¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 agosto, 2007

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 32

De los usos y costumbres de las diversas razas de Arda I

"Cuantas veces tomada la ciudad solar
serán cambiadas las leyes bárbaras y vanas:
Tu mal se acerca. Ya no más tributaria
El gran Adriano recorrerá tus venas."
Nostradamus

De los Avaris

Amroth masticó despacio, ignorando el dolor que tal acción le provocaba. Después de todo, la mandíbula no sanaría sin alimentos. Tragó y miró ansioso a su hermano menor. Ingwë raspó el plato, acercó la última porción de alimento, detuvo la mano a unos escasos centímetros y le miró a los ojos. Amroth tuvo la impresión de que estaba por sonreírle, pero el gruñido de Feanor mientras entraba congeló las facciones de ambos.

El joven se levantó, giró e hizo una reverencia ante el Jefe del Clan. Feanor apenas le miró, estaba concentrado en el herido. Amroth tragó apresuradamente y se hundió en su asiento. A pesar de las órdenes que pesaban sobre él, las intenciones homicidas del mayor eran notables. Aunque lo más probable es que no considerara matarle como un asesinato, tal vez como un acto de limpieza.

–¿Cómo estás pequeño?

Amroth levantó los ojos, sorprendido y feliz. Su temor le había impedido notar a Finarfin, entonces no se trataba de una de las desagradables visitas de su hermano mayor con el pretexto de chequear su seguridad. Sonrió hasta donde se lo permitían sus labios agrietados.

–Mejor.

Finarfin dirigió una mirada inquisitiva a Ingwë y este se apresuró a informar.

–El prisionero se despertó temprano, caminó diez pasos sin apoyo y tomó el sol en el balcón toda la mañana. Al medio día regresó por sus pies hasta aquí y tomó sus alimentos. Durmió en la mecedora. En la tarde el prisionero hizo los ejercicios de extensión que ordenó el sanador y leyó. Su estómago marcha bien y no ha subido la temperatura.

Finarfin expresó su conformidad ante el reporte, luego se agachó ante el butacón y examinó la mano derecha de Amroth, el joven no pudo contener un quejido.

–¿Aún duele? –el otro asintió. –En realidad, es mejor así –comentó con falso optimismo.

Amroth también lo sabía, pero no hacía más llevadero el asunto. Mientras su mano doliera significaría que estaba viva, tratando de recomponerse. Ya no podría volver a tañer el laúd, por supuesto, pero era mejor que enfermar de gangrena. Todo habría sido diferente de recibir atención inmediata, pero… Mejor no pensar en eso…

–¿Puedes moverla?

Negó en silencio. Lo había intentado una hora antes, con la ayuda de Ingwë, pero los músculos seguían demasiado hinchados.

Su hermano siguió palpando con cuidado, hasta que se dio por satisfecho y pasó a examinar el otro brazo. Ahora sonrió ampliamente.

–Creo que en una semana más podremos quitar el entablillado.

Feanor gruñó su descontento, pero el segundo del clan le ignoró. Continuó la revisión hacia la cabeza, observó las pupilas, palpó el cráneo –rapado y lleno de cicatrices rojizas–, la mandíbula. Volvió a interrogarle.

–¿Te duele la cabeza?
–Solo cuando leo mucho.
–Eso significa que tus ojos se esfuerzan más de lo debido. –giró hacia Ingwë– ¿A qué hora leyó?
–Entre la tercera y quinta hora después del mediodía.
–¿Dónde?
–En la cama.
–Tendremos que cambiar eso, es evidente que en la cama no hay suficiente luz para tus ojos –se dirigió a Amroth. –Solo leerás en el balcón, entre la décima hora de la mañana y la tercera de la tarde –el enfermo fue a protestar, pero Finarfin levantó un dedo acusador. –¡No discutas! Estamos casi en invierno y los días son cada vez más cortos. Si lees demasiado antes de que tu cabeza sane, podría ser peor.
–Todo esto es un desperdicio –gruñó Feanor desde el fondo de la estancia.

Amroth e Ingwë temblaron, pero Finarfin respondió con voz fría y segura, sin siquiera molestarse en mirarlo.

–En todo caso, es el desperdicio del Rey.

Feanor volvió a gruñir algo en avarín y el segundo hermano giró. Se enfrentó a él con los brazos cruzados sobre el pecho y los pies ligeramente separados.

–Me parece que el Rey no ordenó que vinieras.
–Ahora soy responsable por todos los prisioneros del reino –repuso Feanor sin intentar ocultar su fastidio–, y este es el más valioso.
–¿No confías en tus hermanos para cuidarlo? –inquirió Finarfin.
–No quiero que lo cuiden, sino que lo vigilen –corrigió el mayor.
–No es un prisionero común. El Rey decidió que pertenece a los elróndidas y como uno de ellos será tratado hasta que lo recojan.
–No lo dudo –comentó con sarcasmo Feanor e hizo un gesto indefinido hacia la amplia y luminosa estancia, luego se dirigió a Amroth por primera vez desde que entrara. –Deberías…
–Te recuerdo que el prisionero es hermano de la Reina –interrumpió Finarfin.
–¡No es su hermano! –contradijo Feanor– El no tiene hermanos, ni padres, no tendrá sobrinos o hijos. El no es nada.
–El es mi paciente y, sin dudas, es hermano de la Reina. Cállate o tendré que prohibir tu entrada a esta habitación.

Amroth cerró los ojos, con la remota esperanza de que aquella pelea desapareciera. Nunca había visto a Finarfin enfrentarse con Feanor, aunque era conciente de que a menudo disentía de las decisiones del mayor. En realidad, esta riña colgaba sobre sus cabezas desde que Finarfin, con la ayuda de Maërys y Finrod, le sacara de las mazmorras para traerle a esta linda estancia cerca de la recámara de los flamantes monarcas. Se maldijo a si mismo una vez más por ser débil y dejar que sus ojos fueran víctimas del hechizo del olor de cándulas. Intentó doblarse sobre si mismo y desaparecer, pero una mano se posó en su hombro.

Levantó la mirada, sorprendido de que Ingwë le estrechara con semejante calidez.

–Tus costillas aún no sanan –susurró a la vez que sonreía levemente.

Pero el momento de intimidad duró poco: Feanor les vio y en dos zancadas estuvo sobre el menor de los hermanos.

–No lo toques –siseó y le soltó un puñetazo que lo lanzó al suelo.

Ingwë se quedó quieto, con los ojos muy abiertos de pánico. Despatarrado como estaba vio a Finarfin lanzarse hacia Feanor y retenerlo contra la pared.

–¿Estás loco?
–Lo tocó y sabe que es un desterrado.
–Sabe que es su hermano y necesita consuelo Feanor ¡consuelo!
–Es un traidor.
–Es un hijo de Maedros y Curufinwë, y si no llego a intervenir lo habrías matado –buscó los ojos del mayor con desesperación. –¿De verdad pensaste que ellos harían eso?
–Falló, era mí deber castigarlo.
–¿Hasta la muerte? –insistió el otro.
Feanor giró los ojos y apretó los labios. Finarfin sacudió la cabeza y lanzó un suspiro agotado
–Yo también estoy asustado –admitió–, pero la solución no puede ser esa. Si estuvieras en lo cierto… –dejó colgando la frase y volvió a negar en silencio.

Dio unos pasos en dirección al menor de sus hermanos y le tendió una mano para que se levantara. Acarició las desordenadas trenzas que cubrían la cabeza de Ingwë y le dedicó una sonrisa gentil antes de volver a hablar con el ceñudo Feanor.

–Si estuvieras en lo cierto, Adar debió matarte aquella tarde. ¿No crees?

Amroth e Ingwë cruzaron miradas interrogantes.

Feanor se le quedó mirando con una sombra de dolor en los ojos. Se dirigió a la salida en silencio, cabizbajo. Ya frente a la puerta, habló sin volverse.

–De acuerdo, es el hermano de la Reina.

De los Elfos Silvanos

Maërys entró a la habitación con una sonrisa inusualmente amplia. Se acercó con pasos leves a su esposo y le cubrió los ojos con las palmas.

Halladad sonrió, dejó caer el documento que estudiaba y tomó las manos de la elfa para llevarlas hasta sus labios.

–¿Buenas noticias? –preguntó sin volverse.
–Ajá.
–Déjame terminar con esto y me cuentas.
Ella asintió y se apartó un poco.

Halladad volvió a la lectura. Su rostro concentrado intrigó a Maërys, la cual se inclinó sobre el hombro del Rey para echar un vistazo superficial el texto. Arrugó el ceño: se trataba del acta del Juicio a Thranduil. Pensó que no era extraño que su amado no le riñera por la interrupción. Debía ser un trago especialmente amargo leer la fría trascripción de aquella jornada.

Ante sus ojos surgió de nuevo la Sala de las Cortes con sus horribles tapices rojo y oro. El acta decía que todos los funcionarios habían acudido a la cita por la llamada del Príncipe Heredero, pero nada podía saber ese escribano del miedo en los ojos de Finwe, e Ingwë, de las gotitas de sangre en la camisa de Feanor, de los ojos húmedos de Halladad y Finarfin, de su propio desasosiego. Si algo hubiera salido mal, Amroth sería la primera víctima de su Clan, pero no la última. Al cabo todo había sido superfluo, incluso ridículo.

–Él me enseñó a no correr riesgos –fue la frase de su esposo antes de comenzar el Juicio y, en efecto, todo transcurrió como lo planearon.

Había pasado una semana y Maërys no dejaba de asombrase. Aunque Halladad llevaba más de cuatrocientos años coordinando las defensas del Bosque, ella no lo imaginaba capaz de tal despliegue de fuerza política. En apenas ocho días, y con el testimonio fragmentario de Amroth como única pista, el Príncipe dedujo toda la sórdida trama que vinculaba a Thranduil, Ferebrim y Legolas, dio a Feanor las órdenes precisas, hizo interrogatorios, exhumó documentos y revisó legajos hasta construir un caso irrefutable.

Cuando todos estuvieron sentados en su correspondiente asiento, habló Thranduil, Señor de los Elfos Silvanos de Erys Lasgalen.

“Mi hijo nos ha llamado para mostrar ante todos que ha descubierto maldad de palabra, deseo y acción, en alguno de los que nuestro reino habitan. Terribles en verdad han sido las últimas jornadas, apenas llevaderas desde el enlace de nuestro Heredero con la elegida de su corazón. Aunque el dolor nos abruma, el Príncipe no ha olvidado su más alto deber: la exigencia de la Ley. El respeto que esta acción amerita debe quedar fijo en nuestros corazones.”

Hizo entonces el Rey una leve reverencia hacia el estrado donde esperaba el digno Halladad y le instó a ponerse en pie.

“Sé ahora la más alta autoridad en materia de tradición, honor y justicia.” y dicho esto se sentó.

Cuando Halladad se puso de pie, todos pudieron ver que la justicia brillaba en sus ojos y su voz era clara como la sentencia de los Valar.

Maërys notó con satisfacción que Halladad había marcado esa línea para ser rectificada. El escriba lo presentaba con los atributos de un Rey cuando aún era Príncipe y deformar la realidad para elevar su ego era algo que el nuevo monarca no toleraría.

Se masajeó las sienes y caminó hacia el lecho despacio, con esa mezcla de alivio e inquietud que la acompañaría durante todo el invierno, hasta la cita en Carroca con los gemelos. En lo que a ellos concernía, solo quedaba oficiar los funerales del anterior Rey. Maërys no dejaba que la amargura empañara su visión, Thranduil había sido grande, hasta que la soledad le consumiera el alma y dejara que la crueldad y el egoísmo dictaran sus decisiones de Estado.

La señal que alertó a una parte de la corte había sonado casi ochenta años antes, cuando la caída de Smaug derivó en la Batalla de los Cinco Ejércitos. Todas las contradicciones, las fallas de inteligencia y seguridad provocaron corrillos en la fortaleza. “Nos dirigimos a puerto incierto” murmuraban algunos… que murieron.

Thranduil no tocó a ninguno de los cercanos a sus hijos, pero aquellas bajas eran claras advertencias sobre los límites que estaba dispuesto a aceptar en cuestionamientos. Halladad y Maërys –una corte dentro de la corte– callaron, pero no olvidaron.

Luego vendría el asunto de Trancos, treinta años atrás. Maërys había reconocido pronto las señales y dado la alarma: si Thranduil llegaba a saberlo antes de que ambos estuvieran maduros, el frágil Hoja Verde se marchitaría como una flor que se abre en la última mañana de invierno. Tantearon el terreno para comprobar que el Rey no aceptaría un enlace con alguien “inferior”, aunque fuera el mismísimo heredero de Isildur. Así que desviaron la atención del monarca hacia otros asuntos cada vez que el montaraz se adentraba en sus fronteras y cubrieron los encuentros de ambos “amigos”.

Los episodios de despotismo y grandilocuencia se multiplicaron. A menudo era imposible mantenerlos en secreto, mediar para que no se aplicaran en toda su terrible crueldad sobre los habitantes del reino. Además, Halladad frenaba sus ansias por dos razones. Una política: el prestigio de su padre era imprescindible, el joven estaba seguro de que la Batalla por la Tierra Media no tardaría y el reino no podría dar todo de si consumido por las luchas internas. Otra estratégica: siempre se le escapaba un pequeño detalle que impedía completar las evidencias sobre el estado mental de su padre. Pero el asunto de Ferebrim había desbordado su natural calma.

Resultaba paradójico que el teleri fuera a la vez detonante y salvación para ellos. Su actitud prepotente y lujuriosa había polarizado a los indecisos en su contra y, finalmente, la premura de su huída le había impedido borrar todas las huellas. Halladad se había apoderado de aquel pequeño detalle con pulso delicado y firme, reconstruido los hechos y ¡al fin! Hallado al único que podía testimoniar en contra de su padre de manera incontestable y dar confianza a los otros para alzar su voz.

Cuando el gran Halladad terminó de narrar con voz dolida y firme todas las terribles ordenes que su padre le había dado y que el no había cumplido, alzó las manos y suspiró profundamente.

“No crean ustedes que la ambición o el odio me llevan a calumniar al ser que me dio la luz, protegió mis pasos y alimentó mi espíritu. He aquí que todo lo que he dicho puede ser comprobado por las palabras de otros.”

El príncipe giró entonces y la puerta lateral se abrió y por ella entró a la sala una elfa. Era una dama de cabellos negros y ojos azules, llevaba ropas de luto, botas de pantano y en su frente la insignia de los guardias de la frontera sur –que patrullan el camino mágico y las traicioneras ciénagas. Ella caminó hasta el centro de la estancia, hizo cuatro reverencias hacia los cuatro lados del mundo y esperó con los ojos bajos a que el Príncipe Heredero le dirigiera la palabra.

Como le había costado a Maërys contenerse cuando los testigos comenzaron su desfile. En los últimos años ella había consolado a esos elfos y elfas, víctimas de la crueldad de Thranduil. Había disuadido a Beorhtnoth de tomar venganza por la muerte de su ada, el consejero Beorhthelm; había obligado a Æthelred a casarse, fingiendo que nunca había sido violado; Torhthelm –su pequeño Totta– había seguido adelante aunque los orcos devoraron a toda su familia; el viejo Tídwald recibió cada mes provisiones de las despensas reales tras su destierro y Finarfin lo visitó hasta que su pierna sanó del todo. Todos prestaron testimonio esa jornada, libres al fin de exigir justicia: Finn, Beowulf, los gemelos Hengest y Horsa, el ciego Offa…

Wulfmær, hijo de la hermana de Beorhthelm, dio detalles de los numerosos errores en la Batalla de los Cinco Ejércitos, explicó también las extrañas circunstancias en la muerte del pintor Wulfstan tras terminar un mural donde Halladad era un centímetro más alto que Thranduil. Y la joven Ælfwine hija de Mercia, el anterior contador real, que se hizo guardia en la frontera para no recordar a su padre, muerto entre buches de sangre por descubrir faltantes en los graneros.

Halladad no permitió que hubiera pausa para la comida del medio día. En lugar de ello, llamó al Jefe de la Guardia Personal de su padre. Ælfnoth narró las escaramuzas para atrapar elfitos y elfitas incautas y satisfacer la lujuria del Rey, siempre rubios y de ojos azules, siempre vestidos con una túnica color arena y un par de dagas gemelas a la espalda. Siempre devueltos a sus familias con la seguridad de que no habría reclamaciones.

Pero eso ya lo sabían desde hacía unos cincuenta años y nada podían hacer. No fue hasta que Ferebrim y los suyos usaron el hechizo del olor del cándulas que Halladad pudo emplazar a Elemmírë para que confesara que ponía su magia al servicio del Rey, no del reino.

“Yo soy Elemmírë hijo de Galion, y desde antes de trepar a los árboles fui instruido en la magia de los Bosques y la magia de los Elfos de la Luz, los Elfos del Abismo y los Elfos del Mar, y cuando cumplí los dos mil años mi maestro Ingolm marchó a las Estancias de Mandos. Me fue encomendado entonces proteger con mi saber las fronteras del reino del Bosque Verde, también llamado Erys Lasgalen.”

“Cuando el Nigromante fue expulsado del sur de nuestro bosque, todos creímos que la sombra se desvanecería, pero no fue así. ¿Acaso no podía tu magia limpiar nuestra tierra, nuestra agua y los árboles que amamos?”

“Si podía”

“¿Por qué no lo hiciste?”

“Porque me lo prohibieron”

“Cuando Smaug el Dorado murió, tu espíritu se exaltó y el Rey supo de la novedad. Condujo por eso al ejército hacia la Montaña Solitaria para recuperar el tesoro. ¿Cierto?”

“Si”

“¿Y no viste nada más?”

“Vi Spagaroth destruida por el aliento del dragón, vi a los orcos siguiendo nuestros pasos por el borde norte del bosque, vi a los enanos cubiertos de hierro con ojos rojos.”

“Sin embargo, nada de ello dijiste, los elfos fuimos acusados de pillaje y casi masacrados en combate desigual. ¿Por qué actuaste de tal manera?”

“Porque así me lo ordenaron”

“Cuando la compañía de Elfos del Mar llegó a la fortaleza, las puertas tardaron en abrirse para ellos. Se dijo que era de mal agüero, pero tú negaste tales afirmaciones. Di ahora ¿cuál era la verdad?”

“La magia de las puertas de la fortaleza reconoce la oscuridad en lo profundo de las almas, aún cuando el humilde vidente del Rey no sea capaz de verla. Las puertas son más sabias que yo, porque su saber es más amplio y antiguo.”

“Mentiste entonces. ¿Por qué?”

“Porque así me lo ordenaron”

“Cuando el Ferebrim de los Puertos Grises escapó de nuestro reino, sin dar satisfacción por la herida causada a Lord Elrond de Rivendel, usó magia para desarmar a nuestro fiel soldado, Amroth hijo de Maedros. ¿Lo sentiste?”

“Si”

“¿Serás capaz de decirme qué tipo de hechizo utilizó?”

“Utilizó el olor de cándulas, una esencia de cierta flor combinada con ceniza de árbol, cortado a media noche de luna llena, y macerada con agua de lluvia”

“Tu fuiste uno de los inquisidores que interrogaron a Amroth y asentiste cuando se le condujo a las mazmorras y sometió a tortura. ¿Ignorabas en ese momento lo relativo al hechizo?”

“No”

“Mentiste entonces. ¿Por qué?”

“Porque así me lo ordenaron”

La reina se encogió de nuevo al recordar las secas palabras del mago “Porque así me lo ordenaron”. Thranduil le había ordenado callar para cubrir sus crueles planes o sus innumerables errores y Elemmírë había obedecido sin chistar. ¿Dónde estaba el honor, dónde la alta estima por las vidas y los sueños de sus hermanos. ¿Dónde el respeto a los Valar?

Ese eldar era uno de los que le miraba con desprecio, de los que no perdía oportunidad para recordarle que sus adas eran advenedizos. Advenedizos no, avaris, ella no sentía vergüenza de su origen, pero eran elfos con honor. El dulce Amroth casi había muerto por las manos de su propio hermano. ¡Maldito hechicero! ¡Maldito!

Sus pensamientos volaron hacia Legolas. Amroth ya estaba a salvo. Las heridas físicas sanarían, las del espíritu también, aunque tardaran más. Legolas no, era casi seguro que Ferebrim lo interceptara y envenenara con esa pócima asquerosa que Thranduil encargara al desgraciado de Elemmírë.

“¿Qué deseaba de ti el Rey cuando te visitó la tarde en que se celebró el torneo por la mano del Segundo Príncipe de Erys Lasgalen?”

“El Rey me pidió que elaborase un frasco de Poción para el Olvido. Es un extracto hecho con algunas gotas del agua del Río Negro, sangre de elfo, cenizas de árbol calcinado por un rayo, pelos de oso, escamas de dragón, veneno de araña gigante y cristales de mitryl.”

“¿Se lo entregaste?”

“No”

“¿Por qué?”

“El Rey nunca fue a buscarlo, en su lugar se presentó Ferebrim. Se lo entregué junto a las instrucciones de uso”

“Te ordeno que describas el efecto de la Poción para el Olvido”

“En la primera etapa causa torpeza, debilidad muscular, problemas de orientación y ceguera aparente. Durante ese período (que puede durar de una a dos semanas) la pérdida de la memoria es aleatoria, lo mismo desaparecen recuerdos de la niñez que eventos muy cercanos en el tiempo. Con la segunda etapa se recupera la salud física, y las lagunas de memoria se transforman en retrocesos temporales. Los eventos desaparecen en orden cronológico inverso y dejan un vacío espiritual con tendencia a la credulidad.”

“¿La Poción para el Olvido se puede administrar a todo tipo de seres?”

“Ignoró que efecto tendrá en un orco. Esa bebida fue creada por los elfos rubios de Gondolín para que los humanos y elfos poco confiables no revelaran la ubicación de la ciudad. Ellos nunca la aplicaron sobre heridos graves o personas convalecientes, porque es altamente tóxica.”

Las suaves y cálidas manos de Halladad se posaron sobre la espalda de Maërys y la forzaron a regresar al presente. Ella le agradeció la interrupción con una amplia sonrisa. Su esposo la miró con inquietud.

–¿Recordabas? –Maërys asintió en silencio y su pareja le acarició la mejilla. –Ya todo terminó.
–Solo por ahora… –él la calló con un beso suave, luego se acomodó a su lado y la cobijó en un pliegue de su amplia capa.
–Estás bajo la protección del Rey de Erys Lasgalen, deja que él se preocupe por todo.
–¿Todo? –preguntó ella con picardía.
–Pues… Se que no estoy calificado para preocuparme por la naturaleza de cierto elfito con varios pretendientes, eso corresponde a la Reina y ¿cómo dijo el escriba? –fingió concentrarse mientras sonreía. –Ah ¡si! Alguno de los Hermanos de la Reina.

Maërys se cubrió el rostro con las manos, ruborizada. Estaba muy feliz de ese cambio y, a la vez, un poco avergonzada. Su matrimonio y posterior coronación le habían supuesto un ascenso inmediato en la jerarquía del reino, pero lo que pocos sabían era que eso también marcaba las relaciones de poder en el interior de su Clan.

En la memoria del Juicio, el escriba había definido a todos sus hermanos como “hijo de Maedros, hermano de la Reina”, y no eran solo palabras. Su enlace con Halladad le había dado voto dentro del Clan, su control de la corona la había convertido, de hecho, en una igual de Feanor, aunque a su hermano mayor no le hiciera feliz. Maërys estaba empeñada en usar su nuevo poder para suavizar las tensiones que el rudo temperamento de Feanor provocaba todo el tiempo.

El primer paso había sido sacar a Amroth de las mazmorras en cuanto fue establecida su inocencia. Ese gesto guardaba un sabor agridulce, porque no lo había consultado. Amparada en la autoridad de Halladad, Maërys, junto a Finrod y Finarfin, había corrido a liberarle. Para cuando Feanor intentó recuperar el control, ella alegó su condición de objeto de trueque para negociar la paz con Rivendel y le halagó nombrándolo capitán de la guardia.

–Maërys –ella enfocó los ojos y se dio cuenta de que Halladad la miraba con intensidad.
–¿Si?
–¿Sabes que necesito esas buenas noticias tuyas como el agua?
Esta vez fue el turno de Maërys para acariciar la estrecha mandíbula.
–Eres el mejor elfo de la Tierra Media, amor.
El negó con ojos húmedos.
–El mejor elfo de la Tierra Media ha muerto, mi padre lo mató.

Ella tragó en seco y se esforzó por contener las lágrimas. Claro que le dolía lo de Elrond, pero el sabio elfo había hecho una elección, era su único consuelo y debía lograr que fuera también el consuelo de su esposo.

–El mejor elfo de la Tierra Media decidió partir con Mandos, porque estaba seguro de que éramos capaces de valernos por nosotros mismos. No podemos defraudarlo.

Halladad respiró hondo y asintió. Pareció perderse un momento en sus pensamientos y luego regresar, de nuevo con su mirada entre burlona e intrigada.

–Entonces, ¿cuáles son tus noticias?
–Pues que Feanor admitió a Amroth en la familia de nuevo.

Halladad sonrió ampliamente. ¡Eso si era una noticia! El esperaba que el tozudo de su cuñado tardara más, pero Maerys había acertado de nuevo: ese Finarfin era tremendo. La besó en los labios.

–¿Celebramos el reingreso de Amroth a la familia?
Ella fingió ponderar el asunto.
–¿No tiene su majestad ninguna otra ocupación?

Halladad no contestó, estaba muy ocupado desatando la falda de su esposa. Por los Valar… que bella era. ¿Cómo había aguantado tanto tiempo sin casarse con ella?

De los teleri

Legolas se removió entre las mantas y sonrió entre sueños. Giró la cabeza, sus cabellos se enredaron con uno de sus dedos y el tirón no se hizo esperar. Despertó desorientado.

Miró alrededor: su lecho se encontraba en el centro en una bella tienda redonda, parte tradicional del equipaje cuando emprendía viaje fuera de Mirkwood. Arrugó el ceño, confundido, su padre le había prohibido dejar el reino doscientos años atrás. ¿Dónde estaba?

Se sentía bien y cálido, pero hambriento, así que decidió levantarse e ir por comida. Podía oler el fuego y un caldo de vegetales en el exterior, también las voces del pequeño campamento. A su lado esperaba un conjunto de pantalón y túnica azul y unas sandalias ligeras, pero no vio sus armas por ningún lado.

Extraño, tan extraño como no recordar partir de viaje. Con un gesto, el Príncipe decidió que pospondría esas preguntas a su hermano para cuando se llenara la panza. Se apresuró con las ropas. Justo cuando terminaba de cerrarse la camisa, un elfo alto de cabellos negros entró sin anunciarse.

Legolas se quedó sin saber qué hacer por un instante, asombrado ante tal falta de respeto. Se le ocurrió lanzarle una mirada despectiva. El otro no se dio por ofendido, sino que sonrió ampliamente.

–Veo que ya estás bien –se le acercó e inclinó el rostro con claras intenciones de besarle, pero el rubio lo empujó sin dudar. Luego saltó sobre el extraño e inmovilizó sus brazos.
–¿Quién eres? –demandó con peligroso acento.
El elfo de pelo negro lo miró extrañado por un instante y luego estalló en carcajadas. Aquello molestó más aún al rubio.
–¿De qué te ríes, estúpido?
El insulto pareció devolver la seriedad al otro.
–No tienes que insultarme, querido. Me reía de mí. El sanador dijo que tal vez olvidaras algunos detalles, pero no pensé que dejaras de reconocerme. Tienes razón ¿sabes? Soy un poco presuntuoso.
Legolas le observó con curiosidad. ¿Qué era lo que había olvidado?
–¿Nos conocemos?
–Bastante bien, diría yo –asintió el otro, entonces sus ojos cambiaron de expresión, miró preocupado a Legolas. –¿De verdad no te acuerdas de cuando nos presentaron? –el rubio negó. –¿Ni de la fiesta?

Legolas recordaba vagamente danzar como loco con alguien de cabellos negros ¿este elfo? Aflojó el agarre y se alejó un poco. Le observó con ojo crítico: no era mala idea bailar con él.

–¿Bailamos juntos? –preguntó inseguro.
–¡Muchísimo! También devoraste una cantidad increíble de fresas con crema –el elfo sonrió ante el recuerdo, luego se acercó a Legolas y le acarició la mejilla. –Supongo que estabas nervioso.
El príncipe retrajo el rostro, sus ojos brillantes de rabia.
–¿Por qué iba a estar nervioso? –espetó. –Soy un gran guerrero, maté a muchos orcos en la Batalla de los Cinco Ejércitos.
El elfo le miró con decepción, casi angustia, en la mirada.
–Legolas, era nuestra boda. Nos casamos hace ocho semanas, ¿recuerdas?

Una garra fría atrapó la garganta de Legolas y extendió sus tentáculos pecho abajo. ¿Casado? ¡Imposible! Recordaba haber regresado a casa después de la Batalla y que su padre había despedido al tal Bilbo Bolsón en la frontera oriental del reino. Luego…

Arrugó la frente… todo era borroso… Una fiesta, estaba seguro de haber estado en una fiesta. ¿Por qué era la fiesta?

¿Ocho semanas? ¡Dulce Elbereth! No podía haber olvidado ocho semanas. Giró inseguro y se enfrentó al lecho. Solo ahora reparó en que era bastante ancho. Las implicaciones le golpearon, se ruborizó y fuertes temblores empezaron a recorrer su cuerpo. El suelo dejó de estar lejos y horizontal, el suelo estaba casi a su lado. Su nombre llegaba de muy lejos…

Volvió a enfocar los ojos y lo primero que sintió fue la caricia de la mano sobre su cabello. Aquello se sentía raro. Estaba sentado en el borde de la cama, su espalda descansaba en un pecho fuerte y cálido. Aquello estaba mal, de alguna remota manera. Pero la voz de su ¿esposo? le tranquilizó.

–Legolas, tienes que calmarte. Se que no elegiste este matrimonio, en realidad, yo tampoco, pero habíamos decidido llevarnos bien, colaborar. ¿Recuerdas?

No, no recordaba nada, pero eso sonaba razonable, como el tipo de cosa a la que le forzaría su padre: un matrimonio arreglado. Trató de serenarse y se curvó sobre sí mismo. Su esposo giró un brazo y lo acunó. Sus asustados ojos azules se enfrentaron a unos serenos orbes marrón oscuro. Suspiró.

–¿Cómo te llamas?
El otro asintió levemente y sonrió.
–Ferebrim, dijiste que era un nombre tonto la primera vez que lo oíste.
Legolas compartió su risa.
–¿Eres un sinda?
–No, soy un teleri. Vivo en los Puertos Grises.

El rubio volvió a asentir. Las piezas empezaban a encajar: casado a la carrera con un extranjero y de viaje, había hecho algo… algo terrible. En sus recuerdos, había una vaga figura que lo conmovía y luego dolor, un dolor intenso mezcla de traición, soledad y miedo. Volvió a temblar y las manos de Ferebrim pasearon por su cabellera. Se sintió al borde de las lágrimas, pero tragó en seco y volvió a preguntar.

–Dijiste que no fue por amor. Fue algo que hice ¿verdad? Ada no se cansa de reñirme, dice que soy demasiado bello para andar por ahí solo, que tengo que casarme y dejar de merodear.

En lugar de responder, Ferebrim tomó una de las manos de Legolas y la puso sobre su bajo vientre. La piel estaba caldeada y los músculos un poco hinchados.

–¿Lo sientes?

El rubio se concentró, podía sentir un pulso débil, como de alguien dormido. Miró interrogante a su esposo. ¿Acaso…? Ferebrim asintió.

–Es tu bebé, Legolas.

Bajó los ojos de nuevo, asombrado. Un bebé. ¿Estaba embarazado? No pudo reprimir una sonrisa un poco triste. Era claro que su esposo no era el otro padre. ¿En qué momento…? La voz de Ferebrim respondió la pregunta antes de que escapara de sus labios.

–Fue en el campamento, tras la batalla frente a la Montaña Solitaria. Me dijiste que habías conocido a un hombre simpático y que charlaban mucho. Cuando hablamos de eso… –se interrumpió bruscamente y le miró con repentina vergüenza. –Tal vez sea mejor que no recuerdes esa parte.
–¡No! Dime qué pasó –exigió el rubio, aunque ya su corazón ardía y en sus ojos el dolor se le estaba convirtiendo en un torrente a duras penas contenido.
–Aprovechó que los adultos a tu alrededor estaban bastante ocupados en la repartición de tesoros y se ganó tu confianza. Una noche te llevó a la zona de los hombres del lago, te embriagó y abusó de ti. ¡Halladad estaba tan molesto! Cuando hablamos del asunto, antes de nuestro enlace, parecía otro, deseaba regresar a Spagaroth y empezar a cortar cabezas. Nunca dijiste quién había sido y, honestamente, creo que fue lo mejor. Tal vez a tu padre se le ocurriera casarte con él.
–Entonces ¿no me quería? –Legolas ya no pudo retener las lágrimas.
Ferebrim se balanceó adelante y atrás en un ritmo suave, hipnótico. Su voz fue un susurro dolido.
–No, Aragorn hijo de Arathon no te quería, pero yo si te quiero, Hoja Verde. Mucho.
Ese comentario sonó como una alarma en los embotados sentidos del rubio.
–¿Cómo…¿Cómo sabes su nombre? –inquirió.
–Lo dices en tus sueños, pero preferí respetar tu secreto –lo miró inquieto. –¿Hice mal?
Legolas pestañeó varias veces, luchaba por hallar una respuesta coherente entre la bruma que invadía su cerebro.
–No, hiciste bien. Ese no merece ni que mi hermano desenvaine su espada.
Bostezó, estaba cansado. Supuso que el bebé llevaba parte de culpa en ello.
–¿Entonces estamos en camino a los Puertos Grises?
–Si, y enseguida a Valinor.
Legolas dejó que la modorra se apoderara de sus sentidos, tranquilo y seguro en los brazos de Ferebrim.
Todo estaba mal, si, pero a la vez, bien.

TBC…

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