¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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18 junio, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 19

¿Quién es ese chico?

“Amor… ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana…”
La balada del amor tardío, Dulce Ma. Loynaz

G terminó de ajustarse la corbata negra ante el espejo y suspiró, realmente odiaba las corbatas, razón por la que había perfeccionado su arte hasta poder atarlas sin un pensamiento. Si le dedicara un pensamiento a sus corbatas, sería para lanzarlas al horno.

Sonrió al reflejo de Midhiel, que esperaba su permiso para entrar a la habitación apoyada en el marco de la puerta. La sonrisa era falsa.

–Pasa.

La joven se acercó, llevaba un traje de falda y chaqueta color plomo, a juego con el de su señor, y el pelo atado en una cebolla a la altura de la nuca. Lucía sobria, mucho mayor que con el alegre uniforme de diario.

El rostro de G era de nuevo una máscara inexpresiva. Se sentó en el taburete ubicado frente a su tocador y la dejó hacer. No movió un músculo en lo que las manos suaves y experimentadas de Midhiel aplicaban una leve base de maquillaje, retocaban sus labios y delineaban sus párpados. Volvió a mirarse al espejo, el cabello oscuro caía libremente a los lados de una cara pálida y relativamente joven. Ajustó el cuello de su camisa azul cielo y suspiró.

A unos pasos, ella esperaba en silencio, con las manos entrelazadas a la espalda y la cabeza baja. G estuvo tentado de soltar una carcajada, burlarse de sus brillantes zapatos negros, hacer algo para volver a sentirla cerca. Fue solo un instante.

–Vamos –dijo tras tomar su portafolio de la mesita auxiliar.

Fuera, el sol arrancaba reflejos multicolores de las piedras aún húmedas por la lluvia de la madrugada. Pensó que ello podía haber complicado los viajes por carretera.

–Lindir llamó desde el Gap –informó en ese momento Midhiel, como si adivinara su inquietud. –Han llegado bien.

G apenas asintió, ya estaban cruzando las puertas del Círculo y se dirigían a un Mercedes Bens negro, de placas grises. Bill los esperaba junto a la puerta trasera.

–Buenos días, señor –saludó el chofer al tiempo que abría la puerta.

–Buenas –respondió.

–Buenos días, señorita Midhiel –saludó también a la asistente.

–Que Eru bendiga su jornada –fue la respuesta.

G no pudo dejar de notar que el saludo dedicado a la mujer era mucho más cálido, y que el rostro de ella cambiaba levemente, esbozando una sonrisa. Las posibles consecuencias le aligeraron un poco el humor durante el viaje hasta el centro del Sector Ocho.

El edifico de las Naciones Unidas en Arda era pomposo, hasta el punto de repugnarle. Inspirado en la Torre Eiffel, el arquitecto había diseñado una mole de flancos diagonales que se unían en el piso 30, reproduciendo la silueta del famoso monumento. Por suerte, era tan grande que todas las agencias internacionales cabían allí, elemento que permitía a las autoridades mantener bajo estricto control las acciones de todos esos firyarekaiellos.

Personalmente, G no recordaba una sola visita a la “Torre del 8” –como se llamaba coloquialmente al inmueble– que no implicara enfrentamientos. Hoy no sería distinto, lo sabía, pero apenas había dormido y la perspectiva de una tensa negociación no le animaba demasiado.

Dejó a su asistente lidiar con la seguridad en lo que observaba a las personas que recorrían el lobby. La mayoría eran funcionarios extranjeros, por supuesto, pero un par de mujeres que cargaban pesadas bolsas de manos y tres hombres de trajes rojos, hablaban oestron, seguramente eran secretarios o personal de aseguramiento.

Midhiel se acercó con los distintivos de pase. Chequeó su reloj en lo que entraban al ascensor: 9:05 am.

–Al quince –informó ella al ascensorista, por lo que se ganaron un par de miradas curiosas, que ambos ignoraron.

En el piso del Banco Mundial les esperaba un guardia.

–Por aquí, por favor.

Cruzaron un par de corredores de paredes color manzana, pisos alfombrados en negro y puertas marrones. El guardia se adelantó a abrirles las puertas dobles del salón de conferencias del piso. No le sorprendió el hecho de que la sosa decoración con paisajes lacustres siguiera ahí. La gente del Banco Mundial era increíblemente tacaña en lo que a estas instalaciones se refería.

G avanzó hacia su puesto sin mirar a nadie.

–Lamento la demora –dijo a modo de saludo.

–Siempre es un placer esperarle, alteza –repuso el hipócrita de Miller, al otro lado de la mesa de conferencias.

G no movió un músculo, pero vio cómo Beldrim, el mariscal, se tapaba la boca para disimular la risa: conservaba el buen humor a pesar de los años. Los otros rostros de la mesa, tanto ardenses como extranjeros, estaban tensos. La mayoría lo miraba con curiosidad mal disimulada.

Williams, el jefe del equipo de investigadores, carraspeó incómodo y empezó su exposición tras una señal de Miller.

–Como ustedes saben, durante el último año la comisión conjunta de la UNESCO y el Banco Mundial estuvieron investigando el sistema educativo de nivel superior de Arda…

G lo oía a medias, ni siquiera se había puesto el audífono de traducción simultánea. En parte porque manejaba perfectamente el inglés, en parte porque la noche anterior había leído el texto que ahora el pelirrojo presentaba con voz de bajo. Prefirió concentrarse en los gráficos, que su equipo no había podido facilitarle, y en las reacciones de las personas.

A su derecha, el viejo mariscal ya no sonreía, sino que escuchaba atentamente, con la mano izquierda presionada sobre su audífono, y tomaba notas. Beldrim no parecía contento, aunque apenas estaban en los preliminares. Por suerte, aquella mole de casi dos metros de alto tenía un temperamento de lo más razonable.

Más allá, el doctor Valrugna tenía el rostro cuidadosamente inexpresivo. Su libreta de notas permanecía en blanco, pero sus ojos no perdían detalle de los cuadros. El hombre tenía marcas oscuras alrededor de los ojos y una taza de café humeante ante si, pero –temperamental como siempre– no había ocultado las señales de la mala noche con maquillaje. G no estaba seguro de si tal gesto le divertía o molestaba.

Luego estaba Mikelin, absorto en su propio mundo. El pelirrojo se había echado hacia atrás en su asiento, mirando por encima de las cabezas hacia la ventana que dejaba ver las cumbres de los Jardines de Namo. Así permanecería hasta que dijeran “Educación Politécnica” o su vecina, Mai, le pateara por debajo de la mesa para señalar un punto de importancia común con las carreras humanísticas.

Después de Mai se sentaba el Cardenal Hurim. El hombre seguía el discurso con el rostro traspuesto de alegría, casi extático. Probablemente le habían filtrado parte de las conclusiones. A su lado, Sor Margaret mantenía mayor compostura, tomando notas y asintiendo. La superiora de las clarisas, recordó con desagrado G, no necesitaba la traducción simultánea pues era irlandesa.

En el otro extremo de la mesa estaba Miller, con el cual cruzó una mirada breve, antes de ponerse, como Mikelin, a mirar el paisaje. Sentía los ojos sobre su cuerpo, interrogantes, pero permaneció impasible durante los veinte minutos que faltaban del informe, sin dejar traslucir su posición el respecto. Claro, ellos querían saber más que su opinión, pero no le iba a poner las cosas fáciles a la CIA, por Elbereth.

Williams terminó y quedó el silencio. Un silencio poco agradable. Miller miró a Mai –la corrección política ante todo–; Mai tamborileó sobre la mesa con sus uñas pintadas de rojo sangre y miró a Katilina, la especialista rusa; Katilina pestañeó como si le hubiera caído una basura en el ojo y se giró a Marinetti; el italiano carraspeó y dedicó una mirada interrogante a Valrugna; el mejor sanador de Arda tomó su taza de café con demasiada fuerza y derramó unas gotas en el uniforme de su vecino; Midhiel se levantó corriendo en busca de un paño húmedo para limpiar la manga.

–Gracias, pequeña –dijo el anciano mariscal con una sonrisa.

Miller carraspeó por segunda vez y, desesperado, miró directamente a G.

–Ha sido interesante –respondió el príncipe en inglés a la muda pregunta. –Pero el que estemos siendo comparados con los Estados Unidos de América no me hace… –fingió buscar un término adecuado– ¿feliz?

Fue como dar orden de ataque a una batería artillera: Mai reclamó acerca de la crítica al sistema de becas, Valrugna la propuesta de reducir gastos a costa de la formación humanística de los estudiantes, Sor Margaret el derecho a la libre asociación escolar, Beldrim la recomendación de separar dormitorios y duchas por sexo u orientación sexual. G sonrió tras su taza de café, divertido con los esfuerzos del equipo del Banco Mundial por defenderse con la misma retórica liberal y sexista que tan poca acogida tuviera en Arda a mediados del siglo XIX. Los anglosajones eran tan poco imaginativos…

Aunque lo del acoso sexual era relativamente nuevo y, a juzgar por las chispas verdes en los ojos de Beldrim, igual de retorcido para los oídos de la aristocracia de la isla. Debía darle cierto crédito a Williams, quien permaneció inmutable ante la mirada asesina del viejo. Era un gesto valiente.

–Las infraestructuras de las academias militares, así como de la mayoría de las escuelas de Arda –continuó impertérrito Williams–, dejan mucho que desear en la protección de la intimidad de los estudiantes. Las entrevistas arrojaron numerosas situaciones de estrés y exposición involuntaria. Aunque las víctimas no lo percibieran, estaban en situaciones de acoso.

–¿De acuerdo a qué normas? –inquirió G con voz falsamente desinteresada.

El pelirrojo se volvió directamente hacia él, con claro desdén en sus ojos.

–Las definiciones de acoso sexual están relacionadas con el control de la intimidad y las relaciones de poder. Claro, que si usted no lo sabe, no se para qué lo mandó el Primer Ministro.

No, comprendió G, era idiota.

Se hizo un silencio sepulcral. Los secretarios habían detenido su labor. Los traductores no se atrevieron a reproducir la frase, aunque, por desgracia, todos la habían comprendido. Mikelin y Mai se apartaron de la mesa, como si alguna bomba hubiera estallado ante ellos. Glorfindel retuvo al mariscal en su asiento, con bastante esfuerzo, a pesar de la diferencia de años. Los dos religiosos miraron con horror a Miller, como si este último pudiera arreglar el desastre, pero el norteamericano tenía la mandíbula desencajada y miraba al frente, al príncipe, con algo muy cercano a la súplica en sus ojos marrones.

La voz de G calma y casi risueña, no hizo más que incrementar la tensión:

–La idea del acoso sexual es un producto del pensamiento feminista, Williams, pero como en Arda no tenemos feministas…Bueno, usted entiende, ¿verdad? –el joven de cabellos oscuros se irguió en su asiento y miró por primera vez directamente a Miller y sonrió, era una sonrisa lobuna. –Midhiel, por favor, redacta una nota de queja para el Banco Mundial, acerca del comportamiento poco diplomático de uno de sus representantes conmigo y de sus comentarios despectivos acerca de nuestra nación, en términos generales, razón por la cual el gobierno de Arda se retira de las negociaciones hasta recibir satisfacción por la ofensa y este… –empujó su ejemplar del informe lejos de si con una uña, como si su solo contacto pudiera contaminarle– documento sea medianamente respetuoso de nuestros usos y costumbres. Hemos terminado.

G salió sin mirar a nadie, con Midhiel pisándole los talones. Todos los ardenses de la sala obedecieron la muda orden y le siguieron. Ni siquiera Hurim se atrevió a despedirse.

Cuando la última secretaria cerró la puerta, Miller sacó la cabeza de entre las manos, se levantó y fue a apoyarse en el amplio ventanal, tratando de hallar en el verde brillante de los Jardines de Namo algo de calma.

–¿Estás contento? –no había girado para verles, pero fue claro a quién se dirigía la frase llena de rabia.

Williams no se dejó amedrentar. Llevaba demasiados años en las instituciones internacionales de desarrollo para dejarse llevar por el pánico. Prefirió tratar de entender la exasperación de su habitualmente racional jefe.

–¿Quién es ese chico? –preguntó, y sabía que no era el único allí con esa inquietud.

–¡¿Chico?! –Miller se giró hacia ellos con el rostro congestionado y las pupilas reducidas a cabezas de alfiler. –¡Acaba de dejar en suspenso un proyecto de ciento veinte millones de dólares y le llamas chico!

–Es un bluf, Sid –afirmó Williams tratando de clamar a su compañero. –Es el gesto soberbio de un noble ignorante.

Aquello enfureció aún más a Miller.

–¿Chico? ¿Noble ignorante? ¿Ese es todo tu conocimiento político? –señaló la sala desierta con un gesto de su mano– ¿A esto se reduce tu muy ponderado conocimiento multicultural?

–¿Vas a decirnos algo, Sid? –interrumpió Katilina.

El llamado de la rusa hizo recordar al castaño que no estaba solo con la causa de sus desgracias, así que hizo un esfuerzo por controlarse. Miller volvió a su silla, se masajeó las sienes en un vano intento por calmarse. Suspiró.

–El “chico” que ha tirado a la basura estos dieciséis meses de trabajo se llama Gorland de Telcontar, pero normalmente le llaman G o el Príncipe, es un miembro de la familia real.

–Creí que Arda no tenía monarquía –comentó Marinetti.

Miller le dedicó una mirada exasperada.

–Que no reinen no significa que hallan muerto, Daniel. Las últimas monarquías de Arda estaban en Rohan y Arnor, ambas familias se aburrieron del trono en 1860, después de la caída de Nurmen en la Guerra de Unificación, pero retuvieron las propiedades, el dinero, el poder político. Además, estamos hablando de G Telcontar ¿les suena?

Ante las miradas de incomprensión de sus compañeros, Miller gruñó. Su jaqueca no iba a remitir.

–El Príncipe Guntalem Telcontar fundó la Sociedad Moriquendi en 1605, ese es el segundo título más importante de la familia, desde entonces sus descendientes ponen o quitan cancilleres y presidentes, expulsan firkaielos indeseables o negocian tratados. En corto, Williams, acabas de llamar “recadero del Primer Ministro” al único hombre con auténtico poder de Arda.

Un pesado silencio se instala. Los otros tres especialistas están tratando de procesar la escalofriante información y acomodarla con sus conocimientos anteriores. Williams, en especial, se siente derrotado. ¿Cómo pudo dejarse llevar por el mal humor de la mañana y no mirar? Esto puede costarle la carrera, hasta el matrimonio, teniendo en cuenta cómo se la gastan su esposa y sus cuñados en lo del honor patrio.

–¿Por qué nadie nos dijo nada de él? ¿Por qué no nos advertiste quién era? –pregunta Katilina con voz suave.

–No tenía idea de que aparecería acá hoy, para cuando me lo informaron ya estaba cruzando el lobby y los representantes de las universidades no se perdían gesto, Beldrim es un moriquendi declarado, no tengo idea de para quién trabaja Mikelin –Miller hizo una pausa, meditando la cantidad de información que debía rebelar para poner a cubierto a sus colegas. –Los movimientos de G son difíciles de seguir, aunque nos interesa mucho –hubo un gesto de comprensión en los otros tres, “nos interesa” significaba, claro está, la CIA. –Me informaron hace una semana de su llegada, pero a qué vino es un enigma. Puede que a torpedear este proyecto, puede que a la boda del futuro Senescal con esa rusita arribista, puede que a buscarse un amante en la universidad, es… –el hombre dejó la frase en suspenso, ya la ira se había disipado, dejando paso a una aplastante frustración.

Entonces Williams se pone de pie con expresión decidida.

–Fue un placer trabajar con ustedes. Miller, tendrás mi renuncia mañana en la mañana.

El otro le mira extrañado.

–¿De qué hablas?

–Pues, obviamente, todo será más fácil de arreglar si mi –arguye el norteamericano.

–No –le interrumpe Miller. –No sabes nada del sentido del honor de esta gente. Nosotros debemos rehacer ese proyecto, nadie más. En cuanto a tu malentendido con el Príncipe, relájate, estás a punto de convertirte en la nueva supernova del cielo de Arda.

TBC…

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