¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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23 septiembre, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 21

¿Quién dijo que todo está perdido?

“One dream one soul one prize one goal
One golden glance of what should be
Its a kind of magic”
A Kind of Magic, Roger Taylor de Queen

Tirith Osto, sector Ocho, Torre de las Naciones Unidas

Glorfindel caminó de prisa, asombrado aún por el episodio que acababa de de ver. Lo que más le preocupaba era el asunto de los fondos, por supuesto. Bien sabía él la falta que hacía ese capital en las clínicas del norte –donde el mar se comía las paredes en verano y la nieve destrozaba los techos en invierno–, los sistemas de ventilación e iluminación del hospital público de Moria, la biblioteca de Nurmen y el sinfín de pequeñas casas de consulta donde se entrenaban los internos a lo largo del territorio rural de Arda. ¿De dónde sacarían ese dinero?

Y pensando un poco más en grande: ¿qué razón tenía el Príncipe para ir a la reunión? Él no necesitaba viajar a la capital para detener el proyecto…

El doctor vio con inquietud que la puerta del ascensor se cerraba y corrió a detenerlo. Entró a la cabina aún sumido en sus pensamientos, sin fijarse en las personas en el interior de la misma. Tampoco le importaba, estaba concentrado en buscar las palabras menos deprimentes para dar la noticia a sus colegas. Por eso, la voz a sus espaldas le erizó los pelos de la nuca.

–Veo que se conserva en forma, sanador Glorfindel.

El rubio giró muy despacio, tratando de mantener las señales de pánico restringidas a la piel de su cuello.

El elevador central de la Torre 8 podía acomodar a veinte personas sin estrechez, pero ahora solo eran cuatro: el mariscal Beldrim, la chica que acompañara al Príncipe a la reunión, él mismo y, recostado en una de las esquinas con dejadez, el Príncipe de Mirkwood y Rivendel, Señor de Anfalas, Protector de Harad, Hermano Mayor del Heredero de los Telcontar y… no recordaba los otros títulos, pero eran casi tan largos como los del Zar de toda la Rusia –aunque de mayor antigüedad y menor fragilidad política.

–Alteza… –el doctor se inclinó con presteza. –Debe disculparme, no me di cuenta de que…
–Vamos, señor Valrugna, usted no me cree tan inocente.

Era una afirmación, una afirmación de respeto, pero también de poder. En todo caso no era una pregunta, por lo que el rubio permaneció callado, con los párpados respetuosamente bajos, aunque sin perder de vista a su interlocutor. El Príncipe se apartó de la pared con un movimiento suave –que al médico se le antojó etéreo, irreal–, dio unos pasos y le tendió la mano.

–Soy Gorland Telcontar –ahora su voz sonaba dócil, casi tímida.
–Mi nombre en Glorfindel Valrugna –repuso, y estrechó la mano ofrecida, que era delicada en el dorso, pero recia en su agarre, con palma y dedos callosos –como la de alguien que trabaja con sus manos.
–Un gusto conocerle. Ella es Midhiel, mi ama de llaves.
La chica no se movió, sino que extendió su brazo, para que él pudiera rozar su mano grande y suave, y le hizo una reverencia.

Glorfindel sonrió, divertido por el recatado comportamiento. Ahora, con el rostro relajado y ligeramente sonriente, Midhiel parecía tener dieciocho o veinte años. “Como Michel” pensó, y el recuerdo de su esposo le hizo tensarse de nuevo.

–Entiendo –dijo el Príncipe – que mi tardanza impidió al mariscal Beldrim presentarnos adecuadamente, pero ya no son tiempos de formalismos, y yo deseo pedirle algo.
–Si está en mi poder, Alteza.
–Completamente. ¿Puedo contar con su mano?

Esa simple pregunta, que muchas personas la hacían en broma o en serio cada jornada, puso en guardia al rubio. ¿Su mano de sanador? ¿Acaso no sabía el Príncipe…? No, era imposible que alguien como el Señor de los Puertos de la Tierra Media –vaya momento para recordar otro de sus títulos– no supiera perfectamente qué investigaba Glorfindel Valrugna. Entonces la conversación del día anterior con Telchar asomó brevemente a su memoria y la deducción le asustó. ¿Qué extraña forma había tomado una estirpe tantas veces mezclada consigo misma por dos milenios? Cierto que Gorland lucía perfectamente humano y masculino con su traje occidental y las uñas cuidadosamente esmaltadas, pero bien sabía él cuántas sorpresas podía guardar una sola gota de sangre.

–Puede contar con mi mano –aceptó tras el breve debate interno–, pero le advierto que soy un sanador muy estricto.
–No esperaba menos.

El Príncipe sonrió mientras decía eso, pero la sonrisa era falsa: un mohín formal que curvaba sus labios para construir una máscara facial hermosa, seductora, vacía. A Glorfindel se le ocurrió de pronto que pensar semejante cosa del Príncipe era medio herético y trató de hallar una frase galante que ocultara su desazón, mas en ese momento el ascensor se detuvo. El Príncipe y sus dos guardianes pasaron por su lado sin decirle adiós.

Glorfindel sacudió la cabeza y salió al recibidor, pero el trío ya se había perdido entre las personas que abarrotaban el recibidor de la Torre 8.

Un valle en el lado occidental de las Montañas Nubladas

Mardil entró despacio, con una sonrisa radiante y la abundante ración de carne bien sujeta entre los brazos. Dejó que la puerta se cerrara por si misma a sus espaldas y el sonido seco se apagara antes de hablar:

–Hai –dijo con suavidad. –Hai, pequeña, ven aquí. Sé que tienes hambre.

El joven miró a un lado y otro de la larga estancia. No había más luz ahora que la que llegaba por el ventanuco del fondo, veinte metros más allá, pero Mardil no tenía problemas para orientarse en la penumbra del lugar: La perrera era una edificación larga y baja, con cubículos a ambos lados de una amplia galería para cobijar una docena de lebreles y una fuente de agua al fondo, justo debajo de la ventana. Tal vez debería buscarle otro nombre, se le ocurrió por enésima vez, porque ya no había lebreles viviendo ahí, solo Hai. La huida de los pobres perros era comprensible. ¿Quién quiere discutir la propiedad de su cueva con una loba preñada que ha decido que este es SU lugar para ocultarse hasta que lleguen los pequeños? Primero se habían marchado los perros –solo tuvo que gruñirles–, luego aceptó menos y menos personas y a las siete semanas solo dejaba entrar a Mardil con su ración de carne diaria –el divorcio le ha sentado mal, bromeaban en la granja.

A pesar de los años que llevaba cuidándola, Hai no confiaba en Mardil lo suficiente como para dejarle acercarse al nido, sino que lo encontraba en el corredor, devoraba el alimento y se dejaba acariciar por breves momentos antes de hacer el gesto que significaba “Vete”. Ser excluido amargaba un poco al joven, pero también le satisfacía, significaba que ella no había perdido todos sus instintos predadores, que era capaz de compaginarlos con lo que le enseñaran los humanos.

–Hai –repitió con un poco más de fuerza.
Solo escuchó un gemido bajo y rasguños, pero Mardil lo comprendió todo de golpe. Dejó caer la carne y se lanzó en dirección al quejido de su loba.
–¿Hai?

Tal como previera, el nido estaba orientado al norte. A pesar de su angustia, Mardil recordó que debía moverse lentamente, Hai era impredecible en esta circunstancia. Pero el animal solo movió su pesada cabeza y gimió: estaba tan adolorida y desorientada que dejaría acercarse a cualquiera remotamente amistoso. Para que no le molestara, Mardil recogió sus largos mechones negros en una apresurada coleta y se arrodilló junto a la loba. La paja y la tela con que construyera su nido estaban pegajosas de sangre, pero ella agitaba sus patas en vano, tratando de sacar a sus cachorros al mundo. Le palpó el vientre: estaba duro y caliente, las seis formas eran perceptibles por debajo de la piel tensa, en espera de su oportunidad.

Mardil no sabía qué había fallado, no tenía tiempo para averiguarlo, pero si una idea de cómo arreglarlo. Se puso de pie y la miró con expresión dura.
–¡De pie Hai! Vamos.
Ella gimió de nuevo, agitó las patas en el aire, incapaz de cumplir la orden. Entonces él se inclinó de nuevo, tomo su collar con ambas manos y tiró.
–De pie, maldita, no pienso dejarte morir. Vamos, animal desobediente, de pie, ¡es una orden!

Los tirones de una persona no pueden obligar a un animal de 300 kilos a moverse, pero Hai había sido bien entrenada y podía notar que su humano estaba ansioso. La loba gruñó una vez más, esta vez en franco desafío y, con agónica lentitud, se levantó. Mardil la hizo caminar despacio hasta la pared del cubículo donde ella se había escondido y luego dieron vueltas al estrecho espacio. Las contracciones regresaron y ella intentó echarse, pero él la animó con palabras suaves y siguió tirando del collar.

De pronto, Hai tiró la cabeza hacia atrás y aulló. Un nuevo flujo escurría entre sus cuartos traseros y, casi de inmediato, algo esponjoso golpeó el suelo cubierto de paja. Solo entonces Mardil la soltó y dejó que siguiera su instinto y se alejó despacio, sin dejar de mirarla a los ojos mientras ella doblaba las patas traseras para facilitar la llegada de la camada. La wuargo aulló fuerte, y volvió a pujar: otro cachorro nació. El sexto había llegado en menos de quince minutos.

Ella giró sobre sí misma y comenzó el ritual de limpiar y reconocer a sus vástagos con una delicadeza que Mardil se descubrió envidiando. Esta asesina nata, esta hembra de una raza creada para dar caza a ganado y hombres, sabía perfectamente cómo matar de una dentellada, pero también cómo asegurarse de que sus cachorritos quedaran perfectamente limpios. ¿Qué sabía él aparte de muchas formas para prolongar la agonía de sus enemigos?

Los lobeznos lanzaron algunos gemidos desafinados y Hai dio por concluido el primer baño. Los tomó uno a uno entre sus dientes y les trasladó al segundo refugio, en la pared sur –un muro cuyo lado exterior recibía sol casi todo el día y por ello estaba caliente y seco. En ese momento el muchacho dudó sobre lo que debía hacer a continuación. Acercarse a una hembra recién parida es peligroso, pero su loba necesitaba alimentarse, pues no comía desde hacía diez horas. “Bueno, si no me ha matado aún…” Mardil fue por la carne que dejara abandonada en la entrada y regresó donde Hai. Se detuvo a una distancia prudencial y esperó. La loba entonces emitió un ladrido corto, amigable, que lo decidió a acercarse más.

Ella estaba tendida de costado. Las seis crías eran apenas visibles, pues su color oscuro se confundía con la tierra y paja que cubrían el suelo y el pelaje de las patas de su madre, pero pudo reconocerles: se movían a ciegas hacia los pechos de la madre. Hai ladró de nuevo, y Mardil comprendió que se había quedado extasiado sin darle su muy ansiada carne. Se sentó en el suelo junto a su cabeza y depositó el alimento bajo su hocico. Ella se puso a devorar la ración, ignorándole por completo, y él le acarició el pelaje de la cabeza y el cuello despacio.

–Me diste un buen susto ¿sabes? ¿Qué le habría dicho a Lindir si no te encuentra al regresar?
La loba lo miró brevemente, soltó un ladrido corto y volvió a comer. La última de sus preocupaciones era Lindir, estaba claro.
–Lo sé, poco te importan los humanos de fuera, pero es que él siempre habla de mi falta de responsabilidad y tú eres mi única defensa. Ahora soy ¿abuelo?

Mardil se calló, aquello era una verdadera estupidez. El nunca podrían ser abuelo de los cachorros de Hai, en especial porque esos seis lobeznos eran las cositas más tiernas, bellas e indefensas del mundo. Ya estaban amontonados alrededor de las ubres, y casi no se moverían de ahí en dos semanas, para cuando podrían ver y oír, y la curiosidad les llevaría a explorar el refugio. Hai era responsable de ellos, toda una adulta. En cambio él. Recordó a Lindir y las palabras duras con que lo despidiera.

Su línea de pensamiento fue cortada por el inquieto ladrido de la loba, obviamente inquieta por el sonido de un motor que se acercaba.
–Tranquila. Son los suministros semanales, conoces la rutina –siguió acariciando su cráneo hasta que ella se calmó por completo. –Bueno, ahora me voy –él se levantó con un gesto fluido, breve, y caminó a la salida. Se volvió cuando ya alcanzaba la puerta con una sonrisa cansada. –¿Me dejarás entrar mañana?

Hai no contestó: dormía.

Tirith Osto, sector Ocho, Torre de las Naciones Unidas

El cardenal Hurim tomó el elevador lateral junto a Sor Margaret y su secretario Gustav. El joven sacerdote se mantuvo en silencio, comprendía por la intempestiva salida de su jefe y la Superiora de las Clarisas, que la reunión no había terminado de buena manera.

–Necesito un cigarro –masculló el cardenal.
–Y yo una taza de té.
–Todo lo resuelven con té ustedes ¿no? –repuso el hombre con ironía.
–Soy irlandesa de padres británicos –aclaró ella. –Tomamos los problemas con calma, con una taza caliente entre las manos de una bebida poco intoxicante.

Hurim resopló frustrado: era imposible sacar a esa monja de sus casillas, definitivamente, la guerra daba buenos nervios a las mujeres. Miró a su asistente a ver si podía descargarse reprochándole algo, pero como un monaguillo haradrim de TV, Gustav tenía el rostro inexpresivo y los ojos bajos.

–Tendremos que conseguir otros fondos… –suspiró al fin.
–Roma es más liberal con los reportes de cuentas –comentó ella, tratando de ver el lado positivo.
Hurim asintió, ya recuperado del horrible comportamiento de Williams, podía ver también el lado bueno de las cosas. ¿Cómo salir victoriosos del fiasco de esta mañana?
–Pro Vida Internacional recibe fondos de esa ONG financiada por el gobierno federal norteamericano, se llama…
–UWFAW –susurró Gustav sin cambiar de expresión.
–Sí, UWFAW puede ser el camino. No todo está perdido –repitió ya sonriente el Cardenal de Arda y Sor Margaret le devolvió el gesto.

Las puertas se abrieron y los tres salieron al bullicioso lobby del edificio.

En su camino a la salida, se cruzaron con el sanador Glorfindel. El hombre estaba detenido en medio del hall, las personas pasaban a su alrededor, pero el rubio tenía la expresión perdida, ignorante de la apresurada multitud que lo rodeaba con fastidio. Fray Gustav suprimió una sonrisa satisfecha.

TBC…

Notas finales:
Espero les guste Hai, porque se quedará por bastante tiempo en esta historia. ¿Alguien recuerda a Mardil de la precuela de este fic? =) ¡Chao!

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