22 de marzo de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 41

Un sitio al cual llamar hogar

El amor, madre, a la patria,
no es el amor ridículo a la tierra,
ni a la yerba que pisan nuestras plantas.
Es el odio invencible a quien la oprime,
es el rencor eterno a quien la ataca.
“Abdala”, José Martí


Imladris

Erestor revisó con la vista por enésima vez el orden de los elfos dispuestos en doble fila a lo largo del camino que conducía al salón de ceremonias. Glorfindel estrechó su mano con suavidad y él le dedicó una mirada de disculpa. En respuesta, los ojos azules le pidieron calma. Erestor sacudió la cabeza y se obligó a permanecer quieto. Estaba nervioso.

Hacia casi cincuenta años que no se realizaba un funeral en el valle, y ahora no se trataba de una muerte común, de la previsible muerte en combate que todos tomaban como posibilidad al traspasar las fronteras. Elrond había muerto durante los festejos de boda en un reino aliado, defendiendo a su bisnieto nonato. Una muerte digna de la familia, si se la miraba bien, pero inusual, inquietante. Además, el medio elfo había sido más que un señor para Erestor, el vínculo que compartieran era profundo, sutil, lleno de miradas cargadas de entendimientos y crepúsculos silenciosos.

Siendo sincero consigo mismo, Erestor debía reconocer que le preocupaban más los que se quedaban: los gemelos, los otros habitantes del valle, el estatus del valle mismo –demasiado rico y bien ubicado como para no provocar ambiciones. La estabilidad de ese sitio, de su hogar, estaba en sus manos ahora. ¿Estaba?

La aparición de una figura en el recodo interrumpió sus pensamientos.

El jinete vestía de negro, se aproximaba al paso. Tras él fue surgiendo la caravana mortuoria: seis elfos cargaban el ataúd de madera negra, la escolta llevando los corceles a los lados, el coche de dos caballos – esmalte negro, riendas y cortinas de sobrio morado– y, cerrando la marcha, la carreta con el equipaje. A medida que los portadores del féretro avanzaban, los súbditos de Rivendel se postraban en el suelo –mostrando la absoluta sumisión que jamás dieran en vida al Señor.

Cuando los seis elfos llegaron a su altura, a Erestor no le sorprendió reconocer a los gemelos al frente. Se arrodilló sin dudarlo. Vivo, Elrond había sido un gran estadista, un sabio estratega y un generoso amigo, pero un elfo como los demás, sensible al dolor, a los errores de juicio. Ahora estaba muerto, a salvo de envidias o resentimientos, era perfecto –del terrible modo en que son perfectos los que se van. A su nueva sabiduría insondable rendía pleitesía. No avergonzaba a ninguno de ellos posternarse.

El Segundo Consejero se irguió lentamente, las personas a su alrededor se dispersaban. Muchos seguían el féretro a la sala de ceremonias, donde permanecería expuesto hasta la mañana siguiente. Otros regresaban a la guardería, a abrazar a sus hijos demasiado pequeños para respetar el protocolo de la recepción. El mismo deseaba ir donde Idril, pero vio a su esposo junto al coche de los gemelos y, de golpe, recordó que no solo llegaba un cuerpo embalsamado esa tarde. Se acercó despacio.

Glorfindel estaba inclinado hacia el interior del carruaje, casi la mitad de su cuerpo era invisible. Erestor podía escuchar la sueva voz de su pareja en diálogo con otra, difícil de seguir por su duro acento. Sintió una repentina simpatía por el muchacho. ¿Cómo le sentaría haber sido regalado por su propio cuñado? Además, tenía entendido que el bello Amroth no había abandonado el Bosque Negro en 1 700 años. Demasiado tiempo, incluso para un elfo.

Su pareja debió reconocerle los pasos, porque extendió un brazo hacia atrás sin girarse y tiró de él.

–Este es mi esposo, el Erestor hijo de Entunin, Segundo Consejero del Valle –dijo cuando estuvo ante la puerta abierta.
–Es un gusto conocerlo –saludó el avari con su voz extraña.
–Lo mismo digo –repuso Erestor en lo que sus ojos se acostumbraban a la penumbra en el interior del coche, para poder detallarlo.

Amroth estaba tendido cuan largo era –habían extraído los asientos–, rodeado de mantas y cojines, como si viajara en un gran diván. El joven tenía el rostro encuadrado por un tupido pañuelo negro, que resaltaba la palidez de su rostro. Los rasgos afilados eran armoniosos y familiares –aunque no estaba seguro de la razón. Sus ojos, grandes y algo hundidos, se hallaban enmarcados por cejas pobladas, anchas, correctamente delineadas. El color de sus pupilas era, en efecto, inusual entre los elfos –negro, verdadera oscuridad apresada–, pero la manera etérea en que le tendió la mano –una mano delgada y fuerte, de palma suave– era privativa de los Primeros Nacidos.

–¿Puedes caminar? –preguntó Glorfindel.

Amroth se limitó a asentir y comenzó levantarse despacio. Los esposos intercambiaron miradas preocupadas: era evidente que el muchacho sufría, pero no pedía ayuda. Erestor no intervino hasta el final, cuando fue evidente que su equilibrio era precario porque la mano derecha no se afianzaba bien el en marco de la puerta. Creyó detectar un ligero sonrojo en las mejillas del recién llegado, pero lo dejó pasar.

El avari tardó unos minutos en ganar estabilidad, luego alzó el rostro al cielo y respiró hondo. Una brisa se levantó, con la cual las ramas cantaron su saludo al nuevo inquilino. La túnica ondeó, él abrió los brazos en gesto de agradecimiento y el pañuelo que le cubría salió volando. El joven soltó un gemido, se encogió sobre si mismo y alzó las manos, en inútil intento de cubrir con ellas toda su cabeza. Erestor abrió los ojos como platos y murmuró “Dulce Elbereth”. Glorfindel corrió a recuperar la prenda, y la colocó sobre el cráneo del tembloroso joven. Ninguno de los tres dijo nada más en lo que Amrtoh ataba con cuidado el velo para cubrir su cabellera corta, completamente blanca.

–Vamos a tu habitación –ordenó incómodo el Primer Consejero.

Los tres caminaron despacio, los dos anfitriones demasiado incómodos con el descubrimiento para ir explicando la distribución de la casa, el nuevo inquilino agradecido por el silencio. Llegaron a una estancia en el segundo piso de regulares dimensiones, paredes verde manzana con dibujos de flores y estrellas, amplios ventanales, una chimenea de piedra negra a la derecha, una cama individual de mantas color azul en el centro, un armario de madera clara a la izquierda y amplios ventanales en la pared trasera.

–Hemos puesto alguna ropa en el armario –explicó Glrofindel. –Espero que sean suficientes hasta que los sastres te tomen las medidas y preparen un guardarropa apropiado.

Ese comentario desconcertó al joven, que no pudo contener su curiosidad.

–¿Apropiado?

Erestor le clavó sus ojos en el rostro de Amrtoh, ¿acaso podía no saber? Aquella mirada volvió a intimidar al avari, que bajó los párpados y suspiró.

–Entiendo –susurró derrotado.

Los dos consejeros supieron al instante que, en realidad, no entendía nada. Sin embargo, tampoco les correspondía explicar.

–El baño es allí –el rubio señaló una puerta blanca a pocos metros del armario. –Una campana llamará a la comida de la tarde tras la puesta de sol. ¿Algo más?Amroth movió la cabeza de un lado a otro con fuerza, sin mirarles.

Los eldars se marcharon y el avari se dejó caer en la cama, totalmente agotado física y mentalmente.

–Si que viven bien los siervos de Rivendel –dijo en su propio idioma cuando se tranquilizó.

Luego se levantó –tuvo que contener un quejido al apoyar la rodilla dañada– y caminó hacia el armario, dispuesto a cumplir la orden de los consejeros. Tiró de la manilla y…

–¡Por Aule!

La frase “algunos juegos de ropa” le había sugerido dos, tal vez tres mudas sencillas. En cambio, seis trajes completos colgaban de sendos ganchos: tres azules –cielo, marino y medianoche–, dos verdes –hierba y oliva–, el último negro. Cada juego estaba compuesto de pantalón y túnica con bordados blancos en puños, ojales y faldones, así como una camisa blanca con cuello y pechera bordados en hilos del color de las otras dos piezas. Todos los bordados representaban hojas y estrellas.

El lado derecho del armario tenía cajones. Abrió el primero con mano temblorosa. Una buena cantidad de calzones y medias de color blanco y costuras en verde claro estaban prolijamente dobladas. El segundo contenía una pesada capa negra. El tercero estaba vacío.

Amroth suspiró, los uniformes aquí eran ciertamente elaborados, pero tampoco le extrañaba, siempre había oído decir que Rivendel era un valle muy rico. Seguro estos vestidos correspondían a pajes o camareros, pero ¿cómo iba a hacer tales cosas siendo cojo? Por supuesto, al ordenar su habitación nadie aquí sabía que ahora era un lisiado. Lo más probable era que en la cena le dijeran de alguna ocupación que podría desempeñar, de preferencia lejos de las miradas de sus señores, para no molestarles con su torpeza y fealdad. Sacudió la cabeza, eso no era algo que pudiera controlar, así que mejor ni pensarlo. Optó por el traje azul medianoche, tomó un calzón, un par de medias y se fue a bañar.

En lo que la tina se llenaba con un ingenioso sistema por gravedad, el chico luchó con los botones de sus ropas. El agua tibia y el jabón de hierbas la relajaron y, mientras se secaba y luchaba con los botones por segunda vez, se dijo que tenía suerte, que servir en Imladris no podía ser peor que todo lo anterior. Así que terminó de anudarse el pañuelo alrededor de la cabeza y salió a la recámara para calzarse las botas.

A los pocos minutos sonó la llamada a la comida y él salió, con paso lento pero silencioso, a enfrentarse a su destino.

Minas Tirith

Despertó empapado en sudor, resoplando y su cabeza giró a ambos lados de la cama, temeroso de hallar alguien cerca.

–Fue una pesadilla –se dijo para tranquilizarse, pero la certeza no mejoró su ánimo.

Consciente de que no podría dormir más, el joven apartó las cobijas, se calzó las zapatillas y caminó hasta la ventana. En oriente, el cielo cambiaba muy despacio de color.

–Hoy es el día…

No pudo evitar que un temblor recorriera su cuerpo, miedo, para qué negarlo. Faramir le había dicho que el miedo es bueno, porque nos mantiene alerta, es bueno mientras no nos controla. Faramir… Realmente, si el Rey no hubiese llegado la tarde anterior, Duilin dudaba de que hubiesen podido mantener la charada durante otra semana. El Senescal no podía negarse a tomar los refrescos envenenados de su secretario, porque descubriría el juego, pero vomitar cada tarde tampoco hacía favor a su organismo. Estaba pálido, desconcentrado, Arwen y él hacían casi todo su trabajo durante las noches para mantener funcionando la maquinaria del Estado.

Esa misma mañana, Duilin había estado a punto de irrumpir en la oficina del Senescal y reclamar a Liolas su infame comportamiento, su traición. ¿Cómo había estado enamorado de alguien así? “Haría cualquier cosa por ti” le había dicho miles de veces, pero él nunca imaginó que “cualquier cosa” incluyera un complot contra la corona. ¿Eso le había pedido su padre a cambio de hacerse el de la vista gorda? Aunque ya tenía pruebas de que su padre no le amaba, a Duilin se le hacía muy cuesta arriba imaginarlo negociando la amistad de un invertido con su heredero. Duinhir de Río Morthond era hombre de recios preceptos morales. ¿Entonces? El muchacho sacudió la cabeza, cansado de la misma situación sin salida ni explicación. Tampoco importaba. Dos horas después del amanecer, cuando el Rey se presentara a la audiencia y los conspiradores fueran apresados, todo acabaría, incluso su familia.

Y hablando de familia, si que la había hecho buena el Rey ¿no? Regresaba con un hijo, para que nadie pudiera quejarse de que sentara en el trono al elfo. Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar, el título aún sonaba extraño en su mente, pero tendría que acostumbrarse. No estaba seguro de qué caería peor al Consejo de Nobles –los que sobrevivieran a la siega–, si el Príncipe Consorte o el salvaje hijo del Rey, porque eso también se notaba, al tal Geniev no le gustaban ni los zapatos, ni las camas.

Mentalmente, volvió a repasar el plan que trazaran tras la llegada de sus majestades. Su papel era sencillo, solo debía guiar a la patrulla que detendría a Liolas y sus compinches cuando pusieran el veneno en la bebida del Senescal. Luego irían a la sala del trono, donde los otros complotados serían sometidos a juicio sumario, entonces… ¿Sería el Rey capaz de cumplir las leyes antiguas?

Una parte del corazón de Duilin deseaba que si, que el nuevo monarca fuera fiero, para que a nadie más se le ocurriera levantar la mirada, otra ansiaba la misericordia real, aunque fuera inmerecida. ¿Cómo podría permanecer impasible mientras Elessar I ejecutaba por su propia mano a los conspiradores? Eran enemigos del reino, si, pero también su padre, su amante, su tutor. Estar presente en la plaza durante la degollina era lo que se esperaba de él, pero no estaba seguro de poder resistirlo.

El sol se asomó por sobre el río Anduin y Duilin supo que ya no había marcha atrás, para el amanecer siguiente sería el señor de Río Morthond, o estaría muerto.

Imladris

Erestor contempló con ojos legañosos el féretro.

Había pasado la noche en vela, repasando los momentos vividos junto al difunto, pero ninguna visión vino a tranquilizar su conciencia. Se le ocurrió que Elrond llevaba demasiado tiempo muerto y su alma ya disfrutaba de los eternos y deliciosos banquetes más allá del mar. Tal vez todo fuera inútil, y la respuesta que tanto buscaba estuviera ante sus ojos, entre sus manos, solo que era demasiado cobarde para aceptarlo.

Al fin y al cabo, ¿dónde buscar sino en su interior? Elrond había confiado en él, en su delicadeza y sentido de la oportunidad. Nunca volvió a preguntar por el documento una vez que dejó claro cuáles eran sus deseos. Nunca dijo nada que lo comprometiera. En cambio, si Erestor actuaba, estaría tomando una posición y tendría que asumir las consecuencias.

“¡Ay! Qué oportuno de tu parte morir lejos de Rivendel, viejo amigo. Entre jovencitos ajenos a las tareas que nos dejaste.” Buena cosecha para una noche de meditación, sin duda: culpar al muerto de sus problemas. Aunque, por esta vez, fuera en verdad el muerto culpable, la cosa no cambiaba.

Casi quinientos años atrás, había jurado fidelidad al Valle. Luego Elrond le había honrado al nombrarlo su Consejero, pero sus acciones siempre habían estado orientadas al bienestar de la comunidad. No había sido un empleado complaciente, y sospechaba que por eso lo había elegido para tan amarga tarea. Una última –póstuma– prueba de su fidelidad a algo más que a una persona, a ese lugar mitad tierra y mitad sueño que se llama hogar.

Él sabía lo que era perder un hogar, los sitios donde había jugado de niño, donde estaban sus amigos y padres, la ventana adornada por el sicomoro que viera crecer… Todo había desaparecido bajo la negra marea de los orcos. Después no quedó más opción que recorrer las rutas de Arda, llevando mensajes y consejo a los belicosos reyes elfos, que se unían y separaban al ritmo de su soberbia. En ningún sitio se había quedado porque no sabía ser cortesano: adular, sonreír, intrigar eran incompatibles con su naturaleza.

Elrond lo había aceptado así, con su mirada aguda y su lengua afilada. Glorfindel lo había aceptado así, hosco y sincero. Los gemelos lo habían aceptado así, exigente y poco amable. Los habitantes del Valle lo habían aceptado, cobijado, hecho uno de los suyos, le habían devuelto el hogar. Comprendió al fin lo que esperaba Elrond al confiarle esa tarea: que pusiera en una balanza su sentido del honor –que le había permitido sobrevivir siglos de peregrinaje– y el amor por el Valle –donde había recuperado la sensación de pertenecer.

No sonrió, pero sintió que un peso abandonaba sus hombros y su corazón. Era hora de retribuir el amor de su Ultima Morada.

Minas Tirith

Aragorn estrechó con fuerza la mano de Legolas y luego le dejó ir. Estaban ante la puerta que comunicaba uno de los tantos pasadizos del palacio con la Sala del Trono, esperando la señal de Faramir para entrar y recuperar el reino. El hombre suspiró, y se arregló automáticamente el faldón de su túnica de gala, roja con bordados en negro y oro. Volvió a mira a su pareja –Legolas estaba imponente con su propio traje azul y oro, capa y botas negras con bordes de piel marrón– y se preguntó el sentido de todo aquello.

¿De qué le servía la Corona Doble, después de todo? Mientras se trataba de la guerra, la libertad de los pueblos libres, el fin de Saurón, y asuntos similares, todo estaba bien. Pero desde hacía casi un año que era Rey y no acababa de comprender la maravilla de ocupar el trono de sus ancestros. Solo había conseguido un montón de enemigos y casi perder a Legolas y Faramir a causa de intrigas y envidias. Eomer tampoco estaba muy contento con toda la parafernalia a su alrededor, y se le encogía el alma de pensar que el protocolo de la corte edain era mucho más complicado que el rohirrim.

Ahora mismo, estaba a punto de reaparecer para actuar como verdugo con la esperanza de imponer orden en la ciudad. ¿Era así como deseaba comenzar, efectivamente, su mandato? ¿Cómo deseaba que lo viera su esposo? Bueno, desde el asunto de Ferebrim, su elfo era un aficionado entusiasta de la sangre, pero esperaba con toda el alma que fuera algo pasajero. Además, estaba Geniev. No sabía mucho del pasado de su flamante hijo, pero confiaba en poder convertirse en un ejemplo para él, alguien a quien admirar, no en un tirano sanguinario al cual temiera.

–Todo va a estar bien –le susurró Legolas.

Aragorn sonrió inseguro. –Mientras no me dejes.

–Tu eres mi hogar –repuso el rubio con sencillez.

Aragorn suspiró. Legolas decía que su hogar estaba junto a él, perfecto. Pero ¿dónde estaba su propio hogar?

Sus primeros recuerdos eran del mágico valle de Imladris, pero siempre supo –tal vez por las miradas duras que le dedicaba Erestor o por la nostalgia de sus padres– que no pertenecía ahí. Luego había tenido una vida nómade en Eriador, aunque se había ganado a pulso el liderazgo de los montaraces, nunca dejó de sentir que se trataba de un papel, de lo que del hijo de Elladan y Elrohir se esperaba. Se fue al sur –tratando de huir de un fantasma rubio y simpático– y descubrió el brillo de las paredes de la ciudad de Isildur al amanecer le daba una extraña paz. ¿Sería eso? Varias veces regresó a la Ciudad Blanca a lo largo de cincuenta años, nunca hizo amistades duraderas, mucho menos tuvo una casa, pero era agradable volver a Minas Tirith, respirar su aroma singular –mármol, sudor y tierra–, apreciar el ritmo de sus habitantes, perderse entre las voces que negociaban en el mercado con sus acentos variados.

Si, pertenecía a Minas Tirith de un modo complicado, distinto a su pertenencia frente a Legolas –nada sorprendente, después de todo no se puede uno entregar a una ciudad como a un amante–, pero no por ello menos real. Había extrañado este sitio cuando, separado de su esposo y su hijo, vagaba por las Montañas Nubladas, también cuando creyó morir al ver esos ojos azules mirarle sin reconocerlo –por al poción de aquel sucio teleri. Minas Tirith no solo le pertenecía por derecho de heredad –había pasado sesenta años rehuyendo semejante título, bien podía esconderse otros cien–, sino porque él pertenecía a ella. Esa antigua urbe amurallada y orgullosa, madre de guerreros y poetas, era también su esposa, su hogar.

La puerta comenzó a abrirse, dejando pasar la luz al sombrío corredor, y las últimas palabras de Faramir le indicaron que era el momento.

–… ¡larga vida al Rey!

Aragorn tomó aire y salió a la amplia y luminosa estancia, justo al lado de la escalinata que conducía a su trono. Llevaba la mano izquierda apoyada en el puño de Andúril, y con la derecha estrechaba a su consorte. Miró con calma a su alrededor, desafiante.

Por pura costumbre, la mayoría de los presentes en el salón –nobles, secretarios, personas con audiencia– se inclinaron respetuosamente. Sin embargo, tenían las cabezas levantadas –de un modo que la etiqueta más estricta calificaría de insolente– y miraban con ojos muy abiertos a su monarca. En algunos ojos brillaba el asombro, en otros la mal contenida desazón.

–Es un placer volver a encontraros, mis amados súbditos –dijo de acuerdo al protocolo de la audiencia y comenzó a subir los escalones. A los pies de la escalinata permanecieron su esposo, Geniev y la guardia.

Nadie dijo nada, y Aragorn sonrió levemente. Había sido idea del Senescal que llegara como si solo faltara desde hacía siete días, para aprovechar el factor sorpresa. Ninguno de los conspiradores se atrevería a cuestionar las acciones del Rey en medio de la Sala del Trono, poniendo en evidencia su actitud desafecta. Además, las puertas estaban custodiadas por hombres de la guardia personal, que les impedirían salir para avisar a sus secuaces –los que no estuvieran ya presos– o huir.

Cuando el monarca estuvo sentado en el asiento izquierdo del elaborado y pulido trono doble de mármol negro y cojines de seda roja –el mismo que Aragorn había encargado al día siguiente de su matrimonio–, miró a Faramir con expresión casi aburrida y continuó con los parlamentos marcados siglos antes.

–¿Qué perturba a mi pueblo y debe ser traído ante mi criterio?

–Para no agotaros, Majestad, solo deberéis involucraros en un fratricidio y un complot contra la corona.

Un rumor horrorizado recorrió la estancia, los guardias alrededor del trono desenvainaron las espadas, varios nobles comenzaron a moverse –discretamente– hacia las puertas, los secretarios aceleraron el ritmo de sus plumas.

El Rey asintió, indicando así que el proceso podía proseguir. Faramir hizo un gesto con el brazo y una figura embozada salió de un costado.

–Yo acuso a Duinhir de Río Morthond de la tortura, encarcelamiento e intento de asesinato de su hijo mayor, Duilin.

Al mismo tiempo, varios guardias habían obligado al mencionado noble a acercarse al trono. Faramir procedió a interrogarlo como si el hombre estuviera allí por su propia voluntad.

–¿Cómo se declara de tales cargos?

–Inocente, ¡por supuesto! –señaló con gesto ofendido su túnica marrón. –Todos saben que mi hijo murió de fiebres hace menos de cuarenta días. Las fiebres no pueden ser provocadas por deseo de otros que los Valar.

Faramir asintió y se apartó de su mesa de trabajo, a los pies de la escalinata real, para avanzar hacia el acusado con las manos entrelazadas a la espalda.

–¿Y cree que algo podría inclinar a los Valar podrían reclamar a su heredero?

–Mi hijo era bueno y listo. La regente hizo un gran honor a mi casa al nombrarlo secretario. No puedo imaginar la razón, pero tampoco me corresponde saberlo.

El Senescal asintió. Luego se giró hacia el acusador.

–¿Por qué habría de matar este hombre a su heredero?

–Dos razones: era un invertido, por lo cual le odiaba, y supo que despreciaba al Rey, por lo cual le temía.

–¿De dónde saca esas cosas? –empezó a vociferar Duinhir con el rostro rojo y las venas del cuello a punto de reventar. –¡Mi hijo era un hombre!, nadie puede acusar a mi sangre de degeneración sin probar mi espada –ante su decidido intento de acercarse al encapuchado, los soldados le retuvieron por los brazos. –¡Mi hijo no era ningún amanerado sin virilidad buscador de varones!

De pronto, el hombre tomó conciencia de lo que acababa de decir y miró hacia el trono. El silencio en la sala era sepulcral.

–Me parece –opinó Aragorn con tono condescendiente–, que el cargo de desprecio al Rey ha sido confesado. Prosiga, Senescal.

Por toda respuesta, Faramir hizo un gesto y el acusador anónimo se quitó la capucha. Los ojos verdes de Duilin brillaron de satisfacción al tiempo que los de su padre se tornaban opacos y el duro rostro se desencajaba.

–Es… es… tu no eres mi hijo… tu…

–Claro que es tu hijo –saltó en ese momento Arctos, hermano de la difunta esposa de Duinhir–, esos son los cabellos y los ojos de mi hermana.

Arctos, un gigante de anchos hombros y cabeza totalmente calva, ahora roja de la emoción, se adelantó con clara intensión de tomar la justicia por su mano, pero los guardias le retuvieron y desarmaron.

–Así que –comentó imperturbable Faramir–, ¿su padre le torturó y encarceló?

–Si, mi señor.

–¿Y qué provocó semejante medida?

–Yo sorprendí una reunión, señor, en la que varios miembros del Consejo de Nobles decían injurias contra el Rey y planeaban impedir su regreso.

–¿Impedir? –insistió Faramir.

–Ellos… –Duilin miró por un instante a su padre, dudoso, pero solo vio en sus ojos el habitual desprecio. –Ellos deseaban envenenaros, mi señor, y hacer nombrar a otro Rey.

–Ya, ¿podéis decir los nombres de los invitados?

–Estaban…

A medida que el joven decía nombres, los mencionados eran presentados por la Guardia Real, maniatados y con sus insignias de nobleza arrancadas. El resto fue rápido: se presentaron las cartas que Hurin de las Llaves había enviado a su cuñado, comentando el desarrollo de las alianzas; se obligó a Liolas a explicar cómo ponía veneno en las diversas bebidas del Senescal; Felitar confesó su pacto con Forlong, para obligar a la Regente a casarse con alguno de ellos.
Diulin contemplaba todo, pero su mente estaba muy lejos, en los pocos recuerdos amables que conservaba de aquel hombre con el que, por azar, compartía la sangre. Sin embargo, no pudo evitar oír la voz profunda y recia del Rey al pronunciar su sentencia.

–Es más que evidente que estos –abarcó con un gesto a los diez cabecillas de la conspiración–, que se hacen llamar nobles de Gondor, unieron sus voluntades en un proyecto en contra del reino y la familia real. No necesito consultar a mi Senescal para saber cuál es la pena, pues la misma se aplica en toda al Tierra Media –Aragorn hizo una pausa, se puso de pie y comenzó a bajar la escalinata. –Si alguno de ustedes creyó que, tras ir a llamar a Saurón a la misma Puerta Negra, no sería capaz de ejecutar algunos traidores, me juzgó mal –ya estaba al nivel del piso, miró con intensidad a los conjurados, luego, brevemente, a su esposo, al fin alzó los ojos hacia los cortesanos reunidos. –Hoy he regresado a ocupar el trono de mis ancestros y lo haré con generosidad, pero con fuerza.

Aragorn tomó el cuchillo de piedra negra que le tendía un miembro de su guardia y probó el filo. Era una pieza antigua, tallada y pulida con el único objetivo de realizar de modo cómodo las ejecuciones de la nobleza –fuera cual fuera la talla del monarca encargado de la tarea. Antes de volver a moverse, sopesó el arma, dejó que se calentara en su mano. Los reos estaban ante él, de rodillas, con las manos atadas a la espalda y huellas de sudor u orine marcando sus túnicas.

De repente estaba junto a Hurin, levantando de sus viejos mechones al anciano, un poco más bajo que él. El primer chorro de sangre salpicó las mangas de su elaborado jubón. Dejó caer el cuerpo aún convulsionante. Siguió adelante, sin pensarlo, con la habilidad largamente asimilada como prenda.

Al final, asqueado de todo, deseoso de un baño y una charla con su esposo –él deseaba mucho más, pero Legolas no estaba listo, por Eru, solo ver su cara de felicidad ante la masacre lo decía, nadie en sus cabales podía hallar agradable aquello– Aragorn se giró en dirección al Senescal.

–Que los cuerpos sean entregados a las familias.

–Si, Majestad.

–Y que lo que queda del Consejo sea convocado para mañana –a nadie escapó la implícita amenaza. –Legolas, vamos a descansar –ahora si, varios no pudieron contener expresiones de sorpresa.

Durante los meses de su primera etapa de gobierno, el Rey nunca había sido explícito en su relación con el elfo. Todos sabían, por supuesto, pero jamás traspaso el hombre la fina línea de lo que esa corte entendía por decoro. Más que las sumarias ejecuciones –que evocaban los años infames de la Guerra de Sucesión–, este era el verdadero reto a los nobles: ¿querían derrocarlo porque sospechaban que era un invertido?, pues ahora estaba claro, y ay de quien se opusiera.
Aragorn sonrió para sus adentros y aún dio un par de pasos en dirección al ala privada cuando fingió recordar.

–Otra cosa, Senescal. Hallad algunas ropas y un ayo para mi hijo –de nuevo ignoró deliberadamente las expresiones de sorpresa, esta vez felices. –Faramir cuidará de ti hasta la cena, ¿de acuerdo?

El muchacho asintió, y ellos se retiraron.

Mientras cruzaba los corredores en busca de sus nuevas habitaciones, Elessar I pensó, con fastidio, que definitivamente estaba en casa: intrigas de nobles ambiciosos, traiciones familiares, tensas negociaciones entre lo que desea el Rey y lo que quieren algunos del reino –un heredero, por ejemplo–, ejecuciones sumarias para demostrar que no es ningún remilgado y –la guinda del pastel– escoltas hasta para ir al baño.

Maldición, si no fuera por Legolas, como odiaría su hogar.

TBC…

7 de febrero de 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 18

Preguntas incómodas

“¿Cuándo nací? ¿Cuándo moriré?
Ningún hombre puede evocarel día de su nacimiento
ni designar el de su muerte.
Ven, mi grácil bienamada.
Quiero pedir a la embriaguez
que me haga olvidar que nunca sabremos nada”
Omar Khayyam

Michel despertó despacio, con dolor en el vientre y la desagradable sensación de los monitores cardio–respiratorios pegados a su piel como ventosas.

–Buenas noches.

El saludo lo hizo girar el rostro a la derecha y pestañear varias veces. Apenas podía distinguirla en la penumbra de la habitación, pero la voz de Gilraen era inconfundible.

–Mamá.

El joven extendió una mano y delineó su cara ovalada, se detuvo en la mejilla de pómulos algo salientes.

–¿Qué hora es? –preguntó cuando ya estaba seguro de que era, realmente, ella.

La mujer consultó su elegante reloj de pulsera adornado con brillantes.

–Las diez y media de la noche. ¿Te parece si aviso a los otros de que despertaste?

–¿Los otros?

Gilraen le tomó la mano con algo de tristeza. ¿Acaso su niño no llegaría a confiar nunca en las personas a su alrededor?

–Tu padre y Glorfindel están allá fuera, tratando de explicarle a la esposa de Alcar de que no vas a morir por pasar una noche en el hospital. Por supuesto, no hace más que alterar al resto de tus compañeros del edificio. ¡Ah! Y media facultad de medicina ha pasado a preguntar cómo estabas.


Michel sintió un golpe de calor subirle al rostro. Contaba con que su padre y su pareja estuvieran por allí, pero ¿los otros ocho “Caminantes”? ¿Sus compañeros de carrera? Aunque seguro esos lo hacían por congraciarse con Glorfindel.

–¿Qué le paso a la niña? –preguntó con ganas de cambiar de tema.

La mujer apretó los labios, sus ojos dejaron de ser cálidos, amables.

–Su nombre es Jennifer Keith, y los ortopedistas pasaron un buen rato con ella en el salón de operaciones. La verdad, es muy extraño que se rompiera el brazo de modo tan aparatoso.

Michel asintió, ya tranquilo por ese lado.

–¿Quieres que llame a los otros? –insistió su madre.

Él hizo un gesto de aceptación y la escuchó alejarse con pasos cortos y decididos. Tras el sonido de la puerta al ser abierta, un montón de personas se apresuró dentro de la estancia. Michel pronto tuvo el campo de visión lleno con su padre, su pareja y sus jóvenes vecinos. Estuvieron un rato revoloteando a su alrededor, pero lo cierto es que estaba cansado y su esposo no tardó en darse cuenta. Así que despidió a los muchachos con diplomacia. Ellos se apresuraron a partir –también estaban cansados– con la promesa de que regresarían en la tarde siguiente.

Michel suspiró, agotado y feliz.

Su esposo se sentó a su lado y le tomó una mano con afecto.

–Estoy bien –aseguró con voz soñolienta.

–Deja que el especialista decida eso –le regañó su madre.

–No es nada que un par de días de descanso no curen –aseguró el rubio. –Pero prefiero que te quedes aquí ese tiempo, ¿de acuerdo?

Michel asintió, consciente de que era inútil discutir. Su esposo no lo dejaría alejarse demasiado.

–Si está todo arreglado, nosotros también vamos a casa –anunció su padre.

Duncan y Gilraen besaron las mejillas de su hijo y salieron acompañados de su yerno. Mientras recorrían los corredores hacia el parqueo del hospital, la mujer volvió a tomar la palabra.

–Quiero levantar cargos –dijo con tono frío, exigente.

–Eso le corresponde a tu hijo –advirtió el doctor.

–Pero él es demasiado bueno –empezó a quejarse ella.

–Algo de lo que siempre has estado orgullosa –le recordó su esposo.

Ella resopló bajito, de modo increíblemente elegante, pero no cedería.

–Tiene derecho a levantar cargos –insistió.

–Y no te impediremos que le informes de ello, querida –aceptó con suavidad. –Pero tiene que decidirlo él.


Ya casi estaban junto al jaguar deportivo de color azul cielo. Duncan McCormick sacó el control remoto de la alarma, la desconectó, y se volvió hacia su yerno.


–¿Estás seguro de que nada puede complicarlo? –Glorfindel negó y el hombre pelirrojo le dedicó una ancha sonrisa. –De acuerdo entonces. Vendremos mañana en la tarde.

Gilraen se acercó a darle un último beso en la mejilla. La tensión que todavía la atenazaba era notable. Siempre había sido muy protectora de su único hijo, y –el doctor estaba seguro– apenas se estaba conteniendo para ir a obtener una satisfacción física por el ataque a Michel. Si se iba, era porque confiaba en su preocupación por el muchacho. Y no era fácil ganarse la confianza de Gilraen Valdran.

El auto partió y el hombre regresó despacio a los niveles superiores. Planeaba ir a Registros para revisar los ingresos de la primera parte de la noche y regresar donde su pareja, pero fue detenido en las escaleras del primer piso.

–Disculpe, doctor Valrugna –le detuvo la pelirroja Sandra. –Un par de policías desean verlo, los dejé en la sala de visitas.

El hombre asintió, en realidad era extraño que la aparición de los oficiales tardara tanto. Cambio de rumbo sin mayor preocupación, no se ejerce la medicina por veinte años sin cruzarse con policías.

La sala de visitas era pequeña y acogedora. Los oficiales estaban sentados en un sofá de color crema, con un servicio de café ante ellos, pero no se habían quitado los abrigos. Se levantaron al unísono al escuchar la puerta. El que parecía mayor, pelo castaño y de ojos verdes, se adelantó unos pasos.

–Soy Glorfindel Valrugna.

–Yo soy el detective Maldrion –informó el policía extendiendo la mano. –Este es mi compañero, Kapek –el segundo oficial tenía ojos y cabellos negros.

El rubio asintió y fue a sentarse en una butaca frente al sofá que eligieran los policías. Maldrion debía tener unos cuarenta años, llevaba el pelo a la altura de los hombros, camisa blanca, pantalón y chaqueta de pana marrón. Kapek andaba por los veinticinco, su pelo estaba cortado al cepillo, como un militar, vestía camisa gris y pantalones negros y cazadora del mismo color, pero la falta de corbata no lo hacía lucir informal: la ropa estaba muy planchada para ser las 10:50 de la noche.

–Queremos hablar de Michel McCormick y Joan Keith –anunció Maldrion.

Glorfindel asintió, lo esperaba.

–¿Necesito asesoría legal?

–No lo creo –afirma el detective. –Para empezar, podría decirnos la causa del ataque de pánico del señor McCormick esta tarde.

–No le gustan las armas –Maldrion sonríe, parece aburrido.

–¿Le importaría elaborar su respuesta?

–No puedo. Solo se que Michel no puede ver armas de fuego, las tolera en TV o fotografías, pero verlas frente a él, incluso enfundadas, es algo que no puede controlar.

–¿Si su miedo es tan cerval, por qué no dejó caer a la niña?

Glorfindel frunce el ceño ante el enfoque del detective.

–El señor McCormick está bajo tratamiento desde hace años, para lidiar con su fobia. Además, está su entrenamiento como sanador, no dejó caer a esa niña porque era una paciente.

Maldrion asiente, su rostro no deja traslucir si las respuestas le alegran o mortifican. A su lado, Kapek tiene el rostro desagradablemente impasible, como si contuviera algo.

–La señora Keith alega que creyó ver al señor McCormick en el acto de secuestrar a su hija, que su propio entrenamiento como policía se impuso. Lo que no logro entender es, ¿por qué si él pudo hablarle en inglés a la niña, no pudo hacerlo con ella?

El rubio se detuvo a meditar la pregunta, sirviéndose una taza de café, algo no estaba bien ahí, pero no podía descifrar el qué.

–¿Por qué estaba luchando contra los efectos de un ataque de pánico? –ofreció al cabo.

–Lo que usualmente ocurre bajo presión, es que las personas usan su idioma materno, doctor Valrugna.

–Creo que no lo sigo.

–Michel McCormick vivió en Norteamérica hasta los ocho años –dijo Kapek por primera vez.

–Un detalle técnico –desestimó el médico. –Creció en la embajada de Arda, y no creo tener que recordarle cómo terminó todo.

Maldrion y Kapek intercambiaron una mirada breve, interrogante. Luego el policía mayor se volvió hacia Glorfindel.

–De acuerdo. Pasemos entonces a la pequeña Jennifer Keith.

La entrevista acaba unos quince minutos después, sin mayores sobresaltos. Los detectives le aseguran que la nueva vecina está bastante avergonzada y desea disculparse personalmente, y que quisieran entrevistar a Michel, cuando esté recuperado, por supuesto, para poder archivar el caso. Glorfindel los deja en la puerta del hospital y va finalmente a Registros. Ha sido una noche tranquila: dos accidentes de auto, un incendio y tres peleas de bares, poco para una ciudad de cinco millones de habitantes, aunque sea lunes.

Llega a la habitación de Michel y se tumba en el sofá cercano a la cama. Su esposo duerme tranquilo, gracias a los sedantes que circulan por su sistema. No le pidió permiso para ello, pero sabe que, tras un episodio como el de esa tarde, al usualmente insomne joven le sería imposible conciliar el sueño. Muy despacio recrea el cuerpo que se adivina arrebujado entre las mantas en la agradable penumbra de la habitación. ¿Debería preocuparse por la insinuación de Maldrion? El confía en su pareja pero… Glorfindel arruga el seño, la conversación le ha dejado inquieto a su pesar. Hay cosas, espacios en la vida de la familia McCormick de las que sabe no puede hablar con Michel, y usualmente lo deja pasar, pero hoy… Simplemente, no entiende por qué se ponen tan incómodos cuando el tiempo en Estados Unidos sale a relucir.

Está seguro de que, si pudieran, Duncan y Gilraen negarían con todas sus fuerzas haber estado un solo día de sus vidas fuera de la isla. Pero es imposible, todo el país conoce la historia. Ella es nada más y nada menos que Gilraen “La Bella” Valdran: Reina de Belleza de la Tierra Media 1965, Mis Universo 1966, Embajadora de la República Federativa de Arda ante la ONU de 1975 a 1985. La protagonista de la toma de la sede diplomática de Washington por extremistas cristianos durante cinco días, de los cuales se libró a punta de AK-73, sin esperar la intervención de las fuerzas norteamericanas “Porque estaba cansada de oír a mi hijo llorar de miedo y de las miradas lascivas de esos fanáticos”.

A pesar de que, en teoría, nueve años y once meses de esa estancia habían sido maravillosos, los tres se mostraban renuentes a hablar de sus vidas personales. Al menos Duncan y Gilraen no eran reacios para comentar el desempeño profesional de ambos en las batallas diplomáticas de la ONU y en las siempre tensas relaciones bilaterales con los norteamericanos, pero era como si Michel no hubiera estado ahí –excepto para llorar entre los brazos de sus padres ante los amenazadores terroristas y desatar el apocalipsis.

¿Y por qué Maldrion había insinuado que el inglés debía ser la lengua base de su pareja? Era de público conocimiento que el estilo de vida de los representantes de Arda en el extranjero. Como los diplomáticos de naciones árabes, del lejano oriente o del antiguo bloque socialista, esas embajadas no eran edificios, sino grandes manzanas que contenían oficinas y residencias, donde ellos vivían sin demasiado contacto con el mundo exterior. Los ardences no solían hallar tentadora la integración con otras culturas, y reconstruían su isla tras los altos muros y el estatuto diplomático. Todo, desde personal de servicio hasta taquígrafas, era contratado por la cancillería en Tierra Media.

Si Michel había crecido tras esos muros, lo más probable es que recibiera clases particulares con los otros hijos de trabajadores de la sede diplomática o de los poquísimos inmigrantes ardenses, que su mundo infantil estuviera limitado a los altos muros de la embajada y los consulados de Nueva York, San Francisco y Chicago. No, no era probable que aprendiera inglés allí hasta que creciera y empezara a interactuar con otros chicos, acaso otros hijos y nietos del cuerpo diplomático acreditado en el país. Pero la pregunta de los oficiales no había sido ociosa, seguro.

Glorfindel sacudió la cabeza y se descalzó. Sin duda, dando vueltas a lo poco que sabía no hallaría una respuesta. Era mejor dormir, para la reunión de la mañana siguiente necesitaría sus cinco sentidos.

TBC…

30 de enero de 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 40

EL LARGO CAMINO A CASA (II)

"... No has de esperar que Ítaca te enriquezca:
Ítaca te ha concedido ya un hermoso viaje.
Sin ellas, jamás habrías partido;
mas no tiene otra cosa que ofrecerte...."
Ítaca, Konstantino Kavafis

Minas Tirith

La carreta avanzaba despacio, pues el caballo era viejo y la lluvia de la noche había dejado los adoquines de la calle resbaladizos. El guía, medio dormido en el pescante, dejaba al corcel recorrer la ruta que se sabía de memoria mientras intentaba olvidar el frío y la fetidez de su carga con una bota de vino negro –no demasiado agrio. Tras la Curva del Tenedor, el caballo se detuvo a dos metros del dintel del palacete de los señores de las mesetas del Río Morthond. El carretero tomó su báculo, golpeó tres veces la pared y esperó el golpe apagado del saco de basura que lanzarían desde la poterna.

Como estaba adormilado y borracho, el hombre solo escuchó lo que esperaba: un saco que caía sobre los otros muchos sacos de basura de las casas nobles –asquerosamente similar a la basura de las casas plebeyas y a la basura de los lupanares. El breve quejido que surgió de entre los desperdicios nunca fue escuchado, y el carretón siguió su ronda lenta por el segundo y tercer círculos, a esa hora en que el sueño es más profundo y la noche más oscura.

El sol salió, y ya la carreta estaba cerca de la puerta entre el tercer y cuarto círculo. El carretero se desperezó y bajó de un salto, para ir hasta la Taberna de Poltam a devolver el pellejo de vino –ya vacío. La carreta quedó a un costado de la calle que se animaba paulatinamente con el amanecer. Comerciantes, sirvientes, soldados, mendigos, artesanos se cruzaban ahí, en la puerta del anillo, y estaban demasiado ocupados –en sus negocios, en no chocar los unos con los otros y en no acercarse demasiado al fétido vehículo- como para reparar en la figura pequeña y envuelta en un manto marrón que se escurrió hacia el suelo de entre los sacos de basura.

Mezclado con las personas que iban de un lado a otro en la rutina de la bulliciosa ciudad, el ser avanzó muy despacio ciudad arriba, hacia la puerta que separaba el segundo y primer círculos, allí le detuvo un soldado.

–¿A dónde vas, escoria?

Los ojos verdes, rojizos y hundidos en sus cuencas, se fijaron en el fornido guardia de la ciudadela, pero el hombre no reconoció aquel rostro sucio y delgado.

–Busco al tío Elros –dijo el mendigo lamiéndose los labios agrietados, en un vano intento de humedecerlos.

El soldado abrió un poco los ojos, pero se controló enseguida. Asintió y le indicó una puerta muy pequeña, a la derecha de la posta. El pordiosero entró y avanzó a tientas por la galería totalmente oscura. Tras unos diez minutos de marcha tuvo que detenerse, le dolía todo el cuerpo, y la férrea voluntad que le permitiera escapar ya no podía imponerse a los días de ayuno, el dolor de los golpes y el cansancio del insomnio. Dejó escapar un ligero quejido y, como si de la compuerta rota se tratara, al quejido siguió un sollozo, y otro, y otro. El ser se dejó caer en el suelo del pasadizo y lloró.

Así lo encontró Faramir, cuando, ya harto de esperar al mensajero, desandaba el camino de las catacumbas del Palacio Real de Gondor. La figura colapsada en el suelo era irreconocible con la escasa luz de la antorcha que llevaba el guerrero a su lado, por lo que se tragó la nausea que su olor le provocaba y se acercó.

–Soy Tío Elros.
El ser se sacudió, reptó hacia atrás casi un metro y controló su llanto.
–Entiendo que tienes un mensaje para mi –exigió Faramir, deseoso de alejarse cuanto antes de aquella fetidez.
El otro sacó una mano sucia y con marcas de sangre seca de debajo de su manto, la apoyó en la pared y se irguió lentamente. Luego dejó caer el pliegue que cubría su cabeza y rostro.
–Buenos días, señor Príncipe de Ithilien.

El soldado dejó escapar un gemido de horror, Faramir se llevó la mano a la boca, tratando de conjurar alguna expresión semejante. El pelo, antes rojo, brillante, sedoso, era un moño sucio y opaco, con pegotes de color marrón que podían haber sido sangre o excremento. Los ojos ya no brillaban de alegría con ese fuego verde tan singular, pues estaban opacos y llenos de miedo. Los labios que tan bien conocía, rosados y carnosos, eran una línea agrietada y azulosa. La piel –por los Valar- aquella piel dorada y tersa, lucía anormalmente pálida, y un costurón rojizo, apenas cerrado, cruzaba desde el puente de la nariz hasta la mandíbula, deformando el lado derecho del rostro antaño casi femenino.

–¿Duilin?
El muchacho pareció encogerse y bajó los ojos.
–Lo lamento, mi señor, pero no pude escapar antes.
–¿Escapar? –le interrumpió Faramir. –Tu padre dijo que estabas enfermo, ¡estuve a visitarte hace dos días!
Una mueca surgió en el rostro del adolescente, y fue especialmente desagradable a causa de la herida de la mejilla.
–Con perdón, mi señor, pero no se quién ocupe mi recámara desde hace diez días.

Faramir asintió, de repente la penumbra de la habitación del enfermo y la insistencia del sanador en que no se acercara demasiado, por el peligro del contagio, adquirieron otro significado. La rabia crecía a pasos agigantados en el interior del Senescal, pero se obligó a retrasar eso. Ahora lo importante era el chico.

–Debes estar cansado y hambriento –dijo al tiempo que le tendía una mano, pero Duilin volvió a retroceder con miedo.
–Estoy sucio.
El hombre no discutió la violenta reacción, en especial porque era evidente que el muchacho se hallaba al límite de sus fuerzas.
–Entonces sígueme, un buen baño y un desayuno hacen milagros en un cuerpo agotado –se obligó a sonreír para darle ánimos. –Luego un sanador verá tu herida.
El joven asintió, y en silencio siguió a Faramir hacia los niveles superiores del palacio.

Un rato después, tras lavarse celosamente el pelo y tomar una comida completa y caliente por primera vez en diez días, Duilin estuvo listo para narrar sus descubrimientos a Faramir y Arwen. La trama de intrigas que se tejía en los salones del señor de las mesetas del Río Morthond no sorprendió a la pareja, aunque los detalles aportados por el muchacho aclaraban puntos hasta ese momento oscuros.

–… al retroceder choqué con un jarrón. No llegó a caerse, pero el ruido alertó a los perros, que se lanzaron sobre mi –delineó entonces la herida de su cara. –Luego me llevaron a una mazmorra. Mi nana me cosió las mordeduras más grandes y esta madrugada pude salir, metido en el carro de los desperdicios. Es por eso que vine en esa facha, mi señor –concluyó el muchacho con un suspiro.

Arwen sonrió con afecto y tristeza. Faramir contuvo un bufido de desagrado. Debían tomar medidas, pero con cuidado de no descubrir su fuente de información. Esperaba que la evasión del prisionero pasara desapercibida un tiempo más. En realidad, lo más probable era que su padre Duinhir ni imaginara que el chico tendría entereza para escapar. ¡Por el Ojo! Él mismo todavía no podía creer que el melifluo y delicado secretario de la regente estuviera ante él, con esos ojos oscuros, amargados.

–Es hora de que descanses, Duilin –ordenó Faramir al tiempo que se levantaba.
–Cuando estés despejado, un sanador vendrá a revisar tu herida.
–No se preocupe por eso. Solo necesito dormir un poco.
–Pero con tratamiento, podrían desaparecer esa cicatriz.
–La herida ha cerrado –repuso el joven con decisión. –Y esta marca me ayudará a recordar ¿entiende?–explicó con un dejo de amargura.

El Senescal quiso argumentar algo más, pero Arwen puso una mano sobre su hombro y le miró con intensidad. Faramir sacudió la cabeza, era cierto, ya Duilin no era un niño.

–Que duermas bien –fue todo lo que dijo antes de abandonar la estancia.

Carroca

Halladad tomó con la punta de los dedos el dulce y lo llevó a los labios de su esposa con cuidado. Ella rió bajito, pero se dejó poner la golosina en la boca, masticó despacio y sonrió.

–Me mimas demasiado –afirmó divertida.
–Tal vez –concedió el Rey-, pero no parece molestarte.
–Es que me parece mal contradecir al Rey –fingió disculparse ella.
–Yo creo que…

El rumor de caballos y voces airadas cortó su piropo. Los esposos intercambiaron una mirada de alegría, luego él se levantó del lecho, tomó una túnica ligera colgada de un gancho junto a la entrada de la tienda y salió.

No había luna, y las estrellas brillaban por sobre el campamento de los elfos silvanos con fuerza. Las figuras espigadas de los recién llegados apenas podían distinguirse, y eso gracias a las antorchas dispuestas delante de las tiendas y alrededor del área que ocupaban, pero Halladad no necesitaba la luz del sol para reconocer esa manera de cabalgar. Se acercó a la zona donde visitantes y sirvientes se arremolinaban entre corceles sudorosos, equipajes y armas.

–¿Fue bueno el viaje?
Dos elfos giraron hacia él, con sendas sonrisas en sus rostros.
–Imagínate –le respondió el de brillantes ojos verdes–, las aguas del deshielo aún no se calman, casi nos ahogamos un par de veces.

Halladad asintió, tal y como lo imaginara, ninguno de ellos deseaba posponer el encuentro más de lo imprescindible. Habían montado el campamento tres días antes, cuando el río apenas recuperaba su cauce tras los deshielos primaverales. Algunos consejeros creían que podía dar la desagradable impresión de que deseaba librarse de la deuda cuanto antes, pero aquí estaban los gemelos, para probar de nuevo que los conocía. ¡Vaya si los conocía!

–Los llevaré a su tienda –ofreció.

Ambos recién llegados tomaron el equipaje de la grupa de sus respectivos caballos y le siguieron a través del conjunto de tiendas y carpas hasta un pabellón de brillantes bordados en oro que refulgían bajo la suave luz de las estrellas. Dentro, el suelo estaba cubierto con una rica alfombra roja y negra, iluminado por numerosas lámparas de aceite aromático, amueblado con cojines y una cama al nivel del suelo. Una cortina ocultaba el extremo derecho de la carpa, pero el sonido de agua cayendo sobre metal permitía adivinar que un sirviente preparaba el baño.

Elladan hizo una reverencia ante su amigo.
–Nunca podré ser tan buen anfitrión como tu –aseguró.
–Ni yo tan buen estratega –devolvió el halago.
El gemelo asintió sonriente, demasiado cansado para involucrarse en un torneo de galanterías con su amigo.

Guardaron silencio hasta que el elfo que preparaba la bañadera abandonó la estancia. Una vez solos, las sonrisas desaparecieron: ya habían cumplido la comedia de los excelentes amigos que se reencuentran y saltan los protocolos, necesaria para que los más suspicaces confiaran en la positiva consideración de los soberanos de Imladris respecto al gobernante del bosque. Ahora, verdaderamente solos, los noldor dejaron ver todo su cansancio y el agobio. Ellohir se dejó caer en uno de los cojines y empezó a desatar sus botas, con claras intenciones de irse a lavar y dejar la enojosa e imprescindible charla a su gemelo. Elladan contuvo un mohín de alivio: su pareja estaba en la peor fase de la lunación, estado absolutamente incompatible con la diplomacia.

Hizo una seña a Halladad y fue a sentarse en unos cojines en el centro de la tienda, lejos de las traidoras paredes de tela y cerca del candelero que daba calor a la estancia.
–Deseamos oír tu versión –y ahora su voz no pudo, o quiso, ocultar la angustia largamente reprimida.

El joven Rey de Erys Lasgalen suspiró, esta iba a ser una charla difícil. ¿Cuándo es fácil narrarle a un hijo la muerte de su padre? Aún cuando no se llevaran bien, sabía que Elrond gozaba del respeto de sus tres hijos. Poco a poco desgranó la historia del torneo, la intervención del Medio Elfo para salvar a Legolas, la maldición inscrita en la daga, el suplicio que fueran sus últimos días, su petición de una muerte rápida. Elladan no le interrumpió, tan solo asentía despacio y miraba el fuego.

A medida que la narración avanzaba, Halladad escrutó a su amigo, tratando de hallar en el impasible rostro alguna señal que le permitiera adivinar qué sentimientos se debatían en su corazón. Evidentemente, nada de esto era noticia, los gemelos ya sabía las versiones de Aragorn y Legolas. ¿Por qué entonces dejarlo hablar? No lo sabía, pero cumpliría el pedido ya que nada más había podido hacer por su difunto padre.

–De acuerdo –aceptó Elladan cuando terminó de describir las medidas tomadas para embalsamar el cuerpo de su padre. –Ahora dime de dónde sacaron la idea de incluir a Amroth en el pago de desagravio.

El sinda bajó los ojos, tratando de ganar tiempo para organizar sus ideas, y maldijo a Feanor por su manía de tomarse la justicia por su mano y meterlo en semejante enredo. Al fin respiró hondo, y se lanzó de frente.

–Porque no puede quedarse en el bosque, fue hallado culpable de dejar escapar a un enemigo de la corona y regicida, si se quedara, aún con mi perdón, su vida allí sería imposible.
–Pero eso no significa que le entregues como parte de un botín de guerra –le recriminó Ellohir, que había aparecido de repente a su lado.
El gemelo mayor le hizo callar con una mirada, y volvió a mirar a Halladad, quien continuó.
–De acuerdo, no lo justifica, pero tenía que sacarlo sin provocar una guerra en el Clan de mi esposa. Feanor es un poco…, digamos que chapado a la antigua ¿vale?

Ellohir abrió la boca para decir algo más, pero su hermano le tomó una mano, en señal de advertencia. Ambos se miraron, y establecieron una de esas conversaciones de miradas y susurros comunes entre los gemelos. Tras lo que Halladad supuso una tensa negociación –por los rostros crispados y el destello de los ojos-, el hermano mayor volvió a dirigirse a él.

–Entiendo que tienes que sacarlo del reino, mantener contento a tu cuñado, y pagar la deuda del bosque simultáneamente –repasó en tono apacible. –Pero, querido Halladad –y los ojos marrones del Señor de Imladris se estrecharon–, ¿por qué tengo la impresión de que te estás saltando un detalle?

El sinda resopló para sus adentros, a veces le molestaba que ellos tuvieran un conocimiento tan basto de las leyes y costumbres de elfos y hombres. Recordó el pedido de Maerys, pero, tal y como había supuesto, era imposible hacer pasar por tontos a los hermanos en este tipo de asuntos.

–Supongo que ustedes nunca se tragaron la romántica historia de que Maedros les había prohibido dejar el bosque –los otros dos asintieron. –En realidad, mi padre obligó al viejo a jurar servicio a la familia a cambio de permitir su estadía en el reino, solo mi esposa fue declarada libre porque había nacido en el palacio. Son esclavos, mis esclavos –puntualizó.

Los gemelos intercambiaron miradas incómodas. Habían supuesto algún contrato de servicio, acaso un juramento de servidumbre pero ¿esclavitud? Eso era algo que practicaban los mortales, siempre violentos y deseosos de dominar, en la sociedad élfica aquello se consideraba una abominación, un recuerdo vergonzoso de la Segunda Edad y las perniciosas influencias de la cultura humana entre los primeros nacidos.

–Ustedes saben lo que eso implica – siguió después de un momento–, y Feanor tuvo el buen gusto de recordarme que no necesito el permiso de nadie para matar, o mandar a matar, a Amroth. Convencerle de que era beneficioso dejarlo vivir fue difícil, pero no puedo expulsarlo sin más, porque lo interpretaría como una ofensa a la familia –el joven Rey se detuvo un momento, no dudaba de la discreción de los hermanos, pero decir lo siguiente lo haría vulnerable, y odiaba saberse vulnerable. –Mi cuñado no es el único que cree que Amroth debe ser un escarmiento: mi trono no es seguro aún, y yo debo demostrar que puedo tener mano firme –ahora su voz se tiñó de amargura–, una firmeza mayor a la del Rey anterior.

Halladad volvió a detenerse, explicar sus razones para entregar –literalmente– al jovencito era difícil, porque implicaba hablar de la relación que ellos mantenían. Era consciente de la misma desde hacía siglos, pero nunca se había arriesgado a mencionarla, en parte porque los mismos gemelos jamás permitieron que el tema saliera a flote, en parte porque no estaba seguro de qué posición tomar al respecto. Suspiró.

–Recuerdo muy bien aquella noche, la manera en que miraban a Amroth y la reacción de Feanor. Se que nunca habrían sido tan atrevidos sin estar seguros de sus sentimientos. Una vez quise poner a Legolas bajo vuestra protección y, aunque no pudo ser, estoy seguro de que ustedes le habrían cuidado y protegido, que nunca lo habrían forzado a… a nada que él mismo no deseara.

Halladad se detuvo a mirar a Ellohir, cuya expresión se debatía entre el asombro y el ultraje, luego a Elladan, que había controlado su faz, pero cuyos ojos marrones brillaban peligrosamente. Continuó en voz muy baja, casi suplicante.

–Amroth es mi hermano ahora, es mi deber asegurar su futuro. A diferencia de lo que ocurrió con Legolas, no son indiferentes a él, y no puedo imaginar una familia más adecuada para él. ¡No me interrumpas Elladan! Nunca opiné sobre ustedes, ni voy a opinar, no creo que me corresponda, pero me precio saber leer en los gestos y miradas de las personas. Ustedes han sido buenos líderes y guerreros entre elfos y hombres, excelentes padres para Estel, son… la pareja mejor llevada que conozco. Amroth ha sufrido mucho, necesita apoyo, cariño, Maerys y yo no le podemos ofrecer nada de eso sin empeorar las relaciones de la familia.
–Nosotros tampoco podemos ofrecerle mucho –advirtió Ellohir.
Su amigo le dedicó una mirada asombrada.
–¿Acaso vuestro amor no es suficiente?
Los gemelos intercambiaron una mirada dubitativa. ¿Era suficiente? Había sido suficiente para ellos, pero ¿tenían derecho a seducir al jovencito para que fuera víctima del mismo prejuicio que ellos?
–Halladad –habló el mayor- ¿no te parece que Amroth tiene derecho a opinar?
El sinda puso los ojos en blanco.
–Créeme, no me habría metido a alcahuete sin escuchar personalmente a quién llama mi cuñadito en sus sueños –ahora los elróndidas enrojecieron de asombro. –Pero jamás lo admitirá estando consiente, porque no se cree con derecho a disponer de su corazón, porque les ve como algo inalcanzable.

Los hermanos volvieron a discutir en su lengua particular, pero Halladad estaba seguro de que aceptarían su propuesta, no solo porque era razonable, sino porque coincidía con los deseos de los tres involucrados. ¿Qué más se podía pedir? Tras varios minutos de negociación, Elladan se volvió a mirarle.

–De acuerdo, lo llevaremos a casa.

Rohan

Eomer contempló desde la ventana la amplia extensión de carpas blancas, al oeste de Edoras. El campamento donde los elfos del bosque dorado descansaban en su camino a Ithilien era amplio, limpio y ordenado. Una delicia para los ojos, sin duda, pero él estaba preocupado. Si bien a los rohirrim la presencia de los elfos les llenaba de alegría –nadie ignoraba su importancia en la batalla de Helm–, el joven Rey estaba seguro de que su llegada a la Ciudad Blanca no haría más que precipitar los planes de los que conspiraban contra Aragorn.

Como soldado, Eomer había reconocido la capacidad bélica del millar de elfos que se dirigían a Gondor. Otros verían lo mismo y, aunque el objetivo de los migrantes no fuera la guerra, sin duda serían un factor a considerar por las facciones políticas que se agitaban en el Sur. Aunque nominalmente neutrales, estos bellos ancianos eran fieles a Arwen, como nieta de Galadriel, y al clan de Elwe Singollo, cuyo último descendiente mortal era Elessar I, más conocido como “Aragorn, el Rey que se esfumó con su amante”.

El hombre frunció el ceño al recordar el apodo que corría de boca en boca por las calles de Minas Tirith, según le comentara su hermana en la última carta. Sin duda era un eslabón más en la campaña para desprestigiar a su amigo, pero él poco podía hacer. No temía por su hermana ni por Arwen –ambas eran demasiado importantes más allá de las fronteras para que se atrevieran a tocarles un pelo–, pero Faramir y sus aliados eran otro cantar. Eomer temía, con razón, que el arribo del contingente de inmortales disparara cualquier atentado que se planeara contra el Senescal, dejando a Eowyn viuda antes de casarse.

Las noticias que llegaban por correo ordinario de su hermana y por mensajes cifrados de parte de Faramir, le producían una sensación de impotencia constante. Lejos estaba Rohan de ser el reino poderoso de cincuenta años atrás, Eomer sabía que carecía del poder para intervenir en las peleas de la nobleza gondoriana. De hecho, enviar la guardia de honor de su hermana había sido un duro golpe para el ejército, pero nadie se había cuestionado la decisión: la nobleza obliga. Ahora, sin embargo, en la falda oeste de Edoras estaba su oportunidad de ganar tiempo para Faramir y Aragorn, incluso, mal que le pesara, para Legolas.

–Hastings, mi abrigo –pidió en voz baja al tiempo que se apartaba de la ventana.

El paje salió del rincón donde esperaba y presentó a su amo la pieza de piel sin curtir. Luego tomó al vuelo su propio abrigo, el neceser y corrió a abrir la puerta del despacho. En silencio atravesaron las salas frontales de Medusel y salieron las caballerizas. Eomer y Hastings tomaron dos caballos frescos, de los que siempre estaban ensillados para los mensajeros, y siguieron a trote suave hacia las puertas de la ciudad.

Llegaron al campamento élfico en poco tiempo, pero Eomer consideró poco educado irrumpir entre las albas carpas montado, y bajó de la silla. Siguió caminando, sabía que su paje y cinco soldados le flanqueaban, y que el sexto guardián esperaba con las riendas de los caballos y el cuerno de aviso presto. Sonrió levemente: esos protocolos no habían salvado la vida de su primo, ni facilitado las infidelidades de su tío, verdaderamente, si hallaba una mujer que no huyera de tal parafernalia, ella sería la indicada para compartir el trono de Rohan –así fuera coja, jorobada, narizona y morena.

Recorrió el camino hacia la tienda principal meditabundo: consciente de que la diplomacia no era su fuerte, Eomer trataba de elegir sus palabras, de modo que suavizaran el efecto de su duro acento rohirrim en los delicados oídos élficos. La tarde anterior se había presentado ante la corte Rúmil, el hermano menor de Haldir y vocero de los elfos viajeros. Esperaba que este elfo fuera tan cauto como su hermano y, en especial, que su ascendiente sobre el resto de la compañía bastara para retenerlos hasta la llegada de Aragorn y Legolas, donde quiera que se hubieran metido a fornicar.

En la puerta de la tienda estaba ese chico con pinta de salvaje que acompañara a la delegación la noche anterior. No parecía delicado o sofisticado, muchísimo menos impasible, y ello había llamado la atención del hombre, intrigado por ese elfo tan poco élfico. Al encontrarlo aquí, su curiosidad aumentó. Bueno, tal vez, si lograba impedirles la partida, pudiera conocer mejor a este raro ejemplar de ceño eternamente fruncido.

–El Rey de Rohan desea hablar con Rúmil, elfo del Bosque Dorado –anunció uno de sus guardianes con tono pomposo.
Geniev no contestó, en su lugar una cabeza rubia asomó desde el interior de la tienda.
–Lo estamos esperando, Majestad.

Eomer avanzó, seguido por el silencioso Hastings, sin extrañarse de que Rúmil ya supiera de su visita. Había notado las postas y el orden racional de las habitaciones: a él no lo engañaban: aunque no estuvieran en guerra, estos acampaban en formación militar. Y eso estaba bien, por supuesto, solo que no le iba a gustar a unos cuantos en Gondor. Definitivamente, debía detenerlos.

El interior de la tienda era sencillo: una alfombra gruesa, varios cojines alrededor de una estufa, lámparas de aceite sobre altos pies (ahora apagadas), una cama a nivel del suelo y un amplio biombo en un extremo que ocultaba el vestidor. El elfo –¿o elfa?– que le invitara a pasar, hizo un gesto señalando los asientos donde le esperaba ya Rúmil. Eomer fue a sentarse a su lado.

–Saludos, Majestad.
–Mis mejores deseos, Rúmil.

Eomer guardó silencio, mientras esa persona de sexo indescifrable presentaba una bandeja con pasteles e hidromiel. Fue a tomar un trago sonriente, pero… parpadeó confuso: había cuatro copas. Miró a su anfitrión, que sonreía solo con los labios, mientras sus ojos permanecían duros, examinando al Rey como a un insecto. Trató de no amedrentarse ante la mirada, cosa difícil. ¿Qué ocurría?

–No es correcto servirse antes de que lleguen todos los invitados –dijo una voz a su espalda.
Eomer giró con celeridad y se lanzó contra el pecho de su amigo, estrechó con fuerza el torso, al tiempo que sentía que un gran peso le abandonaba.
–Estás vivo –susurró.
No podía decirlo en voz alta, hasta pensarlo le había parecido traición todos esos meses.
–Claro que estoy vivo, y sigo gustando del hidromiel del Bosque Dorado –repuso el dunedain suavemente.

Eomer comprendió la insinuación y se apartó de él, avergonzado de su efusividad. Pudo ver de frente el rostro de Aragorn, y, detrás de él, al elfo culpable de todo. Era tal su felicidad, que no tuvo que fingir amabilidad con el otro.

–Es un gusto verte a ti también, Legolas.

El rubio asintió en silencio, y fue a sentarse junto a Rúmil, que había permanecido en su puesto, observando las reacciones del rohirrim. Los dos reyes se sentaron y Legolas sirvió bebidas para todos.

–¿Cuándo planeabas decirme que estabas aquí?
–Debes disculparme, amigo, pero la cautela era necesaria. Contábamos con que vendrías a ver a Rúmil en poco tiempo –se disculpó el moreno.
–En realidad tienes razón, precisamente venía a verle –señaló con un gesto del mentón al galadrim– para hablar de la situación en Gondor –eso ensombreció los rostros de sus interlocutores. –Pero ahora que estáis aquí, las cosas se facilitan.

Ante el gesto de invitación de Aragorn, Eomer comenzó a explicar lo que había ocurrido en Gondor durante su ausencia, tal y como le habían permitido reconocerlo los mensajes de Eowyn y Faramir.

–¿Y dónde han estado ustedes todo este tiempo? –preguntó el rohirrim cuando terminó su narración.
La pareja intercambio una mirada incómoda, y Eomer temió que sus peores sospechas fueran ciertas.
–Después de llegar a Mirkwood tuvimos unos problemas con Thranduil –explicó despacio Aragorn–, y nos vimos forzados a viajar hacia Rivendel de modo… apresurado. Luego Legolas enfermó y ningún sanador del valle pudo ayudarnos, así que viajamos hasta los Puertos Grises –el príncipe se removió incómodo y su esposo le tomó la mano de manera automática. –Círdan, señor de los Puertos, salvó a Legolas, como ves, pero él quedó muy debilitado, así que esperamos el fin del invierno en La Comarca antes de emprender el regreso.

El Rey de Rohan asintió en silencio. Estaba sorprendido. A partir de la desaparición de la pareja, lo que más le molestaba era la convicción de que Aragorn, simplemente, se había olvidado de todo y todos, ambos se habían entretenido fornicando en su secreto viaje de novios y el invierno los había aislado en algún territorio élfico. Por supuesto, la culpa era del elfo, que sería muy buen guerrero, pero también un egoísta de marca mayor al seducir y secuestrar a su amigo, sin contar que lo había convencido de casarse, otra tremenda irresponsabilidad en la cual no acababa de entender como había participado Faramir.

Levantó los ojos hacia Legolas, que, ahora que se fijaba, lucía mayor ¿no se suponía que los elfos no envejecen? Pero estaba seguro. El verano anterior el príncipe de Mirkwood aparentaba estar al final de la adolescencia y ahora era un joven de veintitantos. ¿Sería efecto de la enfermedad? Ni idea, pero la pareja de Aragorn no solo lucía mayor, sino melancólico. Apenas había despegado los labios en las dos horas largas que llevaban hablando.

–Espero que estés totalmente recuperado –dijo por no ser descortés.
Legolas asintió, pero en lugar de abrir la boca, tomó un trago de su copa.
–Ya está casi sano –respondió Aragorn en su lugar.

Este mutismo intrigó a Eomer, pero decidió dejarlo pasar, no que él tuviera muchas ganas de conversación tampoco. Prefería regresar a los problemas que les aguardaban.

–¿Qué piensas hacer ahora?
–Hemos estado demasiado tiempo lejos –afirmó el hombre, y se volvió directamente hacia su esposo. –¿Qué crees, Legolas?
El rubio irguió la cabeza y miró directamente a los ojos grises que tanto amaba.
–Que es hora de que Gondor por fin tenga Rey.

Casi puedo oler el aroma de nuestra casa.

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 39

EL LARGO CAMINO A CASA (I)

"... Debes rogar que el viaje sea largo,
que sean muchos los días de verano;
que te vean arribar con gozo, alegremente,
a puertos que tú antes ignorabas...."

Ítaca, Konstantino Kavafis

Imladris

Glorfindel terminó de acomodar el pañal de su hija y suspiró con satisfacción, junto a la ventana, su esposo dejó escapar una exclamación. El rubio levantó la mirada, intrigado.

–Han regresado –anunció Erestor con expresión impasible.

Se dirigieron a las puertas de la casa en silencio y, durante la caminata, el Consejero no puso dejar de sentirse un poco inquieto: simplemente, no tenía energías para lidiar entre Erestor y los gemelos.

Por supuesto, su esposo sabía -¿quién no sabía en Imladris?- de la relación entre los hijos de Elrond, pero en vez de mantenerse neutral al respecto, había dejado en claro su profundo desagrado por el hecho. Ahora que Elladan era el nuevo Señor, Glorfindel se preguntaba cómo podrían trabajar juntos, si el día menos pensado no se encontraría con la disyuntiva de elegir entre sus pupilos y su pareja. Por suerte o por desgracia, los gemelos no habían tenido tiempo para renovar el Consejo de Imladris, a causa de la noticia del secuestro de Legolas. Ahora el único tema en que le era imposible contemporizar con su pareja estaba a las puertas de su hogar, y el vencedor del baldrog se descubrió lleno de ansiedad, estrechando a Idril un poco más de lo necesario.

Al llegar a la gran escalera de mármol y madera finamente tallada, se encontraron a los gemelos casi dentro de la casa. Ambos consejeros hicieron una leve reverencia.

–Bienvenidos a su hogar sean los señores –dijo el Primer Consejero en su más exquisito sindarín. Casi al instante estaba dentro del fuerte abrazo de Elrohir.
–¡Ha nacido! –fue el emocionado saludo del gemelo.
–Si, mi señor –explicó sin poder ocultar el orgullo. –Nació la noche a partir de la cual los días empiezan a alargarse (21 de diciembre, solsticio de invierno).
–Eso es un excelente augurio –comentó Elladan a unos pasos de distancia, siempre más controlado en sus expresiones públicas de afecto.
–¿Cuál es su gracia? –preguntó volviéndose en dirección al Segundo Consejero.
–Idril –respondió Erestor con el rostro inexpresivo, lo suficientemente diplomático como para callarse lo incómodo que estaba con la cercanía de los gemelos y su bebé, pero incapaz de fingir felicidad.

Hubo un carraspeo incómodo, que les recordó que los únicos recién llegados no eran Elladan y Elrohir. Glorfindel giró el rostro con una amplia sonrisa… que se le congeló en el rostro al reconocer la delgada figura de Legolas, y su mirada borrosa, húmeda.

–Bien hallados sean los consejeros Glorfindel y Erestor, así como su retoño –saludó el rubio príncipe con voz estrangulada.
El Primer Consejero de Imladris dio un paso para acercarse, pero el sinda le detuvo alzando una mano. El comprendió –¿cómo no comprender?
–Bien hallados sean los soberanos de Gondor y Arnor –respondió con la mayor formalidad.
–Es un placer volver a los jardines de Celebrian y comprobar que la magia del amor sigue…
Legolas no pudo continuar, la voz se le quebró y bajó corriendo las escaleras para luego perderse en los jardines. Su esposo se disculpó con la mirada y lo siguió.
–Así de mal salieron las cosas –comentó el rubio consejero.
–Podría haber sido peor –repuso Elrohir, incluso parecía que el gemelo menor iba a decir algo más, pero la mirada del Segundo Consejero le detuvo.
–Creo que este no es lugar para ponernos al día –explicó Erestor. –Los señores necesitan descanso y alimento. ¿Puedo sugerir un encuentro en el despacho tras la comida de la tarde, Señor?
Elladan asintió con un gesto vago, sus ojos seguían fijos en el recodo por donde se marchara la joven pareja. De repente recordó que su única preocupación no eran Estel y Legolas.
–¡Geniev! –llamó sin preocuparse de buscarlo con la mirada, ya se había acostumbrado a la capacidad de camuflaje del chico.

El medio elfo salió a cuatro patas de detrás de unos arbustos, con sus ojos oscuros oscilando entre los dos desconocidos y los guardias que intuía en los alrededores. Alarmado por su evidente sigilo, Erestor dio un paso para ponerse delante de Glorfindel y su hija, al tiempo que llevaba la mano al puño de su espada corta, profusamente decorada, pero no por eso menos funcional. Geniev se congeló al ver el gesto y gruñó de modo amenazador.

–¡No!–intervino Elrohir.
El gemelo bajó la escalera y se acercó al temeroso chico con gestos pausados, las manos a la vista.
–Son amigos –dijo muy despacio en lengua común, y tendió una mano.

Geniev luchó unos instantes entre el instinto y la razón. No estaban en la Comarca, donde los medianos eran fáciles de evadir. Este sitio estaba lleno de elfos, guerreros de excelente puntería que lo matarían en medio de la noche. Lo sabía. Pero ellos le habían traído ¿no?, dos de ellos vivían aquí, debía ser seguro, siempre que no ofendiera a nadie. Finalmente tomó la mano del gemelo y se irguió. Se ganó una amplia sonrisa y la evidente relajación de los desconocidos de la escalera.

–Ven –Elrohir lo condujo suavemente en dirección a los escalones y se detuvo ante los consejeros. –Les presento a Geniev, el famoso Fantasma de Fornost, quien encontró a Legolas.
–Es… un gusto –saludó el chico con pésimo acento.

Ni Glorfindel ni Erestor estaban muy seguros de cómo reaccionar, en parte por la actitud sigilosa del desconocido, en parte porque su frase indicaba que no entendía mucho del lenguaje élfico. Por suerte, Elladan cortó la incómoda situación.

–Ro, busca una habitación para Geniev, yo voy a dejar el equipaje de Estel y Legolas –se volvió luego hacia los esposos. –Consejeros, los veré a la hora acordada en el despacho.

Y, para fastidio de Erestor, se marchó sin esperar respuesta.

Esa noche, el Segundo Consejero de Imladris no pudo dormir. Después de dar vueltas durante un par de horas en la cama, decidió ir a sentarse en la biblioteca, para poner en orden sus ideas sin molestar a su esposo. Demasiadas cosas, y muy pocas de ellas agradables, les había revelado su Señor en la reunión de la tarde. Toda la aventura del matrimonio secreto de Estel y Legolas, así como la cadena de desgracias que les llevaran a perder a su primer hijo se le antojaban familiares, terriblemente familiares. La historia de la familia de Elrond tenía constantes inevitables, al parecer.

De golpe recordó “El Proyecto”. Erestor frunció el ceño, Elrond le había hecho ese último encargo en calidad de amigo, confiando en su habilidad con los idiomas y su discreción, pero no había dejado instrucciones claras de cómo usarlo. Bueno, siendo honesto consigo mismo, tenía una idea bastante clara de para qué deseaba Elrond esa traducción, más bien, para quién, pero… Si hacía lo que sabía que su amigo deseaba, estaría traicionándose a sí mismo, y si no, la última oportunidad de salvar el legado de los elróndidas se perdería.

¡Por el Ojo! ¿Por qué todo empezaba y acababa en ese par de aberrados? El elfo repasó de memoria las líneas generales del documento, cuya traducción le había llevado casi treinta años y mucho debate ético. Al principio había pensado en el asunto como un simple ejercicio patrimonial, pero en la medida que comprendía el texto, sus detalles, entendió también la emoción y el secretismo de su Señor para con el material. Y ahora… estaba en una situación absolutamente inesperada: con su empleador muerto, gobernado por un elfo al que despreciaba y con las llaves para normalizar la sucesión del trono en sus manos. ¡Oh! Por supuesto, Erestor no había llegado tan lejos infravalorando a sus semejantes. Podía considerar a Elladan un inmoral, pero nunca dudaría de su valor: elegiría a su hermano antes que al valle y, ¿qué sería entonces de la Última Morada?

La luna iluminó totalmente la estancia, y Erestor supo que era casi hora de alimentar a Idril. De regreso a sus habitaciones, pasó por delante de la ancha puerta que conducía a la recámara de sus señores, la conciencia de lo que podía estar ocurriendo ahí le llenó de asco. Guardaría silencio, decidió ya ocupado en ayudar a su esposo en el proceso de darle el pecho a la pequeña. Mientras nadie le preguntara, él no tenía que responder.

Para cuando los primeros rayos del sol tocaron el valle de Rivendel, ya Geniev estaba despierto, tratando de descifrar los ruidos de la nueva y gran casa a donde lo habían traído. Él conocía el valle siempre verde, por supuesto, pero jamás había soñado con entrar a sus límites, menos al interior de los elegantes edificios de color claro que se alzaban como agujas entre el follaje. Y ahora estaba aquí, aunque que no por mucho tiempo.

A Geniev le era muy difícil volver a hablar, no digamos hablar con fluidez un idioma completamente nuevo, pero ya comprendía suficiente élfico como para saber que esta era una escala, que el destino de Legolas y Aragorn estaba en el sur, junto al poderoso Anduin. Eso lo llenaba de zozobra.

La verdad sea dicha, cuando Legolas le hablara de llevarlo a casa, Geniev no había creído en su promesa. Esperaba un poco de comida, tal vez una muda de ropa nueva y de nuevo al camino. Pero, tanto el Lindon como en la Comarca le habían tratado con cuidado y deferencia, hasta con respeto. Trancos estaba lleno de agradecimiento, y los gemelos le hablaban despacio, para que aprendiera la lengua de los elfos. En esos meses nadie le había mirado con fijeza, muchísimo menos habían intentado tocarlo, nadie le consideraba un bicho y, después de todo, ¿por qué iban a hacerlo? Ellos eran elfos, él un medio elfo, ninguna extrañeza podía esperar.

Pero en el sur no había elfos, a menos que las cosas hubieran cambiado enormemente con la guerra. En el sur todos eran hombres, hombres rudos –bien que lo recordaba en la piel- y burlones. ¡Claro! Trancos era Rey en el Sur, como su protegido nadie se reiría, y hasta podría vengarse de quienes antes…

El muchacho cerró los ojos con fuerza, tratando de conjurar el dolor que esos recuerdos le traían siempre. Volver al Sur sería también revivir esos recuerdos, la humillación, el dolor, la vergüenza. ¿Estaba dispuesto? No tuvo tiempo de ponderar eso, alguien se acercaba a su habitación –reconoció los pasos de Trancos- y hubo tres toques discretos en la puerta.

–Adelante.
El hombre entró despacio y cerró la puerta tras de si, lo cual disparó las alarmas del chico. Pero su rostro permaneció impasible.
–Buenos días, Geniev. ¿Dormiste bien? –saludó Aragorn en la lengua común.
–Una cama suave –respondió, al tiempo que calculaba la distancia hasta la ventana.

Aragorn sonrió, a veces le costaba seguir el sentido de las respuestas del jovencito. Por supuesto, alguien que llevaba demasiado tiempo hablando solo consigo mismo no necesitaba ser demasiado coherente. Pensó de repente en Gollum, ¿eran así los diálogos de Frodo y el atormentado ser? No importaba, ahora, por suerte ya no importaba. Trató de concentrarse en Geniev.

–Seguiremos viaje al sur mañana temprano –le informó.
–¿A caballo?
–Llevaremos caballos, pero podrás caminar si lo prefieres –ya había notado que al chico no le sentaban las largas cabalgatas.
No hubo respuesta vocal, solo un leve asentimiento, Geniev parecía interesado en los árboles del jardín de Celebrían.
–Hay algo más, cuando lleguemos a Gondor…
–¿Anduin?
–Si, el poderoso Anduin riega una parte de las tierras de Gondor. Entiendo que eres del sur, ¿tienes familia a la cual buscar?

Esto si que asustó a Geniev. ¿Cómo sabía Trancos que era del sur? ¿Qué decirle? Si el hombre supiera su verdadero origen, lo echaría, estaba seguro. Sin embargo, muchas estaciones habían pasado desde que remontara el rio en busca de la gente hermosa, lo más probable era que…

–Muertos –respondió sin valor para mirarle a los ojos.

Aragorn asintió en silencio, había previsto algo similar. Uno no encuentra a un medio elfo ermitaño sin razones verdaderas, sin razones de sangre. ¿Sería capaz de decirles el muchacho alguna vez qué había pasado con el resto de su familia? ¿Si la sangre humana le venía por línea materna o paterna? No importaba, lo importante era fabricar una filiación medianamente creíble para que no sufriera en Minas Tirith, más de lo estrictamente necesario.

–De acuerdo –dijo al fin–, pero cuando lleguemos a la Ciudad Blanca, tendremos que justificar tu existencia. Varios de mis primos eran montaraces, los conociste en los alrededores de Fornost.
–Muros oscuros, hombres pardos –asintió el muchacho, más relajado.
–Exacto, uno de ellos se llamaba Halabard, su esposa y sus hijos murieron hace años y él murió hace unos meses, en la batalla del Pelennor. ¿Te molestaría si yo dijera que eres su hijo, y que regresas conmigo porque he decidido adoptarte?
Geniev trató de sopesar la idea: Trancos hablaba de presentarlo como el hijo de su primo, y adoptarlo. Debía haber entendido mal la última parte.
–¿Adoptarme?
–Convertirte en mi hijo ante la ley –trató de explicar el hombre. –Legolas prometió cuidarte, ¿recuerdas? Te cuidaremos como a un hijo, nuestro hijo –dijo con incontenible tristeza.

El joven lo observó con cuidado. ¿Su hijo? Este hombre y su elfo habían perdido un hijo –todavía le parecía bastante raro, pero el elfo rubio había estado embarazado– y deseaban… ¿Qué él ocupara su lugar?

“Bueno, aquí está tu oportunidad, Geniev. Regresarás a la Ciudad Blanca y nadie te pondrá un dedo encima si no lo deseas. Y los gondorianos solo tienen un deporte permanente: cazar haradrims.” Esa idea le agradaba, definitivamente le agradaba. Si, era un buen plan. Se acercó inseguro a Trancos y le tendió la mano.

–Seré tu hijo –aceptó. –Geniev hijo de Trancos.
–Geniev hijo de Elessar –le rectificó el otro, al tiempo que tomaba la mano extendida y sellaba el pacto.

Lorien

Los tres jinetes llegaron a los límites del Bosque Dorado una tarde cálida, tres semanas después, tras un viaje lento –para no agotar a Legolas- y pacífico. De distinta manera, cada uno sintió la mirada de los guardianes, pero fingieron ignorancia y se adentraron en el camino de Caras Galadhon en silencio. Entonces, a la vuelta de un recodo, apareció un elfo de cabellos platinados y ojos oscuros, que vestía la túnica gris de los guardianes de Lorien. Estaba recostado a un árbol, con los brazos cruzados sobre el pecho y expresión alegre.

Legolas saltó de su montura en un rapto de emoción pura y se lanzó a sus brazos.
–¡Haldir!
El capitán de la guardia le acarició la cabeza al tiempo que retenía el estrecho cuerpo del príncipe sinda junto a su pecho.
–Hola Hojita –levantó luego el rostro hacia Aragorn. –Hacía mucho, mucho tiempo que no nos encontrábamos entre los árboles o las piedras. ¡Ay, hinanya! Es triste que sólo ahora, al final, hayamos vuelto a vernos –dijo con amargura.

Pasaron casi dos semanas entre las hojas doradas. En parte porque Legolas necesitaba charlar con un amigo como Haldir, que podía escuchar toda la historia desde su punto de vista, que tenía varios siglos más que él, pero que nunca lo había visto, quién sabe por qué, como a un niño; y en parte porque, para sorpresa de los esposos, un contingente de elfos se preparaba para acompañarlos al sur y unirse a la colonia que fomentaba Arwen en Ithilien, eso hizo feliz a Aragorn.

Sin embargo, la idea de la partida al sur, desató también la nostalgia del mar en otros, y los señores del bosque dorado anunciaron que partirían en pocos años, junto a todos aquellos que desearan ver las Tierras Imperecederas. A los esposos les dio algo de tristeza, en especial a Legolas, pero en la familia del capitán de la guardia eso provocó una simple y clara disyuntiva.

Rúmil, el hermano menor, estaba entusiasmado con la idea de viajar al sur y sembrar árboles nuevos en una tierra arrasada por siglos de guerra. Sin embargo, una cosa era irse, sabiendo que Haldir y Orophin estaban a unos días de cabalgata, y otra muy distinta verlos abordar un barco volador. No hubo más que una conversación al respecto, la noche antes de la partida –en general, eran de pocas palabras–, y, aunque presentía la inutilidad del ruego, el joven elfo comprendió que no podía dejar esa pregunta sin formular.

–¿Por qué no te quedas? –preguntó tras la última cena que iban a compartir, al tiempo que tomaba la mano de su hermano mayor.
Haldir suspiró y miró a los ojos verdes y ansiosos de su hermanito con orgullo y tristeza mesclados.
–Porque el mundo está cambiando, creo que para bien. Sin embargo, este no es mi tiempo, sino de Legolas y Geniev, incluso tuyo.
–Hay tanto que hacer en el sur… –insistió el menor.
–Por eso parto –repuso Haldir y el otro comprendió de pronto lo que quedaba sin decir “Porque ya no tengo ganas de seguir luchando”.

Y Rúmil asintió, el tiempo de su hermano mayor en la Tierra Media estaba marcado por la sombra de la Dama Galadriel. Lo sabía desde mucho antes, pero no dejaba de afectarle.

–No creo que nos encontremos de nuevo –susurró al cabo de un tiempo. –Y tampoco sé si seré capaz de ser juicioso sin tus regaños.
Pero Haldir le sonrió, porque podía ver más lejos que su hermano.
–No en la Tierra Media, ni antes que las tierras que están bajo las aguas emerjan otra vez. Entonces volveremos a encontrarnos en los saucedales de Tasarinan, en la primavera, y me contarás de la doma de animales salvajes.

Rúmil se sonrojó ante esta insinuación, pero no se atrevió a decir nada. Esas eran las cosas que iba a extrañar: que alguien pusiera en palabras lo que su corazón sentía y su mente negaba. Y, al mismo tiempo, se sintió feliz, porque partir era la manera que sus hermanos tenían de decirle que ya era capaz de valerse por si mismo.

Con un rapto de ternura inusual en ellos, Rúmil rodeó la mesa y fue a acurrucarse entre los fibrosos brazos de su hermano mayor, como cuando era un elfito que temía a la oscuridad, porque le recordaba la terrible caverna al principio de su vida.

–Cántala de nuevo, hermano, por favor. Canta la canción del viajero.

Haldir sonrió con ternura ante el pedido. Había escrito esa canción hacía siglos, en la lengua común, para divertir a sus hermanitos. Sin embargo, acabó significando mucho para sus pupilos, a los que arrullaba con las palabras de dolor y llamado, de exigencia y consuelo. Para Rúmil, Orophin, Legolas, Estel, y los ignotos niños hobits a los que Bilbo y Frodo enseñaran la canción, “El corazón de las tinieblas” era la posibilidad de la una verdad mayor que ellos, cifrada en ella estaba el eterno reto entre vida y muerte, luz y oscuridad, esperanza y miseria, generosidad y perdón, un reto del que se sospechaban partícipes.

La voz aguda y limpia del capitán de la guardia subió entre las ramas de los mallorns y dio forma por un instante a la fe de todos en el Bosque Dorado.

Home is behind. / El hogar quedó atrás
The world ahead. / El mundo está ante ti
And there are many paths to tread / Y hay muchos caminos que recorrer
Thru shadow to the edge of night / A través de las sombras hacia el corazón de la noche
Until the stars are all alight / Hasta que todas las estrellas brillen
Mist and shadows, cloud and shade. / Niebla y penumbras, nube y sombras
All shall fade. / Todo se desvanece
All shall... fade. / Todo ha de... morir

Haldir repitió varias veces la letra, hasta que notó la respiración reposada de su hermano. Se limitó a acariciarle el cabello y esperar la señal de partida.

Cuando el sol se coló entre las altas ramas, la amplia partida de elfos estaba lista para el camino a Gondor. No había llanto entre los familiares que se despedían, pues tenían la certeza de que todos, tarde o temprano, sentirían el llamado del mar.

Aragorn se despidió con todo respeto de Celeborn y de Galadriel, y la Dama le dijo:

–Piedra de Elfo, a través de las tinieblas llegaste a tu esperanza, y ahora tienes todo tu deseo. ¡Emplea bien tus días!

Por su parte, Haldir y Legolas estaban junto al corcel del príncipe, compartiendo el último abrazo. El capitán de la guardia se sentía muy contento porque su amiguito estaba definitivamente recuperado, y porque adivinaba un futuro pleno para Rúmil, hasta ahora opacado por los logros de sus mayores. Se despidió con estas palabras.

–¡Amigo, adiós! ¡Ojalá tu destino sea distinto del mío, y tu tesoro te acompañe hasta el fin!

Y con estas palabras de sabiduría y esperanza, partieron los esposos.

Era la hora del amanecer, y la marcha del Rey del Oeste y sus acompañantes era un bello espectáculo, porque el sol naciente los iluminaba desde detrás del bosque. Los arneses resplandecían como oro rojo, el manto blanco de Aragorn parecía una llama y el morado de Legolas era un fragmento del cielo de la tarde que corría libre, mientras que el traje gris de Geniev era una pequeña nube de lluvia en busca de vida.

Antes de perder de vista, tal vez para siempre a los señores del Bosque Dorado, Aragorn se volvió y alzó su puño al cielo, una llama verde le brotó de la mano y envolvió a su familia. Galadriel supo entonces que había leído correctamente las señales del espejo y dio un paso atrás, en busca del pecho ancho y duro de Haldir.

¡Era libre!

TBC...

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 38

¿YA SOMOS TRES? EN MARCHA

“La entristecida rama
de los albaricoques
no tiembla más de frío,
pues sonríe de flores.”
Li Taipo


Elladan dejó caer la brazada de leña en el rincón junto a la estufa y suspiró satisfecho. Las señales eran claras fuera: la primavera se acercaba y, con ella, su regreso a casa, a Imladris.

Al pensar en su hogar, no pudo evitar cierto desasosiego. Ahora él era el Señor y, aunque dudaba que alguien tratara de impugnar sus derechos, se le hacía muy cuesta arriba seguir mintiendo, permanecer sin hijos solo porque… El gemelo cortó esa línea de pensamiento con un resoplido molesto. Sabía hasta dónde tensar las leyes y nombrar heredero de Imladris a un bastardo de Ellohir era imposible. Además, de que no podría condenar a su propio hijo a semejante destino ¿o si? ¡Por Elbereth que no sabía!

Estaba en el punto muerto de siempre.

El quería, no, necesitaba salir de las sombras, darle a su esposo todos los derechos, honores y comodidades, solo así estaría seguro de que el nuevo fruto de su amor no sería malogrado. Ellohir no resistiría perder otro bebé. No estaba seguro de que él mismo pudiera enfrentar una quinta pérdida. Lleno de impotencia, Elladan descargó su puño contra la pared.

–¿Estás loco?Elladan se volvió, sorprendido por el reclamo. ¿Cuánto tiempo llevaba Ellohir observándolo? No pudo preguntar, su gemelo ya estaba revisando los nudillos lesionados.
–Eres bruto como un orco –rezongó al comprobar que la piel se había levantado en algunas partes.
–Yo también te quiero –repuso Elladan bajito.

Ellohir levantó los ojos, asombrado por la respuesta. ¿Qué ocurría? Su pareja no solía ser tan clara en sus expresiones de amor sin estar absolutamente seguro de quién y dónde escuchaba –mil quinientos años de sigilo tienen su afecto. Frunció el seño, tratando de rehacer la línea de pensamiento del otro. Usualmente, lo único que ponía a Elladan tan expresivo era…

Ellohir dejó caer la mano herida y caminó hacia la ventana del salón. Ahora era él quien deseaba golpear las paredes, gritar su rabia, su odio por su propia naturaleza traidora.

–Creí que lo había disimulado bien –dijo bajito, sin volverse y al instante comprendió lo fútil del intento: dos personas no viven juntas por quince siglos sin llegar a conocerse.
–Sabía que no querías hablar de ello –explicó Elladan. –Pero no puedo dejar de sentir que…
–¡Ni se te ocurra! –le cortó el menor girándose de prisa. –No me gusta que pienses semejantes cosas, menos aún que las digas.
El mayor asintió. Aunque el asunto le inquietaba, su esposo tenía razón en que la sala de Bolson Cerrado no era el mejor lugar para discutirlo.
–Ya casi es primavera –dijo para pasar a un tema más frívolo, pero Ellohir le dedicó una mirada todavía preocupada.–¿Haz pensado que en cualquier momento nos hacen abuelos? –le preguntó, dejando claro que sus pensamientos seguían senderos similares, pero que tendía a alcanzar el extremo de las cosas.
Elladan se le quedó mirando, sin respuesta. No, no había pensado en eso. Todo el asunto de Auril había tenido un desarrollo tan breve y violento que jamás se detuvo en el detalle de que…
–Los abuelos más guapos de la Tierra Media –repuso mecánicamente, por no quedarse sin defensa.
–Pero abuelos –insistió el menor y no había humor en sus palabras. Evidentemente, ninguno de los dos podía hacerse a la idea, y de nuevo fue Ellohir quien puso en claro todo lo que le perturbaba del asunto. –Abuelos de los hijos de Legolas.

Elladan arrugó la frente, incómodo a su vez. Él también recordaba el compromiso que propusiera Halladad en el verano de 1 603, durante un período especialmente tenso con Thranduil. Lor Elrond estaba muy entusiasmado con la idea, pero el mismo Rey de Mirkwood se había ocupado de desautorizar a su heredero. Los tres jóvenes involucrados estaban más que satisfechos de que el proyecto nunca hubiera llegado a oídos del rubio príncipe. No solo porque a ellos les pareciera mal que intentaran casar a Legolas sin su conocimiento o autorización, sino porque, siendo honestos, el pequeño sinda era quien más profundo espacio tenía en el corazón de ambos hasta la llegada de Estel, pero nunca de una manera sensual. Y ahora Legolas era parte de la familia, aunque no de la manera que Elrond ni los gemelos desearan o imaginaran, definitivamente, el clan tenía cierta tendencia a salirse de la línea.

–Somos prisioneros de Vairë –concluyó.
–¿Y te molesta el modo en que tejió su red?

Los gemelos se giraron, sorprendidos por la dureza de la pregunta. Legolas estaba recostado en la puerta que daba a la galería central del agujero hobbit, los brazos cruzados sobre el pecho. Sus ojos reflejaban decisión, dureza, la fuerza que recuperaba a pasos agigantados desde su ruidosa reconciliación con Estel. Pero no era tranquilizador ver esa fuerza enfocada sobre ellos dos.

–Para nada –repuso al fin Elladan, optando por la parquedad ante la beligerante actitud del rubio.
Legolas se acercó y les miró alternativamente, luego habló despacio, como quien teme equivocar las palabras.
–Aquella tarde, cuando llegaron a Rohan con los dunedain, creí que todo estaría bien, pero cuando descubrieron lo que ocurría entre Estel y yo, inmediatamente sentí como vuestras miradas se endurecían. Estoy consciente de que nos vigilaban cuando vagábamos solos y no volvimos a tener una charla civilizada hasta el regreso a Mirkwood. Se que mucho ha pasado desde entonces, pero necesito saber ¿por qué?
Los elróndidas intercambiaron una mirada que era mitad duda, mitad vergüenza, pero el valor se impuso, al fin y al cabo, los tres eran amigos. Ellohir se acercó a Legolas y le sonrió con afecto.
–Debes perdonarnos, Hojita, actuamos como un par de viejos cascarrabias entonces. Solo vimos que Estel faltaba a su compromiso, a la palabra dada ante la familia. Inmediatamente pensamos en el honor, no en el amor, y te culpamos.
–¿Creyeron que yo le había seducido? –pregunta incrédulo Legolas y Elladan asiente.
A unos metros de él, su pareja tiene los brazos cruzados y mira la estufa, avergonzado.
–No fue hasta que nuestro padre habló con nosotros de vuestro matrimonio que comprendimos que había bastante más que lujuria entre los dos, que Estel actuaba tal y como lo habíamos enseñado.–
¡Pero hemos sido amigos desde hace más de mil años! –les reclamó el sinda. –Podrían haberme preguntado, reclamado. Todo era preferible al muro de silencio que levantaron a nuestro alrededor. Estel y yo nos sentimos tan sorprendidos y decepcionados. Con ustedes contamos desde el principio, fue un golpe duro para él, ¿saben?
Elladan suspiró, estaba realmente avergonzado de aquella actuación, pero Legolas era ya adulto, por edad y sufrimiento, sabría comprender.
–¡Oh! Dejemos de dar vueltas –dijo interrumpiendo la disculpa de su pareja. –Mira Legolas, la verdad es que estábamos celosos.
–¿Celosos?
–Si, celosos de que nos quitaras a nuestro niño. Cuando surgió su compromiso con Arwen nos costó trabajo aceptarlo, pero transamos al cabo porque nunca hubo demasiada pasión entre ellos y nosotros…

Elladan se detuvo, era la primera vez que decía todo esto en voz alta, y no estaba seguro de poder decirlo de nuevo. Durante los días en Lindon, había comprendido que su actitud no difería mucho de la del mismo Elrond años atrás, no estaba seguro de qué le avergonzaba más, haber repetido los errores de la familia o haber sido vencido por su hijo. Tomo una profunda inspiración antes de continuar.

–Nosotros razonábamos de una manera tan posesiva que preferíamos verlo casado con alguien a quien realmente no amaba mientras no se alejara. Entonces descubrimos su romance. Era demasiado, después de todo, Estel es nuestro único hijo y una relación contigo era peligrosa ¿entiendes?

Legolas asintió de manera mecánica, demasiado asombrado para decir palabra. Entendía, si, entendía muy bien la fiera defensa de lo que sus amigos consideraban una extensión de si mismos, carne de su carne, sangre de su sangre. Desde su secuestro ya no le sorprendía descubrir el lado oscuro de las personas.

–Sin embargo, fueron a cazar elfos por mí –señaló. Los gemelos no pudieron dejar de sonreír ante el hecho.
Ellohir volvió a tomar la palabra.
–Y eso es lo que nos gustaría que le contaras a nuestros nietos. Que rectificamos.
–De acuerdo –aceptó el rubio con una gran sonrisa, feliz de tener a sus amigos definitivamente de vuelta.
–¿Amigos? –trató de concluir Ellohir.
–Amigos –asintió Legolas. –No puedo estar enemistado con tan lindos abuelitos –agregó y corrió por su vida con una gran carcajada.

La primavera colmó con creces las más locas esperanzas de Sam. En su propio jardín los árboles comenzaron a brotar y a crecer como si el tiempo mismo tuviese prisa y quisiera vivir veinte años en uno. En el Campo de la Fiesta despuntó un hermoso retoño: tenía la corteza plateada y hojas largas y, aseguró Elladan, se cubriría de flores doradas en abril: era en verdad un mallorn, y la admiración de todos los vecinos.

Pero con el impetuoso crecimiento del árbol dorado, llegó también la hora de las despedidas. La guerra había terminado, y su paso había dejado largas cicatrices en la tierra y las personas –bien lo sabían los hobbits. Frodo, Sam, Merry y Pippin estaban conscientes de que Aragorn y Legolas debían regresar al sur, donde muchos años de reconstrucción les esperaban. Sin embargo, los amigos no estaban melancólicos esta vez, porque ahora todos gozaban de salud y, al menos en la Comarca, la cosecha sería buena.

Una mañana fresca de marzo, con el sol reflejándose en los charcos de la última nieve, los gemelos, Aragorn, Legolas y Geniev enjaezaron sus monturas y abrazaron muy fuerte a sus amigos y a los niños de Rosita. No hubo demasiadas palabras, porque un montón de vecinos se habían reunido para despedir al Rey. Y es que la que la idea de un soberano que abriera nuevos caminos y promoviera el comercio de yerba de pipa estaba entusiasmando de veras a los hobbits, al punto de que el Thain ya preparaba un nuevo calendario de fiestas (banquetes) en su honor.
Aragorn miró despacio a Frodo, buscando palabras para agradecer todo lo hecho por Legolas y por él en las últimas semanas, sentía que la estancia en aquel bello agujero hobbit era más valiosa que toda la Guerra del Anillo. Al fin dijo.

–Y bien, entrañable amigo, el árbol crece mejor en la tierra de sus antepasados; pero siempre serás bienvenido en todos los países del Oeste. Y aunque en las antiguas gestas de los grandes tu pueblo haya conquistado poca fama, de ahora en adelante tendrá más renombre que muchos vastos reinos hoy desaparecidos –y quitándose un anillo con una gema blanca que llevaba en el dedo del centro, lo puso en la palma de Frodo. –Cuando temas por los tuyos, manda este objeto en señal de ayuda y nada me detendrá para ayudarte.

Frodo asintió, agradecido, y se guardó el anillo en un bolsillo del chaleco con parsimonia. Luego los cinco jinetes tomaron el camino de Bree y trotaron hacia sus hogares.

TBC...