¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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29 junio, 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 29

Un banquete con danzas élficas

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Cuando Geniev salió de la tienda, no guardaba esperanzas de pasarla bien, ni aunque estuviera acompañado por Ecthelion y Barahir. Era ya de noche, y el olor del campamento le llegó como una mezcla de comidas y resina de antorchas que le repugnaba. Además, ni siquiera la presencia de sus rubios amigos iba  impedir que Rúmil insistiera en sacarle a bailar. Legolas le había dicho que aceptar, solo una pieza, en nada le comprometía, pero Geniev temía dos cosas: darle esperanzas al elfo ante su concesión, porque él no pensaba corresponder a sus deseos ni en mil años, y alejar de si a los nuevos amigos, que estarían encantados de ser los favoritos del bastardo del Rey, pero no habían olvidado sus suspicacias.
 
Además, Geniev no entendía que Rúmil, quien podía tener a el que quisiera entre mortales e inmortales desde las riberas del río Gilrain hasta las del Poros, le cortejara a él, Geniev el Fantasma de Fornost. El elfo del Bosque Dorado conocía lo suficiente a Trancos para saber que Geniev no era su hijo. Y estaba entre los pocos que sabían del don del Príncipe Legolas, lo que descartaba un plan a largo plazo de control sobre el trono. ¿Qué otra cosa podía interesarle? Vestido con el sobrio traje gris que correspondía a su rango y cazado de zapatillas con suela delgada, Geniev se sintió casi como una dama y se preguntó -otra vez- si no se habría apresurado al aceptar la oferta de Trancos.
 
Cierto era que no le obligaban a estar así a menudo, que se esperaba también que fuera a la guerra y liderara hombres, pero primero -el Ojo sabría por qué- debía aprender a ser amable con los nobles, incluso con los jovencitos que tendría que arrear en combate. La razón de esta contradictoria actitud  estaba relacionada con que, en Gondor, los nobles no solo se dedicaban a la guerra y se consideraba  una actitud bárbara no poder discutir de poesía o historia en las noches de campamento. Estaba claro para Geniev que, quienes así hablaban, nunca estaban encargados de las guardias o los heridos, o de las trincheras. Planeaba hacer callos en algunas manos en cuanto saliera de la Academia. Pero por ahora no podía decepcionar a sus padres.
 
-Ya estoy listo -anunció a sus amigos, que lo esperaban delante de la tienda.
Ecthelion y Barahir se volvieron y sus ojos se abrieron con asombro. El gesto lo hizo inquietarse.
-¿Algún problema? -no creía haber transgredido la etiqueta, pues el traje lo había mandado a confeccionar Faramir, y Duilin le había vestido personalmente, pero...
-Su Señoría está deslumbrante -explicó Ecthelion y agarró un tirabuzón de su rubio cabello para ponerlo detrás de la oreja. -Disculpe a estos torpes servidores suyos, que no estamos acostumbrados  a ver tanta elegancia.
Geniev se asustó, si estaba demasiado bonito, alguien más que Rúmil podría reunir valor para invitarle a bailar. Suspiró y se preparó para lo inevitable.
-Vamos.
 
Avisado con tiempo del plan de esta merienda campestre, Ecthelion había leído de las antiguas costumbres de la corte de Gondor, cuando todavía tenían familia real que custodiar. El tiempo que pasara a solas con Barahir en el campamento, mientras Duilin vestía al príncipe -ese no tenía reputación que perder-, lo había invertido en instruir a su amigo el campesino en las obligaciones que debían cumplir a partir de ahora. Una de ellas era convertirse en su guardia personal más íntima.
 
A partir de la aceptación tácita de los monarcas en la reunión de la tarde, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin serían las sombras de Geniev hijo de Halabard, el "hijo adoptivo" de Elessar I. En la guerra o la paz, en la cacería o el palacio, uno de los dos estaría siempre a menos de diez pasos de Geniev. Solo le dejarían para asuntos que implicasen intimidad física, y eso tras comprobar la seguridad de las habitaciones donde permanecería el príncipe. En palacio se les asignarían recámaras anexas a las de su señor; en el campamento, se esperaba que durmieran en la tienda contigua; en caso de pernoctar en posadas o edificios donde el séquito estuviera apretado, su lecho estaría a los pies de la cama de Geniev, o delante de la puerta, si él tenía otra compañía. Probarían su comida, sujetarían la rienda de sus caballos o guardarían su correspondencia, según fuera necesario.
 
Mientras Ecthelion le informaba de sus nuevas obligaciones, Barahir se asustaba. Lo de él nunca había sido la elegancia de la corte, poco o nada tenía que ver con los requiebros del lenguaje que desplegaban sus condiscípulos de origen urbano en la Academia. Claro, tenía la suerte de que Geniev tampoco estaba muy hecho a la vida sofisticada de la corte, pero la misma gente que reiría con "las excentricidades" al bastardo real, no dudaría en señalarle con el dedo. Al mismo tiempo, Barahir era consciente de que una persona con sueños tan atormentados como los de Geniev necesitaba amigos. El recuerdo del cuerpo delgado y tembloroso del medio elfo entre sus brazos le decidió.
 
Y con paso decidido caminaron los tres jóvenes hacia el centro del campamento, donde se reunía ya la corte para ver el espectáculo y disfrutar de la cena. Ninguno dijo una palabra, pero Geniev se movía sin mirar el camino, saludando a un lado y otro a las familias nobles que se inclinaban al reconocerle. Los dos rubios le flaqueaban y mantenían el espacio personal del príncipe perfectamente delimitado. Un par de pajes fueron limpiamente empujados por Barahir. Cierto noble que intentó reverenciar a Geniev en mitad del camino recibió un torvo "Dejad paso" de Ecthelion. Llegaron así a la explanada donde se cocían los alimentos de la noche.
 
El fuego estaba repartido en numerosas hogueras de mediano tamaño, sobre ellas se asaban carnes o hervían los calderos. Muchos sirvientes se afanaban de un lado a otro. Alrededor se habían dispuesto los asientos de la corte, de modo que la luz y el calor de los fuegos llegara a todos por igual. En el extremo norte del perímetro, un estrado marcaba el sitio para la familia real y su guardia, el escenario estaba justo al frente, también elevado para que se pudiera ver todo por encima de las cabezas de cocineros, pinches y pajes.
 
Al llegar a la mesa de los reyes, Geniev se sentó al lado del Príncipe Consorte. Para sus edecanes habían dispuesto una mesa más baja delante de la mesa grande. Los tres jóvenes se acomodaron con gestos tensos y sonrisas congeladas. Lo que pareció divertir a Legolas.
 
-Es un placer verles de nuevo, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin. -fueron a levantarse, pero el elfo les detuvo con un gesto. -Como acompañantes de Geniev, están excusados de algunas formalidades, nos veremos a menudo en lo adelante.
Los rubios intercambiaron una mirada, esa era la confirmación de su estatus. Ambos sabían que debían decir algo, pero el miedo y la emoción les ataban la lengua. Geniev intervino en su lugar.
-Ada, estoy muy feliz de que aceptaras mis elecciones. Ahora que ya son mis compañeros oficiales, ¿puedo regresar con ustedes? Seguro aprenden igual con Duilin, en el palacio.
Esa perspectiva asustó un poco a Barahir ¿tener por tutor privado al Caracortada? A su madre no le iba a gustar eso...
-Tu padre ha decidido que te relaciones con tus iguales en la Academia. Les llevarás al combate en poco tiempo y para entonces es necesario que se conozcan. ¿Cómo sino podrás ser estratega?
-Ya se todo lo que necesito de ellos.
-Pero ellos no lo saben todo de ti -repuso Legolas con voz que no admitía réplica. -No te reconocen como su señor. Cuando te obedezcan sin chistar, estarás listo.
Geniev apretó los labios, se notaba que no le hacía feliz la idea, pero asintió.
 
Barahir se sintió aliviado, estaba ya asustado ante la idea de quedarse a vivir en el Palacio y tener por tutor a Duilin. Sin embargo el sentido del decoro, o la simple certeza de que aquella era una discusión inútil, conducían a su Príncipe a dejar el asunto. Debía convencer a Geniev de que la Academia, donde podría imponerse y disfrutar sin la vigilancia estricta de sus Majestades, era el lugar ideal para esos meses. ¿Estaría Ecthelion de su parte? Esperaba que si. No que a su amigo le tentara mucho la vida en campaña, pero dudaba de que le interesara más verse relacionado tan rápido con Duilin y la vida interna de la ciudadela.
 
Un sirviente con librea amarilla le puso delante un cuenco de sopa y Barahir miró a su alrededor para saber cómo debía tomarla. Pero en la mesa nadie estaba prestando atención a la comida, pues sobre el escenario aparecieron los primeros danzantes.
 
Ecthelion lo miraba todo con ojos asombrados: El mantel, la vajilla, las copas, los cuchillos y las cucharas marcados con el árbol. Los sirvientes de alegres libreas amarillas y las gentes que se afanaban junto al fuego, casi desnudos y sudorosos. El modo en que estaban sentados los nobles, con sus tocados y colores distintivos. El orden de los soldados alrededor de las mesas. Quién llevaba armas en su atuendo y quién no. Dónde estaban los catadores y dónde las barricas de vino. La explanada era una fuente de información sobre la corte a la que Geniev lo había lanzado de bruces, no quería dejar escapar nada.
 
Permaneció en silencio durante el intercambio de el Príncipe Consorte y su Príncipe -debía adaptarse pronto a la idea de que tenía un Príncipe directamente sobre su cabeza- porque estaba seguro de que luego, con la ayuda de Barahir, le harían ver que la relativa libertad de la Academia era mucho más ventajosa. Como el ambiente quedo algo tenso, se le ocurrió que elogiar el menú podía ayudar a disipar tensiones -eso hacia la insufrible esposa de su padre, al menos.
 
Entonces se iluminaron las lámparas alineadas a lo largo del escenario y empezó la danza.
 
Pocos de los invitados de esa noche habían visto bailar a los elfos. Aislados y ocupados en la guerra, como habían estado los habitantes de Gondor, ni siquiera sus nobles tenían mucho tiempo para las diversiones. Así que las antiguas costumbres de ocio sofisticado habían caído en desuso. Cuando se hablaba de danzas, en general se pensaba en jigas y lanceros, en bailes de máscaras o algún verso pícaro declamado al ritmo del tamboril mientras la declamadora mostraba sus esbeltas piernas. Nada más sofisticado, nada que no se pudiera aprender de vista mientras se crecía. Esto era otra cosa:
 
Dos seres vestidos de muselina se movían muy despacio, cada uno desde un lado del tablado. Sus claras pieles y trajes blancos tenían un tinte de oro con las luces de las lámparas y las hogueras. Solo se diferenciaban en que una cabellera era oscura y la otra rubia. La pareja parecía flotar en el aire, de lo gráciles que eran sus saltos, estaban hechos acaso de aire, por lo suave de sus encuentros y separaciones. Era una danza de amor, eso todo el mundo podía entenderlo, de un amor vigilado, acaso prohibido. Un ser vestido de rojo y negro irrumpió de pronto en escena y tomó a la figura de rubios cabellos en sus brazos ¿cómo podía alzarle con tal facilidad? Su amante tomo una espada del suelo y se lanzó al rescate, pero el ser alzó la mano y lo detuvo. ¿Un maleficio? Tres veces el héroe se lanzó al ataque, y tres veces fue rechazado por el gesto poderoso. Calló al fin y el de rojo celebró con saltos y pasos complejos mientras mantenía a la figura rubia sobre su cabeza. Entonces ocurrió inaudito: el ser rubio profirió un quejido y escapó de un salto. Abrazó a su amante inerme y, con rostro arrebatado por la locura, se enterró la espada. Pero el dolor no le afectó, sino que fue el malvado quien sintió el filo y calló sin fuerzas. Luego, con un gesto de amor, la persona rubia despertó a la morena y se marcharon.
 
El estallido de un tronco en el fuego hizo despertar a lo espectadores. Todos -soldados, pinches, pajes, nobles- estaban tan asombrados que no sabían como reaccionar. Entonces miraron al Rey, pues si él había encargado esta diversión, él sabría la manera apropiada de responder. Aragorn tardó un poco en darse cuenta de esto, pues estaba consolando a Legolas, que había empezado a llorar en cuanto vio representado el secuestro. Pero decidió usarlo como oportunidad para afianzar la autoridad del Príncipe Consorte.
 
-Esposo, nuestros súbditos quieren saber cómo se responde a una buena danza élfica.
Legolas levantó los ojos, asombrado, y vio a la corte a la espera. Sin dudar, se levantó junto a Aragorn.
-Ha sido un espectáculo magnífico, mis parabienes a los intérpretes -y aplaudió.
 
La mesa real le secundó, y de inmediato la corte imitó la acción, porque no sabían cómo se llamaba esa danza o quién podía moverse así sin apelar a la magia, pero sin dudas era muy bello.
 
El resto de las danzas fueron de naturaleza menos dramática, pero la semilla estaba sembrada. Arwen y Eowyn sonrieron cómplices, pronto tendrían en marcha una Escuela de Danzas en la Colonia de Ithilien y no faltarían fondos para mantenerla.
 
Continuará

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