¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 octubre, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 37

Para volver a vivir

Sea desde la raíz el amor despertado
y haga el capullo abrir
“Crecimiento del amor”, John Donne

Mithlond, Plaza de Ejecuciones

La explanada, Legolas lo recordaba bien, se usaba lo mismo para duelos que para funciones de títeres. Hoy habían montado un estrado en el extremo sur, con asientos para los jueces y las partes interesadas, y un perímetro de unos cincuenta metros cuadrados se prolongaba en forma oval frente al juez, definido por mamparas de color rojo sangre, con un solo acceso fuertemente custodiado. Alrededor del perímetro, y pesar de que el sol apenas asomaba tras las Colinas de la Torre, se había congregado una gran multitud, pero si deseaban a muerte de Ferebrim o la de su esposo, era algo que el príncipe no podía deducir de sus rostros inexpresivos.

“No importa lo que ellos crean” pensó mientras se arrebujaba en su manta añil y oro. “Aragorn dará su merecido a ese teleri y, aún cuando Círdan no quede satisfecho, mucho se cuidará de ofender de nuevo a los nietos de Galadriel.”

–Legolas –levantó los ojos hacia Elrohir. –¿Quieres otra manta?

–No –repuso suavemente, y aflojó el agarre sobre el cierre de la capa. –Son los nervios.

El noldor sonrió con seguridad y le palmeó el hombro.

–No te preocupes. Durará poco.

El rubio asintió, pero nada más dijo. Se mantuvo en silencio mientras la multitud se congregaba, con los ojos lejanos, opacos, tristes. Legolas estaba tan ensimismado en su melancolía, que no se dio cuenta de que Elladan le miraba con preocupación evidente.

–¿Sigue en su mundo?

La pregunta había sido apenas un susurro, pero reconoció la voz, y el calor del cuerpo a su espalda.

–No está aquí –afirmó con dolor. –Solo trata de cumplir su papel.

Tras él, Elladan suspiró con fuerza. Había sido el primero en percibir la creciente melancolía de Legolas. El príncipe era gentil, razonable, hasta cariñoso con su esposo –hasta donde su estado físico lo permitía–, pero Elladan llevaba demasiado tiempo mintiendo como para no reconocer las señales. Legolas no estaba con ellos la mitad del tiempo –así de simple–, sino recordando una y otra vez los días del rapto. Por horrible que sonara, el gemelo podía comprender el mecanismo mental del rubio: tras perder a Auril, deseaba recrear cada momento de su breve vida, por lo que recordaría con cuidado su estancia en la llanura de Orome aunque eso trajera de vuelta el dolor y la humillación.

Elladan y Elrohir habían tratado de darle pequeñas alegrías –la nueva imagen de Geniev, la noche anterior, casi había logrado que su sonrisa fuera verdadera. Pero ninguna idea le conmovía de modo permanente: apenas la novedad pasaba, Legolas regresaba a su propia miseria y se abstraía del mundo. Por supuesto, recordar unas cinco o seis veces al día como te arrancaban de los brazos a tu hijo para ser violado no contribuía a la recuperación de su autoestima.

Habían tratado de apoyarse en Estel, pero su hijo estaba tan abrumado por la culpa que apenas podía pensar en lo cotidiano. El embotado cerebro del hombre –y debían admitir que había sido un año duro, incluso para sus normas– no daba para más que un proyecto: matar a Ferebrim y regresar a casa. Explicarle a Estel el peligro que se cernía sobre su esposo a mediano plazo, el peligro de que ese estado de melancolía lo llevara a la tristeza irremediable, no sería útil, incluso podría precipitar su propia crisis emocional. De modo que los gemelos no tenían más que esperar, y confiar en que el holocausto de sangre que Legolas exigía, a cambio de su honor y su hijo, fuera suficiente para los fantasmas que le asediaban.

Con todas esas ideas en la cabeza, el Señor de Imladris se apartó de su pareja para dirigirse a uno de los asientos dedicados a los demandantes, a la derecha del juez. Podía sentir sobre su cuerpo las miradas acusadoras de muchos dignatarios de la corte, que, aunque no aprobaban las acciones de Ferebrim, tampoco veían con buenos ojos sus sentimientos por Elrohir y Estel.

“Malditos hipócritas. Condenan el incesto, pero permiten que un elfito como Mardil sea sistemáticamente abusado por sus patrones. Al menos Ro y yo nos respetamos, nos damos voluntariamente. ¿Acaso enseñé yo a mi hijo a secuestrar esposos ajenos? ¿A violarlos y envenenarlos?”

Elladan apretó los labios al recordar el primero de los crímenes del teleri, el que desencadenara aquella desafortunada aventura.

“Ada…”

Desde la muerte de Löne, Elrohir no podía querer a Elrond como a un padre, sino como a un Señor, y solo les había unido la obediencia que debía al último de los reyes noldor en asuntos de política y guerra. La confianza ciega en sus juicios y valores había desaparecido aún antes –cuando supo que, sin importar las enseñanzas de todos los antiguos, él y su hermano se querían. Pero desde su regreso a Rivendel, ochenta y seis años atrás –con el pequeño Estel y el cadáver de su cuarto hijo–, habían construido algo… un pacto de respeto y convivencia. Al punto de que, al viajar al sur en refuerzo de las tropas de Gondor, se había descubierto añorando al severo Lord Elrond (mucho menos severo tras esos inviernos lidiando con las travesuras del nieto) y con ganas de regresar a las largas partidas de ajedrez y los torneos de flauta.

Ochenta y seis años –menos de un siglo–, y lo había perdido de nuevo. No, no lo había perdido: Ferebrim se lo había arrebatado.

“Ferebrim es vuestra criatura, partida de vergonzantes mojigatos. Y si os molesta que mi hijo lo despache, regresaré con las tropas del abuelo y arrasaré hasta los cimientos toda esta corte decadente.”

Para intentar serenarse, Elrohir miró al cielo, cubierto de nubes bajas y oscuras, de nieve. Eso le hizo recordar que, aunque faltaban quince días para la Muerte de Anar (21 de diciembre, solsticio de invierno), aún los copos no habían bendecido la tierra con su frescura.

“Será un invierno corto” dedujo. Y eso le alegró, porque mientras menos nieve cayera, antes partirían Estel y Legolas al sur, a su nuevo hogar.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el repiqueteo de los cascabeles que, colgados en los bordes de la carreta, anunciaban que su viajero estaba acusado de un crimen de lesa majestad (contra el Estado y los Valar). Como un animal de miles de cabezas, la muchedumbre giró hacia el camino de la cárcel, desde donde se acercaba la jaula con ruedas. A pesar de la distancia, la figura de Ferebrim era reconocible, erguida en el centro, con una apostura arrogante y desdeñosa, bastante anacrónica para alguien que vestía la túnica blanca de los prisioneros y la diadema roja del infanticida.

En el palco del juez, se hizo un prudente silencio. Nadie estaba tan loco como para apoyarle abiertamente con semejantes pruebas y tan vigorosos enemigos. Solo Círdan se puso en pie, cuando la jaula cruzó el límite del terreno de lucha y esperó así a que los guardias ayudaran a Ferebrim a pisar tierra.

“Lo tratan con demasiada suavidad” pensó Legolas en su sitio, y los dedos se le contrajeron de nuevo alrededor de la manta.

–Ferebrim hijo de Fimbrethil, de la tribu de los Falmari, se te acusa de regicidio, rapto, estupro e infanticidio. ¿Cómo te declaras?

El teleri echó la cabeza hacia atrás, para apartar de la frente los oscuros mechones que escapaban de su trenza. Sus ojos brillaban, sin sombra de temor.

–¿Acaso importa? Nada soy, más que el objeto de expiación para evitar un ataque de noldors y sindas. Este es un juicio pactado. ¡Todos lo saben!

Ante sus palabras, un rumor ofendido se alzó en la multitud. Elladan apretó el brazo de su silla y reprimió el deseo de clavarle una daga en la garganta. Legolas bajó la cabeza y se mordió los labios. Elrohir puso una mano en el hombro de su amigo y le susurró palabras reconfortantes. Geniev, que apenas intuía la contrariedad que produjeran las palabras del elfo malo, hizo crujir sus nudillos. Mardil, al lado del drug, cubrió las callosas manos con las suyas, delgadas y blancas, tratando de calmarle.

Círdan alzó el brazo, y su voluntad acalló los comentarios.

–Este juicio tiene un solo pacto, Ferebrim hijo de Fimbrethil, de la tribu de los Falmari, y es con los Valar. Los que te acusan son miembros honorables de las casas reales de Imladris, Erys Lasgalen, Lothlórien y el Reino Unificado de Gondor y Arnor. Te quiero bien, muchacho, y para que la duda no ensombrezca las razones e intensiones de este juicio, estamos aquí, en el campo del honor.

¡Ahora si! Elladan había visto un destello de temor en los ojos del teleri.

“¿Creíste que te daría la oportunidad de usa la lengua, miserable? Pues no, para nada. Prueba con tu sangre que mi padre y mi nieto no están con Mandos por tu culpa.” sonrió con satisfacción. “Solo podrás jadear mientras huyes del filo de Anduril.”

Círdan seguía hablando, ahora sostenía ante si un pergamino para leer las condiciones del duelo.

–… y para que así conste, él declaró ante un escriba que tendrá por erróneo su juicio si tu llegaras a mutilar un dedo, una oreja o la nariz del cuerpo de su campeón…

Ante las ventajosas condiciones iniciales, el rostro del acusado perdió tensión, pero la multitud se desanimaba a ojos vistas. Todos en Mithlond sabían de su habilidad como guerrero, y no esperaban le tomase mucho tiempo cortarle un dedo al humano que lo retaba.

“Si, hazte ilusiones, cerdo.” pensaba Legolas. “Poco te va a durar la alegría.”

–… y el campeón se comprometió a obligarte a derramar en la tierra una cierta cantidad de sangre como holocausto. Las cuales son: un tercio de tu sangre, para satisfacción de los señores de Imladris; un segundo tercio de tu sangre, para satisfacción de los señores de Erys Lasgalen; y un sexto de tu sangre para satisfacción del Consejo de Nobles del Reino de Gondor. Derramados los ya dichos cinco sextos de tu sangre, el campeón habrá cumplido su deber y las partes acusadoras tendrán por satisfecho su honor y tu quedarás libre de obligaciones ante ellos –el elfo levantó los ojos del documento y miró al acusado. –¿Comprendes? –Ferebrim asintió, aunque ya sus ojos no brillaban con socarronería. –¿Aceptas el reto?

“¿Qué otra cosa puede hacer?” meditó Elrohir, sin mover un músculo del rostro. “Si renuncia al duelo, su honor quedará comprometido y los jueces no serán tan receptivos a sus sofismas” observó entre sus pestañas el rostro congestionado del teleri. “Lo hemos acorralado.”

–Acepto –dijo al fin, y el clamor de alegría ante la inminente batalla singular se extendió entre el público.

Entonces entraron los cargadores, que le dieron a elegir entre diez espadas largas y diez escudos pequeños de madera reforzada con cuero, y los vestidores, que le sacaron la diadema roja y la túnica de los presos para dejarlo solo con unos calzones ajustados, que cubrían todo el muslo. Cuando los otros elfos se retiraron y Ferebrim se vio solo en el campo, extendió los brazos al sol y dio varios molinetes con la espada, que, al tiempo que desentumecían sus músculos, provocaban gritos de excitación entre la parte más joven del público. El elfo dio incluso un par de saltos bastante decorativos, que los verdaderos guerreros de la audiencia –en realidad muy pocos además de los gemelos y Legolas– reconocieron como acrobacias inútiles en batalla campal.

Círdan volvió a alzar la mano pidiendo silencio.

–Que venga el campeón de los demandantes.

Aragorn apareció por la pequeña puerta, y su aspecto no pareció impresionar a los espectadores, aunque Ferebrim –y Legolas sintió un delicioso calor en el pecho al notarlo– le dedicó una mirada calculadora, casi cautelosa.

“Tu sí sabes de lo que es capaz” pensó el rubio, y casi sonrió. “Puede que esta chusma racista e ignorante crea que es poco más que un animal peludo y grueso, torpe y frágil. Es lo que creen los elfos de los hombres en general, lo que yo creía antes de conocerlos. Pero tu, mi querido Ferebrim, sabes que mi esposo no es un hábil espadachín, o un arquero de increíble puntería, o un practicante del, más físico, pugilato. No. Mi esposo es un guerrero de verdad, en él, la más depurada técnica de combinar armas y recursos físicos se unen al fiero instinto del depredador. Tú y los tuyos os acostumbrasteis a usar la espada como un juguete, y creísteis que ese juguete asustaría a un hombre de verdad.”

Aragorn se adelantó en silencio, con el escudo redondo fijo en el antebrazo izquierdo y Anduril apenas sostenida por su mano derecha. La extremidad que sostenía la espada era, a simple vista, poderosa, pero la hermosa hoja avanzaba tras su dueño, con la punta arañando la tierra, diríase que perezosa. El rostro del hombre era una máscara inexpresiva.

“A veces incluso me pregunto por qué te embarcaste en este juego. Si de veras tu ceguera te llevó creer que podrías humillarlo y robarlo solo porque tu raza se dice más cercana a Manwe y los Ainur, más culta y bella, elegida. Aunque acaso fuera solo un juego de poder (mi padre decía que él no es digno de mi mano y tu si, etc.) que se te fue de las manos.”

Aragorn se detuvo a unos cinco metros de su enemigo. Ferebrim sonrió y levantó la espada, pero su sonrisa, como la calma del hombre, era falsa. En la empalizada, la gente gritaba palabras obscenas, apuestas apresuradas, burlas, pero ninguno de los dos escuchaba.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Tu raza… Una vez te dije que no eres un elfo. ¿Lo eres? Entonces, ¿qué soy yo? ¿Cuál de los dos no pertenece a “la más hermosa y la más sabia de las razas que jamás existieron”? No. Ya yo no quiero ser un elfo. Amo a Aragorn, no a Estel, al hombre, al montaraz, no al aprendiz de eldar. No me importará morir, si he sido feliz su lado.”

Ferebrim dio un paso a la derecha, que Aragorn imitó; luego dos pasos a la izquierda, que Aragorn reprodujo también. Siguieron tejiendo pasos gratuitos, sin acercarse ni alejarse del límite que el hombre marcara al inicio. ¿Bailaban? Si, pero con estilos diferentes. El elfo era grácil, etéreo: la espada le seguía con hermosos dibujos en el aire claro de la mañana invernal. El hombre daba sus pasos con reposada firmeza, como una máquina bien ajustada cuya fuerza no es necesario invocar: Anduril seguía con la punta en el suelo, colgante de un brazo laxo, casi ridículo a lo largo del poderoso torso.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Y tú, ¿en qué haz sido digno de la inmortalidad? ¿Acaso por ello te haz comportado de manera más digna, más sabia? Solo dolor y traición hallé junto a ti, aunque eres mi hermano de raza. Tu codicia de poder –quiero creer que fue eso, porque le maldad pura niega la sensatez–, trajo muerte a los míos, y nada pudiste ofrecer para compensarlo más que embustes. ¿Tanto me deseabas? ¿Tanto valía a tus ojos el poder que mi mano carga?”

Ferebrim fue el primero en aburrirse de los tanteos, y saltó hacia delante con la espada alzada. Aragorn recibió el golpe en el centro del escudo, hurtó el cuerpo girando por detrás de él y le hizo un corte en la pantorrilla antes de alejarse. El elfo giró un segundo demasiado tarde para alcanzarlo. El rostro se le deformó en una mueca dolorida.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Y pensar que me tuviste en tus manos, que yo todo lo hubiera dado –todo mi poder, toda mi fuerza, toda mi dignidad–, a cambio de él. Tomaste de mí lo más valioso, Ferebrim, pero no podías reconocerlo, mucho menos usarlo. Mi Auril, mi criaturita, mi fruto sublime. El era lo más querido entre lo más querido, y tu lo rompiste en mil pedazos pequeñitos, bestia parlante, en millones de gotas de sangre que se me salieron del cuerpo como un río amargo, títere de carne y odio, en incontables noches que se ciernen sobre mi teñidas de muerte y llanto.”

Intentó atacar nuevamente, ahora con un movimiento lateral. Aragorn lo rechazó con el filo de su arma y le obligó a alzar el brazo con un molinete. Luego Anduril cayó como un rayo, dejando herida su redondeada cadera. Ferebrim cojeo, su lado derecho casi inutilizado, tratando de alejarse.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que mueras, pero a la vez no quiero. ¿Qué haré cuando hayas muerto? ¿Acaso podré matar a mi dolor contigo? Demasiado bien se que no, que el malestar se me va a quedar adentro, como una espina, como un pozo de hiel infinito, como un humor pesado que quietará el perfume al pan y la frescura a la leche.”

El hombre se alejó, mientras el charco de sangre empezaba a dibujarse a los pies del elfo. Dio un par de vueltas alrededor de su presa y se permitió sonreír. Inició su propio baile, su danza de crueldad, montada con saltos de acercamiento, cortes pequeños –en zonas donde la sangre corre casi a flor de piel–, y saltos para alejarse. Siempre fugaz, siempre en el límite del alcance del arma de su oponente, que se debilitaba a ojos vista.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que sufras, pero a la vez no quiero. ¿Puedes tu sufrir como lo hago yo, como lo haré? ¿Y de qué me servirá? Mi sufrimiento es mío, no es el de los gemelos ante su roble, ni el de Glorfindel recordando a Voronwe. Ni siquiera es igual al sufrimiento de Aragorn. Es el mío, el que marcará mis gestos, mis pesadillas, mis sonrisas. Nada podrá llevar mi sufrimiento a tu corazón, si es que lo tienes. Nada podrá poner mi sufrimiento en tu cuerpo, para que se muera junto a ti.”

Aragorn se acercaba y alejaba con un ritmo propio, castigando los hombros, la espalda, los muslos, el cuello. No sonreía, ni hacía muecas, su rostro permanecía impasible, como cuando saliera a la arena. No bajó la guardia ni se dejó seducir por los gemidos de dolor e impotencia que emitía su enemigo. Ferebrim calló de rodillas, debilitado por la pérdida de sangre.

Alrededor de ellos el silencio, entre ellos la muerte.

“Por eso quiero que vivas, pero a la vez no quiero. ¿No dicen las leyes antiguas que debes morir si has matado? Si, lo dicen las mismas leyes que yo desafío, que desafían los gemelos y los hermanos de Maerys. ¿Es legítimo que invoque yo esas leyes, si niego su poder sobre mí? ¿Podría dormir si estuvieras por ahí, arrastrando tu odio y rencor por sobre Arda? ¿Podré dormir cuando mueras? ¿Qué diferencia hay?, si el daño que me haz hecho no puedes, en realidad, pagarlo. Si tu muerte no hace que Mandos retire su mano de mi hijo, ¿para qué quiero tu sangre? ¿Habrá una diferencia, una certeza de que la justicia tras la muerte de alguien que no llegó a nacer está en matar?”

Aragorn estuvo muy quieto por un instante, mirando con intensidad a su oponente, como si calibrara la posibilidad de una trampa. Al cabo decidió que era seguro acercase.

–¡Yulma! –gritó, y un sirviente se apresuró a través del campo a presentarle un cáliz de madera negra y pulida.

El hombre se acercó al elfo y recogió un poco de la sangre que manaba de su brazo en la vasija. Luego se dirigió a la tribuna.

–Sercë –dijo al tiempo que presentaba el licor carmesí a Elladan.

El gemelo asintió con gravedad.

–Sérë –respondió.

El hombre caminó un poco y se detuvo ante Legolas.

–Sercë –repitió y le ofreció la copa.

“No, no hay certeza de la justicia cuando se construye un mundo nuevo. Pero aún recuerdo lo que te dije. Tal vez yo sea elfo, hombre o extraño híbrido por explicar, pero te hice una promesa, Ferebrim de los Puertos Grises.”

–Sérë –respondió el rubio, y añadió. –Sinomë sercë.

Si Aragorn se sorprendió de su petición, tuvo buen cuidado de ocultarlo. Regresó donde Ferebrim, y lo remolcó hacia la tribuna por el pelo, de modo que un sendero oscuro y débiles quejidos le seguían. Legolas bajó del podio a la hierba, ligeramente mareado, pero seguro de sus deseos.

Aragorn obligó a Ferebrim a ponerse en pie, frente a su esposo.

–¿Sinomë sercë? –preguntó Aragorn, como si no estuviera seguro de que Legolas deseara realmente esto.

El rubio lo miró con fastidio.

–¡Sinomë sercë! –confirmó y volvió a concentrarse en Ferebrim.

“Mírame a los ojos, maldito. Quiero que sepas que pude cumplir mi promesa. Si, soy yo quien te envía a Mandos, dale mis saludos a Lord Elrond, a mis cuatro cuñados, a mi hijo.”

Aragorn se colocó detrás del teleri, levantó su espada y lo decapitó de un solo tajo. Un chorro de sangre salió disparado del cuello, al tiempo que la cabeza volaba unos cinco metros a la derecha, con los ojos abiertos de horror. Su cuerpo, el duro cuerpo del que fuera el petimetre más admirado de Mithlond, calló muy despacio –primero de rodillas, luego de lado.

El hombre se sentó en la hierba sin muchas ceremonias, extremadamente agotado.

Solo Legolas permaneció de pie. Estaba ahí, en medio de la Plaza de Ejecuciones, con los brazos abiertos y la cabeza echada hacia atrás, el rostro, el cabello, el cuello y la camisa apelmazados por la sangre que se le secaba rápidamente encima. Lanzó una carcajada amarga con su voz alta y fuerte, de guerrero, su voz de antes.

–Sérë.

Y se desmayó.

–Creo que ya podemos volver a casa –anunció Elrohir a su pareja en lo que se acercaban para auxiliar al rubio.

Hobbiton

Frodo se acarició el hombro por encima del abrigo y suspiró.

–¿Te duele, tío Frodo?

El hobbit levantó los ojos, sorprendido, y se esforzó por sonreír a Teddy, el hijo mayor de Rosita.

–No pequeño, solo fue un gesto. Me había caído un poco de nieve encima.

Pero la excusa alarmó al chico.

–¿Nieve? ¿Y si te resfrías, tío?

Enseguida se puso a acomodarle las mantas para asegurarse de que estaba completamente cubierto.

–Este viento es terrible –refunfuñaba–, cuando bajamos, parecía que las frazadas te iban a cubrir bien, pero resulta que te calló nieve en el hombro de la herida. Si mamá se entera…

–¿Por qué eres tan serio? –le interrumpió Frodo.

Teddy se quedó muy quieto, luego retrocedió un par de pasos, y sus boticas se hundieron en la nieve suave alrededor del refugio de Frodo.

–No creí que te molestara…

–No dije que me molestara. Pero tienes diez años Teddy, deberías estar allá –y Frodo señaló la base de la colina, donde algunos chicos construían con nieve y otros se enfrentaban con pequeños proyectiles helados–, no cuidando de mí.

El chico sacudió la cabeza, las orejeras de su gorro se agitaron, de modo que parecía que sus mechones eran marrones, cuando, en realidad, Ted era todo rubio, tan rubio que se confundiría con la nieve de no llevar abrigo.

–Son tontos, todos ellos –admitió al fin–: chillan y se caen, lloran. Pelean por tonterías y se la pasan hablando de sus papás. No me interesan. En cambio tu sabes muchas cosas –Teddy blandió su libro con dibujos de animales–, y te las puedo preguntar. Además –añadió en tono bajo, secreto–, cuando lleguen tus amigos alguien tendrá que ayudarte a salir al camino y correr para buscar a Sam ¿no?

Frodo suspiró y asintió con desgana. Sus amigos… ni siquiera a Sam le había dicho que esperaba a Aragorn y Legolas, Teddy apenas sabía que esperaba a gente que conociera más allá de Bree. En realidad, no había planeado compartir la espera con nadie, Sam estaba corriendo con la reconstrucción de la Comarca, Rosita cuidaba de Eleanor, Merry y Pippin estaban ocupados en Los Gamos. Había sido fácil inventarse una excusa para pasarse largas horas en una silla, junto a su puerta redonda como un ojo de buey... hasta que empezó a soplar el viento y llegaron las primeras nieves. Bolsón Cerrado no era el agujero más lujoso bajo la colina, sobre la colina y más allá del Delagua por la mera cantidad de habitaciones – comprendió entonces Frodo– sino porque su orientación había sido cuidadosamente calculada para que los nortes invernales golpearan el lado de la casa que no tenía ventanas y barrieran el breve jardín frontal, orientado al oeste.

Había estado encerrado unos días, sin saber qué hacer, hasta que se le ocurrió sentarse en la falda de la colina, desde donde podría controlar la suave pendiente que hacía el camino antes de curvarse para alcanzar la puerta verde de Bolsón Cerrado. Era un buen plan, pero la pendiente estaba llena de nieve ahora, y excavar un refugio era imposible para su brazo malo. Entonces, le pidió ayuda a Ted para bajar un sillón con las patas forradas de latón y poder sentarse. La nieve estaba dura ya: resistió al pesado mueble, y al delgado hobbit, sin problemas.

Lo que no esperaba Frodo era que el chico se quedara a su lado, para, con un poco de ansiedad, pedirle una historia “cortica” sobre el viaje y las maravillas de más allá de Bree. Accedió y descubrió al rato que se ponía el sol y Ted estaba embobado con su “cuento” del páramo y el misterioso hombre salvaje. Siguieron así varios días, y Frodo acabó bastante intrigado por la persistente soledad de Ted, de ese muchachito rubio cuyos ojos brillaban al evocar la mística belleza de Arwen, pero incapaz de decir “Gracias” cuando su madre le servía la cena.

El hombro volvió a latir, Frodo se mordió la lengua y renunció a comprender las razones del pequeño: tenía bastante con sus propios problemas.

–Anda, ayúdame a subir a la casa –dijo en lo que empezaba a separar las cobijas. –Hemos esperado suficiente por hoy.

Ted asintió y se aplicó a retirar y doblar con cuidado las mantas. Un gesto algo maniático, en opinión de Frodo, pero Rosita era igual. Mientras, él tomó el cuaderno de Ted y sus propias notas para ponerlas en un morral. Sintió un ruido a sus espaldas como de pasos y resoplidos. Se volteó a medias, ¿tal vez Sam hubiera llegado antes de lo habitual?, y… calló sentado en la nieve de la impresión.

–¡Tío Frodo! –Ted se apresuró junto a él, pero ya uno de los jinetes había desmontado y levantaba al pálido, y húmedo, hobbit.

–Vaya manera de recibir a los amigos, Señor Bolsón. Creí que no volverías a tomarme por un villano.

Pero el mediano recuperó el aplomo enseguida.

–Tengo que tomarte por un villano si llegas entre la hora del te y la de la merienda, Majestad, porque eso significa que te quedarás a comer.

Las risas estallaron entre Frodo, Aragorn, Legolas, Elladan y Elrohir, mientras Ted y Geniev les observaban asombrados.

–Venga, vamos a Bolsón Cerrado –propuso Frodo en lo que se sobaba el hombro. –Estoy seguro de que Rosita tendrá algo de te, y galletas, dos o tres coles ácidas, un pastel esponjoso…

–¿Piensas comerte todo eso? –le interrumpió Elladan.

–No –le contestó Frodo sin inmutarse. –Es que he aprendido que las leyendas de elfos alimentados de ambrosía son eso, leyendas.

En ese momento, Frodo recordó a Ted, y lo descubrió oculto tras el butacón, con ojos espantados.

–Ven acá, Ted, quiero presentarte a mis amigos de más allá de Bree.

El muchacho se acercó, con pasos inseguros y torpes, entre la nieve sucia por los caballos y se detuvo detrás de Frodo.

–No hay nada que temer –le aseguró el hobbit. –Te presentó a Aragorn, a quien llaman también Trancos, Rey del Oeste.

Ted miró desde sus ochenta centímetros la imponente figura, de barba tupida y perspicaces ojos grises, y comprendió de golpe todo el miedo de Frodo, y todo el valor de Sam aquella noche en El Pony Pisador.

–El es Legolas, príncipe de Mirkwood –continuó Frodo, y al niño se le pusieron los ojos como platos cuando el joven elfo dejó caer su capucha y el suave sol de enero iluminó sus rasgos y su clara melena.

–Ellos son Elladan y Elrohir, los príncipes de Rivendel, al pie de las Montañas Nubladas y él…

Frodo miró interrogante al hombre, ¿quién era el quinto de la comitiva?

–El es mi sobrino Geniev –se apresuró a explicar el hombre–, guardián de Norburgo hasta hace poco. Viene con nosotros al sur.

Hechas las presentaciones, todos subieron la suave cuesta. Ted tomando de la mano, muy orgulloso, a su tío Frodo. Había encontrado un adulto que cumple su palabra y eso es algo para recordar.

Cuando llegó Sam, a poco de ocultarse el sol, ya los cinco visitantes estaban limpios del viaje y reposaban cerca de la estufa de Bolsón Cerrado. Aragorn fumaba una pipa de buena hierba de la Cuaderna Sur, con Legolas sentado a sus pies; los gemelos discutían unas notas del Libro Rojo con Frodo; y Geniev miraba todo como quien por primera vez ve una casa por dentro. Solo le esperaban para comenzar la cena, y el antiguo jardinero no tuvo tiempo ni de asombrarse al comprender para qué quería Frodo todas aquellas mantas tan largas que encargara durante la restauración de la casa. Lo que quedaba del invierno sería movido y, pensó, los gemelos podrían ayudarle a comprender mejor el misterioso regalo de la Dama.

Días después. Cuando ya la emoción por la llegada se había calmado y las visitas de todos los parientes y personas importantes se completaron, con promesas de devolver la cortesía que ni los elfos ni el hombre pensaban honrar. Pudieron hablar con calma del obsequio que Radagast había enviado al Portador del Anillo.

Grande fue la sorpresa de Elladan, Elrohir y Legolas al enterarse de que, increíblemente, sí quedaba un ejemplar de Oiolairë en la Tierra Media. El mago pardo había entregado sus hojas muy gustoso al Rey, con la advertencia de que no estaban destinadas a curar a Elrond, sino a Frodo Bolsón, para que cumpliese su deber de escriba y padre de familia.

–Bueno –admitió el hombre en esa parte del relato–, casi me río del viejo cuando dijo tal cosa. Pero los magos son gente muy enterada, ya lo puedo ver otra vez –y lanzó una mirada elocuente a Rosita que, con la pequeña Eleanor en brazos, vigilaba el juego de tabas de sus otros hijos en el suelo del comedor de Bolsón Cerrado.

–Si –comentó Frodo sin poder evitar el sarcasmo. –Deber como padre de familia, pase, pero como cabeza, lo dudo mucho. Me siento bien siendo mimado, amigo. ¿Qué te puedo decir?

Por supuesto que no había nada que decir a eso, pero todos se alegraron para sus adentros de que Frodo tuviera, por fin, un rincón seguro y cálido donde envejecer. Y envejecer con alegría, decidió en cuanto los emplastos de las hojas del «verano eterno» cerraron la fea llaga de los Espectros del Anillo definitivamente.

Aunque seguía soplando un aire frío y seco del norte, los días eran cada vez más largos, y una mañana los gemelos se descubrieron calculando cuánto tardaría la nieve en dejar pasar el sol a través de las ventanas del agujero de su amigo Frodo. Ese sería el momento para partir. Siempre y cuando, por supuesto, que Legolas y Aragorn se arreglaran.

Aragorn salió de su cuarto ajustándose los guantes, había quedado con su esposo en pasear por la orilla del camino, donde estuvieran antes los grandes árboles de la Comarca. Legolas deseaba poner sus manos en la nieve y sentir a los pequeños retoños, latentes, esperando el calor de la primavera. No era, en realidad, su idea de cómo pasar una helada tarde de febrero, pero él haría cualquier cosa por mejorar al taciturno humor de su pareja y, tal vez, hacerle hablar de ellos dos, del futuro.

Llegó a la salita de lectura, donde el elfo ya le esperaba completamente vestido, apoyado en el amplio ventanal que ocupaba casi la mitad de la pared norte de la habitación. Tras mucho palear, Teddy y Sam habían logrado quitar la nieve del jardín frontal, de modo que el sol de invierno iluminaba las tertulias vespertinas de la familia, aún cuando la estufa estuviera encendida dentro.

–Estoy listo –anunció, pero el elfo no pareció haberle escuchado. –¿Legolas?

Ya bastante acostumbrado al ensimismamiento de su pareja, Aragorn se acercó despacio y lo abrazó por la espalda. Legolas permaneció absorto, con la mirada fija en la ventana. Al seguir la dirección de sus ojos el Rey comprendió: los niños de Rosita Coto jugaban en el jardín entre gritos y saltos.

–Son hermosos –explicó el elfo. –A veces me quedo mirándolos largo tiempo, pienso en... –se interrumpió de pronto y su reticencia sembró de melancolía el corazón del hombre.

–Piensas en Auril.

Legolas asintió.

–Ahora tendría seis meses de concebido, daría patadas y a mi vientre se le formarían pelotitas –se vuelve para mirar los ojos grises y dolidos. –Hable con él Aragorn ¿entiendes? Ese mes que pasé atravesando las montañas fue mi única compañía.

–Lo imaginaste, amor.

Legolas empezó a soltar las palabras rápido, como si temiera perder el valor para decirlas.

–¡No lo imaginé! Leí en los Puertos Grises de ello, es un vínculo que se establece entre los gestantes y sus hijos en momentos de extremo peligro. Mientras ocurría yo creí que lo imaginaba, que era efecto de la soledad o de esa poción maldita que me hicieron beber, pero fue real.

–Lo haz dicho, “fue”. Ahora solo estamos tú y yo, y debemos seguir adelante.

–No puedo seguir adelante con esa muerte a mis espaldas.

–¿Olvidas quién fue responsable de tu secuestro? No podías hacer nada.

–Si yo no hubiera aceptado beber esa cosa –su rostro dibuja una mueca de asco solo con recordar su sabor e implicaciones–, acaso, acaso estaría vivo. Es una idea que me ronda la cabeza.

–De negarte ellos te habrían controlado a golpes, y habrías abortado en medio de Angmar para morir poco después. ¿Suena brutal? Pues cada día de aquella persecución temí hallarte en una curva del camino, desangrado. No tenía idea de cómo evitaban tu huída sin violencia física. –agita la cabeza para apartar tales recuerdos– No fue agradable, por suerte eres muy fuerte.

Legolas sonríe tristemente.

–No lo bastante fuerte para salvar a nuestro hijo.

Entonces Aragorn comprendió que su momento de ser absolutamente sincero había llegado. Temió la reacción del elfo, pero, si alguna vez Legolas llegaba a enterarse por otros medios, jamás se lo perdonaría. Se alejó un poco y dejó caer su cuerpo en un sofá.

–Eso no es cierto.

El Príncipe lo miró sin comprender.

–¿Cómo?

–Cuando llegamos a los Puertos estabas inconsciente y débil, sospechosamente débil. Círdan te examinó, interrogó a Ferebrim, hizo estudiar el brebaje maldito y luego se encerró conmigo en su despacho para explicarme lo que te ocurría. ¿Dices que hablaste con Auril? ¿Nunca te dijo que estaba enfermo?

Legolas está sentado frente a su esposo ahora, mirando sus manos nerviosas y sus ojos inquietos.

–Los dos estábamos enfermos.

–No se si ese teleri maldito creó el plan desde antes de secuestrarte, si decidió hacernos más daño luego, o si fue pura estupidez suya, el caso es que te había dado demasiada bebida y eso, unido al ayuno, los puso al borde de la muerte. –estrecha las manos del elfo y busca sus ojos. –Teóricamente podías haberlo soportado, pero no con Auril dentro de ti, estaba creciendo y toda tu energía se dirigía a ese punto. –respiró hondo, lo que seguía era duro. –Círdan me dijo esa noche que era demasiado tarde para uno de los dos, me correspondía elegir como esposo, y como Rey, entre el Príncipe Consorte y el Príncipe Heredero. Fue mi decisión.

Los siguientes acontecimientos transcurrieron demasiado aprisa para el hombre: de repente el elfo saltó sobre él y le llevó hacia el piso con sofá y todo.

–¡Mataste a mi hijo! –gritaba Legolas con todo el aire de sus pulmones. –¿Cómo puedes estar orgulloso de ello?

El elfo estaba sentado sobre su pecho, propinando puñetazos a los hombros, el cuello, el rostro y la cabeza sin fijar el blanco, tan solo tratando de descargar su furia. Aragorn ni siquiera intentó defenderse. Al cabo Legolas cambió de idea: las delgadas y blancas manos pugnaron por rodear su garganta.

Por suerte Geniev y los gemelos, asustados por tanto escándalo, entraron corriendo y apartaron al Príncipe. Pero este siguió debatiéndose y gritando mientras lo aguantaban.

–¡Maldito! Lo dejaste morir y ¿quieres que te agradezca? Mataste a mi elfito Aragorn, nada deshará tal crimen.

Geniev y Frodo, que esperaba a que los ánimos se calmaran desde la entrada, quedaron impactados por aquello, miraron interrogantes al ex–montaraz. El Rey de Gondor tenía el rostro cubierto de sangre y lágrimas, era la viva imagen de la desesperación. A pesar del peligro se acercó a Legolas y habló con voz firme.

–No dejé morir a tu elfito Legolas, elegí entre nuestro hijo y tu vida. ¿O haz olvidado que también era parte de mi sangre y de mi carne? ¿Qué sería mi hijo, mi primer y único hijo? ¿Quieres saber cómo planeaba Círdan salvarle? Te mantendría dormido los siguientes diez meses, hasta que le embarazo llegase a término, y tú ibas a morir en el parto. Así, con sangre fría absoluta, ibas a morir tras alimentar a mi hijo de ti cual si fuera un parásito. Si, porque en ese caso sería solo mi hijo, ni siquiera tendría recuerdos de su Ada. En cambio, al optar por tu vida me arriesgaba a no tener descendencia, porque Círdan no podía garantizar tu fertilidad tras esa operación, y yo no podía estar seguro de que quisieras intentarlo de nuevo, aún cuando pudieras. Tomé una decisión de hombre al elegir la vida de mi esposo, tomé una decisión de Rey al renunciar a mi heredero, la misma que tomé al casarme contigo en Gondor, hace seis meses.

Hace rato que Legolas dejó de intentar escapar del abrazo de Ellohir, la voz le sale ronca por el llanto y los gritos.

–Dije que ese niño era más importante que tú y que yo, dijiste que era el futuro.

–Lo dije, pero tuve que elegir entre su futuro y nuestro presente. Yo hice mis elecciones Legolas, aposté por ti, por tu fortaleza. Pero llevas tres meses viviendo en el pasado, buscando culpables, cuando solo nuestro presente permitirá que el futuro traiga nuevos Auril. Mientras seguía a Ferebrim, descubrí que mi cariño podía ser algo destructivo, que, por preservarte del más mínimo daño, mataría a quien fuera y empecé por mi propio hijo. En ese instante tú estabas a salvo de las elecciones, pero ya no lo estás. No me arrepiento, soy lo bastante hombre para aceptar el peso de mis errores, seré lo bastante hombre para entender que desees dar por terminado nuestro enlace.

Ante esa declaración Frodo ya no pudo contenerse.

–¡No puedes hacer eso!

–Sí que puede –intervino Elladan. –El enlace es una unión voluntaria.

Todos quedaron en tensión, esperando la respuesta del Príncipe.

–¿Te avergüenzas de mi, Aragorn? ¿De este ser patético en que me he convertido?

–Nunca me podría avergonzar de elegirte, porque te amo. Pero hace unos instantes fui honesto contigo e intentaste matarme, me acusaste de asesinar a “tu elfito” como si yo no tuviera nada que ver, como si no lo hubiéramos creado los dos en Minas Tirith –calló de rodillas ante el Príncipe. –Puedes deshacer tu parte del enlace esposo mío, yo me sentiré atado a él por el resto de mi vida.

Legolas estaba apoyado en Ellohir, y miraba al Rey con los ojos nublados, como ciegos.

–Si ese es el sentir de tu corazón... –extendió la mano izquierda hasta depositarla sobre la cabeza del hombre, con la clara intención de dar su aprobación a tan singulares votos.

Geniev dio un quejido, Frodo mal contuvo un sollozo, los gemelos permanecieron presas del horror y el silencio.

–Yo, Legolas hijo de Thranduil, Segundo Príncipe del Reino de Bosque Negro, recibo con honor la renovación de los votos matrimoniales de Aragorn hijo de Arathon, Rey de Gondor y Anor, y persisto en mi elección de unirme a la Casa Telcontar en calidad de Príncipe Consorte.

TBC…

Notas

Las palabras del juicio/ejecución son:

Sercë /serkë/ "sangre" (SA:sereg)

Sérë "descanso, paz" sustantivo (cf. SED en las Etimologías); ver úyë concerniendo a la frase úyë sérë indo-ninya símen en La Canción de Fíriel

Sinomë "en este lugar" (EO)

Yulma "copa" (Nam, RGEO: 67), "vasija" (WJ:416)

Fuente: Diccionario Quenya–Castellano (como siempre)

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