¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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29 diciembre, 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 35

De lo que está permitido a la nobleza
 
"La vida está llena de sexo,
o debería estarlo"
George R. R. Martín
 
 
Mirwood, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Halladad dejó ir al pájaro y se acercó a la chimenea para leer el mensaje. El Rey del Bosque Negro removió los rescoldos y las llamas crepitaron, entonces desplegó el breve pergamino cifrado: "alquimista infiel." Dejó caer el papel al fuego y regresó a la cama.
 
Su esposa seguía dormida, y Halladad se perdió por un instante en la belleza de su larga trenza negra. Desnuda tras la noche de amor, Maërys estaba hecha un bultito para conjurar el frío de esta madrugada invernal. Cuando él se metió debajo de las mantas, el cuerpo de ella se le amoldó, ansioso de calor, acaso de caricias. Pero el Rey está inquieto, así que se limita a pasar los dedos por la espalda de su amada mientras sus ojos grises intentan distinguir los retratos de la familia real, en la pared más lejana de la habitación.
 
Es una empresa baldía, por supuesto, pues la penumbra del día apenas es una promesa y las llamas del hogar son la única fuente de luz artificial. Pero Halladad sabe que ahí están los severos rostros de su padre Thranduil, su abuelo Lelldorian y su bisabuelo Haridorn, señores pretéritos de esta fortaleza, de este bosque, de estas riquezas y de las vidas de quienes habitan la región. Fue justamente su abuelo Lelldorian quien instituyó el cargo de Hechicero del Reino, y tras la muerte de Ingolm, un mago muy simpático, ocupó el puesto su discípulo, que nunca ocultó su predilección por Thranduil.
 
"Alquimista infiel."Apenas dos palabras y el pájaro llegado desde Rivendel ha sellado el destino de Elemmírë hijo de Galion. Tendrá que buscar un mago nuevo.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aralqua se dejó caer en el banco y suspiró confundido. ¿Cómo habían podido torcerse las cosas tan rápido? Darle en el hocico al presumido de Gaedheal se había sentido perfecto, pero su novio le había dedicado una mirada de puro horror. Sin dar explicaciones, Aranwe había corrido a la calle para tomar un taxi.
 
El pelirrojo tenía la impresión de que ese era el tipo de victoria que sus padres llamaban "pírrica", porque seguro que a Gaedheal de Tolfalas no le quedaban más ganas de meterse con su novio, pero ¿todavía era su novio? Imposible saberlo: no se atrevía a tomar el elevador a su casa, donde tendría que explicar a su madre el asunto; tampoco le alcanzaba el valor para ir al apartamento de los Lómendil, donde su suegro sería un obstáculo insalvable. Ante tal perspectiva, el patio de juegos del edificio parecía la mejor opción, aunque la gritería de la chiquillada fuera un poco molesta.
 
Así que ahí estaba, con la corbata floja, chaqueta y mochila tiradas en el pasto y la mirada clavada en el suelo. ¿Qué debía hacer?
 
–Saludos.
Aralqua levantó los ojos, frente a él estaban una chica castaña de 9 o 10 años. Aunque nunca la había visto, llevaba el uniforme de su colegio: camisa beige, chaleco y falda-pantalón azul oscuro, corbata negra con líneas beige y monograma blanco en el lado derecho.
–¿Qué quieres?
–¿Tu eres el que le dio el puñetazo a Gaedheal de Tolfalas?
El pelirrojo resopló molesto. ¿Ahora venía la venganza del Kindergarten Élfico?
–Si, fui yo.
Ella dio un salto y soltó un grito MUY agudo. Luego empezó a dar palmaditas.
–Lo sabía, lo sabía. Le dije a toda mi aula que vivías en mi edificio, pero no querían creerme. ¿Mañana podría sentarme a tu lado en el almuerzo? ¡Por favor!, ¡porfis!
–Oye, oye, ¡cálmate! No se ni cómo te llamas.
Ella se detuvo y sonrió avergonzada.
–Tienes razón, mi madre siempre dice que debo presentarme, pero se me olvida. Soy Lady Andreth, Condesa de Pinnath Gelin –hizo una reverencia profunda. –Es un placer conoceros, Ser Aralqua Williams.
–¿Ser?
–¡Claro! Un acto como el tuyo solo corresponde a un caballero.
–Bueno, en realidad...
Ella lo interrumpió con repentina seriedad.
–Si, lo se, en realidad todos queremos golpear a Lord Gaedheal de Tolfalas desde que tuvimos la desagradable circunstancia de conocerle, pero ha sido usted, caballero de allende los mares, quien logró tal hazaña.
–Hablas un poco raro, Andreth.
–Lady Andreth, por favor, no porque sea usted un valiente debe olvidar sus modales. Al menos eso dice mi madre, Señora Regente de Pinnath Gelin. Insiste en que hable de acuerdo al protocolo siempre. No le diréis que dije "porfis", ¿verdad?
–No, claro que no –le aseguró el pelirrojo, confundido ante la admiración que parecía sentir la niña por él y el difícil oestron protocolar.
–¡Perfecto! Ahora, ¿tiene usted un poco de tiempo, Ser? Otros habitantes del castillo desean conocerle y estrechar la mano del valiente que puso en su lugar a Lord Gaedheal de Tolfalas, ¡que nunca le salga pelo en los pies!
–Pues... –Aralqua recordó entonces que su madre deseaba que socializara con el resto de las personas del edificio, así que asintió. –Encantado, Lady Andreth.
La niña sonrió ampliamente y tiró de él.
–Venid, bajo el cuadrante de básquet se han reunido varias personas que supieron de vuestra escaramuza. Arden en deseos de estrechar vuestra mano y obtener detalles de ese combate singular en defensa de vuestro amado. Solo os prevengo de que, como sois un plebeyo de allende los mares, se considerará de mal tono que habléis como noble. En pocas palabras, está usted excusado del protocolo.
El pelirrojo lanzó un suspiro de alivio.
–Gracias, Lady Andreth, porque no se hablar oestron protocolar.
Ella le dirigió una mirada pícara y volvió a reírse.
–Alegraos de ello, Ser.
 
Caminaron hasta donde se alzaba la canasta de básquet, allí había una docena de chicos de entre 9 y 12 años esperándoles. Cuatro del grupo vestían su mismo uniforme (con diversos grados de desaliño), una pareja de gemelos tenía trajes de algún colegio militar, otros tres vestían un traje blanco y rojo vino que no supo identificar, un chico llevaba ropa de calle y una niña alta y de facciones duras llevaba camisa amarilla con monograma y unos vaqueros rasgados.
 
Se detuvieron a un metro y Andreth hizo una profunda reverencia en dirección al grupo.
–Sus señorías, honorables compatriotas, este es Ser Aralqua Williams, vencedor de Gaedheal de Tolfalas.
–Aiya –dijo con miedo.
–Aiya –respondieron a coro.
Los niños le miraron en silencio por un rato que al pelirrojo se le antojó infinito.
–¿Puedo hacerme una foto contigo? –dijo al fin un niño de cara redonda y cabello oscuro.
–¿Foto?
–Claro, si no, mañana no me van a creer en la escuela.
–Pero tú no vas a "Torre Blanca", ¿por qué les importaría en tu escuela que yo golpeara a ese presumido?
El grupo estalló en carcajadas.
–Tu de verdad no sabes lo que haz hecho, ¿cierto? –afirmó divertido uno de los cadetes.
Aralqua negó con la cabeza.
–Gaedheal de Tolfalas es el próximo Príncipe de Tolfalas, uno de los Grandes del Reino. Al golpearle, te has conseguido un espacio en las noticias de la noche.
El resto asintió.
–Por eso Malcom quiere una prueba de que vives en el edificio que cuida su madre –completó otro de los niños con el uniforme de "Torre Blanca", en lo que sacaba una cámara.
El moreno se apuró a posar junto a Aralqua.
–Ajusta bien eso, Aina, que nadie pueda decir que es un montaje –se volvió hacia el pelirrojo sonriente. –Gracias, así sabrán que yo no temo a chicos peligrosos.
–Un momento –les detuvo la niña de la camisa amarilla. –¿No es mejor una foto de grupo?
Todos miraron expectantes a Aralqua.
–Por mi perfecto, no hay problema.
Lady Andreth volvió a soltar su agudo y nada protocolar gritico de triunfo. De inmediato se agarró de la cintura del pelirrojo.
–¿Harás el retrato, Gorthol?
La niña de camisa amarilla hizo una mueca de fastidio y asintió.
–Claro, dame acá tu supercámara, Aina.
El resto del grupo se puso alrededor de Aralqua en lo que este luchaba con el asombro: Gorthol no le sonaba a nombre femenino.
–Ser Aralqua, no se pare tan tenso –le indicó Andreth. –Esta ha sido una excelente ocasión para conocernos. Vamos, relájese.
Gorthol resopló y bajó la cámara.
–Hirunatan y Malcom, ¿se toman de las manos o no?
La niña, de blusa blanca y falda roja, gruñó "él no es mi novio" y entrelazó sus manos a la altura de la cintura. Malcom la miró con tristeza y se encogió de hombros.
–Niggle ponte por el otro lado de Aralqua –siguió indicando Gorthol. –Alcen más la cabeza, soldaditos. De acuerdo, a la cuenta de tres digan "sesenta y seis", ¿listos?
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad
 
Legolas se contempló en el espejo con mirada crítica: no, no había envejecido más. Ni su rostro, ni sus manos, ni su torso, ni sus piernas habían perdido la piel suave, la fuerza interna, la elasticidad. Un poco más tranquilo, se apartó del gran espejo y fue a tomar la bata de dormir. Sonrió un poco por las cosquillas que el blando y cálido tejido le hacía. Las manos de Aragorn solían ser así sobre su piel cuando se rozaban por error décadas atrás. ¿Por error? Sonrió de nuevo, habían sido como dos niños que no saben cómo pedir un juguete a sus mayores, y rozarse era el modo de tranquilizar sus cuerpos. Pero esta idea estropeó el humor del príncipe, pues recordó que ahora, casados, también pasaban la mayor parte del tiempo ansiando el cuerpo del otro.
 
Ansiarse tanto tiempo, Dulce Varda, tenerse tan poco, perder tanto.
 
¿Por qué seguía Aragorn siéndole fiel? El hombre ardía en deseo, podía notarlo, y nadie en la corte le iba a regañar por buscar deshago en alguna cortesana. Mal que le pesara, Legolas estaba consciente de que él mismo tampoco se lo reprocharía, incluso sería un alivio comprobar que era tan poco digno de deseo en los ojos del Rey como en los suyos.
 
Pero su esposo, que no en balde se había criado con los gemelos, tenía otra idea de los votos matrimoniales. Decía estar dispuesto a esperar a que el cuerpo y alma de Legolas sanaran, a que volviera a nacerle el deseo de las caricias, a que renaciera la capacidad de confiar y entregarse. Legolas sabía que hablaba en serio, que su paciencia no sería herida por cinco o diez años de espera, pero ¿Gondor podía esperar tanto?
 
Siempre el mismo callejón sin salida ¡maldición! Legolas terminó de atarse la bata con gestos bruscos y salió del cuarto de baño.
 
–Alteza –su doncella hizo una profunda reverencia al verle entrar en la recámara real.
–¿Ocurre algo? –estaba seguro de haberla despedido hasta la mañana.
–Su Majestad le envía una nota –y mostró un fragmento de pergamino lacrado.
 
Él asintió, pero no se acercó  de inmediato. Primero observó con rapidez la habitación, en busca de alguna otra persona oculta. Luego avanzó de modo sinuoso, con fingida eventualidad pasó por la mesita donde había dejado su daga, y se acercó a la joven.
 
Ella, bien aleccionada, no dejó de mirar al suelo hasta que lo tuvo delante.
–Dame la nota. Alza los ojos.
loreth obedeció y se quedó sin aliento: el rostro dulce y bello del delicado elfo estaba deformado por una mueca cruel, y sus ojos, eran ojos de fiera acosada.
–Escúchame, mujer: en la recámara real se entra por invitación expresa. No volverás a entrar sin anunciarte, así te envíen los Valar con un Silmaril en la mano. Esperarás en la antesala, y tocarás la campanilla hasta que al Rey o yo salgamos a responder. Cualquiera que desee vernos se atiene a ese protocolo, incluso el Príncipe Geniev, y te haré personalmente responsable de su violación. ¿Me haz entendido?
Ioreth, que sentía claramente la punta del cuchillo en su costado, tragó en seco.
–Si, Alteza.
–Bien, puedes retirarte.
 
Una vez solo, desplegó la nota: "Ven a mi despacho, amor, no quiero hablar del asunto de Entre Ríos en la cama". Analizó despacio la escritura y el estilo y concluyó que la nota era en verdad de su esposo. Bufó: andar en ropas de dormir por las galerías del palacio no estaba en sus planes para obtener autoridad, pero volver a colocarse el pesado traje ceremonial estaba descartado.
 
Legolas buscó unas calzas, unas zapatillas de entrenamiento, el cinturón con sus armas y un abrigo largo, que cubrió mayormente su bata de dormir. De las muchas bujías repartidas por la habitación tomó una de base larga y estriada, que no se deslizaría entre sus manos sin él quererlo. Salió de su recámara con paso decidido.
 
Dos soldados hacían guardia en la puerta que separaba la antesala real de la galería.
–Abrid la puerta y seguidme –ordenó.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Igor escuchó abrirse la puerta de la oficina del Príncipe, pero no reaccionó. Siguió trabajando el borrador de su ensayo de teología, a la espera de que el Señor –era extraño, pero todo el mundo a su alrededor lo llamaba así y había acabado aceptando– le dirigiera la palabra. Era una de las primeras lecciones básicas aquí: el Señor iba y venía libre por su casa, que para eso lo era, en cambio, sería una tremenda impertinencia ponerse a cuestionar tal derecho con preguntas sobre sus deseos. ¿Acaso no podía expresarlos por si mismo?
 
Un mes a su servicio parecía una vida.
 
Ser secretario del Príncipe de Arda había abierto la puerta a un mundo cuya de existencia siempre supo, pero que ni siquiera la cercanía con Boris, Alcar y los gemelos le había permitido comprender. Una vida complicada, si, cuya densa trama de tradiciones y simbolismos encajaba perfectamente en el carácter curioso y meticuloso de Igor. A veces le parecía que regresaba a casa al cruzar las puertas del Círculo y que  toda su vida de joven rico y despreocupado del siglo XX (la niñez en el norte, la universidad llena de presiones y desafíos, sus relaciones fallidas, el apartamento que compartía con sus amigos) eran parte de un sueño demasiado largo.
 
Sonrío para sus adentros y volvió a pensar en "La noche bocarriba", ¿quién moriría antes, el erudito en lenguas antiguas o el fiel servidor de un príncipe solitario? ¿Y por qué pensar en la muerte? Por la casa, ¡claro!
 
Lo único desagradable de estar en la Mansión del Príncipe era la sensación de andar por un mausoleo. La incómoda impresión de que quienes le rodeaban -la callada Midhiel, el gigante Arog, el servicial Bill, el mismo Príncipe- eran seres del pasado remoto, fantasmas que luchaban por adaptarse a los modales de fines del siglo XX, pero cuyos gustos y añoranzas se remontaban muy atrás en el tiempo.
 
Si le preguntaran, Igor no podría decir qué gestos o indicios producían la sensación, pero estaba ahí. Se trataba, por ejemplo, de la facilidad con que Midhiel guisaba en el gran fogón de carbón de la cocina solo iluminada con lámparas de aceite, de la clase de esgrima matinal entre Arog y el Señor, de las canciones que tarareaba Bill mientras cepillaba a los caballos. Se trataba incluso, ¿o especialmente?, de cómo le preguntaban las cosas más inusitadas de la vida cotidiana de Arda y le pedían que repitiera palabras de jerga, lo cual parecía divertirles muchísimo.
 
–¿Igor? –le habló por fin el Príncipe mientras se dejaba caer en la silla frente a su mesa de trabajo.
El secretario puso a un lado pluma y papel y se enderezó en el asiento.
–¿Señor?
–Quiero que seas mi amante.
 
Igor se echó atrás instintivamente, pestañeó, dijo "¿Eh?" y volvió a inclinarse hacia delante. El Príncipe lo miraba divertido, y el joven consideró la posibilidad de que esto fuera un abroma. Lo desechó casi al instante, las bromas del Señor siempre se referían a hechos o personas de unos seiscientos años atrás. Tragó en seco. ¿Tanto se le notaba?
 
–Estoy seguro de que podrá encontrar parejas más adecuadas entre los primos de…
–No me va el incesto –le interrumpió el otro, y acompañó la frase con un gesto de desagrado. –Y ya sabes lo que pasó la última vez que confié en un extraño.
 
El joven asintió: "extraño", en la jerga del Príncipe, era equivalente a "extranjero", y el único no ardense que había llegado a la cama de un Príncipe Telcontar había sido Alfred Redl. ¿Quién en Arda no sabía del Asunto Redl? Si alguien había estado cerca de empujar a su país a la Primera Guerra Mundial, ese había sido Alfred Redl.
 
De hecho, el mayor éxito de la historia en la televisión nacional era la serie "Mi rubio mentiroso", que a pesar del pésimo título se retransmitía cada cinco años desde 1960, en cuanto crecía una nueva generación de adolescentes lloricas que pudieran conmoverse con el argumento, estirado y retorcido en 200 capítulos de 40 minutos. A pesar de su desconfianza a las telenovelas en general, y a las históricas en particular, Igor admitía que el tórrido romance de cinco años entre el agregado militar del Imperio Austrohúngaro y el Príncipe G de 1910 estaba bien reflejado. En especial ahora, cuando se daba cuenta de que los escenarios de la casa habían sido reproducidos al detalle. ¿Cuánto más de lo que tenía por ficción sería real? Hizo nota mental de volver a verla.
 
–Aún así no veo razones para…
–Te daré tres: Primero, es lo que se espera de ti, y he notado que te gusta respetar las tradiciones. Segundo, eres la única persona disponible con la edad, los atributos físicos, los conocimientos culturales y la paciencia necesaria. Tercero… –G saltó sobre la mesa con un gesto felino y besó con rudeza a Igor.
 
El muchacho intentó apartarle, pero G le agarró las manos y lo inmovilizó sin esfuerzo aparente. Su lengua se coló entre los dientes apretados del rubio y le acarició el interior de la boca, forzó a su lengua a danzar, a devolverle las caricias. Aunque una parte de su cerebro gritaba de pánico, Igor sintió que su cuerpo se relajaba y cedía de a poco. El beso de G era justo como lo había imaginado, rudo y prepotente. El cuerpo de G, ahora sentado encima suyo, tenía el peso y la forma justas para no hacerle gemir. Las manos de G, que masajeaban su nuca y su cuello, eran suaves y fuertes, se sentían  familiares tras años de sueños añorando un hombre así.
 
El contacto se cortó con la misma brusquedad. G se apartó un metro y quedó de pie, mirándole desde arriba con expresión socarrona.
–y último argumento: te gusto.
Igor cerró los ojos, tratando de no perder la calma ante la humillación. Sabía que estaba sonrojado, jadeante, despeinado y medio excitado con solo un beso. ¡Por los Valar!
–Mis padres no lo entenderán.
–Tus padres no aceptarán a ningún hombre –la sonrisa ahora se hizo cruel–, al menos esta vez tendrás un novio al que no pueden asustar.
Al oír cómo despachaba su débil argumento, Igor fue consciente de la imposibilidad de negarse. ¿No era esto lo que quería desde que le había puesto los ojos encima aquella tarde que vino acompañado de Boris?
–Seré tu amante –asintió–, pero no tu juguete.
–Los juguetes son para los niños –repuso G con voz acaso una octava más alta de lo habitual, con lo que Igor supo que se sentía agraviado. –¿Te explico las reglas?
Igor inspiró y expiró despacio, tenía que despejar su mente y escucharle. ¡Tenía que recuperar el control!
–Las reglas, claro.
– Uno: tú eres mi amante, no estoy enamorado de ti, no me casaré contigo, ni esperes una relación a largo plazo, solo tendremos este arreglo durante la temporada que viva en Minas Tirith, no creo que más de cinco años.
El joven estuvo a punto de rectificarle el nombre de la ciudad, pero desistió.
– Dos: estarás disponible para tener sexo todo el tiempo, pero no harás nada, en la cama o fuera de ella, que no te guste, que te humille o sientas ofensivo, no me interesan los jueguitos de amo/esclavo. Tres: los regalos que te haga, desde joyas hasta tierras, son tuyos de modo irrevocable, no temas que cambie de idea a la mañana siguiente y no juegues a rechazarlos para que insista. Cuatro: tendrás acceso pleno a la casa y toda reunión a la que asista, pero si un día me niego a explicarte algo, desaparezco sin ti o te excluyo, recuerda quién eres. Cinco: serás cortés con quienes nos rodean, y ellos están obligados a mostrarte cortesía, pues una ofensa a mi amante es una ofensa a mi, recuérdalo sobre todo frente a dignatarios extranjeros. Última: yo siempre voy arriba.
 
G terminó su parrafada, se reclinó y entrelazó los dedos de las manos, a la espera de una respuesta.
 
Igor cerró los ojos, abrumado, y trató de calmarse. ¿Estaba seguro de que la avalancha de palabras no era parte de un sueño? No, se dio cuenta de que ningún sueño en que G le propusiera sexo sería tan aséptico. Además, el Príncipe había estado hablando la mitad del tiempo en oetron antiguo, y él no dominaba tal lengua como para soñar en ella. ¡Por Tulkas! ¿Qué importancia podía tener en que idioma le ofrecía este contrato de trabajo sexual?
 
Esta era la realidad, comprendió con cierta amargura. Aquí se derrumbarán todos los sueños. A G no le interesaban sus sentimientos más allá del placer que le proporcionaría. Esa era la clave: "solo tendremos este arreglo durante la temporada que viva en Minas Tirith" Era esto o nada.
 
Al mismo tiempo, el miedo a no poder mantener la distancia le hacia temer. No, eso tampoco importaba. Cuando G decidiera irse, lo haría, él no podría detenerlo y tendría que aprender a vivir sin él. Así de fácil juzgan y actúan quienes tienen poder verdadero.
 
–Acepto.
Entonces ocurrió algo inusitado: G se arrodilló frente a Igor, le tomó la mano izquierda y le deslizó un anillo en el dedo anular.
–Esta es la réplica del Anillo de Rúmil, el emblema de mi acompañante –explicó mientras le acariciaba los dedos con pereza. –Trata de no acabar como él, ¿si?
Igor bufó. Sus similitudes con el mítico hermano de Haldir de Lorien eran pocas.
–No me gustan los caballos. Mis padres trataron de virilizarme con terapia equina.
G hizo un mohín divertido.
–Eso es un buen augurio, supongo.
–¿Qué no me gusten los caballos?
–Que no pudieran virilizarte –y su mirada se volvió lúbrica sin transición. –Porque ahora podré hacerlo yo.
 
Continuará…
 
Nota:
Sobre el verdadero Alfred Redl, agente del Imperio Ruso dentro del Ejército del Imperio Austrohúngaro, http://es.wikipedia.org/wiki/Alfred_Redl.