¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

30 noviembre, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 40

La familia Fedorov y la realeza de Gondor

 

¿Quién ha dicho el primer insulto?

¿Quién tiró la primera piedra?

¿Quién sintió el primer miedo?

“Frio”, Raúl Torres

 

Igor sintió cerrarse la puerta a su espalda y dejó escapar un suspiro. No era tan ingenuo como para creer que había pasado lo peor, pero el trance de las cámaras, en espacial la pregunta de Langbardur Esgaroth, le habían puesto al borde.

 

-Alteza.

Las hermanas Vorondion se habían inclinado profundamente y, comprendió Igor sorprendido, esperaban el permiso de G para levantarse.

-Un placer verle, Senescal Finduilas, Princesa Lothiriel –dijo el moreno y las mujeres se irguieron. -¿Puedo confiar en la discreción de estas paredes?

La Senescal asintió.

-Midhiel –llamó el Príncipe, la sirvienta salió de entre las sombras y comenzó a desmontar el velo con cuidado. –Supongo que ya conocen a Igor Vladimirovich Fedorov.

-Si, claro –repuso Finduilas con tono neutral. –Es el hermano de…

-No lo traje porque fuera el hermano de nadie –le interrumpió G. –Tiene el Anillo de Rúmil desde hace dos semanas. Es  –y dijo eso mirando de frente a Lothiriel– el rubio más atractivo que he visto desde que llegué a Minas Tirith.

Ella tuvo el decoro de enrojecer levemente, Igor bajó los ojos y carraspeó. G puso los ojos en blanco.

–Eres demasiado bueno querido, todavía. Bueno, vamos a la fiesta, tengo ganas de bailar tango.

Las dos princesas avanzaron por la galería, G e Igor les siguieron.

 

Mientras se adentraban en la mansión, Igor se esforzó por mirar atento cada detalle. Nunca había pasado de la puerta de esta casa que Boris odiaba y su hermana ambicionaba, pero presentía que pronto sería habitual por allí, incluso después de que G –aún no se acostumbraba a llamarle Geniev–, regresara a su retiro en Rivendel.

 

Estaban en la parte moderna de la casa. La arquitectura le indicó que debía ser obra de los años 1940 o 1950, pero sabía que el edificio estaba ahí desde finales del siglo XVIII, cuando se hizo imposible seguir modernizando el palacete que los Senescales tenían dentro del Círculo. De hecho, el salón de baile, con sus monstruosas proporciones, se remontaba a esa época.

 

¡Cuántos tapices decoraban la galería! Todos aquellos hechos de sangre, todas esas bodas, todos esos tratados de paz y comercio nada tenían que ver con él, pero si con su buen amigo Boris, con el idiota de su futuro cuñado, con G… ¿Para qué engañarse? Él quería, desesperadamente, conocer a su amado.

 

El corredor tenía varias curvas y numerosas puertas se abrían a un lado y otro. Poco a poco la textura de las paredes cambió y el joven dedujo que estaban en la parte más antigua del palacete. Se detuvieron antes de un giro abrupto. Del otro lado llegaba luz y el sonido confuso de numerosas personas. El salón de fiestas, comprendió Igor.

 

Finduilas y Lothiriel siguieron andando, sin mirar atrás.

 

G se alzó hacia Igor y le dio un beso leve en los labios.

–¿Listo?

–Pues…

Nunca pudo terminar. La voz de un ¿heraldo? anunció

–Ha llegado su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad.

G lo tomó de la mano y doblaron la última curva, Igor fue deslumbrado por el cambio repentino de iluminación.

-Le acompaña el Portador del Anillo de Rúmil, su Señoría Igor Sergueievich Fedorov.

 

&&&&&&&&&&&&&&&

 

Ivana y sus padres llegaron ante las hermanas Vorondion y les saludaron con una profunda reverencia.

 

–Honorables Fedorov, Honorable Ivana –saludó la Senescal. –Bienvenidos sean a la Mansión de la Familia de los Senescales de Gondor –dijo con una leve reverencia y la mano derecha sobre el corazón.

–A tu casa llegamos, que estos muros sean refugio, no prisión –respondió la hija con exquisito acento y el trio se irguió.

-Falta Igor Sergueievich –dijo Lothiriel con voz neutra.

–Lo lamentamos tanto, sus Señorías –respondió la madre. –Igor está preparando un examen muy importante, ya saben que el talento no lo es todo en esta vida.

-Un hijo estudioso jamás da vergüenza, Olga Ivanovich –respondió Lothiriel sin cambiar su expresión. –Los Valar saben cuánto recé para que mi vástago se contagiase con el suyo.

 

La Senescal hizo entonces un gesto leve y avanzaron hacia el interior del palacete.

 

Recorrieron el camino con calma, en parte por los nervios, en parte porque a las dos mujeres aún les costaba un poco avanzar sin pisar los bajos de sus trajes de fiesta.

 

Se detuvieron en el recodo y esperaron a que el heraldo les anunciara.

–Han llegado Ivana Sergueievich Fedorova, Olga Ivanovich Fedorova, y Serguei Vladimirovich Fedorov, honorables invitados del Príncipe John Vorondion.

 

Al entrar al salón, Ivana sintió muchas miradas clavadas en su traje, evaluando la calidad, el ajuste, la naturalidad con que llevaba su vestido y el reto de entrar al pleno de la crema y nata de Arda. También vio ojos que buscaban más allá, que buscaban… ¿Acaso nunca podría librarse del fantasma de Igor?

 

Consciente de que no debía vagar como una tonta, y ya que el entretenido de John no había acudido a su lado, Ivana buscó veloz algún aliado en la multitud. El primer rostro que reconoció fue el del primer ministro, Adanedhel Arthedain, estaba a pocos metros de la entrada, charlando con el embajador británico.

 

¡Horror! Tenía a una esposa colgando de cada brazo. Pero Ivana no se dejaría amedrentar por semejante desfachatez. Arthedain siempre había sido amable con ella, creía que los orígenes humildes de ambos les unían. ¡Imbécil pomposo! Si todavía estuvieran en el siglo XVII, ella fuera Reina y él Primer Ministro… no, imposible, uno de los dos no cabía en el gabinete de gobierno. Pero estaban en el siglo XX y ella aún no era la esposa del Senescal, paciencia.

 

Los políticos la vieron avanzar y se apartaron para saludarle.

–Honorable Señorita Fedorova –saludó Sir Richard.

-Embajador –respondió ella con sencillez. –Es un gusto verles, Primer Ministro, Señor Belegund, Señora Krasnaya.

-Justo le decía a mi esposo que el vestuario femenino ruso de 1810 es muy atinado para realzar la figura femenina. Usted y la embajadora Tatiana Borichina Yermilova están deslumbrantes –comentó la de pelo azul.

Ivana tardó unos segundos en comprender que Krasnaya no se refería a Adanedhel, sino a Belegund el chiflado. Eso sí tenía sentido, pues había notado que la charla entre el Primer Ministro y el representante de Gran Bretaña no era ligera.

-Gracias, Sra. Arthedain. Es un modelo de la versión de La Guerra y la Paz de Sergei Bondarchuk.

-Te lo dije –exclamó Belegund y comenzó a abanicarse con expresión triunfal. –Disculpe Ivana Sergueievich, pero este bebé me tiene con tremendos calores. Apenas es primavera y la espalda me suda como si escalase las Montañas Azules.

Con un movimiento rápido, que Ivana reconoció ensayado, el heredero de Ered Nimrais pasó del brazo de Adanedhel Arthedain al de Kransnaya y se acercó a ella, dejando a los hombres a su espalda.

-Los sanadores me han ordenado todo el reposo físico posible, ¿sabe? Tengo más de cuarenta años y este –se pasó la mano por el vientre– es un revoltoso. Así que he visto muchas películas en las últimas semanas.

-Belegund es parte del Comité de Apoyo a la Cinemateca, están organizando una muestra de cine histórico –aclaró su esposa, como para dejar en claro que en su familia nadie holgazaneaba.

El del abanico asintió levemente y retomó la palabra.

-El caso es que he visto mucho cine soviético, ruso y filmes basados en la historia rusa, ya imagina usted por qué –Ivana asintió, lo cierto es que le molestaba que esta travesti dominara su lengua, y ni hablar de su vasto conocimiento sobre tradiciones eslavas. –Apenas hace una semana vi la versión de 1966 de La Guerra y la Paz, que considero infinitamente superior a la de King Vidor, por supuesto. Pero en la Cinemateca queremos algo singular, único, como la primera versión de esa novela, la que hizo en 1915 Vladimir Gardin, ¿recuerda?

No, Ivana no lo recordaba, pero no admitiría ignorar algo sobre la mayor novela de Rusia ante este remedo de Primera Dama.

-¿Desea usted que hable con el embajador al respecto?

Belegund y Krasnaya sonrieron con conmiseración, e Ivana se clavó las uñas en las palmas por el error. ¿Acaso necesitaba el esposo del Primer Ministro intermediarios para contactar a cualquier embajada?

-Deseo que, en su próxima visita a Rusia, vaya a la sede de Mosfilm, como ciudadana privada, y averigüe por esa joya. ¿Está perdida o extraviada? Eso es lo que no saben en la Cinemateca ni en su embajada.

Ivana no estaba segura de si este encargo era un honor o una humillación, así que optó por asentir.

-Cuando toque Moscú –declaró sin comprometerse en plazos.

La vaguedad no pareció molestar a la pareja Arthedain. Belegund desplegó su abanico de nuevo y suspiró adolorido.

-Espero que su Alteza Real no tarde mucho más, los pies me están matando –luego fijó los ojos en un punto más allá del hombro de su interlocutora. – Ivana Sergueievich, creo que su embajador desea hablarle, y yo debo regresar a proteger a mi esposo de Sir Richard.

 

La rubia hizo una leve reverencia y se dirigió hacia donde sus padres se habían reunido con Vasili Vasilievich Yermilov y su mujer, Tatiana Borichina. La Yermilova en verdad lucía bella con su traje blanco de ribetes de oro y capa corta dorada, los brazos de la embajadora lucían fuertes y el escote revelaba un pecho de piel aún tersa y blanca. Querría lucir así a los cuarenta, definitivamente.

 

–Señorita Fedorova –el embajador, todo formal, le dio un beso levísimo en el dorso de la mano.

-Querida Ivana –saludó la embajadora y le dio un beso en cada mejilla.

-¿Qué quería el esposo del Primer Ministro? –demandó Serguei Fedorov.

-Nada serio, papá. Están preparando una muestra de cine histórico en la cinemateca y desea mi consejo respecto a los filmes sobre nuestra patria.

-Me permito recordarle, Ivana Sergueievich, que no es usted rusa, sino ardense –rectificó en voz baja el embajador. –Esa expresión suya es potencialmente peligrosa, especialmente en este salón.

-Estoy nerviosa –admitió Ivana.

-¿Acaso no lo estamos todos? –le tranquilizó Tatiana. –Ninguna persona de sangre rusa ha estado tan cerca como tú de emparentar con una monarquía europea desde que María Vladímirovna, Gran Duquesa en el exilio, se casó con el Príncipe Francisco Guillermo de Prusia en 1976, este es un gran día. Por lo mismo, no puede dejar que el pánico le gane, querida –la embajadora le tomó ambas manos con fuerza. –Mañana podrá llorar, bailar, o dormir, hoy no. ¿De acuerdo?

-La Senescal y su hermana han llegado –advirtió Olga Fedorova.

 

Era la señal: el Príncipe G ya había sido recibido e iniciaría la fiesta en cualquier instante. Ivana notó cómo todo el salón se movilizaba para ocupar sus puestos en la ceremonia de recepción al regente. Se despidió de los embajadores con un gesto de la mano y fue a su lugar.

 

Mientras cruza la estancia, Ivana alcanza a ver un intercambio de miradas entre Boris Vorondion y Silvia, la trepadora que cazó al heredero del Condado de Tarannon. ¿Por qué están estos dos tan felices, si son los mejores amigos de Igor? Pero no tiene tiempo ahora, ya está lista para su gran prueba, tiene que serenarse.

 

Todas las personas han formado una galería que cruza el salón, desde la entrada hasta el inicio de la plataforma donde estaba la mesa principal. Casi junto a la puerta se encuentra el gabinete ministerial, seis integrantes del gobierno a cada lado, junto a sus parejas. Por la derecha, siguen a la clase política la nobleza de Rohan, Esgaroth, Gondor y Arnor, cerraba la fila el Clan Vorondion. A la izquierda están los embajadores de Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Cuba, con sus respectivas parejas, después la heredera del Trono Perdido de Harad –con un cura como chaperón–, los señores enanos y el liderazgo de la Sociedad Moriquendi, con representaciones de los cuatro reinos míticos: Lorien, Rivendel, Rhovanion y los Puertos Grises. Al final del salón, casi junto a la escalinata, están los Fedorov, Adanedhel Arthedain con sus dos cónyuges, la Senescal y su hijo, el Príncipe John.

 

Se escucha un suave toque de madera.

–Ha llegado su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad.

La figura menuda entra al salón, saluda con una mano y tira de un hombre alto, rubio, vestido como un guardia de Lorien. Ivana siente que le tiemblan las rodillas al ver el rostro del acompañante del Príncipe G.

El siguiente, y último, anuncio del heraldo le llega desde lejos, como el eco de una pesadilla recurrente.

-Le acompaña el Portador del Anillo de Rúmil, su Señoría Igor Sergueievich Fedorov.

 

Ivana siente ¿intuye? el gemido estrangulado de su madre y la pisa con fuerza. No, no, no, repite en su cabeza. Entonces su mirada se cruza con la de Silvia, la morena sonríe como el gato que se comió el canario. ¡Puta!, lo supo todo el tiempo.

 

Continuará

28 noviembre, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 39

El evento social del año en la TV (III)

 

Calm voices give whispered

instructions and hands

flutter

in the streetlight

hiding animal faces

that glisten

with swollen

red tongues.

Quietly,

they devour

each other.

“Embrace”, Viggo Mortensen

 

Por un momento, fue difícil mirar a las pantallas sintonizadas con Arda Visión: la imagen subía y bajaba por el veloz avance de camarógrafo, y apenas podía verse la espalda de Langbardur Esgaroth, que corría con sus taconazos hacia la limosina Meara De Luxe del Príncipe G.

 

Al llegar a la acera, la lente se enfocó en la puerta trasera, que ya abría un agente de seguridad.

 

Primero salió un hombre vestido como los guardianes del Bosque de Lorien. Antes de que alguien pudiera reconocerle, se giró para ayudar a emerger a una persona totalmente vestida de gris, y no hizo falta más información.

 

La cámara regresó al rostro Langbardur, la periodista no pudo contener un leve temblor en su voz:

 

-Querida teleaudiencia, estamos transmitiendo a ustedes, en vivo, la llegada de su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad, a la fiesta de compromiso del Príncipe John Vorondion, Hijo de la Senescal del Reino, y la joven Ivana Vladimirovich Fedorov  –ella giró hacia el auto y se inclinó en profunda reverencia. –Su Señoría.

 

Como manda la tradición en Arda, la pantalla no mostró el rostro del Príncipe, sino su cuerpo, del cuello para abajo.

 

Un edicto, emitido a mediados del siglo XIX, prohibía cualquier imagen de su cara sin autorización expresa de su Alteza. Todos lo sabían, y lo tomaban con calma, como una de las singularidades de su patria. De todos modos, el Príncipe G era casi una leyenda, nadie estaba en verdad interesado en conocer su rostro, sino sus posiciones políticas.

 

Entonces ocurrió lo inesperado: Primero, el Meara De Luxe se fue, dejando el porche  completamente visible, luego la pareja más esperada de la noche se giró hacía la calle y la figura de gris hizo un gesto de invitación.

 

Quien primero reaccionó fue la corresponsal del semanario Sin Lluvia o sin Sol. Saltó la valla, se detuvo a unos respetuosos cinco metros y accionó su cámara. Como ningún guardia le detuvo, el resto comprendió que ¡el Príncipe G estaba posando por primera vez desde la invención de la fotografía! A partir de ese momento, la luz de cientos de flash detuvo a la penumbra del crepúsculo.

 

Tras casi tres minutos, G hizo una señal de despedida, y se volvió hacia Langbardur Esgaroth y las pantallas de TV de medio mundo. El encuadre era perfecto, y la rubia estaba segura de que la teleaudiencia se había duplicado ¿o triplicado?

 

-Su Señoría –repitió.

-Buenas tardes, Langbardur –dijo el joven con acento fuerte, norteño. –Un gusto conocerte al fin.

-Lo mismo digo. ¡No! Quiero decir, es un honor conocerle y poder… eh… filmarle.

-Si bueno, creo que ya está un poco ridículo eso de esconderse de las cámaras. En Arda tenemos libertad de prensa, como no se cansa de repetir el director de esa emisora republicanista, ¿cómo se llama tu emisora favorita Igor?

-AMHW, Radio Dagorland –repuso el aludido con voz un poco cortada.

-Si, esa misma. Y, dígame, Srta. Esgaroth, ¿ya llegó todo el mundo?

Ahora fue el turno de la periodista para quedarse cortada. ¿El príncipe le pedía información a ella?

-Si, si, acabo de saludar a Ivana y al matrimonio Fedorov. Solo faltaba Igor, pero ya veo que nos lo trae usted.

G hizo un mohín divertido.

-Decidí robármelo. ¿Verdad que le queda bien el traje de galadhrim?

-Le queda perfecto –asegura la periodista. -¿Te sientes cómodo con ese traje, Igor?

El joven la miró con asombro, ¿qué se suponía que respondiese a pregunta tan idiota?

-Yo no me pongo nada que no me guste, querida. No soy un niño.

-¿Viste cuánta pasión? –interrumpió el Príncipe. –De los nueve amantes que he tenido, a este es al que mejor le queda el Anillo de Rúmil.

-Si usted lo dice, Alteza –asintió ella.

-Bueno, vamos entrando, ya sabes que la fiesta no puede empezar sin nosotros.

Ella repitió la reverencia.

-Por supuesto.

 

La cámara siguió a la pareja hasta que las puertas de la Casa de los Senescales se cerraron.

 

-Hoy han visto ustedes historia, mis televidentes, porque a Aiya Arda, donde todo se sabe, no podía perdérselo, ni dejar que ustedes se lo perdieran. Buenas noches.

 

Continuará