17 de enero de 2007

EL SECRETO DEL ROBLE 4

Legolas

Legolas creyó entender entonces. El también tenía un lugar secreto para sus mascotas, aunque le extrañó que dos elfos tan mayores tuvieran una mascota tan chica. Extrajo del interior de su túnica un ratón blanco y lo sostuvo sobre su palma.

–Mira, este es Elfinwe el Blanco, yo lo quiero mucho, aunque dice mi hermano que no es bueno querer cosas mortales.
Entonces el segundo elfo giró para mirar al animalito y Legolas se quedó sin habla: ¡Eran iguales! No, sus ojos eran un poco diferentes.
–Es bonito Elfinwe –dijo sin fijarse en el sombro del elfito– ¿Cuántos años tiene?
–Doscientos –declaró con orgullo. Dos pares de ojos le escrutaron incrédulos y él se apresuró a explicar– Es mágico.
Los gemelos asintieron, comprensivos. El segundo incluso sonrió y extendió su mano.
–Yo soy Ellohir.
–Mucho gusto –estrechó la mano como si fuera un adulto–, soy el Príncipe Legolas Thrandulion, de Erys Lasgalen.
–Me han dicho que tu reino es muy bonito –comentó Elladan– Tal vez te visitemos.
–Será un placer. En caso de que sean mis huéspedes, les podría obsequiar con un ratón mágico.
–Vaya, veo que conoces las Reglas de la Hospitalidad – la observación de Elladan hizo a Legolas enrojecer de contento– ¿Sabes también cumplir promesas? –el elfito asintió enérgicamente– Entonces ¿puedes darme tu palabra de eldar de que no dirás a nadie que nos viste?
Ese pedido asustó a Legolas, dio un paso atrás y buscó su pequeña daga en el bolsillo. Ellohir intervino entonces.
–No pienses mal, príncipe. Es que la tumba de Löne es un secreto. Nos verás en la comida de la tarde y seremos presentados con toda la formalidad del caso, pero tú debes fingir que no conoces el Jardín de Celebrian, ni el secreto del roble, ni a nosotros.
Los azules ojos de Legolas se oscurecieron tratando de comprender los designios de estos elfos misteriosos.
–¿Y si no están en la cena?
–¡Estaremos! –respondieron ellos a coro y eso le pareció muy bello.
De alguna extraña manera las voces de ellos dos sonaban perfectas al unísono.
–Tienen mi palabra de eldar.
Ellohir alzó entonces los ojos y escuchó el viento.
–Te buscan, Legolas. Vuelve al Jardín de Elrond y se fiel a tu palabra.
El rubio asintió y hechó a correr endirecció a la salida. A pocos metros del seto volteó para despedirse, pero los dos misteriosos elfos ya no estaban.
–Es magia. –se respondió a si mismo, y regresó a donde las ramas estallaban de flores.

A la hora de la cena, Legolas llegó entre los primeros al comedor y se sentó en un rincón desde donde controlaba la puerta. A medida que pasaba el tiempo y más personas entraban, su inquietud fue en aumento. Al fin vio llegar a los dos elfos del jardín, conversaban con el simpático Glorfindel. Al comprender que se dirigían a donde su hermano, les imitó. Halladad pareció reparar primero en él, se agachó y le dio un abrazo posesivo al tiempo que giraba para quedar frente al Consejero y los gemelos.

–Mira hermanito, ellos son Elladan y Ellohir, hijos de Lord Elrond y Lady Celebrian, los hermanos de la famosa Arwen.

Les observó con atención. Todo rastro de tristeza había desaparecido de Ellohir y Elladan incluso estaba alegre. Buscó sus ojos y allí, agazapado en la penumbra, descubrió dolor.

–Mucho gusto. Legolas Thrandulion, Segundo Príncipe de Erys Lasgales.
Los gemelos sonrieron y el elfito se sonrojó de envidia, entre esos dos había algo que veía y no podía comprender, algo hermoso y eterno como las raíces de la tierra.
–Es bello tu hermanito…
–… y alto para su edad.
Halladad asintió orgulloso.
–Y es un gran arquero.
–Eso es útil. –aceptó Elladan.
–Sin dudas. –remarcó Ellohir.

La cena transcurrió sin eventos notables. Los gemelos parecían conocer un poco de todo y Legolas se quedó fascinado con sus relatos de orcos, trolls, hombres y enanos.

Los príncipes del Bosque Verde pasaron dos semanas en Imladris, pero sería más exacto decir que pasaron dos semanas con los príncipes de Imladris. Los gemelos se portaron como excelentes anfitriones: cabalgaron, nadaron, corrieron, cavaron, lanzaron flechas, se batieron con espadas, y narraron historias a la luz de la luna con tanto empeño como, otras veces, cazaban orcos. Halladad sostenía largas conversaciones con Elladan sobre montería. Legolas no respiraba si Ellohir estaba lejos.

Al décimo día de su estancia, pasaron la tarde en la orilla del río. Los hermanos mayores se tendieron a tomar el sol mientras sus hermanos chapoteaban en el agua. La risa de Legolas y Ellohir se mezclaba con el canto de los pájaros.

–Es muy bello tu reino, Elladan.
El gemelo giró para poder ver la cara de su interlocutor.
–¿Quieres quedarte a vivir en él? –lo había dicho en broma, pero la actitud meditabunda de su nuevo amigo le inquietó.
–No –respondió Halladad al fin–, pero estaría bien para Legolas. Creo que se ha enamorado de Ellohir.
–¡Tiene seiscientos años! Se enamorará de cualquiera que sea paciente con él. Lo que pasa es que hecha de menos a su madre.
Halladad movió la cabeza, dudoso. El también extrañaba a su madre, pero sospechaba que, entre Legolas y los gemelos había algo más.
–¿Estarán aquí cuando regresemos de ver a Círdan?
Elladan se encogió de hombros.
–Solo el viento lo sabe. Planeamos acompañarles hasta la salida del valle y cabalgar a Lorien, hace como cincuenta años que no vemos a Arwen.
–¿Y luego?

El gemelo movió la cabeza en seña de despreocupada ignorancia. Estarían en Lothorien todo el tiempo que Ellohir deseara, eso podía ser un mes o veinte años, pero no tenía intensión de contar sus planes. Su silencio dio arrestos al elfo del bosque.

–¿Sería demasiado pedir que vinieras a visitarnos?
–Sería demasiado si no me das una razón.
–Desde que mamá murió, un manto de ceniza cubre la vida de mi familia. Mi padre nos envía a los Puertos Grises para que no caigamos presas de la tristeza, y desea que elija pareja por allá. Pero no tiene sentido, yo ya entregué mi corazón. Ella me espera en Erys Lasgalen y cubre con sus finos dedos mi alma. Pero Legolas es otro cantar. Es melancólico desde que nació, a veces creo que morirá de tristeza sin razón especial. Ustedes lo han despertado. No quiero saber cómo, pero lo hicieron.

Elladan inclinó la cabeza y meditó unos instantes, no estaba seguro de cómo y dónde viviría, ahora que Löne se interponía entre su padre y ellos, prefirió ser cauteloso en beneficio del elfito.

–Muchas aves vuelan entre el Bosque Dorado y el Bosque Verde. Si tu hermano sabe escuchar, tendrá noticias de los elróndidas. Nada más te puedo prometer, príncipe, porque mi hermano y yo juramos consagrar nuestra vida a la venganza.

Cuatro días después, la comitiva del Bosque Verde se puso en marcha. Los gemelos, cargados de equipaje, cabalgaban a los lados de Legolas, hasta que dejaron el valle atrás y la nieve les rodeó.

–Hasta pronto Hojita, crece mucho. –se despidió Elladan.
–Y cuida de Elfinwe. –apuntó Ellohir.

Luego orientaron sus cabalgaduras hacia el sur y se alejaron. Legolas agitó su manita hasta que los perdió de vista.

Elfinwe murió durante la estancia en los Puertos Grises. Legolas ordenó que lo embalsamaran, para poder regresar el cadáver a su hogar. Lo enterró con toda solemnidad al pie de un roble, frente a la Fortaleza del Bosque, y ya no quiso otro ratón. Dejó atrás la infancia sin revelar el secreto de Löne.

Los gemelos cabalgaron despacio hacia el Bosque Dorado, no hubo una sola aventura en su trayecto y cada noche daban gracias a los Valar por esa paz. En las fronteras del reino les esperaba Haldir, el famoso arquero. Declaró tener instrucciones específicas de Galadriel sobre su estancia y los guió a un talán aislado en las afueras de la ciudad de los árboles, con suficiente comida y agua para varias semanas.

Cuando se sintieron con fuerzas, Elladan y Ellohir se presentaron ante sus abuelos y su hermana. Pasaron diez años así, entre el solitario refugio, donde solo se acercaba Haldir con muy poca frecuencia, y las largas y agradables veladas de Galadriel. Luego vagaron por el sur. Respiraron a pleno pulmón la extraña soledad de las Tierras Brunas y discutieron con los rohirrim sobre caballería. Emprendieron el regreso a Rivendel a través del Bosque Dorado, porque Arwen deseaba ser escoltada a casa.

Durante esos años, aprovecharon cada árbol y ave amistosa para transmitir mensajes de renovada amistad a Glorfindel, en Imladris, y a los príncipes del Bosque Verde. Incluso alguna carta enviaron al pequeño Legolas: largos pergaminos llenos de relatos que alentaban la imaginación del rubio príncipe, con la consiguiente alegría de Halladad y el disgusto de Thranduil.

Continuará...

EL SECRETO DEL ROBLE 3

Löne

Glorfindel tiró del tapón de la bañera, el turbio fluido escapó, dejándoles temblorosos y limpios. Con dedos hábiles comprobó la dilatación del joven y la dureza de su abdomen. A través de la piel alabastrina sintió el minúsculo bultito de vida que agonizaba. Ellohir volvió a quejarse, pero lo ignoró.

Con gestos deliberadamente lentos tomó un pomo de aceite de flores y lo derramó generosamente en sus manos.
–Ahora voy a poner lubricante en tu entrada –explicó–, puede doler un poco, pero debes estar quieto.
Empezó a masajear el anillo y aventuró sus dedos en el estrechó canal despacio pero decidido, pues el tiempo iba en su contra.
Ellohir retrajo la cadera por instinto, no estaba acostumbrado a que otro sino su hermano le tocara.
–Elladan, ¡bésale la punta de la oreja!
–¡¿Qué?! No es momento para eso.
El rubio lo miró impaciente.
–Necesito que tu hermano se relaje ¿entiendes? AHORA.
–De acuerdo, de acuerdo.

Con expresión dubitativa, el gemelo besó la sensible oreja de su amante, luego hizo un camino húmedo por el cuello. Ellohir se relajó ante las caricias y dejó de luchar contra los avances del sanador en la parte baja de su cuerpo.

Al fin, Glorfindel logró meter su muy engrasada mano dentro del joven y la movió hacia arriba y adelante. Cerca de la vejiga estaba el capullo. Palpó alrededor con sumo cuidado y descubrió que el fuerte abortivo que suministraran al joven había roto los ligamentos casi por completo. Solo la parte superior, que protegía las vías de alimentación del feto, estaba aún intacta.

Se lamentó interiormente ante la certeza de que el paso final sería muy doloroso, pero no había otra manera: los Valar no esperaban que alguien interrumpiera un embarazo masculino. Lo que ocurría con Ellohir era un Don, no una vergüenza o algo descartable. Ahora debía romper el tronco de un corte seco, los conductos se cerrarían sobre si mismo en pocos minutos y la hemorragia cesaría. Hasta dónde alcanzaba el daño era algo que solo el tiempo podría decir.

Levantó los ojos hacia los jóvenes, que le miraban en muda expectación, lo ojos marrones del menor eran especialmente suplicantes.
–¿No hay manera…?
–Haz perdido demasiada sangre pequeño. Es mejor así.
Ellohir negó con fuerza.
–No, no es mejor.
–Por favor amor –Elladan le apartó un mechón de la frente sudorosa–, tendremos otros. Muchos elfitos que te sacarán de quicio.
Era una promesa tonta, y ambos lo sabían, pero el de ojos chocolate se abrazó a las palabras con fervor.
–¿Cuándo?
–Primero hay que matar muchos orcos ¿recuerdas? Hay demasiados orcos para que sea saludable. –le besó la mejilla– Glorfindel tendrá sus propios elfitos, nos dejará cargarlos y cambiarles los pañales.
–Y cantarles canciones de cuna. –la voz de Ellohir se tornaba pastosa por el efecto combinado de la hemorragia y el relajante muscular.
–Y cantarles –asintió Elladan.

El gemelo mayor intercambió una mirada inquieta con el sanador. ¡Su hermano se debilitaba por momentos! Mediante señas, Glorfindel le indicó que pasara un brazo sobre el pecho de Ellohir y usara la otra mano para cubrir su boca.

–Perdóname Eru. –susurró antes de tirar con sus fuertes manos de guerrero para arrancar aquella pequeña vida que cabía en la palma de su mano.

Ellohir abrió los ojos de golpe y contempló asombrado a Glorfindel, como si no pudiera creer que tanto dolor anidara dentro de su cuerpo. Su alarido fue ahogado por la mano del amante, pero sus nuevas lágrimas solo las detuvo la inconciencia. El pequeño elfito dejó de luchar poco a poco y la respiración retomó su ritmo usual mientras sus ojos se vaciaban de luz.

Glorfindel aún sostenía en la mano el diminuto bebé.

Elladan acunaba el cuerpo de su pareja con ojos lejanos.

De alguna manera lo secaron y vistieron. Tal y como esperaba Glorfindel, la hemorragia se detuvo a los minutos de arrancar el capullo. Lo depositaron en la cama de Elladan y lo abrigaron, ahora Ellohir debía reposar y alimentarse. El bultito de carne quedó encima de una mesa baja, hasta que borraran las huellas más notables de la noche.

En la habitación de Ellohir había mantas y sábanas empapadas, manchas de sangre en el suelo, restos de cristal roto. Quemaron, limpiaron, y barrieron en silencio por horas. Cuando el amanecer se anunciaba, todo había desaparecido y ellos regresaron a la estancia adyacente donde les esperaba el capullo.

Elladan suspiró el ver de nuevo al ver el cadáver. Con gestos un poco ausentes fue hasta una gaveta, extrajo una media de bebé primorosamente bordada, y se acercó a la mesita.
–Esta media fue parte de nuestro ajuar de recién nacidos –explicó a Glorfindel–, la bordó la misma Celebrian.
Con gestos suaves deslizó el cuerpecito dentro de la pieza, luego la dobló sobre si misma. Exhaló un suspiro cansado.
–Creo que deberíamos nombrarla ¿cierto? –no esperó respuesta de su amigo, sino que dirigió su mirada extraviada hacia la cama donde dormía su pareja– Pero… pero voy a esperar a que él despierte.
Tomó entonces una urna pequeñita que adornaba la repisa y depositó el minúsculo sudario dentro.

Elladan estuvo callado un buen rato, una mano descansaba sobre la tapa de la urna como si pudiera dejar allí todo su dolor. Glorfindel se sentía incómodo, fue a moverse para dejarle solo, pero el leve sonido de sus pasos pareció sacar al otro de su ensimismamiento. Los ojos verde–marrón eran nuevamente lúcidos al enfocarse en él.

–Todo esto no fue espontáneo, ¿verdad?
–No me parece. –admitió el rubio.

Entonces el gemelo decidió contarle la pelea de esa tarde, las admoniciones de su padre, el reto que lanzara en medio de su furia, la misteriosa bebida en la mesa de noche. Glorfindel tuvo que concordar en las silenciosas deducciones de los jóvenes.

–Solo me preguntó –concluyó el gemelo– ¿Cómo pudo saberlo? Apenas tuvo síntomas.
–Tal vez no lo sabía –especuló el otro–, simplemente se arriesgó al suministrarle el abortivo en dos partes. Si Ellohir no hubiese estado embarazado, no habría despertado en la noche y no bebería el catalizador.
Elladan movió la cabeza, sopesando la posibilidad.
–Debes tener razón.

Los primeros ruidos de la casa llegaron a ellos. Imladris despertaba, ignorante de que la muerte había cobrado una víctima en sus predios. Glorfindel reinició el diálogo.

–¿Qué harás ahora?
La voz de Elladan fue firme.
–Esperaré a que se recupere y cabalgaremos hacia Lothorien.
El rubio asintió, era lógico que los hermanos fueran en busca de su abuela, aunque no estaba seguro de cómo tomaría la noldor tal relación.
–Ella lo sabe –dijo el joven como leyendo sus pensamientos, se esforzó por sonreír– Pocas cosas se pueden ocultar a la Dama del Bosque Dorado.

En este punto, el sanador decidió irse a su propia habitación a dormir y se despidió. Eligió un camino que le impidiera cruzarse con Elrond.

Los gemelos no fueron vistos durante tres días. Se sabía, eso si, que uno de ellos iba a las cocinas por las noches. El padre no los mandó a llamar.

Al cuarto amanecer, llegó una delegación desde el Bosque Verde: los príncipes Halladad y Legolas hacían escala en Rivendel en camino a los Puertos Grises. Elrond y su corte les recibieron con alegría, los chicos no tenían que pagar la tradicional tensión entre Erys Lasgalen e Imladris. Los invitados compartieron un desayuno formal y fueron conducidos a sus habitaciones.

Halladad era un joven bien plantado a sus 1500 años, musculoso, rubio y de ojos grises, hacía un fuerte contraste con Legolas, alto y delgado para sus 600, el principito anunciaba una belleza escalofriante y sus grandes ojos azules contemplaban la reposaba y lujosa mansión con asombro y un poco de miedo.

En el camino hacia su habitación, no despegaba los ojos del jardín, visible a la derecha de la galería. Las flores estaban abiertas aunque las montañas alrededor estaban blancas de nieve.
–Es magia. –susurró a su oído Glorfindel.
Y el príncipe de los elfos grises asintió muy serio, tratando de mantener la dignidad.

Cerca del medio día, Legolas se escurrió fuera de su habitación a curiosear por los jardines, llevaba consigo a Elfinwe y una pequeña daga –por si acaso.

Caminó por el verde cesped más que feliz. Acarició las hojas y metió su varicita entre las flores, asombrado de todo. Caminando al azar llegó a una zona de grandes árboles y brillante pasto, pero ninguna flor. Notó que esta parte del jardín estaba aislada por setos de enredaderas más altos que el resto y su curiosidad le impulsó adelante.

Casi en el centro del perímetro había un roble, dos elfos estaban inclinados ante el lado norte del gran árbol. Pudo ver entre sus raíces un agujero reciente, allí depositaron los dos elfos una cajita negra y brillante. Legolas se sintió vagamente indiscreto, pero a los seiscientos años y armado de una daga, pocas cosas te detienen.

Avanzó con pasos deliberadamente sonoros, para que ellos supieran que él llegaba. Enseguida uno giró con expresión molesta, pero su semblante se relajó al ver al elfito.
–Hola –saludó en el más exquisito quenya–, soy Legolas Thrandulion. –e hizo una leve reverencia.
–Hola –le respondieron en el mismo idioma–, soy Elladan.
–¿Tu vives aquí? –el elfo asintió– Te lo pregunto porque yo llegué por la mañana y me presentaron a todo el mundo, pero tu no estabas.
–Dormía. –declaró simplemente el mayor.
Legolas comprendió que no le diría nada más y se acercó un poco.
–Vi que guardaban una caja, ¿es un tesoro?
Le respondió el segundo elfo. Su voz le sorprendió, era triste y cansada.
–Enterramos a Löne. –dijo esto sin voltear, como si Legolas careciera de importancia.
–Löne debe haber sido muy chiquitica. –comentó inseguro, sabía reconocer el dolor.
–Pero la quisimos mucho –explicó Elladan con ojos brillantes–, por eso la trajimos a dormir al Jardín de Celebrian.

Continuará...

EL SECRETO DEL ROBLE 2

Elrond

Elladan tenía miedo. Sentado en la cama junto a su hermano inconsciente pudo reconocer cómo esa fría sensación que se abría paso por su sangre. Sus agudos sentidos élficos le indicaban que algo estaba por suceder, pero ¿qué? Dejó a un lado sus inquietudes cuando Ellohir se movió, anunciando su inminente despertar. Sus ojos verde marrones confrontaron los chocolate del hermano, había vergüenza el rostro del gemelo menor. Elladan trató de confortarlo con besos y caricias, pero en su interior no dejó de extrañarse por tan repentina muestra de debilidad.

Se vistieron formalmente y bajaron a cenar.

Había tres invitados esa noche: un gran señor de Cardolan y su hijo de diez años –el chico debía permanecer en Rivendel para completar su educación– y Erestor, el elfo viajero que casi quinientos años después sería Consejero. El resto de los comensales eran los consejeros, los gemelos y, por supuesto, Elrond. Los puestos de Celebrian y Arwen estaban vacíos, como si ambas pudieran llegar en cualquier instante.

A los postres, Elrond mencionó que el pequeño humano cumpliría años dos días más tarde y, como su padre debía partir ya, sería hermoso celebrarlo en ese momento. El niño enrojeció ante tanto honor, Glorfindel rió, encantado por la idea, y los gemelos se relajaron un poco, al ver a su padre concentrado en el agasajo. Todos desearon parabienes al futuro guerrero y el cocinero presentó una hermosa fuente de compota y frutas escarchadas.

Los adultos declinaron el convite, pero los tres jóvenes se sirvieron sin demora. Ellohir, siempre comelón y especialmente goloso en el último mes, se sirvió tres veces.

–Vas a coger una ingesta. –le advirtió el niño.
–Los elfos no enferman –respondió Elladan al descuido, extrañado ante la gula de su gemelo.
–¡Oh! –fue todo lo que el pequeño mortal pudo comentar, sus ojos brillaron de sana envidia.

La tertulia se extendió sobre los nuevos movimientos del Rey Brujo contra Arthedain. A las nueve todos se retiraron. A las once se apagaron las luces y las mucamas arroparon a los niños. A las once y quince, como de costumbre, Elladan corrió hacia la cama de su hermano y le abrazó posesivo. A las once treinta estaban dormidos.

Justo a la media noche, Ellohir sintió una leve punzada en el vientre y giró para acomodarse mejor. Con gesto automático, tomó el vaso de agua de su mesa de noche y dio un largo trago. No era agua pura, sintió disuelto un suave olor a fresas y grosellas, pero no le dio importancia. Volvió a dormirse.

Elladan despertó al sentir algo húmedo y pegajoso entre las piernas. A su lado, Ellohir yacía con la boca entreabierta y los ojos desenfocados. Se movió, tratando de apartar la sensación de humedad que atribuía al sueño, pero no funcionó. Apartó las mantas y escrutó la cama a la luz de la luna.

Tragó en seco y se esforzó por conservar la calma.
–Es una pesadilla. –dijo al aire, pero el olor dulce y pesado de la sangre lo alcanzó y supo que estaba despierto.

Sacudió a su hermano. ¡Era imprescindible que despertara! Ellohir se removía, pero sus ojos no enfocaban. Llegó a soltar un gemido lastimero, como si estuviera prisionero de la somnolencia. Decidió probar otro método y empezó a encender velas y bujías con manos temblorosas. Pronto la recámara estuvo profusamente iluminada, pero no hubo cambios en el gemelo.

Elladan se detuvo en medio de la estancia, conciente de que los hechos empezaban a superarlo, sus rodillas temblorosas eran la prueba. Se apoyó en una silla y respiró con dificultad.
–Tienes que ser fuerte, has estado en combate, ¿no? –se regañó a si mismo.
Sus ojos vagaron hasta la puerta que comunicaba con el cuarto de baño y su rostro se iluminó de repente.

Corrió hacia allí y regresó con una jofaina bien llena que derramó sin contemplaciones sobre la cabeza del durmiente. Ellohir despertó sorprendido, pero su rostro pronto se deformó por el dolor.

–¿Qué me pasa?
–No lo se. Desperté al sentir tu sangre en mis piernas.
–¿Sangre? –había una nota de pánico en su pregunta.
Ellohir bajó los ojos hasta su entrepierna, incrédulo. Elladan, en busca de un respiro, tomó el vaso de agua de la mesilla. Un certero manotazo de su hermano lo impidió.
–No era agua –explicó el menor–, yo lo bebí antes y mira…

Sus miradas se cruzaron, en muda comprensión, las deducciones no fueron agradables. El mudo diálogo duró hasta que Ellohir cerró los ojos para concentrarse en su propio dolor. Elladan le besó la frente, que empezaba a perlarse.

–Iré por Glorfindel.

Ellohir asintió, pero las palabras y el sonido de la puerta fueron ya percepciones lejanas.

Glorfindel no podía dormir. Daba vueltas y vueltas en su cama y deseaba secretamente que alguien viniera a sacarle de su habitación. No dejaba de pensar en la extraña mirada de Elrond hacia sus hijos cuando estos se retiraban. Contenía una mezcla de dolor y resignación que le recordaba el día en que Celebrían partiera. Esa tarde el Señor de Imladris había descubierto el amor de los gemelos, una relación que él mismo había ayudado a cubrir más de una vez, fingiendo ignorancia, o haciendo más ruido de la cuenta al avanzar por los terrenos de Rivendel. Pero ¿qué significaba esa mirada?

Tres toques apresurados le sacaron de sus meditaciones. En la puerta estaba Elladan, apenas cubierto con una túnica, el largo pelo trenzado para dormir y los ojos brillantes de miedo.
–Ellohir. –gimió, y todo encajó en la mente del rubio.
Con rápidos movimientos tomó su bolsa de sanador y siguió al joven por los corredores en penumbras.

En la muy iluminada habitación pesaba el olor de la muerte. Ellohir había logrado sentarse entre las almohadas y respiraba de modo entrecortado. Gruesas gotas de sudor hacían brillar su rostro. Se mordía los labios para no gritar.

Glorfindel se acercó a él con rapidez y acarició el rostro congestionado por el dolor. ¡Era tan pequeño! Su pregunta fue clara y el tono no admitía réplica.
–Ellohir, ¿cuándo fue tu última luna?
El elfito se puso más pálido aún por semejante cuestionamiento. Resopló por el nuevo latigazo de dolor y sus palabras fueron dichas entre dientes.
–Cuatro semanas, cuatro semanas y tres días.
El rubio giró hacia Elladan y le interrogó con rapidez.
–¿Lo tomaste en esos días, justo antes de partir hacia Arnor?
El gemelo estaba demasiado asustado como para preguntarse desde cuándo sabía Glorfindel de su incestuosa relación. Solo atinó a asentir, estaba al borde del desmayo ahora que comprendía la gravedad de su hermano y amante.

El rostro del Consejero era una máscara inexpresiva, si tenía algún reproche que hacer, se lo guardó. En verdad, los jóvenes amantes tenían suficiente con la perspectiva de perder su bebé.

–Hay que actuar rápido. Elladan, pon a llenar la bañera con agua bien caliente.
El joven corrió a cumplir la orden. Mientras, el adulto sacó de su morral un frasco y lo acercó a la boca del enfermo.
–¿Qué es eso?
–Dilatará tu esfínter lo suficiente para que pueda meter mi mano en tu interior.
Los ojos marrones de Ellohir se abrieron en una confusa mezcla de asombro y miedo. Glorfindel trató de modular sus siguientes palabras de modo muy suave.
–Tengo que sacarlo, o te perderemos a ti también, ¿entiendes?
El joven asintió en silencio y volvió a llorar. Bebió de un trago la droga que le ofrecía el rubio y volvió la cabeza.

El elfo mayor retiró las mantas que cubrían el tembloroso cuerpo y rasgó los pantalones del pijama. Hizo un tapón de hierbas medicinales y algodón que colocó entre las piernas de Ellohir y lo abrazó. El chico había caído en una actitud pasiva a causa del estupor. Elladan llegó entonces para anunciar que la bañera estaba preparada. Glorfindel levantó al elfito entre sus fuertes brazos y lo llevó de prisa hacia el agua, el otro gemelo le siguió con la bolsa.

Sumergieron a Ellohir y el agua caliente le relajó de manera ostensible. Por desgracia, el leve sangrado pronto tiño el agua, cambiando la idílica imagen en un cuadro macabro.

–Elladan, acerca esa mesa y pon las cosas sobre ella.
En lo que acercaba el mueble, Glorfindel fue a los estantes, sacó toallas que acomodó en la tabla, junto a sus viales. Luego ambos se desnudaron y entraron a la bañera, redonda donde cabían cómodamente cuatro o cinco personas.

Elladan se sentó detrás del hermano, evitando con brazos y piernas que moviera el torso. Glorfidel se ubicó frente a ellos. Suavemente, separó los muslos de Ellohir y los trabó usando los pies del hermano. Enseguida el tapón salió disparado hacia fuera y la sangre brotó con fuerza del estrecho manantial. El agua pasó de rosa a rojo oscuro. Ellohir gimió quejó.

–Está bien, pequeño, esta bien. –la voz del elfo mayor estaba llena de una seguridad que apenas sentía– Pronto acabará.

Continuará...

1 de septiembre de 2005

EL SECRETO DEL ROBLE 1

Ellohir y Elladan

(Noviembre, año 1520 de la Tercera Edad del Sol)

Elrond no giró cuando sintió los pasos de sus hijos acercarse. No podía. Había demostrado más sangre fría de la que creía poseer al esperar a que los gemelos terminaran de satisfacerse y salieran del baño, abrazados y desnudos, con claras intensiones de continuar los juegos en la ancha cama del mayor.

Ellohir fue el primero en darse cuenta de que no estaban solos. La habitación lucía revuelta, los cajones de escritorio y varios niveles del librero yacían desparramados en la alfombra. ¿Cómo no habían escuchado todo aquel estropicio? Aunque, claro, con la lengua de Elladan en sus pezones…
Apoyado en el buró, como recuperándose de algún golpe, estaba el señor de Rivendel. Entre sus manos pudo reconocer un dibujo a plumilla que Elladan realizara cuando aún tonteaban, sin estar seguros de qué sentían o necesitaban sus cuerpos. Su cara (¿o la de Elladan?) estaba iluminada con una sonrisa pícara y había un gesto de invitación pecaminosa en su cuerpo desnudo y sus piernas abiertas, que dejaban ver el escaso bello y la apretada entrada de un elfito de 1150 años.
Su padre ni siquiera los miró, solo dio varios pasos hacia la puerta con gesto desorientado. A escasos centímetros de la salida se detuvo y habló.

–Olvidaron en la entrada la bolsa con los restos de cerámica y vine a traerlos… lamento haber entrado sin llamar. –los gemelos sintieron que sus corazones se estrujaban, había tanto dolor y decepción en aquellas palabras– Creo que será mejor que hablemos de… –hizo un gesto vago con las manos– esto en el despacho.

Y se fue sin mirarlos ni una vez.

A medida que buscaba por las galerías el camino a su estudio, el paso de Elrond recuperó el ritmo y la fuerza. ¿Cómo podía un padre ser tan ciego? Ahí estaba la razón para que sus hijos jamás se separaran, para que compartieran la misma habitación con baño común de su infancia y ninguno de los dos mostrara interés en los numerosos cortejantes que les habían surgido a lo largo del último siglo.

Entró al escritorio y se dejó caer junto a la ventana. Masajeó sus sienes despacio, tratando de conjurar el dolor de cabeza que se avecinaba. Debía mantener la calma, ellos no eran más que elfitos jugando un juego peligroso, demasiado peligroso. ¿Hasta dónde podían haber llegado las complicaciones si no llega a entrar allí? Mejor no imaginarlo.

Dos toques discretos en la puerta.
–Adelante.

Eran ellos, llegaban con el rostro compungido y las manos tomadas. Prefirió girar y contemplar los delicados dibujos de flores y armas que alegraban la persiana ahora cerrada.

–¿Cuánto tiempo hace?Hablaron completando mutuamente sus frases, y por primera todo el oculto significado de la divertida manía le golpeó.
–En enero serán… –comenzó Elladan.
–… doscientos años –concluyó Ellohir.

Elrond contuvo un gemido. Y él había rechazado más de una petición de mano alegando la extrema juventud de sus hijos. Pero estaba a tiempo, pocas cosas son definitivas a los 1399.
–Entiendo que es un juego.

–No lo es. –afirmaron a coro.
–¡Es un juego! –repitió y trató de ser amigable, después de todo, solo quería ayudarles– Yo también lo jugué de pequeño, pero era distinto.

No pudo verlo, pero los ojos de Ellohir se abrieron mucho y tuvo que morderse los labios para contener el “¿Por qué?” que bailaba en su lengua.

–De cualquier manera –continuó–, el juego va a terminar. Es hora de que se casen, en especial tú, Ellohir. Elladan, te vas de servicio permanente a Fornost. No volverás a cruzar el río hasta que se anuncie la boda de tu hermano.
–Prefiero morir –declaró el menor.
–No me iré sin él –afirmó el mayor.
Elrond se volvió entonces, con los azules ojos muy oscuros de furia. No pudo contener el volumen de su voz pues la poca paciencia que le quedaba se agotó ante tanta desfachatez.
–¡¿Acaso están locos?! No somos salvajes ni avaris, sino eldars, príncipes entre los primeros nacidos.

Su explosión afecto especialmente a Ellohir, él siempre estaba tratando de agradar a su padre, por años había sentido una secreta envidia contra su hermano, que le llevaba cinco minutos de ventaja en el cariño de su Ada. El joven se mantuvo erguido, pero gruesas lágrimas empezaron a deslizarse por sus mejillas. Elladan intervino, extrañado por el desborde sentimental de su gemelo. En ese momento no deseaba saber la razón por la que su hermano estaba tan sensible y hambriento, el sentimiento de protección que lo dominaba lo hizo tratar de desviar el ataque hacia si.

–¡Ada!, por favor. Elrond le miró como a un insecto y su voz resonó como una bofetada.
–¿Ada? ¡Ahora recuerdas que soy tu Ada!
Se acercó a Ellohir y atrapó su delicado rostro entre los dedos pulgar e índice. Una pinza con la fuerza que solo la rabia podía generar. La piel en las mejillas de su hijo empezó a perder el color.
–¿Tu hermano te ha tomado? ¡Dime! –el adolescente asintió, sus lágrimas no hacían más que aumentar la furia del padre– En enero llegarás a los 1400 y dejas que tu hermano te tome. Creí haberte hablado claramente cuando te expliqué tu condición. Ser un Elegido es un Don, Ellohir, exige un comportamiento especialmente honorable y tú…
Sabía que la responsabilidad era compartida, pero no podía dejar de enfadarse de modo especial con el menor.
–¡Ya basta! –Elladan se metió entre los dos sin contemplaciones.
Empujó a su hermano contra uno de los mullidos butacones de la estancia y se enfrentó a Elrond. Trató con todas su fuerzas de que su voz no temblara.
–Ada, nada terrible va a ocurrir. Nosotros tenemos cuidado ¿si? Hablamos con Glorfindel y…
–Pero ¿Glorfindel lo sabe?
–No, no. Solo hablamos con él como si deseáramos ampliar la información. Habló sobre los ciclos de fertilidad y cómo controlarlos mentalmente o enfocar su energía a otros campos. De todas maneras, para cuando lleguemos a los 1500 planeábamos… –enrojeció violentamente– planeábamos cambiar nuestro roles.
–Ya veo –el sarcasmo es patente en la voz de Elrond–, lo tienen todo planeado, ¿no?

Elladan se acercó a su gemelo. Ellohir estaba hecho un ovillo en el amplio asiento y lloraba muy bajito. Le acarició el cabello, como cuando eran pequeños y la oscuridad les asustaba. Bajo su toque, el joven dejó de temblar y la ternura invadió los sentidos del mayor. Deseó inclinarse y besarlo, acariciar sus mejillas y hacerle cosquillas en la barriga, pero se contuvo. La voz de su padre le arrancó de tan placenteros pensamientos.

–Podría estar embarazado justo ahora –su entonación era fría y reflexiva, venenosa–, lo sabes. Es peligroso jugar con la fertilidad de un elfito y eso son ustedes, elfitos. Dudo que tu hermano tenga la concentración suficiente para canalizar su energía antes de ser tomado, por eso debía llegar virgen a los 1600. Por otro lado, si lo han logrado hasta ahora, significa que ha dado mucho de si, tal vez demasiado. Tras doscientos años puede estar, simplemente…–¡Ya sabemos que podría quedar estéril! –Elladan había perdido los estribos y se volvió hacia el padre con su propia ira desatada.

El no deseaba enfrentarse a su padre, pero cada palabra de este breve discurso hería más a Ellohir que garras de orco y nadie podía dañar a Ellohir en su presencia y quedar impune. ¡Al diablo con todo! Las palabras brotaron ahora desde el fondo de su corazón dividido.

–Esto no es lujuria Ada, nunca lo fue. Nos amamos y pasaron bastantes años ante de que pudiéramos reconciliarnos con ese sentimiento. Fue muy difícil comprender que el futuro no traería ninguna mejora a nuestra relación. Pensamos en huir, pero ser gemelos no facilita las cosas. Cuando le hablaste a Ellohir de su condición. ¡Cuánto miedo! Temíamos que ya nuestro bebé estuviera en sus pequeñas entrañas. Leímos como locos e inventamos mil mentiras para que Glorfindel no supiera. No me agrada el sigilo eterno, tener que tragarme mis celos cuando alguno de Arnor se acerca demasiado a él, ni fingir amabilidad e interés frente a las amigas de Arwen. ¡A veces quiero correr lejos, hasta el mar! Pero tenemos una familia, la obligación con los hijos de Elros, la promesa de vengar a mamá…

El joven elfo calló, agotado. Bajo su mano la piel de Ellohir estaba fría y su respiración era apenas perceptible. Cuando volvió a hablar ya no había vehemencia en su voz, tan solo una fuerza reposada y profunda, como su amor.

–Lo que quiero decir con todo esto es que no carecemos de aspiraciones, ni de honor, y nos esforzamos muy duro por no desmerecer a la familia. Pero –y sus ojos brillaron con violencia contenida– no lograrás separarnos Ada, nunca.

A su pesar, Elrond sintió algo de respeto ante su hijo. Esas no eran las palabras de un elfito. Elladan fue a inclinarse para apartar los cabellos del rostro de su gemelo, pero la voz del padre le detuvo, Elrond se había recuperado y volvía a provocarle.

–¿Y si, a pesar de todo, quedara embarazado?Elladan le enfrentó cono ojos fríos.
–Estamos casados ante los ojos de los Valar, Ada, nada más natural que tener hijos. La verdadera pregunta es qué harás tú en esa circunstancia.

No se quedó a esperar una respuesta, simplemente tomó a su amante en brazos y salió de la estancia con la mayor dignidad posible. De regreso a sus habitaciones, depositó a Ellohir en el lecho y esperó, sentado a su lado, a que despertara de su extraño desmayo.

Continuará...