¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

27 diciembre, 2008

SECRETOS DE FAMILIA 19

Cosas que queremos o no ver

“Pero esa ventana no se encuentra, o yo no sé
hallarla. Y quizá mejor sea así.
Quizá esa luz fuese para mi otra tortura.
Quién sabe cuántas cosas nuevas mostraría”
Ventanas, K. Kavafis


John y Alex subieron la escalera con calma, intercambiando comentarios sobre la clase de Encantamientos. El moreno iba relajado, tan feliz de haber logrado una genuina sonrisa de Alex que los hechos que alteraban la seguridad de su familia en los últimos días habían sido relegados a un rinconcito de su mente. Sin embargo, no estaba totalmente ajeno a los olores y sonidos de la zona que abandonan del castillo, ni a los que esperan delante: rosas y tierra húmeda. Al doblar la esquina que conduce al Club Selenita el olor se hace claro, y el asombro de Alex al ver a Dafne salir de detrás de una columna casi provoca al risa de John.

–¿Esperas a alguien? –le pregunta al tiempo que muestra los dientes, y es que el olor de la chica ha cambiado, ahora también hay violencia.
–A ustedes –ella duda un poco, pero al cabo toma aire y sigue con su plan. –Quiero que me lleven ahí –y señala con gesto decidido la puerta del Club, desde donde Víctor Hugo les observa.
–Ya te dije que son cosas de Griffindors…
–¡No es cierto! Vi entrar a chicos de diferentes casas y a un profesor. Nada tienen en común aparte de sus ojos dorados –terminó acusadora.
–Entonces ya sabes por qué no puedes entrar –repuso John con voz calmada.

Pero era una calma aparente. Alex había empezado a temblar a su lado y Fantasma se agitaba en su interior al oler el miedo.

–No, no lo sé. Dime la razón John, dime que Parkinson y los suyos te temen solo porque eres el hijo postizo del Ministro, no por tus ojos.

El miedo de Alex pasó del olor a un temblor continuo que molestó muchísimo a John –¿cuándo entendería que ser licántropo no era una vergüenza?– e hizo saltar los instintos protectores de Fantasma a la superficie. Con un gesto rápido, movió al chico hacia su espalda, donde al menos los ojos de Dafne no lo taladraban. Así los temblores disminuyeron y él pudo recuperar la capacidad de negociación.

–Deberías hablar con tus primos.
Ella parpadeó confusa.
–¿Con mis primos? –el tono en la voz de Dafne le indicó que el movimiento era adecuado.

Si claro, reconoció ella mentalmente, podía acudir a su familia mágica y averiguar sin tener que enfrentarles, sin correr peligros innecesarios. ¿Por qué no lo había hecho? Con dolor recordó que estaba acostumbrada a estar sola, que le costaba aún acercarse a personas de su edad sin temor a que la consideraran un fenómeno –lo que los adultos pensaban también, pero eran más discretos. Apenas llevaba dos semanas en Hogwarts, el primer lugar donde todo el mundo era como ella, y hasta tenía familia, un montón de primos y primas deseosos de conocerla. Pero aún le costaba confiar, la primera noche había confiado en John y Alex, solo para que ellos le ocultaran cosas y ahora él la mandaba con Joshua…

–¿Por qué no me lo dices tú?
John suspiró satisfecho, al menos ya estaba dispuesta a consultar otra fuente.
–Porque es una historia larga y nosotros tenemos que entrar ahí. Ve a tu sala común y habla con Joshua, estoy seguro de que le encantará hablar de mi padre.

Dafne le dedicó todavía otra mirada escrutadora y sopesó su propuesta. Remus Lupin era un héroe de la Segunda Guerra y Joshua –ya lo sabía– sentía verdadera debilidad por los relatos heroicos. Además, había sido el más interesado en ella de los primos de Slytherin –Zoe se la pasaba vigilando al novio de Tomas, y se ponía verde espinaca ante cada beso que intercambiaban, mientras que Fabian estaba planificando un Baby Shower y presumiendo de lo bien que se le daban los bebés con las compañeras de estudio, repartiendo caricias subidas de tono cada vez que podía. Joshua, en cambio, le ayudaba con las tareas y preguntaba por su familia. No se cansaba de repetir que Harry Potter estaba muy feliz de que su papá estuviera con buena salud, y que, aunque los sucesos de los últimos días le tenían muy ocupado con la seguridad, deseaba conocerla y hasta visitar a su madre.

–Está bien, hablaré con él –aceptó.

John asintió, satisfecho. Se alejó sin decir una palabra más hacia la puerta del extraño gato. Alex le siguió, pero mirando hacia Dafne con sus grandes ojos clavados en ella. Había en su mirada algo de súplica que la niña no supo interpretar.

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El director Snape se sentó en su sillón favorito, entrelazó los dedos de ambas manos y dejó caer la cabeza hacia atrás con los párpados cerrados. Nada se movió en la habitación, y apenas se oía el crepitar del fuego en su chimenea, convenientemente desconectada de la red flu.

Severus Snape meditaba.

Tenía bastantes cosas de las que ocuparse este septiembre: el embarazo de Draco, la reaparición de la marca y la llegada de Alexander Smith a la escuela. Aunque los dos primeros acontecimientos eran bastante graves, y acaso estuvieran vinculados, el tercero era el no se apartaba de su mente y lo mantenía en desagradable distracción. ¿Por qué?

Trató de despejar el misterio enumerando las características de sus problemas: De nada valía preocuparse por Draco, esa era una tarea que Potter hacía con gusto y bien –mal que le costara admitirlo–; ¿La marca y los ataques mortifagos? Como espía de dos guerras, había Snape aprendido a esperar y cumplir su papel en un juego amplio de fuerzas que casi nunca eran totalmente perceptibles para los que peleaban. Todo lo que estaba en manos de la Orden del Fénix para evitar el renacimiento del Oscuro se había considerado, discutido, rediseñado, desechado, rescatado o previsto. El Plan estaba en marcha y –a diferencia de las veces anteriores– veía el balance de fuerzas favorable a su bando. En cambio, su posición ante el asunto del Smith era privilegiada: tenía control del marco general y los detalles –los sabía casi todos, de hecho–, pero lo que le perturbaba día y noche era el papel y destino de dos personajes del drama: John, inevitablemente involucrado por su lazo con Alexander y el actor inesperado cuyas intensiones no lograba determinar: Adrian Ross Duncan.

¡Ah!, el señor Duncan. Snape repasó mentalmente lo que sus diversas fuentes le informaran: joven funcionario de veintisiete años, graduado del exclusivo colegio de Saint Patrick en Irlanda. Luego estudios universitarios en Nueva York, donde había convivido como muggle por cinco años para sacar una licenciatura en Trabajo Social, al tiempo que viajaba por el continente en visitas a bosques y complejos subterráneos. Al regresar, fue aceptado en el Ministerio en la Oficina de Relaciones con el Mundo Muggle, Comisión de Infancia y Adolescencia y de ahí trasladado a la Oficina de Atención a Licántropos, a causa de varios ensayos sobre la historia de los hombres-bestias muy bien recibidos en la comunidad académica. En su trabajo para el Consejo Licano había demostrado afabilidad y gran capacidad de negociación, seguro por eso le habían asignado el Caso Smith.

Sus relaciones personales, además, no lo vinculaban con ninguno de los numerosos enemigos del Clan Potter–Malfoy–Snape, pues los Duncan eran de la antigua nobleza céltica, asentados en un feudo misérrimo, en una laguna roja rodeada de pantanos, fantasmas y grindilows, carentes de tesoros, profecías, reliquias de misterioso poder o libros de magia oscura que Voldemort o el Ministerio desearan. Hasta ahí nada, ninguna relación comprometedora o comentario casual permitía ubicar a Duncan en un lado u otro de las alineaciones políticas de su mundo –aunque ser un sangre pura dispuesto a trabajar a favor de los derechos de otras razas lo ubicaba inicialmente con “la luz”. Sin embargo, Severus había aprendido a desconfiar de las personas demasiado transparentes.

Se daba cuenta de que lo que le impedía olvidarle era esa innatural corrección que encantaba a casi todos a su alrededor y el contradictorio empeño del joven en acercarse a él, cuando no estaba cerca de nadie más que su familia –vía lechuza, claro, porque su clan no daba señales de querer abandonar el arruinado castillo lacustre. Adrian se las había arreglado para que cada paso alrededor del caso Smith fuera una excusa para mantenerse en su rango de visión, para hacer más complicado ignorarlo. De nuevo, no era lo que decía en los encuentros, sino la “intensidad” que emanaba del chico, contadas veces traicionada por sus vivaces ojos negros. Eso mantenía alerta a Severus.

¿Qué buscaba Adrian Ross Duncan? ¿Por qué solo con él perdía el estricto control de sus sentidos? ¿Era consciente de lo que hacía? Por supuesto, resolver tales incógnitas sin interrogarle frontalmente era imposible, y eso era algo que no podía permitirse con las fuerzas que les rodeaban todavía inciertas en sus posiciones.

Un leve crujido le hizo abrir los ojos y erguirse sonriente.
–¿Ya es la hora del te?
En la pared frente a su sillón, dentro de un retrato de marco azul marino, se terminaba de preparar un elegante servicio de plata.
–Casi –respondió el habitante del cuadro.
–Lamento haberme entretenido, tengo demasiadas cosas en al cabeza.

Severus dio dos golpes de varita en su mesa de centro y un juego de te idéntico al del cuadro apareció, había pastelillos de carne, biscochos de chocolate, galletas y azúcar dispuestos en pequeños platos –los elfos ya sabían que el director no ponía leche en su te.

–Deberías meditar menos, no veo que llegues a ningún lugar con lo que pretendes saber ahora.
Snape arrugó la frente ante el comentario, había ahí una referencia implícita que no le agradaba. Él no estaba en fase de negación ¿cierto?
–Es mi modo de trabajar, y no te molestó nunca.
–Antes no… -el retratado se detuvo, como si lo que iba a decir le incomodara profundamente, al final dio un suspiro resignado y levantó sus ojos color miel para enfrentar al Snape. –Antes no te dedicabas a meditar todo el santo día para huir de lo que está delante de tus narices. No haces más que darle vueltas y vueltas al asunto de Duncan, cuando es claro lo que ocurre con él. La cara de Severus se había puesto más pálida que de costumbre y reflejaba una rabia profunda.
–¡Cállate! –puedo tolerar esas insinuaciones de Albus, pero ¡de ti!
–Soy el único con derecho a hacerlas, me parece –repuso el otro sin dejarse impresionar por la mirada.
–Al contrario, eres la última persona a quien le corresponde el papel de mi celestino.
Los ojos dorados se entrecerraron burlones.
–¿Vas a decir que me debes fidelidad? ¡Estoy muerto!
–Muerto o vivo, incinerado o en pintura, eres mi esposo Remus.
–Y no dejaré de serlo porque ames a alguien más.

Snape no contestó, porque no tenía respuesta. Empezó a dar vueltas por la habitación, sin saber qué responder o como cortar los razonamientos de Remus. No podía abandonar la estancia, nunca había dejado a su esposo con la palabra en al boca, no iba a empezar ahora.

–Severus –le dijo suavemente el retrato tras la cuarta vuelta–, no puedes sustituir lo que tuvimos por esto – y señaló la habitación reproducida en el interior de su pintura. –Tienes sesenta años, estás a la mitad de la esperanza de vida de los magos. ¿Vas a pasar los próximos sesenta tomando el te frente a un cuadro?
El aludido se dejó caer en su butacón, derrotado.
–Esto es irracional –se quejó. –Ni en el mundo mágico es normal que el retrato de mi difunto esposo me empuje a enredarme con un chico que puede ser mi hijo y cuyas intenciones desconocemos.
–Tú y yo nunca fuimos muy convencionales –sonrió Remus, obviamente satisfecho de que Severus aceptara su plan.
–¿Y qué le digo a John?
–Que aún eres capaz de amar y ser amado, que esa noche en Bedale no te lo quitó todo.

Severus suspiró, derrotado. Nunca había podido resistirse a los deseos de Remus, aun cuando fueran los planes más descabellados del mundo, tipo finjamos que me odias mientras voy a dar clases a Hogwarts o tengamos un hijo a los cuarenta y tantos años.

–Lo dices con una certeza, yo mismo no se qué pensar de Duncan.
–Su nombre es Adrian, Sev, vete acostumbrando. Y lo que planea… digamos que son las ventajas de mirar a las personas desde las paredes, cuando creen que nadie nota sus miradas o sonrojos.

TBC…

21 diciembre, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 24

Aprender a confiar en ti

“It's not easy love, but you've got friends you can trust,
Friends will be friends,
When you're in need of love they give you care and attention,
Friends will be friends,
When you're through with life and all hope is lost,
Hold out your hand cos friends will be friends right till the end.”
Friends Will Be Friends, Queen

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

Barahir se quedó en la habitación de Geniev por dos semanas, casi todo el tiempo en cama y solo, porque que Ecthelion entrara fuera allí solo destruiría su reputación, y el Príncipe debía ser visto en aulas y corredores para no despertar sospechas.

Cuando Geniev regresaba, atendía con cuidado y habilidad. La primera vez, para Barahir fue enojoso dejarse desnudar, cargar y asear como un niño pequeño.

–Relájate –le dijo el Príncipe antes de sacarle la ropa al notarlo tenso. –¿Crees que si te hieren en batalla tendrás una matrona para tu sola atención?

Ese comentario hizo pensar al joven, por supuesto: él nunca antes había considerado cómo se las arreglaban los heridos. Razonó que, incluso cuando algunas mujeres asistieran a los sanadores, heridas de menor gravedad, como la suya, eran asunto de los mismos soldados. Tendría que confiar en sus compañeros de armas también fuera del combate. Entretenido en tales ideas, se dejó hacer sin protestar.

Más tarde, Geniev lo acomodó a un lado de la cama y se dispuso a descanzar, pero el rubio no tenía sueño, y lo sugerido por el príncipe seguía dando vueltas en su cabeza.

–¿Habéis cuidado de un herido antes?
–He hecho muchas cosas –contestó Geniev sin mirarlo.
–¿En la guerra?, ¿junto a vuestro padre?
–No. En esa época él estaba muy lejos.
Barahir asintió, creía comprender: Él también había crecido con su madre en al granja, mientras su padre y los hombres del feudo protegían las fronteras.
–Vuestra madre debe haber sido una dama muy bella.
–¿Y tú qué sabes? –le espetó Geniev un poco agresivo.
Pero él contesto con una lógica básica: –Era la esposa de mi Rey.
–No era su esposa –le respondió el moreno con amargura. Tras una pausa, le cortó toda posibilidad de conversación con un seco: –y que tengas buenas noches.

La respiración del medio elfo se hizo reposada al poco tiempo, pero Barahir seguía sin sueño, en parte por haber pasado casi toda la jornada en la cama. Así que permaneció quieto, observando el lento juego del fuego en la chimenea, pensando en el asunto de la confianza entre los soldados.

Si no hubiera estado despierto, un sonido tan leve no lo habría sacado de la modorra, pero en el silencio solo interrumpido por los chasquidos de la madera los apagados gemidos fueron claros.

–¿Geniev? –susurró.

El cuerpo junto a él se agitó, sin responderle. Los gemidos se repitieron, aumentando la preocupación de Barahir. Finalmente Geniev giró hasta quedar sobre su espalda. Su rostro era visible ahora: congestionado por lo que sea que perturbaba su sueño, debajo de los párpados se filtraban abundantes lágrimas, que la luz de la hoguera tornaba rojizas, desagradables. A duras penas era audible, pero el joven decía algo entre dientes en un idioma que supuso Barahir sería élfico. Pero eso no importaba mucho ahora, deseaba fervientemente saber qué hacer. No estaría mal que… No era como si fuera a perder su honor con el príncipe ¿verdad? Solo quería ¡eso!, consolarle.

Muy despacio, Barahir adelantó una mano y tocó el rostro de Geniev. Como una fiera, el medio elfo se agarró de su brazo.
–Ata –dijo aliviado.
–Está bien pequeño –se descubrió el rubio diciendo muy bajito, como cuando había tormenta y él temía el ruido del viento. –Ya va a pasar. Tranquilo. Todo estará bien.

Barahir repitió esas palabras una y otra vez, hasta que Geniev dejó de llorar. Lo miró dormir por largo rato: el Príncipe lucía aún más joven ahora, como de trece o catorce años. Era porque sus ojos estaban cerrados y el pelo le caía en mechones desordenados, libres. Apartó con cuidado uno que amenazaba con colarse en la naricita respingona y rozó su piel. Una piel tan suave como los vestidos de fiesta ocultos en los arcones de su madre, y mechones tersos y flexibles, como la hierba primaveral.

–¿Mi desposada tendrá el cabello así?

Barahir no sabía si las mujeres humanas se parecían en algo a los elfos, si podían ser tan fascinantes como la imagen que contemplaba. Deseó conocer alguna tan suave y fiera como su Príncipe. Un madero crujió y se partió en la chimenea, y entonces se quedó dormido.

Cuando despertó, estaba solo en la cama y Geniev se lavaba la cara en una jofaina. Ya amanecía.

–¿Dormiste bien? –preguntó el medio elfo sin volverse a mirarlo.
Barahir no contestó enseguida. Aún estaba amodorrado por el sueño, pero sabía que no debía ser imprudente con su anfitrión.
–Tan bien como se podría con la mitad del cuerpo inmóvil –respondió al fin.
Geniev gruñó algo y tomó un paño para secarse el rostro antes de tomar una camisa limpia y la túnica.
–¿Y vos? –se atrevió a preguntar el muchacho, incómodo ante la imposibilidad de hablar de los sucesos de la noche.
Geniev también demoró en contestar, parecía muy concentrado en abotonarse hasta el cuello con desesperante lentitud con la vista en la ventana. Cuando estuvo perfectamente vestido se giró hacia la cama, la imagen perfecta del joven noble, gallardo y viril.
–Como un bendito –dijo con voz preñada de advertencias y expresión vacía.

Barahir no era un prodigio en los sobreentendidos, pero ese tono y esa expresión la hicieron saber en un instante que todo –su breve amistad, la naciente confianza, el mundo que empezaba a descubrir a través de Geniev–, todo lo ganado en esos días de colaboración por los pasillos de la Academia podía derrumbarse con una palabra dicha de más. Sorpresivamente, no una palabra que rebelara las innaturales perversiones de su anfitrión. Sabía que su próximo gesto era como elegir un camino entre dos bifurcaciones en medio de un bosque ignoto. En nada más podía confiar salvo su intuición de cuál derrotero le llevaría al calor de los brazos humanos.

Barahir asintió, dando por buena la afirmación del Príncipe –y supo que a partir de ahora era “su” Príncipe.

–¿Me alcanzas la bacinilla? -pidió de inmediato, zanjando el asunto.

§ § § § § § §§ § § § § § § § § § §§ § § § §

Dicen que el ocio cansa, pero Barahir siempre creyó esa afirmación una idea ridícula, imposible. Tras un día y medio en cama empezaba a creerla.

Ya había pasado el medio día, el chico estaba harto de contarse a sí mismo chistes de borregos y orcos. Miró de refilón los textos que Geniev dejara a su alcance. En verdad, lo suyo nunca había sido leer, apenas sacaba cuentas y aprobada los envíos de grano a la ciudad, pero… mirar no le iba a hacer daño ¿cierto?

Con gesto inseguro, Barahir tomó el más pequeño, un tomito empastado en rojo poco más grande que la palma de su mano.
–Po… e… mas de a… ni…ma… les –deletreo despacio y sonrió satisfecho de su elección.

Sin dudas, razonó, nada mejor para un campesino que esto. Con cuidado, el chico desató la cinta que mantenía cerrado el códice y lo desplegó.

–¡Wow!

Era un manuscrito de lujo, con los breves textos enmarcados en fantásticas y multicolores miniaturas de bestias y hombres. La piel había sido tratada con mucho esmero, se sentía suave y flexible entre sus dedos.

El primer pliego fue fácil: –Poemas de animales –pudo leer de corrido esta vez. –¿Por qué repetirán eso?

Sin idea de los protocolos de los copistas, Barahir siguió estudiando los símbolos. Debajo del título había una línea que no supo identificar y supuso el blasón del copista. El segundo pliego estaba ocupado por el complicado dibujo de un remolino de animales. Los vivos colores y hábiles trazos le fascinaron por largo rato, pero al fin se decidió a apartar sus ojos de la absorbente imagen y pasar al tercer folio.

Allí había un nuevo texto, que leyó en voz baja y trabajosa
–Un ter… ne… ro no po…día na… cer.
Pestañeó confundido al comprender el sentido del primer verso.

¿Ese era el inicio de un poema? Más bien sonaba como el llamado de ayuda de un pastor o el tipo de cosas que se cuentan junto a la chimenea mientras ruge la ventisca y se recuerdan las aventuras del verano. Un poema, creía él, debía tratar sobre cosas elevadas y nobles, el deber, el castigo a las faltas, el sacrificio. A pesar de tales razonamientos, la curiosidad tiraba de Barahir. El Rey no permitiría que su hijo tuviera lecturas inadecuadas en la Academia y, si Geniev las tenía de contrabando, no se las mostraría a la segunda jornada de amistad. Si, este códice no entrañaba ningún peligro, decidió y volvió a leer.

–Un ternero no podía nacer…

Estuvo enfrascado en los relatos de animales durante horas, en los últimos pliegos casi leía algunas palabras de corrido. Le eran cercanas estas historias y no tardó en descubrir la musicalidad en sus absurdas decripciones, en sus íntimos detalles.

Barahir no sintió llegar a Geniev. El Príncipe entró con su habitual paso de sigilo, cerró la puerta y se le quedó viendo, sorprendido de que su huésped hubiera accedido a leer algunos de los materiales que dejara a su alcance en la mañana. Debía admitir que el joven era hermoso. La luz llegaba de la ventana desde detrás de Barahir, y él había echado su cabello a un lado, para que no hiciera sombra. Desde la puerta, los mechones rizados caían sobre el hombro y la espalda aún redondeada –adolescente–, ocultando un poco su rostro. El sol daba a su pelo rubio oscuro un tono metálico, como de cobre bruñido, un aura bélica que combinaba perfectamente con el rostro concentrado por el esfuerzo de la lectura.

Realmente era una lástima interrumpirle.

§ § § § § § §§ § § § § § § § § § §§ § § § §

Establecieron una rutina fácil en esos días, de cuidado, respeto, conversaciones agradables y silencios cómplices.

En sus días solo, Barahir aprendió palabras nuevas en los códices de la colección personal de su Príncipe, luego regresó sobre los rollos que les servían para estudiar en la Academia. Se sintió satisfecho de poder entender las palabras con mayor fluidez, incluso ensayó a escribir unas notas para mejorar su caligrafía. De noche, calmaba al lloroso Geniev. No se hacía preguntas, ni intentaba sonsacarle información de sus sueños, solo lo abrazaba y acariciaba su cabello –un tacto sedoso al que se sentía muy afín. Llegó a preguntarse, con el paso de los días, cuánto descanzaba el Príncipe cuando estaba solo, y si no sería esa la verdadera razón para darle una recámara independiente, a la que todos tenían prohibido el acceso.

Pero no compartió sus inquietas meditaciones. En parte porque no había con quién hacerlo. En parte porque era la primera vez que participaba de una amistad “adulta” y deseaba conservar la sensación de exclusividad. Se sentía también temeroso de que si intentaba ponerlo en palabras –contarle a Ecthelion, por ejemplo– todo está aventura le superaría. Y en medio de todas sus dudas estaba Geniev: empezaba a sentir que dejar solo al Príncipe tras esas noches de camaradería sería una especie de traición.

Así llegó el décimo día de su reclusión.
–Estaba pensando en mi regreso. ¿Cómo voy a entrar en la Academia, si nunca he salido?
Geniev no levantó los ojos del pergamino donde dibujaba un plano, pero contestó al punto.
–Te sacaremos sin ser visto y regresarás con pompa y boato –explicó sin dudar.
–¿Sacaremos? –repitió él sin comprender.

Geniev fue a su escritorio y rescató de allí un pergamino con el sello real roto, se lo tendió a Barahir, quien –merced de tantas jornadas de ejercicio– reconoció las palabras con rapidez y alzó los ojos asombrados hacia el medio elfo.

–¿Idea tuya?
Geniev hizo una mueca de incomodidad.
–Digamos que tengo una familia algo aficionada a las intrigas.

Barahir se preguntó si estaba incómodo porque no era idea suya la ingeniosa solución o porque su familia le fastidiaba. De todos modos, sabía que no debía ahondar ahí, así que releyó emocionada la nota enviada por el Senescal.

“Tus padres están muy interesados en esos dos jóvenes que te siguen a todos lados, según los chismes de la corte. Darán una merienda campestre para conocerlos en siete días. No intentes matar a nadie más en lo que resta hasta el encuentro, o Legolas cortará lo que queda de tus orejas. Faramir”

Era una nota tan íntima, que casi se sintió un invasor. No, Geniev se la había tendido con toda confianza. Además, llevaban diez días durmiendo juntos. Aunque nada poco honorable hubiera ocurrido, era un grado de intimidad que les acercaba. Era agradable estar tan cerca de su Príncipe, pensó.

–De acuerdo, regresaré con pompa y boato tras ver a su Majestades comer pan y queso. Todo un honor, sin dudas –Geniev casi no pudo contener la risa ante la seriedad del chico.
–Y la tía Arwen tomará cantidades ingentes de vino sin embriagarse –acotó.
Pero ahora Barahir se dio cuenta de la burla en su tono y lo ignoró.
–Todavía no me dices cómo saldré.
Geniev saltó sobre uno de sus arcones y se volvió hacia su amigo con una sonrisa perversa en el rostro.
–Espero que no temas a la oscuridad.

TBC…