¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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05 junio, 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 43

Hay tiempo más que suficiente

Imladris, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, una tarde de mayo

Tiempo es una palabra
que empieza y que se acaba
que se bebe y se termina
que corre despacio y que pasa deprisa.


Elladan se dejó caer en el suave pasto y suspiró con fuerza. Se sacó luego el cinturón, la túnica y la ligera diadema que mantenía su frente despejada. Los oscuros mechones se derramaron a los lados de su rostro afilado, pero él los apartó de un gesto y gateó unos metros hacia la derecha, donde Ellohir yacía en un improvisado diván de mantas y cojines entre las raíces de un sauce, y se acomodó en el regazo de su hermano.

Permanecieron en silencio, disfrutando de la vista que la pequeña quebrada donde descansaban les ofrecía, protegidos de la luz directa del sol por las ramas del árbol. El valle era completamente visible desde allí, como un extraño dibujo café, rojo, negro y verde donde se alternaban las líneas rectas de los campos sembrados y las sinuosas de comunidades y edificaciones.

–La cosecha será buena este año –dijo Ellohir al rato.

Con esa breve frase informaba que había terminado de supervisar la siembra de los campos recién arados. Eso era importante: la tierra de Rivendel era fértil, pero el clima alrededor de ellos duro y el calor que alimentaba las plantas efímero.

–Y el periodo de sesiones del Consejo largo –respondió Elladan.

El gemelo menor asintió en silencio. Eso implicaba que el Consejo aceptaba discutir no solo las medidas administrativas, sino también la rehabilitación de la antigua ley sobre los gemelos que descubrieran días atrás. Era una pequeña victoria.

La brisa de la tarde hizo ondear los cabellos de Elladan, su hermano levantó la mano derecha y dejó que los sedosos mechones acariciaran su palma al ritmo del cielo al tiempo que cerraba los ojos de puro placer y suspiraba suavecito.

–Odio a mi nuevo Primer Consejero –se quejó el mayor con voz aniñada.
Ellohir dejó caer la mano y rodó los ojos. Si hubiera imaginado que su hermano haría tanto drama por el cambio en el Consejo, habría votado en contra.
–Tranquilo, el sentimiento es mutuo.
–Pues no debería –siguió refunfuñando Elladan. –Su esposo volverá a entrar en los Anales por nosotros.
–Suena como su Amroth fuera de nuestra propiedad –le reprochó al punto.
Elladan le dio una palmada en la pierna, ofendido.
–Tu sabes lo que quiero decir: Glorfindel es muy buen sanador, el mejor. Si alguien puede hacer que su mano deje de doler, es él. Pero la manera de ser de ese chico…

Ellohir volvió a asentir, en eso Dan tenía razón. Había tomado horas convencer al avari de que aceptara a Glorfindel –ya libre del Consejo y ocupado solo de Idril y sus pacientes– como sanador personal para tratar de mejorar la condición de su mano lisiada. Amroth había aceptado al final, pero los gemelos estaban seguros de que no había sido por persuasión, sino porque se sentía obligado a obedecerles. Las implicaciones que tal criterio podía traer en el futuro era algo que incomodaba profundamente al gemelo.

–Lo importante es que estará bien ¿no? –dijo en tono acaso demasiado brusco, lo que no pasó desapercibido a Elladan.

El gemelo mayor giró sobre si mismo, de modo que todo su campo visual quedara ocupado por ese rostro tan parecido al suyo –pocas personas podían reconocer las diferencias excepto la del color de los ojos, pero él sabía–, y tan amado.

–Claro que si, amor. De su alma también nos ocuparemos, hay tiempo más que suficiente para los dos elfos más tozudos de Arda.
Ante eso, Ellohir tomó a su hermano por las solapas y lo levantó, dejando sus rostros a escasos centímetros de distancia.
–¿A quién llamas tozudo? –siseó.

Elladan no respondió, solo adelantó los labios y se apoderó de la boca de su esposo.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Minas Tirith, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, 17 de junio

Legolas se contempló en el gran espejo y suspiró con pesadumbre. La imagen del reflejo era la de una belleza mítica: el cabello dorado y lacio tejido por encima de la nuca en una complicada diadema, la túnica dorada, con bordados en verde y negro, las joyas ceremoniales en mitril, plata y madreperla, las armas llegadas con toda pompa desde Mirkwood con sus dibujos en lapislázuli.

Si. Perfecta para los ojos de los mortales que ya se agolpaban en las galerías del palacio y las principales calles para ver la ceremonia. Casi perfecta para quienes le conocían. Adorable para su esposo –no lo dudaba–, pero en absoluto satisfactoria desde su punto de vista.

No era el peinado que la peluquera tardara casi dos hora en componer, ni las armas que pertenecieran a su abuelo. No era el olor acaso demasiado dulzón de la lavanda con que perfumaran el traje. No era la fecha de la ceremonia, ni el fastidio de tener que casarse de nuevo con Aragorn para darle el gusto a esos estirados de la corte –los mismos que rezaban por una “accidental” caída de un caballo o de la ventana más alta de la Torre de Ecthelion.

No era el clima, que prometía un día espléndido, a despecho de las plegarias de los mismos estirados. No era el menú cuyo olor tendría que soportar durante la recepción, basado en carnes y salsas demasiado condimentadas. No era el rostro ajado y desagradable del anciano encargado de oficiar su ceremonia de coronación como Príncipe Consorte de Góndor y Arnor.

Era él.

Para Legolas, las ceremonias de esa jornada no valían tanto por lo que decían al resto de los habitantes del reino, como por lo que Aragorn le decía personalmente, pero el príncipe no estaba seguro de poder responder a la altura de las circunstancias. Apenas soportaba abrazos leves, caricias tiernas ¿cómo podría…? Sentía que le debía a su esposo una segunda noche de bodas, porque, aunque pocos de los presentes lo supieran, para la ley élfica su matrimonio estaba en suspenso a partir del ultraje a que fuera sometido. No había vuelto a intimar con Aragorn, ni siquiera dormían en la misma cama desde que despertara junto al mar, pero esta noche…

La sola idea le asustaba. ¿Sentiría Aragorn el olor del teleri en su piel? ¿Vería las marcas del forcejeo? A Legolas aún le parecía verlas al desnudar sus brazos y torso, aunque hubieran pasado casi seis meses.

A sus espaldas, la puerta de la habitación se abrió. El príncipe no necesitaba voltear para reconocer los pasos suaves de su cuñada. Permaneció quieto, a la espera de que ella se acercara con el último de los accesorios: una guirnalda de lissuin y elanor. La corona había sido elaborada por Arwen y una elfa de la delegación de Mirkwood, en señal de la aceptación de las dos familias ante el enlace. Que los desposados lucieran estos trabajos florales era una costumbre de los primeros nacidos asimilada en Góndor, hecho por el cual Legolas estaba feliz: sin dudas era mejor esa diadema, de perfumadas flores blancas y doradas corolas semejantes a estrellas, que la pesada corona real.

Arwen dejó la caja que contenía la guirnalda sobre la cama y se acercó. Tenía el rostro impasible, como de costumbre, y mientras Legolas la veía acercarse a través del espejo, pensó que acaso fuera esa actitud etérea la que fascinara a su esposo cincuenta años atrás.

–Tienes razón –dijo ella cuando estuvo a su lado, como de costumbre la había leído el pensamiento–, pero lo mismo que le atrajo le apartó de mí.
Legolas no dijo nada. Ya sabía que para Arwen el rompimiento del compromiso había resultado un alivio, ningún rencor quedaba entre ambos.
–Y sin embargo –continuó ella–, pareces creer que fingir que eres yo te allanará el camino.
Ese comentario si que desconcertó al rubio, por lo que se giró para verla de frente, la inquietud clara en sus ojos. Una sonrisa surgió en el rostro impasible de la elfa.
–En instantes como este comprendo por qué se enamoró de ti, eres tan… intenso. Como un mortal, pero poseedor de la fuerza y experiencia de los inmortales. ¿Por qué te avergüenza lo que eres, Legolas?
¿Lo que era? Una mueca amarga comenzó a formarse en sus labios, pero Legolas se contuvo y dejó su rostro vacío. Arwen sacudió la cabeza.
–No te queda fingir que no sientes nada. Tu esposo desea vivir con aquel que conoció, pero dudo que alguna vez vuelvas a ser tú sin confiar en él.

Legolas se le quedó mirando sin saber qué contestar. Nadie, en los meses que llevaban en Góndor, se había atrevido a hablarle acerca de su lejanía, de su repentina impasibilidad. Arwen no esperaba respuesta, dio media vuelta y se dirigió a la puerta, para dejarle terminar de prepararse.

–No estoy listo –alcanzó a decirle cuando ella ya tocaba el tirador.
La Estrella de la Tarde se detuvo a mitad del gesto y él podría jurar que había un toque de diversión en su respuesta.
–Somos elfos, Legolas, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo es una palabra
que se enciende y que se apaga
ni se tiene ni se atrapa
no se gira ni se para.


Eomer está en la habitación donde su hermana espera el momento de salir a la ceremonia de coronación que precede a su propia boda. Las sirvientas ya se han marchado, y solo Aleth, su nuevo edecán, espera junto a la puerta con la corona real de Rohan entre sus manos. Están solos y él siente que es el momento de “la charla” aunque no esté muy seguro de cómo llevarla adelante. Carraspea, tratando de poner en orden sus ideas, y Eowyn gira a verle, aunque sin apartarse de la ventana donde intenta conjurar los nervios y al calor.

–¿Si?
–Yo… mira… quería preguntarte… ¿en verdad quieres hacer esto?
Eowyn pestañea confusa.
–¿Qué clase de pregunta es esa?

Eomer vuelve a carraspear, es difícil dejar de balbucear bajo la dura mirada de su hermana menor. No desea atraer su ira, pero muchísimo menos verse en la obligación de abrirle la garganta a Faramir en unos años. Es mejor dejar las cosas claras ahora.

–La clase de pregunta que hace un hermano preocupado antes de que su hermana de un paso irreversible. No, no me interrumpas. Mira: cabalgaste Góndor, en contra de las órdenes expresas de tío Theoden, porque querías morir tras el rechazo de Aragorn. Como siempre te sales con la tuya, te dimos por muerta y si no llega a ser por Imrahil… ¡Bueno! El caso es que te dejo convaleciente y al regresar de la Puerta Negra ya tienes al Senescal a tus pies. Casi tuve que enlazarte para que fueras a Edoras hasta que se oficializara la petición, y a los pocos meses te las arreglas para regresar acá con esa tonta excusa del batallón de apoyo. En fin, que te he perdido de vista, hermana, y no se qué o quiénes han influido sobre ti en los últimos meses. Yo no quiero que te cases solo por la alianza entre nuestros reinos, has sufrido demasiado para condenarte así, menos porque tu corazón aliente aún alguna pasión respecto a Aragorn, ¿entiendes?

Eowyn asiente despacio, y se acerca a su hermano para estrechar sus manos bronceadas por los años de vida a la intemperie. Las manos de ella son más pequeñas, pero igual de recias, manos que saben amar y atacar.

–Entiendo –dice con suavidad–, pero no tienes por qué preocuparte. Estos meses me han servido para conocer bien a Faramir, y para que él me conozca. Hemos tenido largas charlas, peleas, reconciliaciones. Ahora se que no somos iguales, sino complementarios. Te juro, hermano, que cerca de mi prometido apenas pienso en tu amigo Aragorn.

Eomer no puede contener una mueca de desagrado ante la mención del hombre y su hermana lo nota.

–¿Qué pasa? ¿No es tu amigo? –inquiere con repentino desasosiego.
–Bueno, si –Eomer maldijo interiormente su gran expresividad. –Creo que aún lo somos.
–¿Aún?
El Rey de Rohan se aparta de su hermana con un gesto brusco y gruñe su desagrado.
–La verdad, era más simpático cuando guardaba las formas.

Eowyn se le queda mirando con los ojos entrecerrados, insegura de qué respuesta dar. De pronto se da cuenta de que al vivir y trabajar con los elfos de la colonia de Ithilien ya no le extraña que dos personas se amen, tengan el sexo que tengan.

–¿Llamas “guardar las formas” a condenar a Legolas al vergonzoso papel de amante?
–¿Y tu llamas “guardar las formas” al espectáculo que están a punto de dar? –repone Eomer molesto.
–Ay Hermano, es una boda, el pacto entre dos personas que se aman y que han pasado mucho para estar juntas.
–Tú lo has dicho, una boda. ¿Dónde se ha visto que se casen dos varones? Y no vengas a invocar a los elfos.
–¿Y por qué no? No me pareció que hicieras ascos a los elfos cuando lucharon junto a nosotros contra Sauron.
–¡Era distinto!
–¿Cómo distinto? ¿En qué son distintos Aragorn y Legolas ahora? ¿Son peores guerreros, menos valientes, menos dignos?
–Son…

Eomer bufó, molesto de no tener palabras para expresar qué le desagradaba de todo el asunto. Se limitó a dar vueltas por la habitación bajo la mirada inquisitiva y paciente de su hermana.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–Estás pensando en Theodred, ¿verdad? –dijo ella al fin con calma.
El Rey de Rohan se detuvo a mitad de un paso y giró hacia ella con celeridad. Había sorpresa y dolor en sus ojos.
–No merecía morir así –admitió en un susurro que Eowyn apenas pudo oír.

Hablar de su primo dolía, mucho. No importaba que Theodred fuera un talentoso estratega y excelente orador, que pudiera calibrar a los hombres de una mirada y reconocer sus errores, nunca sería tan bueno como Eomer a los ojos del difunto Theoden. Lo peor era que no podía culpar a Grima de ello: su tío había dejado bien claro cuáles eran las reglas de la casa, pero no estaba en las manos de Theodred amar a las mujeres. Así que Theodred y Eomer habían sido sombra y luz: mientras el príncipe heredero se opacaba más y más, el joven mariscal ganaba favores y gloria. Premios con sabor a hiel, porque los debía al poco cariño de Theoden por su propio hijo. Su final había sido un duro golpe para los que le apreciaban. No solo por la horrible muerte que los orcos le depararan, sino porque sabían que el príncipe había cabalgado a esa misión para complacer a su padre, un padre nunca satisfecho de sus logros.

–No –admitió ella, y se acercó para tomarle las manos–, pero debes recordar que murió con honor. Y muchos más que sufren desprecio se mantienen de pie, sin dejar que la amargura envenene sus corazones. ¿Acaso te odiaba Theodred porque eras el favorito?
–Nunca, su corazón era grande. Habría sido mejor Rey que yo.
–Es posible, tú te dejas llevar por las costumbres demasiado a menudo –reprochó su hermana con cuidado.
Eomer la miró sorprendido y luego la risa alcanzó sus labios y sus ojos azules.
–¡Debes tener razón, como siempre! No soy más que un prejuiciado –se puso repentinamente serio–, pero no soy el único.
–Eomer, ¿crees que Aragorn ignora que la mitad de la corte está en desacuerdo?
–¿Y si lo sabe por qué persiste?
–¡Porque se aman! Por eso, y porque como Rey debe ser digno y honesto. Aragorn es más grande aún reconociendo que es Legolas el único a quien desea entregar su vida ¿no puedes verlo? Cuánto valor es necesario para romper con las reglas y seguir el dictado de nuestros corazones. Tú y yo sabemos de eso, hermano.

Eomer sabía que ella tenía razón, defender a su primo ante la corte, enfrentar a Grima, partir hacia la Puerta Negra sin esperanza de sobrevivencia. Ninguna de estas acciones habían sido demasiado razonables, pero si correctas. Sin embargo…

–Lo se, se que tienes razón. Pero una cosa es saber y otra muy distinta aceptar.
Eowyn fue a decir algo más, pero hubo tres toques en la puerta.
–Vienen por nosotros –le interrumpió su hermano.

Aleth se acercó a presentar la corona y ella repasó por última vez su atuendo ante el gran espejo de metal bruñido. Salieron tomados de la mano a ocupar sus puestos entre los invitados de honor en tenso silencio.

Al contemplar los estandartes de Mirkwood, el altar ceremonial y la imponente figura del árbol blanco, delgado y joven, pero erguido hacia el sol, Eomer recordó los duros momentos compartidos con esos dos. La fidelidad a toda prueba de Legolas, las valientes decisiones de Aragorn, su innegable complementariedad. De repente le asaltó la idea de que no estaba siendo fiel a su primo al cuestionar el derecho del edain y el elfo a ser felices. ¿Qué diferenciaba a Theodred, Aragorn y Legolas? Nada. ¿Qué había diferenciado a Theodred, Eomer y Eowyn? Nada.

Sonaron las trompetas y los invitados giraron sus cabezas en dirección a la puerta principal de la ciudadela. Los amplios batientes se abrieron y contrayentes avanzaron despacio por la galería de asientos, precedidos del Senescal y seguidos por representantes de la casa real de Mirkwood. El duro rostro de Aragorn resplandecía de paz, Legolas era una figura de belleza preternatural, sus trajes ceremoniales y armas no dejaban dudas acerca de su capacidad bélica.

Eomer no estaba demasiado contento de estar ahí, pero si contento por sus amigos. Si su primo hubiese vivido un poco más… Pero no era momento para recuerdos tristes, sino para hacer la paz. Se inclinó sobre el hombro de su hermana y susurró.

–Solo dame tiempo, ¿si?
Ella no apartó los ojos de la deslumbrante procesión que se acercaba al altar, pero deslizó su mano para estrechar la del monarca.
–Hay tiempo más que suficiente –le aseguró muy bajito.

Unos minutos después, la ceremonia de coronación del Príncipe Consorte comenzaba.

El tiempo no se detiene
ni se compra ni se vende
no se coge ni se agarra
se le odia o se le quiere.


A pesar de lo inusual del enlace –tras mucho rebuscar en los archivos, Faramir había hallado un caso quinientos treinta y tres años antes, entre dos mujeres de la nobleza de Ithilien– los asientos estaban colmados por la más rancia aristocracia del reino, muchos de los cuales habían viajado para “confirmar la afrenta” con sus propios ojos. Sin embargo, los espías de Faramir aseguraban que muchos jóvenes veían con entusiasmo la boda. Algunos como señal del cambio político que ¡por fin! apartaría a sus padres del poder, espacio que ellos planeaban llenar; otros porque habían sufrido la represión de sus deseos y veían en el gesto del monarca el ejemplo para rebelarse frente a sus familias.

Luego de las formalidades estaba previsto un desfile por las principales calles de la ciudad, y la multitud allí era mayor aún que la del día de la coronación del Rey, exactamente un año antes. Esa multitud no tenía una actitud violenta. Según las mismas fuentes del Senescal, el asunto de que Elessar I se casaba con otro varón era de poca importancia para la mayoría de los habitantes plebeyos de la ciudad. Las antiguas leyendas aseguraban que los elfos eran aún más antiguos que los hombres y las mujeres, luego no tenían sexo, luego… A Legolas no acababa de hacerle feliz esa deducción.

El desfile acabó al fin, y se dirigieron al salón de fiestas, donde les esperaban el banquete, un impaciente Eomer y una sonrojada Eowyn. Aragorn, Legolas y Geniev ocuparon sus asientos en la mesa real y, de acuerdo al protocolo, esperaron a que todos los presentes tuvieran su copa de vino servida antes de que el Rey se levantara y hablara a la multitud.

–Escuchad, todos mis invitados, noble y hermosa gente de numerosos reinos: ¡Faramir, Senescal de Góndor y Príncipe de Ithilien pide la mano de Eowyn Dama de Rohan, y ella se la concede de buen grado! Aquí mismo celebrarán la boda, a la sencilla y honesta usanza de los rohirrim.
Faramir y Eowyn se adelantaron y se tomaron de la mano, y todos los presentes brindaron por ellos. Entonces Eowyn miró a Aragorn a los ojos, y dijo:
—Deséame ventura, mi Señor y Curador.
Y él respondió:
—Siempre te deseé ventura desde el día en que te conocí.
Luego ella miró a Legolas a los ojos, y dijo:
–Deséame ventura, sabio guerrero, y dame tu perdón.
El príncipe le dedicó una de sus escasas sonrisas y repuso:
–Bienaventurada seas, valiente doncella. Afirmo aquí ante todos que nunca hubo agravios entre nosotros, porque siempre actuaste como mujer honorable.

Eowyn sonrió y fue al centro del salón de la mano de su hermano, donde bailó una pieza alegre, al ritmo del tamboril. En medio de la danza ella se alejó girando en dirección a su nuevo esposo, que la recibió y, para asombro de la corte, se incorporó al baile extranjero sin demora. Eomer les dejó disfrutar y regresó a su puesto en la mesa real, junto a Arwen, su amplia sonrisa no dejaba dudas sobre su satisfacción sobre el enlace.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–¿Feliz, majestad? –bromeó Aragorn.

El Rey de los Rohirrim tuvo que contener una mueca de desagrado, todavía no se sentía de humor como para bromear con alguien que acababa de hacer… lo que Aragorn acababa de hacer. Pero tampoco olvidaba ni por un minuto la promesa hecha a su hermana, dónde estaba, o el carácter de su anfitrión, así que optó por contestar con inesperada seriedad.

—De este modo la amistad entre la Marca y Góndor queda sellada con un nuevo vínculo, y esto me regocija.
A Aragorn le pareció extraño que Eomer invocara razones de Estado para su alegría ante el enlace, pero decidió seguir el juego.
—No eres avaro por cierto, Eomer, al dar así a Góndor lo más hermoso de tu reino.

Eomer apenas hizo un gesto de asentimiento amable, y se refugió tras su copa. Aragorn fue a decir algo más, pero la suave mano de Arwen en su muslo le indicó que no debía insistir. Sin embargo, para el ex–montaraz estaba claro que la frialdad de su amigo se debía al gesto de hacer pública su relación con Legolas, y eso le dolió. A Aragorn aún le dolían las acusaciones de irresponsabilidad que le espetaran en Rohan, cuando recién despertara tras el ataque de los wuargos. Todos esos recuerdos le demudaron el rostro y casi apagaron la alegría que le daba haber proclamado su amor a todo el reino, pero la ayuda vino de sitio más inesperado.

–Mira la pista de baile, majestad –le susurró su esposo en tono divertido.

Al tiempo no se le habla
ni se escucha ni se calla
pasa y nunca se repite
ni se duerme y nunca engaña.


Aragorn obedeció, y casi se va para atrás en su puesto: entre las parejas que seguían el ritmo de las flautas y cuerdas destacaban varias… inusuales. Eran los elfos del Bosque Dorado, que sin ningún temor disfrutaban de la música con la misma libertad que lo hicieran en su antiguo hogar. Sin embargo, al mirar más despacio, el Rey notó que varias de las parejas no estaban integradas solo por elfos o elfas. Varios inmortales habían sacado a bailar a jóvenes gondorianos de ambos sexos, los cuales seguían los pasos con decisión, aunque el rubor cubría sus mejillas. En los laterales, los rostros de unos cuantos ancianos estaban rojos –y no de felicidad. Aragorn supuso que, sabedores de que esos guerreros eran parte de la guardia de la Dama Galadriel, no se habían atrevido a negar permiso a sus vástagos. Tuvo que hacer serios esfuerzos para contener la carcajada.

–Majestad ¿me concede una pieza de la mano del Príncipe Geniev? –Aragorn miró a Rúmil con cuidado.

El hermano de Haldir lucía espléndido con su elegante uniforme gris de gala, pero los entrenados ojos del Rey reconocían las señales de nerviosismo que se apoderaban del elfo al estar cerca de su hijo adoptivo. Sonrió antes de volverse hacia su izquierda, donde Geniev aguardaba su respuesta con los ojos clavados en el plato. Recordaba muy bien el reporte que esa misma mañana le rindiera su perceptor, el joven Duilin: Geniev había aprendido algunas rutinas que le permitirían pasar airoso el evento de esta tarde, pero su nerviosismo estaba apenas controlado. Sin embargo, se dijo, tal vez fuera bueno darle al chico la oportunidad de elegir.

–Hijo, ¿deseas bailar con el capitán Rúmil?

Geniev levantó sus grandes ojos negros con sorpresa, miró a su padre, a la pista de baile y al gallardo elfo que le tendía una mano y sonreía levemente. Tragó en seco y volvió a bajar la cara al tiempo que negaba en silencio y apretaba en su mano una servilleta con fuerza.

Rúmil no se dejó amilanar y repitió su invitación a Arwen, la cual se puso en pie sin dudar. Pero antes de apartarse de la mesa real, el elfo se detuvo una vez más ante el aturdido principito.

–No temas, Geniev, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


La familia real se retiró temprano, poco después de la puesta de sol. Sin embargo, el baile siguió hasta bien entrada la noche, porque los nobles no querían quedar antes las damas como menos que los elfos, los cuales seguían bailando, charlando y bebiendo como solo pueden hacerlo los inmortales. Mientras, en lo alto de la Torre de Ecthelion, una historia llegaba a su fin.

Arwen, Geniev, Aragorn y Legolas fueron escoltados por los taciturnos soldados de la Guardia de la Ciudadela a lo largo de los corredores del antiguo palacio. La elfa y el niño se despidieron en la puerta de sus respectivos departamentos y los esposos continuaron el camino a sus habitaciones en silencio. Iban tomados de la mano, pero a medida que se aproximaban a su destino, el hombre sentía como el cuero cercano se tensaba.

Al fin alcanzaron las escaleras hacia su habitación, un poco más allá las puertas dobles y el recibidor de sus departamentos privados. El elfo casi corrió al interior, lejos de la escolta, y correspondió al hombre el segundo postigo. Se recostó y lanzó un suspiro mitad cansado mitad temeroso. Fuera quedaban todos, por fin un espacio para él y su elfo, aunque solo por unas horas. ¿Sería suficiente? Avanzó hacia la recámara.

Antes siquiera de mirar al interior, cerró la tercera puerta. Cuando la seguridad de que nadie podría interrumpirles fue absoluta, se volvió y… casi llora de emoción.

Como aquella noche, un año y una muerte atrás, todas las lámparas estaban apagadas y la luna iluminaba oblicuamente la estancia a través de las ventanas totalmente abiertas. Sentado en una de ellas –su figura, su pelo y la seda de la cortina vueltos uno con el viento y la luna– Legolas miraba las estrellas. Pero ya su apariencia no era el de un adolescente humano, emocionado ante la perspectiva de llevar hasta el final su entrega. Ahora el príncipe lucía mayor, la cercanía de al muerte había dejado líneas de expresión, unos rasgos más duros y unos ojos más calculadores.

El hombre se sacó las suaves botas de piel, los collares, pulsos y anillos ceremoniales, la diadema real, la túnica. Quedó con los pantalones y una ligera camisa interior, no quería aumentar el nerviosismo de su pareja con recordatorios del mundo exterior. Fue hacia la ventana. Legolas no se movió.

–Príncipe… Legolas Telcontar… amor mío –llegó frente a él y tomó su barbilla para hacerlo girar el rostro. –Amor mío –repitió, feliz de que su esposo no temblara ante el contacto.
–Majestad –contestó el elfo al cabo de un instante.
–No, por favor. Somos Aragorn y Legolas, nada más somos aquí, estamos solos –y se inclinó para besarle.

Un beso dura lo que dura un beso
un sueño dura lo que dura un sueño
el tiempo dura lo que dura el tiempo
curioso elemento el tiempo.


El miedo hizo que Legolas perdiera su máscara de impasibilidad. Cerró los ojos y dejó que el hombre acariciara sus labios, pero era incapaz de responder. Aragorn no se dejó amilanar. Sabía que esta vez sería muy diferente a su primera noche, pero siguió adelante con sumo cuidado.

–Es nuestra noche de bodas ¿recuerdas?
Legolas asintió.
–Nuestra noche de bodas… volveré seré tuyo Rey Elessar.
–Somos el uno del otro desde hace tiempo, Legolas –le corrigió con suavidad. –Incluso probamos con sangre nuestra fidelidad. Luego, soy tan tuyo como tú mío.
El elfo se refugió en sus brazos: temblaba.
–No se si sea capaz –admitió con rabia. –¡Maldición! He peleado en batallas que ni siquiera recuerdas… pero ahora…
–Yo también tengo miedo –musitó el Rey.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Con un gesto lo tomó en brazos y lo llevó hasta el alto lecho de cubiertas azules y aves marinas talladas en el cabezal. Allí lo depositó y el ligero –engañosamente suave– cuerpo se ovilló sobre sí mismo. El hombre esperó, sabía que toda la tensión de la ceremonia había alterado a su esposo, que si apresuraba las cosas ahora, la confianza del elfo podía volver a deteriorarse.

Tras unos minutos, el rubio pudo ganar control sobre sus emociones y habló.
–Se supone que esta noche, renovemos el lazo entre nuestros cuerpos, para…
Pero el hombre movió la cabeza en gesto de negación, se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de pelo del rostro.
–Legolas, no estás obligado a nada ¿entiendes? Esta noche no ocurrirá nada que no desees.
–¡Pero es que sí lo deseo!
–No. Deseas probar que eres capaz de entregarte a mí, pero eso equivaldría a forzarte. Soy tu esposo ¿recuerdas? No un vulgar secuestrador.

Ante la mención a Ferebrim, el elfo enterró el rostro en una almohada, pero el convulsivo movimiento de sus hombros no dejaba lugar a dudas. Aragorn se tendió junto a él y lo abrazó por detrás. Ante el contacto, los temblores de Legolas aumentaron su fuerza, pero el hombre no lo dejó apartarse. Poco a poco los sollozos remitieron y el cuerpo se aquietó. Yacieron laxos por un largo periodo, hasta que el rubio reunió valor para acomodarse y dejó que toda su espalda rozara con el pecho del hombre. Suspiró.

–Así que ¿nos damos un tiempo?

El Rey no contestó enseguida. Primero, con movimientos pausados, se sacó el pantalón, quedando con la breve camisa que apenas llegaba hasta sus caderas. Luego tironeó de las mantas para cubrirlos. Se acomodó a la espalda de su esposo, dejando que sus cuerpos volvieran a amoldarse. El cuerpo entre sus brazos tembló una vez más, pero esto duró poco. Cuando ambos estuvieron tranquilos, Aragorn habló.

–Nos daremos todo el tiempo que quieras. Hay tiempo más que suficiente.

El tiempo sopla cuando sopla el viento
el tiempo ladra cuando ladra el perro
el tiempo ríe si tú estás riendo
curioso elemento el tiempo.


Notas finales:
1) Las historias de Númenor cuentan que los elfos de Tol Eressëa llevaron la flor lissuin y la flor dorada en forma de estrella, elanor, a las tierras de los mortales. Las dos flores -una debido a su fragancia, la otra por su color- se tejían en guirnaldas y se llevaban como coronas durante las fiestas de boda. (Fuente: Enciclopedia Tolkien Digital)
2) Canción "Tiempo" de Jarabe De Palo, álbum: De vuelta y vuelta, 2001