¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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23 abril, 2007

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 4

Yo me duermo a la orilla de un abismo

Elrohir se detuvo ante la puerta, dudando. Podía oír a su hermano del otro lado, tarareando una canción de la Comarca.

Seguro Elladan está acomodando las margaritas en el jarrón de cristal de roca junto a la ventana, el primer lugar que mira Legolas al despertarse. Seguro horas atrás se probó miles de combinaciones de ropa y accesorios que desechó y hasta soltó su gruñido acerca de lo útil que sería Arwen de no tener que fingir que, en realidad, Legolas no le interesa. Seguro lleva días ensayando sus galanteos para que nadie crea que son ensayados, pero darle a todos los pretendientes del rubio punto y raya en la recepción de esta noche. Seguro está nervioso e irritable.

¿Debe hacerlo? Si entra, Elladan sabrá que él sabe y el enfado será doble, pero si lo deja salir y su carácter le traiciona en público... Elrohir no puede permitir que su gemelo salga a un combate en desventaja. Es preferible que le riña a él, que lo ofenda incluso, a que alguien más sepa...

Toma el pomo de la puerta con fuerza y entra. Su gemelo no gira al sentir su ingreso, sigue concentrado –¡lo sabía!– en el ramo de margaritas.

–¿Ya llegaron? –pregunta por encima del hombro.

Pregunta retórica. Elrohir estaba de guardia en la entrada oriental para recibir y guiar el trayecto final de la delegación de Mirkwood. Si está en esa recámara es porque los sindas llegaron. Pero ambos saben que Elladan no pregunta por la delegación, sino por alguien específico.

–Llegaron –asiente el menor.
–¡Excelente! –gira y se sorprende al ver a Elrohir tan serio, pero le resta importancia. Camina hacia el espejo para repasar su elaborado peinado y el cuello de la camisa.
–¿Por qué no vas a darte un baño? Pronto llamarán para la cena, sabes lo quisquilloso que es...
–Debo decirte algo –le interrumpe el gemelo de ojos marrones, y su voz es tan dura que traspasa la coraza de felicidad del otro. –El no vino.
Sus ojos se encuentran a través del espejo hay inquietud creciendo en los verdes orbes del mayor.
–Tiene que venir –argumenta incrédulo. –El, él es el jefe de la delegación.
–No este año –explica su hermano. –Mandaron a la princesa Diorel para que firme los documentos y a Galion para la mesa de negociaciones.
–Pero...

Elladan calla y se aparta del espejo. Un ligero temblor le recorre el cuerpo. Solo Elrohir puede notarlo: comparten demasiadas cosas como para que el flash de pánico no le golpeé de modo casi físico. Pero se recupera rápidamente y trata de recomponer el semblante, de que su voz no refleje su profunda inquietud.

–¿Acaso...? ¿Le ha pasado algo a nuestro amigo?

De no ser tan tensa la situación, Elrohir podría estallar en carcajadas. “¿Nuestro amigo?”. El se considera amigo de Legolas, y ahora lleva en sus bolsillos la prueba de que el sinda es de la misma opinión, pero Elladan... ¿cuántos siglos tardará en admitir, siquiera, que se acuesta con él por algo más que deporte? En fin, no es momento para eso.

–Según me informó su hermana Diorel, no le ha pasado nada malo. Es solo que no puede viajar.
–¡Explícate! –sisea Elladan con muy poca amabilidad en reservas.
Elrohir pasa saliva, ahora viene la parte difícil.
–Legolas, él... El sanador le prohibió cabalgar porque... Legolas tiene seis meses de embarazo.

En cuanto dijo la frase dio un salto hacia la derecha, calculado para evitar la previsible envestida de su gemelo, pero nada ocurrió.

Elladan da dos o tres pasos en distintas direcciones. Recorre con ojos extraviados su recámara, todos los rincones donde le ha hecho el amor a Legolas durante cuarenta años. Pequeños detalles que significan solo para él, que hacen llevaderas las largas ausencias del rubio, sus desplantes, sus despedidas o abandonos. Está pálido y sus manos tiemblan sin control.

Elrohir se le acerca y toma esas manos ahora frías, busca los ojos de su hermano el promiscuo, el cínico, el cruel. No hay nada. Toda la fortaleza del gran guerrero derribada en una oración. Le sacude los hombros y logra que, a duras penas, las verdes pupilas se detengan en su rostro. No está seguro de ser reconocido, pero sabe que es lo mejor que va a obtener.

–¡Escúchame! No se casó, ¿entiendes? Va a tener el bebé solo. Aún es libre Elladan –sabe que eso es una mentira, pero este elfo es carne de su carne. –Volverá.
–No –el otro sacude la cabeza con fuerza, y su voz es un gruñido entre fiera herida y niño abandonado en el bosque. –No es posible. Es mentira.

Elrohir va a decir algo más, pero las voces despreocupadas que se acercan y el ruido de la puerta girando sobre si misma desvían su atención. Arwen y Estel entran antes de que pueda ir a pasar el cerrojo y se detienen desorientados al ver a Elladan casi sostenido por su gemelo. La risa desaparece de sus rostros. Elrohir repara en que ambos están completamente vestidos para la cena, excepto porque Estel no lleva broche en el cuello, seguro venían a pedir uno.

–¿Acaso no respetan las habitaciones ajenas?
Arwen desestima el comentario con un gesto de cabeza y se acerca.
–¿Qué pasó?
–Malas noticias.
Es el tipo de explicación que no explica nada, pero su hermana está tan acostumbrada a las medias frases de la abuela Galadriel que esto le suena casi a indiscreción. Elrohir hace girar a su gemelo y comienza a guiarlo hacia la cama, pero el paso del aturdido elfo es tan lento que exaspera a la menor. Arwen busca con los ojos a su prometido.

Estel se ha quedado cerca de la puerta, expectante. Desde cinco o seis meses atrás sus relaciones con el mayor de los elrondidas son bastante tensas.

–Estel, ven acá –ordenó Arwen. –Ayúdanos a...

Nunca terminó la frase. Una fuerza repentina la lanzó hacia atrás y, por suerte, su vuelo terminó sobre un sillón de excepcionales muelles. Desde allí vio la aturdida elfa como Elladan intentaba lazarse contra su novio con claras intenciones homicidas. El segundo gemelo apenas podía contener a su beligerante hermano, cuya legendaria fuerza regresara con la mera invocación de un nombre.

–Te voy a matar, desgraciado –amenazó Elladan por encima del hombro de Elrohir.
–Quiero ver cómo –espetó el joven humano, sus piernas estaban flexionadas y sus puños duros, todo el cuerpo listo para el combate.
–¡Ya basta Elladan! –exigió el gemelo menor.
–De ninguna manera. Este se cree que porque le guiñó los ojos a mi hermana no tiene más que sentarse a esperar la corona. Ahora si que te mato, te arrancaré la piel a jirones.
–¿Y qué razón vas a darle al Consejo? –demandó su gemelo mientras seguía haciendo fuerza para evitar que avanzara donde su víctima. –¿Les dirás la verdad?
Elladan se quedó pasmado ante la bien dirigida pregunta. Vaya con su hermanito...
–¿Y se puede saber cuál es la verdad? –exigió Arwen, ya repuesta del shock.

Elladan la miró con asombro, reparaba por primera vez en su presencia; Elrohir con preocupación, ¿cuánto sabía Arwen de todo ese enredo?; Estel solo le dedicó una de sus sonrisas patentadas y se encogió de hombros.

Ninguna de las tres actitudes la engañó.

Arwen Undomiel cruzó los brazos sobre el pecho y carraspeó, lo que bastó para que a los tres hombres ante ella temblaran. En su momento, cada uno había aprendido que esa elfa –ojos azules y pasos lánguidos– era la más peligrosa de la familia.

–Estoy esperando –advirtió con voz fría.

Elladan fue el primero en saltar. Estaba seguro de sus argumentos y disfrutaría muchísimo ver a Estel triturado por su dulce hermanita.

–Legolas está embarazado –informó con calma.
Arwen y Estel le miraron, incrédulos.
–Es verdad –confirmó Elrohir.
Los otros dos solo atinar a sonreír tontamente.
–Eso es... ¡maravilloso!
Estel asintió al comentario de su novia. Sentía que una pesada carga le era retirada de los hombros con la noticia: Al ver partir a Legolas, meses atrás, había temido que algo fuera mal y el rubio debiera navegar a las Tierras Imperecederas. La noticia lo tranquilizaba profundamente, aunque...

La dura voz de Elladan le sacó de sus cavilaciones.
–No. No es maravilloso. Primero, porque va a tener ese bebé solo, segundo, porque tiene seis meses, lo que significa que lo concibió en Rivendel –dirigió un dedo acusador hacia su hermano y casi cuñado. –Y tú te acostaste con él hace seis meses.

Estel estuvo a punto de reírsele en la cara, pero lo pensó mejor e hizo un movimiento lateral.

–Me parece recordar que Legolas y tu no dejaron dormir a nadie seis meses atrás.
–¡Es distinto! –rebatió obstinado el otro.
–¿Cómo distinto? –preguntó con voz falsamente dulce.
–¡Cállense los dos! –ordenó Arwen. –Estel, ¿te acostaste o no con Legolas?
–¿Pero en qué mundo viven ustedes? Legolas me acompañó a operaciones de rastreo, no a un picnic por las montañas de Angmar.
–Si no quieres decirlo, interrogaré a tus hombres –amenazó Elladan.
Estel entrecerró sus ojos grises y sonrió con suficiencia.
–Ve, estaré encantado de disfrutar tu ridícula encuesta. “Perdón Haldad ¿Te acostaste el pasado invierno con cierto elfo rubio de espectacular trasero? Si, el mismo que no dejó dormir a nadie mientras yo le follaba como un loco durante cinco días seguidos y otros cinco con intervalos para comer. De acuerdo, pero, ¿sabes si alguno de la patrulla...?”. Será memorable –concluyó.
Elladan ya estaba listo para saltar sobre el dunedain, pero las advertencias latentes en la voz de Arwen le obligaron a controlarse.
–Ni siquiera te voy a decir cuán patética es tu idea, hermano.
–Puede que el método sea patético, pero no voy a parar hasta...
–¿Hasta dónde? –le interrumpió Elrohir con el rostro congestionado de rabia. –¿Hasta que no quede nada del prestigio de Legolas? ¿Hasta que comenten en Moria que estás celoso porque alguien se lo hizo mejor que tú? ¡Me das asco!
–¡¿Qué?! Yo solo estoy preocupado por mi amigo. Lo respeto y...
–¡Preocupación! ¡Respeto! ¡Amistad! –Elrohir no podía creer hasta donde llegaba la ceguera mental de su gemelo. –Preocupado estaba Estel al regresar de Angmar, porque Legolas vomitaba todo lo que comía, pero tu solo pensaste en que se quedaban encerrados hasta la hora del almuerzo y luego intercambiaban miradas raras. Respeto muestra Arwen, al tratar de evitar que nos matemos y sin indagar demasiado en la vida de quien no está presente. Y si fueras su amigo no olvidarías que él es libre y sus hijos son suyos, Elladan. Su elección y su responsabilidad.

Dicho esto, Elrohir corrió a la puerta y desapareció por la galería en penumbras. Los que dejó atrás creyeron que era la simple expresión de su rechazo. Lo cierto es que Elrohir estaba asustado de su propia vehemencia, temía decir más de la cuenta si la discusión persistía.

La habitación quedó en silencio, los ruidos de la recepción, que celebraba la llegada de las delegaciones de todos los reinos élficos, prevalecieron sobre la trabajosa respiración de Elladan y el roce de las botas de Estel en el entarimado. La invitación a un brindis por el buen desarrollo de la ronda de negociaciones cuatrienal llegó hasta ellos. Luego otro por los recién casados Glorfindel y Elrohir y, finalmente, un brindis por la salud del tercer nieto de Thranduil.

Elladan se derrumbó en la cama con el rostro oculto entre las manos.
–Déjenme solo.
Arwen quiso acercarse a consolarlo, pero su novio la retuvo por una mano.
–Respeta su deseo –dijo y tiró suavemente de ella hacia la salida.

La elfa lo siguió. Tuvo buen cuidado de cerrar la puerta con llave y luego pasó el objeto por la rendija entre marco y hoja. Deseó que nadie notara la ausencia del último hijo soltero del señor de Rivendel. Los enamorados avanzaron hasta las escaleras, allí la luz era más intensa y Arwen dio un repaso a la indumentaria de su pareja antes de bajar.

–¡Nos olvidamos del broche!
Palpó con los dedos entre los pliegues de su propia capa y extrajo una de las hermosas joyas que la decoraban.
–Bueno, usa evenstar por esta noche, ya mañana le pediremos a Erestor o Amras algo del ajuar de tu familia.
La pareja descendió las escaleras y se sumergió de a poco en el bullicio de la recepción. Pero antes comenzar a fingir sonrisas y contestar galanteos, Estel tenía que aliviar su inquietud.
–¿Crees que esté bien? –hizo un gesto vago hacia arriba y Arwen le agradeció que no mencionara nombres.
–Si –aseguró con convicción. –Es más fuerte y obstinado de lo que él mismo cree.
–Y ese es su mayor defecto –susurró para si mismo Estel en lo que la sacaba a bailar.

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Thranduil abrió lentamente la puerta y se quedó muy quieto, mirando el interior de la estancia. Sonrió al recordar que dos o tres años atrás, habría matado antes de admitir momentos de sentimentalismo tan escandalosos, pero ¿qué se le iba a hacer? Legolas era la magia de su reino y ya no deseaba negarlo.

Ahora mismo no deseaba pasar a la habitación y sacar a su hijo de su cómoda posición en la tumbona. Legolas estaba tan bello con la luz del sol entrando desde la ventana, las piernas flexionadas y un montón de pergaminos desparramados a su alrededor… La ancha túnica tenía varias manchas de tinta y el labio inferior estaba medio oculto entre sus dientes. Con la mano derecha escribía muy despacio, mientras la otra vagaba sobre el ya abultado vientre. Era un sueño.

Una ráfaga de viento hizo oscilar las cortinas y tiró varios documentos al piso. El príncipe gruñó e inició el complicado proceso de ponerse en pie a recogerlos. El Rey se apresuró dentro de la estancia.

–No, no te levantes. Ya me ocupo yo de eso.

Legolas giró el rostro sorprendido, asintió y se dejó caer nuevamente. Sonrió dulcemente a su padre cuando este arrastró una silla y tomó una de sus manos para estrecharla.

–Terminé el análisis de la explotación de la mina del norte –informó el joven.
Thranduil asintió, desde que el embarazo impedía al rubio viajar a su antojo, se había volcado sobre la burocracia del reino.
–Imaginé que ya estabas llegando al final, te has pasado todo el día aquí.

Legolas arrugó la frente ante el solapado regaño. Es cierto que el sanador le había ordenado caminar más, pero prefería hacer algo útil antes que agotarse dando vueltas por el jardín, eso solo le recordaba los espacios abiertos y acentuaba su melancolía.

–Legolas –insistió su padre– debes hacerlo.
–Lo se, es solo que estaba concentrado. ¿Vamos ahora?

Thranduil no dijo una palabra, solo le ayudó a alzarse y ofreció su brazo para la caminata hasta los jardines de la fortaleza. Por el camino se cruzaron con varios funcionarios y chiquillos hijos de nobles.

Los elfitos se acercaban al príncipe y pedían permiso para tocar su barriga, chillaban de entusiasmo y los ojos les brillaban de alegría: hasta hacía poco, Legolas era el único adulto que compartía sus pillerías y ahora les iba a dar un nuevo compañero de juegos. Estaban superfelices.

Los magistrados y secretarios, en cambio, tenían los rostros fríos y gestos formales. Con el embarazo del cuarto hijo del Rey y la reciente viudez de Vardamir, el mayor, la línea de secesión se complicaba. Padre e hijo estuvieron más que felices con devolver las mismas sonrisas heladas y seguir el paseo, pero ignorarles no iba a cambiar la tensa situación que avanzaba en la corte.

Ante el caminito que, entre parterres y árboles frutales, llevaba hasta el centro del jardín, Thranduil no pudo dejar de comprender a su hijo. ¿Cómo comparar esto con las llanuras de Beorn y los mallorns del Bosque Dorado? Pero nada puede hacer en eso, el sitio donde habitan no fue pensado como un asentamiento pacífico y carece de muchas comodidades. Se ocupa de mantener su paso al ritmo del otro y calla hasta que alcanzan el banco donde gustan de sentarse a conversar.

–¿Cómo está mi hermano? –pregunta al fin el joven.

El Rey se encoge un poco ante la pregunta, pero ya había tardado bastante el chico en hacerla. Era suficiente con que aceptara la orden de no ver al delirante Vardamir en su lecho de enfermo.

–Mejor.

Legolas lanzó un suspiro y se acarició el vientre.

Vardamir estaba al borde de la locura desde hacía dos años, tras la trágica muerte de su esposa Isil, de parto. Al principio pareció asimilar el golpe, pero poco a poco la depresión hizo presa de él y ni la sonrisa desdentada de su hijita logró arrancarle de la ensoñación. Iba y venía lo suficiente para no faltar a sus obligaciones como heredero pero… No quería casarse de nuevo, y entre los sindas, las hembras no eran elegibles para el trono excepto en caso de muerte de todos los parientes varones. Una semana hacía que no se levantaba del lecho y acariciaba una almohada a la que llamaba Isil.

Legolas se sentía inseguro respecto a todo lo que la muerte de su cuñada había desatado en la familia. Por un lado odiaba que los ojos calculadores de la corte se posaran en su vientre, queriendo traspasar su piel y averiguar el sexo del bebé, pero no podía culpar a Vardamir de no querer casarse de nuevo. ¿Quién era él para reclamar sobre deberes matrimoniales? Sus hermanos y su ada habían estado más que contentos cuando el sanador confirmó lo que ya sabía, muy adentro de su corazón, desde que dejara Rivendel. ¿Qué iba a hacer ahora?

Si paría un varón, era probable que Vardamir derogara la heredad del trono en sus hombros y adiós libertad. Pero si niña era hembrita, la familia estaría aún en el atolladero. Por supuesto, estaba el joven y apuesto Tecilion, hijo de su segunda hermana y un galadrim, pero Thranduil era demasiado tradicional para legar el reino a un descendiente por línea femenina, a menos que se hallara en una situación desesperada.

¿No estaban en una situación desesperada? ¿Y por qué esperar a las situaciones desesperadas? ¿Por qué obligar a Vardamir a contraer segundas nupcias, o a su bebé a reinar antes de hablar? ¿Por qué vivir atados a las leyes de herencia y no ajustarlas? Esas preguntas atormentaban a Legolas, pero no deseaba comentarlas a su padre. Temía dañar la hermosa relación que habían construido tan despacio.

–Legolas –le llamó el Rey.
Se volvió algo inquieto.
–Perdón padre, ¿decías?
–Aún no dije nada hijo, pero necesito tu apoyo.
El padre lanzó un breve suspiro y se frotó las manos, como si le costara hallar las palabras correctas para lo que venía.
–Hubo reunión hoy para discutir la partida hacia las Tierras Imperecederas.
Legolas se tensó. Eso significaba que…
–También se habló de quién quedará a cargo del Bosque cuando yo me vaya. No te voy a mentir, hijo, deseo partir, pero nosotros –y el joven supo que ese “nosotros” se refería a Thranduil, Vardamir, Lone, Diorel, Legolas, Vaireminya, Tecilion y hasta su bebé– tenemos deberes con esta tierra. Mientras quedan elfos grises en Erys Lasgalen, es el deber de esta familia cuidarles. Tú ya sabes cuál es la posición de Vardamir al respecto: loco o cuerdo se niega a un segundo enlace. Es por eso que presenté una solución alternativa que te implica.

¡¿Cómo?! No le podía estar pidiendo… Se enderezó y ya estaba listo para soltar una andanada sobre lo que él pensaba sobre el Consejo y sus integrantes cuando su padre levantó la mano para impedirle hablar.

–Espera, por favor. Déjame terminar de contarte lo que decidimos ¿no? Voy a escribirle a Lone. Ya se que a ella le encanta vivir por Lorien, pero quiero que pruebe estar un par de años acá con Tecilion, a ver si al chico le gusta el sitio, si quiere… aceptar el empleo de Príncipe Heredero.

Se quedó con la boca y los ojos muy abiertos, un instante atrás estaba listo para mandar al cuerno la dinastía y prender fuego a esos malditos carcamales que solo calculaban los beneficios de esta o aquella boda, pero ahora… Thranduil suavizó el rostro, leía como un libro las cambiantes expresiones de su Hojita y estaba contento. Terminó de exponer su idea con acento cantarín.

–Entonces, como eres el que mejor conoce este bosque –después de mí, por supuesto–, tal vez estaría bueno que te mantengas cerca de tu sobrino y le muestres las bellezas de nuestro hogar. ¿Qué te parece?

Al final optó por no decir nada. Solo se recostó en los cálidos brazos de su padre y cerró los ojos. Se sentía tan bien ahí, tan protegido. Ahora sí estaba seguro de que su padre le respetaba, y respetaba también el derecho de su bebé a ser libre, a no tomar más responsabilidades que las que pudiera enfrentar.

–Gracias ada –susurró y la respuesta fue una caricia tenue en las mejillas.
–Voy a tomar eso como un si.

Guardaron silencio un rato más, hasta que la penumbra se adueñó del jardín y un lejano gong anuncio la hora de comida para los elfitos.

–¿Ya elegiste un nombre? –preguntó de pronto el padre.
–No –dijo simplemente y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Había soñado hacer listas de nombres con el otro padre, desecharlos, revisarlos, discutir. Hacer reuniones con los amigos para elegir. Pero nada de eso podía ser y pensar en un nombre le llenaba el alma de melancolía.

–Entiendo lo que sientes.
La idea le pareció descabellada. ¿Cómo podía su formal padre entender el desamparo que le invadía a menudo por las noches?
–Yo también amé Legolas –advirtió al padre en tono de reconvención.

Por supuesto, la reina había estado con ellos hasta hacía unos quinientos años, pero Legolas siempre dudó de que esa relación fuera profunda. Hasta donde sabía, Thranduil y Telpënaire se habían casado por decisión de sus respectivos padres, y se vieron por primera vez el día de la boda. Ella había dado a luz cuatro hijos a los que no dedicó más que una caricia antes de volver a sus estudios de metalurgia. No sabía si alguien de la familia la echaba de menos.

–Se llamaba… –Thranduil se detuvo y estrechó con fuerza la mano de su hijo menor.

Nunca le había contado esto a nadie. ¿Por qué ahora? ¿Qué estaba despertando en él su hojita descarriada? Tragó en seco.

–Era uno de los escoltas de tu abuelo. Un simple guardia entre tantos, cabello sujeto con cuerdas de color verde chillón, falda oscura, pero la única persona que realmente vi el día que llegó el grupo de elfos desde el sur.
“Esa noche fue a mis habitaciones para recoger los regalos para tu madre. No se ni por qué le pedí que regresara a contarme cómo se lo había tomado ella. Me complació.
“Yo estaba solo Legolas. Era el hijo único del Rey y mi padre estaba muriendo, debía casarme para acceder al trono y había mucha gente lista a organizar mi violación legal en nombre de la fidelidad a las buenas costumbres. Mi única posibilidad de maniobra era una esposa, pero ya estaba resignado a nunca amar.
“Te digo todo esto para que sepas que nunca fui ligero, que no predico algo que fuera incapaz de cumplir. En fin, qué importa, pasó hace dos mil años. El caso es que me acosté con él. Primero pensé que para él era una conquista más, pero supo demostrarme que estaba muy equivocado. Fue amor a primera vista de los de verdad, de los de cuentos.

Legolas se yergue despacio y mira de frente a su padre. Hay una niebla intensa en los ojos del adusto Rey del Bosque Negro, y un brillo en su piel como solo vio en la boda de Glorfindel y Elrohir. ¡Por los Valar! ¿Quién es este jovencito delante de sus ojos? Impasible ante la incrédula mirada de su hijo, el elfo continúa su relato.

–Se fue al sur de nuevo vigilando las carretas de oro que yo había pagado por Telpënaire. Me escribió meses después, estaba embarazado.
El príncipe se lleva una mano a la boca, horrorizado. ¿Acaso…? Thranduil alza los ojos hacia él y niega.
–No, no tienes ningún hermano.
“Yo contesté asegurando mi amor y protección. Luego me puse a inventar alguna excusa para traerle a Mirkwood. No me importaba el escándalo, solo quería cuidar de él y de nuestro bebé, pero los Valar me cobraron duro todo mi lujo y mis ridículas prédicas sobre moral. Seis meses después llegó su hermano a decirme que el poblado a donde se había retirado había sido arrasado por los haradrim. Encontraron el cuerpo calcinado bajo una casa, había diez hombres muertos a su alrededor.

No puede más, Thranduil se dobla sobre si mismo y empieza a llorar en silencio, que es como ha llorado siempre. Legolas lo abraza y piensa que esta es una situación para la que nadie le preparó nunca. De este elfo jamás esperó una historia de amores perdidos y lutos soterrados.

–Su hermano trajo también una cadena de mytril con una rosa tallada sobre cristal de roca que mi… que mi esposo le había encargado comprar para cuando viniera a reencontrase conmigo.
Legolas conoce perfectamente el objeto. Siempre está en el cuello de su padre.
–Creí que era del abuelo –admite.
–Mentí –declara simplemente. –El no era ni siquiera un elfo acomodado, pero había hecho comprar una cadena de mytril para mí, ¿te das cuenta? Y yo no pude vestir de luto porque las malditas buenas costumbres lo prohibían. Cuánto me odié, cuánto odie a tu madre, y a este reino.
–Está bien ada, ya pasó –el hijo le acaricia la espalda, lo acuna.
–No. Nunca estuvo bien hasta que rompiste tu compromiso. No podía decírtelo sin decirte todo esto, pero me alegra que no te dejaras arrebatar el amor.
“Para lo que me sirve” piensa con algo de amargura el príncipe.
–La verdad es que lo hice para molestarte, entre otras cosas.
Thranduil suelta una risa corta, la primera espontánea en varios meses.
–Lo se. No tienes idea de lo gracioso que lucías proclamando a los cuatro vientos que ese teleri no valía ni lo que un buen caballo.
Legolas ríe también.
–No me has dicho su nombre –pide suavemente cuando los ánimos se han calmado.
El Rey le mira a los ojos. Hay miedo y ansías en su mirada gris.
–Hísiërion, se llamaba Hísiërion.
Y en la lentitud con que articula las sílabas Legolas reconoce no solo la devoción que estos dos mil años no ha borrado, sino un pedido que el otro jamás formulará en palabras.
–Hísiërion –repite despacio. –Es lindo, ¿qué significa?
–Hijo de la bruma.
Si que encaja. Su padre no lo pide solo para recordar al amante perdido, después de todo.
–Me gusta –Thranduil baja los ojos, como un niño avergonzado. –Y si es niña, podremos ponerle Hísianna.

Ya es de noche, ellos son elfos y ven en la oscuridad, pero Legolas está embarazado y siente un poco de frío.

–Vamos dentro –ordena Thranduil con la misma voz seria y reflexiva de siempre.

Desandan el laberinto en silencio. A medida que se acercan a la galería que se conduce a la fortaleza, el Rey camina más derecho y su rostro su endurece. El momento de debilidad ha pasado y Legolas sabe que este es un secreto que debe llevarse a la tumba. Pero a escasos metros de la salida retiene a su ada y lo enfrenta.

–¿Cómo lo has logrado? –inquiere.
Thranduil sonríe con melancolía.
–¿Recuerdas cuando tuviste que dormir en la cima de Carahdras? –Legolas asiente sin entender. –Es así mismo: cada noche duermes a la orilla de un abismo, ese abismo es la persona que no está. –acaricia de nuevo la mejilla medio helada del hijo– Tienes suerte Hojita mía, el abismo junto al que duermes tiene la otra orilla en este mundo.

TBC…

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