¿Qué es un fanfic?

Fanfiction (lit. ficción de fans), relatos de ficción escritos por fans de una película, novela, programa de TV, trabajo literario o dramático, donde se utilizan los personajes y situaciones del original y se desarrollan nuevos papeles para estos personajes. El slash es un género de fanfiction de temática homosexual. El término "slash" suele quedar reservado para las relaciones entre hombres; para las mujeres se emplea femslash, f/f slash o femmeslash. Aclarado el asunto: ¡Empieza el viaje!

Advertencia contra el Copirigth

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28 abril, 2008

EL SEGUNDO REGRESO DEL REY 42

Arreglos para el futuro


Imladris

Elladan movió un poco la persiana para ver mejor el patio, donde Glorfindel y un joven aprendiz de sanador ayudaban a los enfermos a ejercitarse. Amroth estaba entre ellos, haciendo flexiones muy despacio y mordiéndose los labios para no emitir ni un sonido. Sonrió un poco. Le gustaba ese joven, le había gustado antes de conocerlo.

Cuando Halladad hablaba de sus guardianes avaris, en los oscuros días de la muerte de Löne, la descripción de aquel niño soldado había cautivado su imaginación y aliviado en algo la tristeza. El príncipe heredero de Erys Lasgalen siempre había sido muy perceptivo, por lo que las primeras cartas intercambiadas incluían alguna mención, siquiera leve, al menor de los hijos de Maedros. Los elrondidas jamás hicieron comentario expreso sobre su interés –habría sido una falta de tacto imperdonable que los hijos de Elrond se interesaran por el ignoto servidor de un reino apenas amigo–, pero tampoco molestia, y Halladad comprendió. Al final las cartas solo hablaban de Legolas, él mismo y, casualmente, del sirviente favorito del Segundo Príncipe del Bosque.

Lo conocieron una tarde que se acercaron a la frontera en medio de la nevada. Sabían que no eran visitantes deseados, pero entre la hospitalidad de Thranduil y morir congelados… la elección estaba clara. En cuanto el joven se acercó con unas mantas calientes los hermanos–amantes tuvieron dos certezas: era mucho más bello de lo que Halladad contaba y un “elegido”. Lo segundo no fue un descubrimiento agradable. Ninguna persona debía trabajar a la intemperie durante su luna, menos a mitad del invierno –lo mandaba la tradición. Si acaso era posible, el desprecio que sentían los gemelos por el Rey del Bosque aumentó. Al amanecer, Ellohir intentó entablar una conversación sencilla con Amroth, pero solo obtuvo breves palabras marcadas por un acento bárbaro. Elladan, que se mantenía a prudencial distancia, se dio cuenta de que el chico estaba demasiado nervioso para hablar, dividido entre la emoción y el temor.

¿A qué temía Amroth? ¿Qué peligro podía encerrar una charla banal en la explanada de un puesto fronterizo? Tan singular comportamiento inquietó a la pareja, centró sus charlas íntimas antes de dormir y les motivó, finalmente, a escribir a Halladad.

La respuesta llegó mucho más rápido de lo usual y con abundante información, como si su amigo solo hubiera estado esperando una muestra explícita de interés para decirles todo lo que podía en una carta sin faltar a la decencia –visto en la distancia era evidente que, tras el fiasco del compromiso de Elladan y Legolas, Halladad buscaba cobijo para otro miembro vulnerable de su pequeña corte. Era asombrosa la cantidad de controles que la rígida moral de Maedros y Feanor –el hijo mayor– imponían al otro por ser el menor y único “elegido” de la familia, y el negativo efecto en la autoestima del chico que había generado todo esto.

Pero lo más inusitado resulto ser que Amroth era un gemelo, el gemelo sobreviviente, pues su hermana había sido arrebatada por los orcos y se la daba por muerta. Toda la preocupación y agresividad del clan alrededor del pequeño Amroth tomaban sentido de repente: Los gemelos eran muy poco frecuentes entre los elfos. Los gemelos de distinto sexo eran considerados un milagro.

Elladan y Ellohir comprendieron que estaban definitivamente enamorados, pero sin demasiadas esperanzas. Evidentemente, los valar no sembraban semillas fáciles de cosechar en sus corazones. Siguieron la vida del guardián de Legolas de lejos, y se las arreglaron para que algún obsequio llegara a sus manos de modo discreto. Todo habría estado bien, marcado por los cánones de la discreción y el honor que se habían impuesto, de no ser por la monumental borrachera que pescaran en la boda de Halladad y Maërys. Elladan todavía enrojecía al recordarlo y al mismo tiempo… ¿Qué derecho tenía Feanor a decidir sobre los sentimientos y acciones de su hermano? ¿A ofenderles por pretenderlo, por amarlo?

Ahora, tras largas horas de conversación con el nuevo Rey de Mirkwood, sabían mucho más de las razones para la posesiva actitud del avari mayor, pero la información no había mejorado sus opiniones. Amroth estaba muy dañado de espíritu y de cuerpo, que aceptara sus propios sentimientos sería una larga batalla. Solo entonces…

El ruido de papeles en movimiento en el interior de la estancia le hace interrumpir sus divagaciones y girar el asiento hacia la mesa. Al otro lado del suntuoso buró está sentado su hermano. Es apenas pasada la hora del desayuno, los habitantes mayores están en sus ocupaciones, los más pequeños en las aulas al otro lado del complejo: los pocos ruidos de la Última Morada llegan muy amortiguados al despacho del Señor del Valle. Están solos, es la misma habitación donde se enfrentaron por primera vez a su ada y comenzó el exilio, muchas cosas han cambiado, pero siguen estando esencialmente solos. Desde hoy, gracias a esa lectura, las cosas podrían cambiar.

Ellohir lo miraba con intensidad, con los codos apoyados en la mesa y las manos entrelazadas, los documentos que le había pedido leer puestos a un lado. Elladan reconoce la pose: su pareja está profundamente conmocionado e intentaba guardar la compostura. Esperaba algo así. Dos días antes había hallado esos pergaminos –un juego viejo, ajado, en una lengua desconocida, otro reciente, en quenya moderno, obvia traducción del primero– en la mesa de trabajo con una nota “Tu padre me dejó esto antes de morir, creo que les pertenece”. Su primera reacción había sido el miedo, la segunda lectura había traído alegría y la tercera nueva zozobra. Prueba elocuente del impacto era que tardara tanto en compartir el descubrimiento con su pareja. Ahora que ambos saben está más tranquilo, pero el tipo de calma que se siente antes de la batalla.

–Es impresionante –dijo al fin el gemelo menor–, una traducción exquisita.
–Es lo que deseabas –repuso sin sombra de reproche, dejando en claro que esa mañana no hablarían en acertijos.
–Lo que deseábamos.
Una sonrisa triste apareció en el rostro del Señor del Valle de Rivendel.
–Yo no me atreví a desearlo, tú eres el valiente –luego suspiró y agregó en tono reflexivo. –Debí prestar más atención a las lecciones de historia.
Ellohir hizo un gesto de desestimación.
–Yo atendía, y te juro que nunca nos contaron esto. Aunque ahora algunas cosas que hallé por entonces tienen sentido…
–¿Sentido? –le interrumpe Elladan asombrado.
–¿Quieres decir que había algo que te hiciera sospechar… esto?

Ellohir frunce la frente y se muerde el interior de la mejilla, está recordando, reajustando sus lecturas en los archivos y bibliotecas de toda Arda a la luz del documento que acaba de leer. Comprendiendo qué era lo que le dejaba insatisfecho de aquellas lecturas.

–Tu sabes que los gemelos siempre hemos sido poco frecuentes entre los elfos. Todos los textos que leí hacían hincapié en eso, en que éramos especiales. También se referían a la estrecha unión entre los hermanos, al destino que compartían: al principio, los gemelos que se casaban morían pronto, aunque les tocara vivir en tiempos de paz. Apenas tenían descendencia morían ambos. Pero esos casos desaparecen tras la Guerra de las Joyas. No, no dejan de morir, dejan de casarse. En ese momento se empieza a hablar en los textos de personas enlazadas, pero no definían el lazo en el caso de los gemelos. Eso me extrañó porque… –Ellohir tamborilea sobre la mesa, buscando las palabras. –Era como si todos los autores dieran por sentado que ese era “el lazo”, el único que no necesitaba ser definido, aquel del cual todos los otros lazos nacían. Una carta que leí en Minas Tirith afirmaba incluso que lo que existía entre Stiren y Saren no podía haber sido forjado tras su concepción, sino de modo esencial, que eran una persona escindida.

Su hermano asintió, recordaba perfectamente la leyenda de Stiren y Saren, los edecanes de Isildur que peleaban de espaldas en total sincronía. Nada sorprendente, en su opinión, ellos también lo hacían.

–Lo otro que me llamaba la atención es que el cese de los matrimonios de gemelos coincide con algunos infanticidios, infanticidios de gemelos.

Eso sí que sorprendió a Elladan. ¿Infanticidio? Ese era el delito mayor entre su gente, comparable solo a la colaboración con los orcos. Un bebé era algo maravilloso, algo escaso entre ellos. ¿Cómo alguien podía…? El recuerdo de sus propios hijos muertos le golpeó y se le hizo un nudo en el estómago.

–¿Y luego? –preguntó con un hilo de voz.
–Luego nada –suspira Ellohir porque, como siempre, sabe qué está pensando su hermano. –No hubo castigo para los culpables, ni siquiera están sus nombres. Se sigue hablando de los gemelos como personas escindidas y hay referencias vagas a ceremonias especiales. Siempre creí que se trataba de algún ritual específico al presentarles o de la exaltación al honor de sus padres. Ahora –señala con un dedo los pergaminos– entiendo cuál era la ceremonia referida.

Se quedan en silencio por un rato, sopesando las implicaciones de este sorprendente legado de su padre. Ambos desean seguir adelante, pero una cosa es desear y otra hacer. No sería fácil. Esa tradición desapareció con la muerte de Stiren y Saren, la última pareja de elfos gemelos conocidos además de ellos mismos. Está claro que una o varias personas decidieron borrar hasta el recuerdo de esa Ley, su origen y la sanción pública que recibiera por los grandes reyes de antaño.

Por fin, Elladan rodea la mesa, se arrodilla junto a la silla que ocupa su gemelo y acaricia con suavidad su vientre plano, duro por constante ejercicio, que puede albergar un pedacito de ambos. Ellohir cierra los ojos y cubre esa mano con una suya. No desea llorar, pero demasiados sentimientos se agolpan en ese pecho de guerrero que es, a la vez, capaz de alimentar, de dar suave refugio a sus hijos.

–Quiero honrarte, Ellohir Elrondion –comienza su hermano con un susurro. –Quiero que compartas conmigo el cetro, como antes compartiste el frío y la espada, que seas mi igual ante los ojos del mundo, que nadie pueda pretender ignorancia o desprecio ante lo que sentimos. Quiero que dejes de llorar…–Calla, por favor –Ellohir nunca le deja hablar de eso claramente.–¡No! –y en la voz de Elladan ya no hay miedo, sino rabia.

Una rabia antigua, alimentada por la muerte de sus vástagos, los años de exilio, el secretismo forzado. Quiere decirlo en voz alta, que su pareja sepa que a él también le duele. Que están juntos en el placer y el dolor, que no es su culpa ser fértil. Por algún azar del destino nació antes y tiene una pequeña cuota de poder, usará ese poder ahora.

–Quiero que dejes de llorar por las noches, inquieto ante la posibilidad de que tu cuerpo de fruto, como si tu don fuera un castigo. Quiero que tus hijos tengan un atarince y un ada, un linaje y una heredad incuestionable. Eso quiero yo, Señor de Imladris, tu siervo. Ahora dime qué quieres, hermano.
Ellohir suspira al tiempo que estrecha con fuerza la mano de su amante, aún sobre su bajo vientre.
–Tengo miedo –admite en lugar de responder.
–Yo también, pero es ahora amor, esta será la última vez que tengamos miedo, o vergüenza. Haremos lo que tú quieras.
–Quiero que tengamos un bebé y… que viva –dice despacio Ellohir y el otro comprende.

Sin estar casados, sin presiones por su honor, sin atención médica, es muy difícil que el organismo del segundo gemelo soporte una quinta preñez. Esa es la respuesta: no se trata de cumplir una ceremonia vacía, o de exhibir el poder que ser Señor le da, sino de darse la oportunidad de ser plenos, de ser iguales.

Minas Tirith

Aragorn tamborileo con la yema de los dedos sobre la mesa de reuniones y lanzó una mirada furiosa al Consejo. A su izquierda, Faramir carraspeó, recordándole que debía mantener la compostura. Era difícil, teniendo en cuenta lo que le pedían.

–Ocho años –ofreció de nuevo con los dientes apretados. Hubo intercambio de miradas entre los solicitantes, supo de inmediato que no estaban satisfechos.
–Su Majestad debe entender…
–¡No me venga con figurines, Lord Sardin! –estalló el hombre y los que estaban sentados cerca se encogieron en sus asientos. –Llevamos una hora regateando, y la mayor parte del tiempo se fue en sus circunloquios, en su vergüenza a admitir que ahora en nada nos diferenciamos de vendedores de verduras. Ocho años, ¿lo toma?

Sardin no contestó, estaba verde de la rabia y, un poco, del miedo a que el Rey hiciera nueva gala de sus maneras de montaraz. En su lugar habló Dervorin, flamante Señor del Valle de Ringló –su padre había muerto de viejo en cama mientras caía la Puerta Negra, algo de lo más inusual entre los nobles de Gondor.

–Insistimos en cinco años –dijo simplemente.

Aragorn gruñó contrariado. Lo único bueno de todo esto era haber hallado algún noble sin verborragia. Volvió a pensar el Legolas, en cuánto deseaba acariciar su piel nívea y sus cabellos brillantes, en las ganas de que su elfo le desnudara despacio y… ¡Alto! Debía enfocarse en la reunión o nunca regresaría a sus habitaciones a intentar que su esposo fuera capaz de abrasarle. ¡Malditos fueran Ferebrim y su difunto suegro! Trató de razonar, una vez más.

–Seamos realistas: No habrá paz antes de cinco años, eso en el poco probable escenario de no perder ni una batalla y lidiando con bandas sin organización. Todos sabemos que no será tan fácil. No me comprometo por menos de siete.

Nuevo intercambio de opiniones –susurros y fragmentos de pergamino pasados de mano en mano– por varios minutos. Tiempo que Faramir aprovechó para deslizar una nota ante sus ojos: “Ya tengo un preceptor para Geniev. Debes aprobarlo en el despacho de la tarde.” Aragorn asintió, contento de que eso ya estuviera arreglado.

Su “hijo” había casi degollado a tres sirvientes esa misma mañana –por entrar sin permiso a servir el desayuno mientras él estaba en el baño–, seguía ocultando sus orejas bajo todo tipo de tocados, apenas podía caminar con el traje tradicional de Gondor –la vez que se dejó poner uno–, ignoraba las artes de la escritura, la lectura, el protocolo, la danza o la jerarquía cortesana, y comía con la sola ayuda de sus dedos. Los cinco días que llevaban en la ciudad se las habían arreglado manteniendo una vida “reservada” en sus habitaciones, pero Geniev debía aprender a convivir con sus súbditos. Ser aceptado como príncipe sería más fácil si era un bastardo educado, la aristocracia de su reino tenía en altísima estima los modales, aunque solo los Valar sabían por qué.

Silencio de nuevo, los nobles parecían haber llegado a un acuerdo.

–¿Entonces su Majestad se compromete a engendrar un heredero legítimo en el octavo año de su reinado? –preguntó Dervorin.

Aragorn sonrió. Seguro creían que el detallito de “legítimo” generaría otra hora de negociaciones, pero lo dejaría pasar. Sería un buen chiste que anduvieran siete años ilusionados con que alguna de su hijas ocuparía el trono negro. ¿Divorciarse él de Legolas? ¡Ja!

–Senescal, tome nota de un Acuerdo Secreto del Consejo –ordenó sin inmutarse. –Elessar I consagrará seis años de gobierno a pacificar las fronteras y aliviar la vida de sus súbditos, a contar desde el inicio de su segundo año de reinado. En el octavo año, engendrará un heredero legítimo, para que la sangre de Isildur se perpetúe en el reino doble de Gondor y Arnor y… todo lo demás.

Había inquietud en más de un rostro, pero ninguno se atrevió a preguntar qué planeaba hacer con su esposo cuando llegara la hora. Nadie quería perder un diente, como le ocurriera a Ingold al principio de la sesión por insinuar que el matrimonio era ilegítimo ante las leyes del Reino.
Faramir terminó de redactar el memorando y el Rey lo firmó. Luego sonrió con sorna, seguro iba a disfrutar de esta parte.

–Ahora, sobre la ceremonia de coronación de su Alteza Legolas como Príncipe Consorte… –el viejo Inglod se desmayó.

Edoras, Rohan

–¡Hastings! –gritó por tercera vez Eomer mientras corría por la galería de las habitaciones de los sirvientes. –¿Dónde te metes, viejo?

A su paso, mucamas y lacayos se apartaban. El joven Rey estaba furioso e intrigado por la desaparición de su paje, pero sus gritos no le habían granjeado respuestas. Al doblar una esquina, casi se lleva por delante a un chaval de menos de quince años.

–Silencio –le ordenó el chico en voz baja e imperiosa. Eomer se detuvo en seco. ¿Cómo le ordenaba algo ese renacuajo? –Le llevaré donde Hastings, pero en silencio.

El Rey estaba tan descolocado ante el valor del chico que se limitó a asentir.

El desconocido le tomó entonces de la mano y lo guió de regreso a la galería principal, luego por un pasillo estrecho y finalmente a un salón amplio, solo iluminado por la luz solar, donde algunas personas vestidas de negro rodeaban un objeto ubicado en el centro. Eomer sintió que lo empujaban al interior, varios voltearon hacia la puerta al sentir sus pisadas sobre el suelo de piedra. Se apartaron en abanico con marcadas reverencias y pudo ver lo que custodiaban. Había un banco de piedra y tendido en el banco, con los brazos doblados sobre el pecho y una manta cubriendo sus piernas, estaba Hastings.

Muerto.

–¿Cuándo ocurrió? –preguntó sin desviar sus ojos del rostro grisáceo, exangüe.

–A media noche –le informó el chico que lo llevara hasta allí.

Volvió a mirarlo con más cuidado. Era moreno –algo inusual entre los rohirrim–, llevaba el pelo a la altura de los hombros, tenía frente estrecha, ojos grises, nariz grande y labios delgados. No era bonito y por sus hombros estrechos y manos delicadas –recordaba el tacto de su palma mientras tiraba de él–, dedujo que no recibía entrenamiento en armas. De pronto lo supo, era un siervo como Hastings, tal vez…

–¿Era tu padre?

El muchacho hizo un asentimiento casi imperceptible, pero no se movió. Siguió mirando al Rey de frente, tal y como le había mirado su difunto paje. Eomer volvió a mirar el cuerpo tendido, con un extraño sentimiento de vergüenza. Hastings le había sido asignado veinte años atrás y no tenía idea de quién era esta gente a su alrededor. ¿Estaba casado? ¿Había engendrado más hijos? ¿Por qué había muerto?

–Tu gracia y tus años –inquirió de repente.

–Aleth, trece –la parquedad de la respuesta lo hizo sonreír, era digno hijo de Hastings.

Entonces recordó que no pertenecía a ese lugar. Que su paje, a pesar de haberle salvado la vida más de una vez, había preferido ser velado entre sus iguales. Debía respetar sus deseos.

–Cuando termine el funeral, te espero en mi despacho, Aleth hijo de Hastings.

Dio media vuelta y se alejó. Tendría que hallar por si mismo sus medias y sus guantes hasta que ese renacuajo descarado terminara de enterrar a su padre. ¡Maldición!

TBC…

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