¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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27 junio, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 20

¿Qué es ese chico?

“Espera todo de los dioses…”
Arquíloco

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

La semana transcurrió sin incidentes notables. Geniev había sido bien preparado por su tutor Duilin, así que siguió el ritmo de sus compañeros en las asignaturas teóricas como historia, aritmética o escritura. Los entrenamientos de esgrima y equitación no significaban un reto, sino un leve repaso de lo que antes aprendiera de malos modos. La confianza de Barahir e Ecthelion en él aumentaba, pero era consciente de que esperaban a cada momento un intento de seducción o algún oscuro secreto de estado. El resto de los estudiantes del plantel, intimidados por su rango, se mantenían a distancia. Pero las cosas cambiaron el sábado.

Los tres se hallaban sentados desayunando cuando entró un mensajero con un pergamino lacrado, que entregó a Geniev con premura. El joven no lo ocultó tan rápido como para evitar que todos vieran el sello del Rey. Con una seña pidió a sus compañeros salir. Avanzaron por una galería semivacía.

–Creo que habíamos acordado entrenar hoy con las espadas.
–En efecto, Ecthelion necesita mejorar mucho, para salir airoso de la demostración ante el maestro.
–Bien, adelántense a la sala de armas, por favor. Debo ir a mi recámara un instante.
Ambos entendieron que deseaba leer a solas y le dejaron en una bifurcación.
–Es un alivio que estemos solos –comentó Barahir mientras caminaban hacia la amplia sala de armas– hace días que debo consultarte algo y con este asunto del príncipe...
Ecthelion contempló a su amigo intrigado, el tono no anunciaba nada bueno.
–Dime.
–Se trata de Dolment.
–¿El gigante de cuarto año?
–Si, tuvimos un... un encuentro poco agradable durante el verano.

La mente del más delgado empezó a trabajar a toda velocidad: Dolment hijo de Dolian pertenecía a una familia venida a menos por la pésima administración de Denethor y la Guerra del Anillo. Se comentaba que ahora sobrevivían de amenazar a otras familias nobles, y endeudadas, para que dejaran a los bancos embargar sus vienes sin presentar pelea, o intentar hacer productivas sus tierras. La familia de Barahir estaba hasta los topes de hipotecas, pero él mismo había sacado cuentas un año antes para el atribulado campesino, y confiaba en la administración de la joven viuda. Sabía que, en tres o cuatro primaveras, la hacienda estaría libre de gravámenes.

–¿Fueron a tu casa?
–En realidad no se suponía que yo estuviera ahí, andaba con algunos hombres monteando, pero regresé antes de tiempo y vi como Dolian le alzaba la voz a mi madre.
–¿Y qué hizo ella?
–Ya sabes cómo es, se le enfrentó, pero el miserable levantó el látigo cuando yo aún estaba muy lejos. Solo tenía mi arco.

Ecthelion podía adivinar el resto, su amigo era uno de los mejores arqueros de la Academia. Han llegado a la sala sin fijarse en el camino, entretenidos en su problema. Barahir sonríe tristemente mientras toma asiento.

–No volverá a azotar a nadie con la derecha.
–Y tú no usarás ninguna de las dos, para nada más. –afirma un joven alto de cabellos negros y marcada musculatura.
–Dolment, ¡pedazo de basura! Creí que lo de este verano te enseñaría a mantenerte a distancia.
–¿Y por qué iba a hacerlo? Ahora no tienes tus flechitas.
–Yo tampoco te veo el látigo, es la única arma que corresponde a una familia como la tuya.
Los amigos intentan alcanzar la puerta, pero varios chicos les bloquean la retirada.
–¿A dónde creen las palomitas que van? No, esta vez no hay principito que los salve, para cuando el bastardo del Rey llegue, tendrás una nueva cara Barahir.
La voz de Ecthelion se alza firme, conciliadora.
–Vamos, ¿es que se han olvidado del lugar donde se encuentran? La Academia no es sitio para dirimir cuestiones de dudoso honor, estoy seguro de que podemos posponer esto hasta la Fiesta de la Nevada.
–¡Calla tintero seco! O a ti también te irá mal.
Pero Ecthelion cruza los brazos con seguridad y dibuja una sonrisita cínica.
–Querido Dolment, mi familia no tiene deudas con tu banco. En cambio, mi padre trabaja en una zona muy sensible de los archivos, allí donde se restauran los documentos de propiedad. ¿Te imaginas que un copista marque mal el deslinde de alguna de tus tierras?
Dolment lo miró iracundo.
–De acuerdo –bufó– no le toquen, pero tampoco le dejen ir a buscar al bastardito. –se volvió hacia Barahir– En cuanto a ti...

Dos de sus secuaces ya le habían inmovilizado, solo se acercó lentamente al muchacho y empezó a golpearlo en el vientre, subiendo poco a poco hacia el pecho.

El hijo del archivero elevó, por primera vez en su vida, una plegaria sincera a los Valar. Sabía que, de poder chantajear a Dolment para salvar a su amigo, este jamás se lo perdonaría, pero si Geniev no llegaba pronto, el rostro de campesino sería alcanzado por aquellas manos... La sola posibilidad le daba nauseas.

–Suéltalo.

La palabra fue pronunciada con tal calma que todos se quedaron quietos por un instante. Geniev estaba detrás de Dolment, apoyando una larga navaja en su nuca. Pero el asombro del forzudo podía más que su sentido de autoconservación.

–¿Como llegaste ahí?
–Porque soy hijo de un mago imbécil. Ahora –presionó un poco más la punta– suéltalo.

Dolment hizo una seña y los tipos que sostenían a Barahir se apartaron. Hubiese caído de no ser porque Ecthelion había aprovechado el desconcierto para plantarse a su lado. Le sostuvo por la espalda, pero al parecer eso fue peor, porque el herido lanzó un breve grito y se desmayó. El verdugo no pudo evitar la sonrisa.

–Creo que su Alteza llegó tarde.
Geniev no pareció inmutarse por semejante insolencia.
–Aún no es tarde para matarte Dolment, así que ¡largo!

Los de cuarto estuvieron encantados por la orden y salieron a la carrera. Cuando sus pasos se perdieron, el príncipe se inclinó y palpó el pecho de Barahir, a su lado Ecthelion estaba pálido y tembloroso.

–No es nada, tu abrazo acabó de sacarle una costilla de su lugar. –pero el rubio le contempló con ojos vacíos, le sacudió un poco– ¿Nunca antes estuviste en una pelea sucia?
–Yo...– la frase “pelea sucia” hizo reaccionar al noble– no, ¡por supuesto que no! Ahora ¿qué haremos? Si vamos a la enfermería habrá muchas preguntas.
–Entonces habrá que llevarlo a otro lugar. –sin esfuerzo aparente levantó a Barahir– Vamos.
Condujo el cuerpo desmadejado del joven campesino por galerías desiertas hasta llegar frente a su recámara.
–Por favor, abre la puerta.
–Pero...
–¿No ves que tengo las manos ocupadas?
–Claro, claro.

Era la primera vez que Ecthelion lograba entrar allí, y le sorprendió sobremanera la sencillez de aquel lugar. Por pura costumbre cerró la puerta tras Geniev y le puso seguro. Su vista se detuvo en la mesita, donde descansaba al descuido el pergamino con el sello real roto. Fue a acercarse, pero un quejido le recordó las razones de su presencia: Barahir acababa de despertar.

Mientras el rubio estudiaba el sitio, el príncipe había depositado al herido en su cama y procedía a sacarle la camisa. Esos movimientos habían despertado a Barahir.

–¿Geniev?... ¿qué haces?... ¿dónde estoy?
–En mi cama. Te estoy sacando la camisa.
–¡Un momento! –con sus pocas fuerzas atrapó las manos del otro– ¿Acaso pretendes aprovecharte de mis heridas? ¿Me compraste a Dolment para divertirte conmigo, degenerado?
Ecthelion corrió hasta la cama para tranquilizarle.
–Todo está bien amigo, te lo aseguro. Geniev salvó a tu nariz campesina de los puños del gigante.
El herido se relajó un poco, las palabras de Ecthelion coincidían con sus últimos recuerdos. Geniev mantuvo su expresión amable ante el, ahora, avergonzado muchacho.
–Yo... Lo siento Alteza, no quise... Yo no creo que usted...
–No intentes disculparte, reconozco que, con las historias que corren por ahí... En realidad, ustedes han confiado mucho en mí. Nos encargaremos de tus costillas, ¿de acuerdo?
Ante al asentimiento Barahir los otros dos le terminaron de sacar las ropas del torso y dejaron a la vista un abultamiento, en el lado derecho del tórax, que empezaba a inflamarse.
–Tuviste suerte, si eso llega a ocurrir al otro lado te podría atravesar el corazón. Ahora debo tocarla para saber si se astilló. ¿Aguantarás sin gritar?
El muchacho asintió, estaba tan avergonzado por su desconfianza e insolencia, que cumpliría sin chistar cualquier orden.
El príncipe palpó la zona y, a medida que sus dedos avanzaban, empezó a sonreír.
–Eres un hombre afortunado Barahir, hay espacio suficiente para repararlo todo. Ecthelion, dale a nuestro amigo un cojín para morder, porque su dolor será grande –mientras el rubio cumplía la orden, Geniev pasó una pierna a cada lado de las caderas del herido– Me pongo en esta posición para evitar que saltes al volver el hueso a su lugar. ¿Entiendes?
–Si.
–Por la misma razón Ecthelion te sostendrá los hombros, pero debes contenerte, si te mueves ahora, los mejores sanadores de Gondor no podrán salvarte.

Barahir empezaba a ver nublado, sintió como le obligaban a morder la suave seda de un almohadón y le pareció que llovía sobre su rostro: eran las lágrimas de Ecthelion. Trató de reconocer a Geniev, pero apenas distinguía unos pozos negros y redondos que transmitían paz, ¿sería eso la muerte?, de repente el dolor fue demasiado intenso, luego nada.

–Se ha desmayado de nuevo. ¿Ecthelion? Ya puedes soltarlo.

El rubio miró desorientado a Geniev, ya de pie y sus manos, todavía aferradas a los hombros del amigo. Geniev no le prestó atención mientras arropaba a Barahir, cosa que agradeció: no estaba seguro de que su actuación fuese muy digna.

–¿Estará bien? –se atrevió a preguntar.
–Si, en una semana.
–¿Una semana? Es demasiado tiempo… puedo ocultar su ausencia un día, pero ¡una semana! Creo que esta vez Haram tendrá nuestras cabezas en bandeja.
–¿No los aprecia mucho el Jefe de la Academia?
El pequeño intrigante negó con desconsuelo.
–Entre familias tan antiguas uno ya ha olvidado a qué se deben los odios o pendencias. Mi familia y la de Haram son enemigas desde hace unos trescientos años y como Barahir es mi amigo… ¡No sirvo para nada!
Geniev extendió el brazo y estrechó el hombro del rubio, no se acercó demasiado, estaba conciente de que todas las dudas no se habían disipado en su mente.
–No digas eso… No es tu culpa que el padre de Barahir muriera dejándole cargado de deudas.
Aquel comentario hizo que el joven girara hacia el Príncipe espantado. Dio unos pasos atrás con miedo.
–¿Cómo sabes eso?
Pero Geniev sonrió con indulgencia y alcanzó de su mesita el pergamino que recibiera esa mañana. Lo agitó ante su compañero y contestó indiferente.
–Le pregunté a un amigo. Me llamó la atención que un tipo como Dolment les siguiera.
–¿Un amigo? ¿Tienes amigos? ¡Quiero decir! Albergaba la idea de que vuestra estancia en nuestra ciudad había sido un tanto… solitaria.
La expresión de Geniev no podía ser más divertida.
–¿Nunca dejas de ser un cortesano Ecthelion? En efecto, tuve un año bastante aislado, pero se puede decir que Duilin es mi amigo.
El asombro hizo que el joven saltara.
–¿Duilin? ¿El…? –estuvo a punto de decir “el que mató a su propio padre”, pero se contuvo– ¿El secretario del Senescal?
–¿Hay otro tan “famoso” en Gondor?
–No, no, pero… ¿Usted se tomó la molestia de escribir a la oficina del Senescal porque un forzudo nos seguía?
–Para saber cómo actuar era imprescindible una fuente “neutral”. ¿Crees que Barahir me hubiera contado el episodio del verano?
–No –admitió el otro, su tono fue meditabundo– de hecho yo lo supe hoy, el campesino deseaba discreción, pero estábamos ocupados vig…
Abre los ojos como ruedas ante la conciencia de su error, pero la risa del trigueño lo alivia.
–¡Mi querido amigo! ¿De veras creíste que no sabía de vuestras intenciones? No temas: la amistad surge de las condiciones más asombrosas.
–¿Amistad? –una nota de tristeza surgió en el fondo de los ojos grises– Lo siento Alteza, pero eso es imposible.
El rostro del príncipe se cubrió de sombra al oír aquel apelativo, era una señal de que Ecthelion se alejaba de nuevo. Intentó mantener la calma.
–¿Puedo preguntar la razón?
–Alteza, yo soy el hijo de un humilde archivero que restaura documentos y no puede pagar una buena dote para su hija casadera. En cuanto a Barahir ya lo veis, –hizo un leve gesto hacia la cama– golpeado por deudas, es probable que pierda sus tierras y deje la Academia para mantener a su familia con el sueldo de guardia de la ciudadela. No somos amigos para el hijo adoptivo del Rey de Gondor y Arnor. ¿Entiende?

Geniev se volvió antes de que Ecthelion pudiera ver sus ojos húmedos. Caminó hacia la chimenea apagada, luego hacia una ventana, se apoyó en el antepecho como si ya no pudiera mantenerse en pie.

El rubio lo siguió. Le dolía admitir que toda aquella semana, mientras intentaba demostrarle a Barahir que el norteño tenía costumbres degeneradas, había sido ganado por su sencillez, inteligencia y habilidad bélica. Debía volver a la realidad por el bien del campesino, del niño príncipe, por su propio bien. Insistió.

–Todo esto es una casualidad, un intento de dos cortesanos por ascender, un sueño de niños del que despertaremos en la primera recepción de la corte.
La voz que brotó del cuerpo apoyado en la ventana era totalmente desconocida para el estudiante: dura y dolida.
–¡No me llames niño!
–Alteza, por favor. Es usted menor que yo, aunque debe haber visto cosas asombrosas en el norte…

La risa de Geniev le heló las venas, era fría, casi cruel. Le pareció que la persona que empezaba a conocer y apreciar no estaba en aquella habitación. El trigueño volteó hacia él y sus ojos, burlones y aburridos, le confirmaron tal sentimiento. Dio un paso hacia el rubio.

–¿Qué edad crees que tengo Ecthelion hijo de Igram?
–Está terminando los catorce, aún no le sale barba.
–Si, supongo que es lo que parece. –Geniev se llevó las manos al pelo y empezó a deshacer la coleta que le ocultaba cuidadosamente las orejas– De hecho, según Legolas, es mi edad en términos humanos.
–¿Términos humanos?
En el corazón del Ecthelion se empezó a incubar el miedo. ¿La persona ante él no era un hombre?
–En realidad tengo treinta y cinco años, mi cuerpo marcha lentamente ¿entiendes? Para mi, dos años y medio de vida son doce meses de un hombre común.
–Imposible. –el pánico se apoderó de su cerebro.

De repente recordó su educación, todo lo que le habían enseñado a temer de los elfos, todo lo que la relación entre el Rey y Legolas le había confirmado. Quiso huir, pero dio un traspiés son su propia túnica y calló al piso. El trigueño, con el pelo suelto enmarcando su rostro, se inclinó para ayudarlo. Era la imagen más sensual de su vida.

–¡No! Aléjate. No caeré un tus hechizos. Si eres un elfo, vete a las batalla con Legolas, acuéstate con el Rey, déjanos en paz.
–Ecthelion cálmate. No te deseo, y tampoco a tu amigo. –se alejó de nuevo hacia la ventana y permitió a rubio ponerse en pie por sus medios– ¿Basta eso para tranquilizarte?
–Dijiste que no eras un hombre. Habla rápido, porque ni un bastardo de Elessar I me hará perder el honor.
–Soy un medio elfo. Mi madre era… como Legolas.

De un gesto apartó el cabello para que el chico pudiera ver su oreja puntiaguda. Ecthelion se quedó callado ante tal declaración. Las palabras entraron en torrente para ordenarse despacio: su compañero era hijo de una inmortal como el Príncipe Consorte. ¿Significaba eso que Barahir había acertado? ¿Estaba ante el heredero?

–¿Eres inmortal? –tanteó.
–No lo sé, –confesó con voz cansada– aún no termino de crecer ¿sabes? Tengo bastantes habilidades élficas, como el oído o la ligereza, pero, hasta dónde se impone la sangre de mi madre, es algo que solo el tiempo dirá.
–Por eso tu peinado ocultaba las orejas… Temías nuestra reacción.
–Es algo agotador explicar que podría ser el padre de ustedes, en teoría, o que puedo enfermar de tristeza y morir.
–¡¿Cómo?!
–Es una posibilidad, pero no me interesa investigarla. En general no es cómodo, créeme. Por eso prefiero… mentir.

Ecthelion asintió despacio, entendía muy bien eso de mentir para evitar explicaciones engorrosas. Se quedó parado a escasa distancia del ¿chico? Geniev estaba de espaldas, mirando la ventana, aparentemente olvidado de su presencia. Comprendió que le estaba dando la posibilidad de huir y pretender que nada de esto había ocurrido. Pero lo que hizo fue extender su mano alcanzar el hombro como antes hiciera el medio elfo para confortarle por el dolor de Barahir. Supo que la magia élfica había hecho su presa: ya no podía abandonarlo.

TBC...

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