¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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07 julio, 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 27

Geometría imaginaria

Solsticio de verano, año 5 de la Cuarta Edad de Sol. Palacio Real de Gondor

Ecthelion se aleja violentamente y escapa por una puerta lateral. Barahir voltea hacia Geniev, su expresión de asombro y molestia le confunde más.

–Pero… ¿a dónde va?

La gemela solo ríe, y de repente el rubio siente que la mano con que estrecha a su prometida le quema. La suelta violentamente y corre a la puerta también.
Accede a una larga galería en penumbras, reconoce la silueta de su amigo e intenta alcanzarle.

–Ecthelion, espera. –pero el otro aprieta el paso.

Poco a poco la marcha se convierte en trote, en una persecución pausada y constante por pasillos en penumbras, cada vez más lejos de los salones de fiesta. Al fin, al doblar al azar, acaban en una pequeña sala vacía, donde el sonido de la música está muy amortiguado.

Ecthelion se detuvo, desorientado, pero esos instantes bastaron a Barahir para tomarlo por el hombro y obligarlo a mirarle.
–Ya basta. Di de frente lo que tengas que decirme.
–No.
–¿No qué?
–No seré el padrino de tu estúpida boda.
–¿Cómo puedes negarte? –pretende halar al escudero de Geniev hacia sí. –Eres mi mejor amigo.
–¡Aléjate! Estas borracho Barahir, y lo único que logras es herirme.
–¿Herirte? ¡Ah! Estás celoso. No hay problema, tú te casarás con la otra gemela, nuestros hijos serán primos. ¿No es genial?
–No. Es repugnante que unas tu vida con alguien que apenas conoces. ¡Encima me propones hacer lo mismo!
Entre los vapores del alcohol, la mente de Barahir percibe que la conversación es mucho más que el conocido asco de Ecthelion a los beodos.
–Ya he rechazado seis propuestas. Mamá quiere que anuncie algún compromiso antes de la Fiesta de la Nevada.
–Deja de ser un cobarde por un día. Enfrenta a tu madre y dile que no quieres casarte.
La risa vacía del campesino resuena entre los muros.
–¿Para que seamos dos los amantes del Príncipe? No, gracias.
–¿Con que de eso se trata todo? ¿De lo que digan los otros?
–¡Por supuesto! Siempre se trata de lo que digan los otros. ¿Crees que no he visto cuánto te importa lo que él diga? –se detiene y respira trabajosamente, como si recién su cuerpo le recordara que ha corrido bastante. –Sí, me casaré y seguiré adelante con la vida que me toca.
La mirada de Ecthelion es triste y sorprendida. 
–¿Qué sabes tú lo que te toca?
–Me toca seguir adelante con mi familia y mi honor. Así ha sido siempre y así será. ¿Unir mi vida a alguien que conozco? Solo conozco a guerreros y funcionarios ¡¿Pretendes que me case con uno?! –ahora Barahir retrocede y lo mira asustado. –Me obligas a decir cosas que no quiero, cosas que ni siquiera me permito pensar. Tú lo elegiste a él ¿no? ¿A qué estos estúpidos reclamos ahora?
–Lo has confundido todo, Geniev y yo nunca…
–Lo he visto comprarte regalos carísimos, entrenar junto a ti, llevarte de paseo –articula con dificultad las últimas palabras. –Lo he visto salir de tu habitación de madrugada. ¿Es que no tienes honor?  
–¡No hay nada entre nosotros! –pero la desesperada negación parece romper el último dique en el corazón de Barahir.
–¡NO MIENTAS! Tú me dejaste  solo. Yo me equivoqué porque estaba molesto y me dejaste en aquella explanada donde había frío y oscuridad. Te fuiste con él esa noche, ¿y para qué? Para que no pudiera defenderte como es debido. Y pensar que hasta eso le perdonaste… A él le perdonaste que te dejara solo, a mi no fuiste capaz de perdonarme que la rabia me cegara. Lo mataría, pero es el Príncipe Geniev Telcontar, Gran Capitán de los Espadachines del Ejército, y yo no soy más que un triste campesino que juega a ser cortesano para estar cerca de ti… ¿Nunca me perdonarás?

Ecthelion no puede hacer más que asombrarse de lo lejos que han ido las cosas ante sus ojos. ¿Acaso Geniev supo esto todo el tiempo? Respira hondo y trata de serenarse. De pronto Barahir parece muy cansado, debe razonar con él en este breve instante que sus barreras han caído.

–¿No pasó jamás por tu mente acercarte y preguntar qué había pasado?
–¡No quiero oírlo! Ya es suficiente saber que te sedujo. Porque eso hizo, te sedujo y te convirtió en su amante. Yo lo habría dado todo por ti y preferiste ser amante del bastardo del Rey. –ahora se pone las manos sobre las sienes para conjurar el dolor de cabeza. 
–¡Esto es una maldita conspiración! El Rey, el Príncipe, Geniev, hasta el Senescal, todos nos miran como si fuéramos los niños de la Academia que jugaban a ser soldados, pero ya no lo somos. ¿Verdad, pequeño intrigante? –vuelve a mirarlo, sus ojos están arrasados de lágrimas, da unos pasos ciegos hacia atrás.
–Te quiero tanto, tanto... Por eso quería matar a Geniev aquella mañana. Te usó y te dejó solo, desprotegido, ¡a expensas de Dolment o cualquier otro! Yo jamás te dejaría solo, ni de noche, ni de día, ni en los combates, ni en la paz. Por ti sembraría la tierra como un plebeyo o vendería mi espada al mejor postor. Pero ya no importa ¿verdad? Fuiste suyo y piensas en eso cada maldita hora desde hace cuatro años. Ahora déjame seguir con mi destino, ¡maldita sea!
–¿Qué sabes tú del destino? –logra articular Ecthelion con voz ajena, sus emociones ruedan por caminos intransitados desde aquella horrible noche en el campamento.
–Nada, en efecto. Creí que mi destino era estar a tu lado, pero me equivoqué. Uno hace su destino cada día, con sus elecciones y a los Valar poco les importa el resto. Tú elegiste, pequeño intrigante. Elegiste el hijo de Elessar Telcontar para asegurar tu posición en esta corte, así que déjame casarme y llenarme de hijos, porque ese destino prefiero a verte cada día riendo apoyado en su brazo.

Y el recio campesino, el escudero del Príncipe Consorte, el mejor arquero del ejército, rompe a llorar. Ecthelion se le queda mirando, ya no hay asombro en su corazón, ni lástima, tan solo un dolor sordo al saber que Barahir le cree capaz de tantas bajezas por un poco de poder. Su voz es fría y reposada cuando responde.

–Es cierto, nada sabemos del destino y nada sabemos de los hombres y su valor, Barahir hijo de Bertonin. Ahora estas ante mi y me acusas de usar mi cuerpo para mantener una posición política. ¡Esa es tu estima! ¿Por un hombre que se prostituye harías todo lo que clamabas hace un momento? Mientes, como le mentirás a ella en tus votos.

Da unos pasos oscilantes, mira a un lado y otro hasta que localiza la puerta del salón y se dirige allí. A escasos metros de la salida, la voz dura de Barahir le hace voltear de nuevo.

–Deberías casarte ¿sabes? Dentro de diez primaveras serás un viejo y él…
–Cuando tenía catorce años, decidí que me iba a casar por amor.
Barahir vuelve a reír, es una risa cascada, vieja, incoherente con su edad.
–¿Ya le dijiste a tu Príncipe? Pero supongo que no tienes valor para exigirlo, ni siquiera le exiges que te sea fiel.
Ecthelion vuelve sobre sus pasos, hay en sus ojos un brillo poco frecuente.
–¡Te odio! Ya que tanto me desprecias entérate de que te odio. –Barahir quiere retroceder, alejarse de esos ojos afiebrados, pero Ecthelion le toma por las solapas del traje. –¿Quieres que te cuente un secreto? Esa noche el Príncipe no cedió ante mis encantos, ¡y Varda sabe que lo intenté!, sino que se fue a nadar a río. ¿Sabes por qué lo hizo? Porque te aprecia, y siempre supo a quién llamaba yo en mis sueños. Pero supongo que ambos esperamos demasiado de ti. ¿Tú dices que me amas? Solo quieres poseerme, eres igual que Dolment. ¡Igual!

Y dicho esto vuelve a correr por los pasadizos de la ciudadela. Barahir se recupera a los pocos instantes e intenta seguirlo, pero los pasos del escudero de Geniev ya se han perdido en el eterno murmullo de músicas, voces, calderos, órdenes y bestias.

–Todo es una insensatez. –murmura y anda con pasos torpes, como de una persona que ha sido golpeada duro en la cabeza, en busca de las caballerizas. 

Ecthelion se detuvo tras doblar en la primera esquina y contuvo la respiración. Se quedó quieto por varios minutos hasta que estuvo seguro de haber despistado definitivamente a Barahir. Giró la cabeza y reparó por primera vez en las extrañas figuras que la luz de la luna dibujaba en el suelo de la estancia.

Se movió hacia las ventanas y comprobó que, a la vieja usanza de la Torre, estaban abiertas al vacío. Era tal la altura que la posibilidad de que algún ladrón accediera a las habitaciones reales estaba descartada. Se acomodó en el antepecho y dejó que sus piernas fueran movidas por la fuerte brisa de la noche. Miró hacia abajo: las cabezas de los vigías eran manzanas oscuras.

–Tienes razón –musitó–, yo soy un pequeño y cobarde cortesano sin valor para las grandes acciones.

Con gran calma acomodó el cuello de la túnica y se aseguró  de que no hubiera ningún balcón debajo, se sacó los anillos y la cadena de oro de Eowyn, los puso el bolsillo interior, se puso de pie con cuidado, y calculó la distancia.

Por un instante sus pensamientos volvieron a Igrania.
“Perdóname hermanita”
Y a Geniev
“Espero que comprendas.”
Sopesó las posibilidades y sintió como una lágrima rebelde escapaba de sus ojos, se limpió de un manotazo.

–Campesino tonto…

Los versos que a veces cantaba Legolas le parecieron proféticos:
Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.

Tragó en seco y adelantó el pie derecho hacia el vacío.
“Que lugar común matarse por amor” –alcanzó a pensar antes de que la oscuridad le rodeara.

TBC…

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