¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

03 marzo, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 36

Hablando claro
 
"Conmigo vais, mi corazón os lleva"
Joaquín Sabina
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad
 
Legolas se detuvo en el umbral del despacho de Aragorn.
–¿Me llamó su Majestad?
 
El Rey no giró a verlo, apenas hizo un gesto imperioso para que entrara. El elfo dio un paso, las puertas se cerraron y la voz del hombre restalló como un látigo.
 
-¿Cómo haz hecho esto sin mi consentimiento?
Legolas se congeló en el lugar. ¿Aragorn le estaba gritando?
-Hice lo que tenía que hacer –repuso una voz firme y pausada.
 
El rubio pestañeó, tratando de calmarse. Faramir era el objeto de la ira del Rey, no él. Bien. ¿Su esposo deseaba que los tres discutieran el asunto de Entre Ríos?
 
Aragorn se volvió en ese momento. Legolas alcanzó a ver cómo controlaba su expresión: los gestos crispados por la rabia se relajaron hasta que el rostro del hombre se hizo casi afable. Solo entonces el Rey lo miró, y sus ojos grises se iluminaron. Era tanto el amor allí, que el elfo no pido evitar dar un paso adelante.
 
-Aragorn…
 
El hombre extendió una mano y el rubio imitó el gesto. Las yemas de sus dedos se tocaron y Legolas sonrió al volver a sentir la calidez y textura algo áspera de la piel de su esposo.
 
-Legolas –susurró Elessar, y solo ellos dos pudieron oírlo.
 
El elfo imaginó de repente que estaban solos en Arda, sin más límites que lo que sus brazos e inteligencia pudieran construir. No había dolores pasados, ni temores sobre el futuro. Legolas soñó despierto que eran libres e inocentes, y la sonrisa que esta ilusión le provocara le hizo lucir tan joven como un humano que aún no cumple la segunda década de vida, tan joven como cuando entró por primera vez en Minas Tirith, sucio de polvo y sangre, pero feliz.
 
Así de poderosa es la sonrisa: anima un rostro adusto y pálido y pinta, por un instante, la belleza que los escultores nunca podrán retener.
 
Y fue cierto, porque el Senescal estaba ahí, y vio como el Rey y el Príncipe, eran en la intimidad: amantes arrobados que se miraban y tocaban con la delicadeza de un pétalo del lissuin de dulce fragancia. Así como es persistente y leve el perfume de esa flor, la pasión que alentaba la sangre del hombre saltó por un momento el muro de hielo que el dolor había erguido alrededor del corazón del elfo.
 
Faramir les vio y sonrió en silencio, porque supo que sus oraciones e intrigas tendrían premio, aunque tardara varias estaciones. Ese era el Legolas que había visto antes de la boda, antes de la muerte de Elrond, Thranduil y Auril, antes de la coronación. Legolas volvería a ser la primavera de Aragorn y él podría dedicarse a su esposa y sus coles en Ithilien.
 
Un leño estalló en la chimenea, el elfo, sobresaltado, apartó los ojos, y el hechizo fue roto.
 
El calor de los dedos del hombre ahora le quemaba, así que se retiró, entrelazó las manos y bajó el rostro para que no se le notara el rubor de las mejillas. Suspiró y, al confrontar a los dos hombres, era de de nuevo el elfo circunspecto y discreto que conocían los habitantes del palacio.
 
–¿Su Majestad desea discutir el asunto de Entre Ríos? –dijo al tiempo que se acercó al fuego.
Aragorn carraspea y se rehace.
-Lamento profundamente que te molestaran con ese asunto –y dirigió una mirada envenenada a Faramir.
-Entiendo que es un pedido tradicional a la pareja del Rey.
Aragorn hizo una mueca.
-Es una tradición que busca esquivar la Ley y apelar al sentimentalismo. Además, temo que esa historia sórdida te perturbe. Si quieres dejar el asunto de lado, podrías olvidar…
-¿¡Olvidar!? –Legolas giró para mirar a su esposo de frente y sus ojos se entornaron, peligrosos. –Esa niña vino a decirme que tuvo que matar a su padre y tú ¿quieres que lo olvide?
-¡No escuché eso! –gimió Faramir.
-Como si no lo hubieras sabido desde el inicio –repuso el elfo sarcástico.
Pero Faramir no perdió la compostura.
-Lo único que admitiré saber, es que un esclavo envenenó al Señor de Entre Ríos. Los métodos más extremos de interrogatorio no lograron que cediera a confirmar la existencia de ningún cómplice, esclavo, siervo, liberto o noble. Insinuar que Lady Felyandariel está involucrada de algún modo en tan sórdida trama, es una ofensa a su honor, que es el honor de la corona, pues se trata de una descendiente de la familia de la última reina de Gondor. La Ley fue escrita hace más de cinco siglos para evitar que los esclavos se aliaran con libertos subversivos o nobles intrigantes, esa Ley es lo que permite a los señores de los feudos de todo el reino dormir tranquilos en sus granjas aisladas y asediadas por sureños y orcos…
-¡Después de vejar a sus cautivos para sacarse el calor del cuerpo! –le interrumpió Legolas con fuerza. –La esclavitud es una condición antinatural, los Valar no hicieron a los firimar esclavos de los eldars, luego, los firimar no pueden hacer esclavos a sus iguales. Ese es el tipo de cosa que nace entre los adoradores del Ojo y su amo Melkor. ¡Qué por siempre sufra en el vacío! Y quien defienda semejantes costumbres no es más que un traidor a Eru.
Ambos hombres contemplan estupefactos a Legolas, Aragorn con sorpresa, Faramir sonriente.
-¡Vaya!, estáis vivo, Alteza, sabía que solo tenía que hallar el asunto que le interesara.
Solo ahora Legolas se da cuenta de que acaso puso demasiada pasión en su alegato.
-Yo…
-Tú la apoyas –y el tono de Aragorn es de clara acusación.
El elfo no baja los ojos, descubre asombrado que no le pesa condenar en su corazón al padre de Felyandariel y Fucik.
-Si.
-Oíste todo lo que dijo, le crees a esa desnaturalizada y planeas darle el perdón. ¡Mandó a matar a su padre!
–Su padre era un violador que disfrutaba el derecho de pernada el día de la boda de sus siervas. ¿Crees que no lo recuerdo? Recuerdo perfectamente su mirada lasciva sobre mi cuerpo cuando cabalgamos hacia la Puerta Negra, sus sonrisas burlonas cuando caminábamos por el campamento. Acúsame de honrar la entereza de una niña, tu, que reinas sobre esclavistas.
-¡Yo no reino solo! –se defiende Aragorn. -Tú también eres soberano de Gondor y Arnor, y no te oí quejarte de que el jardín esté tan bien cuidado.
-¿Cómo puedes acusarme de cómplice del esclavismo?  Este no fue un matrimonio arreglado. Yo llegué aquí siguiéndote, nadie me dijo nada sobre las leyes de tu país antes de casarme. En cambio, tú ya conocías la Ciudad Blanca.
-¿De dónde sacas que…?
-Le contabas cuentos a Boromir y Faramir de pequeños.
El hombre se pone rojo y luego pálido.
-¿¡Faramir!?
El Senescal luce incómodo por primera vez.
-No tiene nada de vergonzoso que un viajero de lejos ponga un retablillo de títeres. Le dije, te juro que le dije que solo contabas historias heroicas, y que por eso le gustaban tanto a Boromir.
El Rey resopla, molesto.
-Tu y yo tendremos que aclarar lo que se puede revelar de mi pasado –adopta luego un tono aleccionador. –Además, en realidad estaba ocultándome de Denethor, que ya me conocía. Gandalf me había dicho que quienes mejor conocen los secretos de la ciudad son sus vagabundos y cuentacuentos.
-Seguro –repone Legolas sarcástico.
-Ustedes dos siempre se las arreglan para enredarlo todo –se queja Faramir. –Empezamos por la muerte del Señor de Entre Ríos y ahora hablamos del retablillo de títeres de mi infancia. ¿Cómo podré hacer mi trabajo?
-Haciéndolo, en lugar de involucrar a mi esposo.
Pero Faramir ni siquiera finge que le molesta la amenaza de esas palabras. Sonríe satisfecho y responde con desparpajo:
-Vuestro real consorte, Majestad, tiene obligaciones. Creo que es evidente a estas alturas, por la bronca que se han montado solos, que le sobran las energías para enfrentarlas.
 
Elfo y edain se miran asombrados, acaban de caer en cuenta de que pelearon y Legolas no estalló en lágrimas, de que se acusaron mutuamente y a Aragorn no le asaltó la culpa. El rubio se dobla sobre si mismo y empieza a sacudirse.
 
–¿Legolas? –se inquieta Aragorn, y en dos zancadas está a su lado. -¿Amor?
Entonces la cabeza rubia se alza, hay una sonrisa genuina en su rostro.
-Somos un par de ridículos ¿no? –y estalla en risas que el hombre no tarda en acompañar.
-Lo somos –reconoce Aragorn entre hipidos, cuando ya le duelen las costillas. –Y mi Senescal es un maestro de la intriga –agrega volviéndose hacia Faramir, que se ha sentado a contemplar el espectáculo con una copa de vino en la mano.
El aludido solo asiente, con expresión socarrona.
-¿Lo supiste todo el tiempo? –pregunta Legolas mientras se seca una lágrima furtiva.
-Era una apuesta, aunque estaba bastante seguro de ganar –admite Faramir. –Su Majestad te tuvo envuelto en paños de lana demasiado tiempo, pero tu mirada se ha estado animando desde que Geniev se fue a la Academia. El interés en sus amigos y la racionalidad con que les juzgaste me indicaron que tu alma estaba equilibrada. La prueba final fue la "Danza de los Amantes del Norte", que interpretaron los elfos de Ithilien en la merienda campestre.
 
Legolas suelta un gemido involuntario. Recuerda perfectamente cuánto le afectó ver una parábola de su romance en escena, y las mejillas se le encienden al evocar sus sentimientos de esa noche.
 
–Lloré.
–Pero te contuviste en cuanto Aragorn te pidió ayuda.
–Gracias Faramir, de nuevo –dice Aragorn con voz conmovida.
–Yo les daré las gracias cuando el asunto de Entre Ríos se resuelva.
Pero el rubio hace un gesto con la mano.
–Comprarás a toda la servidumbre del feudo con mi dote.
-Eso es… radical –advierte Faramir.
-Y necesario –apoya Aragorn. –Legolas tiene razón en que, después de un año de gobierno, no hemos hecho nada contra la esclavitud en Gondor.
–Señor, el 30% de la mano de obra de esta ciudad es esclava. En el campo, los índices son aún mayores. Liberarles puede llevarnos a una crisis, y todavía no nos recuperamos de la congelación de las hipotecas. Además, ¿qué haríamos sino con los prisioneros haradrims?
–Nadie habla de darles la libertad en un día, pero podemos hacer un plan, que todo sea arreglado en una década, ¿no es ese tiempo suficiente?
–No lo se –admitió el Senescal, pero la expresión decidida de sus soberanos le forzó a suavizar la negativa. –Así que tendremos que averiguarlo.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Igor puso calzones y medias en su lugar con el eficiente método de girar la bolsa y sacudirla a conciencia. Cerró la gaveta con la cadera y se giró para tomar del suelo la bolsa con sus camisetas, que ocuparían la división inferior.
 
–¿Siempre eres así de cuidadoso con la ropa? –le preguntó G en lo que cerraba la puerta y avanzaba hacia el centro de la habitación.
 
Igor sintió algo de inquietud al verlo acercarse. G se lo había cogido ya dos veces en las pasadas cinco horas. Primero en el despacho, cuando aceptara ser su amante, luego en el comedor, con el creativo uso de los elementos que debían ser el postre. No podría ver una macedonia de frutas como comida nunca más, estaba seguro.
 
-Nadie ve si tengo los calzones estrujados.
-Yo lo veré –repuso el moreno con voz lánguida y se apoyó en uno de los postes de la cama.
Esto desorientó a Igor. ¿Qué debía responder? G sonrió divertido.
–No trates de hallar una respuesta, melda, querido, es solo charla. Los viejos también sabemos de conversaciones ligeras. La verdad, yo tampoco me voy a fijar.
-Entonces seguiré, eh, desempacando –concluyó el joven y le dio la espalda para terminar la mudanza.
 
En realidad no era mucho, apenas tenía ropa en la Mansión: un traje formal, un vaquero, tres camisas y una chaqueta de cuero. En las cuatro semanas que llevaba al servicio de G, se había hecho el firme propósito de no atarse a esa casa de fantasmas, y se obligaba a regresar al apartamento a bañarse, masturbarse pensando en el príncipe y cambiarse.
 
Un modo patético de mantener la distancia que había resultado, además, inútil.
 
-¿Te gusta la ropa clásica?
 
Igor terminó de colgar su chaqueta en el armario antes de voltearse. Esta era una pregunta con trampa, seguro. No valía la pena hablar de dinero, G estaba más allá de los precios, ni de lo apropiado, pues ahora tenía "derecho" a usar ese tipo de ropas.
 
-Si –admitió con un suspiro.
-Bien. Abre la puerta de la derecha. 
El joven lo hizo y…
-¡Santa Madre de los Maiar!
 
La puerta de la derecha no era un armario, sino una galería unos dos metros de ancho y ¿diez? de profundidad. Había ropa colgada allí, mucha, acaso demasiada.
 
A la derecha, lo que alguien como G debía considerar "ropa extranjera": juegos de pantalón, chaleco, saco y corbata, camisas, vaqueros, abrigos largos, chaquetas de piel, ropa deportiva. La ropa que él y sus contemporáneos de todo occidente usaban a diario. A la izquierda estaba la "ropa clásica", versiones actualizadas de los trajes tradicionales de Arda, que identificaban a la clase alta del país. Se consideraba absolutamente inapropiado usar tales ropas sin pertenecer a la nobleza o la Sociedad Moriquendi.
 
Los antiguos ardenses tenían fobia al vacío, que identificaban con Melkor, así que todo diseño de colores planos se consideraba herético. Además, obligados por el terrible frío del invierno y la persistencia de los mosquitos en verano, la ropa debía cubrir la mayor parte del cuerpo. Esas exigencias prácticas habían llevado a soluciones estéticas extremas, que no dejaban a la vista más que el rostro, por caro que resultara. Pero Arda nunca renunció a la sensualidad y espíritu práctico del legado élfico, la ropa debía cubrir e insinuar, realzar la figura, no ocultarla, y permitir cualquier actividad física, desde cabalgar hasta amamantar.
 
Al fondo había entrepaños con calzado de diverso tipo.
 
Igor sintió un leve mareo al considerar la cantidad de dinero que representaba este guardarropa. Y un poco de miedo, al notar las manos del G en su cintura.
 
-Espero que te guste. Mi amante no debe andar por ahí vestido de firyarekaiello –el aliento del príncipe junto a su oreja le excitó.
-No, claro, hay que guardar las formas y proteger el honor nacional –Igor jadeó, G le  estaba colando las manos por debajo de la camisa.
-Me gusta tu patriotismo, Igor –ronroneó el moreno. –Mucho.
 
No hubo más palabras, porque G empezó a besarle la espalda y el joven rubio cerró los ojos, concentrándose en el placer inmediato, abrumador. Era como si un mapa erógeno perfectamente conocido por G estuviera dibujado en su piel.
 
Cedió a los leves tirones y retrocedió con pasos cortos hacia la cama. Luego G le hizo girar y se sentó en el borde del lecho. La cabeza quedó justo frente a la cintura de su amante.
 
–Esta cama está muy bien diseñada ¿no crees? –comentó mientras abría el pantalón y bajaba los calzones.
Igor respondió de modo entrecortado mientras su pene, ya erecto, era engullido por la ávida boca del moreno.
–Una… gran obra de… artesanía mi Señor… que… pone en alto la… tradición de Arda.
De modo automático puso una mano en la coronilla del mayor y jugó con su pelo. 
 
G miró hacia arriba, los ojos mostraban satisfacción. Sus manos agarraron las nalgas del chico para mantenerlo en su sitio en lo que la succión aumentaba de intensidad.
 
Igor cerró los ojos, imaginó que no estaba en la boca de G, sino entre sus piernas, que el moreno era un temblor de carne que decía su nombre en cada envestida. Gimió al sentir en la base del cráneo el cosquilleo que precedía al orgasmo. ¿Tan pronto?, alcanzó a preguntarse.
 
-Ya casi…
 
G apartó la boca un segundo antes del estallido, pero no dejó de sostenerle. El semen se deslizó entre el vello por los muslos, manchó calzones y pantalones, con sus salpicaduras, de modo leve, y al escurrirse, porque ninguno de los dos pensó en detener el flujo.
 
-Ven.
G hizo que se sentara a su lado y le pasó un brazo por sobre los hombros. Algo atontado por el orgasmo, el joven apoyó su cabeza en el hombro del príncipe y suspiró.
-Parece que no he perdido el toque –en la voz había un claro dejo de satisfacción. –Lamento no haber sido atento contigo antes –agregó.
Ese comentario hizo que Igor se irguiera, sorprendido. ¿G se estaba disculpando porque en sus dos primeros encuentros solo había mostrado interés en si mismo?
–No tiene importancia.
–Si la tiene –rectificó el otro. –Te dije que no serías humillado.
El rubio asintió en silencio. Eso fue suficiente para G, que cambió bruscamente de tema.
–¿Sabes bailar?
–¿Bailar? –Igor arrugó el ceño, ¿se refería G a bailes tradicionales? –Fui el muchacho que aplaude número tres en una coreografía de la escuela. Es lo más lejos que llegué.
El moreno soltó una risa corta.
–Estaba pensando en bailes de salón.
–No, no se bailes de salón –y se saltó la parte en que su padre le daba una paliza por mirar demasiado "Saturday night fever".
–¿Por lo menos bailas tango?
Igor enrojeció de golpe.
 
Llegado alrededor de 1880 en los barcos de los numeroneanos negros, junto con la carne de primera calidad del Río de la Plata, el tango había sido abrazado en Arda sin reservas. Porque era la única danza extranjera que, en esos tiempos, admitía parejas del mismo sexo (1). Cuando el tango llegó a París, en 1910, los moralistas pretendieron que las parejas solo podían ser mixtas, y hasta los argentinos se habrían olvidado de cómo los cuchilleros se hacían arrumacos al ritmo de la milonga si no fuera por Arda, porque en los salones de la nobleza edain solo había un baile "exótico": el tango rioplatense tradicional. Así llamado para diferenciarlo del tango moderno, heterosexual y machista.
 
Para las familias cristianas de Arda (para la familia de Igor), el tango rioplatense era una de las tantas costumbres edain de las cuales los jóvenes "buenos y normales" debían ser protegidos. En el ambiente en que él había crecido, era certeza absoluta que "en el tango la decencia se encuentra en pleno naufragio", como dijera L'Osservatore Romano en 1914. (2)
 
Él no había podido verlo hasta que, en el bachillerato, se hizo amigo de Boris y otros jóvenes de la alta sociedad edain. Boris mismo le había enseñado los pasos básicos antes de su primera cita, para que no hiciera un papelón absoluto cuando sonara el bandoneón. A veces bailaba con Silvia, cuyo esposo Alcar era incapaz de ir más allá del disco y el reggae. Pero la idea de bailar con otro hombre <i>en público</i> le dejaba sin aliento.
 
–Si, claro que bailo tango –se obligó a admitir.
–Bien, le diré a Lady Finduilas que la orquesta debe tener al menos dos tangos en su repertorio.
–¿Lady Finduilas? –Igor temió entender lo que eso significaba.
–Se supone que abrimos y cerramos los bailes a los que nos invitan, el parte del protocolo –explicó G. –Yo guío el primer baile, tú lo haces en el segundo.
–Si, si, pero ¿qué tiene que ver Lady Finduilas en esto? –demandó el joven sin poder ocultar su inquietud.
–En dos días será la Fiesta de Presentación de Ivanna, en la Casa de los Senescales.
A Igor el alma se le fue para los pies. Había entendido perfectamente lo que significaba y…
–Yo no puedo… mis padres, toda la familia estará allí… - los balbuceos de Igor hicieron que G le apartara bruscamente.
 
El moreno se levantó de la cama y miró desde arriba al muchacho. El rostro estaba vacío expresión, volvía a ser esa persona lejana e insensible que desagradaba y fascinaba a partes iguales a Igor.
 
–Eres mi amante, vas a bailar conmigo donde se me antoje. ¡Es un honor bailar conmigo! –y se marchó.
 
Igor se dejó caer en la cama, descorazonado. Empezaba a sospechar que la parte más sencilla de ser amante oficial de G sería… el sexo.
 
Rivendel, año 2 de la Cuarta Edad
 
–Una espada, un sapo, una copa, una flor, un zapato, una cuchara… –su voz tembló por la insinuación–, aceite de flores y ¡un beso!
 
Elladan se quitó la venda de los ojos y giró. En efecto: Elrohir y Amroth se besaban con pasión al otro lado de la estancia. Junto a ellos, en una mesa baja, estaban los siete objetos que enumerase. Se acercó y, con un movimiento fluido, sustituyó a su gemelo en la boca del avari.
 
–¿Ya nos crees? –preguntó Elrohir a su joven prometido cuando terminó el beso.
Amroth asintió, tenía las mejillas arreboladas por el amor y el asombro.
–Les creo, si, les creo.
 
Los tres van a sentarse a la cama de pieles y cojines que han armado junto al fuego. La borrasca se abate sobre Rivendel en estas últimas semanas antes del fin del invierno y la comunidad entera vive a puertas cerradas. Dentro de nueve meses habrá muchos partos.
 
–¿Siempre fue así? –inquiere el más joven tras beber un trago largo de vino tibio.
Elladan asiente.
-Al principio, creíamos que todas las personas podían. Poco a poco comprendimos que  no, que esa posibilidad de ver el mundo desde dos puntos de vista simultáneos es negada a la mayoría, excepto en momentos de iluminación.
–Eso que me hiciste… -Amroth vuelve a temblar cuando evoca cómo Elladan supo del abuso al que lo sometieran Thranduil y el brujo Elemmírë.
-No, no pienses en eso, mi amor –Elrohir se presura a abrazarle. –Nunca más te forzaremos en modo alguno.
–Lo se –asegura Amroth y se deja abrigar entre los brazos fuertes del gemelo menor–, pero quiero saber cómo es –el joven calla un instante, tratando de formular la idea en el idioma de ellos. –Quiero saber si pueden leer todo el tiempo la mente de las personas a su alrededor.
Los elróndidas estallan en carcajadas simultáneas.
–¿Crees que nos hubiéramos metido en tantos problemas con semejante don? –responde Elladan tras calmarse. –No, a veces sentimos los estados de ánimo, Elrohir reconoce con bastante certeza la mentira, pero nada más. Eso que sentiste solo lo había hecho en la guerra, con prisioneros orcos por los que no sentía simpatía alguna. Desde que calló Fornost nunca me…
 
El gemelo se detiene, es complicado decir eso. Su relación de largo tiempo con Elrohir no le ha entrenado para hablar de sus sentimientos. Ellos siempre supieron lo que sentían, aunque no las implicaciones de ese amor, ni lo que debían hacer para sobrevivir sin dejarlo por el camino.
 
La llegada de Amroth le obliga a pensar sobre lo que lo que les mueve, atemoriza o satisface. A hablar de ello. Elladan no está acostumbrado a confesarse, porque la única persona a la que debía darle cuentas estuvo con él desde el principio, y estará –lo sabe- hasta el final.
 
-Desde Fornost nunca más use ese tipo de tortura, me parecía indigno golpear la mente de humanos o elfos. Esa noche, la mera idea de que alguien hubiera abusado de ti y yo no lo supiera, no le hubiera procurado castigo, me hizo perder el control. Te herí, y lo lamento profundamente. Solo puedo implorar tu perdón.
Amroth abre los brazos y Elladan se mete en el hueco estrecho de su pecho marfileño, estrecho.
-Esposo mío, yo entiendo que te sintieras ultrajado porque otros intentaran tomar lo que es tuyo y de tu hermano. No hay nada que perdonar.
 
Los gemelos suspiran a la vez. No es la mejor de las respuestas, pero al menos Amroth no les teme, ni les guarda rencor porque Elladan irrumpiese en sus recuerdos y le dejara sin conocimiento por dos horas. Permanecen quietos, disfrutando del calor de sus cuerpos abrazados bajo las mantas y del sonido de la ventisca fuera, hasta que una inquietud obliga al mayor a hablar.
 
-¿De quién fue la idea de poner un frasco de aceite entre los objetos de la prueba?
Elrohir mantiene el rostro impasible, pero a Amroth suelta una risita pícara que lo deja en evidencia.
-¿Con que esas tenemos? –el Señor de Rivendel mira a su gemelo. –¿Te dijo qué tenía en mente? –la imagen llega con claridad de inmediato.
El deseo con que Elrohir apoya la fantasía de Amroth es fuerte y claro.  
-Hagámoslo –jadea Elladan ya excitado.
 
El gemelo menor deja el lecho para ir en busca de los accesorios necesarios, mientras que el mayor comienza a sacarse las calzas. Amroth le imita. Vuelven a abrazarse, el roce de sus sexos erectos es delicioso. Elrohir regresa con el aceite de flores, un vaso pequeño, unos paños y una jofaina de agua. Deja todo entre el lecho improvisado y la chimenea.
 
Se desnuda de pie, mirando al fuego, mientras finge ignorar la mirada hambrienta de sus amantes. Gira lentamente, se arrodilla y gatea hacia la pareja.
 
-Esposo –suspira Amroth.
-Hermano –gruñe Elladan.
 
El mayor aparta las mantas y estira un brazo, atrae a su gemelo a la cama con vigor, con ansias. Hay besos, caricias, pellizcos, mordidas leves. Los hermanos sondean el cuerpo de su prometido con acciones coordinadas, buscando los pliegues donde la piel hace estallar el placer, las curvas que más les excitan. Hay sitios que el avari aún se resiste a dejar explorar, pero son pocos, y los elrondidas se retiran sin queja. No hay prisa ya, no hay miedo.
 
Amroth se agarra a Elladan y gimotea. Es un sonido estrangulado, mitad dolor, mitad placer, que los gemelos ya conocen. Elrohir le agarra las nalgas, muerde con suavidad el lado derecho de la estrecha cintura y desencadena el estallido.
 
El avari tiembla entre sus brazos, solloza.
-Está bien, amor –susurra Elladan, y pasa los dedos entre los rizos color nieve.
Amroth levanta el rostro, tiene los ojos arrasados de lágrimas.
-No me acostumbro –se disculpa, y vuelve a jadear al sentir las manos del otro gemelo, que colecta hasta la última gota de su escasa y traslúcida emisión.
Elrohir besa los labios de su prometido. Es un beso suave, para darle la oportunidad de calmarse antes de seguir.
–¿Ya?
Amroth asiente, toma la pequeña vasija donde Elrohir guardó su simiente y empuja con suavidad a Elladan.
–Tu turno, mi señor.
 
El gemelo mayor se deja caer entre las mantas y abre las piernas. Su falo, erecto y rojizo, se yergue entre una mata de pelo negro y rizado. Amroth suspira y resiste la tentación de devorar tan bello pedazo de carne. En cambio separa las piernas del noldor y derrama unas gotas de su semen allí. Elladan sisea, pues el líquido está frío y pegajoso, pero los labios de su hermano le hacen callar. El avari sumerge un par de dedos en el vasito, y penetra a su prometido.
 
Las caderas de Elladan se levantan y sacuden. Amroth deja a un lado el vaso de improvisado lubricante y usa la mano libre para retenerlo en su lugar. Gira los dedos dentro del apretado trasero y los separa todo lo posible, estira el delicado tejido interior de a poco, pero sin ceder a los movimientos musculares que intentan expulsarle.
 
–Por favor, por favor –solloza ahora el Señor de Rivendel.
-Tan deseoso –canturrea Elrohir. –¿Qué es lo que quieres?
Pero la leve burla espolea a Elladan. La voz no es débil, la respuesta tampoco.
–Te ordeno que me penetres y des alivio a este deseo.
 
El segundo gemelo derrama sobre su propio miembro los restos de la eyaculación de Amroth y lo extiende con cuidado. Apenas es suficiente para lubricarlo y piensa que, si no fuera porque se han comprometido a seguir la fantasía al pie de la letra, tomaría del aceite de flores. El avari retira los dedos del interior de Elladan y se aparta un poco. Elrohir se arrodilla entre las piernas de su hermano, le levanta las caderas y lo penetra de una envestida.
 
Elladan tira la cabeza hacia atrás y un sonido ronco, feroz, escapa de su garganta. La frente se la cubre de sudor en lo que soporta el instante de dolor. Amroth reparte besos de mariposa por el cuello, los hombros, el pecho, susurra palabras dulces y lúbricas en su lengua misteriosa, e insta a Elrohir a moverse con un ritmo lento, cuidadoso, que mantiene al gemelo al borde, justo al borde.
 
Ahora es el turno de Amroth. Derrama unas gotas de aceite sobre la espalda de Elrohir y comienza a masajearlo. Casi a horcajadas sobre la espalda de eldar, el avari guía el ritmo con que se mueven el torso poderoso y la flexible cadera: controla el placer de ambos gemelos.
 
–No puedo más… por favor –gime Elladan.
–Ahora mis señores, ¡ahora!
 
Elladan y Elrohir estallan al unísono. Se pierden por un instante en la intensidad que su sincronía mental provoca. Su prometido les hace volver al mundo, pues se afana, solícito, limpiándoles, cuidando que las ropas no se manchen, buscando las mantas que tiraron con prisa al comenzar este juego de amor.
 
Pero la modorra se apodera pronto de los tres, así que construyen un capullo cerca del fuego y, entre besos lánguidos, vuelven a dormir, con la esperanza de que el amanecer se lleve la tormenta.
 
Minas Tirith, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Theodred sintió el cerrojo moverse y se puso de pie. Dio un par de pasos hacia la puerta, pero lo pensó mejor y se quedó allí, a mitad del salón, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Si, había decidido jugar al tipo duro. Tenía que quedar claro que él no era un juguete.
 
Por fin se abrió la puerta. Eothain entró despacio, demasiado ocupado en mantener el equilibrio entre un maletín en la mano izquierda y un bulto apoyado en el hombro derecho, como para mirar a su alrededor. A estas alturas, a Theodred se le había acabado la capacidad para fingirse duro y desinteresado, así que se plantó al lado del rubio en tres zancadas: sería solo un tipo duro y molesto. Sería él mismo.
 
–¿Qué…?
Pero Eothain le hizo callar con un susurro imperioso.
–La vas a despertar –le advirtió.
 
Entonces Theodred miró con más atención. A menos de un metro, las formas eran mucho más claras y comprendió que su prometido no llevaba en el hombro otro morral. Bajo una chaqueta azul estaba ¿¡ Elenya!?
 
Varias preguntas se formaron en la mente del rohirrim, pero se limitó a asentir. Eothain tenía razón, no podía despertarla a la 1 de la mañana, tras un viaje que seguro la había dejado exhausta. Así que siguió en silencio a su prometido mientras este se dirigía a la habitación y acomodaba a la pequeña en la cama de ambos. ¿Dónde iban a dormir?, se le ocurrió a Theodred, pero tampoco tuvo tiempo de seguir esa línea de pensamiento, pues Eothain respiró hondo y le enfrentó.
 
-Será mejor que hablemos en la cocina –propuso.
Theodred le siguió, era evidente que no podrían pelearse a gusto en el cuarto, con la niña ahí, porque habría pelea, seguro.
-¿Quedará café? –inquirió Eothain con tono ligero.
Theodred no respondió, sabía que era una pregunta retórica. En cambio, cerró la puerta y buscó a tientas el interruptor eléctrico.
-¿Enciendo la luz?
Eothain tarda apenas un segundo más de lo habitual en responder, pero esa demora le dice al futbolista muchas, demasiadas cosas. Por eso, tal vez, la súplica no le toma por sorpresa.
-No te enfades –dice su prometido, y Eothain ya está seguro de que no podrá evitar enfadarse. 
El interruptor suena, la luz dura y blanca del tubo fluorescente se impone. Theodred gruñe.
 
Eothain retrocede hasta chocar con el fregadero, pero la escasa distancia que pone entre ambos no hace menos notable las señales. El joven tiene una mejilla hinchada, marcas de dedos y mordidas en el cuello. Los ojos inyectados de sangre indican que la pelea no fue solo contra hombres, sino también contra la adicción.
 
Theodred siente que su enfado se evapora. ¿Cómo es posible que considerar castigarle por desaparecer 48 horas? ¿Qué desconfiara de su fidelidad?
 
-¿Por qué?
-Tenía que traerla, Theodred.
-Pero podías avisarme, te hubiera acompañado y entonces…
-Habría sido la puta que va de vuelta al pueblo de la infancia bajo la protección del chulo –le interrumpió Eothain. –No. Yo la dejé allí y le prometí que volvería, que con mis fuerzas la sacaría de ese infierno. Era una promesa.
El rohirrim asiente. Sabe que para su novio es muy importante recuperar la autonomía.
-¿Te trataron muy mal?
Eothain se encogió de hombros.
–He tenido clientes peores. Los convencí de usar preservativos, y evité las drogas inyectables, así que nos ahorraremos otra prueba de VIH.
Theodred siente que la hiel le sube a los labios, pero se contiene. No tiene derecho a desahogar sus celos, cuando su pareja llega de una vuelta por el infierno. Se acerca y adelanta una mano.
-¿Puedo?
Eothain asiente, a pesar de que la tensión es evidente en su cuerpo.
 
Theodred le abre la camisa y descubre parte del pecho, marcado de moretones y arañazos. Calcula automáticamente cuánta pomada cicatrizante tendrá que ponerle, y piensa que es bueno que, como capitán de un equipo de futbol, esos medicamentos sean gratuitos. Además, tendrá que vigilarlo al menos una semana, para evitar una recaída en el alcohol después de esto. ¿Cuánto retrocederá su vida sexual? ¡Por los Valar! ¿Acaso es un miserable al pensar en el sexo ahora mismo? Pero una idea inquietante aparta de golpe sus previsiones.
 
-¿Cómo sabes que tu padrastro no vendrá a reclamarla?
 
Eothain suspira y aparta a su novio despacio. Ha estado esperando esa pregunta desde que llegó. Puede que Theodred no sea un gran estudiante de pedagogía del deporte, pero su percepción de las alineaciones estratégicas es instantánea. Es uno de sus grandes valores como jugador de futbol.
 
-Me dijiste que Adanost está vivo –comienza con un suspiro-, y debo darte las gracias por dos razones. La primera es que se que puedo confiar en ti. La segunda es que me puse a pensar en los padres, en el abandono. No se por qué mi padre huyó de casa, pero entiendo que no quiera contactarme ahora, aunque hable cada día con tu hermano. Yo no podría salir de la nada dentro de veinte años y decirle a Elenya "Lamento que tuvieras una vida de mierda, ¿amigos?" simplemente no podría. Supe que tenía que traerla ahora, cuando tiene 8 años, todavía no la han violado y saca buenas notas en la escuela.
-Y eso está muy bien, mi amor, pero Dori es su padre. Puede demandarnos y…
-No lo hará.
 
Eothain hace una pausa y sus ojos, huidizos, vagan por las paredes recargadas de la cocina. Se muerde los labios. Sonaba muy bien en su cabeza, cuando volaba de vuelta a Tirith Osto, pero ahora… No, no debe tener miedo ahora. Se dejó coger por esos cuatro asquerosos, soportó el chute de coca y aventó a su madre contra la pared. Ya pasó lo peor. Además, este es el hombre que lo ama, que le dijo que Adanost vive.
 
El rubio toma aire.
–Dori no vendrá porque Elenya es hija mía.
Theodred pestañea. Eso lo cogió por sorpresa.
 
Elenya tiene 8 años y Eothain 23, lo que significa que la concibió a los 14. No logra imaginarse el escenario en el que su novio, su absolutamente homosexual novio, seduce a una chica lo suficientemente inexperta como para quedarse embarazada. No solo porque en esa época ya tenía una madre borracha y a un padrastro mafioso, sino porque, bueno, porque Eothain nunca le dijo que, en alguna época de su vida, sintiera interés por las mujeres.
 
No, eso tampoco era posible. Eothain "hacía la calle" desde los 12 y, para no bajar las tarifas, consumía hormonas femeninas, de modo que mantuvo una imagen andrógina, casi femenina, hasta los 16. Lo sabe porque ha visto las fotos. Y porque los informes de UNICEF denuncian cada año esa técnica como una de las prácticas habituales de la prostitución infantil que más daño hacen a la salud reproductiva de las víctimas.
 
-Tú eras estéril en esa época ¿no?
-Eso se suponía –repone el otro con los ojos bajos. –No sabía que las hormonas me…
 
Eothain vuelve a detenerse. Como un eco terrible vuelve la risa burlona de Dori, cuando el sanador le dijo lo que pasaba, nueve años atrás. Pero este no es Dori, este es Theodred. Si las cosas no marchan puede irse a la casa de la Sociedad Moriquendi y empezar desde cero otra vez. Si, esa idea la conforta. Mejor dejar las cosas claras ahora antes que criar a su hija con un miserable que lo traicionará.
 
-Yo no lo sabía, pero resulta que tengo la Variante Insular del Síndrome de Klinefelter, y las hormonas lograron que uno de mis clientes me embarazara. Ese es mi secreto, ese es el terrible poder que Dori tuvo sobre mi todo este tiempo. Elenya nació de mi, soy un fenómeno, un maricón anormal que se quedó preñado como la más imbécil de las putas.
 
Tras soltar su discurso, Eothain busca el rostro de su novio con temor. ¿Qué pasará ahora? Theodred tiene el rostro fruncido, su expresión es meditativa, pero no hay rastro de asco o desprecio cuando lo mira.
 
-¿Pero la niña está inscrita a tu nombre? ¿Tu paternidad tiene respaldo legal?
Ahora el que está descolocado es Eothain.
-Te acabo de decir que me embarazaron a los 14 años como resultado del trabajo sexual y solo me preguntas por un documento.
-Si, bueno –Theodred carraspea. –No creo que pueda hacer mucho respecto a tu embarazo, ocurrió hace un tiempo. En cambio, puedo hacer algo por tu hija, pero adoptarla será más difícil si no es legalmente hija tuya, ¿sabes?
-¿Adoptarla? –balbucea el otro.
 
Todo lo que Eothain puede suponer es que ha caído por el agujero de Alicia y ni siquiera se había enterado. Tras 48 horas de tensión, este es el último de los finales que esperaba. Le tiemblan las piernas y decide que, aunque sea poco ortodoxo, tendrá que sentarse en el piso.
 
-¿Vas a adoptar a mi hija? –repite ya con la espalda apoyada en el armario de las cazuelas.
-Vengo de una familia antigua y conservadora, Eothain –explica el gemelo en lo que se sienta a su lado. –No se aceptan el matrimonio con extranjeros, la infidelidad, el cristianismo o la bastardía. Tengo que adoptar a tu hija, o no la dejarán ir a la boda, y eso puede ser incómodo.
-Entonces, ¿te vas a casar conmigo?
Theodred sonríe, divertido.
–Cuando te pones redundante, es que estás muy cansado. ¿Vamos a dormir?
-Pues…
Theodred se levanta primero y le tiende una mano. Eothain se alza con dificultad y casi cae de nuevo, atacado por el mareo.
-Dime una cosa, ¿comiste durante algo en los últimos dos días?
Eothain sonríe, ya casi dormido.
-¿Estás loco? Habría vomitado en cuanto me tocaran esos tipos. Es una lección que aprendí bien de mis años como efebo. No comer antes del trabajo. ¡Oye! Dejé a mi hija en nuestra cama.
-Dormiremos en la cama de Igor, creo que mi primo, el viejo G, por fin logró ponerle las manos encima.
 
Se van al cuarto del fondo. Eothain cae dormido casi al instante. Theodred espera a que el sueño de su pareja sea profundo antes de bajarle los pantalones. Solo un poco, lo suficiente para que la cicatriz en la parte baja del vientre sea visible.
 
Nunca preguntó qué recuerdo era ese (en Arda se aprende temprano que es feo preguntar sobre marcas  que afeen la piel), pero sabía que era importante, porque era muy fácil corregirlo, pero Eothain había elegido conservar esa imperfección. Ahora, muchas cosas encajan en su lugar. Theodred siente vergüenza de repente: su amado le ha dicho la verdad, pero él…
 
-Si yo te contara…
 
No puede. Las historias de su familia, las historias de las familias del Ejército del Oeste, son la Historia de Arda. Su hermano y él huyeron de la casa vieja y grande, llena de armaduras antiguas y criados sigilosos, la casa donde Eomer I sedujo a Igrania, pero no pueden romper el pacto de silencio. No podrá hasta que se casen, por lo menos.
 
-Los Valar me han bendecido contigo, Eothain de la Montaña Solitaria. Huí de mis tradiciones y me enamoré de un Elegido. ¿Significa eso que debo volver a casa contigo?
 
Notas:
 
1) El tango como danza se creó a finales del siglo XIX entre hombres, y por hombres que bailaban con otros hombres en las calles y en burdeles: "La sociedad en la cual se comienza a bailar tango era mayoritariamente masculina (el 70%), por la tanto, a la luz pública se bailaba entre parejas de hombres únicamente, ya que la iglesia aplicaba su moralismo y no permitía la unión de un hombre y una mujer en esta clase de baile. […] El Tango en antaño lo bailaban eran los hombres, no lo bailaban hombre y mujer, porque eso era prohibido por la ley. [...] El Papa Pío X lo proscribió, el Káiser lo prohibió a sus oficiales." Juliana Hernández Berrío: <i>El Tango nació para ser bailado</i>. Ref. http://es.wikipedia.org/wiki/Tango_Queer
 
2) Poco antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial en 1914 el emperador de Alemania, Guillermo II prohibió que los oficiales prusianos bailaran el tango si vestían uniforme. El órgano oficial del Vaticano, <i>L'Osservatore Romano</i>, apoyó abiertamente la decisión en los siguientes términos: "El káiser ha hecho lo que ha podido para impedir que los gentilhombres se identifiquen con la baja sensualidad de los negros y de los mestizos (...) ¡Y algunos van por ahí diciendo que el tango es como cualquier otro baile cuando no se lo baila licenciosamente! La danza tango es, cuanto menos, una de aquellas de las cuales no se puede de ninguna manera conservar ni siquiera con alguna probabilidad la decencia. Porque, si en todos los otros bailes está en peligro próximo la moral de los bailarines, en el tango la decencia se encuentra en pleno naufragio, y por este motivo el emperador Guillermo lo ha prohibido a los oficiales cuando estos vistan uniforme." Ref. http://es.wikipedia.org/wiki/Tango

No hay comentarios.: