¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

Todos los personajes reconocidos públicamente son propiedad de sus respectivos autores. Los personajes originales e historias son propiedad la autora. No se genera ningún beneficio económico por este trabajo, ni piensa por un instante en los derechos de autor.

27 junio, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 20

¿Qué es ese chico?

“Espera todo de los dioses…”
Arquíloco

Minas Tirith, Año 2 de la Cuarta Edad del Sol

La semana transcurrió sin incidentes notables. Geniev había sido bien preparado por su tutor Duilin, así que siguió el ritmo de sus compañeros en las asignaturas teóricas como historia, aritmética o escritura. Los entrenamientos de esgrima y equitación no significaban un reto, sino un leve repaso de lo que antes aprendiera de malos modos. La confianza de Barahir e Ecthelion en él aumentaba, pero era consciente de que esperaban a cada momento un intento de seducción o algún oscuro secreto de estado. El resto de los estudiantes del plantel, intimidados por su rango, se mantenían a distancia. Pero las cosas cambiaron el sábado.

Los tres se hallaban sentados desayunando cuando entró un mensajero con un pergamino lacrado, que entregó a Geniev con premura. El joven no lo ocultó tan rápido como para evitar que todos vieran el sello del Rey. Con una seña pidió a sus compañeros salir. Avanzaron por una galería semivacía.

–Creo que habíamos acordado entrenar hoy con las espadas.
–En efecto, Ecthelion necesita mejorar mucho, para salir airoso de la demostración ante el maestro.
–Bien, adelántense a la sala de armas, por favor. Debo ir a mi recámara un instante.
Ambos entendieron que deseaba leer a solas y le dejaron en una bifurcación.
–Es un alivio que estemos solos –comentó Barahir mientras caminaban hacia la amplia sala de armas– hace días que debo consultarte algo y con este asunto del príncipe...
Ecthelion contempló a su amigo intrigado, el tono no anunciaba nada bueno.
–Dime.
–Se trata de Dolment.
–¿El gigante de cuarto año?
–Si, tuvimos un... un encuentro poco agradable durante el verano.

La mente del más delgado empezó a trabajar a toda velocidad: Dolment hijo de Dolian pertenecía a una familia venida a menos por la pésima administración de Denethor y la Guerra del Anillo. Se comentaba que ahora sobrevivían de amenazar a otras familias nobles, y endeudadas, para que dejaran a los bancos embargar sus vienes sin presentar pelea, o intentar hacer productivas sus tierras. La familia de Barahir estaba hasta los topes de hipotecas, pero él mismo había sacado cuentas un año antes para el atribulado campesino, y confiaba en la administración de la joven viuda. Sabía que, en tres o cuatro primaveras, la hacienda estaría libre de gravámenes.

–¿Fueron a tu casa?
–En realidad no se suponía que yo estuviera ahí, andaba con algunos hombres monteando, pero regresé antes de tiempo y vi como Dolian le alzaba la voz a mi madre.
–¿Y qué hizo ella?
–Ya sabes cómo es, se le enfrentó, pero el miserable levantó el látigo cuando yo aún estaba muy lejos. Solo tenía mi arco.

Ecthelion podía adivinar el resto, su amigo era uno de los mejores arqueros de la Academia. Han llegado a la sala sin fijarse en el camino, entretenidos en su problema. Barahir sonríe tristemente mientras toma asiento.

–No volverá a azotar a nadie con la derecha.
–Y tú no usarás ninguna de las dos, para nada más. –afirma un joven alto de cabellos negros y marcada musculatura.
–Dolment, ¡pedazo de basura! Creí que lo de este verano te enseñaría a mantenerte a distancia.
–¿Y por qué iba a hacerlo? Ahora no tienes tus flechitas.
–Yo tampoco te veo el látigo, es la única arma que corresponde a una familia como la tuya.
Los amigos intentan alcanzar la puerta, pero varios chicos les bloquean la retirada.
–¿A dónde creen las palomitas que van? No, esta vez no hay principito que los salve, para cuando el bastardo del Rey llegue, tendrás una nueva cara Barahir.
La voz de Ecthelion se alza firme, conciliadora.
–Vamos, ¿es que se han olvidado del lugar donde se encuentran? La Academia no es sitio para dirimir cuestiones de dudoso honor, estoy seguro de que podemos posponer esto hasta la Fiesta de la Nevada.
–¡Calla tintero seco! O a ti también te irá mal.
Pero Ecthelion cruza los brazos con seguridad y dibuja una sonrisita cínica.
–Querido Dolment, mi familia no tiene deudas con tu banco. En cambio, mi padre trabaja en una zona muy sensible de los archivos, allí donde se restauran los documentos de propiedad. ¿Te imaginas que un copista marque mal el deslinde de alguna de tus tierras?
Dolment lo miró iracundo.
–De acuerdo –bufó– no le toquen, pero tampoco le dejen ir a buscar al bastardito. –se volvió hacia Barahir– En cuanto a ti...

Dos de sus secuaces ya le habían inmovilizado, solo se acercó lentamente al muchacho y empezó a golpearlo en el vientre, subiendo poco a poco hacia el pecho.

El hijo del archivero elevó, por primera vez en su vida, una plegaria sincera a los Valar. Sabía que, de poder chantajear a Dolment para salvar a su amigo, este jamás se lo perdonaría, pero si Geniev no llegaba pronto, el rostro de campesino sería alcanzado por aquellas manos... La sola posibilidad le daba nauseas.

–Suéltalo.

La palabra fue pronunciada con tal calma que todos se quedaron quietos por un instante. Geniev estaba detrás de Dolment, apoyando una larga navaja en su nuca. Pero el asombro del forzudo podía más que su sentido de autoconservación.

–¿Como llegaste ahí?
–Porque soy hijo de un mago imbécil. Ahora –presionó un poco más la punta– suéltalo.

Dolment hizo una seña y los tipos que sostenían a Barahir se apartaron. Hubiese caído de no ser porque Ecthelion había aprovechado el desconcierto para plantarse a su lado. Le sostuvo por la espalda, pero al parecer eso fue peor, porque el herido lanzó un breve grito y se desmayó. El verdugo no pudo evitar la sonrisa.

–Creo que su Alteza llegó tarde.
Geniev no pareció inmutarse por semejante insolencia.
–Aún no es tarde para matarte Dolment, así que ¡largo!

Los de cuarto estuvieron encantados por la orden y salieron a la carrera. Cuando sus pasos se perdieron, el príncipe se inclinó y palpó el pecho de Barahir, a su lado Ecthelion estaba pálido y tembloroso.

–No es nada, tu abrazo acabó de sacarle una costilla de su lugar. –pero el rubio le contempló con ojos vacíos, le sacudió un poco– ¿Nunca antes estuviste en una pelea sucia?
–Yo...– la frase “pelea sucia” hizo reaccionar al noble– no, ¡por supuesto que no! Ahora ¿qué haremos? Si vamos a la enfermería habrá muchas preguntas.
–Entonces habrá que llevarlo a otro lugar. –sin esfuerzo aparente levantó a Barahir– Vamos.
Condujo el cuerpo desmadejado del joven campesino por galerías desiertas hasta llegar frente a su recámara.
–Por favor, abre la puerta.
–Pero...
–¿No ves que tengo las manos ocupadas?
–Claro, claro.

Era la primera vez que Ecthelion lograba entrar allí, y le sorprendió sobremanera la sencillez de aquel lugar. Por pura costumbre cerró la puerta tras Geniev y le puso seguro. Su vista se detuvo en la mesita, donde descansaba al descuido el pergamino con el sello real roto. Fue a acercarse, pero un quejido le recordó las razones de su presencia: Barahir acababa de despertar.

Mientras el rubio estudiaba el sitio, el príncipe había depositado al herido en su cama y procedía a sacarle la camisa. Esos movimientos habían despertado a Barahir.

–¿Geniev?... ¿qué haces?... ¿dónde estoy?
–En mi cama. Te estoy sacando la camisa.
–¡Un momento! –con sus pocas fuerzas atrapó las manos del otro– ¿Acaso pretendes aprovecharte de mis heridas? ¿Me compraste a Dolment para divertirte conmigo, degenerado?
Ecthelion corrió hasta la cama para tranquilizarle.
–Todo está bien amigo, te lo aseguro. Geniev salvó a tu nariz campesina de los puños del gigante.
El herido se relajó un poco, las palabras de Ecthelion coincidían con sus últimos recuerdos. Geniev mantuvo su expresión amable ante el, ahora, avergonzado muchacho.
–Yo... Lo siento Alteza, no quise... Yo no creo que usted...
–No intentes disculparte, reconozco que, con las historias que corren por ahí... En realidad, ustedes han confiado mucho en mí. Nos encargaremos de tus costillas, ¿de acuerdo?
Ante al asentimiento Barahir los otros dos le terminaron de sacar las ropas del torso y dejaron a la vista un abultamiento, en el lado derecho del tórax, que empezaba a inflamarse.
–Tuviste suerte, si eso llega a ocurrir al otro lado te podría atravesar el corazón. Ahora debo tocarla para saber si se astilló. ¿Aguantarás sin gritar?
El muchacho asintió, estaba tan avergonzado por su desconfianza e insolencia, que cumpliría sin chistar cualquier orden.
El príncipe palpó la zona y, a medida que sus dedos avanzaban, empezó a sonreír.
–Eres un hombre afortunado Barahir, hay espacio suficiente para repararlo todo. Ecthelion, dale a nuestro amigo un cojín para morder, porque su dolor será grande –mientras el rubio cumplía la orden, Geniev pasó una pierna a cada lado de las caderas del herido– Me pongo en esta posición para evitar que saltes al volver el hueso a su lugar. ¿Entiendes?
–Si.
–Por la misma razón Ecthelion te sostendrá los hombros, pero debes contenerte, si te mueves ahora, los mejores sanadores de Gondor no podrán salvarte.

Barahir empezaba a ver nublado, sintió como le obligaban a morder la suave seda de un almohadón y le pareció que llovía sobre su rostro: eran las lágrimas de Ecthelion. Trató de reconocer a Geniev, pero apenas distinguía unos pozos negros y redondos que transmitían paz, ¿sería eso la muerte?, de repente el dolor fue demasiado intenso, luego nada.

–Se ha desmayado de nuevo. ¿Ecthelion? Ya puedes soltarlo.

El rubio miró desorientado a Geniev, ya de pie y sus manos, todavía aferradas a los hombros del amigo. Geniev no le prestó atención mientras arropaba a Barahir, cosa que agradeció: no estaba seguro de que su actuación fuese muy digna.

–¿Estará bien? –se atrevió a preguntar.
–Si, en una semana.
–¿Una semana? Es demasiado tiempo… puedo ocultar su ausencia un día, pero ¡una semana! Creo que esta vez Haram tendrá nuestras cabezas en bandeja.
–¿No los aprecia mucho el Jefe de la Academia?
El pequeño intrigante negó con desconsuelo.
–Entre familias tan antiguas uno ya ha olvidado a qué se deben los odios o pendencias. Mi familia y la de Haram son enemigas desde hace unos trescientos años y como Barahir es mi amigo… ¡No sirvo para nada!
Geniev extendió el brazo y estrechó el hombro del rubio, no se acercó demasiado, estaba conciente de que todas las dudas no se habían disipado en su mente.
–No digas eso… No es tu culpa que el padre de Barahir muriera dejándole cargado de deudas.
Aquel comentario hizo que el joven girara hacia el Príncipe espantado. Dio unos pasos atrás con miedo.
–¿Cómo sabes eso?
Pero Geniev sonrió con indulgencia y alcanzó de su mesita el pergamino que recibiera esa mañana. Lo agitó ante su compañero y contestó indiferente.
–Le pregunté a un amigo. Me llamó la atención que un tipo como Dolment les siguiera.
–¿Un amigo? ¿Tienes amigos? ¡Quiero decir! Albergaba la idea de que vuestra estancia en nuestra ciudad había sido un tanto… solitaria.
La expresión de Geniev no podía ser más divertida.
–¿Nunca dejas de ser un cortesano Ecthelion? En efecto, tuve un año bastante aislado, pero se puede decir que Duilin es mi amigo.
El asombro hizo que el joven saltara.
–¿Duilin? ¿El…? –estuvo a punto de decir “el que mató a su propio padre”, pero se contuvo– ¿El secretario del Senescal?
–¿Hay otro tan “famoso” en Gondor?
–No, no, pero… ¿Usted se tomó la molestia de escribir a la oficina del Senescal porque un forzudo nos seguía?
–Para saber cómo actuar era imprescindible una fuente “neutral”. ¿Crees que Barahir me hubiera contado el episodio del verano?
–No –admitió el otro, su tono fue meditabundo– de hecho yo lo supe hoy, el campesino deseaba discreción, pero estábamos ocupados vig…
Abre los ojos como ruedas ante la conciencia de su error, pero la risa del trigueño lo alivia.
–¡Mi querido amigo! ¿De veras creíste que no sabía de vuestras intenciones? No temas: la amistad surge de las condiciones más asombrosas.
–¿Amistad? –una nota de tristeza surgió en el fondo de los ojos grises– Lo siento Alteza, pero eso es imposible.
El rostro del príncipe se cubrió de sombra al oír aquel apelativo, era una señal de que Ecthelion se alejaba de nuevo. Intentó mantener la calma.
–¿Puedo preguntar la razón?
–Alteza, yo soy el hijo de un humilde archivero que restaura documentos y no puede pagar una buena dote para su hija casadera. En cuanto a Barahir ya lo veis, –hizo un leve gesto hacia la cama– golpeado por deudas, es probable que pierda sus tierras y deje la Academia para mantener a su familia con el sueldo de guardia de la ciudadela. No somos amigos para el hijo adoptivo del Rey de Gondor y Arnor. ¿Entiende?

Geniev se volvió antes de que Ecthelion pudiera ver sus ojos húmedos. Caminó hacia la chimenea apagada, luego hacia una ventana, se apoyó en el antepecho como si ya no pudiera mantenerse en pie.

El rubio lo siguió. Le dolía admitir que toda aquella semana, mientras intentaba demostrarle a Barahir que el norteño tenía costumbres degeneradas, había sido ganado por su sencillez, inteligencia y habilidad bélica. Debía volver a la realidad por el bien del campesino, del niño príncipe, por su propio bien. Insistió.

–Todo esto es una casualidad, un intento de dos cortesanos por ascender, un sueño de niños del que despertaremos en la primera recepción de la corte.
La voz que brotó del cuerpo apoyado en la ventana era totalmente desconocida para el estudiante: dura y dolida.
–¡No me llames niño!
–Alteza, por favor. Es usted menor que yo, aunque debe haber visto cosas asombrosas en el norte…

La risa de Geniev le heló las venas, era fría, casi cruel. Le pareció que la persona que empezaba a conocer y apreciar no estaba en aquella habitación. El trigueño volteó hacia él y sus ojos, burlones y aburridos, le confirmaron tal sentimiento. Dio un paso hacia el rubio.

–¿Qué edad crees que tengo Ecthelion hijo de Igram?
–Está terminando los catorce, aún no le sale barba.
–Si, supongo que es lo que parece. –Geniev se llevó las manos al pelo y empezó a deshacer la coleta que le ocultaba cuidadosamente las orejas– De hecho, según Legolas, es mi edad en términos humanos.
–¿Términos humanos?
En el corazón del Ecthelion se empezó a incubar el miedo. ¿La persona ante él no era un hombre?
–En realidad tengo treinta y cinco años, mi cuerpo marcha lentamente ¿entiendes? Para mi, dos años y medio de vida son doce meses de un hombre común.
–Imposible. –el pánico se apoderó de su cerebro.

De repente recordó su educación, todo lo que le habían enseñado a temer de los elfos, todo lo que la relación entre el Rey y Legolas le había confirmado. Quiso huir, pero dio un traspiés son su propia túnica y calló al piso. El trigueño, con el pelo suelto enmarcando su rostro, se inclinó para ayudarlo. Era la imagen más sensual de su vida.

–¡No! Aléjate. No caeré un tus hechizos. Si eres un elfo, vete a las batalla con Legolas, acuéstate con el Rey, déjanos en paz.
–Ecthelion cálmate. No te deseo, y tampoco a tu amigo. –se alejó de nuevo hacia la ventana y permitió a rubio ponerse en pie por sus medios– ¿Basta eso para tranquilizarte?
–Dijiste que no eras un hombre. Habla rápido, porque ni un bastardo de Elessar I me hará perder el honor.
–Soy un medio elfo. Mi madre era… como Legolas.

De un gesto apartó el cabello para que el chico pudiera ver su oreja puntiaguda. Ecthelion se quedó callado ante tal declaración. Las palabras entraron en torrente para ordenarse despacio: su compañero era hijo de una inmortal como el Príncipe Consorte. ¿Significaba eso que Barahir había acertado? ¿Estaba ante el heredero?

–¿Eres inmortal? –tanteó.
–No lo sé, –confesó con voz cansada– aún no termino de crecer ¿sabes? Tengo bastantes habilidades élficas, como el oído o la ligereza, pero, hasta dónde se impone la sangre de mi madre, es algo que solo el tiempo dirá.
–Por eso tu peinado ocultaba las orejas… Temías nuestra reacción.
–Es algo agotador explicar que podría ser el padre de ustedes, en teoría, o que puedo enfermar de tristeza y morir.
–¡¿Cómo?!
–Es una posibilidad, pero no me interesa investigarla. En general no es cómodo, créeme. Por eso prefiero… mentir.

Ecthelion asintió despacio, entendía muy bien eso de mentir para evitar explicaciones engorrosas. Se quedó parado a escasa distancia del ¿chico? Geniev estaba de espaldas, mirando la ventana, aparentemente olvidado de su presencia. Comprendió que le estaba dando la posibilidad de huir y pretender que nada de esto había ocurrido. Pero lo que hizo fue extender su mano alcanzar el hombro como antes hiciera el medio elfo para confortarle por el dolor de Barahir. Supo que la magia élfica había hecho su presa: ya no podía abandonarlo.

TBC...

18 junio, 2008

EN BUSCA DE UN SUEÑO 19

¿Quién es ese chico?

“Amor… ¿No sientes frío? Soy la luna:
Tengo la muerte blanca y la verdad
lejana…”
La balada del amor tardío, Dulce Ma. Loynaz

G terminó de ajustarse la corbata negra ante el espejo y suspiró, realmente odiaba las corbatas, razón por la que había perfeccionado su arte hasta poder atarlas sin un pensamiento. Si le dedicara un pensamiento a sus corbatas, sería para lanzarlas al horno.

Sonrió al reflejo de Midhiel, que esperaba su permiso para entrar a la habitación apoyada en el marco de la puerta. La sonrisa era falsa.

–Pasa.

La joven se acercó, llevaba un traje de falda y chaqueta color plomo, a juego con el de su señor, y el pelo atado en una cebolla a la altura de la nuca. Lucía sobria, mucho mayor que con el alegre uniforme de diario.

El rostro de G era de nuevo una máscara inexpresiva. Se sentó en el taburete ubicado frente a su tocador y la dejó hacer. No movió un músculo en lo que las manos suaves y experimentadas de Midhiel aplicaban una leve base de maquillaje, retocaban sus labios y delineaban sus párpados. Volvió a mirarse al espejo, el cabello oscuro caía libremente a los lados de una cara pálida y relativamente joven. Ajustó el cuello de su camisa azul cielo y suspiró.

A unos pasos, ella esperaba en silencio, con las manos entrelazadas a la espalda y la cabeza baja. G estuvo tentado de soltar una carcajada, burlarse de sus brillantes zapatos negros, hacer algo para volver a sentirla cerca. Fue solo un instante.

–Vamos –dijo tras tomar su portafolio de la mesita auxiliar.

Fuera, el sol arrancaba reflejos multicolores de las piedras aún húmedas por la lluvia de la madrugada. Pensó que ello podía haber complicado los viajes por carretera.

–Lindir llamó desde el Gap –informó en ese momento Midhiel, como si adivinara su inquietud. –Han llegado bien.

G apenas asintió, ya estaban cruzando las puertas del Círculo y se dirigían a un Mercedes Bens negro, de placas grises. Bill los esperaba junto a la puerta trasera.

–Buenos días, señor –saludó el chofer al tiempo que abría la puerta.

–Buenas –respondió.

–Buenos días, señorita Midhiel –saludó también a la asistente.

–Que Eru bendiga su jornada –fue la respuesta.

G no pudo dejar de notar que el saludo dedicado a la mujer era mucho más cálido, y que el rostro de ella cambiaba levemente, esbozando una sonrisa. Las posibles consecuencias le aligeraron un poco el humor durante el viaje hasta el centro del Sector Ocho.

El edifico de las Naciones Unidas en Arda era pomposo, hasta el punto de repugnarle. Inspirado en la Torre Eiffel, el arquitecto había diseñado una mole de flancos diagonales que se unían en el piso 30, reproduciendo la silueta del famoso monumento. Por suerte, era tan grande que todas las agencias internacionales cabían allí, elemento que permitía a las autoridades mantener bajo estricto control las acciones de todos esos firyarekaiellos.

Personalmente, G no recordaba una sola visita a la “Torre del 8” –como se llamaba coloquialmente al inmueble– que no implicara enfrentamientos. Hoy no sería distinto, lo sabía, pero apenas había dormido y la perspectiva de una tensa negociación no le animaba demasiado.

Dejó a su asistente lidiar con la seguridad en lo que observaba a las personas que recorrían el lobby. La mayoría eran funcionarios extranjeros, por supuesto, pero un par de mujeres que cargaban pesadas bolsas de manos y tres hombres de trajes rojos, hablaban oestron, seguramente eran secretarios o personal de aseguramiento.

Midhiel se acercó con los distintivos de pase. Chequeó su reloj en lo que entraban al ascensor: 9:05 am.

–Al quince –informó ella al ascensorista, por lo que se ganaron un par de miradas curiosas, que ambos ignoraron.

En el piso del Banco Mundial les esperaba un guardia.

–Por aquí, por favor.

Cruzaron un par de corredores de paredes color manzana, pisos alfombrados en negro y puertas marrones. El guardia se adelantó a abrirles las puertas dobles del salón de conferencias del piso. No le sorprendió el hecho de que la sosa decoración con paisajes lacustres siguiera ahí. La gente del Banco Mundial era increíblemente tacaña en lo que a estas instalaciones se refería.

G avanzó hacia su puesto sin mirar a nadie.

–Lamento la demora –dijo a modo de saludo.

–Siempre es un placer esperarle, alteza –repuso el hipócrita de Miller, al otro lado de la mesa de conferencias.

G no movió un músculo, pero vio cómo Beldrim, el mariscal, se tapaba la boca para disimular la risa: conservaba el buen humor a pesar de los años. Los otros rostros de la mesa, tanto ardenses como extranjeros, estaban tensos. La mayoría lo miraba con curiosidad mal disimulada.

Williams, el jefe del equipo de investigadores, carraspeó incómodo y empezó su exposición tras una señal de Miller.

–Como ustedes saben, durante el último año la comisión conjunta de la UNESCO y el Banco Mundial estuvieron investigando el sistema educativo de nivel superior de Arda…

G lo oía a medias, ni siquiera se había puesto el audífono de traducción simultánea. En parte porque manejaba perfectamente el inglés, en parte porque la noche anterior había leído el texto que ahora el pelirrojo presentaba con voz de bajo. Prefirió concentrarse en los gráficos, que su equipo no había podido facilitarle, y en las reacciones de las personas.

A su derecha, el viejo mariscal ya no sonreía, sino que escuchaba atentamente, con la mano izquierda presionada sobre su audífono, y tomaba notas. Beldrim no parecía contento, aunque apenas estaban en los preliminares. Por suerte, aquella mole de casi dos metros de alto tenía un temperamento de lo más razonable.

Más allá, el doctor Valrugna tenía el rostro cuidadosamente inexpresivo. Su libreta de notas permanecía en blanco, pero sus ojos no perdían detalle de los cuadros. El hombre tenía marcas oscuras alrededor de los ojos y una taza de café humeante ante si, pero –temperamental como siempre– no había ocultado las señales de la mala noche con maquillaje. G no estaba seguro de si tal gesto le divertía o molestaba.

Luego estaba Mikelin, absorto en su propio mundo. El pelirrojo se había echado hacia atrás en su asiento, mirando por encima de las cabezas hacia la ventana que dejaba ver las cumbres de los Jardines de Namo. Así permanecería hasta que dijeran “Educación Politécnica” o su vecina, Mai, le pateara por debajo de la mesa para señalar un punto de importancia común con las carreras humanísticas.

Después de Mai se sentaba el Cardenal Hurim. El hombre seguía el discurso con el rostro traspuesto de alegría, casi extático. Probablemente le habían filtrado parte de las conclusiones. A su lado, Sor Margaret mantenía mayor compostura, tomando notas y asintiendo. La superiora de las clarisas, recordó con desagrado G, no necesitaba la traducción simultánea pues era irlandesa.

En el otro extremo de la mesa estaba Miller, con el cual cruzó una mirada breve, antes de ponerse, como Mikelin, a mirar el paisaje. Sentía los ojos sobre su cuerpo, interrogantes, pero permaneció impasible durante los veinte minutos que faltaban del informe, sin dejar traslucir su posición el respecto. Claro, ellos querían saber más que su opinión, pero no le iba a poner las cosas fáciles a la CIA, por Elbereth.

Williams terminó y quedó el silencio. Un silencio poco agradable. Miller miró a Mai –la corrección política ante todo–; Mai tamborileó sobre la mesa con sus uñas pintadas de rojo sangre y miró a Katilina, la especialista rusa; Katilina pestañeó como si le hubiera caído una basura en el ojo y se giró a Marinetti; el italiano carraspeó y dedicó una mirada interrogante a Valrugna; el mejor sanador de Arda tomó su taza de café con demasiada fuerza y derramó unas gotas en el uniforme de su vecino; Midhiel se levantó corriendo en busca de un paño húmedo para limpiar la manga.

–Gracias, pequeña –dijo el anciano mariscal con una sonrisa.

Miller carraspeó por segunda vez y, desesperado, miró directamente a G.

–Ha sido interesante –respondió el príncipe en inglés a la muda pregunta. –Pero el que estemos siendo comparados con los Estados Unidos de América no me hace… –fingió buscar un término adecuado– ¿feliz?

Fue como dar orden de ataque a una batería artillera: Mai reclamó acerca de la crítica al sistema de becas, Valrugna la propuesta de reducir gastos a costa de la formación humanística de los estudiantes, Sor Margaret el derecho a la libre asociación escolar, Beldrim la recomendación de separar dormitorios y duchas por sexo u orientación sexual. G sonrió tras su taza de café, divertido con los esfuerzos del equipo del Banco Mundial por defenderse con la misma retórica liberal y sexista que tan poca acogida tuviera en Arda a mediados del siglo XIX. Los anglosajones eran tan poco imaginativos…

Aunque lo del acoso sexual era relativamente nuevo y, a juzgar por las chispas verdes en los ojos de Beldrim, igual de retorcido para los oídos de la aristocracia de la isla. Debía darle cierto crédito a Williams, quien permaneció inmutable ante la mirada asesina del viejo. Era un gesto valiente.

–Las infraestructuras de las academias militares, así como de la mayoría de las escuelas de Arda –continuó impertérrito Williams–, dejan mucho que desear en la protección de la intimidad de los estudiantes. Las entrevistas arrojaron numerosas situaciones de estrés y exposición involuntaria. Aunque las víctimas no lo percibieran, estaban en situaciones de acoso.

–¿De acuerdo a qué normas? –inquirió G con voz falsamente desinteresada.

El pelirrojo se volvió directamente hacia él, con claro desdén en sus ojos.

–Las definiciones de acoso sexual están relacionadas con el control de la intimidad y las relaciones de poder. Claro, que si usted no lo sabe, no se para qué lo mandó el Primer Ministro.

No, comprendió G, era idiota.

Se hizo un silencio sepulcral. Los secretarios habían detenido su labor. Los traductores no se atrevieron a reproducir la frase, aunque, por desgracia, todos la habían comprendido. Mikelin y Mai se apartaron de la mesa, como si alguna bomba hubiera estallado ante ellos. Glorfindel retuvo al mariscal en su asiento, con bastante esfuerzo, a pesar de la diferencia de años. Los dos religiosos miraron con horror a Miller, como si este último pudiera arreglar el desastre, pero el norteamericano tenía la mandíbula desencajada y miraba al frente, al príncipe, con algo muy cercano a la súplica en sus ojos marrones.

La voz de G calma y casi risueña, no hizo más que incrementar la tensión:

–La idea del acoso sexual es un producto del pensamiento feminista, Williams, pero como en Arda no tenemos feministas…Bueno, usted entiende, ¿verdad? –el joven de cabellos oscuros se irguió en su asiento y miró por primera vez directamente a Miller y sonrió, era una sonrisa lobuna. –Midhiel, por favor, redacta una nota de queja para el Banco Mundial, acerca del comportamiento poco diplomático de uno de sus representantes conmigo y de sus comentarios despectivos acerca de nuestra nación, en términos generales, razón por la cual el gobierno de Arda se retira de las negociaciones hasta recibir satisfacción por la ofensa y este… –empujó su ejemplar del informe lejos de si con una uña, como si su solo contacto pudiera contaminarle– documento sea medianamente respetuoso de nuestros usos y costumbres. Hemos terminado.

G salió sin mirar a nadie, con Midhiel pisándole los talones. Todos los ardenses de la sala obedecieron la muda orden y le siguieron. Ni siquiera Hurim se atrevió a despedirse.

Cuando la última secretaria cerró la puerta, Miller sacó la cabeza de entre las manos, se levantó y fue a apoyarse en el amplio ventanal, tratando de hallar en el verde brillante de los Jardines de Namo algo de calma.

–¿Estás contento? –no había girado para verles, pero fue claro a quién se dirigía la frase llena de rabia.

Williams no se dejó amedrentar. Llevaba demasiados años en las instituciones internacionales de desarrollo para dejarse llevar por el pánico. Prefirió tratar de entender la exasperación de su habitualmente racional jefe.

–¿Quién es ese chico? –preguntó, y sabía que no era el único allí con esa inquietud.

–¡¿Chico?! –Miller se giró hacia ellos con el rostro congestionado y las pupilas reducidas a cabezas de alfiler. –¡Acaba de dejar en suspenso un proyecto de ciento veinte millones de dólares y le llamas chico!

–Es un bluf, Sid –afirmó Williams tratando de clamar a su compañero. –Es el gesto soberbio de un noble ignorante.

Aquello enfureció aún más a Miller.

–¿Chico? ¿Noble ignorante? ¿Ese es todo tu conocimiento político? –señaló la sala desierta con un gesto de su mano– ¿A esto se reduce tu muy ponderado conocimiento multicultural?

–¿Vas a decirnos algo, Sid? –interrumpió Katilina.

El llamado de la rusa hizo recordar al castaño que no estaba solo con la causa de sus desgracias, así que hizo un esfuerzo por controlarse. Miller volvió a su silla, se masajeó las sienes en un vano intento por calmarse. Suspiró.

–El “chico” que ha tirado a la basura estos dieciséis meses de trabajo se llama Gorland de Telcontar, pero normalmente le llaman G o el Príncipe, es un miembro de la familia real.

–Creí que Arda no tenía monarquía –comentó Marinetti.

Miller le dedicó una mirada exasperada.

–Que no reinen no significa que hallan muerto, Daniel. Las últimas monarquías de Arda estaban en Rohan y Arnor, ambas familias se aburrieron del trono en 1860, después de la caída de Nurmen en la Guerra de Unificación, pero retuvieron las propiedades, el dinero, el poder político. Además, estamos hablando de G Telcontar ¿les suena?

Ante las miradas de incomprensión de sus compañeros, Miller gruñó. Su jaqueca no iba a remitir.

–El Príncipe Guntalem Telcontar fundó la Sociedad Moriquendi en 1605, ese es el segundo título más importante de la familia, desde entonces sus descendientes ponen o quitan cancilleres y presidentes, expulsan firkaielos indeseables o negocian tratados. En corto, Williams, acabas de llamar “recadero del Primer Ministro” al único hombre con auténtico poder de Arda.

Un pesado silencio se instala. Los otros tres especialistas están tratando de procesar la escalofriante información y acomodarla con sus conocimientos anteriores. Williams, en especial, se siente derrotado. ¿Cómo pudo dejarse llevar por el mal humor de la mañana y no mirar? Esto puede costarle la carrera, hasta el matrimonio, teniendo en cuenta cómo se la gastan su esposa y sus cuñados en lo del honor patrio.

–¿Por qué nadie nos dijo nada de él? ¿Por qué no nos advertiste quién era? –pregunta Katilina con voz suave.

–No tenía idea de que aparecería acá hoy, para cuando me lo informaron ya estaba cruzando el lobby y los representantes de las universidades no se perdían gesto, Beldrim es un moriquendi declarado, no tengo idea de para quién trabaja Mikelin –Miller hizo una pausa, meditando la cantidad de información que debía rebelar para poner a cubierto a sus colegas. –Los movimientos de G son difíciles de seguir, aunque nos interesa mucho –hubo un gesto de comprensión en los otros tres, “nos interesa” significaba, claro está, la CIA. –Me informaron hace una semana de su llegada, pero a qué vino es un enigma. Puede que a torpedear este proyecto, puede que a la boda del futuro Senescal con esa rusita arribista, puede que a buscarse un amante en la universidad, es… –el hombre dejó la frase en suspenso, ya la ira se había disipado, dejando paso a una aplastante frustración.

Entonces Williams se pone de pie con expresión decidida.

–Fue un placer trabajar con ustedes. Miller, tendrás mi renuncia mañana en la mañana.

El otro le mira extrañado.

–¿De qué hablas?

–Pues, obviamente, todo será más fácil de arreglar si mi –arguye el norteamericano.

–No –le interrumpe Miller. –No sabes nada del sentido del honor de esta gente. Nosotros debemos rehacer ese proyecto, nadie más. En cuanto a tu malentendido con el Príncipe, relájate, estás a punto de convertirte en la nueva supernova del cielo de Arda.

TBC…

05 junio, 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 44 final

Epílogo

Pero se van tiñendo con tu amor mis palabras.
Todo lo ocupas tú, todo lo ocupas.
Voy haciendo de todas un collar infinito
para tus blancas manos, suaves como las uvas.
“Poema 1”, Pablo Neruda


La Tercera Edad terminó con victoria y esperanza. Cuando el Gran Anillo fue destruido, y los Tres quedaron despojados de todo poder, Galadriel, Celeborn, Gandalf, Radagast y Cirdan, cansados al fin, abandonaron la Tierra Media para nunca más regresar. Pero muchos eldar más jóvenes habían elegido permanecer junto a los hombres.

Florecieron entonces los reinos de Rohan y Espagaroth, el reino doble de Góndor y Arnor recuperó su esplendor. Los elfos bajaron de Rhovanion hacia Ithilien, a vivir en la colonia que fundara Arwen Undómiel con la ayuda del Rey de Góndor. Allí llegaron, desde Lorien y Erys Lasgalen, los que deseaban unir su destino a los mortales y terminar con las plagas de orcos y criaturas oscuras que aún merodeaban alrededor de Mordor.

Como Reyes de los Elfos y de los Hombres, vivieron Aragorn Telcontar y su esposo Legolas Thrandulion durante ciento veinte años de gloria y de ventura; pero al fin Aragorn sintió que se acercaba a la vejez, y supo que los días de aquella larga vida estaban terminando. Entonces llamó a su hermana Arwen y le habló mientras estrechaba la mano siempre joven de su consorte:

–Al fin, Dama Estrella de la Tarde, mi mundo empieza a desvanecerse. Y bien: hemos recogido y hemos gastado, y ahora se aproxima el momento de pagar.

Legolas y Arwen sabían muy bien lo que él pensaba hacer, pues lo habían presentido hacía largo tiempo; y a pesar de todo, el dolor les abrumó. El Príncipe nada dijo, estaba dispuesto a seguir a su esposo, en la vigilia y el sueño, pero Arwen argumentó con dolor.

–Di Esperanza a los dúnedain, y no he conservado ninguna para mí. ¿Quieres, entonces, mi señor, abandonar antes de tiempo a los tuyos que viven de tu palabra?

–Si no parto ahora, pronto tendré que hacerlo por la fuerza.

Entonces, fueron a la Casa de los Reyes en la Calle del Silencio. Aragorn se tendió en el largo lecho que le habían preparado, y a su lado se acomodó Legolas, con el cabello suelto, como si fuese a dormir una siesta. Allí dijo el edain adiós a Eldarion y le puso en las manos la corona alada de Góndor y el cetro de Arnor; y el elfo besó en la frente a su hijo y sus hijas. Abrazaron fuerte a Geniev y Rúmil, últimos testigos vivos de sus aventuras, y bendijeron a Beren, hijo de Barahir, Senescal del Reino. Luego todos se retiraron, excepto Arwen.

No obstante la gran sabiduría de su linaje, ella no pudo dejar de suplicarle que se quedaran todavía por algún tiempo. Aún no estaba cansada de los días y ahora sentía el sabor amargo de la mortalidad que ella misma había elegido por acompañar a su hermano querido y al elfo más bello de la Tierra Media.

–Dama Undómiel –dijo Aragorn–, dura es la hora sin duda, pero ya estaba señalada el día en que nos encontramos bajo los abedules blancos en el jardín de Elrond, donde ya nadie pasea. Y en la Colina de Cerin Amroth cuando tú y yo rechazamos la Sombra y renunciamos al Crepúsculo, aceptamos este destino. Reflexiona un momento, y pregúntate si en verdad preferirías que esperara a la muerte, verme caer del trono achacoso y decrépito, arrastrando en mi debilidad a Legolas. Soy el último de los Númenóreanos y el último Rey de los Días Antiguos; y a mí me ha sido concedida no sólo una vida tres veces más larga que la de los hombres de la Tierra Media, sino también la gracia de abandonarla voluntariamente, y de restituir el don. Ahora, por lo tanto, me voy a dormir.

Legolas tuvo pena de Arwen, que llevaba tanto tiempo perdiendo a los que amaba. La muerte no se había cebado en ellos durante un siglo, pero eso era un suspiro para los inmortales. Le tocaba el amargo deber de contemplar a su familia prepararse para el sueño eterno y sobrevivir. Le tomó las manos y se las besó con reverencia, porque gracias a ella había soportado muchas pruebas en su rol de gobernante, guerrero y padre.

–Hermana, no te diré palabras de consuelo, porque para semejante dolor no hay consuelo dentro de los confines de este mundo; a ti te toca una última elección: arrepentirte y partir hacia los Puertos llevándote contigo hacia el oeste el recuerdo de los días que hemos vivido juntos, un recuerdo que allí será siempre verde, pero sólo un recuerdo; o de lo contrario esperar el Destino de los Hombres.

Ella exhaló un suspiro triste, pero no se detuvo a meditar su respuesta, pues hacía mucho que había renunciado a reencontrarse con Celebrian y Galadriel en Valinor.

–No, esa elección ya no existe desde hace largo tiempo. No hay más navíos que puedan conducirme hasta allí, y tendré en verdad que esperar el Destino de los Hombres, lo quiera o no lo quiera. Pero una cosa he de decirte Príncipe: hasta ahora no había comprendido la historia de los edain y la de su caída. Allá en la colonia, entre cantos y risas, protegidos por las costumbres ancestrales de nuestro pueblo, alguna vez les consideré tontos y malvados, mas ahora los compadezco al fin. Porque si en verdad éste es, como dicen los Eldar, el don que el Uno concede a los hombres, es en verdad un don amargo.

–Así parece –convino el Príncipe, esa misma opinión de los hombres y su devenir estaba arraigada en su alma tras largos años gobernando los destinos del Oeste junto a su esposo.

Legolas logró sonreír, sin embargo, al contemplar los grises ojos del Rey, que reflejaban el mismo amor que ciento veinte años antes, durante su noche de bodas. Ocultó el rostro en el pecho aún ancho y fuerte. El rubio cabello cayó hacia delante y Aragorn lo acomodó tras de su oreja, en un gesto tan antiguo como el mar. Habló por última vez a su hermana, último recuerdo, junto a Halladad, Rúmil y Legolas, del Poder de los Elfos en la Tierra Media.

–No nos dejemos abatir en la prueba final, nosotros que otrora renunciamos a la Sombra y al Anillo. Con tristeza hemos de separarnos, mas no con desesperación. Sabes bien que no estamos sujetos para siempre a los confines del mundo, y del otro lado hay algo más que recuerdos.

Se tendió cuan largo era y abrazó al elfo suavemente. La última palabra fue un dulce susurro entre sus labios.

–¡Adiós!

–¡Estel, Estel! —exclamó Arwen, y mientras le tomaba la mano y se la besaba, Aragorn y Legolas se quedaron dormidos.

Y de pronto, se reveló en la pareja una gran belleza, una belleza que todos los que más tarde fueron a verlos contemplaron maravillados, porque eran el hombre y su elfo una pareja perfecta, en ellos se veían unidas la gracia de la juventud y el valor de la madurez, y la sabiduría y la majestad de la vejez.

Los enanos de las Cavernas Centelleantes trajeron entonces una fina sábana de mithril, y les cubrieron. El tejido eran tan fino que se notaba el largo cabello del Príncipe extendido sobre sus hombros, pero ninguna espada podía atravesarlo, luego tallaron una cubierta de piedra que encajaba exactamente sobre los dos y permitía a los herederos conocer el perfil de los grandes amantes que renovaron el esplendor del Oeste, y abrieron camino al Tiempo de los Hombres. Por siglos, el primer acto del Rey al ser coronado, era peregrinar a la Casa de los Reyes en la Calle del Silencio, en Minas Tirith, y presentar su respeto a los patriarcas dormidos, una imagen del esplendor de los Reyes de los Hombres en la gloria radiante anterior al desgarramiento del mundo. Dicen que incluso se podía sentir su leve respiración, bajo la capa de fina piedra y metal hilado.

Pero Arwen estaba ajena a todas aquellas maravillas. Salió de la Casa de los Reyes y la luz se le había extinguido en los ojos, y a los suyos les pareció que se había vuelto fría y gris como un anochecer de invierno que llega sin una estrella. Entonces escribió una larga carta a los reyes de Erys Lasgalen, Halladad y Maërys, y a sus guardianes, los hijos de Maedros, para que llevaran algunas de sus cosas al norte; otra a sus hermanos, que gobernaban Arnor a nombre de su nieto Eldarion y criaban a sus hijos junto al bello Amroth. Puestos en orden sus asuntos, Arwen dijo adiós a Eldarion, y a sus hermanas Eruana, Alia y Melian, a aquellos a quienes había amado en la ciudad: Geniev y Rúmil, Beren y su esposa.

Arwen abandonó la Ciudad de Minas Tirith y se encaminó al país de Lorien, y allí vivió sola bajo los árboles que amarilleaban hasta que llegó el invierno. El país estaba silencioso, solo Geniev y Rúmil, antiguo guardián de la Dama Galadriel, seguían sus pasos.

Y allí por fin, cuando caían las hojas de mallorn pero no había llegado aún la primavera, se acostó Arwen a descansar en lo alto de Cerin Amroth. Geniev y Rúmil construyeron la tumba a su alrededor, sin moverla, porque era su voluntad descansar en el sitio donde había elegido unir su destino al de los hombres. Luego ellos regresaron a Minas Tirith, llenos de dolor, pero con el consuelo de que la Dama Undómiel había cumplido su destino. Allí estará la tumba verde, hasta que el mundo cambie, y los días de la vida de la Familia Real se hayan borrado para siempre de la memoria de los hombres que vendrán luego, y la elanor y la niphredil no florezcan más al este del Mar.

Aquí termina esta historia, tal como ha llegado a nosotros desde el sur; y después de la desaparición de Estrella de la Tarde nada más se dice en este libro acerca de los Días Antiguos.

FIN

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 43

Hay tiempo más que suficiente

Imladris, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, una tarde de mayo

Tiempo es una palabra
que empieza y que se acaba
que se bebe y se termina
que corre despacio y que pasa deprisa.


Elladan se dejó caer en el suave pasto y suspiró con fuerza. Se sacó luego el cinturón, la túnica y la ligera diadema que mantenía su frente despejada. Los oscuros mechones se derramaron a los lados de su rostro afilado, pero él los apartó de un gesto y gateó unos metros hacia la derecha, donde Ellohir yacía en un improvisado diván de mantas y cojines entre las raíces de un sauce, y se acomodó en el regazo de su hermano.

Permanecieron en silencio, disfrutando de la vista que la pequeña quebrada donde descansaban les ofrecía, protegidos de la luz directa del sol por las ramas del árbol. El valle era completamente visible desde allí, como un extraño dibujo café, rojo, negro y verde donde se alternaban las líneas rectas de los campos sembrados y las sinuosas de comunidades y edificaciones.

–La cosecha será buena este año –dijo Ellohir al rato.

Con esa breve frase informaba que había terminado de supervisar la siembra de los campos recién arados. Eso era importante: la tierra de Rivendel era fértil, pero el clima alrededor de ellos duro y el calor que alimentaba las plantas efímero.

–Y el periodo de sesiones del Consejo largo –respondió Elladan.

El gemelo menor asintió en silencio. Eso implicaba que el Consejo aceptaba discutir no solo las medidas administrativas, sino también la rehabilitación de la antigua ley sobre los gemelos que descubrieran días atrás. Era una pequeña victoria.

La brisa de la tarde hizo ondear los cabellos de Elladan, su hermano levantó la mano derecha y dejó que los sedosos mechones acariciaran su palma al ritmo del cielo al tiempo que cerraba los ojos de puro placer y suspiraba suavecito.

–Odio a mi nuevo Primer Consejero –se quejó el mayor con voz aniñada.
Ellohir dejó caer la mano y rodó los ojos. Si hubiera imaginado que su hermano haría tanto drama por el cambio en el Consejo, habría votado en contra.
–Tranquilo, el sentimiento es mutuo.
–Pues no debería –siguió refunfuñando Elladan. –Su esposo volverá a entrar en los Anales por nosotros.
–Suena como su Amroth fuera de nuestra propiedad –le reprochó al punto.
Elladan le dio una palmada en la pierna, ofendido.
–Tu sabes lo que quiero decir: Glorfindel es muy buen sanador, el mejor. Si alguien puede hacer que su mano deje de doler, es él. Pero la manera de ser de ese chico…

Ellohir volvió a asentir, en eso Dan tenía razón. Había tomado horas convencer al avari de que aceptara a Glorfindel –ya libre del Consejo y ocupado solo de Idril y sus pacientes– como sanador personal para tratar de mejorar la condición de su mano lisiada. Amroth había aceptado al final, pero los gemelos estaban seguros de que no había sido por persuasión, sino porque se sentía obligado a obedecerles. Las implicaciones que tal criterio podía traer en el futuro era algo que incomodaba profundamente al gemelo.

–Lo importante es que estará bien ¿no? –dijo en tono acaso demasiado brusco, lo que no pasó desapercibido a Elladan.

El gemelo mayor giró sobre si mismo, de modo que todo su campo visual quedara ocupado por ese rostro tan parecido al suyo –pocas personas podían reconocer las diferencias excepto la del color de los ojos, pero él sabía–, y tan amado.

–Claro que si, amor. De su alma también nos ocuparemos, hay tiempo más que suficiente para los dos elfos más tozudos de Arda.
Ante eso, Ellohir tomó a su hermano por las solapas y lo levantó, dejando sus rostros a escasos centímetros de distancia.
–¿A quién llamas tozudo? –siseó.

Elladan no respondió, solo adelantó los labios y se apoderó de la boca de su esposo.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Minas Tirith, año 1 de la Cuarta Edad del Sol, 17 de junio

Legolas se contempló en el gran espejo y suspiró con pesadumbre. La imagen del reflejo era la de una belleza mítica: el cabello dorado y lacio tejido por encima de la nuca en una complicada diadema, la túnica dorada, con bordados en verde y negro, las joyas ceremoniales en mitril, plata y madreperla, las armas llegadas con toda pompa desde Mirkwood con sus dibujos en lapislázuli.

Si. Perfecta para los ojos de los mortales que ya se agolpaban en las galerías del palacio y las principales calles para ver la ceremonia. Casi perfecta para quienes le conocían. Adorable para su esposo –no lo dudaba–, pero en absoluto satisfactoria desde su punto de vista.

No era el peinado que la peluquera tardara casi dos hora en componer, ni las armas que pertenecieran a su abuelo. No era el olor acaso demasiado dulzón de la lavanda con que perfumaran el traje. No era la fecha de la ceremonia, ni el fastidio de tener que casarse de nuevo con Aragorn para darle el gusto a esos estirados de la corte –los mismos que rezaban por una “accidental” caída de un caballo o de la ventana más alta de la Torre de Ecthelion.

No era el clima, que prometía un día espléndido, a despecho de las plegarias de los mismos estirados. No era el menú cuyo olor tendría que soportar durante la recepción, basado en carnes y salsas demasiado condimentadas. No era el rostro ajado y desagradable del anciano encargado de oficiar su ceremonia de coronación como Príncipe Consorte de Góndor y Arnor.

Era él.

Para Legolas, las ceremonias de esa jornada no valían tanto por lo que decían al resto de los habitantes del reino, como por lo que Aragorn le decía personalmente, pero el príncipe no estaba seguro de poder responder a la altura de las circunstancias. Apenas soportaba abrazos leves, caricias tiernas ¿cómo podría…? Sentía que le debía a su esposo una segunda noche de bodas, porque, aunque pocos de los presentes lo supieran, para la ley élfica su matrimonio estaba en suspenso a partir del ultraje a que fuera sometido. No había vuelto a intimar con Aragorn, ni siquiera dormían en la misma cama desde que despertara junto al mar, pero esta noche…

La sola idea le asustaba. ¿Sentiría Aragorn el olor del teleri en su piel? ¿Vería las marcas del forcejeo? A Legolas aún le parecía verlas al desnudar sus brazos y torso, aunque hubieran pasado casi seis meses.

A sus espaldas, la puerta de la habitación se abrió. El príncipe no necesitaba voltear para reconocer los pasos suaves de su cuñada. Permaneció quieto, a la espera de que ella se acercara con el último de los accesorios: una guirnalda de lissuin y elanor. La corona había sido elaborada por Arwen y una elfa de la delegación de Mirkwood, en señal de la aceptación de las dos familias ante el enlace. Que los desposados lucieran estos trabajos florales era una costumbre de los primeros nacidos asimilada en Góndor, hecho por el cual Legolas estaba feliz: sin dudas era mejor esa diadema, de perfumadas flores blancas y doradas corolas semejantes a estrellas, que la pesada corona real.

Arwen dejó la caja que contenía la guirnalda sobre la cama y se acercó. Tenía el rostro impasible, como de costumbre, y mientras Legolas la veía acercarse a través del espejo, pensó que acaso fuera esa actitud etérea la que fascinara a su esposo cincuenta años atrás.

–Tienes razón –dijo ella cuando estuvo a su lado, como de costumbre la había leído el pensamiento–, pero lo mismo que le atrajo le apartó de mí.
Legolas no dijo nada. Ya sabía que para Arwen el rompimiento del compromiso había resultado un alivio, ningún rencor quedaba entre ambos.
–Y sin embargo –continuó ella–, pareces creer que fingir que eres yo te allanará el camino.
Ese comentario si que desconcertó al rubio, por lo que se giró para verla de frente, la inquietud clara en sus ojos. Una sonrisa surgió en el rostro impasible de la elfa.
–En instantes como este comprendo por qué se enamoró de ti, eres tan… intenso. Como un mortal, pero poseedor de la fuerza y experiencia de los inmortales. ¿Por qué te avergüenza lo que eres, Legolas?
¿Lo que era? Una mueca amarga comenzó a formarse en sus labios, pero Legolas se contuvo y dejó su rostro vacío. Arwen sacudió la cabeza.
–No te queda fingir que no sientes nada. Tu esposo desea vivir con aquel que conoció, pero dudo que alguna vez vuelvas a ser tú sin confiar en él.

Legolas se le quedó mirando sin saber qué contestar. Nadie, en los meses que llevaban en Góndor, se había atrevido a hablarle acerca de su lejanía, de su repentina impasibilidad. Arwen no esperaba respuesta, dio media vuelta y se dirigió a la puerta, para dejarle terminar de prepararse.

–No estoy listo –alcanzó a decirle cuando ella ya tocaba el tirador.
La Estrella de la Tarde se detuvo a mitad del gesto y él podría jurar que había un toque de diversión en su respuesta.
–Somos elfos, Legolas, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo es una palabra
que se enciende y que se apaga
ni se tiene ni se atrapa
no se gira ni se para.


Eomer está en la habitación donde su hermana espera el momento de salir a la ceremonia de coronación que precede a su propia boda. Las sirvientas ya se han marchado, y solo Aleth, su nuevo edecán, espera junto a la puerta con la corona real de Rohan entre sus manos. Están solos y él siente que es el momento de “la charla” aunque no esté muy seguro de cómo llevarla adelante. Carraspea, tratando de poner en orden sus ideas, y Eowyn gira a verle, aunque sin apartarse de la ventana donde intenta conjurar los nervios y al calor.

–¿Si?
–Yo… mira… quería preguntarte… ¿en verdad quieres hacer esto?
Eowyn pestañea confusa.
–¿Qué clase de pregunta es esa?

Eomer vuelve a carraspear, es difícil dejar de balbucear bajo la dura mirada de su hermana menor. No desea atraer su ira, pero muchísimo menos verse en la obligación de abrirle la garganta a Faramir en unos años. Es mejor dejar las cosas claras ahora.

–La clase de pregunta que hace un hermano preocupado antes de que su hermana de un paso irreversible. No, no me interrumpas. Mira: cabalgaste Góndor, en contra de las órdenes expresas de tío Theoden, porque querías morir tras el rechazo de Aragorn. Como siempre te sales con la tuya, te dimos por muerta y si no llega a ser por Imrahil… ¡Bueno! El caso es que te dejo convaleciente y al regresar de la Puerta Negra ya tienes al Senescal a tus pies. Casi tuve que enlazarte para que fueras a Edoras hasta que se oficializara la petición, y a los pocos meses te las arreglas para regresar acá con esa tonta excusa del batallón de apoyo. En fin, que te he perdido de vista, hermana, y no se qué o quiénes han influido sobre ti en los últimos meses. Yo no quiero que te cases solo por la alianza entre nuestros reinos, has sufrido demasiado para condenarte así, menos porque tu corazón aliente aún alguna pasión respecto a Aragorn, ¿entiendes?

Eowyn asiente despacio, y se acerca a su hermano para estrechar sus manos bronceadas por los años de vida a la intemperie. Las manos de ella son más pequeñas, pero igual de recias, manos que saben amar y atacar.

–Entiendo –dice con suavidad–, pero no tienes por qué preocuparte. Estos meses me han servido para conocer bien a Faramir, y para que él me conozca. Hemos tenido largas charlas, peleas, reconciliaciones. Ahora se que no somos iguales, sino complementarios. Te juro, hermano, que cerca de mi prometido apenas pienso en tu amigo Aragorn.

Eomer no puede contener una mueca de desagrado ante la mención del hombre y su hermana lo nota.

–¿Qué pasa? ¿No es tu amigo? –inquiere con repentino desasosiego.
–Bueno, si –Eomer maldijo interiormente su gran expresividad. –Creo que aún lo somos.
–¿Aún?
El Rey de Rohan se aparta de su hermana con un gesto brusco y gruñe su desagrado.
–La verdad, era más simpático cuando guardaba las formas.

Eowyn se le queda mirando con los ojos entrecerrados, insegura de qué respuesta dar. De pronto se da cuenta de que al vivir y trabajar con los elfos de la colonia de Ithilien ya no le extraña que dos personas se amen, tengan el sexo que tengan.

–¿Llamas “guardar las formas” a condenar a Legolas al vergonzoso papel de amante?
–¿Y tu llamas “guardar las formas” al espectáculo que están a punto de dar? –repone Eomer molesto.
–Ay Hermano, es una boda, el pacto entre dos personas que se aman y que han pasado mucho para estar juntas.
–Tú lo has dicho, una boda. ¿Dónde se ha visto que se casen dos varones? Y no vengas a invocar a los elfos.
–¿Y por qué no? No me pareció que hicieras ascos a los elfos cuando lucharon junto a nosotros contra Sauron.
–¡Era distinto!
–¿Cómo distinto? ¿En qué son distintos Aragorn y Legolas ahora? ¿Son peores guerreros, menos valientes, menos dignos?
–Son…

Eomer bufó, molesto de no tener palabras para expresar qué le desagradaba de todo el asunto. Se limitó a dar vueltas por la habitación bajo la mirada inquisitiva y paciente de su hermana.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–Estás pensando en Theodred, ¿verdad? –dijo ella al fin con calma.
El Rey de Rohan se detuvo a mitad de un paso y giró hacia ella con celeridad. Había sorpresa y dolor en sus ojos.
–No merecía morir así –admitió en un susurro que Eowyn apenas pudo oír.

Hablar de su primo dolía, mucho. No importaba que Theodred fuera un talentoso estratega y excelente orador, que pudiera calibrar a los hombres de una mirada y reconocer sus errores, nunca sería tan bueno como Eomer a los ojos del difunto Theoden. Lo peor era que no podía culpar a Grima de ello: su tío había dejado bien claro cuáles eran las reglas de la casa, pero no estaba en las manos de Theodred amar a las mujeres. Así que Theodred y Eomer habían sido sombra y luz: mientras el príncipe heredero se opacaba más y más, el joven mariscal ganaba favores y gloria. Premios con sabor a hiel, porque los debía al poco cariño de Theoden por su propio hijo. Su final había sido un duro golpe para los que le apreciaban. No solo por la horrible muerte que los orcos le depararan, sino porque sabían que el príncipe había cabalgado a esa misión para complacer a su padre, un padre nunca satisfecho de sus logros.

–No –admitió ella, y se acercó para tomarle las manos–, pero debes recordar que murió con honor. Y muchos más que sufren desprecio se mantienen de pie, sin dejar que la amargura envenene sus corazones. ¿Acaso te odiaba Theodred porque eras el favorito?
–Nunca, su corazón era grande. Habría sido mejor Rey que yo.
–Es posible, tú te dejas llevar por las costumbres demasiado a menudo –reprochó su hermana con cuidado.
Eomer la miró sorprendido y luego la risa alcanzó sus labios y sus ojos azules.
–¡Debes tener razón, como siempre! No soy más que un prejuiciado –se puso repentinamente serio–, pero no soy el único.
–Eomer, ¿crees que Aragorn ignora que la mitad de la corte está en desacuerdo?
–¿Y si lo sabe por qué persiste?
–¡Porque se aman! Por eso, y porque como Rey debe ser digno y honesto. Aragorn es más grande aún reconociendo que es Legolas el único a quien desea entregar su vida ¿no puedes verlo? Cuánto valor es necesario para romper con las reglas y seguir el dictado de nuestros corazones. Tú y yo sabemos de eso, hermano.

Eomer sabía que ella tenía razón, defender a su primo ante la corte, enfrentar a Grima, partir hacia la Puerta Negra sin esperanza de sobrevivencia. Ninguna de estas acciones habían sido demasiado razonables, pero si correctas. Sin embargo…

–Lo se, se que tienes razón. Pero una cosa es saber y otra muy distinta aceptar.
Eowyn fue a decir algo más, pero hubo tres toques en la puerta.
–Vienen por nosotros –le interrumpió su hermano.

Aleth se acercó a presentar la corona y ella repasó por última vez su atuendo ante el gran espejo de metal bruñido. Salieron tomados de la mano a ocupar sus puestos entre los invitados de honor en tenso silencio.

Al contemplar los estandartes de Mirkwood, el altar ceremonial y la imponente figura del árbol blanco, delgado y joven, pero erguido hacia el sol, Eomer recordó los duros momentos compartidos con esos dos. La fidelidad a toda prueba de Legolas, las valientes decisiones de Aragorn, su innegable complementariedad. De repente le asaltó la idea de que no estaba siendo fiel a su primo al cuestionar el derecho del edain y el elfo a ser felices. ¿Qué diferenciaba a Theodred, Aragorn y Legolas? Nada. ¿Qué había diferenciado a Theodred, Eomer y Eowyn? Nada.

Sonaron las trompetas y los invitados giraron sus cabezas en dirección a la puerta principal de la ciudadela. Los amplios batientes se abrieron y contrayentes avanzaron despacio por la galería de asientos, precedidos del Senescal y seguidos por representantes de la casa real de Mirkwood. El duro rostro de Aragorn resplandecía de paz, Legolas era una figura de belleza preternatural, sus trajes ceremoniales y armas no dejaban dudas acerca de su capacidad bélica.

Eomer no estaba demasiado contento de estar ahí, pero si contento por sus amigos. Si su primo hubiese vivido un poco más… Pero no era momento para recuerdos tristes, sino para hacer la paz. Se inclinó sobre el hombro de su hermana y susurró.

–Solo dame tiempo, ¿si?
Ella no apartó los ojos de la deslumbrante procesión que se acercaba al altar, pero deslizó su mano para estrechar la del monarca.
–Hay tiempo más que suficiente –le aseguró muy bajito.

Unos minutos después, la ceremonia de coronación del Príncipe Consorte comenzaba.

El tiempo no se detiene
ni se compra ni se vende
no se coge ni se agarra
se le odia o se le quiere.


A pesar de lo inusual del enlace –tras mucho rebuscar en los archivos, Faramir había hallado un caso quinientos treinta y tres años antes, entre dos mujeres de la nobleza de Ithilien– los asientos estaban colmados por la más rancia aristocracia del reino, muchos de los cuales habían viajado para “confirmar la afrenta” con sus propios ojos. Sin embargo, los espías de Faramir aseguraban que muchos jóvenes veían con entusiasmo la boda. Algunos como señal del cambio político que ¡por fin! apartaría a sus padres del poder, espacio que ellos planeaban llenar; otros porque habían sufrido la represión de sus deseos y veían en el gesto del monarca el ejemplo para rebelarse frente a sus familias.

Luego de las formalidades estaba previsto un desfile por las principales calles de la ciudad, y la multitud allí era mayor aún que la del día de la coronación del Rey, exactamente un año antes. Esa multitud no tenía una actitud violenta. Según las mismas fuentes del Senescal, el asunto de que Elessar I se casaba con otro varón era de poca importancia para la mayoría de los habitantes plebeyos de la ciudad. Las antiguas leyendas aseguraban que los elfos eran aún más antiguos que los hombres y las mujeres, luego no tenían sexo, luego… A Legolas no acababa de hacerle feliz esa deducción.

El desfile acabó al fin, y se dirigieron al salón de fiestas, donde les esperaban el banquete, un impaciente Eomer y una sonrojada Eowyn. Aragorn, Legolas y Geniev ocuparon sus asientos en la mesa real y, de acuerdo al protocolo, esperaron a que todos los presentes tuvieran su copa de vino servida antes de que el Rey se levantara y hablara a la multitud.

–Escuchad, todos mis invitados, noble y hermosa gente de numerosos reinos: ¡Faramir, Senescal de Góndor y Príncipe de Ithilien pide la mano de Eowyn Dama de Rohan, y ella se la concede de buen grado! Aquí mismo celebrarán la boda, a la sencilla y honesta usanza de los rohirrim.
Faramir y Eowyn se adelantaron y se tomaron de la mano, y todos los presentes brindaron por ellos. Entonces Eowyn miró a Aragorn a los ojos, y dijo:
—Deséame ventura, mi Señor y Curador.
Y él respondió:
—Siempre te deseé ventura desde el día en que te conocí.
Luego ella miró a Legolas a los ojos, y dijo:
–Deséame ventura, sabio guerrero, y dame tu perdón.
El príncipe le dedicó una de sus escasas sonrisas y repuso:
–Bienaventurada seas, valiente doncella. Afirmo aquí ante todos que nunca hubo agravios entre nosotros, porque siempre actuaste como mujer honorable.

Eowyn sonrió y fue al centro del salón de la mano de su hermano, donde bailó una pieza alegre, al ritmo del tamboril. En medio de la danza ella se alejó girando en dirección a su nuevo esposo, que la recibió y, para asombro de la corte, se incorporó al baile extranjero sin demora. Eomer les dejó disfrutar y regresó a su puesto en la mesa real, junto a Arwen, su amplia sonrisa no dejaba dudas sobre su satisfacción sobre el enlace.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


–¿Feliz, majestad? –bromeó Aragorn.

El Rey de los Rohirrim tuvo que contener una mueca de desagrado, todavía no se sentía de humor como para bromear con alguien que acababa de hacer… lo que Aragorn acababa de hacer. Pero tampoco olvidaba ni por un minuto la promesa hecha a su hermana, dónde estaba, o el carácter de su anfitrión, así que optó por contestar con inesperada seriedad.

—De este modo la amistad entre la Marca y Góndor queda sellada con un nuevo vínculo, y esto me regocija.
A Aragorn le pareció extraño que Eomer invocara razones de Estado para su alegría ante el enlace, pero decidió seguir el juego.
—No eres avaro por cierto, Eomer, al dar así a Góndor lo más hermoso de tu reino.

Eomer apenas hizo un gesto de asentimiento amable, y se refugió tras su copa. Aragorn fue a decir algo más, pero la suave mano de Arwen en su muslo le indicó que no debía insistir. Sin embargo, para el ex–montaraz estaba claro que la frialdad de su amigo se debía al gesto de hacer pública su relación con Legolas, y eso le dolió. A Aragorn aún le dolían las acusaciones de irresponsabilidad que le espetaran en Rohan, cuando recién despertara tras el ataque de los wuargos. Todos esos recuerdos le demudaron el rostro y casi apagaron la alegría que le daba haber proclamado su amor a todo el reino, pero la ayuda vino de sitio más inesperado.

–Mira la pista de baile, majestad –le susurró su esposo en tono divertido.

Al tiempo no se le habla
ni se escucha ni se calla
pasa y nunca se repite
ni se duerme y nunca engaña.


Aragorn obedeció, y casi se va para atrás en su puesto: entre las parejas que seguían el ritmo de las flautas y cuerdas destacaban varias… inusuales. Eran los elfos del Bosque Dorado, que sin ningún temor disfrutaban de la música con la misma libertad que lo hicieran en su antiguo hogar. Sin embargo, al mirar más despacio, el Rey notó que varias de las parejas no estaban integradas solo por elfos o elfas. Varios inmortales habían sacado a bailar a jóvenes gondorianos de ambos sexos, los cuales seguían los pasos con decisión, aunque el rubor cubría sus mejillas. En los laterales, los rostros de unos cuantos ancianos estaban rojos –y no de felicidad. Aragorn supuso que, sabedores de que esos guerreros eran parte de la guardia de la Dama Galadriel, no se habían atrevido a negar permiso a sus vástagos. Tuvo que hacer serios esfuerzos para contener la carcajada.

–Majestad ¿me concede una pieza de la mano del Príncipe Geniev? –Aragorn miró a Rúmil con cuidado.

El hermano de Haldir lucía espléndido con su elegante uniforme gris de gala, pero los entrenados ojos del Rey reconocían las señales de nerviosismo que se apoderaban del elfo al estar cerca de su hijo adoptivo. Sonrió antes de volverse hacia su izquierda, donde Geniev aguardaba su respuesta con los ojos clavados en el plato. Recordaba muy bien el reporte que esa misma mañana le rindiera su perceptor, el joven Duilin: Geniev había aprendido algunas rutinas que le permitirían pasar airoso el evento de esta tarde, pero su nerviosismo estaba apenas controlado. Sin embargo, se dijo, tal vez fuera bueno darle al chico la oportunidad de elegir.

–Hijo, ¿deseas bailar con el capitán Rúmil?

Geniev levantó sus grandes ojos negros con sorpresa, miró a su padre, a la pista de baile y al gallardo elfo que le tendía una mano y sonreía levemente. Tragó en seco y volvió a bajar la cara al tiempo que negaba en silencio y apretaba en su mano una servilleta con fuerza.

Rúmil no se dejó amilanar y repitió su invitación a Arwen, la cual se puso en pie sin dudar. Pero antes de apartarse de la mesa real, el elfo se detuvo una vez más ante el aturdido principito.

–No temas, Geniev, hay tiempo más que suficiente.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


La familia real se retiró temprano, poco después de la puesta de sol. Sin embargo, el baile siguió hasta bien entrada la noche, porque los nobles no querían quedar antes las damas como menos que los elfos, los cuales seguían bailando, charlando y bebiendo como solo pueden hacerlo los inmortales. Mientras, en lo alto de la Torre de Ecthelion, una historia llegaba a su fin.

Arwen, Geniev, Aragorn y Legolas fueron escoltados por los taciturnos soldados de la Guardia de la Ciudadela a lo largo de los corredores del antiguo palacio. La elfa y el niño se despidieron en la puerta de sus respectivos departamentos y los esposos continuaron el camino a sus habitaciones en silencio. Iban tomados de la mano, pero a medida que se aproximaban a su destino, el hombre sentía como el cuero cercano se tensaba.

Al fin alcanzaron las escaleras hacia su habitación, un poco más allá las puertas dobles y el recibidor de sus departamentos privados. El elfo casi corrió al interior, lejos de la escolta, y correspondió al hombre el segundo postigo. Se recostó y lanzó un suspiro mitad cansado mitad temeroso. Fuera quedaban todos, por fin un espacio para él y su elfo, aunque solo por unas horas. ¿Sería suficiente? Avanzó hacia la recámara.

Antes siquiera de mirar al interior, cerró la tercera puerta. Cuando la seguridad de que nadie podría interrumpirles fue absoluta, se volvió y… casi llora de emoción.

Como aquella noche, un año y una muerte atrás, todas las lámparas estaban apagadas y la luna iluminaba oblicuamente la estancia a través de las ventanas totalmente abiertas. Sentado en una de ellas –su figura, su pelo y la seda de la cortina vueltos uno con el viento y la luna– Legolas miraba las estrellas. Pero ya su apariencia no era el de un adolescente humano, emocionado ante la perspectiva de llevar hasta el final su entrega. Ahora el príncipe lucía mayor, la cercanía de al muerte había dejado líneas de expresión, unos rasgos más duros y unos ojos más calculadores.

El hombre se sacó las suaves botas de piel, los collares, pulsos y anillos ceremoniales, la diadema real, la túnica. Quedó con los pantalones y una ligera camisa interior, no quería aumentar el nerviosismo de su pareja con recordatorios del mundo exterior. Fue hacia la ventana. Legolas no se movió.

–Príncipe… Legolas Telcontar… amor mío –llegó frente a él y tomó su barbilla para hacerlo girar el rostro. –Amor mío –repitió, feliz de que su esposo no temblara ante el contacto.
–Majestad –contestó el elfo al cabo de un instante.
–No, por favor. Somos Aragorn y Legolas, nada más somos aquí, estamos solos –y se inclinó para besarle.

Un beso dura lo que dura un beso
un sueño dura lo que dura un sueño
el tiempo dura lo que dura el tiempo
curioso elemento el tiempo.


El miedo hizo que Legolas perdiera su máscara de impasibilidad. Cerró los ojos y dejó que el hombre acariciara sus labios, pero era incapaz de responder. Aragorn no se dejó amilanar. Sabía que esta vez sería muy diferente a su primera noche, pero siguió adelante con sumo cuidado.

–Es nuestra noche de bodas ¿recuerdas?
Legolas asintió.
–Nuestra noche de bodas… volveré seré tuyo Rey Elessar.
–Somos el uno del otro desde hace tiempo, Legolas –le corrigió con suavidad. –Incluso probamos con sangre nuestra fidelidad. Luego, soy tan tuyo como tú mío.
El elfo se refugió en sus brazos: temblaba.
–No se si sea capaz –admitió con rabia. –¡Maldición! He peleado en batallas que ni siquiera recuerdas… pero ahora…
–Yo también tengo miedo –musitó el Rey.

Tiempo para entender, para jugar, para querer
tiempo para aprender, para pensar, para saber.


Con un gesto lo tomó en brazos y lo llevó hasta el alto lecho de cubiertas azules y aves marinas talladas en el cabezal. Allí lo depositó y el ligero –engañosamente suave– cuerpo se ovilló sobre sí mismo. El hombre esperó, sabía que toda la tensión de la ceremonia había alterado a su esposo, que si apresuraba las cosas ahora, la confianza del elfo podía volver a deteriorarse.

Tras unos minutos, el rubio pudo ganar control sobre sus emociones y habló.
–Se supone que esta noche, renovemos el lazo entre nuestros cuerpos, para…
Pero el hombre movió la cabeza en gesto de negación, se sentó en el borde de la cama y le apartó un mechón de pelo del rostro.
–Legolas, no estás obligado a nada ¿entiendes? Esta noche no ocurrirá nada que no desees.
–¡Pero es que sí lo deseo!
–No. Deseas probar que eres capaz de entregarte a mí, pero eso equivaldría a forzarte. Soy tu esposo ¿recuerdas? No un vulgar secuestrador.

Ante la mención a Ferebrim, el elfo enterró el rostro en una almohada, pero el convulsivo movimiento de sus hombros no dejaba lugar a dudas. Aragorn se tendió junto a él y lo abrazó por detrás. Ante el contacto, los temblores de Legolas aumentaron su fuerza, pero el hombre no lo dejó apartarse. Poco a poco los sollozos remitieron y el cuerpo se aquietó. Yacieron laxos por un largo periodo, hasta que el rubio reunió valor para acomodarse y dejó que toda su espalda rozara con el pecho del hombre. Suspiró.

–Así que ¿nos damos un tiempo?

El Rey no contestó enseguida. Primero, con movimientos pausados, se sacó el pantalón, quedando con la breve camisa que apenas llegaba hasta sus caderas. Luego tironeó de las mantas para cubrirlos. Se acomodó a la espalda de su esposo, dejando que sus cuerpos volvieran a amoldarse. El cuerpo entre sus brazos tembló una vez más, pero esto duró poco. Cuando ambos estuvieron tranquilos, Aragorn habló.

–Nos daremos todo el tiempo que quieras. Hay tiempo más que suficiente.

El tiempo sopla cuando sopla el viento
el tiempo ladra cuando ladra el perro
el tiempo ríe si tú estás riendo
curioso elemento el tiempo.


Notas finales:
1) Las historias de Númenor cuentan que los elfos de Tol Eressëa llevaron la flor lissuin y la flor dorada en forma de estrella, elanor, a las tierras de los mortales. Las dos flores -una debido a su fragancia, la otra por su color- se tejían en guirnaldas y se llevaban como coronas durante las fiestas de boda. (Fuente: Enciclopedia Tolkien Digital)
2) Canción "Tiempo" de Jarabe De Palo, álbum: De vuelta y vuelta, 2001