¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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21 mayo, 2008

DE LEYES Y VENGANZAS 28

El hijo pródigo II

“Fue preciso algo siempre
y no fue porque tú
tenías lazos blancos en la piel
tú, tenías precio puesto desde ayer
tú, valías cuatro cuños de la ley
tú sentada sobre el miedo
de correr.”
“La familia, la propiedad privada y el amor”, Silvio Rodríguez


El auto cruzó las rejas de la residencia y el joven del asiento trasero suspiró de alivio, le día había sido una lata.

Los amigos de Harry lucían inquietos, la ausencia del moreno les había dejado sin guía. Todas las clases habían estado mirando a las ventanas, en tensión, como si esperasen ver aparecer a su amigo a cada minuto. Pero, en los pasillos, cuando se reunían con el resto de la pandilla para intercambiar noticias, había una persona con actitud de certeza. Ginebra no miraba a los rincones, lo miraba a él, con una mueca de molestia en su rostro pecoso que lo incomodaba profundamente.

Eso había hecho la jornada especialmente desagradable. Bueno, eso y saber que Harry estaba en su mansión, tal vez semidesnudo frente a la piscina, mientras él escuchaba la monótona voz de Binns hablando de las rebeliones irlandesas del siglo XIII. ¿A quién le importaba el destino de Irlanda? No a él, seguro. Él solo deseaba alejarse de la chica Weasley –¿cuándo se había teñido su roja y horrible cabellera de ese aún más horrible rubio platino?– y regresar a los brazos de Harry.

Bajó del auto con premura, seguro ya Jaime estaba cruzando el recibidor para abrirle. Se detuvo al sentir pasos a su espalda. Giró, pestañeó, abrió la boca.

–Es un placer verte, Draco –sonrió Sirius Black.

El rubio no dijo nada, estaba asustado, francamente asustado. Por lo que entendiera de las medias palabras de la jornada anterior, ese hombre era un… asesino. A Draco no le importaba que Black estuviera cazando a alguien que había dañado a su familia –aunque la manera en que amenazaba a Harry y Remus nadie se la había aclarado–, no era idiota. En su familia, salir de cacería significaba lo mismo hablando de zorros, que hablando de judíos en 1340. El padre adoptivo de su novio era eso, un asesino. Ni siquiera deseaba pensar en lo que podía ocultar la dulce sonrisa del lánguido Remus.

Draco dio un paso atrás, debía penar con racionalidad. No, no podía. Ese hombre mataba, matar estaba mal. Así de simple. Harry… ¿Harry sabía que su padre mataba? Por supuesto idiota, ¿no recuerdas cómo se conocieron? Salvador, dos disparos, dos yonquis muertos, ¿te conozco?, ve con Dios. ¿En qué se había metido? En un lío, vaya noticia.

–También es un placer verle de nuevo, señor Black –se obligó a decir con una sonrisa de presentador televisivo.
Luego volvió a andar hacia la entrada de la mansión, donde Jaime esperaba por ambos, sin mostrar sorpresa alguna.
–Señor Black, es un placer su visita –saludó el mayordomo cuando cruzaron el umbral.
Draco bufó, incómodo con la familiaridad. Sirius no había puesto pie en esa casa en veinte años y todo lo que Jaime decía era “Es un placer su visita”. Pero lo mejor estaba por llegar.
–El señor Malfoy lo espera en su despacho.
Black no se mostró sorprendido, solo sonrió, asintió y giró hacia Draco.
–No le digas a Harry que llegué ¿vale? Quiero darle una sorpresa. No te preocupes, Jaime, recuerdo el camino.
Y se perdió en los corredores de la mansión.
–El señor Potter está en el jardín –informó Jaime con voz neutra.
Pero Draco ya no quería correr a sus brazos. Prefería pensar por un rato, a ver si lograba conciliar de alguna manera el hecho de que se había enredado con un asesino a sangre fría, cuyo padre adoptivo era gay, y asesino también.
–Gracias –repuso distraído.
¿Qué hacer?
–Y el señor Severus en la biblioteca –agregó el mayordomo al punto porque, como buen mayordomo, sabía leer la mente de los adolescentes atormentados.
Si, era una buena idea.
&&&&&&&

Sirius tocó dos veces la puerta de madera oscura, luego giró el picaporte. Estaba abierto y avanzó para encontrarse de frente a un imponente buró de nogal tras el cual le esperaba Lucius Malfoy, con su sonrisa cínica de siempre.

–¿Fue buena la caza? –saludó el rubio cuando la puerta estuvo cerrada.
El recién llegado asintió en silencio, ocupado en observar la habitación.
–No ha cambiado nada –comentó cuando estuvo seguro del ambiente y fue a sentarse en una de las butacas ante la mesa.
–¿Por qué habría de cambiar? –Lucius se levantó y caminó hacia el mueble bar. –¿Whisky?
–Coñac.
El rubio sirvió una generosa cantidad en la copa, se escanció un whisky triple para él y regresó a la mesa.
–¿De qué quieres hablar? –preguntó Sirius tras el primer trago.
–De nuestros hijos.
–No te preocupes, ya tu delicado heredero está buscando otra manera de romper con Harry.
–No creo que logre espantarlo, los Potter son testarudos.
–No te voy a ayudar.
–¿Ni aunque te ofrezca dote?
Sirius frunció el ceño, ¿Lucius estaba insinuando que…? Decidió acercase tangencialmente.
–Creí que los Brocklehurst aún estaban interesados.
–Lo están, pero yo podría romper el contrato si recibiera… una oferta mejor.
–No suelo comprar personas –decidió aclarar el moreno.
A Lucius casi le pareció divertido que alguien como Sirius se ofendiera por semejante cosa.
–No ¡claro! Demasiado bien sabemos cuánto aprecias la vida humana –Sirius ni se inmutó. –Pero no me importa, no soy quien para dictar cátedras de moral, seguirá sin importarme, siempre y cuando incluyas a mi hijo en la escasa lista de personas a las que no matarías. A cambio, yo podría incluir al tuyo en la lista de los que están a la altura de la familia.

El último de los Black contempló atónito al último de los Malfoy. Hacia veinte años que no pisaba esa casa, ni ninguna de las propiedades de la familia, pero antes había pasado otros veinte años oyendo conversaciones como esta. Incluso, alguna vez, había fantaseado que sus padres y los de James negociaban su matrimonio. Creyó haber escapado de todo eso, pero no, nunca puedes correr tanto, tan rápido y por tanto tiempo: el pasado siempre te alcanza. Conocía la frase “está a la altura de la familia”, Lucius sabía que él sabía.

Trató de imaginarse la cena de esa noche. Lucius hacía algún comentario inane y mencionaba que, a pesar de los distanciamientos circunstanciales, un Potter siempre sería un Potter y que “estaba a la altura de la familia”. Draco dejaría caer el tenedor y miraría a su padre sorprendido; Harry lo miraría a él, tratando de saber si debía sentirse halagado u ofendido; Remus también lo miraría, pero como Remus sabía, su mirada probablemente sería de reclamo; Snape… como siempre, miraría el rubor de su hijo y arrugaría la nariz, fingiendo que nada le sorprendía o interesaba.

–Por supuesto que está a la altura de la familia –repuso al tiempo que alzaba la copa, invitando al brindis y sonreía a su primo.
Lucius imitó el gesto y terminó su whisky de un trago.
–Creo que tu esposo y tu hijo están en el jardín. La comida se sirve a las siete.

Sirius tomó nota mental de cómo Lucius llamaba a Remus, terminó su bebida y se marchó. Sería una cena divertida.

En algún lugar del infierno, Narcissa Black–Malfoy, Arcturus Black y Augustus Rookwood, sintieron que la intensidad de sus tormentos aumentaba.

TBC…

DE LEYES Y VENGANZAS 27

El hijo pródigo (I)

“Mi huerto de camelias
ya no me interesa.
Quiero ver el Fujiyama.”
Matsuo Báshó (1644-1694)


Percy se detuvo delante de la reja y respiró con fuerza el olor suave del jardín primaveral. Los barrotes –con muchas curvas y agujas, como para hacer feliz a Blaise– eran casi invisibles por la hiedra que había sembrado Ginny, de olor dulce y violento. El color oscuro de la hiedra era el complemento perfecto para esta casa beige y verde, brillante, ruidosa, amigable. La fachada parecía nueva, como renovada tras la restauración de dos años atrás, pero Percy sabía que los constructores habían hecho mucho más que “remozarla”.

Empeñada en mantener a los hijos cerca, su madre había reestructurado el interior para que albergara cuatro apartamentos independientes y algunos espacios comunes, de modo que Bill, Charlie y los siameses no se mudaran, pero tuvieran privacidad. Ron y Ginny eran los únicos que seguían viviendo en la casa principal, pero Percy podía apostar que la ingeniosa Molly tenía pensada alguna solución que los mantendría a menos de un tiro de piedra en cuanto mostraran ganas de vivir “por su cuenta.”

Percy torció el gesto y se preguntó si también habría espacio para él, por un rato al menos, durante las horas que tardara en decidir qué haría con Penélope. Si la casa era lo suficientemente amplia para no chocar con Ron, Charlie y, especialmente, Deacon. Bueno, ya estaba ahí ¿no? Avanzó despacio por el caminito del jardín, dejó atrás el garaje y sintió alivio al ver la puerta de la cocina abierta –como siempre– y a su madre picando cebollas con la misma estrambótica guillotina que le fascinaba cuando tenía cinco años y no tenía permiso para tocar nada con filo.

–Buenas tardes, Percy, querido –saludó Molly sin levantar los ojos, como si su tercer hijo llegara todos los días a esa hora.
–Buenas tardes, madre.

El joven se sentó en la mesa de las comidas familiares y estudió con cuidado su entorno. De algún modo, la cocina no había cambiado. Se preguntó si…

–Hay mouse de chocolate en la nevera –comentó la mujer, y él agradeció que adivinara su hambre, pero no preguntara las razones.

Estuvieron un rato en silencio. Percy se comió casi la mitad del dulce observando a su madre preparar la cena familiar con eficiencia, sin mancharse las manos o estropearse las uñas redondeadas y bien pulidas, con ese esmalte color carne claro que le recordaba de siempre.

–Y, dime –se le ocurrió decir al cabo–, ¿cómo van los preparativos para la fiesta de… Deacon?

Se arrepintió en cuanto la última sílaba salió de su boca, pero no podía tragarse sus palabras, ¿o si? Molly Weasley levantó los ojos –marrones, grandes, de pestañas cortas– de la carne que troceaba y lo observó por un momento. Luego volvió al cuchillo y las lonjas de pernil rojo, húmedo.

–Dice Charlie que van bien.
Percy hizo un gesto de desagrado ante la mención de su hermano, pero ella fingió ignorarlo y continuó hablando, como si a Percy de verdad le interesara saber de ellos.
–¿Sabes? Me gustaría que tu padre me hubiera organizado fiestas así cuando teníamos treinta. Ahora estoy muy vieja.
–No eres vieja, madre. Solo...
–No hablo de mi edad –le interrumpió Molly–, hablo del tiempo entre nosotros. Tu hermano tiene razón: esas cosas hay que hacerlas a cada rato, para que la relación no se vuelva rutina, grisura. ¿Sabes que a veces el amor de acaba y uno no se da cuenta? Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo. Pero si te mantienes activo notarás el cambio y sabrás cuándo decir basta, fuimos felices, conservemos el buen recuerdo.

La mujer se levantó para buscar una bandeja y empezó a acomodar carne, zanahorias, papas, coles y tomates. Siguió hablando sin mirarle, cuidando el espacio entre los ingredientes del asado con actitud maniática.

–Sigues adelante un día, otro, sin pensarlo, por Dios, y un día miras para atrás y descubres que perdiste un cantidad absurda de cosas: renunciaste a unas costumbres y adquiriste otras; dejaste de ver a los amigos; transigiste con el jefe; aprendiste lo que parecía un galimatías porque te pasaste noches sin dormir y sin hacer el amor; tus hijos crecieron y no tienes idea de quiénes son, o como los educaste, siquiera si tu los educaste; tienes más canas que sonrisas y demasiadas ganas de gritarle a los empleados. ¡Hay Dios!, y sigues adelante porque ya estás en medio del desierto y la sed abrasa y no hay regreso, no hay regreso.
Molly levantó el rostro de pronto, sus ojos pedían perdón.
–Qué horror, ¿no Percy? Sueno como una vieja amargada. Es que en estos días ¿sabes?, a menudo trato de recordar cómo era yo cuándo todo esto empezó, cuando les perdí a Bill, Charlie y a ti.
–Madre, nunca me…
–Claro que si –le interrumpe ella. –Recuerdo perfectamente cuando regresaste aquel día de la escuela: fuiste derechito donde Charlie para mostrarle tu primer dibujo. Yo no existía para ti. Me sentí…

No llega a decir cómo: solo sacude la cabeza y lleva la bandeja al horno. Percy se queda mirándole incrédulo, inseguro de qué debe hacer. Acaba por levantarse. Camina con fuerza hacia ella para terminar esa charla horrible, que la mujer dilata con la excusa de programar el temporizador del horno.

–Tú eres mi madre. ¿Cómo se te ocurre decir…?
Pero la pelirroja gira y se le enfrenta. Es más baja, y bastante más ancha, pero sus ojos despiden chispas que lo intimidan.
–Lo único que Charlie no logró inculcarte fue respeto por tus mayores –resopla con fuerza. –Supongo que tiene que ver con una figura paterna tan cercana en edad ¿no? En fin, no importa –Molly lo aparta y regresa a la mesa, vuelve a hablar. –Tenías veinte meses cuando llegaron los siameses, Bill ocho años, Charlie cinco, ellos pueden recordarlo, tu no. Supongo que es una suerte que no puedas recordar los días de angustia, de tristeza que cayeron sobre esta casa. Arthur y yo estábamos tan asustados ante la idea de que iban a morir, o a vivir con sus cuerpos cercenados, que les perdimos de vista a ustedes. Suena irresponsable ¿verdad? Lo fue. Una semana después del parto, desperté de madrugada con el corazón en el puño: ¿dónde estaban mis hijos? Me di cuenta de que no sabía nada, nada de la casa, de la niñera, de la ropa para la escuela. Pensé, estúpidamente, que Lily los había llevado a su casa, pero no recordaba haberle pedido nada semejante. Por fin me decidí a llamar para acá y me salió Bill, soñoliento.

–Hola, residencia Weasley.
–¿Bill? Es mamá.
–Mmmm, ¿mami? ¿Qué pasa?
–Nada, querido, nada. Ponme a la niñera.
–Se fue.
–¿Se fue? ¿A qué hora?
–Mmmm… Creo que… si, a las 8:30.
–¿A las 8:30 de la noche?
–No mamá, a las 8:30 de la mañana del lunes. Nos llevó a la escuela y se fue.
Molly se detuvo, tratando de recordar qué día de la semana era ¿jueves? La voz de su hijo la interrumpió.
–¿Mamá?
–Si querido, dime.
–Está bien que comamos a la cuenta en lo de Luke ¿verdad? Le dije que vas a pagar todo cuando regreses del hospital.
Molly se quedó de piedra. Estaba a punto de preguntarle a Bill si comían bien con Lily y sus amigos. ¿Sus hijos estaban completamente solos?
–¿Mamá? –insistió Bill, con la voz inquieta.
–Fue una idea muy buena Bill –se obligó a decir. –Espero que la cuenta incluya bastantes vegetales.
–Si mamá.
–¿Han hecho las tareas?
–Si mamá.
–¿Y se bañaron?
–¡Mamá! –bufó Bill, y ello la hizo sonreír a su pesar. –Es imposible darle comida a Percy y no bañarse luego.
–De acuerdo.


–Cuando colgué, pensé que podría llamar a Lily por la mañana, o a tu tío Julian, pero hubo otra emergencia con los siameses y… Dios, es vergonzoso, es horrible. Fuimos unos padres horribles.
–No –le asegura Percy con miedo-, fuisteis unos padres maravillosos. Entiendo que los gemelos les mantuvieran ocupados, que no pudieran dedicarme todo el tiempo del mundo, pero yo sabía que…

¿Qué sabía? Era un niño, comprende de pronto, apenas intuía que sus padres lo habían abandonado y otras personas ocupaban su lugar, a ellos se aferró. Por supuesto, les siguió llamando papá y mamá, pero Molly y Arthur estaban demasiado absortos en los siameses, Ron y Ginny, como para recuperar a sus hijos mayores. Bill y Charlie eran en quienes buscaba apoyo y aprobación, a quienes celaba. Mientras llora junto a su madre biológica, Percy comprende también sus verdaderas razones para irse de casa.

No eran sus ruidosos hermanos menores, ni Penélope, ni la distancia de la oficina. Se trataba de su relación no resuelta con Charlie, de la decepción y los celos cuando dejó de ser el centro de atención de su hermano.

–¿Es que no pueden dejar de dar espectáculos en cada parte de la casa? –le reclamó un malhumorado Percy a la pareja que se acariciaba en una esquina del jardín.

Charlie lo miró desde el pasto, donde estaba tumbado entre los brazos de Deacon. Su propia incomodidad bien patente en el rostro congestionado y el cuello tenso. Desde que regresara de Rumania, su hermanito no dejaba de incordiarle. Se había gastado las neuronas tratando de descubrir por qué era Percy el único al que molestaba su nuevo novio. Que le gustaban los chicos no era noticia, que los trajera a casa tampoco. Pero a medida que el resto de los Weasley aceptaban su singular elección, Percy estaba más susceptible, más agresivo y no lograba entender por qué él, precisamente su favorito, no compartía su felicidad. Justo en ese momento estaba harto, en especial de las interrupciones constantes a su vida íntima. Así que respondió con amargura y conocimiento, o sea, donde más le iba a doler al otro.

–¿Es que no puedes buscar dónde meterla y dejarme tener una vida por fin?
–Si eso es lo que quieres –respondió el menor con tono reposado, tras unos instantes de incredulidad.

Nadie esperaba una reacción tan absoluta, seguro, por eso no se dieron cuenta hasta bien entrada la noche de que Percy se había marchado. Sin decirle una palabra a nadie, sin escándalos, y con la suficiente fuerza de voluntad como para no llamar en los siguientes seis meses.


Percy se apartó de Molly para soplarse la nariz. Ella tenía las mejillas y los ojos rojos, los labios hinchados, supuso que su imagen era similar. Se sentía a aliviado, como si un gran peso se le hubiera evaporado de los hombros. Ahora comprendía su incapacidad para aceptar a Deacon, el miedo irracional que lo dominaba en ese tiempo horrible, cuando pasó de temer a creer efectivo el abandono de su hermano; la actitud infantil y egoísta con que enfrentó la supuesta confirmación de que estaban hartos de él, a pesar de tener dieciocho años; la injusticia que había cometido con Charlie y toda la familia. Sobre todo, entendió por qué estaba deseando visitar la Madriguera desde la mañana, pero no hablar con su madre. Sacudió la cabeza, asombrado de sus propias máscaras interiores.

–¿Ya te sientes mejor? –inquirió Molly.

Él se limitó a asentir, no estaba muy seguro de si la voz se le quebraría por el cúmulo de emociones que lo atravesaban. La mujer fue a decir algo más, pero el ruido de un auto entrando en el garaje de la casa llamó la atención de ambos, poco después, Deacon y Charlie entraban a la cocina cargados de paquetes.

El pelirrojo se dirigió a uno de los estantes sin fijarse en los ocupantes de la habitación. Se notaba que la bolsa de supermercado pesaba y él solo pensaba en soltarla y poner orden en las compras. Detrás, con otras dos bolsas en precario equilibrio, llegó Deacon. A pesar de la carga, el rumano fue fiel a su costumbre de observar cuidadosamente los sitios a donde llegaba.

Vio a su cuñado en cuanto puso un pie en la cocina, así como la expresión anhelante con que esperaba a que su pareja volteara. Sonrió para sus adentros, seguro de que Percy, tan parecido como era a quien lo educara, no estaba ahí por una visita social.

–Charles –llamó sin poder ocultar algo de la alegría que lo desbordaba-, tienes visita.

El pelirrojo dejó una lata de anchoas en aceite sobre el mesón y giró, sorprendido. El silencio en la cocina era tal, que había asumido que eran los primeros en llegar. Vio a su madre, con signos claros de haber llorado, y junto a ella a Percy. Enseguida dedujo que, cual fuera la razón para que el insufrible de su hermano se apareciera en casa, la visita había acabado con la infinita paciencia de Molly.

–¿Qué le has hecho? –reclamó con la furia que solo el rencor bien alimentado permite y se plantó delante de Percy en dos zancadas. –Dime qué le haz hecho.

El hermano retrocedió, asustado ante aquella agresividad. Apenas recuperaba el control de sus emociones y se sentía agotado, era incapaz de repetir las confrontaciones que solía sostener casi diariamente ante de huir de la casa. La ayuda vino de quien menos lo esperaba.

–Charles, cálmate –y Deacon reafirmó el pedido al retener a su pareja por el hombro. –Cálmate y déjalo hablar.
–No tengo nada que hablar con él –repuso con amargura el otro, al tiempo que giraba para abandonar la cocina.
–¡Pero yo si tengo que hablar contigo! –admitió Percy juntando todo su valor.

Charlie no se detuvo, pero una mirada alentadora de Deacon y un empujón de Molly indicaron a Percy que no debía dejarlo escapar. Le siguió escaleras arriba, consciente de que esta breve carrera era un pago leve por todo lo que había hecho sufrir a su hermano.

-Charlie, por favor –llegaron al rellano del segundo piso. –Perdóname ¿si? Fui un idiota, estaba celoso y no sabía cómo expresarlo –alcanzaron el tercero. –Por favor, ya estuvimos peleados suficiente tiempo. –avanzaron por la galería hasta una puerta que Percy no se dejó cerrar en las narices. -¡Hermano escúchame! –el otro se inclinó sobre su buró y fingió buscar unos papeles. –Vale, no me mires, pero quiero que sepas que me arrepiento de lo que dije, de las veces que les ofendí a tu pareja y a ti, de todas las maneras posibles.

Finalmente, Charlie dejó de revolver su mesa de trabajo y se giró. Su rostro estaba rojo, y sus ojos verde claro destellaban de rabia. Percy dio un paso atrás de modo instintivo, conocía esa mirada desde niño, pero mantuvo la mirada firme. El hermano mayor tomó aire para hablar y ¡sonó el teléfono! Ambos se quedaron mirando el aparato con rabia, pero en el dueño del despacho se impuso el sentido del deber. Esta era su línea privada, solo lo llamaban los compañeros de trabajo, su pareja y –antes del desastre- su hermano favorito. Tras hacer a Percy un gesto de que esperara, Charlie respiró hondo varias veces para normalizar su voz y levantó el auricular.

–Weasley –quien estuviera al otro lado no era de su particular simpatía, a juzgar por la mueca que le deformó el rostro. –No, no se nada de eso –levantó los ojos hacia su hermano y lo miró con curiosidad. –Por supuesto, es una situación delicada –tamborileó sobre la superficie de la mesa con la mano libre. –Creo que es la mejor opción… Si, por favor.

Charlie colgó el teléfono muy despacio y se le quedó mirando. Era una mirada de extrañeza, como si lo que le acabaran de informar le descolocara en grado sumo.

–¿Algún problema en el trabajo? –se atrevió a preguntar Percy.
Charlie levantó la cara, con expresión sorprendida. Ya no había rastro de rencor o fastidio en sus ojos, solo curiosidad y cansancio.
–Nada que no pueda esperar hasta mañana. Ya acepté tus disculpas, pequeño, ¿algo más?

Aquel súbito cambio de actitud desconcertó al otro. ¿Debía hablarle de Penélope, de las peleas diarias, del anuncio de la mañana? Debía, pero no se sentía con ganas de estropear esa reconciliación hablando de su novia, en especial porque esos dos nunca habían congeniado –ahora sospechaba que Charlie, simplemente, había calado mejor en Penélope que él mismo. Negó suavemente.

–Solo quería –se detuvo inseguro. –¿Puedo quedarme a dormir hoy acá?

Charlie no dijo una palabra, sino que abrió sus brazos y sonrió de medio lado. Percy no tuvo que pensarlo para lanzarse contra ese pecho que lo había acunado desde que tenía memoria. Los brazos del mayor lo estrecharon con fuerza, luego las manos delgadas y suaves recorrieron su espalda y su cuello, le revolvieron el cabello.

–Mi pequeño, mi pequeñito –susurraba Charlie mientras dejaba que Percy le humedeciera el hombro de la camisa. –Ya todo pasó, todo va a estar bien, de verdad, no tengas miedo…

El llanto cedió a los pocos minutos, pero los dos hermanos se quedaron así, muy juntos, disfrutando la dimensión física de su reencuentro. Percy aún olía a magnolias y menta, comprobó divertido el mayor –solía burlarse diciéndole que su colonia era la menos masculina de la familia. Charlie seguía usando su aceite de eucalipto, y su hermanito estuvo más que feliz de reencontrar ese aroma que le inspiraba seguridad, calor, paz. Dos toques discretos en la puerta los hicieron separarse un poco.

–Adelante.
Deacon entró despacio, con una gran sonrisa en su rostro moreno.
–La comida está lista –anunció. –Y abajo mucha de gente se muere por ver al hijo pródigo.
Charlie asintió, Percy y él se separaron despacio.
–Señor Neagu –dijo Percy entonces, con la voz aún entrecortada. –A usted también le debo una disculpa. Se que es un poco tarde para ello, pero quiero que sepa que lo siento. Creo que fui el primero en comprender que usted no era como los otros novios de Charlie y… Actué como un niño celoso y me avergüenzo de ello, mucho.
El rumano sonrió, divertido ante este joven que se estrujaba las manos como un escolar. Miró por un instante a su pareja, que, detrás de Percy, no cabía en si del orgullo.
–No hay nada que disculpar. Charles es hombre maravilloso, si un extraño viniera robar mi hermano carísimo cuando yo quince años, yo también desagradable, mucho desagradable –tendió su mano grande y callosa, que el joven pelirrojo se apresuró a estrechar. –Deacon, puede llamar Deacon.

TBC…