás hicieron comentario expreso sobre su interés –habría sido una falta de tacto imperdonable que los hijos de Elrond se interesaran por el ignoto servidor de un reino apenas amigo–, pero tampoco molestia, y Halladad comprendió. Al final las cartas solo hablaban de Legolas, él mismo y, casualmente, del sirviente favorito del Segundo Príncipe del Bosque.

Lo conocieron una tarde que se acercaron a la frontera en medio de la nevada. Sabían que no eran visitantes deseados, pero entre la hospitalidad de Thranduil y morir congelados… la elección estaba clara. En cuanto el joven se acercó con unas mantas calientes los hermanos–amantes tuvieron dos certezas: era mucho más bello de lo que Halladad contaba y un “elegido”. Lo segundo no fue un descubrimiento agradable. Ninguna persona debía trabajar a la intemperie durante su luna, menos a mitad del invierno –lo mandaba la tradición. Si acaso era posible, el desprecio que sentían los gemelos por el Rey del Bosque aumentó. Al amanecer, Ellohir intentó entablar una conversación sencilla con Amroth, pero solo obtuvo breves palabras marcadas por un acento bárbaro. Elladan, que se mantenía a prudencial distancia, se dio cuenta de que el chico estaba demasiado nervioso para hablar, dividido entre la emoción y el temor.

¿A qué temía Amroth? ¿Qué peligro podía encerrar una charla banal en la explanada de un puesto fronterizo? Tan singular comportamiento inquietó a la pareja, centró sus charlas íntimas antes de dormir y les motivó, finalmente, a escribir a Halladad.

La respuesta llegó mucho más rápido de lo usual y con abundante información, como si su amigo solo hubiera estado esperando una muestra explícita de interés para decirles todo lo que podía en una carta sin faltar a la decencia –visto en la distancia era evidente que, tras el fiasco del compromiso de Elladan y Legolas, Halladad buscaba cobijo para otro miembro vulnerable de su pequeña corte. Era asombrosa la cantidad de controles que la rígida moral de Maedros y Feanor –el hijo mayor– imponían al otro por ser el menor y único “elegido” de la familia, y el negativo efecto en la autoestima del chico que había generado todo esto.

Pero lo más inusitado resulto ser que Amroth era un gemelo, el gemelo sobreviviente, pues su hermana había sido arrebatada por los orcos y se la daba por muerta. Toda la preocupación y agresividad del clan alrededor del pequeño Amroth tomaban sentido de repente: Los gemelos eran muy poco frecuentes entre los elfos. Los gemelos de distinto sexo eran considerados un milagro.

Elladan y Ellohir comprendieron que estaban definitivamente enamorados, pero sin demasiadas esperanzas. Evidentemente, los valar no sembraban semillas fáciles de cosechar en sus corazones. Siguieron la vida del guardián de Legolas de lejos, y se las arreglaron para que algún obsequio llegara a sus manos de modo discreto. Todo habría estado bien, marcado por los cánones de la discreción y el honor que se habían impuesto, de no ser por la monumental borrachera que pescaran en la boda de Halladad y Maërys. Elladan todavía enrojecía al recordarlo y al mismo tiempo… ¿Qué derecho tenía Feanor a decidir sobre los sentimientos y acciones de su hermano? ¿A ofenderles por pretenderlo, por amarlo?

Ahora, tras largas horas de conversación con el nuevo Rey de Mirkwood, sabían mucho más de las razones para la posesiva actitud del avari mayor, pero la información no había mejorado sus opiniones. Amroth estaba muy dañado de espíritu y de cuerpo, que aceptara sus propios sentimientos sería una larga batalla. Solo entonces…

El ruido de papeles en movimiento en el interior de la estancia le hace interrumpir sus divagaciones y girar el asiento hacia la mesa. Al otro lado del suntuoso buró está sentado su hermano. Es apenas pasada la hora del desayuno, los habitantes mayores están en sus ocupaciones, los más pequeños en las aulas al otro lado del complejo: los pocos ruidos de la Última Morada llegan muy amortiguados al despacho del Señor del Valle. Están solos, es la misma habitación donde se enfrentaron por primera vez a su ada y comenzó el exilio, muchas cosas han cambiado, pero siguen estando esencialmente solos. Desde hoy, gracias a esa lectura, las cosas podrían cambiar.

Ellohir lo miraba con intensidad, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas, los documentos que le había pedido leer puestos a un lado. Elladan reconoce la pose: su pareja está profundamente conmocionado e intentaba guardar la compostura. Esperaba algo así. Dos días antes había hallado esos pergaminos –un juego viejo, ajado, en una lengua desconocida, otro reciente, en quenya moderno, obvia traducción del primero– en la mesa de trabajo con una nota “Tu padre me dejó esto antes de morir, creo que les pertenece”. Su primera reacción había sido el miedo, la segunda lectura había traído alegría y la tercera nueva zozobra. Prueba elocuente del impacto era que tardara tanto en compartir el descubrimiento con su pareja. Ahora que ambos saben está más tranquilo, pero el tipo de calma que se siente antes de la batalla.

–Es impresionante –dijo al fin el gemelo menor–, una traducción exquisita.
–Es lo que deseabas –repuso sin sombra de reproche, dejando en claro que esa mañana no hablarían en acertijos.
–Lo que deseábamos.
Una sonrisa triste apareció en el rostro del Señor del Valle de Rivendel.
–Yo no me atreví a desearlo, tú eres el valiente –luego suspiró y agregó en tono reflexivo. –Debí prestar más atención a las lecciones de historia.
Ellohir hizo un gesto de desestimación.
–Yo atendía, y te juro que nunca nos contaron esto. Aunque ahora algunas cosas que hallé por entonces tienen sentido…
–¿Sentido? –le interrumpe Elladan asombrado.
–¿Quieres decir que había algo que te hiciera sospechar… esto?

Ellohir frunce la frente y se muerde el interior de la mejilla, está recordando, reajustando sus lecturas en los archivos y bibliotecas de toda Arda a la luz del documento que acaba de leer. Comprendiendo qué era lo que le dejaba insatisfecho de aquellas lecturas.

–Tu sabes que los gemelos siempre hemos sido poco frecuentes entre los elfos. Todos los textos que leí hacían hincapié en eso, en que éramos especiales. También se referían a la estrecha unión entre los hermanos, al destino que compartían: al principio, los gemelos que se casaban morían pronto, aunque les tocara vivir en tiempos de paz. Apenas tenían descendencia morían ambos. Pero esos casos desaparecen tras la Guerra de las Joyas. No, no dejan de morir, dejan de casarse. En ese momento se empieza a hablar en los textos de personas enlazadas, pero no definían el lazo en el caso de los gemelos. Eso me extrañó porque… –Ellohir tamborilea sobre la mesa, buscando las palabras. –Era como si todos los autores dieran por sentado que ese era “el lazo”, el único que no necesitaba ser definido, aquel del cual todos los otros lazos nacían. Una carta que leí en Minas Tirith afirmaba incluso que lo que existía entre Stiren y Saren no podía haber sido forjado tras su concepción, sino de modo esencial, que eran una persona escindida.

Su hermano asintió, recordaba perfectamente la leyenda de Stiren y Saren, los edecanes de Isildur que peleaban de espaldas en total sincronía. Nada sorprendente, en su opinión, ellos también lo hacían.

–Lo otro que me llamaba la atención es que el cese de los matrimonios de gemelos coincide con algunos infanticidios, infanticidios de gemelos.

Eso sí que sorprendió a Elladan. ¿Infanticidio? Ese era el delito mayor entre su gente, comparable solo a la colaboración con los orcos. Un bebé era algo maravilloso, algo escaso entre ellos. ¿Cómo alguien podía…? El recuerdo de sus propios hijos muertos le golpeó y se le hizo un nudo en el estómago.

–¿Y luego? –preguntó con un hilo de voz.
–Luego nada –suspira Ellohir porque, como siempre, sabe qué está pensando su hermano. –No hubo castigo para los culpables, ni siquiera están sus nombres. Se sigue hablando de los gemelos como personas escindidas y hay referencias vagas a ceremonias especiales. Siempre creí que se trataba de algún ritual específico al presentarles o de la exaltación al honor de sus padres. Ahora –señala con un dedo los pergaminos– entiendo cuál era la ceremonia referida.

Se quedan en silencio por un rato, sopesando las implicaciones de este sorprendente legado de su padre. Ambos desean seguir adelante, pero una cosa es desear y otra hacer. No sería fácil. Esa tradición desapareció con la muerte de Stiren y Saren, la última pareja de elfos gemelos conocidos además de ellos mismos. Está claro que una o varias personas decidieron borrar hasta el recuerdo de esa Ley, su origen y la sanción pública que recibiera por los grandes reyes de antaño.

Por fin, Elladan rodea la mesa, se arrodilla junto a la silla que ocupa su gemelo y acaricia con suavidad su vientre plano, duro por constante ejercicio, que puede albergar un pedacito de ambos. Ellohir cierra los ojos y cubre esa mano con una suya. No desea llorar, pero demasiados sentimientos se agolpan en ese pecho de guerrero que es, a la vez, capaz de alimentar, de dar suave refugio a sus hijos.

–Quiero honrarte, Ellohir Elrondion –comienza su hermano con un susurro. –Quiero que compartas conmigo el cetro, como antes compartiste el frío y la espada, que seas mi igual ante los ojos del mundo, que nadie pueda pretender ignorancia o desprecio ante lo que sentimos. Quiero que dejes de llorar…–Calla, por favor –Ellohir nunca le deja hablar de eso claramente.–¡No! –y en la voz de Elladan ya no hay miedo, sino rabia.

Una rabia antigua, alimentada por la muerte de sus vástagos, los años de exilio, el secretismo forzado. Quiere decirlo en voz alta, que su pareja sepa que a él también le duele. Que están juntos en el placer y el dolor, que no es su culpa ser fértil. Por algún azar del destino nació antes y tiene una pequeña cuota de poder, usará ese poder ahora.

–Quiero que dejes de llorar por las noches, inquieto ante la posibilidad de que tu cuerpo de fruto, como si tu don fuera un castigo. Quiero que tus hijos tengan un atarince y un ada, un linaje y una heredad incuestionable. Eso quiero yo, Señor de Imladris, tu siervo. Ahora dime qué quieres, hermano.
Ellohir suspira al tiempo que estrecha con fuerza la mano de su amante, aún sobre su bajo vientre.
–Tengo miedo –admite en lugar de responder.
–Yo también, pero es ahora amor, esta será la última vez que tengamos miedo, o vergüenza. Haremos lo que tú quieras.
–Quiero que tengamos un bebé y… que viva –dice despacio Ellohir y el otro comprende.

Sin estar casados, sin presiones por su honor, sin atención médica, es muy difícil que el organismo del segundo gemelo soporte una quinta preñez. Esa es la respuesta: no se trata de cumplir una ceremonia vacía, o de exhibir el poder que ser Señor le da, sino de darse la oportunidad de ser plenos, de ser iguales.

Minas Tirith

Aragorn tamborileo con la yema de los dedos sobre la mesa de reuniones y lanzó una mirada furiosa al Consejo. A su izquierda, Faramir carraspeó, recordándole que debía mantener la compostura. Era difícil, teniendo en cuenta lo que le pedían.

–Ocho años –ofreció de nuevo con los dientes apretados. Hubo intercambio de miradas entre los solicitantes, supo de inmediato que no estaban satisfechos.
–Su Majestad debe entender…
–¡No me venga con figurines, Lord Sardin! –estalló el hombre y los que estaban sentados cerca se encogieron en sus asientos. –Llevamos una hora regateando, y la mayor parte del tiempo se fue en sus circunloquios, en su vergüenza a admitir que ahora en nada nos diferenciamos de vendedores de verduras. Ocho años, ¿lo toma?

Sardin no contestó, estaba verde de la rabia y, un poco, del miedo a que el Rey hiciera nueva gala de sus maneras de montaraz. En su lugar habló Dervorin, flamante Señor del Valle de Ringló –su padre había muerto de viejo en cama mientras caía la Puerta Negra, algo de lo más inusual entre los nobles de Gondor.

–Insistimos en cinco años –dijo simplemente.

Aragorn gruñó contrariado. Lo único bueno de todo esto era haber hallado algún noble sin verborragia. Volvió a pensar el Legolas, en cuánto deseaba acariciar su piel nívea y sus cabellos brillantes, en las ganas de que su elfo le desnudara despacio y… ¡Alto! Debía enfocarse en la reunión o nunca regresaría a sus habitaciones a intentar que su esposo fuera capaz de abrasarle. ¡Malditos fueran Ferebrim y su difunto suegro! Trató de razonar, una vez más.

–Seamos realistas: No habrá paz antes de cinco años, eso en el poco probable escenario de no perder ni una batalla y lidiando con bandas sin organización. Todos sabemos que no será tan fácil. No me comprometo por menos de siete.

Nuevo intercambio de opiniones –susurros y fragmentos de pergamino pasados de mano en mano– por varios minutos. Tiempo que Faramir aprovechó para deslizar una nota ante sus ojos: “Ya tengo un preceptor para Geniev. Debes aprobarlo en el despacho de la tarde.” Aragorn asintió, contento de que eso ya estuviera arreglado.

Su “hijo” había casi degollado a tres sirvientes esa misma mañana –por entrar sin permiso a servir el desayuno mientras él estaba en el baño–, seguía ocultando sus orejas bajo todo tipo de tocados, apenas podía caminar con el traje tradicional de Gondor –la vez que se dejó poner uno–, ignoraba las artes de la escritura, la lectura, el protocolo, la danza o la jerarquía cortesana, y comía con la sola ayuda de sus dedos. Los cinco días que llevaban en la ciudad se las habían arreglado manteniendo una vida “reservada” en sus habitaciones, pero Geniev debía aprender a convivir con sus súbditos. Ser aceptado como príncipe sería más fácil si era un bastardo educado, la aristocracia de su reino tenía en altísima estima los modales, aunque solo los Valar sabían por qué.

Silencio de nuevo, los nobles parecían haber llegado a un acuerdo.

–¿Entonces su Majestad se compromete a engendrar un heredero legítimo en el octavo año de su reinado? –preguntó Dervorin.

Aragorn sonrió. Seguro creían que el detallito de “legítimo” generaría otra hora de negociaciones, pero lo dejaría pasar. Sería un buen chiste que anduvieran siete años ilusionados con que alguna de su hijas ocuparía el trono negro. ¿Divorciarse él de Legolas? ¡Ja!

–Senescal, tome nota de un Acuerdo Secreto del Consejo –ordenó sin inmutarse. –Elessar I consagrará seis años de gobierno a pacificar las fronteras y aliviar la vida de sus súbditos, a contar desde el inicio de su segundo año de reinado. En el octavo año, engendrará un heredero legítimo, para que la sangre de Isildur se perpetúe en el reino doble de Gondor y Arnor y… todo lo demás.

Había inquietud en más de un rostro, pero ninguno se atrevió a preguntar qué planeaba hacer con su esposo cuando llegara la hora. Nadie quería perder un diente, como le ocurriera a Ingold al principio de la sesión por insinuar que el matrimonio era ilegítimo ante las leyes del Reino.
Faramir terminó de redactar el memorando y el Rey lo firmó. Luego sonrió con sorna, seguro iba a disfrutar de esta parte.

–Ahora, sobre la ceremonia de coronación de su Alteza Legolas como Príncipe Consorte… –el viejo Inglod se desmayó.

Edoras, Rohan

–¡Hastings! –gritó por tercera vez Eomer mientras corría por la galería de las habitaciones de los sirvientes. –¿Dónde te metes, viejo?

A su paso, mucamas y lacayos se apartaban. El joven Rey estaba furioso e intrigado por la desaparición de su paje, pero sus gritos no le habían granjeado respuestas. Al doblar una esquina, casi se lleva por delante a un chaval de menos de quince años.

–Silencio –le ordenó el chico en voz baja e imperiosa. Eomer se detuvo en seco. ¿Cómo le ordenaba algo ese renacuajo? –Le llevaré donde Hastings, pero en silencio.

El Rey estaba tan descolocado ante el valor del chico que se limitó a asentir.

El desconocido le tomó entonces de la mano y lo guió de regreso a la galería principal, luego por un pasillo estrecho y finalmente a un salón amplio, solo iluminado por la luz solar, donde algunas personas vestidas de negro rodeaban un objeto ubicado en el centro. Eomer sintió que lo empujaban al interior, varios voltearon hacia la puerta al sentir sus pisadas sobre el suelo de piedra. Se apartaron en abanico con marcadas reverencias y pudo ver lo que custodiaban. Había un banco de piedra y tendido en el banco, con los brazos doblados sobre el pecho y una manta cubriendo sus piernas, estaba Hastings.

Muerto.

–¿Cuándo ocurrió? –preguntó sin desviar sus ojos del rostro grisáceo, exangüe.

–A media noche –le informó el chico que lo llevara hasta allí.

Volvió a mirarlo con más cuidado. Era moreno –algo inusual entre los rohirrim–, llevaba el pelo a la altura de los hombros, tenía frente estrecha, ojos grises, nariz grande y labios delgados. No era bonito y por sus hombros estrechos y manos delicadas –recordaba el tacto de su palma mientras tiraba de él–, dedujo que no recibía entrenamiento en armas. De pronto lo supo, era un siervo como Hastings, tal vez…

–¿Era tu padre?

El muchacho hizo un asentimiento casi imperceptible, pero no se movió. Siguió mirando al Rey de frente, tal y como le había mirado su difunto paje. Eomer volvió a mirar el cuerpo tendido, con un extraño sentimiento de vergüenza. Hastings le había sido asignado veinte años atrás y no tenía idea de quién era esta gente a su alrededor. ¿Estaba casado? ¿Había engendrado más hijos? ¿Por qué había muerto?

–Tu gracia y tus años –inquirió de repente.

–Aleth, trece –la parquedad de la respuesta lo hizo sonreír, era digno hijo de Hastings.

Entonces recordó que no pertenecía a ese lugar. Que su paje, a pesar de haberle salvado la vida más de una vez, había preferido ser velado entre sus iguales. Debía respetar sus deseos.

–Cuando termine el funeral, te espero en mi despacho, Aleth hijo de Hastings.

Dio media vuelta y se alejó. Tendría que hallar por si mismo sus medias y sus guantes hasta que ese renacuajo descarado terminara de enterrar a su padre. ¡Maldición!

TBC…