¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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25 agosto, 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 28

Aspirante a narrador es interrumpido por la realidad

"El hambre, el miedo y la libido son los tres motores de la conducta, las pulsiones más básicas e irreductibles de todos los animales, incluidos los racionales. Y en consecuencia, todas las sociedades, todas las culturas, se articulan alrededor de estos tres polos. Conseguir comida, protección y sexo son nuestros objetivos prioritarios, y una organización social es, ante todo, un intento de garantizar y regular la satisfacción de estas necesidades primordiales."
Carlo Frabetti


Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol

1


G  dejó a un lado la pluma y releyó el fragmento con cuidado. ¿Había sido así? Sus recuerdos de esa noche no eran, en verdad, suyos, sino el pastiche de las sucesivas versiones que los dos protagonistas dieran a lo largo de los años. Había revisado las cartas y el Diario para estar seguro, pero mucho del diálogo se lo había inventado. La elección de las palabras estaba hecha considerando los talantes de ambos jóvenes, el modo hábil que tenían de herirse en lo hondo a la primera estocada. Después de pensarlo un poco, decidió que si, que esa versión se quedaría, al menos para esta primera vuelta, por lo que dobló el pliego de papel con cuidado y lo tituló “Geometría imaginaria” antes de ocultarlo en una de las gavetas del secreter.

Regresó a su mesa de trabajo y revisó la correspondencia con desgana. Había asuntos acumulados, pero la inquietud no le permitía concentrarse… y esa punzada en el bajo vientre. Conocía esa punzada, mala señal… ¿o buena? Llevaba un tiempo demasiado largo esperando que su organismo se recuperase y ahora solo podía pensar en los inconvenientes. Curvó los labios en una sonrisa triste mientras evocaba.

–¿Por qué tuviste que ordenarme vivir? –susurró en haradrim, y continuó alternando el oestron y el élfico. –Melda, guardián de mi espíritu, debí seguirles a lo profundo. Ananta eres anarinya en el cielo de mis ojos y juré obediencia.

Una lágrima se escurrió por su mejilla y cerró los ojos. No le sentaba recordar, reconoció por milésima vez. Todo esto no era más que una polvareda que amenazaba con asfixiarle. Pero debía hacerse, lo sabía, lo sentía, lo olía. Respiró fuerte, limpió el surco húmedo y se irguió.

Ante él estaba el informe del departamento legal sobre el proyecto de coproducción con New Line Cinema. ¡El Ojo quemara la simiente de los banqueros! Canalizar por medios legales los fondos de la nobleza –joyas, armaduras, manuscritos iluminados– y mantener la intimidad era un problema desde que los capitalistas se dedicaban a fingirse honestos a costa de los ahorristas. Muchos estaban dispuestos a poner oro –literalmente– en la idea de Jackson, pero cómo  hacer legal ese oro sin perder dinero o descubrir secretos era un laberinto. Por suerte, la Sociedad Moriquendi tenía una abasta red de miembros en el orbe. Las piezas del tesoro que se usarían para que el Consejo de Audiovisuales de Arda financiara el cincuenta por ciento de las tres películas de “El señor de los Anillos” aparecerían poco a poco en distintos lugares del mundo, debidamente tazadas y documentadas.

Una de las posibles complicaciones sería crear una saturación en el mercado de antigüedades y joyas ardenses que desplomara los precios. Pero no, ese era un escenario remoto en un sector de carencia crónica, carencia con la que se beneficiaban coleccionistas, investigadores, casas de subasta, especuladores y propietarios de viejos tesoros. Aunque aparecieran las copas con que intentaron envenenar a Eldarión VI  y seis meses después el sudario de San Félix, los precios seguirían por el cielo, por el simple hecho de que el mercado estaba lejos de saturarse tras veinte años sin que aparecieran piezas nuevas de valor significativo.

Después estaba el escueto informe de Bolg Osgiliath sobre la llegada de la caravana a la Comunidad. Lindir estaba sano, gracias a los sanadores y a Mardil. A G le llamó la atención que el viejo dedicara a Mardil tanto espacio, obviamente trataba de compensar ante si mismo las duras recriminaciones que antes dedicara al yerno. G sonrío, divertido, a Bolg nunca se le habían dado las sutilezas.

Lo siguiente era la lista de invitados a la fiesta que organizaba Lothiriel para que conociera oficialmente a Ivana, la prometida del príncipe John. Solo la familia, había sido la consigna, pero cuando se habla en el lenguaje de clanes nobles… Las cuatro casas reales de Arda estarían presentes: Gondor y Rohan porque no se puede excluir a los primos, Rhovanion porque la amabilidad es imprescindible y Harad, para tener a quién humillar si la fiesta se pone demasiado aburrida. Pero Boris estaría allí, y en ese caso…

Hizo una nota:

Encargar vestido de gala para la Princesa de Ered Lithui. Mandar a limpiar las joyas de la Corona de Harad.

Después se detuvo a pensar en su propia presencia allí. Como siempre, Lady Finduilas y sus compinches tratarían de meter en su cama a alguno de los miembros de la nueva generación. Por lo menos, después del episodio de Gunter siempre eran nobles de conocida trayectoria, no advenedizos de oportuna aparición. Pero enredarse con los miembros del ejército del Oeste siempre había  generado en G la impresión de que cometía incesto.

¿Acaso alguno de ellos podría decirle que no había heredado este lunar de Igrania, la forma del mentón de Beren, o el pulgar demasiado largo de Eumud? Al principio tenía gracia: buscar en esas variaciones sistemáticas la única cara que nunca regresaría. Pero poco a poco la diversión dio paso al hastío y el hastío al aburrimiento. Estaba demasiado ocupado este año para jugar a no-te-seduzco-por-mucho-que-insista-tu-madre, así que entraría con el cañón de lo obvio.

Escribió la segunda orden del día:

Igor debe concurrir a la fiesta en traje a juego con el mío, pero de color azul cielo.

Eso debía bastar.

Luego se le ocurrió que la familia de su secretario podría ofenderse… bueno, eso era problema de Igor. Él solo le preocuparía si el mismo Igor se negara a usarlo.


2

–… Entonces el caballero levantó su espada y la clavó en el cuello del dragón. La bestia, al sentir el pinchazo, sacudió la cabeza. El caballero soportó colgado del pomo de su espada hasta que un tirón especialmente fuerte le permitió saltar…
–Papá.

Fred miró a su hijo con sorpresa. Aralqua le había interrumpido en la mejor parte del relato. Cierto que un niño de casi trece años no necesitaba cuentos para dormir, pero él aprovechaba cualquier oportunidad para que conversaran y repasar el inglés.

–Dime hijo.
–Papá, ¿tu crees que el caballero era norteamericano?
El hombre pestañeó asombrado, pero se sintió un tanto orgulloso también.
–¿Norteamericano? No. Los Estados Unidos no existían en esa época, Aralqua. Los caballeros andantes son personas del medioevo, y tú sabes que América fue descubierta en 1492.
El chico meditó la respuesta, con expresión contrariada. Y volvió a la carga.
–¿Entonces podría haber sido ardense?
–Supongo… tendrías que preguntarle a tu abuela o buscar en la biblioteca de la escuela. Después me puedes contar si había caballeros ardenses.

Fred sonrió satisfecho de cómo había resuelto el asunto. Era firme su convicción de que no se debe fingir conocimiento de todo ante los hijos, sino animarles a buscar por si mismos y compartir sus descubrimientos.

Observó con atención a su hijo. Sabía que esa interrupción tenía razones más profundas porque desde hacía varios días –en concreto, desde el día del fracaso en la presentación de las recomendaciones sobre la educación– estaba inquieto, y evitaba quedarse a solas con él. Una semana llevaba ya que hacía las tareas con Aranwe en su cuarto y se iba a la escuela caminando. No que Fred temiera por la seguridad del chico, la zona de Tirith Osto donde vivían era muy segura y, en general, los cacos ardenses respetaban a los menores de edad. Pero era inusual por la naturaleza presumida de Aralqua, que siempre había disfrutado la leve envidia que generaran los hermosos autos que le asignaba el Banco Mundial.

–Bueno, ya basta de cuentos por hoy. Son casi las diez, es hora de dormir.
Fred extendió la mano hacia la lamparita de noche, pero su hijo le detuvo con un gesto.
–Papá, ¿yo soy norteamericano?
–Claro, eres mi hijo.
Los ojos de Aralqua se tiñeron de angustia.
–¿Entonces no soy ardense?
–Tranquilo, Aralqua. Eres norteamericano y ardense, porque yo soy norteamericano y tu mamá es ardense. No tienes que elegir hasta que seas mayor de edad y quieras, no se, votar, o postularte a algún cargo político.
–¿Y si no quiero elegir nunca?
–Entonces tendrás que pagar impuestos a tus dos países, pero aparte de eso, no creo que tenga demasiada importancia.
–¿Entonces nos quedaremos a vivir mucho tiempo en esta ciudad? ¿Ya no tendremos que viajar?
–Eso es diferente hijo. Tu sabes que yo debo ir donde el Banco Mundial quiera. Siempre te gustó viajar.
–Si, pero…

El niño bajó los ojos y dibujó patrones aleatorios con la punta del dedo sobre su manta. Fred Williams podía reconocer la tensión en el brazo, en la cabeza tan hundida en el pecho que los mechones de pelo rojo caían hacia delante. ¿Qué pasaba? Tantas cosas habían ido mal en la última semana que jugaba con la idea de mandar todo al diablo y regresar a Minnesota, no podía darse el lujo de perder la confianza de su hijo. Y si para eso debía aclarar las reglas del juego una vez más…

–Aralqua –el muchacho levantó la mirada. –Sabes que tu madre y yo siempre consideramos tus puntos de vista antes de tomar una decisión, ¿verdad? –el pelirrojo asintió débilmente. –Pero si no nos dices qué deseas, no podremos tomar las decisiones correctas. Puede que mañana me digan que soy necesario en Burundi y si hasta donde se te da lo mismo vivir aquí que en la selva… –se detuvo, el horror en los ojos de su hijo era tan intenso que temió haberse pasado. –¿Me dirás que pasa?
Aralqua apretó los puños y suspiró. Por fin habló en oestron  y de prisa, apenas sin articular ni despegar los labios.
–Menamoradoynoquieroiraningunlugardemundosinesapersona.
Tenía demasiado miedo para enfrentarle, así que ladeó la cabeza para espiar la reacción de su padre a través del cerquillo.

Fred Williams no se movió, sabía que un paso en falso lo derribaría todo.

Lo había dicho. En la lengua de su madre y de prisa, con el miedo en cada músculo. Pero lo había dicho. Él había preguntado y su hijo Aralqua Richard Williams, su único hijo –se repitió– había contestado. ¿Cómo, dónde, de qué esconderse ahora?

Por eso Anariel llevaba días asustada. Ahora comprendía que, como Aralqua, esperaba su reacción. Todos daban por sentado que el yanqui puritano estallaría y acusaría a su mujer y a Nornorë de pervertir al niño. Pero ¿por qué iba él a estallar? Al parecer era el único que lo sabía desde  siempre. Solo por su hijo había accedido a instalarse en Arda, para que no sufriera esos ridículos rituales de “salir del armario” que se estilaban en América. De hecho, la sensación de alivio que invadía su ser era lo más reconfortante desde su descalabro con el Príncipe G. Al fin algo salía bien y la pequeña comedia que su familia representaba había dejado de tener sentido.

La sonrisa le salió del fondo del pecho, sin dificultad.

–¿Y no me vas a decir su nombre?
Aralqua lo miró de frente, tan asombrado por la afable reacción que olvidó su miedo.
–¿Su nombre?
–Si, el nombre de la persona por quien te bañas dos veces al día.
–Aranwe –el brillo retador de sus ojos era hermoso y llenó de orgullo al padre. –Se llama Aranwe Lómendil y estudia conmigo ciencias, lengua y matemáticas.
Fred asintió. El chico rubio había sido tema de conversación constante en las cenas en los últimos dos meses.
–Vive en el sexto piso ¿no? y estudia contigo casi todas las tardes. ¿Se lo has dicho?
–Pues…

Las mejillas del chico se podían confundir con su cabello en la penumbra de la habitación. Fred resopló divertido, pero se dijo que no debía llevarlo demasiado tenso. Después de todo, para su hijo la noche estaba patas arriba al encontrar tranquila aceptación donde esperaba rechazo.

–Para mi tampoco fue fácil la primera vez –y el comentario captó la atención del pelirrojo. –Ella era del equipo de animadoras de la secundaria y yo solo era capaz de ir a verlas ensayar todas las tardes. Un día, al regresar a casa tarde tras contemplarla, se desató una tormenta y pesqué una neumonía. Estuve una semana sin ir a clases y cuando regresé ella se había puesto de novia con el pasador del equipo de básquet.
–A Aranwe no le gusta el básquet –adujo su hijo.
–No, pero es bonito, inteligente y honesto. Seguro no eres el único de la escuela que quiere besarlo.
–¡Papá! –se escandalizó Aralqua.
–Tu solo piénsalo, ¿si? Después de todo viene a estudiar contigo,  mal no le caes. Y ahora si es hora de dormir.

Fred levantó las mantas y puso el libro de cuentos en la mesita de noche. Dio un beso a su hijo, pero el chico no lo dejó apartarse, sino que le abrazó. Él respondió al gesto y envolvió el delgado cuerpo entre sus brazos.

–Gracias.


3

Yordan giró un poco la cara y sonrió con estudiada cortesía. La mujer de ojos verdes y cabello castaño, tan bellamente castaño que tenía que ser teñido, apretó el bloc de notas y miró a la cámara. Por encima del aparato, los dedos del coordinador marcaron la cuenta regresiva para ir al aire.

Cinco, Yordan movió un poco las caderas para lucir más delgado. Cuatro, ella se arregló el bucle para que cayera al descuido por detrás de la oreja. Tres, Janice le hizo un gesto alentador con el pulgar levantado y salió de su vista, confiada en su habilidad para ser adorable. Dos, la periodista amplió su sonrisa y sus ojos brillaron con entusiasmo contagioso. Uno, ¿cómo diablos se llamaba aquella mujer?

–Buenas tardes, gente. ¿Cómo les ha ido? Pues si, ya es viernes y ustedes sintonizan Arda Visión para saber qué hay de bueno para pasar el fin de semana ¡bien arriba! Porque vivimos en Arda, tan sofisticada como Europa y tan divertida como América. Soy su anfitriona Langbardur Esgaroth, y esta es la inconfundible sala de Aiya Arda, donde todo se sabe.
Ella tomó un respiró y giró la cabeza para mirar a la otra cámara. Al mismo tiempo levantó una mano y la posó con actitud familiar en el muslo de Yordan.
–Y hoy me acompaña en el estudio el hermoso Yordan Oliva, supermodelo al cual todos conocen gracias a sus campañas para Nike, Lancome, Lacoste y en especial como protagonista de uno de los cuatro escalofriantes anuncios de la UNICEF en su lucha contra el maltrato infantil intrafamiliar.
Ante esta última mención, Yordan asintió con gesto de agradecida modestia.
Langbardur le miró de frente y redujo un poco la envergadura de su alegre gesto, para alivio del rubio.
–Hola Yordan. Es un placer que accedieras a compartir tu primera tarde en público desde que llegaste con el equipo de Aiya Arda, donde todo se sabe.
Él sonrió cómplice.
–Hola. Es un gusto estar contigo y con la audiencia de este maravilloso programa.
–¡Veamos! ¿Por dónde empezar contigo? ¿Acaso sabes que en Arda casi el 60% del público joven y adolescente tiene, por lo menos, una imagen tuya en su habitación, taquillero, útiles escolares o ropas?
–Wow. Creo que me conocen más que en mi país de origen. Me siento halagado.
–Es comprensible. Después de todo, tu carrera ha sido meteórica: empezaste a los quince ¿no?
–A los quince, si, en el concurso American Next Top Male Model de 1992. En el que entré por error.
Ella se fingió sorprendida. –Explica eso, por favor.
–Bueno, yo era estudiante en La Habana, pero no muy aplicado. Mi director recibió al mismo tiempo una solicitud de la Cancillería de fotos de alumnos y alumnas lindas porque Cuba iba a participar en el concurso, y un reclamo del Ministerio de Educación sobre los peores expedientes académicos. La secretaria era la mujer más amable y despistada del mundo y mi ficha calló en un sobre con el membrete de Relaciones Exteriores. Dos meses después me llamaban desde New York porque era uno de los cuatro representantes de Cuba.
–Ganaste el trofeo.
El asintió. –Y mi vida cambió.
–¿Para bien?
Esta era la parte en que se fingía un ciervo herido.
–Para nadie es un secreto que estos cinco años estuve en un sube y baja emocional constante.
–¿No es buena la fama cuando se es tan joven?
El suspiró.
–Es un tema complicado. Ser tan conocido implica mucha  responsabilidad.
Ella sonrió comprensiva.
–Y tendremos tiempo en el programa para hablar de eso –se volvió de frente a las cámaras. –Cuando regrese, Yordan Oliva nos hablará de sus problemas como superestrella adolescente de las pasarelas. Esto es Aiya Arda, donde todo se sabe. ¡Ya volvemos!

La luz se apagó y Yordan se relajó en su asiento. Estiró la mano y Janice le puso un vaso de jugo de mango bien frío envuelto en tres servilletas de papel rosado sin olor.

–Maravilloso. El rating está por los cielos.
–¿Cuánto tiempo antes de volver al aire? –preguntó con los ojos cerrados.
–Diez minutos. Justo lo necesario para que confirmes la agenda de esta semana.

La obedeció sin chistar, ajustando las sesiones de preparación de la campaña con los compromisos sociales que UNICEF le estaba gestionando. No podía dejar a su mente divagar o se notaría tenso al regresar a la entrevista –él no era actor, después de todo. Janice logró su objetivo y a los nueve minutos su rostro era todo lo alegre que se puede desear en un modelo para imaginarlo feliz, pero sin sospechar del uso de drogas.

–Buenas tardes, gente. Ya estamos de vuelta después de este interesante reportaje de Derrilyn sobre las discotecas de moda. Ustedes sintonizan Arda Visión para saberlo todo del fin de semana que se viene. Soy su anfitriona Langbardur Esgaroth, y esta es la inconfundible sala de Aiya Arda, donde todo se sabe. Me acompaña el adorable Yordan Oliva quien hablará de sus problemas como superestrella adolescente de las pasarelas. ¿No es así?
–Estoy dispuesto.
Ella miró sus notas.
–¿Consideras que la industria de la moda daña el desarrollo de sus estrellas al reclutar modelos más jóvenes cada día?
–Mira, es un asunto de aristas diversas. Es mejor que los adolescentes se identifiquen con modelos de su edad, creo, porque los conflictos de la adultez son distintos, y convertir el embarazo de Demmi Moore en portada de Seventeen es inapropiado. Al mismo tiempo, antes de los veinte años muy pocas personas pueden lidiar con el hecho de que cada gesto que haces será diseccionado y cuestionado por la prensa y el público.
–¿Pudiste tu?
–Los primeros dos años creí que podía, pero en realidad estaba complaciendo a mi compañía y perdiendo personalidad. El 1994 se dio ese escándalo en la entrega de los Premios Verona, la explosión adquirió proporciones de diferendo diplomático entre Italia y Cuba. No he podido regresar a mi país desde entonces.
–¿Ya no eres ciudadano cubano?
–No. Poca gente sabe esto, pero para la legislación italiana yo era menor de edad y pasé a la tutela del Estado porque mis representantes fueron acusados de explotación infantil. El gobierno de La Habana no reconoce esas medidas y para regresar a Cuba tendría que solicitar un nuevo pasaporte en alguna de sus embajadas, algo que no haré.
–Entonces conociste a Janice, tu representante actual.
–Si. Janice fue recomendada por la firma L´Oreal al gobierno de Italia y me ha mantenido a flote desde entonces. Gracias a ella, mis problemas emocionales no detuvieron mi carrera.
–Y qué carrera. Ese mismo año, a pesar de asunto de los Premios Verona, Vanity Fair te definió como “el modelo más prometedor del mundo occidental”. En 1995 Nike te pagó casi la mitad que a todo el Real Madrid porque anunciaras su nueva línea de ropa para nadar en mar abierto. En 1996 posaste junto a Schumacher para anunciar la mascarilla de Lancome para pieles masculinas. Este año te vestiste de Lacoste en nuestras pantallas. Durante todo ese tiempo has sido un exitoso embajador de buena voluntad de la UNICEF, el más joven de su historia. Se dice que no cobraste un centavo por la serie contra el maltrato infantil intrafamiliar.
–Así es. Hay cosas que no se hacen por dinero.
–Y hace pocos meses cumpliste veinte años, pero Vogue se adelantó y en su edición de enero fuiste elegido el hombre blanco más sexi del mundo entre los veinte y los cuarenta años.
Yordan sonrió. –Keanu Reeves es más sexi.
Langbardur miró a la cámara y guiñó un ojo al público.
–¿No es el chico más adorable del mundo? Cuando regrese con él, sabremos hasta el último detalle sentimental de este joven modelo soltero que ahora vive en Arda. No cambien el canal, permanezcan con Arda Visión y su programa Aiya Arda, donde todo se sabe.

Esta vez la pausa la permitía irse al camerino, pues no volverían a entrevistarlo hasta el final de la transmisión.

Yordan avanzó de la mano de Janice –en la otra llevaba un nuevo vaso de jugo de mango bien frío envuelto en tres servilletas de papel rosado sin olor. Y se desplomó en el sofá de la habitación en cuanto sintió serrarse la puerta.

–¿Todo bien? –estaba muy desesperado, porque la voz de ella casi sonó cariñosa.
–Me pone nervioso esto de hablar en inglés y que un traductor simultáneo se superponga a mi voz.

Ella asintió, pero no comentó nada. Se fue a la mesa ratona del centro de la estancia donde los regalos se acumulaban y se sentó a chequear la agenda. Yordan la miró por unos minutos, tratando de ordenar sus pensamientos.

–¿Pierre está libre?
–Si, pero no podrá salir de Francia en seis meses, ni acercarse a ti hasta después del juicio.
–¿Juicio?
Janice hizo una mueca de felicidad.
–La inmobiliaria lo demanda a él por daños materiales. No iba a permitir que nos cobraran los destrozos en el apartamento.
Yordan sintió que el vació volvía a su estómago. –¿Regresaremos a declarar?
–¡Por supuesto que no! Vas a hacer una declaración jurada por video conferencia como parte de la documentación del juicio. Si no hay arreglo y llega a cortes, consideraremos ir siempre que nos garanticen que tu seguridad física y sicológica no será comprometida.

El rubio asintió y bebió más de su jugo de mango.

–Hay un vecino muy simpático en el edificio –dijo de pronto. –Lo conocí esta mañana en el elevador.
–¿Te pidió un autógrafo de manera singular?
–No me conoce. Me gusta porque no me conoce.
–¿Cómo puede pretender que no te conoce? –la expresión de la mujer era escéptica.
–Porque es ciego. Parece un personaje de cuentos con ese cabello blanco, aunque no parece tener más de treinta años.
–Eso es interesante –admitió la mujer, dejando la agenda en la mesa. –Alguien a quien podrás creerle que no te admira por como te queda la ropa. ¿Sabes su nombre?
–Se lo que le dijo el portero, Sr. Lómedil, le llamó. Me gusta ese apellido, tiene fuerza. Me gustan los hombres con fuerza.

TBC…