¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

21 diciembre, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 24

Aprender a confiar en ti

“It's not easy love, but you've got friends you can trust,
Friends will be friends,
When you're in need of love they give you care and attention,
Friends will be friends,
When you're through with life and all hope is lost,
Hold out your hand cos friends will be friends right till the end.”
Friends Will Be Friends, Queen

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

Barahir se quedó en la habitación de Geniev por dos semanas, casi todo el tiempo en cama y solo, porque que Ecthelion entrara fuera allí solo destruiría su reputación, y el Príncipe debía ser visto en aulas y corredores para no despertar sospechas.

Cuando Geniev regresaba, atendía con cuidado y habilidad. La primera vez, para Barahir fue enojoso dejarse desnudar, cargar y asear como un niño pequeño.

–Relájate –le dijo el Príncipe antes de sacarle la ropa al notarlo tenso. –¿Crees que si te hieren en batalla tendrás una matrona para tu sola atención?

Ese comentario hizo pensar al joven, por supuesto: él nunca antes había considerado cómo se las arreglaban los heridos. Razonó que, incluso cuando algunas mujeres asistieran a los sanadores, heridas de menor gravedad, como la suya, eran asunto de los mismos soldados. Tendría que confiar en sus compañeros de armas también fuera del combate. Entretenido en tales ideas, se dejó hacer sin protestar.

Más tarde, Geniev lo acomodó a un lado de la cama y se dispuso a descanzar, pero el rubio no tenía sueño, y lo sugerido por el príncipe seguía dando vueltas en su cabeza.

–¿Habéis cuidado de un herido antes?
–He hecho muchas cosas –contestó Geniev sin mirarlo.
–¿En la guerra?, ¿junto a vuestro padre?
–No. En esa época él estaba muy lejos.
Barahir asintió, creía comprender: Él también había crecido con su madre en al granja, mientras su padre y los hombres del feudo protegían las fronteras.
–Vuestra madre debe haber sido una dama muy bella.
–¿Y tú qué sabes? –le espetó Geniev un poco agresivo.
Pero él contesto con una lógica básica: –Era la esposa de mi Rey.
–No era su esposa –le respondió el moreno con amargura. Tras una pausa, le cortó toda posibilidad de conversación con un seco: –y que tengas buenas noches.

La respiración del medio elfo se hizo reposada al poco tiempo, pero Barahir seguía sin sueño, en parte por haber pasado casi toda la jornada en la cama. Así que permaneció quieto, observando el lento juego del fuego en la chimenea, pensando en el asunto de la confianza entre los soldados.

Si no hubiera estado despierto, un sonido tan leve no lo habría sacado de la modorra, pero en el silencio solo interrumpido por los chasquidos de la madera los apagados gemidos fueron claros.

–¿Geniev? –susurró.

El cuerpo junto a él se agitó, sin responderle. Los gemidos se repitieron, aumentando la preocupación de Barahir. Finalmente Geniev giró hasta quedar sobre su espalda. Su rostro era visible ahora: congestionado por lo que sea que perturbaba su sueño, debajo de los párpados se filtraban abundantes lágrimas, que la luz de la hoguera tornaba rojizas, desagradables. A duras penas era audible, pero el joven decía algo entre dientes en un idioma que supuso Barahir sería élfico. Pero eso no importaba mucho ahora, deseaba fervientemente saber qué hacer. No estaría mal que… No era como si fuera a perder su honor con el príncipe ¿verdad? Solo quería ¡eso!, consolarle.

Muy despacio, Barahir adelantó una mano y tocó el rostro de Geniev. Como una fiera, el medio elfo se agarró de su brazo.
–Ata –dijo aliviado.
–Está bien pequeño –se descubrió el rubio diciendo muy bajito, como cuando había tormenta y él temía el ruido del viento. –Ya va a pasar. Tranquilo. Todo estará bien.

Barahir repitió esas palabras una y otra vez, hasta que Geniev dejó de llorar. Lo miró dormir por largo rato: el Príncipe lucía aún más joven ahora, como de trece o catorce años. Era porque sus ojos estaban cerrados y el pelo le caía en mechones desordenados, libres. Apartó con cuidado uno que amenazaba con colarse en la naricita respingona y rozó su piel. Una piel tan suave como los vestidos de fiesta ocultos en los arcones de su madre, y mechones tersos y flexibles, como la hierba primaveral.

–¿Mi desposada tendrá el cabello así?

Barahir no sabía si las mujeres humanas se parecían en algo a los elfos, si podían ser tan fascinantes como la imagen que contemplaba. Deseó conocer alguna tan suave y fiera como su Príncipe. Un madero crujió y se partió en la chimenea, y entonces se quedó dormido.

Cuando despertó, estaba solo en la cama y Geniev se lavaba la cara en una jofaina. Ya amanecía.

–¿Dormiste bien? –preguntó el medio elfo sin volverse a mirarlo.
Barahir no contestó enseguida. Aún estaba amodorrado por el sueño, pero sabía que no debía ser imprudente con su anfitrión.
–Tan bien como se podría con la mitad del cuerpo inmóvil –respondió al fin.
Geniev gruñó algo y tomó un paño para secarse el rostro antes de tomar una camisa limpia y la túnica.
–¿Y vos? –se atrevió a preguntar el muchacho, incómodo ante la imposibilidad de hablar de los sucesos de la noche.
Geniev también demoró en contestar, parecía muy concentrado en abotonarse hasta el cuello con desesperante lentitud con la vista en la ventana. Cuando estuvo perfectamente vestido se giró hacia la cama, la imagen perfecta del joven noble, gallardo y viril.
–Como un bendito –dijo con voz preñada de advertencias y expresión vacía.

Barahir no era un prodigio en los sobreentendidos, pero ese tono y esa expresión la hicieron saber en un instante que todo –su breve amistad, la naciente confianza, el mundo que empezaba a descubrir a través de Geniev–, todo lo ganado en esos días de colaboración por los pasillos de la Academia podía derrumbarse con una palabra dicha de más. Sorpresivamente, no una palabra que rebelara las innaturales perversiones de su anfitrión. Sabía que su próximo gesto era como elegir un camino entre dos bifurcaciones en medio de un bosque ignoto. En nada más podía confiar salvo su intuición de cuál derrotero le llevaría al calor de los brazos humanos.

Barahir asintió, dando por buena la afirmación del Príncipe –y supo que a partir de ahora era “su” Príncipe.

–¿Me alcanzas la bacinilla? -pidió de inmediato, zanjando el asunto.

§ § § § § § §§ § § § § § § § § § §§ § § § §

Dicen que el ocio cansa, pero Barahir siempre creyó esa afirmación una idea ridícula, imposible. Tras un día y medio en cama empezaba a creerla.

Ya había pasado el medio día, el chico estaba harto de contarse a sí mismo chistes de borregos y orcos. Miró de refilón los textos que Geniev dejara a su alcance. En verdad, lo suyo nunca había sido leer, apenas sacaba cuentas y aprobada los envíos de grano a la ciudad, pero… mirar no le iba a hacer daño ¿cierto?

Con gesto inseguro, Barahir tomó el más pequeño, un tomito empastado en rojo poco más grande que la palma de su mano.
–Po… e… mas de a… ni…ma… les –deletreo despacio y sonrió satisfecho de su elección.

Sin dudas, razonó, nada mejor para un campesino que esto. Con cuidado, el chico desató la cinta que mantenía cerrado el códice y lo desplegó.

–¡Wow!

Era un manuscrito de lujo, con los breves textos enmarcados en fantásticas y multicolores miniaturas de bestias y hombres. La piel había sido tratada con mucho esmero, se sentía suave y flexible entre sus dedos.

El primer pliego fue fácil: –Poemas de animales –pudo leer de corrido esta vez. –¿Por qué repetirán eso?

Sin idea de los protocolos de los copistas, Barahir siguió estudiando los símbolos. Debajo del título había una línea que no supo identificar y supuso el blasón del copista. El segundo pliego estaba ocupado por el complicado dibujo de un remolino de animales. Los vivos colores y hábiles trazos le fascinaron por largo rato, pero al fin se decidió a apartar sus ojos de la absorbente imagen y pasar al tercer folio.

Allí había un nuevo texto, que leyó en voz baja y trabajosa
–Un ter… ne… ro no po…día na… cer.
Pestañeó confundido al comprender el sentido del primer verso.

¿Ese era el inicio de un poema? Más bien sonaba como el llamado de ayuda de un pastor o el tipo de cosas que se cuentan junto a la chimenea mientras ruge la ventisca y se recuerdan las aventuras del verano. Un poema, creía él, debía tratar sobre cosas elevadas y nobles, el deber, el castigo a las faltas, el sacrificio. A pesar de tales razonamientos, la curiosidad tiraba de Barahir. El Rey no permitiría que su hijo tuviera lecturas inadecuadas en la Academia y, si Geniev las tenía de contrabando, no se las mostraría a la segunda jornada de amistad. Si, este códice no entrañaba ningún peligro, decidió y volvió a leer.

–Un ternero no podía nacer…

Estuvo enfrascado en los relatos de animales durante horas, en los últimos pliegos casi leía algunas palabras de corrido. Le eran cercanas estas historias y no tardó en descubrir la musicalidad en sus absurdas decripciones, en sus íntimos detalles.

Barahir no sintió llegar a Geniev. El Príncipe entró con su habitual paso de sigilo, cerró la puerta y se le quedó viendo, sorprendido de que su huésped hubiera accedido a leer algunos de los materiales que dejara a su alcance en la mañana. Debía admitir que el joven era hermoso. La luz llegaba de la ventana desde detrás de Barahir, y él había echado su cabello a un lado, para que no hiciera sombra. Desde la puerta, los mechones rizados caían sobre el hombro y la espalda aún redondeada –adolescente–, ocultando un poco su rostro. El sol daba a su pelo rubio oscuro un tono metálico, como de cobre bruñido, un aura bélica que combinaba perfectamente con el rostro concentrado por el esfuerzo de la lectura.

Realmente era una lástima interrumpirle.

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Establecieron una rutina fácil en esos días, de cuidado, respeto, conversaciones agradables y silencios cómplices.

En sus días solo, Barahir aprendió palabras nuevas en los códices de la colección personal de su Príncipe, luego regresó sobre los rollos que les servían para estudiar en la Academia. Se sintió satisfecho de poder entender las palabras con mayor fluidez, incluso ensayó a escribir unas notas para mejorar su caligrafía. De noche, calmaba al lloroso Geniev. No se hacía preguntas, ni intentaba sonsacarle información de sus sueños, solo lo abrazaba y acariciaba su cabello –un tacto sedoso al que se sentía muy afín. Llegó a preguntarse, con el paso de los días, cuánto descanzaba el Príncipe cuando estaba solo, y si no sería esa la verdadera razón para darle una recámara independiente, a la que todos tenían prohibido el acceso.

Pero no compartió sus inquietas meditaciones. En parte porque no había con quién hacerlo. En parte porque era la primera vez que participaba de una amistad “adulta” y deseaba conservar la sensación de exclusividad. Se sentía también temeroso de que si intentaba ponerlo en palabras –contarle a Ecthelion, por ejemplo– todo está aventura le superaría. Y en medio de todas sus dudas estaba Geniev: empezaba a sentir que dejar solo al Príncipe tras esas noches de camaradería sería una especie de traición.

Así llegó el décimo día de su reclusión.
–Estaba pensando en mi regreso. ¿Cómo voy a entrar en la Academia, si nunca he salido?
Geniev no levantó los ojos del pergamino donde dibujaba un plano, pero contestó al punto.
–Te sacaremos sin ser visto y regresarás con pompa y boato –explicó sin dudar.
–¿Sacaremos? –repitió él sin comprender.

Geniev fue a su escritorio y rescató de allí un pergamino con el sello real roto, se lo tendió a Barahir, quien –merced de tantas jornadas de ejercicio– reconoció las palabras con rapidez y alzó los ojos asombrados hacia el medio elfo.

–¿Idea tuya?
Geniev hizo una mueca de incomodidad.
–Digamos que tengo una familia algo aficionada a las intrigas.

Barahir se preguntó si estaba incómodo porque no era idea suya la ingeniosa solución o porque su familia le fastidiaba. De todos modos, sabía que no debía ahondar ahí, así que releyó emocionada la nota enviada por el Senescal.

“Tus padres están muy interesados en esos dos jóvenes que te siguen a todos lados, según los chismes de la corte. Darán una merienda campestre para conocerlos en siete días. No intentes matar a nadie más en lo que resta hasta el encuentro, o Legolas cortará lo que queda de tus orejas. Faramir”

Era una nota tan íntima, que casi se sintió un invasor. No, Geniev se la había tendido con toda confianza. Además, llevaban diez días durmiendo juntos. Aunque nada poco honorable hubiera ocurrido, era un grado de intimidad que les acercaba. Era agradable estar tan cerca de su Príncipe, pensó.

–De acuerdo, regresaré con pompa y boato tras ver a su Majestades comer pan y queso. Todo un honor, sin dudas –Geniev casi no pudo contener la risa ante la seriedad del chico.
–Y la tía Arwen tomará cantidades ingentes de vino sin embriagarse –acotó.
Pero ahora Barahir se dio cuenta de la burla en su tono y lo ignoró.
–Todavía no me dices cómo saldré.
Geniev saltó sobre uno de sus arcones y se volvió hacia su amigo con una sonrisa perversa en el rostro.
–Espero que no temas a la oscuridad.

TBC…

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