¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

30 noviembre, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 40

La familia Fedorov y la realeza de Gondor

 

¿Quién ha dicho el primer insulto?

¿Quién tiró la primera piedra?

¿Quién sintió el primer miedo?

“Frio”, Raúl Torres

 

Igor sintió cerrarse la puerta a su espalda y dejó escapar un suspiro. No era tan ingenuo como para creer que había pasado lo peor, pero el trance de las cámaras, en espacial la pregunta de Langbardur Esgaroth, le habían puesto al borde.

 

-Alteza.

Las hermanas Vorondion se habían inclinado profundamente y, comprendió Igor sorprendido, esperaban el permiso de G para levantarse.

-Un placer verle, Senescal Finduilas, Princesa Lothiriel –dijo el moreno y las mujeres se irguieron. -¿Puedo confiar en la discreción de estas paredes?

La Senescal asintió.

-Midhiel –llamó el Príncipe, la sirvienta salió de entre las sombras y comenzó a desmontar el velo con cuidado. –Supongo que ya conocen a Igor Vladimirovich Fedorov.

-Si, claro –repuso Finduilas con tono neutral. –Es el hermano de…

-No lo traje porque fuera el hermano de nadie –le interrumpió G. –Tiene el Anillo de Rúmil desde hace dos semanas. Es  –y dijo eso mirando de frente a Lothiriel– el rubio más atractivo que he visto desde que llegué a Minas Tirith.

Ella tuvo el decoro de enrojecer levemente, Igor bajó los ojos y carraspeó. G puso los ojos en blanco.

–Eres demasiado bueno querido, todavía. Bueno, vamos a la fiesta, tengo ganas de bailar tango.

Las dos princesas avanzaron por la galería, G e Igor les siguieron.

 

Mientras se adentraban en la mansión, Igor se esforzó por mirar atento cada detalle. Nunca había pasado de la puerta de esta casa que Boris odiaba y su hermana ambicionaba, pero presentía que pronto sería habitual por allí, incluso después de que G –aún no se acostumbraba a llamarle Geniev–, regresara a su retiro en Rivendel.

 

Estaban en la parte moderna de la casa. La arquitectura le indicó que debía ser obra de los años 1940 o 1950, pero sabía que el edificio estaba ahí desde finales del siglo XVIII, cuando se hizo imposible seguir modernizando el palacete que los Senescales tenían dentro del Círculo. De hecho, el salón de baile, con sus monstruosas proporciones, se remontaba a esa época.

 

¡Cuántos tapices decoraban la galería! Todos aquellos hechos de sangre, todas esas bodas, todos esos tratados de paz y comercio nada tenían que ver con él, pero si con su buen amigo Boris, con el idiota de su futuro cuñado, con G… ¿Para qué engañarse? Él quería, desesperadamente, conocer a su amado.

 

El corredor tenía varias curvas y numerosas puertas se abrían a un lado y otro. Poco a poco la textura de las paredes cambió y el joven dedujo que estaban en la parte más antigua del palacete. Se detuvieron antes de un giro abrupto. Del otro lado llegaba luz y el sonido confuso de numerosas personas. El salón de fiestas, comprendió Igor.

 

Finduilas y Lothiriel siguieron andando, sin mirar atrás.

 

G se alzó hacia Igor y le dio un beso leve en los labios.

–¿Listo?

–Pues…

Nunca pudo terminar. La voz de un ¿heraldo? anunció

–Ha llegado su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad.

G lo tomó de la mano y doblaron la última curva, Igor fue deslumbrado por el cambio repentino de iluminación.

-Le acompaña el Portador del Anillo de Rúmil, su Señoría Igor Sergueievich Fedorov.

 

&&&&&&&&&&&&&&&

 

Ivana y sus padres llegaron ante las hermanas Vorondion y les saludaron con una profunda reverencia.

 

–Honorables Fedorov, Honorable Ivana –saludó la Senescal. –Bienvenidos sean a la Mansión de la Familia de los Senescales de Gondor –dijo con una leve reverencia y la mano derecha sobre el corazón.

–A tu casa llegamos, que estos muros sean refugio, no prisión –respondió la hija con exquisito acento y el trio se irguió.

-Falta Igor Sergueievich –dijo Lothiriel con voz neutra.

–Lo lamentamos tanto, sus Señorías –respondió la madre. –Igor está preparando un examen muy importante, ya saben que el talento no lo es todo en esta vida.

-Un hijo estudioso jamás da vergüenza, Olga Ivanovich –respondió Lothiriel sin cambiar su expresión. –Los Valar saben cuánto recé para que mi vástago se contagiase con el suyo.

 

La Senescal hizo entonces un gesto leve y avanzaron hacia el interior del palacete.

 

Recorrieron el camino con calma, en parte por los nervios, en parte porque a las dos mujeres aún les costaba un poco avanzar sin pisar los bajos de sus trajes de fiesta.

 

Se detuvieron en el recodo y esperaron a que el heraldo les anunciara.

–Han llegado Ivana Sergueievich Fedorova, Olga Ivanovich Fedorova, y Serguei Vladimirovich Fedorov, honorables invitados del Príncipe John Vorondion.

 

Al entrar al salón, Ivana sintió muchas miradas clavadas en su traje, evaluando la calidad, el ajuste, la naturalidad con que llevaba su vestido y el reto de entrar al pleno de la crema y nata de Arda. También vio ojos que buscaban más allá, que buscaban… ¿Acaso nunca podría librarse del fantasma de Igor?

 

Consciente de que no debía vagar como una tonta, y ya que el entretenido de John no había acudido a su lado, Ivana buscó veloz algún aliado en la multitud. El primer rostro que reconoció fue el del primer ministro, Adanedhel Arthedain, estaba a pocos metros de la entrada, charlando con el embajador británico.

 

¡Horror! Tenía a una esposa colgando de cada brazo. Pero Ivana no se dejaría amedrentar por semejante desfachatez. Arthedain siempre había sido amable con ella, creía que los orígenes humildes de ambos les unían. ¡Imbécil pomposo! Si todavía estuvieran en el siglo XVII, ella fuera Reina y él Primer Ministro… no, imposible, uno de los dos no cabía en el gabinete de gobierno. Pero estaban en el siglo XX y ella aún no era la esposa del Senescal, paciencia.

 

Los políticos la vieron avanzar y se apartaron para saludarle.

–Honorable Señorita Fedorova –saludó Sir Richard.

-Embajador –respondió ella con sencillez. –Es un gusto verles, Primer Ministro, Señor Belegund, Señora Krasnaya.

-Justo le decía a mi esposo que el vestuario femenino ruso de 1810 es muy atinado para realzar la figura femenina. Usted y la embajadora Tatiana Borichina Yermilova están deslumbrantes –comentó la de pelo azul.

Ivana tardó unos segundos en comprender que Krasnaya no se refería a Adanedhel, sino a Belegund el chiflado. Eso sí tenía sentido, pues había notado que la charla entre el Primer Ministro y el representante de Gran Bretaña no era ligera.

-Gracias, Sra. Arthedain. Es un modelo de la versión de La Guerra y la Paz de Sergei Bondarchuk.

-Te lo dije –exclamó Belegund y comenzó a abanicarse con expresión triunfal. –Disculpe Ivana Sergueievich, pero este bebé me tiene con tremendos calores. Apenas es primavera y la espalda me suda como si escalase las Montañas Azules.

Con un movimiento rápido, que Ivana reconoció ensayado, el heredero de Ered Nimrais pasó del brazo de Adanedhel Arthedain al de Kransnaya y se acercó a ella, dejando a los hombres a su espalda.

-Los sanadores me han ordenado todo el reposo físico posible, ¿sabe? Tengo más de cuarenta años y este –se pasó la mano por el vientre– es un revoltoso. Así que he visto muchas películas en las últimas semanas.

-Belegund es parte del Comité de Apoyo a la Cinemateca, están organizando una muestra de cine histórico –aclaró su esposa, como para dejar en claro que en su familia nadie holgazaneaba.

El del abanico asintió levemente y retomó la palabra.

-El caso es que he visto mucho cine soviético, ruso y filmes basados en la historia rusa, ya imagina usted por qué –Ivana asintió, lo cierto es que le molestaba que esta travesti dominara su lengua, y ni hablar de su vasto conocimiento sobre tradiciones eslavas. –Apenas hace una semana vi la versión de 1966 de La Guerra y la Paz, que considero infinitamente superior a la de King Vidor, por supuesto. Pero en la Cinemateca queremos algo singular, único, como la primera versión de esa novela, la que hizo en 1915 Vladimir Gardin, ¿recuerda?

No, Ivana no lo recordaba, pero no admitiría ignorar algo sobre la mayor novela de Rusia ante este remedo de Primera Dama.

-¿Desea usted que hable con el embajador al respecto?

Belegund y Krasnaya sonrieron con conmiseración, e Ivana se clavó las uñas en las palmas por el error. ¿Acaso necesitaba el esposo del Primer Ministro intermediarios para contactar a cualquier embajada?

-Deseo que, en su próxima visita a Rusia, vaya a la sede de Mosfilm, como ciudadana privada, y averigüe por esa joya. ¿Está perdida o extraviada? Eso es lo que no saben en la Cinemateca ni en su embajada.

Ivana no estaba segura de si este encargo era un honor o una humillación, así que optó por asentir.

-Cuando toque Moscú –declaró sin comprometerse en plazos.

La vaguedad no pareció molestar a la pareja Arthedain. Belegund desplegó su abanico de nuevo y suspiró adolorido.

-Espero que su Alteza Real no tarde mucho más, los pies me están matando –luego fijó los ojos en un punto más allá del hombro de su interlocutora. – Ivana Sergueievich, creo que su embajador desea hablarle, y yo debo regresar a proteger a mi esposo de Sir Richard.

 

La rubia hizo una leve reverencia y se dirigió hacia donde sus padres se habían reunido con Vasili Vasilievich Yermilov y su mujer, Tatiana Borichina. La Yermilova en verdad lucía bella con su traje blanco de ribetes de oro y capa corta dorada, los brazos de la embajadora lucían fuertes y el escote revelaba un pecho de piel aún tersa y blanca. Querría lucir así a los cuarenta, definitivamente.

 

–Señorita Fedorova –el embajador, todo formal, le dio un beso levísimo en el dorso de la mano.

-Querida Ivana –saludó la embajadora y le dio un beso en cada mejilla.

-¿Qué quería el esposo del Primer Ministro? –demandó Serguei Fedorov.

-Nada serio, papá. Están preparando una muestra de cine histórico en la cinemateca y desea mi consejo respecto a los filmes sobre nuestra patria.

-Me permito recordarle, Ivana Sergueievich, que no es usted rusa, sino ardense –rectificó en voz baja el embajador. –Esa expresión suya es potencialmente peligrosa, especialmente en este salón.

-Estoy nerviosa –admitió Ivana.

-¿Acaso no lo estamos todos? –le tranquilizó Tatiana. –Ninguna persona de sangre rusa ha estado tan cerca como tú de emparentar con una monarquía europea desde que María Vladímirovna, Gran Duquesa en el exilio, se casó con el Príncipe Francisco Guillermo de Prusia en 1976, este es un gran día. Por lo mismo, no puede dejar que el pánico le gane, querida –la embajadora le tomó ambas manos con fuerza. –Mañana podrá llorar, bailar, o dormir, hoy no. ¿De acuerdo?

-La Senescal y su hermana han llegado –advirtió Olga Fedorova.

 

Era la señal: el Príncipe G ya había sido recibido e iniciaría la fiesta en cualquier instante. Ivana notó cómo todo el salón se movilizaba para ocupar sus puestos en la ceremonia de recepción al regente. Se despidió de los embajadores con un gesto de la mano y fue a su lugar.

 

Mientras cruza la estancia, Ivana alcanza a ver un intercambio de miradas entre Boris Vorondion y Silvia, la trepadora que cazó al heredero del Condado de Tarannon. ¿Por qué están estos dos tan felices, si son los mejores amigos de Igor? Pero no tiene tiempo ahora, ya está lista para su gran prueba, tiene que serenarse.

 

Todas las personas han formado una galería que cruza el salón, desde la entrada hasta el inicio de la plataforma donde estaba la mesa principal. Casi junto a la puerta se encuentra el gabinete ministerial, seis integrantes del gobierno a cada lado, junto a sus parejas. Por la derecha, siguen a la clase política la nobleza de Rohan, Esgaroth, Gondor y Arnor, cerraba la fila el Clan Vorondion. A la izquierda están los embajadores de Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Cuba, con sus respectivas parejas, después la heredera del Trono Perdido de Harad –con un cura como chaperón–, los señores enanos y el liderazgo de la Sociedad Moriquendi, con representaciones de los cuatro reinos míticos: Lorien, Rivendel, Rhovanion y los Puertos Grises. Al final del salón, casi junto a la escalinata, están los Fedorov, Adanedhel Arthedain con sus dos cónyuges, la Senescal y su hijo, el Príncipe John.

 

Se escucha un suave toque de madera.

–Ha llegado su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad.

La figura menuda entra al salón, saluda con una mano y tira de un hombre alto, rubio, vestido como un guardia de Lorien. Ivana siente que le tiemblan las rodillas al ver el rostro del acompañante del Príncipe G.

El siguiente, y último, anuncio del heraldo le llega desde lejos, como el eco de una pesadilla recurrente.

-Le acompaña el Portador del Anillo de Rúmil, su Señoría Igor Sergueievich Fedorov.

 

Ivana siente ¿intuye? el gemido estrangulado de su madre y la pisa con fuerza. No, no, no, repite en su cabeza. Entonces su mirada se cruza con la de Silvia, la morena sonríe como el gato que se comió el canario. ¡Puta!, lo supo todo el tiempo.

 

Continuará

28 noviembre, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 39

El evento social del año en la TV (III)

 

Calm voices give whispered

instructions and hands

flutter

in the streetlight

hiding animal faces

that glisten

with swollen

red tongues.

Quietly,

they devour

each other.

“Embrace”, Viggo Mortensen

 

Por un momento, fue difícil mirar a las pantallas sintonizadas con Arda Visión: la imagen subía y bajaba por el veloz avance de camarógrafo, y apenas podía verse la espalda de Langbardur Esgaroth, que corría con sus taconazos hacia la limosina Meara De Luxe del Príncipe G.

 

Al llegar a la acera, la lente se enfocó en la puerta trasera, que ya abría un agente de seguridad.

 

Primero salió un hombre vestido como los guardianes del Bosque de Lorien. Antes de que alguien pudiera reconocerle, se giró para ayudar a emerger a una persona totalmente vestida de gris, y no hizo falta más información.

 

La cámara regresó al rostro Langbardur, la periodista no pudo contener un leve temblor en su voz:

 

-Querida teleaudiencia, estamos transmitiendo a ustedes, en vivo, la llegada de su Alteza Real el Príncipe Geniev Telcontar Trandulion, Hermano Mayor del Rey de Arda, Regente de Rivendel y Lord Protector de Harad, a la fiesta de compromiso del Príncipe John Vorondion, Hijo de la Senescal del Reino, y la joven Ivana Vladimirovich Fedorov  –ella giró hacia el auto y se inclinó en profunda reverencia. –Su Señoría.

 

Como manda la tradición en Arda, la pantalla no mostró el rostro del Príncipe, sino su cuerpo, del cuello para abajo.

 

Un edicto, emitido a mediados del siglo XIX, prohibía cualquier imagen de su cara sin autorización expresa de su Alteza. Todos lo sabían, y lo tomaban con calma, como una de las singularidades de su patria. De todos modos, el Príncipe G era casi una leyenda, nadie estaba en verdad interesado en conocer su rostro, sino sus posiciones políticas.

 

Entonces ocurrió lo inesperado: Primero, el Meara De Luxe se fue, dejando el porche  completamente visible, luego la pareja más esperada de la noche se giró hacía la calle y la figura de gris hizo un gesto de invitación.

 

Quien primero reaccionó fue la corresponsal del semanario Sin Lluvia o sin Sol. Saltó la valla, se detuvo a unos respetuosos cinco metros y accionó su cámara. Como ningún guardia le detuvo, el resto comprendió que ¡el Príncipe G estaba posando por primera vez desde la invención de la fotografía! A partir de ese momento, la luz de cientos de flash detuvo a la penumbra del crepúsculo.

 

Tras casi tres minutos, G hizo una señal de despedida, y se volvió hacia Langbardur Esgaroth y las pantallas de TV de medio mundo. El encuadre era perfecto, y la rubia estaba segura de que la teleaudiencia se había duplicado ¿o triplicado?

 

-Su Señoría –repitió.

-Buenas tardes, Langbardur –dijo el joven con acento fuerte, norteño. –Un gusto conocerte al fin.

-Lo mismo digo. ¡No! Quiero decir, es un honor conocerle y poder… eh… filmarle.

-Si bueno, creo que ya está un poco ridículo eso de esconderse de las cámaras. En Arda tenemos libertad de prensa, como no se cansa de repetir el director de esa emisora republicanista, ¿cómo se llama tu emisora favorita Igor?

-AMHW, Radio Dagorland –repuso el aludido con voz un poco cortada.

-Si, esa misma. Y, dígame, Srta. Esgaroth, ¿ya llegó todo el mundo?

Ahora fue el turno de la periodista para quedarse cortada. ¿El príncipe le pedía información a ella?

-Si, si, acabo de saludar a Ivana y al matrimonio Fedorov. Solo faltaba Igor, pero ya veo que nos lo trae usted.

G hizo un mohín divertido.

-Decidí robármelo. ¿Verdad que le queda bien el traje de galadhrim?

-Le queda perfecto –asegura la periodista. -¿Te sientes cómodo con ese traje, Igor?

El joven la miró con asombro, ¿qué se suponía que respondiese a pregunta tan idiota?

-Yo no me pongo nada que no me guste, querida. No soy un niño.

-¿Viste cuánta pasión? –interrumpió el Príncipe. –De los nueve amantes que he tenido, a este es al que mejor le queda el Anillo de Rúmil.

-Si usted lo dice, Alteza –asintió ella.

-Bueno, vamos entrando, ya sabes que la fiesta no puede empezar sin nosotros.

Ella repitió la reverencia.

-Por supuesto.

 

La cámara siguió a la pareja hasta que las puertas de la Casa de los Senescales se cerraron.

 

-Hoy han visto ustedes historia, mis televidentes, porque a Aiya Arda, donde todo se sabe, no podía perdérselo, ni dejar que ustedes se lo perdieran. Buenas noches.

 

Continuará

08 septiembre, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 38

El evento social del año entre telones y en TV
 
 "Qué problema hay con andar en cueros,
quiero decir...
con el alma en cueros, pero
qué problema hay por ser sincero
y parecerte a lo que sientes en verdad."
En cueros, Duo Buena Fe
 
El Círculo Sagrado
 
G apagó la radio: el comentario sobre la naturaleza obsoleta de la nobleza era irritante, cuando menos. ¿Por qué Igor se empeñaba en escuchar esa estúpida emisora republicanista? Dio varias vueltas por la habitación en lo que se frotaba el cabello con una toalla y terminó ante el traje para la fiesta de la noche.
 
Está recién bañado y desnudo, con el grado exacto de humedad en la piel. Habitualmente, este es un "momento perfecto" de su día: después del sexo y antes del trabajo, pero...
 
Un suspiro escapa de los labios oscuros y delgados del Príncipe: la visión del traje le recuerda que lo de esta noche no es simple "trabajo" -destituye a este, intriga con aquella, financia lo otro- sino el último eslabón de su regreso al mundo. Aunque no lo siente como un regreso, más bien es el ingreso al Nuevo Mundo, el mundo de las imágenes digitales.
 
Un mundo donde no se puede escapar de las cámaras, donde las imágenes incluso pueden matarte: que le pregunten sino a Lady D. [1]
 
G lo sospechaba, y las terribles circunstancias que llevaron a la muerte de la princesa convencieron al resto de la corte de que su aprensión frente a las nuevas tecnologías no era pura resistencia. Ya no se puede hurtar el rostro, detener a las cámaras con miedo o dinero. Las miradas indiscretas de todo el mundo están sobre la gente VIP, y sus vidas, que eran privadas merced del oro, ahora son un circo donde elegantes especialistas en "la alta sociedad" cobran por compartir las intimidades de quienes, antes de la "democracia" y los "reality shows", eran algo sagrado, incuestionable.
 
No regresar estaba descartado: Las espaciadas visitas a la ciudad son parte de la leyenda que rodea al linaje de los G de Telcontar. Consiste en una aparición cada quince o veinte años, un matrimonio arreglado, el retiro y posterior anuncio del nacimiento del nuevo Príncipe.
 
Al cabo, una de sus pesadillas recurrentes le dio la respuesta: la casa maldita de adolescentes de rostro velado, brazos amables y piernas complacientes. Fue precisamente el rostro velado de su pubertad, lo que le permitió regresar de adulto y vengarse.
 
Pasó días en Rivendel dando vueltas a la visión -detestable por todo lo demás-, consciente de que esta vez no era solo un asunto freudiano. Hasta que Midhiel reconoció el paralelo entre el poder que le daba el velo en el sueño, y el miedo a que su rostro fuera capturado por las cámaras de la prensa. G casi se cae de la risa ante lo sencillo de la idea: sus acciones en Minas Tirith podrán ser seguidas, publicadas y comentadas, pero los reporteros no tendrían ningún rostro que mostrar.
 
Claro, tras la idea llegó la primera pregunta, ¿alguna vez se cubrieron el rostro en público las etnias edain, rohirrim o élficas? Ahí hubo que acudir a Eärcaraxë Delagua. Resultó que el pelirrojo recordaba (¿habría algo que ese no recordara?) el relato de cierto príncipe extremadamente celoso y desagradable de Beleriand, que cubría a su esposa de la cabeza a los pies al salir de sus habitaciones.
 
Entonces Midhiel y su equipo reconstruyeron la leyenda con algo de sentido práctico. El resultado estaba ante él, listo para ser usado en la fiesta de presentación de Ivana.
 
G volvió a pensar que se habían lucido: el color negro reglamentario de toda su ropa formal está matizado por bordados en rojo y oro. El tacto de la tela es agradable, suave y no demasiado cálido -ya es casi es primavera. Capucha y máscara están perfectamente integradas. El espacio de los ojos es amplio y el borde ha sido cuidadosamente bordado con delicada seda blanca, de modo que la luz se concentre allí. Por detrás, una abertura discreta deja salir la trenza, su mítica trenza negra.
 
Pero, a pesar de que se ha probado el conjunto varias veces, y de que la idea fuera suya, G no acaba de estar feliz con la opción. Le recuerda esa época en que miraba el mundo desde una ventana.
 
En realidad es solo una figuración, claro. Esto no se parece en nada a los días en que no tenía más nombre que "Hermoso" y era una propiedad más de la casa maldita de adolescentes de rostro velado, brazos amables y piernas complacientes. Fue obligado a estar ahí, a hacer... lo que hacía. Nada de su vida pudo elegir en ese tiempo que le pareció eterno.
 
Nada sabía de la eternidad entonces.
 
Ahora se cubre el rostro para proteger su intimidad, no porque sea un pedazo de carne de gran valor. Ahora el velo es una herramienta de su poder, de su voluntad.
 
Ahora él decide cuándo, dónde, cómo, si habrá dolor, cosquillas, lágrimas de placer, brevedad.
 
Esa ventana, ese edificio donde lo aprisionaron, ya no existen (regresó a quemar el lugar personalmente). La gente que abusó de aquel niño desvalido ni siquiera está en la listas de muertos del más cuidadoso archivo. Ninguna persona viva puede levantar el dedo en su dirección. Así que nadie comprende su miedo.
 
Tampoco él va a revelarlo.
 
Ahora hacen fiestas en su honor y todas estas personitas se inclinan, se sorprenden de su vasto conocimiento, que es poder casi en estado puro. ¡Y sienten envidia! Bien, ese era el plan ¿no?
 
G acaricia la tela del traje despacio y sonríe con tristeza. Ha cumplido, pero desde hace mucho comprendió la trampa suprema del poder: la soledad.
 
Ahora él decide, pero sus amantes nunca son valiosos por sí mismos. Cada uno apenas retazo de ese magnífico recuerdo, un fragmento que se deteriora casi ante sus ojos. Después de un tiempo, incluso esa versión incompleta le hastía. Está condenado a reiniciar la búsqueda una y otra vez.
 
G hunde el rostro en la tela y aspira el aroma suave de lissuin con que Midhiel perfuma toda la ropa de la casa. ¿Quiere llorar? Si, quiere, pero no va a permitírselo. No puede dejar que se le irriten los ojos justo antes del baile.
 
Solo respira hondo y se aparta del maniquí al tiempo que recompone su expresión.
 
Igor no percibe nada cuando sale del baño, con una toalla alrededor de las caderas y otra en la cabeza. Ya está acostumbrado al nudismo de G, así que no se detiene demasiado en la visión de su cuerpo, fibroso y deseable, pero de acceso estrictamente controlado.
 
–Ya casi es la hora –comenta el joven mientras se sienta en el borde de la cama para empezar a ponerse las medias.
 
A G se le detiene el corazón por un instante. Esa voz…
 
¡No! Se fuerza a regresar a la realidad. Es Igor quien le da la espalda con descuido, nadie más importante, nadie más querido.
 
Puede que esta vez el parecido sea tremendo –inquietante a ratos–, pero es parte del juego ¿no? Su amante es un jovencito tierno y vulnerable, su vida nada tiene que ver con la de ellos. Y debe trabajar porque siga así. En lo que definitivamente Igor si se parece a el otro es en su curiosidad. Es mejor deleitarse enseñándole a amar mientras evita que sepa más de lo debido, antes que dejarle explorar por su cuenta.
 
Hay cosas que jóvenes tan inocentes no deberían saber nunca. Hay cosas que él mismo no debería saber, pero ya no puede borrar de su interior. 
 
Sabe, por ejemplo, que de la muerte no hay regreso.
 
Y como lo sabe y está vivo para contarlo –para arrastrar por la tierra este cuerpo suyo, vacío de dulzura, cargado de memoria y amargura–, respira hondo y controla la voz, el temblor breve de las manos.
 
-Ya casi, en efecto.
Toma el calzón interior, de blanco inmaculado, y lo ajusta.
-¿Príncipe?
 
Midhiel está en la puerta, él la autoriza a pasar con un gesto mientras ignora deliberadamente el ruido incómodo de Igor. En esto es el joven quien tiene que aprender: Midhiel es  su asistente de cámara, el pudor sobra.
 
Ella le ayuda a vestirse desde hace mucho, jamás hubo tensión sexual, o un gesto equívoco. Jamás la irrespetó cuando era joven e impulsivo. Ahora es imposible.
 
La morena ajusta cordones, nudos y lazos, alinea las costuras de medias y calzas, dobla  los bordes de las mangas y, finalmente, pone el corset en su lugar, con la presión exacta para marcar torso y cintura sin hacerle perder el aliento.
 
G se sienta y ella le calza las ya tradicionales zapatillas de suela delgada. El negro brillante del cuero bien lustrado le satisface sobremanera.
 
Midhiel gira el asiento, de modo que el Príncipe queda frente al espejo del tocador, y comienza a alinear los potes y lápices para el maquillaje.
 
G mira a Igor  a través del espejo. El muchacho camina sin  rumbo mientras se acomoda los cordones del cuello de la blusa. Luego regresa a la cama, para tomar la túnica y empezar a cerrar los botones con dedos lentos, cuidadosos. Ya no hay nerviosismo en su amante, solo una fría y firme determinación.
 
G sonríe, doblemente satisfecho.
 
Primero, porque el traje ardense que le mandó a hacer sienta mucho mejor a la figura de su amante que cualquier variación del esmoquin, por muy antigua que sea.
 
Como hermano de la prometida, se suponía que asistiera a la fiesta vestido como un caballero ruso de la década de 1800, pero su familia no aseguró la calidad del traje o la fecha de entrega. Todo el mundo sabe que los Fedorov preferían que Igor desapareciera del mapa, pues bien, el jovencito ruso que todo esperan no aparecerá.
 
G baja los párpados para que Midhiel le resalte los ojos, y sonríe un poco. La segunda razón para estar contento es que Igor ya se hizo a la idea de que llegará al evento social del año como protagonista, no para hacer de pariente incómodo -como había planeado la insufrible de Ivana.
 
Casi puede imaginar la reacción de los Fedorov al ver a su hijo del brazo de G, y una fría satisfacción anticipada le suaviza los rasgos. Si: esta será la prueba final para Ivana, enterarse junto al resto del mundo de que su hermano le ha ganado la mano y se metió en la cama del mismísimo del Príncipe G de Telcontar.
 
El moreno abre los ojos y evalúa el resultado. Sus rasgos están un poco envejecidos gracias a las sutiles líneas de expresión que Midhiel ha dibujado. Los ojos resaltan, enmarcados en pestañas perfectamente delineadas con máscara de color violeta. Los labios pintados de rosa parecen más delgados aún. Si, casi se cree él mismo se cree que tiene treinta y cinco.
 
-Sigo sin entender por qué te maquillas para lucir viejo.
 
Midhiel se envara, está claro que el modo en que este joven se dirige al Señor es "impertinente" a sus ojos. No importa que sea su amante, nadie sin noble sangre puede dirigirse a G de esa manera.
Pero el príncipe solo mira a Igor a través de su reflejo en el tocador y le sonríe.
 
-Mi edad es un asunto personal, querido.
El joven bufa, y G casi se pierde de nuevo las evocaciones que la frente arrugada despierta. Pero su voluntad se impone.
-Ven tu ahora –ordena mientras se levanta para tomar los últimos accesorios de su traje. –Quiero que Midhiel te haga lucir más joven.
Igor le mira extrañado, pero obedece.
-Quieres decir, más joven que mi hermana –aclara antes de que la rubia comience a extender la base de maquillaje sobre sus mejillas.
 
G no despega los labios, solo le dedica una sonrisa discreta antes de concentrarse en los complicados cierres de su túnica. ¡Oh! Igor es el amante más divertido que ha tenido en mucho tiempo.  
 
Una vez que todo el maquillaje está a punto, Midhiel fija con cuidado la capucha y cierra el velo.
 
Ya en el recibidor, mientras esperan a que la asistente ajuste los últimos detalles de su propio traje, G vuelve a mirarse en un espejo de cuerpo entero.
 
La luz oscilante de las lámparas es cálida y suave, y la figura de Igor a su lado es imponente, casi heroica -si no fuera porque ningún héroe de Arda llevó el pelo tan corto. Viste el traje de gala de los soldados galadhrim: gris y dorado, con botas altas negras de tacón bajo y ancho.
 
Sus trajes difieren en color y texturas, pero los bordados son idénticos, para que no quede duda de que la complementariedad fue premeditada.
 
Entonces algo encaja en la mente de G y comprende la razón de su incomodidad general: luce delicado y frágil junto a este joven soldado de Bosque Dorado.
 
-¿Te parezco femenino? -pregunta sin preámbulos.
Igor arruga la frente, extrañado, y G tiene que morderse los labios para no sonreír por lo familiar del gesto.
-¿Puede un hombre como tu lucir débil? -y G sabe que ha cambiado la palabra para dejar en claro que comprendió el sentido de su inquietud. Luego Igor suaviza el rostro y agrega -Espero recordaras poner un juego de cuchillos en algún pliegue de tu ropa, para defenderme de mi hermana.
 
G sonríe y casi va a responder, pero los pasos de Midhiel le hacen cambiar de idea.
 
Van en agradable silencio hasta la salida del Círculo, donde Bill espera con el Meara dorado de las grandes ocasiones.
 
-¿Listo para entrar al cielo de Arda, Igor Vladimirovich Fedorov? -bromea G cuando ya el auto ha fijado rumbo al Sector 1.
-No -y la claridad de la palabra hace que G lo mire con asombro, hace mucho que nadie le sorprende.
 
Igor ignora las intensas miradas que llegan a través del espejo desde la cabina y se concentra en su amante: toma la barbilla del Príncipe entre sus dedos y le mira directamente a los ojos.
 
-Listo para seguirte.
 
Residencia de los Fedorov
 
-Ya no podemos esperar más, Ivana.
 
La joven asintió, apagó el televisor y se puso en pie. Levantó con las manos la falda, que caía desde el plexo solar, para no pisar los bajos del vestido y avanzó despacio. Se detuvo ante la mujer vestida de morado.
 
-¿Crees que mi andadura es lo suficientemente natural?
-Creo que si, además, Jhon es un excelente bailarín. Tu estás preciosa, nadie tendrá nada que reprocharnos.
Ivana miró a su madre con rabia. ¿Cómo podía intentar siquiera minimizar la ausencia de Igor?
-Esto es un desastre, pero Igor me las va a pagar.
 
Con gesto decidido, Ivana se dirigió al elevador. Su rabia era tanta que no fue consciente de que, por primera vez, no titubeaba dentro del traje de Natasha Rostova que había encargado para la fiesta.
 
Olga si lo vio, y pensó que eso era lo único bueno que les diera su hijo en los últimos seis meses.
 
Vladimir Ivanovich Fedorov las esperaba en el parqueo. El traje de tres piezas, con bastón y sombrero de copa, le quedaba perfecto. Su figura de caballero de 1810, apoyado en una limusina último modelo, era anacrónica y divertida.
 
-Justo a tiempo -saludó- y abrió la puerta para que su hija y esposa abordaran.
 
Ya en la calle, Ivana cerró los ojos y se concentró para buscar calma interior. La ausencia de su hermano no estropearía su fiesta. No podía permitirlo. Después de todo, Igor no era importante, nunca lo había sido. Era Ivana quien se casaría con el hijo de la Senescal, ¿no?
 
Su hermano, después de tanto dinero invertido y oportunidades a la puerta, solo estaba a punto de recibir un título que lo declararía como políglota inútil. No tenía un buen empleo, o un amante prometedor -eso habría calmado un poco los resabios de sus padres-. Igor solo había servido para algo al presentarla con Boris, quien a su vez le había presentado a Jhon.
 
"Este es mi único primo heterosexual", había bromeado Boris aquel día en el campamento, y eso le permitió enfocarse. Ella siempre sabía qué hacer, después de definir el objetivo.
 
Tres años después, ella estaba a punto de casarse con uno de los mejores candidatos a la Silla de los Senescales, mientras que su hermano compartía apartamento con la oveja negra de la familia de los Senescales, y se había quedado sin novio por culpa de una becaria de Utah -Ivana aún sentía la rabia de aquello subirle la presión.
 
Tras repasar mentalmente las razones por las cuales Igor no era nada más que una espina en su costado, Ivana sintió relajarse los músculos de la espalda. Inspiró y expiró profundamente. Abrió los  ojos y miró a sus padres con expresión decidida.
 
-Diremos que está muy ocupado... preparando un examen -y sonrió.
Los Fedorov asintieron. Semejante desplante ofendería muchísimo a Lady Finduilas Vorondion: sería el fin de la vida social de Igor.
-No creo que a él le moleste -le advirtió su padre.
Ivana hizo una mueca.
-Ya me encargaré de molestarlo después -prometió.
 
La perspectiva de planear una venganza contra su hermano iluminó el rostro de Ivana. Fue esa sonrisa, depredadora y sensual, la que capturaron las cámaras cuando descendió del auto ante el palacete de los Senescales.
 
La ubicua Langbardur Esgaroth se materializó a su lado.
-¡Y aquí está la penúltima llegada de la noche! Saludos, Señorita Ivana Vladimirovich Fedorov.
-Buenas noches, Arda -Ivana hizo una leve reverencia ante la cámara, sin inclinar la cabeza. -Espero  que estén disfrutando el desfile.
-Sin dudas -asintió la rubia Langbardur-, tu sabes que Aiya Arda no se pierde nada. Nuestras cámaras mostraron al mundo la llegada de las ciento cuarenta y cuatro personas más aristocráticas, o políticamente más significativas del momento en Arda. Allá dentro te espera el Ejército del Oeste, aunque tendrás el formidable apoyo de tu familia, por cierto ¿dónde está tu hermano?
 
Ivana estuvo a punto de decirlo, que él era un mal hermano, un egoísta, pero se contuvo. Una cosa era enemistar a Igor con Lady Finduilas y otra ser humillada por televisión ante todo el planeta. Ajustó con cuidado sus facciones para que dijeran "se algo que tu no" y respondió con una frase casual cargada de amenazas.
 
-Querida, ¿acaso soy la guardiana de mi hermano? No te preocupes por él.
Langbardur asintió -entendiera o no, tenía que fingir que estaba al tanto de todo- y la despidió con un gesto.
-Bueno, pasa y acomódate. Ya solo falta por llegar su Alteza Real.
 
Los Fedorov avanzaron por la alfombra roja, seguidos de los vitores y los destellos de las cámaras.
 
La conductora se giró y habló directamente a la cámara de ArdaTV.
 
-La noche casi termina acá afuera. Solo estamos esperando la llegada de su Alteza Real, el Príncipe G de Telcontar, quien dirá si la bella Ivana deberá abandonar la religión de sus ancestros para enlazarse a Jhon Vorondion, segundo hijo de la Senescal Lady Finduilas. Les recuerdo que en el interior de la Sala de Fiestas no hay cámaras, y todo transcurrirá en la más estricta discreción. Mañana temprano, la Casa de los Senescales emitirá una nota de prensa con el resultado de la fiesta.
 
La mujer se llevó la mano al audífono tras la oreja y asintió.
 
-Me informan que el auto de su Alteza Real ha sido avistado. Hagamos un rápido repaso a lo que ha ocurrido esta noche, antes de rendirle respeto.
Les recuerdo que recibimos al Primer Ministro, ¡con sus dos esposas!; el simpático Gaedheal, próximo Príncipe de Tolfalas; los gemelos Theoden y Theodred, con el bello Eothain, que nunca se sabe de cuál de los dos es novio; los embajadores de Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña y Cuba; a Boris Vorondion, la oveja negra de la Familia de los Senescales, con  Alcar, heredero del Condado de Tarannon y su exótica esposa Silvia; la heredera del Trono Perdido de Harad, toda enjoyada y con un chaperón llegado desde el Vaticano, el atractivo hermano Gustav;  Gilraen "La Bella" Valdran, con su esposo; y a mi autor favorito: el honorable Aldaben Lómendil, Señor del Cauce de Plata, junto al más bello modelo que pisa justo ahora la isla, Yordan Oliva.
Bueno, este es el momento que espera todo el gremio desde hace quince años, ya se ve el Meara De Luxe que trae al Príncipe G. ¡Vamos a verlo!
 
TBC...
 
Nota:
 
[1] Lady D, Diana de Gales, murió en 1997, pero he adelantado el hecho un año por razones dramáticas, total, esto es un universo alternativo.

30 abril, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 37

El evento social del año en TV (I)
 
"…los gajes de los trajes de la fama…"
Joaquín Sabina
 
Lady Finduilas Vorondion se asomó al local de la fiesta. Ya todo estaba listo y los primeros invitados debían llegar en –consultó su reloj- diez minutos. Dio un par de pasos dentro y contempló el escenario con satisfacción.
 
El gran salón hexagonal de la Casa de los Senescales no lucía tan limpio y nuevo desde hacía cincuenta años, y eso se debía, en parte, al dinero de los Fedorov, que no habían discutido ni una sola de las facturas de la restauración –Finduilas dudaba que se hubieran atrevido. La Senescal no pudo evitar sonreír a solas, ella estaba dispuesta a pagarlo, pero si la familia de la novia insistía… Además, no eran más que unos muertos de hambre que huyeron de los bolcheviques, aupados solo veinte años atrás por el boom turístico. Ni siquiera usaban nombres nacionales, pero iban a entrar en la cúpula del país. Casar a Ivana con su John era la mejor inversión que harían en sus vidas, porque el inútil de Igor… ¡Debía dejar que pagaran la boda íntegra! Pero no, era mejor dejar correr eso. Pagar el 50% era lo correcto, ella también ganaba al asegurar que John no quedará al garete, es tan débil ese hijo suyo…
 
Finduilas baja los cuatro escalones que dan acceso al salón de baile y mira con ojo crítico la disposición de los asientos y entremeses para la noche, que será larga.
 
De acuerdo a la vieja usanza, la comida está dispuesta a lo largo de las paredes, dentro de contenedores térmicos que mantendrán los alimentos a temperatura agradable. De allí cada cual puede tomar lo que desee. En aras de la privacidad, los sirvientes solo entraron para disponer el buffet y luego fueron enviados a sus casas.
 
Esa es una regla de oro en cualquier reunión con G: debe haber la menor cantidad de extraños posibles y todas las personas invitadas deben saber el sentido del término discreción.
 
Hay mesas por supuesto, para comer, charlar o descansar del baile. Pequeñas, para seis u ocho comensales, dispuestas en paralelo a cinco de las paredes del local. Cualquiera de los asientos permite admirar la belleza del baile sin interrumpirlo. En cada esquina hay una amplia dotación de cojines ricamente recamados. De acuerdo a la tradición, la gente joven o soltera debía usar esos asientos móviles, que facilitan la interacción, mientras que las personas mayores ocuparían sus mesas excepto para los bailes protocolares.
 
Cuatro escalones descendentes conducen al área de baile, un hexágono de pulido mármol blanco, que podría albergar a un centenar de parejas en círculo, como dicen que bailan los jóvenes en Cuba en sus internados. En todo caso, este es el salón de bailes privado más grande de la ciudad, lo sabe porque está prohibido hacer uno mayor.
 
En la pared norte se ha dispuesto la mesa de honor: allí se ubicarán el Príncipe G, ella misma, su hijo John, Ivana, sus dos padres, el Primer Ministro y su esposa, el embajador ruso y su esposa. Al repasar la lista, Lady Finduilas no pudo evitar una mueca: hay una docena de sillas por orden expresa de G, pero no sabe quiénes son esas dos personas que lo acompañarán, además de Midhiel, que no cuenta porque es la sombra de G.
 
-Señora.
Ella se vuelve, el mayordomo está en la puerta, sostiene en una mano la lista de invitados y tiene una expresión inquieta.
-Dígame, Jaime.
-Allá fuera es un circo, los fotógrafos flanquean la alfombra y se desbordan por la acera. El Jefe de la Guardia de la Ciudadela teme que interrumpan el paso de los autos y compliquen la  seguridad.
Finduilas suspira, entre molesta y divertida.
-Esto no es América, que el Jefe de la Guardia de la Ciudadela recuerde a esos gacetilleros que no pueden tirarse delante de un auto, o serán arrestados por afrentas a la corona. Además, revele la lista de invitados, para que se tranquilicen un poco.
Jaime se inclina y desaparece.
 
Finduilas da una última mirada alrededor y asiente satisfecha. ¿Qué importa a quién traiga G? Es su prerrogativa, después de todo. Y el hombre, aunque no la quiere, nunca estropearía una reunión tan importante. Casi segura de que todo saldrá bien, la Senescal acaricia el borde de su escote, respira hondo y sale de la estancia. Debe encontrar a su hermana Lothiriel, para recibir juntas en la puerta a los invitados más nobles.
 
-Aquí están las rositas de maíz –anunció Anariel, dejó la fuente en la mesita y se acomodó en el sofá, entre su esposo y su hijo.
Pásame un poco en este plato, hijito, pidió Eala.
-Con gusto señora –respondió Aranwe.
 
Aralqua estrechó la mano de su novio y sonrió. ¡Estaba tan feliz de que Aranwe hubiera aceptado ver la transmisión de la entrada a la Fiesta de Presentación de Ivana en su casa! Definitivamente, habían dejado atrás el equívoco del puñetazo a Gaedheal de Tolfalas. Además, Aranwe estaba ahí con el permiso expreso de su padre, lo que significaba que el señor Lómendil también aprobaba su comportamiento, aunque, se lo había dicho por las claras, no era partidario de resolver la xenofobia con violencia.
 
Si, tener a su novio para ver la televisión en casa era lo más genial y romántico que le había pasado en la vida. Fue a decir algo, pero la emocionada voz de su madre le cortó.
 
-Ya empieza, ya empieza.
 
En efecto, el rostro de Langbardur Esgaroth llenó la pantalla y la más popular periodista de la farándula de Arda saludó con su pelo tieso de laca y su sonrisa de dientes perfectos.
 
-¡Buenas noches, Arda! Hoy, la sala del programa más popular e informado de la televisión dejó el estudio. Estamos ante la Casa de los Senescales, uno de los recintos más honorables y antiguos de la ciudad de Tirith Osto, para transmitirles, en vivo, en directo, en exclusiva de Arda Visión, la llegada de los invitados a la Fiesta de Compromiso del Príncipe John Vorondion e Ivana Vladimirovich Fedorov. Este es el evento social del año, así que Aiya Arda, donde todo se sabe, no podía perdérselo, ni dejar que ustedes se lo perdieran.
"Estamos por señal abierta y cable para toda Arda y vía satélite para el mundo. En Estados Unidos nos ven a través de la CNN, hello America. En Rusia nuestra señal es transmitida por cable, dobrideña –Langbardur se puso una mano detrás de la oreja y asintió, volvió a mirar a la cámara. –La sala de transmisión me confirma que TVE, TeleAmazonas, O Globo, Televisa y BBC han entrado en cadena por exigencia de sus audiencias. ¡No me quiero imaginar desde cuántos países verán la boda! Claro, si hay boda –la conductora rió su propio chiste.
"Debo aclarar, para el público extranjero y para alguna que otra persona despistada dentro de las fronteras, que hoy Ivana Vladimirovich Fedorov pasará su última y más exigente prueba para casarse con el bello, rico, inteligente, fiel y lánguido príncipe John Vorondion. Como ella es plebeya, y él uno de los cuatro candidatos a recibir el título de Senescal del Reino de Gondor y Arnor, su boda es asunto de Estado. Es por eso que su Señoría el Príncipe G de Telcontar nos honra con su presencia en la ciudad desde hace seis semanas.
 
Ante esa mención, Fred Williams se removió incómodo. Anariel le dio un besito para tranquilizarlo y siguieron la explicación de la chismosa más famosa del país.
 
-Bueno, ya se imaginan de qué va la cosa, ¿verdad? Como máxima autoridad para los asuntos de la nobleza de nuestro país, el Príncipe G ha juzgado el carácter de la pareja y dirá esta noche si son aptos para unir sus vidas. Todo el baile, durante el cual Ivana, sus padres y su hermano alternarán con la más granada sociedad de Arda, pondrá a prueba su entereza, educación, sangre fría, patriotismo y elegancia. No es un secreto que algunas personas consideran herético que un descendiente de Faramir se case con una muchacha que creció en los valores de la fe cristiana ortodoxa rusa, a lo que tendrá que renunciar para su matrimonio, por cierto.
De nuevo Langbardur Esgaroth se detuvo para escuchar lo que le decían por el intercomunicador oculto en la oreja.
-¡Dulces Valar! Me dicen que la Casa del Senescal ha liberado ya la lista de invitados, ¡qué amable es la Senescal Finduilas Vorondion! Sabremos algunos de los nombres por adelantado.
Una mano se asomó a la pantalla y pasó varias hojas de papel a la rubia.
-Muy bien, tenemos, por supuesto, al joven e impetuoso Gaedheal, próximo Príncipe de Tolfalas. Me pregunto si se habrá maquillado el puñetazo que le dieron hace unos días en la escuela o lo lucirá como prueba de su espíritu belicoso –la conductora sonrió pícara- la familia Lómendil siempre genera pasiones tormentosas. Donde quiera que estés, Aranwe Lómendil, felicidades por tener dos pretendientes tan atractivos. Si, me han oído bien, los dos, porque ese pelirrojo no tiene calma ni partes feas. ¡Ya les contaré el próximo viernes!
 
En la sala de los Williams, los dos adolescentes estaban rojos como tomates. La abuela sonreía, divertida, y Anariel había estallado en carcajadas.
 
-Con que no tienes calma ni partes feas. ¡Por Yavanna, Vána y Nessa! Eso si que es guardar las formas. ¿No te parece divertido, Fred?
Pero Fred tenía el rostro congestionado de la rabia, y eso congeló la risa de su esposa.
-¿Qué pasa?
-¡No han dicho su nombre! –reclamó el hombre. -¿Acaso Aralqua no merece ser mencionado por esa cotillona pretenciosa?
-¡Papá! – Aralqua sintió que su bochorno llegaba a grados infinitos. ¿Su padre quería que dieran más detalles en la TV? ¡Lo estaban transmitiendo en los Estados Unidos!
-Calma, Fred, calma. Esa mujer quiere garantizar público para su próximo programa. Recuerda que ningún medio de prensa ha revelado nuestro nombre, será su primicia. Además, es mejor así. Recuerda que tu familia aún no lo sabe, y no creo que les agrade enterarse de que tu hijo es gay a través de una presentadora de televisión cotillona y pretenciosa.
Williams apretó los labios, pero aceptó las razones de su mujer.
-¿Podemos volver al programa? –rogó Aranwe. –Mi papá debe estar al llegar.
-¡Claro, hijo! –Anariel se apresuró a subir el volumen del aparato. –Discúlpanos. 
 
Volvieron a concentrarse en la pantalla. Al parecer, Langbardur Esgaroth había terminado de comentar la chismografía básica de la lista de invitados. Ahora señalaba a la puerta de la mansión, unos quince metros por delante de ella.
 
-Las princesas Finduilas y Lothiriel Vorondion se han presentado en la puerta. Eso significa que ya está a punto de llegar el primer invitado de la noche.
La conductora se volvió y señaló a su derecha.
-¡Si! Vean cómo se acerca el auto de nuestro honorable Primer Ministro Adanedhel Arthedain. ¿Con cuál de sus esposas vendrá? He oído decir que su hija mayor tiene sarampión. ¿Habrá aprovechado todo el gabinete para que sus vástagos se inmunicen?
 
Este comentario si produjo risas en toda la familia.
 
Aparte de los problemas políticos del gobierno, y de las notorias contradicciones entre una membresía construida a base de pactos entre partidos, académicos y revistas ligeras bromeaban por igual en que el único punto de coincidencia allí era el apoyo al aumento de la natalidad en el Primer Mundo, a partir del ejemplo personal. Entre ministros, voceros y asesores, tenían un promedio de tres hijos por persona. Adanedhel Arthedain estaba esperando a su quinto bebé. Él mismo había acuñado dos frases burlescas sobre su equipo: "nuestro gobierno sesiona en una guardería" y "lo dejaremos porque no podemos mantener a nuestras familias con estos salarios".
 
La pantalla se llenó con la defensa del auto –una limosina marca Meara de color negro- y los hombres que la rodearon en cuanto se detuvo. Un guardia de imponente aspecto abrió la puerta y la casi calva cabeza de Arthedain fue visible. Hubo aplausos, vítores y flashazos de cámaras.
 
El Primer Ministro salió, saludó al público, se inclinó hacia el auto y ayudó a salir a una mujer joven, de cabello azul peinado en una elaborada cebolla, que vestía un ajustado traje verde mar.
 
-Parece que nuestro Jefe de Gobierno está decidido a bailar esta noche –opinó la conductora. –No, un momento, alguien más está saliendo del auto. ¡Esto es tremendo! Tenemos que preguntarle.
 
La cámara se acercó rápidamente al auto y Langbardur Esgaroth apareció al lado del premier.
 
-Señor Primer Ministro, es un placer verle en tan buena compañía.
Adanedhel Arthedain pasó un brazo por detrás de cada acompañante y sonrió a la rubia.
-La mejor compañía del mundo, Langbardur, además de mis bebés, claro.
-Sin embargo, usted no suele asistir a reuniones que incluyan dignatarios extranjeros con sus dos cónyuges. Alguna vez, el vocero del gobierno dijo que no quería equívocos que empañaran nuestras relaciones internacionales.
 
En su casa, Williams sonrió divertido ante la elegante metáfora de la periodista. ¿Tal vez no era tan cabeza hueca como parecía?
 
Lo cierto es que la mayoría de los extranjeros –él incluido- no sabían cómo tratar a un hombre transexual gay que ya iba por su tercer embarazo. En cualquier otro país del mundo, sería material de debate para siquiatras, organizaciones pro-LGBT y medios amarillistas, no parte de la alta política nacional.
 
Se asumía que el joven y prometedor senador se había casado con él (¿o ella?)  en 1982 porque pertenecía a uno de los clanes más poderosos del país y quería, como cualquier hijo de braceros del norte, asegurarse la permanencia entre la élite, acabara como acabara su carrera política. Eso duró hasta que, perdiendo la sangre fría que lo había hecho famoso, el entonces candidato a embajador en la ONU la emprendió a golpes con un adversario que se burló de Belegund. La frase "Eres tan ambicioso que te has casado con una loca que no soporta su propio cuerpo" la pagó el bocazas con cuatro dientes y una costilla. Perdieron el puesto en la ONU, pero Belegund y Adanedhel Arthedain fueron elegidos pareja del año en 1983.
 
Para que quedara claro que lo de ellos si era amor y tradición, en 1984 se habían casado con la niñera de su primogénito. Krasnaya era una vegana radical que, se decía, había inclinado a su esposo a prestar más atención al movimiento ecologista. La fórmula había rendido frutos y los votos verdes habían supuesto la diferencia para que Adanedhel Arthedain ganara las elecciones de 1994.
 
El premier se inclinó un poco para responder a la interrogante.
-Langbardur, esta no es una cita oficial, venimos a la fiesta de compromiso de John e Ivana, y a rendir honor al Príncipe G. Mis cónyuges y yo tenemos mucha satisfacción de haber recibido una invitación expresa de su Alteza. Es cierto que a veces Belegund, que tiene gran delicadeza y sabe que somos un país especial, prefiere quedarse en casa para evitar roces, pero hoy, te repito, honramos las tradiciones de Arda. Esta noche sería un sacrilegio disimular quiénes somos, cómo amamos, qué nos hace singulares. Un saludo a todas las personas que nos ven.
-Muchas gracias, Primer Ministro.
 
La cámara les siguió mientras cruzaban la alfombra roja hacia la puerta.
 
Anariel pensó que era la mejor manera de empezar el evento social del año: el flemático Adanedhel, robusto y calvo, la chispeante Krasnaya, con su pelo azul, y el elegante Belegund, luciendo los cinco meses de su tercer embarazo, abrazados y sonrientes. La familia perfecta que debía tener un Primer Ministro, sin importar su filiación política. Imagen icónica de la diversidad sexual de la cual Arda estaba tan orgullosa y mostraba al mundo –vía satélite, en vivo y en directo.
 
-¿No son bellos? –interrogó Langbardur a la cámara. –Bueno, belleza va a sobrar esta noche. Ya llegan los autos del resto del gabinete de gobierno.
 
Aranwe decidió aprovechar ese momento para excusarse, pues seguro su padre no saldría hasta que los doce ministros desfilaran por la alfombra roja.
-Mamá, ¿a qué se refería esa locutora con lo de "la familia Lómendil siempre genera pasiones tormentosas"? –preguntó Aralqua en cuanto sintió cerrarse la puerta del baño.
 
Anariel y Eala intercambiaron miradas. La anciana hizo un leve gesto de negación, y la mujer apretó los labios.
 
-Eso se lo tienes que preguntar a tu novio, hijo.
-¿Por qué, si parece que toda Arda lo sabe?
-Porque a ti te tiene que interesar, en primer lugar, la versión de los Lómendil, y solo después lo que la prensa diga sobre ellos dos.
-¿Es malo? ¿El señor Aldaben estuvo preso o algo así?
Anariel suspiró, insegura de cuál era la respuesta, pero Fred vino en su ayuda.
-Es una historia triste, Aralqua, y privada. Yo creo que tu madre tiene razón, debes oír primero lo que Aranwe tenga que decir al respecto.
-¿Respecto a qué? –demandó el rubio desde la galería.
Aralqua bajó los ojos, avergonzado, pero Eala lo sacó del enredo.
-El hijo de mi nossëhíni sigue convencido de que no te gusta su pelo rojo. ¿Puedes, por favor, hacer una declaración ante testigos sobre tu parecer?
Aranwe sonrió, se acercó a besar a su novio y se puso la mano derecha sobre el corazón.
-Juro ante ustedes, mis testigos, y ante los testigos mayores, Manwë, Rey de los Vientos y Varda, Reina de las Estrellas, que amo el pelo rojo de Aralqua Williams como parte de él, a quien no cambiaré, porque entonces no lo amaría sinceramente. Si miento ahora o falto luego a mi palabra, que Mandos me castigue. ¿Satisfecho?
El pelirrojo asintió, con las mejillas casi del color del pelo.
-Y justo a tiempo, creo que ese es el auto en que se fue tu padre.
 
Dentro de la limosina, Yordan se pasó la mano por el pelo con cuidado y comprobó su traje. No, nada estaba fuera de lugar, aunque el diseño de la guayabera se le antojaba anacrónico y poco glamoroso.

-Tranquilo, luces espectacular –susurró su acompañante.
-Fácil para ti decirlo –y le dio un beso breve. –Pero esta norma de usar ropa típica me pone incómodo. En mi país, solo usan camisas semejantes los intérpretes de música campesina y los guardaespaldas.
El otro rió, divertido.
-Es mejor que usar falda ¿no? –y señaló su propio atuendo:
Una túnica que caía hasta las rodillas, ajustada por cinturón y tahalí, como accesorios un collar de eslabones y una espada corta de utilería. El pelo estaba ordenado en tres trenzas rematadas con cintas de cuero negro.
-A ti te sienta.
-Claro, para todos ustedes, extranjeros, los ardenses somos gays vegetarianos adoradores de los elfos –repuso divertido. –No importa cómo vayamos vestidos, incluso es mejor que vayamos vestidos "exóticamente".
-Para mi es mejor que no vayas vestido en absoluto –le cortó Yordan.
-Cuidado, supermodelo, que no podemos llegar a la Casa de los Senescales con la artillería cargada.
 
El rubio río y volvió a mirar afuera. El auto ya doblaba para entrar a una calle estrecha con las aceras colmadas por una multitud armada de cámaras.
 
-Hay más periodistas que en una entrega de Oscar –comentó.
-Es comprensible, pues no solo artistas vienen hoy a la fiesta –respondió el otro en lo que se enderezaba.
 
Al fin se detuvieron. Yordan esperó a que les abrieran la puerta y respiró hondo, con la misma inquietud y miedo de siempre antes del inicio de un desfile o acto social.
 
Esto no se trataba solo de una cita con los parientes del novio. Janice había pagado 20 grandes por la invitación, ya que ser aceptado allí le catapultaba automáticamente a lo más VIP de Arda. Que se ligara a un hombre que había sido invitado por su sangre era, sin dudas, una señal de Yemayá de que esta vez iba por buen camino. O una coincidencia maravillosa y predecible, considerando dónde vivía el rubio –en opinión de su muy materialista representante.
 
En todo caso, ahora tendría buena compañía cuando chocase con el embajador. Que no era poco para él.
 
La puerta se abrió, Yordan se deslizó fuera y saludó. Sintió la mano de su acompañante en la cintura y una sonrisa firme le suavizó los rasgos.
 
Langbardur Esgaroth y un camarógrafo se materializaron a su lado.
 
–Bienvenido, honorable Aldaben Lómendil, Señor del Cauce de Plata –dijo con una leve reverencia. –Qué gusto verte, Yordan –se volvió hacia la cámara. –Estimado público, acaban de observar la llegada de uno de los mejores narradores de nuestra lengua y uno de los modelo más atractivos del mundo. Y no lo digo yo –guiñó un ojo en gesto pícaro–, sino las encuestas. Honorable Lómendil del Cauce de Plata, ¿son usted y el señor Oliva, amigos?
 
Yordan se tensó ante la pregunta, aunque –entrenado como estaba para lucir impasible- no lo dejó traslucir. Sabían que la harían, y era una suerte que, por razones protocolares, la periodista estuviera forzada a interpelar a Aldaben –porque era un noble ardense 15 años mayor que él. Menos mal, porque Yordan no se sentía cómodo en su precario ardense para hablar de sentimientos.
 
-No Langbardur, ¡qué idea tan despistada! Ocurre que Yordan ha hecho que el sol toque mi corazón después de ocho años. Ahora somos amantes. Lo estoy convenciendo para que consienta ser mi novio. ¿Crees que tengo oportunidad?
La periodista rió divertida, pero no se comprometió.
-Honorable Lómendil, le deseo suerte en ese reto y también les deseo que disfruten la fiesta.
 
Ella se hizo un lado y la pareja avanzó hacia la puerta de la Casa de los Senescales.
 
En la sala de los Williams, Aranwe se había quedado de una pieza.
–¿Pasa algo, amor? –Aralqua le sacudió el hombro, preocupado.
–Creo que… creo que mi padre planea casarse con ese muchacho.
 
Continuará…
 
Notas
 
Male pregnancy / Embarazo Masculino
 
Male pregnancy is the incubation of one or more embryos or fetuses by male members of any species. In nearly all heterogamous animal species, offspring are ordinarily carried by the female until birth, but in fish of the Syngnathidae family (pipefish and seahorses), males perform this function.[1] By some definitions of male identity, human men have done so in certain instances, and male humans incubating fetuses are a recurring theme in speculative fiction.
 
Transgender people
 
Some female-to-male transgender people can become pregnant, while still identifying as men. This is possible for individuals who still have functioning ovaries and a uterus. For example, Matt Rice, a transgender man, bore a son named Blake in October 1999 following random sperm donations from three cisgender male friends during a relationship with transgender writer Patrick Califia.
 
Thomas Beatie, another transgender man, has borne three children. He chose to become pregnant because his wife Nancy was infertile, doing so with cryogenic donated sperm and a syringe, at home. Thomas wrote an article about the experience in The Advocate. The Washington Post further broadened the story on March 25 when blogger Emil Steiner called Beatie the first "legally" pregnant man on record, in reference to certain states' and federal legal recognition of Beatie as a man.
 
In 2010, Guinness World Records recognized Beatie as the world's "First Married Man to Give Birth." Beatie gave birth to a girl named Susan Juliette Beatie on June 29, 2008. Barbara Walters announced Beatie's second pregnancy on The View, and Beatie gave birth to a boy named Austin Alexander Beatie on June 9, 2009. Beatie gave birth to his third child, a boy named Jensen James Beatie, on July 25, 2010. Beatie has since had a phalloplasty to create an artificial penis and is also considering a hysterectomy.
 
Yuval Topper, an Israeli transgender man, gave birth to a child on December 28, 2011.
 
Richard Guzzo, a Canadian man, gave birth to a succession of children in the years 2001, 2004, 2007 and most recently became the first trans identified male to give birth to natural twins in June 2011. Although Richard previously identified as a transgender male, new medical evidence suggests that Richard may actually have an intersex condition, CAH.
 

03 marzo, 2013

EN BUSCA DE UN SUEÑO 36

Hablando claro
 
"Conmigo vais, mi corazón os lleva"
Joaquín Sabina
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad
 
Legolas se detuvo en el umbral del despacho de Aragorn.
–¿Me llamó su Majestad?
 
El Rey no giró a verlo, apenas hizo un gesto imperioso para que entrara. El elfo dio un paso, las puertas se cerraron y la voz del hombre restalló como un látigo.
 
-¿Cómo haz hecho esto sin mi consentimiento?
Legolas se congeló en el lugar. ¿Aragorn le estaba gritando?
-Hice lo que tenía que hacer –repuso una voz firme y pausada.
 
El rubio pestañeó, tratando de calmarse. Faramir era el objeto de la ira del Rey, no él. Bien. ¿Su esposo deseaba que los tres discutieran el asunto de Entre Ríos?
 
Aragorn se volvió en ese momento. Legolas alcanzó a ver cómo controlaba su expresión: los gestos crispados por la rabia se relajaron hasta que el rostro del hombre se hizo casi afable. Solo entonces el Rey lo miró, y sus ojos grises se iluminaron. Era tanto el amor allí, que el elfo no pido evitar dar un paso adelante.
 
-Aragorn…
 
El hombre extendió una mano y el rubio imitó el gesto. Las yemas de sus dedos se tocaron y Legolas sonrió al volver a sentir la calidez y textura algo áspera de la piel de su esposo.
 
-Legolas –susurró Elessar, y solo ellos dos pudieron oírlo.
 
El elfo imaginó de repente que estaban solos en Arda, sin más límites que lo que sus brazos e inteligencia pudieran construir. No había dolores pasados, ni temores sobre el futuro. Legolas soñó despierto que eran libres e inocentes, y la sonrisa que esta ilusión le provocara le hizo lucir tan joven como un humano que aún no cumple la segunda década de vida, tan joven como cuando entró por primera vez en Minas Tirith, sucio de polvo y sangre, pero feliz.
 
Así de poderosa es la sonrisa: anima un rostro adusto y pálido y pinta, por un instante, la belleza que los escultores nunca podrán retener.
 
Y fue cierto, porque el Senescal estaba ahí, y vio como el Rey y el Príncipe, eran en la intimidad: amantes arrobados que se miraban y tocaban con la delicadeza de un pétalo del lissuin de dulce fragancia. Así como es persistente y leve el perfume de esa flor, la pasión que alentaba la sangre del hombre saltó por un momento el muro de hielo que el dolor había erguido alrededor del corazón del elfo.
 
Faramir les vio y sonrió en silencio, porque supo que sus oraciones e intrigas tendrían premio, aunque tardara varias estaciones. Ese era el Legolas que había visto antes de la boda, antes de la muerte de Elrond, Thranduil y Auril, antes de la coronación. Legolas volvería a ser la primavera de Aragorn y él podría dedicarse a su esposa y sus coles en Ithilien.
 
Un leño estalló en la chimenea, el elfo, sobresaltado, apartó los ojos, y el hechizo fue roto.
 
El calor de los dedos del hombre ahora le quemaba, así que se retiró, entrelazó las manos y bajó el rostro para que no se le notara el rubor de las mejillas. Suspiró y, al confrontar a los dos hombres, era de de nuevo el elfo circunspecto y discreto que conocían los habitantes del palacio.
 
–¿Su Majestad desea discutir el asunto de Entre Ríos? –dijo al tiempo que se acercó al fuego.
Aragorn carraspea y se rehace.
-Lamento profundamente que te molestaran con ese asunto –y dirigió una mirada envenenada a Faramir.
-Entiendo que es un pedido tradicional a la pareja del Rey.
Aragorn hizo una mueca.
-Es una tradición que busca esquivar la Ley y apelar al sentimentalismo. Además, temo que esa historia sórdida te perturbe. Si quieres dejar el asunto de lado, podrías olvidar…
-¿¡Olvidar!? –Legolas giró para mirar a su esposo de frente y sus ojos se entornaron, peligrosos. –Esa niña vino a decirme que tuvo que matar a su padre y tú ¿quieres que lo olvide?
-¡No escuché eso! –gimió Faramir.
-Como si no lo hubieras sabido desde el inicio –repuso el elfo sarcástico.
Pero Faramir no perdió la compostura.
-Lo único que admitiré saber, es que un esclavo envenenó al Señor de Entre Ríos. Los métodos más extremos de interrogatorio no lograron que cediera a confirmar la existencia de ningún cómplice, esclavo, siervo, liberto o noble. Insinuar que Lady Felyandariel está involucrada de algún modo en tan sórdida trama, es una ofensa a su honor, que es el honor de la corona, pues se trata de una descendiente de la familia de la última reina de Gondor. La Ley fue escrita hace más de cinco siglos para evitar que los esclavos se aliaran con libertos subversivos o nobles intrigantes, esa Ley es lo que permite a los señores de los feudos de todo el reino dormir tranquilos en sus granjas aisladas y asediadas por sureños y orcos…
-¡Después de vejar a sus cautivos para sacarse el calor del cuerpo! –le interrumpió Legolas con fuerza. –La esclavitud es una condición antinatural, los Valar no hicieron a los firimar esclavos de los eldars, luego, los firimar no pueden hacer esclavos a sus iguales. Ese es el tipo de cosa que nace entre los adoradores del Ojo y su amo Melkor. ¡Qué por siempre sufra en el vacío! Y quien defienda semejantes costumbres no es más que un traidor a Eru.
Ambos hombres contemplan estupefactos a Legolas, Aragorn con sorpresa, Faramir sonriente.
-¡Vaya!, estáis vivo, Alteza, sabía que solo tenía que hallar el asunto que le interesara.
Solo ahora Legolas se da cuenta de que acaso puso demasiada pasión en su alegato.
-Yo…
-Tú la apoyas –y el tono de Aragorn es de clara acusación.
El elfo no baja los ojos, descubre asombrado que no le pesa condenar en su corazón al padre de Felyandariel y Fucik.
-Si.
-Oíste todo lo que dijo, le crees a esa desnaturalizada y planeas darle el perdón. ¡Mandó a matar a su padre!
–Su padre era un violador que disfrutaba el derecho de pernada el día de la boda de sus siervas. ¿Crees que no lo recuerdo? Recuerdo perfectamente su mirada lasciva sobre mi cuerpo cuando cabalgamos hacia la Puerta Negra, sus sonrisas burlonas cuando caminábamos por el campamento. Acúsame de honrar la entereza de una niña, tu, que reinas sobre esclavistas.
-¡Yo no reino solo! –se defiende Aragorn. -Tú también eres soberano de Gondor y Arnor, y no te oí quejarte de que el jardín esté tan bien cuidado.
-¿Cómo puedes acusarme de cómplice del esclavismo?  Este no fue un matrimonio arreglado. Yo llegué aquí siguiéndote, nadie me dijo nada sobre las leyes de tu país antes de casarme. En cambio, tú ya conocías la Ciudad Blanca.
-¿De dónde sacas que…?
-Le contabas cuentos a Boromir y Faramir de pequeños.
El hombre se pone rojo y luego pálido.
-¿¡Faramir!?
El Senescal luce incómodo por primera vez.
-No tiene nada de vergonzoso que un viajero de lejos ponga un retablillo de títeres. Le dije, te juro que le dije que solo contabas historias heroicas, y que por eso le gustaban tanto a Boromir.
El Rey resopla, molesto.
-Tu y yo tendremos que aclarar lo que se puede revelar de mi pasado –adopta luego un tono aleccionador. –Además, en realidad estaba ocultándome de Denethor, que ya me conocía. Gandalf me había dicho que quienes mejor conocen los secretos de la ciudad son sus vagabundos y cuentacuentos.
-Seguro –repone Legolas sarcástico.
-Ustedes dos siempre se las arreglan para enredarlo todo –se queja Faramir. –Empezamos por la muerte del Señor de Entre Ríos y ahora hablamos del retablillo de títeres de mi infancia. ¿Cómo podré hacer mi trabajo?
-Haciéndolo, en lugar de involucrar a mi esposo.
Pero Faramir ni siquiera finge que le molesta la amenaza de esas palabras. Sonríe satisfecho y responde con desparpajo:
-Vuestro real consorte, Majestad, tiene obligaciones. Creo que es evidente a estas alturas, por la bronca que se han montado solos, que le sobran las energías para enfrentarlas.
 
Elfo y edain se miran asombrados, acaban de caer en cuenta de que pelearon y Legolas no estalló en lágrimas, de que se acusaron mutuamente y a Aragorn no le asaltó la culpa. El rubio se dobla sobre si mismo y empieza a sacudirse.
 
–¿Legolas? –se inquieta Aragorn, y en dos zancadas está a su lado. -¿Amor?
Entonces la cabeza rubia se alza, hay una sonrisa genuina en su rostro.
-Somos un par de ridículos ¿no? –y estalla en risas que el hombre no tarda en acompañar.
-Lo somos –reconoce Aragorn entre hipidos, cuando ya le duelen las costillas. –Y mi Senescal es un maestro de la intriga –agrega volviéndose hacia Faramir, que se ha sentado a contemplar el espectáculo con una copa de vino en la mano.
El aludido solo asiente, con expresión socarrona.
-¿Lo supiste todo el tiempo? –pregunta Legolas mientras se seca una lágrima furtiva.
-Era una apuesta, aunque estaba bastante seguro de ganar –admite Faramir. –Su Majestad te tuvo envuelto en paños de lana demasiado tiempo, pero tu mirada se ha estado animando desde que Geniev se fue a la Academia. El interés en sus amigos y la racionalidad con que les juzgaste me indicaron que tu alma estaba equilibrada. La prueba final fue la "Danza de los Amantes del Norte", que interpretaron los elfos de Ithilien en la merienda campestre.
 
Legolas suelta un gemido involuntario. Recuerda perfectamente cuánto le afectó ver una parábola de su romance en escena, y las mejillas se le encienden al evocar sus sentimientos de esa noche.
 
–Lloré.
–Pero te contuviste en cuanto Aragorn te pidió ayuda.
–Gracias Faramir, de nuevo –dice Aragorn con voz conmovida.
–Yo les daré las gracias cuando el asunto de Entre Ríos se resuelva.
Pero el rubio hace un gesto con la mano.
–Comprarás a toda la servidumbre del feudo con mi dote.
-Eso es… radical –advierte Faramir.
-Y necesario –apoya Aragorn. –Legolas tiene razón en que, después de un año de gobierno, no hemos hecho nada contra la esclavitud en Gondor.
–Señor, el 30% de la mano de obra de esta ciudad es esclava. En el campo, los índices son aún mayores. Liberarles puede llevarnos a una crisis, y todavía no nos recuperamos de la congelación de las hipotecas. Además, ¿qué haríamos sino con los prisioneros haradrims?
–Nadie habla de darles la libertad en un día, pero podemos hacer un plan, que todo sea arreglado en una década, ¿no es ese tiempo suficiente?
–No lo se –admitió el Senescal, pero la expresión decidida de sus soberanos le forzó a suavizar la negativa. –Así que tendremos que averiguarlo.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Igor puso calzones y medias en su lugar con el eficiente método de girar la bolsa y sacudirla a conciencia. Cerró la gaveta con la cadera y se giró para tomar del suelo la bolsa con sus camisetas, que ocuparían la división inferior.
 
–¿Siempre eres así de cuidadoso con la ropa? –le preguntó G en lo que cerraba la puerta y avanzaba hacia el centro de la habitación.
 
Igor sintió algo de inquietud al verlo acercarse. G se lo había cogido ya dos veces en las pasadas cinco horas. Primero en el despacho, cuando aceptara ser su amante, luego en el comedor, con el creativo uso de los elementos que debían ser el postre. No podría ver una macedonia de frutas como comida nunca más, estaba seguro.
 
-Nadie ve si tengo los calzones estrujados.
-Yo lo veré –repuso el moreno con voz lánguida y se apoyó en uno de los postes de la cama.
Esto desorientó a Igor. ¿Qué debía responder? G sonrió divertido.
–No trates de hallar una respuesta, melda, querido, es solo charla. Los viejos también sabemos de conversaciones ligeras. La verdad, yo tampoco me voy a fijar.
-Entonces seguiré, eh, desempacando –concluyó el joven y le dio la espalda para terminar la mudanza.
 
En realidad no era mucho, apenas tenía ropa en la Mansión: un traje formal, un vaquero, tres camisas y una chaqueta de cuero. En las cuatro semanas que llevaba al servicio de G, se había hecho el firme propósito de no atarse a esa casa de fantasmas, y se obligaba a regresar al apartamento a bañarse, masturbarse pensando en el príncipe y cambiarse.
 
Un modo patético de mantener la distancia que había resultado, además, inútil.
 
-¿Te gusta la ropa clásica?
 
Igor terminó de colgar su chaqueta en el armario antes de voltearse. Esta era una pregunta con trampa, seguro. No valía la pena hablar de dinero, G estaba más allá de los precios, ni de lo apropiado, pues ahora tenía "derecho" a usar ese tipo de ropas.
 
-Si –admitió con un suspiro.
-Bien. Abre la puerta de la derecha. 
El joven lo hizo y…
-¡Santa Madre de los Maiar!
 
La puerta de la derecha no era un armario, sino una galería unos dos metros de ancho y ¿diez? de profundidad. Había ropa colgada allí, mucha, acaso demasiada.
 
A la derecha, lo que alguien como G debía considerar "ropa extranjera": juegos de pantalón, chaleco, saco y corbata, camisas, vaqueros, abrigos largos, chaquetas de piel, ropa deportiva. La ropa que él y sus contemporáneos de todo occidente usaban a diario. A la izquierda estaba la "ropa clásica", versiones actualizadas de los trajes tradicionales de Arda, que identificaban a la clase alta del país. Se consideraba absolutamente inapropiado usar tales ropas sin pertenecer a la nobleza o la Sociedad Moriquendi.
 
Los antiguos ardenses tenían fobia al vacío, que identificaban con Melkor, así que todo diseño de colores planos se consideraba herético. Además, obligados por el terrible frío del invierno y la persistencia de los mosquitos en verano, la ropa debía cubrir la mayor parte del cuerpo. Esas exigencias prácticas habían llevado a soluciones estéticas extremas, que no dejaban a la vista más que el rostro, por caro que resultara. Pero Arda nunca renunció a la sensualidad y espíritu práctico del legado élfico, la ropa debía cubrir e insinuar, realzar la figura, no ocultarla, y permitir cualquier actividad física, desde cabalgar hasta amamantar.
 
Al fondo había entrepaños con calzado de diverso tipo.
 
Igor sintió un leve mareo al considerar la cantidad de dinero que representaba este guardarropa. Y un poco de miedo, al notar las manos del G en su cintura.
 
-Espero que te guste. Mi amante no debe andar por ahí vestido de firyarekaiello –el aliento del príncipe junto a su oreja le excitó.
-No, claro, hay que guardar las formas y proteger el honor nacional –Igor jadeó, G le  estaba colando las manos por debajo de la camisa.
-Me gusta tu patriotismo, Igor –ronroneó el moreno. –Mucho.
 
No hubo más palabras, porque G empezó a besarle la espalda y el joven rubio cerró los ojos, concentrándose en el placer inmediato, abrumador. Era como si un mapa erógeno perfectamente conocido por G estuviera dibujado en su piel.
 
Cedió a los leves tirones y retrocedió con pasos cortos hacia la cama. Luego G le hizo girar y se sentó en el borde del lecho. La cabeza quedó justo frente a la cintura de su amante.
 
–Esta cama está muy bien diseñada ¿no crees? –comentó mientras abría el pantalón y bajaba los calzones.
Igor respondió de modo entrecortado mientras su pene, ya erecto, era engullido por la ávida boca del moreno.
–Una… gran obra de… artesanía mi Señor… que… pone en alto la… tradición de Arda.
De modo automático puso una mano en la coronilla del mayor y jugó con su pelo. 
 
G miró hacia arriba, los ojos mostraban satisfacción. Sus manos agarraron las nalgas del chico para mantenerlo en su sitio en lo que la succión aumentaba de intensidad.
 
Igor cerró los ojos, imaginó que no estaba en la boca de G, sino entre sus piernas, que el moreno era un temblor de carne que decía su nombre en cada envestida. Gimió al sentir en la base del cráneo el cosquilleo que precedía al orgasmo. ¿Tan pronto?, alcanzó a preguntarse.
 
-Ya casi…
 
G apartó la boca un segundo antes del estallido, pero no dejó de sostenerle. El semen se deslizó entre el vello por los muslos, manchó calzones y pantalones, con sus salpicaduras, de modo leve, y al escurrirse, porque ninguno de los dos pensó en detener el flujo.
 
-Ven.
G hizo que se sentara a su lado y le pasó un brazo por sobre los hombros. Algo atontado por el orgasmo, el joven apoyó su cabeza en el hombro del príncipe y suspiró.
-Parece que no he perdido el toque –en la voz había un claro dejo de satisfacción. –Lamento no haber sido atento contigo antes –agregó.
Ese comentario hizo que Igor se irguiera, sorprendido. ¿G se estaba disculpando porque en sus dos primeros encuentros solo había mostrado interés en si mismo?
–No tiene importancia.
–Si la tiene –rectificó el otro. –Te dije que no serías humillado.
El rubio asintió en silencio. Eso fue suficiente para G, que cambió bruscamente de tema.
–¿Sabes bailar?
–¿Bailar? –Igor arrugó el ceño, ¿se refería G a bailes tradicionales? –Fui el muchacho que aplaude número tres en una coreografía de la escuela. Es lo más lejos que llegué.
El moreno soltó una risa corta.
–Estaba pensando en bailes de salón.
–No, no se bailes de salón –y se saltó la parte en que su padre le daba una paliza por mirar demasiado "Saturday night fever".
–¿Por lo menos bailas tango?
Igor enrojeció de golpe.
 
Llegado alrededor de 1880 en los barcos de los numeroneanos negros, junto con la carne de primera calidad del Río de la Plata, el tango había sido abrazado en Arda sin reservas. Porque era la única danza extranjera que, en esos tiempos, admitía parejas del mismo sexo (1). Cuando el tango llegó a París, en 1910, los moralistas pretendieron que las parejas solo podían ser mixtas, y hasta los argentinos se habrían olvidado de cómo los cuchilleros se hacían arrumacos al ritmo de la milonga si no fuera por Arda, porque en los salones de la nobleza edain solo había un baile "exótico": el tango rioplatense tradicional. Así llamado para diferenciarlo del tango moderno, heterosexual y machista.
 
Para las familias cristianas de Arda (para la familia de Igor), el tango rioplatense era una de las tantas costumbres edain de las cuales los jóvenes "buenos y normales" debían ser protegidos. En el ambiente en que él había crecido, era certeza absoluta que "en el tango la decencia se encuentra en pleno naufragio", como dijera L'Osservatore Romano en 1914. (2)
 
Él no había podido verlo hasta que, en el bachillerato, se hizo amigo de Boris y otros jóvenes de la alta sociedad edain. Boris mismo le había enseñado los pasos básicos antes de su primera cita, para que no hiciera un papelón absoluto cuando sonara el bandoneón. A veces bailaba con Silvia, cuyo esposo Alcar era incapaz de ir más allá del disco y el reggae. Pero la idea de bailar con otro hombre <i>en público</i> le dejaba sin aliento.
 
–Si, claro que bailo tango –se obligó a admitir.
–Bien, le diré a Lady Finduilas que la orquesta debe tener al menos dos tangos en su repertorio.
–¿Lady Finduilas? –Igor temió entender lo que eso significaba.
–Se supone que abrimos y cerramos los bailes a los que nos invitan, el parte del protocolo –explicó G. –Yo guío el primer baile, tú lo haces en el segundo.
–Si, si, pero ¿qué tiene que ver Lady Finduilas en esto? –demandó el joven sin poder ocultar su inquietud.
–En dos días será la Fiesta de Presentación de Ivanna, en la Casa de los Senescales.
A Igor el alma se le fue para los pies. Había entendido perfectamente lo que significaba y…
–Yo no puedo… mis padres, toda la familia estará allí… - los balbuceos de Igor hicieron que G le apartara bruscamente.
 
El moreno se levantó de la cama y miró desde arriba al muchacho. El rostro estaba vacío expresión, volvía a ser esa persona lejana e insensible que desagradaba y fascinaba a partes iguales a Igor.
 
–Eres mi amante, vas a bailar conmigo donde se me antoje. ¡Es un honor bailar conmigo! –y se marchó.
 
Igor se dejó caer en la cama, descorazonado. Empezaba a sospechar que la parte más sencilla de ser amante oficial de G sería… el sexo.
 
Rivendel, año 2 de la Cuarta Edad
 
–Una espada, un sapo, una copa, una flor, un zapato, una cuchara… –su voz tembló por la insinuación–, aceite de flores y ¡un beso!
 
Elladan se quitó la venda de los ojos y giró. En efecto: Elrohir y Amroth se besaban con pasión al otro lado de la estancia. Junto a ellos, en una mesa baja, estaban los siete objetos que enumerase. Se acercó y, con un movimiento fluido, sustituyó a su gemelo en la boca del avari.
 
–¿Ya nos crees? –preguntó Elrohir a su joven prometido cuando terminó el beso.
Amroth asintió, tenía las mejillas arreboladas por el amor y el asombro.
–Les creo, si, les creo.
 
Los tres van a sentarse a la cama de pieles y cojines que han armado junto al fuego. La borrasca se abate sobre Rivendel en estas últimas semanas antes del fin del invierno y la comunidad entera vive a puertas cerradas. Dentro de nueve meses habrá muchos partos.
 
–¿Siempre fue así? –inquiere el más joven tras beber un trago largo de vino tibio.
Elladan asiente.
-Al principio, creíamos que todas las personas podían. Poco a poco comprendimos que  no, que esa posibilidad de ver el mundo desde dos puntos de vista simultáneos es negada a la mayoría, excepto en momentos de iluminación.
–Eso que me hiciste… -Amroth vuelve a temblar cuando evoca cómo Elladan supo del abuso al que lo sometieran Thranduil y el brujo Elemmírë.
-No, no pienses en eso, mi amor –Elrohir se presura a abrazarle. –Nunca más te forzaremos en modo alguno.
–Lo se –asegura Amroth y se deja abrigar entre los brazos fuertes del gemelo menor–, pero quiero saber cómo es –el joven calla un instante, tratando de formular la idea en el idioma de ellos. –Quiero saber si pueden leer todo el tiempo la mente de las personas a su alrededor.
Los elróndidas estallan en carcajadas simultáneas.
–¿Crees que nos hubiéramos metido en tantos problemas con semejante don? –responde Elladan tras calmarse. –No, a veces sentimos los estados de ánimo, Elrohir reconoce con bastante certeza la mentira, pero nada más. Eso que sentiste solo lo había hecho en la guerra, con prisioneros orcos por los que no sentía simpatía alguna. Desde que calló Fornost nunca me…
 
El gemelo se detiene, es complicado decir eso. Su relación de largo tiempo con Elrohir no le ha entrenado para hablar de sus sentimientos. Ellos siempre supieron lo que sentían, aunque no las implicaciones de ese amor, ni lo que debían hacer para sobrevivir sin dejarlo por el camino.
 
La llegada de Amroth le obliga a pensar sobre lo que lo que les mueve, atemoriza o satisface. A hablar de ello. Elladan no está acostumbrado a confesarse, porque la única persona a la que debía darle cuentas estuvo con él desde el principio, y estará –lo sabe- hasta el final.
 
-Desde Fornost nunca más use ese tipo de tortura, me parecía indigno golpear la mente de humanos o elfos. Esa noche, la mera idea de que alguien hubiera abusado de ti y yo no lo supiera, no le hubiera procurado castigo, me hizo perder el control. Te herí, y lo lamento profundamente. Solo puedo implorar tu perdón.
Amroth abre los brazos y Elladan se mete en el hueco estrecho de su pecho marfileño, estrecho.
-Esposo mío, yo entiendo que te sintieras ultrajado porque otros intentaran tomar lo que es tuyo y de tu hermano. No hay nada que perdonar.
 
Los gemelos suspiran a la vez. No es la mejor de las respuestas, pero al menos Amroth no les teme, ni les guarda rencor porque Elladan irrumpiese en sus recuerdos y le dejara sin conocimiento por dos horas. Permanecen quietos, disfrutando del calor de sus cuerpos abrazados bajo las mantas y del sonido de la ventisca fuera, hasta que una inquietud obliga al mayor a hablar.
 
-¿De quién fue la idea de poner un frasco de aceite entre los objetos de la prueba?
Elrohir mantiene el rostro impasible, pero a Amroth suelta una risita pícara que lo deja en evidencia.
-¿Con que esas tenemos? –el Señor de Rivendel mira a su gemelo. –¿Te dijo qué tenía en mente? –la imagen llega con claridad de inmediato.
El deseo con que Elrohir apoya la fantasía de Amroth es fuerte y claro.  
-Hagámoslo –jadea Elladan ya excitado.
 
El gemelo menor deja el lecho para ir en busca de los accesorios necesarios, mientras que el mayor comienza a sacarse las calzas. Amroth le imita. Vuelven a abrazarse, el roce de sus sexos erectos es delicioso. Elrohir regresa con el aceite de flores, un vaso pequeño, unos paños y una jofaina de agua. Deja todo entre el lecho improvisado y la chimenea.
 
Se desnuda de pie, mirando al fuego, mientras finge ignorar la mirada hambrienta de sus amantes. Gira lentamente, se arrodilla y gatea hacia la pareja.
 
-Esposo –suspira Amroth.
-Hermano –gruñe Elladan.
 
El mayor aparta las mantas y estira un brazo, atrae a su gemelo a la cama con vigor, con ansias. Hay besos, caricias, pellizcos, mordidas leves. Los hermanos sondean el cuerpo de su prometido con acciones coordinadas, buscando los pliegues donde la piel hace estallar el placer, las curvas que más les excitan. Hay sitios que el avari aún se resiste a dejar explorar, pero son pocos, y los elrondidas se retiran sin queja. No hay prisa ya, no hay miedo.
 
Amroth se agarra a Elladan y gimotea. Es un sonido estrangulado, mitad dolor, mitad placer, que los gemelos ya conocen. Elrohir le agarra las nalgas, muerde con suavidad el lado derecho de la estrecha cintura y desencadena el estallido.
 
El avari tiembla entre sus brazos, solloza.
-Está bien, amor –susurra Elladan, y pasa los dedos entre los rizos color nieve.
Amroth levanta el rostro, tiene los ojos arrasados de lágrimas.
-No me acostumbro –se disculpa, y vuelve a jadear al sentir las manos del otro gemelo, que colecta hasta la última gota de su escasa y traslúcida emisión.
Elrohir besa los labios de su prometido. Es un beso suave, para darle la oportunidad de calmarse antes de seguir.
–¿Ya?
Amroth asiente, toma la pequeña vasija donde Elrohir guardó su simiente y empuja con suavidad a Elladan.
–Tu turno, mi señor.
 
El gemelo mayor se deja caer entre las mantas y abre las piernas. Su falo, erecto y rojizo, se yergue entre una mata de pelo negro y rizado. Amroth suspira y resiste la tentación de devorar tan bello pedazo de carne. En cambio separa las piernas del noldor y derrama unas gotas de su semen allí. Elladan sisea, pues el líquido está frío y pegajoso, pero los labios de su hermano le hacen callar. El avari sumerge un par de dedos en el vasito, y penetra a su prometido.
 
Las caderas de Elladan se levantan y sacuden. Amroth deja a un lado el vaso de improvisado lubricante y usa la mano libre para retenerlo en su lugar. Gira los dedos dentro del apretado trasero y los separa todo lo posible, estira el delicado tejido interior de a poco, pero sin ceder a los movimientos musculares que intentan expulsarle.
 
–Por favor, por favor –solloza ahora el Señor de Rivendel.
-Tan deseoso –canturrea Elrohir. –¿Qué es lo que quieres?
Pero la leve burla espolea a Elladan. La voz no es débil, la respuesta tampoco.
–Te ordeno que me penetres y des alivio a este deseo.
 
El segundo gemelo derrama sobre su propio miembro los restos de la eyaculación de Amroth y lo extiende con cuidado. Apenas es suficiente para lubricarlo y piensa que, si no fuera porque se han comprometido a seguir la fantasía al pie de la letra, tomaría del aceite de flores. El avari retira los dedos del interior de Elladan y se aparta un poco. Elrohir se arrodilla entre las piernas de su hermano, le levanta las caderas y lo penetra de una envestida.
 
Elladan tira la cabeza hacia atrás y un sonido ronco, feroz, escapa de su garganta. La frente se la cubre de sudor en lo que soporta el instante de dolor. Amroth reparte besos de mariposa por el cuello, los hombros, el pecho, susurra palabras dulces y lúbricas en su lengua misteriosa, e insta a Elrohir a moverse con un ritmo lento, cuidadoso, que mantiene al gemelo al borde, justo al borde.
 
Ahora es el turno de Amroth. Derrama unas gotas de aceite sobre la espalda de Elrohir y comienza a masajearlo. Casi a horcajadas sobre la espalda de eldar, el avari guía el ritmo con que se mueven el torso poderoso y la flexible cadera: controla el placer de ambos gemelos.
 
–No puedo más… por favor –gime Elladan.
–Ahora mis señores, ¡ahora!
 
Elladan y Elrohir estallan al unísono. Se pierden por un instante en la intensidad que su sincronía mental provoca. Su prometido les hace volver al mundo, pues se afana, solícito, limpiándoles, cuidando que las ropas no se manchen, buscando las mantas que tiraron con prisa al comenzar este juego de amor.
 
Pero la modorra se apodera pronto de los tres, así que construyen un capullo cerca del fuego y, entre besos lánguidos, vuelven a dormir, con la esperanza de que el amanecer se lleve la tormenta.
 
Minas Tirith, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Theodred sintió el cerrojo moverse y se puso de pie. Dio un par de pasos hacia la puerta, pero lo pensó mejor y se quedó allí, a mitad del salón, con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Si, había decidido jugar al tipo duro. Tenía que quedar claro que él no era un juguete.
 
Por fin se abrió la puerta. Eothain entró despacio, demasiado ocupado en mantener el equilibrio entre un maletín en la mano izquierda y un bulto apoyado en el hombro derecho, como para mirar a su alrededor. A estas alturas, a Theodred se le había acabado la capacidad para fingirse duro y desinteresado, así que se plantó al lado del rubio en tres zancadas: sería solo un tipo duro y molesto. Sería él mismo.
 
–¿Qué…?
Pero Eothain le hizo callar con un susurro imperioso.
–La vas a despertar –le advirtió.
 
Entonces Theodred miró con más atención. A menos de un metro, las formas eran mucho más claras y comprendió que su prometido no llevaba en el hombro otro morral. Bajo una chaqueta azul estaba ¿¡ Elenya!?
 
Varias preguntas se formaron en la mente del rohirrim, pero se limitó a asentir. Eothain tenía razón, no podía despertarla a la 1 de la mañana, tras un viaje que seguro la había dejado exhausta. Así que siguió en silencio a su prometido mientras este se dirigía a la habitación y acomodaba a la pequeña en la cama de ambos. ¿Dónde iban a dormir?, se le ocurrió a Theodred, pero tampoco tuvo tiempo de seguir esa línea de pensamiento, pues Eothain respiró hondo y le enfrentó.
 
-Será mejor que hablemos en la cocina –propuso.
Theodred le siguió, era evidente que no podrían pelearse a gusto en el cuarto, con la niña ahí, porque habría pelea, seguro.
-¿Quedará café? –inquirió Eothain con tono ligero.
Theodred no respondió, sabía que era una pregunta retórica. En cambio, cerró la puerta y buscó a tientas el interruptor eléctrico.
-¿Enciendo la luz?
Eothain tarda apenas un segundo más de lo habitual en responder, pero esa demora le dice al futbolista muchas, demasiadas cosas. Por eso, tal vez, la súplica no le toma por sorpresa.
-No te enfades –dice su prometido, y Eothain ya está seguro de que no podrá evitar enfadarse. 
El interruptor suena, la luz dura y blanca del tubo fluorescente se impone. Theodred gruñe.
 
Eothain retrocede hasta chocar con el fregadero, pero la escasa distancia que pone entre ambos no hace menos notable las señales. El joven tiene una mejilla hinchada, marcas de dedos y mordidas en el cuello. Los ojos inyectados de sangre indican que la pelea no fue solo contra hombres, sino también contra la adicción.
 
Theodred siente que su enfado se evapora. ¿Cómo es posible que considerar castigarle por desaparecer 48 horas? ¿Qué desconfiara de su fidelidad?
 
-¿Por qué?
-Tenía que traerla, Theodred.
-Pero podías avisarme, te hubiera acompañado y entonces…
-Habría sido la puta que va de vuelta al pueblo de la infancia bajo la protección del chulo –le interrumpió Eothain. –No. Yo la dejé allí y le prometí que volvería, que con mis fuerzas la sacaría de ese infierno. Era una promesa.
El rohirrim asiente. Sabe que para su novio es muy importante recuperar la autonomía.
-¿Te trataron muy mal?
Eothain se encogió de hombros.
–He tenido clientes peores. Los convencí de usar preservativos, y evité las drogas inyectables, así que nos ahorraremos otra prueba de VIH.
Theodred siente que la hiel le sube a los labios, pero se contiene. No tiene derecho a desahogar sus celos, cuando su pareja llega de una vuelta por el infierno. Se acerca y adelanta una mano.
-¿Puedo?
Eothain asiente, a pesar de que la tensión es evidente en su cuerpo.
 
Theodred le abre la camisa y descubre parte del pecho, marcado de moretones y arañazos. Calcula automáticamente cuánta pomada cicatrizante tendrá que ponerle, y piensa que es bueno que, como capitán de un equipo de futbol, esos medicamentos sean gratuitos. Además, tendrá que vigilarlo al menos una semana, para evitar una recaída en el alcohol después de esto. ¿Cuánto retrocederá su vida sexual? ¡Por los Valar! ¿Acaso es un miserable al pensar en el sexo ahora mismo? Pero una idea inquietante aparta de golpe sus previsiones.
 
-¿Cómo sabes que tu padrastro no vendrá a reclamarla?
 
Eothain suspira y aparta a su novio despacio. Ha estado esperando esa pregunta desde que llegó. Puede que Theodred no sea un gran estudiante de pedagogía del deporte, pero su percepción de las alineaciones estratégicas es instantánea. Es uno de sus grandes valores como jugador de futbol.
 
-Me dijiste que Adanost está vivo –comienza con un suspiro-, y debo darte las gracias por dos razones. La primera es que se que puedo confiar en ti. La segunda es que me puse a pensar en los padres, en el abandono. No se por qué mi padre huyó de casa, pero entiendo que no quiera contactarme ahora, aunque hable cada día con tu hermano. Yo no podría salir de la nada dentro de veinte años y decirle a Elenya "Lamento que tuvieras una vida de mierda, ¿amigos?" simplemente no podría. Supe que tenía que traerla ahora, cuando tiene 8 años, todavía no la han violado y saca buenas notas en la escuela.
-Y eso está muy bien, mi amor, pero Dori es su padre. Puede demandarnos y…
-No lo hará.
 
Eothain hace una pausa y sus ojos, huidizos, vagan por las paredes recargadas de la cocina. Se muerde los labios. Sonaba muy bien en su cabeza, cuando volaba de vuelta a Tirith Osto, pero ahora… No, no debe tener miedo ahora. Se dejó coger por esos cuatro asquerosos, soportó el chute de coca y aventó a su madre contra la pared. Ya pasó lo peor. Además, este es el hombre que lo ama, que le dijo que Adanost vive.
 
El rubio toma aire.
–Dori no vendrá porque Elenya es hija mía.
Theodred pestañea. Eso lo cogió por sorpresa.
 
Elenya tiene 8 años y Eothain 23, lo que significa que la concibió a los 14. No logra imaginarse el escenario en el que su novio, su absolutamente homosexual novio, seduce a una chica lo suficientemente inexperta como para quedarse embarazada. No solo porque en esa época ya tenía una madre borracha y a un padrastro mafioso, sino porque, bueno, porque Eothain nunca le dijo que, en alguna época de su vida, sintiera interés por las mujeres.
 
No, eso tampoco era posible. Eothain "hacía la calle" desde los 12 y, para no bajar las tarifas, consumía hormonas femeninas, de modo que mantuvo una imagen andrógina, casi femenina, hasta los 16. Lo sabe porque ha visto las fotos. Y porque los informes de UNICEF denuncian cada año esa técnica como una de las prácticas habituales de la prostitución infantil que más daño hacen a la salud reproductiva de las víctimas.
 
-Tú eras estéril en esa época ¿no?
-Eso se suponía –repone el otro con los ojos bajos. –No sabía que las hormonas me…
 
Eothain vuelve a detenerse. Como un eco terrible vuelve la risa burlona de Dori, cuando el sanador le dijo lo que pasaba, nueve años atrás. Pero este no es Dori, este es Theodred. Si las cosas no marchan puede irse a la casa de la Sociedad Moriquendi y empezar desde cero otra vez. Si, esa idea la conforta. Mejor dejar las cosas claras ahora antes que criar a su hija con un miserable que lo traicionará.
 
-Yo no lo sabía, pero resulta que tengo la Variante Insular del Síndrome de Klinefelter, y las hormonas lograron que uno de mis clientes me embarazara. Ese es mi secreto, ese es el terrible poder que Dori tuvo sobre mi todo este tiempo. Elenya nació de mi, soy un fenómeno, un maricón anormal que se quedó preñado como la más imbécil de las putas.
 
Tras soltar su discurso, Eothain busca el rostro de su novio con temor. ¿Qué pasará ahora? Theodred tiene el rostro fruncido, su expresión es meditativa, pero no hay rastro de asco o desprecio cuando lo mira.
 
-¿Pero la niña está inscrita a tu nombre? ¿Tu paternidad tiene respaldo legal?
Ahora el que está descolocado es Eothain.
-Te acabo de decir que me embarazaron a los 14 años como resultado del trabajo sexual y solo me preguntas por un documento.
-Si, bueno –Theodred carraspea. –No creo que pueda hacer mucho respecto a tu embarazo, ocurrió hace un tiempo. En cambio, puedo hacer algo por tu hija, pero adoptarla será más difícil si no es legalmente hija tuya, ¿sabes?
-¿Adoptarla? –balbucea el otro.
 
Todo lo que Eothain puede suponer es que ha caído por el agujero de Alicia y ni siquiera se había enterado. Tras 48 horas de tensión, este es el último de los finales que esperaba. Le tiemblan las piernas y decide que, aunque sea poco ortodoxo, tendrá que sentarse en el piso.
 
-¿Vas a adoptar a mi hija? –repite ya con la espalda apoyada en el armario de las cazuelas.
-Vengo de una familia antigua y conservadora, Eothain –explica el gemelo en lo que se sienta a su lado. –No se aceptan el matrimonio con extranjeros, la infidelidad, el cristianismo o la bastardía. Tengo que adoptar a tu hija, o no la dejarán ir a la boda, y eso puede ser incómodo.
-Entonces, ¿te vas a casar conmigo?
Theodred sonríe, divertido.
–Cuando te pones redundante, es que estás muy cansado. ¿Vamos a dormir?
-Pues…
Theodred se levanta primero y le tiende una mano. Eothain se alza con dificultad y casi cae de nuevo, atacado por el mareo.
-Dime una cosa, ¿comiste durante algo en los últimos dos días?
Eothain sonríe, ya casi dormido.
-¿Estás loco? Habría vomitado en cuanto me tocaran esos tipos. Es una lección que aprendí bien de mis años como efebo. No comer antes del trabajo. ¡Oye! Dejé a mi hija en nuestra cama.
-Dormiremos en la cama de Igor, creo que mi primo, el viejo G, por fin logró ponerle las manos encima.
 
Se van al cuarto del fondo. Eothain cae dormido casi al instante. Theodred espera a que el sueño de su pareja sea profundo antes de bajarle los pantalones. Solo un poco, lo suficiente para que la cicatriz en la parte baja del vientre sea visible.
 
Nunca preguntó qué recuerdo era ese (en Arda se aprende temprano que es feo preguntar sobre marcas  que afeen la piel), pero sabía que era importante, porque era muy fácil corregirlo, pero Eothain había elegido conservar esa imperfección. Ahora, muchas cosas encajan en su lugar. Theodred siente vergüenza de repente: su amado le ha dicho la verdad, pero él…
 
-Si yo te contara…
 
No puede. Las historias de su familia, las historias de las familias del Ejército del Oeste, son la Historia de Arda. Su hermano y él huyeron de la casa vieja y grande, llena de armaduras antiguas y criados sigilosos, la casa donde Eomer I sedujo a Igrania, pero no pueden romper el pacto de silencio. No podrá hasta que se casen, por lo menos.
 
-Los Valar me han bendecido contigo, Eothain de la Montaña Solitaria. Huí de mis tradiciones y me enamoré de un Elegido. ¿Significa eso que debo volver a casa contigo?
 
Notas:
 
1) El tango como danza se creó a finales del siglo XIX entre hombres, y por hombres que bailaban con otros hombres en las calles y en burdeles: "La sociedad en la cual se comienza a bailar tango era mayoritariamente masculina (el 70%), por la tanto, a la luz pública se bailaba entre parejas de hombres únicamente, ya que la iglesia aplicaba su moralismo y no permitía la unión de un hombre y una mujer en esta clase de baile. […] El Tango en antaño lo bailaban eran los hombres, no lo bailaban hombre y mujer, porque eso era prohibido por la ley. [...] El Papa Pío X lo proscribió, el Káiser lo prohibió a sus oficiales." Juliana Hernández Berrío: <i>El Tango nació para ser bailado</i>. Ref. http://es.wikipedia.org/wiki/Tango_Queer
 
2) Poco antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial en 1914 el emperador de Alemania, Guillermo II prohibió que los oficiales prusianos bailaran el tango si vestían uniforme. El órgano oficial del Vaticano, <i>L'Osservatore Romano</i>, apoyó abiertamente la decisión en los siguientes términos: "El káiser ha hecho lo que ha podido para impedir que los gentilhombres se identifiquen con la baja sensualidad de los negros y de los mestizos (...) ¡Y algunos van por ahí diciendo que el tango es como cualquier otro baile cuando no se lo baila licenciosamente! La danza tango es, cuanto menos, una de aquellas de las cuales no se puede de ninguna manera conservar ni siquiera con alguna probabilidad la decencia. Porque, si en todos los otros bailes está en peligro próximo la moral de los bailarines, en el tango la decencia se encuentra en pleno naufragio, y por este motivo el emperador Guillermo lo ha prohibido a los oficiales cuando estos vistan uniforme." Ref. http://es.wikipedia.org/wiki/Tango