¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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27 diciembre, 2008

SECRETOS DE FAMILIA 19

Cosas que queremos o no ver

“Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé
hallarla. Y quizá mejor sea así.
Quizá esa luz fuese para mi otra tortura.
Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría”
Ventanas, K. Kavafis


John y Alex subieron la escalera con calma, intercambiando comentarios sobre la clase de Encantamientos. El moreno iba relajado, tan feliz de haber logrado una genuina sonrisa de Alex que los hechos que alteraban la seguridad de su familia en los últimos días habían sido relegados a un rinconcito de su mente. Sin embargo, no estaba totalmente ajeno a los olores y sonidos de la zona que abandonan del castillo, ni a los que esperan delante: rosas y tierra húmeda. Al doblar la esquina que conduce al Club Selenita el olor se hace claro, y el asombro de Alex al ver a Dafne salir de detrás de una columna casi provoca al risa de John.

–¿Esperas a alguien? –le pregunta al tiempo que muestra los dientes, y es que el olor de la chica ha cambiado, ahora también hay violencia.
–A ustedes –ella duda un poco, pero al cabo toma aire y sigue con su plan. –Quiero que me lleven ahí –y señala con gesto decidido la puerta del Club, desde donde Víctor Hugo les observa.
–Ya te dije que son cosas de Griffindors…
–¡No es cierto! Vi entrar a chicos de diferentes casas y a un profesor. Nada tienen en común aparte de sus ojos dorados –terminó acusadora.
–Entonces ya sabes por qué no puedes entrar –repuso John con voz calmada.

Pero era una calma aparente. Alex había empezado a temblar a su lado y Fantasma se agitaba en su interior al oler el miedo.

–No, no lo sé. Dime la razón John, dime que Parkinson y los suyos te temen solo porque eres el hijo postizo del Ministro, no por tus ojos.

El miedo de Alex pasó del olor a un temblor continuo que molestó muchísimo a John –¿cuándo entendería que ser licántropo no era una vergüenza?– e hizo saltar los instintos protectores de Fantasma a la superficie. Con un gesto rápido, movió al chico hacia su espalda, donde al menos los ojos de Dafne no lo taladraban. Así los temblores disminuyeron y él pudo recuperar la capacidad de negociación.

–Deberías hablar con tus primos.
Ella parpadeó confusa.
–¿Con mis primos? –el tono en la voz de Dafne le indicó que el movimiento era adecuado.

Si claro, reconoció ella mentalmente, podía acudir a su familia mágica y averiguar sin tener que enfrentarles, sin correr peligros innecesarios. ¿Por qué no lo había hecho? Con dolor recordó que estaba acostumbrada a estar sola, que le costaba aún acercarse a personas de su edad sin temor a que la consideraran un fenómeno –lo que los adultos pensaban también, pero eran más discretos. Apenas llevaba dos semanas en Hogwarts, el primer lugar donde todo el mundo era como ella, y hasta tenía familia, un montón de primos y primas deseosos de conocerla. Pero aún le costaba confiar, la primera noche había confiado en John y Alex, solo para que ellos le ocultaran cosas y ahora él la mandaba con Joshua…

–¿Por qué no me lo dices tú?
John suspiró satisfecho, al menos ya estaba dispuesta a consultar otra fuente.
–Porque es una historia larga y nosotros tenemos que entrar ahí. Ve a tu sala común y habla con Joshua, estoy seguro de que le encantará hablar de mi padre.

Dafne le dedicó todavía otra mirada escrutadora y sopesó su propuesta. Remus Lupin era un héroe de la Segunda Guerra y Joshua –ya lo sabía– sentía verdadera debilidad por los relatos heroicos. Además, había sido el más interesado en ella de los primos de Slytherin –Zoe se la pasaba vigilando al novio de Tomas, y se ponía verde espinaca ante cada beso que intercambiaban, mientras que Fabian estaba planificando un Baby Shower y presumiendo de lo bien que se le daban los bebés con las compañeras de estudio, repartiendo caricias subidas de tono cada vez que podía. Joshua, en cambio, le ayudaba con las tareas y preguntaba por su familia. No se cansaba de repetir que Harry Potter estaba muy feliz de que su papá estuviera con buena salud, y que, aunque los sucesos de los últimos días le tenían muy ocupado con la seguridad, deseaba conocerla y hasta visitar a su madre.

–Está bien, hablaré con él –aceptó.

John asintió, satisfecho. Se alejó sin decir una palabra más hacia la puerta del extraño gato. Alex le siguió, pero mirando hacia Dafne con sus grandes ojos clavados en ella. Había en su mirada algo de súplica que la niña no supo interpretar.

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El director Snape se sentó en su sillón favorito, entrelazó los dedos de ambas manos y dejó caer la cabeza hacia atrás con los párpados cerrados. Nada se movió en la habitación, y apenas se oía el crepitar del fuego en su chimenea, convenientemente desconectada de la red flu.

Severus Snape meditaba.

Tenía bastantes cosas de las que ocuparse este septiembre: el embarazo de Draco, la reaparición de la marca y la llegada de Alexander Smith a la escuela. Aunque los dos primeros acontecimientos eran bastante graves, y acaso estuvieran vinculados, el tercero era el no se apartaba de su mente y lo mantenía en desagradable distracción. ¿Por qué?

Trató de despejar el misterio enumerando las características de sus problemas: De nada valía preocuparse por Draco, esa era una tarea que Potter hacía con gusto y bien –mal que le costara admitirlo–; ¿La marca y los ataques mortifagos? Como espía de dos guerras, había Snape aprendido a esperar y cumplir su papel en un juego amplio de fuerzas que casi nunca eran totalmente perceptibles para los que peleaban. Todo lo que estaba en manos de la Orden del Fénix para evitar el renacimiento del Oscuro se había considerado, discutido, rediseñado, desechado, rescatado o previsto. El Plan estaba en marcha y –a diferencia de las veces anteriores– veía el balance de fuerzas favorable a su bando. En cambio, su posición ante el asunto del Smith era privilegiada: tenía control del marco general y los detalles –los sabía casi todos, de hecho–, pero lo que le perturbaba día y noche era el papel y destino de dos personajes del drama: John, inevitablemente involucrado por su lazo con Alexander y el actor inesperado cuyas intensiones no lograba determinar: Adrian Ross Duncan.

¡Ah!, el señor Duncan. Snape repasó mentalmente lo que sus diversas fuentes le informaran: joven funcionario de veintisiete años, graduado del exclusivo colegio de Saint Patrick en Irlanda. Luego estudios universitarios en Nueva York, donde había convivido como muggle por cinco años para sacar una licenciatura en Trabajo Social, al tiempo que viajaba por el continente en visitas a bosques y complejos subterráneos. Al regresar, fue aceptado en el Ministerio en la Oficina de Relaciones con el Mundo Muggle, Comisión de Infancia y Adolescencia y de ahí trasladado a la Oficina de Atención a Licántropos, a causa de varios ensayos sobre la historia de los hombres-bestias muy bien recibidos en la comunidad académica. En su trabajo para el Consejo Licano había demostrado afabilidad y gran capacidad de negociación, seguro por eso le habían asignado el Caso Smith.

Sus relaciones personales, además, no lo vinculaban con ninguno de los numerosos enemigos del Clan Potter–Malfoy–Snape, pues los Duncan eran de la antigua nobleza céltica, asentados en un feudo misérrimo, en una laguna roja rodeada de pantanos, fantasmas y grindilows, carentes de tesoros, profecías, reliquias de misterioso poder o libros de magia oscura que Voldemort o el Ministerio desearan. Hasta ahí nada, ninguna relación comprometedora o comentario casual permitía ubicar a Duncan en un lado u otro de las alineaciones políticas de su mundo –aunque ser un sangre pura dispuesto a trabajar a favor de los derechos de otras razas lo ubicaba inicialmente con “la luz”. Sin embargo, Severus había aprendido a desconfiar de las personas demasiado transparentes.

Se daba cuenta de que lo que le impedía olvidarle era esa innatural corrección que encantaba a casi todos a su alrededor y el contradictorio empeño del joven en acercarse a él, cuando no estaba cerca de nadie más que su familia –vía lechuza, claro, porque su clan no daba señales de querer abandonar el arruinado castillo lacustre. Adrian se las había arreglado para que cada paso alrededor del caso Smith fuera una excusa para mantenerse en su rango de visión, para hacer más complicado ignorarlo. De nuevo, no era lo que decía en los encuentros, sino la “intensidad” que emanaba del chico, contadas veces traicionada por sus vivaces ojos negros. Eso mantenía alerta a Severus.

¿Qué buscaba Adrian Ross Duncan? ¿Por qué solo con él perdía el estricto control de sus sentidos? ¿Era consciente de lo que hacía? Por supuesto, resolver tales incógnitas sin interrogarle frontalmente era imposible, y eso era algo que no podía permitirse con las fuerzas que les rodeaban todavía inciertas en sus posiciones.

Un leve crujido le hizo abrir los ojos y erguirse sonriente.
–¿Ya es la hora del te?
En la pared frente a su sillón, dentro de un retrato de marco azul marino, se terminaba de preparar un elegante servicio de plata.
–Casi –respondió el habitante del cuadro.
–Lamento haberme entretenido, tengo demasiadas cosas en al cabeza.

Severus dio dos golpes de varita en su mesa de centro y un juego de te idéntico al del cuadro apareció, había pastelillos de carne, biscochos de chocolate, galletas y azúcar dispuestos en pequeños platos –los elfos ya sabían que el director no ponía leche en su te.

–Deberías meditar menos, no veo que llegues a ningún lugar con lo que pretendes saber ahora.
Snape arrugó la frente ante el comentario, había ahí una referencia implícita que no le agradaba. Él no estaba en fase de negación ¿cierto?
–Es mi modo de trabajar, y no te molestó nunca.
–Antes no… -el retratado se detuvo, como si lo que iba a decir le incomodara profundamente, al final dio un suspiro resignado y levantó sus ojos color miel para enfrentar al Snape. –Antes no te dedicabas a meditar todo el santo día para huir de lo que está delante de tus narices. No haces más que darle vueltas y vueltas al asunto de Duncan, cuando es claro lo que ocurre con él. La cara de Severus se había puesto más pálida que de costumbre y reflejaba una rabia profunda.
–¡Cállate! –puedo tolerar esas insinuaciones de Albus, pero ¡de ti!
–Soy el único con derecho a hacerlas, me parece –repuso el otro sin dejarse impresionar por la mirada.
–Al contrario, eres la última persona a quien le corresponde el papel de mi celestino.
Los ojos dorados se entrecerraron burlones.
–¿Vas a decir que me debes fidelidad? ¡Estoy muerto!
–Muerto o vivo, incinerado o en pintura, eres mi esposo Remus.
–Y no dejaré de serlo porque ames a alguien más.

Snape no contestó, porque no tenía respuesta. Empezó a dar vueltas por la habitación, sin saber qué responder o como cortar los razonamientos de Remus. No podía abandonar la estancia, nunca había dejado a su esposo con la palabra en al boca, no iba a empezar ahora.

–Severus –le dijo suavemente el retrato tras la cuarta vuelta–, no puedes sustituir lo que tuvimos por esto – y señaló la habitación reproducida en el interior de su pintura. –Tienes sesenta años, estás a la mitad de la esperanza de vida de los magos. ¿Vas a pasar los próximos sesenta tomando el te frente a un cuadro?
El aludido se dejó caer en su butacón, derrotado.
–Esto es irracional –se quejó. –Ni en el mundo mágico es normal que el retrato de mi difunto esposo me empuje a enredarme con un chico que puede ser mi hijo y cuyas intenciones desconocemos.
–Tú y yo nunca fuimos muy convencionales –sonrió Remus, obviamente satisfecho de que Severus aceptara su plan.
–¿Y qué le digo a John?
–Que aún eres capaz de amar y ser amado, que esa noche en Bedale no te lo quitó todo.

Severus suspiró, derrotado. Nunca había podido resistirse a los deseos de Remus, aun cuando fueran los planes más descabellados del mundo, tipo finjamos que me odias mientras voy a dar clases a Hogwarts o tengamos un hijo a los cuarenta y tantos años.

–Lo dices con una certeza, yo mismo no se qué pensar de Duncan.
–Su nombre es Adrian, Sev, vete acostumbrando. Y lo que planea… digamos que son las ventajas de mirar a las personas desde las paredes, cuando creen que nadie nota sus miradas o sonrojos.

TBC…

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