¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

08 septiembre, 2009

EN BUSCA DE UN SUEÑO 25

Al encuentro de la familia Real de Gondor

"A ponderosa, solitary and thirsty, grows from a
rock into the smog cloaking the barren hillside. It
watches men and women cross the studio parking
lot with drunken dreams under their arms."
Universal, Viggo Mortensen

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

La cabalgata por los campos hacia el nortoeste de la ciudad había sido muy agradable. Barahir estaba en su elemento, en especial tras haber pasado tantas jornadas encerrado.

Mientras avanzaban rodeados de los guardias de la ciudadela, cuyos cascos de plumas el chico admiraba en silencio, tuvo oportunidad de comprobar que Geniev controlaba muy bien su caballo sin necesidad de silla, apenas con una rienda elemental y una manta sobre la espalda de la bestia. Este modo de montar contrastaba con el sofisticado traje de la ocasión.

Era un atavío maravilloso: mantenía el obligatorio color gris que anunciaba el rango de su portador, pero de un tono perlado brillante. La trama variaba su textura con patrones abstractos que no dejaban vacíos. Por encima de la camisa, la túnica estaba bordada en hilos de oro, reproduciendo objetos de diverso uso en la batalla, desde una catapulta hasta una daga. Los cabellos estaban peinados hacia atrás en un moño bajo. Su brillante color negro no lucía –ni necesitaba– más realce que la sencilla insignia de filigrana a pocos centímetros del inicio de la línea del cabello. Era una insignia finamente tejida con metal y cintas grises, que mantenía despejada la augusta frente de los pocos mechones cortos no contenidos por el moño.

Todo el cuerpo del príncipe quedaba cubierto con el mayor recato: el diseño apenas dejaba a la vista manos, cuello y rostro. Y este recato, pensaban ambos amigos con extrañeza, estaba en consonancia con el humor sombrío que mostraba Geniev desde que partieran de Minas Tirith. El Príncipe no había dicho palabras fuera de las necesarias para ordenar la disposición de la comitiva. Ecthelion y Barahir habían optado por respetar su silencio y tan solo intercambiaban miradas y gestos mínimos, pero elocuentes, como solían en sus clases.

Ambos lucían sus mejores galas. El traje azul y marrón de Ecthelion le daba un aire severo, a juego con su amplia frente y sus ojos oscuros, los rizos estaban esmeradamente ordenados en numerosas trenzas. Barahir usaba colores verdes y blancos, los cuales –según su madre y su amigo– resaltaban sus ojos gris verdosos, el cabello estaba libre, suave y despedía un leve perfume a bosque –por una esencia que le prestara el Príncipe la noche anterior. Gracias a que los trajes de gala que se hicieran para asistir a la boda del Rey aún les quedaban bien, casi parecían sacados de un cuento.

Avanzaban a buen paso hacia el noroeste. Esta zona no había tardado en recuperarse tras la Guerra del Anillo, pues antes de la Cabalgata de los Rohirrim apenas había allí casas o granjas. Tan solo pastores excepcionalmente valientes se aproximaban al Bosque Druadan, y Ecthelion le había contado en años anteriores a Barahir lo que se contaba de sus habitantes, los woses: enfrentados a lobos y orcos en combates que ganaban por medios mágicos. Barahir desconfiaba de la magia –como la mayoría de los gondorianos tras siglos de guerrear con espectros y ojos de fuego.

Los dos jovencitos calculaban unas buenas dos horas cabalgando por los pastizales cuando avistaron el campamento del Rey. Era un conjunto de tiendas y construcciones auxiliares justo al final de la llanura, flaqueada por los primeros árboles del centenario y misterioso bosque de los woses, cuyos sombríos colores hacían más alegres, por contraste, el estallido polícromo de las tiendas.

Numerosos guardias estaban dispuestos alrededor del perímetro, en clara alerta, pero no les detuvieron. Cruzaron tres postas donde los uniformados se inclinaron profundamente al reconocer a Geniev. Cuando ya se distinguían los rostros quienes estaban en el interior del campamento atareados en diversas tareas, torcieron rumbo para bordear la zona hasta llegar a una lujosa caballeriza donde los animales descansaban bajo toldos de tela blanca, con abundante heno y agua.

El Príncipe desmontó y ellos lo imitaron. Unos palafreneros vinieron prestos a ocuparse de los caballos y detrás de ellos apareció un pelirrojo de ojos verdes que los jóvenes no dudaron en identificar. Barahir fue a dar un paso atrás por instinto, pero Ecthelion lo tomó del brazo y le lanzó una mirada recriminatoria. El campesino se mordió los labios por haber sido cogido en falta.

Acaso fuera que el secretario del Senescal estaba acostumbrado a todo tipo de reacciones. El hecho es que no les dedicó ni una mirada, tan solo hizo una profunda reverencia ante el Príncipe. Geniev cortó la formalidad al acercarse y abrazarle con ternura. Duilin –el parricida, el invertido, el del rostro marcado– no pareció sorprendido por el gesto: le aceptó en sus brazos y le besó la mejilla. Luego susurró algo al oído del Príncipe que logró arrancarle una risa corta, intensa.

Cuando se separaron, el rostro de Geniev había perdido parte de su tensión. Extendió una mano señalando a sus dos acompañantes.
–Duilin, ellos son Barahir, hijo de Bertonin y Ecthelion, hijo de Igram, mis compañeros de la Academia. Caballeros, él es Duilin, secretario del Senescal y mi perceptor cuando vivo en Palacio.
–No tienen idea de lo difícil que fue enseñarle a usar medias –comentó el otro en tono ligero.
–¡Oye! Eso es daño a la dignidad real.
–Pues denúnciame con tu padre. Ya tiemblo al pensar en los platos de verduras.
–A ti no te asustan las verduras –reconvino Geniev con voz intencionada.
–No, al contrario. Pero esta no es conversación para las caballerizas –se acercó a los dos adolescentes y les hizo una leve reverencia. –Ecthelion, tuve el gusto de conocer a tu padre y debo decir que sus informes siempre han sido pulcros y fieles a la realidad. Barahir, lamento la caída de Lord Bertonin ante la Puerta Negra, pero su nombre es ahora imperecedero, como la gloria que trae a su clan habernos librado del Ojo. Por favor, síganme.

Los cuatro se adentraron en el campamento. Duilin y Geniev delante, el pelirrojo seguía hablando en voz baja al Príncipe, al parecer con la intensión de relajarlo. Los dos estudiantes a unos pocos pasos, devorando con los ojos la actividad febril de la servidumbre, las voces de trovadores que templaban sus instrumentos, las personas de noble porte que con paso apresurado se ajustaban los trajes o galanteaban en los portales de sus albergues. Todo era color, ruido, olores, movimiento. Aquel despliegue les aturdía de tal manera que acabaron andando pegados el uno al otro, por temor a perderse entre la muchedumbre, que se hacía más densa en la medida que se acercaban al centro del campamento.

Por instinto se tomaron de las manos, y eso salvó a Ecthelion de caer al suelo cuando –entretenido por el tocado multicolor de una dama– chocó con una silla de montar dejada en el suelo cerca de una tienda de color verde dorado. Barahir reaccionó a tiempo y lo retuvo entre sus brazos.

–¿Estás bien?
–Si, si –respondió el de trenzas en cuanto normalizó su respiración.

Se irguió lentamente y allí mismo repasó con cuidado sus pantalones y los bajos de la túnica, los que no habían sufrido ningún daño. Pero Barahir notó que habían perdido de vista a Geniev y Duilin, y su mal humor estalló contra lo que más a mano tenía.

–¿Quién habrá sido el genio que dejó esta basura en mitad del camino? ¿Acaso no hay cloaca en el campamento?
–Esa basura es una silla de montar de cuero de wuargos, repujada y bordada con una habilidad que tu raza no llegará a imaginar –repuso una voz enfadada a sus espaldas.

Barahir se giró sin perder el aplomo. De la tienda había salido un elfo de cabellos castaños, ojos azules y anchos hombros, pero no le sobrepasaba demasiado en altura. Ya el chico estaba acostumbrado a mandar a los hombres de su granja, hombres que podían ser sus abuelos, así que simplemente mantuvo el reto en su mirada.

–Pues debería cuidarla mejor. Mi amigo casi se va de narices al fango por ella.
El rostro del elfo se distendió en una sonrisa burlona.
–Agradece que te di la oportunidad de tocar la cintura de tan bello tasarë.
Barahir no tenía idea de qué significaba eso de “tasarë”, pero el tono en que fuera dicho le calentó aún más la sangre.
–No necesito de tu ayuda para tocar nada, ¿entiendes?
El elfo abrió la boca para contestarle, pero una voz autoritaria le detuvo.
–¡Olórin! ¿Es que no puedes vivir sin provocar a los humanos?

De inmediato el castaño bajó los párpados y se mordió los labios. Los dos chicos observaron al elfo rubio que se les acercaba a grandes zancadas. Debía ser alguien importante, porque las personas se apartaban para darle paso sin pensarlo.

–Mis disculpas, artaher Rúmil. Estos niños patearon la montura que traes de regalo y perdí los estribos.
El rubio observó al enrojecido Barahir, apenas contenido por Ecthelion tras la afrenta de ser llamado “niño”.
–¿Están perdidos? –preguntó Rúmil con acento amable.
Barahir iba a decir una buena grosería de las aprendidas con sus peones, pero Ecthelion le tiró del brazo y tomó la palabra.
–Llegamos de Minas Tirith con el Príncipe Geniev. El se adelantó en una conversación privada con el señor Duilin y le hemos perdido de vista tras el malentendido con su montura. Créame que no deseábamos…
–¡El Ojo queme a ese presumido! –estalló el campesino señalando a Olórin. –Dejó la montura en el suelo para que cualquiera chocara con ella. Mi amigo casi si enfanga el traje de gala a unos instantes de conocer a su Majestad.
–¡Anlissë! –escupió Olórin con desprecio.
Barahir quiso tomar satisfacción física de lo que le sonaba a ofensa, pero Rúmil se adelantó al lanzar a Olórin al suelo de una bofetada.

Lo siguiente fue una parrafada en élfico por parte del capitán Rúmil, de la que Olórin se defendía débilmente, aunque sin levantarse. Ecthelion pudo entender solo palabras sueltas del discurso: “meldielto”, Geniev y “ancalima”. El argumento defensivo del castaño era tan repetitivo que comprendió las palabras claves sin problemas: “tasarë”, “indis” –¿o “indil”?– y “herven”. La rabia de Rúmil pareció aumentar ante esto, “artaher” y “huinë” salieron en una oración de duros acentos. Repitió varias veces “herven” y “avaquétima”. Al fin, Olórin movió la cabeza dubitativo y dijo “aiquen” en tono derrotado. Se levantó, tomó la montura y desapareció en el interior de la tienda.

Rúmil se giró hacia ellos con el rostro totalmente calmado, como si acabara de despachar un asunto de importancia menor.
–Seguramente el príncipe Geniev desea verlos. Los conduciré hasta la tienda de la familia real –ofreció.
Ambos amigos se miraron inseguros. ¿Así pedían disculpas los elfos?
–Se lo agradeceremos.
Rúmil avanzó despacio junto a ellos y no volvió a hablar hasta que se encontraron con Duilin, cuyo rostro acalorado competía con el color de su cabello.
–Barahir, Ecthelion, ¡su señoría quedó muy preocupado al notar que no nos seguíais!
–No te preocupes, indilinke –le dijo Rúmil. –Ya ves que están sanos y salvos. ¿Qué les podría pasar dentro del perímetro?
La mirada verde de Duilin se endureció de golpe.
–Si chocan con alguno de tus buscapleitos, seguro sacamos argumento para un poema.
–Pero no fue así. Solo chocaron con una bella silla de montar, se quedaron a admirarla y os perdieron de vista. Yo pasaba por ahí y me ofrecí a guiarlos hasta las habitaciones de Aragorn y Legolas.
–No debes hablar de sus majestades con tales términos –le amonestó Duilin en tono cansado, como si fuera punto obligado de sus encuentros.
–Es de público conocimiento que cambié los culeros de Elessar I, entonces llamado Estel –y añadió divertido. –Muchachos, os aseguro que sus deposiciones eran todo lo regias y perfumadas que se puede esperar del heredero de Isildur.
–¡Ya deja de escandalizarlos!
–Lo que tú quieras, indilinke. Solo asegúrate de que Geniev quiera bailar esta noche. No cabalgué tanto para soportar los pisotones de la hija de Golasgil de Anfalas.
Dicho esto, Rúmil se escurrió entre la multitud como una gota de agua en la lluvia. Duilin soltó un gruñido exasperado y examinó a los dos jóvenes.
–¿Fue como él dijo?
–Era una bella montura –adujo Barahir con expresión culpable.
Duilin no preguntó más.

Caminaron hasta el corazón del campamento. Allí se alzaba una amplia tienda verde decorada con pinturas de animales y personas en colores alegres. Alrededor se afanaban soldados y sirvientes, numerosos nobles esperaban licencia para ser vistos. Callados y con los ojos bajos, los dos jovencitos siguieron al secretario al interior sin detenerse, conscientes de las miradas de envidia que recibían de quienes estaban obligados a esperar turno.

El interior de la tienda estaba dividido en estancias por cortinas de fino tejido que colgaban del techo. En esa primera estancia los muebles eran ligeros: cojines, divanes de piel y mesas bajas. Geniev estaba echado en un reclinatorio de pieles moteadas leyendo un pergamino cuando los tres jóvenes se acercaron. Su rostro se iluminó al verles.

–Es una suerte que Duilin les hallara –dijo mientras hacía un gesto de invitación para que Barahir y Ecthelion se sentaran en unos cojines.
–Voy a avisar a tus padres que ya están aquí –informó el secretario del Senescal con una leve reverencia y desapareció entre los cortinajes.

En la mesa frente a ellos había un servicio de bebidas y frutos secos. Hambrientos tras la cabalgata, los dos chicos apenas necesitaron un asentimiento del Príncipe para hincar el diente.

–¿Qué los detuvo?
–Nada del otro mundo –se apresuró a decir el de cabello largo –El campesino y yo nos fijamos en una bella silla de montar, nos quedamos a admirarla y os perdimos de vista. Topamos entonces con el artaher Rúmil quien se ofreció a guiarnos.
Ecthelion creía haber sido muy discreto, no deseaba narrar el conato de pelea entre Barahir y Olórin por temor a que Geniev se enfadara. Incluso pensó que decir una palabra en élfico podría desviar el tema a sus conocimientos de lenguas antiguas, pero el rostro del moreno volvió a ser sombrío al escuchar el nombre del elfo.
–¿Rúmil?... ¿Estaba solo?
Los dos rubios intercambiaron miradas interrogantes.
–Lo acompañaba un tal Olórin –dijo Barahir despacio.

Tal información hizo el ceño de Geniev aún más oscuro. Después miró el pergamino que había dejado a un lado con fastidio rayano en el odio. No dijo una palabra más. Se adueñaron del ambiente los sonidos del campamento que se filtraban hasta ellos. Los dos amigos se miraban las manos o daban sorbos breves a sus bebidas, inseguros de cómo proceder. Por suerte, Duilin regresó a anunciarles que sus majestades deseaban verles.

Los tres jóvenes se levantaron presurosos, alisaron sus trajes y siguieron al perceptor a través de las galerías. El rostro de Geniev se suavizó.

Los guardias estaban en los rincones de la estancia, cubriendo las salidas, silenciosos y quietos como estatuas vivas. Elessar I disponía una bandeja de frutas en conserva sobre una mesa, Legolas acomodaba su tocado frente a una jofaina donde al parecer se había refrescado el rostro y las manos. Ambos se volvieron en dirección a la entrada cuando Duilin levantó la cortina y sonrieron con afecto a su hijo.

Geniev fue a abrasar al Rey. Legolas se acercó a ellos y le acaricio la mejilla. Luego el príncipe giró hacia la entrada, donde Ecthelion y Barahir permanecían con los rostros bajos en espera de recibir licencia para hacerse notar por los soberanos.

–Con que estas son tus conquistas –comentó Aragorn y de una zancada estuvo junto a ellos. –Bien, bien. Buenos huesos, hermosas cabelleras... –levantó la cabeza de Ecthelion empujando su mentón con un dedo y rió al ver las mejillas arreboladas y los ojos verdes, oscuros de rabia e impotencia. –Y espíritu, mucho espíritu.
–Baste de rigores, mi bien –reconvino Legolas con voz cantarina.

Aragorn asintió. Se apartó, caminó hacia el centro de la estancia con ademán ligero y se dejó caer a la izquierda de su esposo en un sofá amarillo imperial dispuesto frente a una mesa con viandas frías y bebidas. Alrededor había seis asientos más, pero el diván de los soberanos de Gondor y Arnor estaba ligeramente elevado. Una vez que se acomodó, Geniev y Duilin ocuparon sus asientos: el hijo a la derecha del príncipe consorte, el secretario a la izquierda del Rey, pero con un asiento entre ambos: el del Senescal.

Aragorn hizo un gesto de invitación a los muchachos y volvió a hablarles, pero ahora sin rastro de burla en la voz.
–Es un gusto conoceros, Barahir, hijo de Bertonin y Ecthelion, hijo de Igram. Los invito a compartir la carne y al agua clara.
Ambos rubios hicieron una profunda reverencia y se acercaron a la mesa, donde ocuparon los asientos a la derecha de Geniev.

La merienda transcurrió en un ambiente agradable: Duilin y Aragorn hicieron numerosas preguntas a Geniev sobre su estancia en la Academia, y el joven se las arregló para ceder la palabra sobre este o aquel tema a sus condiscípulos. Poco a poco Barahir y Ecthelion se relajaron y empezaron a disfrutar de la charla. El único que no participaba era Legolas. El elfo solo asentía o negaba a los comentarios de los otros, reía discretamente y se ocupaba de mantener el plato de su esposo surtido, así como la copa escanciada con un licor suave y perfumado.

Sin embargo, Ecthelion notó que el Príncipe Consorte estaba muy atento a las acciones de cada persona de la habitación: era él quien llamaba a los sirvientes con señas para que retirasen fuentes o repusieran frutos, así como para que los platos de cada invitado tuvieran el alimento por el que mostrase mayor interés o gusto. Pero lo que más le extrañó fue que nadie del servicio pasara por detrás de los soberanos o se inclinara junto al oído de su Alteza. Una barrera física parecía alzarse entre el rubio y el mundo, y el enlace entre ambos era, paradójicamente, el Rey, la única persona a quien tocaba. Al resto les aceptaba: Geniev, Duilin; o vigilaba: el servicio, los guardias, Barahir y él mismo –aunque la vigilancia sobre ellos dos fuera mucho más discreta.

No que esto extrañara al joven. Barahir y Ecthelion sabían que estaban siendo cuidadosamente inspeccionados. Que toda la jornada sería un largo examen de comportamiento y habilidad. Después de todo, la investidura de “compañero del hijo adoptivo del Rey” –donde “hijo adoptivo del Rey” es un eufemismo para “bastardo con posibilidades para el trono”– no era una posición despreciable en la corte.

Casi una hora más tarde, un gong lejano señaló el fin de las colaciones de la media mañana. Fueron presentadas jarras y jofainas a los soberanos. Los invitados se pusieron de pie de inmediato.

–De nuevo a oír pleitos por ofensas de doscientos años de antigüedad y sofisticados modos de evadir los impuestos –se quejó Aragorn. –Ve hijo, diviértete mientras puedas, que los estudios no te van a durar toda la vida. Nos vemos en el baile de la noche.
–Los conduciré a su tienda –anunció Duilin, y los tres adolescentes lo siguieron.

Legolas y Aragorn se dirigieron al trono y aprovecharon que los sirvientes se afanaban transformando el sitio de habitación familiar en sala de audiencias para intercambiar opiniones:
–Dicen los susurros de la corte que Geniev los ha seducido, tengo la impresión de que fue al contrario –opinó el dunedain atusando la corta barba oscura.
Legolas asintió despacio y dejó caer los párpados.
–Son fieles, inteligentes e inocentes.
Apoyó el mentón en la palma de su mano derecha y concluyó sin abrir los ojos.
–Son perfectos.

TBC...

Palabras quenya utilizadas:

Aiquen "si alguno, sea quien sea" (WJ:372)
Ancalima "de mayor brillo, el más brillante", sc. calima "brillo" con el prefijo an- superlativo o intensivo (LotR2:IV cap. 9; ver Letters:385 para su traducción).
Aran Meletyalda "vuestra majestad, mi rey"
Artaher (Artahér-) "Señor Noble"
Avaquétima "no para ser mencionado, eso no debe ser dicho". Compuesto de ava- prefijo que indica algo prohibido (WJ:370)
Huinë "penumbra, oscuridad"
Indil "azucena, lirio blanco"
Indis "esposa"
Anlissë de lissë "dulce" con el prefijo an- superlativo o intensivo
Meldielto "ellos son amados"
Tasarë "sauce"

13 febrero, 2009

¿PARA QUE QUIERO MÁS? 7 final

VII ¿Para qué quiero más?


Elladan se dejó llevar en el beso.

Aturdido y agotado como estaba, nada coherente podía generar su cerebro. Su cuerpo, débil por casi tres semanas de ayuno, tampoco podría defenderse de los avances de Legolas, si deseara defenderse en algún remoto escenario.

Las manos del rubio se colaron por debajo de su foja camisa, buscando el pecho, esto hizo reaccionar al moreno y se apartó reluctante de la boca.

–… detente… -suplicó con voz ronca, pero ya los ágiles dedos reconocían su flácida piel.
–Estás delgado, tan delgado… –había preocupación en la voz del rubio.

Apenas tuvo tiempo para procesar la ternura en las palabras antes de ser levantado en brazos y transportado a su cama. Agradeció mentalmente que Aleth fuera una obsesiva de la limpieza y hubiera hecho cambiar las sábanas en el corto tiempo que llevaba fuera. Las manos de Legolas fueron a desatar las cintas de su camisa, pero las detuvo otra vez.

–No. Tenemos que hablar antes.
–De acuerdo –resopló el rubio. –Hablemos.
Elladan se movió con dificultad entre los almohadones hasta quedar sentado, con la espalda apoyada en el cabecero de la cama.
–Quisiera saber ¿por qué viniste ahora?, ¿por qué tu hijo me esperaba a mí y no a su padre?, ¿por qué…?
–¿Qué has dicho? –le interrumpe Legolas con acento peligroso y ante el silencio del confundido Elladan, le toma por las solapas de su túnica y lo sacude. –¿Qué has dicho de Hísiërion, desgraciado?
–Yo pregunté por su padre. ¿Qué tiene de extraño? No me parece lógico que vengas hasta Imladris por un reclamo de paternidad y lo siguiente sea que me besas como si el valle fuera a hundirse en el mar. No te entiendo, Legolas.

El agarre alrededor de su cuello cambia de violento a tierno. De repente Elladan siente su rostro envuelto en la cabellera de Legolas: los labios del rubio reparten besos de mariposa por sus mejillas, mentón, nariz, frente y labios.

–Tonto… noldor tonto… los orcos te comieron el cerebro… preguntar por el padre… aunque también yo… pero ya no importa ¿verdad?... ya no importa… te lo diré todo… ya no tendré miedo… seremos felices…

Por muy agradables que fueran los besos, Elladan estaba decidido a saber la verdad. No le importaba que Hísiërion fuera hijo de Estel o de algún guardia del Bosque Dorado, pero necesitaba certezas. Que Legolas le dijera con claridad qué deseaba. Así que con un supremo esfuerzo de voluntad lo separó de su rostro y trató de que su voz sonara lo más razonable posible.

–No seremos felices si no me dices con claridad las cosas.
–¡Ay Elladan! –suspiró Legolas, un poco molesto porque su amado no acabara de entender.
– Hísiërion te esperaba, yo te esperaba, mi padre te esperaba. Solo que eres demasiado lento como para comprender que diez días de amor no pueden dejar otro fruto que un hijo.
–¿Amor? –repite el moreno incrédulo.

Él nunca se atrevió a decir esa palabra. Le parecía demasiado grande, demasiado comprometedora para dejarla deslizarse de sus labios. La había escrito en esas cartas que nunca envió. La había puesto en hechos de sangre. La había ocultado, comprendió en estas semanas de angustia, de puro miedo.

–¿Amor? –vuelve a decir. –Amor –confirma Legolas.

Despacio, Elladan se esforzó por enfocar sus ojos por primera vez en meses. Aunque no estaba seguro de qué recordaba y qué veía, reconoció ante sí la figura esbelta, ya desnuda de la cintura para arriba –¿en qué momento se había sacado la camisa?–, el vientre liso, los músculos del pecho un poco marcados, los hombros redondeados, los brazos fibrosos. Ya no era el jovencito de la Montaña Solitaria, sino un guerrero, un adulto y, sobre todo, el padre de su hijo. Adelantó una mano para tocar las tersas mejillas.

–Acércate, quiero ver tus ojos.

Legolas se recogió el pelo hacia atrás en una coleta que sostuvo con sus manos y se inclinó, sonriente. Sus ojos azules, como el alto cielo del verano, brillaron de anticipación cuando las manos delgadas, pero amorosas de Elladan movieron su rostro hasta que la luz le dio de lleno. Un dedo delineó sus párpados, sus tupidas cejas…

–Me amas –reconoció Elladan en un gruñido ronco– y nunca me di cuenta. Estaba demasiado ocupado temiendo perderte.
–No podías perderme –aseguró el rubio. –Nunca nadie más me tuvo, ni me tendrá.
–¿Por qué…? –pero no llega a terminar la pregunta.

Son demasiados “¿por qué?” para hoy, para esta noche, para todo el otoño. Comprende que por primera vez que en siglos se siente tranquilo, seguro. No quiere nada más que dormir entre los brazos del elfo de su corazón.

Sabe que Legolas lo está llamando, pero su voz llega de lejos, deformada. Elladan está muy cansado….

&&&&&&&&&&&&&&&&&&

Enfocó los ojos despacio, molesto por los rayos de sol que daban directamente en su cara.

–¡Cierra la cortina! –gruñe a quien ha abierto las ventanas.

Pero la figura apoyada en el balcón no le obedece, sino que avanza hacia la cama despacio, de modo que el sol dibuja su sensual silueta y los rayos dorados aparecen y desaparecen con cada movimiento de caderas.

El moreno se yergue un poco un poco entre las almohadas para disfrutar la caminata de su pareja. El cuerpo desnudo y firme apenas es cubierto por la abundante cabellera que ahora le llega a las rodillas.

–¿Otra vez interrumpiste la clase de esgrima de Erestor?

Legolas hace un ruido despectivo con los labios y se sienta a su lado. Elladan siente el calor de las primeras luces en su piel y absorbe el aroma afrodisiaco de su cabello.

–Tengo derecho a tomar el sol –se queja el rubio.

Y el otro no dice nada porque no está muy molesto por la tendencia exhibicionista que desarrolló el sinda desde hace siete años, a él le pone de maravilla. Pero seguirle la corriente a esta discusión pactada es excitante.

–¿Qué hay de tu recato?

Legolas lo mira divertido y abre las piernas por toda respuesta. Su erección atrae las manos de Elladan como el primer día, y al sentirse acariciado el rubio se inclina para retribuirle con un beso. Luego mueve las caderas, generando fricción entre su pene y la mano del amante y le contesta burlón.

–Tal vez si me casara considerase el recato, pero… un matrimonio se vería raro a estas alturas ¿no?

Es el turno de Elladan de sonreír contra su voluntad. ¿Casarse ellos?

Han pasado diez años desde su último intento de suicidio y de que pusieran las cosas en claro. Ahora tienen un segundo hijo, Céler, y una existencia más tranquila en Rivendel –hasta donde puede ser tranquilo el mundo con cuatro elfitos corriendo por toda la casa: Hísiërion, Céler, Elwing y Alia –las dos nenas de Ellohir–, y la creciente amenaza de la oscuridad en las fronteras.
Pero se le ocurre un buen argumento.

–Serías el único miembro casado de la Compañía del Anillo, todo un ejemplo para esos alocados hobbits y mi hermanito. Legolas chasquea los labios.
–¿Acaso Estel necesita incentivos para casarse? Si por él fuera ya estaríamos en marcha, sin plan o mapas, alimentados de su puro amor por Arwen.

Elladan se ríe ante la imagen y piensa que, en verdad, su padre ha sido un poco cruel al prohibir ese matrimonio hasta que Estel ocupe el trono de sus ancestros. Acaso sea que Lord Elrond quiere demostrar que controla a la mayor parte de sus vástagos y que la escandalosa relación que su heredero mantiene con Legolas es culpa de Thranduil, que no puede meter en cintura a los suyos. El caso es que, a pesar de las mayestáticas indirectas que recorren los caminos de Arda desde el Bosque Negro y el Bosque Dorado, así como de las pullas que una noche si y otra también se intercambian en la mesa familiar, ninguno de los dos quiere enredar su vida con el complicado ceremonial de una boda real. Son felices así: amándose y amando a sus hijos. Ya perdieron mucho tiempo por la cortesía debida, y ambos lo saben.

Legolas termina de meterse entre las mantas y se ubica a orcajadas sobre el ardiente cuerpo de su pareja.
–Tengo ganas de sentirte –aclara con voz ya ronca el moreno.
Las cejas del rubio se alzan divertidas y advierte.
–Tendrás que llevar un cojín contigo en las reuniones de hoy.

Y solo esa advertencia eriza la nuca de Elladan. Dulces Valar, qué maravilla sentir las manos de Legolas en sus flancos, los labios de Legolas en su cuello, los dedos de Legolas en su…

–¡Atar!, ¡atar! –la voz de Hísiërion es demandante al otro lado de la puerta. –Prometiste llevarnos a cabalgar en la mañana.
El rostro del rubio cambia del lúbrico arrebato a la rabia, contrae las manos para obligarse a no estallar y gruñe bajito.
–¿Atar?
Ambos se quedan quietos, con la esperanza de que su hijo desista por un rato y ellos puedan…
–¡Se que estás ahí! Erestor me dijo que te había visto en la ventana.

Legolas pone los ojos en blanco y Elladan susurra un “Te lo dije” compungido. No es la primera vez que su entrepierna paga la pendencia entre esos dos. Pero el rubio no le mira, sino que toma con gestos bruscos un albornoz del piso –no importa de quién es– y va a abrir un poquito la puerta. Se enfrenta de muy mal humor a sus hijos, ambos con rostros ansiosos y trajes completos de montar.

En otra ocasión la imagen lo habría ablandado, pero su entrepierna duele y no olvida ni por un momento que se los ha mandado el insufrible de Erestor. Como si Legolas tuviera la culpa de que sus alumnos no se concentren lo suficiente en el filo de las espadas.

–Niños, su ada y yo estamos… errr… discutiendo algo y demoraremos un poco esa cabalgata ¿de acuerdo?
–¿Discutiendo? –la voz de Hísiërion revela su repentina angustia y Legolas recuerda, un segundo demasiado tarde, que esa era la palabra equivocada.

Para su hijo mayor Elladan sigue siendo algo que le pueden arrebatar, como un tesoro robado. Ninguno de los adultos a su alrededor ha logrado convencerle de que su ada no volverá a dejarlo por voluntad propia, así que Hísiërion siempre está ansioso por las altas y bajas de su relación. Sabe que en unos días Legolas partirá lejos con el tío Estel y eso lo tiene más vigilante que de costumbre.

–Discutíamos un plan, hijo, no estuvimos peleando –aclara con su voz más razonable.
–¿Lo de la hermanita? –interrumpió Céler con un tono de esperanza inconfundible.

Legolas parpadea atónito ante la salida. ¿Dé dónde sale esa idea? Un vistazo a la expresión rabiosa de Hísiërion le deja comprender que el menor de sus vástagos –rubio como él, impetuoso como el adar– ha traicionado un secreto. Pero los elfitos de siete años no suelen ser los seres más discretos del mundo, Hísiërion debería recordarlo.

El sinda suspira, esto pinta para largo y no es el tipo de charla que se mantiene en un corredor. Bien, parece que esta vez Erestor tiene su venganza, admite resignado ya a dejarles pasar y sacar a los tres involucrados –sabe que Elladan está en esto– hasta la última palabra. Cuando abre la boca para ordenarles pasar, una mano se posa sobre la suya y su pareja asoma por sobre su hombro con expresión divertida.

–Hísiërion, te dije que era una sorpresa –reclama suavemente a su primogénito.
–Es que… –empieza a disculparse el elfito con expresión herida.
–Si, si –le interrumpe suavemente el padre. –Ya se que quieres mucho a Céler y no podías dejar de compartir la alegría. Bueno, su atar y yo debemos seguir, ¡ejem!, discutiendo cómo haremos a la hermanita. ¿Qué tal si buscan a sus primas y cabalgamos dentro de un rato?
Ambos infantes lucen satisfechos con la propuesta, pero Céler no puede contener su curiosidad.
–¿Tardarán mucho?
Elladan alza las cejas con toda seriedad.
–No estoy seguro hijo –y lanza una mirada lateral a su ya rojo amante, seguro que va a tardar en calmarlo. –Tú nos llevaste tres años.

Céler abre muchos sus asombrados ojos marrones. Tres años es una cantidad infinita de tiempo para él. Este momento es aprovechado por su hermano mayor para tomarlo de la mano y conducirlo corredor abajo.

–Vamos, podemos cabalgar más tarde.
Y los niños se alejan al tiempo que Elladan cierra la puerta y se enfrenta a un muy enfadado Legolas.
–¿Una hermanita? –sisea y empieza a dar vueltas por la habitación para no golpear al moreno. –¿Estoy a punto de partir a la guerra y le prometes a Hísiërion ¡una hermanita!? ¿Tienes idea de lo que significan tus palabras para ese niño? Él vive con el miedo constante de perderte y tu…
Pero Elladan se le planta enfrente con dos zancadas y le envuelve en sus brazos, quedan con sus rostros muy cercanos. En los ojos del moreno hay un poco de resentimiento.
–¿De dónde sacas que lo inventé para consolar a Hísiërion por tu partida?
Legolas se queda con el resto de los insultos a mitad de la garganta. ¿Está insinuando qué…? Baja los ojos presa de un repentino rubor que no es rabia, sino vergüenza.
–¿Tú…? ¿Tú quieres tener otro bebé?

El moreno no responde: rompe el abrazo y camina hacia el lecho al tiempo que deja caer su bata. Legolas se queda –como siempre– hipnotizado por el movimiento de esas caderas y da un par de pasos para seguirlo. Elladan se sienta en la cama y palmea el colchón en gesto de invitación. El rubio se acomoda a su lado.

–Te lo iba a decir esta tarde, de veras. La idea fue de Hísiërion, que quiere una hermanita para bajarle los humos a las hijas de Ellohir. Mis razones tampoco son demasiado altruistas: creo que te pones increíblemente sexi embarazado. Pero se que es algo que no podemos hacer ahora mismo y traté de explicárselo a nuestro hijo. Mucho menos es algo que pueda ocurrir sin discutirlo contigo. Yo se que la guerra es ahora el deber de todos, pero cuando Estel y Arwen por fin se casen ¿querrías…?

Legolas no contesta a la pregunta, sino que corre a las ventanas y las cierra con premura para regresar junto a su pareja. Entonces, en la penumbra de la fresca mañana del valle, lo besa despacio y le empuja para hacerle caer en el lecho. Empieza a acariciar su cuerpo y encender su deseo con la seguridad y el cuidado de quien conoce cada resquicio de ese cuerpo, cada herida, cada punto de placer.

La oscuridad podría ser completa, ellos no necesitan de sus ojos ahora. Los dos “ven” con la piel y los dedos, hablan con la ondulación de sus cuerpos y el flujo de sus fluidos.

De un giro el rubio está entre las piernas abiertas, ansiosas, y penetra de un golpe en el pasaje estrecho y húmedo que –ahora sabe– fue esculpido por los Valar solo para él. Elladan gruñe regodeado en la presión de sus paredes, empuja las caderas incitándole a moverse en un ritmo único, en su propia versión de la música de los Ainur. Una música de besos, caricias, arañazos, mordidas y lamidas. Una música que se toca con la carne y en la carne se recibe.

Estallan a la par.

Legolas sale despacio del cuerpo de su amante, al tiempo que reparte besos de mariposa sobre el pecho sudoroso de Elladan. Ambos están agotados y somnolientos, pero el moreno alcanza a oír la concesión se esta jornada.

–Tal vez un poco de recato no sea tan mala idea.
El noldor ríe. Sabe que un elfo pudoroso y hogareño no sería su Legolas. Le besa de nuevo los labios hinchados.
–¿Para qué quiero más?

FIN