¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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04 noviembre, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 23

Entrando en el territorio de mis sueños

“Lo primero, amábamos leal y firmemente,
incluso sin saber qué amábamos, ni por qué”
La Reliquia, Jhon Donne (1572-1631)

Una sala de espera en el Edificio de la Sociedad Moriquendi

Peter tamborileo sobre su portafolio y se obligó a permanecer callado. A diez metros, la secretaria lo miró con desagrado, como si ese mínimo sonido la desconcentrara –no que ella estuviera haciendo algo más que leer, pero… El hombre detuvo una línea de pensamiento negativa para su presión y siguió estudiando las molduras del techo.

Casi había contado todos los pliegues de la túnica del segundo ángel de la tercera columna cuando varias personas acercándose llamaron su atención: los cuatro directores de la Sociedad Moriquendi llegaban cargados de papeles y con rostros tensos. Pestañeó confundido ¿no le habían dado cita con uno de ellos?, ¿frente a la oficina de quién estaba?

La secretaria se apresuró a abrir la puerta del local identificado como “1” por la placa negra en el centro, los cuatro entraron sin mirarlo. Alcanzó a escuchar un comentario amargo y admonitorio del más alto a otro de escaso pelo castaño:
–Ni menciones a Katz y Bellisario.
La puerta de color rojo vino se cerró y la secretaria volteó a verlo con ojos entrecerrados.
–No me gusta NCIS –se apresuró a aclarar en oestron.

Ella aflojó un poco el rostro, tal vez satisfecha de su buen manejo de la lengua, y regresó la mesa. Cinco minutos después volvió a mirarlo, ahora con esa expresión ilegible tan común entre los ardences que él llamaba “élfica”.

–Pase.

La habitación era grande y el amplio ventanal que sustituía la pared del fondo la hacía dolorosamente luminosa. Se deslumbró.

–Mae govaenon –dijo inseguro de a quién debía dirigirse.
–Buenas tardes, señor Jackson –le respondió en inglés una voz andrógina que, como las voces de media Arda meridional, le enervó.

Los ojos de Peter se acostumbraron de a poco al derroche de luz y pudo reconocer el espacio en que se hallaba: la estancia era imponente con sus paredes recubiertas de madera rojo oscuro y dibujos dorados apenas brillantes por el barniz que los recubría, el piso era también de madera, pero café. La distribución de los muebles dividía en dos ambientes el local, un despacho y un salón para reuniones, estaban en el último. El salón de reuniones consistía en una mesa rectangular con diez asientos a cada lado, una pantalla plegable y un estante con bebidas.

–Siéntese –le casi ordenaron y comprendió que el vaso de agua en un extremo de la mesa de juntas indicaba su puesto.

En el lado contrario de la mesa, los cuatro directores de la Sociedad Moriquendi le observaban con expresiones absolutamente élficas –el que tuvieran orejas puntiagudas no ayudaba a tranquilizarlo–, y había una quinta persona, de cabello oscuro y largo, cuyas facciones quedaban en la penumbra porque estaba totalmente de espaldas a la única fuente de luz, el ventanal.

Se sentó donde le ordenaran y sacó su proyecto del portafolio.
–La idea es…
–Conocemos su idea –le interrumpió el director alto. –No por qué se cree capaz de hacerlo.
Esa pregunta no le tomó por sorpresa: él mismo se lo había preguntado cada mañana desde que la idea llegara, unos diez años atrás. Trató de ser breve y sincero.
–Puedo distanciarme lo suficiente, ser crítico con la historia y los personajes.
–¿Quiere decir –y el fastidio era evidente en la voz del director pelirrojo– interpretar como un extraño la historia de nuestro país?
–Quiero decir narrar una aventura, una historia épica sobre un Anillo mágico que seduce a las personas a su alrededor, recrear un tiempo pleno de magia en que los elfos y orcos caminaban por esta tierra.
–Los elfos aún caminan por el mundo, señor Jackson –le corrigió suavemente la voz andrógina, que venía del quinto personaje, el desconocido dueño de la oficina “1”.
Peter bajó los ojos, aceptando su error de modo humilde, como mandaba la etiqueta de Arda.
–Debo confesar mi escepticismo inicial por su origen –continuó la persona del extremo de la mesa–, pero su propuesta es muy… perspicaz. No es una visión común sobre nuestra historia, ni siquiera entre la gente de esta casa.

Lo estaban probando, seguro. Las manos le sudaban de los nervios, pero no dijo nada, solo asintió en agradecimiento por el comentario y esperó a que el misterioso “1” terminara de exponer su idea.

–Y los chistes son buenos.
–Son de mi esposa –admitió, aunque de inmediato se preguntó qué le parecería a sus anfitriones.
–Está bien que una pareja colabore –se apresuró a decir el de pelo castaño, como si disculpara la torpeza de Jackson.
–Si, es muy bueno –repitió en tono divertido “1”. –Es por eso que ella está ahora en California, con la gente de New Line Cinema.
–Ellos no darán ni mil dólares si la Sociedad Moriquendi no nos asesora.
–¿Será porque la arena y la sangre aún le duelen a Hollywood? –comentó con voz divertida el más alto de ellos y tres risas le respondieron.

Peter tampoco contestó ahora. Esa era una frase hecha, una pregunta retórica respecto a las dos megaproducciones de cine norteamericano sobre Arda: “Desierto Blanco” de 1970 y “Sangre Negra” de 1986, ambas habían sido filmadas en inglés, con actores norteamericanos y sin contar con asesores ardances, ni siquiera de Harad. Fracasos absolutos, ambas, y muchos comentaban que el gobierno norteamericano había ignorado deliberadamente el boicot internacional contra las dos. A él le parecía apenas justo, por atreverse a juntar Maedros y Glorfindel en una borrachera de cosacos la noche en que se robaban los silmariles. Hollywood solo reacciona ante el dinero –ya se sabe– así que Arda había sido borrada de la lista de “países exóticos donde ambientar aventuras ilógicas” y ahora las referencias se trataban con sumo cuidado. En suma, que no podría filmar ni “¿Cómo se ensilla un meara?” sin el permiso expreso de esta gente.

Luego de las risas cortas y duras de los cuatro directores, “1” retomó la palabra.
–Su plan es razonable, los diseños buenos y el guión inteligente. Le daremos nuestro apoyo, señor Jackson, bajo dos condiciones.
–¿Si? –enseguida comprendió que su respuesta no había sido muy inteligente, pero estaba tan emocionado que la elocuencia lo eludía.
De modo muy amable, “1” le ignoró.
–Cada parte se estrenará con las efemérides solares a partir del solsticio de verano dentro de cuatro años. Lo diré claramente: La comunidad del Anillo se estrenará el 21 o 22 de junio de 2001, Las dos torres, el 21 o 22 de junio de 2002 y El regreso del Rey el 21 o 22 de junio de 2003. Los cambios en estas fechas solo serán admisibles por causas de fuerza mayor y bajo nuestro consentimiento. Esa es la primera condición.
–Entiendo –de verdad le gustaba lo de estrenar en verano en Arda.
–La segunda condición es que nos reservamos el derecho a asignar un productor ejecutivo en todo el proceso.

Peter Jackson tragó en seco. Más que seria, esta petición era inesperada. Contaba con que New Line Cinema enviara representantes, después de todo era su dinero, pero esto… Un productor ejecutivo tenía poder sobre el casting, los escenarios y vestuarios, el marketing, los efectos especiales. Trató de negociar.

–Es que el productor es una figura económica que…
–Pondremos dinero, no se preocupe, señor Jackson –le cortó el cuarto director, un rubio casi calvo que no había hablado hasta entonces. –El Consejo de Audiovisuales termina el papeleo en este momento.
–No nos creía tan tacaños como para dejarles pagar todo el pastel por el aniversario dos mil del reino ¿verdad? –sugirió “1” con un leve toque de burla en su voz.
–No, por supuesto que no –balbuceó. –Y, ¿ya decidieron quién será el productor delegado de Arda?
–No –repuso “1”. –Le informaremos en una semana, para la segunda ronda de negociaciones. Nos gustaría conocer a su esposa para entonces.

Círculo Sagrado de Tirith Osto

Igor bajó del ómnibus y caminó hacia la puerta del Círculo con un leve nerviosismo. Esa mañana había revuelto su habitación en busca de algún texto sencillo de ruso para el Príncipe, infructuosamente, por lo que cargaba un manual bilingüe sacado de la Biblioteca de la Facultad de Letras. No era gran cosa, pero funcionaría para el diagnóstico del primer día.

Ya estaba resuelto lo del texto, pero no tenía idea de cómo entrar al Círculo sin invitación. Así que apretó con fuerza la correa de su mochila y se dirigió a la caseta de seguridad, donde un guardia de mediana edad leía distraído una revista de farándula.

–Para visitar la Mansión del Príncipe Telcontar.
El guardia levantó los ojos y, tras calibrarlo por un momento, dejó su lectura a un lado y adoptó una pose marcial.
–¿Igor Fedorov?
–Si –respondió el joven algo asombrado.
–Su tarjeta de acceso ya fue tramitada. Por favor, déjeme ver su cédula de identidad para completar el proceso.
–Claro, claro.

Igor buscó su billetera sin salir del asombro y esperó a que el oficial rellenara datos en su PC, luego el hombre imprimió un formulario que le pasó por el semicírculo en la parte inferior del cristal antibalas que protegía la caseta, y un rectángulo del tamaño de la palma de la mano de Igor, con superficie de cristal líquido.

–Firme aquí para los archivos –señaló el guardia el papel–, y aquí con su dedo índice para personalizar la tarjeta de acceso –indicó al accesorio electrónico...

Igor se apresuró a estampar su firma en los dos lugares y casi enseguida oyó el zumbido de la impresora de seguridad transfiriendo su información al rectángulo plástico con banda magnética que le tendió el oficial junto a su cédula. Luego de que el chico tuvo ambos objetos en su mano, el hombre empezó a recitar las instrucciones con acento académico, impostado.

–Esta tarjeta le permite acceso a todas las áreas patrimoniales de Arda. Debe protegerla de la luz solar directa, inmersiones en agua y otros líquidos, campos magnéticos, sustancias abrasivas y fuego. En caso de pérdida, reporte de inmediato el 1234567, sin costo en toda Arda y con pago diferido desde cualquier lugar del mundo tras identificarse. Debe renovarla en cinco años o antes si le es solicitado. ¿Alguna pregunta?
–No, no creo –repuso Igor automáticamente.
En realidad, estaba muy impresionado por el discurso como para indagar. Solo miraba la tarjeta de acceso entre sus manos un poco temblorosas.
–Bien, que disfrute su empleo en el Círculo Sagrado, señor Fedorov.

Igor asintió de modo ausente y caminó a la puerta jugueteando con su nueva posesión: era negra, de caracteres en relieve, su firma estaba a todo lo largo en marrón claro. ¿Así de simple? ¿Por un curso no calificado de ruso le daban acceso libre durante cinco años? Seguro el salario sería una basura.

Cruzó el umbral de piedra despacio, un poco entretenido, pero no tanto como para que la suave voz de Midhiel lo tomara por sorpresa.

–Llega tarde –el tono no era amigable.
–¿Perdón?
–Son las cuatro y todavía no está en la casa –dijo cortante.

Igor se fijó en que ella usaba la palabra casa con una entonación íntima, como si realmente fuera su hogar y no un palacete sin habitantes permanentes en los últimos cuatro siglos. Eso, junto al acento duro en las “L” y flojo en las “R”, típico del norte, produjo en el joven una sensación de extrañeza que demoró su respuesta.

–No esperaba la demora en la caseta –dijo al tiempo que mostraba la flamante tarjeta.
Ella murmuró algo ininteligible en quenya y echó a andar.
–Vamos, él todavía no llega.

La siguió por las calles empedradas, irregulares. La caminata era incómoda para Igor, pero que en nada afectaba el paso elástico de Midhiel, a pesar de sus zapatos de severo corte escolar. El modo en que se movía generaba un ritmo singular en su oscura cabellera, la cual estaba libre ahora y saltaba en alegres rizos que llegaban hasta el borde superior de sus caderas.

Ya ante la puerta, ella giró para verlo, el rostro severo, inexpresivo, contradecía la juventud de su semblante.
–Nunca toque la puerta. Hay una cerradura electrónica en este buzón. Ponga su mano izquierda en él, vamos.

Obedeció. El buzón imitaba la cabeza de un león con la boca abierta y la lengua extendida. A pesar de estar pintado con colores vivos y detalles realistas, lucía anacrónico en la pared. El tacto del metal de la lengua era frío bajo su palma. Midhiel tocó en rápida sucesión y con un orden desconocido para él las orejas, los ojos y el hocico de la imagen, una luz verde surgió de la garganta del felino y la puerta se abrió en silencio.

–Ya está usted en la base de acceso. Adelante.
El joven siguió su paso rápido a lo largo del zaguán y hasta el primer patio.
–Por allí –ella señaló el arco que conducía al segundo patio– se va a las perreras, al leñera y otros almacenes. No tiene permitido el acceso.
Cruzaron el patio y subieron la escalera de la derecha hacia el primer piso, luego avanzaron por el corredor hacia el frente del edificio.
–Estas son las oficinas y la biblioteca. Tienen acceso completo a los libros, no así a las oficinas. Solo puede entrar a la suya y a la del Príncipe.
–¿Mi oficina?

Ella lo ignoró, sin inmutarse por su pregunta abrió una puerta de madera, pintada de verde. La oficina era pequeña pero cómoda, las paredes y piso estaban forrados de madera de color claro, los muebles eran pocos, pero de estilo ancho y sólido: un buró junto a la ventana trasera, un sofá cerca del librero –aún vacío– una alacena y un dispensador de agua.

–Esa puerta le lleva a la oficina de él, esa otra al excusado, espero que no las confunda.
–Pero…
–Sígame.
Cruzaron a la oficina del dueño de la casa, amplia, luminosa, imponente. Midhiel se dirigió a una mesa pequeña en la esquina, tomó un fajo de cartas y se volvió hacia Igor.
–¿Qué idiomas domina?
–Oestron, élfico, ruso, inglés y francés.
Ella asintió, pero no había sorpresa ni admiración en sus ojos. Sus ojos, como su cara, eran ilegibles.
–Como secretario del Príncipe, su primer deber de cada día será clasificar la correspondencia por temáticas. Su Alteza habla fluidamente diez idiomas y lee otros seis, no se preocupe por elaborar resúmenes de contenido. Solo sepárelas de este modo –se acercó a la mesa principal, que tenía una de sus esquinas ocupada por un organizador de cuatro bandejas–: política, negocios, medios de comunicación, admiradores menores de quince años o con enfermedades terminales. Las propuestas de matrimonio, predicciones apocalípticas y relatos eróticos al fuego –señaló una estufa al otro lado del buró. –Las amenazas de muerte irán a su oficina, donde seguridad las recuperará y revisará. Su Alteza no debe ver ninguna, es lo único en lo que no puede equivocarse –insistió.
–¡Un momento, un momento! –le interrumpió al fin. –¿Cómo que secretario? Yo solo voy a repasarle ruso.
Ella lo miró con una mezcla de superioridad y burla.
–¿Cree que cuatro clases de ruso pagan un acceso de cinco años a las áreas patrimoniales y a nuestra biblioteca?
Igor tragó en seco.
–Pero tengo clases…
–Ya hablamos con la secretaría de la Casa del Saber. Desde mañana tiene usted clases entre las diez y las quince horas, se espera que trabaje con nosotros de las ocho a las nueve treinta y de las quince a las diecisiete. Tendrá transporte para los cinco viajes que ello implica.
–¿Y si quiero estudiar en la biblioteca de tarde?
Ella asintió, como si esperara tal exigencia.
–La hora del quinto vieja es en cualquier momento entre las diecisiete y las veintiún horas.
–De acuerdo.
–También se espera que acompañe a su Alteza en algunos eventos sociales, especialmente los relacionados con Europa del Este y América Latina. Se le informará con antelación y sus honorarios serán duplicados en esas horas. Ahora vamos arriba.

Igor ya se había resignado a que esa muchacha lo tratara como su inferior –y probablemente lo era en la jerarquía de esa casa–, así que la siguió fuera del despacho al piso principal, a través de una escalera de servicio. Cuando salieron al corredor central del otro piso, ella volvió a hablar. Lo hacía sin volverse, con su acento extraño y una entonación aleccionadora que dejaba a las claras que no repetiría una palabra.

–Somos pocos en la casa, solo usamos el comedor, la sala de música, el salón de té y cinco recámaras. No tiene permitido traer invitados sin la aprobación de su Alteza. No curiosee por las zonas abandonadas ni intente llevarse suvenires. El desayuno se sirve a las siete quince, el almuerzo a las doce y la cena a las diecisiete treinta, todos los días. Si tiene hambre fuera de esas horas, llámeme por alguno de los tubos acústicos. ¿Es vegetariano?
–No.
–¿Alérgico a comidas?
–No.
–¿Diabético?
–No.
–¿Tiene presión o colesterol alto?
–No.
–¿Toma café?
–Si.
–¿Americano, griego, colombiano, cubano, descafeinado, cappuccino, moka, irlandés?
–Cubano, gracias.
Midhiel se detuvo bruscamente ante otra puerta verde.
–Esta es su habitación.

Era una estancia amplia y luminosa, ya que la madera del piso era clara y el empapelado de las paredes de un azul muy tierno, casi infantil. Al fondo había amplios ventanales con dobles batientes –garantizaban buena luz de día y protección contra las heladas de noche. Había un escritorio pequeño entre el ventanal y la pared derecha, así como un armario gigantesco del lado izquierdo, ambos muebles eran de estilo art nouveau. Una enorme cama presidía la habitación, con doseles y cobertor también azules, pero con un tono de gris que recordaba al mar del norte, el estilo era sobrio y resistente, una hermosa imitación del siglo XV ardense. Un camino de pieles moteadas comunicaba al lecho con la chimenea de piedra, pesada, lisa, esa si debía ser una pieza original de la casa.

–¿Sabe encenderla? –inquirió Midhiel al seguir la dirección de su mirada.
–No creo… –y se dio cuenta de que jamás había estado en un sitio donde las chimeneas fueran el único mecanismo de calefacción.
–Alguien lo hará por usted –concluyó la chica. –Allá está el cuarto de baño.

Esta segunda habitación era mucho más pequeña. Tenía suelo de mármol rosa y blanco. El lavamanos se alzaba orgulloso sobre una base ancha, que imitaba el casco de un caballo, las llaves eran retoños plateados de flores y el toallero salía de su costado como el brazo de un animal imaginario. La bañera, en cambio, estaba al nivel del suelo, con grifos del mismo estilo vegetal. No había ventanas aquí, sino tres lámparas de petróleo, una junto al lavamanos y dos a cada lado de la bañera. Las pantallas eran de estilo art nouveau.

–Le recuerdo que en esta casa no hay electricidad –advirtió Midhiel con voz especialmente severa. –El agua caliente es un bien caro, escaso.
Igor asintió en silencio, y la siguió de vuelta a la recámara.
–Ahora necesito tomarle medidas para su nuevo guardarropa. Quítese la chaqueta y los zapatos –ordenó.
–De acuerdo –repuso el joven, ya resignado a que ella no malgastaba “por favor” en sus inferiores.

TBC…

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