¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

25 agosto, 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 28

Aspirante a narrador es interrumpido por la realidad

"El hambre, el miedo y la libido son los tres motores de la conducta, las pulsiones más básicas e irreductibles de todos los animales, incluidos los racionales. Y en consecuencia, todas las sociedades, todas las culturas, se articulan alrededor de estos tres polos. Conseguir comida, protección y sexo son nuestros objetivos prioritarios, y una organización social es, ante todo, un intento de garantizar y regular la satisfacción de estas necesidades primordiales."
Carlo Frabetti


Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol

1


G  dejó a un lado la pluma y releyó el fragmento con cuidado. ¿Había sido así? Sus recuerdos de esa noche no eran, en verdad, suyos, sino el pastiche de las sucesivas versiones que los dos protagonistas dieran a lo largo de los años. Había revisado las cartas y el Diario para estar seguro, pero mucho del diálogo se lo había inventado. La elección de las palabras estaba hecha considerando los talantes de ambos jóvenes, el modo hábil que tenían de herirse en lo hondo a la primera estocada. Después de pensarlo un poco, decidió que si, que esa versión se quedaría, al menos para esta primera vuelta, por lo que dobló el pliego de papel con cuidado y lo tituló “Geometría imaginaria” antes de ocultarlo en una de las gavetas del secreter.

Regresó a su mesa de trabajo y revisó la correspondencia con desgana. Había asuntos acumulados, pero la inquietud no le permitía concentrarse… y esa punzada en el bajo vientre. Conocía esa punzada, mala señal… ¿o buena? Llevaba un tiempo demasiado largo esperando que su organismo se recuperase y ahora solo podía pensar en los inconvenientes. Curvó los labios en una sonrisa triste mientras evocaba.

–¿Por qué tuviste que ordenarme vivir? –susurró en haradrim, y continuó alternando el oestron y el élfico. –Melda, guardián de mi espíritu, debí seguirles a lo profundo. Ananta eres anarinya en el cielo de mis ojos y juré obediencia.

Una lágrima se escurrió por su mejilla y cerró los ojos. No le sentaba recordar, reconoció por milésima vez. Todo esto no era más que una polvareda que amenazaba con asfixiarle. Pero debía hacerse, lo sabía, lo sentía, lo olía. Respiró fuerte, limpió el surco húmedo y se irguió.

Ante él estaba el informe del departamento legal sobre el proyecto de coproducción con New Line Cinema. ¡El Ojo quemara la simiente de los banqueros! Canalizar por medios legales los fondos de la nobleza –joyas, armaduras, manuscritos iluminados– y mantener la intimidad era un problema desde que los capitalistas se dedicaban a fingirse honestos a costa de los ahorristas. Muchos estaban dispuestos a poner oro –literalmente– en la idea de Jackson, pero cómo  hacer legal ese oro sin perder dinero o descubrir secretos era un laberinto. Por suerte, la Sociedad Moriquendi tenía una abasta red de miembros en el orbe. Las piezas del tesoro que se usarían para que el Consejo de Audiovisuales de Arda financiara el cincuenta por ciento de las tres películas de “El señor de los Anillos” aparecerían poco a poco en distintos lugares del mundo, debidamente tazadas y documentadas.

Una de las posibles complicaciones sería crear una saturación en el mercado de antigüedades y joyas ardenses que desplomara los precios. Pero no, ese era un escenario remoto en un sector de carencia crónica, carencia con la que se beneficiaban coleccionistas, investigadores, casas de subasta, especuladores y propietarios de viejos tesoros. Aunque aparecieran las copas con que intentaron envenenar a Eldarión VI  y seis meses después el sudario de San Félix, los precios seguirían por el cielo, por el simple hecho de que el mercado estaba lejos de saturarse tras veinte años sin que aparecieran piezas nuevas de valor significativo.

Después estaba el escueto informe de Bolg Osgiliath sobre la llegada de la caravana a la Comunidad. Lindir estaba sano, gracias a los sanadores y a Mardil. A G le llamó la atención que el viejo dedicara a Mardil tanto espacio, obviamente trataba de compensar ante si mismo las duras recriminaciones que antes dedicara al yerno. G sonrío, divertido, a Bolg nunca se le habían dado las sutilezas.

Lo siguiente era la lista de invitados a la fiesta que organizaba Lothiriel para que conociera oficialmente a Ivana, la prometida del príncipe John. Solo la familia, había sido la consigna, pero cuando se habla en el lenguaje de clanes nobles… Las cuatro casas reales de Arda estarían presentes: Gondor y Rohan porque no se puede excluir a los primos, Rhovanion porque la amabilidad es imprescindible y Harad, para tener a quién humillar si la fiesta se pone demasiado aburrida. Pero Boris estaría allí, y en ese caso…

Hizo una nota:

Encargar vestido de gala para la Princesa de Ered Lithui. Mandar a limpiar las joyas de la Corona de Harad.

Después se detuvo a pensar en su propia presencia allí. Como siempre, Lady Finduilas y sus compinches tratarían de meter en su cama a alguno de los miembros de la nueva generación. Por lo menos, después del episodio de Gunter siempre eran nobles de conocida trayectoria, no advenedizos de oportuna aparición. Pero enredarse con los miembros del ejército del Oeste siempre había  generado en G la impresión de que cometía incesto.

¿Acaso alguno de ellos podría decirle que no había heredado este lunar de Igrania, la forma del mentón de Beren, o el pulgar demasiado largo de Eumud? Al principio tenía gracia: buscar en esas variaciones sistemáticas la única cara que nunca regresaría. Pero poco a poco la diversión dio paso al hastío y el hastío al aburrimiento. Estaba demasiado ocupado este año para jugar a no-te-seduzco-por-mucho-que-insista-tu-madre, así que entraría con el cañón de lo obvio.

Escribió la segunda orden del día:

Igor debe concurrir a la fiesta en traje a juego con el mío, pero de color azul cielo.

Eso debía bastar.

Luego se le ocurrió que la familia de su secretario podría ofenderse… bueno, eso era problema de Igor. Él solo le preocuparía si el mismo Igor se negara a usarlo.


2

–… Entonces el caballero levantó su espada y la clavó en el cuello del dragón. La bestia, al sentir el pinchazo, sacudió la cabeza. El caballero soportó colgado del pomo de su espada hasta que un tirón especialmente fuerte le permitió saltar…
–Papá.

Fred miró a su hijo con sorpresa. Aralqua le había interrumpido en la mejor parte del relato. Cierto que un niño de casi trece años no necesitaba cuentos para dormir, pero él aprovechaba cualquier oportunidad para que conversaran y repasar el inglés.

–Dime hijo.
–Papá, ¿tu crees que el caballero era norteamericano?
El hombre pestañeó asombrado, pero se sintió un tanto orgulloso también.
–¿Norteamericano? No. Los Estados Unidos no existían en esa época, Aralqua. Los caballeros andantes son personas del medioevo, y tú sabes que América fue descubierta en 1492.
El chico meditó la respuesta, con expresión contrariada. Y volvió a la carga.
–¿Entonces podría haber sido ardense?
–Supongo… tendrías que preguntarle a tu abuela o buscar en la biblioteca de la escuela. Después me puedes contar si había caballeros ardenses.

Fred sonrió satisfecho de cómo había resuelto el asunto. Era firme su convicción de que no se debe fingir conocimiento de todo ante los hijos, sino animarles a buscar por si mismos y compartir sus descubrimientos.

Observó con atención a su hijo. Sabía que esa interrupción tenía razones más profundas porque desde hacía varios días –en concreto, desde el día del fracaso en la presentación de las recomendaciones sobre la educación– estaba inquieto, y evitaba quedarse a solas con él. Una semana llevaba ya que hacía las tareas con Aranwe en su cuarto y se iba a la escuela caminando. No que Fred temiera por la seguridad del chico, la zona de Tirith Osto donde vivían era muy segura y, en general, los cacos ardenses respetaban a los menores de edad. Pero era inusual por la naturaleza presumida de Aralqua, que siempre había disfrutado la leve envidia que generaran los hermosos autos que le asignaba el Banco Mundial.

–Bueno, ya basta de cuentos por hoy. Son casi las diez, es hora de dormir.
Fred extendió la mano hacia la lamparita de noche, pero su hijo le detuvo con un gesto.
–Papá, ¿yo soy norteamericano?
–Claro, eres mi hijo.
Los ojos de Aralqua se tiñeron de angustia.
–¿Entonces no soy ardense?
–Tranquilo, Aralqua. Eres norteamericano y ardense, porque yo soy norteamericano y tu mamá es ardense. No tienes que elegir hasta que seas mayor de edad y quieras, no se, votar, o postularte a algún cargo político.
–¿Y si no quiero elegir nunca?
–Entonces tendrás que pagar impuestos a tus dos países, pero aparte de eso, no creo que tenga demasiada importancia.
–¿Entonces nos quedaremos a vivir mucho tiempo en esta ciudad? ¿Ya no tendremos que viajar?
–Eso es diferente hijo. Tu sabes que yo debo ir donde el Banco Mundial quiera. Siempre te gustó viajar.
–Si, pero…

El niño bajó los ojos y dibujó patrones aleatorios con la punta del dedo sobre su manta. Fred Williams podía reconocer la tensión en el brazo, en la cabeza tan hundida en el pecho que los mechones de pelo rojo caían hacia delante. ¿Qué pasaba? Tantas cosas habían ido mal en la última semana que jugaba con la idea de mandar todo al diablo y regresar a Minnesota, no podía darse el lujo de perder la confianza de su hijo. Y si para eso debía aclarar las reglas del juego una vez más…

–Aralqua –el muchacho levantó la mirada. –Sabes que tu madre y yo siempre consideramos tus puntos de vista antes de tomar una decisión, ¿verdad? –el pelirrojo asintió débilmente. –Pero si no nos dices qué deseas, no podremos tomar las decisiones correctas. Puede que mañana me digan que soy necesario en Burundi y si hasta donde se te da lo mismo vivir aquí que en la selva… –se detuvo, el horror en los ojos de su hijo era tan intenso que temió haberse pasado. –¿Me dirás que pasa?
Aralqua apretó los puños y suspiró. Por fin habló en oestron  y de prisa, apenas sin articular ni despegar los labios.
–Menamoradoynoquieroiraningunlugardemundosinesapersona.
Tenía demasiado miedo para enfrentarle, así que ladeó la cabeza para espiar la reacción de su padre a través del cerquillo.

Fred Williams no se movió, sabía que un paso en falso lo derribaría todo.

Lo había dicho. En la lengua de su madre y de prisa, con el miedo en cada músculo. Pero lo había dicho. Él había preguntado y su hijo Aralqua Richard Williams, su único hijo –se repitió– había contestado. ¿Cómo, dónde, de qué esconderse ahora?

Por eso Anariel llevaba días asustada. Ahora comprendía que, como Aralqua, esperaba su reacción. Todos daban por sentado que el yanqui puritano estallaría y acusaría a su mujer y a Nornorë de pervertir al niño. Pero ¿por qué iba él a estallar? Al parecer era el único que lo sabía desde  siempre. Solo por su hijo había accedido a instalarse en Arda, para que no sufriera esos ridículos rituales de “salir del armario” que se estilaban en América. De hecho, la sensación de alivio que invadía su ser era lo más reconfortante desde su descalabro con el Príncipe G. Al fin algo salía bien y la pequeña comedia que su familia representaba había dejado de tener sentido.

La sonrisa le salió del fondo del pecho, sin dificultad.

–¿Y no me vas a decir su nombre?
Aralqua lo miró de frente, tan asombrado por la afable reacción que olvidó su miedo.
–¿Su nombre?
–Si, el nombre de la persona por quien te bañas dos veces al día.
–Aranwe –el brillo retador de sus ojos era hermoso y llenó de orgullo al padre. –Se llama Aranwe Lómendil y estudia conmigo ciencias, lengua y matemáticas.
Fred asintió. El chico rubio había sido tema de conversación constante en las cenas en los últimos dos meses.
–Vive en el sexto piso ¿no? y estudia contigo casi todas las tardes. ¿Se lo has dicho?
–Pues…

Las mejillas del chico se podían confundir con su cabello en la penumbra de la habitación. Fred resopló divertido, pero se dijo que no debía llevarlo demasiado tenso. Después de todo, para su hijo la noche estaba patas arriba al encontrar tranquila aceptación donde esperaba rechazo.

–Para mi tampoco fue fácil la primera vez –y el comentario captó la atención del pelirrojo. –Ella era del equipo de animadoras de la secundaria y yo solo era capaz de ir a verlas ensayar todas las tardes. Un día, al regresar a casa tarde tras contemplarla, se desató una tormenta y pesqué una neumonía. Estuve una semana sin ir a clases y cuando regresé ella se había puesto de novia con el pasador del equipo de básquet.
–A Aranwe no le gusta el básquet –adujo su hijo.
–No, pero es bonito, inteligente y honesto. Seguro no eres el único de la escuela que quiere besarlo.
–¡Papá! –se escandalizó Aralqua.
–Tu solo piénsalo, ¿si? Después de todo viene a estudiar contigo,  mal no le caes. Y ahora si es hora de dormir.

Fred levantó las mantas y puso el libro de cuentos en la mesita de noche. Dio un beso a su hijo, pero el chico no lo dejó apartarse, sino que le abrazó. Él respondió al gesto y envolvió el delgado cuerpo entre sus brazos.

–Gracias.


3

Yordan giró un poco la cara y sonrió con estudiada cortesía. La mujer de ojos verdes y cabello castaño, tan bellamente castaño que tenía que ser teñido, apretó el bloc de notas y miró a la cámara. Por encima del aparato, los dedos del coordinador marcaron la cuenta regresiva para ir al aire.

Cinco, Yordan movió un poco las caderas para lucir más delgado. Cuatro, ella se arregló el bucle para que cayera al descuido por detrás de la oreja. Tres, Janice le hizo un gesto alentador con el pulgar levantado y salió de su vista, confiada en su habilidad para ser adorable. Dos, la periodista amplió su sonrisa y sus ojos brillaron con entusiasmo contagioso. Uno, ¿cómo diablos se llamaba aquella mujer?

–Buenas tardes, gente. ¿Cómo les ha ido? Pues si, ya es viernes y ustedes sintonizan Arda Visión para saber qué hay de bueno para pasar el fin de semana ¡bien arriba! Porque vivimos en Arda, tan sofisticada como Europa y tan divertida como América. Soy su anfitriona Langbardur Esgaroth, y esta es la inconfundible sala de Aiya Arda, donde todo se sabe.
Ella tomó un respiró y giró la cabeza para mirar a la otra cámara. Al mismo tiempo levantó una mano y la posó con actitud familiar en el muslo de Yordan.
–Y hoy me acompaña en el estudio el hermoso Yordan Oliva, supermodelo al cual todos conocen gracias a sus campañas para Nike, Lancome, Lacoste y en especial como protagonista de uno de los cuatro escalofriantes anuncios de la UNICEF en su lucha contra el maltrato infantil intrafamiliar.
Ante esta última mención, Yordan asintió con gesto de agradecida modestia.
Langbardur le miró de frente y redujo un poco la envergadura de su alegre gesto, para alivio del rubio.
–Hola Yordan. Es un placer que accedieras a compartir tu primera tarde en público desde que llegaste con el equipo de Aiya Arda, donde todo se sabe.
Él sonrió cómplice.
–Hola. Es un gusto estar contigo y con la audiencia de este maravilloso programa.
–¡Veamos! ¿Por dónde empezar contigo? ¿Acaso sabes que en Arda casi el 60% del público joven y adolescente tiene, por lo menos, una imagen tuya en su habitación, taquillero, útiles escolares o ropas?
–Wow. Creo que me conocen más que en mi país de origen. Me siento halagado.
–Es comprensible. Después de todo, tu carrera ha sido meteórica: empezaste a los quince ¿no?
–A los quince, si, en el concurso American Next Top Male Model de 1992. En el que entré por error.
Ella se fingió sorprendida. –Explica eso, por favor.
–Bueno, yo era estudiante en La Habana, pero no muy aplicado. Mi director recibió al mismo tiempo una solicitud de la Cancillería de fotos de alumnos y alumnas lindas porque Cuba iba a participar en el concurso, y un reclamo del Ministerio de Educación sobre los peores expedientes académicos. La secretaria era la mujer más amable y despistada del mundo y mi ficha calló en un sobre con el membrete de Relaciones Exteriores. Dos meses después me llamaban desde New York porque era uno de los cuatro representantes de Cuba.
–Ganaste el trofeo.
El asintió. –Y mi vida cambió.
–¿Para bien?
Esta era la parte en que se fingía un ciervo herido.
–Para nadie es un secreto que estos cinco años estuve en un sube y baja emocional constante.
–¿No es buena la fama cuando se es tan joven?
El suspiró.
–Es un tema complicado. Ser tan conocido implica mucha  responsabilidad.
Ella sonrió comprensiva.
–Y tendremos tiempo en el programa para hablar de eso –se volvió de frente a las cámaras. –Cuando regrese, Yordan Oliva nos hablará de sus problemas como superestrella adolescente de las pasarelas. Esto es Aiya Arda, donde todo se sabe. ¡Ya volvemos!

La luz se apagó y Yordan se relajó en su asiento. Estiró la mano y Janice le puso un vaso de jugo de mango bien frío envuelto en tres servilletas de papel rosado sin olor.

–Maravilloso. El rating está por los cielos.
–¿Cuánto tiempo antes de volver al aire? –preguntó con los ojos cerrados.
–Diez minutos. Justo lo necesario para que confirmes la agenda de esta semana.

La obedeció sin chistar, ajustando las sesiones de preparación de la campaña con los compromisos sociales que UNICEF le estaba gestionando. No podía dejar a su mente divagar o se notaría tenso al regresar a la entrevista –él no era actor, después de todo. Janice logró su objetivo y a los nueve minutos su rostro era todo lo alegre que se puede desear en un modelo para imaginarlo feliz, pero sin sospechar del uso de drogas.

–Buenas tardes, gente. Ya estamos de vuelta después de este interesante reportaje de Derrilyn sobre las discotecas de moda. Ustedes sintonizan Arda Visión para saberlo todo del fin de semana que se viene. Soy su anfitriona Langbardur Esgaroth, y esta es la inconfundible sala de Aiya Arda, donde todo se sabe. Me acompaña el adorable Yordan Oliva quien hablará de sus problemas como superestrella adolescente de las pasarelas. ¿No es así?
–Estoy dispuesto.
Ella miró sus notas.
–¿Consideras que la industria de la moda daña el desarrollo de sus estrellas al reclutar modelos más jóvenes cada día?
–Mira, es un asunto de aristas diversas. Es mejor que los adolescentes se identifiquen con modelos de su edad, creo, porque los conflictos de la adultez son distintos, y convertir el embarazo de Demmi Moore en portada de Seventeen es inapropiado. Al mismo tiempo, antes de los veinte años muy pocas personas pueden lidiar con el hecho de que cada gesto que haces será diseccionado y cuestionado por la prensa y el público.
–¿Pudiste tu?
–Los primeros dos años creí que podía, pero en realidad estaba complaciendo a mi compañía y perdiendo personalidad. El 1994 se dio ese escándalo en la entrega de los Premios Verona, la explosión adquirió proporciones de diferendo diplomático entre Italia y Cuba. No he podido regresar a mi país desde entonces.
–¿Ya no eres ciudadano cubano?
–No. Poca gente sabe esto, pero para la legislación italiana yo era menor de edad y pasé a la tutela del Estado porque mis representantes fueron acusados de explotación infantil. El gobierno de La Habana no reconoce esas medidas y para regresar a Cuba tendría que solicitar un nuevo pasaporte en alguna de sus embajadas, algo que no haré.
–Entonces conociste a Janice, tu representante actual.
–Si. Janice fue recomendada por la firma L´Oreal al gobierno de Italia y me ha mantenido a flote desde entonces. Gracias a ella, mis problemas emocionales no detuvieron mi carrera.
–Y qué carrera. Ese mismo año, a pesar de asunto de los Premios Verona, Vanity Fair te definió como “el modelo más prometedor del mundo occidental”. En 1995 Nike te pagó casi la mitad que a todo el Real Madrid porque anunciaras su nueva línea de ropa para nadar en mar abierto. En 1996 posaste junto a Schumacher para anunciar la mascarilla de Lancome para pieles masculinas. Este año te vestiste de Lacoste en nuestras pantallas. Durante todo ese tiempo has sido un exitoso embajador de buena voluntad de la UNICEF, el más joven de su historia. Se dice que no cobraste un centavo por la serie contra el maltrato infantil intrafamiliar.
–Así es. Hay cosas que no se hacen por dinero.
–Y hace pocos meses cumpliste veinte años, pero Vogue se adelantó y en su edición de enero fuiste elegido el hombre blanco más sexi del mundo entre los veinte y los cuarenta años.
Yordan sonrió. –Keanu Reeves es más sexi.
Langbardur miró a la cámara y guiñó un ojo al público.
–¿No es el chico más adorable del mundo? Cuando regrese con él, sabremos hasta el último detalle sentimental de este joven modelo soltero que ahora vive en Arda. No cambien el canal, permanezcan con Arda Visión y su programa Aiya Arda, donde todo se sabe.

Esta vez la pausa la permitía irse al camerino, pues no volverían a entrevistarlo hasta el final de la transmisión.

Yordan avanzó de la mano de Janice –en la otra llevaba un nuevo vaso de jugo de mango bien frío envuelto en tres servilletas de papel rosado sin olor. Y se desplomó en el sofá de la habitación en cuanto sintió serrarse la puerta.

–¿Todo bien? –estaba muy desesperado, porque la voz de ella casi sonó cariñosa.
–Me pone nervioso esto de hablar en inglés y que un traductor simultáneo se superponga a mi voz.

Ella asintió, pero no comentó nada. Se fue a la mesa ratona del centro de la estancia donde los regalos se acumulaban y se sentó a chequear la agenda. Yordan la miró por unos minutos, tratando de ordenar sus pensamientos.

–¿Pierre está libre?
–Si, pero no podrá salir de Francia en seis meses, ni acercarse a ti hasta después del juicio.
–¿Juicio?
Janice hizo una mueca de felicidad.
–La inmobiliaria lo demanda a él por daños materiales. No iba a permitir que nos cobraran los destrozos en el apartamento.
Yordan sintió que el vació volvía a su estómago. –¿Regresaremos a declarar?
–¡Por supuesto que no! Vas a hacer una declaración jurada por video conferencia como parte de la documentación del juicio. Si no hay arreglo y llega a cortes, consideraremos ir siempre que nos garanticen que tu seguridad física y sicológica no será comprometida.

El rubio asintió y bebió más de su jugo de mango.

–Hay un vecino muy simpático en el edificio –dijo de pronto. –Lo conocí esta mañana en el elevador.
–¿Te pidió un autógrafo de manera singular?
–No me conoce. Me gusta porque no me conoce.
–¿Cómo puede pretender que no te conoce? –la expresión de la mujer era escéptica.
–Porque es ciego. Parece un personaje de cuentos con ese cabello blanco, aunque no parece tener más de treinta años.
–Eso es interesante –admitió la mujer, dejando la agenda en la mesa. –Alguien a quien podrás creerle que no te admira por como te queda la ropa. ¿Sabes su nombre?
–Se lo que le dijo el portero, Sr. Lómedil, le llamó. Me gusta ese apellido, tiene fuerza. Me gustan los hombres con fuerza.

TBC…

20 julio, 2010

DE LEYES Y VENGANZAS 30

Se solicita un cantante

Aclaración: Se muy bien que el Blaise Zabinny de JK Rowling es de piel oscura, pero ya lo presenté con color vampírico y seguiré adelante.

You must remember this
A kiss is still a kiss, a sigh is just a sigh
The fundamental things apply
As time goes by…
"As Time Goes By", Louis Armstrong


Al llegar a las puertas del edificio, Percy no pudo contener cierto nerviosismo. Había elegido con cuidado sus palabras por teléfono y Blaise –con esa voz aniñada que te dejaba dudando sobre su género biológico– aceptó verle esa misma tarde para coordinar unas sesiones de grabación y recibir los papeles de autorizo. Todo normal, profesional, racional ¿no? Entonces ¿por qué estos nervios al ver acercarse al portero?

“No te apresures” recordó la voz de Charlie en su cabeza “Estás dolido por lo de Penélope, debes tomar tiempo para decidir tus próximas acciones.” Si, si, claro, calma. No podía ponerse a explorar su sexualidad con menores de edad. ¿Qué diría Charlie? Respiró con fuerza y encaró al portero.

–Al apartamento 4, para ver al señor Zabini.
El hombre lo estudio por unos minutos. Percy se fijó en el nombre grabado sobre su corazón, Bateson, también en sus ojos verde turbio, inquisitivos y malvados. Finalmente la puerta –de cristales azulados con diseños de flores de lis en estilo art decó en nevado– se abrió.
–El elevador está allá –señaló Bateson al corredor de la izquierda. –El cuatro es el apartamento de la izquierda.

Percy avanzó despacio, pensando en la frase “el apartamento de la izquierda” en lo que manipulaba los controles. ¿Solo tenían dos viviendas por piso? Las puertas se abrieron a un corredor de color beige, con amplios ventanales y solo dos puertas. ¿De qué tamaño eran esas casas?

Apenas tocó el timbre con forma de flor de lis y la puerta se abrió. Blaise le sonreía con timidez, su rostro pálido arrebolado contrastaba con el cabello oscuro y rizado.

–El portero me advirtió que subías –explicó. –Pasa.

Cruzaron el recibidor y avanzaron por un corredor. El apartamento estaba decorado al estilo de los años cuarenta. Todo era muy elegante y antiguo, acorde con la conversación que sostuvieran y lo que esperaba de un pupilo de Malfoy, pero el pelirrojo percibía todo ese lujo vagamente.

Percy estaba prendido de la figura andrógina de Blaise. La ropa de segunda mano de la audición había desaparecido y ahora llevaba jeans ajustados a la cadera y una camiseta blanca de mangas largas y torso corto, de modo que la pálida piel del vientre gritaba su belleza en cada paso. Blaise era tanto más bello porque no parecía estar ostentando su cuerpo. El muchacho se movía despacio, contoneando las caderas como una mujercita delgada y elegante. Pero no era, no podía ser confundido con una mujer, porque sus hombros eran angulosos bajo la delgada tela de la camiseta y la espalda era dura, sin pizca de grasa y con leves líneas de músculos –huellas, dedujo, de un entrenamiento estable, aunque no excesivo.

Se detuvieron literalmente al final, en el balcón del fondo de la vivienda. Allí esperaba un servicio de te de plata con la infusión humeante, leche, pastas y galletas. El sol llegaba indirectamente merced de un toldo con flores de lis y el ruido de la calle apenas molestaba en esta fachada trasera del edificio, que se abría a un parque desierto.

–Siéntese –invitó el jovencito.
Percy le obedeció y, en lo que su anfitrión servía el te, sacó los modelos de su bolsa-bandolera. Los puso en la mesa, al otro lado de la tetera.
–Es necesario que su tutor los firme para seguir adelante con las grabaciones.
–¿Azúcar?
Ante el asentimiento, Blaise empujó en su dirección la azucarera.

El silencio mientras tomaban te y galletas no era incómodo, descubrió el pelirrojo con asombro. Blaise actuaba como si estuviera solo: miraba hacia el parque mientras masticaba una galleta y tomaba sorbitos de te. Percy aprovechó para contemplarlo despacio y confirmar la belleza pura, casi innatural, del adolescente: La clave estaba, confirmó, en la falta de rasgos masculinos. Era como si Blaise  no hubiera pasado por la pubertad, por lo que sus rasgos afilados tenían una tersura andrógina que congeniaba con sus andares y sus uñas arregladas con esmalte transparente.

–¿Te interesaría cantar en una fiesta privada?
El muchacho giró el rostro y entrecerró los ojos.
–¿Qué tipo de fiesta?
–Es el cumpleaños de cuñado y queremos… –Percy se detuvo y pensó que este era el momento en que en verdad probaría que se había reconciliado con Charlie y consigo mismo. –Mi hermano quiere que un cantante interprete canciones rumanas tradicionales  durante la fiesta, porque su pareja es de allá.
Esperaba alguna reacción, ¿escándalo, asombro, curiosidad?, pero Blaise permaneció quieto. Solo sus ojos oscuros, verdaderamente negros, se movieron del rostro de su interlocutor a un punto de la pared y luego  quedaron ocultos por sus largas pestañas rizadas.
–¿Pagan en efectivo?
Esto parecía un imperativo entre los intereses del moreno.
–Si lo deseas… –la verdad es que era la última pregunta que esperaba. –¿Cincuenta libras la ahora te parece bien? –el jovencito asintió– ¿Entonces, el 10 de mayo en la tarde?
–Si vienes por mi… –solicitó Blaise con las mejillas arreboladas de vergüenza y Percy recordó cómo habían trabado amistad.
–Claro. No deseo que te pierdas en el camino.
Entonces recordó algo más de la conversación de ese día, dio un vistazo a su reloj.
–Son las cinco, ¿tal vez sea mejor que me valla?
Blaise se puso aún más rojo, si eso era posible.
–Es que tendría que explicarte cómo te conocí y no se supone que saliera de casa…
“Yo tampoco te dejaría salir de casa, ni vestirte” se descubrió pensando Percy, pero enseguida desechó tal idea. 
–De acuerdo. Te veré más adelante en la semana con las partituras.
–De acuerdo.

Regresaron a la puerta del apartamento despacio. Estaban contagiados de esa felicidad pueril de los niños que ocultan un secreto a sus mayores –aunque sea un pequeño secreto– y reían con risas alegres, cómplices. Antes de mover el cerrojo, el moreno miró a los ojos del otro con repentina seriedad.

–Puedes besarme. No se lo diré a nadie.
Percy supo que decía la verdad, pero no era eso lo que le impedía besar lo labios carnosos y rosados del chico. No podía besar a nadie –hombre o mujer– tan pronto.
–Tal vez en la fiesta podamos charlar más –la mirada de Blaise se apagó, y él se apresuró a ofrecer un compromiso–, y volveremos a discutir lo del beso.

TBC…

07 julio, 2010

EN BUSCA DE UN SUEÑO 27

Geometría imaginaria

Solsticio de verano, año 5 de la Cuarta Edad de Sol. Palacio Real de Gondor

Ecthelion se aleja violentamente y escapa por una puerta lateral. Barahir voltea hacia Geniev, su expresión de asombro y molestia le confunde más.

–Pero… ¿a dónde va?

La gemela solo ríe, y de repente el rubio siente que la mano con que estrecha a su prometida le quema. La suelta violentamente y corre a la puerta también.
Accede a una larga galería en penumbras, reconoce la silueta de su amigo e intenta alcanzarle.

–Ecthelion, espera. –pero el otro aprieta el paso.

Poco a poco la marcha se convierte en trote, en una persecución pausada y constante por pasillos en penumbras, cada vez más lejos de los salones de fiesta. Al fin, al doblar al azar, acaban en una pequeña sala vacía, donde el sonido de la música está muy amortiguado.

Ecthelion se detuvo, desorientado, pero esos instantes bastaron a Barahir para tomarlo por el hombro y obligarlo a mirarle.
–Ya basta. Di de frente lo que tengas que decirme.
–No.
–¿No qué?
–No seré el padrino de tu estúpida boda.
–¿Cómo puedes negarte? –pretende halar al escudero de Geniev hacia sí. –Eres mi mejor amigo.
–¡Aléjate! Estas borracho Barahir, y lo único que logras es herirme.
–¿Herirte? ¡Ah! Estás celoso. No hay problema, tú te casarás con la otra gemela, nuestros hijos serán primos. ¿No es genial?
–No. Es repugnante que unas tu vida con alguien que apenas conoces. ¡Encima me propones hacer lo mismo!
Entre los vapores del alcohol, la mente de Barahir percibe que la conversación es mucho más que el conocido asco de Ecthelion a los beodos.
–Ya he rechazado seis propuestas. Mamá quiere que anuncie algún compromiso antes de la Fiesta de la Nevada.
–Deja de ser un cobarde por un día. Enfrenta a tu madre y dile que no quieres casarte.
La risa vacía del campesino resuena entre los muros.
–¿Para que seamos dos los amantes del Príncipe? No, gracias.
–¿Con que de eso se trata todo? ¿De lo que digan los otros?
–¡Por supuesto! Siempre se trata de lo que digan los otros. ¿Crees que no he visto cuánto te importa lo que él diga? –se detiene y respira trabajosamente, como si recién su cuerpo le recordara que ha corrido bastante. –Sí, me casaré y seguiré adelante con la vida que me toca.
La mirada de Ecthelion es triste y sorprendida. 
–¿Qué sabes tú lo que te toca?
–Me toca seguir adelante con mi familia y mi honor. Así ha sido siempre y así será. ¿Unir mi vida a alguien que conozco? Solo conozco a guerreros y funcionarios ¡¿Pretendes que me case con uno?! –ahora Barahir retrocede y lo mira asustado. –Me obligas a decir cosas que no quiero, cosas que ni siquiera me permito pensar. Tú lo elegiste a él ¿no? ¿A qué estos estúpidos reclamos ahora?
–Lo has confundido todo, Geniev y yo nunca…
–Lo he visto comprarte regalos carísimos, entrenar junto a ti, llevarte de paseo –articula con dificultad las últimas palabras. –Lo he visto salir de tu habitación de madrugada. ¿Es que no tienes honor?  
–¡No hay nada entre nosotros! –pero la desesperada negación parece romper el último dique en el corazón de Barahir.
–¡NO MIENTAS! Tú me dejaste  solo. Yo me equivoqué porque estaba molesto y me dejaste en aquella explanada donde había frío y oscuridad. Te fuiste con él esa noche, ¿y para qué? Para que no pudiera defenderte como es debido. Y pensar que hasta eso le perdonaste… A él le perdonaste que te dejara solo, a mi no fuiste capaz de perdonarme que la rabia me cegara. Lo mataría, pero es el Príncipe Geniev Telcontar, Gran Capitán de los Espadachines del Ejército, y yo no soy más que un triste campesino que juega a ser cortesano para estar cerca de ti… ¿Nunca me perdonarás?

Ecthelion no puede hacer más que asombrarse de lo lejos que han ido las cosas ante sus ojos. ¿Acaso Geniev supo esto todo el tiempo? Respira hondo y trata de serenarse. De pronto Barahir parece muy cansado, debe razonar con él en este breve instante que sus barreras han caído.

–¿No pasó jamás por tu mente acercarte y preguntar qué había pasado?
–¡No quiero oírlo! Ya es suficiente saber que te sedujo. Porque eso hizo, te sedujo y te convirtió en su amante. Yo lo habría dado todo por ti y preferiste ser amante del bastardo del Rey. –ahora se pone las manos sobre las sienes para conjurar el dolor de cabeza. 
–¡Esto es una maldita conspiración! El Rey, el Príncipe, Geniev, hasta el Senescal, todos nos miran como si fuéramos los niños de la Academia que jugaban a ser soldados, pero ya no lo somos. ¿Verdad, pequeño intrigante? –vuelve a mirarlo, sus ojos están arrasados de lágrimas, da unos pasos ciegos hacia atrás.
–Te quiero tanto, tanto... Por eso quería matar a Geniev aquella mañana. Te usó y te dejó solo, desprotegido, ¡a expensas de Dolment o cualquier otro! Yo jamás te dejaría solo, ni de noche, ni de día, ni en los combates, ni en la paz. Por ti sembraría la tierra como un plebeyo o vendería mi espada al mejor postor. Pero ya no importa ¿verdad? Fuiste suyo y piensas en eso cada maldita hora desde hace cuatro años. Ahora déjame seguir con mi destino, ¡maldita sea!
–¿Qué sabes tú del destino? –logra articular Ecthelion con voz ajena, sus emociones ruedan por caminos intransitados desde aquella horrible noche en el campamento.
–Nada, en efecto. Creí que mi destino era estar a tu lado, pero me equivoqué. Uno hace su destino cada día, con sus elecciones y a los Valar poco les importa el resto. Tú elegiste, pequeño intrigante. Elegiste el hijo de Elessar Telcontar para asegurar tu posición en esta corte, así que déjame casarme y llenarme de hijos, porque ese destino prefiero a verte cada día riendo apoyado en su brazo.

Y el recio campesino, el escudero del Príncipe Consorte, el mejor arquero del ejército, rompe a llorar. Ecthelion se le queda mirando, ya no hay asombro en su corazón, ni lástima, tan solo un dolor sordo al saber que Barahir le cree capaz de tantas bajezas por un poco de poder. Su voz es fría y reposada cuando responde.

–Es cierto, nada sabemos del destino y nada sabemos de los hombres y su valor, Barahir hijo de Bertonin. Ahora estas ante mi y me acusas de usar mi cuerpo para mantener una posición política. ¡Esa es tu estima! ¿Por un hombre que se prostituye harías todo lo que clamabas hace un momento? Mientes, como le mentirás a ella en tus votos.

Da unos pasos oscilantes, mira a un lado y otro hasta que localiza la puerta del salón y se dirige allí. A escasos metros de la salida, la voz dura de Barahir le hace voltear de nuevo.

–Deberías casarte ¿sabes? Dentro de diez primaveras serás un viejo y él…
–Cuando tenía catorce años, decidí que me iba a casar por amor.
Barahir vuelve a reír, es una risa cascada, vieja, incoherente con su edad.
–¿Ya le dijiste a tu Príncipe? Pero supongo que no tienes valor para exigirlo, ni siquiera le exiges que te sea fiel.
Ecthelion vuelve sobre sus pasos, hay en sus ojos un brillo poco frecuente.
–¡Te odio! Ya que tanto me desprecias entérate de que te odio. –Barahir quiere retroceder, alejarse de esos ojos afiebrados, pero Ecthelion le toma por las solapas del traje. –¿Quieres que te cuente un secreto? Esa noche el Príncipe no cedió ante mis encantos, ¡y Varda sabe que lo intenté!, sino que se fue a nadar a río. ¿Sabes por qué lo hizo? Porque te aprecia, y siempre supo a quién llamaba yo en mis sueños. Pero supongo que ambos esperamos demasiado de ti. ¿Tú dices que me amas? Solo quieres poseerme, eres igual que Dolment. ¡Igual!

Y dicho esto vuelve a correr por los pasadizos de la ciudadela. Barahir se recupera a los pocos instantes e intenta seguirlo, pero los pasos del escudero de Geniev ya se han perdido en el eterno murmullo de músicas, voces, calderos, órdenes y bestias.

–Todo es una insensatez. –murmura y anda con pasos torpes, como de una persona que ha sido golpeada duro en la cabeza, en busca de las caballerizas. 

Ecthelion se detuvo tras doblar en la primera esquina y contuvo la respiración. Se quedó quieto por varios minutos hasta que estuvo seguro de haber despistado definitivamente a Barahir. Giró la cabeza y reparó por primera vez en las extrañas figuras que la luz de la luna dibujaba en el suelo de la estancia.

Se movió hacia las ventanas y comprobó que, a la vieja usanza de la Torre, estaban abiertas al vacío. Era tal la altura que la posibilidad de que algún ladrón accediera a las habitaciones reales estaba descartada. Se acomodó en el antepecho y dejó que sus piernas fueran movidas por la fuerte brisa de la noche. Miró hacia abajo: las cabezas de los vigías eran manzanas oscuras.

–Tienes razón –musitó–, yo soy un pequeño y cobarde cortesano sin valor para las grandes acciones.

Con gran calma acomodó el cuello de la túnica y se aseguró  de que no hubiera ningún balcón debajo, se sacó los anillos y la cadena de oro de Eowyn, los puso el bolsillo interior, se puso de pie con cuidado, y calculó la distancia.

Por un instante sus pensamientos volvieron a Igrania.
“Perdóname hermanita”
Y a Geniev
“Espero que comprendas.”
Sopesó las posibilidades y sintió como una lágrima rebelde escapaba de sus ojos, se limpió de un manotazo.

–Campesino tonto…

Los versos que a veces cantaba Legolas le parecieron proféticos:
Mist and shadow / Cloud and shade / All shall fade / All shall...fade.

Tragó en seco y adelantó el pie derecho hacia el vacío.
“Que lugar común matarse por amor” –alcanzó a pensar antes de que la oscuridad le rodeara.

TBC…

EN BUSCA DE UN SUEÑO 26

26 Y la noticia del día es…

Tirith Osto, Año 1997 de la Cuarta Edad del Sol
Igor regresó a casa todavía conmocionado por su nuevo y sorprendente empleo. Cuando sus compañeros llegaron, estaba frente al televisor, tratando de sacarse el asombro con las noticias de un presentador cuyas duras facciones veía por primera vez.

Silvia y los gemelos siguieron por el corredor hacia sus cuartos. Alcar y Eothain llevaron una caja de herramientas y materiales al extremo de la sala que hacia las veces de taller. Boris se dejó caer junto a Igor, y contempló extrañado la pantalla.

–¿Qué canal es ese?
–CHS –Igor tomó el control para evitar que Boris se pusiera a buscar fútbol. 
–¿Es extranjero? No entiendo mucho –inquirió Eothain.
–Es el Canal de Harad del Sur –explicó Igor sin prestarles atención, claramente interesado en lo que fuera que le pasaba a la Reina de Belleza de Umbar.

Si, en efecto, el locutor hablaba en haradrim, solo que era una lengua tan poco usada en la casa que no la habían reconocido de golpe. Boris, Eothain y Alcar miraron a Igor extrañados e inseguros de qué decir. Por un rato predominó la voz del desconocido presentador:

–... Y en las nacionales: El gobierno federal anula una deuda entre Harad y Brasil de casi dos siglos de antigüedad.
En un gesto de liberalidad que poco respeta los aprietos económicos que exige a sus ciudadanos, el gobierno central anuló este jueves una deuda de Brasil de más de dos siglos de antigüedad, correspondiente a un valor actual de 10 millones de dólares (unos 17,2 millones de aranis). La decisión fue confirmada por el primer ministro, Adanedhel Arthedain, tras un almuerzo con el presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso.
La deuda databa de 1800 y representaba un derecho de paso exigido por aquel entonces por la República Cristiana de Harad a todos los barcos que navegaban por delante del castillo de Kronborg para cruzar el estrecho de Khand. Este tipo impuesto fue eliminado en las cuencas del Atlántico y el Mediterráneo en 1810, en negociaciones entre las potencias internacionales del momento, a las que asistieron representantes de la República Cristiana de Harad y Nueva Númenor. Se acordó que cada nación que renunciaba a tal práctica tenía que recibir una compensación por parte de las principales diez naciones marítimas en términos de una cantidad única. Sólo Brasil no había satisfecho dicha cantidad hasta la fecha.
El Ministro de Finanzas, honorable Maggot Pelargir, insistía en que Brasil pagase lo que debía a los haradrims, pero el jefe del gobierno ha preferido cerrar el caso. "Declaro oficialmente que anulamos nuestra exigencia", señaló Arthedain a la salida del almuerzo
con Henrique Cardoso, citado por la agencia AFP. El primer ministro precisó que Arda y Brasil son "actualmente partidarios de la supresión de las barreras aduaneras para aprovechar totalmente la globalización".
Fernando Henrique Cardoso terminó este domingo una visita de Estado de dos días en Arda, la primera de un presidente de Brasil desde el establecimiento de relaciones diplomáticas entre la República Cristiana de Harad y el Imperio de Brasil, en 1822.


Sin dudas la noticia era interesante –teniendo en cuenta las tensiones del gobierno minoritario de Arthedain–, pero ellos estaban acostumbrados a ver el noticiero de las ocho en ArdaVisión, en oestron, por cierto.

Boris fue el primero en reaccionar.
–¿Y esa locura de mirar las noticias de los cristianos? –y trató de quitarle el control del TV a Igor.
El rubio apartó la mano con rapidez. –Estoy practicando el idioma.
Esa era una razón sorprendente, cuando menos. ¿Planeaba Igor irse a trabajar en el sur? Alcar dio voz a la inquietud de los otros tres, pero a modo de chiste, para aminorar la tensión.
–¿Conseguiste trabajo de gerente en una empresa de camiones de basura?

Eothain y Boris rieron, pero Igor les miró molesto y los otros tres se quedaron extrañados.

¿Qué otra razón sería verosímil? Aunque Igor estudiaba idiomas, era ridículo que le dedicara al haradrim horas de TV. Lo suyo era la Cuarta Edad, los bellos elfos y el misterioso Geniev ¿no? Nadie que no fuera cristiano –o que padeciera complejo de culpa y se dedicara a la lucha por sus derechos– tenía que aprender el idioma del sur. Los sureños tenían que aprender oestron, porque habían perdido la Segunda Guerra de Unificación, por muchas leyes de discriminación positiva que obtuvieran tras la Rebelión de 1958. “Mala suerte beatos, eso pasa cuando matas rohirrims”, se burlaban los niños edains cuando estudiaban la conquista de Nurmen y la abdicación de Lemev XXVIII. Ahora enseñaban su idioma en las escuelas de todo el país, pero fuera de Harad y Rhun solo eran buenos para sacar la basura, fregar los platos, dirigir la mafia y... todo lo que implicaba ser ciudadanos de segunda categoría. Eso eran los descendientes de los guerreros de Harad y los Corsarios de Umbar. ¿Y la minoría que había logrado ascender, colarse en las universidades, fundar empresas, hacer política, ser invitada a las recepciones del Ejército del Oeste? Esa minoría estaba en el juego del poder, no lo cambiaba.

El silencio en la sala era ahora desagradable, pero la charla dio un giro inesperado.
–¿Cuál es el menú? –preguntó Silvia al regresar de su habitación ya sin el uniforme. 
–¿Menú? –repitió el rubio extrañado.
–¡Yo te diré! –gritó Theódred desde la cocina. –Pizza congelada y... jugo de naranja.
El gemelo de pelo largo salió de la cocina y se acercó al grupo con expresión intrigada.
–¿Acaso se te olvidó que debías cocinar?
Igor le miró extrañado y luego hizo un gesto de sorpresa.
–¿Igor? –la voz de Alcar ahora sonaba inquieta.
Pero el rubio se repuso sin demora.
–¿Creen que voy a cocinar para ustedes ahora que soy –carraspeó para darse importancia– el Secretario de su Señoría Gorland Telcontar Thrandulion, Hermano Mayor del Heredero de los Telcontar, Príncipe de Mirkwood y Rivendel, Señor de Anfalas, Protector de Harad, Señor de los Puertos de la Tierra Media y Bienhechor de Moria? Nos vamos a comer a la calle. ¡Elijan el lugar!

Un valle en el lado occidental de las Montañas Nubladas

Mardil se dirigió despacio al patio central del complejo. Del otro lado del edificio que ocultaba la explanada se oía el ruido de descarga de las provisiones, pero él no estaba muy entusiasmado: la llegada de los abastecimientos desde Rauros solo le iba a recordar a Lindir. El jaleo con Hai le había dejado muy cansado, física y emocionalmente, como para ayudar en la descarga de los abastecimientos y la posterior carga de los productos que enviarían al mercado esa semana. Tras ponderarlo unos instantes, el joven moreno dio un suspiro y dobló la esquina del edificio con resignación.

–Que los Valar decidan...

Tal como previera, el patio era un hervidero de acción. No solo se trataba de gente encargada de la estiba, sino de perros ladrando, pequeñines oteando desde las esquinas, relinchos alterados desde las caballerizas por el ruido. Fastidiado, Mardil sacudió la cabeza y dio un rodeo para alcanzar la puerta del almacén principal, a fin de ponerse a las órdenes de Eärcaraxë. Era preferible reventar de cansancio, acaso así dormiría sin sueños más tarde.

Al acercarse a la plataforma desde donde se controlaba la estiba, notó que Eärcaraxë lucía excitado. Eso era extraño. Primero porque los camiones de provisiones no eran novedad ni alegría para él. Segundo porque el pelirrojo era famoso por su inconmovible semblante, tan bello como hierático –la verdad sea dicha, tras una juventud como la de Eärcaraxë Delagua, era difícil hallar emoción en una colonia agrícola montañesa, razón por la cual había pedido a su Señoría la residencia permanente en este rincón de las Montañas Nubladas. Ahora su expresión tampoco era elocuente, pero Mardil le conocía tiempo ha. Algo más que conservas de tomate y aspirinas había llegado. 

Mardil se detuvo ante la puerta de la oficina, esperando que el pelirrojo contramaestre le orientara:
–Te esperan en la Casa Grande.
El moreno pestañeó desorientado.
–¿Cómo?
Eärcaraxë no era paciente, en especial con sus subalternos. Levantó sus ojos azul oscuro ya teñidos de enfado y reformuló la orden.
–Bolg Osgiliath te espera en la Casa Grande –y añadió para acabar de intrigar al joven. –No le estropees el buen día al viejo con tu lengua.
Bueno, esto era para escribir en el periódico, Eärcaraxë Delagua preocupado por alguien.

En lo que se acercaba al complejo habitacional de la comunidad, Mardil trató de poner en orden sus sentimientos. Tras la partida de Lindir, había dejado la habitación que compartían, seguro de que su pareja no regresaría hasta cumplir la palabra dada a Su Señoría. Pero ello había hecho tensas sus relaciones con el viejo Bolg, cuya satisfacción cuando solicitaron una habitación común solo era comparable con el honor dispensado por Su Señoría al elegir a Lindir para acompañarle al sur. Si se hubieran separado en buenos términos, Mardil se habría animado a decirle a Bolg que ambos lo habían discutido ya: la Comunidad crecía por primera vez tras casi dos siglos, pero el espacio no, de ahí que decidieran ceder su departamento hasta que se reunieran. ¿Acaso iba a estar menos solo en tres habitaciones?

Pero no, Lindir se había llevado sus bártulos de vuelta a la casita de Bolg la noche antes de partir, tras una pelea a gritos donde ambos dijeran cosas feas, de las que no tuvieron oportunidad de perdonarse... Con ese panorama, entregar el apartamento e irse a vivir como soltero parecía decir “He renunciado a mis votos. Estoy disponible”, pero ¿quién se atreve a piropear al yerno de Bolg Osgiliath, guardaespaldas de Su Señoría y domador de wuargos? El mismo Mardil no tenía valor para ir donde el viejo y narrar su arrepentimiento, y Bolg –el muchacho no lograba saber si por enfado o discreción– le evitaba.

Bueno, lo que fuera que había llegado del sur había hecho que el viejo cambiara de idea. ¿Acaso su esposo había enviado un paquete o algún detalle que indicaba su deseo de arreglar las cosas? Esta idea alivió un poco la tensión dentro de Mardil y le permitió sonreír levemente al cruzar el umbral de la Casa Grande y divisar la imponente figura de Blog. Avanzó hacia él sin mirar nada más, y por eso casi saltó al sentir que tomaban su brazo izquierdo y le obligaban a detener la marcha y girarse. No apartó al atrevido de un manotazo porque reconoció el toque.

–¡Dulce Elbereth! ¡Qué susto me haz dado, Lindir! –solo entonces reparó en lo ilógico de la situación. –¿¡Lindir!? Pero ¿qué…?, ¿tu no…?, ¿ha pasado algo?
Lindir lo contempló con expresión crítica, Mardil recordó la aventura con Hai y bajó los ojos, avergonzado. Sus ropas estaban sucias de trajín, seguro apestaba a sangre y sudor.
–No sabía que llegabas –se disculpó. –Hai ha tenido su camada hace menos de una hora y Eärcaraxë me ha mandado subir a la Casa Grande sin explicaciones. Pensé que tenía que estibar algo de la colección privada de Su Señoría, no que…

Se calló, porque al menos podía darse cuenta de que balbuceaba. Lindir seguía callado, mirándole con sus intensos ojos lavanda. No había enfado en sus ojos, lo cual tranquilizó a Mardil, pero tampoco alegría.

–Espero un hijo.

Mardil se desmayó.

TBC… 
Notas
Noticia original de la deuda brasilera “Dinamarca anula una deuda brasileña de más de dos siglos de antigüedad” en Rebelion.org (15-09-2007): URL: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=56180.

01 julio, 2010

AVISO DE PAUSA POR MATERNIDAD

La publicación estará en pausa por tiempo indefinido. Tengo que dedicar más tiempo a mi bebé y al trabajo, pues ahora alguien más depende de mi. No abandono, pero advierto que las actualizaciones serán espaciadas e irregulares. 

Lo siento...