3 de mayo de 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 20

NUMEROSAS SEPARACIONES

La mañana siguiente a la boda transcurrió con una paz forzada dentro el la fortaleza del Bosque Negro. La larga fiesta había dejado agotados por igual a invitados, sirvientes y soldados. El protocolo previa tal hecho y no se suponía que nadie dejara sus habitaciones antes del medio día.

Sin embargo, el desayuno del Rey y su hijo menor fue servido al rayar el alba, pues nunca antes Thranduil o Legolas dejaron de levantarse con los primeros rayos del sol y, como pudieron comprobar los servidores, la jornada siguiente a la boda del heredero no sería diferente para ellos.

Los hijos de Maedros, encargados desde hacía quinientos años de la seguridad de los príncipes, se habían dividido en dos grupos: Feanor, Finarfin, Fingon y Fingolfin estaban apostados ante la recámara de los recién casados, mientras que Finrod, Finwe, Amroth e Ingwë seguían a Legolas como sombras protectoras. Sombras un tanto insolentes para el gusto de su padre, ya que su presencia dentro del comedor privado le impedía decirle unas cuantas cosas sobre su comportamiento en la fiesta.

Thranduil se fijó en que su hijo comía despacio y poco, tomaba los alimentos con gestos automáticos, la expresión pensativa de su semblante le inquietaba. ¿Pensaba en el humano? Seguro. Pero pronto todo eso acabaría, con el siguiente amanecer los invitados abandonarían sus tierras y Legolas quedaría en casa, a salvo de los maltratos del mortal, a su lado, seguro, en paz.

El resto de los huéspedes empezó a emerger después del medio día, Ferebrim entre ellos, pero si el teleri planeaba "encontrarse" con el Segundo Príncipe, se llevó en chasco, pues Legolas se encerró en sus habitaciones hasta la cena.

Para fastidio del Rey del Bosque, el montaraz solicitó una audiencia real para el día siguiente. Sus intenciones de alargar la estancia eran claras, pues la nota decía "una vez que su Majestad halla despedido a los invitados de la hermosa boda de su heredero". Thranduil se revolvió en su asiento, no podía desoír la solicitud del hijo de Elrond, pero tampoco deseaba darle demasiadas oportunidades al mortal de seguir proclamando su amor. Una sonrisa torcida asomó a sus labios, recordando el obsequio que recibiera la madrugada anterior. Con un gesto firmó la autorización de la audiencia, y se quedó tranquilo en el asiento, sopesando los pros y los contras de su plan. Era un buen plan, sobre todo porque los riesgos caían sobre el mortal presuntuoso. Por un momento sus recuerdos alcanzaron al rey Thingol y su desgraciado fin, pero apartó tales ideas. Ya no había silmariles, ¡bien podrían los parientes de Galadriel no haberlos tallado nunca!, ni enanos entrometidos, ni maias de hechizos inconstantes. Ahora solo quedaban su atrevido hijo y ese reyezuelo. No, él no cometería el error de Elwë Singollo: nada de dar su palabra o conceder razonables oportunidades de vencer. Elessar regresaría a su torre sin ganas de codiciar a los inmortales y con la lección bien grabada en su cabeza: los elfos se marchan, fríos y bellos, en brazos de otros elfos.

El segundo día tras la boda del heredero del Bosque Negro fue muy movido. Primero con la aparición de Halladad y Maërys, quienes se unieron al resto de la familia real para despedir a las delegaciones. Los ruidos predominantes de la jornada fueron el de los diversos embalajes y el piafar de los caballos inquietos por la partida. Los tres príncipes lucían alegres y sonrientes.

Los primeros en marchar fueron Gimli y el Rey de Espagaroth, en una lujosa balsa que recorrería el Río hasta los muelles de los famosos comerciantes. El resto del camino hacia la Montaña lo haría el enano a lomo de pony, como su padre. El orgulloso guerrero casi no podía contener la emoción de recrear el viaje de Gloin. Se despidió afectuosamente de Legolas, los gemelos y los hobbits, intercambió una respetuosa reverencia con Lord Elrond y el Rey Thranduil y cruzó algunas cortas fases en su lengua con el Rey de Gondor. Cuando la balsa soltó amarras y se dejó llevar por la corriente miro aún atrás, donde estaba parado el Segundo Príncipe y sonrió: unos pasos detrás se hallaba Aragorn, pero la distancia y los desniveles del terreno generaban la ilusión de que hombre y elfo estaban pegados, protegiéndose mutuamente, y le pareció una visión tranquilizadora. Alzó la mano y la llevó al pecho, articuló una palabra para sus dos amigos y volteó hacia el agua pardusca que golpeaba la quilla de la embarcación. En la orilla, los esposos reconocieron de sus labios la palabra "Almare" y asintieron al unísono.

Luego fueron a despedir a los que marchaban hacia Rivendel y más al oeste aún. Los hobbits estaban ansiosos por partir, y no lo disimulaban.

–Legolas, amigo, de veras espero que no te ofendas. –explicaba el Portador del Anillo a su compañero de la Comunidad.
–No te preocupes Frodo, entiendo que debes regresar a casa y arreglar tus asuntos, no sea que subasten la casa, como le pasó a Bilbo.
–Ojalá fuera eso. –Frodo miró por un instante hacia Sam, vio en sus ojos la misma inquietud que le apremiaba– Algo pasa en el oeste todavía, lo sé...
–¿La oscuridad dices? –las palabras del mediano le inquietaron– ¿Deseas que el Rey y yo te sigamos?
–¡No! –se apresuró a tranquilizarle el otro– Es algo que podemos y debemos hacer nosotros mismos. Igual que lo siento peligroso lo reconozco a la altura de nuestras fuerzas...
–Señor Frodo. –llamó Sam, Merry y Pippin le miraban impacientes desde sus monturas.

Legolas observó a sus cuatro amigos, tan diferentes a los jóvenes bonachones de un año atrás. Ahora eran verdaderos guerreros, capaces de arreglar lo que fuera que les esperase agazapado en las bellas colinas de su tierra. Dio una última mirada solidaria a Frodo y palmeó la grupa de su pony.

–Ve. –y susurró solo para el sobrino de Bilbo– Prepara habitaciones: nos veremos pronto.

La comitiva se alejó despacio, pues los corceles élficos de los gemelos y sus soldados debían adaptarse al paso de los ponys, pero al cabo sus siluetas desaparecieron entre los troncos de los árboles. Legolas estuvo ahí bastante tiempo, con una irrefrenable melancolía adueñándose de sus sentidos, hasta que una mano gruesa y tierna le estrechó el hombro. Legolas dejó caer la cabeza, de modo que su mejilla de posó sobre el dorso de aquella mano, tan áspera y sensible a la vez, la mano de su esposo. Una lágrima solitaria bajó por el costado de su nariz.

–Estarán bien. –intentó tranquilizarle el hombre, pero el Príncipe sacudió la cabeza.
–No temo por ellos, sino por ti.
–¿Qué me puede pasar? Dentro de un rato diremos a Thranduil lo que decidimos y partiremos a Minas Tirith. ¡Faramir estará feliz por la noticia que le llevas!
Pero el elfo negó despacio, sus cabellos dorados se levantaron en una súbita ráfaga de aire y alcanzaron el rostro del Rey de Gondor.
–Al verles partir lo supe: no iremos a Minas Tirith, amor. No por ahora. Hay algo en el aire... en los árboles... Esa visita que mi padre recibió tras la retirada de Halladad, contra todas sus costumbres. Los hermanos tienen razón: él planea algo.
–No me importa lo que planee, si tú me amas.

Legolas giró para estar frente a su esposo y le miró con gran intensidad.

–Solo recuerda que estamos enlazados, Aragorn, recuerda que tendremos un hijo, recuerda que no puedo vivir sin ti. Recuerda todo eso cuando te arriesgues o te hieran, porque si actúas irresponsablemente, Auril lo pagará.
–¿Se llama Auril?

El elfo asintió y se pasó una mano por el vientre aún liso. La mano del hombre se posó sobre la suya y le miró directamente a los ojos.

–Si regresé de la muerte a la batalla de Cuernavilla fue por ti, si atravesé las sendas de los muertos fue por ti, si sobreviví a la Puerta Negra fue por ti. Tu eres lo más importante de mi vida Legolas Thrandulion, así que no dudes de que venceré cualquier obstáculo para que podamos estar juntos y felices. Ahora vamos, nuestros padres nos esperan para la audiencia.

TBC...

DE LEYES Y VENGANZAS 20

Vestuario

Suspiró y dejó a un lado la delicada escultura de madera: no le parecía un regalo adecuado para Bill. ¿Demasiado tierno? No estaba seguro, pero en la habitación del economista no recordaba objetos de estilo rococó. Sus ojos vagaron por los estantes de la tienda de regalos, estaba cansado de buscar. ¿Y si le compraba un libros? No. No deseaba inmiscuirse en el mundo de Hermione.

Con expresión derrotada, el muchacho salió del establecimiento y consultó su reloj. Quedaba una hora hasta la cita en la cafetería del centro comercial con los Weasley y ninguna idea vino a salvarle.

Notó una tablilla con anuncios de rebajas y se acercó. ¿Rebajas? Pero el nombre de uno de esos sitios era insinuante "Diseños aún no soñados". Harry sonrió. No tenía idea de qué diseñaban en ese lugar, pero a Bill le agradaba lo inusitado. Torció hacia la derecha con energía.

En cuanto el moreno dejó la galería principal, dos personas se despegaron de la vidriera que fingían estudiar y corrieron hacia la curva por donde desapareciera. Uno de ellos era muy ancho, tenía la cabeza redonda y pequeña, cubierta de pelusa rubia y lacia, sus ojos eran marrones, apagados y crueles.

–Es él –murmuró como para si mismo.
El otro, un chico más delgado pero musculoso, le miró sin comprender.
–¿Qué pasa Gran D? No es más que un marica.
Los labios de Gran D se apretaron en una mueca de dolor y asco.
–Ese marica me debe algo.

Ed se asombró, pero se guardó bien de preguntar qué le debía ese marica rico a su jefe. Si alguien le debía algo a Gran D se lo debía a toda la pandilla de Privet Drive.

Gran D giró para estudiar un pequeño plano del edificio y la tablilla con los anuncios de rebajas. Observó ambos documentos con cuidado, hasta que una sonrisa deformó sus delgados y pálidos labios.

–Ve por los chicos, deben estar en la tienda de rock. Nos reuniremos aquí –señaló en el plano cierto local en reparaciones–, y cuando yo llegue, Mark debe tener la puerta abierta. ¿Entendido?

Se marchó a grandes zancadas, sin esperar el asentimiento de Ed.

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Harry entró despacio a "Diseños aún no soñados". ¡Con que era una tienda de disfraces! Vaya que tenía suerte. Bill adoraba la ropa exótica y de diseño original.

A su alrededor, los maniquíes llevaban vestidos de diversas culturas y épocas, con sus accesorios correspondientes, ¡una maravilla! Curioseó un poco en el recibidor, tomó un folleto promocional y dobló hacia el salón "De Creatividad". Como era la primera puerta, dedujo sería donde los empleados te comían a preguntas hasta transformar las más difusas ideas en proyectos concretos.

La sala era amplia, las paredes estaban decoradas con telas y pósters de colores chillones. Por todo el espacio había podios, asientos y mesas de trabajo que reunían a pequeños grupos de personas. Permaneció cerca de la puerta, a la espera de algún empleado. Mientras, estudió superficialmente a las personas que se dejaban medir sobre los pedestales y los diseñadores –uniformados en negro y oro– que se movían a su alrededor.

Reparó en ese momento en que no sabía las medidas de Bill, bueno, Molly podría ayudar en eso.

Había un montón de chicas por la derecha y en el centro… Harry se mordió los labios y dio un paso atrás, pero no pudo despegar los ojos de la rubia cabellera que ahora se agitaba en gesto de negación y molestia.

–En tus sueños me vestiré de Legionario –espetaba Draco Malfoy, descalzo sobre la plataforma de las medidas, a un turbado sastre y otra chica rubia de escultural silueta. ¿Sería Panzy?

No tuvo tiempo para seguir pensando, Draco dio una vuelta y él huyó antes de que pudiera verle. Casi choca con los maniquíes del recibidor y no registró la preocupada expresión del portero. Ya fuera, retrocedió de espaldas, temiendo–deseando que Draco saliera a reclamar por su ridículo comportamiento. Fue por eso que no pudo evitar chocar con un hombre bastante más alto y grueso.

Giró y levantó el rostro.
–Disculpe es que… –las palabras se congelaron en su garganta y el sudor cubrió las palmas de sus manos al reconocerle.
–Harry, ¡qué alegría verte! –Dudley rió de modo estridente a la vez que lo estrechaba. –Hace como cinco años, ¿no?

El moreno quiso hacer palanca con los brazos, pero el agarre del gordo era férreo. Su captor le obligó a caminar hacia el otro lado del corredor, donde cuatro patanes parecían esperarles.

–Suéltame –gruñó Harry sin dejar traslucir su inquietud.
–Creí que te gustaba. Cedric era como de mi altura ¿no?
El rostro del menor se tornó grisáceo, el de Dudley burlón. Se detuvieron junto al resto de la pandilla.
–Miren chicos, no le gusta que le recuerden a su noviecito.
–Ya decía yo que esta muñeca tenía novio –terció Ed.

Harry fue a decir algo, pero su primo la bajó un puñetazo para ver las estrellas y le empujó dentro del local. Los otros cuatro le siguieron y cerraron la puerta.

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Draco giró para que el empleado tomara las medidas de su espalda y alcanzó a ver una rebelde cabellera negra que escapaba. Estuvo a punto de llamarle, pero se contuvo.

Era Harry quien lo evitaba sin pizca de discreción ¿no? Eso sin contar las miradas envenenadas de Ronald. No tenía idea de la razón, pero no le importaba demasiado. Además, tampoco estaba seguro e que el muchacho que salía fuera Potter. Potter no tenía el monopolio sobre las greñas oscuras y revueltas.

Esperó en silencio a que el desconocido atravesara el recibidor y fuera visible a través de las vidrieras. Su corazón dejó de latir por un instante al reconocer a Harry, trastavillando con expresión asustada. Deseó prevenirle sobre el tipo de que lo miraba con odio y esperaba a que sus torpes pasos lo acercaran más. ¡Mierda! Harry parecía incómodo por el encuentro y más aún por el violento abrazo que siguió.

¿Quién era el gordo? ¿Por qué arrastraba a Harry hacia la puerta de la peluquería en reparaciones? Allí estaban cuatro tipejos más, con chaquetas verdes similares a la del gordo. Entraron al local con cierto apuro y Draco no pudo evitar fruncir los labios. Ahora solo quedaba esperar.

Se dio vuelta y fingió escuchar la discusión entre Panza y Paul sobre el color que más resaltaba sus ojos, pero Draco solo observaba de reojo su reloj y la entrada del local supuestamente vacío.

Diez minutos.

¿Dónde estaba la seguridad? Potter llevaba diez minutos en manos de cinco personas hostiles y nadie iba a tocar la maldita puerta. ¿Los habría evadido el muy estúpido? En ese caso… ¡Por la sangre de San Jorge! ¿Por qué precisamente a él?

–¿Draco?

El tono de su amiga le advirtió de que su rostro reflejaba sus inquietas meditaciones. Draco la miró como a una extraña, ¿qué hacía ahí parado? Bajó al suelo y se calzó con premura.

–Tengo que hacer algo. Si no recibes un mensaje de texto de Grabbe en diez minutos, llama a seguridad.
–Pero el negro y el rojo…

Draco no estaba para Sthendal, Panzy lo vio casi correr, seguido de su guardaespaldas, hacia la vieja peluquería. Giró para enfrentar al atónito diseñador con una sonrisa forzada.

–El señor Malfoy ha delegado en mí los elementos básicos de su traje. ¿Continuamos?

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Harry sintió que su estómago se llenaba de piedras cuando Dudley le empujó al interior del oscuro establecimiento y oyó la puerta cerrarse. Giró, adelantó los brazos para no chocar, alguien le levantó en peso y lo puso unos metros más allá. La luz se encendió y los focos amarillos iluminaron las amenazadoras pupilas de su primo, peligrosamente cerca. Retrajo el rostro en lo que parpadeaba, desorientado por el golpe y los violentos cambios de iluminación.

–¡Hey! –chilló un chico con muchas pecas. –Yo te conozco. Eres Harry Potter.

Unos gruñidos amenazadores recorrieron la estancia y el aludido comprendió que los amigos de su primo no tenían la mejor opinión de su persona.

Se concentró en Dudley.
–Déjame ir –exigió con voz calmada.
–¿Estás apurado? –repuso el gordo con tono inocente. –Es sábado, apenas las once.

Harry tragó en seco y maldijo su suerte. Había apostado con los gemelos que podía extraviar a su sombra hasta el almuerzo, y estaba seguro del éxito. Tragándose su orgullo, empezó a deslizar los dedos hacia el botón de alarma silenciosa, pero el gesto fue notado por Ed, que vigilaba su espalda.

–¿Qué buscas? –reclamó a la vez que levantaba su chaqueta.

El pequeño transmisor era visible ahora, colgando junto al celular en la estrecha cadera. Dudley los arrancó con un gesto.

–¿Ibas a llamar a esos dos maricones?
–¡Son mis padres! –gritó Harry sin poder contenerse.
El grupo estalló en carcajadas.
–Tal vez lo sean –concedió el primo. –Les gustaba hacerlo todo junto a ellos cuatro, me han dicho.

Disfrutó tremendamente la mirada dolida del moreno y se sintió un poco retribuido por toda la humillación que él y los malditos pelirrojos le infringieran. Retrocedió para apoyarse en una silla de barbero abandonada y habló muy suavemente, con cierto tono de agravio.

–No hay por qué alterarse, después de todo. Deseo tener una charla amable contigo, nada más. Es que nunca nos despedimos apropiadamente– sopesó el teléfono y el transmisor en sus manos. –Tengo la sospecha de que pueden interrumpirnos así que...

Dudley lanzó ambos objetos contra la pared, y dejó ver su más falsa cara de inocencia cuando las piezas salieron disparadas en todas direcciones.

–¡Ups! Creo que puse demasiada fuerza en el tiro, lo siento. Pero tú no lo sientes ¿verdad? Ese Sirius Black y su maridito te dan todos los gustos. ¿O me equivoco?

Dudley se incorporó y dio un par de pasos en su dirección. Harry no retrocedió, aunque notaba la humedad creciente de su espalda. Los ojillos examinaron su camisa Gucci, los jeans Levi's, las zapatillas Nike de exclusivo modelo, la chaqueta de mezclilla deslavada con forro interior de piel. Sus manos regordetas hicieron un gesto y Ed tiró de la prenda desde atrás. Se la pasó al jefe, que revisó los bolsillos con parsimonia.

El gordo dejó caer un par de recibos, la envoltura de tres caramelos de limón y una pluma estilográfica. Se detuvo en otro objeto mucho más interesante.

–Linda billetera Harry –lanzó el objeto al pecoso. –¿Qué crees Hans?
–¡Cocodrilo de verdad! –extrajo un fajo de billetes del interior y lo manoseó para hacerse una idea de su valor. –¿Ibas de compras?
–Por supuesto –intervino Ed. –Gran D lo trajo de la tienda de disfraces. ¿Ibas a comprar un traje de tirolesa para el carnaval, Harry?

Harry tragó saliva por enésima vez y se obligó a permanecer en silencio. Seguía escudriñando el sitio para imaginar algún plan de escape, pero eran cinco, maldita sea, ¡cinco! Entonces, su cerebro quedó repentinamente en blanco al sentir una mano sobre su trasero.

–¿Creen que sea travesti? –pregutaba Ed a los otros con la boca pegada a su oreja.

Se removió para apartar mano y labios, pero Ed le enlazó la cintura y lo atrajo con fiereza. Todas las alarmas se dispararon en su interior al sentir la nariz del musculitos husmear su cuello.

–¡No huele a hombre!

Dudley retrocedió hacia su improvisado trono y observó a la estrambótica pareja con sorna. Hans dejó la billetera a un lado y se acercó con genuina curiosidad. Mark y John intercambiaron miradas incómodas.

Ed mantuvo el rostro de Harry ladeado, para que el pecoso pudiera olerle el cuello.

–Huele a manzana –informó atónito este. –Seguro hasta se depila.

Hanz puso una mano sobre la cintura del moreno para dejar el vientre al descubierto, pero eso era ir demasiado lejos.

–¡No!

Harry descargó todo su peso en Ed y lanzó ambas piernas con la fuerza que seis meses de entrenamiento y diez años de horror podían imprimirles. El pecoso se dobló sobre si mismo y retrocedió varios metros. Dudley, Mark y John reaccionaron de inmediato.

Hasta ese momento, no estaban seguros de cómo actuar y el manoseo de los otros dos les estaba poniendo nerviosos, pero a los golpes sí sabían responder. El musculitos cambio su agarre para retorcer los brazos del prisionero tras su espalda, pero eso fue un error. Cuando Dudley lanzó su pesado puño, Harry no tuvo dificultad en esquivar el golpe, que recibió Ed en pleno rostro. El leve tambaleo de su noqueado captor le permitió, incluso, darle un cabezazo a Mark.

Harry no podía hacer mucho más en sus circunstancias. John atrapó su cara y la mantuvo firme para Gran D, cerró los ojos y contuvo la respiración, pero una voz que arrastraba un poco las palabras detuvo a todos.

–Ahí estás, Harry –el tono de Draco era ligeramente molesto. –Te he dicho que no me gusta jugar a los escondidos, ¿verdad?

El rubio se dirigió hacia el sitio donde Ed y John aún retenían al chico, le tomó del codo con naturalidad, luego giró para arrastrarle fuera, pero la gran humanidad de Dudley Dursley se interpuso.

–¿Qué te hace creer que sacarás a tu novia de aquí?

El rostro de Draco permaneció impasible, apenas alzó una ceja, como si recién descubriera que no estaban solo ellos dos en el local. El característico chasquido de un arma que se martilla resonó, entonces el rubio se permitió sonreír y explicar.

–Una Colt 38 con silenciador.

Gran D y sus amigos no dijeron nada más.

Draco tiró de Harry otra vez. En el trayecto a la puerta, el rubio recogió la chaqueta y la billetera. Grabbe no bajó el arma hasta que los dos muchachos y él mismo se hallaron de regreso a la galería. Cerró la puerta y le echó cerrojo con ayuda de unas ganzúas.

Harry no reaccionaba. Draco no soltó su codo hasta alcanzar una pequeña terraza cubierta, donde varios bancos de piedra y arbustos agónicos parodiaban un parque. El joven Potter se derrumbó en el primer asiento y comenzó a temblar.

Draco tomó sus manos –tenía las palmas frías y húmedas– y comenzó a frotarlas para darles calor.
–Ya pasó.
El moreno levantó el rostro: tenía los ojos turbios y desenfocados. Trató de explicar su sensación de invalidez, pero apenas pudo articular algunas palabras deshiladas.
–Ellos... Ellos querían... Nadie desde Cedric... ¿Entiendes?
–Si Harry, entiendo –¡vaya si entendía!– , pero no pasó nada.
Se acercó despacio y lo abrazó.
–Llora, déjalo ir.

Harry ocultó el rostro en la pechera de la negra camisa de seda y rompió a llorar. Dejando escapar al fin la rabia, la humillación y el miedo reprimido durante el encuentro con Dudley. El rubio se limitó a sostener su nuca y trazar círculos vagos con el dedo pulgar en la base del cráneo del moreno.

Cuando Harry se calmó y levantó la cara, tenía los párpados hinchados y la nariz enrojecida, Draco sonrió afectuoso y le tendió un pañuelo para que secara sus mejillas.

–¿Quieres hablar con tu padre?
Grabbe se acercó con un celular abierto que Harry acercó a su oído con extrañeza.
–¿Hola?
–¿Harry? ¡Gracias a los ángeles! –Remus sonaba como un hombre al que han quitado un peso infinito de encima.
–Papá yo... –la voz se le quebró y creyó que volvería a sollozar– lo siento.
–Está bien, mi niño. Más tarde hablamos de esos detalles –le interrumpió Remus impaciente. –¿Cómo te encuentras?
–Bien, Mal...

Se cortó a mitad de la palabra y miró a Draco. ¿Dónde estaba la verdad? Al rubio no le había importado que llevara dos semanas ignorándolo en Hogwarts. De alguna forma supo que estaba en un lío y fue por él. Respiró hondo y rectificó.

–Estoy bien, Draco estuvo ahí para mí.
Algo de sus confusos sentimientos debió atravesar la distancia, porque la voz de Remus se volvió confidencial.
–Los Malfoy son muy protectores con los suyos.
Harry asintió, como si su padre pudiera verlo, y logró sonreír.
–Me he dado cuenta.
–Entonces, ¿qué harás ahora?
–Ya no tengo ganas de almorzar con los Weasley, pero perdí mi teléfono.
–Yo llamo a Charlie –resolvió enseguida Remus.
–Y creo que...
De nuevo la duda congeló sus palabras, pero un vistazo a la pálida mano que descansaba sobre la suya le decidió.
–Draco y yo tenemos algunas cosas que aclarar.
–Te esperamos para la cena. Sirius lo debe saber todo ¿no?

Esa advertencia no sorprendió a Harry. Aunque no sería agradable explicar lo de la apuesta, era conciente de que no podía evadirlo.

–¿En la cena?
–De acuerdo. Disfruta lo que te queda de día.

Harry cerró el aparato y buscó los ojos de Draco, inseguro. Algo ominoso debió leer el rubio en su mirada, porque trató de apartar su mano, pero Harry se la estrechó, impidiéndole romper el contacto.

–No te vayas.
Draco desvió el rostro y sacudió la cabeza.
–Ya no me necesitas.
–Si te necesito –le obligó a girar el rostro y enfrentarlo. –Llevo tres semanas necesitándote, desde lo del Soho... Se que actué mal al decir que solo me interesabas por la familia de Sirius y te pido disculpas por ello. Luego me escudé en un par de rumores para evitarte porque trataba de olvidar, pero no pude. No puedo ni quiero dejar de pensarte, dejar de verte antes de dormirme y al despertar. Yo nunca... Nunca sentí algo como esto y me asusté, ¡me asusté tanto! Todavía tengo miedo, pero es miedo de perderte. Quédate y bésame Draco, dame la oportunidad de...

Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Oportunidad de qué? Las palabras había surgido sin orden en su interior y ahora estaba como al inicio: inseguro y nervioso. Reaccionó al sentir que unos dedos gentiles le acariciaban la mejilla. Draco sonreía un poco y sus ojos brillaban, divertidos.

–No podrás ser político –no esperó respuesta del turbado moreno. –Pero tienes suerte, los políticos no son mi tipo.

Abrió la boca para responder, pero Draco le impidió hablar al inclinarse hacia sus labios con algo dulzura, con algo de miedo, con algo de desasosiego. Solo fue un roce y luego un mordisquear el labio inferior muy suavemente. Entonces el otro adelantó la lengua y penetró en la húmeda cavidad del rubio muy despacio, la otra lengua le respondió al punto y ambas danzaron.

Harry se separó y dio varias bocanadas para recuperar el aliento. De algún modo estaba abrazado a Draco, apoyando la barbilla en su hombro. Se separó un poco para observar el rostro del otro: tenía las mejillas arreboladas, los ojos entrecerrados y la respiración trabajosa. Simplemente irresistible.

–Y... ¿somos novios?

Draco le miró con extrañeza. La pregunta sonaba tan inocente que golpeaba. Se sintió incapaz de emular tal sencillez, pero lo intentaría.

–Nunca antes tuve novio –confesó.

La faz de Harry se endureció a la vez que asentía, y él supo que recordaba la referencia a Evan Rosier en el Pettit Eiffel, pero eso era solo un fragmento. Se levantó y tiró del brazo del moreno con decisión.

–Vamos a otro sitio. Hay que poner algunas cosas en claro antes de seguir con esta... relación.

Harry le obedeció y caminaron en silencio entre la confusión de los pasillos. Estaba exhausto, pero sabía que su día aún no acababa. Salieron al parqueo y abordaron el Rolls Royce de los Malfoy.

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Ginny llegó sin aliento a las puertas de cristal, su melena rubia platinada ondeaba tras ella, arrancando miradas de envidia en algunas personas. Parapetada tras un carrito de perros calientes, vio a los dos jóvenes abordar el imponente auto negro. No cabía duda de lo que ocurría tras seguirlos por medio centro comercial tomados de la mano, ajenos a las miradas de molestia o admiración de los transeúntes.

La menor de los Weasley maldijo por lo bajo y se encaminó a la cafetería. Allí le esperaban Ron y Hermione, Fred y Parvati, George y Padma, Charlie y Deacon.

–Que bueno que llegas Ginny.
Charlie hizo una seña al camarero en lo que ella dejaba sus bolsas de compras en el suelo y tomaba asiento.
–¿No vamos a esperar a Harry? –saltó Ron.
Ginny fue a decir lo que había visto, pero Deacon puso la carta en sus manos y respondió en tono terminante.
–Remus le ordenó regresar a la casa, los de seguridad reportaron anomalías –miró significativamente a los siameses.

La pelirroja apretó los labios. ¿Sabía Remus quién llevaba de regreso a Harry? ¿No sería esa la "anomalía"? ¡En fin! Confiaba en poder verlo en la noche mientras jugaba ajedrez con Ron y averiguar más.

Comió despacio, ajena a la charla de fútbol y premios Emmy a su alrededor y decidió que vestiría de blanco esa noche. Era hora de introducir contrastes en el vestuario.

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En el interior de la amplia cabina trasera, Draco se sacó la chaqueta y se sentó de frente a Harry.

–Voy a pedirle a Grabbe que de vueltas por la ciudad en lo que hablamos. Cuando termine mi historia, podrás decidir a dónde ir, ¿de acuerdo?
–De acuerdo –asintió el moreno, a la vez que atrapaba las delgadas manos entre las suyas.

Ahora eran las palmas de Draco Malfoy las frías y húmedas.

TBC...

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 19

UNA NOCHE INSTRUCTIVA

La noche descendió sobre el Bosque, en medio de las copas y la música, más de un invitado calló desmayado por el exceso de bebida. Entre los que debieron se cargados hasta sus habitaciones estuvieron Merry y Pippin, aunque primero deleitaron a todos con una de las canciones de taberna menos heroicas que alguna vez se compusieran en la Comarca. Gimli también se retiró a dormir, así que, para cuando Maërys y Halladad se levantaron con toda formalidad para dirigirse a la Cámara Nupcial, solo quedaban cuatro miembros de la Comunidad en pie: Aragorn, Legolas, Frodo y Sam.

Siguieron a los esposos entre vítores y votos de felicidad, pero los hobbits no dejaron de notar que algunas personas se mantenían en un torvo silencio. Después de la despedida la mayoría regresó al pabellón, pero el Príncipe llevó a sus amigos por otro sendero, oculto entre las sombras, luego a una escalera y, finalmente, a una terraza dentro de la Fortaleza, cercana a las habitaciones que ocupaban, pero hasta ahora desconocida para el Portador del Anillo y su fiel compañero. Legolas indicó unos asientos cerca de la baranda y una mesa con manjares fríos, vino y refrescos.

–Les traje acá, porque adivino en el rostro de Frodo agotamiento, pero no sueño.

–Estás en lo correcto Príncipe, la herida del Espectro me ha molestado toda la tarde, pero mi espíritu está aún dispuesto a la compañía agradable y las dulces palabras.

Legolas y el Rey se dirigieron a un amplio butacón, donde el hombre tomó asiento para recibir en su regazo a elfo. Sam tragó en seco ante tamaña muestra de intimidad, pero tomó de la mano a Frodo y le obligó a ocupar un sofá frente a la pareja.

Con el mismo sonido de las hojas que caen entre los árboles, apareció entonces uno de los hermanos de Maërys. Frodo sintió que el pelo se le erizaba, pues la presencia de uno de aquellos singulares elfos era más tolerable entre la multitud que en la relativa soledad de aquel sitio. Bajo su mano pudo percibir la agitación de Sam, cuya piel no recuperó el calor hasta que el elfo hubo desaparecido entre las sombras de nuevo, tras un simple intercambio de miradas con Legolas.

La máscara inexpresiva del Príncipe de Mirkwood se enfocó de nuevo en los Medianos y alcanzó a reconocer los últimos signos del breve terror.

–¿Te asustan? –preguntó sin preámbulos. El Portador asintió, pero le pareció una reverenda descortesía no tratar de explicarse.

–Su manera de moverse no es ligera, sino sigilosa, y los labios y ojos están constantemente apretados, como vigilando algún oscuro secreto. Son bellos, sin dudas, pero su belleza es más contradictoria que la de ustedes: descansa en la singular armonía de unos rasgos que no son delicados, ni etéreos. Son más bajos y musculosos que cualquier otro eldar que haya visto, y su color les hace parecer... muertos. Cuando vi a Maërys pensé que se trataba de maquillaje, pero no, ellos son distintos a ustedes, sus pieles no son de alabastro, sino color hueso.

Aragorn asintió, eran los mismos temores que lo asaltaron al descubrir el clan.

–La primera vez que los ví, –confesó de repente el hombre– pensé que se trataba de toscas estatuas de héroes difuntos, –concluyó– fantasmas de un pasado que ni siquiera alcanza a ver Lord Elrond.

Legolas se encogió de hombros ante los comentarios de hobbit y su esposo.

–Supongo que yo no puedo asustarme porque les conozco desde mi nacimiento, pero debo admitir que, de pequeño, me inquietaba su color.

–¿Y sabes a qué se debe?

–La repuesta es tan simple que ya la debes haber pensado tu, mi querido Sam, pero la desechaste: ellos no son eldar.

–¡¿Que no son elfos?!

Los ojos del Príncipe no dejaron traslucir ninguna emoción.

–Dije que no son eldar, sin embargo, son elfos.

–Pero entonces... –Sam se ha quedado sin palabras, pero Frodo le interrumpe golpeado por la remota posibilidad.

–¿Dices que ellos son avari?

El sinda asintió, para asombro del Portador e inquietud de su sirviente.

–¿Qué es un avari?

–Los avari son los elfos que nunca quisieron abandonar la Tierra Media. Nada se dice de ellos en las Crónicas, excepto que permanecieron en las zonas orientales, mientras que la mayoría de los Primeros Nacidos partía en el primer viaje a Valinor, esos fueron los eldar. Se supone que murieron lentamente, con el avance indetenible de Melkor. ¿Correcto?

–Veo que aprovechaste tus horas de descanso, Frodo. Pocos hay hoy que siquiera recuerden esa palabra.

–Gracias Majestad, pero temo que Legolas solo me ha intrigado más. Por favor amigo, no juegues a los acertijos y nárranos esa singular historia.

–De acuerdo. Lo que les narraré debe quedar en estricto secreto, pues hay muchos en el Bosque que prefieren pensar que Maërys y sus hermanos son solo un poco diferentes, reconocer su origen implica admitir una afrenta terrible a todos los Primeros Nacidos, y varias faltas a la verdad en las Crónicas. Comienza hace unos 1800 años, antes de que yo naciera.
"Fue en primavera, en los límites del sur del Bosque, los vigías divisaron una extraña comitiva que se acercaba a los árboles. Eran ocho figuras, cuatro de ellos llevaban una litera tosca, donde descansaba un noveno, los restantes iban armados hasta los dientes. Se movían bastante rápido, como perseguidos, y, en efecto, los guardias descubrieron, un poco más atrás, una columna de orcos. Ellos no estaban seguros de quienes se trataba, pero el jefe del puesto era muy generoso, y decidió enviar una partida para salvarles.
"Cuando los servidores de Saurón se vieron en desventaja numérica huyeron, los viajeros fueron conducidos al puesto de guardia e interrogados, pero no hablaban ni sindarín, ni la lengua común del oeste. Sin embargo, su lenguaje era fluido, familiar a los oídos de los soldados, aunque interrumpido a menudo por palabras toscas y guturales. Al fin, el escriba de la tropa intentó hablarles con sus rudimentos de quenya, y funcionó. Resultó que los nueve se comunicaban con un dialecto derivado del quenya y corrupto por la lengua negra.

–¿La lengua de Mordor?

–Si Frodo, de Mordor habían escapado y, tras diez meses de peregrinar, habían llegado hasta el Bosque Negro. Nadie podía creerlo, si hablaban quenya tenían que ser elfos, pero eran bajos, de rostro tosco y color hueso, nada que ver son los eldar. Los enviaron ante mi padre con una fuerte escolta, aunque nunca intentaron alejarse de los guardianes. El Rey los recibió con desconfianza. El noveno, el que viajaba en la litera, era el padre de los ocho restantes y habló por todos: Se presentaron como los sobrevivientes de un grupo mayor que huía en busca de eldars, el nombre del padre era Maedros, y sus hijos se nombraban: Feanor, Finarfin, Fingon, Fingolfin, Finrod, Finwe, Amroth e Ingwë. Habían escapado de una Comunidad Cerrada de elfos cerca del Mar de Rhun, dijo, donde habían nacido sus padres, él, sus ocho hijos y varios centenares de elfos más, bajo la vigilancia de muchos firimar amables. Pero un día los firimar empezaron a morir misteriosamente, y fueron sustituidos por orcos que no eran amables y torturaban a los elfos por placer y abusaban de los más jóvenes.
"Maedros estaba muy atrasado en historia. Preguntó quién reinaba en Númenor y explicó a mi padre que, aunque temía mucho la idea del mar, comprendía que no podía quedarse a vivir con sus hijos en un puesto de avanzada militar, y que solo deseaba orientación para alcanzar las Montañas Grises y Lindon, hasta ponerse bajo la protección del gran Gid–Galad.
"Se imaginarán que tales declaraciones hicieron intrigarse a más de uno. ¿Comunidad Cerrada cerca del Mar de Rhun? Eso es puro Mordor, ¿cómo pudieron sobrevivir, cómo no murieron de tristeza? Y las diferencias físicas eran demasiado notables, Thranduil temió una trampa. Sus hijos fueron interrogados por separado: la historia coincidía en cada detalle, incluso el pequeño Ingwë, con solo cuatrocientos años, recordaba, con una escalofriante serenidad, las muertes de los amables mortales. Hacía mucho que se sabía de los esclavos humanos de Mordor, pobres seres condenados a vivir bajo la sombra, o morir a manos de los orcos. Los elfos preferían pasarlo por alto, pretender que no había nada hacia el oriente, más allá de Eriabor, pero Maedros y sus hijos eran la prueba de que la esclavitud podía ser tan sutil como para permitir la vida de toda una Comunidad élfica. Si había eldars presos en Rhun, era perentorio salvarles. Pero el patriarca logró tranquilizar las conciencias: la Comunidad no existía ya, pues, los que no escaparon, decidieron inmolarse enfrentados a los orcos, y ellos nueve no eran eldars, sino avari.
"Nuevos conciliábulos y carreras en los archivos. ¿Avaris en la Tercera Edad del Sol? Los avari eran leyenda ya en las Edades de las Estrellas. Si eran avaris, eso explicaba sus diferencias físicas, notables, aunque no radicales, significaba también que, durante milenios, su sangre se había adaptado para vivir bajo la sombra de Saurón. Pero ya no se pudo preguntar más por un tiempo, pues a Maedros se le presentaron los dolores de parto.

–¿Parto? –Sam mira al Príncipe fascinado– ¿Maedros no era un elfo?

–Si, un Elfo Elegido, así llamamos nosotros a los varones capaces de llevar una vida dentro. –Legolas bajó los ojos– Se considera un gran honor, el don supremo de los Valar.

Aragorn no pudo contenerse más y besó una de las manos de su esposo con devoción, luego, con la mirada, le instó a continuar. El Príncipe suspiró y volvió a concentrarse en la historia.

–Maedros tenía casi 4000 años, pero no parecía preocupado por el alumbramiento. Feanor, Finarfin, Fingon, los mayores, se encerraron con él y le atendieron. Los otros cinco montaron guardia en la puerta de su habitación, no permitieron que ningún sanador entrase. En cambio pidieron al Rey que asistiera, como prueba de confianza. Mi padre tomó a Maërys en sus brazos a minutos de haber nacido y conmovido, aceptó a toda la familia sin más preguntas.
"Una vez que se pusieron al día en la historia, el patriarca juzgó como una señal de los Valar haber topado con la frontera sur del reino y prohibió a sus hijos alejarse, a no ser para proteger su propia sangre.
"Hay cosas en las cuales no lograron adaptarse, como la barrera de la lengua y esa tensión que ves en sus rostros, es el silencio persistente sobre su vida anterior. Solo Maërys habla fluidamente el sindarín, sus hermanos prefieren, cuando están en público, mirarse o soltar interjecciones. Son hoscos y, desde que Maedros murió en una escaramuza con orcos, hace 100 años, se han encerrado más en sí mismos.
"Sé lo que estás pensando Frodo, y es cierto: serían capaces de matar a Halladad sin pestañear si daña a su hermanita, pero eso está fuera de toda posibilidad. Maërys ama a mi hermano, y eso significa que ellos le seguirán hasta la muerte. Justo ahora, son ellos quienes vigilan nuestras habitaciones y esta terraza.

–Entonces hay un límite a su fidelidad –comentó meditabundo Aragorn– Ni siquiera por Halladad dejarían estos árboles.
–No. En efecto, su padre les prohibió dejarlos, solo por Nimrodel considerarían salir.
–¿Nimrodel?
–Si amor, la hija perdida de Maedros. Era la gemela de Amroth, pero los orcos se la llevaron, la arrancaron de los brazos de su Ada, suponen que para venderla como esclava en el Sur.
–¿El Sur, quieres decir Harad?

–Ellos mismos no lo saben. Fingolfin obtuvo algunas informaciones de un orco suelto de lengua antes de la rebelión, pero luego no pudieron ir al sur, sino hacia el oeste. Maedros no deseaba que ningún hijo se arriesgara por gusto. Su plan inicial era dejar a los más pequeños bajo el cuidado de alguien y partir con los tres mayores a buscarla, pero luego descubrió que esperaba una décima criatura y eso hizo el viaje más lento. Para cuando llegaron acá y entendieron cómo marchaba el mundo, mi padre le aconsejó quedarse, pues, en verdad, las posibilidades de que ella sobreviviera eran pocas.
"Dicen que fue la única vez que Feanor y Finarfin discutieron una orden de su Ada, pero se resignaron al verlo llorar. El tampoco deseaba renunciar a Ninrodel, pero estaba Maërys, recién nacida, y estaban Amroth e Ingwë, necesitados de cuidado; y ya no había grandes reinos élficos, sino pequeñas islas de magia eldar. En cambio, los poderes oscuros volvían inseguros los caminos. El viejo se quedó con aquella espina clavada por siempre. El clan de Maedros nunca ha vuelto a salir del Bosque Negro.

Quedaron en silencio un rato, y Sam reparó de pronto en unos ojos negros fijos en los suyos, no se trataba de una estatua, sino de uno de los perturbadores avari. El elfo se hallaba tras el butacón de la pareja real, quieto como piedra.

¿Desde cuándo le observaba? ¿Habría oído la historia? ¿Le molestaría que revelaran a dos extraños su pasado? Todas esas preguntas se amontonaron en su cerebro, pero optó por callar.

Legolas no se tomó el trabajo de girar la cabeza para conversar con el nuevo invitado, tan solo habló en quenya, dejando a los medianos fuera.

–¿En que te podemos ayudar, bello Finwe?
– Feanor quiere hablar con Aragorn.


La sorpresa se hizo patente en el rostro de los esposos, Legolas no pudo contenerse y se levantó para enfrentarse al mensajero.

–Creí que mi esposo ya había dicho todo lo que queríais saber sobre el Sur.
Pero el rostro del menor de los hermanos es una máscara de piedra.
–Feanor quiere hablar con Aragorn –repitió– y debe ser antes del amanecer. Yo llevaré a los medianos a dormir y luego me reuniré con ustedes.

Entonces el Príncipe de Mirkwood recordó que, para los avari, Aragorn significaba Aragorn y Legolas, ya que estaban unidos, así como Feanor implicaba a los ocho. Faltaba poco para la salida del sol, debía apresurarse, si se trataba de lo que temía... Se volvió hacia los hobbits con una sonrisa.

–Amigos, los deberes nos reclaman al Rey y a mí. Finwe los escoltará a sus habitaciones. Les ruego me disculpen por esta despedida apresurada, indigna de la hospitalidad del Bosque.

TBC…

DE LEYES Y VENGANZAS 19

Peluquería

Las muchachas tomaron sus bandejas y se alejaron del mostrador. Movieron las cabezas aun lado a otro, buscando un par de asientos disponibles en el gran y atestado comedor.

–Mione, Ginny, ¡por acá! –la melena pelirroja de Ron sobresalía entre la multitud, cerca de las ventanas.
Ellas hicieron señas de que le habían reconocido y avanzaron.

En la mesa estaba reunido ya casi todo el ED, solo faltaban Seamus y Dean.
–Hola –saludó la castaña.
–Hola –dijo la menor de los Weasley al sentarse.
La respuesta fue un gruñido generalizado, casi todos tenían las bocas llenas.
–Tardaron –comentó al fin Hanna Abbot.
Mione asintió entre bocado y bocado.
–Queríamos dejar todo listo para dedicar la tarde completa a lo nuestro –sacó de su bolsa un disquete de computadora y lo tendió a Ron. –Este es el Laboratorio de Física, imprímelo y déjalo en el buzón de McGonnagal antes de irte. ¿De acuerdo?

Su novio asintió vigorosamente mientras tragaba algo rojo y verde. Ella entonces extrajo un folleto en colores y una pluma, se dedicó a revisar su contenido y hacer marcas mientras comía.

–¿Aún no lo completas? –reclamó Hanna.
–Te dije que estaba en la biblioteca, entre lo de Física y ayudar a Ginny se me fue el tiempo. –hizo un gesto para quitarle importancia al asunto– Lo termino en lo que llegamos al postre.
–Pues yo lo completé anoche –comentó la pelirroja–, no me gusta rellenarlo al descuido.
–¿De qué hablan? –intervino Ron y alzó la cabeza para tratar de leer las inscripciones del folleto.
–Es un cuestionario para la peluquería –dijo la castaña sin levantar los ojos.
El contempló el texto intrigado.
–Pero, amor, eso tiene como diez páginas. ¿Es un cuestionario o una historia clínica?
–¡Ron, a veces eres tan primitivo! –rió ella– Esta tarde la pasaremos en el Centro de Belleza del Desires ¿recuerdas? Es un sitio donde atienden tu salud y estética de manera integral, por tanto, cuando reservas te dan un cuestionario sobre lo que deseas y lo que padeces, para evitar episodios de alergia y similares.

Ron se encogió de hombros y sacudió la cabeza, incrédulo de que tantos detalles fueran necesarios para lavarse el cabello y hacerse manicuri. Varias chicas de la mesa rieron, al parecer divertidas de su expresión. El giró hacia Harry para cambiar de tema y conjurar la burla.

–Y bien amigo, ¿cómo te fue ayer?
Harry le miró algo extraviado, tardó en contestar.
–Bien.
Hermione y Ginny levantaron las cabezas, curiosas.
–¿Solo bien?
–Pues –el muchacho pareció desconcertado ante la castaña. Fue lo que habías dicho Mione: los Black son una partida de idiotas y Sirius hizo bien en dejarles.
–Yo no dije eso, Harry.
–¿No?
–No. Yo lo dije –intervino Ginny.
–¡Ah! Bueno. El hecho es que tenías razón.
La menor de los Weasleys asintió, pero siguió observando al moreno.
–Oye Harry, ayer en tu cena con Malfoy ¿lo… presionaste mucho?
Mione levantó la cabeza de su folleto y lanzó una mirada escrutadora a su compañera.
–¿Pasó algo?
–Creo que si –admitió ella dubitativa.
–¿Se puede saber de qué van ustedes dos? –demandó Ron.

Pero la pelirroja consultó con los ojos a la otra chica y solo habló tras el leve asentimiento de cabeza de esta última.

–Creo que volvió a golpear a su novia.
–¡¿Qué?!
Ginny empezó a hablar de prisa, como avergonzada de lo que decía.
–Panzy, su nombre es Panzy Parkinson. Ella es la chica de Malfoy. Está en sexto, pero coincidimos en el curso de enfermería. Es muy amable, pero no comparte tareas ni hace trabajos en equipo con nadie. Esta mañana llegué tarde y la vi en los vestidores, tenía los brazos llenos de morados y arañazos.
Harry se le quedó mirando sin palabras.
–Siempre supe que no era de fiar –comentó Ron.
El otro muchacho asintió, inseguro de si era suficiente para que Ginny dejara de mirarlo. Al parecer no lo era. Decidió usar el truco del reloj y bajó levemente los párpados.
–¡Wow! Se me hace tarde para Latín. Bueno chicas, que la pasen bien en la peluquería.
Fue a levantarse, pero la voz de Hermione le detuvo.
–Harry ¿no vamos a hacer nada?
–¿Hacer?
–¡Harry! –exclamó impaciente la castaña– Por Panzy, por supuesto.
El se encogió de hombros.
–Pues no lo se Mione, después de todo, ella no tiene once años ¿verdad?

No esperó para contemplar las expresiones de indignación en Hermione, asombro en Ron y extrañeza en Ginny. Harry se perdió entre la muchedumbre vocinglera del comedor en busca de la salida.

Ya en el camino hacia el salón de Latín, suspiró con algo de dolor. La cabeza comenzaba a dolerle por la prolongada y frenética lucha que desde la noche anterior le consumía. Ahora encima debía tratar de conciliar sus ya contradictorias imágenes de Draco con este nuevo elemento. Aquellos grandes ojos, profundos como lagos de montaña, se animaban con ternura, miedo, furor o lascivia y le perturbaban mucho, fuera dormido o despierto. Y en el almuerzo, cuando apenas empezaba a enfocarse en la odiada clase de Latín, Ginny le metía otra vez el diablo en el cuerpo.

"novia" "golpear" y "volvió" eran las palabras claves en este asunto.

Novia: ¿Tenía Draco novia? ¿Por eso se había avergonzado de besarle? En cierto momento de la noche anterior, después de darle muchas vueltas, creyó que Blaise era su novio. "El no existe ¿entiendes? ¡No existe!" había dicho el rubio frenético y dedujo que trataba de protegerse. También podía ser que jugara con ambos a la vez… La idea le pareció repulsiva.

Golpear: ¿Para desquitarse de lo sucedido en el restaurante? Si el Petit Eiffel había sido un cóctel de humillaciones para Malfoy, era lógico que al llegar a un ambiente seguro descargara su frustración en algo, o alguien. Había reconocido en Drago esa mirada cerval, la misma que veía en su espejo antes de que Sirius y Remus le salvaran. Le habían golpeado en la calle, así que él, a su vez, golpeaba al llegar a casa. Otra vez lógico… y repulsivo.

Volvió: ¿Era todo ello usual, eventual, accidental, consensual? Tal vez estaba ello relacionado con el odio de Justin Finch-Fletchley, un tipo chapado a la antigua en eso de a quién se le levanta la mano. La ambigua frase del rubio en el baño "Viejas historias de faldas" adquiría sentido ahora. Draco no necesitaba mucho para salirse de sus casillas, lo sabía, y eventualmente... Demasiado especulativo. Si seguían juntos, tal vez fuera porque ella se excitaba con los golpes. Si. Tal vez Panzy y Draco practicaban Sadomasoquismo. Los tres se golpeaban mutuamente en interminables orgías de sangre y sudor donde él no tenía cabida. La imagen era casi dolorosa y de nuevo repulsiva.

Repulsivo. El denominador común de toda la historia era un simple adjetivo que dejaba muy claras sus siguientes acciones.

Draco Malfoy era un ser falso y repulsivo. Esa y no otra era la razón por la que no se salía de su mente. El horror perturba, se adhiere como una goma de mascar usada. Ahora que comprendía que estaba fuera de su alcance, dejarlo atrás no sería difícil. Sirius lo había logrado ¿no?

Harry respiró hondo antes de empujar la puerta del salón de clase de Madame Sprout. Tenía por delante tres horas de Latín. ¿Podría su vida ser peor?

En el semáforo de Picadilly Circus, Hermione desvió la atención del tráfico para enfocar a su amiga, que rellenaba afanosa una hoja complementaria de su folleto Desires.
–¿Se te olvidó algo?
–No –replicó ella sin levantar la vista–, cambié de idea respecto a algo –Ginny cerró el cuaderno de un manotazo y la miró fijo. –¿Tú crees que el rubio me siente?
Mione movió la palanca de cambio y aceleró. Sonrió un poquito triste.
–Creo que necesitas un punto de vista femenino para eso.
Miró a través del espejo retrovisor hacia la parte trasera de la camioneta, donde charlaban el resto de las chicas del ED.
–Oye Hanna, ¿crees que a nuestra Pippa Mediaslargas le siente el rubio?
La aludida les miró entre pensativa e intrigada.
–¿No te ibas a dar un castaño claro Ginny?
–Si, pero he visto un lindo color en el catálogo y lo quiero probar –la pelirroja entrecerró los ojos, soñadora. –Se llama rubio plata, es una mezcla de gris, azul y blanco simplemente… excepcional.

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 18

DONDE MAS DE DOS PROMETEN FIDELIDAD

–Esta vez, todo se hará de acuerdo con la tradición: junto al río, bajo la luz del sol.

La voz de Legolas es baja y alegre mientras explica a Frodo los detalles de la ceremonia a la que se dirigen.

–¿Por qué es tan importante el sol? Yo esperaba que las bodas élficas se oficiaran bajo las estrellas.

–El sol iluminará el corazón de los contrayentes en esta vida, las estrellas les guiarán en su camino a las Estancias de Mandos, cuando llegue el momento. –ante tal acertijo Frodo resopló por lo bajo y buscó paciencia muy adentro.

–Entiendo. Por eso tu... nuestra "reunión" de aquella noche, agitó tanto a Lord Elrond y a Estrella de la Tarde.

El Príncipe asintió en silencio, teme mencionar siquiera el tema sin estar seguro del paradero de Ferebrim.

Van caminando hacia el muelle por el exterior de la fortaleza, el mismo muelle desde donde saltara Bilbo sesenta años antes. A su alrededor se arremolinan los invitados, todos con complicados trajes de ceremonia. Sobre el agua se ha improvisado un ligero puente de juncos decorado con hiedra y flores de brillantes colores. Para los participantes se colocaron estrados en la orilla correspondiente al palacio, del otro lado hay una tienda donde esperan los prometidos, testigos y oficiantes.

Legolas se separó de su amigo para ir a sentarse en el centro, delante y un poco menos elevado que Thranduil.

Todo el lado derecho del estrado correspondía a los invitados de diversas regiones, y el de la izquierda a los parientes, así que el Segundo Príncipe se alegró al ver a los ocho hermanos de Maërys a su alrededor, aislándole de Ferebrim y los primos de Lindon. Desde su sitio observó a los otros miembros de la Comunidad, ligeramente envarados por el protocolo, tras tantos meses de viajes accidentados y repentinos combates.

Frodo trepó hasta su silla con dificultad, apoyado en Sam para mantener el equilibrio, al fin se sentó al lado de Aragorn y el antiguo jardinero ocupó el asiento en el nivel inmediatamente inferior, delante suyo y a la derecha de Pippin; al otro lado ya le esperaba Merry, con el uniforme de los jinetes de Rohan, y a su espalda Gimli, con una brillante coraza y el hacha de doble filo especialmente limpia.

A la izquierda del esposo de Legolas estaba su padre adoptivo, y debajo de él los gemelos. Lord Elrond, Señor de Imladris, nieto de Beren y Luthien, lugarteniente de Gid–Galad en la Ultima Alianza, era el invitado más importante de la fiesta, y ello estaba refrendado por su cercanía al asiento del Rey.

Legolas estudió detenidamente a Frodo: el sudor cubría su rostro y respiraba pesadamente, aunque solo había caminado unos metros. Tras secarse la cara con un pañuelo, el hobbit se presionó el hombro y apretó la mandíbula, como si intentara contener un dolor. Conque se trataba de la herida de la Cima de los Vientos, extraño, muy extraño. Sus ojos buscaron los de Aragorn en silencio, comprendió que el Rey también había reparado en la recaída del Portador y que las sospechas de ambos iban por las mismas direcciones.

Legolas sabía que tan repentina debilidad solo podía causarla la cercanía de otra hoja de Minas Morgul. Cualquier tipo de arma, con magia similar a la daga del Rey Brujo de Angmar, podría irritar la herida siempre abierta de Frodo. Evidentemente, el poseedor estaba sentado entre ellos, y aquel objeto maldito estaba oculto entre sus ropas. Pero ¿por qué llevar una hoja de Mordor a la boda de su hermano?

Para el Príncipe se acabó la tranquilidad: sintió como su cuerpo empezaba a tensarse ante la posibilidad del peligro y, en silencio, lamentó haber dejado arco y carjac en sus habitaciones, por suerte nunca se separaba de las dagas gemelas.

Aragorn, que no despegaba los ojos de Legolas, sonrió satisfecho al reconocer su discreta manera de aprestarse a la batalla. Apretó el puño sobre Anduril y se inclinó hacia su padre con fingida ligereza.

–Algo anda mal aquí.

El medio–elfo sonrió a su vez y extendió el borde de la capa hacia su hijo, cual si le explicara un detalle del bordado.

–Lo sé, ver el estado de Frodo es suficiente.

–¿Qué hacemos?

–Vigilar. Tal vez el dueño solo desea evitar que los sirvientes la descubran mientras asean las habitaciones.

Aragorn arqueó las cejas sorprendido: esa posibilidad era nueva para él. Elrond explicó su idea al sorprendido Rey.

–Entiendo que, para los de Lindon, una hoja de Morgul sea algo así como una reliquia maravillosa. Esos niños podrían no estar concientes de su significado y poder cabal.

–No por idiotas dejan de ser peligrosos. –repuso un tanto aliviado, pero aún molesto– Acabaron con la paz de mi esposo.

Los ojos de su padre relampaguearon de furia ante tal indiscreción.

–¡No vuelvas a usar esa palabra! Estas entre elfos Estel, no con esos sordos de tus cortesanos.

–De acuerdo, padre, de acuerdo. Pero aún así... ¿Quién traería semejante objeto al Bosque?

–Tal vez alguno de los escoltas del Rey de Spagaroth, los hombres son dados al pillaje. Y luego la ha vendido a uno de los muchachos de Círdan.

A Elessar le costaba cada vez más aparentar calma y felicidad ante las deducciones de Elrond. Nunca había apreciado demasiado a los súbditos de Círdan, cuyo valor parecía haberse agotado en la lejana, e inútil, Batalla de Fornost. Pero el portar una hoja de Minas Morgul, con intenciones agresivas o no, en una fiesta, era algo que superaba cualquier cota de insensatez conocida.

–¿Y solo lo habremos notado nosotros?

–Difícil saberlo. No todos aquí saben que la herida de Frodo fue inflingida por el mismísimo Rey de Angmar, ello es especialmente aplicable a los de Lindon. Te digo que todo es producto de la ignorancia.

Estas palabras, acompañadas de una tierna mirada, acabaron por tranquilizar al Rey de los Hombres. El diálogo se interrumpió justo a tiempo, porque ya el oficiante elevaba sus ojos al cielo para invocar la anuencia de los Valar en el enlace.

El resto de la ceremonia transcurrió sin sobresaltos, aunque siempre hubo algo para las anécdotas del futuro: para demostrar su ansiedad, el Príncipe Heredero levantó el velo de la novia antes de que el oficiante lo ordenara, de ese modo, Maërys pronunció sus votos con la cara descubierta, como si se tratara de un enlace entre simples elfos del campo.

Thranduil torció el gesto ante tal ruptura del protocolo, pero en lo más profundo de su corazón lo había previsto. Se revolvió incómodo, ¡en fin! Los jóvenes olvidan los significados ocultos de las tradiciones, corresponde a los viejos recordar. ¿Viejo? ¿Desde cuando pensaba en sí mismo de esa manera? Tal vez desde que empezara a soñar con el mar y escogiera esposo para Legolas. Sí, una vez que casara a Hojita Verde todo estaría terminado para él en la Tierra Media. Consideró la posibilidad de reclamarle al hijo el espectáculo, pero un vistazo a la pareja, que se acercaba a completar el rito con su bendición, apartó tal idea. Tanto Halladad como Maërys parecían satisfechos y eso era lo importante. ¿Acaso fuera, incluso, lo más importante?

Descendió despacio los escalones hasta hallarse frente a ellos. La respiración entrecortada de Maërys casi lo hace reír. Seguro la pobre chica aún temía que todo fuese un sueño. Puso una mano en la cabeza de cada contrayente y elevó una ligera plegaria. Comprendía el nerviosismo de Maërys muy bien, no todos los días la hija de un guardia de fronteras se eleva a Princesa Consorte de un reino élfico. Por mucho que, en pos de acallar su propia incomodidad, hubiera llenado a Maërys y sus hermanos de honores y títulos, ella era una advenediza, una simple, una elfa silvana, tal vez, incluso, tuviera en sus venas alguna gota de sangre de avari, de oscuridad. Pero Halladad le amaba, sin dudas, y habría sido capaz de huir a Lothorien o Imladris con tal de cumplir su voluntad.

La plegaria llegó a su fin y el Rey instó a su hijo y a su hija a ponerse en pie. Los jóvenes sonrieron a los invitados y giraron para iniciar la marcha hacia el pabellón dispuesto para la fiesta. Fueron seguidos por el Rey y el Segundo Príncipe, y luego, en dos filas ordenadas, los parientes e invitados, en estrecho orden jerárquico.

Para la fiesta diurna, Thranduil ordenó erigir un pabellón rectangular, con paredes de junco bellamente labradas y techos de lienzo teñido de alegres colores. La tienda ocupaba casi toda la explanada frente a la fortaleza y daba cobijo, perfectamente, a unas trescientas personas. Habían dispuesto las mesas a lo largo de dos lados, en el tercero estaban los músicos y fuentes de alimentos y bebidas, si es que los invitados deseaban escanciarse por sí mismos. En la esquina donde convergían las dos mesas estaba una pequeña y poco más elevada, para la Familia Real.

En cuanto los asistentes se acomodaron y los sirvientes empezaron su constante rumor de servilletas, platos y copas, la música élfica se elevó. Un hechizo pareció descender sobre todos y la paz se apoderó de sus almas.

Ese es el efecto de los primeros acordes de cualquier tema compuesto e interpretado por los hijos de las estrellas, mas, a los pocos minutos, el que escucha toma conciencia del hechizo y puede elegir si abandonarse al instante de felicidad absoluta o seguir escuchando, consciente de lo ocurre alrededor. Entre los invitados hubo quienes eligieron la música y quienes eligieron estar despiertos, pero ninguno eligió dejar de probar las viandas y licores que les presentaban.

Al poco tiempo la celebración se animó, pues Halladad y Maërys abandonaron su mesa y bailaron en estrecho abrazo. Como si fuera una señal las parejas inundaron la pista y pronto jóvenes y viejos demostraban que la ligereza y habilidad de los elfos no es útil solo en la batalla.

Thranduil contemplaba a los bailarines con satisfacción, mucho había sufrido su pueblo, y no todo estaba culminado, pero esta era una hora de descanso, de recordar las razones para la lucha contra las criaturas oscuras. Solo una insolencia demasiado notable para ignorarla le estropearía el día, pensó, pero enseguida se arrepintió de haber tentado a la suerte: Aragorn se aproximaba a su mesa.

–La mejor de las suertes de deseo con esta nueva hija, Majestad.

–Gracias, Rey de Gondor. Espero que la celebración satisfaga tus cultivados gustos.

–En efecto, la satisface. Me he prometido llevar algo de todo esto a mi reino, para que pueda prosperar.

–¿De veras? ¿Tomarás una lista de recetas de cocina, o copiarás las partituras que se interpreten en esta jornada?

–Quizá, quizá, pero lo primero es tener quién explique toda esta maravilla a los hombres de Gondor.

El Rey del Bosque mantuvo la fría sonrisa que exige la cortesía, pero sintió la sangre correr apresurada dentro de sí, casi al borde del estallido.

–Lord Elrond me habló de la colonia de Ithilien, en efecto, dicen que era un lugar espléndido antes de la decadencia de tu país. No dudo de que Lady Arwen obtenga grandes logros allí, ya que tiene la inmortalidad para sembrarlo.

–Arwen no estará sola, espero que alguno de vuestros súbditos se animen en la empresa. Siempre aprecié sobremanera a los elfos del Bosque Negro, por su entereza ante la Sombra.

–Mi querido niño, aún cuando el Oscuro ha caído, no es este el sitio para mencionarle. Estamos celebrando el enlace de mi heredero. Hablaremos de negocios pasado mañana, cuando despertemos de la fiesta.

–Como usted diga Majestad. –el hombre giró hacia Legolas y, con un descaro que quito el aliento a más de un en el salón, presentó su brazo al Príncipe– ¿Bailamos?

Legolas compartía el asombro de otros espectadores, pero reaccionó a tiempo para impedir que su padre interviniera. Soltó su copa de vino y tomó la mano del hombre con firmeza, como si le hiciera falta apoyo para salir a la explanada. Una vez allí nada los detuvo:

Legolas dejó de lado el poco empaque que, como Príncipe, se exigía y casi flotó; la risa del hombre, baja y ligera, se extendió por el pabellón, entrelazada con los acordes de la orquesta; sus brazos y torsos se fundieron en absoluta coordinación; los giros, saltos, palmadas, separaciones y encuentros, fueron hechos con tal vivacidad que parecían creados para la ocasión. En poco tiempo, Aragorn y Legolas se olvidaron de los invitados, de Thranduil, de Ferebrim. Bailaban Su Baile de Bodas, bailaban su feliz soledad, como habían estado forzados en cada paso de aquella relación.

El resto de los bailarines se detuvo poco a poco, arrobados en la contemplación de la pareja. Lo que ocurría entre esos dos estaba más que claro para los elfos, pero ahora hasta los hombres del lago sabían donde estaban las ambiciones del último hijo de Elros. Un amplio círculo se había formado para admirar no solo el amor, sino la maestría del baile, y en primera fila estaban los recién casados.

–Creo que es el momento oportuno para partir a la recámara –ronroneó Maërys.

–Aún no, pequeña, no ha pasado ni una hora y a mi padre no le gustaría. Déjame verlos bailar. –y la estrechó un poco más, para calmarle.

Ella asintió y se concentró en la danza por breves instantes.

–Realmente tu hermano es muy bueno. –comentó– Si me hubiera enamorado de él, mi noviazgo habría sido mucho más divertido.

Halladad deslizó una mano entre las telas y pellizcó a su esposa.

–¿Qué insinúas? –susurró con fingida dureza.

–¡Nada Majestad! –respondió la muchacha con un mohín de humildad y ojos sonrientes– Solo señalaba los diferentes talentos que adornan a su Alteza y a su hermano.

Un poco más a la izquierda, tres de los hobbits también habían logrado escurrirse entre las piernas de los espectadores para alcanzar posiciones ventajosas.

–Bueno, parece que Legolas y Trancos se han arreglado ¿no?

–Si Pippin, se han arreglado demasiado bien.

–¿Demasiado, Merry? ¡Yo diría que absolutamente! Oye Sam, ¿Frodo sabía algo de esto?

–No lo sé señor Peregrim, el señor Frodo no me lo cuenta todo, ¿entiende usted?

–Si, entiendo que esos dos no han estado engañando con el cuento de la "amistad entre guerreros".

–Pues ya tienes qué hacer cuando llegues a casa Pippin.

–No te entiendo Merry.

–Para que no te vuelvan a engañar puedes releer todas las crónicas antiguas con otra perspectiva. Sin duda será un trabajo "muy agotador".

El joven Tuk torció un poco el gesto ante el comentario de su primo, pero volvió a concentrarse en la danza y, simplemente, dejó de pensar en él. Para los hobbits, el baile siempre es un espectáculo fascinante, incluso la sutil danza guerrera que interpretaban ahora, fuera de sus naturalezas o intereses. Pero a Sam le costaba concentrarse, algo en el pecho la latía en la dirección incorrecta, así que se escurrió y marchó en busca de Frodo.

Lo halló resoplando pesadamente, a mitad de camino entre las mesas y el corro que ocultaba a la pareja del momento. Frodo se apretaba el hombro convulsivamente a la vez que intentaba mantener el equilibrio.

–¿Necesita ayuda señor Frodo?

–Creo que si Sam, deseo ver a nuestros amigos bailando.

–Apóyese en mi entonces.

El jardinero lo condujo despacio junto a Merry y Pippin, y, por un rato, los cuatro contemplaron en silencio al viejo Trancos y al ligero Legolas, solo uno dentro del torbellino de luz y música.

La melodía cambió y hubo un alto, Aragorn desenvainó Anduril, Legolas sus dagas gemelas. El Príncipe hizo un gesto de invitación a los recién casados y estos se acercaron sonrientes: Halladad con su espada ceremonial en la mano, Maërys, libre de velos y adornos redundantes, tomó una de las dagas de su cuñado. La danza era un simulacro de conquista y rendición.

–Esos dos se aman, no hay dudas.

–¿Cuáles dos, Pippin?

–Sabes muy bien de quiénes hablo Frodo, de nuestros amigos. Y tú lo sabías.

–Lo sabía, sí, pero se guardar secretos, a diferencia de la mayoría de los hobbits.

–Eso es lo que no entiendo. Aragorn no se casó con Arwen, ahora sabemos por qué. Entonces ¿cuál es la razón para ocultar su amor por Legolas?

–Tal vez ¿el sexo de ambos? –aventuró Merry.

–Eso no le importa a los elfos, lo aprendimos desde la estancia en Rivendel.

–Pippin, a los elfos no les importa, pero Aragorn no es un elfo, sino un hombre, y es el Rey. Tiene obligaciones que cumplir.

–Cierto, cierto... Es nuestro Rey también ¿no? Quiero decir, ¿La Comarca no es parte del Reino Perdido de Arnor?

–Lo es, y dentro de un tiempo verás reconstruir Fornost y otras ruinas casi olvidadas –la voz de Frodo se tornó soñadora– Entonces se abrirá nuevamente el Camino Verde, y los mensajeros del Rey vendrán al norte, y habrá un tránsito constante y las criaturas malignas serán expulsadas de las regiones desiertas. En verdad, con el paso del tiempo, los eriales dejarán de ser eriales, y donde antes hubo desiertos y tierras incultas habrá gentes y praderas. La gente cambiará mucho en unos años, lo verán ustedes, ya no tendremos que ocultar muchas cosas y otras, incluso, serán dejadas en desuso.

–Haz hablado demasiado con Gandalf y Trancos mi amigo. –comentó Merry ante tal parrafada, pero Frodo no le oía, pues toda su atención estaba dedicada a Sam.

–¿Estás llorando? –susurró.

–Un poco, solo un poco Señor Frodo.

–Ya no tienes que llamarme así.

Sam se encogió de hombros.

–Es la costumbre, supongo.

–No debemos fingir más, querido Sam, puedes llamarme Frodo. ¿Es mucho pedir?

–De acuerdo –hecho una rápida mirada alrededor, pero todos estaban admirados con los rápido choques de las hojas–, Frodo.

–Y ¿por qué llorabas?

–Nada, pensaba en la Comarca, algo me dice que nuestra aventura aún no acaba.

–¿En la Comarca en general?

Sam se sonrojó y dejó caer los párpados, pero sintió la intensa mirada del Portador del Anillo sobre él, sin descanso.

–También pensaba... –suspiró– pensaba en Rosita Coto.

–Rosita Coto y sus hermosas cintas de colores ¿no? Recuerdo tus palabras en el Monte del Destino.

El chico alzó los ojos temeroso, pero la suave sonrisa de Frodo le tranquilizó bastante.

–Yo... es como si... yo te quiero Frodo, mucho, pero... estoy partido en dos... Rosita es... No se si me entiendes.

–La verdad es que, para cualquier otra persona, sería difícil entender tan entrecortadas razones. –estrechó la mano de Sam de repente y la risa se le borró.

Sam reconoció, en la quijada contraída y las pupilas dilatadas, el reclamo de la herida del Espectro.

–Llévame a un sitio discreto –alcanzó a pedirle Frodo entre dientes– no quiero dar un espectáculo.

Se deslizaron entre los invitados, con esa habilidad inherente a los hobbits que, de algún modo, les vincula con los elfos. Al fin hallaron refugio bajo la mesa del buffet y Frodo se tendió cuan largo era, con la cabeza apoyada en las rodillas de Sam. El jardinero le separó el pelo de la frente húmeda con un gesto tierno y contuvo las ganas de besarlo, se limitó a acariciarle las mejillas a la espera de que el Portador del Anillo recuperase el aliento.

–¿Estás bien?

Una sonrisa triste surco el rostro de Frodo

–No, pero no importa. Lord Elrond dijo que nunca sanaría –con un gesto rápido atrapó la mano de Sam y la mantuvo en su frente–, debo admitir que así, es más llevadero.

–Si quieres nos vamos.

–¡No!, los espectros no me apartarán de mis amigos. Bastará con unos minutos a tu lado. Volvamos a nuestro asunto.

–Oh, ¿nuestro asunto? ¿Te refieres a Rosita?

–Si, es que... –Frodo se levanta de repente y busca los ojos de su compañero– Sam ¿lo nuestro fue solo parte del viaje? ¿Se acabó con el Anillo?

La voz del chico es una extraña mezcla de asombro y dolor que tranquiliza al sobrino de Bilbo, pero le hace sentir algo miserable por las dudas de su corazón.

–¿Cómo puedes pensar eso Frodo? Te amo desde hace tanto... ¡Fuiste mi gran sueño de adolescente!

–¿Y Rosita?

–¡Es distinto! Rosita es mi prima: la muchacha con la que descubrí el sexo; la soñadora eterna que no se avergüenza de tener a dos pequeños sin padre; la alegre dispensadora de la barra; mi confidente en los años que fuiste un simple sueño; y también, también alguien necesitada de afecto, como yo antes de este viaje. Me casaría por protegerla, por devolverle mucho de lo que me ha dado en secreto. Tu lo oíste en aquel infierno de lava: "Si me hubiera casado con alguien, habría sido con Rosita", esas, y no otras, fueron mis palabras.

El trigueño asiente, ha vuelto a dejarse caer sobre las piernas de Sam y, desde allí, se le antoja especialmente bello su perfil.

–Entonces hazlo. –susurra en un frío tono, ensayado desde Minas Tirith.

Ahora la sorpresa del otro es absoluta.

–¿Casarme? ¿Por qué, si te tengo a ti?

–Es lo mejor Sam, seré feliz viéndoles vivir en paz.

–Frodo, eso no fue lo que acordamos durante el viaje. En los Campos de Gorgorth ¿recuerdas? Todo era sombrío, pero nos prometimos estar juntos por siempre.

–¡Pensé que moriríamos Sam! Fui egoísta. Cuando hable de estar juntos, pensaba en llegar hasta el Monte del Destino. Yo no esperaba sobrevivir para condenarte ¿entiendes?

–¡Pero yo sí! Yo pronuncié ese compromiso pensando en Hobbiton, en los campos de cebada por donde caminaríamos juntos. No me puedes dejar ahora Frodo, no puedes decir que todo fue culpa del Anillo.

–Y no lo diré. Es verdad lo que siento por ti: deseo que seas feliz, que seas un hobbit pleno, respetado en la Comarca. Lo mejor para mantenerte en esa senda es Rosita.

–No, eres tú.

–No tardaré en morir Sam. ¡Lo sé! Soy un hobbit viejo antes de tiempo, herido por el maldito Rey de Angmar y con un vacío en el sitio del Anillo. Aún cuando esta no fuera una relación escandalosa, ya no soy pareja para ti.

–Si te escucho y regreso a la Comarca como si nada, a Rosita, te estaré traicionando y Gandalf no eligió a un traidor para protegerte. ¿Por quién me tomas? El dijo que no te perdiera de vista y no pienso hacerlo, ni ahora, ni nunca.

Frodo le contempla asombrado, más que las palabras de Sam le impresiona su seguridad, una seguridad de acero que irrumpe en su corazón. Los argumentos que había ensayado para acallar los sentimientos de ambos se desmoronan ante esa mirada firme, preocupada, sensual.

Al cabo, se permite sonreír.

–Eres tozudo.

Sam se relaja, pues reconoce, en el tono conciliatorio, la renuncia al disparatado plan.

–Si, lo soy. Creí que te gustaba así.

–En cuanto lleguemos a casa, le pediré al Tío que te sacuda.

–No importa. Me puede sacudir cada viejo jardinero sordo de la Comarca, cada primo metido en la vida ajena, cada parroquiano del Dragón Verde: te seguiré amando, Frodo Bolson.

Ante esas palabras y esa límpida mirada, Frodo sintió que haber perdido a su Precioso no era, en verdad, tan terrible; incluso la herida del hombro disminuyo su molestia. Tomó la mano que reposaba en su mejilla y la besó con devoción.

–Yo también te amo, Sam Ganyi.

TBC...

DE LEYES Y VENGANZAS 18

Maquillaje

"Un animal que se parece a un perro
come la presa que le trae la hembra"
J. L. Borges


Los miércoles eran días espaciales por más de una razón en la Mansión Malfoy, todas estrechamente relacionadas. En primer lugar, era el día libre de los choferes, por lo que Lucius y Draco partían a sus obligaciones manejando. Eso implicaba que el Amo regresaría tarde, para evitar el tráfico de las horas pico, y que el Joven Amo regresaría con los nervios a flor de piel, y su infusión debía estar lista en el corto tiempo que le llevaba nadar desde el parqueo al salón azul.

Esa clara mañana de miércoles Draco condujo su descapotable negro hacia el centro sin dejar de pensar en la conversación de la noche anterior con su padre. Lucius no le habría propuesto lo de la fiesta sin estar seguro. Como los muchachos del equipo de esgrima, el Conde creía que en el verano estaría listo para retomar las riendas de su vida por completo. ¿Lo estaba?

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el tamborilear de unos dedos en la ventanilla derecha. Draco giró el rostro y reconoció a Panzy, ansiosa, vestida con sweater de cuello alto y unas gafas negras que le ocultaban medio rostro. Dejando sus inquietudes a un lado, Draco tuvo la suficiente sensatez como para bajar del auto y casi correr hacia su amiga.

–¿Qué te pasa? –demandó mientras intentaba abrazarle.
Pero la chica se deshizo rápido del abrazo, su voz era insegura.
–Nada –se encogió de hombros–, llegas tarde.
El sonrió y adelantó una mano hacia los anteojos.
–¿Estuviste despierta hasta tarde?
Ella le esquivó.
–Más o menos.

Dio un paso al lado para rodear al rubio y montar. Aquella actitud desconcertó a Draco quien, sin pensarlo, fue a retenerla por un brazo, pero su leve agarre provocó una mueca de dolor.

–¿Panzy? –ella solo inclinó la cabeza.

Le sacó los lentes sin esperar permiso. Panzy giró el rostro y se cubrió con la mano libre, pero el moretón era bien visible ahora: desde el extremo del ojo hasta la sien.

No dijeron nada. Draco activó la alarma del auto y la remolcó de regreso a su edificio.

–No puedes ir a Howgarts así –reclamó ya en el ascensor.
–Tampoco puedo perder más clases.
–Lo se…

Las puertas se abrieron en el segundo piso. Draco salió al pasillo, arrastrando a Panzy por su –providencialmente– intacto antebrazo izquierdo.

El sacó sus llaves y ambos entraron a un amplio apartamento decorado al estilo de los años cuarenta. El televisor de pantalla plana era definitivamente anacrónico.

–¿Me dirás qué pasó? –dijo mientras tomaban por un pasillo que se abría a la derecha del recibidor.
–No estoy segura. Supongo que encontró el chocolate, su aliento olía a eso, luego ya no lo pude detener.

Entraron a una habitación también cerrada con llave, era una recámara color beige y morado con una cama personal, un armario y un tocador.

–Siéntate –ordenó él señalando la banqueta ante el tocador.
Ella obedeció, aún llorosa.
–Sácate el sweater –dijo aún mientras giraba hacia el armario y buscaba alguna prenda.
–Pero…
–¡Nada de peros! Con esa ropa estás gritando que las cosas van mal.

Sacó una blusa rosada con cuello redondo y mangas largas, su delgada tela imitaba de manera satisfactoria la seda italiana. Giró hacia la muchacha y se la lanzó. Ella le miró dudosa.

–¿Y?
–¿Puedes… puedes virarte? –pidió Panzy avergonzada.
Draco puso los ojos en blanco, pero dio media vuelta. Escuchó los apagados quejidos de la chica cuando el material rozaba sus heridas y el corazón se le encogió.
–Ya –anunció Panzy.

Al volver a verla, no pudo evitar sonreír: el negro y ceñido pantalón de su amiga hacía un contraste excelente con la amplia y vaporosa blusa. Ahora solo quedaba arreglar las marcas del cuello y la cara.

Salieron corriendo, ya tenían quince minutos de retrazo y el tráfico se complicaba, pero Draco estaba satisfecho. Había que fijarse para ver que la piel estaba un poco enrojecida en algunas zonas. Como "su chica" tenía fama de presumida, nadie iba a detenerse más de un minuto en su rostro, acaso demasiado maquillado para las ocho de la mañana. Ella le miraba fijamente.

–¿Pasa algo?
Panzy sacudió su cabello oro viejo, los ojos brillaban de alegría.
–Tienes esa cara.
–¿Qué cara? ¿La de "Blaise nos ha metido en un rollo de nuevo"?
–No, la de "Anoche pasó algo tan interesante que no lo admito ni para mi mismo".
–Anoche no pasó nada, Panzy. Cené con mi padre y oí el primer acto del Lago de los cisnes.
–¿Y en la tarde?
El sonrió burlón.
–¿Hablas de Potter? Le conté un par de historias, suficiente para que no se acercara a ninguno de nosotros en su vida.
–Suenas muy seguro…
–Fue venganza merecida por llevarme al Pettit Eiffel.
Ella asintió.
–¿Estaba Antuan?
Dracó arrugó la frente. ¿Qué tenía de especial ese tipo?
–Si, estaba.
–Ahora entiendo. Tienes "esa" cara, pero no es por nada bueno.
Panzy guardó silencio por unos minutos.
–No debiste aceptar Draco, no podía obligarte.
–El no me obligó.
–Tú no querías entrar, por tanto, no debiste hacerlo –reclamó la chica. ¡Por lo menos yo reacciono cuando Blaise me golpea! –tomó aire y volvió a hablar de modo amigable– ¿Entonces?
–Fue un desastre –admitió–, me desmayé.
–¡Diablos! ¿Y luego?
–¿Luego? ¡¿Luego?! Me fui. ¿Qué más?
–¿Dices que se asustó cuando tu…?
–No Panzy, él tiene buen estómago. Pero de todas maneras es un episodio lo suficientemente vergonzoso en sí mismo.
–Bueno, dejemos eso. ¿Quedaron en verse de nuevo?
–No.
–Dijiste que había reaccionado bien ante tu desmayo.
–Es cierto.
–¿Entonces?
–Yo… –los ojos acusadores casi le hicieron arrepentirse– quedamos en vernos en la escuela.
–En otras palabras, no le diste oportunidad.
–¡El no quería! –estalló Draco– Tan solo hablamos de los Black, el viejo Rookwood y Remus. Le hice el cuento, se escandalizó. Me desmayé, se escandalizó de nuevo. Fin de la entrevista.
–¡Claro! –repuso Panzy sarcástica– Para hablar de los Black reservó en uno de los restaurantes más caros de Londres.
–Es habitual ahí –explicó Draco con voz definitivamente ofendida. No lo hizo por mí.
–Pero tú si lo hiciste por él. Llevas diez días hablando de Potter. Estabas entusiasmado, casi alegre.
–Pues ya no lo estoy, es como los demás ¿de acuerdo? Solo que le interesa mi cerebro en vez de mi culo.
–Es un paso de avance.
–Además, nunca podré volver a mirarle tras tantas humillaciones en menos de dos horas. Primero le permití meterme en ese reservado horrible, luego lo besé, me asusté, peleamos, me desmayé y finalmente dije sabe Dios qué cosas sobre mi pasado. Al salir de ahí no quería ni tocarme, sus ojos estaban en cualquier lugar menos en mis ojos. La cita fue un desastre, punto, no hubo cita.
Pero Panzy le mira asombrada y sonriente en medio de su diatriba.
–¿Dices que lo besaste?
–Yo… –se da cuenta de que habló de más–. Si.
–¿Espontáneamente?
–Pues… él lloraba ¿sabes? Es un poco llorón. Deseaba… consolarlo.
–¡Te gusta!
El rubio niega con fuerza.
–No importa si me gusta. Yo no le gusto a él.
–Acabas de admitirlo.
–Porque eres una manipuladora.

Ella sonrió victoriosa y Draco fue a decir algo más, pero se dio cuenta de que estaban en el parqueo de Howgarts. Era una suerte que su piloto automático fuera tan bueno. Panzy descendió con estudiada dejadez, él la siguió, con su máscara de frío desdén para enfrentar al mundo. Caminaron tomados de la mano hacia la entrada principal. A su paso, chicos, chicas y docentes detenían las charlas y giraban el rostro.

Draco no oía nada, ensordecido por sus carcajadas interiores. Solo un poco de maquillaje y eran de nuevo la pareja más bella de Howgarts.

Maquillaje… tal vez sí fuera a la Fiesta del Dragón, después de todo.

TBC…

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 17

UNA MERIENDA CON LADY ARWEN

Faramir selló el último documento y levantó la vista hacia su secretario.

–¿Queda algo más?

–No señor. Las cuentas de la cosecha no estarán hasta mañana al medio día.

El Senescal arrugó la frente ante tal anuncio y se levantó del pesado buró de roble. Mientras terminaba de pasar los documentos al ayudante y poner en orden la mesa trató de obtener mayor información.

–Creí que ese informe debía estar ya.

–Debería estar, sí, pero con el rescate de los graneros de Umbar la cosa se ha complicado. El Jefe de los Agricultores decidió enviar una comisión porque desconfiaba de los detalles, dijo que los contadores del ejército no saben qué le conviene a los civiles y comerciantes.

Faramir asintió, era razonable que un hombre tan quisquilloso como Felitar desconfiara de los contadores ajenos a su equipo. Pero entonces ¿por qué no informarle de esa comisión al Senescal o al Rey? Umbar distaba de ser seguro aún.

–Dile a Felitar que deseo un informe separado acerca de las actividades de sus comisionados en Umbar. Se entregará bajo el sello de Secreto.

–Correcto.

El hijo de Denethor se puso la túnica y pasó una mano por sus negros cabellos.

–Si surge algo imprevisto estaré en el ala norte con Lady Arwen. Hasta mañana.

Salió de la oficina y partió con paso raudo, no estaba apurado, pero los años de Ithilien le habían acostumbrado a la velocidad y la observación.

A lo largo del corredor se abrían diversas puertas de oficinas: todas las interioridades de la administración del reino se decidían en aquellos cubículos de una o dos pequeñas ventanas, que debían usar candiles hasta en verano. La agitación era marcada a esta hora, pues solo faltaban unos minutos para el cierre y se acercaba la entrega de los Informes de Estación. Faramir suspiró al ver las puertas de la zona de Presupuesto y Crédito, tenía una idea en mente, y su primer opositor sería Razar, el Jefe de los Contadores.

"Malditos banqueros... Los soldados no deberían despreciarles."

Recordó su asombro cuando Denethor le hizo entender, a golpes, que debía reírle todos los chistes a los prestamistas que almorzaban con ellos, pues su importancia en la vida de Minas Thirit era comparable a la de Hurin del las Llaves. Una vez sumergido en el difícil mundo de la diplomacia y la administración, se había visto forzado a coincidir con su padre, pero el nuevo plan de aquella gente era inaceptable.

"Les detendré, no dejarán sin tierras a mi gente."

Con estas ideas se dirigía el Senescal de Gondor hacia las habitaciones de Arwen, quien le estaba contagiando el gusto por las meriendas. La juventud de Faramir, pasada entre los castigos de su padre y las brutalidades de la guerra, le había adaptado a un régimen de vida austero y sin horario, y, en general, la nobleza gondoriana consideraba la frugalidad una virtud. Pero la cosa estaba cambiando con la presencia de hobbits y elfos en Palacio. Para los medianos, paz y civilización implicaban seis comidas diarias. Ahora que la Comunidad del Anillo había partido quedaba la hermana de Rey, con exigencias menores que las de los comarqueños, pero todavía exóticas para los súbditos de Aragorn. Arwen, que pasara los últimos nueve años conviviendo con el legendario Bilbo Bolsón, no solo tomaba las tres comidas conocidas en el protocolo de la corte, sino que intercalaba entre almuerzo y cena: la "merienda de la tarde".

Faramir sonrió, lo cierto es que le gustaba disfrutar de la última calidez del día con un pastelillo en la mano y una taza de té en la otra. La Estrella de la Tarde le llevaba a descubrir partes sedentarias de sí mismo que ni siquiera imaginaba. Reflexiones como esta le mejoraron el humor, así que, cuando pasó a la salita donde le esperaban, su rostro lucía una sonrisa serena.

–Buenas tardes mi señora.

La hija de Elrond hizo una leve inclinación de cabeza a guisa de saludo y le indicó una silla. Ambos guardaron silencio mientras una mucama traía pasteles de carne y te para el Senescal. Les dejaron solos.

Arwen llevó la copa de vino a sus labios y paladeó despacio el producto de los antiguos viñedos de Ithilien. Ese era el pequeño detalle que diferenciaba "su merienda" de la de Faramir: el vino. Permanecieron callados, disfrutando de la compañía y confianza mutua.

–Mañana será la boda de Halladad y Maërys.

El hombre asintió, contar los días que faltaban para el regreso del Rey era una de las ocupaciones que compartía con la bella elfa.

–Eso significa que regresarán en cuatro semanas más. –calculó en voz alta– Vuestro hermano llegará antes de que terminen de caer las hojas de los árboles.

–No.

El pastelillo se detuvo a medio camino de la boca del Senescal.

–¿Perdón?

–Dije que no regresarán tan pronto.

–Pero habéis visto las cartas Arwen, su plan es regresar antes del final del otoño. No hay peligro por allá, coordiné con Eomer y mandará gente a los Campos Gladios para escoltarles a nuestra frontera. Una vez allí, los Hombres Pukel les guiarán hasta la vista de la ciudad, no hay retrasos posibles.

–Habrá un desvío en su ruta.

Faramir comprendió que la inmortal había entrevisto algo en el futuro de su hermano. Pero a estas alturas los futuros de todos ellos estaban demasiado entrelazados. Intentó argumentar, conciente de que ella no hablaba de razonamientos, sino de certezas.

–Sabe que debe regresar pronto, lo necesitamos.

–Olvidáis que Estel tiene familia ahora Faramir, y debe cuidar de esa familia, aún a costa de su reino.


–¿Entonces debemos prepararnos para tiempos duros?

–Si.

El hijo de Denethor vio temblar sus blancas manos mientras alzaba la copa para un largo sorbo de vino. Intentó serenarse y no derramar el te a su vez.

–Creí que todo había acabado, que me casaría con Eowyn y seríamos felices por siempre jamás. –su voz suena cansada– ¿Es que los Valar no dejarán de castigar a Gondor?

Arwen dejó su copa y estrechó la mano del Senescal, su calidez extrema sobresaltó al hombre.

–Confiad mi querido amigo, confiad como confío yo, en que la luz y el amor los traerán de vuelta. Es cierto que la muerte cabalga junto a los reyes, pero debemos mantener la esperanza de que esta sea la última expiación de la sangre de Isildur por su antigua debilidad.

Faramir esbozó una pequeña sonrisa y ella dejó su mano libre. Por un rato se dedicaron a las frutas secas, ella, a los pasteles, él.

–Señora, vuestra declaración me obliga a cambiar mis acciones en lo adelante. Ya no puedo posponer, más, algunas decisiones.

–El dijo en la carta que confiaba en su Senescal. Un hombre que resistió el llamado del Anillo Único es realmente confiable. Nuestros enemigos no intentarán nada hasta que la tardanza de Su Majestad sea notable y, para entonces, debemos tener preparada alguna salida. Vos tenéis la ventaja.

TBC...

DE LEYES Y VENGANZAS 17

La ocupada noche de Lucius Malfoy

"Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre de mi corazón"
J. L. Borges


Draco entró a la casa y se dirigió automáticamente al salón azul. Su expresión absorta congeló el saludo del mayordomo. Manos erráticas dejaron caer el abrigo a medio centímetro del perchero. Pasos ciegos chocaron con un par de escalones antes de conducirlo a la habitación que conjuraba sus miedos.

Se dejó caer en un butacón reclinable y echó la cabeza hacía atrás.

¡Maldito Potter!

Lo poco que comiera en el Pettit Eiffel pesaba como piedras en su estómago y la jaqueca se apoderaba de nuevas zonas de su cráneo por segundos… En buena lid no podía culparlo por todo. Esa mañana, la idea de coquetear con el hijo de Sirius era divertida. ¿Coquetear? El ya no coqueteaba con hombres. Esa mañana, la idea de ser amigable con el hijo de Sirius era divertida.

Sonrió a la nada.

Para ser amigable había invertido treinta minutos en elegir su ropa, demasiado tiempo cuando las opciones eran camisas negras y sweaters negros ¿no? Y el dolor… la decepción que le mordió hondo cuando el Chico de Oro de Howgarts admitió que solo le interesaba por el pasado de Sirius.

¡Maldito Potter!

El ruido de la puerta y el tintineo de metales cada vez más cercanos obligaron a Draco a enfocarse en la realidad. Se incorporó algo y abrió los ojos: a su derecha, el mayordomo acomodaba la bandeja del te en una mesa de roble blanco estilo rococó.

–Jaime –saludó con voz suave.
–Buenas tardes, joven Draco.

El hombre, de unos cincuenta años y pelo color caoba surcado de hilos blancos, giró hacia él con una taza entre sus manos. La ofreció con una leve reverencia.

–Manzanilla, limón y una cucharadita de azúcar, lo mejor para las digestiones lentas.
Draco tomó un sorbo y sonrió cuando el sabor de la infusión llenó sus sentidos.
–Gracias.
Dio un segundo trago, más largo, y sus ojos se aclararon. Movió el rostro hacia la ventana, desde donde se veía el lado este del jardín, cuajado de flores tempraneras.
–¿Y mi padre?
–El señor Conde está en la biblioteca, reunido con el señor McNair y Lady Lestrange.
El rostro del joven se endureció de inmediato. ¿Es que no se librarían nunca de ellos? La jaqueca regresó y tuvo que cerrar los ojos.
–Creo que voy a bajar las cortinas –comentó Jaime.
Draco movió la cabeza en un casi invisible asentimiento y no alzó los párpados hasta que el parque quedó oculto por la pesada pantalla de terciopelo azul. Terminó de beber. Se reclinó de nuevo.

–¿Desea otra cosa el señor?
–No ver a los visitantes de mi padre –contestó con voz lánguida. Llámame cuando se sirva la cena, si ellos se marcharon.
–Como desee el señor.

Los pasos eran inaudibles en la mullida alfombra, pero el clic de la puerta fue nítido y corto. Entonces abrió sus ojos a la acogedora oscuridad y trató de ordenar las ideas:

1. Potter era simpático y gay.
2. Salvador era un tipo muy peligroso
3. El no le gustaba a Potter, solo le interesaba como fuente histórica
4. Los Black y los Malfoy no se llevaban
5. Los Malfoy no son gays
6. Su vida estaba llena con Panzy, Blaise, el entrenamiento y su padre.

Por tanto, lo correcto era olvidar ¿no? Olvidar que había estado celoso de Weasley los breves instantes que les creyó pareja, olvidar sus coincidencias en reacciones y gustos, olvidar su espontaneidad, sus ojos verdes, ingenuos y brillantes, sus labios rojos y carnosos. Concentrarse en la esgrima, Panzy y Blaise. Siempre podría evitarlo, la escuela era bastante grande.

Potter no tenía nada especial. Era un asunto terminado porque a Draco Malfoy NO le gustaba el famoso Harry Potter.

De hecho, no le gustaba nadie.

Sonrió a la nada, satisfecho de sí mismo.

Jaime llegó cuarenta y cinco minutos después y se lo encontró mirando por la ventana, el rostro despejado, casi alegre.

–¿Ya se fueron?
–Si señor, su padre lo espera en el comedor pequeño.
–Muy bien.

Mientras se dirigía al encuentro de su padre, Draco no dejó de mirar el jardín desde las ventanas de la galería. La difusa luz del crepúsculo deformaba los macizos de flores y los árboles. La misma tierra, negra y mullida, parecía un ser extraño, tendido a la espera de la caricia de un gigante. Draco no pudo evitar imaginarse a un gigante de ojos verdes inclinado sobre el pétreo animal.

Lucius lo esperaba de pie, mientras fingía mirar el ala sur del parque. En realidad, toda esa belleza le era indiferente, a Lucius Tiberius Dante Malfoy solo le gustaban los gatos de angora y las novelas de capa y espada, dos pasiones cuidadosamente ocultas en el fondo de su alma. Empezaba a estar harto del vacuo vagar de sus ojos por los oscuros parterres, cuando escuchó la puerta, luego le alcanzó el suave perfume de su hijo. Suspiró con alivio y volteó hacia el interior de la estancia.

–Buenas tardes, Draco –saludó con voz fría y se dirigió a la mesa.
–Padre –saludó brevemente el joven.
Jaime hizo una seña y Dobby presentó la crema.
–He tenido un día largo y aún debo presentarme en el club.
–¿Debo culpar a los japoneses?
Lucius asintió.
–Sin dudas son una raza cruel. Espero que vender esas horribles historietas para adultos resulte.
Draco separó sus manos de la mesa. Mientras Dobby retiraba la taza de crema y servía el pescado, sus ojos volvieron al exterior. Una lluvia menuda empapaba la tierra. ¿El gigante leía a John Donne?
–Tal vez no debes ir a club –señaló vagamente los ventanales empañados–, podrías sufrir un resfrío en ese viejo edificio y el viernes debes viajar a Moscú.
–Oh si. Las novelas rusas siempre causan problemas.
Lucius pareció meditar la propuesta de su hijo en lo que el sirviente le presentaba la carne con zanahorias.
–Es imperativo. Lord Bracknell espera mi opinión sobre la Fiesta del Dragón. Esas decisiones son impostergables.
–Faltan siglos para la fiesta –protestó Draco con aburrimiento.
–Solo tres meses –rectificó Lucius–, y aún no se ha decidido el tema. ¡Lord Bracknell tiene los nervios destrozados! Todo porque parece que este año vendrá el Viudo Alegre.
El joven alzó las cejas con incredulidad. Lucius asintió, alegre de haber captado su atención.
–Hay señales bastante elocuentes –tomó su copa y saboreó el vino blanco. –¿Irás?
Draco tuvo la delicadeza de mostrarse confundido. –¿A la fiesta dices?

Evitó los grises ojos de su padre con un estudio detallado de la inclinación que el viento provocaba en los frutales del jardín, dejó la investigación cuarenta segundos después, por la insalvable dificultad de la ausencia de luz. Volvió a mirar Lucius y negó suavemente.

–No tengo con quién ir.
–Por favor, de aquí a Julio podrías convencer a… ¿Cómo se llama la rubia de las teorías de la conspiración?
–Luna, Luna Lovenwood.
–Precisamente.
–Pasará el verano en Bélgica. Harán vigilas para el avistamiento de OVNIS y discutirán sobre el impacto del petróleo en la cultura culinaria del lejano oriente.
Lucius tuvo la delicadeza de sonreír –Suena interesante.

Draco sintió con desgana y trató de descubrir el sabor de sus vegetales. Lucius hizo una seña a Dobby para que repitiera su ración de carne. El sonido de plata contra porcelana de Cebres predominó.

–Estás desganado, hijo. ¿Comiste mucho con el chico Potter?
Draco se tensó interiormente ante la pregunta. No levantó los ojos al hablar.
–No mucho, en realidad. El Pettit Eiffel no es un restaurante de mi agrado.
El sonido de plata contra porcelana de Cebres fue violento esta vez. Draco sintió el cambio en la voz de su padre como un golpe en pleno pecho.
–¿Antuan sigue allí?
–Si. Se alegró de verme.
–No lo dudo.

Hubo un largo silencio entre ambos. Draco deseaba correr hasta su habitación y poner la música bien alta. O mejor, tomar su deportivo y llevarse todas las rojas de Londres hasta el piso de Blaise y dormirse abrazado a él, pero reprimió hasta el ligero temblor de sus dedos.

La voz de su padre le llegó ahora preocupada y, por lo mismo, extraña.
–¿Todo fue bien?
–Pues…
Aún dudó un poco, pero decidió mantener su parte del trato que firmaran al regresar a la mansión en enero. Logró enfrentar los ojos de su padre.
–Sé que me desmayé y mencioné a Evan. Cuando recuperé el sentido Potter estaba raro.
–¿Raro cómo?
–Envarado, no me miraba a los ojos, dijo creer que Evan era inspector de alimentos –sonrió ante el absurdo.
–Eso lo aprendió de Lupin –comentó el hombre.
–¿Perdón?
–Eso de mentir para evitarle humillaciones a la gente –aclaró Lucius–, es un recurso típico de Remus Lupin. Cuando no está en la corte, ¡por supuesto!
–Sabes demasiado de Lupin –comentó Draco.
–Lupin no siempre fue novio de Sirius –repuso con frialdad y regresó a lo que le importaba. –¿Por qué aceptaste entrar ahí?
Draco jugó a mirar a través de su copa.
–No recordaba…
Los dedos del Conde tamborilearon sobre el fino mantel.
–Hemos hablado de eso. Te ahorrarías estas situaciones si…
–No quiero –le interrumpió el joven con voz reposada–, no quiero recordar –suspiró y dejó la copa a un lado, volvió a mirar a su padre, ya sin miedo. Se que mi mente es un pantano, que me meto en líos como los de esta tarde, pero Severus cree que poco a poco recuperaré todo y que es mejor no forzar el proceso. Duele bastante ahora ¿entiendes? Si los recuerdos se agolparan yo –volvió a dudar, deseaba encontrar las palabras correctas. Si los recuerdos se agolparan, se que no podría seguir adelante.
Lucius le miró con algo parecido a la sorpresa y cubrió la mano con la suya.
–Como tú quieras, Draco.

El muchacho se sonrojó ante tal muestra de afecto y su padre cambió la vista para no avergonzarle aún más. Sus ojos cayeron en la esfera plana de su reloj.

–Lord Bracknell me espera.
El joven tragó en seco y recompuso su expresión.
–Por supuesto, si vas a ir, que no te esperen demasiado o provocarás la ira de Tía Augusta.

Lucius se levantó y caminó hacia la salida, solo entonces reparó Draco en que los sirvientes se habían retirado en algún punto de su charla. Cuando ya tocaba el tirador de la puerta, el padre giró con expresión divertida.

–Draco, ¿qué sale de cruzar una serpiente con un león?
El aludido parpadeó, desorientado.
–¿Un dragón, una esfinge, una quimera?
Su padre se encogió de hombros.
–En realidad yo tampoco lo sé, pero estoy seguro de que Lord Bracknell estará encantado con la idea de usar un animal mitológico para la fiesta. Otra cosa, deberías encargar ya tu disfraz.
–Pero ya te dije que no…
–Se lo que me dijiste, muchachito, pero es obvio que tu no me oíste a mi. Buenas noches.

Draco subió a su habitación murmurando incoherencias sobre leones, cuevas, París y la comercialización de la fe. Apenas cerrada la puerta de su recámara, activó el control remoto del equipo de sonido y los suaves acordes de El lago de los cisnes le envolvieron.

–¡Leones y serpientes! –bufó por enésima vez antes de meterse en la cama.

Durmió inquieto.

TBC…