3 de marzo de 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 36

Hablando claro
 
"Conmigo vais, mi corazón os lleva"
Joaquín Sabina
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad
 
Legolas se detuvo en el umbral del despacho de Aragorn.
–¿Me llamó su Majestad?
 
El Rey no giró a verlo, apenas hizo un gesto imperioso para que entrara. El elfo dio un paso, las puertas se cerraron y la voz del hombre restalló como un látigo.
 
-¿Cómo haz hecho esto sin mi consentimiento?
Legolas se congeló en el lugar. ¿Aragorn le estaba gritando?
-Hice lo que tenía que hacer –repuso una voz firme y pausada.
 
El rubio pestañeó, tratando de calmarse. Faramir era el objeto de la ira del Rey, no él. Bien. ¿Su esposo deseaba que los tres discutieran el asunto de Entre Ríos?
 
Aragorn se volvió en ese momento. Legolas alcanzó a ver cómo controlaba su expresión: los gestos crispados por la rabia se relajaron hasta que el rostro del hombre se hizo casi afable. Solo entonces el Rey lo miró, y sus ojos grises se iluminaron. Era tanto el amor allí, que el elfo no pido evitar dar un paso adelante.
 
-Aragorn…
 
El hombre extendió una mano y el rubio imitó el gesto. Las yemas de sus dedos se tocaron y Legolas sonrió al volver a sentir la calidez y textura algo áspera de la piel de su esposo.
 
-Legolas –susurró Elessar, y solo ellos dos pudieron oírlo.
 
El elfo imaginó de repente que estaban solos en Arda, sin más límites que lo que sus brazos e inteligencia pudieran construir. No había dolores pasados, ni temores sobre el futuro. Legolas soñó despierto que eran libres e inocentes, y la sonrisa que esta ilusión le provocara le hizo lucir tan joven como un humano que aún no cumple la segunda década de vida, tan joven como cuando entró por primera vez en Minas Tirith, sucio de polvo y sangre, pero feliz.
 
Así de poderosa es la sonrisa: anima un rostro adusto y pálido y pinta, por un instante, la belleza que los escultores nunca podrán retener.
 
Y fue cierto, porque el Senescal estaba ahí, y vio como el Rey y el Príncipe, eran en la intimidad: amantes arrobados que se miraban y tocaban con la delicadeza de un pétalo del lissuin de dulce fragancia. Así como es persistente y leve el perfume de esa flor, la pasión que alentaba la sangre del hombre saltó por un momento el muro de hielo que el dolor había erguido alrededor del corazón del elfo.
 
Faramir les vio y sonrió en silencio, porque supo que sus oraciones e intrigas tendrían premio, aunque tardara varias estaciones. Ese era el Legolas que había visto antes de la boda, antes de la muerte de Elrond, Thranduil y Auril, antes de la coronación. Legolas volvería a ser la primavera de Aragorn y él podría dedicarse a su esposa y sus coles en Ithilien.
 
Un leño estalló en la chimenea, el elfo, sobresaltado, apartó los ojos, y el hechizo fue roto.
 
El calor de los dedos del hombre ahora le quemaba, así que se retiró, entrelazó las manos y bajó el rostro para que no se le notara el rubor de las mejillas. Suspiró y, al confrontar a los dos hombres, era de de nuevo el elfo circunspecto y discreto que conocían los habitantes del palacio.
 
–¿Su Majestad desea discutir el asunto de Entre Ríos? –dijo al tiempo que se acercó al fuego.
Aragorn carraspea y se rehace.
-Lamento profundamente que te molestaran con ese asunto –y dirigió una mirada envenenada a Faramir.
-Entiendo que es un pedido tradicional a la pareja del Rey.
Aragorn hizo una mueca.
-Es una tradición que busca esquivar la Ley y apelar al sentimentalismo. Además, temo que esa historia sórdida te perturbe. Si quieres dejar el asunto de lado, podrías olvidar…
-¿¡Olvidar!? –Legolas giró para mirar a su esposo de frente y sus ojos se entornaron, peligrosos. –Esa niña vino a decirme que tuvo que matar a su padre y tú ¿quieres que lo olvide?
-¡No escuché eso! –gimió Faramir.
-Como si no lo hubieras sabido desde el inicio –repuso el elfo sarcástico.
Pero Faramir no perdió la compostura.
-Lo único que admitiré saber, es que un esclavo envenenó al Señor de Entre Ríos. Los métodos más extremos de interrogatorio no lograron que cediera a confirmar la existencia de ningún cómplice, esclavo, siervo, liberto o noble. Insinuar que Lady Felyandariel está involucrada de algún modo en tan sórdida trama, es una ofensa a su honor, que es el honor de la corona, pues se trata de una descendiente de la familia de la última reina de Gondor. La Ley fue escrita hace más de cinco siglos para evitar que los esclavos se aliaran con libertos subversivos o nobles intrigantes, esa Ley es lo que permite a los señores de los feudos de todo el reino dormir tranquilos en sus granjas aisladas y asediadas por sureños y orcos…
-¡Después de vejar a sus cautivos para sacarse el calor del cuerpo! –le interrumpió Legolas con fuerza. –La esclavitud es una condición antinatural, los Valar no hicieron a los firimar esclavos de los eldars, luego, los firimar no pueden hacer esclavos a sus iguales. Ese es el tipo de cosa que nace entre los adoradores del Ojo y su amo Melkor. ¡Qué por siempre sufra en el vacío! Y quien defienda semejantes costumbres no es más que un traidor a Eru.
Ambos hombres contemplan estupefactos a Legolas, Aragorn con sorpresa, Faramir sonriente.
-¡Vaya!, estáis vivo, Alteza, sabía que solo tenía que hallar el asunto que le interesara.
Solo ahora Legolas se da cuenta de que acaso puso demasiada pasión en su alegato.
-Yo…
-Tú la apoyas –y el tono de Aragorn es de clara acusación.
El elfo no baja los ojos, descubre asombrado que no le pesa condenar en su corazón al padre de Felyandariel y Fucik.
-Si.
-Oíste todo lo que dijo, le crees a esa desnaturalizada y planeas darle el perdón. ¡Mandó a matar a su padre!
–Su padre era un violador que disfrutaba el derecho de pernada el día de la boda de sus siervas. ¿Crees que no lo recuerdo? Recuerdo perfectamente su mirada lasciva sobre mi cuerpo cuando cabalgamos hacia la Puerta Negra, sus sonrisas burlonas cuando caminábamos por el campamento. Acúsame de honrar la entereza de una niña, tu, que reinas sobre esclavistas.
-¡Yo no reino solo! –se defiende Aragorn. -Tú también eres soberano de Gondor y Arnor, y no te oí quejarte de que el jardín esté tan bien cuidado.
-¿Cómo puedes acusarme de cómplice del esclavismo?  Este no fue un matrimonio arreglado. Yo llegué aquí siguiéndote, nadie me dijo nada sobre las leyes de tu país antes de casarme. En cambio, tú ya conocías la Ciudad Blanca.
-¿De dónde sacas que…?
-Le contabas cuentos a Boromir y Faramir de pequeños.
El hombre se pone rojo y luego pálido.
-¿¡Faramir!?
El Senescal luce incómodo por primera vez.
-No tiene nada de vergonzoso que un viajero de lejos ponga un retablillo de títeres. Le dije, te juro que le dije que solo contabas historias heroicas, y que por eso le gustaban tanto a Boromir.
El Rey resopla, molesto.
-Tu y yo tendremos que aclarar lo que se puede revelar de mi pasado –adopta luego un tono aleccionador. –Además, en realidad estaba ocultándome de Denethor, que ya me conocía. Gandalf me había dicho que quienes mejor conocen los secretos de la ciudad son sus vagabundos y cuentacuentos.
-Seguro –repone Legolas sarcástico.
-Ustedes dos siempre se las arreglan para enredarlo todo –se queja Faramir. –Empezamos por la muerte del Señor de Entre Ríos y ahora hablamos del retablillo de títeres de mi infancia. ¿Cómo podré hacer mi trabajo?
-Haciéndolo, en lugar de involucrar a mi esposo.
Pero Faramir ni siquiera finge que le molesta la amenaza de esas palabras. Sonríe satisfecho y responde con desparpajo:
-Vuestro real consorte, Majestad, tiene obligaciones. Creo que es evidente a estas alturas, por la bronca que se han montado solos, que le sobran las energías para enfrentarlas.
 
Elfo y edain se miran asombrados, acaban de caer en cuenta de que pelearon y Legolas no estalló en lágrimas, de que se acusaron mutuamente y a Aragorn no le asaltó la culpa. El rubio se dobla sobre si mismo y empieza a sacudirse.
 
–¿Legolas? –se inquieta Aragorn, y en dos zancadas está a su lado. -¿Amor?
Entonces la cabeza rubia se alza, hay una sonrisa genuina en su rostro.
-Somos un par de ridículos ¿no? –y estalla en risas que el hombre no tarda en acompañar.
-Lo somos –reconoce Aragorn entre hipidos, cuando ya le duelen las costillas. –Y mi Senescal es un maestro de la intriga –agrega volviéndose hacia Faramir, que se ha sentado a contemplar el espectáculo con una copa de vino en la mano.
El aludido solo asiente, con expresión socarrona.
-¿Lo supiste todo el tiempo? –pregunta Legolas mientras se seca una lágrima furtiva.
-Era una apuesta, aunque estaba bastante seguro de ganar –admite Faramir. –Su Majestad te tuvo envuelto en paños de lana demasiado tiempo, pero tu mirada se ha estado animando desde que Geniev se fue a la Academia. El interés en sus amigos y la racionalidad con que les juzgaste me indicaron que tu alma estaba equilibrada. La prueba final fue la "Danza de los Amantes del Norte", que interpretaron los elfos de Ithilien en la merienda campestre.
 
Legolas suelta un gemido involuntario. Recuerda perfectamente cuánto le afectó ver una parábola de su romance en escena, y las mejillas se le encienden al evocar sus sentimientos de esa noche.
 
–Lloré.
–Pero te contuviste en cuanto Aragorn te pidió ayuda.
–Gracias Faramir, de nuevo –dice Aragorn con voz conmovida.
–Yo les daré las gracias cuando el asunto de Entre Ríos se resuelva.
Pero el rubio hace un gesto con la mano.
–Comprarás a toda la servidumbre del feudo con mi dote.
-Eso es… radical –advierte Faramir.
-Y necesario –apoya Aragorn. –Legolas tiene razón en que, después de un año de gobierno, no hemos hecho nada contra la esclavitud en Gondor.
–Señor, el 30% de la mano de obra de esta ciudad es esclava. En el campo, los índices son aún mayores. Liberarles puede llevarnos a una crisis, y todavía no nos recuperamos de la congelación de las hipotecas. Además, ¿qué haríamos sino con los prisioneros haradrims?
–Nadie habla de darles la libertad en un día, pero podemos hacer un plan, que todo sea arreglado en una década, ¿no es ese tiempo suficiente?
–No lo se –admitió el Senescal, pero la expresión decidida de sus soberanos le forzó a suavizar la negativa. –Así que tendremos que averiguarlo.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Igor puso calzones y medias en su lugar con el eficiente método de girar la bolsa y sacudirla a conciencia. Cerró la gaveta con la cadera y se giró para tomar del suelo la bolsa con sus camisetas, que ocuparían la división inferior.
 
–¿Siempre eres así de cuidadoso con la ropa? –le preguntó G en lo que cerraba la puerta y avanzaba hacia el centro de la habitación.
 
Igor sintió algo de inquietud al verlo acercarse. G se lo había cogido ya dos veces en las pasadas cinco horas. Primero en el despacho, cuando aceptara ser su amante, luego en el comedor, con el creativo uso de los elementos que debían ser el postre. No podría ver una macedonia de frutas como comida nunca más, estaba seguro.
 
-Nadie ve si tengo los calzones estrujados.
-Yo lo veré –repuso el moreno con voz lánguida y se apoyó en uno de los postes de la cama.
Esto desorientó a Igor. ¿Qué debía responder? G sonrió divertido.
–No trates de hallar una respuesta, melda, querido, es solo charla. Los viejos también sabemos de conversaciones ligeras. La verdad, yo tampoco me voy a fijar.
-Entonces seguiré, eh, desempacando –concluyó el joven y le dio la espalda para terminar la mudanza.
 
En realidad no era mucho, apenas tenía ropa en la Mansión: un traje formal, un vaquero, tres camisas y una chaqueta de cuero. En las cuatro semanas que llevaba al servicio de G, se había hecho el firme propósito de no atarse a esa casa de fantasmas, y se obligaba a regresar al apartamento a bañarse, masturbarse pensando en el príncipe y cambiarse.
 
Un modo patético de mantener la distancia que había resultado, además, inútil.
 
-¿Te gusta la ropa clásica?
 
Igor terminó de colgar su chaqueta en el armario antes de voltearse. Esta era una pregunta con trampa, seguro. No valía la pena hablar de dinero, G estaba más allá de los precios, ni de lo apropiado, pues ahora tenía "derecho" a usar ese tipo de ropas.
 
-Si –admitió con un suspiro.
-Bien. Abre la puerta de la derecha. 
El joven lo hizo y…
-¡Santa Madre de los Maiar!
 
La puerta de la derecha no era un armario, sino una galería unos dos metros de ancho y ¿diez? de profundidad. Había ropa colgada allí, mucha, acaso demasiada.
 
A la derecha, lo que alguien como G debía considerar "ropa extranjera": juegos de pantalón, chaleco, saco y corbata, camisas, vaqueros, abrigos largos, chaquetas de piel, ropa deportiva. La ropa que él y sus contemporáneos de todo occidente usaban a diario. A la izquierda estaba la "ropa clásica", versiones actualizadas de los trajes tradicionales de Arda, que identificaban a la clase alta del país. Se consideraba absolutamente inapropiado usar tales ropas sin pertenecer a la nobleza o la Sociedad Moriquendi.
 
Los antiguos ardenses tenían fobia al vacío, que identificaban con Melkor, así que todo diseño de colores planos se consideraba herético. Además, obligados por el terrible frío del invierno y la persistencia de los mosquitos en verano, la ropa debía cubrir la mayor parte del cuerpo. Esas exigencias prácticas habían llevado a soluciones estéticas extremas, que no dejaban a la vista más que el rostro, por caro que resultara. Pero Arda nunca renunció a la sensualidad y espíritu práctico del legado élfico, la ropa debía cubrir e insinuar, realzar la figura, no ocultarla, y permitir cualquier actividad física, desde cabalgar hasta amamantar.
 
Al fondo había entrepaños con calzado de diverso tipo.
 
Igor sintió un leve mareo al considerar la cantidad de dinero que representaba este guardarropa. Y un poco de miedo, al notar las manos del G en su cintura.
 
-Espero que te guste. Mi amante no debe andar por ahí vestido de firyarekaiello –el aliento del príncipe junto a su oreja le excitó.
-No, claro, hay que guardar las formas y proteger el honor nacional –Igor jadeó, G le  estaba colando las manos por debajo de la camisa.
-Me gusta tu patriotismo, Igor –ronroneó el moreno. –Mucho.
 
No hubo más palabras, porque G empezó a besarle la espalda y el joven rubio cerró los ojos, concentrándose en el placer inmediato, abrumador. Era como si un mapa erógeno perfectamente conocido por G estuviera dibujado en su piel.
 
Cedió a los leves tirones y retrocedió con pasos cortos hacia la cama. Luego G le hizo girar y se sentó en el borde del lecho. La cabeza quedó justo frente a la cintura de su amante.
 
–Esta cama está muy bien diseñada ¿no crees? –comentó mientras abría el pantalón y bajaba los calzones.
Igor respondió de modo entrecortado mientras su pene, ya erecto, era engullido por la ávida boca del moreno.
–Una… gran obra de… artesanía mi Señor… que… pone en alto la… tradición de Arda.
De modo automático puso una mano en la coronilla del mayor y jugó con su pelo. 
 
G miró hacia arriba, los ojos mostraban satisfacción. Sus manos agarraron las nalgas del chico para mantenerlo en su sitio en lo que la succión aumentaba de intensidad.
 
Igor cerró los ojos, imaginó que no estaba en la boca de G, sino entre sus piernas, que el moreno era un temblor de carne que decía su nombre en cada envestida. Gimió al sentir en la base del cráneo el cosquilleo que precedía al orgasmo. ¿Tan pronto?, alcanzó a preguntarse.
 
-Ya casi…
 
G apartó la boca un segundo antes del estallido, pero no dejó de sostenerle. El semen se deslizó entre el vello por los muslos, manchó calzones y pantalones, con sus salpicaduras, de modo leve, y al escurrirse, porque ninguno de los dos pensó en detener el flujo.
 
-Ven.
G hizo que se sentara a su lado y le pasó un brazo por sobre los hombros. Algo atontado por el orgasmo, el joven apoyó su cabeza en el hombro del príncipe y suspiró.
-Parece que no he perdido el toque –en la voz había un claro dejo de satisfacción. –Lamento no haber sido atento contigo antes –agregó.
Ese comentario hizo que Igor se irguiera, sorprendido. ¿G se estaba disculpando porque en sus dos primeros encuentros solo había mostrado interés en si mismo?
–No tiene importancia.
–Si la tiene –rectificó el otro. –Te dije que no serías humillado.
El rubio asintió en silencio. Eso fue suficiente para G, que cambió bruscamente de tema.
–¿Sabes bailar?
–¿Bailar? –Igor arrugó el ceño, ¿se refería G a bailes tradicionales? –Fui el muchacho que aplaude número tres en una coreografía de la escuela. Es lo más lejos que llegué.
El moreno soltó una risa corta.
–Estaba pensando en bailes de salón.
–No, no se bailes de salón –y se saltó la parte en que su padre le daba una paliza por mirar demasiado "Saturday night fever".
–¿Por lo menos bailas tango?
Igor enrojeció de golpe.
 
Llegado alrededor de 1880 en los barcos de los numeroneanos negros, junto con la carne de primera calidad del Río de la Plata, el tango había sido abrazado en Arda sin reservas. Porque era la única danza extranjera que, en esos tiempos, admitía parejas del mismo sexo (1). Cuando el tango llegó a París, en 1910, los moralistas pretendieron que las parejas solo podían ser mixtas, y hasta los argentinos se habrían olvidado de cómo los cuchilleros se hacían arrumacos al ritmo de la milonga si no fuera por Arda, porque en los salones de la nobleza edain solo había un baile "exótico": el tango rioplatense tradicional. Así llamado para diferenciarlo del tango moderno, heterosexual y machista.
 
Para las familias cristianas de Arda (para la familia de Igor), el tango rioplatense era una de las tantas costumbres edain de las cuales los jóvenes "buenos y normales" debían ser protegidos. En el ambiente en que él había crecido, era certeza absoluta que "en el tango la decencia se encuentra en pleno naufragio", como dijera L'Osservatore Romano en 1914. (2)
 
Él no había podido verlo hasta que, en el bachillerato, se hizo amigo de Boris y otros jóvenes de la alta sociedad edain. Boris mismo le había enseñado los pasos básicos antes de su primera cita, para que no hiciera un papelón absoluto cuando sonara el bandoneón. A veces bailaba con Silvia, cuyo esposo Alcar era incapaz de ir más allá del disco y el reggae. Pero la idea de bailar con otro hombre <i>en público</i> le dejaba sin aliento.
 
–Si, claro que bailo tango –se obligó a admitir.
–Bien, le diré a Lady Finduilas que la orquesta debe tener al menos dos tangos en su repertorio.
–¿Lady Finduilas? –Igor temió entender lo que eso significaba.
–Se supone que abrimos y cerramos los bailes a los que nos invitan, el parte del protocolo –explicó G. –Yo guío el primer baile, tú lo haces en el segundo.
–Si, si, pero ¿qué tiene que ver Lady Finduilas en esto? –demandó el joven sin poder ocultar su inquietud.
–En dos días será la Fiesta de Presentación de Ivanna, en la Casa de los Senescales.
A Igor el alma se le fue para los pies. Había entendido perfectamente lo que significaba y…
–Yo no puedo… mis padres, toda la familia estará allí… - los balbuceos de Igor hicieron que G le apartara bruscamente.
 
El moreno se levantó de la cama y miró desde arriba al muchacho. El rostro estaba vacío expresión, volvía a ser esa persona lejana e insensible que desagradaba y fascinaba a partes iguales a Igor.
 
–Eres mi amante, vas a bailar conmigo donde se me antoje. ¡Es un honor bailar conmigo! –y se marchó.
 
Igor se dejó caer en la cama, descorazonado. Empezaba a sospechar que la parte más sencilla de ser amante oficial de G sería… el sexo.
 
Rivendel, año 2 de la Cuarta Edad
 
–Una espada, un sapo, una copa, una flor, un zapato, una cuchara… –su voz tembló por la insinuación–, aceite de flores y ¡un beso!
 
Elladan se quitó la venda de los ojos y giró. En efecto: Elrohir y Amroth se besaban con pasión al otro lado de la estancia. Junto a ellos, en una mesa baja, estaban los siete objetos que enumerase. Se acercó y, con un movimiento fluido, sustituyó a su gemelo en la boca del avari.
 
–¿Ya nos crees? –preguntó Elrohir a su joven prometido cuando terminó el beso.
Amroth asintió, tenía las mejillas arreboladas por el amor y el asombro.
–Les creo, si, les creo.
 
Los tres van a sentarse a la cama de pieles y cojines que han armado junto al fuego. La borrasca se abate sobre Rivendel en estas últimas semanas antes del fin del invierno y la comunidad entera vive a puertas cerradas. Dentro de nueve meses habrá muchos partos.
 
–¿Siempre fue así? –inquiere el más joven tras beber un trago largo de vino tibio.
Elladan asiente.
-Al principio, creíamos que todas las personas podían. Poco a poco comprendimos que  no, que esa posibilidad de ver el mundo desde dos puntos de vista simultáneos es negada a la mayoría, excepto en momentos de iluminación.
–Eso que me hiciste… -Amroth vuelve a temblar cuando evoca cómo Elladan supo del abuso al que lo sometieran Thranduil y el brujo Elemmírë.
-No, no pienses en eso, mi amor –Elrohir se presura a abrazarle. –Nunca más te forzaremos en modo alguno.
–Lo se –asegura Amroth y se deja abrigar entre los brazos fuertes del gemelo menor–, pero quiero saber cómo es –el joven calla un instante, tratando de formular la idea en el idioma de ellos. –Quiero saber si pueden leer todo el tiempo la mente de las personas a su alrededor.
Los elróndidas estallan en carcajadas simultáneas.
–¿Crees que nos hubiéramos metido en tantos problemas con semejante don? –responde Elladan tras calmarse. –No, a veces sentimos los estados de ánimo, Elrohir reconoce con bastante certeza la mentira, pero nada más. Eso que sentiste solo lo había hecho en la guerra, con prisioneros orcos por los que no sentía simpatía alguna. Desde que calló Fornost nunca me…
 
El gemelo se detiene, es complicado decir eso. Su relación de largo tiempo con Elrohir no le ha entrenado para hablar de sus sentimientos. Ellos siempre supieron lo que sentían, aunque no las implicaciones de ese amor, ni lo que debían hacer para sobrevivir sin dejarlo por el camino.
 
La llegada de Amroth le obliga a pensar sobre lo que lo que les mueve, atemoriza o satisface. A hablar de ello. Elladan no está acostumbrado a confesarse, porque la única persona a la que debía darle cuentas estuvo con él desde el principio, y estará –lo sabe- hasta el final.
 
-Desde Fornost nunca más use ese tipo de tortura, me parecía indigno golpear la mente de humanos o elfos. Esa noche, la mera idea de que alguien hubiera abusado de ti y yo no lo supiera, no le hubiera procurado castigo, me hizo perder el control. Te herí, y lo lamento profundamente. Solo puedo implorar tu perdón.
Amroth abre los brazos y Elladan se mete en el hueco estrecho de su pecho marfileño, estrecho.
-Esposo mío, yo entiendo que te sintieras ultrajado porque otros intentaran tomar lo que es tuyo y de tu hermano. No hay nada que perdonar.
 
Los gemelos suspiran a la vez. No es la mejor de las respuestas, pero al menos Amroth no les teme, ni les guarda rencor porque Elladan irrumpiese en sus recuerdos y le dejara sin conocimiento por dos horas. Permanecen quietos, disfrutando del calor de sus cuerpos abrazados bajo las mantas y del sonido de la ventisca fuera, hasta que una inquietud obliga al mayor a hablar.
 
-¿De quién fue la idea de poner un frasco de aceite entre los objetos de la prueba?
Elrohir mantiene el rostro impasible, pero a Amroth suelta una risita pícara que lo deja en evidencia.
-¿Con que esas tenemos? –el Señor de Rivendel mira a su gemelo. –¿Te dijo qué tenía en mente? –la imagen llega con claridad de inmediato.
El deseo con que Elrohir apoya la fantasía de Amroth es fuerte y claro.  
-Hagámoslo –jadea Elladan ya excitado.
 
El gemelo menor deja el lecho para ir en busca de los accesorios necesarios, mientras que el mayor comienza a sacarse las calzas. Amroth le imita. Vuelven a abrazarse, el roce de sus sexos erectos es delicioso. Elrohir regresa con el aceite de flores, un vaso pequeño, unos paños y una jofaina de agua. Deja todo entre el lecho improvisado y la chimenea.
 
Se desnuda de pie, mirando al fuego, mientras finge ignorar la mirada hambrienta de sus amantes. Gira lentamente, se arrodilla y gatea hacia la pareja.
 
-Esposo –suspira Amroth.
-Hermano –gruñe Elladan.
 
El mayor aparta las mantas y estira un brazo, atrae a su gemelo a la cama con vigor, con ansias. Hay besos, caricias, pellizcos, mordidas leves. Los hermanos sondean el cuerpo de su prometido con acciones coordinadas, buscando los pliegues donde la piel hace estallar el placer, las curvas que más les excitan. Hay sitios que el avari aún se resiste a dejar explorar, pero son pocos, y los elrondidas se retiran sin queja. No hay prisa ya, no hay miedo.
 
Amroth se agarra a Elladan y gimotea. Es un sonido estrangulado, mitad dolor, mitad placer, que los gemelos ya conocen. Elrohir le agarra las nalgas, muerde con suavidad el lado derecho de la estrecha cintura y desencadena el estallido.
 
El avari tiembla entre sus brazos, solloza.
-Está bien, amor –susurra Elladan, y pasa los dedos entre los rizos color nieve.
Amroth levanta el rostro, tiene los ojos arrasados de lágrimas.
-No me acostumbro –se disculpa, y vuelve a jadear al sentir las manos del otro gemelo, que colecta hasta la última gota de su escasa y traslúcida emisión.
Elrohir besa los labios de su prometido. Es un beso suave, para darle la oportunidad de calmarse antes de seguir.
–¿Ya?
Amroth asiente, toma la pequeña vasija donde Elrohir guardó su simiente y empuja con suavidad a Elladan.
–Tu turno, mi señor.
 
El gemelo mayor se deja caer entre las mantas y abre las piernas. Su falo, erecto y rojizo, se yergue entre una mata de pelo negro y rizado. Amroth suspira y resiste la tentación de devorar tan bello pedazo de carne. En cambio separa las piernas del noldor y derrama unas gotas de su semen allí. Elladan sisea, pues el líquido está frío y pegajoso, pero los labios de su hermano le hacen callar. El avari sumerge un par de dedos en el vasito, y penetra a su prometido.
 
Las caderas de Elladan se levantan y sacuden. Amroth deja a un lado el vaso de improvisado lubricante y usa la mano libre para retenerlo en su lugar. Gira los dedos dentro del apretado trasero y los separa todo lo posible, estira el delicado tejido interior de a poco, pero sin ceder a los movimientos musculares que intentan expulsarle.
 
–Por favor, por favor –solloza ahora el Señor de Rivendel.
-Tan deseoso –canturrea Elrohir. –¿Qué es lo que quieres?
Pero la leve burla espolea a Elladan. La voz no es débil, la respuesta tampoco.
–Te ordeno que me penetres y des alivio a este deseo.
 
El segundo gemelo derrama sobre su propio miembro los restos de la eyaculación de Amroth y lo extiende con cuidado. Apenas es suficiente para lubricarlo y piensa que, si no fuera porque se han comprometido a seguir la fantasía al pie de la letra, tomaría del aceite de flores. El avari retira los dedos del interior de Elladan y se aparta un poco. Elrohir se arrodilla entre las piernas de su hermano, le levanta las caderas y lo penetra de una envestida.
 
Elladan tira la cabeza hacia atrás y un sonido ronco, feroz, escapa de su garganta. La frente se la cubre de sudor en lo que soporta el instante de dolor. Amroth reparte besos de mariposa por el cuello, los hombros, el pecho, susurra palabras dulces y lúbricas en su lengua misteriosa, e insta a Elrohir a moverse con un ritmo lento, cuidadoso, que mantiene al gemelo al borde, justo al borde.
 
Ahora es el turno de Amroth. Derrama unas gotas de aceite sobre la espalda de Elrohir y comienza a masajearlo. Casi a horcajadas sobre la espalda de eldar, el avari guía el ritmo con que se mueven el torso poderoso y la flexible cadera: controla el placer de ambos gemelos.
 
–No puedo más… por favor –gime Elladan.
–Ahora mis señores, ¡ahora!
 
Elladan y Elrohir estallan al unísono. Se pierden por un instante en la intensidad que su sincronía mental provoca. Su prometido les hace volver al mundo, pues se afana, solícito, limpiándoles, cuidando que las ropas no se manchen, buscando las mantas que tiraron con prisa al comenzar este juego de amor.
 
Pero la modorra se apodera pronto de los tres, así que construyen un capullo cerca del fuego y, entre besos lánguidos, vuelven a dormir, con la esperanza de que el amanecer se lleve la tormenta.
 
Minas Tirith, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Theodred sintió el cerrojo moverse y se puso de pie. Dio un par de pasos hacia la puerta, pero lo pensó mejor y se quedó allí, a mitad del salón, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Si, había decidido jugar al tipo duro. Tenía que quedar claro que él no era un juguete.
 
Por fin se abrió la puerta. Eothain entró despacio, demasiado ocupado en mantener el equilibrio entre un maletín en la mano izquierda y un bulto apoyado en el hombro derecho, como para mirar a su alrededor. A estas alturas, a Theodred se le había acabado la capacidad para fingirse duro y desinteresado, así que se plantó al lado del rubio en tres zancadas: sería solo un tipo duro y molesto. Sería él mismo.
 
–¿Qué…?
Pero Eothain le hizo callar con un susurro imperioso.
–La vas a despertar –le advirtió.
 
Entonces Theodred miró con más atención. A menos de un metro, las formas eran mucho más claras y comprendió que su prometido no llevaba en el hombro otro morral. Bajo una chaqueta azul estaba ¿¡ Elenya!?
 
Varias preguntas se formaron en la mente del rohirrim, pero se limitó a asentir. Eothain tenía razón, no podía despertarla a la 1 de la mañana, tras un viaje que seguro la había dejado exhausta. Así que siguió en silencio a su prometido mientras este se dirigía a la habitación y acomodaba a la pequeña en la cama de ambos. ¿Dónde iban a dormir?, se le ocurrió a Theodred, pero tampoco tuvo tiempo de seguir esa línea de pensamiento, pues Eothain respiró hondo y le enfrentó.
 
-Será mejor que hablemos en la cocina –propuso.
Theodred le siguió, era evidente que no podrían pelearse a gusto en el cuarto, con la niña ahí, porque habría pelea, seguro.
-¿Quedará café? –inquirió Eothain con tono ligero.
Theodred no respondió, sabía que era una pregunta retórica. En cambio, cerró la puerta y buscó a tientas el interruptor eléctrico.
-¿Enciendo la luz?
Eothain tarda apenas un segundo más de lo habitual en responder, pero esa demora le dice al futbolista muchas, demasiadas cosas. Por eso, tal vez, la súplica no le toma por sorpresa.
-No te enfades –dice su prometido, y Eothain ya está seguro de que no podrá evitar enfadarse. 
El interruptor suena, la luz dura y blanca del tubo fluorescente se impone. Theodred gruñe.
 
Eothain retrocede hasta chocar con el fregadero, pero la escasa distancia que pone entre ambos no hace menos notable las señales. El joven tiene una mejilla hinchada, marcas de dedos y mordidas en el cuello. Los ojos inyectados de sangre indican que la pelea no fue solo contra hombres, sino también contra la adicción.
 
Theodred siente que su enfado se evapora. ¿Cómo es posible que considerar castigarle por desaparecer 48 horas? ¿Qué desconfiara de su fidelidad?
 
-¿Por qué?
-Tenía que traerla, Theodred.
-Pero podías avisarme, te hubiera acompañado y entonces…
-Habría sido la puta que va de vuelta al pueblo de la infancia bajo la protección del chulo –le interrumpió Eothain. –No. Yo la dejé allí y le prometí que volvería, que con mis fuerzas la sacaría de ese infierno. Era una promesa.
El rohirrim asiente. Sabe que para su novio es muy importante recuperar la autonomía.
-¿Te trataron muy mal?
Eothain se encogió de hombros.
–He tenido clientes peores. Los convencí de usar preservativos, y evité las drogas inyectables, así que nos ahorraremos otra prueba de VIH.
Theodred siente que la hiel le sube a los labios, pero se contiene. No tiene derecho a desahogar sus celos, cuando su pareja llega de una vuelta por el infierno. Se acerca y adelanta una mano.
-¿Puedo?
Eothain asiente, a pesar de que la tensión es evidente en su cuerpo.
 
Theodred le abre la camisa y descubre parte del pecho, marcado de moretones y arañazos. Calcula automáticamente cuánta pomada cicatrizante tendrá que ponerle, y piensa que es bueno que, como capitán de un equipo de futbol, esos medicamentos sean gratuitos. Además, tendrá que vigilarlo al menos una semana, para evitar una recaída en el alcohol después de esto. ¿Cuánto retrocederá su vida sexual? ¡Por los Valar! ¿Acaso es un miserable al pensar en el sexo ahora mismo? Pero una idea inquietante aparta de golpe sus previsiones.
 
-¿Cómo sabes que tu padrastro no vendrá a reclamarla?
 
Eothain suspira y aparta a su novio despacio. Ha estado esperando esa pregunta desde que llegó. Puede que Theodred no sea un gran estudiante de pedagogía del deporte, pero su percepción de las alineaciones estratégicas es instantánea. Es uno de sus grandes valores como jugador de futbol.
 
-Me dijiste que Adanost está vivo –comienza con un suspiro-, y debo darte las gracias por dos razones. La primera es que se que puedo confiar en ti. La segunda es que me puse a pensar en los padres, en el abandono. No se por qué mi padre huyó de casa, pero entiendo que no quiera contactarme ahora, aunque hable cada día con tu hermano. Yo no podría salir de la nada dentro de veinte años y decirle a Elenya "Lamento que tuvieras una vida de mierda, ¿amigos?" simplemente no podría. Supe que tenía que traerla ahora, cuando tiene 8 años, todavía no la han violado y saca buenas notas en la escuela.
-Y eso está muy bien, mi amor, pero Dori es su padre. Puede demandarnos y…
-No lo hará.
 
Eothain hace una pausa y sus ojos, huidizos, vagan por las paredes recargadas de la cocina. Se muerde los labios. Sonaba muy bien en su cabeza, cuando volaba de vuelta a Tirith Osto, pero ahora… No, no debe tener miedo ahora. Se dejó coger por esos cuatro asquerosos, soportó el chute de coca y aventó a su madre contra la pared. Ya pasó lo peor. Además, este es el hombre que lo ama, que le dijo que Adanost vive.
 
El rubio toma aire.
–Dori no vendrá porque Elenya es hija mía.
Theodred pestañea. Eso lo cogió por sorpresa.
 
Elenya tiene 8 años y Eothain 23, lo que significa que la concibió a los 14. No logra imaginarse el escenario en el que su novio, su absolutamente homosexual novio, seduce a una chica lo suficientemente inexperta como para quedarse embarazada. No solo porque en esa época ya tenía una madre borracha y a un padrastro mafioso, sino porque, bueno, porque Eothain nunca le dijo que, en alguna época de su vida, sintiera interés por las mujeres.
 
No, eso tampoco era posible. Eothain "hacía la calle" desde los 12 y, para no bajar las tarifas, consumía hormonas femeninas, de modo que mantuvo una imagen andrógina, casi femenina, hasta los 16. Lo sabe porque ha visto las fotos. Y porque los informes de UNICEF denuncian cada año esa técnica como una de las prácticas habituales de la prostitución infantil que más daño hacen a la salud reproductiva de las víctimas.
 
-Tú eras estéril en esa época ¿no?
-Eso se suponía –repone el otro con los ojos bajos. –No sabía que las hormonas me…
 
Eothain vuelve a detenerse. Como un eco terrible vuelve la risa burlona de Dori, cuando el sanador le dijo lo que pasaba, nueve años atrás. Pero este no es Dori, este es Theodred. Si las cosas no marchan puede irse a la casa de la Sociedad Moriquendi y empezar desde cero otra vez. Si, esa idea la conforta. Mejor dejar las cosas claras ahora antes que criar a su hija con un miserable que lo traicionará.
 
-Yo no lo sabía, pero resulta que tengo la Variante Insular del Síndrome de Klinefelter, y las hormonas lograron que uno de mis clientes me embarazara. Ese es mi secreto, ese es el terrible poder que Dori tuvo sobre mi todo este tiempo. Elenya nació de mi, soy un fenómeno, un maricón anormal que se quedó preñado como la más imbécil de las putas.
 
Tras soltar su discurso, Eothain busca el rostro de su novio con temor. ¿Qué pasará ahora? Theodred tiene el rostro fruncido, su expresión es meditativa, pero no hay rastro de asco o desprecio cuando lo mira.
 
-¿Pero la niña está inscrita a tu nombre? ¿Tu paternidad tiene respaldo legal?
Ahora el que está descolocado es Eothain.
-Te acabo de decir que me embarazaron a los 14 años como resultado del trabajo sexual y solo me preguntas por un documento.
-Si, bueno –Theodred carraspea. –No creo que pueda hacer mucho respecto a tu embarazo, ocurrió hace un tiempo. En cambio, puedo hacer algo por tu hija, pero adoptarla será más difícil si no es legalmente hija tuya, ¿sabes?
-¿Adoptarla? –balbucea el otro.
 
Todo lo que Eothain puede suponer es que ha caído por el agujero de Alicia y ni siquiera se había enterado. Tras 48 horas de tensión, este es el último de los finales que esperaba. Le tiemblan las piernas y decide que, aunque sea poco ortodoxo, tendrá que sentarse en el piso.
 
-¿Vas a adoptar a mi hija? –repite ya con la espalda apoyada en el armario de las cazuelas.
-Vengo de una familia antigua y conservadora, Eothain –explica el gemelo en lo que se sienta a su lado. –No se aceptan el matrimonio con extranjeros, la infidelidad, el cristianismo o la bastardía. Tengo que adoptar a tu hija, o no la dejarán ir a la boda, y eso puede ser incómodo.
-Entonces, ¿te vas a casar conmigo?
Theodred sonríe, divertido.
–Cuando te pones redundante, es que estás muy cansado. ¿Vamos a dormir?
-Pues…
Theodred se levanta primero y le tiende una mano. Eothain se alza con dificultad y casi cae de nuevo, atacado por el mareo.
-Dime una cosa, ¿comiste durante algo en los últimos dos días?
Eothain sonríe, ya casi dormido.
-¿Estás loco? Habría vomitado en cuanto me tocaran esos tipos. Es una lección que aprendí bien de mis años como efebo. No comer antes del trabajo. ¡Oye! Dejé a mi hija en nuestra cama.
-Dormiremos en la cama de Igor, creo que mi primo, el viejo G, por fin logró ponerle las manos encima.
 
Se van al cuarto del fondo. Eothain cae dormido casi al instante. Theodred espera a que el sueño de su pareja sea profundo antes de bajarle los pantalones. Solo un poco, lo suficiente para que la cicatriz en la parte baja del vientre sea visible.
 
Nunca preguntó qué recuerdo era ese (en Arda se aprende temprano que es feo preguntar sobre marcas  que afeen la piel), pero sabía que era importante, porque era muy fácil corregirlo, pero Eothain había elegido conservar esa imperfección. Ahora, muchas cosas encajan en su lugar. Theodred siente vergüenza de repente: su amado le ha dicho la verdad, pero él…
 
-Si yo te contara…
 
No puede. Las historias de su familia, las historias de las familias del Ejército del Oeste, son la Historia de Arda. Su hermano y él huyeron de la casa vieja y grande, llena de armaduras antiguas y criados sigilosos, la casa donde Eomer I sedujo a Igrania, pero no pueden romper el pacto de silencio. No podrá hasta que se casen, por lo menos.
 
-Los Valar me han bendecido contigo, Eothain de la Montaña Solitaria. Huí de mis tradiciones y me enamoré de un Elegido. ¿Significa eso que debo volver a casa contigo?
 
Notas:
 
1) El tango como danza se creó a finales del siglo XIX entre hombres, y por hombres que bailaban con otros hombres en las calles y en burdeles: "La sociedad en la cual se comienza a bailar tango era mayoritariamente masculina (el 70%), por la tanto, a la luz pública se bailaba entre parejas de hombres únicamente, ya que la iglesia aplicaba su moralismo y no permitía la unión de un hombre y una mujer en esta clase de baile. […] El Tango en antaño lo bailaban eran los hombres, no lo bailaban hombre y mujer, porque eso era prohibido por la ley. [...] El Papa Pío X lo proscribió, el Káiser lo prohibió a sus oficiales." Juliana Hernández Berrío: <i>El Tango nació para ser bailado</i>. Ref. http://es.wikipedia.org/wiki/Tango_Queer
 
2) Poco antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial en 1914 el emperador de Alemania, Guillermo II prohibió que los oficiales prusianos bailaran el tango si vestían uniforme. El órgano oficial del Vaticano, <i>L'Osservatore Romano</i>, apoyó abiertamente la decisión en los siguientes términos: "El káiser ha hecho lo que ha podido para impedir que los gentilhombres se identifiquen con la baja sensualidad de los negros y de los mestizos (...) ¡Y algunos van por ahí diciendo que el tango es como cualquier otro baile cuando no se lo baila licenciosamente! La danza tango es, cuanto menos, una de aquellas de las cuales no se puede de ninguna manera conservar ni siquiera con alguna probabilidad la decencia. Porque, si en todos los otros bailes está en peligro próximo la moral de los bailarines, en el tango la decencia se encuentra en pleno naufragio, y por este motivo el emperador Guillermo lo ha prohibido a los oficiales cuando estos vistan uniforme." Ref. http://es.wikipedia.org/wiki/Tango

29 de diciembre de 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 35

De lo que está permitido a la nobleza
 
"La vida está llena de sexo,
o debería estarlo"
George R. R. Martín
 
 
Mirwood, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Halladad dejó ir al pájaro y se acercó a la chimenea para leer el mensaje. El Rey del Bosque Negro removió los rescoldos y las llamas crepitaron, entonces desplegó el breve pergamino cifrado: "alquimista infiel." Dejó caer el papel al fuego y regresó a la cama.
 
Su esposa seguía dormida, y Halladad se perdió por un instante en la belleza de su larga trenza negra. Desnuda tras la noche de amor, Maërys estaba hecha un bultito para conjurar el frío de esta madrugada invernal. Cuando él se metió debajo de las mantas, el cuerpo de ella se le amoldó, ansioso de calor, acaso de caricias. Pero el Rey está inquieto, así que se limita a pasar los dedos por la espalda de su amada mientras sus ojos grises intentan distinguir los retratos de la familia real, en la pared más lejana de la habitación.
 
Es una empresa baldía, por supuesto, pues la penumbra del día apenas es una promesa y las llamas del hogar son la única fuente de luz artificial. Pero Halladad sabe que ahí están los severos rostros de su padre Thranduil, su abuelo Lelldorian y su bisabuelo Haridorn, señores pretéritos de esta fortaleza, de este bosque, de estas riquezas y de las vidas de quienes habitan la región. Fue justamente su abuelo Lelldorian quien instituyó el cargo de Hechicero del Reino, y tras la muerte de Ingolm, un mago muy simpático, ocupó el puesto su discípulo, que nunca ocultó su predilección por Thranduil.
 
"Alquimista infiel."Apenas dos palabras y el pájaro llegado desde Rivendel ha sellado el destino de Elemmírë hijo de Galion. Tendrá que buscar un mago nuevo.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aralqua se dejó caer en el banco y suspiró confundido. ¿Cómo habían podido torcerse las cosas tan rápido? Darle en el hocico al presumido de Gaedheal se había sentido perfecto, pero su novio le había dedicado una mirada de puro horror. Sin dar explicaciones, Aranwe había corrido a la calle para tomar un taxi.
 
El pelirrojo tenía la impresión de que ese era el tipo de victoria que sus padres llamaban "pírrica", porque seguro que a Gaedheal de Tolfalas no le quedaban más ganas de meterse con su novio, pero ¿todavía era su novio? Imposible saberlo: no se atrevía a tomar el elevador a su casa, donde tendría que explicar a su madre el asunto; tampoco le alcanzaba el valor para ir al apartamento de los Lómendil, donde su suegro sería un obstáculo insalvable. Ante tal perspectiva, el patio de juegos del edificio parecía la mejor opción, aunque la gritería de la chiquillada fuera un poco molesta.
 
Así que ahí estaba, con la corbata floja, chaqueta y mochila tiradas en el pasto y la mirada clavada en el suelo. ¿Qué debía hacer?
 
–Saludos.
Aralqua levantó los ojos, frente a él estaban una chica castaña de 9 o 10 años. Aunque nunca la había visto, llevaba el uniforme de su colegio: camisa beige, chaleco y falda-pantalón azul oscuro, corbata negra con líneas beige y monograma blanco en el lado derecho.
–¿Qué quieres?
–¿Tu eres el que le dio el puñetazo a Gaedheal de Tolfalas?
El pelirrojo resopló molesto. ¿Ahora venía la venganza del Kindergarten Élfico?
–Si, fui yo.
Ella dio un salto y soltó un grito MUY agudo. Luego empezó a dar palmaditas.
–Lo sabía, lo sabía. Le dije a toda mi aula que vivías en mi edificio, pero no querían creerme. ¿Mañana podría sentarme a tu lado en el almuerzo? ¡Por favor!, ¡porfis!
–Oye, oye, ¡cálmate! No se ni cómo te llamas.
Ella se detuvo y sonrió avergonzada.
–Tienes razón, mi madre siempre dice que debo presentarme, pero se me olvida. Soy Lady Andreth, Condesa de Pinnath Gelin –hizo una reverencia profunda. –Es un placer conoceros, Ser Aralqua Williams.
–¿Ser?
–¡Claro! Un acto como el tuyo solo corresponde a un caballero.
–Bueno, en realidad...
Ella lo interrumpió con repentina seriedad.
–Si, lo se, en realidad todos queremos golpear a Lord Gaedheal de Tolfalas desde que tuvimos la desagradable circunstancia de conocerle, pero ha sido usted, caballero de allende los mares, quien logró tal hazaña.
–Hablas un poco raro, Andreth.
–Lady Andreth, por favor, no porque sea usted un valiente debe olvidar sus modales. Al menos eso dice mi madre, Señora Regente de Pinnath Gelin. Insiste en que hable de acuerdo al protocolo siempre. No le diréis que dije "porfis", ¿verdad?
–No, claro que no –le aseguró el pelirrojo, confundido ante la admiración que parecía sentir la niña por él y el difícil oestron protocolar.
–¡Perfecto! Ahora, ¿tiene usted un poco de tiempo, Ser? Otros habitantes del castillo desean conocerle y estrechar la mano del valiente que puso en su lugar a Lord Gaedheal de Tolfalas, ¡que nunca le salga pelo en los pies!
–Pues... –Aralqua recordó entonces que su madre deseaba que socializara con el resto de las personas del edificio, así que asintió. –Encantado, Lady Andreth.
La niña sonrió ampliamente y tiró de él.
–Venid, bajo el cuadrante de básquet se han reunido varias personas que supieron de vuestra escaramuza. Arden en deseos de estrechar vuestra mano y obtener detalles de ese combate singular en defensa de vuestro amado. Solo os prevengo de que, como sois un plebeyo de allende los mares, se considerará de mal tono que habléis como noble. En pocas palabras, está usted excusado del protocolo.
El pelirrojo lanzó un suspiro de alivio.
–Gracias, Lady Andreth, porque no se hablar oestron protocolar.
Ella le dirigió una mirada pícara y volvió a reírse.
–Alegraos de ello, Ser.
 
Caminaron hasta donde se alzaba la canasta de básquet, allí había una docena de chicos de entre 9 y 12 años esperándoles. Cuatro del grupo vestían su mismo uniforme (con diversos grados de desaliño), una pareja de gemelos tenía trajes de algún colegio militar, otros tres vestían un traje blanco y rojo vino que no supo identificar, un chico llevaba ropa de calle y una niña alta y de facciones duras llevaba camisa amarilla con monograma y unos vaqueros rasgados.
 
Se detuvieron a un metro y Andreth hizo una profunda reverencia en dirección al grupo.
–Sus señorías, honorables compatriotas, este es Ser Aralqua Williams, vencedor de Gaedheal de Tolfalas.
–Aiya –dijo con miedo.
–Aiya –respondieron a coro.
Los niños le miraron en silencio por un rato que al pelirrojo se le antojó infinito.
–¿Puedo hacerme una foto contigo? –dijo al fin un niño de cara redonda y cabello oscuro.
–¿Foto?
–Claro, si no, mañana no me van a creer en la escuela.
–Pero tú no vas a "Torre Blanca", ¿por qué les importaría en tu escuela que yo golpeara a ese presumido?
El grupo estalló en carcajadas.
–Tu de verdad no sabes lo que haz hecho, ¿cierto? –afirmó divertido uno de los cadetes.
Aralqua negó con la cabeza.
–Gaedheal de Tolfalas es el próximo Príncipe de Tolfalas, uno de los Grandes del Reino. Al golpearle, te has conseguido un espacio en las noticias de la noche.
El resto asintió.
–Por eso Malcom quiere una prueba de que vives en el edificio que cuida su madre –completó otro de los niños con el uniforme de "Torre Blanca", en lo que sacaba una cámara.
El moreno se apuró a posar junto a Aralqua.
–Ajusta bien eso, Aina, que nadie pueda decir que es un montaje –se volvió hacia el pelirrojo sonriente. –Gracias, así sabrán que yo no temo a chicos peligrosos.
–Un momento –les detuvo la niña de la camisa amarilla. –¿No es mejor una foto de grupo?
Todos miraron expectantes a Aralqua.
–Por mi perfecto, no hay problema.
Lady Andreth volvió a soltar su agudo y nada protocolar gritico de triunfo. De inmediato se agarró de la cintura del pelirrojo.
–¿Harás el retrato, Gorthol?
La niña de camisa amarilla hizo una mueca de fastidio y asintió.
–Claro, dame acá tu supercámara, Aina.
El resto del grupo se puso alrededor de Aralqua en lo que este luchaba con el asombro: Gorthol no le sonaba a nombre femenino.
–Ser Aralqua, no se pare tan tenso –le indicó Andreth. –Esta ha sido una excelente ocasión para conocernos. Vamos, relájese.
Gorthol resopló y bajó la cámara.
–Hirunatan y Malcom, ¿se toman de las manos o no?
La niña, de blusa blanca y falda roja, gruñó "él no es mi novio" y entrelazó sus manos a la altura de la cintura. Malcom la miró con tristeza y se encogió de hombros.
–Niggle ponte por el otro lado de Aralqua –siguió indicando Gorthol. –Alcen más la cabeza, soldaditos. De acuerdo, a la cuenta de tres digan "sesenta y seis", ¿listos?
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad
 
Legolas se contempló en el espejo con mirada crítica: no, no había envejecido más. Ni su rostro, ni sus manos, ni su torso, ni sus piernas habían perdido la piel suave, la fuerza interna, la elasticidad. Un poco más tranquilo, se apartó del gran espejo y fue a tomar la bata de dormir. Sonrió un poco por las cosquillas que el blando y cálido tejido le hacía. Las manos de Aragorn solían ser así sobre su piel cuando se rozaban por error décadas atrás. ¿Por error? Sonrió de nuevo, habían sido como dos niños que no saben cómo pedir un juguete a sus mayores, y rozarse era el modo de tranquilizar sus cuerpos. Pero esta idea estropeó el humor del príncipe, pues recordó que ahora, casados, también pasaban la mayor parte del tiempo ansiando el cuerpo del otro.
 
Ansiarse tanto tiempo, Dulce Varda, tenerse tan poco, perder tanto.
 
¿Por qué seguía Aragorn siéndole fiel? El hombre ardía en deseo, podía notarlo, y nadie en la corte le iba a regañar por buscar deshago en alguna cortesana. Mal que le pesara, Legolas estaba consciente de que él mismo tampoco se lo reprocharía, incluso sería un alivio comprobar que era tan poco digno de deseo en los ojos del Rey como en los suyos.
 
Pero su esposo, que no en balde se había criado con los gemelos, tenía otra idea de los votos matrimoniales. Decía estar dispuesto a esperar a que el cuerpo y alma de Legolas sanaran, a que volviera a nacerle el deseo de las caricias, a que renaciera la capacidad de confiar y entregarse. Legolas sabía que hablaba en serio, que su paciencia no sería herida por cinco o diez años de espera, pero ¿Gondor podía esperar tanto?
 
Siempre el mismo callejón sin salida ¡maldición! Legolas terminó de atarse la bata con gestos bruscos y salió del cuarto de baño.
 
–Alteza –su doncella hizo una profunda reverencia al verle entrar en la recámara real.
–¿Ocurre algo? –estaba seguro de haberla despedido hasta la mañana.
–Su Majestad le envía una nota –y mostró un fragmento de pergamino lacrado.
 
Él asintió, pero no se acercó  de inmediato. Primero observó con rapidez la habitación, en busca de alguna otra persona oculta. Luego avanzó de modo sinuoso, con fingida eventualidad pasó por la mesita donde había dejado su daga, y se acercó a la joven.
 
Ella, bien aleccionada, no dejó de mirar al suelo hasta que lo tuvo delante.
–Dame la nota. Alza los ojos.
loreth obedeció y se quedó sin aliento: el rostro dulce y bello del delicado elfo estaba deformado por una mueca cruel, y sus ojos, eran ojos de fiera acosada.
–Escúchame, mujer: en la recámara real se entra por invitación expresa. No volverás a entrar sin anunciarte, así te envíen los Valar con un Silmaril en la mano. Esperarás en la antesala, y tocarás la campanilla hasta que al Rey o yo salgamos a responder. Cualquiera que desee vernos se atiene a ese protocolo, incluso el Príncipe Geniev, y te haré personalmente responsable de su violación. ¿Me haz entendido?
Ioreth, que sentía claramente la punta del cuchillo en su costado, tragó en seco.
–Si, Alteza.
–Bien, puedes retirarte.
 
Una vez solo, desplegó la nota: "Ven a mi despacho, amor, no quiero hablar del asunto de Entre Ríos en la cama". Analizó despacio la escritura y el estilo y concluyó que la nota era en verdad de su esposo. Bufó: andar en ropas de dormir por las galerías del palacio no estaba en sus planes para obtener autoridad, pero volver a colocarse el pesado traje ceremonial estaba descartado.
 
Legolas buscó unas calzas, unas zapatillas de entrenamiento, el cinturón con sus armas y un abrigo largo, que cubrió mayormente su bata de dormir. De las muchas bujías repartidas por la habitación tomó una de base larga y estriada, que no se deslizaría entre sus manos sin él quererlo. Salió de su recámara con paso decidido.
 
Dos soldados hacían guardia en la puerta que separaba la antesala real de la galería.
–Abrid la puerta y seguidme –ordenó.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Igor escuchó abrirse la puerta de la oficina del Príncipe, pero no reaccionó. Siguió trabajando el borrador de su ensayo de teología, a la espera de que el Señor –era extraño, pero todo el mundo a su alrededor lo llamaba así y había acabado aceptando– le dirigiera la palabra. Era una de las primeras lecciones básicas aquí: el Señor iba y venía libre por su casa, que para eso lo era, en cambio, sería una tremenda impertinencia ponerse a cuestionar tal derecho con preguntas sobre sus deseos. ¿Acaso no podía expresarlos por si mismo?
 
Un mes a su servicio parecía una vida.
 
Ser secretario del Príncipe de Arda había abierto la puerta a un mundo cuya de existencia siempre supo, pero que ni siquiera la cercanía con Boris, Alcar y los gemelos le había permitido comprender. Una vida complicada, si, cuya densa trama de tradiciones y simbolismos encajaba perfectamente en el carácter curioso y meticuloso de Igor. A veces le parecía que regresaba a casa al cruzar las puertas del Círculo y que  toda su vida de joven rico y despreocupado del siglo XX (la niñez en el norte, la universidad llena de presiones y desafíos, sus relaciones fallidas, el apartamento que compartía con sus amigos) eran parte de un sueño demasiado largo.
 
Sonrío para sus adentros y volvió a pensar en "La noche bocarriba", ¿quién moriría antes, el erudito en lenguas antiguas o el fiel servidor de un príncipe solitario? ¿Y por qué pensar en la muerte? Por la casa, ¡claro!
 
Lo único desagradable de estar en la Mansión del Príncipe era la sensación de andar por un mausoleo. La incómoda impresión de que quienes le rodeaban -la callada Midhiel, el gigante Arog, el servicial Bill, el mismo Príncipe- eran seres del pasado remoto, fantasmas que luchaban por adaptarse a los modales de fines del siglo XX, pero cuyos gustos y añoranzas se remontaban muy atrás en el tiempo.
 
Si le preguntaran, Igor no podría decir qué gestos o indicios producían la sensación, pero estaba ahí. Se trataba, por ejemplo, de la facilidad con que Midhiel guisaba en el gran fogón de carbón de la cocina solo iluminada con lámparas de aceite, de la clase de esgrima matinal entre Arog y el Señor, de las canciones que tarareaba Bill mientras cepillaba a los caballos. Se trataba incluso, ¿o especialmente?, de cómo le preguntaban las cosas más inusitadas de la vida cotidiana de Arda y le pedían que repitiera palabras de jerga, lo cual parecía divertirles muchísimo.
 
–¿Igor? –le habló por fin el Príncipe mientras se dejaba caer en la silla frente a su mesa de trabajo.
El secretario puso a un lado pluma y papel y se enderezó en el asiento.
–¿Señor?
–Quiero que seas mi amante.
 
Igor se echó atrás instintivamente, pestañeó, dijo "¿Eh?" y volvió a inclinarse hacia delante. El Príncipe lo miraba divertido, y el joven consideró la posibilidad de que esto fuera un abroma. Lo desechó casi al instante, las bromas del Señor siempre se referían a hechos o personas de unos seiscientos años atrás. Tragó en seco. ¿Tanto se le notaba?
 
–Estoy seguro de que podrá encontrar parejas más adecuadas entre los primos de…
–No me va el incesto –le interrumpió el otro, y acompañó la frase con un gesto de desagrado. –Y ya sabes lo que pasó la última vez que confié en un extraño.
 
El joven asintió: "extraño", en la jerga del Príncipe, era equivalente a "extranjero", y el único no ardense que había llegado a la cama de un Príncipe Telcontar había sido Alfred Redl. ¿Quién en Arda no sabía del Asunto Redl? Si alguien había estado cerca de empujar a su país a la Primera Guerra Mundial, ese había sido Alfred Redl.
 
De hecho, el mayor éxito de la historia en la televisión nacional era la serie "Mi rubio mentiroso", que a pesar del pésimo título se retransmitía cada cinco años desde 1960, en cuanto crecía una nueva generación de adolescentes lloricas que pudieran conmoverse con el argumento, estirado y retorcido en 200 capítulos de 40 minutos. A pesar de su desconfianza a las telenovelas en general, y a las históricas en particular, Igor admitía que el tórrido romance de cinco años entre el agregado militar del Imperio Austrohúngaro y el Príncipe G de 1910 estaba bien reflejado. En especial ahora, cuando se daba cuenta de que los escenarios de la casa habían sido reproducidos al detalle. ¿Cuánto más de lo que tenía por ficción sería real? Hizo nota mental de volver a verla.
 
–Aún así no veo razones para…
–Te daré tres: Primero, es lo que se espera de ti, y he notado que te gusta respetar las tradiciones. Segundo, eres la única persona disponible con la edad, los atributos físicos, los conocimientos culturales y la paciencia necesaria. Tercero… –G saltó sobre la mesa con un gesto felino y besó con rudeza a Igor.
 
El muchacho intentó apartarle, pero G le agarró las manos y lo inmovilizó sin esfuerzo aparente. Su lengua se coló entre los dientes apretados del rubio y le acarició el interior de la boca, forzó a su lengua a danzar, a devolverle las caricias. Aunque una parte de su cerebro gritaba de pánico, Igor sintió que su cuerpo se relajaba y cedía de a poco. El beso de G era justo como lo había imaginado, rudo y prepotente. El cuerpo de G, ahora sentado encima suyo, tenía el peso y la forma justas para no hacerle gemir. Las manos de G, que masajeaban su nuca y su cuello, eran suaves y fuertes, se sentían  familiares tras años de sueños añorando un hombre así.
 
El contacto se cortó con la misma brusquedad. G se apartó un metro y quedó de pie, mirándole desde arriba con expresión socarrona.
–y último argumento: te gusto.
Igor cerró los ojos, tratando de no perder la calma ante la humillación. Sabía que estaba sonrojado, jadeante, despeinado y medio excitado con solo un beso. ¡Por los Valar!
–Mis padres no lo entenderán.
–Tus padres no aceptarán a ningún hombre –la sonrisa ahora se hizo cruel–, al menos esta vez tendrás un novio al que no pueden asustar.
Al oír cómo despachaba su débil argumento, Igor fue consciente de la imposibilidad de negarse. ¿No era esto lo que quería desde que le había puesto los ojos encima aquella tarde que vino acompañado de Boris?
–Seré tu amante –asintió–, pero no tu juguete.
–Los juguetes son para los niños –repuso G con voz acaso una octava más alta de lo habitual, con lo que Igor supo que se sentía agraviado. –¿Te explico las reglas?
Igor inspiró y expiró despacio, tenía que despejar su mente y escucharle. ¡Tenía que recuperar el control!
–Las reglas, claro.
– Uno: tú eres mi amante, no estoy enamorado de ti, no me casaré contigo, ni esperes una relación a largo plazo, solo tendremos este arreglo durante la temporada que viva en Minas Tirith, no creo que más de cinco años.
El joven estuvo a punto de rectificarle el nombre de la ciudad, pero desistió.
– Dos: estarás disponible para tener sexo todo el tiempo, pero no harás nada, en la cama o fuera de ella, que no te guste, que te humille o sientas ofensivo, no me interesan los jueguitos de amo/esclavo. Tres: los regalos que te haga, desde joyas hasta tierras, son tuyos de modo irrevocable, no temas que cambie de idea a la mañana siguiente y no juegues a rechazarlos para que insista. Cuatro: tendrás acceso pleno a la casa y toda reunión a la que asista, pero si un día me niego a explicarte algo, desaparezco sin ti o te excluyo, recuerda quién eres. Cinco: serás cortés con quienes nos rodean, y ellos están obligados a mostrarte cortesía, pues una ofensa a mi amante es una ofensa a mi, recuérdalo sobre todo frente a dignatarios extranjeros. Última: yo siempre voy arriba.
 
G terminó su parrafada, se reclinó y entrelazó los dedos de las manos, a la espera de una respuesta.
 
Igor cerró los ojos, abrumado, y trató de calmarse. ¿Estaba seguro de que la avalancha de palabras no era parte de un sueño? No, se dio cuenta de que ningún sueño en que G le propusiera sexo sería tan aséptico. Además, el Príncipe había estado hablando la mitad del tiempo en oetron antiguo, y él no dominaba tal lengua como para soñar en ella. ¡Por Tulkas! ¿Qué importancia podía tener en que idioma le ofrecía este contrato de trabajo sexual?
 
Esta era la realidad, comprendió con cierta amargura. Aquí se derrumbarán todos los sueños. A G no le interesaban sus sentimientos más allá del placer que le proporcionaría. Esa era la clave: "solo tendremos este arreglo durante la temporada que viva en Minas Tirith" Era esto o nada.
 
Al mismo tiempo, el miedo a no poder mantener la distancia le hacia temer. No, eso tampoco importaba. Cuando G decidiera irse, lo haría, él no podría detenerlo y tendría que aprender a vivir sin él. Así de fácil juzgan y actúan quienes tienen poder verdadero.
 
–Acepto.
Entonces ocurrió algo inusitado: G se arrodilló frente a Igor, le tomó la mano izquierda y le deslizó un anillo en el dedo anular.
–Esta es la réplica del Anillo de Rúmil, el emblema de mi acompañante –explicó mientras le acariciaba los dedos con pereza. –Trata de no acabar como él, ¿si?
Igor bufó. Sus similitudes con el mítico hermano de Haldir de Lorien eran pocas.
–No me gustan los caballos. Mis padres trataron de virilizarme con terapia equina.
G hizo un mohín divertido.
–Eso es un buen augurio, supongo.
–¿Qué no me gusten los caballos?
–Que no pudieran virilizarte –y su mirada se volvió lúbrica sin transición. –Porque ahora podré hacerlo yo.
 
Continuará…
 
Nota:
Sobre el verdadero Alfred Redl, agente del Imperio Ruso dentro del Ejército del Imperio Austrohúngaro, http://es.wikipedia.org/wiki/Alfred_Redl.

2 de septiembre de 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 34

Sobre la persistencia de la maldad y la falta de discreción
 
White legs
One or two birthmarks.
Crossed, left over right.
Picking up the thick evening light....
"Unlisted", Viggo Mortensen
 

Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Barahir había aprendido a vivir con muchas cosas sin darle vueltas: al llegar a la academia, cinco estaciones atrás, se acostumbró a usar cucharas y cuchillos en lugar de sus dedos, y elaborados trajes de cuatro y cinco piezas, cuando había crecido apenas con pantalones y camisas raídas. Del mismo modo, tras tres meses como escolta de Geniev ya no le importaba el murmullo tenso que su llegada generaba y el cuidado que debía poner en cómo se movían ellos tres –vueltos uno en el protocolo– o hacia dónde oscilaba la masa de alumnos y sirvientes. Estaba en guardia todo el tiempo, si, y daba gracias a los Valar cada noche.
 
Para el joven estaba claro que ese era el camino que Ellos habían elegido para educarle, y era mil veces mejor que repetir textos antiguos con palabras pedantes o transcribir lecciones con esas plumas que manchaban sus dedos. Seguía haciendo tales cosas, por supuesto, pero gracias a Geniev habían adquirido sentido: Ahora podía usar la caligrafía para luchar, la historia para burlarse de sus condiscípulos, la descripción de los animales para planear batallas, los árboles genealógicos para comprender las razones de antiguos enconos o recientes arreglos matrimoniales, aplicar su comprensión de las finanzas para predecir coaliciones políticas.
 
Geniev deseaba saber al dedillo todo lo que al reino afectaba y tiraba de él en la senda de los saberes sin descanso, sin piedad. "No me harás pasar una vergüenza", advertía. Barahir, consciente de que era un honor sentarse junto al Príncipe en el aula y protegerle las espaldas en el entrenamiento, ni se planteaba flaquear.
 
Lo que aún no podía ignorar eran las miradas. La primera mañana, tras regresar de la merienda campestre con el Rey, las miradas eran de asombro.
 
Estaban en la mesa del comedor común. Geniev solo devoraba su fruta, Ecthelion y él respondían a la curiosidad de los otros estudiantes. Le parecía divertido responder preguntas –algunas perspicaces, las más ridículas– sobre el evento, la comida, la danza élfica, el baile de figuras que le siguió. Ante algunas cuestiones, Geniev le rozaba la pierna por debajo de la mesa y movía un poco la cabeza. Con eso Barahir sabía que el asunto era algo íntimo, que no podía compartirlo.
 
–¿Crees que soy camarero del Rey? ¡Claro que  no se si usa cota de mallas bajo la camisa!
 
Era agradable ser centro, y no porque te calleras de culo sobre un tintero, pensó el chico, pero la ilusión de que la curiosidad era amable le duró poco. Por el rabillo del ojo vio como Ecthelion contraía el pómulo y prestó atención al un joven castaño que se inclinaba sobre su hombro.
 
No pudo oír, pues ya concluían de hablar y el otro apenas había levantado la voz, de modo que el jaleo general del comedor impedía discernir sus palabras, pero la sonrisa burlona en los labios y los ojos teñidos de desprecio no eran buena señal.
 
Barahir, no sabía qué hacer. Ignoraba si las palabras habían sido claramente ofensivas o sutilmente degradantes. En cambio, sabía que en torneos verbales, él era inferior a todos en la Academia, que ningún caballero agradecería que saliera en su defensa como si de una doncella se tratase, y que su honor se debía ahora a Geniev.  Pero Ecthelion estaba claramente alterado y Barahir no soportaba la idea de que alguien lo ofendiera o maltratara. Ante la falta de repuesta de Ecthelion, dos de los acólitos del castaño soltaron risitas burlonas. El campesino empezó a ver en rojo. ¿Qué hacer, por los Valar?
 
–Tu eres  el heredero de Isla Tolfalas –intervino entonces Geniev.
–Si, Alteza –respondió con una reverencia el castaño. –Soy Gaedheal de Tolfalas.
–Ajá, si –Geniev masticó un trozo de fruta con expresión distraída–, conocí a tu tío ¿no?, el tercer hermano de tu padre.
Se hizo silencio en todo el comedor, y el rostro de Gaedheal se puso gris.
–Yo no le llamaría conocer, claro –continuó el Príncipe mientras limpiaba sus manos con una servilleta-, apenas vi como le arrastraban los guardias a la sala del trono. Luego mi padre, el Rey, lo degolló.
Hubo un gemido colectivo, y quienes estaban alrededor de Gaedheal de Tolfalas se hicieron hacia atrás, como si de repente recordaran que era portador de alguna enfermedad contagiosa.
 
Geniev se levantó, trepó al banco, saltó a la mesa y bajó por el otro lado. La multitud retrocedió automáticamente y él quedó frente a Gaedheal de Tolfalas, que estaba encogido y grisáceo, como una fruta seca tras el invierno, aunque le llevaba más de una cabeza al Príncipe.
 
–Creo que es hora de que pidas disculpas, pequeño Gaedheal.
El muchacho asintió, y se volvió hacia Ecthelion.
–Lamento que…
–¡A mi! –exclamó Geniev con impaciencia.
–¿Alteza?
–Me debes las disculpas a mí, ¿no lo sabes? –miró alrededor y sonrió con suficiencia. –Os lo voy a explicar a todos una sola vez: vuestros mayores trataron de matar al Senescal y apoderarse del Reino, y varios se quedaron, los pobrecitos, sin cabeza de familia. –volvió a mirar al heredero de Tolfalas– Ahora, Gaedheal, repite bien alto lo que le susurraste a Ecthelion.
–Alteza, yo…
–Repítelo, te lo ordeno.
Gaedheal osciló sobre sus pies, pasó sus manos temblorosas por los costados de su falda y tragó saliva. Luego repitió sus palabras:
-¡Bien por ti, Ecthelion, haber sido recibido en la tienda del Rey! Bueno es ser bello y hábil, ¿no? Pero ten cuidado no te sea la belleza traidora un día, pues dicen los ancianos que tiende la belleza a transformar la virtud, en impureza.
Barahir jadeó y llevó la mano al pomo de su espada automáticamente. A su lado, Ecthelion estaba tieso como una estaca, con los ojos ajenos y el rostro vacío de expresión.
–¿Sabes, Gaedheal? Coincido contigo en que Ecthelion es bello, pero no es el tipo de belleza que me atrae. ¿Y a ti?
Ante el silencio del atemorizado chico, Geniev insistió: –Te hice una pregunta, pequeño Gaedheal.
–A mi tampoco, Alteza.
–Es bueno saberlo –asintió el medio elfo. –Ahora, regresemos al asunto que te perturba: belleza y virtud –adoptó una pose meditabunda y camino alrededor del muchacho. –¿Corrompe la belleza a la virtud? En tiempos idos, cuando Gondor se encogía bajo la sombra de Sauron, puede que no fuera la belleza un atributo confiable, pues sabido es que el malvado usaba el disfraz de Annatar, con el que era bello aun entre los elfos, y así engañó a muchos. Pero el Rey ha vuelto, bien que lo sabéis todos, y el Rey es depositario de toda la virtud, porque los Valar lo han bendecido. Y Elessar I, que es todo él virtud, no se dejará corromper ahora, que ya terminó la guerra y los traidores fueron exterminados, ¿cierto?
–Muertos están los traidores, Alteza –respondió Gaedheal.
Geniev asintió, satisfecho de la respuesta, pero no se detuvo ahí.
–Ninguno de ustedes ignora que el Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar es el elfo más bello de la Tierra Media, por tanto, podemos deducir que el Rey tiene toda la belleza que desea en sus habitaciones. Ser admitido en la tienda del Rey, la mesa del Rey, la escolta del Rey, como han sido admitidos Barahir y Ecthelion, no se logra con belleza, Gaedheal, porque el Rey es virtuoso, y fiel. ¿Recuerdas esa lección, Gaedheal?
–El Rey es honorable, su honor es el honor de todo noble –recitó el isleño el viejo poema gondoriano.
–Entonces, concluyamos con esta inquietud tuya: ¿Pudiera la belleza tener mejor comercio que con la virtud? En presencia de nuestro Rey, no hay comercio más natural y estable. ¿Tienes algo que objetar a mi razonamiento, pequeño Gaedheal?
–No, Alteza, la lógica es perfecta, irreprochable.
–¿Tiene alguien algo que objetar sobre la virtud del Rey Elessar I?
–¡Gloria al Rey! –respondieron a coro todos temerosos de que recordara a sus parientes muertos en la Conjura de los Perros, como se había dado en llamar a la degollina de la primavera anterior y fascinados por la retórica de Geniev.
–Gaedheal, heredero de Isla Tolfalas, es hora de que pidas disculpas.
El muchacho hincó una rodilla en el suelo, bajó la cabeza hasta dejar expuesta la nuca y tomó con su mano derecha la izquierda del hijo del Rey.
–Príncipe Geniev, hijo de Elessar I, pido perdón por haber ofendido a tu padre, mi soberano, al dudar de su virtud y honor.
–Si, bueno –respondió el otro en tono ligero–, todos cometemos errores. ¿Una manzana?
 
Desde entonces, en la Academia dejaron de mirar a Geniev con esa mezcla de curiosidad y desprecio de los primeros días, la misma que alentara a Barahir y Ecthelion. Fue porque reconocieron la capacidad del Príncipe Bastardo, y tomaron conciencia de que, aún cuando naciera por medios sorprendentes un heredero legítimo, Geniev no se dejaría arrebatar el poder que como hijo del Rey le correspondía. Mientras tan hipotético escenario llegaba, los jóvenes nobles del reino meridional de los dúnedain de la Tierra Media decidieron que Geniev era su mejor opción, pues nadie quería entrar a los Anales del gobierno de Elessar I por ser hallado culpable de traición y "justamente castigado" en la sala del trono.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe Lómendil suspiró inseguro de qué debía hacer. El resto de la clase estaba en el agua, salpicando o charlando; un par ya calentaba, con ganas de congraciarse frente al profesor. No podía quedarse entre las taquillas y esperar que no reportasen su falta ¿o si?, pero tampoco podía sumarse al grupo y pretender que nada pasaba. No quería llamar la atención por ser el único que llevaba el traje de natación reglamentario. Pero,  ¿por qué todo el mundo había entendido la nueva clase como una oportunidad para quedarse sin ropas?
 
–¿No vas a entrar?
Aranwe brincó del susto y se giró, su amor lo contemplaba con expresión intrigada y ¡el traje reglamentario puesto!
–Te esperaba –balbuceó al tiempo que se sonrojaba.
–Gracias –esa palabra, y la sonrisa de suprema felicidad con que la acompañara de Aralqua, le dio fuerzas para casi querer acercarse al agua.
 
Aralqua miró un poco más allá, y vio al grupo bullicioso de adolescentes que se empujaban entre si o modelaban sus bikinis, un montón de cuerpos húmedos y semidesnudos. Luego contempló con expresión crítica el traje de licra negra que cubría desde cuello hasta las rodillas de su enamorado. No estaba seguro de qué era más llamativo, si los metros de piel expuesta o la maravillosa silueta que torneaba el traje reglamentario. El pelirrojo estaba consciente de que no era muy sutil, pero sabía que su novio no se sentía cómodo al llamar la atención.
 
–¿Seguro que prefieres seguir el reglamento en esto?
Aranwe asintió con fuerza, de modo que sus rizos rubios se agitaron.
–Entonces vamos, que no me viene bien otro reporte en el expediente.
 
Se acercaron a la piscina, y de inmediato las miradas de todo el grupo de posaron sobre ellos. Aralqua se puso mentalmente en guardia, a la espera de alguna burla o ataque. Antes de que empezaran a salir juntos, Aranwe era tratado como un ser invisible en la escuela, ahora tenía que dejar claro a cada rato que estaba con él, así que ninguno de los "populares" del colegio tenía que mirarle de arriba abajo como quien mira carne expuesta. Su conocimiento del oestron había aumentado, aunque no de un modo que su padre aprobaría: "sureño tonto" -que venía a ser lo que "latino ignorante" o "indio sucio" en su país-, era lo que más le gritaban, pero también cosas peores, cosas relacionadas con su madre.
 
Gaedheal Tolfalion fue a abrir la boca, pero la llegada del profesor le hizo cambiar de idea. Por si acaso, ambos se quedaron todo el tiempo que les fue posible en el extremo contrario de la piscina. El entrenador les dispuso por parejas, integradas por un nadador y un aprendiz. Por suerte, Aralqua había tomado clases antes, así que se quedó ayudando a su novio a familiarizarse con el agua y asimilando las reglas básicas de seguridad.
 
La clase duró unos treinta minutos, y luego el profesor se retiró a su oficina al fondo, desde donde podría acudir en caso de cualquier emergencia. Enseguida volvieron las charlas relajadas, las comparaciones de bikinis, traseros y pectorales. Los enamorados se quedaron en la parte baja, jugando entre el agua espumosa por el cloro.
 
–De verdad que no entiendo qué le ves, Lómendil.
Levantaron la cabeza: el castaño Gaedheal y otros tres chicos se habían parado en el borde de la piscina y les miraban con expresión despectiva.
–¡Piérdete! –resopló Aralqua.
–Yo no hablo con firkaielos, yanqui, me dirijo a mi compatriota. 
El aludido giró dentro del área de los brazos de su novio para mirar a sus interlocutores.
–Vete, Gaedheal, no tenemos nada de qué hablar.
–Te equivocas. –el castaño hizo un gesto hacia un chico de cabellos tan rubios que casi parecían blancos– Acá mi compañero de hermandad quiere llevarte al baile que ofrece Lady Finduilas por el compromiso de su hijo.
 
Aralqua Williams estaba sinceramente asombrado de lo lejos que llegaban los de la hermandad élfica por terminar su noviazgo. Esa era la mayor pega de este colegio, como todos eran ricos, y la mayoría nobles, estaban bastante convencidos de que el mundo se movía a su alrededor. Lo más chiflado entre este alumnado chiflado era el grupo de Aspirantes a la Sociedad Moriquendi, que andaban siempre leyendo libritos en élfico, discutiendo las ventajas de la dieta vegetariana, poniéndose protector solar para estar blancos como el papel y restregando al resto del mundo su casi seguro pasaporte a la elite de la nación.  No que fuera fácil conseguir el grado de Aspirante, pero qué grado de soberbia, ¡por los Valar! ¿Es que su dinero no valía igual que cualquier otro?
 
De haber sido más pequeño o menos errabundo, no habría comprendido nada, pero la vida de Aralqua estaba marcada por el trabajo itinerante de su padre para el FMI: había estado en decenas de colegios, y aunque sus padres preferían que se codeara con "la realidad", a veces no había más opción que matricularse en exclusivos colegios "internacionales", con los hijos de la elite nacional y del cuerpo diplomático. Allí, Aralqua se sorprendía por el empeño de sus compañeros norteamericanos de imaginarse y actuar como una raza aparte, superior. Eran niños y adolescentes que solo sabían sentir desprecio por el país que les hospedaba. Aquí, quienes lograban ser reconocidos como Aspirantes a la Moriquendi actuaban así, pretendían ser una raza superior, ¿no se habrían enterado de que los elfos habían partido en sus barcos voladores?
 
Aunque, tuvo que admitir el pelirrojo, sin dudas la oferta era increíble: una invitación a la Casa de los Senescales, nada menos. Todas las revistas, programas de TV, emisoras de radio y webs, hablaban de la próxima fiesta de compromiso entre John, futuro Senescal del Reino, e Ivanna Fedorov, considerada la mujer más bella de Arda desde Gilraen la Bella. Se trataba de la presentación de la novia ante de las familias reales de Arda, el Primer Ministro y su gabinete, el cuerpo diplomático y personalidades relevantes de todo el país. Sería el evento social del año, en especial porque la boda no se celebraría hasta la primavera siguiente.
 
Además, estaba el asunto dramático: ella, que era una plebeya de apellido ruso, sería presentada al mismísimo Príncipe G para que este diera su aprobación al enlace.
 
Aranwe miró al supuesto pretendiente, que no había abierto la boca, ¿por timidez o porque en realidad todo era idea de Gaedheal?
–Muchas gracias, pero ya estoy comprometido para esa fecha.
Los cuatro muchachos abrieron los ojos como platos y Aralqua soltó una risita divertida.
–Este es el evento social del año –balbuceó el rubio.
–Y yo deseo que la pases bien allí. Ahora, si me disculpan -se giró hacia su novio– ¿nos vamos?
Aralqua asintió y lo ayudó a alcanzar la escalerilla.
 
Como aún debían quedarse en el área de natación, el pelirrojo trajo de su taquilla una toalla gigantesca, se sentaron en el piso cerca de las gradas y los envolvió a ambos. Por debajo de la tela, rodeó el torso de su rubio con los brazos y las caderas con sus piernas. Aranwe sonrió con timidez al percibir la cercanía de sus cuerpos, pero no intentó separarse, sino que echó la cabeza hacia atrás y estiró las piernas.
 
Aralqua observó fascinado como la dura luz del local hacía casi brillar la blanca piel de las piernas de su novio -Aranwe parecía un elfo sin necesidad de protector solar. El rubio había cruzado una pierna sobre la otra, dejando ver dos pequeñas manchas oscuras en el pliegue interior de su rodilla izquierda.
 
–¿Son marcas de nacimiento?
–¿De qué hablas?
–Esas manchitas –rozó levemente el sitio por detrás de la rodilla, y Aranwe tembló entre sus brazos. –¿Son marcas de nacimiento?
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Legolas suspiró tratando de serenarse. No le gustaba la idea de quedarse a solas con un montón de desconocidos en su despacho, por mucho que tales desconocidos fueran una muchacha, un adolescente y diez niños. No, no le gustaba, pero ella había insistido en que los pequeños no se alejaran de sus ojos durante la entrevista y Faramir había insinuado que era importante. Y, en último caso, ¿acaso tenía algo más que hacer? Mientras antes se incorporase a su parte del gobierno, antes sabría que quería cambiar de esta sociedad decadente y conservadora, y acaso podría comenzar a reconciliarse con el precio que habían pagado por el trono...
 
La luz de la tarde agonizante era anaranjada, y resaltaba los rasgos afilados de Lady Felyandariel. No parecía tener escasos 18 años cumplidos, más bien lucía como una cansada matrona en su treintena. Estar vestida de luto influía en eso: un traje de color marrón, ajustado por cintas de un tono algo más oscuro en mangas, cuello, pecho y cintura. La parte superior estaba apretada a la delgada figura por un corsé negro, de modo que lucía más delgada  y pálida de lo que cualquiera consideraría sano. El velo que le cubría cabello y cuello resaltaba su blanco cutis. Además, no se trataba solo del vestuario, sino de que las ojeras y la piel tirante revelaban su agotamiento. Pero en modo alguno podía Legolas percibir debilidad o dolor, lo que esperaría de una joven que acaba de perder a su padre, a su único familiar consanguíneo.
 
Repasó mentalmente lo que sabía del caso: Felyandariel era la única hija y heredera de Entre Ríos, un feudo llamado así porque ocupaba un sector considerable de la cuña de tierra fértil que separa las corrientes del Gilrain y el Serni, al occidente de Minas Tirith. Su padre, Lord Felyand, había muerto dos meses atrás, víctima de una enfermedad fulminante. A instancias de los vecinos del feudo Nenya Lebennin, del cual solo les separan las revueltas aguas del Serni, un juez había levantado inquisiciones respecto al asunto.
 
Antes de que el expediente y  la sentencia alcanzaran Minas Tirith para su sanción real, ella había llegado, causando revuelo por la atropellada violación de las reglas del luto filial y el recogimiento femenino. Faramir le había advertido que no oiría una historia agradable, pero que si deseaba salir de la sombra de Aragorn, esta era una entrada inmejorable, ya que, al solicitar su arbitraje, la joven Felyandariel reforzaba su posición como fuente de poder y criterio sobre los asuntos del reino.
 
Una vez que los niños estuvieron acomodados en el fondo de la estancia, Lady Felyandariel se acercó a la mesa del Príncipe.
-Majestad –e hizo una profunda reverencia, de hecho casi quedó en cuclillas, que fue imitada por el muchacho. -Gracias por recibirnos.
-Lord Faramir consideró que era pertinente -repuso Legolas sin querer comprometerse. -Siéntese.
Ella lo miró sorprendida. -Pero usted está de pie -adujo.
Legolas recordó apenas esa parte del protocolo, ¡debía concentrarse! Se sentó en su muy decorada silla detrás de un buró tallado en una sola pieza de granito jaspeado. Lady Felyandariel lo imitó.
-¿Y tu? -dijo el elfo al jovencito.
-Él es un esclavo, Majestad -aclaró ella con voz carente de emoción.
 
Legolas arrugó el seño ante tal hecho: el joven no solo mostraba un marcado parecido  con Lady Felyandariel, sus ropas eran de exquisita calidad y ella no había actuado a su alrededor con superioridad, más bien parecían dos primos ocupados con su montón de pupilos revoltosos. No, no solo parecen, seguro comparten la sangre, rectificó mentalmente. Pues, es el Príncipe Consorte para algo, ¿no?
 
-Te ordeno que te sientes en esa silla. -volvió a mirar a Lady Felyandariel - Entonces ¿qué desea pedirme?
-Permiso para hablar libremente, Majestad.
 
Eso tomó al elfo por sorpresa. ¿En qué extraña trama había muerto el Señor de Entre Ríos? Si ella pedía permiso para hablar libremente, lo que dijera allí no podría ser rebelado a otra persona más que al Rey -o un juez por él designado. Significaba, además, que las decisiones que tomara respecto a su petición no podrían ser argumentadas con la información, sino obedecidas por su poder como Consorte Real. ¿Por qué Faramir le había pedido que tomara precisamente este caso?
 
-Permiso concedido -dice casi en un suspiro.
Así que los guardias salen y cierran la puerta. Ella asiente, respira hondo y comienza.
-Yo mandé a matar a mi padre. Lo hice porque era un ser cruel, despreciable, que maltrataba a los braceros, esquilmaba a siervos y comerciantes de paso, que tomaba sin preguntar a nadie lo que quería, o qué sentían las personas a su alrededor. Así nacieron estos niños, sus bastardos. Y después de eso llegué a la edad de merecer y empezó a mirarme -ella tembló ante el recuerdo- "así". La situación era tan descarada que los caballeros del señorío se turnaban para escoltarme. Hombres libres, sirvientes y esclavos me buscaron marido por todo Gondor, hasta que comprendimos que no podría casarme, que él no me dejaría escapar. Creímos que moriría en la Guerra del Anillo, pero regresó sano, ¡sin un rasguño! Y yo era la heredera, la única heredera. Si me iba, les estaría traicionando, ¿entiende? Tenía que irse él.
 
La chica contiene con dificultad un sollozo. El muchacho a su lado le toma una mano y se la aprieta con afecto. Legolas pestañea ante el gesto, le recuerda a... Pero eso no importa, porque Lady Felyandariel recupera la calma y sigue.
 
-Para que un caballero matara a mi padre tendría que retarlo a duelo, luchar con él, y no queríamos correr riesgos, ¿entiende? Envenenar su comida, dejarle agonizar sin llamar a nadie, enterrarlo, guardar las apariencias de luto y seguir adelante. Ese era el plan, y eso solo podía hacerlo un esclavo, creímos que era el único modo de mantener el asunto bajo control.
-¿Creímos? -le interrumpe Legolas.
Ella le mira a los ojos, es evidente que no está segura de cuánto revelar, incluso bajo la protección del juramento del elfo.
-No creerá que era la única que deseaba verle muerto, Majestad.
Legolas asiente. -Siga.
-Todo salió de acuerdo al plan, pero no contamos con los señores de Nenya Lebennin. Son tan déspotas como mi difunto padre, y los Valar saben que sintieron miedo al enterarse de su muerte, que sospecharon porque temen la rebelión campesina cómo los orcos la luz de Eru.
Fueron ellos quienes armaron toda una algazara en los funerales. Quienes tuvieron el atrevimiento de llamar a los jueces de la ciudad para exigir que investigaran mi casa y cuántos esclavos había en la conjura. Y ahora claman que se cumpla la Ley, que esto sirva como escarmiento. Yo, yo no puedo hacer nada sin ponerme en evidencia y llevar la deshonra a los caballeros que me sirven y los libertos que habitan mi feudo. Usted tiene que ayudarnos, Majestad, ayude a mi familia.
 
Legolas parpadeó, incómodo: escarmiento y ley en la misma oración no le dan buena espina.
 
-Lady Felyandariel, soy nuevo en Gondor y los elfos no tenemos esclavos. Dígame, por favor, cuál es el castigo previsto, el que sus vecinos desean y usted teme.
 
Ella lo mira incrédula, y va a responder, solo que las facciones se le deforman y emite un ruido ronco, dolorido. Felyandariel se cubre la boca con las manos y se dobla sobre si misma. El joven esclavo se arrodilla a su lado y le abraza, susurra algo que pretende calmarla, pero el llanto es ya indetenible.
 
El joven se vuelve a mirar a Legolas, con expresión avergonzada.
-Disculpe, su Señoría, pero Lady Felyandariel ha pasado mucho en estas semanas y...
-¿Era tu padre? -le interrumpe el elfo, que desea comprender ese modo de tocarse, esa confianza de la joven con el esclavo, en este reino donde hasta los niños saben reconocer las distancias entre las castas.
Él alza una ceja, parece inseguro de qué debe responder.
-¿Quién?
-El difunto Lord, ¿era tu padre?
-No. Violó a mi madre el día de su boda, y yo nací nueve meses después, pero no era mi padre.
-¿Es costumbre en vuestra región? -inquiere el elfo, y le toma el control de mil años no revelar lo que esa información evoca en él.
El joven asiente.
-Decía que para mejorar la sangre de la hacienda, como si alguien quisiera tener esa sangre envenenada dentro.
-Pero no vistes ni actúas como un esclavo.
-Uno de los caballeros me tomó como pupilo. Antes de llegar a conocer al Lord, pensó que, como no tenía herederos varones, yo sería reconocido como Bastardo eventualmente y tendría que saber qué hacer para cuidar de ella y del feudo. Por eso no me compró.
 
Legolas asintió, como habían presentado a Geniev como hijo bastardo de Aragorn, se había familiarizado con la legislación al respecto. Los frutos de uniones casuales o ilegítimas podían aspirar a mucho en Gondor, si sus padres decidían reconocerles. Había señores que llegaban a tener hasta una docena de bastardos a propósito, de donde reclutaban lugartenientes militares, administradores o guardaespaldas. Las mujeres bastardas eran buenos partidos, pues recibían dotes, nunca menos de la mitad que las hijas legítimas. Si un bastardo nacía de una esclava, heredaba la casta de su madre hasta que su padre le reconociera. En caso de que pasara a ser propiedad de otra persona, perdía todos los derechos a incorporarse a su familia consanguínea.
 
-¿Y tu nombre es?
-Fucik, Señoría.
-Ese no es un nombre del oeste -inquirió.
-Mi madre era del sur -explicó el chico. -Pero nunca guardó en su corazón fe por el Ojo y sus secuaces. Fui educado en el temor y respeto a los Valar y el poder de la luz -se apresuró a aclarar.
Legolas hizo un gesto para quitar importancia al asunto. Había aprendido por si mismo cuán poco importaba la fe de las personas en cuanto al honor con que se comportaban.
-Me dirás cuál es el castigo -ordenó con suavidad.
Fucik asintió.
-La Ley dice que si un esclavo mata a su amo, toda la dotación debe morir. Hombres, mujeres y niños, sean esclavos por nacimiento, deudas o botín. Todos los esclavos -y con un gesto de su brazo señaló a los niños amontonados el final de la habitación- seremos quemados en la hoguera, a menos que usted intervenga.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe apartó la pierna con fuerza y carraspeó.
–Tuve un accidente de pequeño y me manché la piel.
 
Aralqua asintió y se dedicó a acariciar el torso de su novio, sin pensar más en el asunto. La clase terminó, y el grupo se movió hacia los vestidores. Hembras y varones se desnudaron sin pudor, lo que incomodó mucho al pelirrojo. ¿Acaso nadie comprendía el concepto de recato? Le habían dicho que en el sur era diferente, y su padre le había preguntado si deseaba irse a un internado allá, pero él se negó. Aranwe no se iría lejos de su papá, y él no se iría lejos de Aranwe. Solo que, cuando estaban en los vestidores, añoraba su secundaria de Washington.
 
Sin embargo, no todos eran exhibicionistas a su alrededor. Cuando se giró para preguntar a su novio qué harían después, descubrió que este se había escurrido en silencio al área de las duchas cerradas. ¿Cómo se había enamorado del único adolescente pudoroso de la ciudad?
 
A la salida del colegio les esperaba el chofer del Banco Mundial, que Fred Williams mandaba siempre que podía desde que su hijo tenía novio. Caminaron hacia el vehículo de prisa, conscientes de las miradas de despecho que les dedicaban los Aspirantes, amontonados en un rincón del patio y ya enterados del desplante de Aranwe a su líder. Aralqua casi sintió pena por el rubio ese al que habían usado, pero el sentimiento se le evaporó cuando vio que Gaedheal de Tolfalas se acercaba con cara de pocos amigos. ¿Pelearían por fin hoy?
 
El castaño de detuvo a menos de un metro de ellos.
–Aiya –resopló más que dijo y el patio quedó en silencio.
El rubio suspiró, consciente de que las cosas ya estaban lo suficientemente tensas.
–Aiya –y acompañó el saludo con una leve inclinación de cabeza.
–Aranwe hijo de Aldaben, deseo que vengas vestido como yo a la fiesta de Lady Findulas, a la que he sido invitado por la pureza de mi estirpe y lo honorable de mis actos.
El rubio nunca tuvo tiempo para responder, pues Aralqua dio un paso al frente y asestó un puñetazo en la cara a Gaedheal que lo lanzó al piso.
–¡Es mi novio, vegetariano imbécil!
 
Continuará…