¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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29 diciembre, 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 35

De lo que está permitido a la nobleza
 
"La vida está llena de sexo,
o debería estarlo"
George R. R. Martín
 
 
Mirwood, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Halladad dejó ir al pájaro y se acercó a la chimenea para leer el mensaje. El Rey del Bosque Negro removió los rescoldos y las llamas crepitaron, entonces desplegó el breve pergamino cifrado: "alquimista infiel." Dejó caer el papel al fuego y regresó a la cama.
 
Su esposa seguía dormida, y Halladad se perdió por un instante en la belleza de su larga trenza negra. Desnuda tras la noche de amor, Maërys estaba hecha un bultito para conjurar el frío de esta madrugada invernal. Cuando él se metió debajo de las mantas, el cuerpo de ella se le amoldó, ansioso de calor, acaso de caricias. Pero el Rey está inquieto, así que se limita a pasar los dedos por la espalda de su amada mientras sus ojos grises intentan distinguir los retratos de la familia real, en la pared más lejana de la habitación.
 
Es una empresa baldía, por supuesto, pues la penumbra del día apenas es una promesa y las llamas del hogar son la única fuente de luz artificial. Pero Halladad sabe que ahí están los severos rostros de su padre Thranduil, su abuelo Lelldorian y su bisabuelo Haridorn, señores pretéritos de esta fortaleza, de este bosque, de estas riquezas y de las vidas de quienes habitan la región. Fue justamente su abuelo Lelldorian quien instituyó el cargo de Hechicero del Reino, y tras la muerte de Ingolm, un mago muy simpático, ocupó el puesto su discípulo, que nunca ocultó su predilección por Thranduil.
 
"Alquimista infiel."Apenas dos palabras y el pájaro llegado desde Rivendel ha sellado el destino de Elemmírë hijo de Galion. Tendrá que buscar un mago nuevo.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aralqua se dejó caer en el banco y suspiró confundido. ¿Cómo habían podido torcerse las cosas tan rápido? Darle en el hocico al presumido de Gaedheal se había sentido perfecto, pero su novio le había dedicado una mirada de puro horror. Sin dar explicaciones, Aranwe había corrido a la calle para tomar un taxi.
 
El pelirrojo tenía la impresión de que ese era el tipo de victoria que sus padres llamaban "pírrica", porque seguro que a Gaedheal de Tolfalas no le quedaban más ganas de meterse con su novio, pero ¿todavía era su novio? Imposible saberlo: no se atrevía a tomar el elevador a su casa, donde tendría que explicar a su madre el asunto; tampoco le alcanzaba el valor para ir al apartamento de los Lómendil, donde su suegro sería un obstáculo insalvable. Ante tal perspectiva, el patio de juegos del edificio parecía la mejor opción, aunque la gritería de la chiquillada fuera un poco molesta.
 
Así que ahí estaba, con la corbata floja, chaqueta y mochila tiradas en el pasto y la mirada clavada en el suelo. ¿Qué debía hacer?
 
–Saludos.
Aralqua levantó los ojos, frente a él estaban una chica castaña de 9 o 10 años. Aunque nunca la había visto, llevaba el uniforme de su colegio: camisa beige, chaleco y falda-pantalón azul oscuro, corbata negra con líneas beige y monograma blanco en el lado derecho.
–¿Qué quieres?
–¿Tu eres el que le dio el puñetazo a Gaedheal de Tolfalas?
El pelirrojo resopló molesto. ¿Ahora venía la venganza del Kindergarten Élfico?
–Si, fui yo.
Ella dio un salto y soltó un grito MUY agudo. Luego empezó a dar palmaditas.
–Lo sabía, lo sabía. Le dije a toda mi aula que vivías en mi edificio, pero no querían creerme. ¿Mañana podría sentarme a tu lado en el almuerzo? ¡Por favor!, ¡porfis!
–Oye, oye, ¡cálmate! No se ni cómo te llamas.
Ella se detuvo y sonrió avergonzada.
–Tienes razón, mi madre siempre dice que debo presentarme, pero se me olvida. Soy Lady Andreth, Condesa de Pinnath Gelin –hizo una reverencia profunda. –Es un placer conoceros, Ser Aralqua Williams.
–¿Ser?
–¡Claro! Un acto como el tuyo solo corresponde a un caballero.
–Bueno, en realidad...
Ella lo interrumpió con repentina seriedad.
–Si, lo se, en realidad todos queremos golpear a Lord Gaedheal de Tolfalas desde que tuvimos la desagradable circunstancia de conocerle, pero ha sido usted, caballero de allende los mares, quien logró tal hazaña.
–Hablas un poco raro, Andreth.
–Lady Andreth, por favor, no porque sea usted un valiente debe olvidar sus modales. Al menos eso dice mi madre, Señora Regente de Pinnath Gelin. Insiste en que hable de acuerdo al protocolo siempre. No le diréis que dije "porfis", ¿verdad?
–No, claro que no –le aseguró el pelirrojo, confundido ante la admiración que parecía sentir la niña por él y el difícil oestron protocolar.
–¡Perfecto! Ahora, ¿tiene usted un poco de tiempo, Ser? Otros habitantes del castillo desean conocerle y estrechar la mano del valiente que puso en su lugar a Lord Gaedheal de Tolfalas, ¡que nunca le salga pelo en los pies!
–Pues... –Aralqua recordó entonces que su madre deseaba que socializara con el resto de las personas del edificio, así que asintió. –Encantado, Lady Andreth.
La niña sonrió ampliamente y tiró de él.
–Venid, bajo el cuadrante de básquet se han reunido varias personas que supieron de vuestra escaramuza. Arden en deseos de estrechar vuestra mano y obtener detalles de ese combate singular en defensa de vuestro amado. Solo os prevengo de que, como sois un plebeyo de allende los mares, se considerará de mal tono que habléis como noble. En pocas palabras, está usted excusado del protocolo.
El pelirrojo lanzó un suspiro de alivio.
–Gracias, Lady Andreth, porque no se hablar oestron protocolar.
Ella le dirigió una mirada pícara y volvió a reírse.
–Alegraos de ello, Ser.
 
Caminaron hasta donde se alzaba la canasta de básquet, allí había una docena de chicos de entre 9 y 12 años esperándoles. Cuatro del grupo vestían su mismo uniforme (con diversos grados de desaliño), una pareja de gemelos tenía trajes de algún colegio militar, otros tres vestían un traje blanco y rojo vino que no supo identificar, un chico llevaba ropa de calle y una niña alta y de facciones duras llevaba camisa amarilla con monograma y unos vaqueros rasgados.
 
Se detuvieron a un metro y Andreth hizo una profunda reverencia en dirección al grupo.
–Sus señorías, honorables compatriotas, este es Ser Aralqua Williams, vencedor de Gaedheal de Tolfalas.
–Aiya –dijo con miedo.
–Aiya –respondieron a coro.
Los niños le miraron en silencio por un rato que al pelirrojo se le antojó infinito.
–¿Puedo hacerme una foto contigo? –dijo al fin un niño de cara redonda y cabello oscuro.
–¿Foto?
–Claro, si no, mañana no me van a creer en la escuela.
–Pero tú no vas a "Torre Blanca", ¿por qué les importaría en tu escuela que yo golpeara a ese presumido?
El grupo estalló en carcajadas.
–Tu de verdad no sabes lo que haz hecho, ¿cierto? –afirmó divertido uno de los cadetes.
Aralqua negó con la cabeza.
–Gaedheal de Tolfalas es el próximo Príncipe de Tolfalas, uno de los Grandes del Reino. Al golpearle, te has conseguido un espacio en las noticias de la noche.
El resto asintió.
–Por eso Malcom quiere una prueba de que vives en el edificio que cuida su madre –completó otro de los niños con el uniforme de "Torre Blanca", en lo que sacaba una cámara.
El moreno se apuró a posar junto a Aralqua.
–Ajusta bien eso, Aina, que nadie pueda decir que es un montaje –se volvió hacia el pelirrojo sonriente. –Gracias, así sabrán que yo no temo a chicos peligrosos.
–Un momento –les detuvo la niña de la camisa amarilla. –¿No es mejor una foto de grupo?
Todos miraron expectantes a Aralqua.
–Por mi perfecto, no hay problema.
Lady Andreth volvió a soltar su agudo y nada protocolar gritico de triunfo. De inmediato se agarró de la cintura del pelirrojo.
–¿Harás el retrato, Gorthol?
La niña de camisa amarilla hizo una mueca de fastidio y asintió.
–Claro, dame acá tu supercámara, Aina.
El resto del grupo se puso alrededor de Aralqua en lo que este luchaba con el asombro: Gorthol no le sonaba a nombre femenino.
–Ser Aralqua, no se pare tan tenso –le indicó Andreth. –Esta ha sido una excelente ocasión para conocernos. Vamos, relájese.
Gorthol resopló y bajó la cámara.
–Hirunatan y Malcom, ¿se toman de las manos o no?
La niña, de blusa blanca y falda roja, gruñó "él no es mi novio" y entrelazó sus manos a la altura de la cintura. Malcom la miró con tristeza y se encogió de hombros.
–Niggle ponte por el otro lado de Aralqua –siguió indicando Gorthol. –Alcen más la cabeza, soldaditos. De acuerdo, a la cuenta de tres digan "sesenta y seis", ¿listos?
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad
 
Legolas se contempló en el espejo con mirada crítica: no, no había envejecido más. Ni su rostro, ni sus manos, ni su torso, ni sus piernas habían perdido la piel suave, la fuerza interna, la elasticidad. Un poco más tranquilo, se apartó del gran espejo y fue a tomar la bata de dormir. Sonrió un poco por las cosquillas que el blando y cálido tejido le hacía. Las manos de Aragorn solían ser así sobre su piel cuando se rozaban por error décadas atrás. ¿Por error? Sonrió de nuevo, habían sido como dos niños que no saben cómo pedir un juguete a sus mayores, y rozarse era el modo de tranquilizar sus cuerpos. Pero esta idea estropeó el humor del príncipe, pues recordó que ahora, casados, también pasaban la mayor parte del tiempo ansiando el cuerpo del otro.
 
Ansiarse tanto tiempo, Dulce Varda, tenerse tan poco, perder tanto.
 
¿Por qué seguía Aragorn siéndole fiel? El hombre ardía en deseo, podía notarlo, y nadie en la corte le iba a regañar por buscar deshago en alguna cortesana. Mal que le pesara, Legolas estaba consciente de que él mismo tampoco se lo reprocharía, incluso sería un alivio comprobar que era tan poco digno de deseo en los ojos del Rey como en los suyos.
 
Pero su esposo, que no en balde se había criado con los gemelos, tenía otra idea de los votos matrimoniales. Decía estar dispuesto a esperar a que el cuerpo y alma de Legolas sanaran, a que volviera a nacerle el deseo de las caricias, a que renaciera la capacidad de confiar y entregarse. Legolas sabía que hablaba en serio, que su paciencia no sería herida por cinco o diez años de espera, pero ¿Gondor podía esperar tanto?
 
Siempre el mismo callejón sin salida ¡maldición! Legolas terminó de atarse la bata con gestos bruscos y salió del cuarto de baño.
 
–Alteza –su doncella hizo una profunda reverencia al verle entrar en la recámara real.
–¿Ocurre algo? –estaba seguro de haberla despedido hasta la mañana.
–Su Majestad le envía una nota –y mostró un fragmento de pergamino lacrado.
 
Él asintió, pero no se acercó  de inmediato. Primero observó con rapidez la habitación, en busca de alguna otra persona oculta. Luego avanzó de modo sinuoso, con fingida eventualidad pasó por la mesita donde había dejado su daga, y se acercó a la joven.
 
Ella, bien aleccionada, no dejó de mirar al suelo hasta que lo tuvo delante.
–Dame la nota. Alza los ojos.
loreth obedeció y se quedó sin aliento: el rostro dulce y bello del delicado elfo estaba deformado por una mueca cruel, y sus ojos, eran ojos de fiera acosada.
–Escúchame, mujer: en la recámara real se entra por invitación expresa. No volverás a entrar sin anunciarte, así te envíen los Valar con un Silmaril en la mano. Esperarás en la antesala, y tocarás la campanilla hasta que al Rey o yo salgamos a responder. Cualquiera que desee vernos se atiene a ese protocolo, incluso el Príncipe Geniev, y te haré personalmente responsable de su violación. ¿Me haz entendido?
Ioreth, que sentía claramente la punta del cuchillo en su costado, tragó en seco.
–Si, Alteza.
–Bien, puedes retirarte.
 
Una vez solo, desplegó la nota: "Ven a mi despacho, amor, no quiero hablar del asunto de Entre Ríos en la cama". Analizó despacio la escritura y el estilo y concluyó que la nota era en verdad de su esposo. Bufó: andar en ropas de dormir por las galerías del palacio no estaba en sus planes para obtener autoridad, pero volver a colocarse el pesado traje ceremonial estaba descartado.
 
Legolas buscó unas calzas, unas zapatillas de entrenamiento, el cinturón con sus armas y un abrigo largo, que cubrió mayormente su bata de dormir. De las muchas bujías repartidas por la habitación tomó una de base larga y estriada, que no se deslizaría entre sus manos sin él quererlo. Salió de su recámara con paso decidido.
 
Dos soldados hacían guardia en la puerta que separaba la antesala real de la galería.
–Abrid la puerta y seguidme –ordenó.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Igor escuchó abrirse la puerta de la oficina del Príncipe, pero no reaccionó. Siguió trabajando el borrador de su ensayo de teología, a la espera de que el Señor –era extraño, pero todo el mundo a su alrededor lo llamaba así y había acabado aceptando– le dirigiera la palabra. Era una de las primeras lecciones básicas aquí: el Señor iba y venía libre por su casa, que para eso lo era, en cambio, sería una tremenda impertinencia ponerse a cuestionar tal derecho con preguntas sobre sus deseos. ¿Acaso no podía expresarlos por si mismo?
 
Un mes a su servicio parecía una vida.
 
Ser secretario del Príncipe de Arda había abierto la puerta a un mundo cuya de existencia siempre supo, pero que ni siquiera la cercanía con Boris, Alcar y los gemelos le había permitido comprender. Una vida complicada, si, cuya densa trama de tradiciones y simbolismos encajaba perfectamente en el carácter curioso y meticuloso de Igor. A veces le parecía que regresaba a casa al cruzar las puertas del Círculo y que  toda su vida de joven rico y despreocupado del siglo XX (la niñez en el norte, la universidad llena de presiones y desafíos, sus relaciones fallidas, el apartamento que compartía con sus amigos) eran parte de un sueño demasiado largo.
 
Sonrío para sus adentros y volvió a pensar en "La noche bocarriba", ¿quién moriría antes, el erudito en lenguas antiguas o el fiel servidor de un príncipe solitario? ¿Y por qué pensar en la muerte? Por la casa, ¡claro!
 
Lo único desagradable de estar en la Mansión del Príncipe era la sensación de andar por un mausoleo. La incómoda impresión de que quienes le rodeaban -la callada Midhiel, el gigante Arog, el servicial Bill, el mismo Príncipe- eran seres del pasado remoto, fantasmas que luchaban por adaptarse a los modales de fines del siglo XX, pero cuyos gustos y añoranzas se remontaban muy atrás en el tiempo.
 
Si le preguntaran, Igor no podría decir qué gestos o indicios producían la sensación, pero estaba ahí. Se trataba, por ejemplo, de la facilidad con que Midhiel guisaba en el gran fogón de carbón de la cocina solo iluminada con lámparas de aceite, de la clase de esgrima matinal entre Arog y el Señor, de las canciones que tarareaba Bill mientras cepillaba a los caballos. Se trataba incluso, ¿o especialmente?, de cómo le preguntaban las cosas más inusitadas de la vida cotidiana de Arda y le pedían que repitiera palabras de jerga, lo cual parecía divertirles muchísimo.
 
–¿Igor? –le habló por fin el Príncipe mientras se dejaba caer en la silla frente a su mesa de trabajo.
El secretario puso a un lado pluma y papel y se enderezó en el asiento.
–¿Señor?
–Quiero que seas mi amante.
 
Igor se echó atrás instintivamente, pestañeó, dijo "¿Eh?" y volvió a inclinarse hacia delante. El Príncipe lo miraba divertido, y el joven consideró la posibilidad de que esto fuera un abroma. Lo desechó casi al instante, las bromas del Señor siempre se referían a hechos o personas de unos seiscientos años atrás. Tragó en seco. ¿Tanto se le notaba?
 
–Estoy seguro de que podrá encontrar parejas más adecuadas entre los primos de…
–No me va el incesto –le interrumpió el otro, y acompañó la frase con un gesto de desagrado. –Y ya sabes lo que pasó la última vez que confié en un extraño.
 
El joven asintió: "extraño", en la jerga del Príncipe, era equivalente a "extranjero", y el único no ardense que había llegado a la cama de un Príncipe Telcontar había sido Alfred Redl. ¿Quién en Arda no sabía del Asunto Redl? Si alguien había estado cerca de empujar a su país a la Primera Guerra Mundial, ese había sido Alfred Redl.
 
De hecho, el mayor éxito de la historia en la televisión nacional era la serie "Mi rubio mentiroso", que a pesar del pésimo título se retransmitía cada cinco años desde 1960, en cuanto crecía una nueva generación de adolescentes lloricas que pudieran conmoverse con el argumento, estirado y retorcido en 200 capítulos de 40 minutos. A pesar de su desconfianza a las telenovelas en general, y a las históricas en particular, Igor admitía que el tórrido romance de cinco años entre el agregado militar del Imperio Austrohúngaro y el Príncipe G de 1910 estaba bien reflejado. En especial ahora, cuando se daba cuenta de que los escenarios de la casa habían sido reproducidos al detalle. ¿Cuánto más de lo que tenía por ficción sería real? Hizo nota mental de volver a verla.
 
–Aún así no veo razones para…
–Te daré tres: Primero, es lo que se espera de ti, y he notado que te gusta respetar las tradiciones. Segundo, eres la única persona disponible con la edad, los atributos físicos, los conocimientos culturales y la paciencia necesaria. Tercero… –G saltó sobre la mesa con un gesto felino y besó con rudeza a Igor.
 
El muchacho intentó apartarle, pero G le agarró las manos y lo inmovilizó sin esfuerzo aparente. Su lengua se coló entre los dientes apretados del rubio y le acarició el interior de la boca, forzó a su lengua a danzar, a devolverle las caricias. Aunque una parte de su cerebro gritaba de pánico, Igor sintió que su cuerpo se relajaba y cedía de a poco. El beso de G era justo como lo había imaginado, rudo y prepotente. El cuerpo de G, ahora sentado encima suyo, tenía el peso y la forma justas para no hacerle gemir. Las manos de G, que masajeaban su nuca y su cuello, eran suaves y fuertes, se sentían  familiares tras años de sueños añorando un hombre así.
 
El contacto se cortó con la misma brusquedad. G se apartó un metro y quedó de pie, mirándole desde arriba con expresión socarrona.
–y último argumento: te gusto.
Igor cerró los ojos, tratando de no perder la calma ante la humillación. Sabía que estaba sonrojado, jadeante, despeinado y medio excitado con solo un beso. ¡Por los Valar!
–Mis padres no lo entenderán.
–Tus padres no aceptarán a ningún hombre –la sonrisa ahora se hizo cruel–, al menos esta vez tendrás un novio al que no pueden asustar.
Al oír cómo despachaba su débil argumento, Igor fue consciente de la imposibilidad de negarse. ¿No era esto lo que quería desde que le había puesto los ojos encima aquella tarde que vino acompañado de Boris?
–Seré tu amante –asintió–, pero no tu juguete.
–Los juguetes son para los niños –repuso G con voz acaso una octava más alta de lo habitual, con lo que Igor supo que se sentía agraviado. –¿Te explico las reglas?
Igor inspiró y expiró despacio, tenía que despejar su mente y escucharle. ¡Tenía que recuperar el control!
–Las reglas, claro.
– Uno: tú eres mi amante, no estoy enamorado de ti, no me casaré contigo, ni esperes una relación a largo plazo, solo tendremos este arreglo durante la temporada que viva en Minas Tirith, no creo que más de cinco años.
El joven estuvo a punto de rectificarle el nombre de la ciudad, pero desistió.
– Dos: estarás disponible para tener sexo todo el tiempo, pero no harás nada, en la cama o fuera de ella, que no te guste, que te humille o sientas ofensivo, no me interesan los jueguitos de amo/esclavo. Tres: los regalos que te haga, desde joyas hasta tierras, son tuyos de modo irrevocable, no temas que cambie de idea a la mañana siguiente y no juegues a rechazarlos para que insista. Cuatro: tendrás acceso pleno a la casa y toda reunión a la que asista, pero si un día me niego a explicarte algo, desaparezco sin ti o te excluyo, recuerda quién eres. Cinco: serás cortés con quienes nos rodean, y ellos están obligados a mostrarte cortesía, pues una ofensa a mi amante es una ofensa a mi, recuérdalo sobre todo frente a dignatarios extranjeros. Última: yo siempre voy arriba.
 
G terminó su parrafada, se reclinó y entrelazó los dedos de las manos, a la espera de una respuesta.
 
Igor cerró los ojos, abrumado, y trató de calmarse. ¿Estaba seguro de que la avalancha de palabras no era parte de un sueño? No, se dio cuenta de que ningún sueño en que G le propusiera sexo sería tan aséptico. Además, el Príncipe había estado hablando la mitad del tiempo en oetron antiguo, y él no dominaba tal lengua como para soñar en ella. ¡Por Tulkas! ¿Qué importancia podía tener en que idioma le ofrecía este contrato de trabajo sexual?
 
Esta era la realidad, comprendió con cierta amargura. Aquí se derrumbarán todos los sueños. A G no le interesaban sus sentimientos más allá del placer que le proporcionaría. Esa era la clave: "solo tendremos este arreglo durante la temporada que viva en Minas Tirith" Era esto o nada.
 
Al mismo tiempo, el miedo a no poder mantener la distancia le hacia temer. No, eso tampoco importaba. Cuando G decidiera irse, lo haría, él no podría detenerlo y tendría que aprender a vivir sin él. Así de fácil juzgan y actúan quienes tienen poder verdadero.
 
–Acepto.
Entonces ocurrió algo inusitado: G se arrodilló frente a Igor, le tomó la mano izquierda y le deslizó un anillo en el dedo anular.
–Esta es la réplica del Anillo de Rúmil, el emblema de mi acompañante –explicó mientras le acariciaba los dedos con pereza. –Trata de no acabar como él, ¿si?
Igor bufó. Sus similitudes con el mítico hermano de Haldir de Lorien eran pocas.
–No me gustan los caballos. Mis padres trataron de virilizarme con terapia equina.
G hizo un mohín divertido.
–Eso es un buen augurio, supongo.
–¿Qué no me gusten los caballos?
–Que no pudieran virilizarte –y su mirada se volvió lúbrica sin transición. –Porque ahora podré hacerlo yo.
 
Continuará…
 
Nota:
Sobre el verdadero Alfred Redl, agente del Imperio Ruso dentro del Ejército del Imperio Austrohúngaro, http://es.wikipedia.org/wiki/Alfred_Redl.

02 septiembre, 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 34

Sobre la persistencia de la maldad y la falta de discreción
 
White legs
One or two birthmarks.
Crossed, left over right.
Picking up the thick evening light....
"Unlisted", Viggo Mortensen
 

Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Barahir había aprendido a vivir con muchas cosas sin darle vueltas: al llegar a la academia, cinco estaciones atrás, se acostumbró a usar cucharas y cuchillos en lugar de sus dedos, y elaborados trajes de cuatro y cinco piezas, cuando había crecido apenas con pantalones y camisas raídas. Del mismo modo, tras tres meses como escolta de Geniev ya no le importaba el murmullo tenso que su llegada generaba y el cuidado que debía poner en cómo se movían ellos tres –vueltos uno en el protocolo– o hacia dónde oscilaba la masa de alumnos y sirvientes. Estaba en guardia todo el tiempo, si, y daba gracias a los Valar cada noche.
 
Para el joven estaba claro que ese era el camino que Ellos habían elegido para educarle, y era mil veces mejor que repetir textos antiguos con palabras pedantes o transcribir lecciones con esas plumas que manchaban sus dedos. Seguía haciendo tales cosas, por supuesto, pero gracias a Geniev habían adquirido sentido: Ahora podía usar la caligrafía para luchar, la historia para burlarse de sus condiscípulos, la descripción de los animales para planear batallas, los árboles genealógicos para comprender las razones de antiguos enconos o recientes arreglos matrimoniales, aplicar su comprensión de las finanzas para predecir coaliciones políticas.
 
Geniev deseaba saber al dedillo todo lo que al reino afectaba y tiraba de él en la senda de los saberes sin descanso, sin piedad. "No me harás pasar una vergüenza", advertía. Barahir, consciente de que era un honor sentarse junto al Príncipe en el aula y protegerle las espaldas en el entrenamiento, ni se planteaba flaquear.
 
Lo que aún no podía ignorar eran las miradas. La primera mañana, tras regresar de la merienda campestre con el Rey, las miradas eran de asombro.
 
Estaban en la mesa del comedor común. Geniev solo devoraba su fruta, Ecthelion y él respondían a la curiosidad de los otros estudiantes. Le parecía divertido responder preguntas –algunas perspicaces, las más ridículas– sobre el evento, la comida, la danza élfica, el baile de figuras que le siguió. Ante algunas cuestiones, Geniev le rozaba la pierna por debajo de la mesa y movía un poco la cabeza. Con eso Barahir sabía que el asunto era algo íntimo, que no podía compartirlo.
 
–¿Crees que soy camarero del Rey? ¡Claro que  no se si usa cota de mallas bajo la camisa!
 
Era agradable ser centro, y no porque te calleras de culo sobre un tintero, pensó el chico, pero la ilusión de que la curiosidad era amable le duró poco. Por el rabillo del ojo vio como Ecthelion contraía el pómulo y prestó atención al un joven castaño que se inclinaba sobre su hombro.
 
No pudo oír, pues ya concluían de hablar y el otro apenas había levantado la voz, de modo que el jaleo general del comedor impedía discernir sus palabras, pero la sonrisa burlona en los labios y los ojos teñidos de desprecio no eran buena señal.
 
Barahir, no sabía qué hacer. Ignoraba si las palabras habían sido claramente ofensivas o sutilmente degradantes. En cambio, sabía que en torneos verbales, él era inferior a todos en la Academia, que ningún caballero agradecería que saliera en su defensa como si de una doncella se tratase, y que su honor se debía ahora a Geniev.  Pero Ecthelion estaba claramente alterado y Barahir no soportaba la idea de que alguien lo ofendiera o maltratara. Ante la falta de repuesta de Ecthelion, dos de los acólitos del castaño soltaron risitas burlonas. El campesino empezó a ver en rojo. ¿Qué hacer, por los Valar?
 
–Tu eres  el heredero de Isla Tolfalas –intervino entonces Geniev.
–Si, Alteza –respondió con una reverencia el castaño. –Soy Gaedheal de Tolfalas.
–Ajá, si –Geniev masticó un trozo de fruta con expresión distraída–, conocí a tu tío ¿no?, el tercer hermano de tu padre.
Se hizo silencio en todo el comedor, y el rostro de Gaedheal se puso gris.
–Yo no le llamaría conocer, claro –continuó el Príncipe mientras limpiaba sus manos con una servilleta-, apenas vi como le arrastraban los guardias a la sala del trono. Luego mi padre, el Rey, lo degolló.
Hubo un gemido colectivo, y quienes estaban alrededor de Gaedheal de Tolfalas se hicieron hacia atrás, como si de repente recordaran que era portador de alguna enfermedad contagiosa.
 
Geniev se levantó, trepó al banco, saltó a la mesa y bajó por el otro lado. La multitud retrocedió automáticamente y él quedó frente a Gaedheal de Tolfalas, que estaba encogido y grisáceo, como una fruta seca tras el invierno, aunque le llevaba más de una cabeza al Príncipe.
 
–Creo que es hora de que pidas disculpas, pequeño Gaedheal.
El muchacho asintió, y se volvió hacia Ecthelion.
–Lamento que…
–¡A mi! –exclamó Geniev con impaciencia.
–¿Alteza?
–Me debes las disculpas a mí, ¿no lo sabes? –miró alrededor y sonrió con suficiencia. –Os lo voy a explicar a todos una sola vez: vuestros mayores trataron de matar al Senescal y apoderarse del Reino, y varios se quedaron, los pobrecitos, sin cabeza de familia. –volvió a mirar al heredero de Tolfalas– Ahora, Gaedheal, repite bien alto lo que le susurraste a Ecthelion.
–Alteza, yo…
–Repítelo, te lo ordeno.
Gaedheal osciló sobre sus pies, pasó sus manos temblorosas por los costados de su falda y tragó saliva. Luego repitió sus palabras:
-¡Bien por ti, Ecthelion, haber sido recibido en la tienda del Rey! Bueno es ser bello y hábil, ¿no? Pero ten cuidado no te sea la belleza traidora un día, pues dicen los ancianos que tiende la belleza a transformar la virtud, en impureza.
Barahir jadeó y llevó la mano al pomo de su espada automáticamente. A su lado, Ecthelion estaba tieso como una estaca, con los ojos ajenos y el rostro vacío de expresión.
–¿Sabes, Gaedheal? Coincido contigo en que Ecthelion es bello, pero no es el tipo de belleza que me atrae. ¿Y a ti?
Ante el silencio del atemorizado chico, Geniev insistió: –Te hice una pregunta, pequeño Gaedheal.
–A mi tampoco, Alteza.
–Es bueno saberlo –asintió el medio elfo. –Ahora, regresemos al asunto que te perturba: belleza y virtud –adoptó una pose meditabunda y camino alrededor del muchacho. –¿Corrompe la belleza a la virtud? En tiempos idos, cuando Gondor se encogía bajo la sombra de Sauron, puede que no fuera la belleza un atributo confiable, pues sabido es que el malvado usaba el disfraz de Annatar, con el que era bello aun entre los elfos, y así engañó a muchos. Pero el Rey ha vuelto, bien que lo sabéis todos, y el Rey es depositario de toda la virtud, porque los Valar lo han bendecido. Y Elessar I, que es todo él virtud, no se dejará corromper ahora, que ya terminó la guerra y los traidores fueron exterminados, ¿cierto?
–Muertos están los traidores, Alteza –respondió Gaedheal.
Geniev asintió, satisfecho de la respuesta, pero no se detuvo ahí.
–Ninguno de ustedes ignora que el Príncipe Consorte Legolas Thrandulion de Telcontar es el elfo más bello de la Tierra Media, por tanto, podemos deducir que el Rey tiene toda la belleza que desea en sus habitaciones. Ser admitido en la tienda del Rey, la mesa del Rey, la escolta del Rey, como han sido admitidos Barahir y Ecthelion, no se logra con belleza, Gaedheal, porque el Rey es virtuoso, y fiel. ¿Recuerdas esa lección, Gaedheal?
–El Rey es honorable, su honor es el honor de todo noble –recitó el isleño el viejo poema gondoriano.
–Entonces, concluyamos con esta inquietud tuya: ¿Pudiera la belleza tener mejor comercio que con la virtud? En presencia de nuestro Rey, no hay comercio más natural y estable. ¿Tienes algo que objetar a mi razonamiento, pequeño Gaedheal?
–No, Alteza, la lógica es perfecta, irreprochable.
–¿Tiene alguien algo que objetar sobre la virtud del Rey Elessar I?
–¡Gloria al Rey! –respondieron a coro todos temerosos de que recordara a sus parientes muertos en la Conjura de los Perros, como se había dado en llamar a la degollina de la primavera anterior y fascinados por la retórica de Geniev.
–Gaedheal, heredero de Isla Tolfalas, es hora de que pidas disculpas.
El muchacho hincó una rodilla en el suelo, bajó la cabeza hasta dejar expuesta la nuca y tomó con su mano derecha la izquierda del hijo del Rey.
–Príncipe Geniev, hijo de Elessar I, pido perdón por haber ofendido a tu padre, mi soberano, al dudar de su virtud y honor.
–Si, bueno –respondió el otro en tono ligero–, todos cometemos errores. ¿Una manzana?
 
Desde entonces, en la Academia dejaron de mirar a Geniev con esa mezcla de curiosidad y desprecio de los primeros días, la misma que alentara a Barahir y Ecthelion. Fue porque reconocieron la capacidad del Príncipe Bastardo, y tomaron conciencia de que, aún cuando naciera por medios sorprendentes un heredero legítimo, Geniev no se dejaría arrebatar el poder que como hijo del Rey le correspondía. Mientras tan hipotético escenario llegaba, los jóvenes nobles del reino meridional de los dúnedain de la Tierra Media decidieron que Geniev era su mejor opción, pues nadie quería entrar a los Anales del gobierno de Elessar I por ser hallado culpable de traición y "justamente castigado" en la sala del trono.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe Lómendil suspiró inseguro de qué debía hacer. El resto de la clase estaba en el agua, salpicando o charlando; un par ya calentaba, con ganas de congraciarse frente al profesor. No podía quedarse entre las taquillas y esperar que no reportasen su falta ¿o si?, pero tampoco podía sumarse al grupo y pretender que nada pasaba. No quería llamar la atención por ser el único que llevaba el traje de natación reglamentario. Pero,  ¿por qué todo el mundo había entendido la nueva clase como una oportunidad para quedarse sin ropas?
 
–¿No vas a entrar?
Aranwe brincó del susto y se giró, su amor lo contemplaba con expresión intrigada y ¡el traje reglamentario puesto!
–Te esperaba –balbuceó al tiempo que se sonrojaba.
–Gracias –esa palabra, y la sonrisa de suprema felicidad con que la acompañara de Aralqua, le dio fuerzas para casi querer acercarse al agua.
 
Aralqua miró un poco más allá, y vio al grupo bullicioso de adolescentes que se empujaban entre si o modelaban sus bikinis, un montón de cuerpos húmedos y semidesnudos. Luego contempló con expresión crítica el traje de licra negra que cubría desde cuello hasta las rodillas de su enamorado. No estaba seguro de qué era más llamativo, si los metros de piel expuesta o la maravillosa silueta que torneaba el traje reglamentario. El pelirrojo estaba consciente de que no era muy sutil, pero sabía que su novio no se sentía cómodo al llamar la atención.
 
–¿Seguro que prefieres seguir el reglamento en esto?
Aranwe asintió con fuerza, de modo que sus rizos rubios se agitaron.
–Entonces vamos, que no me viene bien otro reporte en el expediente.
 
Se acercaron a la piscina, y de inmediato las miradas de todo el grupo de posaron sobre ellos. Aralqua se puso mentalmente en guardia, a la espera de alguna burla o ataque. Antes de que empezaran a salir juntos, Aranwe era tratado como un ser invisible en la escuela, ahora tenía que dejar claro a cada rato que estaba con él, así que ninguno de los "populares" del colegio tenía que mirarle de arriba abajo como quien mira carne expuesta. Su conocimiento del oestron había aumentado, aunque no de un modo que su padre aprobaría: "sureño tonto" -que venía a ser lo que "latino ignorante" o "indio sucio" en su país-, era lo que más le gritaban, pero también cosas peores, cosas relacionadas con su madre.
 
Gaedheal Tolfalion fue a abrir la boca, pero la llegada del profesor le hizo cambiar de idea. Por si acaso, ambos se quedaron todo el tiempo que les fue posible en el extremo contrario de la piscina. El entrenador les dispuso por parejas, integradas por un nadador y un aprendiz. Por suerte, Aralqua había tomado clases antes, así que se quedó ayudando a su novio a familiarizarse con el agua y asimilando las reglas básicas de seguridad.
 
La clase duró unos treinta minutos, y luego el profesor se retiró a su oficina al fondo, desde donde podría acudir en caso de cualquier emergencia. Enseguida volvieron las charlas relajadas, las comparaciones de bikinis, traseros y pectorales. Los enamorados se quedaron en la parte baja, jugando entre el agua espumosa por el cloro.
 
–De verdad que no entiendo qué le ves, Lómendil.
Levantaron la cabeza: el castaño Gaedheal y otros tres chicos se habían parado en el borde de la piscina y les miraban con expresión despectiva.
–¡Piérdete! –resopló Aralqua.
–Yo no hablo con firkaielos, yanqui, me dirijo a mi compatriota. 
El aludido giró dentro del área de los brazos de su novio para mirar a sus interlocutores.
–Vete, Gaedheal, no tenemos nada de qué hablar.
–Te equivocas. –el castaño hizo un gesto hacia un chico de cabellos tan rubios que casi parecían blancos– Acá mi compañero de hermandad quiere llevarte al baile que ofrece Lady Finduilas por el compromiso de su hijo.
 
Aralqua Williams estaba sinceramente asombrado de lo lejos que llegaban los de la hermandad élfica por terminar su noviazgo. Esa era la mayor pega de este colegio, como todos eran ricos, y la mayoría nobles, estaban bastante convencidos de que el mundo se movía a su alrededor. Lo más chiflado entre este alumnado chiflado era el grupo de Aspirantes a la Sociedad Moriquendi, que andaban siempre leyendo libritos en élfico, discutiendo las ventajas de la dieta vegetariana, poniéndose protector solar para estar blancos como el papel y restregando al resto del mundo su casi seguro pasaporte a la elite de la nación.  No que fuera fácil conseguir el grado de Aspirante, pero qué grado de soberbia, ¡por los Valar! ¿Es que su dinero no valía igual que cualquier otro?
 
De haber sido más pequeño o menos errabundo, no habría comprendido nada, pero la vida de Aralqua estaba marcada por el trabajo itinerante de su padre para el FMI: había estado en decenas de colegios, y aunque sus padres preferían que se codeara con "la realidad", a veces no había más opción que matricularse en exclusivos colegios "internacionales", con los hijos de la elite nacional y del cuerpo diplomático. Allí, Aralqua se sorprendía por el empeño de sus compañeros norteamericanos de imaginarse y actuar como una raza aparte, superior. Eran niños y adolescentes que solo sabían sentir desprecio por el país que les hospedaba. Aquí, quienes lograban ser reconocidos como Aspirantes a la Moriquendi actuaban así, pretendían ser una raza superior, ¿no se habrían enterado de que los elfos habían partido en sus barcos voladores?
 
Aunque, tuvo que admitir el pelirrojo, sin dudas la oferta era increíble: una invitación a la Casa de los Senescales, nada menos. Todas las revistas, programas de TV, emisoras de radio y webs, hablaban de la próxima fiesta de compromiso entre John, futuro Senescal del Reino, e Ivanna Fedorov, considerada la mujer más bella de Arda desde Gilraen la Bella. Se trataba de la presentación de la novia ante de las familias reales de Arda, el Primer Ministro y su gabinete, el cuerpo diplomático y personalidades relevantes de todo el país. Sería el evento social del año, en especial porque la boda no se celebraría hasta la primavera siguiente.
 
Además, estaba el asunto dramático: ella, que era una plebeya de apellido ruso, sería presentada al mismísimo Príncipe G para que este diera su aprobación al enlace.
 
Aranwe miró al supuesto pretendiente, que no había abierto la boca, ¿por timidez o porque en realidad todo era idea de Gaedheal?
–Muchas gracias, pero ya estoy comprometido para esa fecha.
Los cuatro muchachos abrieron los ojos como platos y Aralqua soltó una risita divertida.
–Este es el evento social del año –balbuceó el rubio.
–Y yo deseo que la pases bien allí. Ahora, si me disculpan -se giró hacia su novio– ¿nos vamos?
Aralqua asintió y lo ayudó a alcanzar la escalerilla.
 
Como aún debían quedarse en el área de natación, el pelirrojo trajo de su taquilla una toalla gigantesca, se sentaron en el piso cerca de las gradas y los envolvió a ambos. Por debajo de la tela, rodeó el torso de su rubio con los brazos y las caderas con sus piernas. Aranwe sonrió con timidez al percibir la cercanía de sus cuerpos, pero no intentó separarse, sino que echó la cabeza hacia atrás y estiró las piernas.
 
Aralqua observó fascinado como la dura luz del local hacía casi brillar la blanca piel de las piernas de su novio -Aranwe parecía un elfo sin necesidad de protector solar. El rubio había cruzado una pierna sobre la otra, dejando ver dos pequeñas manchas oscuras en el pliegue interior de su rodilla izquierda.
 
–¿Son marcas de nacimiento?
–¿De qué hablas?
–Esas manchitas –rozó levemente el sitio por detrás de la rodilla, y Aranwe tembló entre sus brazos. –¿Son marcas de nacimiento?
 
Minas Tirith, año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Legolas suspiró tratando de serenarse. No le gustaba la idea de quedarse a solas con un montón de desconocidos en su despacho, por mucho que tales desconocidos fueran una muchacha, un adolescente y diez niños. No, no le gustaba, pero ella había insistido en que los pequeños no se alejaran de sus ojos durante la entrevista y Faramir había insinuado que era importante. Y, en último caso, ¿acaso tenía algo más que hacer? Mientras antes se incorporase a su parte del gobierno, antes sabría que quería cambiar de esta sociedad decadente y conservadora, y acaso podría comenzar a reconciliarse con el precio que habían pagado por el trono...
 
La luz de la tarde agonizante era anaranjada, y resaltaba los rasgos afilados de Lady Felyandariel. No parecía tener escasos 18 años cumplidos, más bien lucía como una cansada matrona en su treintena. Estar vestida de luto influía en eso: un traje de color marrón, ajustado por cintas de un tono algo más oscuro en mangas, cuello, pecho y cintura. La parte superior estaba apretada a la delgada figura por un corsé negro, de modo que lucía más delgada  y pálida de lo que cualquiera consideraría sano. El velo que le cubría cabello y cuello resaltaba su blanco cutis. Además, no se trataba solo del vestuario, sino de que las ojeras y la piel tirante revelaban su agotamiento. Pero en modo alguno podía Legolas percibir debilidad o dolor, lo que esperaría de una joven que acaba de perder a su padre, a su único familiar consanguíneo.
 
Repasó mentalmente lo que sabía del caso: Felyandariel era la única hija y heredera de Entre Ríos, un feudo llamado así porque ocupaba un sector considerable de la cuña de tierra fértil que separa las corrientes del Gilrain y el Serni, al occidente de Minas Tirith. Su padre, Lord Felyand, había muerto dos meses atrás, víctima de una enfermedad fulminante. A instancias de los vecinos del feudo Nenya Lebennin, del cual solo les separan las revueltas aguas del Serni, un juez había levantado inquisiciones respecto al asunto.
 
Antes de que el expediente y  la sentencia alcanzaran Minas Tirith para su sanción real, ella había llegado, causando revuelo por la atropellada violación de las reglas del luto filial y el recogimiento femenino. Faramir le había advertido que no oiría una historia agradable, pero que si deseaba salir de la sombra de Aragorn, esta era una entrada inmejorable, ya que, al solicitar su arbitraje, la joven Felyandariel reforzaba su posición como fuente de poder y criterio sobre los asuntos del reino.
 
Una vez que los niños estuvieron acomodados en el fondo de la estancia, Lady Felyandariel se acercó a la mesa del Príncipe.
-Majestad –e hizo una profunda reverencia, de hecho casi quedó en cuclillas, que fue imitada por el muchacho. -Gracias por recibirnos.
-Lord Faramir consideró que era pertinente -repuso Legolas sin querer comprometerse. -Siéntese.
Ella lo miró sorprendida. -Pero usted está de pie -adujo.
Legolas recordó apenas esa parte del protocolo, ¡debía concentrarse! Se sentó en su muy decorada silla detrás de un buró tallado en una sola pieza de granito jaspeado. Lady Felyandariel lo imitó.
-¿Y tu? -dijo el elfo al jovencito.
-Él es un esclavo, Majestad -aclaró ella con voz carente de emoción.
 
Legolas arrugó el seño ante tal hecho: el joven no solo mostraba un marcado parecido  con Lady Felyandariel, sus ropas eran de exquisita calidad y ella no había actuado a su alrededor con superioridad, más bien parecían dos primos ocupados con su montón de pupilos revoltosos. No, no solo parecen, seguro comparten la sangre, rectificó mentalmente. Pues, es el Príncipe Consorte para algo, ¿no?
 
-Te ordeno que te sientes en esa silla. -volvió a mirar a Lady Felyandariel - Entonces ¿qué desea pedirme?
-Permiso para hablar libremente, Majestad.
 
Eso tomó al elfo por sorpresa. ¿En qué extraña trama había muerto el Señor de Entre Ríos? Si ella pedía permiso para hablar libremente, lo que dijera allí no podría ser rebelado a otra persona más que al Rey -o un juez por él designado. Significaba, además, que las decisiones que tomara respecto a su petición no podrían ser argumentadas con la información, sino obedecidas por su poder como Consorte Real. ¿Por qué Faramir le había pedido que tomara precisamente este caso?
 
-Permiso concedido -dice casi en un suspiro.
Así que los guardias salen y cierran la puerta. Ella asiente, respira hondo y comienza.
-Yo mandé a matar a mi padre. Lo hice porque era un ser cruel, despreciable, que maltrataba a los braceros, esquilmaba a siervos y comerciantes de paso, que tomaba sin preguntar a nadie lo que quería, o qué sentían las personas a su alrededor. Así nacieron estos niños, sus bastardos. Y después de eso llegué a la edad de merecer y empezó a mirarme -ella tembló ante el recuerdo- "así". La situación era tan descarada que los caballeros del señorío se turnaban para escoltarme. Hombres libres, sirvientes y esclavos me buscaron marido por todo Gondor, hasta que comprendimos que no podría casarme, que él no me dejaría escapar. Creímos que moriría en la Guerra del Anillo, pero regresó sano, ¡sin un rasguño! Y yo era la heredera, la única heredera. Si me iba, les estaría traicionando, ¿entiende? Tenía que irse él.
 
La chica contiene con dificultad un sollozo. El muchacho a su lado le toma una mano y se la aprieta con afecto. Legolas pestañea ante el gesto, le recuerda a... Pero eso no importa, porque Lady Felyandariel recupera la calma y sigue.
 
-Para que un caballero matara a mi padre tendría que retarlo a duelo, luchar con él, y no queríamos correr riesgos, ¿entiende? Envenenar su comida, dejarle agonizar sin llamar a nadie, enterrarlo, guardar las apariencias de luto y seguir adelante. Ese era el plan, y eso solo podía hacerlo un esclavo, creímos que era el único modo de mantener el asunto bajo control.
-¿Creímos? -le interrumpe Legolas.
Ella le mira a los ojos, es evidente que no está segura de cuánto revelar, incluso bajo la protección del juramento del elfo.
-No creerá que era la única que deseaba verle muerto, Majestad.
Legolas asiente. -Siga.
-Todo salió de acuerdo al plan, pero no contamos con los señores de Nenya Lebennin. Son tan déspotas como mi difunto padre, y los Valar saben que sintieron miedo al enterarse de su muerte, que sospecharon porque temen la rebelión campesina cómo los orcos la luz de Eru.
Fueron ellos quienes armaron toda una algazara en los funerales. Quienes tuvieron el atrevimiento de llamar a los jueces de la ciudad para exigir que investigaran mi casa y cuántos esclavos había en la conjura. Y ahora claman que se cumpla la Ley, que esto sirva como escarmiento. Yo, yo no puedo hacer nada sin ponerme en evidencia y llevar la deshonra a los caballeros que me sirven y los libertos que habitan mi feudo. Usted tiene que ayudarnos, Majestad, ayude a mi familia.
 
Legolas parpadeó, incómodo: escarmiento y ley en la misma oración no le dan buena espina.
 
-Lady Felyandariel, soy nuevo en Gondor y los elfos no tenemos esclavos. Dígame, por favor, cuál es el castigo previsto, el que sus vecinos desean y usted teme.
 
Ella lo mira incrédula, y va a responder, solo que las facciones se le deforman y emite un ruido ronco, dolorido. Felyandariel se cubre la boca con las manos y se dobla sobre si misma. El joven esclavo se arrodilla a su lado y le abraza, susurra algo que pretende calmarla, pero el llanto es ya indetenible.
 
El joven se vuelve a mirar a Legolas, con expresión avergonzada.
-Disculpe, su Señoría, pero Lady Felyandariel ha pasado mucho en estas semanas y...
-¿Era tu padre? -le interrumpe el elfo, que desea comprender ese modo de tocarse, esa confianza de la joven con el esclavo, en este reino donde hasta los niños saben reconocer las distancias entre las castas.
Él alza una ceja, parece inseguro de qué debe responder.
-¿Quién?
-El difunto Lord, ¿era tu padre?
-No. Violó a mi madre el día de su boda, y yo nací nueve meses después, pero no era mi padre.
-¿Es costumbre en vuestra región? -inquiere el elfo, y le toma el control de mil años no revelar lo que esa información evoca en él.
El joven asiente.
-Decía que para mejorar la sangre de la hacienda, como si alguien quisiera tener esa sangre envenenada dentro.
-Pero no vistes ni actúas como un esclavo.
-Uno de los caballeros me tomó como pupilo. Antes de llegar a conocer al Lord, pensó que, como no tenía herederos varones, yo sería reconocido como Bastardo eventualmente y tendría que saber qué hacer para cuidar de ella y del feudo. Por eso no me compró.
 
Legolas asintió, como habían presentado a Geniev como hijo bastardo de Aragorn, se había familiarizado con la legislación al respecto. Los frutos de uniones casuales o ilegítimas podían aspirar a mucho en Gondor, si sus padres decidían reconocerles. Había señores que llegaban a tener hasta una docena de bastardos a propósito, de donde reclutaban lugartenientes militares, administradores o guardaespaldas. Las mujeres bastardas eran buenos partidos, pues recibían dotes, nunca menos de la mitad que las hijas legítimas. Si un bastardo nacía de una esclava, heredaba la casta de su madre hasta que su padre le reconociera. En caso de que pasara a ser propiedad de otra persona, perdía todos los derechos a incorporarse a su familia consanguínea.
 
-¿Y tu nombre es?
-Fucik, Señoría.
-Ese no es un nombre del oeste -inquirió.
-Mi madre era del sur -explicó el chico. -Pero nunca guardó en su corazón fe por el Ojo y sus secuaces. Fui educado en el temor y respeto a los Valar y el poder de la luz -se apresuró a aclarar.
Legolas hizo un gesto para quitar importancia al asunto. Había aprendido por si mismo cuán poco importaba la fe de las personas en cuanto al honor con que se comportaban.
-Me dirás cuál es el castigo -ordenó con suavidad.
Fucik asintió.
-La Ley dice que si un esclavo mata a su amo, toda la dotación debe morir. Hombres, mujeres y niños, sean esclavos por nacimiento, deudas o botín. Todos los esclavos -y con un gesto de su brazo señaló a los niños amontonados el final de la habitación- seremos quemados en la hoguera, a menos que usted intervenga.
 
Tirith Osto, año 1997 de la Cuarta Edad
 
Aranwe apartó la pierna con fuerza y carraspeó.
–Tuve un accidente de pequeño y me manché la piel.
 
Aralqua asintió y se dedicó a acariciar el torso de su novio, sin pensar más en el asunto. La clase terminó, y el grupo se movió hacia los vestidores. Hembras y varones se desnudaron sin pudor, lo que incomodó mucho al pelirrojo. ¿Acaso nadie comprendía el concepto de recato? Le habían dicho que en el sur era diferente, y su padre le había preguntado si deseaba irse a un internado allá, pero él se negó. Aranwe no se iría lejos de su papá, y él no se iría lejos de Aranwe. Solo que, cuando estaban en los vestidores, añoraba su secundaria de Washington.
 
Sin embargo, no todos eran exhibicionistas a su alrededor. Cuando se giró para preguntar a su novio qué harían después, descubrió que este se había escurrido en silencio al área de las duchas cerradas. ¿Cómo se había enamorado del único adolescente pudoroso de la ciudad?
 
A la salida del colegio les esperaba el chofer del Banco Mundial, que Fred Williams mandaba siempre que podía desde que su hijo tenía novio. Caminaron hacia el vehículo de prisa, conscientes de las miradas de despecho que les dedicaban los Aspirantes, amontonados en un rincón del patio y ya enterados del desplante de Aranwe a su líder. Aralqua casi sintió pena por el rubio ese al que habían usado, pero el sentimiento se le evaporó cuando vio que Gaedheal de Tolfalas se acercaba con cara de pocos amigos. ¿Pelearían por fin hoy?
 
El castaño de detuvo a menos de un metro de ellos.
–Aiya –resopló más que dijo y el patio quedó en silencio.
El rubio suspiró, consciente de que las cosas ya estaban lo suficientemente tensas.
–Aiya –y acompañó el saludo con una leve inclinación de cabeza.
–Aranwe hijo de Aldaben, deseo que vengas vestido como yo a la fiesta de Lady Findulas, a la que he sido invitado por la pureza de mi estirpe y lo honorable de mis actos.
El rubio nunca tuvo tiempo para responder, pues Aralqua dio un paso al frente y asestó un puñetazo en la cara a Gaedheal que lo lanzó al piso.
–¡Es mi novio, vegetariano imbécil!
 
Continuará…

17 junio, 2012

EN BUSCA DE UN SUEÑO 32

De la ley y otros demonios
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Eothain terminó de archivar el último de los expedientes y suspiró. Sus pensamientos vagaron, libres de la tediosa tarea de reunir, clasificar, ordenar alfabéticamente, sub-ordenar cronológicamente y levantar registros. Miró el reloj, inseguro entre la posibilidad de telefonear a Theódred o salir a comer solo.
 
No. Debía estar a mitad del entrenamiento y las llamadas a destiempo siempre ponían ansioso a Theódred. Recordar eso le puso de un humor sombrío, por lo que caminó aprisa hacia su cubículo, deseoso de abandonar el Edificio Principal de Archivos y Antigüedades de la Casa del Saber de Ithilien y ver el cielo. Mientras avanzaba entre estantes y gentes cargadas de documentos, el joven se sacó la máscara con filtro de aire y el gorro de plástico que cubría su cabeza, también los ganchos que le mantenían enrollado el pelo sobre la coronilla. La trenza rubia se desplegó hasta el nacimiento de sus nalgas.
 
El alivio de respirar directamente y dejar de cargar el peso de su larga cabellera fue notable, por lo que se permitió una leve sonrisa. Después de todo, cada persona tiene sus manías y las su compañero eran pocas considerando... ¡No! Se regañó a si mismo. Theódred no le tenía lástima. Si empezaba a valorar sus gestos a través de la lástima acabaría su relación.
 
Además, el pasado no tiene las palabras del futuro -dicen los viejos-, lo que Theódred y él tenían ahora se debía a su propio esfuerzo, a que era jodidamente bueno en la cama y fuera de ella. Su novio era uno de los dos jugadores de football más prometedores de Arda. En un año, al terminar sus estudios, los clubes se disputarían el contrato de los mejores delanteros de la década como huargos hambrientos un venado y entonces...
 
Eothain nunca imaginaba su vida con Theódred más allá de ese punto. Le atacaba un miedo supersticioso, irracional. No había muchas ciudades en Arda con laboratorios de restauración de documentos, al menos no tantas como las que tenían buenos clubes de football. Además, podía llegar una oferta desde el extranjero y él no podría irse, no por otros cinco años, al menos. Como siempre, el joven decidió dejar de lado el asunto. "El viento puede soplar, pero la montaña no se inclina" repitió un par de veces para serenarse.
 
Salió del edificio decidido a buscar su almuerzo en algún sitio discreto, pero un hombre se detuvo a su lado y le tomó del brazo.
–Queremos hablar contigo –le susurró en khuzdul una voz dura.
Eothain sintió que el corazón se le aceleraba y asintió débilmente. No le pasó por la mente intentar alejarse, ¿para qué?
–¡Taxi! –llamó su captor, y un auto azul con rayones se detuvo en la acera.
 
Abordaron en silencio.
 
Imladris, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
-Elladan, ¿un pase?
El elfo moreno alza los ojos para enfrentarse a Glorfindel, que le ofrece una espada roma.
-¿No te agotan lo suficiente tus pacientes? -inquiere jovial al tiempo que se levanta para aceptar el reto.
El rubio niega suavemente, con expresión de leve nostalgia.
-Es otro tipo de cansancio. A ti tampoco te agota el despacho, al parecer.
 
El Señor asiente. Aunque bendice la paz que disfrutan desde hace poco, el tedio de las minucias legales le calienta la sangre lentamente. Es por eso que, cada dos o tres jornadas, viene al campo de entrenamiento y se esfuerza con el más reciente grupo de reclutas, ese con al cual la instrucción se enfoca en desarrollar la resistencia a partir del agotamiento extremo. Luego se sientan bajo los árboles, comparten la bota de vino, el pan, el linimiento para las magulladuras, las bromas.
 
Y el Soberano siente la cabeza más clara.
 
Alguna que otra vez, incluso, su esposo Ellohir o su prometido Amroth -así les considera en su mente y les llama en la intimidad- bajan también desde la Casa Grande y practican esgrima contra el Señor ante la muchachada, que grita, toma partido y comenta las técnicas y las trampas. A Elladan le gusta eso:
 
Ha crecido junto a su esposo. Enfrentarse a Ellohir es enfrentarse a si mismo, buscar grietas en la estilizada técnica que le mantuvo con vida por mil quinientos años. Adelantar una finta o resistir un revés de su gemelo provoca la misma tensión dulce de cuando hacen el amor o danzan: un juego de entregas y complicidad.
 
En cambio, Amroth es un misterio. Aunque recibió entrenamiento como Guardia del Reino del Bosqueverde -cuyas técnicas y rutinas son más o menos conocidas en todos los dominios de los eldars-, ahora que combate sin reglas y con una mano de menos, Amroth se hace escurridizo y cauto, dado a ataques laterales y estocadas de engaño en las que desvía la fuerza de su oponente. Elladan reconoce las huellas del viaje agónico desde el Mar de Rhun hasta el reino de Thranduil: su prometido combate sin estilo ni honor, como un niño que quiere sobrevivir y a fuerza aprendió a ocultar sus muchos miedos y sacar el máximo a las escasas fuerzas. Y es bueno (Elladan lo sabe porque en cada combate le cuesta más la victoria), bueno para combatir  y para saber cuándo rendirse.
 
Con Amroth, cruzar espadas es como cortejar: un juego de seducción y descubrimientos.
 
-¿Listo?
La voz de Glorfindel le regresa de sus fantasías bélico-afectivas. Debe concentrarse, porque están solos y se ve que su maestro se quiere sacar el calor de la sangre.
-Listo.
 
Empiezan con amagos y ataques laterales. Elladan sabe que Glorfindel está midiendo fuerzas al tiempo que se calienta. Debe observar a su maestro ahora, ¿alguna vez llegó a derrotarlo? Pero el gemelo no puede pensar mucho en cómo desarmar al vencedor del balrog, pronto se ve apabullado por la andanada de golpes que le caen en caótica sucesión de arriba, por la derecha y la izquierda sin que pueda descifrar su orden. Así que retrocede dos pasos para equilibrarse.
 
El rubio sonríe con maldad y avanza. Elladan mantiene una defensa tan torpe que, por primera vez desde que se convirtiera en soldado de fortuna para el Ejército de Fornost, debe retroceder en la dirección que su maestro le impone.
 
-¿Ya fijaste la fecha?
Lo incongruente del tema descoloca al moreno y deja pasar un golpe.
-¡Maestro!
-Eso es por no pensar mientras combates.
Glorfindel vuelve al ataque discordante e insiste.
-¿Y bien?
Elladan toma aire entre parada y parada.
-Amroth quiere que sea entre el Día de la Victoria de Anar [Solsticio de Invierno, 21 de diciembre] y el Día de la Llegada de Yavanna [Equinoccio de Primavera, 21 de marzo]. Porque es de buen augurio casarse poco antes de las siembras.
-¿Su Señoría practicará rituales de fertilidad en los campos arados?
 
Elladan sabe que se ha sonrojado, y eso que el tono de Glorfindel es de burla evidente. Es que la sola mención de una fiesta como la del Fuego de Mayo que involucre a sus esposos le provoca sentimientos encontrados. Prefiere no contestar y su maestro vuelve a ser serio.
 
-¿Una boda blanca entonces, el río helado y un hoyo abierto por espada para derramar la sangre en el torrente?
El gemelo niega.
-Tiene que ser después del deshielo, o la familia no podrá estar presente.
Glorfindel asiente. Es razonable que los gemelos quieran  compartir la ceremonia con quienes les apoyaron por tanto tiempo. Y, desde luego, invitar al Clan de Maedros es demostrar que Amroth les importa, que Feanor estaba equivocado con ellos.
 
Ahora Elladan inicia un ataque impetuoso, trata de que el rubio retroceda y acorralarlo. Glorfindel mantiene la sangre fría, pero apoya un pie en cierta zona de grava suelta y se desequilibra. El moreno cree llegada su oportunidad, levanta la espada para el golpe de gracia y sonríe.
 
Un arma se interpone a la de Elladan de la nada y la expresión de Glorfindel se torna socarrona. Avanza y marca dos veces a su contrincante con la ayuda de Erestor.
 
-¡Maestro! -se queja el discípulo ante la inesperada intervención.
-Eso es para que aprendas a mirar alrededor. ¿Qué? -se burla al notar que Elladan está indeciso sobre la continuación de la justa- ¿No puedes con dos viejitos?
El hijo mayor de Elrond gira y queda frente a la pareja.
-Listo.
Intercambian nuevas fintas antes de volver a hablar.
-Entonces, ¿una boda verde? -insiste Glorfindel.
Pero ahora Elladan tuerce el gesto: no le agrada hablar del asunto frente al Primer Consejero.
-Verde, si, y discreta. Solo para la familia.
-La boda de un soberano nunca es discreta -advierte Erestor entre dientes mientras intenta forzar la guardia por arriba.
 
Elladan traba el golpe y usa de apoyo de su segundo atacante para saltar, con lo que el golpe de Glorfindel destinado a su vientre solo corta el aire. Retrocede, recompone la guardia y ataca.
 
-Será discreta: una vieja costumbre de eldars, celebrada entre eldars, con testigos eldars -y en su tono hay desafío.
-Muy discretos tus testigos -repone Erestor-: los soberanos de tres reinos. Sabes que al reconocer la boda reconocerán la ley.
-¿Y? -es evidente que el gemelo no ve el sentido de la acusación.
-Que el Consejo aprobó reconocer el valor de la Ley Antigua dentro de los límites del valle, si alguien considera que pretendes extenderla, podríamos tener que discutirlo de nuevo.
Elladan endurece la mirada y devuelve un golpe con especial fuerza. ¿Qué vio Glorfindel en este elfo atravesado?
-¿Me amenazas, Consejero? -y pone especial énfasis en el cargo.
Erestor esquiva con gracia la finta y resopla.
-Es mi deber advertirte del sendero que tomas, mi Señor -y casi escupe el título.
-¿Advertirme de que ahora votarás en contra?
Pero el moreno no se deja provocar.
-Mi voto es secreto, pero te recuerdo que la Ley Antigua fue reconocida como base de tu enlace para no dejar al Valle sin soberanos. Eso es muy distinto a reinstaurar su valor en toda Arda. Habrá quienes no quieran llegar tan lejos.
 
Elladan se detiene a mitad del gesto y Erestor marca su vientre -con lo que gana el combate-, pero el gemelo no siente el dolor ni da importancia al hecho. ¿Esos perros del Consejo planean...?
 
-Yo... -se calla. Es que tiene un remolino en la cabeza y no soporta la idea de balbucear frente a Erestor.
 
¿Dónde están? Le han hecho adentrarse en el Parque, un bosque artificial lleno de trampas y caminos engañosos donde se entrena a la Guardia. No hay nadie cerca, lo sabe porque el tamaño de las sombras indica que es hora del almuerzo; lo siente porque ser cauto se ha hecho parte de su naturaleza. De hecho están solos. ¿Por qué hablan de esto aquí y no en el despacho?
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Eothain no dijo nada mientras el auto tomaba el túnel para pasar a la orilla norte del Anduin y torcía al este, en busca del empobrecido Distrito Trece. Ya sabía que de nada valdría tratar de razonar con estos. Se detuvieron en el parqueo subterráneo de uno de los tantos edificios de vivienda de la zona obrera y lo llevaron al elevador. Mejor eso que las escaleras, se dijo. Salieron en el quinto piso, y recorrieron un par de metros antes de entrar a uno de los apartamentos.
 
La sala estaba casi vacía: una pantalla gigante, una mesa con cajas de pizza y comida china, varias sillas y un teléfono era más de lo que necesitaba una oficina ilegal de apuestas. Pero el local parecía estar lleno, porque el volumen de la TV permitía que se oyeran los comentarios del narrador del juego de football, los gritos de la hinchada en el estadio de Rhovanion y hasta las interjecciones u ofensas ocasionales de los equipos contendientes. El joven reparó en que antes de abrir la puerta no había sentido ruido alguno, y la comprensión de que el local tenía un excelente aislamiento le provocó un breve momento de temor.
 
"No van a golpearme" se tranquilizó a si mismo "porque no quieren que Theódred sepa."
 
En la sala había dos hombres, con la pinta repugnante de los woses, ocupados con un libro de cuentas, y un enano pelirrojo que se volvió hacia los tres recién llegados con gran alegría.
 
–¡Eothain, muchacho, cuánto tiempo sin verte! Pasa, pasa.
 
Los dos tipos que le había traído empujaron al joven dentro y cerraron la puerta. La voz del narrador era imposible de superar, por lo que el hombrecito les indicó por señas que le siguieran. Avanzaron por el pasillo hasta el baño. Uno de los tipos se quedó fuera.
 
–Bueno, aquí podremos conversar –dijo el pelirrojo tras sentarse trabajosamente sobre la tapa del inodoro. –¿Cómo has estado, chico?
–Bien, gracias por preguntar.
–¿Y los estudios?
Eothain sintió que un trago amargo le subía por la garganta, pero reprimió la sensación con habilidad.
–Bien, gracias.
El otro sonrió con la mitad de la boca y su diente de oro resplandeció bajo la luz artificial.
–Tu madre tiene ganas de verte. Le he dicho que, si se mantiene limpia hasta el Día de Arda, tal vez te pague un viaje a casa. ¿No tienes ganas de ver nuestro hogar?
 
El joven mantuvo su expresión cuidadosamente vacía. Los dos sabían que él no tenía ningún deseo de regresar a esa cueva apestosa en los niveles inferiores de la Montaña Solitaria. ¿Hogar? Tal vez lo había sido antes de que su padre muriera, pero todo lo que Eothain podía recordar eran los golpes, el hambre y la oscuridad que le regalaba su padrastro Dori, bajo la mirada alcohólica y extraviada de su madre. Era una suerte que el tipo fuera un khazâd chapado a la antigua en todos los sentidos porque, de haber querido, el enano lo habría metido en su cama a la semana de aparecer por la cueva.
 
Mirado en retrospectiva, tal vez habría sido mejor ¿no?, el repugnante y rechoncho marido de su madre tenía la mano suelta, pero no permitía que nadie más tocara a su familia. Si a Dori le hubiera interesado el cuerpo de su hijastro con la misma fuerza que le interesaba el de su esposa… muchas cosas habrían sido diferentes en su adolescencia.
 
Eothain permaneció en silencio el tiempo suficiente como para que Dori comprendiera que no le interesaba fingir interés por los detalles de la enésima recuperación de su madre. Así que el anfitrión pasó a otro tema.
 
–¿Y los gemelos?
Mejor sería decir, el verdadero tema.
–Bien.
–Me han dicho que uno de ellos está un poco triste. ¿No los mantienes contentos?
El joven chasqueó los labios. Si, había notado al mayor un poco ajeno, como si la mitad del tiempo mirara su vida desde fuera, pero no podía sacarle de sus malos humores así como así.
–No es mi responsabilidad tener contento a Théoden, es mi cuñado –recalcó.
–Son gemelos –desestimó el enano–, ¿no se supone que les gusten las mismas cosas?
–Les gusta el football, el cine sentimental, la comida baja en grasa, la música tradicional; les gustan muchas cosas a ambos, Dori, pero yo solo le gusto a Theódred.
El enano sonrió burlón.
–Y te llena de orgullo llevarte el mismo hombre a la cama desde hace casi dos años, ¿verdad? Qué vida tan linda y limpia tienes ahora. Como el cristal soplado de Erebor ¿cierto? –Dori se adelantó y atrapo entre sus dedos regordetes la barbilla del joven–. Creo que empiezas a olvidarte de nuevo de tu pasado, hijito. Por ejemplo:
El khazâd sacó de un bolsillo un fajo de papeles que le tendió. Eothain los fue leyendo con creciente inquietud.
–Qué cara se ha vuelto la atención hospitalaria, ¿verdad? Este gobierno nos llevará a la ruina porque nadie podrá pagar sus cuentas de salud, ¿no te parece? Quiero decir, ¿a quién se le ocurre que debemos probar la filiación de un menor para poder darle cobertura médica? Se lo he dicho a mis gentes: nada de votar por quien no quiere a los inmigrantes, todos esos discursos de proteger nuestra cultura solo son excusas para vigilarnos. Ahora mismo, un niño juega en la lluvia, se enferma, y si no puedes explicar quiénes son su padre y su madre ¡olvídate de ir al hospital! Y en las consultas privadas te comprueban la tarjeta de crédito antes de ponerte la mano en el pecho, una desvergüenza total.
–¿Ya regresó a clases? –le interrumpió el muchacho con voz estrangulada.
–Si, si. No fue nada grave. Solo una semana en la clínica y un poco de rehabilitación. Pero es muy inteligente, ya se puso al día con las tareas. Claro, el gasto fue tremendo por lo que te explico, quien único te atiende ahora sin preguntar dónde están los padres es el sector privado. Este Adanedhel Arthedain, con su cuento de defender a la infancia, ¡solo cierra puertas! No pensarás votar por él de nuevo, ¿cierto?
 
Pero la mente de Eothain está muy lejos de los avatares políticos del Primer Ministro. Por los Valar, ¿cómo va a salir de esta trampa? Una cosa sabe, no podrá pensar nada medianamente razonable con el parloteo incesante de su padrastro. Tiene que salir de ahí, alejarse, buscar un lugar tranquilo donde pueda llorar, maldecir, repensarse.
 
Se pone de pie.
 
–Tengo que regresar, o notaran mi falta. ¿Qué quieres?
 
Dori ya no sonríe. Está sentado en el inodoro, pero su rostro sus gestos tienen una parsimonia que enerva al rubio. Dori es conciente de su poder: de que el joven ante él está completamente aterrorizado. Dori no tiene que erguirse para imponer respeto, y lo sabe.
 
–Quiero que tu cuñado siga jugando, ¿acaso es algo demasiado complicado? Es hasta patriótico: yo cuido que tu deshonra no se conozca y tú mantienes felices a dos estrellas de la selección nacional de fútbol.
Eothain asiente. Parece fácil, si, pero sabe que pronto no podrá cumplir su parte del trato.
–Bien. Puedes irte hijo, –el enano se levanta y alza la tapa del retrete– yo todavía tengo que hacer algo por aquí.
 
El "puedes irte" funciona como un código de activación al matón que estuvo con ellos todo el tiempo. El hombre toma por el hombro al rubio estudiante de restauración y lo saca al infierno sonoro del corredor, luego al claustrofóbico edificio y lo deja delante de un restaurante de la zona de la universidad donde suele almorzar.
 
El joven entra sin mirar mucho, absorto en las posibles salidas al chantaje de Dori y no se fija en el ruido del local hasta que un grito lo hace regresar a la realidad.
 
–¡Amor! – Theódred viene hacia él con los brazos abiertos, los ojos alegres, los mechones de pelo rubio escapando de una trenza bastante descuidada. –Te traje con el pensamiento.
Eothain no tiene que fingir la sonrisa, porque el abrazo de oso de su pareja le quita el aire.
–Cariño –se queja.
–Lo siento, lo siento –se disculpa juguetón el futbolista y lo toma de la mano para guiarle. –Ven, apenas empezamos a comer.
–¿Empezamos…?
 
El joven sospecha de qué se trata, aunque guarda la esperanza de que todavía pueda tener un almuerzo tranquilo. Después de todo, si Theódred está ahí con su gemelo ¿no es plural? Pero sus ilusiones se evaporan al doblar el recodo y encontrarse a los veintidós integrantes de los Guerreros del Puente, el equipo de fútbol de la Casa del Saber de Ithilien.
 
Los jóvenes están apretujados alrededor de una mesa, y ocupados en servirse un poco de cada fuente dispuesta. Eothain pestañea, hay tantas bandejas y jarras que pareciera han pedido cada uno de los platos del menú.
 
–¡Miren! –exclama Theódred para llamar la atención del grupo. –Ahora si que estamos completos. Haz espacio, hermano.
 
La mesa es redonda, y alrededor tiene un banco de la misma forma, ambas estructuras están unidas por debajo, de modo que se debe pasar por sobre el banco para sentarse a comer. Eothain ya está incómodo: La mesa debe estar diseñada para unas dieciséis o dieciocho personas, así que ya están bastante apiñados y con él serán veintitrés. Además, la perspectiva de tener que seguir la charla ligera de los jugadores de la universidad –comentarios técnicos sobre el entrenamiento y sueños de grandes victorias– no le seduce tras el encuentro con Dori. Él quiere silencio para pensar, ¿es mucho pedir a los Valar?
 
–Ven –la voz de Theoden lo emplaza.
Acepta con una sonrisa divertida la mano que le tiende su cuñado para ayudarle a cruzar.
–No soy una chica ¿recuerdas? –le dice al oído, porque no quiere competir con el jaleo de media docena de conversaciones simultáneas.
 
Justo en ese momento Theódred se sienta y con el gesto lo empuja sobre su gemelo. Eothain engulle la oreja y, por puro instinto, la muerde. Siente entre sus manos como la piel de Theoden se calienta de golpe y un par de brazos le agarran. Eothain está a punto de dejarse ir, solo que los aplausos y silbidos alrededor le hacen reaccionar. Se aparta y busca el rostro de su pareja con temor, pero Theódred no lo mira a él, sino que se esfuerza por hacer callar al equipo.
 
–¿Quieren que nos echen antes de almorzar? –se queja.
–Es que no sabíamos que fueras taaaan tradicional, jefe –se ríe el pelirrojo Karel.
El rubio pone los ojos en blanco.
–Están tan obsesionados con el sexo que confunden un choque con un beso, ¡degenerados! Mañana van a correr el doble y todo el mundo a un prostíbulo el sábado. No quiero que se consuelen pensando en MI prometido.
 
Imladris, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Glorfindel y Erestor no dicen nada, solo esperan mirándole a los ojos. Conoce esa mirada: esto es un examen. Elladan asiente, acepta el reto. Bien, si tuvieron esta charla larga y dolorosa –en el sentido literal del término– para jugar ahora a las miradas, significa que los hechos están a la vista, solo debe unir las piezas en su mente. De acuerdo, si, puede hacer eso. Paso a paso, como cuando Glorfindel les llevaba a buscar rastros por el bosque y debían construir una historia.
 
¿Dónde están? Le han hecho adentrarse en el Parque, no hay nadie cerca, porque quieren que esto sea solo para sus oídos, no para su esposo o su prometido. Hablaron de la boda, ¿cierto?, de la fecha, del ritual y de los invitados. Es de la boda, ¿pero no deben saberlo sus esposos? No, espera, el Consejo podría volver a reunirse si creyeran que sus pretensiones son muy grandes, porque aceptar una invitación es aceptar la ceremonia, y aceptar la ceremonia es aceptar la ley. Los invitados, el problema son los invitados. "Muy discretos tus testigos" dijo Erector "los soberanos de tres reinos." Si, bueno, es el Señor del Valle, ¿quiénes van a ser sus parientes? Veamos: el Consejo resuma adoración por la abuela, Lady Galadriel podría decretar mañana mismo que cada elfo debe comer carne y aprobarían los diseños de una chiquera en menos de un día. No, el problema no es Bosque Dorado. ¿Halladad? Saben que está casado con la hermana de su prometido, y parte importante de su política interna es el regreso de muchas de las costumbres antiguas. Están revisando toda su legislación ahora mismo para expurgar las contaminaciones de tanto roce con mortales y enanos. Es probable que, a la larga, los sindar recuperen aún más leyes antiguas y pongan en un aprieto a los otros reinos élficos. No, Bosque Verde tampoco es el problema. Solo queda…
 
–¡Es mi hijo! –y la deducción se ve confirmada por la mirada culpable de Glorfindel y levemente incómoda de Erestor. –¿Están locos? No puedo casarme sin mi hijo.
–Ya no es un niño, Elladan –le recuerda el vencedor del balrog. –Hace décadas que dejó de ponerse cáscaras de papa sobre las orejas para fingirse un elfito.
–Es mi hijo –repite el Señor del Valle con fiereza. –Fue amamantado por Elrohir, le enseñé a andar y cabalgar…
Pero la voz del Primer Consejero le interrumpe.
–Nunca fue tu hijo ante la Ley, ni siquiera se asentó Estel como su nombre legal. Nos esforzamos mucho porque no olvidara su legado, porque aceptara ir a reclamar el derecho de su linaje de sangre. Es Aragorn, hijo de Arathorn, fue coronado rey Elessar Telcontar, el heredero verdadero y único de Isildur y soberano de los reinos gemelos de Gondor y Arnor. Es el Rey de los Hombres.
 
Elladan traga en seco. Sabe que los argumentos son válidos. Sabe, incluso, que los enemigos de Estel en Gondor podrían usar esta boda en su contra.
 
–Lo educaste para Rey, Elladan –le recuerda Glorfindel.
–Lo hice –admite con los dientes apretados.
–Y si es un buen Rey entenderá que no puede venir ausentarse de Gondor de nuevo, esta vez para celebrar un incesto.
 
Elladan mira a Erestor con rabia. Nadie como él para escoger las palabras más desagradables. Pero no responde, ¿qué va a decir? Da un par de pasos para alejarse de ellos y mira el cielo.
 
Es una mierda ser soberano, fue lo que pensó al comprender que amaba a su hermano. Uno no puede amar a su gemelo y detentar un señorío. Elrohir le hizo verlo de otra manera: solo al gobernar un señorío puedes ponerte por encima de la ley, incluso permitirte amar a tu hermano. Persistió por eso, porque tenía la esperanza de que las cosas serían mejores si alcanzaba su cuota de poder. Buscaron y obtuvieron poder en la corte de Fornost y en las comunidades nómadas del Reino Perdido, poder suficiente para que sus actos no fueran cuestionados, siempre que la discreción marcara sus acciones.
 
Ahora no se esconde, y es porque nadie le disputa el poder en el Valle. Esta es una parte del poder que por herencia le corresponde: ser Señor del Valle y rescribir la Ley. Es posible que llegue a gobernar Bosque Dorado, si los abuelos se aburren algún día de tal belleza, no lo sabe. Además, él o alguno de sus hijos serán la elección natural para ejercer la regencia de Arnor, pero esto solo es así porque Aragorn es Rey en el sur. Será regente porque Aragorn ha crecido para redimir a su estirpe, para ser Rey. No puede tenerle en su boda porque lo educó bien.
 
Los Valar aman la ironía.
 
Elladan vuelve a mirar a los dos elfos con rostro ya controlado, impasible. Ese es el tipo de expresión que se cultiva y aprecia entre los Primeros Nacidos, aunque él nunca ha comprendido bien para qué sirve, excepto para complicar las relaciones.
 
–Ha sido una práctica muy agradable, Primer Consejero, Sanador Mayor. Ahora, si me permiten, debo escribir una carta a mi hermana.
 
Continuará…
 
Anexos:
 
Incesto entre gemelos (trad de Wiki en inglés http://en.wikipedia.org/wiki/Incest_between_twins)
 
El incesto entre gemelos, también conocido  como "twincest" (inglés), es una subclase de incesto entre hermanos e incluye relaciones heterosexuales y homosexuales. Aunque en la cultura moderna de Europa Occidental este comportamiento se considera tabú y es muy raro, el incesto entre gemelos es un elemento común en las mitologías indoeuropeas, de Indonesia y Oceanía, y hay algunas sociedades en las cuales la prohibición sobre el mismo está limitada o el fenómeno es parcialmente aceptado.
 
En la sociedad de Bali
 
En la cultura tradicional de Bali era común que dos gemelos de distinto sexo se casaran entre si, ya que se asumía que habían tenido sexo en el útero. La explicación antropológica usual de esta costumbre está basada en explicaciones de los conflictos entre descendencia y afinidad en la sociedad balinesa. El incesto entre gemelos era un elemento común en la mitología de Bali -numerosos mitos de la creación del sudeste asiático presentan en papel preponderante una pareja de gemelos o hermanos. En una de las historias más comunes, el hermano se casa con su hermana y ella concibe un hijo, pero al descubrir que son hermanos, son forzados a separarse. Como en muchas otras mitologías, las deidades de Bali frecuentemente se casan con sus hermanos sin ninguno de los problemas que enfrentan las parejas incestuosas humanas.
 
Incesto en el folclor (trad de Wiki en inglés http://en.wikipedia.org/wiki/Incest_in_folklore)
 
Islandia
 
En el folclor de Islandia un argumento común incluye un hermano y una hermana que conciben (ilegalmente) un bebé. Inmediatamente deben escapar de la justicia al irse a vivir a un valle remoto. Allí tienen varios hijos más. El varón tiene habilidades mágicas que usa para dirigir a los viajeros en dirección al valle o lejos del mismo, según decida. La pareja de hermanos siempre tiene una hija y cualquier cantidad de hijos. Eventualmente el padre permite que un joven (usualmente en busca de una oveja perdida) entre al valle y le pide que se case con la hija y de a él y su hermana-esposa un funeral civilizado tras su muerte.
 
Bretaña / Irlanda
 
En la antigua saga irlandesa "Tochmarc Étaíne", Eochaid Airem, el rey de Irlanda, es engañado para dormir con su hija, a la cual confunde con su madre Étaín. La hija de su unión será la madre del legendario rey Conaire Mor.
 
En algunas versiones de la leyenda británica medieval del Rey Arturo, Arturo accidentalmente engendra un hijo con su media hermana Morgana en una noche de lujuria ciega, y, cuando oye en una profecía que traerá la destrucción de la Mesa Redonda, intenta matar al niño. El niño sobrevive y se llama Mordred, su último némesis.
 
Endogamia (trad de wiki en inglés http://en.wikipedia.org/wiki/Incest)
 
El incesto que resulta en descendencia es una forma de endogamia cercana (reproducción entre dos personas con ancestro común). La endogamia lleva a una mayor probabilidad de defectos congénitos porque incrementa la proporción de cigotos homocigóticos, en particular de alelos recesivos perjudiciales, que producen desordenes. Como tales alelos son raros en las poblaciones, es improbable que dos cónyuges sin parentesco sean ambos portadores heterocigóticos. Sin embargo, como los parientes cercanos comparten una gran parte de sus alelos, la probabilidad de que cualquier alelo recesivo perjudicial presente en el ancestro común sea heredado de ambos padres se incrementa dramáticamente con respecto a las parejas exogámicas. Contrario a la creencia común, la endogamia no altera por si misma la frecuencia de los alelos, sino que incrementa la proporción relativa entre homocigóticos y heterocigóticos. Sin embargo, como la mayor proporción de homocigóticos recesivos perjudiciales expone a los  alelos a la selección natural, a la larga su frecuencia disminuye más rápido en la población endogámica. A corto plazo, la reproducción incestuosa debe producir aumento de los abortos espontáneos, muertes perinatales y descendencia con defectos de nacimiento. También puede haber otros efectos perjudiciales además de los causados por enfermedades recesivas, como el hecho de que un sistema inmune similar puede ser más vulnerable a enfermedades infecciosas.
 
Un estudio de 29 nacimientos resultantes de incestos entre hermanos o padre-hija encontró que 20 tenían anormalidades congénitas, incluyendo cuatro directamente atribuibles a alelos autosómicos recesivos.