¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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13 febrero, 2009

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 7 final

VII ¿Para qué quiero más?


Elladan se dejó llevar en el beso.

Aturdido y agotado como estaba, nada coherente podía generar su cerebro. Su cuerpo, débil por casi tres semanas de ayuno, tampoco podría defenderse de los avances de Legolas, si deseara defenderse en algún remoto escenario.

Las manos del rubio se colaron por debajo de su foja camisa, buscando el pecho, esto hizo reaccionar al moreno y se apartó reluctante de la boca.

–… detente… -suplicó con voz ronca, pero ya los ágiles dedos reconocían su flácida piel.
–Estás delgado, tan delgado… –había preocupación en la voz del rubio.

Apenas tuvo tiempo para procesar la ternura en las palabras antes de ser levantado en brazos y transportado a su cama. Agradeció mentalmente que Aleth fuera una obsesiva de la limpieza y hubiera hecho cambiar las sábanas en el corto tiempo que llevaba fuera. Las manos de Legolas fueron a desatar las cintas de su camisa, pero las detuvo otra vez.

–No. Tenemos que hablar antes.
–De acuerdo –resopló el rubio. –Hablemos.
Elladan se movió con dificultad entre los almohadones hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama.
–Quisiera saber ¿por qué viniste ahora?, ¿por qué tu hijo me esperaba a mí y no a su padre?, ¿por qué…?
–¿Qué has dicho? –le interrumpe Legolas con acento peligroso y ante el silencio del confundido Elladan, le toma por las solapas de su túnica y lo sacude. –¿Qué has dicho de Hísiërion, desgraciado?
–Yo pregunté por su padre. ¿Qué tiene de extraño? No me parece lógico que vengas hasta Imladris por un reclamo de paternidad y lo siguiente sea que me besas como si el valle fuera a hundirse en el mar. No te entiendo, Legolas.

El agarre alrededor de su cuello cambia de violento a tierno. De repente Elladan siente su rostro envuelto en la cabellera de Legolas: los labios del rubio reparten besos de mariposa por sus mejillas, mentón, nariz, frente y labios.

–Tonto… noldor tonto… los orcos te comieron el cerebro… preguntar por el padre… aunque también yo… pero ya no importa ¿verdad?... ya no importa… te lo diré todo… ya no tendré miedo… seremos felices…

Por muy agradables que fueran los besos, Elladan estaba decidido a saber la verdad. No le importaba que Hísiërion fuera hijo de Estel o de algún guardia del Bosque Dorado, pero necesitaba certezas. Que Legolas le dijera con claridad qué deseaba. Así que con un supremo esfuerzo de voluntad lo separó de su rostro y trató de que su voz sonara lo más razonable posible.

–No seremos felices si no me dices con claridad las cosas.
–¡Ay Elladan! –suspiró Legolas, un poco molesto porque su amado no acabara de entender.
– Hísiërion te esperaba, yo te esperaba, mi padre te esperaba. Solo que eres demasiado lento como para comprender que diez días de amor no pueden dejar otro fruto que un hijo.
–¿Amor? –repite el moreno incrédulo.

Él nunca se atrevió a decir esa palabra. Le parecía demasiado grande, demasiado comprometedora para dejarla deslizarse de sus labios. La había escrito en esas cartas que nunca envió. La había puesto en hechos de sangre. La había ocultado, comprendió en estas semanas de angustia, de puro miedo.

–¿Amor? –vuelve a decir. –Amor –confirma Legolas.

Despacio, Elladan se esforzó por enfocar sus ojos por primera vez en meses. Aunque no estaba seguro de qué recordaba y qué veía, reconoció ante sí la figura esbelta, ya desnuda de la cintura para arriba –¿en qué momento se había sacado la camisa?–, el vientre liso, los músculos del pecho un poco marcados, los hombros redondeados, los brazos fibrosos. Ya no era el jovencito de la Montaña Solitaria, sino un guerrero, un adulto y, sobre todo, el padre de su hijo. Adelantó una mano para tocar las tersas mejillas.

–Acércate, quiero ver tus ojos.

Legolas se recogió el pelo hacia atrás en una coleta que sostuvo con sus manos y se inclinó, sonriente. Sus ojos azules, como el alto cielo del verano, brillaron de anticipación cuando las manos delgadas, pero amorosas de Elladan movieron su rostro hasta que la luz le dio de lleno. Un dedo delineó sus párpados, sus tupidas cejas…

–Me amas –reconoció Elladan en un gruñido ronco– y nunca me di cuenta. Estaba demasiado ocupado temiendo perderte.
–No podías perderme –aseguró el rubio. –Nunca nadie más me tuvo, ni me tendrá.
–¿Por qué…? –pero no llega a terminar la pregunta.

Son demasiados “¿por qué?” para hoy, para esta noche, para todo el otoño. Comprende que por primera vez que en siglos se siente tranquilo, seguro. No quiere nada más que dormir entre los brazos del elfo de su corazón.

Sabe que Legolas lo está llamando, pero su voz llega de lejos, deformada. Elladan está muy cansado….

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Enfocó los ojos despacio, molesto por los rayos de sol que daban directamente en su cara.

–¡Cierra la cortina! –gruñe a quien ha abierto las ventanas.

Pero la figura apoyada en el balcón no le obedece, sino que avanza hacia la cama despacio, de modo que el sol dibuja su sensual silueta y los rayos dorados aparecen y desaparecen con cada movimiento de caderas.

El moreno se yergue un poco un poco entre las almohadas para disfrutar la caminata de su pareja. El cuerpo desnudo y firme apenas es cubierto por la abundante cabellera que ahora le llega a las rodillas.

–¿Otra vez interrumpiste la clase de esgrima de Erestor?

Legolas hace un ruido despectivo con los labios y se sienta a su lado. Elladan siente el calor de las primeras luces en su piel y absorbe el aroma afrodisiaco de su cabello.

–Tengo derecho a tomar el sol –se queja el rubio.

Y el otro no dice nada porque no está muy molesto por la tendencia exhibicionista que desarrolló el sinda desde hace siete años, a él le pone de maravilla. Pero seguirle la corriente a esta discusión pactada es excitante.

–¿Qué hay de tu recato?

Legolas lo mira divertido y abre las piernas por toda respuesta. Su erección atrae las manos de Elladan como el primer día, y al sentirse acariciado el rubio se inclina para retribuirle con un beso. Luego mueve las caderas, generando fricción entre su pene y la mano del amante y le contesta burlón.

–Tal vez si me casara considerase el recato, pero… un matrimonio se vería raro a estas alturas ¿no?

Es el turno de Elladan de sonreír contra su voluntad. ¿Casarse ellos?

Han pasado diez años desde su último intento de suicidio y de que pusieran las cosas en claro. Ahora tienen un segundo hijo, Céler, y una existencia más tranquila en Rivendel –hasta donde puede ser tranquilo el mundo con cuatro elfitos corriendo por toda la casa: Hísiërion, Céler, Elwing y Alia –las dos nenas de Ellohir–, y la creciente amenaza de la oscuridad en las fronteras.
Pero se le ocurre un buen argumento.

–Serías el único miembro casado de la Compañía del Anillo, todo un ejemplo para esos alocados hobbits y mi hermanito. Legolas chasquea los labios.
–¿Acaso Estel necesita incentivos para casarse? Si por él fuera ya estaríamos en marcha, sin plan o mapas, alimentados de su puro amor por Arwen.

Elladan se ríe ante la imagen y piensa que, en verdad, su padre ha sido un poco cruel al prohibir ese matrimonio hasta que Estel ocupe el trono de sus ancestros. Acaso sea que Lord Elrond quiere demostrar que controla a la mayor parte de sus vástagos y que la escandalosa relación que su heredero mantiene con Legolas es culpa de Thranduil, que no puede meter en cintura a los suyos. El caso es que, a pesar de las mayestáticas indirectas que recorren los caminos de Arda desde el Bosque Negro y el Bosque Dorado, así como de las pullas que una noche si y otra también se intercambian en la mesa familiar, ninguno de los dos quiere enredar su vida con el complicado ceremonial de una boda real. Son felices así: amándose y amando a sus hijos. Ya perdieron mucho tiempo por la cortesía debida, y ambos lo saben.

Legolas termina de meterse entre las mantas y se ubica a orcajadas sobre el ardiente cuerpo de su pareja.
–Tengo ganas de sentirte –aclara con voz ya ronca el moreno.
Las cejas del rubio se alzan divertidas y advierte.
–Tendrás que llevar un cojín contigo en las reuniones de hoy.

Y solo esa advertencia eriza la nuca de Elladan. Dulces Valar, qué maravilla sentir las manos de Legolas en sus flancos, los labios de Legolas en su cuello, los dedos de Legolas en su…

–¡Atar!, ¡atar! –la voz de Hísiërion es demandante al otro lado de la puerta. –Prometiste llevarnos a cabalgar en la mañana.
El rostro del rubio cambia del lúbrico arrebato a la rabia, contrae las manos para obligarse a no estallar y gruñe bajito.
–¿Atar?
Ambos se quedan quietos, con la esperanza de que su hijo desista por un rato y ellos puedan…
–¡Se que estás ahí! Erestor me dijo que te había visto en la ventana.

Legolas pone los ojos en blanco y Elladan susurra un “Te lo dije” compungido. No es la primera vez que su entrepierna paga la pendencia entre esos dos. Pero el rubio no le mira, sino que toma con gestos bruscos un albornoz del piso –no importa de quién es– y va a abrir un poquito la puerta. Se enfrenta de muy mal humor a sus hijos, ambos con rostros ansiosos y trajes completos de montar.

En otra ocasión la imagen lo habría ablandado, pero su entrepierna duele y no olvida ni por un momento que se los ha mandado el insufrible de Erestor. Como si Legolas tuviera la culpa de que sus alumnos no se concentren lo suficiente en el filo de las espadas.

–Niños, su ada y yo estamos… errr… discutiendo algo y demoraremos un poco esa cabalgata ¿de acuerdo?
–¿Discutiendo? –la voz de Hísiërion revela su repentina angustia y Legolas recuerda, un segundo demasiado tarde, que esa era la palabra equivocada.

Para su hijo mayor Elladan sigue siendo algo que le pueden arrebatar, como un tesoro robado. Ninguno de los adultos a su alrededor ha logrado convencerle de que su ada no volverá a dejarlo por voluntad propia, así que Hísiërion siempre está ansioso por las altas y bajas de su relación. Sabe que en unos días Legolas partirá lejos con el tío Estel y eso lo tiene más vigilante que de costumbre.

–Discutíamos un plan, hijo, no estuvimos peleando –aclara con su voz más razonable.
–¿Lo de la hermanita? –interrumpió Céler con un tono de esperanza inconfundible.

Legolas parpadea atónito ante la salida. ¿Dé dónde sale esa idea? Un vistazo a la expresión rabiosa de Hísiërion le deja comprender que el menor de sus vástagos –rubio como él, impetuoso como el adar– ha traicionado un secreto. Pero los elfitos de siete años no suelen ser los seres más discretos del mundo, Hísiërion debería recordarlo.

El sinda suspira, esto pinta para largo y no es el tipo de charla que se mantiene en un corredor. Bien, parece que esta vez Erestor tiene su venganza, admite resignado ya a dejarles pasar y sacar a los tres involucrados –sabe que Elladan está en esto– hasta la última palabra. Cuando abre la boca para ordenarles pasar, una mano se posa sobre la suya y su pareja asoma por sobre su hombro con expresión divertida.

–Hísiërion, te dije que era una sorpresa –reclama suavemente a su primogénito.
–Es que… –empieza a disculparse el elfito con expresión herida.
–Si, si –le interrumpe suavemente el padre. –Ya se que quieres mucho a Céler y no podías dejar de compartir la alegría. Bueno, su atar y yo debemos seguir, ¡ejem!, discutiendo cómo haremos a la hermanita. ¿Qué tal si buscan a sus primas y cabalgamos dentro de un rato?
Ambos infantes lucen satisfechos con la propuesta, pero Céler no puede contener su curiosidad.
–¿Tardarán mucho?
Elladan alza las cejas con toda seriedad.
–No estoy seguro hijo –y lanza una mirada lateral a su ya rojo amante, seguro que va a tardar en calmarlo. –Tú nos llevaste tres años.

Céler abre muchos sus asombrados ojos marrones. Tres años es una cantidad infinita de tiempo para él. Este momento es aprovechado por su hermano mayor para tomarlo de la mano y conducirlo corredor abajo.

–Vamos, podemos cabalgar más tarde.
Y los niños se alejan al tiempo que Elladan cierra la puerta y se enfrenta a un muy enfadado Legolas.
–¿Una hermanita? –sisea y empieza a dar vueltas por la habitación para no golpear al moreno. –¿Estoy a punto de partir a la guerra y le prometes a Hísiërion ¡una hermanita!? ¿Tienes idea de lo que significan tus palabras para ese niño? Él vive con el miedo constante de perderte y tu…
Pero Elladan se le planta enfrente con dos zancadas y le envuelve en sus brazos, quedan con sus rostros muy cercanos. En los ojos del moreno hay un poco de resentimiento.
–¿De dónde sacas que lo inventé para consolar a Hísiërion por tu partida?
Legolas se queda con el resto de los insultos a mitad de la garganta. ¿Está insinuando qué…? Baja los ojos presa de un repentino rubor que no es rabia, sino vergüenza.
–¿Tú…? ¿Tú quieres tener otro bebé?

El moreno no responde: rompe el abrazo y camina hacia el lecho al tiempo que deja caer su bata. Legolas se queda –como siempre– hipnotizado por el movimiento de esas caderas y da un par de pasos para seguirlo. Elladan se sienta en la cama y palmea el colchón en gesto de invitación. El rubio se acomoda a su lado.

–Te lo iba a decir esta tarde, de veras. La idea fue de Hísiërion, que quiere una hermanita para bajarle los humos a las hijas de Ellohir. Mis razones tampoco son demasiado altruistas: creo que te pones increíblemente sexi embarazado. Pero se que es algo que no podemos hacer ahora mismo y traté de explicárselo a nuestro hijo. Mucho menos es algo que pueda ocurrir sin discutirlo contigo. Yo se que la guerra es ahora el deber de todos, pero cuando Estel y Arwen por fin se casen ¿querrías…?

Legolas no contesta a la pregunta, sino que corre a las ventanas y las cierra con premura para regresar junto a su pareja. Entonces, en la penumbra de la fresca mañana del valle, lo besa despacio y le empuja para hacerle caer en el lecho. Empieza a acariciar su cuerpo y encender su deseo con la seguridad y el cuidado de quien conoce cada resquicio de ese cuerpo, cada herida, cada punto de placer.

La oscuridad podría ser completa, ellos no necesitan de sus ojos ahora. Los dos “ven” con la piel y los dedos, hablan con la ondulación de sus cuerpos y el flujo de sus fluidos.

De un giro el rubio está entre las piernas abiertas, ansiosas, y penetra de un golpe en el pasaje estrecho y húmedo que –ahora sabe– fue esculpido por los Valar solo para él. Elladan gruñe regodeado en la presión de sus paredes, empuja las caderas incitándole a moverse en un ritmo único, en su propia versión de la música de los Ainur. Una música de besos, caricias, arañazos, mordidas y lamidas. Una música que se toca con la carne y en la carne se recibe.

Estallan a la par.

Legolas sale despacio del cuerpo de su amante, al tiempo que reparte besos de mariposa sobre el pecho sudoroso de Elladan. Ambos están agotados y somnolientos, pero el moreno alcanza a oír la concesión se esta jornada.

–Tal vez un poco de recato no sea tan mala idea.
El noldor ríe. Sabe que un elfo pudoroso y hogareño no sería su Legolas. Le besa de nuevo los labios hinchados.
–¿Para qué quiero más?

FIN

2 comentarios:

PapasxMalangas dijo...
Este blog ha sido eliminado por un administrador de blog.
Alistairs dijo...

Espero la continuación de tus historias.