¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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27 enero, 2007

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 1

Le trajo el temporal

Llovía. Llovía tanto que habían abierto las compuertas de la represa, río arriba, y cerrado puertas y ventanas en la casa. Ya nadie tenía sed, ni ganas de bañarse, ni sueño, ni deseos de cantar, recitar poemas o leer historias.

Elrond estaba dibujando a Erestor en traje de guerra.

Glorfidel transcribía un acta del más reciente Consejo bajo la irritada mirada de su secretario, ahora sin ocupación ni ansias de volver donde su esposa.

Estel y Elrohir jugaban su séptima partida de ajedrez consecutiva.

Elladan estaba fuera, de guardia en la entrada oriental del valle. Compartía con los soldados un alcohol pendenciero y un juego de dados. A ratos, miraba por la ventana, deseando que las nubes dejaran ver, al menos, las montañas siempre nevadas que rodeaban su hogar.

–Anar se marcha –comentó un soldado, y los otros asintieron.
–Con este tiempo –rezongó el gemelo sin dejar de sacudir su cubilete–, más le valdría a la bella Arien quedarse en su lecho de conchas y espuma.

Nadie respondió el amargado comentario. Se notaba que el príncipe deseaba descargar su irritación, pero ninguno de los elfos tenía ganas de seguirle el juego. El temporal se había llevado corriente abajo las energías de todos, en la misma medida que parecía estar calentando la sangre de Elladan. Que los Valar se ocuparan de enviarle una buena refriega, si es que la densa lluvia y el estruendo de los rayos no ocupaban toda su augusta agenda.

Con demasiada energía par tan poca cosa, Elladan empujó dados y cubilete hacia el capitán. Apoyó las manos en la mesa y arqueó la espalda, en vano intento por desentumecerse: no podía sacar el frío de su interior. Hastiado, cerró los ojos y se concentró en el fragor de la borrasca.

Entonces lo oyó.

Elladan se levantó de un salto y consultó con los ojos al resto de sus compañeros. Si, ellos también podían sentirlo y una fiera alegría devolvía el brillo a sus aburridos ojos. Eran elfos, podían sentir el amanecer, el mediodía y el crepúsculo, podían sentir las mareas y la llegada de la primavera, podían sentir la marcha de cinco personas que remontaban el paso, directo hacia la entrada del valle.

El hijo de Elrond tomó sus armas y salió, el capitán Amras le seguía los pasos. Elladan escaló despacio la atalaya y se asomó a un costado del estrecho sendero, prácticamente invisible aun con buen tiempo. Observó atónito a los viajeros que llegaban y contuvo –con tremendo esfuerzo– las ganas de saltar y gritar por encima del canto bélico de los elementos.

Con forzada calma hizo señas al viejo Amras para informarle. El estupor dejó sin palabras a toda la guardia. ¿Cinco elfos grises?

En lo que se apresuraban a abrir las puertas, deducciones más o menos similares ocupaban las mentes de todos. Eso solo podía significar un origen: los Puertos Grises, y un destino: Mirkwood. Si alguna duda quedaba para ellos sobre de la fuerza y extensión del vendaval, el desvío de estos eldars hacia el valle la barría. Varios soldados sonreían abiertamente, pero Amras notó que Elladan no se apresuraba a bajar y apretó los labios. Bien sabía él que la amargura del muchacho en nada se relacionaba con el clima y esta visita podía hacer dispararse el arco largamente tenso.

El elfo dejó esas lúgubres ideas a un lado y se concentró en parecer lo menos desaliñado posible ante los visitantes, cuyas siluetas ya se dibujaban. La alta cancela estaba despejada y los guerreros que no estaban ocupados en mantener el mecanismo bajo control se desplegaron en apretada fila a los lados del camino. Amras se plantó en medio de la senda, con la punta de su espada enterrada en el fango –señal de que los visitantes eran bienvenidos–,seguro de que Elladan permanecería oculto un buen rato.

Como era de esperar con tan desastroso clima, los sindas venían a pie. Cada uno conducía su cabalgadura con una soga. Llevaban pesadas capas de viaje que lucían negras con la escasa luz y la abundante lluvia, pero todos los de Rivendel supieron que el agua había calado más allá, hasta las apretadas camisas y los duros pantalones de viaje. Uno de ellos se adelantó.

–Mae govaenon, Amras.
El capitán parpadeó, confundido: esa era la última voz que esperaba escuchar. No pudo evitar que su voz trasluciera el asombro que se apoderó de su ser.
–¿Príncipe?
Una risa escapó desde la capucha, una risa cristalina, inocente, fresca, inconfundible.

A sus espaldas, Amras escuchó los presurosos pasos de Elladan que bajaba de la atalaya, estiraba sus arrugadas ropas, acomodaba las trenzas pegoteadas de lluvia y tierra y ocupaba el lugar a su lado resoplando muy fuerte, en un vano intento de ocultar su emoción.

Sin valor para confesarse ni a si mismo tanta felicidad, el joven noldor se inclinó ante el recién llegado.
–Mae govaenon, Príncipe Legolas.
–Mae govaenon, Príncipe Elladan. Pedimos a su gracia permiso para pernoctar en la Última Morada, pues los Valar han dispuesto que los caminos de la montaña sean impracticables.
–Nada da más placer a los habitantes de este valle que dar socorro al necesitado, excepto, quizá, la llegada del amado desde lejanas tierras.

Con estas palabras autorizó Elladan el paso franco al príncipe de los elfos grises y su pequeña escolta. Para diversión de Amras y varios elfos de la guarnición, el joven empezó a caminar junto a los visitantes sin una palabra, demasiado turbado como para recordar el oro que ganara a los dados, o su capa. Esos y otros objetos abandonados en la garita. El capitán hizo una seña a uno de sus hombres.

–Dervorin, toma las cosas del chico y ve por el camino corto hasta la casa. Avisa al Lord Elrond que prepare habitaciones y baños calientes.

El elfo asintió y salió corriendo. Amras no prestó más atención a los que se alejaban a través de los jardines y se puso a dirigir el cierre de la puerta. Rogó porque la tormenta durara muchas jornadas más.

Elladan y Legolas caminaron en silencio hacia el edificio principal. A veces, el sinda trastabillada y casi perdía el equilibrio. Se iba de lado y el brazo del noldor le servía de apoyo. Al notar quién era su sostén, Legolas se apartaba con premura, como avergonzado, pero no tardaba en sentir los efectos de la larga jornada y tambalearse de peligrosa manera. Lo cierto era que él y sus acompañantes estaban extenuados.

En la puerta de la casa, Lord Elrond de Rivendel esperaba. La noticia de los inesperados visitantes se había extendido como fuego en paja seca y muchos que nada tenían que ver con recibir delegaciones merodeaban por las galerías aledañas. Elrond no podía negarles el placer de romper la monótona temporada.

Sus agudos ojos reconocieron enseguida las señales en la pareja que se acercaba al frente de la breve compañía. Legolas estaba al límite de sus fuerzas, sin dudas había luchado contra el temporal en el paso sur antes de decidirse a bajar hasta Imladris. Elladan, por su parte... El señor intercambió miradas con sus consejeros: la ceja alzada de Erestor y la casi invisible sonrisa de Glorfindel confirmaron sus sospechas. La hiel le subió a los labios al recordar una palabra dada mucho tiempo atrás.

–Somos prisioneros de Vairë –murmuró para sí mismo.

La recepción fue rápida y amable. Cosa que agradecieron los sindas: no estaban para largos protocolos, ni elegantes narraciones que justificaran su viaje. Con el pretexto de no cansarles más, Erestor propuso que los visitantes fueran llevados en literas a sus habitaciones y se ganó una mirada apreciativa de la jefa de los pulidores de suelos.

TBC...

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