¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 octubre, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 36

Revelaciones y descubrimientos

“El pudor tiene la desventaja de que habitúa a mentir”
Stendhal

Segundo Círculo de Minas Tirith, Casa de Golasgil

Imrahil puso unas gotas de miel en su te y esperó a que la sirvienta terminara de cerrar la puerta. Luego miró a los caballeros a su alrededor y les dedicó una sonrisa alentadora: Aldaron y Nerwen se revolvieron en sus asientos –seguro seguían apenados por el asunto de la “lista”. Golasgil le devolvió la sonrisa, y carraspeó suavemente antes de retomar la charla.

–¿Entonces, cree usted que Razar nos apoyará?
Nerwen asintió con fuerza.
–Hará todo lo posible para evitar una nueva guerra de sucesión.
–Pero él no es como nosotros –advirtió Imrahil.
Nerwen hizo una mueca, por supuesto que sus motivos no eran iguales, pero…
–No creo que eso sea lo más importante ahora, señor. Si les garantizamos algunas ventajas…
–No podemos prometer nada en nombre del Rey –advirtió el anfitrión.
–Pero podemos asesorar convenientemente a la Regente –intervino Aldaron.

Golasgil entrecerró sus ojos oscuros y tamborileo con los dedos sobre el reposabrazos de la butaca. ¿Convertir a Forlong y Hirluin el Hermoso en víctimas propiciatorias? Si Razar veía que ellos podían cumplir sus promesas, tal vez convenciera a Felitar de pasarse al partido realista, o, al menos, de ser neutral. Odiaba a Forlong, era un asunto personal y nunca antes se había permitido dar satisfacción a tal sentimiento, pero sabía que Arwen tampoco apreciaba a ese gordo borracho y misógino.

Bueno, tampoco era su culpa que Forlong dijera –donde podían oírlo los que vivían de oír y decir– que ninguna mujer podía sentarse en el trono de Elendil estando soltera. La argumentación de Faramir para nombrar Princesa Regente a la bella Arwen Undómiel hasta el regreso de Elessar era irreprochable, y ofenderla era ofender a los poderosos reinos de Lothlórien y Rivendel, al Rey de Rohan, su escudero de honor, incluso a los peligrosos enanos de las Colinas de Hierro.

Golasgil pensó con amargura que, si Aldaron y Nerwen no hubieran armado tanto aspaviento con Legolas, Elessar estaría entre ellos y él podría irse de pesca. ¿Qué importaba que el Rey tuviera un amante? ¡Era el Rey! Tratarlo como a un chiquillo al que sus padres deben elegirle novia solo lo había espantado. Bueno, por lo menos Faramir tenía suficiente cabeza como para no olvidar que debía su vida a Elessar. Por eso había excavado entre los papeles de cinco siglos y derivado la corona a la augusta cabeza de la elfa. Si alguien no entendía después de eso que el trono negro no le interesaba… ¿Por qué Hurin y los suyos no se quedaban quietos? “Rey Faramir I”, hasta el título sonaba… ¡mal! Y encima debía sacrificar su hora del te de la mañana en planear con esos dos la manera más conspicua de matar al gordo y al afectado de Hirluin. ¡Que el Ojo les quemara la simiente!

El moreno soberano del Anfalas se controló. De toda su agitada reflexión solo fue visible la mirada interrogante que dedicó a Imrahil. El Medio elfo pestañeó solo una vez y sopló su taza de te. Golasgil dio una palmada en el asiento y entrelazó los dedos.

–Después de todo –declaró en tono severo–, se trata de la salud del reino.
El Jefe de las Casas de Curación, y el Jefe de los Labradores asintieron gravemente y miraron al príncipe de Dol Amroth. ¿No diría nada? Imrahil les sonrió con su particular sonrisa vacía.
–Temo que Fiondil no tiene suficiente ropa marrón, es un muchacho de costumbres bastante disipadas, pero sensato. Le enviaré un pliego, para que vista adecuadamente este invierno.

Los otros tres caballeros bajaron las cabezas, aceptando en silencio la advertencia de que los hijos de los conspiradores no serían tocados. Imrahil sorbió un poco más de te y pensó que, con un poco de suerte, podría hasta lograr que Fiondil y sus dos hermanas fueran nombrados sus pupilos. En Dol Amroth estarían a salvo de las intrigas de los “Hurin” que sobrevivieran a la siega, y a él no le vendrían mal el dinero que la corona debía situar para su manutención.

Ropa marrón… Muy pronto más familias estarían de luto cerrado, como si la Guerra del Anillo no hubiera sido suficiente para todos. Imrahil contó mentalmente cuántos niños y viudas dejaría esta nueva aventura palaciega y casi bufó. Maldito Hurin, ¿acaso no le bastaba con acosar a las hijas de sus carpinteros? No, el deseaba acosar a las hijas de los nobles, incluso casarse con una de ellas…

La reunión se disolvió. En el recibidor, una sirvienta ayudo a Imrahil con su capa. Su brillante cabellera roja le recordó al secretario de Arwen. ¿Qué haría con Duilin? El chico había probado ser fiel al Rey, pero eso no salvaría al padre. Todavía faltaban dos años para su mayoría de edad, y situarlo como pupilo en el lugar equivocado podría matarlo. Si, debía escoger bien…

Torre Blanca de Minas Tirith, oficinas de la administración

El muchacho jadeó, retrocedió entre las pilas de arpillera apoyado en los codos y se las arregló para sonreír.
–Creo que no deberíamos…
–Vamos, no tengas miedo.
Sacudió la cabeza, inseguro. Era cierto que todos estaban almorzando y que la probabilidad de que los guardias de la galería les escucharan era remota, pero aún así…
–Pero…
El volvió a besarlo.
–Te deseo…

Duilin contuvo un gemido cuando le dejó respirar para besarle el cuello y parte del pecho. El quería a Liolas, si, pero no le gustaba demasiado “eso” que enloquecía a su novio. Siempre era lo mismo: un breve mareo y luego limpiar las manchas en el pantalón, sentarse con cuidado, dolor al bañarse… ¿Qué tenía de maravilloso? Su novio lo miró con ojos implorantes y él asintió.

Liolas volvió a besarle con pasión, al tiempo que sus manos le desataban las cintas del pantalón. Luego le sacó la pieza, junto con sus pequeños zapatos y comenzó a masturbarle. Los sentidos de Duilin se nublaron y un gemido de auténtico placer escapó de sus labios. Pero el goce duró poco, casi de inmediato sintió un dedo ensalivado tanteando su ano y se tensó.

–Relájate –casi ordenó Liolas.

Reuniendo toda su voluntad, Duilin respiró hondo y se dejó penetrar. Mientras el dedo dilataba su esfínter pensó, con amargura, que el nunca tendría una linda noche de bodas como la que Faramir preparaba para Eowyn en cuanto llegara el Rey. La princesa rohirrim estaba muy nerviosa y se la pasaba buscando excusas para estar un ratito al lado de su prometido.

Un segundo dígito se abrió paso en su carne, Duilin cerró los ojos, y repitió como una oración la última idea. Excusas tontas para ver a su prometido…

Si. Liolas también buscaba excusas para ir a verlo a la mansión de su padre en el Segundo Círculo, pero él sabía que nunca podrían dejar de fingir. Liolas nunca podría ser su novio, ni su prometido, ni su esposo. Liolas nunca le llevaría a pasear a los mercados del Sexto Círculo, ni lo abrazaría en las noches de tormenta bajo un montón de mantas, no jugaría con un pequeño en el patio de armas de la familia, ni siquiera le desnudaría por completo antes de tomarlo.

Tres dedos jugaron en su interior y Duilin hijo de Duinhir se sintió paradójicamente vacío. ¿De qué le servía ser heredero de las mesetas del Río Morthond?, ¿para qué toda la joyería de su casa?, ¿para qué lo cofres llenos de armaduras repujadas? Nunca podría compartir eso con Liolas, estaba condenado a darle su cuerpo en un armario entre dos oficinas a la hora de almuerzo de los empleados.

–Date la vuelta amor… –pidió Liolas con voz ronca por el deseo.

Obediente, Duilin giró y plegó las piernas por debajo de su torso. Liolas le había dicho que lo amaba, que no existía nada que no estuviera dispuesto a hacer por merecerlo, pero, por mucho que se esforzara, Liolas no podía cambiar el mundo en que vivían. ¿O si?

Los ojos verdes del joven se llenaron de lágrimas al sentirse penetrado al tiempo que la conciencia de su propia indefensión lo golpeaba. ¿Huir? ¿Enfrentar la furia de su padre? Ni siquiera el Rey era capaz de cambiar el mundo. ¿No había escapado con Legolas antes de casarse? Por lo menos eso era lo que afirmaban su padre, los amigos de su padre y hasta el mismo Liolas.

¿Qué diría Faramir si le preguntaba? Duilin no se atrevía siquiera a imaginar esa entrevista. Aunque… ¿Por qué no? Faramir confiaba en él, al punto de asignarle la secretaría de la oficina de la Regente Arwen. Si, pero una cosa era confiar en su trabajo y otra dejarlo hablar de su… historia con Liolas, en especial porque el secretario del Senescal no era ni caballero, sino un escribano, un vulgar plebeyo y él… ¿Qué era él? Duilin no lo sabía. Al igual que no sabía por qué los escasos momentos de intimidad que presenciara entre el Rey y Legolas le llenaban de envidia.

El Rey y el elfo compartían algo… se sentían y actuaban como iguales. No había entre ellos esa tensión que presidía sus encuentros con Liolas, en los que su amante (¿?) siempre intentaba llevar la voz cantante y Duilin jugaba a hacerse el tonto, a fingir ser dócil y manipulable, como una chica. ¿Sería eso? No estaba seguro, pero sí sabía que no le interesaba dejar de pensar por si mismo, dejar de ser para que Liolas se sintiera seguro en su papel de protector.

A su espalda hubo fuertes gruñidos y las envestidas ganaron fuerza, señal de que se acercaba el orgasmo de su pareja. Duilin se dejó llevar por los dedos que acariciaban arriba y abajo su propia dureza. Llegaron al borde del abismo al mismo tiempo, pero, por primera vez, Duilin no sintió que el orgasmo lo limpiara, no se sintió libre por esos escasos segundos. Estaba sucio, y –lo supo con aterradora claridad– estaría sucio mientras fuera forzado a negarse por todos, incluso por Liolas.

Ajeno a todo eso, Liolas se dejó caer al lado de su novio y le acarició la espalda sudorosa.
–¿Estás bien?
Duilin no contestó, pero Liolas ya estaba acostumbrado a los cambios de humor de su novio. Suspiró, le apartó un mechón de cabello de la cara y besó su mejilla.
–Eres maravilloso.
Duilin giró entonces la cabeza y lo miró a los ojos, había algo en ellos que no supo descifrar. La idea de no saber qué pasaba por la mente del otro le asustó.
–¿Amorcito…?
Duilin no contestó, tan solo se apartó para buscar sus pantalones y zapatos. Eso era extraño, porque siempre era Liolas el que se iba primero.
–Me voy –anunció el muchacho con voz apagada.
–¿Nos vemos luego? ¿Te acompaño a casa?
–Si, claro. Llévame a casa.

Liolas vio perderse el último reflejo de la brillante cabellera cobriza de Duilin en el pasadizo que llevaba a la oficina de Arwen y se quedó quieto, tratando de descubrir en sus gestos o palabras qué podría haber enfadado a su amor. Acabó por tener dolor de cabeza.

–Hablaremos por la tarde –decidió en lo que terminaba de arreglarse los pantalones y salía.

Palacio del Señor de Mithlond, Ala de invitados

–Creo que deberías cortarte el pelo.
Geniev giró en el asiento del tocador y miró a Ellohir con expresión horrorizada a la vez que se llevaba las manos a la cabeza, en gesto protector.
–¿Costal mij tlenzaj? –balbuceo en su mal oestron.

El gemelo asintió, se apartó del marco de la puerta de la habitación del pequeño y se acercó despacio a él. Geniev lo observó con cuidado, sus negros ojos iban de su rostro a sus manos constantemente, el brillo de desconfianza de los primeros días regresó.

–No se quedará corto para siempre –argumentó despacio Ellohir, tratando de leer en los duros ojos del chico si comprendía sus palabras. –Volverá a crecer y tendrás nuevas trenzas, que no te piquen.

Geniev enrojeció ante el comentario. Sabía que su cráneo estaba lleno de habitantes indeseados, pero no lograba deshacerse de ellos. Conciente de que la vista podía resultar desagradable para los pulcros elfos, siempre salía de la recámara con una pieza de tela oscura arrollada alrededor de la cabeza, pero picaba, ¡ay!, como picaba.

Por suerte ya la piel no le picaba. Los elfos lo dejaban bañarse solito cada noche en una bañera de madera embreada, con agua caliente y estropajos de mar. Había probado a lavarse la cabeza una de esas noches, pero sus trenzas estaban tan apretadas que no todos los huéspedes habían muerto, y la humedad le obligó a quedarse junto a la hoguera de su cuarto hasta el amanecer.

¿Cortarlas? El cabello era algo sagrado. ¿Sagrado para quién? Regresaría al sur con Legolas, sí, y Legolas era un elfo, los gemelos eran elfos, de modo que él también era un elfo, o lo sería….

Movió la cabeza, dubitativo.
–¿Creej que a Legolas le guste?
Los ojos de Ellohir brillaron divertidos, asintió con fuerza.
–¡Por supuesto! Le gustará mucho ver como te crece la pelusa en la cabeza, como a un bebé. Será como si nacieras de nuevo, ¿no te parece?

¿Nacer de nuevo? Esa idea le sedujo de inmediato. Era lo que más deseaba: olvidar, ser alguien nuevo, tener una familia que lo quisiera y no creyera que él… No, Legolas y Aragorn no pensarían que era un monstruo, en especial si cuidaba sus palabras, ¡y sus gestos¡ Con cuidado, Geniev se rascó detrás de las orejas. Suspiró.

–¿Cuándo lo hazemoj?

No fue tan fácil como decirlo.

En primer lugar, Geniev se negó en redondo a quedarse solo con el barbero. Bastó su cara de terror ante las herramientas de artesano para que Ellohir comprendiera que tendría que acompañarlo durante todo el proceso, por más que, en su opinión, fuera un asunto extremadamente íntimo.

Después, los cuatro mechones que años (¿décadas?) atrás fueran bellas trenzas eran ahora un montón de pelo, tierra, y otras tantas cosas ignotas, que las tijeras no podían avanzar. Así que el peluquero se vio forzado a tomar una pequeña hoz y comenzar a segar, con cuidado, dejando expuesta la blanca piel de la cabeza y provocando pánico entre los parásitos que allí residían.

El cambio de imagen fue radical. Sin esa masa sucia deformando sus rasgos, era evidente que Geniev era casi un niño, un niño al cual habían “obsequiado” numerosas heridas en la cabeza, un niño terriblemente parecido al bello Amroth, un niño–elfo que se cubría las puntiagudas orejitas con ambas manos y miraba a su alrededor con miedo.

Tras despedir al barbero, el noldor se arrodilló delante de la silla donde Geniev estaba sentado, con la cabeza hundida entre los hombros y ojos atentos a sus menores gestos. Con sumo cuidado, Ellohir le apartó las manos y acarició los apéndices con la yema de sus dedos. Sonrió.

–Estas lleno de sorpresas, pequeño.
–Yo… –pero el otro le hizo callar con un dedo sobre sus labios.
–Bienvenido de regreso, Geniev. Estás entre amigos.

En algún lugar de la Torre Blanca

Faramir dobló en la tercera galería y apretó el paso. Estaba tan ocupado en adivinar las pisadas de quien le seguía, que no vio a tiempo a la persona que emergía de una pequeña puerta.

–¡Senescal! ¿Qué…?

No le dejó terminar. Con ademán imperativo le ordenó silencio y la obligó a pegarse a la pared. Por unos instantes, Faramir creyó que la habían perdido, pero el olor que la precedía le alertó. ¡Se acercaba! Inseguro de hacia dónde huir de Eowyn y su maldito pastel de grosellas silvestres, miró a un lado y otro, pero estaban en un sector semiabandonado de la Torre, sin tapices o armarios en los cuales ocultarse.

Giró la cara, sin tratar de ocultar el miedo que el inminente encuentro con su prometida y la venenosa golosina. Pero su acompañante sonrió y, tiró de su mano. Faramir se dejó llevar. Primero cruzaron la puerta de donde acababa de salir ella, atravesaron la estancia, por una estrecha galería desembocaron en otro recinto muy espacioso, lleno de muebles viejos y polvo. En una de las paredes había un gran guardarropa empotrado, allí se dirigieron y cerraron la puerta tras de si.

Dentro de la cómoda, el aire estaba húmedo y viciado. Y, aunque por fuera le había parecido al Senescal un mueble grande, su espacio era más bien poco para dos personas adultas, por la cantidad de gavetas y entrepaños.

–Creo que…
–¡Ssss!

Justo a tiempo, de fuera llegaba el inequívoco sonido de pasos y objetos movidos. Obviamente, la Dama Blanca los había seguido gracias a la resonancia de sus movimientos en las paredes de piedra. Pero ella pronto se dio por vencida.

“Seguro cree que el eco la confundió y regresa a la galería principal” –pensó Faramir.

Fuera esta u otra la idea de Eowyn, el caso es que sus pasos se alejaron y finalmente dejaron de oírse. Esperaron unos minutos en silencio antes de atreverse a pronunciar palabra. Faramir contempló a la Regente con ojos culpables y trató de pensar una buena excusa. ¿Qué pensaría ella de todo esto? ¿Cómo podía ofrecerle seguridad a ella, la hermana del Rey, cuando era incapaz de enfrentar a su novia y decirle que era una pésima cocinera y que sus pasteles le tenían con desarreglos estomacales? ¡Por los Valar!

Pero Arwen no estaba interesada en las inseguridades del Senescal, sino que exploraba con manos ávidas y cautas el mueble donde se ocultaban. Abrió una gaveta pequeña y extrajo un envoltorio de pieles oscuras, sus palmas adivinaron una superficie esférica y pulida. ¿Podría ser…? Presa de una repentina urgencia, la elfa separó los pliegues y estudió el objeto bajo la escasa luz. En sus manos brillaba, oscuro y poderoso, el palantir.

Arwen no dijo una palabra, solo acercó el objeto y lo puso a la altura de sus ojos.

–Eso es peligroso –advirtió Faramir, tan asustado al ver la esfera que olvidó su plan de disculpas galantes.
Ella lo miró, sin dejar que la duda asomara en sus rasgos.
–Estas piedras fueron creadas para mi familia.
El emitió un gruñido molesto, Arwen no estaba siendo estricta.

Las Palantiri habían sido fabricadas Eldamar –¿sería cierto el mismísimo Fëanor había tenido que ver?– y siete de ellas obsequiadas a la casa reinante de Númenor. Tras la caída de la isla, Elendil las trajo a la Tierra Media y eran parte de la herencia de Gondor y Arnor. Si, Arwen era hija del hermano del fundador de la dinastía, pero… Por Mandos, él solo temía que…

Le puso una mano en el hombro a la elfa.
–Puede que lo que veas no sea agradable.
–Se que no lo va a ser –repuso ella.

Faramir sacudió la cabeza, no debía subestimarla porque tuviera la frente despejada y los hombros tersos. Arwen no era una mujer, ni un hombre. Era una elfa. Hizo entonces un leve gesto con la cabeza y se sentó al otro lado del armario.

Ella le sonrió en agradecimiento y luego volvió a concentrarse en la esfera. Al principio, solo pudo distinguir dos manos arrugadas y decrépitas que se consumían entre las llamas.

–¿Ves algo? –inquirió el hombre, obviamente animado por su expresión de sorpresa, pero Arwen negó en silencio.

Dedujo sin esfuerzo que veía fragmentos de agonía del padre de Faramir. Sabía bien cómo había buscado su muerte el último de los senescales de la Tercera Edad, al creer condenada su estirpe y perdida la guerra con Sauron. Pero todo eso era pasado. El joven a su lado, anhelante de noticias, temeroso de un pastel de moras y casi asesinado por los nobles que le querían como Rey, no necesitaba saber que lo único que la palantir mostraba eran los dedos llameantes de aquel loco. Solo mantuvo sus ojos fijos en la pulida superficie, sin dejarse vencer por los fantasmas.

Poco a poco las manos ardientes de Denethor se opacaron y las entrañas de la esfera adquirieron un plácido color azul –como el de un río en el día más cálido y seco del verano.

–Busco a Aragorn –declaró en voz baja y firme. –Aragorn, hermano de mi sangre, dunedain del norte, rey del oeste. ¡Muéstramelo!

La esfera se lleno de nubes.

Arwen frunció los labios, exasperada, ¡no deseaba saber el clima en el sitio donde se hallaba su hermano! Entonces las nubes se abrieron y dejaron ver una ciudad. Como a través de los ojos agudos de un águila que busca su presa entre la alta hierba de la pradera, Arwen reconoció poco a poco el trazado de calles y plazas, gente moviéndose y la infinita extensión azul que limitaba el sitio por el oeste.

–¡Lindon!

Faramir la miró con los ojos como platos. ¿Lindon? Eso era definitivamente… Nunca había imaginado que Aragorn se desviara tanto. No planeaba tomar un barco a ningún lugar ¿verdad? Aunque… Si.

Podía bajar por la costa occidental: Harlindon, Minhiriath, Enedwait, la península entre los ríos Isen y Lefnun, en seis semanas estaría ya en la gran Bahía de Belfalas, ahora relativamente segura tras la destrucción de la flota de Umbar. Luego doblar hacia el oeste, pasar frente a Anfalas, bordear la isla de Tolfalas y entrar a la desembocadura del Anduin. Ese camino era el único practicable en invierno. ¿Se trataba de eso? ¿Un atajo para sorprender a los traidores a mitad de estación?

Faramir volvió sus ojos hacia la Regente, en espera de mayores detalles.

Arwen no se movió, ya segura de que estaba actuando de la manera correcta con el palantir, permitió a su cuerpo adaptarse a la posición de espera. Solo sus ojos seguían vivamente los movimientos en el interior del globo.

–Más cerca.

La imagen se concentró en un gran edificio al sur de la ciudad. Algunas de sus paredes parecían nacer de las mismas montañas de Lune, que protegen la bahía de los vientos del mediodía.

–Más cerca.

Una torre, orientada al oeste, de habitaciones amplias y grandes ventanas.

–Más cerca.

Una recámara de color azul, amueblada con divanes de madera clara. Al centro una cama de cabezal finamente tallado. En la cama un elfo rubio harto conocido para ella, cubierto con varias mantas, los ojos cerrados, piel arrugada, aunque luminosa.

–Más cerca –insistió sin dejar que su voz se quebrara.

Junto a la cama un hombre: grandes marcas grisáceas bajo sus ojos, el cabello entrecano limpio y bien peinado. Aragorn estaba inclinado sobre el lecho, sostenía una de las manos de su esposo entre las dos suyas, mientras apoyaba los codos sobre las matas. Sus ojos estaban cerrados con fuerza y murmuraba algo entre dientes.

Arwen sintió que las fuerzas le abandonaban. ¡No podía ser! Las cosas no podían haber salido tan mal.

–Más cerca –casi gimió.

Era como si estuviera a su lado. Contuvo a duras penas las ganas de acariciar a su hermanito. Trató de reconocer las palabras que susurraba el hombre, con la esperanza de deducir qué había puesto a Legolas al borde de la muerte. No tardó en reconocer la breve cantinela.
“An i ú nathant
An i naun ului
A chuil, anann cuiannen
A meleth, perónen”
¡Dulces Valar! ¿Por qué? Legolas era inocente, tal vez el único verdaderamente inocente de todos ellos. Arwen contuvo a duras penas las lágrimas. Dirigió su mirada al enfermo y estudió con cuidado sus facciones. Si, el príncipe estaba en franca recuperación.

Con esa única certeza Arwen se dejó caer hacia atrás y cortó el vínculo.

Durante un tiempo, solo se oyó la trabajosa respiración de la elfa, agotada hasta el límite por la información recibida. Ella dejó sus ojos fijos en el techo de madera, mientras las manos apenas sostenían el palantir en su regazo. Temblaba. Faramir se decidió a tomar la bola –que volvía a estar oscura– y la devolvió a su caja. Luego se volvió hacia Arwen con ojos expectantes.

–¿Vienen hacia acá? –se decidió a preguntar.
Arwen le miró extrañada. ¿De dónde sacaba esa idea? ¡Claro! Ella había dicho Lindon y él pensó en bojear la costa occidental. Habría sido una excelente idea, en otras circunstancias. Desvió los ojos del rostro de Faramir y contempló sus manos sudorosas.
–No.
Faramir se revolvió en el improvisado asiento, incómodo. Se daba cuenta de que la visión había sido perturbadora, pero tenía que preguntar.
–¿El está bien?
Arwen se sintió vagamente desorientada por la pregunta. ¿Cuál “él”? Entonces recordó:

“El” siempre era Estel. Para Faramir, Legolas no era una persona, solo un medio para que el Rey fuera feliz. Nunca había discutido eso con el Senescal, pero de pronto comprendió que pasaría un tiempo antes de que Legolas fuera “El arquero”, “El príncipe”, siquiera “El elfo” y no “el esposo del Rey”.

–No –ya era capaz de hablar con mayor claridad. –Están en una habitación de descanso del palacio de Mithlond.

Levantó una mano para impedir que el hombre la interrumpiera. Las imágenes volvieron a arremolinarse en su cabeza. Se cubrió los ojos con las palmas en un vano intento por detenerlas. Bueno, por lo menos ya no veía el rostro anhelante de Faramir.

–Legolas está recuperándose. Aragorn espera a que sea capaz de viajar.
–¿Recuperándose? –tan solo con el tono asustado en que fuera pronunciada la palabra, Arwen pudo seguir paso por paso las asociaciones en la mente del Senescal.

Faramir era un hombre inteligente, a pesar de los prejuicios que su formación le había impuesto. Por eso recordó de inmediato la conversación que habían tenido aquella tarde en que llegó la carta del Rey, y la larga charla explicativa de Arwen sobre el don que Legolas portaba, el “supremo regalo” de los primeros nacidos al reino de los hombres. El Senescal tragó saliva. Ella le había advertido que, en su condición de varón, Legolas era mucho más sensible durante esos meses que una hembra de cualquier especie.

Levantó la mirada hacia la cansada Arwen.
–¿Y el…? –no podía decirlo. Era demasiado ya saber que algo “así” podía ocurrir.
Ella no tuvo energías para reprocharle la frase dejada a medias, ni siquiera para darle una respuesta directa.
–Mi hermano recitaba una vieja canción, yo se la enseñé. Se llama “El Don”.

Minutos más tarde, los sirvientes vieron un ángel de cabellos negros que corría por los corredores de la Torre y supieron que algo perturbaba a la Regente. Se apartaron de su camino. Ella dejó atrás las habitaciones reales, las oficinas, las desiertas salas de fiesta y las garitas. No se detuvo hasta que alcanzó, resoplando, las caballerizas. Montó el primer animal fresco que sus ojos hallaron y cabalgó a las calles. Necesitaba, desesperadamente, salir de la Ciudad Blanca en busca de los campos helados de Pelennor. Tal vez allí…

Faramir salió del escondite como un autómata.

Nunca supo qué parte de su cerebro le urgió a tomar el palantir, llevarlo a su recámara y ocultarlo en el fondo del baúl. Luego se dejó caer en el lecho y estrujó una almohada contra su pecho. El no quería que ese bebé muriera.

“Pero deseaste que no hubiera sido concebido” advirtió una voz en su cabeza, una voz demasiado parecida a la de su padre.

Faramir maldijo en voz baja sus propios recuerdos. ¿Denethor habría elegido a Finduilas? Si Boromir o él hubieran puesto en peligro la vida de su madre ella había muerto, estaba seguro de que al duro Senescal no le habría temblado la mano. Lo ama, alcanzó a razonar, no es un juego, ni un gesto de poder. ¿Arwen había dicho “El Don”?

Desgranó los versos de la canción despacio, con sus ojos llenos de recuerdos. Aquella infancia… era tan feliz que parecía un sueño en vez de una memoria. Era una canción que su madre le había enseñado hacia mucho, cuando Boromir y él rodaban por el pasto en Dol Amroth y su padre aún sonreía.

“Es sobre el amor”, había dicho ella, “sobre lo que seréis capaces de hacer algún día por esa persona especial” y la bella Finduilas estrechó la mano de su esposo mientras elevaba la voz al cielo para clamar su amor.
"Por lo que debió haber sido,
Por lo que nunca fue.
Por una vida, por lo vivido
Por el amor entregado.”
Faramir se curvó sobre si mismo y deseó haber enfrentado a Eowyn. Era mejor comer pastel de moras que hallar un palantir.

TBC…

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