¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

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08 agosto, 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 31

Tres no es multitud
 
Imladris, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Ellohir contuvo un bostezo y Elladan le sonrió desde el otro lado de la mesa. La celebración del equinoccio era agotadora, pero imprescindible en el calendario festivo de Rivendel. Celebraban el fin de la cosecha y los trabajos de almacenamiento. A partir de ahora, y hasta la primavera, los brazos estarían volcados en las imprescindibles reparaciones de los edificios de la comunidad y la defensa de las fronteras. No que fuese menos agotador -y sin dudas era más peligroso-, solo que tras escardar tantas hierbas de rodillas en los surcos y palear tanto grano en el interior de los silos, cada habitante  estaba ansioso por el cambio.
 
Pero Ellohir estaba agotado, había paleado granos, supervisado cuentas, recuperado aperos de labranza en el campo, y ahora estaba de nuevo en su luna. Todo lo que quería era una cama, una bolsa de agua caliente entre las piernas y los brazos de su esposo alrededor de su torso. Aún así, se obligó a sonreír cuando le preguntaron cierto detalle intrascendente del ya desaparecido Palacio Real de Fornost.
 
-Era una combinación ingeniosa de tonos verde y morado, lo recuerdo bien. Representaba la victoria de la vida sobre el hechizo del Rey Brujo. Un tapiz un poco pesado en mi opinión, pero colgó hasta el último día de la pared norte de la sala de fiestas principal.
 
Lindorië asintió en agradecimiento y siguió charlando con su esposo acerca de los estilos y técnicas de tejido del norte de la Tierra Media. Para ella, se le ocurrió al gemelo, los Valar crearían un gigantesco taller de tejido en las Tierras Imperecederas. De vuelta a su apagado humor, el elfo de ojos color chocolate miró distraído la estancia.
 
Como se trataba de una reunión festiva, Elladan había dispuesto que se despejara el espacio central del gran salón de fiestas de la Casa Grande. Allí estaba la mayoría de la gente joven, para quienes la Fiesta de la Cosecha era aún novedad. Algunas parejas danzaban lentamente -mejor decir que se abrazaban con la melodía como excusa-, otros conversaban mientras bebían hidromel. Para que pajes y cocineros pudieran disfrutar del convite, la comida había sido presentada en grandes mesas a un lado, bajo un fuego suave que mantenía los alimentos a temperatura agradable. De allí cada cual tomaba lo que deseaba. Las mesas eran pequeñas, para seis u ocho comensales, y estaban dispuestas a lo largo de las paredes. Solo la mesa de ellos era de doce sillas, para el Señor de Rivendel, su hermano y los Consejeros principales. Para alivio de los gemelos, su mesa solo estuvo llena hasta que terminaron la oración de agradecimiento, tras lo cual la mayoría se había ido a conversar o bailar.
 
La organización era todo lo informal que podía ser, pero había reglas tácitas, y una de ellas era que el Señor de Rivendel presidía la fiesta hasta la medianoche, así que ahí estaban, charlando y aguantando el sueño. Mientras los jóvenes se manoseaban, como esas chicas de la derecha, o alguien exponía encendidas palabras de amor a un amado renuente, como... Ellohir parpadeó de sorpresa. ¿Ese era...? El sopor se le fue de golpe y tragó en seco.
 
-Voy a buscar cuajada de leche -dijo y se levantó de la mesa.
 
Elladan se sorprendió por el tono en que su esposo hablara, además de que la velocidad a la que se alejaba de la mesa no era nada educada. ¿Se habría molestado por algo? Le siguió con la mirada y, para su asombro e inquietud, vio que no se dirigía a la mesa de las comidas, sino al extremo norte del salón, donde un elfo de cabello castaño tenía acorralado entre sus brazos a...
 
-Necesito un panecillo salado -se excusó, y siguió los pasos de su gemelo.
 
******************
 
Amroth respiró hondo y dedicó una sonrisa forzada a Eruntalon. No sabía cómo actuar y el miedo avanzaba piernas arriba en su cuerpo. ¿Es que este elfo no entendía de sutilezas? Si por lo menos se alejara un poquito.
 
-Creo que eres el elfito más bello de Rivendel. Lo digo en serio, lo sabes ¿verdad? Cuando era más joven, conocí a Lady Arwen y a Legolas, pero tu tienes un perfil exótico, singular. De verdad que no se cómo los elfos de Mirkwood te dejaron escapar. Quiero decir, eres hermano de Maërys. ¿A quién se le ocurre mandarte a cuidar los jardines de Rivendel?
 
¡Oh! Era la tercera variación del mismo argumento en lo que iba de noche. Y Amroth ya no recordaba cuántas veces la había oído desde la primavera. Eruntalon le rondaba desde que se mudara de Mithlond, junto con un contingente de elfos marineros que habían recuperado el interés por la tierra firme tras la toma de poder de los gemelos.
 
Al principio, el avari creyó que sus preguntas sobre el modo de hacer crecer las flores eran parte de las exploraciones del elfo de cabello castaño, pero pronto se dio cuenta de que solo le interesaba estar cerca y hacerse notar con sus desagradables historias de conquistas entre jovencitas mortales a las que dejaba preñadas o elegantes elfitos a los que "les hacía descubrir flexibilidades insospechadas en sus cuerpos". Eruntalon le recordaba a Thranduil, incluso porque algo de ascendencia tenía entre la comunidad, aunque era un recién llegado.
 
El joven avari lo sabía porque, al darse cuenta de lo que el teleri deseaba, se dedicó a escuchar con atención lo que en las cocinas y establos se decía. Resultó ser que era un guerrero valiente y famoso, al cual el Señor de Rivendel había invitado especialmente, para reforzar las fronteras y el entrenamiento de los jóvenes reclutas. Ante tal prospecto, a Amroth ni le pasaba por la mente quejarse, así que, apelando a su entrenamiento como servidor del difunto Thranduil, cerró los labios, dejó correr sus requiebros como lluvia y evitó quedarse a solas con el teleri Eruntalon. Había funcionado por tres estaciones, hasta hoy.
 
No dejaba de ser triste que, justo en un salón lleno de gente, Eruntalon estuviera a punto de lograr sus propósitos. En esta fiesta cada cual estaba en lo suyo y Amroth no veía salidas que pudieran tomarse como amables. Un par de veces había mirado hacia la mesa del Señor, pero los gemelos estaban muy ocupados para fijarse en el sirviente del Jardín de Celebrian.
 
-¿Estás de acuerdo?
Amroth le miró confundido. ¿Con qué se suponía que debía coincidir? Pero los ojos de su pretendiente eran fieros y supo qué respuesta era la correcta aún ignorando por completo la pregunta. Asintió levemente y se ganó una sonrisa satisfecha, lobuna.
-Perfecto, vámonos.
El joven avari se dejó arrastrar hacia una puerta lateral del salón, creyó que nadie se fijaba en ellos.
 
*************
 
Ellohir paró en seco al ver que Eruntalon tomaba de la mano a Amroth para llevarle fuera de la sala de fiestas. Las dos expresiones no podían ser más dispares, el teleri feliz, el avari aterrorizado, pero Amroth no se había resistido y era habitual que las celebraciones de la cosecha terminaran con encuentros sexuales que en nada comprometían. ¿Qué hacer ahora?
 
Elladan llegó a su altura y le puso una mano sobre el hombro.
-Es ahora o nunca.
Ellohir sintió como todo el cuerpo se le envaraba.
-Ahora.
 
Ambos salieron por la puerta más cercana y corrieron a sus habitaciones. Aunque Eruntalon era normalmente razonable, estaría borracho y excitado en su propio territorio, no podían correr riesgos.  Así que los gemelos tomaron un sus dagas y espadas, para mostrar una imagen lo suficientemente clara, que disuadiera al teleri de cualquier intento de resistencia.
 
-Esto es culpa nuestra -rezongó el gemelo mayor mientras se ceñía el cinto. -Si hubiéramos escuchado a Glorfindel...
-Los hubiera no sirven ahora. Fuimos respetuosos, ese teleri no. Es claro que no entendimos los deseos de Amroth, pero vamos a arreglarlo.
 
Se movieron rápidos por las galerías en busca de la recámara de Eruntalon. No podían oír voces, pero si los gemidos llorosos de Amrroth al otro lado. Tras encomendarse a los Valar, Elladan golpeó la puerta con fuerza.
-¿Qué pasa? -la voz era ronca, mezcla de deseo y fastidio.
-Eruntalon, soy Elladan. Hay una partida de orcos atacando, vamos.
 
Se escuchó un golpe fuerte, como de un objeto ¿o cuerpo? lanzado al suelo, y luego pasos apresurados hacia la puerta. Los gemelos respiraron hondo y cuando escucharon al elfo castaño quitar la traba, empujaron al unísono.
 
-¿Qué...?
Pero Eruntalon no tenía su fama por nada, enseguida reaccionó, dio un salto hacia atrás y paró la estocada de Elladan.
-¿Mi señor?
-¿Ahora te acuerdas de que soy tu señor? La Casa del Señor debe ser respetada.
Una sonrisa torcida apareció entonces en los labios del teleri.
-¿Se trata de él? Solo teníais que haberme hablado. Yo lo habría llevado dócilmente a vuestra cama. Es como una oveja, le teme al perro pastor, y obedece. Vino aquí por voluntad propia, ¿sabéis?
Elladan lanzó un golpe de especial fuerza y lo hizo retroceder, lo suficiente como para que Ellohir se colara sin peligro y corriera a donde Amroth gemía hecho un ovillo, en el suelo, junto a la cama.
-No me interesan tus argumentos, ese elfito, hermano de la reina Maërys de Mirkwood, está casi desnudo y con el peinado deshecho, pero no parece molesto por la interrupción. ¿Cómo lo explicas?
-¿Y cómo explicas las ataduras en sus manos? -demandó Ellohir con voz de tormenta.
Pero el teleri tenía suficiente experiencia como para saber que no debía dejarse desconcertar, así que ignoró la demanda del gemelo menor y se concentró en el que le atacaba.
-Mi Señor, os juro que no sabía que deseabais al elfito, nunca me habría puesto en vuestro camino de saberlo.
Elladan sonrió, pero el gesto no le llegó a los ojos.
-Tu no entiendes, orco disfrazado, no se trata de que yo desee a alguien, sino de que tu no puedes tener a nadie contra su voluntad.
 
Elladan dio otro través y Eruntalon levantó la espada para rechazarlo, Ellohir apareció entonces tras él y le rodeó el cuello con una banda de cuero. Por reflejo, el teleri se sacudió, pero su enemigo estaba bien plantado. Eruntalon empezó a toser, soltó el arma y finalmente calló de rodillas. Solo entonces liberaron su garganta. El elfo era lo suficientemente cauteloso como para no intentar moverse mientras sentía el efecto de la asfixia en sus miembros, en su mente.
 
El Señor de Rivendel se dirigió a la cama, donde Amroth lloraba en silencio mientras se cubría el  pecho con los brazos cruzados.
-¿Puedes caminar?
El chico asintió, pero siguió encogido, sin dar señales de querer moverse. Fue Ellohir quien entendió la razón de su inmovilidad y le pasó por encima de los hombros su túnica de gala.
-Gracias -musitó el avari, que se apresuró a meter los brazos y cerrarla.
-Vamos -y el gemelo mayor le ofreció una mano para ayudarle a ponerse en pie.
Aunque se irguió, los temblores no abandonaban su cuerpo, así que Ellohir, le ofreció sus brazos.
-¿Me permites?
 
Por primera vez en la noche, el miedo de los ojos de Amroth cedió paso al asombro. Pero asintió. Cobijado en los fuertes brazos del gemelo menor se permitió sentirse, incluso, seguro, y dejó caer la cabeza en el hombro de su protector.
 
Casi en la galería, Elladan recordó que debía decir algo más al elfo que les contemplaba desde el suelo.
 
-He revocado tu contrato, Eruntalon hijo de Fairë. Ya no te necesito en el Ejército de Rivendel. Puedes quedarte como agricultor o marchar de vuelta al puerto de Mithlond. Has con tu miserable vida lo que quieras, lejos de nosotros.
 
Llegaron sin cruzarse con nadie al cuarto de Amroth. Ellohir fue a dejar el avari en la cama, pero este no quiso soltarlo, así que optó por sentarse y acunarle. Elladan cerró la puerta, se liberó del cinto y sus armas antes de acercarse. Los pasos parecieron alterar al joven, que levantó la cara de prisa, pero al reconocerle su cuerpo se aflojó. Amroth tomó aire, se deshizo del abrazo y quedó sentado en el borde de la cama. Miró alrededor, los objetos familiares de la habitación que le habían asignado desde su llegada le dieron un poco de aplomo. Empezó a hablar en su modo lento y de acentuaciones sorprendentes.
 
-Mi señor, lamento profundamente que discutiera con el capitán Eruntalon por mi.
Elladan rechazó la idea con un gesto.
-No digas tonterías, esto no fue tu culpa. Mi hermano y yo somos los responsables de que el asunto llegara tan lejos, por guardar las formas permitimos que te sacara del salón.
 
Eso descolocó a Amroth. ¿Los gemelos le habían observado en la fiesta? Elladan aprovechó la pausa para acercar una silla y sentarse frente a él.
 
-¿Desde cuando te acosaba?
Amroth enrojeció, pero fue sincero.
-El capitán Eruntalon me dedicó requiebros desde la primavera.
 
Los gemelos intercambiaron miradas de asombro. ¿Desde la primavera? Pero Eruntalon ya había tenido por lo menos tres amantes en Rivendel. Era pura suerte que no se atreviera a atacarle antes.
 
-¡Ay, Amroth! Si tu no querías... -Elladan se detiene y respira hondo, no tenía sentido agredir al chico. Si tu no correspondías a sus deseos, ¿por qué dejaste que te siguiera cortejando?
-Yo soy un criado, él un capitán. No podía quejarme de que me prestara atención.
-No -interviene Ellohir con voz suave. -No es así como funciona, querido Amroth. Él es un elfo y tu también, no tenía ningún derecho a forzar tu compañía.
-Yo no quería... -el avari se muerde los labios.
 
Elladan está a punto de insistir, pero el gemelo menor le hace callar con los ojos y estrecha un poco los hombros del joven. Este se relaja ante el toque y vuelve a hablar con los ojos cerrados. El discurso es apresurado, y alterna palabras del sindarín con el quenya.
 
-Yo no quiero irme de aquí, no puedo. ¿Cómo iba a denunciarle si es más importante que yo, más necesario? Es un capitán de espadas, yo el jardinero tullido de un jardín al que no va nadie. Ustedes me recogieron porque Halladad lo pidió, soy una carga. Nunca osaría molestar al Señor de Rivendel o su hermano con lloriqueos. Es así, yo conozco mi lugar.
Ellohir acarició con la punta de los dedos la mejilla del avari.
-Mírame Amroth -el joven obedeció, y por un instante el elróndida se perdió en sus orbes negras, singulares. -Ahora mira a mi hermano, ¿acaso crees que, por un espadachín más en los cuarteles, alguno de los dos consentiría tu deshonra?
-Yo no tengo honra -responde mecánicamente y los gemelos comprenden que es una frase aprendida. -Soy un sirviente, un tullido. Yo no merezco que ustedes me vigilen desde las ventanas, o que Lord Glorfindel trate de arreglar mi mano. Total, ¿para qué la voy a usar?
-Para cargar a tus bebés -propone Elladan con un hilo de voz.
-De su boca podría creer eso, pero... ¿quién va a querer a un avari usado, tullido y con el pelo de nieve?
Los gemelos responden a coro, sin detenerse a intercambiar una mirada.
-Nosotros.
 
Amroth levanta la cara asombrado, temeroso, pero ve en los ojos verde oscuro de su Señor y en los marrones de Ellohir que el deseo es sincero. Se queda quieto por unos minutos, procesando la información. Luego se mueve un poco y sube los pies a la cama, suspira y se saca la túnica que le prestara el Ellohir para sustituir sus ropas desgarradas. Abre los brazos en gesto de entrega y deja ver el cuerpo hermoso, apenas cubierto por un calzón corto: su piel color marfil -una gota más oscura que los blancos eldars- brilla bajo las bujías como si fuera una estatua animada, el pecho está ligeramente abultado, de un modo que solo alguien con siglos de intimidad junto a un Elegido puede comprender en toda su dimensión. Todo en el gesto de Amroth invita a tomar, pero el Señor de Rivendel sabe muy bien cómo contener el deseo.
 
-No queremos un amante, Amroth.
El chico les mira sin comprender.
-Queremos un esposo -completa Ellohir.
-Pero la Ley Antigua fue olvidada, mi Señor.
Lo gemelos alzan las cejas ante la frase.
-¿Qué sabes tu de la Ley Antigua?
Amroth frunce el ceño, le es difícil explicarse en el idioma de Rivendel, le es difícil hablar de las diferencias entre ellos y él.
-Los avari sabemos que los gemelos no debe separarse. Los eldars lo han olvidado.
-¿Entonces para ti...?
Ellohir se detiene, le cuesta formular esa pregunta sin sentirse vulnerable, pero es un poco tarde para pensar en la vulnerabilidad frente a Amroth ¿cierto?
-Entonces para ti es natural que estemos enlazados.
Amroth se encoje de hombros y les mira sin comprender que se detengan tanto en el asunto.
-Mis Señores son gemelos -y es evidente que, desde su punto de vista, el asunto carece de importancia.
 
Para él, su atarince y sus hermanos era obvio. ¿Qué otra cosa son los gemelos sino una persona en dos cuerpos? ¿A quién se le ocurre que una persona puede casarse con dos personas? Si guardaron silencio fue porque pronto comprendieron que las costumbres de los eldars se habían contaminado demasiado con las de los firimar. Le parecía simplemente triste que los elróndidas tuvieran que ocultar su naturaleza.
 
-Ada nos llamó avaris una vez -rememora Ellohir, pensativo.
 
Y el recuerdo golpea a Elladan de forma casi física, aquel reclamo de Elrond una fría tarde de noviembre del año 1520 de la Tercera Edad del Sol. "¡¿Acaso están locos?! No somos salvajes ni avaris, sino eldars, príncipes entre los primeros nacidos." Luego viene la comprensión:
 
-¿Saben? Creo que ya se por qué se borró toda mención a la Ley Antigua, fue para poder forjar alianzas con los hombres. Incluso creo que Ada y el tío Elros fueron separados para demostrar que era posible vivir... así -y hay un dejo de terror en la voz del gemelo mayor. Es que de repente se le ocurre algo: si su padre hubiera estado más alerta, podría haberles separado de pequeños y entonces...
-Lord Elrond era un medio elfo, y hallar a su indis le mantuvo a flote, pero vuestro segundo Ada...
 
Amroth deja la frase sin terminar, no está bien hablar mal de los muertos. Pero los tres comprenden que, acaso, las desgracias de la parte humana del clan de Elwe Singollo se podrían haber conjurado si sus abuelos no hubieran sacrificado el amor de sus hijos en el altar de la guerra.
 
-Pero entonces mi Estel no existiría -advierte Ellohir, y los gemelos saben no cambiarían por nada haber criado a ese niño que ya es Rey.
-Somos prisioneros de Vaire -asiente el de cabellos de nieve.
-Eso ya no importa -concluye Elladan. -Estamos aquí, los tres, y es muy inapropiado que tengas el pecho descubierto.
El joven acata la orden y empieza a vestirse, pero sus gestos son tristes.
-¿Mis señores no me desean? -se atreve a preguntar cuando aún no se sube las mangas.
 
Por respuesta, Elladan se lanza sobre él. Es un beso violento, un manifiesto de la pasión apenas contenida que late en su interior. Amroth cae hacia atrás y abre la boca sin resistencia, cede y reconoce el poder total del Señor de Rivendel sobre su alma y su cuerpo. Les ama, por supuesto, ese amor nació una mañana de invierno especialmente fría, en un puesto de la frontera occidental de Mirwood, casi setecientos años atrás y ya nada se sintió correcto, justo o verdaderamente hermoso.
 
Elladan abandona sus labios y le sustituye su hermano. Esta caricia es menos agresiva, pero exige de todos modos la rendición. Amroth se deja llevar, su cuerpo reacciona excitado a las fuertes demandas y supone que los gemelos se sienten igual. Ellohir deja sus labios y su lengua delinea las sensibles orejas para dejar una húmeda huella en el cuello.
 
-Soy vuestro -balbucea casi sin aire el avari.
-Sois tan bellos -la voz de Elladan es ronca, es la voz de un animal en celo, y Amroth teme esa voz, teme lo mucho que le gusta. -Podría preñarlos a los dos esta noche.
Amroth levanta la mano derecha en gesto de invitación, pero la visión de sus dedos apenas móviles saca a Elladan del trance.
-Apártate -y une a la orden un brusco tirón del cuerpo de su gemelo. -No va a ser así. ¿Me oyen? -y la fiereza de su mirada intimida incluso a Ellohir. -Amroth merece ser tratado con honor, con respeto.
 
Pero la tentación del cuerpo de marfil que yace ante él es mucha, y se levanta para poder hablar en lugar de desgarrar sus calzones y hacerle gritar. Da unos pasos hasta la ventana de la habitación y cuando se vuelve a mirarles está casi calmado.
 
-Escuchen, el Consejo está considerando la recuperación de la Ley Antigua y reconocer el valor de nuestro enlace. Se que lo aceptarán. Entonces, Amroth, pediremos tu mano a Halladad y Feanor, una vez que acepten, los sanadores certificarán tu virtud y tu fertilidad. Fijaremos una fecha en que puedan venir los reyes de Erys Lasgalen, Lorien y Gondor a ser testigos de nuestra unión. Mientras esperamos, serás cortejado como pocos elfos desde el Primer Despertar -Elladan se acerca con expresión soñadora y vuelve a sentarse en el borde de la cama, entre sus amados. -Un día de verano, serás bañado con esencia de lissuin al amanecer, y caminarás desde tu habitación hasta la  capilla de nuestra casa con el rostro velado y los ojos bajos. Ellohir y yo habremos pronunciado nuestros votos de hermanamiento, estaremos esperando por ti. Yo retiraré el velo de tu rostro y pondré un collar de perlas y mytril en tu cuello: serás nuestro indis, y esa noche pondré mi semilla en vuestros vientres, pero no antes. Esperemos un poco más -y los abraza con ternura, con miedo.
 
De nuevo Amroth está sobrepasado por los acontecimientos. No sabe qué hacer, cómo responder o comportarse. Desde que llegó a la sombra de Mirkwood y Thranduil puso sus ojos en él, aprendió a obedecer. Como el rey conocía los límites del decoro, él solo debía dejarse usar. Desde aquel encuentro en el puesto fronterizo, cuando posó sus ojos en los gemelos, fantaseó con que los noldor le llevaran lejos, a conocer el resto de la Tierra Media y escaparía del Rey silvano. Nunca como un igual, por supuesto: Amroth se sabía esclavo, pero amando a sus señores, supuso, las cosas que debía cumplir ya no serían odiosas.
 
-Mi Señor, yo no necesito un collar de indis a cambio de lo que ya es tuyo -reclama Amroth con ojos ofendidos.
Ellohir sonríe, reconoce en el reclamo del joven la misma pasión ingenua que les moviera siglos atrás.
Pero Elladan sabe que tiene la razón. Deben usar su poder para cuidarle, o no serán muy diferentes de quienes quisieron abusar de él antes.
-¿Acaso yo dudo de tu amor? -se ríe y le acaricia el pelo. -Es que no solo te amo a ti, también amo a Ellohir y a los hijos que me darán, por eso haremos las cosas con cautela.  
Amroth asiente, incapaz de cuestionar a su señor. Pero allí, en lo profundo de sus ojos grandes y negros, hay un chispazo de tristeza. Ellohir lo ve y sabe que no avanzarán en su relación si todas las diferencias se solucionan por la sumisión del joven a las órdenes de ambos. Por eso gatea por el lecho hasta sentarse junto al elfo de cabellos de nieve y levanta su mentón, de modo que al hablarle  se miran de frente.
-Amroth, ¿estás consciente de que no somos elfos simples del campo, sino principales, dadores de la justicia ante nuestro pueblo? Aún cuando nuestros votos sean puros y tu confíes en ello, sembrar tu vientre, siquiera entrar en tu cuerpo antes de que nuestra unión sea consagrada ante los valar, pondrá en entredicho el linaje de tus bebés. Tu no quieres eso, ¿verdad?
 
El avari se sonroja, lo que hace que su piel tome un tono de canela absolutamente inusual entre los primeros nacidos. Al negar con la cabeza, se muerde los labios y vuelve a bajar los ojos. El gesto es tan tierno que los gemelos sienten cómo el deseo renace en sus cuerpos, y ambos reprimen la idea con la misma velocidad.
 
-Mis señores quieren que los bebés del sirviente tengan linaje. Yo obedeceré, mi bebés serán hijos de Elladan y Ellohir, los Señores del Valle de Imladris.
–Quiero honrarte, Amroth, hijo de Maedros y Curufinwë –dice Elladan con un susurro. –Quiero que compartas con nosotros el trono, que seas nuestro compañero ante los ojos del mundo. Quiero que tus hijos tengan un atarincë y un atar, un linaje y una heredad incuestionable, nadie te acusará de ser una lótëima hrávëllo, nadie llamará bastardos a mis hijos. Eso quiero yo, Señor de Imladris.
 
Ellohir se inclina entonces y deposita un beso breve en el vientre de su amado.
 
TBC...
 
Palabras quenya utilizadas:
 
Atar: "padre" (SA; WJ:402, UT:193); Atarinya "mi padre" (LR:70). Diminutivo Atarincë /Atarinkë/ "Papaíto" (PM:353)
Hrávëllo: "de la carne" > {Hrávë "carne" (MR:349)} + {-llo terminación de ablativo, "de"} + Lótëima: "como una flor" > {lótë "flor"} + {-ima sufijo adjetival} = Flor de la Carne
Indis: "esposa" (UT:8)
 

EN BUSCA DE UN SUEÑO 30

Planes y temores
 
"Wise men say, only fools rush in.
But I can't help falling in love with you
Shall I stay? Would it be a sin?
I can't help falling in love with you "
Can't Help Falling in Love (No puedo evitar enamorarme), Luigi Creatore
 
Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
 
Lunes
 
Fred se detuvo delante de la habitación de Aralqua y tocó con fuerza la puerta.
-Despierta, dormilón, nos vamos en cuarenta minutos.
Un gruñido desde el interior le hizo sonreír.
-Aralqua, quiero verte la cara.
La puerta se abrió un poco y le despeinada cabeza del chico apareció.
-Ya estaba despierto ¿sabes?
El padre hizo un ruido de incredulidad.
-Lávate y ve a desayunar.
 
Ya seguro de que su hijo estaba en marcha, Fred regresó a su baño para afeitarse. Anariel lo siguió hasta allí con expresión preocupada.
 
-¿Llevarás a Aralqua a la escuela?
Él la observó a través del espejo mientras se esparcía crema de afeitar la cara.
-¿Qué tiene de extraño?
-La semana pasada prefirió caminar.
Fred se encogió de hombros y mojó la maquinilla en el grifo.
-Hablamos de eso, está arreglado.
Anariel se puso pálida, pero siguió adelante con todo el aplomo que pudo conseguir.
-¿Hablaron? ¿Eso quiere decir que te explicó por qué caminaba hasta la escuela?
Fred volvió a sonreír, esta vez verdaderamente divertido por las vueltas que se esposa daba al asunto.
-¿Acaso no es evidente? Tiene trece años y está enamorado por primera vez. Quería abrir su corazón sin adultos cerca, porque a los trece años los adultos solo existen para estropearlo todo. Bueno, ya tuvo una semana para eso, creo que es suficiente.
-¿Pero te dijo quién era? -insistió Anariel con miedo en la voz.
-Es ese chico de sexto piso, el hijo del escritor, Aranwe Lómendil.
-¿El señor Lómendil es escritor? -ese detalle no lo sabía.
-Ajá. Le he preguntado a Katilina, dice que lloró mucho con su libro "Casa de cristal". ¿Crees que eso es una recomendación?
 
Anariel hizo una mueca incrédula. Katilina Vasilievna tenía un gusto muy "ruso" en narrativa: si los protagonistas no acababan muertos, o algo peor, el relato era poco realista y carente de emociones verdaderas. Pero Anariel tenía la impresión de que el asunto tomaba un derrotero demasiado ligero. Respondió lo mejor que pudo.
 
-Tal vez deberíamos preguntarle a mi amil sobre sus libros.
-Tal vez -asintió él. -Aunque...
-¿Si? -ella se irguió levemente, lista para el ataque.
-Bueno, ese chico debe estar cansado de que le digan lo buen escritor que es su padre, podríamos dejarlo pasar.
 
Anariel volvió a asentir, descolocada. ¿No se suponía que Fred estaría molesto? La mujer guardó silencio durante unos minutos, tratando de ajustar sus expectativas y temores a la nueva información. Sabía que su esposo estaba esperando mientras se afeitaba con tanta lentitud como un joven a punto de ir a su primera cita. No quería ofenderlo, Vana sabía que no, pero tampoco podía quedarse con esa espina en el pecho.
 
Tomó aire y trató de enfrentar el problema.
-No pareces sorprendido.
Él alzó una ceja, interrogante.
-¿No es eso lo que se supone que hacen los chicos de trece años, enamorarse? -volvió a concentrarse en el espejo. -Eso y faltar al colegio para hacer gamberradas, cierto. Tenemos suerte con el nuestro.
Ella bufó, su esposo le estaba dando una lección de evasión coloquial.
-Fred, lo que quiero saber es si estás contento.
 
El pelirrojo dejó la maquinilla en el borde del lavamanos y apretó los labios. Había estado esperando la pregunta desde el inicio de esa torpe conversación, y que Anariel se lo dijera así, por lo claro, dolía. ¿Cuándo se habían transformado en dos extraños? Después de lo de Río, por supuesto. Después de eso, ella nunca volvió a confiar en su capacidad para aceptar la poca importancia que daba su cultura a la orientación sexual. Él creyó que dejar pasar todos los amaneramientos del hijo sería señal de paz suficiente, pero Anariel estaba ciega a la patente homosexualidad de Aralqua porque solo lo veía a él. Suspiró y se giró para hablarle de frente.
 
-Mujer, nunca se está satisfecho con las parejas de los hijos, siempre te parece que no están a la altura, que no son tan inteligentes, tan amables, tan generosos y bellos como tu retoño. Pero ¿qué va a hacer uno? Además, tiene trece años, apenas llevamos seis meses en Arda, y no lo va a dejar embarazado, ¿qué probabilidades hay de que se case con Aranwe? Conocerá un montón de personas más antes de los veinte.
Anariel asintió, y lo abrazó con fuerza.
-Perdóname, Fred -dijo bajito.
Él la separó con suavidad, para poder verle la cara, y secó con sus pulgares un par de lágrimas.
-Tu y yo debimos hablar de esto antes.
Ella asintió y fue a decir algo, pero los golpes en la puerta del baño le interrumpieron.
-¡Papá son las siete veinte! Deja de besarte con mami.
Anariel soltó una carcajada y Fred pusó los ojos en blanco, pero se separaron.
-Le voy a regalar una moto en cuanto tenga licencia -gruñó el hombre antes de abrir la puerta. -La frecuencia con que bese a tu madre no es de tu incumbencia, jovencito.
Aralqua no se amedrentó.
-Lo es cuando me impide llegar a tiempo a la escuela. Voy llamando al elevador. Hasta luego mami -dijo el chico por encima de su hombro.
Fred se giró divertido hacia su esposa.
-¿Te veo para almorzar?
Ella asintió, y se dejó besar con suavidad. El beso se volvió húmedo, demandante, Fred deslizó una mano por la espalda de Anariel y...
-¡Papá, el ascensor!
Se separaron insatisfechos, pero con un brillo alegre en los ojos.
 
Fred Williams tomó el portafolios de pasada y corrió hacia fuera.
 
Anariel caminó despacio hasta la cocina y se sentó en la mesa. Sus sus ojos soñadores fueron indicio más que suficiente para Amil Eala.
 
-¿Se estaban besando en el baño? -inquirió divertida.
Anariel suspiró, su sonrisa podía iluminar toda la estancia.
-Habríamos hecho mucho más si no nos detienen.
La anciana asintió, contenta, y regresó a su desayuno, pero la siguiente frase de su cuarta nossëhini la dejó helada.
-Estoy embarazada.
 
TBC...

29 junio, 2011

EN BUSCA DE UN SUEÑO 29

Un banquete con danzas élficas

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol
 
Cuando Geniev salió de la tienda, no guardaba esperanzas de pasarla bien, ni aunque estuviera acompañado por Ecthelion y Barahir. Era ya de noche, y el olor del campamento le llegó como una mezcla de comidas y resina de antorchas que le repugnaba. Además, ni siquiera la presencia de sus rubios amigos iba  impedir que Rúmil insistiera en sacarle a bailar. Legolas le había dicho que aceptar, solo una pieza, en nada le comprometía, pero Geniev temía dos cosas: darle esperanzas al elfo ante su concesión, porque él no pensaba corresponder a sus deseos ni en mil años, y alejar de si a los nuevos amigos, que estarían encantados de ser los favoritos del bastardo del Rey, pero no habían olvidado sus suspicacias.
 
Además, Geniev no entendía que Rúmil, quien podía tener a el que quisiera entre mortales e inmortales desde las riberas del río Gilrain hasta las del Poros, le cortejara a él, Geniev el Fantasma de Fornost. El elfo del Bosque Dorado conocía lo suficiente a Trancos para saber que Geniev no era su hijo. Y estaba entre los pocos que sabían del don del Príncipe Legolas, lo que descartaba un plan a largo plazo de control sobre el trono. ¿Qué otra cosa podía interesarle? Vestido con el sobrio traje gris que correspondía a su rango y cazado de zapatillas con suela delgada, Geniev se sintió casi como una dama y se preguntó -otra vez- si no se habría apresurado al aceptar la oferta de Trancos.
 
Cierto era que no le obligaban a estar así a menudo, que se esperaba también que fuera a la guerra y liderara hombres, pero primero -el Ojo sabría por qué- debía aprender a ser amable con los nobles, incluso con los jovencitos que tendría que arrear en combate. La razón de esta contradictoria actitud  estaba relacionada con que, en Gondor, los nobles no solo se dedicaban a la guerra y se consideraba  una actitud bárbara no poder discutir de poesía o historia en las noches de campamento. Estaba claro para Geniev que, quienes así hablaban, nunca estaban encargados de las guardias o los heridos, o de las trincheras. Planeaba hacer callos en algunas manos en cuanto saliera de la Academia. Pero por ahora no podía decepcionar a sus padres.
 
-Ya estoy listo -anunció a sus amigos, que lo esperaban delante de la tienda.
Ecthelion y Barahir se volvieron y sus ojos se abrieron con asombro. El gesto lo hizo inquietarse.
-¿Algún problema? -no creía haber transgredido la etiqueta, pues el traje lo había mandado a confeccionar Faramir, y Duilin le había vestido personalmente, pero...
-Su Señoría está deslumbrante -explicó Ecthelion y agarró un tirabuzón de su rubio cabello para ponerlo detrás de la oreja. -Disculpe a estos torpes servidores suyos, que no estamos acostumbrados  a ver tanta elegancia.
Geniev se asustó, si estaba demasiado bonito, alguien más que Rúmil podría reunir valor para invitarle a bailar. Suspiró y se preparó para lo inevitable.
-Vamos.
 
Avisado con tiempo del plan de esta merienda campestre, Ecthelion había leído de las antiguas costumbres de la corte de Gondor, cuando todavía tenían familia real que custodiar. El tiempo que pasara a solas con Barahir en el campamento, mientras Duilin vestía al príncipe -ese no tenía reputación que perder-, lo había invertido en instruir a su amigo el campesino en las obligaciones que debían cumplir a partir de ahora. Una de ellas era convertirse en su guardia personal más íntima.
 
A partir de la aceptación tácita de los monarcas en la reunión de la tarde, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin serían las sombras de Geniev hijo de Halabard, el "hijo adoptivo" de Elessar I. En la guerra o la paz, en la cacería o el palacio, uno de los dos estaría siempre a menos de diez pasos de Geniev. Solo le dejarían para asuntos que implicasen intimidad física, y eso tras comprobar la seguridad de las habitaciones donde permanecería el príncipe. En palacio se les asignarían recámaras anexas a las de su señor; en el campamento, se esperaba que durmieran en la tienda contigua; en caso de pernoctar en posadas o edificios donde el séquito estuviera apretado, su lecho estaría a los pies de la cama de Geniev, o delante de la puerta, si él tenía otra compañía. Probarían su comida, sujetarían la rienda de sus caballos o guardarían su correspondencia, según fuera necesario.
 
Mientras Ecthelion le informaba de sus nuevas obligaciones, Barahir se asustaba. Lo de él nunca había sido la elegancia de la corte, poco o nada tenía que ver con los requiebros del lenguaje que desplegaban sus condiscípulos de origen urbano en la Academia. Claro, tenía la suerte de que Geniev tampoco estaba muy hecho a la vida sofisticada de la corte, pero la misma gente que reiría con "las excentricidades" al bastardo real, no dudaría en señalarle con el dedo. Al mismo tiempo, Barahir era consciente de que una persona con sueños tan atormentados como los de Geniev necesitaba amigos. El recuerdo del cuerpo delgado y tembloroso del medio elfo entre sus brazos le decidió.
 
Y con paso decidido caminaron los tres jóvenes hacia el centro del campamento, donde se reunía ya la corte para ver el espectáculo y disfrutar de la cena. Ninguno dijo una palabra, pero Geniev se movía sin mirar el camino, saludando a un lado y otro a las familias nobles que se inclinaban al reconocerle. Los dos rubios le flaqueaban y mantenían el espacio personal del príncipe perfectamente delimitado. Un par de pajes fueron limpiamente empujados por Barahir. Cierto noble que intentó reverenciar a Geniev en mitad del camino recibió un torvo "Dejad paso" de Ecthelion. Llegaron así a la explanada donde se cocían los alimentos de la noche.
 
El fuego estaba repartido en numerosas hogueras de mediano tamaño, sobre ellas se asaban carnes o hervían los calderos. Muchos sirvientes se afanaban de un lado a otro. Alrededor se habían dispuesto los asientos de la corte, de modo que la luz y el calor de los fuegos llegara a todos por igual. En el extremo norte del perímetro, un estrado marcaba el sitio para la familia real y su guardia, el escenario estaba justo al frente, también elevado para que se pudiera ver todo por encima de las cabezas de cocineros, pinches y pajes.
 
Al llegar a la mesa de los reyes, Geniev se sentó al lado del Príncipe Consorte. Para sus edecanes habían dispuesto una mesa más baja delante de la mesa grande. Los tres jóvenes se acomodaron con gestos tensos y sonrisas congeladas. Lo que pareció divertir a Legolas.
 
-Es un placer verles de nuevo, Ecthelion hijo de Igram y Barahir hijo de Bertonin. -fueron a levantarse, pero el elfo les detuvo con un gesto. -Como acompañantes de Geniev, están excusados de algunas formalidades, nos veremos a menudo en lo adelante.
Los rubios intercambiaron una mirada, esa era la confirmación de su estatus. Ambos sabían que debían decir algo, pero el miedo y la emoción les ataban la lengua. Geniev intervino en su lugar.
-Ada, estoy muy feliz de que aceptaras mis elecciones. Ahora que ya son mis compañeros oficiales, ¿puedo regresar con ustedes? Seguro aprenden igual con Duilin, en el palacio.
Esa perspectiva asustó un poco a Barahir ¿tener por tutor privado al Caracortada? A su madre no le iba a gustar eso...
-Tu padre ha decidido que te relaciones con tus iguales en la Academia. Les llevarás al combate en poco tiempo y para entonces es necesario que se conozcan. ¿Cómo sino podrás ser estratega?
-Ya se todo lo que necesito de ellos.
-Pero ellos no lo saben todo de ti -repuso Legolas con voz que no admitía réplica. -No te reconocen como su señor. Cuando te obedezcan sin chistar, estarás listo.
Geniev apretó los labios, se notaba que no le hacía feliz la idea, pero asintió.
 
Barahir se sintió aliviado, estaba ya asustado ante la idea de quedarse a vivir en el Palacio y tener por tutor a Duilin. Sin embargo el sentido del decoro, o la simple certeza de que aquella era una discusión inútil, conducían a su Príncipe a dejar el asunto. Debía convencer a Geniev de que la Academia, donde podría imponerse y disfrutar sin la vigilancia estricta de sus Majestades, era el lugar ideal para esos meses. ¿Estaría Ecthelion de su parte? Esperaba que si. No que a su amigo le tentara mucho la vida en campaña, pero dudaba de que le interesara más verse relacionado tan rápido con Duilin y la vida interna de la ciudadela.
 
Un sirviente con librea amarilla le puso delante un cuenco de sopa y Barahir miró a su alrededor para saber cómo debía tomarla. Pero en la mesa nadie estaba prestando atención a la comida, pues sobre el escenario aparecieron los primeros danzantes.
 
Ecthelion lo miraba todo con ojos asombrados: El mantel, la vajilla, las copas, los cuchillos y las cucharas marcados con el árbol. Los sirvientes de alegres libreas amarillas y las gentes que se afanaban junto al fuego, casi desnudos y sudorosos. El modo en que estaban sentados los nobles, con sus tocados y colores distintivos. El orden de los soldados alrededor de las mesas. Quién llevaba armas en su atuendo y quién no. Dónde estaban los catadores y dónde las barricas de vino. La explanada era una fuente de información sobre la corte a la que Geniev lo había lanzado de bruces, no quería dejar escapar nada.
 
Permaneció en silencio durante el intercambio de el Príncipe Consorte y su Príncipe -debía adaptarse pronto a la idea de que tenía un Príncipe directamente sobre su cabeza- porque estaba seguro de que luego, con la ayuda de Barahir, le harían ver que la relativa libertad de la Academia era mucho más ventajosa. Como el ambiente quedo algo tenso, se le ocurrió que elogiar el menú podía ayudar a disipar tensiones -eso hacia la insufrible esposa de su padre, al menos.
 
Entonces se iluminaron las lámparas alineadas a lo largo del escenario y empezó la danza.
 
Pocos de los invitados de esa noche habían visto bailar a los elfos. Aislados y ocupados en la guerra, como habían estado los habitantes de Gondor, ni siquiera sus nobles tenían mucho tiempo para las diversiones. Así que las antiguas costumbres de ocio sofisticado habían caído en desuso. Cuando se hablaba de danzas, en general se pensaba en jigas y lanceros, en bailes de máscaras o algún verso pícaro declamado al ritmo del tamboril mientras la declamadora mostraba sus esbeltas piernas. Nada más sofisticado, nada que no se pudiera aprender de vista mientras se crecía. Esto era otra cosa:
 
Dos seres vestidos de muselina se movían muy despacio, cada uno desde un lado del tablado. Sus claras pieles y trajes blancos tenían un tinte de oro con las luces de las lámparas y las hogueras. Solo se diferenciaban en que una cabellera era oscura y la otra rubia. La pareja parecía flotar en el aire, de lo gráciles que eran sus saltos, estaban hechos acaso de aire, por lo suave de sus encuentros y separaciones. Era una danza de amor, eso todo el mundo podía entenderlo, de un amor vigilado, acaso prohibido. Un ser vestido de rojo y negro irrumpió de pronto en escena y tomó a la figura de rubios cabellos en sus brazos ¿cómo podía alzarle con tal facilidad? Su amante tomo una espada del suelo y se lanzó al rescate, pero el ser alzó la mano y lo detuvo. ¿Un maleficio? Tres veces el héroe se lanzó al ataque, y tres veces fue rechazado por el gesto poderoso. Calló al fin y el de rojo celebró con saltos y pasos complejos mientras mantenía a la figura rubia sobre su cabeza. Entonces ocurrió inaudito: el ser rubio profirió un quejido y escapó de un salto. Abrazó a su amante inerme y, con rostro arrebatado por la locura, se enterró la espada. Pero el dolor no le afectó, sino que fue el malvado quien sintió el filo y calló sin fuerzas. Luego, con un gesto de amor, la persona rubia despertó a la morena y se marcharon.
 
El estallido de un tronco en el fuego hizo despertar a lo espectadores. Todos -soldados, pinches, pajes, nobles- estaban tan asombrados que no sabían como reaccionar. Entonces miraron al Rey, pues si él había encargado esta diversión, él sabría la manera apropiada de responder. Aragorn tardó un poco en darse cuenta de esto, pues estaba consolando a Legolas, que había empezado a llorar en cuanto vio representado el secuestro. Pero decidió usarlo como oportunidad para afianzar la autoridad del Príncipe Consorte.
 
-Esposo, nuestros súbditos quieren saber cómo se responde a una buena danza élfica.
Legolas levantó los ojos, asombrado, y vio a la corte a la espera. Sin dudar, se levantó junto a Aragorn.
-Ha sido un espectáculo magnífico, mis parabienes a los intérpretes -y aplaudió.
 
La mesa real le secundó, y de inmediato la corte imitó la acción, porque no sabían cómo se llamaba esa danza o quién podía moverse así sin apelar a la magia, pero sin dudas era muy bello.
 
El resto de las danzas fueron de naturaleza menos dramática, pero la semilla estaba sembrada. Arwen y Eowyn sonrieron cómplices, pronto tendrían en marcha una Escuela de Danzas en la Colonia de Ithilien y no faltarían fondos para mantenerla.
 
Continuará