¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

20 julio, 2010

DE LEYES Y VENGANZAS 30

Se solicita un cantante

Aclaración: Se muy bien que el Blaise Zabinny de JK Rowling es de piel oscura, pero ya lo presenté con color vampírico y seguiré adelante.

You must remember this
A kiss is still a kiss, a sigh is just a sigh
The fundamental things apply
As time goes by…
"As Time Goes By", Louis Armstrong


Al llegar a las puertas del edificio, Percy no pudo contener cierto nerviosismo. Había elegido con cuidado sus palabras por teléfono y Blaise –con esa voz aniñada que te dejaba dudando sobre su género biológico– aceptó verle esa misma tarde para coordinar unas sesiones de grabación y recibir los papeles de autorizo. Todo normal, profesional, racional ¿no? Entonces ¿por qué estos nervios al ver acercarse al portero?

“No te apresures” recordó la voz de Charlie en su cabeza “Estás dolido por lo de Penélope, debes tomar tiempo para decidir tus próximas acciones.” Si, si, claro, calma. No podía ponerse a explorar su sexualidad con menores de edad. ¿Qué diría Charlie? Respiró con fuerza y encaró al portero.

–Al apartamento 4, para ver al señor Zabini.
El hombre lo estudio por unos minutos. Percy se fijó en el nombre grabado sobre su corazón, Bateson, también en sus ojos verde turbio, inquisitivos y malvados. Finalmente la puerta –de cristales azulados con diseños de flores de lis en estilo art decó en nevado– se abrió.
–El elevador está allá –señaló Bateson al corredor de la izquierda. –El cuatro es el apartamento de la izquierda.

Percy avanzó despacio, pensando en la frase “el apartamento de la izquierda” en lo que manipulaba los controles. ¿Solo tenían dos viviendas por piso? Las puertas se abrieron a un corredor de color beige, con amplios ventanales y solo dos puertas. ¿De qué tamaño eran esas casas?

Apenas tocó el timbre con forma de flor de lis y la puerta se abrió. Blaise le sonreía con timidez, su rostro pálido arrebolado contrastaba con el cabello oscuro y rizado.

–El portero me advirtió que subías –explicó. –Pasa.

Cruzaron el recibidor y avanzaron por un corredor. El apartamento estaba decorado al estilo de los años cuarenta. Todo era muy elegante y antiguo, acorde con la conversación que sostuvieran y lo que esperaba de un pupilo de Malfoy, pero el pelirrojo percibía todo ese lujo vagamente.

Percy estaba prendido de la figura andrógina de Blaise. La ropa de segunda mano de la audición había desaparecido y ahora llevaba jeans ajustados a la cadera y una camiseta blanca de mangas largas y torso corto, de modo que la pálida piel del vientre gritaba su belleza en cada paso. Blaise era tanto más bello porque no parecía estar ostentando su cuerpo. El muchacho se movía despacio, contoneando las caderas como una mujercita delgada y elegante. Pero no era, no podía ser confundido con una mujer, porque sus hombros eran angulosos bajo la delgada tela de la camiseta y la espalda era dura, sin pizca de grasa y con leves líneas de músculos –huellas, dedujo, de un entrenamiento estable, aunque no excesivo.

Se detuvieron literalmente al final, en el balcón del fondo de la vivienda. Allí esperaba un servicio de te de plata con la infusión humeante, leche, pastas y galletas. El sol llegaba indirectamente merced de un toldo con flores de lis y el ruido de la calle apenas molestaba en esta fachada trasera del edificio, que se abría a un parque desierto.

–Siéntese –invitó el jovencito.
Percy le obedeció y, en lo que su anfitrión servía el te, sacó los modelos de su bolsa-bandolera. Los puso en la mesa, al otro lado de la tetera.
–Es necesario que su tutor los firme para seguir adelante con las grabaciones.
–¿Azúcar?
Ante el asentimiento, Blaise empujó en su dirección la azucarera.

El silencio mientras tomaban te y galletas no era incómodo, descubrió el pelirrojo con asombro. Blaise actuaba como si estuviera solo: miraba hacia el parque mientras masticaba una galleta y tomaba sorbitos de te. Percy aprovechó para contemplarlo despacio y confirmar la belleza pura, casi innatural, del adolescente: La clave estaba, confirmó, en la falta de rasgos masculinos. Era como si Blaise  no hubiera pasado por la pubertad, por lo que sus rasgos afilados tenían una tersura andrógina que congeniaba con sus andares y sus uñas arregladas con esmalte transparente.

–¿Te interesaría cantar en una fiesta privada?
El muchacho giró el rostro y entrecerró los ojos.
–¿Qué tipo de fiesta?
–Es el cumpleaños de cuñado y queremos… –Percy se detuvo y pensó que este era el momento en que en verdad probaría que se había reconciliado con Charlie y consigo mismo. –Mi hermano quiere que un cantante interprete canciones rumanas tradicionales  durante la fiesta, porque su pareja es de allá.
Esperaba alguna reacción, ¿escándalo, asombro, curiosidad?, pero Blaise permaneció quieto. Solo sus ojos oscuros, verdaderamente negros, se movieron del rostro de su interlocutor a un punto de la pared y luego  quedaron ocultos por sus largas pestañas rizadas.
–¿Pagan en efectivo?
Esto parecía un imperativo entre los intereses del moreno.
–Si lo deseas… –la verdad es que era la última pregunta que esperaba. –¿Cincuenta libras la ahora te parece bien? –el jovencito asintió– ¿Entonces, el 10 de mayo en la tarde?
–Si vienes por mi… –solicitó Blaise con las mejillas arreboladas de vergüenza y Percy recordó cómo habían trabado amistad.
–Claro. No deseo que te pierdas en el camino.
Entonces recordó algo más de la conversación de ese día, dio un vistazo a su reloj.
–Son las cinco, ¿tal vez sea mejor que me valla?
Blaise se puso aún más rojo, si eso era posible.
–Es que tendría que explicarte cómo te conocí y no se supone que saliera de casa…
“Yo tampoco te dejaría salir de casa, ni vestirte” se descubrió pensando Percy, pero enseguida desechó tal idea. 
–De acuerdo. Te veré más adelante en la semana con las partituras.
–De acuerdo.

Regresaron a la puerta del apartamento despacio. Estaban contagiados de esa felicidad pueril de los niños que ocultan un secreto a sus mayores –aunque sea un pequeño secreto– y reían con risas alegres, cómplices. Antes de mover el cerrojo, el moreno miró a los ojos del otro con repentina seriedad.

–Puedes besarme. No se lo diré a nadie.
Percy supo que decía la verdad, pero no era eso lo que le impedía besar lo labios carnosos y rosados del chico. No podía besar a nadie –hombre o mujer– tan pronto.
–Tal vez en la fiesta podamos charlar más –la mirada de Blaise se apagó, y él se apresuró a ofrecer un compromiso–, y volveremos a discutir lo del beso.

TBC…

07 julio, 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 27

Geometría imaginaria

Solsticio de verano, año 5 de la Cuarta Edad de Sol. Palacio Real de Gondor

Ecthelion se aleja violentamente y escapa por una puerta lateral. Barahir voltea hacia Geniev, su expresión de asombro y molestia le confunde más.

–Pero… ¿a dónde va?

La gemela solo ríe, y de repente el rubio siente que la mano con que estrecha a su prometida le quema. La suelta violentamente y corre a la puerta también.
Accede a una larga galería en penumbras, reconoce la silueta de su amigo e intenta alcanzarle.

–Ecthelion, espera. –pero el otro aprieta el paso.

Poco a poco la marcha se convierte en trote, en una persecución pausada y constante por pasillos en penumbras, cada vez más lejos de los salones de fiesta. Al fin, al doblar al azar, acaban en una pequeña sala vacía, donde el sonido de la música está muy amortiguado.

Ecthelion se detuvo, desorientado, pero esos instantes bastaron a Barahir para tomarlo por el hombro y obligarlo a mirarle.
–Ya basta. Di de frente lo que tengas que decirme.
–No.
–¿No qué?
–No seré el padrino de tu estúpida boda.
–¿Cómo puedes negarte? –pretende halar al escudero de Geniev hacia sí. –Eres mi mejor amigo.
–¡Aléjate! Estas borracho Barahir, y lo único que logras es herirme.
–¿Herirte? ¡Ah! Estás celoso. No hay problema, tú te casarás con la otra gemela, nuestros hijos serán primos. ¿No es genial?
–No. Es repugnante que unas tu vida con alguien que apenas conoces. ¡Encima me propones hacer lo mismo!
Entre los vapores del alcohol, la mente de Barahir percibe que la conversación es mucho más que el conocido asco de Ecthelion a los beodos.
–Ya he rechazado seis propuestas. Mamá quiere que anuncie algún compromiso antes de la Fiesta de la Nevada.
–Deja de ser un cobarde por un día. Enfrenta a tu madre y dile que no quieres casarte.
La risa vacía del campesino resuena entre los muros.
–¿Para que seamos dos los amantes del Príncipe? No, gracias.
–¿Con que de eso se trata todo? ¿De lo que digan los otros?
–¡Por supuesto! Siempre se trata de lo que digan los otros. ¿Crees que no he visto cuánto te importa lo que él diga? –se detiene y respira trabajosamente, como si recién su cuerpo le recordara que ha corrido bastante. –Sí, me casaré y seguiré adelante con la vida que me toca.
La mirada de Ecthelion es triste y sorprendida. 
–¿Qué sabes tú lo que te toca?
–Me toca seguir adelante con mi familia y mi honor. Así ha sido siempre y así será. ¿Unir mi vida a alguien que conozco? Solo conozco a guerreros y funcionarios ¡¿Pretendes que me case con uno?! –ahora Barahir retrocede y lo mira asustado. –Me obligas a decir cosas que no quiero, cosas que ni siquiera me permito pensar. Tú lo elegiste a él ¿no? ¿A qué estos estúpidos reclamos ahora?
–Lo has confundido todo, Geniev y yo nunca…
–Lo he visto comprarte regalos carísimos, entrenar junto a ti, llevarte de paseo –articula con dificultad las últimas palabras. –Lo he visto salir de tu habitación de madrugada. ¿Es que no tienes honor?  
–¡No hay nada entre nosotros! –pero la desesperada negación parece romper el último dique en el corazón de Barahir.
–¡NO MIENTAS! Tú me dejaste  solo. Yo me equivoqué porque estaba molesto y me dejaste en aquella explanada donde había frío y oscuridad. Te fuiste con él esa noche, ¿y para qué? Para que no pudiera defenderte como es debido. Y pensar que hasta eso le perdonaste… A él le perdonaste que te dejara solo, a mi no fuiste capaz de perdonarme que la rabia me cegara. Lo mataría, pero es el Príncipe Geniev Telcontar, Gran Capitán de los Espadachines del Ejército, y yo no soy más que un triste campesino que juega a ser cortesano para estar cerca de ti… ¿Nunca me perdonarás?

Ecthelion no puede hacer más que asombrarse de lo lejos que han ido las cosas ante sus ojos. ¿Acaso Geniev supo esto todo el tiempo? Respira hondo y trata de serenarse. De pronto Barahir parece muy cansado, debe razonar con él en este breve instante que sus barreras han caído.

–¿No pasó jamás por tu mente acercarte y preguntar qué había pasado?
–¡No quiero oírlo! Ya es suficiente saber que te sedujo. Porque eso hizo, te sedujo y te convirtió en su amante. Yo lo habría dado todo por ti y preferiste ser amante del bastardo del Rey. –ahora se pone las manos sobre las sienes para conjurar el dolor de cabeza. 
–¡Esto es una maldita conspiración! El Rey, el Príncipe, Geniev, hasta el Senescal, todos nos miran como si fuéramos los niños de la Academia que jugaban a ser soldados, pero ya no lo somos. ¿Verdad, pequeño intrigante? –vuelve a mirarlo, sus ojos están arrasados de lágrimas, da unos pasos ciegos hacia atrás.
–Te quiero tanto, tanto... Por eso quería matar a Geniev aquella mañana. Te usó y te dejó solo, desprotegido, ¡a expensas de Dolment o cualquier otro! Yo jamás te dejaría solo, ni de noche, ni de día, ni en los combates, ni en la paz. Por ti sembraría la tierra como un plebeyo o vendería mi espada al mejor postor. Pero ya no importa ¿verdad? Fuiste suyo y piensas en eso cada maldita hora desde hace cuatro años. Ahora déjame seguir con mi destino, ¡maldita sea!
–¿Qué sabes tú del destino? –logra articular Ecthelion con voz ajena, sus emociones ruedan por caminos intransitados desde aquella horrible noche en el campamento.
–Nada, en efecto. Creí que mi destino era estar a tu lado, pero me equivoqué. Uno hace su destino cada día, con sus elecciones y a los Valar poco les importa el resto. Tú elegiste, pequeño intrigante. Elegiste el hijo de Elessar Telcontar para asegurar tu posición en esta corte, así que déjame casarme y llenarme de hijos, porque ese destino prefiero a verte cada día riendo apoyado en su brazo.

Y el recio campesino, el escudero del Príncipe Consorte, el mejor arquero del ejército, rompe a llorar. Ecthelion se le queda mirando, ya no hay asombro en su corazón, ni lástima, tan solo un dolor sordo al saber que Barahir le cree capaz de tantas bajezas por un poco de poder. Su voz es fría y reposada cuando responde.

–Es cierto, nada sabemos del destino y nada sabemos de los hombres y su valor, Barahir hijo de Bertonin. Ahora estas ante mi y me acusas de usar mi cuerpo para mantener una posición política. ¡Esa es tu estima! ¿Por un hombre que se prostituye harías todo lo que clamabas hace un momento? Mientes, como le mentirás a ella en tus votos.

Da unos pasos oscilantes, mira a un lado y otro hasta que localiza la puerta del salón y se dirige allí. A escasos metros de la salida, la voz dura de Barahir le hace voltear de nuevo.

–Deberías casarte ¿sabes? Dentro de diez primaveras serás un viejo y él…
–Cuando tenía catorce años, decidí que me iba a casar por amor.
Barahir vuelve a reír, es una risa cascada, vieja, incoherente con su edad.
–¿Ya le dijiste a tu Príncipe? Pero supongo que no tienes valor para exigirlo, ni siquiera le exiges que te sea fiel.
Ecthelion vuelve sobre sus pasos, hay en sus ojos un brillo poco frecuente.
–¡Te odio! Ya que tanto me desprecias entérate de que te odio. –Barahir quiere retroceder, alejarse de esos ojos afiebrados, pero Ecthelion le toma por las solapas del traje. –¿Quieres que te cuente un secreto? Esa noche el Príncipe no cedió ante mis encantos, ¡y Varda sabe que lo intenté!, sino que se fue a nadar a río. ¿Sabes por qué lo hizo? Porque te aprecia, y siempre supo a quién llamaba yo en mis sueños. Pero supongo que ambos esperamos demasiado de ti. ¿Tú dices que me amas? Solo quieres poseerme, eres igual que Dolment. ¡Igual!

Y dicho esto vuelve a correr por los pasadizos de la ciudadela. Barahir se recupera a los pocos instantes e intenta seguirlo, pero los pasos del escudero de Geniev ya se han perdido en el eterno murmullo de músicas, voces, calderos, órdenes y bestias.

–Todo es una insensatez. –murmura y anda con pasos torpes, como de una persona que ha sido golpeada duro en la cabeza, en busca de las caballerizas. 

Ecthelion se detuvo tras doblar en la primera esquina y contuvo la respiración. Se quedó quieto por varios minutos hasta que estuvo seguro de haber despistado definitivamente a Barahir. Giró la cabeza y reparó por primera vez en las extrañas figuras que la luz de la luna dibujaba en el suelo de la estancia.

Se movió hacia las ventanas y comprobó que, a la vieja usanza de la Torre, estaban abiertas al vacío. Era tal la altura que la posibilidad de que algún ladrón accediera a las habitaciones reales estaba descartada. Se acomodó en el antepecho y dejó que sus piernas fueran movidas por la fuerte brisa de la noche. Miró hacia abajo: las cabezas de los vigías eran manzanas oscuras.

–Tienes razón –musitó–, yo soy un pequeño y cobarde cortesano sin valor para las grandes acciones.

Con gran calma acomodó el cuello de la túnica y se aseguró  de que no hubiera ningún balcón debajo, se sacó los anillos y la cadena de oro de Eowyn, los puso el bolsillo interior, se puso de pie con cuidado, y calculó la distancia.

Por un instante sus pensamientos volvieron a Igrania.
“Perdóname hermanita”
Y a Geniev
“Espero que comprendas.”
Sopesó las posibilidades y sintió como una lágrima rebelde escapaba de sus ojos, se limpió de un manotazo.

–Campesino tonto…

Los versos que a veces cantaba Legolas le parecieron proféticos:
Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.

Tragó en seco y adelantó el pie derecho hacia el vacío.
“Que lugar común matarse por amor” –alcanzó a pensar antes de que la oscuridad le rodeara.

TBC…

EN BUSCA DE UN SUEÑO 26

26 Y la noticia del día es…

Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
Igor regresó a casa todavía conmocionado por su nuevo y sorprendente empleo. Cuando sus compañeros llegaron, estaba frente al televisor, tratando de sacarse el asombro con las noticias de un presentador cuyas duras facciones veía por primera vez.

Silvia y los gemelos siguieron por el corredor hacia sus cuartos. Alcar y Eothain llevaron una caja de herramientas y materiales al extremo de la sala que hacia las veces de taller. Boris se dejó caer junto a Igor, y contempló extrañado la pantalla.

–¿Qué canal es ese?
–CHS –Igor tomó el control para evitar que Boris se pusiera a buscar fútbol. 
–¿Es extranjero? No entiendo mucho –inquirió Eothain.
–Es el Canal de Harad del Sur –explicó Igor sin prestarles atención, claramente interesado en lo que fuera que le pasaba a la Reina de Belleza de Umbar.

Si, en efecto, el locutor hablaba en haradrim, solo que era una lengua tan poco usada en la casa que no la habían reconocido de golpe. Boris, Eothain y Alcar miraron a Igor extrañados e inseguros de qué decir. Por un rato predominó la voz del desconocido presentador:

–... Y en las nacionales: El gobierno federal anula una deuda entre Harad y Brasil de casi dos siglos de antigüedad.
En un gesto de liberalidad que poco respeta los aprietos económicos que exige a sus ciudadanos, el gobierno central anuló este jueves una deuda de Brasil de más de dos siglos de antigüedad, correspondiente a un valor actual de 10 millones de dólares (unos 17,2 millones de aranis). La decisión fue confirmada por el primer ministro, Adanedhel Arthedain, tras un almuerzo con el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso.
La deuda databa de 1800 y representaba un derecho de paso exigido por aquel entonces por la República Cristiana de Harad a todos los barcos que navegaban por delante del castillo de Kronborg para cruzar el estrecho de Khand. Este tipo impuesto fue eliminado en las cuencas del Atlántico y el Mediterráneo en 1810, en negociaciones entre las potencias internacionales del momento, a las que asistieron representantes de la República Cristiana de Harad y Nueva Númenor. Se acordó que cada nación que renunciaba a tal práctica tenía que recibir una compensación por parte de las principales diez naciones marítimas en términos de una cantidad única. Sólo Brasil no había satisfecho dicha cantidad hasta la fecha.
El Ministro de Finanzas, honorable Maggot Pelargir, insistía en que Brasil pagase lo que debía a los haradrims, pero el jefe del gobierno ha preferido cerrar el caso. "Declaro oficialmente que anulamos nuestra exigencia", señaló Arthedain a la salida del almuerzo
con Henrique Cardoso, citado por la agencia AFP. El primer ministro precisó que Arda y Brasil son "actualmente partidarios de la supresión de las barreras aduaneras para aprovechar totalmente la globalización".
Fernando Henrique Cardoso terminó este domingo una visita de Estado de dos días en Arda, la primera de un presidente de Brasil desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre la República Cristiana de Harad y el Imperio de Brasil, en 1822.


Sin dudas la noticia era interesante –teniendo en cuenta las tensiones del gobierno minoritario de Arthedain–, pero ellos estaban acostumbrados a ver el noticiero de las ocho en ArdaVisión, en oestron, por cierto.

Boris fue el primero en reaccionar.
–¿Y esa locura de mirar las noticias de los cristianos? –y trató de quitarle el control del TV a Igor.
El rubio apartó la mano con rapidez. –Estoy practicando el idioma.
Esa era una razón sorprendente, cuando menos. ¿Planeaba Igor irse a trabajar en el sur? Alcar dio voz a la inquietud de los otros tres, pero a modo de chiste, para aminorar la tensión.
–¿Conseguiste trabajo de gerente en una empresa de camiones de basura?

Eothain y Boris rieron, pero Igor les miró molesto y los otros tres se quedaron extrañados.

¿Qué otra razón sería verosímil? Aunque Igor estudiaba idiomas, era ridículo que le dedicara al haradrim horas de TV. Lo suyo era la Cuarta Edad, los bellos elfos y el misterioso Geniev ¿no? Nadie que no fuera cristiano –o que padeciera complejo de culpa y se dedicara a la lucha por sus derechos– tenía que aprender el idioma del sur. Los sureños tenían que aprender oestron, porque habían perdido la Segunda Guerra de Unificación, por muchas leyes de discriminación positiva que obtuvieran tras la Rebelión de 1958. “Mala suerte beatos, eso pasa cuando matas rohirrims”, se burlaban los niños edains cuando estudiaban la conquista de Nurmen y la abdicación de Lemev XXVIII. Ahora enseñaban su idioma en las escuelas de todo el país, pero fuera de Harad y Rhun solo eran buenos para sacar la basura, fregar los platos, dirigir la mafia y... todo lo que implicaba ser ciudadanos de segunda categoría. Eso eran los descendientes de los guerreros de Harad y los Corsarios de Umbar. ¿Y la minoría que había logrado ascender, colarse en las universidades, fundar empresas, hacer política, ser invitada a las recepciones del Ejército del Oeste? Esa minoría estaba en el juego del poder, no lo cambiaba.

El silencio en la sala era ahora desagradable, pero la charla dio un giro inesperado.
–¿Cuál es el menú? –preguntó Silvia al regresar de su habitación ya sin el uniforme. 
–¿Menú? –repitió el rubio extrañado.
–¡Yo te diré! –gritó Theódred desde la cocina. –Pizza congelada y... jugo de naranja.
El gemelo de pelo largo salió de la cocina y se acercó al grupo con expresión intrigada.
–¿Acaso se te olvidó que debías cocinar?
Igor le miró extrañado y luego hizo un gesto de sorpresa.
–¿Igor? –la voz de Alcar ahora sonaba inquieta.
Pero el rubio se repuso sin demora.
–¿Creen que voy a cocinar para ustedes ahora que soy –carraspeó para darse importancia– el Secretario de su Señoría Gorland Telcontar Thrandulion, Hermano Mayor del Heredero de los Telcontar, Príncipe de Mirkwood y Rivendel, Señor de Anfalas, Protector de Harad, Señor de los Puertos de la Tierra Media y Bienhechor de Moria? Nos vamos a comer a la calle. ¡Elijan el lugar!

Un valle en el lado occidental de las Montañas Nubladas

Mardil se dirigió despacio al patio central del complejo. Del otro lado del edificio que ocultaba la explanada se oía el ruido de descarga de las provisiones, pero él no estaba muy entusiasmado: la llegada de los abastecimientos desde Rauros solo le iba a recordar a Lindir. El jaleo con Hai le había dejado muy cansado, física y emocionalmente, como para ayudar en la descarga de los abastecimientos y la posterior carga de los productos que enviarían al mercado esa semana. Tras ponderarlo unos instantes, el joven moreno dio un suspiro y dobló la esquina del edificio con resignación.

–Que los Valar decidan...

Tal como previera, el patio era un hervidero de acción. No solo se trataba de gente encargada de la estiba, sino de perros ladrando, pequeñines oteando desde las esquinas, relinchos alterados desde las caballerizas por el ruido. Fastidiado, Mardil sacudió la cabeza y dio un rodeo para alcanzar la puerta del almacén principal, a fin de ponerse a las órdenes de Eärcaraxë. Era preferible reventar de cansancio, acaso así dormiría sin sueños más tarde.

Al acercarse a la plataforma desde donde se controlaba la estiba, notó que Eärcaraxë lucía excitado. Eso era extraño. Primero porque los camiones de provisiones no eran novedad ni alegría para él. Segundo porque el pelirrojo era famoso por su inconmovible semblante, tan bello como hierático –la verdad sea dicha, tras una juventud como la de Eärcaraxë Delagua, era difícil hallar emoción en una colonia agrícola montañesa, razón por la cual había pedido a su Señoría la residencia permanente en este rincón de las Montañas Nubladas. Ahora su expresión tampoco era elocuente, pero Mardil le conocía tiempo ha. Algo más que conservas de tomate y aspirinas había llegado. 

Mardil se detuvo ante la puerta de la oficina, esperando que el pelirrojo contramaestre le orientara:
–Te esperan en la Casa Grande.
El moreno pestañeó desorientado.
–¿Cómo?
Eärcaraxë no era paciente, en especial con sus subalternos. Levantó sus ojos azul oscuro ya teñidos de enfado y reformuló la orden.
–Bolg Osgiliath te espera en la Casa Grande –y añadió para acabar de intrigar al joven. –No le estropees el buen día al viejo con tu lengua.
Bueno, esto era para escribir en el periódico, Eärcaraxë Delagua preocupado por alguien.

En lo que se acercaba al complejo habitacional de la comunidad, Mardil trató de poner en orden sus sentimientos. Tras la partida de Lindir, había dejado la habitación que compartían, seguro de que su pareja no regresaría hasta cumplir la palabra dada a Su Señoría. Pero ello había hecho tensas sus relaciones con el viejo Bolg, cuya satisfacción cuando solicitaron una habitación común solo era comparable con el honor dispensado por Su Señoría al elegir a Lindir para acompañarle al sur. Si se hubieran separado en buenos términos, Mardil se habría animado a decirle a Bolg que ambos lo habían discutido ya: la Comunidad crecía por primera vez tras casi dos siglos, pero el espacio no, de ahí que decidieran ceder su departamento hasta que se reunieran. ¿Acaso iba a estar menos solo en tres habitaciones?

Pero no, Lindir se había llevado sus bártulos de vuelta a la casita de Bolg la noche antes de partir, tras una pelea a gritos donde ambos dijeran cosas feas, de las que no tuvieron oportunidad de perdonarse... Con ese panorama, entregar el apartamento e irse a vivir como soltero parecía decir “He renunciado a mis votos. Estoy disponible”, pero ¿quién se atreve a piropear al yerno de Bolg Osgiliath, guardaespaldas de Su Señoría y domador de wuargos? El mismo Mardil no tenía valor para ir donde el viejo y narrar su arrepentimiento, y Bolg –el muchacho no lograba saber si por enfado o discreción– le evitaba.

Bueno, lo que fuera que había llegado del sur había hecho que el viejo cambiara de idea. ¿Acaso su esposo había enviado un paquete o algún detalle que indicaba su deseo de arreglar las cosas? Esta idea alivió un poco la tensión dentro de Mardil y le permitió sonreír levemente al cruzar el umbral de la Casa Grande y divisar la imponente figura de Blog. Avanzó hacia él sin mirar nada más, y por eso casi saltó al sentir que tomaban su brazo izquierdo y le obligaban a detener la marcha y girarse. No apartó al atrevido de un manotazo porque reconoció el toque.

–¡Dulce Elbereth! ¡Qué susto me haz dado, Lindir! –solo entonces reparó en lo ilógico de la situación. –¿¡Lindir!? Pero ¿qué…?, ¿tu no…?, ¿ha pasado algo?
Lindir lo contempló con expresión crítica, Mardil recordó la aventura con Hai y bajó los ojos, avergonzado. Sus ropas estaban sucias de trajín, seguro apestaba a sangre y sudor.
–No sabía que llegabas –se disculpó. –Hai ha tenido su camada hace menos de una hora y Eärcaraxë me ha mandado subir a la Casa Grande sin explicaciones. Pensé que tenía que estibar algo de la colección privada de Su Señoría, no que…

Se calló, porque al menos podía darse cuenta de que balbuceaba. Lindir seguía callado, mirándole con sus intensos ojos lavanda. No había enfado en sus ojos, lo cual tranquilizó a Mardil, pero tampoco alegría.

–Espero un hijo.

Mardil se desmayó.

TBC… 
Notas
Noticia original de la deuda brasilera “Dinamarca anula una deuda brasileña de más de dos siglos de antigüedad” en Rebelion.org (15-09-2007): URL: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56180.

01 julio, 2010

AVISO DE PAUSA POR MATERNIDAD

La publicación estará en pausa por tiempo indefinido. Tengo que dedicar más tiempo a mi bebé y al trabajo, pues ahora alguien más depende de mi. No abandono, pero advierto que las actualizaciones serán espaciadas e irregulares. 

Lo siento...