¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

14 julio, 2008

DE LEYES Y VENGANZAS 29

Siempre hacia delante

“Muchacho de ojos de niña:
sigo tus pasos y no te das cuenta.
No sabes que tienes en tus manos
las riendas de mi alma.”
Anacreonte

Uno

Harry abrió los ojos despacio, tratando de que la modorra durase un poco más. Había sido una noche agradable –el calor de los brazos de Draco tenía que ver en eso– y no estaba seguro de querer ir a ningún lugar.

–De pie, dormilón –susurró en su oreja Draco antes de salir del lecho.

Él gruñó y trató de hundirse entre las mantas, en especial porque su cuerpo había reaccionado al cálido aliento del rubio de modo bastante vergonzoso.

–Llegaremos tarde a la escuela –le advirtió Draco con burla.

El leve golpe de la puerta del baño indicó a Harry que su pareja había pasado al baño.

Se miró la entrepierna con preocupación. El ruido de la ducha era poco tranquilizador, incluso incitante. Cerrando los ojos, Harry llevó una mano a su pene y empezó a masajearlo. El primer toque lo hizo temblar de placer y apresuró el ritmo al tiempo que imaginaba el pálido y duro cuerpo de su novio en la ducha.

–Draco –gimió.

Si. Draco bajo el chorro de agua, el vapor empañando los cristales y humedeciendo sus cabellos, sus manos apoyadas en la pared de azulejos grises y sus caderas delgadas ligeramente inclinadas. El deseaba atrapar esas caderas, meterse en la cálida estrechez de las nalgas pequeñas y turgentes que acariciara la noche anterior.

–Draco…

El ritmo era ya frenético. De un golpe, Harry se derramó, docenas de soles estallaron bajo sus párpados y sus pulmones se detuvieron en un trago de aire demasiado espeso. El muchacho se estiró, con el cuerpo totalmente laxo. La deliciosa cosquilla desaparecía poco a poco –aún podía sentirla en sus talones y nuca–, dejándole eufórico y agotado.

Desde la puerta del baño, Draco observó el cuerpo jadeante con sentimientos mezclados: fascinación, halago, extrañeza. Había perdido las erecciones matutinas involuntarias tras dos meses de adicción y tras tantos “experimentos” le costaba imaginar la vida sexual de las personas de su edad, al menos de seres tan… inocentes como Harry. Ya no le interesaba probarse con el sexo, hasta la aparición de Harry, ni siquiera le interesaba el sexo. ¿Debía preocuparle el que su cuerpo no reaccionara a los gemidos que lo llamaban, al olor de sudor y semen? Hermosa visión, sin dudas, pero…

No estaba seguro de qué debía sentir o hacer. Regresó al baño a vestirse y dar a Harry tiempo de recuperar sus sentidos. Luego regreso a sacarle de la cama y bajaron a desayunar sin comentar el hecho. Allí se unieron a la charla ligera de Lucius, Remus y Sirius y partieron a Howgarts en sus respectivos autos tras un leve beso de despedida.

Ya solos, los adultos dejaron de fingir tranquilidad y borraron las sonrisas.

–Molly no va a estar feliz –comentó Sirius cruzando los brazos frente a su pecho.
Malfoy chaqueó los labios, poco le importaban cuáles hubieran sido los planes de Ginebra Weasley para Harry.
–Respecto a lo otro… –comenzó Remus.
–La respuesta sigue siendo la misma –le interrumpió su pareja.
–Siri, esto se está poniendo más complicado de la cuenta. Es mejor que Harry lo sepa por nosotros a que otra persona…
–¿Quién se lo va a decir? –le espetó Black con fuerza. –Borramos todas las huellas.
–Voldemort es un hombre de grandes recursos –advirtió Lucius.
Sirius lo miró con odio, pero no le contestó.
–Vamos a casa Remus, hay que preparar muchas cosas. Lucius –y caminó hacia su auto sin esperar respuesta.
Remus hizo un gesto de agradecimiento al rubio, el que su pareja no refutara el consejo de Malfoy de inmediato significaba que su opinión lo había tomado desprevenido. Sirius volvería a pensarlo, por lo menos.
–Hasta la tarde Remus –se despidió Lucius con una leve reverencia, y lo vio marchar.

En su auto, Harry también pensaba en los Weasley, en dos, para ser exactos: Ginny y Ron. La menor de los pelirrojos estaba obsesionada con él desde la escuela elemental y no daba señales de calmarse. Eso de teñirse de rubio había demostrado, además, que sospechaba de su atracción por Draco desde el principio. ¿Y qué haría la pequeña cuando le contara de su nueva relación? Se deprimiría, por supuesto, y Ron –que siempre actuaba antes de pensar– buscaría al “causante”. Ya podía ver la pelea a la hora del almuerzo. No. Draco no almorzaba en el comedor principal de Hogwarts. Igual, ya podía ver a Ron buscando a Draco en el gimnasio de esgrima o en cualquier otro lugar. ¿Por qué nada podía ser fácil en su vida?

Al llegar al parqueo del complejo escolar y bajar del auto, Harry perdió el hilo de sus pensamientos, pues quedó casi asfixiado por el triple abrazo de Hermione, Ron y Ginny.

–¡Estábamos preocupados por ti! –le reclamó la castaña.
–¿Por qué no contestas el celular, compañero?
Harry les observó incrédulo, sus dos últimos días habían sido tan intensos que su teléfono roto en el sucio piso de la peluquería el sábado.
–Se rompió en el centro comercial –recordó.
–¿Y dónde estaban tus padres y tú el domingo?
–En lugar seguro, Ginny –contestó cortante.
No soportaba que se pusiera posesiva. Pero la aludida solo hizo un pequeño mohín y se acomodó un mechón de su ahora rubio cabello tras la oreja.
–Bueno, lo importante es que has llegado temprano hoy –intervino Hermione al tiempo que enlazaba a Ron y Harry por los brazos. –Vamos, la primera hora es con Sprout y ya saben cómo se pone.

Antes de dejarse conducir dentro del edificio, Harry echó un vistazo alrededor. Vio a Draco, cerca de una de las puertas de la escuela, con la sombra de Grabbe junto a él. El rubio se detuvo antes de entrar y giró la cabeza, como si dijera algo a su guardaespaldas que él no podía oír por la distancia y el bullicio de los estudiantes: era la señal convenida de que todo estaba bien y el rubio esperaría a que hablara con sus amigos. Se dejó arrastrar por Hermione a la tortura de Madame Sprout.

Dos

Percy terminó su café y observó a Penélope con atención. Los dos días pasados en la Madriguera le habían llenado de resolución, y ahora ya no temía enfrentarla. Solo esperaba, por el bien de ambos, que lo de su embarazo fuera solo una falsa alarma.

–¿Has ido al médico? –le preguntó cuando ella dejó su taza de té, antes de que se llevara a la boca una pasta de chocolate.
Penélope le miró con sorpresa, no le gustaban las preguntas directas y hasta la semana pasada lo había convencido de que eran un gesto que delataba la baja categoría social.
–Use otro método.
–¿Y? –exigió ya impaciente, ahora se daba cuenta de que la falta de paciencia era una señal de lo deteriorado de su relación.
–Falsa alarma –y había amargura en sus palabras.

Percy se sintió profundamente aliviado, pero el dolor en las palabras de su novia tampoco era agradable. ¿Qué significaba para ella ese bebé, una esperanza, un objetivo? Prefería no pensar en ello y seguir adelante.

–Es mejor así.
Ella lo miró con expresión ultrajada, sin comprender. Dios, ¿cómo había creído que pasaría la vida junto a ella, que eran el uno para la otra?
–Esto se acabó, Penélope. Puedes quedarte con el apartamento, yo vuelvo a la Madriguera.
–¿Qué hice?
Percy miró hacia la calle a través de la vidriera, era mejor mirar el tráfico de Londres que esos ojos anegados en lágrimas que ya no le causaban emoción.
–No hiciste nada, yo tampoco hice nada. A veces, las cosas simplemente se terminan, se mueren sin que nos demos cuenta.

El pelirrojo se mordió los labios. No iba a llorar, ya lo había hecho junto a Charlie la noche anterior. Estaba seguro de que ella no necesitaba saber más. Después de todo, era cierto que ya no la amaba. Recordó lo que Molly dijera “¿Sabes que a veces el amor de acaba y uno no se da cuenta? Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo…“, le pareció que era un buen final.

–Estamos a tiempo para decir basta, fuimos felices, conservemos el buen recuerdo. No quiero que conserves un mal recuerdo de mi, Penélope.
Ella no dijo nada. Tomó una servilleta para secarse los ojos y asintió entre sollozos contenidos.
–Si te molesta mi presencia, puedo mandar a Ron y los gemelos a recoger mis cosas.
Ella negó con fuerza. Eso era predecible, no soportaba a su familia, no deseaba que vieran su vida expuesta, destrozada, comprendió Percy.
–Sacaré mis cosas hoy mismo -concluyó. –¿Te llevó a algún sitio? –se le ocurrió ofrecer.
–No… yo… –Penélope hipó con muy poca elegancia, y tragó fuerte– llamaré a mi madre. Me iré a su casa para darte tiempo a sacar todos tus posters de tribus urbanas.

Percy reconoció la puya, estaba insinuando que regresaba a esconderse entre las faldas de Charlie, que en realidad nunca había dejado de querer a su hermano. No se ofendió, ya se había reconciliado con ello, con el hecho de que coleccionar afiches de tribus urbanas era un modo de mantenerse cerca de su única figura paterna ¿o materna? Lo feo había sido usar a Penélope para huir de él y el resto de su extravagante familia.

–De acuerdo.

Se levantó y dejó un billete de cinco libras en la barra, para que la dejaran llorar o huir al mejor estilo rosa. Luego trató de serenarse caminando hacia su trabajo. Su cerebro bullía, pero saludó a Crystal con normalidad e ignoró la mirada envenenada de Sam, cuyo rostro se deformaba mientras escuchaba en el salón de grabaciones las muestras de las orquestas acompañantes.

–¡Weasley! –ladró en cuanto el joven se hubo acomodado en su puesto.
El pelirrojo no se inmutó por el hecho de que su jefe hubiera esperado a verle sentado para llamarlo. Solo se acercó despacio al cristal que separaba la sala de grabaciones de la de controles.
–¿Si?
–Localiza al maricón ese que cantó Piano Man, que venga a grabar algún día de la semana que viene.

Asintió con desgana, aunque las palmas de sus manos se cubrieron de un sudor frío. Había estado buscando una excusa para llamar a Blasie, una buena excusa que cubriera su galopante simpatía por el delgado francesito.

Regresó a rellenar papeles. Tenía dos cosas que hacer en su hora de almuerzo: preparar una mudanza y visitar Grimauld Place n. 12.

TBC…

No hay comentarios.: