¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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02 septiembre, 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 34

Sobre la persistencia de la maldad y la falta de discreción
 
White legs
One or two birthmarks.
Crossed, left over right.
Picking up the thick evening light....
"Unlisted", Viggo Mortensen
 

Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Barahir había aprendido a vivir con muchas cosas sin darle vueltas: al llegar a la academia, cinco estaciones atrás, se acostumbró a usar cucharas y cuchillos en lugar de sus dedos, y elaborados trajes de cuatro y cinco piezas, cuando había crecido apenas con pantalones y camisas raídas. Del mismo modo, tras tres meses como escolta de Geniev ya no le importaba el murmullo tenso que su llegada generaba y el cuidado que debía poner en cómo se movían ellos tres –vueltos uno en el protocolo– o hacia dónde oscilaba la masa de alumnos y sirvientes. Estaba en guardia todo el tiempo, si, y daba gracias a los Valar cada noche.
 
Para el joven estaba claro que ese era el camino que Ellos habían elegido para educarle, y era mil veces mejor que repetir textos antiguos con palabras pedantes o transcribir lecciones con esas plumas que manchaban sus dedos. Seguía haciendo tales cosas, por supuesto, pero gracias a Geniev habían adquirido sentido: Ahora podía usar la caligrafía para luchar, la historia para burlarse de sus condiscípulos, la descripción de los animales para planear batallas, los árboles genealógicos para comprender las razones de antiguos enconos o recientes arreglos matrimoniales, aplicar su comprensión de las finanzas para predecir coaliciones políticas.
 
Geniev deseaba saber al dedillo todo lo que al reino afectaba y tiraba de él en la senda de los saberes sin descanso, sin piedad. "No me harás pasar una vergüenza", advertía. Barahir, consciente de que era un honor sentarse junto al Príncipe en el aula y protegerle las espaldas en el entrenamiento, ni se planteaba flaquear.
 
Lo que aún no podía ignorar eran las miradas. La primera mañana, tras regresar de la merienda campestre con el Rey, las miradas eran de asombro.
 
Estaban en la mesa del comedor común. Geniev solo devoraba su fruta, Ecthelion y él respondían a la curiosidad de los otros estudiantes. Le parecía divertido responder preguntas –algunas perspicaces, las más ridículas– sobre el evento, la comida, la danza élfica, el baile de figuras que le siguió. Ante algunas cuestiones, Geniev le rozaba la pierna por debajo de la mesa y movía un poco la cabeza. Con eso Barahir sabía que el asunto era algo íntimo, que no podía compartirlo.
 
–¿Crees que soy camarero del Rey? ¡Claro que  no se si usa cota de mallas bajo la camisa!
 
Era agradable ser centro, y no porque te calleras de culo sobre un tintero, pensó el chico, pero la ilusión de que la curiosidad era amable le duró poco. Por el rabillo del ojo vio como Ecthelion contraía el pómulo y prestó atención al un joven castaño que se inclinaba sobre su hombro.
 
No pudo oír, pues ya concluían de hablar y el otro apenas había levantado la voz, de modo que el jaleo general del comedor impedía discernir sus palabras, pero la sonrisa burlona en los labios y los ojos teñidos de desprecio no eran buena señal.
 
Barahir, no sabía qué hacer. Ignoraba si las palabras habían sido claramente ofensivas o sutilmente degradantes. En cambio, sabía que en torneos verbales, él era inferior a todos en la Academia, que ningún caballero agradecería que saliera en su defensa como si de una doncella se tratase, y que su honor se debía ahora a Geniev.  Pero Ecthelion estaba claramente alterado y Barahir no soportaba la idea de que alguien lo ofendiera o maltratara. Ante la falta de repuesta de Ecthelion, dos de los acólitos del castaño soltaron risitas burlonas. El campesino empezó a ver en rojo. ¿Qué hacer, por los Valar?
 
–Tu eres  el heredero de Isla Tolfalas –intervino entonces Geniev.
–Si, Alteza –respondió con una reverencia el castaño. –Soy Gaedheal de Tolfalas.
–Ajá, si –Geniev masticó un trozo de fruta con expresión distraída–, conocí a tu tío ¿no?, el tercer hermano de tu padre.
Se hizo silencio en todo el comedor, y el rostro de Gaedheal se puso gris.
–Yo no le llamaría conocer, claro –continuó el Príncipe mientras limpiaba sus manos con una servilleta-, apenas vi como le arrastraban los guardias a la sala del trono. Luego mi padre, el Rey, lo degolló.
Hubo un gemido colectivo, y quienes estaban alrededor de Gaedheal de Tolfalas se hicieron hacia atrás, como si de repente recordaran que era portador de alguna enfermedad contagiosa.
 
Geniev se levantó, trepó al banco, saltó a la mesa y bajó por el otro lado. La multitud retrocedió automáticamente y él quedó frente a Gaedheal de Tolfalas, que estaba encogido y grisáceo, como una fruta seca tras el invierno, aunque le llevaba más de una cabeza al Príncipe.
 
–Creo que es hora de que pidas disculpas, pequeño Gaedheal.
El muchacho asintió, y se volvió hacia Ecthelion.
–Lamento que…
–¡A mi! –exclamó Geniev con impaciencia.
–¿Alteza?
–Me debes las disculpas a mí, ¿no lo sabes? –miró alrededor y sonrió con suficiencia. –Os lo voy a explicar a todos una sola vez: vuestros mayores trataron de matar al Senescal y apoderarse del Reino, y varios se quedaron, los pobrecitos, sin cabeza de familia. –volvió a mirar al heredero de Tolfalas– Ahora, Gaedheal, repite bien alto lo que le susurraste a Ecthelion.
–Alteza, yo…
–Repítelo, te lo ordeno.
Gaedheal osciló sobre sus pies, pasó sus manos temblorosas por los costados de su falda y tragó saliva. Luego repitió sus palabras:
-¡Bien por ti, Ecthelion, haber sido recibido en la tienda del Rey! Bueno es ser bello y hábil, ¿no? Pero ten cuidado no te sea la belleza traidora un día, pues dicen los ancianos que tiende la belleza a transformar la virtud, en impureza.
Barahir jadeó y llevó la mano al pomo de su espada automáticamente. A su lado, Ecthelion estaba tieso como una estaca, con los ojos ajenos y el rostro vacío de expresión.
–¿Sabes, Gaedheal? Coincido contigo en que Ecthelion es bello, pero no es el tipo de belleza que me atrae. ¿Y a ti?
Ante el silencio del atemorizado chico, Geniev insistió: –Te hice una pregunta, pequeño Gaedheal.
–A mi tampoco, Alteza.
–Es bueno saberlo –asintió el medio elfo. –Ahora, regresemos al asunto que te perturba: belleza y virtud –adoptó una pose meditabunda y camino alrededor del muchacho. –¿Corrompe la belleza a la virtud? En tiempos idos, cuando Gondor se encogía bajo la sombra de Sauron, puede que no fuera la belleza un atributo confiable, pues sabido es que el malvado usaba el disfraz de Annatar, con el que era bello aun entre los elfos, y así engañó a muchos. Pero el Rey ha vuelto, bien que lo sabéis todos, y el Rey es depositario de toda la virtud, porque los Valar lo han bendecido. Y Elessar I, que es todo él virtud, no se dejará corromper ahora, que ya terminó la guerra y los traidores fueron exterminados, ¿cierto?
–Muertos están los traidores, Alteza –respondió Gaedheal.
Geniev asintió, satisfecho de la respuesta, pero no se detuvo ahí.
–Ninguno de ustedes ignora que el Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar es el elfo más bello de la Tierra Media, por tanto, podemos deducir que el Rey tiene toda la belleza que desea en sus habitaciones. Ser admitido en la tienda del Rey, la mesa del Rey, la escolta del Rey, como han sido admitidos Barahir y Ecthelion, no se logra con belleza, Gaedheal, porque el Rey es virtuoso, y fiel. ¿Recuerdas esa lección, Gaedheal?
–El Rey es honorable, su honor es el honor de todo noble –recitó el isleño el viejo poema gondoriano.
–Entonces, concluyamos con esta inquietud tuya: ¿Pudiera la belleza tener mejor comercio que con la virtud? En presencia de nuestro Rey, no hay comercio más natural y estable. ¿Tienes algo que objetar a mi razonamiento, pequeño Gaedheal?
–No, Alteza, la lógica es perfecta, irreprochable.
–¿Tiene alguien algo que objetar sobre la virtud del Rey Elessar I?
–¡Gloria al Rey! –respondieron a coro todos temerosos de que recordara a sus parientes muertos en la Conjura de los Perros, como se había dado en llamar a la degollina de la primavera anterior y fascinados por la retórica de Geniev.
–Gaedheal, heredero de Isla Tolfalas, es hora de que pidas disculpas.
El muchacho hincó una rodilla en el suelo, bajó la cabeza hasta dejar expuesta la nuca y tomó con su mano derecha la izquierda del hijo del Rey.
–Príncipe Geniev, hijo de Elessar I, pido perdón por haber ofendido a tu padre, mi soberano, al dudar de su virtud y honor.
–Si, bueno –respondió el otro en tono ligero–, todos cometemos errores. ¿Una manzana?
 
Desde entonces, en la Academia dejaron de mirar a Geniev con esa mezcla de curiosidad y desprecio de los primeros días, la misma que alentara a Barahir y Ecthelion. Fue porque reconocieron la capacidad del Príncipe Bastardo, y tomaron conciencia de que, aún cuando naciera por medios sorprendentes un heredero legítimo, Geniev no se dejaría arrebatar el poder que como hijo del Rey le correspondía. Mientras tan hipotético escenario llegaba, los jóvenes nobles del reino meridional de los dúnedain de la Tierra Media decidieron que Geniev era su mejor opción, pues nadie quería entrar a los Anales del gobierno de Elessar I por ser hallado culpable de traición y "justamente castigado" en la sala del trono.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe Lómendil suspiró inseguro de qué debía hacer. El resto de la clase estaba en el agua, salpicando o charlando; un par ya calentaba, con ganas de congraciarse frente al profesor. No podía quedarse entre las taquillas y esperar que no reportasen su falta ¿o si?, pero tampoco podía sumarse al grupo y pretender que nada pasaba. No quería llamar la atención por ser el único que llevaba el traje de natación reglamentario. Pero,  ¿por qué todo el mundo había entendido la nueva clase como una oportunidad para quedarse sin ropas?
 
–¿No vas a entrar?
Aranwe brincó del susto y se giró, su amor lo contemplaba con expresión intrigada y ¡el traje reglamentario puesto!
–Te esperaba –balbuceó al tiempo que se sonrojaba.
–Gracias –esa palabra, y la sonrisa de suprema felicidad con que la acompañara de Aralqua, le dio fuerzas para casi querer acercarse al agua.
 
Aralqua miró un poco más allá, y vio al grupo bullicioso de adolescentes que se empujaban entre si o modelaban sus bikinis, un montón de cuerpos húmedos y semidesnudos. Luego contempló con expresión crítica el traje de licra negra que cubría desde cuello hasta las rodillas de su enamorado. No estaba seguro de qué era más llamativo, si los metros de piel expuesta o la maravillosa silueta que torneaba el traje reglamentario. El pelirrojo estaba consciente de que no era muy sutil, pero sabía que su novio no se sentía cómodo al llamar la atención.
 
–¿Seguro que prefieres seguir el reglamento en esto?
Aranwe asintió con fuerza, de modo que sus rizos rubios se agitaron.
–Entonces vamos, que no me viene bien otro reporte en el expediente.
 
Se acercaron a la piscina, y de inmediato las miradas de todo el grupo de posaron sobre ellos. Aralqua se puso mentalmente en guardia, a la espera de alguna burla o ataque. Antes de que empezaran a salir juntos, Aranwe era tratado como un ser invisible en la escuela, ahora tenía que dejar claro a cada rato que estaba con él, así que ninguno de los "populares" del colegio tenía que mirarle de arriba abajo como quien mira carne expuesta. Su conocimiento del oestron había aumentado, aunque no de un modo que su padre aprobaría: "sureño tonto" -que venía a ser lo que "latino ignorante" o "indio sucio" en su país-, era lo que más le gritaban, pero también cosas peores, cosas relacionadas con su madre.
 
Gaedheal Tolfalion fue a abrir la boca, pero la llegada del profesor le hizo cambiar de idea. Por si acaso, ambos se quedaron todo el tiempo que les fue posible en el extremo contrario de la piscina. El entrenador les dispuso por parejas, integradas por un nadador y un aprendiz. Por suerte, Aralqua había tomado clases antes, así que se quedó ayudando a su novio a familiarizarse con el agua y asimilando las reglas básicas de seguridad.
 
La clase duró unos treinta minutos, y luego el profesor se retiró a su oficina al fondo, desde donde podría acudir en caso de cualquier emergencia. Enseguida volvieron las charlas relajadas, las comparaciones de bikinis, traseros y pectorales. Los enamorados se quedaron en la parte baja, jugando entre el agua espumosa por el cloro.
 
–De verdad que no entiendo qué le ves, Lómendil.
Levantaron la cabeza: el castaño Gaedheal y otros tres chicos se habían parado en el borde de la piscina y les miraban con expresión despectiva.
–¡Piérdete! –resopló Aralqua.
–Yo no hablo con firkaielos, yanqui, me dirijo a mi compatriota. 
El aludido giró dentro del área de los brazos de su novio para mirar a sus interlocutores.
–Vete, Gaedheal, no tenemos nada de qué hablar.
–Te equivocas. –el castaño hizo un gesto hacia un chico de cabellos tan rubios que casi parecían blancos– Acá mi compañero de hermandad quiere llevarte al baile que ofrece Lady Finduilas por el compromiso de su hijo.
 
Aralqua Williams estaba sinceramente asombrado de lo lejos que llegaban los de la hermandad élfica por terminar su noviazgo. Esa era la mayor pega de este colegio, como todos eran ricos, y la mayoría nobles, estaban bastante convencidos de que el mundo se movía a su alrededor. Lo más chiflado entre este alumnado chiflado era el grupo de Aspirantes a la Sociedad Moriquendi, que andaban siempre leyendo libritos en élfico, discutiendo las ventajas de la dieta vegetariana, poniéndose protector solar para estar blancos como el papel y restregando al resto del mundo su casi seguro pasaporte a la elite de la nación.  No que fuera fácil conseguir el grado de Aspirante, pero qué grado de soberbia, ¡por los Valar! ¿Es que su dinero no valía igual que cualquier otro?
 
De haber sido más pequeño o menos errabundo, no habría comprendido nada, pero la vida de Aralqua estaba marcada por el trabajo itinerante de su padre para el FMI: había estado en decenas de colegios, y aunque sus padres preferían que se codeara con "la realidad", a veces no había más opción que matricularse en exclusivos colegios "internacionales", con los hijos de la elite nacional y del cuerpo diplomático. Allí, Aralqua se sorprendía por el empeño de sus compañeros norteamericanos de imaginarse y actuar como una raza aparte, superior. Eran niños y adolescentes que solo sabían sentir desprecio por el país que les hospedaba. Aquí, quienes lograban ser reconocidos como Aspirantes a la Moriquendi actuaban así, pretendían ser una raza superior, ¿no se habrían enterado de que los elfos habían partido en sus barcos voladores?
 
Aunque, tuvo que admitir el pelirrojo, sin dudas la oferta era increíble: una invitación a la Casa de los Senescales, nada menos. Todas las revistas, programas de TV, emisoras de radio y webs, hablaban de la próxima fiesta de compromiso entre John, futuro Senescal del Reino, e Ivanna Fedorov, considerada la mujer más bella de Arda desde Gilraen la Bella. Se trataba de la presentación de la novia ante de las familias reales de Arda, el Primer Ministro y su gabinete, el cuerpo diplomático y personalidades relevantes de todo el país. Sería el evento social del año, en especial porque la boda no se celebraría hasta la primavera siguiente.
 
Además, estaba el asunto dramático: ella, que era una plebeya de apellido ruso, sería presentada al mismísimo Príncipe G para que este diera su aprobación al enlace.
 
Aranwe miró al supuesto pretendiente, que no había abierto la boca, ¿por timidez o porque en realidad todo era idea de Gaedheal?
–Muchas gracias, pero ya estoy comprometido para esa fecha.
Los cuatro muchachos abrieron los ojos como platos y Aralqua soltó una risita divertida.
–Este es el evento social del año –balbuceó el rubio.
–Y yo deseo que la pases bien allí. Ahora, si me disculpan -se giró hacia su novio– ¿nos vamos?
Aralqua asintió y lo ayudó a alcanzar la escalerilla.
 
Como aún debían quedarse en el área de natación, el pelirrojo trajo de su taquilla una toalla gigantesca, se sentaron en el piso cerca de las gradas y los envolvió a ambos. Por debajo de la tela, rodeó el torso de su rubio con los brazos y las caderas con sus piernas. Aranwe sonrió con timidez al percibir la cercanía de sus cuerpos, pero no intentó separarse, sino que echó la cabeza hacia atrás y estiró las piernas.
 
Aralqua observó fascinado como la dura luz del local hacía casi brillar la blanca piel de las piernas de su novio -Aranwe parecía un elfo sin necesidad de protector solar. El rubio había cruzado una pierna sobre la otra, dejando ver dos pequeñas manchas oscuras en el pliegue interior de su rodilla izquierda.
 
–¿Son marcas de nacimiento?
–¿De qué hablas?
–Esas manchitas –rozó levemente el sitio por detrás de la rodilla, y Aranwe tembló entre sus brazos. –¿Son marcas de nacimiento?
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Legolas suspiró tratando de serenarse. No le gustaba la idea de quedarse a solas con un montón de desconocidos en su despacho, por mucho que tales desconocidos fueran una muchacha, un adolescente y diez niños. No, no le gustaba, pero ella había insistido en que los pequeños no se alejaran de sus ojos durante la entrevista y Faramir había insinuado que era importante. Y, en último caso, ¿acaso tenía algo más que hacer? Mientras antes se incorporase a su parte del gobierno, antes sabría que quería cambiar de esta sociedad decadente y conservadora, y acaso podría comenzar a reconciliarse con el precio que habían pagado por el trono...
 
La luz de la tarde agonizante era anaranjada, y resaltaba los rasgos afilados de Lady Felyandariel. No parecía tener escasos 18 años cumplidos, más bien lucía como una cansada matrona en su treintena. Estar vestida de luto influía en eso: un traje de color marrón, ajustado por cintas de un tono algo más oscuro en mangas, cuello, pecho y cintura. La parte superior estaba apretada a la delgada figura por un corsé negro, de modo que lucía más delgada  y pálida de lo que cualquiera consideraría sano. El velo que le cubría cabello y cuello resaltaba su blanco cutis. Además, no se trataba solo del vestuario, sino de que las ojeras y la piel tirante revelaban su agotamiento. Pero en modo alguno podía Legolas percibir debilidad o dolor, lo que esperaría de una joven que acaba de perder a su padre, a su único familiar consanguíneo.
 
Repasó mentalmente lo que sabía del caso: Felyandariel era la única hija y heredera de Entre Ríos, un feudo llamado así porque ocupaba un sector considerable de la cuña de tierra fértil que separa las corrientes del Gilrain y el Serni, al occidente de Minas Tirith. Su padre, Lord Felyand, había muerto dos meses atrás, víctima de una enfermedad fulminante. A instancias de los vecinos del feudo Nenya Lebennin, del cual solo les separan las revueltas aguas del Serni, un juez había levantado inquisiciones respecto al asunto.
 
Antes de que el expediente y  la sentencia alcanzaran Minas Tirith para su sanción real, ella había llegado, causando revuelo por la atropellada violación de las reglas del luto filial y el recogimiento femenino. Faramir le había advertido que no oiría una historia agradable, pero que si deseaba salir de la sombra de Aragorn, esta era una entrada inmejorable, ya que, al solicitar su arbitraje, la joven Felyandariel reforzaba su posición como fuente de poder y criterio sobre los asuntos del reino.
 
Una vez que los niños estuvieron acomodados en el fondo de la estancia, Lady Felyandariel se acercó a la mesa del Príncipe.
-Majestad –e hizo una profunda reverencia, de hecho casi quedó en cuclillas, que fue imitada por el muchacho. -Gracias por recibirnos.
-Lord Faramir consideró que era pertinente -repuso Legolas sin querer comprometerse. -Siéntese.
Ella lo miró sorprendida. -Pero usted está de pie -adujo.
Legolas recordó apenas esa parte del protocolo, ¡debía concentrarse! Se sentó en su muy decorada silla detrás de un buró tallado en una sola pieza de granito jaspeado. Lady Felyandariel lo imitó.
-¿Y tu? -dijo el elfo al jovencito.
-Él es un esclavo, Majestad -aclaró ella con voz carente de emoción.
 
Legolas arrugó el seño ante tal hecho: el joven no solo mostraba un marcado parecido  con Lady Felyandariel, sus ropas eran de exquisita calidad y ella no había actuado a su alrededor con superioridad, más bien parecían dos primos ocupados con su montón de pupilos revoltosos. No, no solo parecen, seguro comparten la sangre, rectificó mentalmente. Pues, es el Príncipe Consorte para algo, ¿no?
 
-Te ordeno que te sientes en esa silla. -volvió a mirar a Lady Felyandariel - Entonces ¿qué desea pedirme?
-Permiso para hablar libremente, Majestad.
 
Eso tomó al elfo por sorpresa. ¿En qué extraña trama había muerto el Señor de Entre Ríos? Si ella pedía permiso para hablar libremente, lo que dijera allí no podría ser rebelado a otra persona más que al Rey -o un juez por él designado. Significaba, además, que las decisiones que tomara respecto a su petición no podrían ser argumentadas con la información, sino obedecidas por su poder como Consorte Real. ¿Por qué Faramir le había pedido que tomara precisamente este caso?
 
-Permiso concedido -dice casi en un suspiro.
Así que los guardias salen y cierran la puerta. Ella asiente, respira hondo y comienza.
-Yo mandé a matar a mi padre. Lo hice porque era un ser cruel, despreciable, que maltrataba a los braceros, esquilmaba a siervos y comerciantes de paso, que tomaba sin preguntar a nadie lo que quería, o qué sentían las personas a su alrededor. Así nacieron estos niños, sus bastardos. Y después de eso llegué a la edad de merecer y empezó a mirarme -ella tembló ante el recuerdo- "así". La situación era tan descarada que los caballeros del señorío se turnaban para escoltarme. Hombres libres, sirvientes y esclavos me buscaron marido por todo Gondor, hasta que comprendimos que no podría casarme, que él no me dejaría escapar. Creímos que moriría en la Guerra del Anillo, pero regresó sano, ¡sin un rasguño! Y yo era la heredera, la única heredera. Si me iba, les estaría traicionando, ¿entiende? Tenía que irse él.
 
La chica contiene con dificultad un sollozo. El muchacho a su lado le toma una mano y se la aprieta con afecto. Legolas pestañea ante el gesto, le recuerda a... Pero eso no importa, porque Lady Felyandariel recupera la calma y sigue.
 
-Para que un caballero matara a mi padre tendría que retarlo a duelo, luchar con él, y no queríamos correr riesgos, ¿entiende? Envenenar su comida, dejarle agonizar sin llamar a nadie, enterrarlo, guardar las apariencias de luto y seguir adelante. Ese era el plan, y eso solo podía hacerlo un esclavo, creímos que era el único modo de mantener el asunto bajo control.
-¿Creímos? -le interrumpe Legolas.
Ella le mira a los ojos, es evidente que no está segura de cuánto revelar, incluso bajo la protección del juramento del elfo.
-No creerá que era la única que deseaba verle muerto, Majestad.
Legolas asiente. -Siga.
-Todo salió de acuerdo al plan, pero no contamos con los señores de Nenya Lebennin. Son tan déspotas como mi difunto padre, y los Valar saben que sintieron miedo al enterarse de su muerte, que sospecharon porque temen la rebelión campesina cómo los orcos la luz de Eru.
Fueron ellos quienes armaron toda una algazara en los funerales. Quienes tuvieron el atrevimiento de llamar a los jueces de la ciudad para exigir que investigaran mi casa y cuántos esclavos había en la conjura. Y ahora claman que se cumpla la Ley, que esto sirva como escarmiento. Yo, yo no puedo hacer nada sin ponerme en evidencia y llevar la deshonra a los caballeros que me sirven y los libertos que habitan mi feudo. Usted tiene que ayudarnos, Majestad, ayude a mi familia.
 
Legolas parpadeó, incómodo: escarmiento y ley en la misma oración no le dan buena espina.
 
-Lady Felyandariel, soy nuevo en Gondor y los elfos no tenemos esclavos. Dígame, por favor, cuál es el castigo previsto, el que sus vecinos desean y usted teme.
 
Ella lo mira incrédula, y va a responder, solo que las facciones se le deforman y emite un ruido ronco, dolorido. Felyandariel se cubre la boca con las manos y se dobla sobre si misma. El joven esclavo se arrodilla a su lado y le abraza, susurra algo que pretende calmarla, pero el llanto es ya indetenible.
 
El joven se vuelve a mirar a Legolas, con expresión avergonzada.
-Disculpe, su Señoría, pero Lady Felyandariel ha pasado mucho en estas semanas y...
-¿Era tu padre? -le interrumpe el elfo, que desea comprender ese modo de tocarse, esa confianza de la joven con el esclavo, en este reino donde hasta los niños saben reconocer las distancias entre las castas.
Él alza una ceja, parece inseguro de qué debe responder.
-¿Quién?
-El difunto Lord, ¿era tu padre?
-No. Violó a mi madre el día de su boda, y yo nací nueve meses después, pero no era mi padre.
-¿Es costumbre en vuestra región? -inquiere el elfo, y le toma el control de mil años no revelar lo que esa información evoca en él.
El joven asiente.
-Decía que para mejorar la sangre de la hacienda, como si alguien quisiera tener esa sangre envenenada dentro.
-Pero no vistes ni actúas como un esclavo.
-Uno de los caballeros me tomó como pupilo. Antes de llegar a conocer al Lord, pensó que, como no tenía herederos varones, yo sería reconocido como Bastardo eventualmente y tendría que saber qué hacer para cuidar de ella y del feudo. Por eso no me compró.
 
Legolas asintió, como habían presentado a Geniev como hijo bastardo de Aragorn, se había familiarizado con la legislación al respecto. Los frutos de uniones casuales o ilegítimas podían aspirar a mucho en Gondor, si sus padres decidían reconocerles. Había señores que llegaban a tener hasta una docena de bastardos a propósito, de donde reclutaban lugartenientes militares, administradores o guardaespaldas. Las mujeres bastardas eran buenos partidos, pues recibían dotes, nunca menos de la mitad que las hijas legítimas. Si un bastardo nacía de una esclava, heredaba la casta de su madre hasta que su padre le reconociera. En caso de que pasara a ser propiedad de otra persona, perdía todos los derechos a incorporarse a su familia consanguínea.
 
-¿Y tu nombre es?
-Fucik, Señoría.
-Ese no es un nombre del oeste -inquirió.
-Mi madre era del sur -explicó el chico. -Pero nunca guardó en su corazón fe por el Ojo y sus secuaces. Fui educado en el temor y respeto a los Valar y el poder de la luz -se apresuró a aclarar.
Legolas hizo un gesto para quitar importancia al asunto. Había aprendido por si mismo cuán poco importaba la fe de las personas en cuanto al honor con que se comportaban.
-Me dirás cuál es el castigo -ordenó con suavidad.
Fucik asintió.
-La Ley dice que si un esclavo mata a su amo, toda la dotación debe morir. Hombres, mujeres y niños, sean esclavos por nacimiento, deudas o botín. Todos los esclavos -y con un gesto de su brazo señaló a los niños amontonados el final de la habitación- seremos quemados en la hoguera, a menos que usted intervenga.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe apartó la pierna con fuerza y carraspeó.
–Tuve un accidente de pequeño y me manché la piel.
 
Aralqua asintió y se dedicó a acariciar el torso de su novio, sin pensar más en el asunto. La clase terminó, y el grupo se movió hacia los vestidores. Hembras y varones se desnudaron sin pudor, lo que incomodó mucho al pelirrojo. ¿Acaso nadie comprendía el concepto de recato? Le habían dicho que en el sur era diferente, y su padre le había preguntado si deseaba irse a un internado allá, pero él se negó. Aranwe no se iría lejos de su papá, y él no se iría lejos de Aranwe. Solo que, cuando estaban en los vestidores, añoraba su secundaria de Washington.
 
Sin embargo, no todos eran exhibicionistas a su alrededor. Cuando se giró para preguntar a su novio qué harían después, descubrió que este se había escurrido en silencio al área de las duchas cerradas. ¿Cómo se había enamorado del único adolescente pudoroso de la ciudad?
 
A la salida del colegio les esperaba el chofer del Banco Mundial, que Fred Williams mandaba siempre que podía desde que su hijo tenía novio. Caminaron hacia el vehículo de prisa, conscientes de las miradas de despecho que les dedicaban los Aspirantes, amontonados en un rincón del patio y ya enterados del desplante de Aranwe a su líder. Aralqua casi sintió pena por el rubio ese al que habían usado, pero el sentimiento se le evaporó cuando vio que Gaedheal de Tolfalas se acercaba con cara de pocos amigos. ¿Pelearían por fin hoy?
 
El castaño de detuvo a menos de un metro de ellos.
–Aiya –resopló más que dijo y el patio quedó en silencio.
El rubio suspiró, consciente de que las cosas ya estaban lo suficientemente tensas.
–Aiya –y acompañó el saludo con una leve inclinación de cabeza.
–Aranwe hijo de Aldaben, deseo que vengas vestido como yo a la fiesta de Lady Findulas, a la que he sido invitado por la pureza de mi estirpe y lo honorable de mis actos.
El rubio nunca tuvo tiempo para responder, pues Aralqua dio un paso al frente y asestó un puñetazo en la cara a Gaedheal que lo lanzó al piso.
–¡Es mi novio, vegetariano imbécil!
 
Continuará…